Ayer 122/2021 (2): 163-186
Sección: Estudios
Marcial Pons Ediciones de Historia
Asociación de Historia Contemporánea
Madrid, 2021
ISSN: 1134-2277
DOI: 10.55509/ayer/122-2021-07
© Carme Bernat Mateu
Recibido: 09-07-2018 | Aceptado: 28-09-2018
Editado bajo licencia CC Attribution-NoDerivatives 4.0 License

Identidades, género y moral anarquista en La Revista Blanca (1923-1936)

Carme Bernat Mateu

Universitat de València
carme.bernat@uv.es

Resumen: El presente artículo ofrece una revisión en clave de género de La Revista Blanca, una de las publicaciones más relevantes del anarquismo español de inicios del siglo xx. El eje que vertebra el estudio son los modelos de feminidad y masculinidad denostados y deseables en los discursos de la revista, así como sus propuestas en relación con la infancia, la juventud y las relaciones afectivas. Se enfatiza la reflexión en torno a los parámetros morales de sus discursos para ayudar a comprender los comportamientos del «ser mujer» y del «ser hombre» que promovió el anarquismo.

Palabras clave: anarquismo, feminismo, discursos, género, moralidad.

Abstract: This article offers a revision of the concept of gender by focusing on La Revista Blanca, one of the most exemplary publications of Spanish anarchism at the beginning of the twentieth century. The study is centred around models of femininity and masculinity and the ways in which these concepts were alternatively vilified and deemed desirable within the various discourses that appear in the journal. It also focusses on the journal’s proposals regarding childhood, youth and affective relationships. Anarchism promoted moral parameters of behaviour that constituted «being a woman» and «being a man», which it spread to its readers.

Keywords: anarchism, feminism, discourse, gender, morality.

Introducción

Los feminismos históricos se desarrollaron a partir de referentes ideológicos diversos y se manifestaron de múltiples formas. En la historiografía, pero también en el imaginario social, se ha tendido a vincular el feminismo con el sufragismo, los preceptos igualitarios y la reivindicación de derechos políticos individuales para las mujeres. No obstante, siguiendo este marco explicativo, algunos feminismos se han identificado como una anomalía, un retraso o una dislocación respecto al modelo sufragista anglosajón. En su influyente trabajo, Mary Nash ha sostenido que, en el caso español entre otros, el desarrollo del feminismo social desde finales del siglo xix no fue paralelo al movimiento feminista angloamericano ni nació solo de las mujeres de clases medias 1. Lejos de ello, la construcción de una parte del feminismo internacional se asentó en una fundamentación teórica vinculada a la diferencia de género. El predominio de unas pautas femeninas basadas en la domesticidad limitó el florecimiento de un discurso igualitario y motivó que la diferencia de género funcionara como la base del denominado feminismo social, maternal o relacional 2.

Tomando en consideración este presupuesto interpretativo y centrando la atención en una de sus corrientes más significativas, a través de esta investigación se pretende destacar que el feminismo español se construyó como un movimiento con múltiples caminos históricos que no fueron lineales ni predeterminados. De este modo, se quiere evitar analizar el caso español como una anomalía. Si bien el sufragismo de signo igualitario tuvo una importancia central en determinados momentos, el feminismo basado en la diferencia de géneros, en la moralización y en la reivindicación de la emancipación femenina se materializó en el seno de culturas políticas muy diversas. Desde algunos nacionalismos conservadores y reformistas católicos hasta ciertas corrientes socialistas, los discursos de la diferencia entre hombres y mujeres fueron cardinales en las tendencias feministas de estas culturas políticas. En buena medida, y a pesar de la diversidad del feminismo anarquista, las ideas de aquellas mujeres se nutrieron y formaron parte de esta tradición de la diferencia que se ha desarrollado en el feminismo histórico español. Pero, además, algunos feminismos, influidos por las culturas políticas obreras de las que partían, desarrollaron discursos moralizadores y elaboraron pautas de comportamiento normativas. Con esta investigación se pretende mostrar que este tipo de moralidad no se encontraba en tensión con la emancipación femenina que reivindicaban, sino que consideraban que la moral era un camino más para conseguir la libertad humana. Se tratará de historizar una parte del feminismo a través de los discursos de La Revista Blanca, para continuar enriqueciendo el análisis del pasado de este movimiento.

Esta investigación tiene como punto de partida la reflexión sobre las cuestiones relativas a la construcción del género de La Revista Blanca. Se ha considerado esta publicación como parte de las promovidas por la corriente de emancipación femenina anarquista 3. El eje que vertebra el estudio son los roles de feminidades y masculinidades denostados y deseables en los textos publicados en dicha revista, así como sus propuestas en relación con la infancia, la juventud y las relaciones afectivas 4. La contribución que realiza este trabajo es una revisión, en clave de género, de un medio central para el anarquismo de inicios del siglo xx, ya que La Revista Blanca fue una de las publicaciones más leídas, conocidas y relevantes en el movimiento libertario. Entender los modelos de género que propugnaron en una fuente de gran valor como esta puede ayudar a profundizar en los comportamientos del «ser mujer» y del «ser hombre» que promovió el anarquismo. Asimismo, se estudia la construcción de masculinidades de la revista como elemento central de las relaciones de género y de poder de su contexto, un aspecto a menudo olvidado en las investigaciones que previamente han trabajado La Revista Blanca.

La tendencia que denominamos de emancipación femenina anarquista tiene sus orígenes, según sostienen las investigaciones hasta el presente, en las dos últimas décadas del siglo xix. Aunque no conviene olvidar la heterogeneidad de puntos de vista que se generaron en el seno de este movimiento, pueden establecerse tres etapas diferenciadas entre sus inicios y el año 1939. En el escenario decimonónico se desarrolló un feminismo social que atendía a la intersección de la clase y el género, algo que cuestionaba que el modelo anglosajón sufragista fuera la única vía para la emancipación femenina 5. La primera fase de la corriente se inició, en el caso español, a partir de la década de 1880, cuando se formaron los grupos femeninos en forma de secciones de la Federación de Trabajadores de la Región Española 6. De esta etapa destacan nombres como el de Federación López, Gertrudis Fau o Teresa Claramunt, entre otras. Esta última es una de las mujeres más conocidas de la historia del anarquismo español: organizó en 1884 una Sección Varia de Trabajadoras Anarcocolectivistas y en 1891 fue cofundadora de la Sociedad Autónoma de Barcelona 7.

Claramunt fue una figura de referencia para Teresa Mañé, también conocida como Soledad Gustavo. Escritora, maestra y editora, participó en numerosas actividades pedagógicas y periodísticas en el seno del movimiento ácrata. Con una destacable actividad intelectual y cultural y una preocupación especial por la cuestión femenina, se casó con Juan Montseny, con quien engendró y educó a Federica Montseny 8. Fue esta familia la que fundó y publicó La Revista Blanca desde sus inicios y formó parte del núcleo intelectual de la segunda fase de la corriente de emancipación femenina anarquista.

