Ayer 127/2022 (3): 275-305
Sección: Estudios
Marcial Pons Ediciones de Historia
Asociación de Historia Contemporánea
Madrid, 2022
ISSN: 1134-2277
DOI: 10.55509/ayer/820
Adrián Magaldi Fernández
Recibido: 27-01-2019 | Aceptado: 28-10-2019 | Publicado: 21-04-2022
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El Partido Demócrata Popular: el «canto del cisne» de la democracia cristiana española (1982-1989) *

Adrián Magaldi Fernández

Universidad de Cantabria adrian.magaldi@unican.es

Resumen: El Partido Demócrata Popular (PDP), posteriormente rebautizado como Democracia Cristiana (DC), fue el último gran intento vertebrado en España por crear una formación netamente democristiana. Fundado en 1982 por Óscar Alzaga, apenas siete años después el partido anunció su disolución. Su propósito de impulsar una alternativa política basada en los valores del humanismo cristiano había fracasado. El objetivo de este artículo es analizar las razones de su origen y ­desaparición, así como los problemas de identidad padecidos debido a su dificultad para encontrar el equilibrio entre su pasado centrista y su nueva ubicación en la derecha.

Palabras clave: Democracia cristiana, Partido Demócrata Popular, Óscar Alzaga, Javier Rupérez, Partido Popular.

Abstract: The People’s Democratic Party (PDP), later renamed as Christian Democracy (DC), was the last major attempt to structure a purely Christian Democrat party in Spain. Founded in 1982 by Óscar Alzaga, the party announced its dissolution just seven years later. Its goal of promoting a political alternative based on the values of Christian humanism failed. This article analyses the reasons for its birth and disappearance. It will also explore the problems of identity that it suffered as a consequence of the difficulty of balancing its centrist past and its new location on the political right.

Keywords: Christian democracy, People’s Democratic Party, Óscar Alzaga, Javier Rupérez, People’s Party.

La democracia cristiana nunca alcanzó una implantación significativa en España. Cuando, a comienzos de siglo, en otros países del continente comenzaron a gestarse partidos socialcristianos, su presencia en España se limitó a la efímera experiencia del Partido Social Popular y a la facción más progresistas de la CEDA 1. Fue en la posguerra mundial cuando sectores del catolicismo español trataron de imitar esas experiencias democristianas que afloraban por toda Europa. Desde la oposición surgieron formaciones como la Democracia Social Cristiana de José María Gil-Robles o la Izquierda Demócrata Cristiana de Manuel Giménez Fernández; mientras que la recepción del Concilio Vaticano II permitió que las generaciones más jóvenes de la familia católica del régimen evolucionaran hacia una incipiente democracia cristiana de signo conservador caracterizada por su discurso reformista. La creciente importancia de estos sectores, así como el ejemplo europeo, hizo que figuras como Juan José Linz no tardaran en pronosticar que se convertirían en una de las principales fuerzas de la España posfranquista 2. Llegada la Transición se plantearon dos grandes proyectos democristianos. Por un lado, el Equipo Demócrata Cristiano (EDC), impulsado por históricos dirigentes de la oposición antifranquista, y, por otro, el Partido Demócrata Cristiano (PDC), donde convergieron los grupos más posibilistas de la oposición y los sectores más avanzados de esa democracia cristiana surgida desde el régimen. Tras las primeras elecciones, el EDC sufrió una derrota que obligó a su disolución, mientras el PDC encontró su supervivencia integrándose en Unión de Centro Democrático (UCD), coalición que no tardó en convertirse en un partido unificado en el que convivieron democristianos, liberales y socialdemócratas. Pese a los pronósticos realizados, la democracia cristiana no logró convertirse en una alternativa política independiente 3. Parecía que con aquel fracaso habían muerto las posibilidades de una opción puramente democristiana, pero llegada la década de los ochenta surgió un último intento.

Ante el desmoronamiento de UCD, gran parte de los miembros del sector democristiano impulsaron en 1982 el Partido Demócrata Popular (PDP), rebautizado en 1988 como Democracia Cristiana (DC). Integrada en el seno de Coalición Popular, la formación llegó a convertirse en el tercer partido con mayor representación institucional, pero en 1989, tras apenas siete años de vida, se disolvió para integrarse en el Partido Popular. Este artículo pretende acercarse a la historia de esta formación para comprender las razones del origen y desaparición, así como de la difícil trayectoria, de ese «canto de cisne» de la democracia cristiana que supuso el PDP.

El nacimiento del PDP

La UCD alcanzó unas confortables victorias en 1977 y 1979. Todo parecía indicar que la formación desempeñaría un papel clave en la reciente democracia, pero, tras las elecciones de 1979, el débil liderazgo de Suárez y las dificultades de armonizar las diferentes ideologías que la conformaban generaron una progresiva disidencia interna. En ese creciente grupo crítico los democristianos ­desempeñaron un papel fundamental, pues no dejaba de ser el único sector de UCD que había mantenido una unidad efectiva a través de su vinculación a la Fundación Humanismo y Democracia, «sucursal» española de la Fundación Adenauer. Fueron principalmente miembros del sector democristiano quienes impulsaron la Plataforma Moderada, presentada el 23 de julio de 1981 bajo la forma de una carta pública suscrita por 39 diputados. Todos ellos se sumaban a lo que aspiraba a ser una corriente interna con un mensaje centrado en la regeneración del partido y su conversión en «un centro-derecha sin subterfugios ni veleidades socialdemócratas» 4. Consideraban que el espacio de centro había sido útil durante la Transición, pero ahora el partido debía prepararse para un previsible escenario bipartidista, siendo favorables a convertir UCD en la representante de la «derecha civilizada» española y hacer efectiva su adscripción al Partido Popular Europeo (PPE). Esa aspiración pasaba por un entendimiento con Coalición Democrática (CD), reducida agrupación conservadora liderada por una Alianza Popular (AP) que trataba de desligarse de sus orígenes neofranquistas para abrazar un discurso liberal-conservador. Uno de quienes más instó a dicha aproximación fue Óscar Alzaga, histórico democristiano que, en una conferencia pronunciada en Club Siglo XXI, defendió el acercamiento al partido de Fraga para juntos «rehacer la gran fuerza política moderada de nuestra época», algo que la dirección centrista rechazó frontalmente 5. Otra de las voces que abogó por esa unidad fue José Manuel Otero, quien planteó que dicho acercamiento se iniciara con un Gobierno de coalición UCD-CD que garantizara la gobernabilidad hasta las próximas elecciones 6.

La dirección de UCD se vio angustiada ante la creciente presión de los democristianos. Sin embargo, la salida del sector socialdemócrata en noviembre de 1981, y el posterior nombramiento del democristiano Íñigo Cavero como secretario general, hizo creer a la cúpula dirigente que dicha contestación podía acallarse 7. Pero los sucesivos malos resultados cosechados en los comicios gallegos y andaluces, frente a una AP en ascenso, solo sirvieron para reafirmar a muchos en su convicción sobre el agotamiento del proyecto centrista. El rechazo de la dirección centrista a cualquier entendimiento con Fraga llevó a que los democristianos buscaran dicha aproximación por su cuenta a través de un nuevo partido concebido como instrumento sustitutivo de UCD para pactar con AP. Así se gestó la creación de un partido popular inspirado en los principios del humanismo cristiano, la justicia social y el Estado social de derecho 8. A pesar de apostar por el acuerdo con Fraga, valoraron positivamente mantener la independencia en una formación netamente democristiana. Tras ello subyacía la obsesión por una cierta «pureza doctrinal» como respuesta a la ecléctica definición ideológica de UCD, así como la necesidad de establecer fronteras diferenciadoras con el conservadurismo fraguista 9. Pese a las sintonías esgrimidas, la actuación de AP durante los primeros tiempos de la Transición había dejado una imagen negativa de la marca electoral, frente a la cual la distinción surgida por la antigua adscripción centrista era, en este caso, valorada como un factor positivo.

