Ayer 124/2021 (4): 307-329
ISSN: 1134-2277
Marcial Pons Ediciones de Historia
Asociación de Historia Contemporánea
Madrid, 2021
DOI: 10.55509/ayer/124-2021-12
© Laura C. Cruz Chamizo
Recibido: 29-07-2020 | Aceptado: 09-10-2020
Editado bajo licencia CC Attribution-NoDerivatives 4.0 License
Un silencio multitudinario: la matanza de Atocha y la contención emocional comunista *
Laura C. Cruz Chamizo
Universidad del País Vasco/
Euskal Herriko Unibertsitatea
lccruzch@gmail.com
Resumen: Este artículo plantea que la política de reconciliación nacional promovida por el PCE desde 1956 incluía la contención emocional de los militantes comunistas, quienes debieron incorporar dicha forma de disciplina a su militancia. Esta contención emocional se mantendría como un elemento fundamental en el discurso del partido durante la transición a la democracia, y se convirtió en un elemento clave de legitimación. A través de fuentes hemerográficas, este artículo analiza la respuesta del PCE a los asesinatos de Atocha de 1977, que será interpretada como un ejercicio de contención, dirigido a crear un modelo de duelo y una práctica corporal de profundo significado político.
Palabras clave: Partido Comunista de España, transición a la democracia, culturas políticas, historia de las emociones.
Abstract: This article argues that the Spanish Communist Party promoted a politics of national reconciliation that included a program of «emotional containment», in which communist militants were encouraged to adopt a disciplined stance. This became a fundamental element in the party’s discourse during the transition to democracy and a key element of its legitimacy. Through the analysis of the party’s press, this article will analyze the PCE’s answer to the 1977 Atocha Massacre. This key exercise of containment is interpreted as a model of mourning - a deliberate retelling of a corporal practice of deep political significance.
Keywords: Spanish Communist Party, transition to democracy, political cultures, history of emotions.
No hay duda de que las emociones desempeñan un papel decisivo en la vida política. Parto, así, en palabras de José Javier Díaz Freire, de «la importancia de la significación encarnada del mundo para construir la experiencia de los seres humanos» 1. Las emociones no son, sin embargo, algo que tenemos ni el producto necesario de nuestras circunstancias. Como sostiene Jo Labanyi, las emociones deben ser entendidas como productoras, porque «crean cosas» y nos mueven a la acción 2. Son dinámicas. Cuentan con el poder de unir cuerpos, crear diferencias y establecer límites —también en un sentido político—. Las facultades afectivas son cruciales para analizar las identidades colectivas porque son movilizadoras, crean vínculos con el mundo en el que vivimos y nos mantienen en o enlazan a un lugar 3. Ciertamente, la transición a la democracia parlamentaria en España fue un momento histórico marcado por emociones diversas, contradictorias, abrumadoras, desconcertantes, pero también movilizadoras y políticamente productivas. Partiendo de estas premisas, planteo que la política de reconciliación nacional propuesta por el Partido Comunista de España (PCE) a partir de 1956 se sostuvo sobre un cambio en la gestión de las emociones de los perdedores de la guerra. Una vez asentada la dictadura de Franco, la nueva estrategia comunista consistió en recuperar la democracia a través de vías democráticas y pacíficas, abandonando todo deseo de venganza y de reparación. A pesar de que la política de reconciliación nacional pronto se convertiría en fuente de desavenencias entre la militancia, continuó formando parte de la postura oficial del PCE tras la muerte de Franco en 1975 y a lo largo de la transición a la democracia.
Este artículo expone cómo un componente decisivo de la política de reconciliación nacional promovida por el PCE fue la contención emocional de la militancia comunista, que debió encarnar esta postura disciplinada. Esta contención emocional se convirtió en un protagonista político del periodo y en un elemento clave de legitimación. La respuesta del PCE a los asesinatos de Atocha de 1977 supuso, en este sentido, un ejemplo paradigmático a través del cual mostraré esta idea. Este cambio de dirección política trajo consigo, a su vez, una nueva concepción de lo que significaba ser un militante comunista. Si en etapas anteriores los comunistas se habían autorrepresentado sobre todo como hombres obreros beligerantes y revolucionarios, el contexto de la Transición precisó de una imagen actualizada, más plural y acorde con el régimen emocional del consenso. El partido de nuevo tipo —y con aspiraciones a convertirse en partido de masas— debía dar cabida a hombres y mujeres de niveles socioeconómicos más diversos, por lo que la lucha de clases fue perdiendo protagonismo en el discurso comunista del momento 4. Este giro tuvo, asimismo, una plasmación directa en el ideal de masculinidad comunista. A partir de entonces se hizo hincapié en una masculinidad más, digamos, civilizada y emocionalmente contenida, perdiendo ciertos tintes épicos característicos de los tiempos de posguerra.
Al analizar las reacciones a la matanza de Atocha, rechazaré una concepción del duelo como portador de una emoción meramente pasiva y paralizante. Más bien, lo que aquí se propone es prestar atención a su capacidad para generar reacciones y subjetividades políticas 5. El duelo ayudaría, así, a la construcción de una comunidad emocional diferenciada, utilizando el concepto propuesto por Barbara Rosenwein, es decir, un grupo de personas que se adhieren a las mismas normas de expresión emocional 6. El duelo refleja entonces el proceso de disciplinamiento de las subjetividades comunistas, pero al mismo tiempo representa una militancia civilizada y respetable a través de la escenificación de este luto. Se trataría de una escenificación de la vía reformista, anteponiéndola a todo rastro de espíritu revolucionario. De este modo, las emociones también pueden ser entendidas como performativas y ritualizadas, en el sentido propuesto por Judith Butler 7, puesto que repiten asociaciones previamente existentes, y, al mismo tiempo, las generan 8.
Para ilustrar la incorporación de esta gestión de las emociones a la práctica política del PCE, contrastaré sus discursos, en los que se llamaba a superar aquellas emociones vinculadas a la confrontación violenta, con los homenajes realizados tras el asesinato de los abogados de Atocha y el emblemático funeral sereno y contenido organizado por el partido. Aquellos homenajes no serían simples descripciones de duelo, sino un modelo de comportamiento a seguir, un relato intencionado y una práctica corporal de profundo significado político. Siguiendo la propuesta de Sara Ahmed, mi intención no se centra solo en enseñar la textualidad de las emociones, sino también la emocionalidad de los textos 9. De esta manera, estos textos, más allá de representar emociones, estarían concebidos con la intención de crearlas o, cuanto menos, activarlas. Se trata, precisamente, de una interpelación a través de las emociones 10 para conseguir una respuesta racional y civilizada, de marcada austeridad emocional.