Por último, en la tercera etapa de esta tendencia puede situarse a la organización más conocida: la Agrupación Mujeres Libres (1936-1939). En el ámbito historiográfico, es el aspecto del que más conocimientos e información disponemos 9. El colectivo destacó por la elaboración de un discurso que se ha considerado innovador en su voluntad por motivar la doble lucha (anarquista y femenina), ya que reconocían la especificidad de la opresión de las mujeres y la necesidad de autoorganizarse.

A pesar de que la presente investigación se centra en el caso español, el movimiento de las mujeres anarquistas se desarrolló en diversas latitudes, en especial en zonas mediterráneas y en otros territorios latinoamericanos del Cono Sur, Bolivia, Brasil o México. De hecho, las referencias a militantes, organizaciones y publicaciones internacionales en La Revista Blanca son numerosas. Con esto, aunque no se abordará en el artículo, se pretende dejar apuntado un estudio futuro en el que se analice esta corriente de emancipación femenina anarquista como un movimiento transcontinental heterogéneo, pero con amplias relaciones e influencias.

Respecto a la metodología, cabe tener en cuenta que el género es una categoría central de análisis y cardinal para esta investigación. El término se entenderá no como un simple derivado del sexo biológico, sino como una construcción cultural diversa, con márgenes y no necesariamente universal. La identidad de género modela y transforma la experiencia de los personajes históricos: se reelabora de forma regular en los diferentes escenarios porque es una manifestación del entramado sociocultural de cada contexto 10. Pero el concepto género y su significado se está debatiendo en las últimas décadas: ¿es una categoría excluyente o más bien inclusiva?, ¿puede englobar experiencias del sur global con una gran diversidad en identidades sexuales y de género?, ¿es una categoría reproductora del binarismo hombre-mujer? Algunas críticas, centradas en las dos últimas décadas, han defendido que el género es un concepto eurocéntrico y con el binarismo sexual hombre-mujer implícito 11. De hecho, la propia Joan Scott señaló que la categoría había perdido su filo crítico a favor de la normalización y del esencialismo 12. A pesar de la complejidad de la cuestión, interesa destacar que el debate está motivando cierta revisión autocrítica de las categorías y que la historia con perspectiva de género está en constante exploración y construcción.

Teniendo en cuenta la discusión historiográfica, se partirá del análisis de los arquetipos de feminidad y de masculinidad por la diferenciación binaria tradicional que La Revista Blanca elaboraba: una diferenciación clara y marcada en su contexto de lo que significaba ser hombre y ser mujer. La construcción de los arquetipos de género formaba parte de su voluntad de participar en una «batalla cultural» central, en la que intervenían tanto las instituciones y la comunidad científica e intelectual como el resto de culturas políticas del contexto. De hecho, la consolidación de unos roles de género determinados es resultado de múltiples negociaciones cambiantes e inestables, en las que las diferentes culturas políticas pugnan por introducir sus propuestas al escenario cultural 13.

De los felices, o más bien convulsos, años veinte

La Revista Blanca, nacida en el seno de la familia Montseny-Mañé, fue una publicación de debate intelectual y de divulgación de las ideas anarquistas. A imitación de la revista ácrata francesa La Revue Blanche, pretendía motivar la educación de las clases populares, mientras propagaba los preceptos del ideal anarquista. Llegó a tener una tirada de 12.000 ejemplares y fue una de las publicaciones más influyentes de la historia del anarquismo español.

La revista se gestó en lo que Susanna Tavera ha denominado el «falansterio familiar», en un ambiente en el que cada miembro se dedicaba a lo más idóneo según sus propias inclinaciones 14. Contó con la colaboración de destacados artistas, sociólogos e intelectuales como Pi i Margall, Giner de los Ríos, Unamuno, Azorín, Ramón y Cajal o Pío Baroja 15. Pero su orientación era claramente anarquista y publicaron en ella conocidos militantes como Errico Malatesta, Anselmo Lorenzo, Élisée Reclus o Ricardo Mella. El impreso tuvo dos épocas: la primera entre 1898 y 1905 y la segunda entre 1923 y 1936.

De hecho, el contexto de las décadas de 1920 y 1930 era notablemente diferente a la realidad finisecular del inicio de La Revista Blanca. El periodo de entreguerras, marcado por las consecuencias de la Gran Guerra, el triunfo de la Revolución Soviética y el surgimiento del fascismo, también fue convulso en España. Entre la Gran Guerra y 1923, los diferentes gobiernos tuvieron que afrontar grandes desafíos. A la crisis de fragmentación de los partidos dinásticos se añadían las reclamaciones regionalistas y las reivindicaciones obreras y campesinas, con una consecuente situación social explosiva 16.

En un ambiente encendido por el pistolerismo, por la batalla de Annual y por el relativo auge de posturas radicales autoritarias como las mauristas, en septiembre de 1923 Primo de Rivera inauguró un nuevo escenario político con el triunfo del golpe de Estado 17. Este periodo de los años centrales de la llamada guerra civil europea convergió con un auge generalizado de los feminismos. Si bien algunas demandas del sufragismo se estaban consiguiendo, las corrientes de reivindicaciones femeninas eran crecientes en los años veinte. Estas basculaban desde las manifestaciones católico-conservadoras hasta el feminismo sufragista o las tendencias republicanas y socialistas. La corriente de emancipación femenina anarquista creció de forma destacable en la segunda década del siglo xx, a la vez que los grupos feministas y la discusión sobre las cuestiones de género se hacían más presentes en la esfera social.

De hecho, el apogeo de los discursos en pro de la emancipación femenina coincidió con la denominada «Edad de Plata» de la literatura española. Escritores de la generación del 98 y del 14 comenzaban a incorporar a las mujeres ya no solo como «ángel del hogar», sino también como objeto de la fantasía sexual masculina. Pero en los márgenes de este canon nacía una literatura modernista escrita por mujeres, con nombres como Margarita Nelken, Carmen de Burgos, María Zambrano o Rosa Chacel. Algunas investigadoras sitúan la obra literaria de Federica Montseny en esta tradición modernista feminista 18. Y, de hecho, Montseny entabló diálogos interesantes con algunas de estas autoras, pero su posicionamiento respecto a ellas era crítico 19. Puede considerarse que sus escritos entroncan con la tradición de novela social de divulgación del ideal anarquista más que con la literatura feminista del periodo. Aun así, el vislumbrar diferentes tendencias nos informa de la destacable riqueza discursiva de las intelectuales feministas del contexto.

Por otra parte, conviene tener en cuenta que desde finales del siglo xix aparecieron interpretaciones positivistas sobre la sexualidad y el género que crearon un sistema normativo disciplinario mediante discursos médico-científicos. Las categorías mujer o sexo eran soportes únicos de representación del grupo social diverso mujeres. Justificando mediante el conocimiento científico, tomaron a la mujer como objeto empírico de estudio. Con esta operación, naturalizaron un modelo legitimado de feminidad tradicional en una familia patriarcal 20. Esta corriente de pensamiento se perpetuó en las primeras décadas del siglo xx a través de las tesis de científicos como Gregorio Marañón u Ortega y Gasset, con los que se inició el debate sobre la patologización de las transgresiones de las categorías tradicionales de género 21.

