Ayer 121/2021 (1): 137-164
Sección: Estudios
Marcial Pons Ediciones de Historia
Asociación de Historia Contemporánea
Madrid, 2021
ISSN: 1134-2277
DOI: 10.55509/ayer/121-2021-06
© Antonio Laguna-Platero
© Francesc-Andreu Martínez-Gallego
Recibido: 17-02-2018 | Aceptado: 22-07-2018
Editado bajo licencia CC Attribution-NoDerivatives 4.0 License

José Colomina Arqués y la industria abaniquera española, 1809-1900

Antonio Laguna-Platero

Universitat de València
antonio.Laguna@uv.es

Francesc-Andreu Martínez-Gallego

Universitat de València
francesc.martinez@uv.es

Resumen: La industria de abanicos española, junto con la francesa, fue la más importante del mundo durante el siglo xix, al menos hasta la emergencia del competidor japonés a finales de esa centuria. En España, esta industria se concentró en la ciudad de Valencia y su entorno. Entre 1840 y 1870 se produjo el desarrollo de pequeñas empresas familiares que fueron creciendo, mecanizándose y haciéndose intensivas en mano de obra. La más importante fue la de José Colomina. El trabajo indaga sobre la configuración de su empresa, de sus estrategias de producción, de la búsqueda de mercados, de sus implicaciones políticas y de sus relaciones con el sector, es decir, con el resto de fabricantes de abanicos, bastones y paraguas. Su fábrica se convirtió en un centro de producción de los complementos de la moda en el vestir romántico.

Palabras clave: industria del abanico, Valencia, mercado americano, democracia liberal.

Abstract: The Spanish fan industry, together with the French one, was the most important in the world during the nineteenth century. This lasted until the end of the century when Japan emerged as a serious competitor. In Spain, this industry was concentrated in the city of Valencia and its surroundings. Between 1840 and 1870, small family companies grew, became mechanised, and resorted to the intensive use of labour. The most important of these was that of José Colomina. This article explores the rise of the company, its production strategies and its search for markets. It also explores Colomina’s political involvement and his relationships with other manufacturers of fans, canes and umbrellas. His factory became a focal point for the production of fashion accessories in the romantic way of dressing.

Keywords: Fan industry, Valencia, American market, liberal democracy.

Introducción

El abanico se fabricó en España de forma masiva durante el siglo xix y primer tercio del siglo xx. La ciudad de Valencia y su área periurbana fueron los espacios de mayor relieve en el asentamiento de esta industria, aunque hubiera algunos otros núcleos dispersos en Málaga, Madrid o Barcelona, entre otros 1. La fábrica valenciana de José Colomina Arqués lideró el sector entre las décadas de 1840 y 1870 y la marca pervivió hasta la década de 1970.

Nuestra primera hipótesis estima que la industrialización valenciana no puede explicarse sin relativizar el fracaso de la industria sedera. La sedería perdió, a lo largo del siglo xix, el liderazgo que había mantenido en la centuria anterior 2, pero las habilidades (y quienes las poseían) generadas por esta industria (por ejemplo, el estampado de tejidos) no solo no desapareció, sino que se transfirió a otras industrias emergentes que aprovecharon el savoir faire acumulado. La abaniquería se habría beneficiado de una porción de la mano de obra expulsada de la sedería y habría emulado su estructura productiva, vinculada al trabajo domiciliario.

La segunda hipótesis aprecia que la dimensión de la fábrica abaniquera, pero también la de otros sectores emergentes durante el proceso de industrialización, coadyuvó a una sociología petit bourgeoise cercana a los territorios políticos del demo-republicanismo que hizo de Valencia una de las ciudades de España con mayor arraigo de estas ideas 3. José Colomina Arqués militó en el Partido Demócrata, luego en el Republicano, a la par que crecía como empresario abaniquero. El demo-republicanismo valenciano, en su organización política, tuvo dos almas a mediados del siglo xix: la individualista y la socialista. Estas dos vertientes estuvieron sociológicamente connotadas, pues la primera recogió, sobre todo, a personal proveniente de sectores mercantiles e industriales —como Colomina— y la segunda se nutrió, en su gran mayoría, con artesanos y agricultores que pasaban por el trance de la pérdida de autonomía, la desposesión o la proletarización.

Una estructura industrial

En 1881, miles de obreros trabajaban en la industria de la abaniquería en Valencia y pueblos adyacentes. Producían unos 750.000 abanicos anuales, en su mayor parte destinados al mercado exterior. A comienzos del siglo xx la economía valenciana era netamente exportadora y el puerto del Grao de Valencia era el tercero de España en exportaciones, tras los de Huelva y Bilbao. La principal importación, tras los abonos minerales y el cemento, eran las maderas 4, necesarias para la confección de muebles, cajas y toneles, pero también para una boyante abaniquería e industria de complementos indumentarios. Los aserraderos de grandes proporciones dominaban una porción del paisaje fabril periurbano de la ciudad de Valencia.

