Ayer 121/2021 (1): 107-134
Sección: Dosier
Marcial Pons Ediciones de Historia
Asociación de Historia Contemporánea
Madrid, 2021
ISSN: 1134-2277
DOI: 10.55509/ayer/121-2021-05
© Aurelio Martí Bataller
Recibido: 14-12-2018 | Aceptado: 10-05-2019
Editado bajo licencia CC Attribution-NoDerivatives 4.0 License
Paraíso, decadencia y regeneración. El discurso histórico del PSOE durante la Segunda República *
Aurelio Martí Bataller
Universitat de València
aurelio.marti@uv.es
Resumen: Este artículo estudia el relato histórico ofrecido por el PSOE durante la Segunda República. El análisis muestra la articulación socialista de una narración histórica en clave nacional española, alimentada por la interpretación liberal-progresista y republicana. De acuerdo con ella, por un lado, el relato se estructura mediante sucesivas etapas de auge, decadencia y redención experimentadas por la comunidad nacional. Por otro, se definía a España como nación liberal, de tendencias progresistas, laica y republicana, en la cual el establecimiento socialista fluía con naturalidad. La influencia de las percepciones decadentistas alentadas desde el regeneracionismo sobre la historia y el ser de España es probable que se dejara sentir en la idea de una nación frustrada y excepcionalmente atrasada en comparación con la modernidad europea; como también pudo contribuir a acentuar el componente castellanocéntrico, no contestado por los socialistas del dominio lingüístico catalán. Por último, se intenta apuntar hacia la normalidad del caso español en el marco europeo.
Palabras clave: socialismo, Segunda República, España, discurso histórico, identidad nacional.
Abstract: This article studies the historical discourse of the PSOE during the Second Republic. The socialists articulated a historical narrative centred around the Spanish nation and subjected to a liberal-progressive and republican interpretation. On the one hand, the story followed a structure in which the nation underwent successive stages of boom, decay and redemption. On the other hand, Spain was defined as a liberal, secular, progressive, and republican nation, in which the socialist establishment thrived. The «regenerationist» version of history and of the Spanish national “self” promoted a discourse of decadence in which a backward and frustrated nation compared poorly to the modernity of Europe. Another contributing factor was the fact that socialists from the Catalan-speaking regions did not respond to the Castilian-centred component of this discourse. In the end, the article explores how the Spanish case was in fact a normal development in the Europe.
Keywords: Socialism, Second Republic, Spain, Historical discourse, National identity.
En los años anteriores a la Primera Guerra Mundial, el socialista Albert Thomas publicaba Lectures Historiques. Histoire anecdotique du travail, un compendio de relatos biográficos e históricos dirigidos a proporcionar una guía para el estudio escolar de las problemáticas sociales y la historia de los trabajadores. Tras su reedición después de la contienda, Rodolfo Llopis adaptaba la obra al castellano poco antes de la proclamación de la Segunda República, cuando se aprobó su uso en las escuelas. El pedagogo socialista explicaba que había procedido a suprimir las narraciones «de carácter excesivamente francés» y, en su lugar, incorporar «lecturas puramente españolas» 1.
Llopis añadió un capítulo sobre el surgimiento del gremio de zapateros en Burgos, ciudad medieval caracterizada por la convivencia, aunque con ciertas desigualdades, entre cristianos, judíos y musulmanes; otro sobre la muerte del comendador de Fuenteovejuna —apoyado en fragmentos de la obra de Lope de Vega—, episodio que constituiría «una de las notas más características de nuestro carácter y de nuestra historia» y cuyo mensaje apuntaba al derecho popular a la insurrección 2; una descripción de Elche, su clima, naturaleza y tradiciones, y su condición de ciudad industrial donde la Unión General de Trabajadores (UGT) habría llevado a cabo con éxito una huelga de alpargateros a principios del siglo xx; una breve biografía de Pablo Iglesias, y, para cerrar el libro, extractaba párrafos del trabajo de Francisco Largo Caballero, Presente y futuro de la Unión General de Trabajadores (1888-1925), que calificaban de patriota la implicación obrera en todo suceso nacional en que estuvieran en juego la moral, dignidad y decoro españoles —como las guerras coloniales o la huelga de 1917—.
Durante la Segunda República aparecieron dos manuales escolares del maestro ugetista Daniel González Linacero. Se trata de obras con voluntad de apartar la enseñanza de la historia de los relatos en torno a elites e individualidades políticas y de orden nacional para fomentar la historia hecha por el pueblo, de cariz cultural, así como supranacional. Tal vez por ello, investigadoras como Patricia Boyd y María del Mar del Pozo han considerado que marginaban o eliminaban a España de sus contenidos 3. No obstante, su autor escribía con naturalidad que España era «nuestra nación» y sus narraciones, personajes e imágenes la tomaban como punto de referencia y escenario preeminente 4.
Ambos casos muestran el peso de la nación en los relatos del pasado elaborados desde el Partido Socialista Obrero Español (en adelante, PSOE) y su ámbito de influencia. De forma más o menos explícita, en el discurso socialista sobre la historia, España podía funcionar como teatro de operaciones de los acontecimientos narrados, pero también informar el sentido del relato. Por lo general, la inserción de la clase obrera y el socialismo en la historia se producía dentro del metarrelato de orden nacional español. El obrerismo asumía una condición de agente patriótico, portador de los auténticos intereses de España. Con ello, a pesar de rechazar o matizar algunas de las interpretaciones dominantes y por encima de las difíciles relaciones socialistas con la intelectualidad 5, la cultura política socialista reproducía los principales mitos y topos del nacionalismo historiográfico español.
En el presente artículo se estudia este relato histórico ofrecido por el PSOE durante la Segunda República. El análisis pone de manifiesto la articulación socialista de una narración en clave nacional española, alimentada por la interpretación liberal-progresista y republicana. De acuerdo con las líneas generales del historicismo nacionalista y romántico, por un lado, la comunidad nacional recorría sucesivas etapas de auge, decadencia y redención, y, por otro, el socialismo definía España como nación liberal, de tendencias progresistas, laica y republicana, en la cual el futuro establecimiento socialista fluía con naturalidad. La influencia de las percepciones decadentistas alentadas desde el regeneracionismo finisecular sobre la historia y el ser de España es probable que se dejaran sentir en la narración socialista en la idea de una nación frustrada y excepcionalmente atrasada en comparación con la modernidad europea; como también pudo contribuir a acentuar el componente castellanocéntrico, no contestado por parte del socialismo en lugares donde, como los espacios del dominio lingüístico catalán, podía resultar conflictivo.
Con la finalidad de argumentar estos puntos, el artículo se estructura en las citadas fases de auge, declive y renacimiento. Asimismo, el empleo de la prensa socialista, tanto la «central» como la de distintos territorios —con particular atención a Cataluña, Islas Baleares y País Valenciano—, como fuente para el estudio constituye una base especialmente adecuada. No siempre en la prensa se ofrecían sistemáticas reflexiones sobre la historia para la divulgación y conocimiento de la militancia. Sin embargo, los artículos periodísticos y los discursos recogidos permiten reconstruir el conjunto del relato socialista y, además, muestran la presencia cotidiana de la historia nacional en los esquemas interpretativos y marcos de identificación potenciados por la cultura política socialista.
Desde finales del siglo xix, como se ha avanzado, el PSOE acogió un relato histórico heredado de la historiografía liberal-progresista y republicana que asumía la existencia ancestral de la nación española y narraba su recorrido secular mediante sucesivos momentos de auge y decadencia 6. Esta construcción resultaba poco original no solo en el contexto español, sino en el panorama historiográfico europeo, donde se articulaban así historias nacionales sobre las glorias patrias perdidas y la aspiración a su recuperación 7. En el marco de esta estructura narrativa se situaba el surgimiento de la clase obrera española y el futuro desarrollo del socialismo 8. La funcionalidad de este relato radicaba no tanto en el esclarecimiento de la veracidad histórica como, evidentemente, en el anclaje socialista en el pasado nacional y, así, en su legitimación como proyecto español.
