Ayer 124/2021 (4): 25-51
Marcial Pons Ediciones de Historia
Asociación de Historia Contemporánea
Madrid, 2021
DOI: 10.55509/ayer/124-2021-02
© Ferran Izquierdo Brichs
© Laura Feliu Martínez
© Blanca Camps-Febrer
Recibido: 15-03-2019 | Aceptado: 10-01-2020
Editado bajo licencia CC Attribution-NoDerivatives 4.0 License

Acumulación y resistencias en el norte de África y Oriente Medio.
Colonialismo, poscolonialismo y neoliberalismo
*

Ferran Izquierdo Brichs

Universitat Autònoma de Barcelona
ferran.izquierdo@uab.cat

Laura Feliu Martínez

Universitat Autònoma de Barcelona
laura.feliu@uab.cat

Blanca Camps-Febrer

Universitat Autònoma de Barcelona
blanca.camps@uab.cat

Resumen: En este artículo analizamos el entrelazamiento de factores externos e internos en las movilizaciones sociales en la región de Oriente Medio y el Norte de África desde el siglo xix, cuando la región queda definitivamente subsumida a los procesos de modernización económica y política mundiales. El impacto de la influencia exterior depende directamente de su relación con el peso de los recursos de poder en cada momento: la tierra, el Estado moderno, la coacción, la industrialización o la financiación. Un seguimiento de estos recursos nos permite ver la evolución del poder y sus elites, así como de las respuestas populares. En nuestro análisis adoptaremos una perspectiva histórica de la sociología del poder.

Palabras clave: movilización social, MENA, colonialismo, poscolonialismo, neoliberalismo.

Abstract: In this article, we analyse the intertwining of external and internal factors affecting social mobilisation in the Middle East and North Africa. We begin in the nineteenth century, when the region became definitively subsumed into a global economy and undertook the process of political modernisation. The impact of the external influence depends directly on the weight of the resources of power at any given time: land, the modern state, coercion, industrialisation, or finances. Monitoring these resources allows us to see the evolution of power and elites, as well as popular responses. In our analysis, we will take a historical perspective of the sociology of power.

Keywords: social mobilisation, MENA, colonialism, post-colonialism, neoliberalism.

Introducción

La mundialización del capitalismo y del poder, a medida que avanzaba la influencia colonial moderna, tuvo consecuencias directas en la movilización social de la población por una mejora en sus condiciones de vida. Nuestra intención es analizar algunos de los factores externos e internos en las causas de las movilizaciones sociales en la región de Oriente Medio y el Norte de África (en adelante, MENA) desde el siglo xix, cuando la región quedó definitivamente subsumida a los procesos de modernización económica y política mundiales, hasta la actualidad. En ocasiones la influencia exterior en las tensiones es muy evidente, como en la lucha anticolonial, y en otras es más sutil, como en las protestas de los años ochenta vinculadas con la aplicación de los planes de ajuste estructural dictados por las instituciones financieras internacionales. En la actualidad es casi imposible analizar estas sociedades, su configuración del poder (político, económico, informativo, etc.) y sus tensiones sin tener en cuenta que forman parte de un sistema global.

El impacto de la influencia exterior depende directamente de su relación con los principales recursos de poder en cada momento. Nosotros centraremos la atención en la tierra, la industrialización, la coacción, el Estado moderno y la financiación, lo que nos permite ver la evolución del poder y sus elites, y también las respuestas populares. En nuestro análisis adoptaremos una perspectiva histórica de la sociología del poder, para lo cual debemos tener en cuenta a los actores implicados, los recursos de que disponen, las relaciones que establecen, la estructura en la que se mueven y también las ocasiones en las que los movimientos sociales consiguen expresar sus necesidades en términos de mejora de las condiciones de vida y producir cambios más o menos revolucionarios.

Este tipo de análisis en la mayoría de los casos se ha afrontado desde el marxismo. La perspectiva marxista, aunque imprescindible para el análisis, nos plantea, sin embargo, problemas por sus limitaciones economicistas y deterministas. Marx entendía el desarrollo como una evolución positiva que cuando es frenada genera revoluciones sociales y se basaba en la visión de las relaciones de producción como motor de la historia. Sin embargo, si en vez de la producción nos basamos en el «poder» en cualquiera de sus formas no solo el determinismo desaparece, sino que también se pueden explicar los largos periodos en los que las relaciones de producción que frenan el desarrollo no solo no provocan revoluciones, sino que aumentan el poder de las elites dominantes. El neoliberalismo sería uno de estos periodos en el sistema global 1.

El análisis marxista —seguimos en este caso a Gilbert Achcar— 2 plantea que las revoluciones se generan por la contradicción entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones de producción. Un modo de producción se ha ido desarrollando de manera progresiva, pero las nuevas elites no están dispuestas a ceder su poder a las nuevas clases sociales que se han desarrollado en paralelo, por lo que el conflicto es inevitable 3. Y según Achcar, esta contradicción se produce en la región de Oriente Próximo 4, por lo que el análisis se debe centrar en esta contradicción y su complejidad, que abarca tanto factores económicos como políticos locales, regionales e internacionales. Sin embargo, como comentábamos, si tenemos en cuenta no el desarrollo ni el crecimiento, sino la acumulación de poder en forma de capital, pero también de control sobre el Estado y sobre otros recursos como la población, la coacción o la información, podemos llegar a conclusiones contrarias:

En primer lugar, la contradicción entre el desarrollo de fuerzas productivas y las relaciones de producción hace crecer la desigualdad social, lo que favorece la acumulación en algunas elites a pesar de que pueda generar crisis en el sistema o de que el producto total disminuya.

En segundo lugar, esta mayor acumulación de poder refuerza a las elites, por lo que su capacidad de respuesta a revueltas y competidores dependerá de otros factores relacionados con el régimen y los recursos de poder que controla 5, y el éxito o fracaso de la revolución no estarán determinados por las relaciones de producción.

En tercer lugar, en los países de la periferia del sistema global esta contradicción es producto también de la posición de estas economías-sociedades-Estados en el sistema-mundo, por lo que, por una parte, tanto el desarrollo de fuerzas productivas como las relaciones de producción, y, sobre todo, las relaciones de poder, deben ser analizadas dentro del sistema global, y, por otra, las elites están reforzadas gracias a sus alianzas con las elites del centro del sistema.

En cuarto lugar, las transformaciones de longue durée en el sistema se producen, sobre todo, por la aparición y desarrollo de nuevos recursos en los procesos de acumulación de poder 6, no solo de capital. Esto genera transformaciones en el sistema, en las relaciones de poder y en las elites. En la actualidad, con la preponderancia de capital, corporación y Estado-potencia como recursos de poder, debemos hablar de sistema global, con relaciones basadas en el neoliberalismo, y de unas elites globales capaces de competir en dicho sistema. Lo que sitúa a la mayoría de elites políticas y económicas estatales en una posición secundaria.

Por último, la realidad del sistema global conlleva que los cambios que se producen en un sistema doméstico difícilmente pueden entrar en contradicción con los procesos de acumulación global, por lo que, cuando ocurren, se limitan a una sustitución de elites y, como mucho, a una modificación en las formas de llevar a cabo su función en el sistema, pero no en la función en sí. Los cambios que se producen en el centro se transmiten a la periferia en forma de «revolución pasiva» que puede adoptar la forma de cesarismo o trasformismo 7, ya que no son transformaciones provocadas por las fuerzas populares.