En la década de 1880, la prensa hablaba de la existencia de 12.000 obreros en la abaniquería valenciana 5. La cifra encierra cierta riqueza de perfiles laborales. En 1900, Enrique Fort publicó una Memoria sobre las fábricas de abanicos y paraguas bajo el punto de vista industrial, muy útil para conocer la organización industrial de la abaniquería valenciana, puesto que se fijó en ella para redactar el trabajo 6.

Existían tres categorías de industrias vinculadas: fabricantes de varillaje, montadores de abanicos y fabricantes de abanicos. Esta última categoría, según Fort, no existía en realidad y quienes quedaban en ella englobados eran, en realidad, montadores de cierto vuelo. Estos montadores «se limitan a dar los elementos del abanico, varillaje y país, a los operarios que en su casa montan el abanico» 7. En 1900 existían diecisiete montadores y/o fabricantes inscritos en Valencia, todos ellos dueños de algún almacén en el que guardaban los materiales antes de darlos a los operarios de la industria domiciliaria (y sumergida) y los abanicos acabados antes de darlos al mercado. Así pues, si los fabricantes de varillaje solían poseer fábrica, en el sentido clásico del término, con su maquinaria realizaban trabajos de serrería, torneado, troquelado y cepillado de materiales. Los montadores-fabricantes, en cambio, eran la cúspide de una amplísima industria domiciliaria. Una pequeña porción de ellos reunía fábrica y almacén: eran patronos del factory system y de la industria a domicilio.

Fort distinguía dos grupos de montadores-fabricantes: «unos, de poca importancia, que montan los abanicos para venderlos al detalle en su establecimiento a otros montadores de más vuelo, o por fin al por mayor, pero con su esfera de acción reducida a la Península, y otros, que realizan en mucha mayor escala negocios, exportando en cantidades considerables, algunas de ellas por valor de más de 500.000 pesetas» 8. La mayor parte de los obreros de la abaniquería valenciana de 1900 —pero también de las décadas anteriores— eran trabajadores domiciliarios y trabajaban para los montadores y hasta para los fabricantes de varillaje. Existía un montante de operarios a jornal en algunas fábricas abaniqueras que se acercaba al 20-30 por 100 del total. El resto, el 70-80 por 100, tenía que ver con una industria diseminada en la que el montador domiciliario podía trabajar para uno o más montadores-fabricantes, puesto que cobraba su trabajo en función del número de piezas producidas.

En la fábrica de José Colomina, que era a la vez manufactura de varillajes y almacén de «fabricante», trabajaban en 1875 unos 200 operarios. Ese año murió Colomina y la prensa habló de más de 500 operarios asistiendo al entierro: 300 más de los reconocidos como jornaleros. Eran trabajadores domiciliarios. Algunos, incluso, eran arrendadores de tierras que Colomina había ido comprando y, a su vez, trabajadores domiciliarios de la abaniquería 9. Se dibuja así la amplitud del sweating system local: cuando los procesos de producción se ubican en lugares no regulados por el Estado, frecuentemente en casa del trabajador o trabajadora (sweatshop) 10. Esta no regulación nos obliga a desconfiar de las cifras oficiales ofrecidas por los censos industriales 11.

La estructura de la abaniquería valenciana era casi un calco de la de la sedería, donde, pese a la existencia de algunas fábricas de tejidos, el torcido de la seda y una porción de la propia tejeduría se realizaba en obradores domiciliarios. La gran diferencia se producía en el abastecimiento de la materia prima. El abaniquero no dependía de la suerte de la cosecha anual de la morera como el sedero. A la ciudad de Valencia llegaban anualmente grandes cantidades de madera a través del transporte fluvial y, desde la década de 1850, a través del ferrocarril. Algunas maderas nobles o de mayor calidad no producidas en los bosques peninsulares llegaban por mar al puerto de Valencia. A principios del siglo xx los bosques valencianos o conquenses desamortizados comenzaron a minorar la producción maderera y el puerto del Grao de Valencia se convirtió en uno de los mayores para la introducción de maderas de todo tipo.

Renombrados eran los gancheros de Chelva, que conducían los maderos por el río Turia —también por otros de toda España, dada su pericia— desde los aguaderos de Santa Cruz de Moya o del Rincón de Ademuz a la ciudad de Valencia. Además de las maderas del Turia, Valencia recibía maderas que habían bajado por el Júcar o el Cabriel. Desde la década de 1860, los maderos que llegaban por el río a las estaciones ferroviarias de Alzira, Utiel o Vilamarxant realizaban el último tramo del trayecto en ferrocarril 12.