De hecho, en los mismos textos de La Revista Blanca puede observarse cierta influencia de los discursos médico-científicos: en ocasiones se definen contra el «sensualismo morboso», la masturbación y las prácticas sexuales consideradas degeneradas y nacidas del vicio 22. En muchos discursos libertarios, el tratamiento sobre las mujeres y la sexualidad se derivaba de un cierto moralismo, camuflado en un supuesto cientifismo regeneracionista. Esta cultura política abominaba el «donjuanismo», la prostitución y las prácticas que convertían a las mujeres en objetos sexuales. Es a partir de su obsesión por humanizar a las mujeres para motivar su emancipación desde donde se entiende esta tendencia moralizadora. A pesar de todo, esta humanización caía en algunos casos en el esencialismo de las identidades y las subjetividades femeninas: las mujeres eran en los discursos anarquistas el sexo, o un todo del que, aunque se proclamara la emancipación, se continuaba determinando su comportamiento como grupo homogéneo.

Asimismo, cabe tener en cuenta la ambivalencia de las posturas anarquistas relacionadas en ocasiones y mezcladas con los denominados «bajos fondos», la propaganda por el hecho, la criminalidad y los barrios chinos de diferentes ciudades 23. Este doble sentido en relación con la moralidad nos habla de las diversidades internas del anarquismo de principios de siglo y de una posible distancia entre diferentes posturas e interpretaciones sobre la rectitud, la moralidad, la racionalidad y la disciplina humana. No obstante, La Revista Blanca y el círculo de intelectuales que la rodearon fueron claramente contrarios a la prostitución, el libertinaje, la golfería y el hampa, derivados de una supuesta modernidad y progreso que estaba llegando a España.

Nerea Aresti sostiene que el régimen de Primo de Rivera careció de un programa de renovación de los ideales de género, más allá de la restauración de un modelo ya obsoleto. Por tanto, los esfuerzos del régimen dictatorial se dirigieron a regenerar un modelo patriótico de masculinidad en declive 24. Mientras tanto, un influyente sector de intelectuales y autoridades comenzaron a desarrollar nuevos códigos de feminidad y masculinidad durante la década de 1920. De hecho, esta fue una de las tareas más destacadas de La Revista Blanca: proponer los arquetipos ideales de mujeres y hombres que hicieran posible el advenimiento de una sociedad anarquista. Y Federica Montseny extendió esta voluntad a su extensa labor literaria en obras como La Indomable, La Victoria o El Hijo de Clara 25. Utilizó plataformas de gran difusión, como las novelas cortas publicadas en la colección «La Novela Ideal», en las que buscaba conmover mediante la ficción para convencer a sus lectores, acercarlos al anarquismo y difundir sus modelos de género ideales.

Los modelos de género denostados y deseables en La Revista Blanca

Imaginarios sobre la feminidad: la nueva mujer del mañana

«Imaginémonos un tipo autocreable de mujer [...]. Capaz, en una palabra. No vivir una vida artificiosa, morbosa, de histérica obsesionada por el deseo sexual, sino la vida plena de la salud y del optimismo, la vida creadora y desbordante de la Naturaleza. Esta mujer quiere, puede y debe encontrar un hombre digno de ella. Seamos también optimistas y hagamos que lo encuentre. Un hombre que, como ella, se sobrepone al medio, vive su vida, respeta y quiere conservar su libertad inalienable. [...] Los hijos serán la florescencia delirante de la pasión tan cuidadosamente alimentada. Ellos consolidarán su vida; serán cauce donde desbordarse. Para el hombre, serán un amor nuevo, también renovado, mantenido latente, lazo, no cadena, donde los mutuos esfuerzos podrán unirse sin sumisión ni humillación por ninguna de las partes» 26.

Esta cita de Federica Montseny resume a grandes rasgos los modelos de género que se plantearon durante la segunda época de La Revista Blanca. Aunque Federica fue la autora más prolífica sobre el tema que nos ocupa, también se analizan otros textos de Antonia Maymón, Teresa Mañé, Federico Urales, Élisée Reclus, Ángela Graupera o Mauro Bajatierra. Entre los postulados de los diferentes perfiles existieron algunos matices que los diferenciaban. Pero, por lo general, los escritos de La Revista Blanca pueden estudiarse como una línea de pensamiento similar, pero que se enriquece con diferentes puntos de vista.

En relación con el modelo de feminidad, el análisis se inicia con las críticas que hacían a «la mujer de hoy». En líneas generales, en la revista se afirmaba que las mujeres se encontraban en un estado de subordinación y esclavitud por los intereses de instituciones opresoras como la familia, el Estado y el capitalismo. Juzgaban que estos dos últimos elementos actuaban a través de la familia para perpetuar y amparar el patriarcado. El núcleo familiar, frontalmente criticado en la mayoría de los escritos, eliminaba la independencia de las mujeres y el deseo femenino. Además, consideraban que el sistema capitalista generaba la dependencia económica de las mujeres, sosteniendo el pilar principal de la institución de la familia patriarcal. Mediante los tres vértices de un triángulo (Estado, familia y capitalismo) explicaban la situación de esclavitud femenina, que —apuntaron— se perpetuó a lo largo de los siglos por la falta de educación impuesta a las mujeres 27.

Definían a «la mujer de hoy» como frívola, ligera, sin progreso moral, poco consciente, desequilibrada y cobarde 28. Y estas características se forjaban por la doble dependencia, económica (capitalismo) y hacia los hombres (familia), que se perpetuaba por la ignorancia impuesta a las mujeres. Por ello, según estos escritos, la mujer sometida no fue capaz de reivindicar su libertad e independencia, ya que la esclavitud la hizo débil, simple y de baja moral 29. En esta crítica al modelo de mujer de su tiempo elaboraron reprobaciones radicales y directas: «la cursilería, la coquetería y la hipocresía» eran las peores cualidades femeninas 30. De hecho, consideraban que la «pobreza moral» era todavía mayor en las mujeres «modernas» como las flappers norteamericanas o las garçonnes ­europeas 31.

Esta crítica se enmarcaba en un ambiente de inquietud respecto a la indefinición sexual, ya que la moda reinante en los años veinte había acortado distancias estéticas entre mujeres y hombres 32. Numerosos científicos interesados por las cuestiones femeninas consideraban que la «mujer moderna» era antinatural. Si bien en este aspecto coincidían los discursos médico-científicos con los anarquistas, la lógica interna de la crítica a la nueva feminidad ambigua tenía un fondo muy diferente. En realidad, en el discurso ácrata encontramos un ataque a lo que entendían como una desviación burguesa, en la que las mujeres se preocupaban más por la estética y el ocio que por los problemas sociales y la humanidad del futuro. Aun así, tanto las disertaciones médico-científicas como los argumentos anarquistas mostraban ansiedad y preocupación frente a un posible fin de la diferenciación sexual y a la homogeneización entre el carácter femenino y masculino, combinado con un cierto esencialismo identitario antes mencionado.