Estos planteamientos nutrían las premisas de socialistas como Luis Araquistáin, quien explicaba que «el destino del pueblo español ha sido reconstruir cada vez su personalidad indestructible en largas reconquistas sucesivas» 9. En este sentido, la conocida como Reconquista desempeñaría un papel fundamental en la formación de la personalidad española, y a su abrigo se gestarían las bases de la etapa dorada de la historia patria 10. Como se instituyó de forma canónica en las obras de Modesto Lafuente, también para los socialistas las luchas entre los reinos cristianos y musulmanes habrían servido para dar a los españoles su carácter liberal 11. Entonces la limitación del poder real mediante el sistema de Cortes y gobiernos municipales, y el menor peso del feudalismo en comparación con Europa, demostrarían el apego a la libertad del espíritu ibérico 12. Ya décadas antes de la Segunda República, el historiador socialista Juan José Morato había sostenido que en aquel momento
«comenzó la lucha que ha dado tan peculiar carácter á nuestra historia [ya que] [...] la reconquista fue para los reyes un medio de unir á la nobleza y de ensanchar el territorio; para los nobles, un modo de adquirir dominios, riquezas, honores y siervos; para los hombres de las ciudades, y aun para los siervos, un medio de adquirir libertades y franquicias. [...] En suma, que salió beneficiada de la lucha la clase humilde y la embrionaria burguesía, las cuales gozaron de más libertades que sus hermanas de las demás naciones» 13.
En general, así lo entendió el grueso del socialismo español 14. En el periódico zaragozano Vida Nueva, el mito de la Reconquista y la guerra contra Napoleón —otro gran referente del relato nacional liberal— se reconocían como luchas de los españoles por la independencia 15. Mientras tanto La Internacional, órgano del PSOE en Cataluña, se presentaba ante sus lectores en junio de 1931, cuando España estaba recuperando «las rancias tradiciones liberales [...] creadas en nuestra epopeya medioeval», lo que suponía una manifiesta vinculación entre la República y aquel remoto pasado —como se explica más abajo— 16.
Más todavía, la Reconquista fue utilizada para interpretar la represión gubernamental de la Revolución de Asturias. Según se escribía desde Bilbao, los obreros asturianos eran «descendientes», «hijos del legendario Pelayo, el viril patriota de la batalla de Covadonga», mientras que el Gobierno habría traicionado a la patria al permitir la entrada de «los descendientes de los pretéritos invasores de España», a quienes «costó ochocientos años arrojar del suelo patrio» 17. De este modo, en una interpretación muy extendida en las filas del PSOE, la mitología nacionalista cargaba de legitimidad al movimiento obrero socialista y su combate a las fuerzas derechistas 18.
Sin embargo, no todo fueron consideraciones positivas. Por ejemplo, desde la ciudad valenciana de Xàtiva se cuestionó el carácter épico de las luchas entre cristianos y musulmanes, abultadas por el estilo ampuloso de los cronistas; no obstante, se daba por bueno el nexo histórico de la monarquía gótica con los posteriores reinos en lucha contra el Islam 19. Por su parte, el citado Araquistáin también apuntó que el origen de las grandes propiedades latifundistas se encontraba precisamente en la Reconquista, idea difundida también por distintos órganos socialistas 20, lo que aun así dejaba intacta la centralidad de aquellos siglos en la conformación de la ya existente comunidad nacional española.
El conjunto del PSOE seguía así la interpretación nacionalista española de las guerras medievales peninsulares realizada desde la historiografía liberal decimonónica, alejada eso sí de connotaciones religiosas y providencialistas, tal y como desde el positivismo se venía haciendo durante el primer tercio del siglo xx 21.
La culminación de aquella fase de afirmación española y bienestar de la comunidad nacional llegaría con los Reyes Católicos, a pesar de que sus figuras generaron disenso entre los socialistas. En efecto, frente a interpretaciones generosas de los monarcas como genuinamente españoles, «reyes españoles, castizos, de nuestra propia cepa racial y espiritual», opuestos al predominio vaticano en España 22, otros socialistas los acusaban de haber puesto en marcha la decadencia nacional, precisamente mediante la intolerancia religiosa, y de ser al mismo tiempo ajenos a la «sufrida raza ibérica» 23. Sin embargo, no se albergaban dudas de que entonces se realizaba felizmente la unidad nacional española, aunque en algunas ocasiones se tratara de separar dicho proceso de la acción real, «pues con aquel matrimonio católico o con otro cualquiera» se habría dado 24.
De acuerdo con esta visión, la prensa socialista en las Islas Baleares, Cataluña y el País Valenciano reprodujo la diferente valoración de aquel reinado, también entendido como cima o, por el contrario, punto de inicio de la caída en la evolución española 25. No se discutió que llegara en ese momento la unidad de España ni se puso en valor un pasado alternativo particular. El socialismo valenciano entendió que bajo el cetro de los Reyes Católicos se realizó la unidad nacional y España gozaba de buena salud económica y demográfica 26. Desde Alicante, a pesar de indicar la necesidad de reformularla mediante la descentralización republicana, los socialistas se sumaban a las lecturas más favorables al considerar que «se puede decir sin equivocación que la llamada unidad nacional se realizó el día que se casaron don Fernando y doña Isabel» 27. Mientras que Maria de Llúria en la prensa catalana relativizó la hipotética habilidad política de Isabel I, pero la reconocía artífice de la unidad de España 28.
Al respecto cabe recuperar las opiniones de Alejandro Jaume, líder y diputado del socialismo balear 29. Jaume insistió en que el matrimonio de Isabel y Fernando habría respetado «el patrimonio jurídico y político de Cataluña», y que el unitarismo llegaría con los Borbones y no con los Austrias. Además de eximir a Castilla de todo atisbo de centralismo, ello validaba una política descentralizadora que diera satisfacción a Cataluña. Si bien en Jaume esta interpretación histórica alimentaba un excepcional catalanismo en el marco del socialismo balear, no resultaba extraña en el PSOE la idea de que los Reyes Católicos unieron España, pero no impusieron la uniformidad 30. Asimismo, Jaume —lector de José Ortega y Gasset— ponía en valor el pasado privativo catalán, pero en última instancia trataba de justificar en el pasado nacional español una descentralización que enmendara «el porvenir de España [que] depende del despertar de las ansias de vida de las regiones» 31.
Así pues, el común del PSOE coincidió en situar la época dorada española en los albores de la Edad Moderna, cuando también se produjo el descubrimiento de América. En general, el socialismo se alineó con las corrientes progresistas del hispanoamericanismo, de modo que mantuvo una valoración muy positiva de la acción española en América, vaciada de toda significación religiosa. Líderes como Largo Caballero destacaron la hermandad de lengua, cultura y espíritu conseguida entre españoles y americanos, la incorporación de América a la civilización occidental por obra de España y el espíritu humanitario de las Leyes de Indias 32. Estas interpretaciones encontraron eco en la prensa socialista, como sería el caso zaragozano, donde se contraponía la «España conventual y guerrera» a la «España que dé al mundo una norma de justicia, como dio a América una civilización, un idioma y unas leyes humanas» y se subrayaba la identidad lingüística, espiritual y de sangre hispanoamericana 33.
Los lazos de unión hispanoamericanos habrían sido perjudicados por la monarquía y su política absolutista. No obstante, por paradójico que pudiera parecer, para los socialistas las independencias confirmaban las bondades de la españolidad trasladada a América porque significaban que «España, como antes Roma [...], no formó los hombres para la esclavitud, sino para la libertad» 34. Por ello, la continuidad de sangre, espíritu y cultura hispanoamericana no se cuestionaba; al contrario, como sostenía el catalán Antoni Fabra Ribas, «en los países hispanoamericanos queda todavía el espíritu de los conquistadores, el espíritu español» 35. De forma destacada, para el PSOE el castellano desempeñaba un papel fundamental en dicha continuidad 36: «La lengua es el lazo más fuerte que nos une: la lengua mantiene dentro del espíritu todo el paisaje inmaterial de la tierra de origen; el viejo solar peninsular vive en el fondo de las Repúblicas criollas, y el verbo en ellas, a poco que se lo proponga, todavía es castizo» 37.
El socialismo en los territorios de lengua catalana estuvo lejos de plantear objeciones a este respecto. El líder valenciano y miembro de la Academia Hispanoamericana, Isidro Escandell, defendió en sede parlamentaria la implicación republicana española en tierras americanas frente a la anterior inacción monárquica y los avances lingüísticos y culturales de italianos y franceses, mientras atribuía a «el genio fecundo de nuestra raza» y a «la ardentía del genio español» el descubrimiento y colonización de América 38. De forma similar, la prensa catalana apuntaba a cómo España llevó a «tierras americanas su civilización» y de manera legítima mezcló su sangre con la americana; hermandad de sangre que dictaba una próxima reunión familiar, lo que se daría incluso contra las tendencias regionales a encerrarse en su particular masía 39.