A partir de 1840 crecieron en número y dimensión los aserraderos de Valencia, movidos por grandes máquinas de vapor y ubicados en las zonas de la Petxina, Saidia o del Barri del Carme, cerca del desembarcadero del Puente de San José. Los grandes empresarios de la madera, los Lamberto Teruel, Francisco Cubells, Vicente Chapa, los hermanos Comín, Francisco Martín, Carmelo Ilario, Andrés Plou o Moreno y Cía., solían encontrarse entre los mayores contribuyentes de la urbe 13.

Los grandes aserraderos abastecían la demanda de construcción, traviesas del ferrocarril, fábricas de muebles, fábricas de envases para productos agrícolas e industria abaniquera. El cuadro 1 muestra la sólida presencia de los aserraderos en el País Valenciano, muy en especial en Valencia ciudad y en su provincia, así como las industrias madereras que aquellos abastecían a principios del siglo xx.

Los años en los que José Colomina Arqués comandó la industria abaniquera valenciana, entre las décadas de 1840 y 1870, son esenciales para entender el crecimiento industrial del País Valenciano. José Antonio Parejo ha mostrado cómo en 1850 Cataluña, Andalucía y Castilla y León se sitúan al frente de la industrialización española, pero en el medio siglo posterior solo Cataluña, el País Vasco, Madrid, Asturias y el País Valenciano van a obtener cifras positivas de crecimiento industrial, produciéndose el descuelgue de Castilla y León y el estancamiento de Andalucía 14. La ciudad de Valencia es, en 1861, una de las doce ciudades industriales más importantes de España, en el momento en el que treinta y nueve ciudades industriales del país concentran la mitad de todo el empleo industrial nacional 15.

Cuadro 1

Industrias de la madera en el País Valenciano en 1905

Industria

Alicante

Castellón

Valencia

Máquinas de cepillar, escoplear, machihembrar, taladrar, moldurar, etc.

14

6

342

Cuchillas de chapear

4

Sierras de chapear

2

2

Sierras de cinta (cm)

5.271

3.043

24.853

Molduras y marcos

2

Pianos

4

Mesas de billar

4

Serrín de corcho

2

Varillaje de abanicos

44

Montaje de abanicos

34

Armaduras de paraguas y sombrillas

1

Fuente: M. Márquez Pérez, Historia de la industria, comercio, navegación y agricultura del Reino de Valencia desde la época de don Jaime I hasta nuestros días, Valencia, Imprenta Doménech, 1910.

En Valencia, el relativo hundimiento de la industria sedera quedó compensado por la pujanza de sectores como la madera, el papel, la industria química, la cerámica, el vidrio y, desde luego, la industria de los complementos indumentarios (desde la sombrerería hasta los abanicos, paraguas y bastones). Sectores vinculados a multitud de iniciativas locales basadas, por lo general, en tradiciones artesanas 16. En el registro de matrículas de abaniqueros y pintores de abanicos de la Escuela de Artesanos de Valencia relativa a los años 1869-1875 hay 344 abaniqueros 17. La cifra sobrepasa a los obradores sederos computados en 1861. Una importante porción de los talleres domiciliarios que trabajan para las grandes fábricas abaniqueras están en el barrio de Velluters, la sede tradicional de la sedería valenciana, o en calles adyacentes de Ciutat Vella; muy pocos extramuros. Todo indica —incluidos los nombres de no pocos propietarios de obradores— que se ha producido una sustitución en la que una porción de los antiguos talleres sederos se ha transformado en espacios de montaje de abanicos o de pintores y estampadores de esos tejidos de seda (o de otro tejido) que, con frecuencia, componen el país del abanico.

Un capitán de industria

Hasta el último tercio del siglo xviii el abanico fue un objeto de lujo, dada su riqueza material y ornamental. Los británicos comenzaron a fabricarlo con materiales de menor entidad, aunque siguiera siendo una adquisición de damas que, con él, construían un lenguaje amoroso con el que dirigirse a sus caballeros. En 1797, Charles Francis Bodini publicó El telégrafo de Cupido, en el que establecía un alfabeto del abanico que lo hacía imprescindible como complemento de la moda. Por entonces, en países como Gran Bretaña, Holanda o Francia, el abanico inicia su popularización y su uso se extiende entre las diversas clases sociales gracias al abaratamiento de los costes, a la utilización de papeles impresos coloreados y de varillaje de madera corriente (y no de marfil, nácar, hueso o maderas preciosas) y de su producción masiva 18. En 1830, el viajero inglés Henry David Inglis constataba, a propósito de la extensión del uso del abanico, que «las mujeres españolas antes saldrían de casa descalzas que sin abanico, y en la calle no vi una sola fémina desprovista de tan indispensable complemento» 19. El abanico, por entonces, se adquiría a una gran variedad de precios.