El 5 de julio de 1982 los democristianos hicieron efectivo ante el registro la creación del Partido Demócrata Popular (PDP), aunque decidieron no presentarlo públicamente a la espera de alcanzar suficientes adhesiones 10. Pero una serie de cambios en UCD precipitaron su lanzamiento. El 6 de julio, Leopoldo Calvo-Sotelo propuso a Landelino Lavilla como su sucesor al frente del partido, así como posible candidato a la presidencia en los próximos comicios. Lavilla se trataba de un reconocido democristiano que, en cambio, defendía la continuidad de una UCD independiente respecto a cualquier operación de centro-derecha. La propuesta de su nombramiento provocó que los promotores del PDP, temerosos de una posible disminución de apoyos, optaran por no retrasar más tiempo la presentación del partido. El 7 de julio, Alzaga publicó un artículo en El País llamando a «la superación del inmovilismo centrista». En él explicaba que, pese al papel positivo desempeñado hasta entonces por UCD, su desaparición era inminente. Esto hacía necesario adoptar una nueva estrategia con la que afrontar unos futuros comicios en los que, de no vertebrarse una alternativa de centro-derecha viable, temía surgiera un sistema de partidos con un PSOE hegemónico 11. Desde su visión, la solución pasaba por la creación del PDP, formación que a diferencia de UCD estaría dispuesta a hacer una «política de principios» con la cual reconectar con ese electorado que votó al centro en 1979, pero que habría visto incumplido gran parte del programa electoral 12. Alzaga apostaba por una coalición para enfrentarse al PSOE constituida por el PDP, los aliancistas de Fraga y los liberales articulados en torno a Antonio Garrigues en el Partido Demócrata Liberal (PDL), que rechazó tal posibilidad. Desde AP, los propósitos trazados por Alzaga fueron bien recibidos, con un Fraga dispuesto a emprender una estrategia de «moderación por agregación» con la cual alcanzar esa hipotética «mayoría natural» contraria al socialismo 13.

Tras su lanzamiento, el PDP constituyó una comisión gestora provisional de la que Alzaga se convirtió en su principal representante. En ella también destacaron los exministros José Manuel Otero, Eduardo Carriles y Andrés Reguera, y reconocidos centristas como Modesto Fraile, José Ramón Pin, Julen Guimón, Ambrosio Calzada o José Luis Ruiz-Navarro. En total, veintiún parlamentarios centristas mostraron su apoyo al PDP, trece procedentes del Congreso y ocho del Senado. El 30 de julio, la formación organizó una convención para oficializar la constitución del nuevo partido. Dado su precipitado nacimiento, el acto se centró en señalar la identidad propia, tanto respecto a una UCD de la que acababa de separarse, como de una AP con la que ya había anunciado su propósito de coaligarse ante futuros comicios. Sus promotores volvieron a incidir en el carácter doctrinal del partido frente al «hipereclecticismo con ribetes de ambigüedad permanente» de UCD; así como su carácter reformista y progresista en contraposición al conservadurismo aliancista, aunque matizando que «el progresismo que nosotros defendemos arranca de nuestras propias bases y convicciones y no de una vergonzante referencia a las de las izquierdas», lo que consideraban había sido el gran error de UCD 14. Bajo dichas premisas se puso en marcha un partido cuyos respaldos procedieron, fundamentalmente, de antiguos centristas, hasta tal punto que el trasvase de militancia permitió contar con parte de las estructuras preexistentes en provincias como Segovia, Guadalajara, Santander, Palencia o Alicante 15. No obstante, no todos sus integrantes procedieron de UCD, contando también con viejos militantes de aquellos partidos democristianos frustrados durante la Transición, y con reconocidas personalidades del mundo empresarial, siendo la incorporación más destacada la de Javier González-Estéfani, vicepresidente de la CEOE y presidente de CEPYME.

Todo ello afectaba a una UCD que «se desmorona por su izquierda con la huida de los socialdemócratas, se disgrega por su derecha con la secesión de los democratacristianos, y se vacía por su centro cuando el propio Suárez decide abandonar el barco» para crear el Centro Democrático y Social (CDS) 16. En estas circunstancias, el 27 de agosto Leopoldo Calvo-Sotelo anunció el adelanto electoral para el 28 de octubre de 1982. Esto acrecentó los problemas del PDP, obligado a preparar su candidatura tras poco más de un mes de historia, careciendo de los suficientes recursos humanos y de una estructura organizativa estable 17. Si los democristianos habían planteado en el pasado un acuerdo UCD-AP, en el cual Fraga y los suyos estaban llamados a ser el grupo menor de la coalición, la coyuntura política implicaba que fuera AP quien capitaneara el pacto, con un PDP consciente de que su debilidad lo condenaba a un segundo plano. La situación en UCD tampoco era mucho mejor, pues su progresivo desmoronamiento provocó una división interna entre los partidarios a favor de mantener la pureza centrista y aquellos proclives a un entendimiento con AP y PDP. Tan solo se aceptó alcanzar un acuerdo en el País Vasco, donde la peculiaridad de la situación política regional facilitó una alianza entre UCD, AP, PDP y PDL. Uno de los centristas que más instó al entendimiento con la derecha fue José Luis Álvarez, ministro de Agricultura, Alimentación y Pesca, quien llegó a establecer unas negociaciones que no tardaron en ser desautorizadas desde la dirección de UCD. Todo ello provocó que Álvarez abandonara el Gobierno y anunciara su pase al PDP, pues, según aseguraba, «el centro ha servido para lograr unos objetivos esenciales: la transición, la convivencia; pero ha llegado un momento en que se ha producido una inflexión, se ha agotado el proyecto político que muchos de nosotros diseñamos en 1976, y no se ha puesto en marcha otro adecuado a las necesidades y los deseos de los votantes del centro» 18.

Aliancistas y democristianos sellaron su pacto el 14 de septiembre, al cual se incorporaron otras pequeñas formaciones de ámbito regional como el Partido Aragonés Regionalista (PAR), Unión Valenciana (UV) y Unión del Pueblo Navarro (UPN). Mientras los partidos regionales fueron relegados a un papel menor, al PDP se le concedió la posibilidad de formar un subgrupo parlamentario y contar con un portavoz adjunto. Respecto al programa electoral, se basó en los principios del liberalismo económico frente al colectivismo, la necesidad de orden social, y «una concepción moral de la vida [...] basada en el humanismo cristiano» 19. Mayores complicaciones planteó el diseño de las listas electorales. Si desde AP muchos se negaban a conceder puestos destacados a quienes, en su opinión, se habían acercado por mero electoralismo, desde el PDP se consideraba que era el pasado centrista de sus miembros lo que contribuía a templar la imagen de la derecha, legitimando en ello sus demandas por alcanzar el mayor número de aspirantes posibles 20. Finalmente se acordó conceder al PDP seis cabezas de lista y una presencia garantizada para sus principales hombres. El problema surgió cuando al confeccionarse las listas desde las diferentes delegaciones provinciales de AP, muchos democristianos fueron apartados. El PDP solo encabezó las listas de Ceuta, Gerona, Segovia y Vizcaya, siendo eliminados dos números uno —José Manuel Otero en Pontevedra y Mariano Alierta en Teruel—, así como otros miembros destacados 21. Esta situación provocó que el PDP planteara su posible abandono de la coalición, idea que fue rápidamente descartada al ser conscientes de la irrelevancia a que dicha decisión los condenaría. Durante el I Congreso del partido, celebrado los días 25 y 26 de septiembre, Alzaga reafirmó su confianza en «una coalición susceptible de irse configurando como la gran fuerza política que contrapese la del partido socialista» 22. En dicho acto también se eligió a la cúpula directiva del partido, con el nombramiento de Óscar Alzaga como presidente, mientras la secretaría general se le ofreció a José Manuel Otero como «recompensa simbólica» a la eliminación sufrida en las listas electorales 23.

Cuadro 1

Cúpula directiva del PDP tras su Congreso constituyente

Presidente

Óscar Alzaga

Vicepresidente Primero

Eduardo Carriles

Vicepresidente Segundo

José Luis Álvarez

Secretario General

José Manuel Otero

Vicesecretario General

José Ramón Pin

Fuente: José María Beneyto: «I Congreso Nacional...», p. 227.

Iniciada la campaña, el PDP se mantuvo en un segundo plano por unos recelos derivados de «la crisis de las listas» no del todo superada. Cuando el 28 de octubre se celebraron las elecciones, el cambio del escenario político resultó evidente. Mientras el PSOE alcanzó la mayoría absoluta con 202 diputados, UCD se hundió a solo 11. La coalición AP-PDP consiguió 107 diputados, de los que 14 pertenecían a los democristianos. En el Senado, donde los socialistas también obtuvieron una amplia mayoría, la coalición derechista obtuvo 54 senadores, de los que 10 procedían del PDP. Con dichos resultados, la formación democristiana se convirtió en la tercera fuerza política con mayor representación parlamentaria.