El profundo anticomunismo del régimen franquista dibujó una imagen radicalmente negativa de los comunistas que dejó una impronta duradera en la sociedad española 11. Como es sabido, durante los primeros años del franquismo se identificó al comunismo como el mayor enemigo de la patria y, bajo el prototipo del «rojo», el comunista fue sistemáticamente representado como amenaza del sistema social, del orden de género 12 y de la paz interna 13. En los primeros años cuarenta, la revista Mundo, uno de los principales portavoces del franquismo en materia de política exterior, perfilaba al comunismo como «un producto surgido de las mismas entrañas del inframundo y que se asemejaba más a una bacteria devoradora de vida, al estilo de la gangrena, que a un régimen político» 14. Para el régimen franquista, los comunistas eran violentos, fuente de todo mal y, en especial, los responsables de la Guerra Civil 15. Esta campaña de desprestigio y difamación orquestada por el régimen franquista resultó efectiva y, unida con la fuerte represión, consiguió que la imagen de los comunistas como alborotadores del orden calara en el imaginario colectivo. Por supuesto, el estereotipo que ya desde la Segunda República confería a los comunistas un carácter antirreligioso e incluso profanador seguía intacto, convirtiéndoles así en una figura contraria a una de las bases de la ideología franquista: la Iglesia católica 16. A ojos de la sociedad española, la imagen que se relacionaba con los comunistas aludía a un obrero agresivo y conflictivo, un modelo que se alejaba del ideal de masculinidad respetable propugnado por el régimen franquista en los años cincuenta 17. De esta manera, el comunista se erigió como un «enemigo interno» 18 común sobre el cual proyectar el odio y el asco colectivos 19, rechazo que actuó como factor de cohesión social 20. Por todo ello, darle la vuelta a esta imagen y a su capacidad normativa para calar en amplios sectores sociales fue un asunto de máxima trascendencia para el PCE.
En 1956, veinte años después del inicio de la Guerra Civil, el PCE propuso una nueva estrategia para la lucha antifranquista: la política de reconciliación nacional 21. Se trataba de una respuesta de los comunistas a un nuevo contexto histórico, que había pasado de la Guerra Civil y la posguerra a una dictadura plenamente establecida y reconocida a nivel internacional. Su finalidad más inmediata consistió en acabar con la dictadura y establecer una democracia a través de medidas pacíficas y democráticas. Para ello, los dirigentes del partido 22 formularon la propuesta de superar el conflicto de la Guerra Civil sin exigencia de responsabilidades ni represalia alguna 23. La prioridad, en definitiva, radicaba en instaurar una democracia que beneficiaría a la sociedad española en su conjunto, para que, una vez alcanzado este punto, pudieran darse las condiciones necesarias para que cada partido lograra realizar su actividad política. La declaración «Por la reconciliación nacional, por una solución democrática y pacífica del problema español» marcó, así, un punto de inflexión en la actuación del PCE en los años sesenta y setenta. La historiadora Carme Molinero considera que su influencia fue más allá del propio partido y también tuvo importancia en el antifranquismo en su conjunto, debido al papel protagonista del PCE en la lucha contra la dictadura 24.
No obstante, este cambio de dirección no contó con un respaldo inmediato por parte de la militancia del partido ni sus simpatizantes. En el momento de la formulación de esta política se propuso llamar a una huelga bajo el nombre de «Jornada de Reconciliación Nacional», con el objetivo de escenificar el nuevo espíritu conciliador y dialogante en el espacio público. Al final, la jornada se celebró en 1959, con resultados mucho peores de los esperados 25. Además, la llamada a la superación de la Guerra Civil provocó numerosas críticas y muchos grupos de la izquierda radical vieron este giro político como una traición a sus luchas anteriores, y al oponerse a él se diferenciaron y distanciaron del PCE 26. A pesar del esfuerzo por atraer a la militancia de base para que aceptara la lógica reconciliadora, lo cierto es que aquel fue un proceso complicado que precisó de grandes dosis de pedagogía política para superar la resistencia de buena parte de la militancia y que pronto generó conflictos en el seno del partido.
Un ejemplo ilustrativo de este esfuerzo pedagógico se llevó a cabo a través de Radio España Independiente (REI). «La Pirenaica» resultó un medio fundamental para difundir la idea de la reconciliación nacional entre sus oyentes, personas críticas con el régimen, incluyendo militantes convencidos del PCE. Según Josefina López («Pilar Aragón»), locutora y mito de la REI, entre la abundante correspondencia que recibían de sus oyentes se podían distinguir las llamadas «cartas de odio», que buscaban difundir un mensaje de venganza a través de esta radio, «y en cuanto se convencían de que Radio España Independiente no era instrumento de venganza, sino instrumento de reconciliación nacional, dejaban de escribir» 27. En un documental sobre la emblemática emisora también recordaba que «en la primera etapa eran cartas de odio, de odio, ¿eh? De, de, de... ¡bueno! Incluso se nos daban listas de gente a las que, según el que nos escribía, había que liquidar. Y nosotros, pues, venga a darle con la reconciliación nacional, “que no, hombre, que no, que España no puede ser una fábrica de guerras civiles”» 28.
Como medio de difusión del PCE, La Pirenaica tuvo que insistir en el discurso de la reconciliación nacional para superar el conflicto de la Guerra Civil ante un sector de la militancia que se resistía a abandonar sus reivindicaciones de justicia y reparación. Armand Balsebre y Rosario Fontova sostienen que, aun siendo conscientes del abandono de la lucha armada del PCE, algunos oyentes seguían escribiendo a la REI en un tono «enervado» y abogando por «una acción más contundente» 29. A pesar de estas dificultades, la política de reconciliación nacional continuó operando a lo largo de la dictadura, y adquirió un peso significativo durante la transición a la democracia.
En el contexto de la Transición, la constante amenaza de una nueva guerra civil, real o no, afectaba a la sociedad, condicionando el curso del devenir político 30. El miedo a una polarización de la política que pudiera conducir a un nuevo enfrentamiento armado fue empleado como arma arrojadiza por quienes buscaban la continuación del régimen. En 1976, Carlos Arias Navarro auguraba que el PCE no sería legalizado ya que simbolizaba «a un grupo que no está tratando de cerrar viejas heridas, sino de reabrirlas», y concluía que «la guerra civil me abrió a mí los ojos al comunismo y a sus monstruosidades» 31. La imagen que se había asociado al comunismo desde la guerra seguía intacta para los dirigentes franquistas. Este miedo a la confrontación y a la violencia actuó como una «vacunación masiva» de los extremos y contribuyó a la construcción del centro como espacio deseado de diálogo 32. Tal identificación del «centro» como único espacio político legítimo responde al contexto internacional de la Guerra Fría, en un momento en el que la izquierda internacional iba perdiendo auge.