Al parecer, José Colomina, nacido 1809 en Castalla (Alicante), se trasladó a Valencia en la década de 1830 20. En esta ciudad se había puesto en marcha desde finales del siglo xviii una manufactura abaniquera, estimulada por la relevancia de la industria sedera local que podía hacerse cargo del entelado abaniquero con calidad y a través de un recurso competitivo con relación a las fábricas parisinas. En 1795, Romualdo Morera solicitaba privilegio exclusivo para su fábrica de abanicos 21. No debió obtenerlo, porque solo dos años después José Erams Nicolau explicaba que andaba buscando «los secretos más importantes para la consolidación [...] de una fábrica de abanicos, por cuyo medio se logrará evitar las remesas de tan crecidas sumas que todos los años salen de España a beneficio de los extranjeros». De modo que pidió protección para su establecimiento y consiguió convertirlo en Real Fábrica de Abanicos, situada en la calle Cajeros 22. Un tal Gaspar de Puchol, carpintero, trabajaba allí y con él vendría la continuidad de la industria local 23. Sin duda, esta generó una artesanía concomitante fundamental para entender la posterior emergencia de la industria abaniquera.

Colomina provenía de familia sin fortuna, pero con cierta especialización laboral en la litografía. Llegaba a una ciudad que observaba cómo quedaba arrumbado el viejo y resquebrajado sistema gremial y cómo era sustituido por un nuevo y revolucionario precepto en la organización del trabajo: la libertad de industria. También alrededor de 1830 aparece el fabricante Puchol, con el que compite poco después el fabricante Mateu; ambos también pioneros de la industria abaniquera valenciana. Por aquella época, los abanicos son de madera de pino traída de Cuenca y cortada con navajas de afeitar, están revestidos con papeles iluminados con tintes vegetales; los hay de seis pulgadas, llamados de lufo, y de diez o doce, llamados pericones. El comercio de exportación se hace por medio de grandes carros que llevan los abanicos al interior de la península. Todavía pesa mucho la competencia de París 24.

El arranque de la historia industrial de Colomina se parece mucho a la de su competidor malagueño Francisco Mitjana Doblas. También Mitjana, aunque su padre poseyera ya una pequeña fábrica de abanicos, comenzó como litógrafo 25, vínculo que nunca perdió y sobre el que escribió algunos trabajos. Por él sabemos que el sistema litográfico creado por Johann Aloys Senefelder en 1796 se aclimató en España por Barcelona, en la imprenta de Brusi, en 1820. Cinco años más tarde, el artista José Madrazo y su socio capitalista Ramón Castilla crearon el Real Establecimiento Litográfico en Madrid, con la intención de reproducir copias de cuadros del Real Museo del Prado. Ese mismo año, en Málaga, el padre de Francisco Mitjana, Rafael Mitjana Ardison, se unió con el pintor Francisco Henseler y con el artista Antonio Maqueda para fundar una imprenta litográfica dedicada ya a la abaniquería.

Sin duda, fue el ejemplo que estimuló a Colomina, aunque quien montó en Valencia la primera industria litográfica fuera Antonio Pascual y Abad. «Su litografía dedicada particularmente a objetos industriales es una de las más adelantadas de la provincia», decía Mitjana en 1861. Por esa fecha, Mitjana se fijaba también en la cromolitografía, desarrollada por Engelmann a partir de 1837 en su establecimiento de Mulhouse. El industrial malacitano vislumbraba un gran futuro —acertaba— para este procedimiento que iba a dar a la abaniquería de componentes baratos (madera de varillaje corriente, país cromolitográfico) un nuevo impulso para mercados de escasa capacidad adquisitiva 26.

En Valencia, entre 1842 y 1866, la población activa vinculada a la fabricación y la artesanía pasó del 29 al 35 por 100 27. Una estadística de 1861 señalaba la existencia de 2.674 fábricas de cincuenta y siete sectores diferentes. Los molinos harineros, arroceros y aceiteros representaban el 26 por 100; las instalaciones de aguardiente, el 9 por 100, pero a continuación las fábricas de tejidos y lienzos representaban un 18 por 100, y las de ladrillos, tejas, azulejos y vidrios, el 10 por 100. Resultaba también muy significativo el número de talleres de zapatería, de fundiciones y las industrias vinculadas a la madera. La abaniquería, con catorce instalaciones, era por entonces solo uno de los muchos sectores que se situaban en la línea de salida de la industria moderna, capitalista 28. Pero aún no estaba ni mucho menos claro cuáles iban a llegar a la meta. En términos meramente cuantitativos, a la altura de 1861 la sedería parecía tener todavía el liderazgo.