El PDP y Coalición Popular

La consolidación de un proyecto

El resultado electoral constató los beneficios de la estrategia democristiana frente al hundimiento de UCD. La formación centrista convocó un congreso extraordinario, celebrado los días 11 y 12 de diciembre, en el que, tras diversos enfrentamientos internos, tomó la sorpresiva decisión de asumir una adscripción democristiana y se marcó como propósito la integración en el PPE 24. Además, tras el fracaso electoral, comenzó a especularse sobre un posible acuerdo con AP-PDP para las elecciones municipales del año próximo. Según destacó un editorial de El País, «si la nueva UCD concurre a las elecciones municipales en coalición con Alianza Popular y el PDP, bajo el liderazgo conjunto de Manuel Fraga, sería preciso derrochar enormes cantidades de ingenio para convencer a alguien de que Óscar Alzaga y Landelino Lavilla representan opciones políticas realmente distintas» 25. Muchos centristas parecieron percibir lo estéril de esa operación, sobre todo ante una AP reacia a cualquier entendimiento con una UCD en vías de extinción. Ello provocó la incorporación al PDP de figuras como Luis de Grandes, Javier Tusell, Javier Arenas, José Manuel García-Margallo, Jaime Mayor Oreja o José Ignacio Wert, nombrado portavoz del partido.

Relevante fue la llegada de quien fuera primer representante español ante la OTAN, Javier Rupérez, quien reconocía el valor del PDP para participar en la gran coalición de centro-derecha, ya que «permitía una integración sin mácula a centristas huérfanos y democristianos de toda la vida que no gustaban de la proximidad de la derecha conservadora y, en algún sentido, todavía tardo franquista que dirigía Fraga, mientras a este, siempre en búsqueda de ampliar lo mermado de sus filas con la reclamación de la mayoría natural, se le ofrecía un socio con buen pedigrí democrático y nombres conocidos» 26.

Las numerosas incorporaciones provocaron que se planteara una fusión entre el PDP y la UCD «democristianizada», objetivo no alcanzado. Desde el PDP se aceptó integrar a dirigentes procedentes de UCD, pero se rechazó cualquier posible fusión que conllevara asumir las cuantiosas deudas de la formación centrista 27. Por otro lado, destacados dirigentes de UCD, pese a su adscripción democristiana, rechazaron cualquier tipo de aproximación a Fraga, como Fernando Álvarez de Miranda, Landelino Lavilla o Juan Antonio Ortega. En esas circunstancias, UCD quedó en un cierto «estado de hibernación» y en un enfrentamiento subterráneo con el PDP por hacerse con el reconocimiento de la democracia cristiana internacional 28. Este pasaba, en primer lugar, por la Fundación Adenauer, cuya financiación resultaba indispensable tanto para una UCD interesada en sobrevivir, como para un PDP deseoso de crecer. Los centristas partían con la ventaja de controlar los resortes de la Fundación Humanismo y Democracia, lo que hizo que Alzaga planteara promover una posible Fundación Giménez Fernández dependiente del PDP 29. Esto no fue necesario pues, al poco tiempo, la organización alemana mostró su respaldo a la formación de Alzaga, por lo que UCD, carente de recursos humanos y financieros, optó por disolverse el 18 de febrero de 1983. Lo único que conservaron los centristas fueron sus once diputados, que a lo largo de la legislatura fueron incorporándose a otras fuerzas, pasando tres de ellos al PDP 30.

Constatada la desaparición de UCD, el desembarco de antiguos centristas se acrecentó, con numerosos alcaldes y concejales que, ante el deseo de continuar desempeñando sus cargos públicos, contemplaron el valor instrumental del PDP para acercarse a la alternativa de centro-derecha sin tener que vincularse a los aliancistas, que observaban con suspicacia el constante crecimiento del brazo democristiano de la coalición. Además, AP contempló cómo, ante la confección de las listas electorales para los comicios autonómicos y municipales, los democristianos exigieron un 30 por 100 de los puestos con posibilidades, aumentando sus demandas respecto a 1982 como «compensación política y moral» por el incumplimiento de los acuerdos de las pasadas elecciones 31. Ante sus crecientes exigencias, Fraga decidió seguir las recomendaciones de Alfonso Osorio, vicepresidente de AP, quien ya le había señalado que «tal vez te sea útil jugar a Pedro Schwartz como contrapeso con un grupo liberal» para reducir el valor de referente centrista que el PDP trataba de jugar en la coalición 32. Ello generó que AP impulsara la creación de Unión Liberal (UL), a cuyo frente quedó Pedro Schwartz, entonces diputado independiente. El 10 de febrero de 1983, los dirigentes de AP, PDP y UL firmaron la creación de Coalición Popular (CP), nombre con el que pasó a conocerse su alianza electoral. Dicha denominación ya había estado presente en el pacto entre Fraga y Alzaga de 1982, aunque entonces optaron por concurrir como AP-PDP ante el deseo democristiano de dejar constancia de su nombre y no diluir sus siglas en fecha tan temprana 33. Cuando se cerró el reparto de candidatos, AP conservó el 70 por 100 de los puestos, mientras el PDP obtuvo un 20 y UL un 10, sobrerrepresentándose con ello a la pequeña formación de Schwartz 34.

Celebrados los comicios, CP se convirtió en la gran alternativa política al PSOE. Dentro de la coalición, el PDP consiguió 53 representantes autonómicos, alrededor de 2.500 concejales y 381 alcaldes, mayoritariamente en pequeños núcleos rurales, con la excepción de José María Peña en Burgos y José Ignacio Navarrete en Cuenca, cuyo triunfo derivó del prestigio local de ambos candidatos 35. Poco después de los comicios, Alzaga organizó una conferencia de dirigentes provinciales a los cuales instó a emplear la representación alcanzada para asentar la expansión provincial y comarcal del partido 36. Su intención era pasar de un partido de cuadros a un partido de masas. Para facilitar tal objetivo, también se impulsó una rama juvenil, la Juventud Demócrata Popular, y se aludió a la intención de desplegar «una estructura de tipo matriarcal», proyectando crear grupos sectoriales como «Juristas del PDP», «Organismos agrarios del PDP» o «Activistas sindicales del PDP» 37. Con todo ello pretendía conseguirse una creciente militancia y una mayor expansión, labores a las que Alzaga consagró su actividad política, por lo que delegó el cargo de portavoz adjunto del grupo parlamentario en Modesto Fraile. Según declaraba el propio partido, pronto llegaron a los 27.000 afiliados, cifras probablemente abultadas con el fin de conseguir un aumento de su peso en la coalición. Ciertamente, si el PDP cosechó una no despreciable representación institucional, mayores dificultades encontró para alcanzar una auténtica implantación, circunscrita al prestigio de ciertos líderes provinciales y las redes de influencia que estos habían vertebrado durante su pasada militancia en UCD. En las provincias donde alcanzó una mayor implantación fue gracias al liderazgo de antiguos dirigentes centristas, como Ambrosio Calzada en Santander, Domingo de Guzmán Álvarez en La Rioja, Modesto Fraile en Segovia y Jaime Ignacio del Burgo en Navarra 38. Pero, en realidad, el PDP nunca lograría convertirse en un partido con significativos apoyos sociales, limitándose a un mero partido de notables procedentes de las llamadas «profesiones liberales» y de las elites forjadas en UCD.

