Revista Ítalo-Española de Derecho Procesal
Vol. 1 | 2022 Small claims pp. 21-23
Madrid, 2022
DOI: 10.37417/rivitsproc/799
Marcial Pons Ediciones Jurídicas y Sociales

© Jordi Nieva-Fenoll
ISSN: 2605-5244
Editado bajo licencia Creative Commons Attribution 4.0 International License.

A SERGIO CHIARLONI
(16-1-2022)

Aún recuerdo su mail de cuando falleció Michele Taruffo, hace un año escaso. “Era più giovane di me!”, me dijo, lamentando el fallecimiento de su viejo amigo. Hablé con él hace muy poco tiempo. Su anciana y ligera voz era alegre, pese a los muchos achaques que padecía, como siempre lo había sido. En lo personal y en sus modos de comportarse y de conversar había sido siempre un auténtico caballero, siempre impecable en las formas, extremadamente atento cuando tenías la suerte de ser su huesped. Y siempre acompañado de su amadísima Mirella, que le otorgaba enorme simpatía y profundidad saliendo del ámbito del Derecho procesal. En realidad, ambos eran probablemente la pareja más unida en el afecto que quepa concebir.

Yo no puedo hablar de un Chiarloni joven, porque no lo conocí. Sus escritos sobre casación y nomofilaxis son de los primeros que leí, y como siempre ocurría entonces con los autores italianos, no sabías si estaban vivos o muertos o eran más o menos jóvenes. Los imaginabas como pozos de sabiduría, inaccesibles en su excelencia y llenos de ideas formuladas con una vocación teórica pero siempre con un inmenso realismo. Y justamente así era Sergio. Alguien que respetaba la doctrina tradicional, pero que no había tenido inconveniente alguno en acabar denunciando la tremenda dificultad del ius constitutionis o demostrando el carácter impracticable de la distinción entre hecho y derecho, al menos en casación.

Por todo ello, en la primera conferencia que le escuché sobre oralidad, allá por 2008, esperaba escuchar al maestro que verdaderamente era. Pero además me encontré con alguien discretamente atlético, espigado, y con unos ademanes que combinaban misteriosamente lo aristocrático con una tremenda vocación de cercanía a su público, casi diría al pueblo. Con esa voz ligera que siempre tuvo y esa sonrisa algo nerviosa al iniciar su intervención, exponía de una forma perfectamente estructurada, buscando ser entendido. Y sufría mucho por no serlo, sobre todo cuando se expresaba en otra lengua. Para mí guardo los comentarios que me hacía antes y después de las conferencias que compartimos en Argentina con Federico Carpi, por amable invitación de Eduardo Oteiza. Más de una vez preguntaba en privado una palabra en español para ser más preciso, pero lo que me dejó impresionado es la humildad que exhibía cuando había acabado su conferencia, y ya sentado en la mesa de los ponentes preguntaba, nuevamente con sigilo, si se había entendido lo que había dicho, si había comunicado bien. Sí, solo los gigantes científicos dudan, y les preocupa lo que puedan aportar a su público.

La siguiente vez que lo encontré fue en Turín, en su universidad. Hacía muy poco que había ganado una cátedra de Derecho Procesal en la Universidad de Barcelona, y él me había sugerido por mail que fuera después del concurso a un congreso que había organizado, en el que precisamente se hablaría de casación. En el congreso apareció Michele Taruffo, por supuesto bajando de un avión tras un largo viaje y casi cayendo en paracaídas, como dijo públicamente Federico Carpi. Pero la sorpresa fue cuando de repente, Sergio se aproximó a mí y me contó que acaba de saber que un ponente no vendría, y en ese momento me pidió sustituirle para empezar a disertar en treinta minutos durante otros treinta aproximadamente. Cómo decirle que no… sobre todo cuando después anunció públicamente que había fallado un ponente pero que “grazie al cielo”, yo estaba ahí y había aceptado impartir la conferencia sobre la temática que ya estaba anunciada. Consciente de la dificultad -era la primera vez que hacía una conferencia en italiano-, durante toda mi intervención me fue siguiendo con la mirada, intentando acompañarme con su gesto de gentileza, incluso en los puntos en que discrepaba con él -y que él conocía- hasta que acabé.

Cuento la anécdota anterior solamente para glosar su dulzura, la que siempre empleó con todo el mundo. Una presencia amable siempre dispuesta a confiar sinceramente ideas incluso políticas a su interlocutor, partiendo siempre de datos concretos bien compilados. No era el típico ciudadano quejoso de “piove, governo ladro”, sino que era evidente que tenía una completa formación en materia de gobernación y movimientos sociales, completamente ajena al Derecho procesal, que enriquecía mucho sus conversaciones.

Pero donde probablemente más se dejaba ver el Chiarloni científico era, no solo en sus publicaciones, sino en los debates posteriores a las conferencias. Conservó la mente extraordinariamente clara, rápida y precisa hasta el último momento, siendo increíblemente constructivo escuchar las aportaciones que realizaba a las palabras de otro. No hablaba por hablar ni decía lo primero que se le venía a la cabeza, que es lo que ocurre en la enorme mayoría de esos tan frecuentes “brainstormings”, que pocas veces sirven para algo aparte de para desorientar a quien sí que tiene las ideas claras, y se ve perturbado por las palabras de opinadores repentinos que solo buscan no permanecer callados. Al contrario, Sergio, como los buenos conversadores, compilaba el pensamiento ajeno y construía partiendo de esas ideas, no de las suyas propias, que es justamente lo que sí es de agradecer en las conversaciones científicas. Si hay algo que verdaderamente no caracterizaba a Sergio era la vanidad, que tengo para mí que le parecía simplemente divertida en los demás, pero que rechazaba para sí.

Se va una excelente persona, y nos deja huérfanos de nuevo aunque con la herencia de su ejemplo personal y científico. Evocaremos muchas veces su mirada tímida pero atenta, su discreta sonrisa y algunos de sus respetuosos silencios, que lo decían todo a voces.

Jordi NIEVA-FENOLL