En este último caso existía una alusión apenas velada al catalanismo; nada extraño, pues la oposición al nacionalismo alternativo al español fue una de las funciones del americanismo 40 y el socialismo la asumió. De hecho, la prensa socialista barcelonesa, como también la mallorquina, dio especial difusión a la intervención de Fernando de los Ríos en Cortes en defensa de la Constitución de 1931. Entre otras cosas, el ministro habría indicado que España, «la Roma del siglo xvi», dejó su marca en América, en concreto «el genio político de Castilla». Hay que ser consciente de que el socialista estaba hablando de la cuestión regional, por lo que la referencia americanista adquiría tintes de un discurso nacional español castellanista en oposición a reivindicaciones culturales y políticas alternativas 41.
Hubo críticas asociadas al componente religioso y/o al tipo de conmemoraciones oficiales del 12 de octubre 42. También en tono de lamento, Fabra Ribas afirmó que la colonización de América desvió la trayectoria histórica española porque, «a penas constituída su unidad nacional [...] [España] derrochó pródigamente sus energías en la magna obra del descubrimiento», mientras el resto de países europeos solucionaba sus problemas internos —lo que introducía la idea de la diferencia histórica española, explicada a continuación— 43. A pesar de ello y de la existencia de propuestas americanistas que pretendían desgajarse de vertientes idiomáticas en favor de dinámicas sociales 44, en los territorios de habla catalana se reproducía la valoración favorable de la conquista española de América y también se perpetuaba la dimensión castellanista en materia lingüística y del discurso socialista sobre la historia de España.
De este modo, se puede comprobar una considerable homogeneidad en el conjunto del PSOE. La interpretación histórica de corte nacional española mantenida por los principales dirigentes y medios de expresión socialistas resonó en el resto de espacios. Así se puede afirmar en especial en los casos balear, valenciano y catalán —como parece también en los ejemplos aragoneses y vascos traídos a colación—. Allí el socialismo tenía la posibilidad de apelar a tradiciones históricas particulares, aprovechadas por movimientos regionalistas y nacionalistas alternativos más o menos consolidados en cada caso, y debía moverse en un contexto lingüístico no castellano. El PSOE apenas matizó el castellanismo latente en los relatos históricos predominantes y en ningún momento trató de fraguar relatos distintivos.
Con unas bases tan prometedoras, ¿cómo pudo torcerse la historia española? Al respecto, poco antes de la Segunda República, El Socialista publicaba una serie de artículos con el significativo título de «Psicología de la España actual». Caracterizada entonces por la sumisión, la falta de aspiraciones vitales y la indiferencia frente a las tendencias renovadoras del mundo, «el alma española» 45 no siempre habría sido así. A finales de la Edad Media y principios de la Moderna, durante el reinado de los Reyes Católicos, «el castellano, el español de entonces», era sobrio, valiente, culto e idealista. Gracias a ello llevó a cabo, «sin imperialismos [...] la epopeya más grandiosa»; «la nación, que vivía en comodidad y abundancia relativas, se cobijaba bajo el pendón de unos monarcas» modestos y austeros, trabajadores e ilustrados, y «el pueblo español era entonces demócrata y llano, como sus reyes»; de hecho, las manchas de las guerras de religión y la Inquisición suponían elementos propios de los tiempos y se desarrollaron ante la repugnancia real, en especial de Isabel I 46.
Según el portavoz socialista, todo cambió con la llegada al trono de Felipe I, «joven extranjero, frívolo y venal». La Corona era la causante de la debacle nacional y «la nefasta y exótica dinastía» de los Austrias su iniciadora mediante el atropello a las leyes, usos y costumbres de Castilla. Aquel «holló, humilló e hirió en lo más vivo el sentimiento nacional» y el pueblo se hubiera rebelado de no ser por su muerte prematura, gracias a la cual recuperaron el poder «las regencias genuinamente españolas».
Tras ese «primer golpe» llegó el reinado de Carlos I, quien desconocería la lengua, leyes y fueros de España y pondría fin a los «últimos destellos de la moribunda estrella castellana». Las ya menguadas instituciones representativas del «digno pueblo ibero» trataron de limitar el despilfarro y absolutismo extranjerizante, pero se fueron infiltrando las prácticas corruptas, hipócritas, injustas y cobardes en «el espíritu español», en «el alma de la nación, limpia como su cielo, recia como sus montañas, seria y austera y llana como sus pardas mesetas». No obstante, se alzó «el espíritu español, forjado en el yunque de la lucha, cernido por razas contrapuestas, trabajado por innúmeras invasiones, agigantado y endurecido por el ardimiento en la continua pelea, emergido libre e independiente del crisol de milenios, el espíritu español, el león indómito».
Aquella españolidad se manifestó en la rebelión popular comunera, pero «el candor castellano topó con la habilidad exótica del emperador», quien se ganó el favor de la nobleza, devenida desde entonces Grandeza de España. La derrota de Villalar precedió la suerte corrida por las Germanías de Valencia, «de carácter social» y por ello reprimidas con mayor dureza. Contra «la antigua entereza española» se implantaban el absolutismo real y la mansedumbre popular. A partir de entonces, mientras otros países avanzaban, «el nuestro vive lánguido y renqueante a su zaga» 47. España iniciaba su decadencia, pero los ataques al «carácter nacional» continuaron con Felipe II, quien fomentó la vagancia, el aventurismo, el servilismo militar, el miedo en el alma española y suprimió los Fueros de Aragón, «de tan castizo abolengo» 48.
De acuerdo con El Socialista, lejos de reparar aquella situación, la posterior dinastía borbónica se mantuvo más fiel a los intereses familiares que a los populares. Felipe V borró los restos forales e introdujo la ley sálica, contraria al «espíritu de las viejas instituciones castellanas», y los franceses ocuparon los altos cargos. El dolor del pueblo no se hizo presente, ya que «la sangre de los Padillas» se había perdido y el león español enfundaba sus garras 49.
Estos artículos condensan el discurso socialista sobre el pasado. La existencia de un ser español, de un alma distintiva, constituía un asumido indiscutible cuya trayectoria seguiría una línea de afirmación de sus características: la libertad, la independencia, la justicia, la igualdad... La época de los Reyes Católicos supondría el zénit de aquella narración. A partir de aquel momento, la llegada de elementos ajenos a la comunidad nacional precipitaría una fase de decadencia prolongada que apartaría a España del resto de naciones.
Así pues, como en la historiografía decimonónica liberal, para los socialistas la derrota comunera en Villalar desempeñaba el papel de puerta de salida del paraíso nacional 50. En efecto, «la verdadera tradición española [estaba] representada por los comuneros de Castilla» y por las libertades ahogadas por Austrias y Borbones, en donde radicaba el «alma nacional» 51. Los socialistas extendían a toda la monarquía la responsabilidad de los males españoles, de acuerdo con las interpretaciones republicanas del pasado, y no dudaron en señalar que «la política castiza de España se nos quedó olvidada (y perdida) en el siglo xvi [...]. Interrumpida por Carlos de Gante, nieto de Maximiliano»: en los campos de Villalar y en las huertas valencianas caerían «las flechas del pensamiento español» 52.
A pesar de las alusiones a espacios como Aragón o Valencia, como se ha citado, Castilla se erige en gran protagonista de toda aquella construcción, incluso hasta el punto de sustituir al sujeto nacional español. En la principal prensa del PSOE, la ejecución de Lanuza o las Germanías tuvieron una presencia bastante menor comparada con las Comunidades y, sin duda, se le atribuyó un sentido distinto. Al respecto, hay que recordar que la historiografía decimonónica española concedió gran protagonismo a Castilla como reino central en la nación española. Desde finales del siglo xix, esta tendencia se acrecentó claramente gracias al krausismo y el regeneracionismo 53. Bien pudo el socialismo impregnarse de esta perspectiva a partir de dichas influencias.
En cuanto al caso valenciano, las Comunidades de Castilla no tuvieron un gran peso en los discursos socialistas sobre el pasado. Sin embargo, siempre se asociaron a la defensa de la verdadera tradición nacional y al desencadenante de la debacle de España 54. Además, la presencia relativa de las Comunidades no favoreció menciones a otros hechos como las Germanías o los Decretos de Nueva Planta.