La difícil convivencia de la derecha española

La forma en que el PDP gestionó su relación con AP acabaría siendo causa de división del partido en dos facciones enfrentadas entre sí. Por un lado, surgió el sector unionista, encabezado por los vicepresidentes y el secretario general, defensores de dejar atrás el posicionamiento centrista y vertebrar una auténtica alternativa de centro-derecha, tal y como ya se había demandado desde la Plataforma Moderada. Pese a ser partidarios de preservar cierta autonomía y su identidad democristiana, eran totalmente favorables a mantener la coalición con Fraga, a quien reconocían como líder incuestionable de la oposición al PSOE. Frente a ellos se ubicó el sector pragmático, pues era este el sentimiento con que vivían su unión con los aliancistas, que consideraban un simple «matrimonio de conveniencia». Principalmente lo integraban aquellos que se habían incorporado al PDP tras la debacle electoral de UCD, guiados por un necesario tacticismo más que por la reivindicada identidad democristiana, pues nunca dejaron de tener presente la vieja referencia centristas. Esta inclinación los llevó a mostrarse abiertamente críticos con Fraga, de quien no dudaban en recordar su pasado franquista. En una posición vacilante se ubicó Alzaga. Inicialmente había sido figura clave del sector unionista, favorable al entendimiento con Fraga desde un partido definidamente democristiano que se integrara en «una alternativa de centro-derecha democrática y reformista» 39. Sin embargo, progresivamente se fue aproximando a un sector pragmático más dispuesto a reconocer su liderazgo, guiado también por un cierto temor a que las posiciones unionistas pudieran tornarse en asimilistas. Por ello, aunque admitió la necesidad de mantener la coalición en vista de la irrelevancia a que parecía condenada una opción de centro tras el hundimiento de UCD, no cejó de buscar elementos diferenciadores con AP ante el temor a que su formación se viera subsumida en la coalición.

Lo primero que buscó Alzaga fue la adscripción internacional a la Unión Europea Demócrata Cristiana (UEDC). El problema radicó en que esta ya contaba con dos formaciones españolas, el Partido Nacionalista Vasco (PNV) y Unió Democràtica de Catalunya (UDC), que solo estaban dispuestas a aceptar la integración del PDP si renunciaba a su presencia en la política vasca y catalana 40. Ante el rechazo de Alzaga a tales exigencias, cuando en noviembre de 1983 se planteó de forma oficial el ingreso del PDP, tanto UDC como PNV votaron en contra. Su incorporación solo fue posible tras la convención de la UEDC de mayo de 1984, cuando pese al voto contrario de los vascos, la formación catalana optó por abstenerse 41. En ello resultó fundamental la creciente relación entre la UDC y el PDP catalán, alentada por un sector pragmático que instaba al entendimiento con la rama democristiana de Convergencia i Unió (CiU) como forma de acercarse a la operación de centro-reformista que este partido estaba propiciando en torno a Miquel Roca.

Si la adscripción democristiana pretendió emplearse como elemento de diferenciación, el PDP también desplegó una intensa actividad para definir sus singularidades ideológicas publicando numerosos folletos sobre las ideas del partido. En ellos se referían a cuestiones como su defensa de la economía social de mercado, frente a unos aliancistas que omitían la apelación social; o su «decidido apoyo» al Estado de las Autonomías, ya que «nosotros no somos autonomistas circunstanciales y oportunistas», pues «nuestro autonomismo tiene una raíz profunda que penetra en la misma ideología demócrata-cristiana», apelando a las bases doctrinales teorizadas por Emmanuel Mounier en su Manifiesto al servicio del personalismo 42. Esta distinción también intentó visualizarse a través de una actividad parlamentaria independiente, tratando de presentar sus propias iniciativas y enmiendas, algo que provocó abiertas hostilidades con AP. Singular fue la situación producida durante el debate sobre la Ley de Función Pública, cuando el rechazo aliancista a que los democristianos presentaran sus propias enmiendas originó el abandono de la Cámara por parte del PDP como señal de protesta 43.

Los democristianos también trataron de proyectar su independencia a través de una oposición al PSOE caracterizada por un fuerte discurso contestatario, llegando a arrastrar a la coalición en alguna de sus respuestas más contundentes contra el Gobierno, como la abstención en el referéndum sobre la permanencia en la OTAN 44. También reseñables fueron sus numerosas publicaciones críticas, como Un año de socialismo, libro en el que Alzaga reprochó al PSOE cómo «el 28 de octubre se votó a unos hombres, a un programa, y a una ética. Y, al cabo del año, ni los hombres se han revelado como taumaturgos, ni el programa ha respondido a la magia de sus promesas, mientras la pregonada ética dejaba paso al más crudo pragmatismo, cuando no al oportunismo» 45.

Tiempo después publicaron Lo que el cambio se llevó, un análisis detallado del programa electoral del PSOE en 1982 con el propósito de señalar el grado de incumplimiento de cada una de sus promesas; o La LODE: un obstáculo para la libertad de enseñanza y Por la libertad de enseñanza, críticas con una LODE (Ley Orgánica del Derecho a la Educación) que consideraban guiada por un sentimiento anticlerical 46.

Desde AP eran amplios los sectores que no comprendían la obsesiva búsqueda de diferencias de los democristianos, al no encontrar auténticos impedimentos que imposibilitaran la unificación de los diversos partidos de la coalición. Destacados aliancistas consideraban que «la opinión política española, o es socialista o es no socialista, y dentro de lo no socialista pues, lo mismo le da que se llame liberal, demócrata cristianos, que conservadores [...] porque al final todo eso constituye una masa común que no desea el socialismo, sino que desea el humanismo cristiano, la cultura occidental, las libertades occidentales, en definitiva, toda esa mentalidad, que [...] constituye un complejo organismo diferenciado del socialismo» 47.

Esa apuesta por la unidad se reflejó durante el VI Congreso de AP en enero de 1984, presentándose una ponencia política que planteó una renovación con la cual vertebrar el partido como una formación moderada y reformista. Según Miguel Herrero de Miñón, esa renovación del ideario aliancista molestó a los democristianos, que «hicieron notar su malestar por el abandono de posiciones ultramontanas de la vieja Alianza [...] que, según ellos, les permitía mantener frente a nosotros una imagen más moderada y centrista» 48. Esa progresiva moderación del discurso aliancista fue aprovechada por Fraga para proponer la fusión de las diferentes formaciones del centro-derecha en un único partido, idea frontalmente rechazada por el PDP, donde el sector pragmático insistía en mantener a los aliancistas a su derecha para reafirmar su vocación centrista 49.

Más tensa fue su relación con el brazo liberal de la coalición, una UL que los democristianos consideraban que «no aporta votos, pero al ser una creación de AP, puede ser un desagüe que utiliza este partido primando a Unión Liberal [...] en detrimento del PDP» 50. En cierto modo, ese había sido el propósito con el que se creó la formación liberal, originando constantes rivalidades entre ambos partidos por puestos electorales o institucionales, como se evidenció en el tenso enfrentamiento protagonizado por conseguir un representante en el Consejo de Administración de RTVE, que los democristianos solicitaban para José Ignacio Wert mientras los liberales demandaban para Esperanza Aguirre 51. A estas tensiones se sumaban unas diferencias ideológicas más reales que las esgrimidas respecto a los aliancistas, debido al programa netamente neoliberal propugnado por Schwartz. Durante el II Congreso del PDP, celebrado los días 26 y 27 de enero de 1985, Alzaga criticó la política económica de Thatcher y Reagan, referentes constantes de UL. Aunque Alzaga aceptaba la obligación de impulsar una reforma del sector público y una contención de la presión fiscal, opinaba que estas medidas debían de ir acompañadas por «una política social compensadora» 52. En su criterio, la política económica debía tener en cuenta principios teorizados desde el humanismo cristiano, como la solidaridad, la subsidiaridad o el bien común, ideas que no veía reflejadas en el partido de Schwartz 53. Para Alzaga, si deseaba incorporarse a un sector liberal a la coalición, esto pasaba por contar con el recién creado Partido Reformista Democrático (PRD) de Miquel Roca, ubicado en un liberalismo progresista que era el único que, en su opinión, podía atraer votantes desde el «ala derecha» del PSOE 54.

Cuadro 2

Cúpula directiva del PDP después de su II Congreso

Presidente

Óscar Alzaga

Vicepresidentes

Íñigo Cavero

José Luis Álvarez

Eduardo Carriles

Javier Rupérez

José Manuel Otero

Secretario general

Julen Guimón

Vicesecretarios generales

José Ramón Pin

Luis de Grandes

Secretarios ejecutivos

José Ignacio Wert

José Manuel García-Margallo

Juan Rovira Tarazona

Fuente: Registro General de Partidos Políticos, carp. 548.