Este artículo se estructura en cuatro apartados que siguen la evolución de una serie de recursos que consideramos fundamentales para entender la historia social de la región MENA: la tierra, la coacción y la violencia, el Estado y el control financiero. Estos recursos y su importancia se abordan cronológicamente en tres grandes periodos que están conectados entre sí y ofrecen tanto diferenciaciones como continuidades. En primer lugar, abordamos el periodo precolonial y colonial. El siglo xix y principios del xx constituyen el momento de penetración de las relaciones de producción capitalistas en la región y también de creciente influencia de las elites exteriores. Desde el punto de vista de las relaciones de producción, el protectorado amplía e intensifica procesos necesarios para el avance del modo de producción capitalista como modo global de producción y acumulación. Los territorios colonizados cumplen una función útil para la acumulación en el centro del sistema: proveer de tierras (para la agricultura destinada al mercado y más tarde para la colonización), de población (mano de obra, soldados), materias primas y capital (por ejemplo, generando nuevos mercados o a través de la deuda).

En el segundo periodo —el de las independencias—, por una parte, las elites de los gobiernos no pueden escapar a su función en el sistema global, por lo que a pesar de haber luchado por la soberanía esta queda limitada. Por otra parte, su poder y la soberanía política dependen de la construcción de aparatos estatales modernos y del monopolio de la violencia «legal». Y, por último, deben responder a las demandas de la población, para lo cual muchos países árabes adoptaron estrategias rentistas, algunos de ellos bajo la cobertura del socialismo árabe y, en general, de las ideologías nacionalistas.

En el tercer periodo nos centramos en la globalización neoliberal. Tras la crisis de la deuda externa, las instituciones financieras y las elites globales obligaron a los Estados a seguir sus instrucciones y los planes de ajuste estructural. La debilidad de la población permitió que las elites adoptaran cada vez más políticas neopatrimoniales, con corrupción y capitalismo de amigos (crony-capitalism), y se insertaran en el sistema global buscando alianzas con elites globales o aceptando su papel de reproductoras en el ámbito nacional de las relaciones de producción neoliberales.

En la elección de los casos se ha tenido en cuenta la diversidad territorial para abarcar diferentes subregiones (en este caso, Magreb, la centralidad egipcia y el Próximo Oriente levantino), la diferente posición en la estructura de poder regional e internacional y diferentes modelos económicos. Los casos escogidos según estos criterios son utilizados en cada recurso en función de su relevancia en los procesos de acumulación analizados.

Para desarrollar las diferentes premisas presentadas en este ar­tículo se ha optado por ilustrar los diversos procesos con unos pocos casos que nos permiten identificar las dinámicas generales, aunque la concreción tenga elementos distintivos en cada caso. Marruecos representa un país magrebí colonizado por Francia que tras la independencia opta por una inserción en el sistema capitalista desde un planteamiento liberal con fuertes alianzas con los países occidentales. Egipto, desde su posición bisagra entre el Norte de África y Oriente Medio, junto con Argelia, ejemplifican el fracaso de los intentos de industrialización y desarrollo a partir del Estado, y en el caso egipcio también la constitución de una potencia media en competencia con elites externas. Por su parte, en Oriente Próximo, Palestina muestra en toda su crudeza la continuidad de los mecanismos coloniales en la región.


La tierra

El poder de las elites en el siglo xix y los inicios del xx en los países no industrializados estuvo ligado a la propiedad de la tierra. Esta daba acceso al control de la riqueza, de la población (campesina en su mayoría) y en muchos casos también de las instituciones del Estado y el ejército. La tierra y los mecanismos de desposesión del campesinado fueron un factor determinante en muchas de las revueltas populares tanto en el periodo precolonial como en el colonial. Por ello, en nuestra explicación nos centramos sobre todo en estos periodos, a pesar de que los procesos de desposesión de la tierra han continuado hasta el día de hoy en lo que Harvey denomina «gran movimiento mundial de cercado», en el que las propiedades comunales se disuelven a través de la fuerza del Estado 8.

En las sociedades premodernas, precapitalistas y preindustriales, el principal recurso en términos tanto de supervivencia como de poder era la tierra. Por esta razón, la paulatina transición a la agricultura destinada al mercado (primero, local y, en un segundo momento, cada vez más lejano) tuvo un gran impacto tanto en la vida de las personas como en las relaciones de poder.

Los cambios más importantes en este periodo se producen en la agricultura, que lentamente fueron transitando de la subsistencia al mercado. No todas las regiones evolucionaron al mismo ritmo, pues se tuvieron que adecuar a la demanda comercial, primero local y muy pronto exterior (regional y más tarde hacia Europa): algodón, tabaco, seda, opio, vino, frutos secos y cereales aumentaron en gran medida su producción. Estos cambios se produjeron, en primera instancia, a partir de la propiedad indígena (latifundistas y campesinado añadían a sus cultivos de subsistencia los comerciales o sustituyeron aquellos por estos). La propiedad y gestión extranjera se empezó a introducir en Palestina con los cítricos, en el Norte de África con la vid y en la región de Gezira, en Sudán, con el algodón 9, y estos puntos se convirtieron en la punta de lanza de los procesos de introducción de la región en la economía mundial y también en avisos de los procesos coloniales que debían venir.

Las resistencias rurales a los intentos de hacerse con sus tierras, ya fuera por el Estado o por potencias/colonos europeos, fueron constantes. Deben recordarse en especial los movimientos campesinos en Egipto (1919), Iraq (1920), Siria (1925-1927), Palestina (1936-1939) o Argelia (1954-1962) 10. En el caso palestino 11, se trataba de una región subdesarrollada, sin gran peso dentro del Imperio otomano, con una economía básicamente agraria basada todavía en buena parte en la explotación de los fellahin, campesinos de los que dependían los grandes propietarios, los funcionarios del imperio, los jeques tribales y los usureros. A finales del siglo xix y principios del xx, la agricultura y la economía palestinas se estaban insertando en las redes globales. Los grandes beneficiarios de la penetración del mercado global en la economía palestina fueron los mercaderes, intermediarios y latifundistas, y, sobre todo, el Tesoro Público, que aumentó la fiscalidad para recaudar nuevos y mayores impuestos con los que hacer frente a la crisis financiera y a los gastos militares, sin ofrecer a la sociedad palestina prácticamente nada a cambio. Así, lejos del mito de la tierra yerma y deshabitada difundido por los sionistas, Palestina era una tierra exportadora de productos agrícolas y una fuente financiera para el endeudado Imperio otomano 12.

Otro cambio importante en la misma época fue la penetración de la economía capitalista europea en el Imperio otomano, provocando un resquebrajamiento de las bases del sistema patrono-clientelar en las relaciones de producción y de propiedad del suelo 13. Se impulsó la agricultura capitalista, la desmembración de las tierras comunales y la concentración de la propiedad, al tiempo que se sometía al campesinado a una explotación cada vez más dura. La mayoría de estas dinámicas que expondremos se iniciaron bajo el Imperio otomano, pero siguieron durante el mandato británico de forma más dura 14, con lo que la concentración de la propiedad se agudizó. Uno de los principales instrumentos en este proceso fue la introducción de un sistema impositivo ruinoso para los fellahin, que aumentaba las deudas del campesinado y la dependencia de los usureros (Código de la Tierra de 1858 y Ley de la Tierra de 1876). La deuda media de una familia campesina superaba su renta media. Las deudas se heredaban y se traspasaban con la tierra, con lo que el campesino endeudado estaba sometido al señor desde su nacimiento, hasta que se veía obligado a ceder la propiedad para convertirse en aparcero o en jornalero. Para conseguir financiación, los fellahin terminaban teniendo que recurrir a los terratenientes, comerciantes de grano o notables urbanos, que practicaban la usura con intereses que podían oscilar en el 30 y el 60 por 100 en préstamos de tres meses a un año 15. Como es evidente, en estas condiciones el campesino solo se endeudaba en situaciones de extrema necesidad y casi nunca como inversión, por lo que su capacidad de adaptar sus cultivos para competir en el mercado era muy pequeña.