Los conocidos cambios de dirección del partido a favor de la «política del consenso» 33 y sus aspiraciones electorales en vísperas de la legalización condujeron al intento de presentar una imagen del partido más centrada en el presente y en el futuro 34. Dicho cambio, fundamentado en la idea de superación colectiva del conflicto y en la moderación de la imagen más reivindicativa que reclamaba ruptura con la etapa anterior, supuso «la neutralización de la memoria colectiva de los vencidos» 35. Este «olvido selectivo instrumental» 36 tendría como fin conseguir el mayor número de afiliados posible para poder obtener una mayor representatividad en el gobierno y poder así lograr una mayor influencia en la vida política del país. Estos cambios en la línea política del partido en un sentido posibilista incidieron al mismo tiempo en su modelo de militante, y el énfasis en la combatividad de otro tiempo cedió paso a un espíritu fundamentalmente dialogante y democrático. Pero, más allá de las formulaciones teóricas, el PCE debía mostrar a la sociedad española que su afán de reconciliación y superación de los rencores de la guerra no quedaban relegados solo al discurso. Considero que la política de reconciliación nacional y la apuesta por fomentar este «sentido de responsabilidad» respondían a una nueva política de respetabilidad del partido, en el sentido propuesto por E. Frances White. Las políticas de respetabilidad hacen referencia a los intentos llevados a cabo por grupos marginalizados de controlar o «monitorizar» a sus propios miembros y mostrar que sus valores concuerdan con la ideología dominante, en vez de ponerlos en cuestión 37. En su autorrepresentación como el partido del antifranquismo por excelencia, los comunistas —desde la dirección hasta las bases, pasando por intelectuales y fuerzas de la cultura— debían demostrar su capacidad para superar el pasado y mirar hacia el futuro, difundiendo una imagen de moderación y responsabilidad que resultase lo bastante atrayente para poder consolidarse como un partido de masas.
En definitiva, desde el Comité Central del PCE se dejó de apostar por un ideal de militante combativo; más bien, como parte de su política de moderación, la dirección fomentaba entre sus militantes la manifestación pacífica. Desde las publicaciones periódicas del partido se condenó pronto la lucha armada de ETA, a la vez que recalcaban su propia posición como fuerza política moderada y pacífica que «de siempre» se había opuesto al terrorismo como práctica de lucha revolucionaria 38. En cambio, la lucha de la clase obrera planteada por el PCE, en términos de «alto sentido de responsabilidad» y «papel determinante en el desarrollo social», la protagonizaban «los millones de hombres y mujeres que, en los últimos meses, han desfilado por las calles de las ciudades, demandando amnistía y libertades» ofreciendo «un ejemplo de disciplina, decisión y unidad» 39. Lejos quedaba ya la imagen del comunista combatiente de la posguerra 40. Aquella fortaleza obrera que en otro tiempo fuera identificada con una fuerza física devino en este contexto en una fortaleza moral y disciplinada, transformando los atributos corpóreos relacionados con el trabajo físico en atributos políticos basados en la disciplina militante 41. La violencia quedaba así desterrada del terreno político a la vez que se redefinía la valentía masculina. El ejercicio de la violencia como forma de hacer política pasó a ser muestra de cobardía, ajena al código democrático que debía regir las relaciones entre hombres. En este nuevo contexto, lo ejemplar, lo revolucionario, consistió en reivindicar la conquista de las libertades a través de una actitud contenida que obedeciera a un alto sentido de la responsabilidad, como protagonistas de la lucha para garantizar la democracia. Es en este contexto en el que se enmarca, de manera muy significativa, la cobertura de la matanza de Atocha de 1977 y el entierro multitudinario posterior, como veremos a continuación.
Desde los asesinatos de los abogados laboralistas, este acontecimiento ha sido señalado como un punto de inflexión que trajo consigo la legalización del PCE 42. La historiografía ha destacado la «impresionante manifestación de orden» de la cual se hizo gala en el multitudinario funeral de los abogados, para, a continuación, ligarlo con la legalización del partido 43. Por esta serie de concatenaciones, los abogados asesinados han sido considerados no ya como «mártires de la revolución», sino como «mártires de la democracia» 44. Gloria Cabreja de las Heras realizó una primera aproximación al tema, en la que ahondaba en el contexto del suceso y las respuestas más inmediatas desde el partido y la opinión pública 45. En una obra más reciente, Fernando Nistal ha destacado el papel que tuvo la contención comunista en el funeral de los abogados en la carrera por la legalización, pero poniendo en cuestión el relato teleológico que relaciona ambos acontecimientos —como si el último no hubiera sido posible sin que se diera el primero— 46. En otra publicación reciente, el historiador Manuel Gallego López ha contextualizado el atentado en un escenario de violencia política, en un momento en el que la ultraderecha vio amenazada su impunidad y su poder 47. En el género de las memorias, se han publicado en los últimos tiempos dos obras dedicadas en exclusiva a la matanza de Atocha. La primera fue escrita en 2002 por uno de los supervivientes del atentado, Alejandro Ruiz-Huerta Carbonell 48; y la segunda, más reciente, por Jorge M. Reverte e Isabel Martínez Reverte en el año 2016 49. A pesar de esta trascendencia conferida a la contención mostrada en el funeral en distintos trabajos, parece necesario aún problematizar esta narrativa y profundizar en su significado político, sobre todo en su dimensión emocional. El siguiente apartado ahondará en la cobertura de los hechos en la prensa comunista y la elaboración de un modelo prescriptivo de duelo que favoreció a la expresión de una emoción contenida y serena en detrimento de sentimientos como la rabia o la búsqueda de venganza.
Uno de los acontecimientos más significativos de la transición a la democracia fue la matanza de Atocha de 1977, cuando un grupo de pistoleros vinculados a Fuerza Nueva atacó una oficina de abogados en Madrid, asesinando a cuatro abogados laboralistas y un trabajador, todos ellos relacionados con el PCE: Luis Javier Benavides Ordaz, Enrique Valdevira Ibáñez, Francisco Javier Sauquillo Pérez del Arco, Serafín Holgado Antonio y Ángel Rodríguez Leal, e hiriendo de gravedad a Miguel Sarabia Gil, Alejandro Ruiz-Huerta Carbonell, Luis Ramos Pardo y Dolores González Ruiz. Solo unos pocos días antes, otros dos activistas jóvenes habían sido asesinados en una manifestación: el primero, Arturo Ruiz García, fue asesinado por un miembro de los Guerrilleros de Cristo Rey, otro grupo de extrema derecha; y María Luz Nájera, que murió, precisamente, como consecuencia de la represión policial en una manifestación en protesta por el asesinato de Ruiz García. Se trataba, como vemos, de momentos cargados de violencia 50. En los días siguientes al atentado, los comunistas se movilizaron en torno al ataque al despacho laboralista y realizaron una serie de homenajes a los militantes fallecidos, entre los que destacan la cobertura de los acontecimientos en Mundo Obrero y, en particular, el funeral multitudinario que acompañó a los fallecidos.