En esta dirección, en la década de 1930 existía un relato consolidado sobre la trayectoria histórica del Reino de Valencia, elaborado previamente por las distintas tendencias del liberalismo decimonónico español y valenciano, que no pretendía escindirse del patriotismo español, al contrario. Ahora bien, por momentos el republicanismo federal o el valencianismo político podían tensar el sentido del relato en una orientación particularista anticentralista y anticastellana 55. Esta no parece la senda socialista. El socialismo valenciano arguyó la existencia genérica de una historia particular acusada —y también una literatura y personalidad— para sumarse a las demandas estatutarias valencianas, sin renunciar a los principios socialistas y como vía de engrandecimiento nacional español 56. Pero se trataba de ocasiones bien concretas y limitadas, aunque indicativas de la probable participación socialista de la definición de una identidad valenciana regional.
En el caso concreto de las Germanías —pues la Nueva Planta apenas se citó—, el PSOE valenciano les atribuía un carácter eminentemente social y no tanto nacional español como sería el caso comunero, y siempre desgajado de todo atisbo de particularismo valenciano. Abiertamente, los socialistas de Xàtiva explicaban que «la guerra de las Germanías no fue a favor de fueros ni postulado regional alguno. Fue simplemente la primera “lucha de clases” que registra la historia. Fue un levantamiento de los “plebeyos” —clase— contra los “nobles” —también clase— y por ende es más un albor de socialismo» 57.
De este modo, como el grueso del Partido Socialista, los socialistas valencianos insistían en el componente social de las Germanías y se aproximaban a las visiones del liberalismo progresista, alejadas de toda connotación valenciana diferenciada. El énfasis en las dimensiones sociales permitía obtener un punto de arraigo en el pasado valenciano y español como espacio propio dentro de la historia patria de combate por la libertad nacional y la igualdad social. Durante la Guerra Civil se hizo patente esta posibilidad, pero fueron pocas las ocasiones en que el socialismo explotó esta vía durante la República 58.
En las filas del PSOE catalán, por su parte, se cobijaron las interpretaciones de la derrota comunera como motivo «de la honda crisis que atravesó la democracia española» y de «la ruina española» prolongadas hasta abril de 1931 —lo que se argüía aquí como justificación para la estrategia reformista y de participación gubernamental socialista— 59. De forma más marcada que en el caso valenciano, se utilizó esta interpretación para invalidar la narración historicista del catalanismo —sin olvidar a la Unió Socialista de Catalunya—. Así, el presidente de la Federación Catalana del PSOE, Ramón Pla i Armengol, se refirió a la opresión de Cataluña por Castilla como una leyenda, al mismo tiempo que recriminaba la inacción catalana durante «el sacrificio de Villalar y la actuación de las Germanías» 60. De forma similar, Pablillos apuntaba el apoyo catalán a la dinastía que habría acabado con los comuneros castellanos, los fueros aragoneses y el movimiento agermanado valenciano; ello servía al articulista para oponerse a la celebración catalanista del 11 de septiembre en recuerdo a la resistencia barcelonesa a las tropas borbónicas de 1714 y criticar toda utilización de figuras como Roger de Llúria o Pau Claris. En cambio, para Pablillos aquellos sucesos solo respondían a disputas dinásticas 61. Por tanto, el Partido Socialista en Cataluña se apartaba del relato histórico catalanista y rechazaba parte del acervo simbólico particular, como también sucedía de forma mayoritaria en el caso vasco 62. Esto no necesariamente debió darse así, pues, aunque en las circunstancias particulares de la Guerra Civil, PSUC, UGT y CNT-FAI se implicaron en las celebraciones del 11 de septiembre, reinterpretado como precedente de resistencia antifascista y de hermanamiento entre Cataluña y el resto de España 63.
Por último, en la prensa balear, más allá de alguna consideración de héroes de las libertades castellanas y del progreso, apenas se refirieron las Comunidades, aunque se asumiera la idea de la decadencia de España a partir de la dinastía de los Austrias 64. Como en el caso valenciano, esto no comportó una mayor presencia de una alternativa balear. De hecho, solo se ha encontrado una alusión al «movimiento ibérico de los agermanados» como muestra de lucha social por la libertad y la justicia —junto a otros ejemplos como Espartaco o la revuelta de Nápoles del siglo xvii— 65. Esto situaría al socialismo balear lejos del enfoque del mallorquinismo, que pudo concebir las Germanías de Mallorca como lucha en defensa de los propios fueros y/o prueba del carácter democrático mallorquín 66.
Por consiguiente, es posible afirmar que la idea de las Comunidades como parteaguas en la historia nacional española tuvo una elevada aceptación en el conjunto del PSOE. La importancia que esta visión atribuía a Castilla en la historia de España se pudo incluso reforzar mediante la alusión a Cervantes, figura mitificada al servicio del sesgo lingüístico castellano del nacionalismo español; en los años 1932 y 1933, El Socialista explicó que el 23 de abril se conmemoraba la muerte del escritor y la derrota de Villalar, por lo que se trataba de «un día español, de grandes efemérides para nuestro carácter nacional y para nuestra historia» 67.
De forma general, en territorios del dominio lingüístico catalán los socialistas no optaron por destacar o aprovechar a su favor los relatos alternativos existentes, que no necesariamente debían romper con la idea de España como nación propia. El uso ocasional de determinados referentes, como las Germanías, indica la probable interiorización de los trazos generales del ya potente relato histórico en clave regional 68. Sin contradicción con ello, el socialismo rechazó de manera expresa toda politización de la historia particular y que esta sirviera para señalar más espacio político que la nación española.
La comparación con otros socialismos europeos ayudaría a comprender mejor la actitud del PSOE en esta cuestión. Solo a modo de ejemplo, en el seno de la Section Française de la Internationale Ouvrière (en adelante, SFIO) la unidad de la nación y el predominio lingüístico francés resultarían incuestionables. Ahora bien, la reivindicación de pasados particulares a los cuales vincular el socialismo —como hizo Ernest Ferroul al glorificar el pasado occitano frente al poder central, controlado por los republicanos radicales— y/o recrear tópicos, tradiciones y símbolos regionales no fue del todo extraño 69.
Para retomar la cuestión, con las Comunidades como puerta hacia el precipicio y la monarquía extranjera como culpable principal, España iniciaba una particular y larga travesía por el desierto. Al respecto, a finales del siglo xix Pablo Iglesias oscilaba en sus valoraciones sobre España. Con frecuencia aludió a la normalidad política y socioeconómica española, por lo que el PSOE encontraría un terreno tan propicio como sus compañeros belgas o alemanes. Sin embargo, en otras ocasiones advertía que el menor desarrollo español complicaba pactar con el republicanismo, como habría sucedido puntualmente en Bélgica y Alemania, porque se difuminaría el perfil de la lucha de clases, todavía no vislumbrada con claridad en España. En consecuencia, el PSOE debía concentrarse en organizar a la clase obrera y el republicanismo en «hacer a España digna de la civilización moderna» 70. Con el tiempo, y la probable influencia de los discursos regeneracionistas, ganó fuerza la idea del atraso español, de la falta de europeidad y modernidad: la monarquía, el clericalismo y el militarismo surgieron como los males españoles, pero el socialismo asumió como propia la misión de enmendar aquella situación —en solitario o junto a los partidos republicanos— 71.
Llegados a la década de 1930, aquella idea se había consolidado. España era una país atrasado y diferente. Como se explicaba en la citada serie «Psicología de la España actual», en los siglos xviii y xix el perjuicio de España continuó. Carlos IV sometió la nación ante Napoleón, lo que despertó «la epopeya de la Independencia, asombro del mundo» y ejemplo de valentía que legitimaba las esperanzas de regeneración en el presente. Pero la entronización de Fernando VII abrió el periodo de mayor vilipendio nacional; poco importaría al monarca «el inmenso sacrificio de la nación» en su favor y en el de la «independencia de la patria», y se dedicó a perseguir y ajusticiar a «la flor y nata de la nación». Por último, el reinado de Isabel II no modificó nada y en la década de 1930 todavía se vivía «a la zaga de los países europeos» 72.