Afirmaban que la protagonista de la novela La Garçonne, de Victor Margueritte, no era el símbolo de una mujer emancipada 33: las «mujeres nuevas» eran, para los anarquistas, intercambiables con los hombres. Esta lectura nos muestra cierto esencialismo conservador, pero a la vez un repliegue identitario obrero de repulsa de toda vinculación con la cultura burguesa. La imagen de las mujeres modernas o «nuevas» se asociaba con la juventud de las clases altas, que en ningún caso podían ser referentes culturales a imitar por las clases populares. Curiosamente, consideraban que el pelo corto restaba personalidad a las mujeres, «sujetas a la tiranía de la moda» 34, y que estas se morían por el baile, el cine y el coqueteo solo para conseguir un noviazgo «cursi» 35.

Si «la mujer de hoy no es más que un apunte de mujer» 36, los autores de La Revista Blanca insistieron de forma concienzuda a través de sus artículos en definir el modelo de feminidad completa e ideal para el anarquismo. De hecho, como sostiene Mary Nash en relación con Federica Montseny, la anarquista propuso una solución al «problema de los sexos» mediante tres fases. La primera consistía en una transformación total de las estructuras sociales mediante la implantación del comunismo libertario. La segunda comprendía una invención de un nuevo arquetipo de mujer que se autosuperara mediante su dignidad y orgullo de sexo y la plena confianza en sí misma. Y la tercera solución se refería a la creación de una nueva masculinidad que se desprendiera «de omnipotencia y de despotismo sexual» y de la superioridad tradicional sobre las mujeres 37.

La mujer «del mañana» tendría tres pilares básicos: la esencia femenina, la personalidad propia e «individualizamiento» y el interés por las cuestiones sociales. El desarrollo de estos tres elementos posibilitaría la emancipación de las mujeres. El primero de ellos, de mantenimiento de la subjetividad femenina, nos remite a un elemento central del corpus de la corriente de emancipación femenina anarquista. En este discurso, las mujeres y los hombres tienen una esencia diferente y realizan aportaciones diversas a la sociedad. Las mujeres mantienen ciertos elementos de la feminidad tradicional tales como la bondad, la intuición y el cuidado de los suyos 38.

Esta preservación de los rasgos de la feminidad, que en algunas ocasiones se ha definido como conservador, se basa en una resignificación de los elementos tradicionalmente asociados a las mujeres. En la revista, la maternidad continúa siendo un elemento central de la feminidad, pero no como se interpretaba en los modelos del «ángel del hogar», sino con nuevos significados. Apuntaban que el ser madre era, por ley natural, un objetivo de toda mujer, en tanto que su misión era la de formar a las nuevas generaciones 39. Pero la maternidad que proponía La Revista Blanca tenía dos elementos nuevos. En primer lugar, la maternidad consciente, ya que las mujeres debían ser libres para escoger cuándo llegaba el momento y con quién (incluso con la posibilidad de ser madres solteras). En segundo lugar, la necesidad de estar sanas moral y físicamente, con el propósito de criar nuevas generaciones en los valores de la libertad, la justicia y la emancipación 40. Aun así, consideraban que la maternidad «tampoco habría de limitar ni absorber integralmente la vida femenina, es necesario armonizarla, equilibrarla, mantener siempre el punto estable» 41. Es decir, la maternidad (consciente, responsable y libre) fue un objetivo central, pero no la única tarea de las mujeres, valorando de forma positiva la armonía con el resto de elementos necesarios.

El segundo pilar básico de la mujer ideal, como antes apuntaba, era la personalidad propia y la individualización. Este aspecto queda ampliamente desarrollado en una novela de Federica Montseny titulada La Victoria. La Revista Blanca era una publicación cercana a posiciones anarcoindividualistas, aunque mantuvo cierta ambigüedad en su adscripción ideológica en algunas ocasiones. Esta influencia individualista se observa en los modelos de género, ya que consideraban que, aunque se estableciera una sociedad en comunidad y colectiva, no habría libertad sin iniciativa y personalidad individual. Desarrollarla suponía «desembarazarse del poder del Estado, del padre, del amo y del marido al mismo tiempo» 42. Por ello, era central la autoestima, el orgullo de sexo y la reafirmación de la personalidad propia. Las mujeres del mañana serían «dueñas de sus destinos, dominadoras de su voluntad, luchadoras contra el pretérito, madres del porvenir» 43.

Por último, el tercer elemento de la feminidad ideal era la ­conciencia social, la sensibilidad por la justicia y la libertad, y la con­cien­ciación política. En este proceso, las mujeres se tenían que dar cuenta de las cadenas que las amarraban: familiares, matrimoniales, económicas, sociales... Valoraban que fueran reflexivas y maduras para analizar las opresiones que las ataban y sumarse a la causa del humanismo integral, a la emancipación como trabajadoras y como mujeres. Para ello, el anarquismo se consideraba la vía más completa, general y humana.

En cuanto al movimiento feminista incipiente en la década de 1920, la mayoría de anarquistas lo identificaban con el sufragismo, aunque esta demanda la incorporaba el feminismo socialista desde finales del siglo xix. Algunas libertarias consideraban que el feminismo era un partido político al servicio de la reacción, del Estado, del privilegio y del mando, de carácter reformista peligroso 44. Definían las ideas feministas como «imitación de todas las cosas malas de los hombres» 45. Así, en algunos casos se realizaban comentarios irónicos sobre reivindicaciones feministas como la participación en las carreras de caballos, la fundación de equipos de fútbol femeninos o la realización de referéndums locales para permitir llevar pantalones a las mujeres 46.

El futuro hombre libre. Infancia, juventud y sexualidad

En la interpretación de La Revista Blanca sobre la emancipación femenina, profundamente influida en este sentido por Federica Montseny, los hombres tenían un papel activo. Entendían que «el problema de los sexos» solo podría solucionarse si se emprendía una acción conjunta de resignificación de los modelos de género. La solución pasaba entonces por un proceso interior e individual de cambio de personalidad y comportamiento social. Según la redacción, las relaciones afectivas cambiarían solo si se alcanzaba una nueva masculinidad y feminidad que transformara los cimientos de la sociedad.

En esta dirección, «la figura masculina» tenía diferentes vertientes. En primer lugar, consideraban que los hombres habían subyugado a las mujeres a lo largo de la historia y continuaban haciéndolo, incluso los hombres anarquistas: «Los mismos hombres denominados avanzados cuando hablan de la mujer la colocan ellos también a un margen de la vida» 47. Reiteraban que la virilidad se había construido sobre la base del dominio y la superioridad frente a sus parejas, hijas, hermanas y madres 48. Según apuntaban, «la intransigencia, el brutal sentimiento posesivo, los celos y el amor absorbente e intolerante» eran defectos gravísimos de los varones de su contexto 49. Pero esta no era la única manifestación de la superioridad masculina según sus escritos: detestaban el paternalismo de algunos hombres que idealizaban a las mujeres y las divinizaban, haciéndolas sentir débiles y volubles 50.