Considero que la cobertura de la prensa comunista muestra una tendencia a exaltar una serie de valores, a la vez que alude e interpela al orgullo y esperanza de la militancia, así como a la cultura del partido. Por una parte, debido a que estos textos homenajeaban a gente querida, eran, en esencia, textos emotivos. El amor, respeto, admiración y dolor estaban presentes en todo momento, coloreando el discurso con intensas emociones. Al subrayar el duelo sereno y disciplinado que llevaron a cabo en los funerales de Atocha, estos tributos y homenajes estarían creando un modelo a seguir. De este modo, este episodio sería un ejemplo paradigmático de militancia refrenada y contenida, que recibió una cobertura mediática que pretendió ser a su vez descriptiva y normativa 51. El funeral, que marcó un hito en la memoria de la Transición, supuso «una demostración al mismo tiempo de orden, de actitud pacífica y de fuerza de los comunistas» 52.
«Tras un forcejeo que duró hasta el último minuto» 53, el funeral se celebró finalmente de forma autorizada. Numerosos medios de comunicación dedicaron sus portadas al entierro, desde Diario 16, Ya o El País, hasta ABC. Varios de ellos elogiaron la serenidad mostrada por la militancia comunista y la «impresionante» manifestación de orden y de fuerza mostrada por el partido 54. Incluso desde el Gobierno Civil se reconoció en una nota distribuida a los medios informativos que «el cortejo fúnebre había recorrido las calles de Madrid en un “ejemplar mantenimiento del orden”» 55. Mundo Obrero, por su parte, se hizo eco de esta gran manifestación y dedicó un ejemplar especial a cubrir el multitudinario entierro, así como para realizar un homenaje a los abogados asesinados. A lo largo de ese número se hace referencia constante a la rabia y dolor colectivos que sintieron los comunistas, pero también se puede apreciar un tono de orgullo por haber sido capaces de demostrar en público la contención masiva de esa rabia. Recordemos que esta era una de las pocas ocasiones previas a la legalización en las que el PCE pudo hacer gala públicamente de todas sus insignias, símbolos y estética característica, marcada, como veremos, por una disciplina absoluta, también en el ámbito emocional. El mismo Santiago Carrillo alabó «la máxima firmeza y grandísima serenidad» que el pueblo español mostró en respuesta a «la gran conspiración fascista» 56. Asimismo, el dirigente comunista condenó el aumento de la violencia que la extrema derecha estaba intentando promulgar en el país, y también admitió la rabia y furia que los comunistas sintieron como resultado 57. No obstante, insistió, literalmente, en que estas emociones debían ser contenidas: «Pero nuestra ira y nuestra cólera deben ser frías e inteligentes. Quizá haya quien piense que teníamos que haber salido a la calle a gritarlas, pero eso nos hubiera enfrentado con otros españoles que, como nosotros, están interesados en un cambio político hacia la democracia» 58.
Es decir, incluso si era legítimo sentir esas emociones, su representación pública debía ser contenida, y utilizada más bien como una muestra de su disciplina y compromiso con garantizar un cambio político pacífico. En sus propias palabras, lo que importaba ahora era dar un paso adelante hacia la reconciliación nacional y conseguir que la mayoría se uniera y superara sus diferencias «con calma y serenidad» 59. Carrillo presentó al PCE como el partido más dispuesto a asumir «su responsabilidad nacional» de evitar las tensiones que provocaron la Guerra Civil. Después de esto, el secretario general se dirigió directamente a quienes pudieran tener más dificultades a la hora de perdonar y olvidar: aquellos que habían participado en la guerra. Aquellos camaradas que, tras la derrota, tuvieron que soportar el exilio o la represión franquista. Carrillo pidió su apoyo específicamente, sabiendo que su experiencia en la guerra les dotaba de una posición favorecida en la jerarquía del partido como «militantes históricos»: «Quienes participamos en [la guerra], desde uno u otro lado, somos los primeros que debemos dar ejemplo de reconciliación, de nuestra voluntad inflexible de que aquello no se repita. Quien no esté dispuesto a esto, que se aparte» 60.
Como muestran estas declaraciones, la militancia tenía la obligación de acatar la retórica de la reconciliación nacional o, de lo contrario, «apartarse». La disciplina era una de las cualidades más importantes que debía poseer un militante comunista, y, como militantes disciplinados, debían aceptar la política de reconciliación nacional como parte fundamental de los principios del partido. El secretario general concluyó su artículo prácticamente identificando a estos militantes como mártires por la democracia: «[Q]uizá algún día, España entera reconozca que estos hombres, con el sacrificio de sus vidas, salvaron la paz y la democracia» 61. A lo largo del número se repite una y otra vez esta identificación, e incluso se señala que fueron «muertos en defensa de la democracia y la reconciliación nacional» 62.
En el mismo número, el militante Alberto Duero escribió un texto en el que relató el duelo público mostrado en los funerales que siguieron al atentado. A ellos acudieron no solo militantes del PCE, sino también muchas personas que se mostraron contrarias a estos ataques, como gesto de solidaridad. Muchos de los participantes formaban parte de otros grupos antifranquistas de la izquierda radical. Fue un encuentro masivo coordinado por el PCE y CCOO, todavía como organizaciones ilegales. Alberto Duero describió la atmósfera emotiva que fue tangible durante la ceremonia y la procesión funeraria en las calles de Madrid. Enfatizó tanto la unidad de quienes se manifestaron y los símbolos que compartían, como las atrocidades cometidas por los asesinos: «Millares de puños alzados rindieron el saludo comunista a nuestros camaradas asesinados por la barbarie fascista» 63. En esta narración tan emotiva se recalcaba al mismo tiempo el agravio cometido contra los comunistas y su capacidad de mantenerse serenos ante ello; destacaba, así, tanto la capacidad movilizadora de la cúpula del partido como el autodominio, templanza y fortaleza de la militancia, y lo convertía en un símbolo de orgullo al que aferrarse ante la pérdida.
Otro componente central del evento fue la presencia del «servicio de orden» del partido. Se estima que unos dos mil militantes, ataviados con un brazalete rojo, se encargaron de contener las reacciones de la militancia y demás asistentes 64. Siguiendo criterios militares y jerárquicos, se hicieron cargo de crear un cordón de seguridad que protegiera tanto al velatorio como al sepelio, sin permitir la colaboración de otras organizaciones políticas 65. Esto nos puede informar sobre la gran importancia que tuvo el hecho de mantener el orden para los líderes del partido. Según Duero, el servicio de orden «demostró al Poder lo que es el orden del Pueblo» 66. Alberto Duero apuntó a que sí hubo disturbios, pero no tardó en aclarar que no procedieron de los comunistas 67. Además, de acuerdo con su segmento, muchos militantes se tomaron como responsabilidad personal mantener en calma la demostración de duelo público. No se indicó si estos militantes formaban parte del ya mencionado «servicio de orden», pero sabemos que se habían dado instrucciones a la militancia para que acudieran en masa y desfilaran en silencio rehuyendo las provocaciones 68.