En la década de 1830 surgía en Valencia la fábrica abaniquera del francés Constelier, asociado con un impresor local «que tiraba los grabados con que se decoraban las hojas de papel» 29. ¿Era el propio Colomina ese impresor o tal vez Antonio Pascual? Los varillajes metálicos utilizados por Constelier se traían de Francia, así como las planchas para grabar, y el montaje se realizaba en Valencia. Siguiendo esta pauta, a finales de la década de 1830 y principios de la de 1840, la irrupción francesa se convierte en economía de escala. La Casa Colombet, Bernard y Riant de París (a partir de 1839 pasó a denominarse Roche et Fayet) 30 envió a un representante de su industria a Valencia, un tal Simonet, para establecer una fábrica consorciada con los productores locales Puchol y Chafaranas. En el desarrollo inicial de la abaniquería en Valencia abundan los «apellidos exóticos» 31 (Montaignal, Chara, Constelier, Herans, Dahladner, etc.), que se alían con intermediarios y pequeños productores locales 32. Las fábricas francesas, parisinas en su mayoría, pretendían aprovechar la industria domiciliaria de montaje que arraigaba en Valencia, donde antiguos obradores sederos se estaban volcando en el sweating system abaniquero.

Pronto los abaniqueros locales buscarán su independencia de las matrices francesas y se harán oír. En 1842, Antonio Pascual —abaniquero y litógrafo—, José Herans, José Rico, Francisco García, Joaquín Asensi, Manuel Cerveró, Pascual Ramón, Lorenzo Asensi, Vicente Martí, Vicente Gimeno y, desde luego, José Colomina protestaron contra el real decreto que disminuía los derechos de importación de abanicos y varillajes franceses. El proteccionismo podía ser entonces el trampolín para abandonar la subsidiariedad 33. No todos lo consiguieron.

Colomina sí dio el salto y hacia 1845, «ayudado por su hermano Sebastián y jóvenes aficionados a la pintura, montó los talleres y adquirió maquinaria para los varillajes, inventando después las plegaderas de telas, que antes se hacían a mano con compás». Y, en consecuencia, el hombre hecho a sí mismo se consumó: «A fuerza de trabajo reunió una cuantiosa fortuna» 34. Era el salto del taller a la fábrica mecanizada. En la exposición que organizó la Sociedad Económica de Amigos del País de Valencia en 1846, los dos establecimientos más destacados en la fabricación de abanicos eran los de Antonio Pascual Abad y José Colomina: los abaniqueros de tradición litográfica precisamente 35. En 1849, en Valencia existían cinco fábricas de abanicos finos (que pagaban al fisco 18.000 reales) y cinco más de abanicos ordinarios (que tributaban 7.000 reales) 36. De forma significativa, en los principales almanaques parisienses de industria y comercio donde se hacía relación de las industrias valencianas, Colomina apareció como litógrafo hasta que en la década de 1860 lo hizo ya como fabricante de abanicos 37.

En la década de 1850, José Colomina comenzó a aparecer en la relación de los industriales notorios de Valencia, a tenor de los registros fiscales de la ciudad 38 . Era también un próspero comerciante con tienda abierta en su ciudad, pero también en Málaga, Madrid, Barcelona, Cádiz o Sevilla 39. Es fácil encontrar publicidad de Colomina en los grandes periódicos y almanaques que se editan entre los años cincuenta y setenta en Madrid. En 1858, el cónsul francés en Valencia escribía que «la fabrique d’éventails a progressé e fuit mieux que jamais, toute fois elle continue á tirer les montures riches de France» 40. Pero esa importación tenía los días contados, puesto que algunos industriales abaniqueros estaban dispuestos a alterar los procedimientos para la fabricación del abanico barato.

Del mismo modo que Rafael Mitjana, al crear en Málaga su establecimiento litográfico y abaniquero, había optado por realizar el varillaje con caña de Vélez-Málaga, los fabricantes valencianos iban a optar por el pino común para mercados amplios, si bien mantuvieron altos estándares de calidad en algunas de sus producciones destinadas al mercado del lujo. En esto ayudaron los aranceles de 1859, que iban a dificultar la introducción del abanico de lujo francés. En la década de 1860, los establecimientos de Mitjana y Colomina eran del todo comparables. Aquel ocupaba a casi 500 operarios entre hombres, mujeres y niños en una fábrica que producía 220.000 abanicos anuales, medio millón de estampas ordinarias y una gran cantidad de envases para las pasas de la región. Desde 1853, Francisco Mitjana, que se había puesto al frente del negocio tres años antes de la muerte de su padre, tenía su propio aserradero que funcionaba con máquinas a vapor 41. Colomina no poseía aserraderos, fabricaba una cantidad parecida de abanicos, tenía más operarios y poseía una relevante cadena comercial de distribución con miras tanto al mercado interior como al colonial y al extranjero.