Otro instrumento para la concentración de la tierra fue la obligación de registrar y catastrar la propiedad, que permitía aumentar los impuestos y acelerar el proceso de endeudamiento. Los campesinos vivían sobre todo de las pequeñas propiedades y del uso del suelo en propiedad colectiva (musha’a). Bajo control británico, la división de la propiedad colectiva, que debía ser registrada de forma individual, pasó a aplicarse de forma mucho más dura, pasando la musha’a de un 70 por 100 en 1917 a un 25 por 100 en 1940. Para sionistas y británicos la propiedad comunal era un gran obstáculo, pues impedía la privatización y venta del suelo y la posterior colonización 16, y daba cohesión a la comunidad, lo que reforzaba la resistencia de la población palestina 17.

Las tierras muertas (mawat) eran otro tipo de propiedad pública. Se trataba de zonas no cultivadas, alejadas de los pueblos, que constituían una reserva de tierra para cuando se agotaban las reservas de suelo más productivo y cercano, y a las que las autoridades británicas dificultaron el acceso campesino 18 al igual que a otras tierras comunales y marginales, que eran vías de supervivencia de los fellahin al contar con ellas para los periodos difíciles 19. Por otra parte, como relatan testigos de la época 20, la parcelación, la llegada de capital colonial europeo y la mayor rentabilidad de los cultivos provocaron una gran inflación en el precio del suelo, ante la cual los campesinos no podían competir y se vieron arrinconados a la aparcería y al jornal.

Las tensiones a consecuencia de la penetración de la agricultura capitalista y los cambios en la propiedad de la tierra, unidos por el proceso de colonización sionista que los agravaba, fueron un elemento determinante en el estallido de la Gran Rebelión Árabe entre 1936 y 1939. El levantamiento fue extendiéndose a las zonas rurales y adquiriendo carácter de revuelta campesina armada no solo contra británicos y sionistas, sino también contra grandes propietarios, notables y especuladores. La Rebelión Árabe culminaba un proceso de protestas, huelgas y tensión que había ido en aumento desde los años veinte. Paradójicamente, al mismo tiempo que la identidad nacional palestina se asentaba, la brutal represión de la rebelión a manos del ejército británico, con alguna ayuda tanto de los sionistas como de la Legión Árabe transjordana, dejó a la comunidad árabe palestina sin estructuras políticas, sin liderazgo y ­desarmada, indefensa ante la ofensiva sionista que conduciría a la creación del Estado de Israel diez años más tarde. Como es sabido, el proceso de expropiación de la tierra y colonización sionista no se detuvieron con la creación de Israel y continúan hasta la actualidad, siendo todavía hoy uno de los últimos reductos de colonización en el mundo y un factor determinante de la lucha palestina 21.

La concentración de la propiedad de la tierra en manos de las elites se produjo en toda la región objeto de análisis, a lo que se añadió la apropiación por parte de los colonos europeos, en general por mecanismos muy parecidos a los mencionados en Palestina. El caso argelino es sin duda el más extremo. Jean-Paul Sartre 22 denunciaba que las tierras en poder del sistema colonial habían pasado de 115.000 hectáreas en 1850 a 2.703.000 hectáreas en 1956, de las que los colonos compraron a las autoridades francesas 430.000, con confiscaciones y apropiaciones gracias al desplazamiento forzado de población 23. En el Marruecos francés, a los colonos se les facilitó el acceso a las mejores tierras de los territorios recién conquistados y las grandes corporaciones se beneficiaron de la aplicación de una agricultura a gran escala. Colonos y notables accedieron a las mejores tierras gracias al Dahir de 31 de agosto de 1914 y a la expropiación «por causa de utilidad pública» 24. En el periodo 1912-1956 casi 6.000 colonos cultivaban poco más de un millón de hectáreas, de las cuales algo menos de un tercio procedían de tierras expropiadas y luego vendidas a los colonos, mientras que el resto correspondía a ventas privadas (a diferencia de Argelia, no se distribuyó tierra gratuita a los colonos) 25. Un núcleo de unos 900 grandes propietarios controlaba las zonas más fértiles del país cultivadas con técnicas modernas 26, mientras que el pequeño campesinado utilizaba métodos tradicionales de cultivo mucho menos competitivos 27, y buena parte de la población rural se veía obligada a trabajar como jornalera. Las rebeliones en los años veinte en la zona francesa de Marruecos entre Fez y Moulouia, en las alturas del Atlas Medio (tribus Ait Atta y Ait Attalnan-Melghad lideradas por la zagüía Ahansal y Belgacem N’Gadi) o en los oasis del sur (Jheris, Ferkla y Todgha) pueden vincularse con cambios en las condiciones del campesinado 28, y para Edmund Burke las hambrunas se encuentran entre los principales detonantes de las revueltas precoloniales 29.

Tras las luchas anticoloniales, la construcción de las independencias por lo general tuvo lugar en contextos de movilización de la población, por lo que las nuevas elites debieron responder a las reivindicaciones populares para legitimarse y consolidarse en el poder. El discurso progresista y las políticas más igualitarias respondían a exigencias de la calle, que en buena parte continuaba siendo campesina. Las reformas agrarias, promulgadas entre los años cincuenta y los setenta en el conjunto de la región, son producto de las presiones generadas durante las luchas por la independencia, pero su escaso recorrido testimonia los límites impuestos por los intereses de las elites.

En Egipto, Nasser siguió los pasos de Muhammad Ali y llevó a cabo una reforma agraria cuyo primer objetivo era debilitar a las elites tradicionales, empezando por las ligadas a la monarquía y más tarde a los bienes waqf (de carácter religioso o caritativo). Además, era una forma de responder a las demandas del campesinado y obstaculizar la influencia de los baazistas y de los comunistas. Sin embargo, los gobiernos de Sadat y Mubarak fueron llevando a cabo contrarreformas a medida que se sintieron fuertes 30. La reforma agraria iraquí fue la más radical de todas gracias a la influencia de los sectores comunistas en el periodo 1958-1959, pero no llegó a los niveles de la efectuada en países asiáticos como Corea del Sur o Taiwán 31. En Argelia, trabajadores agrícolas autogestionados llegaron a controlar el 30 por 100 de las tierras cultivables, pero debido a las presiones de los terratenientes, en 1977 solo un tercio de los tres millones de hectáreas incluidas en las previsiones normativas estaban integradas en el proceso de reforma agraria 32. A pesar de la propaganda sobre la «revolución verde», la agricultura quedó en un lugar secundario, pues, a diferencia de épocas anteriores, como mecanismo de acumulación estaba lejos del petróleo/gas y la industria, y el medio rural no facilita tanto como la ciudad las políticas rentistas y de control. Por otra parte, las transformaciones que se presentaban como revolucionarias cambiaron muy poco, y en ocasiones a peor, las condiciones de vida de la mayoría del campesinado 33. La estructura de la propiedad de la tierra mantuvo grandes desequilibrios que crecerían en los años ochenta y noventa con los procesos de privatización.


Coacción y capacidad militar

La coacción se utilizó a gran escala en la penetración y ocupación colonial por parte de las potencias europeas en todo el Mediterráneo sur y oriental entre los siglos xviii y xx. En el Magreb serían el ejército francés y el español los que masacrarían las poblaciones, sometiendo con violencia o amenaza a las elites locales y a la población. La apropiación forzada de la tierra para uso de los colonos en Argelia se llevó a cabo con la destrucción total y sistemática de los cultivos de la población local por parte del ejército francés entre los años 1830 y finales de 1840 en razzias llamadas «mares de fuego» con el objetivo de destruir la cohesión tribal, asegurar el control territorial y apoderarse de tierras, ganado y otros bienes 34. Las conocidas masacres de El Ouffia en 1832 o de Ouled Riah en 1845 son casos ejemplares de un ejercicio de la violencia sistemático. La violencia colonial, además, tenía un sentido simbólico y comunicativo más allá de la propia campaña militar y pretendía asegurar el sometimiento de las tribus más rebeldes, como los Beni Sala, a través de una violencia barbárica 35.