Aparte de esta dominación, tanto por autoritarismo como por idealización, abominaban de forma reiterada de la masculinidad donjuanesca. A los hombres «tenorios» se los consideraba de baja moral, invadidos por el vicio y «ladrones de ilusiones», que tomaban a las mujeres como mercancías y truncaban sus vidas con falsos amores 51. El varón mujeriego era, según afirmaban, un «raptor de doncellas y violador de honras» que solo pretendía satisfacerse fisiológicamente 52. Pero el discurso de abominación del donjuanismo se encontraba muy vinculado a los valores morales socialistas desde sus inicios, que la cultura política anarquista también incorporaba. Aun así, es importante enmarcar esta crítica en un contexto, según afirma Nerea Aresti, de redefinición general de la masculinidad a manos de reformadores de las denominadas «cuestiones sexuales». Esta crítica vendría probablemente influida por los programas de reforma sexual de científicos como Gregorio Marañón, que pretendían modernizar el modelo de masculinidad adaptándolo a los preceptos del liberalismo burgués 53. El «mito de la falsa virilidad» caía en favor del auge de un refuerzo de valores como la austeridad, el trabajo, el autocontrol y la responsabilidad familiar 54.

Por último, los discursos de la revista desacreditaban el vicio sexual y la prostitución definiéndolas como anomalías típicas del régimen capitalista que se perpetuaban mediante la ignorancia y la bajeza moral 55. Desde el siglo xix, las culturas obreras identificaban la figura de la prostituta como un ser enfermo. Desde que el control laico médico-científico definía las nuevas normas físicas y morales del comportamiento social, las prostitutas se consideraban focos de contaminación física. La crítica a la prostitución provenía de un programa muy imbricado en la cultura política socialista y ácrata desde sus inicios. Como sostiene Miren Llona, el socialismo desarrolló un esmerado discurso sobre la denuncia de las causas de la prostitución en el que las trabajadoras sexuales eran víctimas del capitalismo e hijas de la miseria. En esta lectura influida por el determinismo social, aunque la prostituta quedaba exculpada, se negaba su capacidad y agencia propia 56. El anarquismo, como señala Javier Navarro, coincidía en esta misma lectura y consideraba que la prostitución era una manifestación de la doble moral sexual de la sociedad burguesa, un problema que solo se solucionaría con el fin del sistema capitalista 57.

En La Revista Blanca, la prostitución se entendía como «sexo pervertido y atrofiado de burdel»; una práctica muy alejada del ideal de humanidad y justicia. Además, los autores anarquistas, en algunos casos, no proponían un discurso totalmente innovador respecto a tradiciones anteriores, sino algunas concepciones sobre sexualidad «normativa» y «anormal» que reproducían patrones reguladores de la sexualidad 58. Pero la propuesta corporal anarquista es más compleja. De hecho, como concluye Richard Cleminson, para los ácratas el cuerpo era simultáneamente una fuente de vicio y degeneración y una vía hacia la emancipación si se seguían las enseñanzas naturistas y libertarias 59.

A partir de este programa crítico construyeron un discurso transformador en relación con la masculinidad deseable. Las características básicas del hombre ideal serían tres: el individualismo materializado en una personalidad propia pero cuidadosa con los demás, el carácter responsable y bondadoso y el trato respetuoso hacia las mujeres. La individualización, también condición indispensable de la mujer ideal, se adquiría a partir del desarrollo de la personalidad propia, que era la luz personal nacida de la educación y de la reflexión serena: «Un hombre débil de carácter vive siempre propenso a representar un papel que no ama» 60. Por ello, el hombre ideal tendría una existencia consciente y libre, una individualidad respetuosa con el resto de personas.

El segundo elemento en la virilidad deseable era el desarrollo de un carácter responsable y bondadoso: «Y en el hombre exige una serenidad, una nobleza, una amplitud de miras, una confianza, un respeto a la libertad ajena y propia, una dignidad y una salud moral y física tan inhallables hoy como la energía y la capacidad femeninas». Como ha señalado Javier Navarro, el perfil del militante debía ser intachable, ejemplo moral tanto en público como en privado 61. La honestidad de carácter, derivada del correcto cumplimiento en la profesión y el trabajo, tenía que conjugarse con el apoyo a las mujeres para su dignificación. El papel de los hombres en la emancipación femenina era impedir que las mujeres se sintieran inferiores a su lado. Para revertir esta situación solo había un camino: verlas como seres humanos iguales y no como hembras o ángeles 62. Se reclamaba, además, sensibilidad, cuidados y cariño. Este tipo de relaciones solo se podían materializar, según los autores, mediante el amor libre. El concepto ácrata de «amor libre» se desarrolló a lo largo del siglo xix en contraposición a las relaciones institucionalizadas y patriarcales dominantes. Frente a la regulación institucional de las relaciones afectivas, la redacción proponía la expresión libre de la sexualidad de acuerdo con la naturaleza humana en armonía 63.

Pero es interesante ver cómo, en el discurso de la revista, se insistía en que el amor libre propuesto por el anarquismo no era garantía del amor completo y verdadero: «El amor libre es, en ocasiones, muy peligroso, porque eliminando el apoyo y beneplácito social, deja a la mujer indefensa a merced del hombre» 64. De hecho, dentro del anarquismo había posturas encontradas con respecto al amor libre: mientras algunos defendían la «unión libre» en monogamia, otros eran partidarios de la «camaradería amorosa», teoría del intelectual anarcoindividualista francés Émile Armand, o del «amor plural», del filósofo individualista Han Ryner 65. En el caso de La Revista Blanca, a pesar de compartir algunas propuestas con la corriente individualista francesa, adoptaron posturas abiertamente críticas con las tesis de Armand. La familia Montseny-Mañé y su publicación defendían las uniones monógamas al margen de la regulación por parte de cualquier institución. Pero destaca cierta «espiritualización» del amor, presente en otras revistas como Orto 66, en la que se entendía el amor libre como la superación de uno mismo o como instrumento de perfeccionamiento humano y de purificación.

En cuanto a la paternidad, se consideraba que el papel masculino en el proceso de crecimiento de los hijos era menos central que el materno: «Un hijo ha de ser para una madre una obra de arte [...]. Para la madre y para el padre. Pero la ternura y la acción paternales son diversas de las maternales» 67. Aun así, existe una manifiesta preocupación por la ausencia paterna. Consideraban que los padres debían educar a sus hijos alejados del autoritarismo, enseñándoles amplios conocimientos y valores: «Padres: educad a la niña no en la escuela de la vanidad y del fútil orgullo femenino, ni en la mísera y servil abacería del hogar, sino en la escuela del saber» 68. Para ello reivindicaban el sistema pedagógico racionalista de la Escuela Moderna de Ferrer i Guardia, de aprendizaje en el librepensamiento y en las formas colaborativas. Este tipo de educación se consideraba clave para la emancipación femenina, porque, según los redactores, las niñas crecían amoldándose a una realidad opresora en la que se las adiestraba para «ahogar sus impulsos» y cumplir con las «virtudes femeninas» que se esperaban de ellas 69.

Para el aprendizaje en la infancia proponían, además, la educación sexual completa. Consideraban que la ignorancia respecto a la sexualidad, el «misterio» para fomentar la castidad, era inútil y nocivo. Es decir, la falta de conocimientos sobre las relaciones sexuales fomentaba experiencias inmorales como la prostitución, el donjuanismo y otras prácticas consideradas obscenas, tales como la masturbación o las relaciones homosexuales. Criticaban entonces las novelas pornográficas y el placer solitario, que absorbía la energía y la salud juvenil 70. En el caso de la masturbación, según apuntó Michel Foucault, la guerra contra el onanismo en Occidente duró dos siglos 71. En este sentido, los discursos médicos y psicoanalíticos penetraron en el ideario anarquista como conocimientos reputados y basados en el saber científico. De hecho, estas ideas se repitieron en otras publicaciones anarquistas de contexto como Generación Consciente y Estudios 72.