El «regreso» al centro político

El nacimiento de un PRD dispuesto a ocupar el centro político, y sus aparentes posibilidades de futuro pronosticadas por todas las encuestas, fue un factor clave en el giro ideológico-estratégico del PDP 55. Desde el primer momento, los democristianos mostraron su interés por conseguir que la formación liderada por Roca se sumara a CP, algo que este rechazó frontalmente. Esta actitud inquietó al sector pragmático del PDP, alarmados ante la posibilidad de «que cuajara una alternativa de centro en la que no estaban», por lo que ante la imposibilidad de atraer a Roca comenzaron a plantear ser ellos quienes se aproximaran al PRD 56. Roca simbolizaba para ellos la posibilidad de volver al centro, valor que no atribuían a un CDS que estimaban irrelevante y excesivamente inclinado hacia la izquierda 57. En contra del criterio del sector unionista, los pragmáticos presionaron en dicho sentido, beneficiados de una creciente influencia sobre Alzaga, cuya mayor muestra fue el nombramiento de Luis de Grandes como secretario general 58. Así fue cuajando la intención de recuperar un proyecto de centro y romper con AP esa relación que para muchos había pivotado en torno al puro tacticismo y la búsqueda obsesiva de diferencias.

Alzaga trató de constatar esa renovada vocación centrista con un artículo publicado en El País bajo el significativo título «El PDP no es conservador» 59. Se iniciaba el intento de recuperar esa identidad centrista, siempre larvada entre muchos de sus miembros, lo cual permitió la llegada de antiguos militantes de UCD pese a carecer de adscripción democristiana. La incorporación más mediática fue la de Rodolfo Martín Villa, colocado al frente del PDP castellanoleonés. No dejaba de ser sorprendente que un antiguo miembro del sector azul, caracterizado por su pasada oposición a los democristianos, radicara en el PDP. Este se excusaba en que la formación democristiana se trataba de la única alternativa viable, pues pasar de UCD a AP habría sido como «enviudar y pasar a casarte con tu suegra» 60. No fue el único miembro del sector azul que se incorporó al partido, pues con él llegaron otros como Gabriel Cisneros, Félix Manuel Pérez o Manuel Núñez. El PDP se escudaba en la importancia de «ampliar su base» y convertirse en un partido «de centro amplio», llegando a indicar la necesidad de no depender en exceso del carácter democristiano, algo que entraba en contradicción con su pasada insistencia en la vocación ideológica del partido. Incluso se comentó la posibilidad de incorporar a figuras del campo liberal-cristiano, en lo que la prensa consideró «un serio intento de reconstrucción, desde otras premisas, de algo semejante a lo que fue UCD» 61.

Alzaga parecía dispuesto a crear un nuevo centro a partir de la colaboración de reformistas y democristianos, algo que no tardó en levantar suspicacias en AP, conscientes del riesgo de perder a un socio dispuesto a engordar la emergente Operación Roca. Desde AP, Jorge Verstrynge apostó por reforzar el brazo liberal de CP para «que fuera más consistente y no el chiringuito del infeliz Pedro Schwartz», pudiendo frenar con ello las «miradas cómplices entre PDP y PRD» 62. Fue así como UL vivió una reconversión por la que adoptó el nombre de Partido Liberal (PL) y pasó a estar presidida por el más mediático José Antonio Segurado, cambios que no tardaron en demostrar su escaso resultado. Las relaciones entre PDP y CiU se consolidaban e, igualmente, se celebraron encuentros entre Enrique Marfany, líder del PDP en Galicia, y Pablo González Mariñas, dirigente de Coalición Galega, representante del PRD en dicha región. De fondo estaba presente un posible acercamiento ante las elecciones gallegas de noviembre de 1985, tema que llegó a tratar el propio Alzaga en una reunión celebrada con Roca en el mayor de los secretos 63. La constante oposición del sector unionista impidió, por el momento, dicha aproximación. Pero, al celebrarse las elecciones gallegas, CP mostró su incapacidad para alcanzar la mayoría absoluta que Fraga se había marcado como meta, mientras Coalición Galega consiguió una importante presencia que constataba las posibilidades electorales de una renovada formación centrista.

Desde ese momento, Alzaga tuvo clara su decisión, siendo significativo el desplazamiento de la dirección del partido de miembros del sector unionista. Alzaga se encontraba confiado en su estrategia de redirigirse hacia el centro y abandonar la coalición, acrecentado además por las recientes encuestas que lo situaban como el líder mejor valorado del centro-derecha, con una calificación del 4,2 frente al 4,1 de Roca y el 3,7 de Fraga 64. A todo ello se sumaba el apoyo del mundo financiero y empresarial al PRD y a esa posible unión entre democristianos y reformistas. Pero las dificultades de romper CP antes de las inminentes elecciones generales obligaron a que Alzaga permaneciera junto a los aliancistas, aunque decidido a que, si el resultado confirmaba el techo electoral de Fraga, los diputados logrados por el PDP se unirían a los conseguidos por Roca. El PDP había optado por regresar al centro.

Una alternativa en busca de su espacio

Las elecciones de 1986

Felipe González convocó elecciones para el 22 de junio de 1986. Para entonces, hacía tiempo que AP venía estudiando la posible distribución de candidatos en las listas electorales de la coalición. Alfonso Osorio, responsable del gabinete de estrategia del partido, había hecho redactar un informe sobre los réditos que para AP tenía su alianza con cada uno de los partidos. Sobre el PDP se indicaba que «su fuerza real es una incógnita» y se trataba de «puro nominalismo político» con nulas opciones en solitario, por lo que consideraba que las concesiones debían ser limitadas. Igual posición se mantenía respecto al PL y la UV, solo valorando como electoralmente significativa la aportación de UPN y el PAR, con quienes se aconsejaba mayor flexibilidad en las negociaciones 65. Teniendo en cuenta tales directrices se iniciaron las conversaciones entre los diferentes partidos, aunque valencianos y aragoneses optaron por concurrir en solitario. En los acuerdos entre las tres formaciones de ámbito nacional se estableció un reparto en que AP contaría con un 67,5 por 100 de aspirantes con posibilidades, mientras el PDP tendría un 21 y el PL un 11,5 66. Asimismo, los democristianos consiguieron encabezar las listas en siete provincias: Alicante, Almería, Cuenca, Granada, Guadalajara, Salamanca y Segovia. Simultáneamente se constituyó un gabinete encargado de redactar el programa electoral, conformado por Miguel Herrero de Miñón (AP), José Manuel García-Margallo (PDP) y Ana María Yabar (PL), aunque fue Herrero de Miñón quien definió las líneas directrices, no solo en tanto que representante del partido mayoritario, sino también porque AP era el contrapunto perfecto entre democristianos y liberales, los grupos más distantes y confrontados en el seno de la coalición 67. CP inició la campaña con grandes expectativas, pronosticando un aumento de hasta 25 diputados, a la vez que situaba sus esperanzas en la pérdida de la mayoría absoluta del PSOE, lo que dejaría la puerta abierta a un posible pacto con los nacionalistas y los diputados que lograse el PRD 68. Esa suponía para Alzaga la única posibilidad de mantener viva la coalición.

Pero los resultados evidenciaron lo erróneo de los pronósticos aliancistas, con un PSOE que renovó su mayoría absoluta, mientras CP solo consiguió 105 diputados y 63 senadores, lo que para el PDP se tradujo en 21 diputados y 11 senadores. No obstante, el desenlace tampoco fue positivo para el PRD, que no obtuvo ningún diputado al ser el CDS quien atrajo al electorado centrista. Para Alzaga se había confirmado el techo de Fraga, mientras que el resultado de Suárez evidenciaba que, pese al fracaso de Roca, existía espacio para una alternativa de centro 69. Esto generó la inmediata movilización del sector pragmático, insistiendo en hacer efectiva la ruptura de la coalición y volver a ese centro que siempre habían añorado. La misma noche de las elecciones, Alzaga accedió a sus demandas y propuso la ruptura con AP y el pase de los diputados democristianos al grupo mixto. Según un documento interno, el PDP habría formado parte de la coalición con el objetivo de «ganar las próximas elecciones» y «conseguir el gobierno de la nación», propósitos que al no lograrse diluían las razones para mantenerse unidos 70. Dicho argumentario se rechazó desde el sector unionista, proclive a mantener el pacto hasta el final de la legislatura al considerar que dicha decisión solo beneficiaría al PSOE 71. Para templar ánimos, Alzaga optó por una vía intermedia y planteó a Fraga una unión más flexible que permitiera al PDP gozar de una mayor autonomía, así como contar con grupo parlamentario propio, lo cual pasaría previamente por defender una reforma del reglamento de las Cortes 72. Pero tales demandas se rechazaron desde AP.