En las luchas anticoloniales y por la independencia, la violencia organizada contra la metrópoli y contra la población colonial supondría un recurso disperso, a la vez que legitimador, de distintos grupos ante la población local. En Argelia, la capacidad militar como recurso de poder fue arrebatada de manos francesas con la victoria argelina en 1962, dando lugar a la sustitución de una elite francesa por una nueva elite militar autóctona que buscaba alianzas con elites exteriores a través, sobre todo, de la ayuda militar soviética, y se legitimó mediante la imposición de un relato hegemónico sobre la lucha anticolonial. Por el contrario, en el caso marroquí, la lucha anticolonial llevó a una salida pactada entre la elite nacionalista y la monárquica marroquí, por un lado, y las elites políticas y económicas francesas, por otro. La disidencia y dispersión de la violencia organizada que había participado en la lucha anticolonial en Marruecos sería, pues, una de las primeras preocupaciones de la nueva elite del régimen. Mohamed V se apresuró a crear las Fuerzas Armadas Reales, una de las primeras instituciones del Estado, con elites militares formadas en los ejércitos coloniales y de origen rural y eminentemente amazigh 36. En Egipto, el poder pasó directamente a manos militares tras el golpe de los Oficiales Libres en 1952, y el golpe de Estado de Abdelfatah Al-Sisi en 2013 ha mantenido la misma situación.

En el caso israelí encontramos una muestra histórica y actual de los mecanismos coloniales que inevitablemente necesitan la violencia como instrumento para acumular poder y controlar a la población. En este caso, la violencia que las fuerzas israelíes ejercen sobre la población palestina es complementada por el aparato de seguridad palestino en Cisjordania 37.

A nivel interno, la coacción ha ejercido un papel central para las elites dominantes como instrumento de mantenimiento de las estructuras de poder y de acumulación de poder, pasando su ejercicio directo, excepto en el caso palestino, a elites domésticas, con el apoyo armamentístico, técnico y estratégico de las antiguas potencias coloniales u otras elites exógenas. En ese sentido, la coacción como recurso de poder efectivamente utilizado por las grandes potencias desde el final de la Segunda Guerra Mundial se fue debilitando en la región. El recurso a la intervención directa, sin embargo, no ha dejado de ser imprescindible en ciertos momentos para que los Estados-potencia mantengan su estatus jerárquico (intervención de Estados Unidos en Libia en 1986 y 2011 o en Irak en 2003). Para las potencias-regionales sigue siendo también un recurso de poder importante en su dimensión territorial. En el caso marroquí, el control de la violencia en la guerra contra el Frente Polisario en 1976-1991, pero, sobre todo, con la ocupación militar de buena parte del Sáhara Occidental, ha servido tanto de legitimador ideológico como de apropiación directa de recursos naturales, o para el desvío de presupuesto y rentas hacia las elites militares marroquíes 38.


Estado, modernidad y rentismo

A finales del siglo xviii y principios del xix, el contacto de las sociedades del sur con la modernidad tuvo un impacto directo en los modelos de acumulación de poder de sus elites. La única forma de impedir el control colonial y competir por el poder con las elites del norte era adoptar su proyecto de modernidad que debía conducir a la industrialización.

Egipto, la pieza central en el mundo árabe, fue un ejemplo de estas tensiones en dos momentos clave de la historia de la emancipación fracasada del sur: la derrota del proyecto de modernización de Muhammad Ali y su sometimiento a la influencia colonial eu­ropea, y la derrota del nacionalismo de Nasser y la posterior sumisión de Sadat y sus sucesores a las imposiciones de las elites financieras globales. En los dos casos, las elites egipcias no solo aceptaron la rendición, sino que aprovecharon la sumisión a las elites globales para aumentar su control y explotación de los recursos nacionales (y de la población). Nos centramos en la explicación del primer momento.

Muhammad Ali, a principios del siglo xix, para asentar su poder en Egipto, acabó militarmente con los mamelucos y las elites tradicionales, ya debilitadas por la ocupación francesa 39. Sin embargo, con la modernidad el poder había cambiado de forma y si quería controlar todo Egipto, liberarse de la Sublime Puerta y evitar caer bajo la influencia de potencias europeas, debía construir un Estado y un ejército modernos e industrializar la economía. Su proyecto introdujo industria y cultivos industriales, infraestructuras hidráulicas, cambió el régimen de propiedad del suelo, modernizó y laicizó la administración y la educación 40, nacionalizó bienes religiosos y se enfrentó a ulemas que se oponían a sus políticas, y creó un ejército y fuerza naval que le permitiría expandir su control a buena parte de Oriente Medio, Sudán, Morea y Creta, el Hidjaz, Yemen e incluso partes de Anatolia 41.

La innovación de Muhammad Ali en el proceso industrializador fue el modelo de inversión, que convirtió al Estado en el motor económico de Egipto, con un proceso muy centralizado basado en monopolios en todos los ámbitos de la economía, desde la agricultura hasta el comercio exterior. Su proyecto exigía políticas proteccionistas frente a la competencia exterior, sobre todo la británica, lo que chocaba directamente con las capitulaciones que las potencias europeas estaban imponiendo al Imperio otomano para forzar la libre entrada de mercancías. Para su desarrollo, Egipto necesitaba materias primas (madera, carbón, hierro, etc.), lo que le llevó a expandir su influencia hacia Oriente Medio y Sudán, convirtiéndose en una nueva potencia colonial en la región.

Sin embargo, consciente de su debilidad frente a Gran Bretaña, el final de su acercamiento a la modernidad llegó con la rendición ante las elites exteriores, que veían cómo estaba surgiendo un foco competidor en una región que tenía que formar parte del imperio colonizado. En 1841, la monarquía se vio forzada a desmantelar su ejército, abandonar sus ambiciones regionales, aceptar la tutela otomana y evidentemente la tutela británica que se expresó, entre otras cosas, en la admisión del Tratado de Balta Liman. Este tratado de 1838 regulaba las relaciones otomano-británicas, abriendo el mercado del Imperio, incluido Egipto, y eliminando los monopolios, lo que significaba desproteger, sobre todo, el sector manufacturero que no tenía capacidad para competir con el británico y pronto quedó debilitado. La prueba de ello es que la industria textil (los telares) prácticamente desaparecieron no solo en Egipto, sino en el Imperio otomano tras la firma de dicho tratado 42. El Estado perdió su capacidad inversora, con lo que cualquier nuevo intento de modernización e industrialización se hacía casi imposible sin una revolución. Esta no llegaría hasta el golpe de los Oficiales Libres en 1952 y las independencias en otros países, pero entonces la economía mundial ya estaba tan entrelazada y el sur había llegado a un nivel de dependencia tal que hacía casi imposible cualquier intento de alcanzar la modernidad. La experiencia del nasserismo (a pesar de las victorias simbólicas como la nacionalización del Canal de Suez) o de la «industria industrializadora» 43 argelina demuestran esta imposibilidad.

Un siglo después, para los regímenes de las independencias la aventura de Muhammad Ali era imposible. En primer lugar, porque en un contexto poscolonial y de guerra fría de ninguna forma un país del sur podía aspirar a competir con las superpotencias. En segundo lugar, porque el desarrollo, aunque muchos lo intentaran, era una puerta cerrada. Los fracasos en Latinoamérica, Asia, África y Oriente Medio así lo ponían de manifiesto. Y, por último, para las elites de las independencias el objetivo esencial era su consolidación en el poder, y para ello el recurso esencial no era la modernidad ni la industrialización, sino el control del Estado que permitía el acceso a la renta exterior: el rentismo.