Serafín Holgado, uno de los asesinados, fue enterrado en Salamanca, su lugar de procedencia. La ceremonia también fue retratada más adelante en la prensa comunista, en una pieza que muestra una vez más la necesidad de contener cualquier expresión de duelo que no fuera serena. La matanza de Atocha no podía beneficiar a sus perpetradores: «Podemos afirmar que si lo que pretendían era crispar el ambiente, ofuscar las conciencias, reavivar los odios, han fracasado rotundamente» 69. De nuevo, no existía lugar para el odio o el resentimiento en la militancia comunista; aquellas eran emociones que debían evitar y contener. El duelo en Salamanca fue presentado como ejemplar, «símbolo de reconciliación», «en expresión serena e indignada de nuestro pueblo» 70. También llegaron a afirmar que «sin jactancias podemos decir que ha sido nuestro Partido uno de los artífices más importantes de [la reconciliación]» 71. Como artífices de la política de reconciliación nacional, se enorgullecían de ser quienes iniciaran una conversación pacífica que esperaban concluyera en el final de la dictadura y la consolidación de la democracia.
Además de las declaraciones orales y escritas, el uso de imágenes fue fundamental a la hora de dar cobertura a estos sucesos. En un pie de foto se destacaba, por ejemplo, el «sereno dolor» de los padres del fallecido Ángel Rodríguez 72, dotando a la imagen de un significado específico y deliberado 73. A través de ella se interpelaba emocionalmente a los lectores del periódico en un intento de disciplinar a la militancia y sus respuestas emocionales.

Duelo. Imagen de archivo que no aparece en el número de Mundo Obrero. Archivo Histórico del PCE, Fondo Fotográfico, 1977, 66034.

Sereno dolor. Esta imagen fue incluida en Mundo Obrero acompañada
por el texto «El sereno dolor de los padres de Ángel Rodríguez». Mundo Obrero, 4, 27 de enero de 1977, p. 4.
En el mismo sentido, se incluyó un dosier de cuatro páginas repletas de imágenes del funeral, introducidas por el título «Testimonio de dolor y protesta» y un texto que lee: «Fotos que no precisan explicación. [...] En un impresionante silencio, un puño y un clavel dirigen un último mensaje de esperanza a los que cayeron en pie, como Julián Grimau, para que la marcha a la libertad prosiga hasta la victoria» 74.
Las imágenes que seguían mostraban un inmenso gentío que desbordaba el encuadre, gentes con los rostros serios, pero firmes, y los puños cerrados en alto. Solo en una imagen se pueden ver dos figuras femeninas llorando claramente, mientras son consoladas por una masculina que, en contraste, representa la contención buscada. En el Archivo Histórico del PCE se guardan varias imágenes de ese día que no vieron la luz en la publicación de Mundo Obrero; fotografías muy emotivas, donde el duelo que se retrata es mucho más desgarrador. Parece claro que el discurso textual se vio reforzado por una narrativa visual de gran poder interpelador.
Además de la matanza de Atocha, en este número de Mundo Obrero también se informó sobre el asesinato de Arturo Ruíz García al inicio de la semana. El estudiante fue asesinado por un miembro de un grupo terrorista de extrema derecha durante una manifestación que pedía la amnistía general para todos los presos políticos. Al dar cuenta de este suceso en la prensa comunista, se destacó una supuesta conversación entre algunos protestantes y miembros de la policía, contada a modo de anécdota. De acuerdo con esta representación de la escena, se produjo un encuentro entre varios manifestantes y un grupo de policías en el lugar del asesinato, poco después de que tuviera lugar. En ella se hacía hincapié en la actitud «correcta, comprensiva» 75, de los policías, aun en momentos de tensión. Ante los gritos de varios manifestantes de «¡Aquí estamos! ¡Nosotros no matamos!», algunos policías se mostraron comprensivos y les urgieron a que mostraran mucha serenidad: «Es lo que conviene». Como respuesta, un manifestante argumentó: «Ya estamos colaborando todos [...] Fíjese en lo que ha pasado y en la serenidad que la gente está mostrando» 76. Por último, los antidisturbios acudieron a la escena, pero no se mostraron tan comprensivos como los policías y se dispusieron a dispersar a los presentes con granadas lacrimógenas. La narración de esta anécdota cumplía una función buscada, ya que se incluía en un ejemplar especial centrado en los últimos ataques fascistas, pero siempre insistiendo en la necesidad de mantener el orden y no responder de manera violenta o precipitada, sino con la mayor serenidad. Asimismo, se trataba de una clara descripción benevolente de las fuerzas de seguridad, a pesar de haber descrito una respuesta violenta por parte de las fuerzas armadas solo unos párrafos más arriba. La narración de esta conversación adquiere un significado mayor si la consideramos como un intento de convencer a la militancia de mantenerse en calma y respetar a las autoridades, sobre todo si se contrapone con el relato del mismo suceso en El País, que señalaba «fuertes incidentes entre la policía y los manifestantes, al intentar estos expresar su protesta por el incidente e impedirlo la fuerza pública» 77. Lejos de coincidir con la escena narrada en Mundo Obrero, en este caso se recogen testimonios de vecinos que alegan que tres policías antidisturbios trataron de limpiar la escena del crimen antes de la llegada de los inspectores de policía, destacando la violenta represión ejercida por dichos agentes.
A raíz de la matanza de Atocha, el diario El País preguntó a varios miembros de la oposición si incluirían en la amnistía a los asesinos del atentado. Luis Lucio Lobato, dirigente del PCE y ex preso político, contestó afirmativamente, «[a]unque hay que retorcerse el corazón, para que sea una amnistía que responda al principio de la reconciliación nacional» 78. Estas declaraciones reiteran el compromiso que el PCE mantuvo con la política de reconciliación nacional, llevada a sus últimas consecuencias apenas transcurridos unos días de los hechos. Finalmente, el partido y sus militantes ganaron el respeto de la opinión pública gracias al ánimo reconciliador mostrado en una escenificación de su contención emocional en la que fuera su primera aparición pública tras casi cuarenta años de dictadura. Esta impresionante manifestación de fuerza produjo una impronta en la memoria colectiva comunista, y se ha mantenido como fuente de orgullo para quienes participaron en ella hasta nuestros días.
Uno de los mayores retos del PCE durante el franquismo fue hacer frente a la nociva imagen con la que el régimen retrató a los comunistas. Al proponer la política de reconciliación nacional en la década de los cincuenta, el PCE trató de ofrecer una narrativa alternativa a esta percepción, y apostó por la superación del conflicto de la Guerra Civil. Este cambio estratégico no fue fácil de asimilar para la militancia. No obstante, y tal y como he mostrado en estas páginas, la retórica de la reconciliación nacional tomó forma, resultando crucial para ello su incorporación, también emocional, a las prácticas de los y las militantes comunistas. Como consecuencia de ello, el propio modelo de militante comunista cambió. La masculinidad obrera, que antes había sido ligada a una fuerza física con una dimensión épica, tuvo que dar paso a una masculinidad más autocontrolada, civilizada. Ahora su fortaleza emanaría de una correcta gestión de las emociones, de la capacidad para el diálogo político y de la superioridad moral que les confería su trayectoria histórica.