El 14 de julio, la dirección nacional del PDP celebró una reunión de sus parlamentarios en la que decidió hacer efectiva la ruptura con AP. Sus representantes pasaron al grupo mixto, donde, dadas sus dimensiones, se autorizó la constitución de una Agrupación Parlamentaria de la Democracia Cristiana, dotada de cierta autonomía 73. El 15 de julio, José Luis Álvarez, Eduardo Carriles y José Manuel Otero enviaron una carta a Alzaga dimitiendo de sus cargos en el partido en disconformidad con la decisión tomada 74. Otero, el más crítico de todos, llegó a ser expedientado por el comité de disciplina debido a su creciente tono contestatario, sanción por la que decidió abandonar el partido 75. Las elecciones de 1986 habían supuesto el fin de CP, mientras el PDP iniciaba su camino en solitario.

La travesía del desierto de la democracia cristiana

Los días 20 y 21 de diciembre de 1986, el PDP celebró su III Congreso Nacional en lo que pretendía ser una confirmación de la estrategia centrista asumida por Alzaga. Este se veía reconfortado en su decisión después del fracaso de AP en los comicios vascos de noviembre, a los cuales el PDP renunció a presentarse ante la necesidad de organizar su actividad en solitario. El mal resultado aliancista parecía confirmar el techo de Fraga, quien poco después anunció su renuncia a seguir liderando AP. Además, el candidato aliancista había sido Julen Guimón, quien había abandonado el PDP al rechazar la ruptura de la coalición, lo que permitió a la directiva democristiana esgrimir lo erróneo que para sus intereses supondría seguir con AP. Con ese telón de fondo celebraron su III Congreso bajo el eslogan «El centro de todos», incidiendo en ese intento de regresar a un «centrismo inequívoco y no conservador» 76. Igualmente se aludió a la posibilidad de buscar pactos con fuerzas como el CDS, que rechazó la propuesta. La nueva línea del partido fue respaldada de forma mayoritaria por la militancia, que confirmó a Óscar Alzaga y Luis de Grandes en la presidencia y secretaría general, respectivamente.

Cuadro 3

Cúpula directiva del PDP después del III Congreso

Presidente

Óscar Alzaga

Vicepresidentes

Íñigo Cavero

Javier Rupérez

Secretario general

Luis de Grandes

Vicesecretario general

José Ramón Pin

Portavoz de la Agrupación de la Democracia Cristiana en el Congreso

Modesto Fraile

Portavoz de la Agrupación de la Democracia Cristiana en el Senado

José María García Royo

Fuente: Registro General de Partidos Políticos, carp. 548.

La primera prueba a la que debió enfrentarse el PDP en su actuación en solitario fueron las elecciones europeas, autonómicas y municipales de 1987. Rupérez fue designado candidato al Parlamento Europeo, para lo cual propuso adoptar el nombre «Centristas para Europa», iniciativa frustrada tras el recurso presentado por el CDS ante la Junta Electoral 77. A escala autonómica, el partido presentó candidatura en todas las comunidades salvo Murcia. La figura que mayor interés despertó fue Rodolfo Martín Villa, quien aspiraba a convertirse en presidente de Castilla y León. Para garantizar sus opciones, propició un pacto con el PL, que al haber roto su coalición con AP también se encontraba en busca de socios electorales. Con dicha alianza Martín Villa pretendía alcanzar una coalición similar a la formada en Navarra, donde ambos partidos gestaron la Unión Demócrata Foral. Inicialmente se logró dicho acuerdo, configurándose la plataforma «Centristas para Castilla y León», pero la oposición del poderoso PDP segoviano a diluir la identidad democristiana en un pacto con los liberales hizo estallar la operación en toda la región. Martín Villa, ante la pérdida de expectativas, optó por no presentarse y dejó el partido 78.

Este sonado abandono introdujo una mayor inestabilidad a las ya de por sí mermadas posibilidades del PDP, acrecentadas por sus graves problemas de financiación. Las constantes gestiones de Alzaga ante la banca fracasaron, lo que generó un duro ataque de este hacia el mundo financiero y empresarial. Alzaga reprochó a las entidades con las cuales había negociado la fallida concesión de créditos —Banco Central y Banco de Santander— haber actuado según criterios políticos, «apartándose inexplicablemente de la neutralidad y profesionalidad con que las entidades financieras han de conducirse ante las diferentes fuerzas políticas» 79. Desde el propio PDP no tardó en recibir numerosas críticas, tanto por el fracaso de sus gestiones como por la excesiva dureza de sus palabras. Sintiéndose abandonado por su partido, el 21 de mayo, horas antes de comenzar la campaña, dimitió como presidente del PDP y anunció su intención de abandonar la política. Tras su dimisión, Rupérez asumió de forma interina la presidencia hasta las elecciones del 10 de junio, que revelaron el fracaso del PDP. Mientras Rupérez obtuvo un 0’89 por 100 de los votos al Parlamento Eu­ropeo, a escala autonómica solo consiguieron un diputado en Castilla y León y tres diputados de la candidatura navarra, mientras a nivel local se alcanzaron 1.521 concejales, principalmente en pequeñas localidades. Se trataba de un mal resultado, frente a un CDS asentado en el centro político y una AP que, en solitario, obtuvo un respaldo similar al de la antigua coalición. Para Rupérez, su fracaso evidenciaba que «ya no éramos solamente unos traidores, sino además unos «roba escaños», porque los resultados habrían puesto de relieve que nuestros diputados y senadores en realidad no tenían sustento electoral» 80.

Pese a todo, el PDP decidió seguir adelante y, el 27 de junio, Rupérez fue confirmado como presidente. Este impulsó una renovación de la formación, por lo que entre el 4 y el 5 de marzo de 1988 se celebró una convención por la que el PDP pasó a denominarse Democracia Cristiana (DC). Con dicha conversión asumía un nuevo giro estratégico al recuperar su inicial vocación democristiana. Según dirigentes del partido, «con el ocultamiento de la verdadera personalidad ideológica del PDP las cosas han ido mal», «la etapa en la que nos presentamos como fuerza de centro no ha funcionado» 81. Pero la refundación planteada estaba guiada por una sensación de incertidumbre y provisionalidad, evidenciando la incapacidad de los democristianos para encontrar su espacio en el sistema político español. Según reconocía el propio Rupérez, «[n]unca me hice muchas ilusiones sobre el sentido final de la aventura, pero me pareció que la mejor manera de buscar una salida honorable a los múltiples interrogantes que sobre nosotros se amontonaban era hacerlo desde una clara plataforma democristiana. Era también la manera de seguir concitando la ayuda y la comprensión de nuestros socios internacionales. Y de borrar, en la medida de lo posible, la memoria de la coalición AP/PDP» 82.

Cuadro 4

Resultados electorales del PDP en las elecciones europeas y autonómicas de 1987

Votos

Porcentaje

Escaños

Notas

Elecciones europeas

170.866

0,89

0

Elecciones autonómicas

Aragón

7.887

1,23

0

Asturias

3.600

0,62

0

Baleares

5.292

1,58

0

Canarias

13.274

1,98

0

Como PDP-Centristas Canarios

Cantabria

6.723

2,31

0

Castilla y León

35.080

2,44

1

Diputado obtenido por Segovia

Castilla-La Mancha

15.863

1,67

0

Como PDP-Agrupación de Agricultores Independientes

Madrid

9.101

0,38

0

Comunidad Valenciana

20.171

1,00

0

Como PDP-Centristas Valencianos

Extremadura

5.203

0,87

0

La Rioja

4.721

3,27

0

Murcia

No concurrió

Navarra

17.663

6,23

3

Como Unión Demócrata Foral (PDF-PDP, PL)

Fuente: http://www.historiaelectoral.com/es.html (consultado en octubre de 2019).