Tras las independencias, en los años cincuenta y sesenta, cuando la población estaba movilizada y tenía capacidad de negociación, los nuevos gobiernos se vieron obligados a dar respuesta a sus demandas de mejores condiciones de vida, creando unos servicios para la mayoría de la población que hasta ese momento no habían existido. Las circunstancias facilitaron la aplicación de políticas basadas en muchos casos en la nacionalización de los recursos. El control estatal sobre estos debía asentar las soberanías de los Estados independientes y también asegurar que quedaran bajo el control de las nuevas elites políticas. Estos regímenes y políticas se basaban en el rentismo. La tendencia al rentismo fue general en la región, si bien en los llamados regímenes socialistas árabes (Egipto tras la llegada al poder de Nasser en 1952, Siria bajo el Baaz a partir de 1963, Irak republicano a partir de 1968 o Argelia con la victoria del FLN en 1962) el discurso y la política distributiva fueron más duraderos y profundos. No obstante, las economías de los nuevos Estados independientes no dejaron de jugar su papel en el sistema-mundo capitalista, con lo que se hacía evidente la contradicción entre el teórico socialismo y la realidad de una economía que alimentaba el capitalismo a nivel global, así como a una elite ligada al control del Estado y a una burguesía dependiente de esta elite. Y cuando la población se fue desmovilizando y los nuevos regímenes se asentaron en el poder, inevitablemente las elites se desligaron de las demandas y la legitimidad popular, las políticas redistributivas se debilitaron y las alianzas con los sindicatos, movimientos sociales y partidos de la izquierda ya no fueron necesarias, por lo que la respuesta pudo ser más represiva.

En los sistemas rentistas, la intervención pública del gobierno se basa en los ingresos obtenidos de la renta exterior y esto significa que las políticas presupuestarias son sobre todo de gasto y tienen como objetivo legitimar al régimen. Por regla general se centra el análisis en las rentas producidas por la extracción de recursos, pero podemos ampliar los mecanismos rentistas a la deuda exterior y a las ayudas recibidas por algunos Estados. En los países productores de petróleo con poca población, parte de la renta se distribuye directamente y otra parte en forma de servicios, bienestar y ayudas. En países más poblados, los gobiernos buscaron otros mecanismos que, además, reforzaban su discurso y su control: ampliación del Estado y el funcionariado; desarrollo de sectores industriales que no tenían el objetivo del crecimiento ni de la productividad, sino el de responder a las demandas de trabajo de la población (por lo que, mientras la renta manaba, continuaron funcionando, aunque no generaran beneficios o capacidad de inversión); subvenciones al consumo de productos básicos, etc. También aumentaron los presupuestos del ejército, la policía y los servicios secretos (mukhabarat); los regímenes se militarizaron y se convirtieron en unos de los clientes más importantes de las industrias de armamento 44. Y, sobre todo, aumentaron su capacidad represiva. De esta forma, el Estado y la renta se unieron como recursos de poder en manos de las elites que los podían controlar. Estas elites acumularon un poder desproporcionado en comparación a otras épocas o a otras elites contemporáneas. Mientras la renta exterior fue caudalosa, la capacidad distributiva generada fue suficiente para controlar a la población y, al mismo tiempo, para convertir en clientes a los grupos competidores en la acumulación de poder.

A medida que se consolidaron los regímenes, los movimientos sociales y las fuerzas de izquierdas se fueron apagando. Los años setenta y ochenta fueron de debilidad y desmovilización de la población y de los movimientos sociales ligados a la izquierda (guerra de junio de 1967, Septiembre Negro, llegada al poder de Sadat en Egipto, Assad en Siria y Hussein en Iraq, Benjedid en Argelia, golpe de timón de Bourguiba en Túnez, años de plomo en Marruecos, etc.) 45. Las elites se vieron liberadas de la necesidad de responder a las demandas de la población y de legitimar sus políticas, con lo que las políticas redistributivas y de creación de bienestar se fueron debilitando. En el mundo árabe esto daría lugar a las políticas de Infitah (apertura al exterior), a un fuerte aumento de la corrupción y el nepotismo, y a la apropiación directa de los recursos por parte de las elites cuando había ocasión para hacerlo. Este proceso coincidió con crisis en los precios del petróleo, que debilitaron los mecanismos rentistas y obligaron a muchos de los gobiernos a acudir de nuevo al crédito de las instituciones internacionales, orientadas ahora al neoliberalismo.

Financiación y neopatrimonialismo

Otro factor que también sufrió grandes cambios fue el financiero. El endeudamiento se convirtió en una losa para las familias, los Estados y las elites, y resultó determinante para entender la inserción de los países de la región en el sistema económico internacional. La dominación financiera fue la punta de lanza de la penetración colonial y de la modalidad de inserción de la región en el sistema-mundo.

En fecha tan temprana como 1852 los bancos europeos otorgaron los primeros préstamos comerciales a las autoridades otomanas y de las provincias de Egipto y Túnez. Estos préstamos y las dificultades para devolverlos comportaron un control financiero a través de la supervisión de las aduanas y la promoción del capital europeo (obras públicas, sector bancario, etc.); por ejemplo, con la Comisión de la Deuda Pública en el Imperio otomano (1881), la Comisión Financiera Internacional en Túnez (1869) o la Caja de la Deuda Pública en Egipto (1876) 46. Al control financiero le seguiría la intervención política y militar imperialista.

Un siglo más tarde, el control financiero se volvió a imponer en muchas de estas economías que no podían hacer frente a la deuda externa. Con la intervención de las instituciones financieras y las elites globales, todas estas economías se insertaron en la globalización neoliberal, con graves consecuencias en todas ellas. Las presiones del Fondo Monetario Internacional y de las instituciones financieras profundizaron el desmantelamiento de parte del sector público y de las políticas redistributivas y de subvención del bienestar. La función de la inversión pasaba de tener la prioridad de generar puestos de trabajo —y, por tanto, legitimar el poder y desactivar posibles protestas— a tener la función teórica de generar beneficios y competir en el mercado, aunque la función real era la de acumular poder en forma de riqueza en manos de las elites. El conjunto de los países de la región cayó en el crony-capitalism, un «capitalismo políticamente determinado» que aprovecha la posición de poder que le garantiza la autoridad política para acumular fortunas considerables para un número reducido de inversores y de grandes grupos extranjeros 47. Así, el control de muchos recursos, inversión y empresas públicas, o de las licencias de importación y exportación, fueron privatizados y quedaron en manos de las elites y sus allegados tanto nacionales como extranjeros. Esta dinámica privatizadora se produjo y se produce siempre en una parte limitada de los recursos y la riqueza, pues el control de la coacción y de la renta (sobre todo, petróleo y gas) continúa perteneciendo al Estado y, por tanto, al régimen, aunque cada vez más usado para el enriquecimiento y la acumulación de las elites primarias. La conjunción de las dos dinámicas permitía sumar la concentración de poder a través del control del Estado y la acumulación de poder a través de los mecanismos económicos.