Aunque tradicionalmente los y las militantes comunistas debían seguir una rígida disciplina, en el contexto de la Transición esta disciplina debía enfocarse no en luchar contra el status quo, sino en reformarlo. La militancia comunista tuvo que contener emociones que, como la rabia o el odio, pudieran minar este espíritu conciliador. Esta disciplina emocional del partido fue puesta a prueba con el salvaje asesinato de los abogados de Atocha. Sin embargo, el funeral multitudinario que acompañó a los asesinados resultó ser una ocasión para manifestar la viabilidad y la fuerza de aquella apuesta política. Como hemos visto, en aquellos momentos difíciles, muy propicios para una respuesta exaltada emocionalmente, se instó a la militancia a reprimir cualquier afán de venganza, mostrando en su lugar una disposición a la reconciliación, incluso bajo provocación. En este episodio, el duelo colectivo movilizó a miles de comunistas y simpatizantes que decidieron salir a la calle a manifestar su dolor de forma pacífica y contenida. Las emociones actuaron políticamente y la postura del PCE como «el partido del antifranquismo» quedó legitimada públicamente, logrando así dejar atrás la satanizada imagen del comunista que había sido cultivada y cuidada durante toda la dictadura.
* Este artículo se enmarca en el proyecto «El desorden de género en la España contemporánea. Feminidades y masculinidades» (PID2020-114602GB-I00), financiado por MINECO y FEDER y el Grupo Consolidado del Gobierno Vasco, IT 1312-19 (código OTRI, GIC18/52). Asimismo, quisiera agradecer a la profesora Nerea Aresti por sus inestimables consejos y ayuda en la redacción de este texto.
1 José Javier Díaz Freire: «Presentación» del dosier Emociones e historia, Ayer, 98 (2015), pp. 13-20, esp. p. 13.
2 Jo Labanyi: «Doing Things: Emotion, Affect, and Materiality», Journal of Spanish Cultural Studies, 11, 3 (2010), pp. 223-233.
3 Sara Ahmed: «Collective Feelings, Or, The Impressions Left by Others», Theory, Culture & Society, 21, 2 (2004), pp. 25-42, esp. p. 27.
4 Sobre la evolución del PCE durante el franquismo y la Transición véanse, sin ánimo de exhaustividad, Carme Molinero y Pere Ysàs: De la hegemonía a la autodestrucción. El Partido Comunista de España (1956-1982), Barcelona, Crítica, 2017; Juan Antonio Andrade Blanco: El PCE y el PSOE en (la) transición: la evolución ideológica de la izquierda durante el proceso de cambio político, Madrid, Siglo XXI, 2012; Manuel Bueno Lluch y Sergio Gálvez Biesca (eds.): Nosotros los comunistas. Memoria, identidad e historia social, Sevilla, Fundación de Investigaciones Marxistas-Atrapasueños, 2009, y Emanuele Treglia: Fuera de las catacumbas. La política del PCE y el movimiento obrero, Madrid, Eneida, 2012.
5 La obra colectiva Loss. The Politics of Mourning ofrece varios ejemplos de cómo la muerte ha sido utilizada con fines ideológicos, llegando incluso a impartir moralejas políticas. Véase David L. Eng y David Kazanjian (eds.): Loss. The Politics of Mourning, Berkeley-Los Ángeles, University of California Press, 2003.
6 Barbara Rosenwein: Emotional Communities in the Early Middle Ages, Ithaca, Cornell University Press, 2006, p. 2. Bajo este punto de vista, las emociones son relacionales y cambiantes, lo cual enfatiza la necesidad de historizarlas. Véase íd.: «Problems and Methods in the History of Emotions», Passions in Context, 1, I (2010), pp. 1-32.
7 Judith Butler: El género en disputa: el feminismo y la subversión de la identidad, Barcelona, Paidós Ibérica, 2007.
8 Sara Ahmed: «Collective Feelings...», p. 32.
9 Ibid.
10 Parto de la idea de Nerea Aresti que propone que una interpelación en el sentido althusseriano será más exitosa cuando cree algún tipo de emoción y tenga relación con el presente, el pasado y el futuro del sujeto al que busca interpelar. Véase Nerea Aresti Esteban: Masculinidades en tela de juicio. Hombres y género en el primer tercio del siglo xx, Madrid, Cátedra, 2010, p. 21.
11 Es conocido que una de las bases ideológicas del franquismo recaía, precisamente, en un anticomunismo acérrimo. Para una aproximación más detallada véase Francisco Sevillano Calero: «“Nuestros auténticos enemigos”. La imagen del comunismo en la dictadura franquista», en Manuel Bueno Lluch y Sergio Gálvez Biesca (eds.): Nosotros los comunistas. Memoria, identidad e historia social, Sevilla, Fundación de Investigaciones Marxistas-Atrapasueños, 2009, pp. 185-202. La Ley para la Represión de la Masonería y el Comunismo de 1940 englobaba a todas las tendencias de izquierda, pero «tenía especial inquina con los comunistas». Véase Guy Hermet: Los comunistas en España, París, Ruedo Ibérico, 1972.
12 Encarnación Barranquero Teixeira: «Ángeles o demonios. Representaciones, discursos y militancia de las mujeres comunistas», Arenal, 19, 1 (2012), pp. 75-102, esp. p. 96.
13 Guy Hermet: Los comunistas en España..., p. 120, y Francisco Sevillano Calero: «El “rojo”. La imagen del enemigo en la “España nacional”», en Xosé M. Núñez Seixas y Francisco Sevillano Calero (coords.): Los enemigos de España: imagen del otro, conflictos bélicos y disputas nacionales (siglos xvi-xx), Madrid, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2010, pp. 325-340.
14 Recogido en Juan Pastrana, José Contreras y Josep Pich: «La demonización del comunismo durante la Segunda Guerra Mundial en Mundo: Revista de Política Exterior y Economía», Vínculos de Historia, 4 (2015), pp. 348-370, esp. p. 358.
15 Francisco Sevillano Calero: «“Nuestros auténticos enemigos”...», p. 190.
16 Guy Hermet: Los comunistas en España..., p. 125.
17 Al exponer los cambios producidos en la masculinidad hegemónica franquista, Ángel Alcalde ha señalado la importancia que tuvo el cine de Hollywood para reconfigurar estas masculinidades en los años cincuenta, en un contexto marcado por el anticomunismo de la Guerra Fría. Véase Ángel Alcalde: «El descanso del guerrero: la transformación de la masculinidad excombatiente franquista (1939-1965)», Historia y Política, 37 (2017), pp. 177-208, esp. p. 189.
18 Francisco Sevillano ha explicado cómo el uso del odio como emoción negativa hacia el «otro» actuó de aglutinante desde el inicio de la Guerra Civil y perduró en la posguerra. Véase Francisco Sevillano Calero: «La masonería y la imagen del enemigo: el caso de Gerardo Salvador Merino, odio y afinidades electivas en el “nuevo Estado” español (1939-1941)», Iberic@l, 6 (2014), pp. 109-116.