La fábrica originaria de Colomina estaba situada intramuros, en la plaza de Pellicers. En 1860, el dueño optó por reubicarla junto al río Turia, extramuros, para aprovechar la fuerza motriz de las aguas del río y mover así la maquinaria instalada, en especial las nuevas plegadoras que ahorraban mucha mano de obra 42. En la nueva fábrica se producían también paraguas y sombrillas. Su marca ostentaba la divisa de proveedora de Su Majestad y Real Casa. Trabajaba con materiales de alta calidad que antes se importaban de Francia, como el nácar, el marfil o las maderas preciosas, y también con materiales de menor coste 43. La industria cogió vuelo: «Junto al abanico de cinco céntimos —que se vendía para las chiquillas o para la gente que iba a los toros— había una gran variedad, que terminaba en la verdadera obra de arte [...]. Y esa producción se distribuía no solamente en España, sino en los principales países de Europa y en muchos países de América» 44. No hay más que releer las informaciones del Diario Mercantil de Valencia o de El Valenciano, en sus secciones sobre «Movimiento del Puerto de Valencia», para observar que Colomina estaba siempre allí, vinculando su nombre al tráfico de los vapores, recibiendo materias primas, enviando varillajes o abanicos terminados 45.

Colomina, dirigente demócrata

En un aspecto se diferenciaban Mitjana y Colomina. Ambos eran de indudable estirpe liberal —el padre de Francisco, Rafael Mitjana, que era empresario y arquitecto, edificó monumentos a Torrijos y Espartero— 46, pero si Mitjana no tuvo grandes veleidades políticas, Colomina se colocó al frente del Partido Demócrata local desde su misma fundación, junto a José Cristóbal Sorní, José Antonio Guerrero, José Argente, Antonio Molina, Francisco Fuster, Manuel Jordan, Pedro Chismol, Luis Fandos, Froilán Torija o Carlos Cervera, muchos de ellos pequeños industriales en las décadas de 1840 y 1850 47. En los años 1860, en tiempos de la Unión Liberal, Colomina destacó por su apuesta por el sufragio universal masculino y por tomar parte en el debate entre demócratas individualistas, bando del que fue dirigente 48, y demócratas socialistas, agrupación comandada por Félix Gallach y Vicente Morales 49 en la que concurría un importante núcleo obrerista y menestral de la ciudad 50.

Desde 1858, para ambos bandos, la república era la forma de estado a la que aspiraba la democracia española, pero en la división entre individualistas y socialistas no solo intervenía la cultura política, sino también la condición social 51 y la proximidad al asociacionismo mutualista, pujante en la época 52. La revolución de septiembre de 1868 hará a Colomina concejal de Valencia en las filas del Partido Republicano Federal. Al año siguiente se presentaba a las elecciones a cortes generales, mientras batallaba desde el ayuntamiento para suprimir las quintas. En 1872 llegará, por elección, al Senado, inscribiéndose en el grupo comandado por Ruiz Zorrilla 53. Por entonces era ya marqués, marqués demócrata, por decisión del rey Amadeo de Saboya, que había visitado su fábrica antes de concederle la gracia.

Entre una cosa y la otra, en 1870 la fábrica de Colomina sufrió un incendio devastador y aparentemente provocado 54. Trabajaban entonces en ella 200 obreros. Diez años antes, y para las catorce fábricas de abanicos existentes en la provincia, la estadística señalaba ochenta y cuatro operarios, lo que indicaría que el auge del sector abaniquero local, tras su consolidación en la década de 1840, se había producido en torno a 1860. La fábrica de Colomina se valoró en 60.000 duros 55. El esfuerzo en la reconstrucción le valió la Gran Cruz de Isabel la Católica en 1871 56. Se especuló con el motivo del incendio, puesto que los trabajadores de la fábrica se mostraban por entonces disconformes con las condiciones de trabajo, pero nunca se certificó la autoría.

Colomina no era el único que había montado una fábrica «a la moderna». En 1861, Carmelo Ilario traspasó su fábrica de abanicos a Lorenzo Segura, decidido a invertir 40.000 reales para, aprovechando los conocimientos del cedente en materia de fabricación, instalar nueva maquinaria y aumentar de forma significativa la producción 57. El mismo año, Francisco Martín Alpuente instaló una fábrica en el Portal de Valldigna «para la fabricación por mayor y en grande escala de toda clase de abanicos y bastones, donde se confeccionan y construyen cuantos artículos son necesarios al efecto» 58. Unos años después, en 1866, Salvador Mesegué y Luis Gorguí se asociaron para montar una nueva fábrica abaniquera con un capital inicial de 50.000 reales 59.