Cuando la presión sobre la condición de vida se hizo insoportable, la población estalló en movilizaciones. El descontento popular se expresó en las «protestas del pan» (Egipto, 1977; Marruecos, 1981 y 1984; Túnez, 1983; Argelia, 1988; Jordania, 1989). El conjunto de estas movilizaciones en el Norte de África y Oriente Medio, y, por tanto, la fuerza de negociación de los movimientos sociales y la población, fueron menores a las vinculadas a la lucha por la independencia y a los momentos posteriores a ella, y la capacidad de represión de los regímenes fue enorme y se produjo con la connivencia europea y norteamericana. Los generales argelinos demostraron que estaban dispuestos a provocar una guerra civil antes que perder el poder y los gobiernos de las potencias occidentales revelaron que estaban dispuestos a aceptarla. El ejemplo de Argelia se convirtió en un freno para la movilización social masiva hasta la Primavera Árabe de 2011, excepto en pequeñas protestas normalmente muy localizadas o relacionadas con factores exteriores como Palestina o las guerras en el Golfo. La conjunción de las dictaduras apoyadas o permitidas por Occidente, la represión, la corrupción y el crony-capitalism condujo a los regímenes a sistemas dictatoriales neopatrimoniales con una enorme concentración de poder en manos de las elites primarias.

El caso marroquí nos sirve para ilustrar estos procesos. El Tratado hispano-marroquí de 1861 había establecido el pago por Marruecos de una indemnización tras perder la guerra de 1859-1860. Las autoridades optaron por solicitar un préstamo de capital británico sobre la garantía de sus ingresos en las aduanas (que constituían una de las principales fuentes de ingresos del Estado). Este control de las aduanas por parte de poderosos acreedores se reforzó con los préstamos posteriores. La crisis fiscal rural, unida a los intereses particulares de las elites vinculadas al sistema sultaniano y a sus luchas internas, y la propia avidez del capital europeo empujaron en esta dirección. Finalmente, los protectorados convirtieron Marruecos en colonia de Francia y España, que pasaron a controlar directamente su economía.

Con la llegada de la independencia, el poder político determinó el acceso a los recursos económicos. Los miembros de la familia real se convirtieron en los principales terratenientes del país, adquiriendo también algunos de los principales negocios dejados por los colonos. La estrategia de sustitución de importaciones o el inicio de las privatizaciones en sectores claves de la economía, ya en los años setenta, favorecieron a Palacio y a las familias de su entorno más inmediato. La alta burocracia, los empresarios vinculados al capital internacional o los grandes terratenientes se beneficiaron también de estos procesos 48. Tras unos primeros contactos y préstamos en los años sesenta, a finales de los años setenta y principios de los ochenta Marruecos se ató de forma estrecha a los principios y mecanismos del orden económico internacional neoliberal. Esto se hizo fundamentalmente a través de varios procesos: el agravamiento del capítulo de la deuda y de la influencia de las instituciones financieras internacionales (a mediados de los ochenta el 52 por 100 de las aportaciones del Banco Mundial al Magreb tenían como destino a Marruecos) 49; la evolución de la apertura comercial, centrada sobre todo en la relación desigual con la CEE (continuación de las negociaciones bilaterales en el marco de la Asociación Euromediterránea desde 1995), y el avance de las privatizaciones (vía preferente para la llegada de IDE, en especial en los años noventa).

A principios de los años ochenta el país era dependiente de la ayuda y de los créditos exteriores. El empeoramiento del servicio de la deuda externa de Marruecos se puede fechar en 1983, coincidiendo con la crisis internacional de la deuda. Las dificultades para su pago condujeron a sucesivas renegociaciones de la deuda, con la consiguiente subida de los intereses. Todos estos préstamos estaban condicionados a la introducción de una serie de reformas bajo el lema de «estabilización y ajuste». En 1983, el FMI aprobó un programa de reformas que Marruecos debía implementar para poder obtener nuevos préstamos, entre las que se incluían una devaluación progresiva del dírham, la renegociación de parte de la deuda externa, grandes cortes en el gasto público (incluida la inversión), la eliminación de los subsidios a los productos básicos o la reforma de las empresas públicas 50. La aplicación de estas y otras medidas trajo consigo una importante subida de precios y pérdida de poder adquisitivo de los sectores más vulnerables. Las movilizaciones sociales de protesta contra estas decisiones fueron constantes en este periodo. Los sindicatos convocaron una huelga general en junio de 1981 que fue seguida de forma masiva, en especial en Casablanca. La actuación policial represiva provocó centenares de víctimas 51. Tres años más tarde, en enero de 1984, se produjeron nuevas revueltas lideradas por los estudiantes ante el anuncio del aumento de las matrículas y de los precios de los alimentos de primera necesidad. Las manifestaciones se iniciaron en Marrakech y con posterioridad se extendieron por diferentes ciudades del país, sobre todo en el norte 52. En 1990, los sindicatos convocaron la huelga general, y de nuevo los estudiantes fueron la punta de lanza de este nuevo ciclo de protestas que se extendió por todo el país 53.

El proceso de apropiación de recursos por parte de las elites se aceleró en los años ochenta coincidiendo con el avance de las políticas neoliberales. En la liberalización económica, la monarquía marroquí y las elites aliadas se encontraban muy bien situadas para obtener beneficios privados. En el estudio realizado por Saadi sobre ochenta y tres grandes empresas marroquíes políticamente conectadas (EPC), que pueden superar a sus competidoras gracias a los privilegios que les otorga esta conexión política, el holding real SIN/ONA controla un 32 por 100 de estas empresas, mientras la segunda posición la ocupa un grupo integrado por dos ex primeros ministros y varios ministros (24,7 por 100 de las EPC analizadas) y parlamentarios marroquíes estarían vinculados con un 21 por 100 54. La monarquía y su entorno más inmediato conforman la cúspide de este capitalismo privado, ligado directamente a las elites políticas y a elites corporativas globales. Desde la llegada al trono de Mohamed VI en 1999 se ha fomentado la creación de empresas gigantes («los campeones nacionales»), como las dedicadas a servicios de telefonía, la electricidad y la gestión del agua, que se privatizan total o parcialmente o pasan a tener la «gestión delegada» (eufemismo de gestión privada). En 2014 la revista Forbes informaba de que Mohamed VI era el dirigente más rico de África, con una fortuna estimada entonces en 2.100 millones de dólares.

Consideraciones en el contexto de la pos Primavera Árabe

Como hemos visto en los ejemplos utilizados, la historia de Oriente Próximo en los dos últimos siglos es la historia de su inclusión en el sistema-mundo moderno capitalista. La competencia de sus elites por el poder y las resistencias y movilizaciones populares tienen una relación directa con la evolución de la función de estas sociedades en un sistema cada vez más globalizado. La dependencia respecto a un centro con capacidad de control sobre ellas provoca tensiones y contribuye a dar forma a estructuras y procesos.

Respecto a las elites, en (pocas) ocasiones estas tensiones están provocadas por sus intentos de competir en el sistema-mundo como elites primarias (casos de Muhammad Ali y de algunos líderes de las independencias, como Gamal Abdel Nasser en Egipto). No obstante, en la mayoría de las ocasiones las tensiones para las elites surgen de la competencia entre ellas o de los intentos de someter a la población, y también de la forma de asimilarse al sistema global. Las movilizaciones de la población (en las pocas ocasiones en que se producen) están relacionadas con el impacto que estas dinámicas tienen en su condición de vida, entendida en un sentido amplio. Las consecuencias no son solo económicas, sino que también tienen un fuerte impacto en derechos y libertades, ya que en casi la totalidad de los países se constituyen regímenes dictatoriales o autoritarios que transitan a regímenes neopatrimoniales con un alto grado de corrupción.

El estallido de la Primavera Árabe a finales de 2010 se debe analizar desde esta perspectiva de longue durée si se quieren evitar conclusiones coyunturales con poco poder explicativo. Los ciclos de las revueltas están ligados directamente a los periodos delimitados por los procesos de acumulación de capital y de poder, con cada vez mayor intervención exterior y con la función de la región en una economía-mundo que ahora ya es un sistema global en todos los ámbitos del poder.