19 Mercedes Arbaiza ha analizado cómo el asco y el miedo operaban como emociones diferenciadoras y estigmatizadoras del movimiento obrero en un contexto anterior. Véase Mercedes Arbaiza: «Cuerpo, emoción y política en los orígenes de la clase obrera en España (1884-1890)», Ayer, 98 (2015), pp. 45-70, e íd.: «“Sentir el cuerpo”: subjetividad y política en la sociedad de masas en España (1890-1936)», Política y Sociedad, 55, 1 (2018), pp. 71-92.
20 Encarnación Barranquero Texeira: «Anticomunismo en el NO-DO. La continua elaboración del enemigo», Antropología Experimental, 17 (2018), pp. 103-117, esp. p. 104.
21 «Resolución del Pleno del CC sobre los cambios en la táctica del Partido para lograr la reconciliación de los españoles y acelerar la caída del general Franco por la vía pacífica», Mundo Obrero, 7 de agosto de 1956, pp. 1-3.
22 La propuesta fue redactada por Santiago Carrillo y Jorge Semprún, si bien Cruz y Nieto sostienen que la idea de esta formulación vino de la misma Pasionaria. Véanse Rafael Cruz: «Pasionaria». Dolores Ibárruri, historia y símbolo, Madrid, Biblioteca Nueva, 1999, p. 183, y Felipe Nieto: La aventura comunista de Jorge Semprún, Madrid, Tusquets, p. 295.
23 No obstante, Francisco Erice ha sugerido que precisamente con este cambio de táctica comenzaron a proliferar obras oficiales que ofrecen un esquema explicativo de la historia del partido, lo cual, a su entender, desmiente la idea de que la reconciliación nacional iba ligada al olvido estricto del pasado. Véase Francisco Erice Sebares: «El “orgullo de ser comunista”. Imagen, autopercepción, memoria e identidad colectiva de los comunistas españoles», en Manuel Bueno Lluch y Sergio Gálvez Biesca (eds.): Nosotros los comunistas. Memoria, identidad e historia social, Sevilla, Fundación de Investigaciones Marxistas-Atrapasueños, 2009, pp. 165-166.
24 Carme Molinero: «La política de reconciliación nacional: su contenido durante el franquismo, su lectura en la transición», Ayer, 66 (2007), pp. 201-225, esp. p. 207.
25 Gregorio Morán ha relatado cómo el desarrollo de la jornada se exageró en la prensa del partido. Véase Gregorio Morán: Miseria, grandeza y agonía del PCE, 1939-1985, Madrid, Akal, 2017, pp. 559-560.
26 Consuelo Láiz: La lucha final. Los partidos de la izquierda radical durante la transición española, Madrid, Los Libros de la Catarata, 1995, p. 30.
27 Recogido en Luis Zaragoza Fernández: Radio Pirenaica: la voz de la esperanza antifranquista, Madrid, Marcial Pons, 2008, pp. 354-355.
28 RTVE: Radio Pirenaica. Aventura de una radio clandestina, segunda parte, emitido el 25 de enero de 1989, 50:06-50:23 minutos. Accesible online en http://www.
rtve.es/alacarta/videos/documentales-en-el-archivo-de-rtve/radio-pirenaica-aventura-
radio-clandestina-2-parte/4639693/ (última consulta realizada el 26 de diciembre de 2019).
29 Armand Balsebre y Rosario Fontova: Las cartas de La Pirenaica. Memorias del antifranquismo, Madrid, Cátedra, 2014, p. 70.
30 Los estudios sobre la transición a la democracia se han visto enriquecidos en los últimos años por aquellos trabajos que indagan en el papel de las emociones y los afectos durante este periodo de profundos cambios. Véase, por ejemplo, la obra colectiva de María Ángeles Naval y Zoraida Carandell (eds.): La transición sentimental. Literatura y cultura en España desde los años setenta, Madrid, Visor Libros, 2016, o el monográfico de David Beorlegui Zarranz: Transición y melancolía: la experiencia del desencanto en el País Vasco (1976-1986), Postmetropolis, Madrid, 2017.
31 Declaraciones de Carlos Arias Navarro a la revista Newsweek recogidas en ABC, 6 de enero de 1976, p. 1.
32 Zoraida Carandell: «Informe sobre el alba. De algunas auroras en la poesía de 1970», en María Ángeles Naval y Zoraida Carandell (eds.): La transición sentimental. Literatura y cultura en España desde los años setenta, Madrid, Visor Libros, 2016, p. 120.
33 La disconformidad de parte de la militancia con las decisiones de las elites políticas en lo referente al consenso puede verse reflejada en varias críticas y escisiones, como fue el caso del PCE. Véanse Magdalena Garrido Caballero y Carmen González Martínez: «El puente a la transición y su “resultado final”. Actitudes del PCE y de la militancia comunista en la transición española», Revista de Historia Actual, 6, 6 (2008), pp. 71-87, y Juan Antonio Andrade Blanco: El PCE y el PSOE en (la) transición... Véase también el análisis realizado por Manuel Ortiz Heras en el que identifica la palabra «consenso» con el espíritu, la metodología y el modelo exportado del caso español. Véase Manuel Ortiz Heras: «Nuevos y viejos discursos de la Transición. La nostalgia del consenso», Historia Contemporánea, 44 (2012), pp. 337-367.
34 Para un análisis de la representación mediática del PCE en los albores de su legalización véase José Carlos Rueda Laffond: «Perder el miedo, romper el mito. Reflexión mediática y representación del Partido Comunista entre el franquismo y la transición», Hispania, 75, 251 (2015), pp. 833-862.
35 José Carlos Rueda Laffond: «¿Un pasado que no cesa? Discurso patrimonial y memoria pública comunista en el franquismo y la transición española», Revista de Estudios Sociales, 47 (2013), pp. 12-24, esp. p. 21.
36 José Carlos Rueda Laffond: «Perder el miedo...», p. 851.
37 E. Frances White: Dark Continent of Our Bodies: Black Feminism and the Politics of Respectability, Filadelfia, Temple University Press, 2001.
38 «A propósito de la violencia. Los recientes atentados no ayudan a la conquista de las libertades», Mundo Obrero, 18 de febrero de 1976, p. 2.