Durante la Segunda República, el conjunto del socialismo compartió las valoraciones negativas y diferenciadoras de la historia moderna y contemporánea española. Entre otros, así lo hizo De los Ríos al caracterizar el siglo xix español como un enfrentamiento dialéctico entre liberalismo y absolutismo que habría reforzado las tendencias autoritarias 73. De forma similar, y con una visión claramente impregnada por el regeneracionismo, el caballerista Francisco Carmona Nenclares explicaba que, desde Villalar, España había quedado en manos de las oligarquías monárquicas, clericales y militares, y de allí derivaba su condición de país antihistórico y «organismo esencialmente enfermo» a causa de la ausencia de una evolución normal de progreso 74. En ambos casos, el socialismo habría de poner fin al desfase español respecto a Europa —aunque en ello el régimen republicano desempeñara un papel más importante para el primero—.
Esta idea de la separación española de Europa, consecuencia de la prolongada decadencia nacional, fue muy socorrida en las filas del PSOE y mediante ella se combatió a la derecha. Halagar el reinado de Felipe II, como pretenderían las Juventudes de Acción Popular en El Escorial, suponía enaltecer la intolerancia religiosa que «nos aisló del mundo, nos divorció para siempre de la civilización», de acuerdo con el valenciano Escandell 75. Monarquía e Iglesia impidieron hasta el siglo xix «colocarnos a la altura de Europa», lo que solo con la República empezaba a cambiar 76.
Así se señalaban tanto los introductores de modelos extraños y contrarios a España como, además, los mártires de la patria. Los dirigentes y la prensa del PSOE sacaban a relucir, entre otros, los nombres de Torrijos, Mariana Pineda, Riego, Mendizábal, Salmerón, Castelar, Pi i Margall y sucesos como la Guerra del Francés, las Cortes de Cádiz o el Sexenio Revolucionario, pero también a Pablo Iglesias, la Semana Trágica y la Huelga de 1917 como manifestaciones de la lucha por la libertad nacional. Todos ellos tendrían como culminación los fusilamientos de Fermín Galán y Ángel García Hernández 77. Los socialistas se comportaban de forma similar a liberales progresistas y republicanos: empleaban su mitología y se la apropiaban para autorrepresentarse como «nuevos comuneros» 78; al mismo tiempo, hacían del pasado una narración de lucha por la liberación española, cuya recuperación empezaba en su presente 79.
Llegados a este punto, el relato histórico habría terminado mediante la proyección hacia el futuro de la deseada regeneración nacional. De acuerdo con el recorrido por la historia patria, para los socialistas la implantación republicana de 1931 abría aquel proceso, antesala de la llegada del socialismo. En efecto, cuatro siglos y diez años después de Villalar, la decadencia española finalizaría gracias a la Segunda República, cuyo advenimiento suponía para Araquistáin la rehabilitación de España ante el mundo, su incorporación a Europa y el cierre de un ciclo de sometimiento 80. Secularmente, la nación se habría aislado de la civilización y anclado en el pasado, «pero por debajo de esos residuos históricos, España seguía siendo un pueblo primitivo y original»; esta permanencia soterrada de la españolidad a través del pueblo, como en los planteamientos del romanticismo historiográfico, permitía el despertar nacional de 1931 81.
Dentro de este relato tomaba carta de naturaleza la lucha socialista y obrera, como explicó Carlos Hernández Zancajo en dos artículos representativos y muy significativos. En el primero, en 1931, argumentaba que España no era un caso más del desarrollo capitalista internacional. España estaba en crisis desde tiempos de Carlos V, lo que habría impedido la llegada de los ecos de la liberación política y religiosa europea. Por ello, «la burguesía española no existe y el capitalismo no ha tenido tiempo de formarse», lo que dejaba la economía en manos del capital extranjero. Ante la hecatombe nacional, el Partido Socialista encauzaría el malestar popular desde finales del siglo xix y en 1931 se esforzaba por conquistar «nuestra independencia nacional, sustituyendo la monarquía por la República» 82. En el segundo, a finales de 1935, el joven socialista insistía en la peculiar trayectoria de España en comparación con Europa; en esta ocasión, el atraso español complicaría el surgimiento de un socialismo fuerte como el europeo. No obstante, de la mano de Iglesias el proletariado español tomaría forma y se manifestaría en su vertiente marxista revolucionaria en 1917, 1930 y 1934 83.
Con la finalidad de legitimar estrategias políticas distintas, en ambos casos Hernández Zancajo enmarcaba el surgimiento del movimiento obrero socialista en una narración de orden nacional, en concreto en la de una España fracasada, decadente. Durante todo el periodo republicano, el socialismo asumió dicho relato y lo esgrimió en su favor tanto para justificar el apoyo a la democracia republicana como para exigir su superación. No hay que perder de vista que incluso las corrientes socialistas más revolucionarias pudieron enarbolar el legado del discurso nacional popular como fuente de inspiración y legitimidad 84.
En este sentido, de acuerdo con la promesa de redención derivada de la historia patria, en especial durante los primeros compases republicanos, el PSOE justificó la República como única forma de que España volviese «a ser lo que fue en sus tiempos de esplendor» 85, el recobramiento del «carácter que cuatrocientos años de asfixia monárquica no consiguieron anular» 86 y un paso para que «España se incorpor[e] a Europa», sin por ello olvidar que así se acercaba la llegada del socialismo 87. Compartiendo el lenguaje nacional-populista central en la legitimación republicana, en 1933 De los Ríos reclamaba para el gobierno el mérito de haber respetado y retomado lo «más profundo, significativo y creador [...] de nuestro pueblo [...] [la] trayectoria milenaria [...] [del] pueblo del siglo x, pueblo del siglo xiii, pueblo del siglo xvi»; por lo que se unía la República a «esa España creadora y fundacional» 88.
Además, es necesario remarcar que aquel pueblo no constituía un ente culturalmente neutro. No solo se trataba de recuperar como «delineadores de la nueva España» a los mitos de la épica medieval castellana como el rey Rodrigo, Bernardo del Carpio, los siete infantes de Lara, el conde de Fernán González o el Cid 89. Desde el PSOE se compartió también el grueso del panteón cultural del nacionalismo español, marcadamente castellano en materia lingüística, de manera que fue común señalar que la tradición del secular pueblo español se encarnaba en el Romancero castellano, La Celestina, Cervantes o Lope de Vega, entre otros 90.
De la misma forma que la República y la estrategia gradualista, como prueba el caso de Hernández Zancajo, el socialismo enlazaba con la historia patria también en su vía revolucionaria rupturista. Según había indicado el valenciano Aniceto Iranzo desde El Socialista, el compromiso socialista con las instituciones se condicionaba a la consecución de la regeneración nacional 91. Por tanto, en 1933, ante la posibilidad de que la nación recayese en manos de «las antiguas castas insaciables», el PSOE apostaba por la revolución social como «necesidad histórica de la clase oprimida para salvarse y de España para existir como nación» 92. La misión del socialismo consistía en remediar la desviación histórica española, como planteaba Carmona Nenclares. La revolución proletaria se defendió como realización de la España «verdaderamente nacional» 93 porque, en buena medida, se trataba de una continuación de la lucha entre la auténtica España y sus enemigos seculares 94.
En 1995, Stefan Berger apuntaba a una tradicional preocupación historiográfica por la excepcionalidad nacional del movimiento obrero europeo. En Francia, España, Italia, Gran Bretaña y tantos otros países, los historiadores habrían estudiado cada caso como irregularidades particulares 95. Tal vez a ello pudo contribuir el propio movimiento obrero, que, en el caso socialista, tendió a justificar en peculiaridades nacionales la adaptación laxa de los principios marxistas para hacer de la desviación la regla 96. Si se trae el argumento al terreno aquí tratado, la sintonía del PSOE hacia la historiografía liberal-progresista y republicana, además de la notable influencia regeneracionista, no puede deberse solo a la falta de formación marxista del socialismo español —como diferencia de lo que sucedería en Europa—. En cambio, cabe pensar en su comodidad con determinados discursos de España y la funcionalidad de estos dentro de la cultura política socialista.