Por lo que respecta a la homosexualidad, si bien no disponemos de numerosos artículos, la postura de la revista era, como mínimo, de rechazo. Algunos autores sostienen que los discursos libertarios de las décadas de 1920 y 1930 no aceptaron la homosexualidad, aunque combatieron la homofobia 73. Pero en el consultorio médico al que se dedicaban las últimas páginas de La Revista Blanca, una lectora preguntó: «¿En qué concepto tendrían los redactores de La Revista Blanca a una joven que dijera estar locamente enamorada de otra?». La respuesta fue la siguiente: «La consideraríamos una enferma que debería ser sometida a tratamiento para normalizar la función de sus órganos sexuales» 74. Estas citas nos informan del repudio que muestra la redacción de la revista frente a la diversidad en la identidad sexual. Por tanto, compartían las posturas morales hegemónicas y normativas en aspectos como la orientación o las prácticas sexuales 75.

Conclusiones

En definitiva, La Revista Blanca elaboró a lo largo de los trece años de vigencia de la segunda época un programa de transformación de las relaciones de género con una fuerte carga moral e identitaria. No obstante, como en todos los procesos históricos, su evolución no fue lineal y sus discursos se transformaron dando muestra de los cambios de su contexto. Estuvo especialmente influida por los sucesos que sacudían al movimiento libertario, tales como la fuerte represión política que sufrió el anarquismo en los años veinte, motivo por el que la familia Montseny emprendió la publicación de la revista. Asimismo, se vislumbran también los grandes cambios sociales con el advenimiento de la Segunda República, incluso en relación a su posicionamiento respecto al feminismo.

Como respuesta a las cuestiones iniciales, el modelo de feminidad ideal propuesto se basaba en la adquisición de individualidad, independencia y personalidad propia que permitiera despertar la conciencia política a través de la educación de las mujeres. Este arquetipo gozaría de una fuerte salud física y moral (optimismo, energía, equilibrio y claridad), que permitiría consumar la maternidad consciente básica para el mantenimiento de la esencia femenina. En relación con la masculinidad, los redactores de La Revista Blanca mostraron repulsión por los hombres dominantes, donjuanescos y «viciosos» según sus parámetros. Defendían que los hombres debían tener personalidad propia, con un carácter responsable, bondadoso y sensible, además de ser activos en la lucha conjunta por la emancipación humana.

Como se ha podido comprobar, las relaciones afectivas ­—con la educación que consideraban adecuada— se basarían en el amor libre, en la unión respetuosa y digna, y en la salud física y moral. Los niños que nacieran de estas uniones deberían ser educados en libertad y armonía mediante la escuela racionalista y el correcto ambiente familiar. Y para el apropiado desarrollo de la juventud reivindicaban la necesidad de educar para el progreso intelectual y sin lagunas sobre la sexualidad. Pero en el contenido de la misma solo se referían a prácticas «normativas» enmarcadas en unos límites reguladores de la moralidad.

Por último, en múltiples ocasiones se ha señalado el carácter moralizador de los discursos nacidos en el seno de los movimientos obreros contemporáneos, pero cabría relativizar esta visión 76. Los discursos de la revista, que son parte de la corriente de emancipación femenina anarquista, del anarquismo y de las culturas obreras y socialistas en general, beben de corrientes intelectuales y sociales influidas por la moral cristiana, por la propia Ilustración —o moralismo laico— y por discursos científicos en ocasiones disciplinarios y racionales 77. A pesar de que no conviene sobredimensionar estos legados —ni se quiere realizar una lectura milenarista, mesiánica ni monolítica— puede ser un factor explicativo del carácter moralista, entre muchas otras características, de la heterogénea cultura política anarquista. En el caso de La Revista Blanca, estos tintes moralizantes derivan de la voluntad de establecer ciertas líneas de comportamiento o programas de actuación. Pueden observarse en algunas manifestaciones: la patologización de la homosexualidad, la centralidad de la maternidad en la feminidad ideal, el rechazo del donjuanismo, la detracción del onanismo y el libertinaje o la elaborada crítica a la prostitución, entre otras.

Pero al interpretar estos discursos, debemos ser cautelosos a la hora de calificarlos de «conservadores» o contradictorios con su ideología. Podríamos caer en lecturas anacrónicas, ya que el feminismo histórico ha ido evolucionando, modificando y adecuando sus reivindicaciones con el paso del tiempo y según su contexto. A pesar de que puede parecer una tensión entre moralismo y emancipación, cabe tener en cuenta que estos dos elementos no pueden disociarse en los discursos de la revista analizada. Por un lado, en algunos casos pensaban que la rectitud moral conduciría a la libertad; que la moralidad que consideraban responsable y consciente sería el camino hacia la emancipación. Por otro, en ocasiones tomaban elementos considerados moralizantes para resignificarlos, dándoles nuevos enfoques que flexibilizaran su puesta en práctica. Por ejemplo, esto se observa con la maternidad antes mencionada: a pesar de que la función reproductiva de las mujeres era central, se reivindicó la maternidad consciente y la posibilidad de llevarla a cabo en solitario. Y en esta dirección, la enorme preocupación por renovar los modelos de feminidad y masculinidad se planteó como una vía posible para la moralización y la transformación de la sociedad de su tiempo.


1 Mary Nash: «Experiencia y aprendizaje: la formación histórica de los feminismos en España», Historia Social, 20 (1994), pp. 151-172, esp. p. 159; íd.: «Los feminismos históricos: revisiones y debates», en Ángela Cenarro y Régine Illion (eds.): Feminismos. Contribuciones desde la historia, Zaragoza, Prensas de la Universidad de Zaragoza, 2014, pp. 27-50, y Blanca Divassón: «El sufragio femenino en España. Antecedentes históricos y debates historiográficos», en Candelaria González y María Luisa Monteiro (coords.): Aportaciones de las mujeres a la historia del siglo xx en Canarias, Santa Cruz de Tenerife, Idea, 2011, pp. 21-61.