39 Ibid.
40 Además, la imagen de militante comunista pasó de ser eminentemente masculina a incluir la representación de mujeres, fruto de la creciente presión de las militantes feministas y del deseo del partido de integrar a las mujeres en la movilización antifranquista, así como del auge del feminismo internacional. Este tema ha suscitado un creciente interés en los últimos años y cabe destacar, entre otros, los trabajos de María Teresa López Hernández: «El PCE y el feminismo en España (1960-1982)», Investigaciones feministas: papeles de estudios de mujeres, feministas y de género, 2 (2011), pp. 299-318; Mónica Moreno Seco: «Compromiso político y feminismo en el universo comunista de la transición», Cuestiones de género: de la igualdad y la diferencia, 8 (2013), pp. 43-60; íd.: «Cruce de identidades: masculinidad, feminidad, religión, clase y juventud en la JOC de los años sesenta», Historia y Política, 37 (2017), pp. 147-176, y Claudia Cabrero: «El Movimiento Democrático de Mujeres y las comunistas: de la resistencia antifranquista a la movilización feminista», Nuestra Historia, 3 (2017), pp. 73-102.
41 Therry Pillon: «Working-Class Virility», en Alain Corbin, Jean-Jacques Courtine y Georges Vigarello (eds.): A History of Virility, Nueva York, Columbia University Press, 2016, pp. 523-524.
42 En algunas ocasiones, incluso se han llegado a utilizar imágenes del sepelio para ilustrar las portadas de múltiples obras dedicadas a la Transición, como sucede en Sophie Baby: El mito de la transición pacífica: violencia y política en España (1975-1982), Madrid, Akal, 2018.
43 Es el caso, por ejemplo, de Carme Molinero y Pere Ysàs: «El PCE y la democracia», en Carme Molinero y Pere Ysàs (coords.): Las izquierdas en tiempos de transición, Valencia, Universitat de València, 2016, p. 126.
44 Helena Varela Guinot: «La legalización del PCE: elites, opinión pública y simbolismos en la transición», Estudios Instituto Juan March de Estudios e Investigaciones. Centro de Estudios Avanzados en Ciencias Sociales, 8 (1990), pp. 17-18.
45 Gloria Cabrejas de las Heras: «La matanza de Atocha y la semana negra de la transición española», en Historia del PCE: I Congreso, 1920-1977, vol. 2, Madrid, Fundación de Investigaciones Marxistas, 2007, pp. 399-412.
46 Fernando Nistal González: El papel del Partido Comunista de España en la transición, Madrid, Centro de Estudios Constitucionales, 2015, pp. 260-264.
47 Manuel Gallego López: Los abogados de Atocha. La masacre que marcó la transición, Madrid, Los Libros de la Catarata, 2020.
48 Alejandro Ruiz-Huerta Carbonell: La memoria incómoda. Los abogados de Atocha, Burgos, Dossoles, 2002.
49 Jorge M. Reverte e Isabel Martínez Reverte: La matanza de Atocha, 24 de enero de 1977. El asesinato de los abogados laboralistas que conmocionó a la España de la transición, Madrid, La Esfera de los Libros, 2016.
50 En los últimos años, nuevos estudios del periodo se han centrado en poner en entredicho la narrativa de «la modélica y pacífica transición», señalando no solo la violencia llevada a cabo por grupos terroristas, sino, sobre todo, la violencia estatal. Para un estudio reciente sobre el caso consultar Mariano Sánchez Soler: La transición sangrienta. Una historia violenta del proceso democrático en España (1975-1983), Barcelona, Península, 2010, y Sophie Baby: El mito de la transición pacífica...
51 Francisco Erice ya ha planteado que el arquetipo del «activista corriente» de la literatura del partido pretende ser a la vez descriptivo y normativo. Véase Francisco Erice Sebares: «El “orgullo de ser comunista”..., p. 157.
52 Emanuele Treglia: Fuera de las catacumbas..., p. 362.
53 Santiago Carrillo: Memorias, Planeta, Barcelona, 2006, p. 800.
54 Diario 16, 27 de enero de 1977, y El País, 27 de enero de 1977.
55 «Serenidad en homenaje a los asesinados», Diario 16, 27 de enero de 1977, p. 6.
56 «Hasta siempre en la libertad por la que disteis la vida», Mundo Obrero, 4, 27 de enero de 1977, p. 1.
57 Santiago Carrillo: «Frente al crimen fascista, reconciliación para la democracia», Mundo Obrero, 4, 27 de enero de 1977, p. 3.
58 Ibid.
59 Ibid.
60 Ibid.
61 Ibid.
62 «Muertos en defensa de la democracia y la reconciliación nacional», Mundo Obrero, 4, 27 de enero de 1977, p. 2.
63 Alberto Duero: «Madrid, capital del dolor y de la gloria», Mundo Obrero, 4, 27 de enero de 1977, pp. 4-5.
64 Gloria Cabrejas de las Heras: «La matanza de Atocha...», p. 407.
65 Jorge M. Reverte e Isabel Martínez Reverte: La matanza de Atocha..., p. 144.
66 Alberto Duero: «Madrid, capital del dolor y de la gloria», Mundo Obrero, 4, 27 de enero de 1977, p. 5.
67 Diario 16, en cambio, aludió a un tímido intento de cantar «La Internacional», rápidamente acallado, así como algún grito aislado de «te vengaremos» en el cementerio de la Almudena, donde se enterraría a Ángel Rodríguez Leal. Véase «Serenidad en homenaje a los asesinado», Diario 16, 27 de enero de 1977, p. 6.
68 Santiago Carrillo: Memorias..., p. 800.
69 A. C.: «Salamanca. Un símbolo de reconciliación», Mundo Obrero, 6, 9 de febrero de 1977, p. 5.
70 Ibid.
71 Ibid.
72 Mundo Obrero, 4, 27 de enero de 1977, p. 4.
73 Geles Mit: El tercer texto: imagen y relato, Valencia, Universitat Politècnica de València, 2008.
74 La mención a Julián Grimau no es casual, ya que, al tratarse de una figura notable en la hagiografía comunista desde su asesinato en 1963, refuerza la identificación de los abogados asesinados como mártires. En el aniversario del asesinato en 1975, Mundo Obrero lo recordaba como «el crimen más inexpiable de la dictadura», una operación política «para restaurar el terror y el espíritu de la guerra civil, frente a la política de reconciliación que comenzaba a encenderse en España, como una luz indicando la salida del túnel [...] Con la sangre de Julián Grimau quisieron apagar esa política [...] y provocar a su vanguardia, a nuestro partido, empujándonos hacia la violencia, para justificar la represión política y esa muerte y otras muertes». De una manera similar al caso analizado en este artículo, este texto destaca con orgullo el no haber caído en las provocaciones del régimen y que la ira que sentían les empujara a la violencia. De esta manera, promovieron una «contención de la ira», identificándola como un sentimiento que desaprobaban. Véase «Julián Grimau siempre entre nosotros», Mundo Obrero, 11, abril de 1975, Especial Emigración, p. VI.
75 J. Mestres: «Arturo Ruiz García», Mundo Obrero, 4, 27 de enero de 1977, p. 6.
76 Ibid.
77 «Incidentes en el lugar del asesinato. La policía borró las huellas de sangre», El País, 25 de enero de 1977, p. 10.
78 «Encuesta entre la oposición: ¿amnistiaría a los asesinos que han actuado estos días en Madrid?», El País, 27 de enero de 1977, p. 12.