La Primavera Árabe es una reacción a la evolución neopatrimonialista de los regímenes. El neopatrimonialismo, la corrupción y el capitalismo de amigos son una consecuencia de la debilidad de los movimientos sociales, sobre todo debido a la represión de las décadas anteriores y a la indiferencia o apoyo directo de las elites europeas y americanas a las elites nacionales en el Norte de África y Oriente Medio. Las demandas de cambio de régimen no tienen solo una dimensión política, pues el régimen abarca todas las dimensiones del poder: dictatorial, capitalismo políticamente conectado, nepotismo, corrupción, control de la información, etc. Y aunque en un primer momento no se apreciara (en especial porque esta vez los eslóganes de los manifestantes no apuntan hacia el exterior), las protestas desarrolladas a lo largo de 2011 tienen también una relación directa con la influencia de actores externos y la globalización del sistema. Solo cabe recordar que la reacción primera del presidente francés Nicolas Sarkozy a la Primavera Árabe fue ofrecer su apoyo en seguridad a Ben Ali y a Mubarak, y la ausencia de crítica a los demás dictadores 55.

La Primavera Árabe ha producido algunos cambios positivos como la caída del dictador Ben Ali en Túnez y la conciencia en muchas de estas sociedades de que la movilización es posible (aunque también de los costes, cuando esta no produce los resultados esperados). La represión ha llevado a cambios negativos como las guerras civiles en Siria, Libia y Yemen, o la intensificación del control autoritario en Egipto. En otros territorios como Bahréin o Marruecos los regímenes se han mantenido con una fuerte represión y reformas mínimas.

Años después de la Primavera Árabe siguen las protestas de forma intensa en distintas partes de la región: en Marruecos con el Movimiento Popular (Hirak Chaabi) en el Rif y en la localidad minera de Jerada; en Argelia con las manifestaciones masivas que se inician contra una quinta candidatura presidencial de Abdelaziz Bouteflika, o en Palestina con la «Gran Marcha del Retorno» para exigir el fin del bloqueo y el derecho al retorno de las personas refugiadas. En la actualidad, un cambio de régimen no parece suficiente para transformar las condiciones de vida de las personas. En el sistema global, el poder, los intereses, la competición y las alianzas de las elites están entrelazados. La caída de un dictador puede producir cambios políticos importantes en el país en cuestión, pero no modifica la función y el encaje de una sociedad en la economía-mundo.

No obstante, en todos los casos, la población del mundo árabe y la región de Oriente Próximo ha tomado conciencia de que su vida está ligada a las alianzas de sus elites con las elites globales; que su permanencia y acumulación de riqueza y poder dependen de esta alianza y de su función en el sistema global, y de que, por tanto, se debe denunciar esta alianza, que es vista como producto de la corrupción de un sistema cada vez más neopatrimonial. El «Hirak digital» marroquí 56 contra tres grandes marcas de yogures, agua mineral y gasolina —que simbolizan la connivencia del gran capital marroquí (ligado en buena parte a la Casa Real) y el gran capital transnacional— es una demostración de que no solo la economía, sino también el poder y la resistencia se han globalizado.


* Artículo realizado en el marco del proyecto de investigación dirigido por la Dra. Laura Feliu Martínez y el Dr. Ferran Izquierdo Brichs: «Dinámicas y actores transnacionales en Oriente Medio y Norte de África (MENA): una genealogía histórica de elites y movimientos sociales entre lo local y lo global», Ministerio de Economía y Competitividad, Agencia Estatal de Investigación (AEI) y Fondo Europeo de Desarrollo Regional (FEDER), HAR2016-77876-P.

1 Comisión Mundial sobre la Dimensión Social de la Globalización: Por una globalización justa: crear oportunidades para todos, Ginebra, International Labor Office, 2004.

2 Gilbert Achcar: The People Want: A Radical Exploration of the Arab Uprising, Berkeley, University of California Press, 2013, p. 114.

3 Nikki R. Keddie: Debating revolutions, Nueva York, New York University Press, 1995.

4 Nuestras referencias a Oriente Próximo abarcan una región amplia desde el Norte de África hasta Oriente Medio, la región MENA (Middle East and North Africa) en la literatura anglosajona.

5 Véase Laura Feliu y Ferran Izquierdo Brichs: «Estructura de poder y desafíos populares. La respuesta del régimen marroquí al movimiento 20 de febrero», Revista de Estudios Políticos, 174 (2016), pp. 195-223.

6 Para un mayor desarrollo de este análisis véase Ferran Izquierdo Brichs y John Etherington: Poder global. Una mirada desde la sociología del poder, Barcelona, Bellaterra, 2017.

7 «Trasformismo sirve para cooptar a potenciales líderes de grupos sociales subalternos. Por extensión, trasformismo puede servir como estrategia de asimilación y domesticación de ideas potencialmente peligrosas, adaptándolas a las políticas de la coalición dominante, y obstaculizando así que se organice una oposición de clase al poder político y social establecido. [...] Esta noción de revolución pasiva [...] es particularmente apropiada para los países del Tercer Mundo en vías de industrialización». Véase Robert W. Cox: «Gramsci, Hegemony and International Relations: An Essay in Method», Millennium, 12, 2 (1983), pp. 162-175, esp. pp. 166-167.

8 David Harvey: Social Justice and the City, vol. I, Atenas, University of Georgia Press, 2010, p. 294.

9 Charles Issawi: An Economic History of the Middle East and North Africa, Londres, Routledge, 2013, p. 2.

10 Gabriel Baer: Fellah and Townsman in the Middle East: Studies in Social History, Londres, Frank Cass, 1982.

11 Hemos tratado con mucha más extensión esta cuestión en Ferran Izquierdo Brichs: «Las raíces del apartheid en Palestina: la judaización del territorio durante el mandato británico», Scripta Nova. Revista electrónica de geografía y ciencias sociales, 11, 246 (2007), pp. 229-255. Véanse también Ilan Pappe: A History of Modern Palestine: One Land, Two Peoples, Cambridge-Nueva York, Cambridge University Press, 2004, y Gershon Shafir: Land, Labor and the Origins of the Israeli-Palestinian Conflict, 1882-1914, Cambridge, Cambridge University Press, 1996.

12 Alexander Scholch: «The Economic Development of Palestine, 1856-1882», Journal of Palestine Studies, 10, 3 (1981), pp. 35-58, y Marwan R. Buheiry: «The Agricultural Exports of Southern Palestine, 1885-1914», Journal of Palestine Studies, 10, 4 (1981), pp. 61-81.

13 Sobre estas transformaciones véanse Nathan Weinstock: Le sionisme contre Israel, París, Maspero, 1969, pp. 66-74; Baruch Kimmerling y Joel S. Migdal: Palestinians. The Making of a People, Cambridge, Harvard University Press, 1994, y Ted Swedenburg: «The Role of the Palestinian Peasantry in the Great Revolt (1936-1939)», en Ilan Pappe (ed.): The Israel/Palestine Question, Londres, Routledge, 2002, pp. 129-167.

14 Nahla Zu’bi: «The Development of Capitalism in Palestine: The Expropriation of the Palestinian Direct Producers», Journal of Palestine Studies, 13, 4 (1984), pp. 88-109, esp. p. 108 (n. 18).

15 Kenneth W. Stein: «Palestine’s Rural Economy, 1917-1939», Studies in Zionism, 8, 1 (1987), pp. 25-49.

16 Kenneth W. Stein: «Rural Change and Peasant Destitution: Contributing Causes to the Arab Revolt in Palestine, 1936-1939», en Farhad Kamezi y John Waterbury (eds.): Peasants and Politics in the Modern Middle East, Miami, Florida International University Press, 1991, pp. 143-170, y Raphael Patai: «Musha’a Tenure and Co-Operation in Palestine», American Anthropologist, 51, 3 (1949), pp. 436-445.