2 Karen Offen: «Definir el feminismo: un análisis comparativo», Historia Social, 9 (1991), pp. 103-136.

3 Se propone el concepto de corriente de emancipación femenina anarquista como término que permite no incluir la noción de «feminista», debido a la crítica reiterada que las militantes elaboraron hacia el movimiento feminista de su contexto. Se introduce «emancipación femenina» porque se ajusta a su praxis y a su discurso, y porque se fundamenta en la autenticidad e historicidad del concepto, ya que ellas mismas hacían uso de esta terminología. Por último, se incluye «anarquista» debido a que es el principal elemento ideológico o de cultura política con el que las protagonistas se identificaban. El término «feminista» está en actual revisión, con la voluntad de introducirlo en un debate central en la actual historiografía de género: ¿podemos denominar feministas a grupos que no se identificaban como tal? De hecho, la cuestión del nombre de esta corriente se ha debatido ampliamente. Algunas autoras como Mary Nash, entre otras, utilizan la fórmula de feminismo anarquista o anarcofeminismo, pero adoptan una posición flexible y abierta a la discusión. Véase Mary Nash: «Libertarias y anarcofeminismo», en Julián Casanova (coord.): Tierra y Libertad. Cien años de anarquismo en España, Barcelona, Crítica, 2010, pp. 139-166. Karen Offen lo llamó «feminismo relacional» y lo define como un discurso que rechaza el capitalismo, que parte del principio de solidaridad con las mujeres trabajadoras y que no insiste en la igualdad de géneros, sino que enfatiza la diferencia como medio para la emancipación. Véase Karen Offen: «Definir el feminismo: un análisis comparativo», Historia Social, 9 (1991), pp. 103-136. La historiadora Dora Barrancos propuso el término «feminismo contrafeminista» para mostrar las tensiones entre la crítica de las anarquistas al feminismo y sus prácticas, que en la actualidad pueden considerarse feministas. Véase Dora Barrancos: «El contrafeminismo del feminismo anarquista», en Anarquismo, educación y costumbres de la Argentina de principios de siglo, Buenos Aires, Contrapunto, 1990.

4 Para el desarrollo de esta investigación se han consultado los números de la segunda época de la revista, aproximadamente 360 ejemplares, prestando especial atención a aquellos artículos referidos a lo que llaman «la cuestión femenina», a la sexualidad, a la moral, al carácter y a la infancia y la juventud, en los fondos de la Biblioteca Nacional de España.

5 Ana Aguado: «Trabajo, género y clase: ideología y experiencia femenina en el primer socialismo», en Las mujeres entre la historia y la sociedad contemporánea, Valencia, Generalitat Valenciana, 1999, pp. 171-198, y Mary Nash: «Experiencia y aprendizaje...».

6 Ana Muiña: Rebeldes periféricas del siglo xix, Madrid, La Linterna Sorda, 2008, p. 58. No obstante, debido a la escasez de fuentes documentales sobre la primera etapa, aún podrían aparecer nuevas organizaciones de mujeres anarquistas fundadas durante los años previos y vinculadas a los inicios de la Primera Internacional en España.

7 Laura Vicente: Teresa Claramunt. Pionera del feminismo obrerista anarquista, Madrid, Fundación de Estudios Libertarios Anselmo Lorenzo, 2006, y María Amalia Pradas: Teresa Claramunt. La «virgen roja» barcelonesa, Barcelona, Virus, 2006.

8 Susanna Tavera: Federica Montseny. La indomable (1905-1994), Madrid, Temas de Hoy, 2008, e íd.: «Soledad Gustavo, Federica Montseny i el periodisme ácrata. Ofici o militancia?», Annals del Periodisme Català, 5 (1989), pp. 8-20.

9 La bibliografía sobre Mujeres Libres es muy amplia, disponemos de trabajos como los de Mary Nash: Mujeres Libres. España, 1936-1939, Barcelona, Tusquets, 1975; Martha Ackelsberg: Mujeres Libres. El anarquismo y la lucha por la emancipación de las mujeres, Barcelona, Virus, 1999; Laura Sánchez: «El anarcofeminismo en España: las propuestas anarquistas de Mujeres Libres para conseguir la igualdad de géneros», Foro de Educación, 9 (2007), pp. 229-238; Conchita Liaño et al.: Mujeres Libres. Luchadoras Libertarias, Madrid, Fundación de Estudios Libertarios Anselmo Lorenzo, 1999, y Jesús María Montero Barrado: Anarcofeminismo en España. La revista Mujeres Libres antes de la Guerra Civil, Madrid, Fundación de Estudios Libertarios Anselmo Lorenzo, 2003.

10 Ana Aguado: «La historia de las mujeres como historia social», en María Isabel del Val: La historia de las mujeres: una revisión historiográfica, Valladolid, Universidad de Valladolid, Secretariado de Publicaciones e Intercambio Editorial, 2004, pp. 58-59.

11 Jeanne Boydston: «Gender as a Question of Historical Analysis», Gender & History, 20 (2008), pp. 558-583; Anna Krylova: «Gender Binary and the Limits of Poststructuralist Method», Gender & History, 28 (2016), pp. 307-323; Oyeronke Oyewumi: The Invention of Women: Making an African Sense of Western Gender Discourses, Mineápolis, University of Minnesota Press, 1997; Afsaneh Najmabadi: Women with Mustaches and Men without Beards: Gender and Sexual Anxieties of Iranian Modernity, Berkeley, University of California Press, 2005, y Judith Butler: Deshacer el género, Barcelona, Paidós, 2006.

12 Joan W. Scott: Gender and the Politics of History, New York, Columbia University Press, 1999.

13 Ana Aguado: «La historia de las mujeres...», p. 63.

14 Susanna Tavera: Federica Montseny..., p. 68, e íd.: Fons la Revista Blanca. Federica Montseny i la dona nova (1923-1931), Barcelona, Afers, 2006.

15 Susanna Tavera: Federica Montseny..., p. 56.

16 Mark Mazower: La Europa negra, Valencia, Barlin Libros, 2017, pp. 21-54; Francisco Cobo y Claudio Hernández (coords.): Fascismo y modernismo. Política y cultura en la Europa de entreguerras (1918-1945), Granada, Comares, 2016; Julián Casanova: Europa contra Europa, 1914-1945, Barcelona, Crítica, 2011; Enzo Traverso: A sangre y fuego: de la guerra civil europea (1914-1945), Valencia, Universitat de València, 2009, y Julián Casanova y Carlos Gil: Historia de España en el siglo xx, Barcelona, Ariel, 2009, p. 71.

17 Eduardo González Calleja: El máuser y el sufragio: orden público, subversión y violencia política en la crisis de la Restauración (1917-1931), Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1999; íd.: La España de Primo de Rivera: la modernización autoritaria, 1923-1930, Madrid, Alianza Editorial, 2005; Ángel Comalada: España: el ocaso de un Parlamento, 1921-1923, Barcelona, Península, 1985, y Javier Tusell: Radiografía de un golpe de Estado: el ascenso al poder del general Primo de Rivera, Madrid, Alianza Editorial, 1987.

18 Roberta Jonhson: Gender and Nation in the Spanish Modernist Novel, Nashville, Vanderbilt University Press, 2003, p. 251.

19 Federica Montseny: «Libros de mujeres», La Revista Blanca, 101 (1927), p. 148.

20 Dolores Sánchez: El discurso médico de finales del siglo xix en España y la construcción del género. Análisis de la construcción discursiva de la categoría «la mujer», tesis doctoral, Universidad de Granada, 2003, pp. 337-349.

21 Antonio Prado: Matrimonio, familia y estado: escritoras anarcofeministas en La Revista Blanca (1898-1936), Madrid, Fundación Anselmo Lorenzo, 2011, pp. 113-114.