Rupérez era consciente de las escasas posibilidades del partido, que rechazó concurrir a las elecciones catalanas de 1988 ante sus nulas opciones 83. Fue en esas circunstancias cuando se vislumbró una última esperanza de la mano de Marcelino Oreja, quien anunció su propósito de abandonar el Consejo de Europa y regresar a la política nacional. Rupérez, quien había sido su jefe de gabinete cuando este era ministro de Asuntos Exteriores, no tardó en ofrecerle su incorporación al partido. Pero Oreja conocía las nulas posibilidades de dicha formación frente a las mayores expectativas de AP, entonces dirigida por Antonio Hernández Mancha. También este le había ofrecido integrarse en su partido, algo que Oreja se mostró dispuesto a aceptar si AP se refundaba como una auténtica formación de centro-derecha en la que convergieran los diferentes partidos de este espectro, aunque debería reemplazar la apelación conservadora por una referencia nítida al humanismo cristiano, así como frenar la cierta penetración del ideario neoliberal para sustituirlo por una mención a la economía social de mercado 84. También debería iniciar los trámites para incorporarse al PPE, cuyos contactos estaba dispuesto a poner al servicio de la operación. Hernández Mancha aceptó dichas demandas, consciente de que esa operación moderaría la imagen del partido, algo electoralmente rentable. Paralelamente, la llegada de Oreja permitió un acercamiento de posturas entre Hernández Mancha y Rupérez, dispuesto a volver con los aliancistas en una formación renovada y de base popular, consciente de que la mejor fórmula para la supervivencia de la democracia cristiana no se encontraba en su aventura en solitario sino en una refundación del centro-derecha.

Todo ello no tardó en despertar los recelos de amplios sectores de AP, recordando lo que consideraban una no muy lejana «traición» del PDP. El propio Fraga decidió regresar temporalmente a la dirección del partido, dispuesto a supervisar la teorizada renovación. Su retorno frenó los contactos con la dirección de DC, aunque destacados democristianos no dudaron en mostrar su adhesión a la operación diseñada por Oreja. El 10 de enero de 1989, cinco diputados democristianos anunciaron su abandono de DC y su paso al grupo parlamentario aliancista 85. Días después, AP celebró el conocido «congreso de la refundación», donde adoptó el nombre de Partido Popular (PP) y asumió la renovación de su ideario bajo las líneas dictadas por Oreja. Fraga quedó al frente del partido de forma temporal, pues, según se acordó, Oreja se presentaría como cabeza de lista a las elecciones europeas de ese año y, en caso de obtener mejor resultado que en 1987, se convertiría automáticamente en el líder nacional del PP 86.

El retorno de Fraga había generado el inmediato recelo de Rupérez y otros miembros del partido, quienes reafirmaron su intención de continuar en solitario temerosos de que la anunciada temporalidad no acabara siendo tal. Sin embargo, sectores de DC presionaron para sumarse al PP, que consideraban la única posibilidad de que la democracia cristiana ejerciera una cierta influencia en la política nacional. El 23 de enero la dirección del DC dio un primer paso al decidir el pase de sus diputados al grupo parlamentario de los exaliancistas, aunque seis de ellos, contrarios a la operación, optaron por aproximarse al CDS. Días después, el 28 de enero, reunido el consejo político del partido se aprobó por 78 votos a favor, frente a 30 en contra y 29 abstenciones, «la convergencia ordenada» con el PP, comprometiéndose a hacerla efectiva antes de las elecciones europeas del 15 de junio 87. El 4 de junio, los democristianos celebraron un congreso extraordinario en que sellaron la disolución del partido y su integración en el PP. Según asumía públicamente Rupérez, «la máxima cuota posible, en estos momentos, de democracia cristiana está residenciada en el Partido Popular» 88.

Conclusiones

La trayectoria del PDP es representativa de las dificultades padecidas por amplios sectores del centro-derecha nacional para encontrar su lugar en la España de los años ochenta, después del refugio protector que el espacio centrista había supuesto durante la Transición. Si su posición dentro de UCD había permitido a los democristianos gestionar su actuación política tras cuarenta años de dictadura conservadora, también hizo que al reaparecer como alternativa independiente lastrara una debilidad identitaria y que sus propios miembros concibieran de formas diferentes el espacio en que situar el partido.

El problema identitario-estratégico derivado de su posicionamiento durante la Transición se vio acrecentado por el escaso tiempo transcurrido desde la aparición del PDP hasta la celebración de las elecciones de 1982, lo que impidió que desarrollara una actividad independiente, quedando relegada a un papel secundario en su coalición con AP. Esta situación acrecentó los problemas internos del PDP, con un sector dominante que, dado el pragmatismo con que vivían su unión con AP, se dedicó a la búsqueda constante de diferencias respecto a su socia de coalición. Incluso gran parte de su actividad opositora al socialismo estuvo más guiada por su afán de diferenciación con AP que por su confrontación con el PSOE. De fondo subyacían unas rivalidades nacidas de las diferentes autopercepciones dibujadas, no tanto por su actuación política en esos momentos, como por sus pasadas militancias durante la Transición. Ese problema de identidad subyacía en las diversas y contradictorias estrategias seguidas a lo largo de su breve historia, desde la apelación a un nítido proyecto democristiano, al deseo de regresar a un centro con una menor definición ideológica.

Fue al constatar la imposibilidad de articularse como fuerza inde­pendiente cuando sus miembros optaron por integrarse en un PP que había asumido parte de sus aspiraciones. Además, su incorporación se produjo esperando que su liderazgo recayera en una figura por todos ellos aceptada, Marcelino Oreja, aunque su mal resultado en las elecciones europeas impidió que asumiera la presidencia del PP, que recayó en un José María Aznar más identificado con un mensaje liberal 89. Ese suceso pareció diluir el componente democristiano inicial, pero los antiguos miembros del PDP contemplaban como en toda Europa la democracia cristiana vivía una reconversión que conllevó su desaparición en Italia o su transformación en Alemania, con un Helmut Kohl acercado a postulados neoliberales. Incluso el PPE incorporó las formaciones de Chirac y Berlusconi, alejados notoriamente del discurso democristiano.

Ante dicho escenario, la vieja militancia democristiana permaneció en un PP homologado internacionalmente a quienes siempre habían sido sus referentes del exterior y dispuesto a asumir la convivencia interna de diversas tendencias. La salida encontrada por los democristianos pasó por integrarse en un gran partido que, apelando al centro-derecha, hizo del humanismo cristiano una de sus principales bases doctrinales, tal y como había sido el viejo objetivo que, a comienzos de la década, se habían marcado desde el sector crítico de UCD.


* Este trabajo se enmarca en el proyecto «La razón biográfica: biografías y narraciones autobiográficas en la investigación histórica y literaria del siglo xx eu­ropeo. Estudios de caso y reflexión teórica», HAR2017-82500-P (AEI/ FEDER/ UE), financiado por la Agencia Estatal de Investigación y por el Fondo Europeo de Desarrollo Regional.

1 Óscar Alzaga: La primera democracia cristiana en España, Barcelona, Ariel, 1973, y Javier Tusell: Historia de la democracia cristiana en España, vol. 1, Madrid, Sarpe, 1986.

2 Juan José Linz: «The party system of Spain: past and future», en Seymour Lipset y Stein Rokkan (eds.): Party Systems alignments: cross-national perspectives, Nueva York, The Free Press, 1967, pp. 197-282.

3 Donato Barba: La oposición durante el franquismo. La Democracia Cristiana, Madrid, Encuentro, 2001, y Adrián Magaldi: «Alfonso Osorio y la Unión Democrática Española (UDE): un proyecto democristiano en transición», Aportes, 37 (2018), pp. 233-266.

4 ABC, 24 de julio de 1981.

5 Óscar Alzaga: «Reflexiones sobre una crisis política grave», Revista de Derecho Político, 10 (1981), pp. 133-144.

6 Carlos Dávila y Luis Herrero: De Fraga a Fraga, Barcelona, Plaza y Janés, 1989, p. 32.

7 Silvia Alonso-Castrillo: La apuesta del centro, Madrid, Alianza Editorial, 1996, p. 454.

8 Registro General de Partidos Políticos, carp. 548.

9 UCD había tratado de asumir una definición ideológica que reconociera las aportaciones de las tres grandes familias ideológicas que la conformaban, potenciando pragmáticamente cada una de ellas según sus necesidades políticas. Véase Natalia Urigüen: «UCD y la ideología demócrata cristiana ¿Estrategia calculada?», Historia del Presente, 30 (2017), pp. 69-82.

10 Ibid.

11 El País, 7 de julio de 1982.

12 Ibid.

13 Charles Powell: «El principal partido de la oposición y el “gobierno largo” del PSOE: de Fraga a Aznar», en Álvaro Soto y Abdón Mateos (dirs.): Historia de la época socialista. España: 1982-1996, Madrid, Sílex, 2013, pp. 389-403.