17 Scott Atran: «The Surrogate Colonization of Palestine, 1917-1939», American Ethnologist, 16, 4 (1989), pp. 719-744, esp. pp. 725 y 737.

18 League of Nations: Report by His Majesty’s Government in the United Kingdom of Great Britain and Northern Ireland to the Council of the League of Nations on the Administration of Palestine and Trans-Jordan for the year 1930, 31 de diciembre de 1930.

19 Véase Mark LeVine: «Conquest Through Town Planning: The Case of Tel Aviv, 1921-48», Journal of Palestine Studies, 27, 4 (1998), pp. 36-52, esp. pp. 37-38.

20 John Hope Simpson: Palestine. Report on Immigration, Land Settlement and Development, 1930. Presented by the Secretary of State for the Colonies to Parliament by Command of His Majesty, 30 de octubre de 1930.

21 Véase el artículo de Jorge Ramos Tolosa en este mismo dosier.

22 Jean-Paul Sartre: Colonialismo y neocolonialismo, Buenos Aires, Losada, 1965 (1.ª ed., 1956).

23 Antonio Javier Martín Castellanos: «El impacto del colonialismo sobre la sociedad rural tradicional magrebí», Miscelánea de Estudios Árabes y Hebraicos. Sección Árabe-Islam, 43 (1994), pp. 149-170, y Ghouti Hamadi: «La législation foncière en Algérie avant l’indépendance. Classification des terres en Afrique du Nord», Revue algérienne des sciences juridiques, économiques et politiques, 8, 3 (1971), pp. 723-734.

24 Jacques Berque: Pour une nouvelle méthode politique de la France au Maroc, Rabat, Dactylographié, 1 de marzo de 1947.

25 Jean-François Clément: «Les revoltes urbaines», en Jean-Claude Santucci (ed.): Le Maroc actuel, París, Editions de CNRS, 1992, pp. 393-406.

26 John P. Halstead: «A Comparative Historical Study of Colonial Nationalism in Egypt and Morocco», African Historical Studies, 2, 1 (1969), pp. 85-100, esp. p. 84.

27 Reda Mouhsine y Sami Lakmahri: «L’impossible réforme agraire», Zamane, 28 de marzo de 2014.

28 Abdallah Laroui: Les origines sociales et culturelles du nationalisme marocain (1830-1912), París, François Maspero, 1980, y Abdelahad Sebti: «Chroniques de la contestation citadine: Fes et la révolte des tanneurs (1873-1874)», Hesperis Tamuda, 29, 2 (1991), pp. 283-312.

29 Edmund Burke: Prelude to Protectorate in Morocco: Precolonial Protest and Resistance, 1860-1912, Chicago, University of Chicago Press, 1976.

30 Athina Kemou: Egypt’s National Interest. A «Sociology of Power» Analysis, tesis doctoral, Universitat Autònoma de Barcelona, 2012, pp. 105-260.

31 Joel Beinin: Workers and Peasants in the Modern Middle East, Cambridge, Cambridge University Press, 2001, p. 133.

32 Karen Pfeifer: Agrarian Reform under State Capitalism in Algeria, Boulder, Westview Press, 1985, pp. 221-223, y John Douglas Ruedy: Modern Algeria: The Origins and Development of a Nation, Bloomington, Indiana University Press, 1992.

33 Sobre las políticas agrarias de la revolución argelina véase Nirou Eftekhari: «Rente et dépendance en Algérie», Peuples méditerranéens, 26 (1984), pp. 45-51.

34 Cheryl B. Welch: «Colonial Violence and the Rhetoric of Evasion: Tocqueville on Algeria», Political Theory, 31 (2003), pp. 235-264.

35 William Gallois: A History of Violence in the Early Algerian Colony, Nueva York, Palgrave Macmillan, 2013.

36 Rémy Leveau: Le fellah marocain défenseur du trône, París, Presses de la Fondation Nationale des Sciences Politiques, 1985.

37 Tahani Mustapha: «Securitization Dysfunction: Security Sector Reform in the Occupied Palestinian Territories», Contemporary Arab Affairs, 12, 1 (2019), pp. 19-38.

38 Mahjoub Tobji: Les officiers de sa majesté: Les dérives des généraux marocains, 1956-2006, París, Fayard, 2006.

39 Darrell Dykstra: «The French Occupation of Egypt, 1798-1801», en Martin W. Daly (ed.): The Cambridge History of Egypt, vol. II, Modern Egypt from 1517 to the End of the Twentieth Century, Cambridge, Cambridge University Press, 1998, pp. 113-138.

40 Véase María Luisa Ortega Gálvez: «Una experiencia modernizadora en la periferia: las reformas del Egipto de Muhammad Ali (1805-1848)», Scripta Nova: revista electrónica de geografía y ciencias sociales, 1, 1-13 (1997).

41 Véase Henry Dodwell: The Founder of Modern Egypt: A Study of Muhammad’Ali, Cambridge, Cambridge University Press, 1967 (1.ª ed., 1931).

42 Véase V. Necla Geyikdaği: Foreign Investment in the Ottoman Empire: International Trade and Relations 1854-1914, Londres-Nueva York, I. B. Tauris, 2011.

43 Wladimir Andreff y Abderrahman Hayab: «Les priorités industrielles de la planification algérienne sont-elles vraiment «industrialisantes»?», Revue Tiers Monde, 19, 76 (1978), pp. 867-892.

44 Hazem Beblawi y Giacomo Luciani (eds.): The Rentier State, Londres, Croom Helm, 1987, pp. 18, 52 y 59-60.

45 Joel Beinin y Frédéric Vairel (eds.): Social Movements, Mobilization and Contestation in the Middle East and North Africa, Stanford, Stanford University Press, 2011.

46 Joel Beinin: Workers and Peasants..., p. 46.

47 Gilbert Achcar: The People Want...; Melani Claire Cammett: Globalization and Business Politics in Arab North Africa: A Comparative Perspective, Nueva York, Cambridge University Press, 2007, e Isha Diwan, Adeel Malik e Izak Atiyas (eds.): Crony Capitalism in the Middle East: Business and Politics from Liberalization to the Arab Spring, Oxford, Oxford University Press, 2019.

48 Mohammed Said Saadi: «Moroccan Cronyism: Facts, Mechanisms and Impact», Economic research Forum Working Paper, 1063 (2016).

49 Yves Gazzo: «Les financements internationaux et les pays du Maghreb», en Alain Claisse y Gérard Conac (eds.): Le Grand Maghreb: données socio-politiques et facteurs d’intégration des États du Maghreb, París, Economica, 1987, pp. 281-292.

50 David Seddon: «Winter of Discontent: Economic Crisis in Tunisia and Morocco», MERIP Reports, 127 (1984), pp. 7-16, esp. p. 15.

51 Bernabé López García: «Elecciones parciales y crisis política en Marruecos», Revista de Estudios Políticos, 22 (1981), pp. 260-261.

52 Jim Paul: «States of Emergency: The Riots in Tunisia and Morocco», ­MERIP Reports, 127 (1984), pp. 3-6.

53 Sobre la huelga de diciembre de 1990 en Marruecos véase Blanca Camps-­Febrer: «Fez 1990: de la huelga a la intifada», en Laura Feliu, Josep Lluís Mateo y Ferran Izquierdo (eds.): Un siglo de movilización social en Marruecos, Barcelona, Bellaterra, 2019, pp. 321-341.

54 Mohammed Said Saadi: «Moroccan Cronyism...».

55 Barah Mikail: «Francia y la primavera árabe: una política oportunista», Documento de trabajo FRIDE, 110 (2011).

56 El Mehdi Berrada y Fahd Iraqi: «Boycott au Maroc: un “Hirak” numérique», Jeune Afrique, 12 de junio de 2018.