El auge de la abaniquería no solo se realizó a golpe de inversión, sino también de innovación. En 1867, el fabricante José Cerveró obtuvo patente para un nuevo diseño que denominó abanicos-álbumes. En 1870, los socios Pedro Serra, Primo Serra y Manuel Calvet obtenían otra patente para confeccionar abanicos «en litografía, imprenta, grabados en madera o metal, autografía, estereotipia, galvano-plástica y cualquier otro medio o sistema de impresión-estampación, en claro oscuro, pintado a la aguada, al cromo o en otra forma que crean conveniente plantearlo» 60.

En fin, los 84 obreros del sector en 1861 (aunque faltara el cómputo de los domiciliarios) se habían convertido en 12.000 en 1881. A lo largo de la centuria aparecieron talleres en pueblos cercanos a la capital, como Aldaia, Alaquàs, Sedaví, Xirivella o Benetússer, que incrementaban tanto la producción como los efectivos obreros ocupados en ella. En 1905 existían en la ciudad de Valencia 44 fábricas de varillaje y 34 de montaje de abanicos. En la Exposición Regional de 1909 la industria abaniquera disponía de pabellón propio y los abaniqueros ya no temían la competencia francesa, aunque comenzaran a preocuparse por la japonesa. Por entonces, la fábrica L’Ideal electrificaba la producción 61.

A pesar del incendio de su fábrica, en 1872 Colomina figuraba como el segundo mayor contribuyente industrial de la provincia de Valencia. Además de la industria y el comercio había invertido en tierra. La razón social Colomina y Domínguez era por entonces una importante agencia de cambio y banca de la ciudad 62. Había arrancado con un capital social de más de tres millones y medio de reales: se trataba de dar impulso a los comercios abaniqueros que tenían montados en Valencia y otras ciudades de España y de controlar más aún la distribución del producto, pero la compañía no descartaba ningún tipo de transacción, como el préstamo y la banca 63. El socio, Francisco Domínguez Sebastián, era el yerno de Colomina, casado con su única hija.

La viuda y el yerno se hicieron cargo de la fábrica tras la muerte de José Colomina en 1875. En 1876, el hermano del difunto José, Sebastián Colomina, concertaba una sociedad industrial con Domínguez e instalaban una nueva fábrica de abanicos de grandes dimensiones en la calle Zaragoza 64. A la larga, será Luis Colomina, hijo de Sebastián y sobrino de José Colomina, quien mantenga la fabricación de abanicos asociada al apellido. La industria se perpetuaba y aumentaba su dimensión. En 1884, el francés Du Closel describía el sector de esta manera:

«Unas catorce fábricas de abanicos hay en la actualidad en Valencia, y todas tienen en máquinas, prensas y litografías los útiles que revelan los adelantos modernos, descollando entre todas las del marqués de Colomina. Estas fábricas no dan solo a la Península sus abanicos, pues entonces no podrían vivir, sino que los mandan a los Estados Unidos, a las Antillas, a la América española, que hace un gran consumo, de tal modo que los abanicos con que se hacen aire las bellas é indolentes americanas tienen para ellas todavía el aire de la patria» 65.

Sí, tiendas comerciales en Valencia, Sevilla, Málaga o Madrid. Pero la vista puesta en la perla antillana.

La continuidad del sector abaniquero y el republicanismo

El apellido Colomina seguirá siendo relevante en el negocio abaniquero hasta bien entrado el siglo xx tanto por su fábrica valenciana 66 como por sus establecimientos comerciales en otras ciudades 67. En 1918, un reportaje periodístico citaba la fábrica de Luis Colomina como una de las más importantes de la ciudad junto a las de Ortells, Carbonell y Prior 68. El volumen de negocio de esta industria superaba los «diez millones de pesetas» 69.

Se había capeado una primera crisis inducida por la competencia del abanico barato japonés, que desde la década de 1870 le disputaba al valenciano el mercado interior español, así como el mercado colonial 70. A este propósito se produjo un interesante debate en el Congreso de los Diputados en la legislatura de 1892, cuando se volvió a dar protección a la industria abaniquera española. Desde 1869 el abanico español había quedado un tanto desprotegido frente al francés. Navarro Reverter y otros diputados valencianos pedían «reparar la injusticia». El diputado por Valencia Eduardo Atard Llobell, conservador, se fijó en las miles de familias que vivían, en industria domiciliaria y con escaso capital, del abanico. Y afirmó, rotundo, que la inmensa mayoría de los obreros abaniqueros, desde los que trabajaban en fábrica a los que lo hacían en sus humildes talleres domésticos, eran republicanos 71.