14 José María Beneyto: «I Congreso Nacional del Partido Demócrata Popular», Revista de Derecho Político, 16 (1982-1983), pp. 223-227, esp. p. 224, y Una política joven y europea: Primer Congreso Nacional del Partido Demócrata Popular, Madrid, PDP, 1982, p. 29.

15 AG, entrevistas C32 y C65.

16 Silvia Alonso-Castrillo: La apuesta del centro..., p. 512.

17 José Ramón Montero: «El sub-triunfo de la derecha: los apoyos electorales de AP-PDP», en Juan José Linz y José Ramón Montero (eds.): Crisis y cambio: electores y partidos en la España de los años 80, Madrid, Centro de Estudios Constitucionales, 1986, pp. 345-432, esp. p. 350.

18 Una política joven y europea..., p. 464.

19 Es hora de soluciones, programa de Gobierno, 1982.

20 John Gilmour: Manuel Fraga Iribarne and the rebirth of spanish conservatism, 1939-1990, Nueva York, Edwin Millen Press, 1999, pp. 207-208.

21 Lourdes López: Alianza Popular: Estructura y evolución electoral de un partido conservador (1976-1982), Madrid, Siglo XXI, 1988, pp. 115-116.

22 José María Beneyto: «I Congreso Nacional...», p. 224.

23 Otero aceptó el cargo, pero indicó que solo lo asumiría por seis meses al no estar demasiado interesado por la gestión interna del partido. En el verano de 1983 fue reemplazado por Julen Guimón. Entrevista a José Manuel Otero, 13 de marzo de 2017.

24 Yolanda Gómez: «Congreso Extraordinario de Unión de Centro Democrático», Revista de Derecho Político, 17 (1983), pp. 247-249.

25 El País, 14 de diciembre de 1982.

26 Javier Rupérez: La mirada sin ira, Córdoba, Almuzara, 2016, p. 238.

27 Rogelio Baón: Historia del Partido Popular, Madrid, Ibersaf, 2001, p. 459.

28 Entrevista a Juan Antonio Ortega, 12 de julio de 2017.

29 El País, 18 de febrero de 1983.

30 Los diputados centristas integrados en el PDP fueron Gabriel Cisneros, Manuel Núñez y Luis Ortiz.

31 Archivo José Luis Álvarez (en adelante, AJLA), caja 10, carp. 8.

32 Carta de Alfonso Osorio a Manuel Fraga, 11 de noviembre de 1982, Archivo Alfonso Osorio (en adelante, AAO).

33 Manuel Penella: Los orígenes y la evolución del Partido Popular, t. I, Salamanca, Caja Duero, 2005, p. 648.

34 El País, 27 de marzo de 1983.

35 En septiembre de 1986 el PDP sumó una tercera capital de provincia al triunfar una moción de censura presentada en Segovia por su dirigente local, Emilio Zamarriego. ABC, 25 de septiembre de 1986.

36 José Ramón Pin: Organización de Partido Demócrata Popular, Cuenca, Fundación Humanismo y Democracia, 1983, p. 11.

37 Ibid., p. 20.

38 AG, entrevistas C32 y C65.

39 Óscar Alzaga: Un año de socialismo, Barcelona, Argos-Vergara, 1983, p. 22.

40 Javier Rupérez: La mirada sin ira..., p. 241.

41 El País, 15 de mayo de 1984.

42 Javier Tusell: Ideario Popular Democrático, Cuenca, Fundación Humanismo y Democracia, 1983, y José Ramón Pin: Financiación de las Autonomías, Madrid, PDP, 1984.

43 ABC, 25 de mayo de 1984.

44 John Gilmour: Manuel Fraga Iribarne..., pp. 248-249.

45 Óscar Alzaga: Un año de socialismo..., pp. 11-12.

46 Aulas de Humanismo Juan Luis Vives: Lo que el cambio se llevó, Barcelona, Planeta, 1985; Óscar Alzaga: La LODE: un obstáculo para la libertad de enseñanza, Madrid, Fundación Humanismo y Democracia, 1983, e íd.: Por la libertad de enseñanza, Barcelona, Planeta, 1985.

47 AG, entrevista C28.

48 Miguel Herrero de Miñón: Memorias de estío, Madrid, Temas de Hoy, 1993, p. 322.

49 Manuel Fraga: En busca del tiempo servido, Barcelona, Planeta, 1987, p. 341.

50 Archivo Antonio Fontán (en adelante, AAF), caja 266, carp. 3.

51 AAF, caja 266, carp. 2.

52 Otra política, otro futuro. Programa básico II Congreso, Madrid, PDP, 1985, pp. 14-15.

53 Manuel Penella: Los orígenes y la evolución del Partido Popular, t. II, Salamanca, Caja Duero, 2005, p. 778.

54 Agencia OTR/PRESS: La estrategia del PDP, 20 de noviembre de 1984.

55 Sobre el PRD, véase Adrián Magaldi: «La Operación Roca. El fracaso de un proyecto liberal en la España de los 80», Historia Contemporánea, 59 (2019), pp. 233-266.

56 Fernando Jáuregui: La derecha después de Fraga, Madrid, El País, 1987, pp. 307-342.

57 Sobre el CDS, véase Darío Díez: Adolfo Suárez y el Centro Democrático y Social (1982-1991), tesis doctoral, Universidad de Valladolid, 2017, esp. pp. 275-286 y 302.

58 Luis de Grandes llegó a la secretaría general después de que Julén Guimón abandonara el cargo al ser elegido uno de los sesenta eurodiputados designados para representar a España hasta las elecciones europeas de 1987. Tres de ellos pertenecieron al PDP: Julen Guimón, Luis Vega y César Llorens.

59 El País, 12 de marzo de 1985.

60 Fernando Jáuregui: La derecha después..., p. 149.

61 El País, 19 de mayo y 27 de septiembre de 1985.

62 Jorge Verstrynge: Memorias de un maldito, Barcelona, Grijalbo, 1999, p. 185.

63 Adrián Magaldi: «La Operación Roca...», pp. 330-331.

64 AAO: Barómetro de Opinión Pública, octubre de 1985.

65 AAO: Informe sobre una posible renovación del pacto de Coalición Popular.

66 AAO: Pacto AP/PDP/UL, julio de 1985.

67 Rogelio Baón: Historia del Partido Popular..., p. 658.

68 AAO: Análisis sondeo de opinión, marzo de 1986.

69 Pilar del Castillo y Giacono Soni: «Las elecciones de 1986: continuidad sin consolidación», en Juan José Linz y José Ramón Montero (eds.): Crisis y cambio: electores y partidos en la España de los años 80, Madrid, Centro de Estudios Constitucionales, 1986, pp. 625-644, esp. p. 641.

70 AJLA, caja 11, carp. 11.

71 Entrevista a José Manuel Otero, 13 de marzo de 2017.

72 Ya, 25 de junio de 1986.

73 Sus representantes en las cámaras autonómicas y consistorios municipales optaron mayoritariamente por pasar también al grupo mixto, aunque su decisión dependió de la gobernabilidad y situación política de cada lugar.

74 AJLA, caja 11, carp. 2.

75 José Manuel Otero: Lo que yo viví, Barcelona, Prensa Ibérica, 2005, p. 312.

76 ABC, 21 de diciembre de 1986.

77 La Vanguardia, 12 de mayo de 1987.

78 ABC, 1 de mayo de 1987, y entrevista a Rodolfo Martín Villa, 28 de marzo de 2017.

79 La Vanguardia, 20 de mayo de 1987.

80 Javier Rupérez: La mirada sin ira..., p. 262.

81 El País, 8 de febrero de 1988.

82 Javier Rupérez: La mirada sin ira..., pp. 263-264.

83 La Vanguardia, 8 de abril de 1988.

84 Entrevista a Marcelino Oreja, 6 de junio de 2017.

85 ABC, 11 de enero de 1989.

86 Entrevista a Marcelino Oreja, 6 de junio de 2017.

87 El País, 29 de enero de 1989.

88 La Vanguardia, 5 de junio de 1989.

89 John Gilmour: «Losing Its Soul: The Changing Role of Christian Democracy in the Development of Spain’s New Right», South European Society & Politics, 10(3) (2005), pp. 411-431, esp. p. 426.