El socialismo francés no se comportó de forma muy distinta. Desde finales del siglo xix, frente a interpretaciones conservadoras, monárquicas y derechistas, el relato histórico nacional de orden republicano, laico y revolucionario sirvió de nexo entre el marxismo y Francia 97. Las diferentes tendencias de la SFIO inscribieron el socialismo dentro de las tradiciones patrias, por encima de las divergencias respecto al sistema político democrático-burgués capitalista 98. El socialismo se entendía como un paso lógico en la evolución de Francia, la auténtica consecución de los ideales franceses de igualdad, libertad y fraternidad proclamados en 1789, 1848 y 1871. Si ello fue manifiesto durante la Gran Guerra, no menos intenso fue el recurso al discurso histórico nacional(ista) en la caracterización socialista del Frente Popular y el antifascismo, marco «donde la República encontrará finalmente las condiciones de su plena realización», según Paul Faure 99.
Por su parte, el socialismo británico denunció la pérdida de la Merrie England de época medieval como resultado del establecimiento del capitalismo. La recuperación del pasado dorado británico habría de llegar gracias al socialismo, convertido en enderezamiento de la historia patria. Además, la interpretación whig del pasado de Gran Bretaña ayudó a legitimar la vía reformista parlamentaria al socialismo como propiamente británica 100.
Similar parece ser el caso italiano, donde entre los seguidores de Filippo Turati no fue extraño entender el socialismo como la plena realización de los principios nacionales de Mazzinni y Garibaldi ante la debilidad burguesa y la falta de modernización política y social. Así pues, el relato sobre el fracaso histórico italiano podía vincular el socialismo a la pretendida tradición nacional y al proyecto de construcción de Italia mediante la incorporación proletaria a la nación 101.
En consecuencia, el comportamiento del PSOE encajaría dentro de las líneas generales del socialismo europeo. Como sus homólogos, los socialistas españoles pudieron utilizar las interpretaciones historiográficas liberal-progresistas y revolucionarias decimonónicas como parte de los puentes que llevarían al socialismo marxista desde la retórica clasista a la nacional-populista 102. Así se incardinaba el proyecto socialista a la historia nacional y se obtenía una poderosa arma de combate político. Sin embargo, no se trataba solo de una pura equiparación entre el papel patriota del pueblo y del liberalismo revolucionario, ahora asumido por el proletariado y el socialismo.
El relato socialista trazaba un decurso secular en forma de auge, caída y redención, cuyo protagonista, España, era una nación profundamente liberal, agredida por el absolutismo monárquico, el clericalismo católico y las oligarquías del poder. De resultas, el modelo político republicano, laico y progresista en materia social emergía como corolario de la historia nacional. A partir de estos planteamientos, los sucesos y actores sociales de la década de 1930 tomaban sentido dentro de dicha narración, en la cual el socialismo representaba a España contra los enemigos del pasado y el presente.
Asimismo, la importancia atribuida a Castilla y lo castellano no encontró contrapesos de relieve en espacios con tradiciones históricas y particularidades lingüísticas. Mediante la reproducción fiel de dichas tendencias, pero también la omisión de algunos sucesos históricos y/o su interpretación en un sentido no problemático, así como la subordinación lingüística, se trataban de evitar los puntos potencialmente conflictivos de este discurso sobre la historia de España en lugares como el País Valenciano, Islas Baleares o Cataluña. A tal efecto, hay que rehuir la hipótesis de una simple imposición. Los socialistas de dichos territorios llevaron a cabo aquella tarea de vinculación del socialismo con una determinada idea de España. A pesar de las distancias notables en cada caso, puede resultar ilustrativa la comparación con Gran Bretaña. Allí el discurso socialista sobre el pasado tendía a subrayar el papel de Inglaterra y de lo inglés en la nación, por lo que el socialismo ha sido señalado como un factor de encaje subordinado de poblaciones como la galesa en Gran Bretaña, a pesar de la existencia de minorías sensibles a una identidad cultural y política distintiva 103. Todo ello bien diferente del socialismo checo, cuya identificación como sucesores de los husitas del siglo xv —como la de sus compañeros austriacos con una Austria histórica y culturalmente germánica, entre muchas otras cuestiones— les abocó a la confrontación y separación del Partido Socialdemócrata de Austria 104.
Al margen de todo ello, lo cierto es que mediante la historia nacional el socialismo se asoció a España como elemento congruente con su desarrollo. Al mismo tiempo, estas formulaciones dotaban de carga y profundidad temporal y de naturalidad a la nación, deslizada así hacia una posición fundamental en la identidad política y cultural socialista. El PSOE entraba de lleno en el terreno de la construcción de la identidad nacional al apelar a aquellos discursos y ponía a la disposición de su militancia un canal de identificación con la nación.
* El autor pertenece al proyecto de investigación «Estado y dinámicas nacionales en España (1931-1978)», PID2019-105464GB-I00/AEI/10.13039/501100011033), y al GVPrometeo2020/050 y GIUV 2013.
1 Rodolfo Llopis: Lecturas históricas. Historia anecdótica del trabajo, Madrid, Estudio de Juan Ortiz, [1932?], p. IX.
2 Ibid., p. 185.
3 Carolyn P. Boyd: Historia patria. Política, historia e identidad nacional en España, 1875-1975, Barcelona, Pomares-Corredor, 2000, y María del Mar del Pozo: «Educación para la ciudadanía democrática: un intento de construcción de la identidad nacional desde la escuela», Historia de la educación. Revista interuniversitaria, 27 (2008), pp. 105-135.
4 Daniel González Linacero: Mi primer libro de historia, Palencia, Afrodisio Aguado, 1933, esp. p. 10, e íd.: Mi segundo libro de historia, Palencia, Afrodisio Aguado, 1934. Véase el análisis de Francisco de Luis: «España en el discurso historiográfico socialista del primer tercio del siglo xx», en Pere Gabriel, Jordi Pomés y Francisco Fernández (eds.): «España res publica». Nacionalización española e identidades en conflicto (siglos xix y xx), Granada, Comares, 2013, pp. 407-426.
5 Santos Juliá: Historias de las Españas, Madrid, Taurus, 2015.
6 Francisco de Luis: «La idea de España en la historiografía obrera a fines del siglo xix», en Mariano Esteban de Vega y Antonio Morales (eds.): Castilla en España. Historia y representaciones, Salamanca, Universidad de Salamanca, 2008, pp. 249-276.
7 Stefan Berger y Christopher Conrad: The Past as History. National Identity and Historical Consciousness in Modern Europe, Nueva York, Palgrave Macmillan, 2014.
8 Gina Deneckere y Thomas Welskopp: «The “Nation” and “Class”: European National Master Narratives and their Social “Other”», en Stefan Berger y Chris Lorenz (eds.): The Contested Nation. Ethnicity, Class, Religion and Gender in National Histories, Nueva York, Palgrave Macmillan, 2008, pp. 135-170.
9 Luis Araquistáin: «Una nueva España», El Socialista, 23 de diciembre de 1932. Al menos, reproducido también por el rotativo canario Avance, 1 de enero de 1933.
10 Su peso en la historiografía liberal en José Álvarez Junco y Gregorio de la Fuente: «El mito nacional liberal», en José Álvarez Junco (coord.): Las historias de España. Visiones del pasado y construcción de identidad, Barcelona, Crítica-Marcial Pons, 2013, pp. 207-231.
11 Juan-Sisinio Pérez Garzón: «Modesto Lafuente, artífice de la historia de España», en Modesto Lafuente: Historia general de España desde los tiempos más remotos hasta nuestros días. Discurso preliminar, Pamplona, Urgoiti, 2002, pp. IX-XCVII.
12 F. Moya: «No olvidemos la historia», Renovación, 30 de julio de 1932.
13 Juan José Morato: Notas para la historia de los modos de producción en España, Madrid, L. Parra y M. Torres Impresores, 1897, pp. 60-62.
14 «Más sobre los caciques», El Socialista, 16 de diciembre de 1932.
15 Vicente Ferrández: «¡Hay que despertar, españoles!», Vida Nueva, 4 de abril de 1931.
16 «Presentación», La Internacional, 13 de junio de 1931.
17 Joaquín Gracia: «Covadonga y los patriotas», La Lucha de Clases, 1 de mayo de 1936.
18 A modo de ejemplo: «Todo era mentira», El Socialista, 11 de enero de 1936; Luis Araquistáin: «La revolución de octubre en España», Leviatán, febrero de 1936; Claridad, 25 de enero de 1936, p. 4; El Obrero, 2 de febrero de 1936, y José López: «Palabras sin ilación», Democracia, 6 de diciembre de 1935.
19 «La tradición y las deformidades de la historia», Trabajo, 23 de marzo de 1933.