22 Arturo Ballbé: «Razón de ser del amor sin otras leyes que las naturales», La Revista Blanca, 45 (1925), pp. 37-38.

23 AAVV: Fuera de la ley. Hampa, anarquistas, bandoleros y apaches. Los bajos fondos en España (1900-1923), Madrid, La Felguera, 2016, y AAVV: Fuera de la ley, vol. II, Pistoleros, revolucionarios y noctámbulos. Los bajos fondos en España (1924-1936), Madrid, La Felguera, 2017.

24 Nerea Aresti: Masculinidades en tela de juicio, Madrid, Cátedra, 2010, p. 26.

25 Carme Bernat: «Una mujer de ideas modernas: Federica Montseny, literatura e identidades de género anarquistas», Travessias, 12, 1 (2018), pp. 205-223.

26 Federica Montseny: «La mujer, problema del hombre (IV)», La Revista Blanca, 94 (1927), pp. 679-682.

27 Federica Montseny: «Dos mujeres, dos frases y dos libros», La Revista Blanca, 59 (1925), pp. 11-13.

28 Federica Montseny: «Las conquistas sociales de la mujer», La Revista Blanca, 55 (1925), pp. 15-18.

29 Federica Montseny: «La mujer, problema del hombre (II)», La Revista Blanca, 89 (1927), pp. 527-530.

30 Federica Montseny: «La mujer, problema del hombre», La Revista Blanca, 86 (1926), pp. 424-426.

31 Federica Montseny: «La mujer, problema del hombre (III)», La Revista Blanca, 93 (1927), pp. 656-659.

32 Nerea Aresti: Médicos, donjuanes y mujeres modernas. Los ideales de feminidad y masculinidad en el primer tercio del siglo xx, Bilbao, Universidad del País Vasco, 2001, pp. 102-103.

33 Jacques Descleuse: «El arte literario francés», La Revista Blanca, 2 (1923), p. 5.

34 Federica Montseny: «La mujer, problema del hombre (III)».

35 Antonia Maymón: «Carta abierta», La Revista Blanca, 112 (1928), ­pp. 500-501.

36 Federica Montseny: «La mujer, problema del hombre (V)», La Revista Blanca, 97 (1927), pp. 9-12.

37 Mary Nash: «Dos intelectuales anarquistas frente al problema de la mujer: Federica Montseny y Lucía Sánchez Saornil», Convivium. Revista de Filosofía, 44-45 (1975), pp. 77-78.

38 Federica Montseny: «Ha muerto una mujer», La Revista Blanca, 114 (1929), pp. 715-717.

39 Federica Montseny: «El movimiento femenino internacional», La Revista Blanca, 6 (1923), p. 4.

40 Santiago Locascio: «La mujer ante la vida y ante la historia (II)», La Revista Blanca, 241 (1933), pp. 16-20, y Federica Montseny: «Libertad», La Revista Blanca, 111 (1928), pp. 456-459.

41 Federica Montseny: «La mujer, problema del hombre (V)».

42 William Petry: «Depuración del concepto libertad», La Revista Blanca, 2 (1923), p. 13.

43 Federica Montseny: «Las conquistas sociales de la mujer», La Revista Blanca, 55 (1925), pp. 15-18.

44 Federica Montseny: «El movimiento femenino...», p. 3.

45 Hipatia: «Rodando por el mundo», La Revista Blanca, 18 (1924), pp. 27-28.

46 Ibid., pp. 27-28, y s. a.: «Derrota del feminismo futbolista», La Revista Blanca, 2 (1923), p. 25.

47 Santiago Locascio: «La mujer ante la vida...».

48 Soledad Gustavo: «Hablemos de la mujer», La Revista Blanca, 10 (1923), pp. 8-9.

49 Federica Montseny: «La mujer, problema del hombre (IV)».

50 Federica Montseny: «En defensa de Clara», La Revista Blanca, 45 (1925), pp. 17-18.

51 Federica Montseny: «El fracaso del donjuanismo», La Revista Blanca, 46 (1925), pp. 9-11.

52 Antonio Carner: «Don Juan y Don Quijote», La Revista Blanca, 31 (1924), pp. 27-28.

53 Nerea Aresti: Médicos, donjuanes y mujeres modernas..., p. 119.

54 Nerea Aresti: Masculinidades en tela..., p. 265.

55 Eugenio Villacampa: «La educación sexual de la juventud», La Revista Blanca, 340 (1935), pp. 706-707.

56 Miren Llona: «La prostitución y la identidad de la clase obrera en el tránsito del siglo xix al xx. Un análisis de género a la obra literaria de Julián Zugazagoitia», Historia Contemporánea, 33 (2006), pp. 719-740, esp. p. 730.

57 Javier Navarro: «“Estudios”, discurso anarquista y prostitución», Historiar, 2 (1999), pp. 84-91, esp. pp. 86 y 87.

58 Helena Andrés: Anarquismo y sexualidad, Madrid, La Neurosis o Las Barricadas, 2014, p. 21.

59 Richard Cleminson: Anarquismo y homosexualidad. Antología de artículos de La Revista Blanca, Generación Consciente, Estudios e Iniciales (1924-1935), Madrid, Huerga y Fiero, 1995, p. 173.

60 Cantaclaro: «El carácter», La Revista Blanca, 44 (1925), p. 37.

61 Javier Navarro: «El “perfil moral” del militante en el anarquismo español (1931-1939)», Spagna Contemporanea, 25 (2004), pp. 39-68, esp. p. 51.

62 Federico Urales: «De la mujer y del amor», La Revista Blanca, 102 (1927), pp. 173-175.

63 Helena Andrés: Anarquismo y..., pp. 26-27.

64 Federica Montseny: «La mujer, problema del hombre (II)».

65 Javier Navarro: «Sexualidad, reproducción y cultura obrera revolucionaria en España: la revista Orto (1932-1934)», Arbor, 769 (2014), p. 6.

66 Ibid., p. 8.

67 Federica Montseny: «La mujer, problema del hombre (V)».

68 Santiago Locascio: «La mujer ante la vida...».

69 Ibid.

70 Eugenio Villacampa: «La educación sexual...».

71 Michel Foucault: Historia de la sexualidad, vol. I, La voluntad de saber, Madrid, Siglo XXI, 2005, p. 110.

72 Richard Cleminson: Anarquismo y homosexualidad..., pp. 140-141.

73 Piro Subrat: Invertidos y rompepatrias. Socialismo y homosexualidad en el Estado español, Vitoria-Gasteiz, Distri Maligna, 2011, p. 16.

74 S. a.: «Consultorio general», La Revista Blanca, 352 (1935), p. 1007. Encontramos otros textos que hablan en estos términos en la revista, como, por ejemplo, Arturo Ballbé: «Razón de ser del amor...».

75 Para un análisis más especializado en la problemática me remito a los estudios de Richard Cleminson sobre anarquismo y homosexualidad. Véase Richard Cleminson: Anarquismo y homosexualidad...

76 Javier Navarro: «El “perfil moral” del militante...», p. 41.

77 José Álvarez Junco: «La filosofía política del anarquismo español», en Julián Casanova (ed.): Tierra y Libertad. Cien años de anarquismo en España, Barcelona, Crítica, 2010, p. 17.