20 Luis Araquistáin: «Ladrones», El Socialista, 30 de enero de 1934; con idéntico título en Vida Nueva y Justicia, 3 de febrero de 1934; Simón Marín: «A quién pertenece la tierra», ¡Adelante!, 29 de noviembre de 1930, y El Obrero de la Tierra, 18 de abril de 1936.
21 Sobre la Reconquista véase Martín F. Ríos: La Reconquista en la historiografía española contemporánea, Madrid, Sílex, 2013. La concepción romántica historiográfica no se abandonó durante las primeras décadas del siglo xx. Véase José María López Sánchez: Heterodoxos españoles. El Centro de Estudios Históricos, 1910-1936, Madrid, Marcial Pons-Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 2006.
22 La cita de F. Moya: «Y ahora, aprended», Renovación, 20 de agosto de 1932. Véanse también «Del discurso de Azaña», El Socialista, 1 de octubre de 1932, y C. M. Escobar: «Lecciones de la Historia», Trabajadores de la Enseñanza, 31 de octubre de 1933.
23 La cita de Aurora Arraiz: «La España liberal», Renovación, 10 de septiembre de 1932. Véase también «Interesantes conferencias de Manuel Albar y Regina García», El Socialista, 28 de octubre de 1931.
24 «La molestia de Castelao», El Socialista, 26 de mayo de 1933.
25 Además de otras citadas a continuación, valoraciones positivas en «La actitud del Estado frente a la Iglesia», La Tribuna Socialista, 13 de julio de 1931 (publicado el día 11 en El Socialista). Opiniones contrarias en «Lecciones», El Obrero Balear, 16 de agosto de 1935.
26 «El clero», República Social, 17 de febrero de 1933.
27 «Nuevo régimen», El Mundo Obrero, 28 de mayo de 1932.
28 Maria de Llúria: «Recapacitemos», La Tribuna Socialista, 10 de septiembre de 1931.
29 Sobre su figura y pensamiento véase Alexandre Font: Alexandre Jaume Rosselló (1879-1937), Palma de Mallorca, Institut d’Estudis Baleàrics-Lleonard Muntaner, 2011.
30 F. Moya: «No olvidemos la historia», Renovación, 30 de julio de 1932.
31 Alejandro Jaume: «Desde el Parlamento», El Obrero Balear, 27 de mayo de 1932; también publicado en el mahonés Justicia Social, 28 de mayo de 1932.
32 «En la Conferencia de Ginebra», El Socialista, 5 de junio de 1931.
33 «Tanto como el que más», Vida Nueva, 24 de junio de 1933, y «Acotaciones», Vida Nueva, 31 de diciembre de 1932.
34 «Una nueva España», El Socialista, 23 de diciembre de 1932.
35 «Un interesante proyecto de ley», El Socialista, 18 de octubre de 1931.
36 Aurelio Martí: «Americanisme i espanyolitat als quatre vents. Sobre la participació socialista del discurs americanista durant la Segona República», Afers, 85 (2016), pp. 775-791.
37 «La unión familiar», El Socialista, 12 de noviembre de 1932.
38 «Intereses nacionales», El Popular, 22 de abril de 1932, y «Nuestros diputados», El Popular, 25 de noviembre de 1932.
39 Miguel Blasco: «El gran Parlamento», La Tribuna Socialista, 19 de agosto de 1931.
40 David Marcilhacy: Raza hispana. Hispanoamericanismo e imaginario nacional en la España de la Restauración, Madrid, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2010.
41 «El debate constitucional», La Tribuna Socialista, 6 de septiembre de 1931; parlamento reproducido por El Obrero Balear el día 11 y por El Socialista el 4. Véase también «Las Cortes Constituyentes», La Tribuna Socialista, 5 de septiembre de 1931.
42 Sobre las conmemoraciones véase Lara Campos: Celebrar la nación. Conmemoraciones oficiales y festejos durante la Segunda República, Madrid, Marcial Pons, 2016. Perspectivas críticas en «La Fiesta de la Raza en Alcoy», Orientación Social, 19 de octubre de 1935, y T. S. Pujol: «Hispanoamérica», La Emancipación, 17 de marzo de 1933.
43 «Fabra Rivas en Barcelona», La Internacional, 12 de diciembre de 1931 (intervención aparecida el 6 del mismo mes en El Socialista). Opiniones similares en «La conferencia del sábado», Justicia Social, 9 de junio de 1934.
44 Entre sus muchos artículos véase del socialista de Cocentaina Francisco Ferrándiz Alborz: «Una anfictionía socialista», Renovación, 9 de julio de 1932; íd.: «La función de un continente», El Socialista, 18 de agosto de 1933, e íd.: «Pablo Iglesias en América», El Mundo Obrero, 28 de abril de 1934 (publicado con idéntico título en El Socialista el día anterior).
45 «Psicología de la España actual», El Socialista, 16 de julio de 1930.
46 «Psicología de la España actual», El Socialista, 19 de julio de 1930.
47 Todas las citas en «Psicología de la España actual», El Socialista, 25 de julio de 1930.
48 «Psicología de la España actual», El Socialista, 29 de julio de 1930.
49 «Psicología de la España actual», El Socialista, 17 de agosto de 1930.
50 José Álvarez Junco: Mater Dolorosa. La idea de España en el siglo xix, Madrid, Taurus, 2005, y Enrique Berzal: «El mito de los comuneros de Castilla en la construcción del Estado-Nación español», Alcores, 12 (2011), pp. 55-73. Recientemente véase José Álvarez Junco y Gregorio de la Fuente: El relato nacional. Historia de la historia de España, Madrid, Taurus, 2017.
51 «Del fajo y del carácter», El Socialista, 3 de agosto de 1933.
52 «Cuatro siglos de menos», El Socialista, 25 de mayo de 1932.
53 Roberto López-Vela: «De Numancia a Zaragoza. La construcción del pasado nacional en las historias de España del ochocientos», en Roberto García Cárcel (ed.): La construcción de las historias de España, Madrid, Marcial Pons, 2004, pp. 195-298, y Javier Varela: La novela de España. Los intelectuales y el problema español, Madrid, Taurus, 1999.
54 «Hacia la soberanía popular», El Popular, 20 de marzo de 1931 (aparecido anteriormente en El Socialista); «El progreso y los timoratos», Orientación Social, 15 de noviembre de 1931; «La historia se ha repetido», El Mundo Obrero, 3 de octubre de 1931, y «Para D. Sebastián González», Reflejos, 20 de abril de 1935.
55 Xavier Andreu y Josep Ramón Segarra: «Representacions de L’Encobert. La Germania valenciana i la nació liberal en el segle xix», Saitabi, 56 (2006), pp. 17-37, y Josep Ramón Segarra: «El discurs històric en la construcció de la identitat valenciana contemporània: Xàtiva com a mite», Recerques, 52-53 (2006), pp. 187-209.
56 Vicente Lacambra: «El Estatuto valenciano», República Social, 2 de diciembre de 1932.
57 «Cosas sabidas con retraso», Trabajo, 16 de febrero de 1933.
58 Manuel Bertolín: «El héroe humilde», Orientación Social, 14 de mayo de 1932. Comunismo y ugetismo emplearon el referente agermanado en tiempos bélicos como motivo movilizador, interpretado como episodio regional valenciano y nacional español de lucha social y por la independencia patria. Véanse Xosé Manoel Núñez Seixas: ¡Fuera el invasor! Nacionalismos y movilización bélica durante la guerra civil española (1936-1939), Madrid, Marcial Pons, 2006, y Marta García Carrión: La regió en la pantalla: el cinema i la identitat dels valencians, Catarroja, Afers, 2015.
59 «La Constitución y las leyes orgánicas», La Tribuna Socialista, 13 de septiembre de 1931 (artículo aparecido previamente en El Socialista), y Tomás Sánchez: «A los impacientes», La Tribuna Socialista, 12 de septiembre de 1931.
60 J. Alcarraz: «Homenaje a Vidal Rosell», La Internacional, 28 de noviembre de 1931.
61 Pablillos: «Pequeñeces...», La Tribuna Socialista, 12 de septiembre de 1931.
62 Antonio Rivera: Señas de identidad. Izquierda obrera y nación en el País Vasco, 1880-1923, Madrid, Biblioteca Nueva, 2003.
63 Pere Anguera: L’onze de setembre. Història de la Diada (1886-1938), Barcelona, Centre d’Història Contemporània de Catalunya-Publicacions de l’Abadia de Montserrat, 2008.
64 Modesto Llano: «Con la corona en el pecho», Justicia Social, 3 de septiembre de 1932, y «Lecciones», El Obrero Balear, 10 de abril de 1936.
65 «Orientaciones», El Obrero Balear, 12 de septiembre de 1931.
66 Véanse algunas opiniones mallorquinistas en Gregori Mir: El mallorquinisme polític, 1840-1936. Del regionalisme al nacionalisme, 2 vols., Mallorca, Moll, 1990.
67 «El día de Cervantes», El Socialista, 24 de abril de 1932, y «Un gran proletario», El Socialista, 11 de abril de 1933.
68 El caso valenciano resulta un ejemplo de gran utilidad. Véanse Manuel Martí y Ferran Archilés: «La construcción de la nación española durante el siglo xix: logros y límites de la asimilación en el caso valenciano», Ayer, 35 (1999), pp. 171-190, y Ferran Archilés: «“Hacer región es hacer patria”. La región en el imaginario de la nación española de la Restauración», Ayer, 64 (2006), pp. 121-147.
69 Rémy Pech: «Ferroul. Le souvenir cathare et la revendication occitane, 1907-1914», Jean Jaurès Cahiers Trimestrels, 152 (1999), pp. 31-42, y Anne-Marie Thiesse: «Révolution et traditions. Les feuilletons regionalistes de l’Humanité (1904-1914)», Jean Jaurès Cahiers Trimestrels, 152 (1999), pp. 43-54.
70 Sobre el primer parecer véase Pablo Iglesias: «¿Qué dicen los hechos?», El Socialista, 1 de agosto de 1890. La opinión contraria y la cita en íd.: «Republicanos y socialistas», El Socialista, 1 de octubre de 1897.
71 Pablo Iglesias: «Paso necesario», El Socialista, 1 de mayo de 1918.
72 «Psicología de la España actual», El Socialista, 26 de septiembre de 1930.
73 «Conferencia de Fernando de los Ríos», El Socialista, 7 de junio de 1931; «El debate constitucional», El Socialista, 4 de septiembre de 1931, y «Un buen discurso de Fernando de los Ríos», El Socialista, 20 de enero de 1933.
74 Francisco Carmona: «Anécdota de España», Claridad, 7 de diciembre de 1935, e íd.: «Genealogía de los “esperpentos” de Valle-Inclán», Leviatán, febrero de 1936.
75 Isidro Escandell: «La silla de Felipe II», República Social, 23 de marzo de 1934.
76 G. S.: «Historia que debe escribirse», Reflejos, 1 de enero de 1933.
77 Entre los innumerables ejemplos, léase la explicación sobre la proclamación republicana de Rodolfo Llopis: La revolución en la escuela. Dos años en la Dirección de Primera Enseñanza, Madrid, M. Aguilar, 1933.
78 Julián Vinagre: «Por esos pueblos», El Socialista, 11 de abril de 1931.
79 A propósito de la memoria del liberalismo progresista véase María Cruz Romeo: «Memoria y política en el liberalismo progresista: la nación de la libertad», en Javier Moreno (ed.): Izquierdas y nacionalismos en la España contemporánea, Madrid, Pablo Iglesias, 2011, pp. 11-39. Para el republicanismo véanse Ángel Duarte: «Los republicanos del ochocientos y la memoria de su tiempo», Ayer, 58 (2005), pp. 207-228, e íd.: «Sin historia no hay republicanos», Historia Contemporánea, 37 (2008), pp. 207-228.
80 Luis Araquistáin: «1521-1931», El Sol, 15 de abril de 1931.
81 Luis Araquistáin: «Carácter de la Revolución española», El Socialista, 5 de marzo de 1932.
82 Hernández Zancajo contraponía dicha visión a las pretensiones revolucionarias comunistas basadas en una idea de España como país moderno. Véase Carlos Hernández: «La crisis política de España», Renovación, 20 de febrero de 1931.
83 Carlos Hernández: «Pablo Iglesias y el movimiento obrero español», El Obrero, 22 de diciembre de 1935.
84 Brian Jenkins y Spyros A. Sofos: «Nations and Nationalism in Contemporary Europe. A Theoretical Perspective», en Brian Jenkins y Spyros A. Sofos (eds.): Nation and Identity in Contemporary Europe, Londres, Routledge, 1996, pp. 7-32.
85 «Los oropeles del Palacio y la nobleza del pueblo», El Socialista, 3 de junio de 1931.
86 «La República española atrae las simpatías de todos los países», El Socialista, 10 de junio de 1931.
87 Manuel Cordero: «Ante el presente y el porvenir», El Socialista, 9 de mayo de 1931.
88 «El pueblo aclamó al Gobierno en la inauguración de los grupos escolares», El Socialista, 15 de abril de 1933. Sobre el referente popular véase Rafael Cruz: Una revolución elegante. España, 1931, Madrid, Alianza Editorial, 2014.
89 Heads: «Las gestas heroicas castellanas contadas a los niños», El Socialista, 12 de enero de 1932.
90 A. Lagunilla: «Lope el rebelde», Claridad, 9 de mayo de 1936.
91 Aniceto Iranzo: «Defendamos la República», El Socialista, 19 de abril de 1931.
92 «Salvémonos y salvemos a España», El Socialista, 3 de diciembre de 1933.
93 «Consejos peligrosos y equivocados», Claridad, 4 de mayo de 1936.
94 «Glosas del mes», Leviatán, agosto de 1934.
95 Stefan Berger: «European Labour Movement and the European Working Class in Comparative Perspective», en Stefan Berger y David Broughton (eds.): The Force of Labour. The Western European Labour Moviment and the Working Class in the Twentieth Century, Oxford, Berg, 1995, pp. 245-261.
96 Donald Sassoon: Cien años de socialismo, Barcelona, Edhasa, 2001.
97 Entre los trabajos del autor véase John Schwarzmantel: Socialism and the Idea of the Nation, Londres, Harvester Wheatsheaf, 1991. Más recientemente véase Robert Stuart: Marxism and National Identity: Socialism, Nationalism and National Socialism During the French Fin de Siècle, Albany, State of University Press, 2006.
98 De lo que quedó constancia en el pensamiento de sus distintos dirigentes. Véanse algunas biografías representativas en Adeline Blaskiewicz-Maison: Albert Thomas. Le socialisme en guerre, 1914-1918, Rennes, Presses Universitaires de Rennes, 2015; Gilles Candar y Vincent Duclert: Jean Jaurès, París, Fayard, 2014; Claude Willard: Jules Guesde, l’apôtre et la loi, París, Les Éditions Ouvrières, 1991, y Gilles Candar: Jean Longuet. Un internationaliste à l’épreuve de l’histoire, Rennes, Presses Universitaires de Rennes, 2007.
99 Paul Faure: «Vers la République sociale», Le Populaire, 7 de julio de 1935; Gilles Vergnon: L’antifascisme en France, de Mussolini à Le Pen, Bonchamp-Lès-Laval, Presses Universitaires de Rennes, 2009, y Vincent Chambarlhac y Thierry Hohl: 1934-1936. Un moment antifasciste, París, La Ville Brûle, 2014.
100 Paul Ward: Red Flag and Union Jack. Englishness, Patriotism and the British Left, 1881-1924, Rochester, Boydell and Brewer Ltd., 1998.
101 Massimo Degl’Innocenti: La patria divisa. Socialismo, nazione e guerra mondiale, Milán, Franco Angeli, 2015, y Gaetano Arfè: «L’eredità del Risorgimento nel socialismo italiano», en Ennio di Nolfo et al.: Socialismo e nazione. La cultura democratica e socialista fino allà prima guerra mondiale, Manduria, Piero Lacaita, 1994, pp. 203-222.
102 Stefan Berger y Angel Smith: «Between Scylla and Charybdis: Nationalism, Labour and Ethnicity Across Five Continents, 1870-1939», en Stefan Berger y Angel Smith (eds.): Nationalism, Labour and Ethnicity, 1870-1939, Manchester, Manchester University Press, 1999, pp. 1-30.
103 Martin Wright: Wales and Socialism. Political Culture and National Identity Before the Great War, Cardiff, Universtity of Wales, 2016.
104 Jakub S. Beneš: Workers and Nationalism. Czech and German Social Democracy in Habsburg Austria, 1890-1918, Oxford, Oxford University Press, 2017.