El apunte tiene un gran interés. Mientras Colomina y algún otro empresario abaniquero militaban en la democracia individualista, los obreros (jornaleros y domiciliarios) lo hacían en el bando demócrata socialista. Ambos se transformaban en republicanos federales al calor de las jornadas de 1868, 1869 y 1873. La irrupción de la Internacional modificó parcialmente la convivencia de estas dos almas republicanas. En enero de 1872, el periódico barcelonés La Federación acusó a Colomina de impedir a sus obreros la afiliación a la Organización Internacional de Trabajadores, en un momento en el que la Federación Valenciana de la AIT contaba con 1.570 afiliados, casi un centenar de ellos abaniqueros 72. Casi al mismo tiempo, Colomina se integraba en la Junta del Centro Hispano-Ultramarino de Valencia, contrario a las reformas en Cuba y Puerto Rico y en especial a la abolición de la esclavitud, que correligionarios suyos, como Sorní, defendían con énfasis. Colomina notó la contradicción y dimitió del cargo a finales de año, aunque no rehuyese otro gran grupo de presión local con más miembros conservadores que de ningún otro signo, la Liga de Propietarios.

Del mismo modo que los obreros de la seda, los célebres velluters, habían nutrido la primera democracia valenciana, sus sucesores, los abaniqueros, hacían lo propio con el republicanismo finisecular que iba a elevar la figura de Vicente Blasco Ibáñez y a un partido interclasista que ya había vivido el acercamiento del sector republicano popular al internacionalismo, aunque lograse conservarlo en su seno todavía durante un tiempo 73. De por medio se habían producido rupturas en el seno de la democracia que tuvieron mucho que ver con el origen social o la acumulación patrimonial de unos y otros. Y así, los dueños de los talleres abaniqueros siguieron con frecuencia el camino del conservadurismo. Tal cosa sucedió con los descendientes del marqués demócrata de Colomina: arrinconaron las veleidades del liberalismo democrático y recalaron en el conservadurismo restauracionista. La muerte del fundador de la saga en febrero de 1875, en el inicio de la Restauración, fue todo un síntoma del tránsito. El azar convertido en síntoma.

El diputado Atard no solo hablaba de los obreros de la fábrica de Colomina, sino de esas otras pujantes industrias que asumían ahora el liderazgo en Valencia y en su hinterland, aunque siguieran basándose en el trabajo domiciliario. Los obreros republicanos de la abaniquería no solo trabajaban para Colomina. La fábrica de José María Prior, que era por entonces la de mayor envergadura, había surgido junto a la de José Colomina y tenía gran importancia ya en la década de 1860. Trabajaba en varillajes, puños de paraguas y sombrillas: «En su fábrica entraba la madera en árbol de peral, manzano, sándalo, ébano, iris, chopo y salía el abanico confeccionado totalmente, con su montura y su decoración, por los pintores que tenía también a sus órdenes» 74. Estaba situada a las afueras de la ciudad y en 1897 tenía cerca de 300 obreros de ambos sexos «y los trabajos que en madera y hueso se realizan [...] alcanzan tal estado de perfección que no solo se provee de ellos la industria abaniquera de Valencia», sino que se exportaban en grandes cantidades a las fábricas abaniqueras de Francia, Italia y Austria 75. La fábrica de Prior —la razón social se denominaba Prior Sanchis y Cía.— se había convertido en lo que antaño fuese la fábrica de Colomina: la vanguardia fabril en la producción abaniquera valenciana. Además de abanicos, fabricaba peinetas y adornos de cabeza 76.

Existían otras dos fábricas de gran relevancia: la Casa Sans, fundada en 1866 por Alejandro Sans, cuyos abanicos, como los de la fábrica Colomina, tenían gran predicamento en Cuba, y la Casa Carbonell, fábrica comprada en 1864 por Arturo Carbonell y regentada a principios del siglo xx por Guillermo Carbonell Salvador. En estas fábricas, las innovaciones en materia de procedimientos para cortar maderas para el varillaje y para los pies y armazones de los abanicos eran continuas 77 y provocaban pleitos por usurpación de privilegios de invención o por defraudación industrial 78.

Junto a Valencia, la localidad de Aldaia había adquirido una extraordinaria relevancia. Aquí se confeccionaban los abanicos de precio más bajo elaborados con materiales corrientes. Debe tenerse en cuenta que la fabricación de abanicos tenía mucho de industria dispersa y de economía sumergida. En 1918 trabajaban 5.000 mujeres y hombres en las fábricas de Valencia, pero el ­cómputo de los trabajadores del abanico se elevaba a 20.000, la mayor parte de los cuales trabajaba en sus casas y en talleres auxiliares 79. Esta dispersión debió llevar a mediados del siglo xix la fabricación a Aldaia, pueblo que está a escasos nueve kilómetros de Valencia. En 1857 existían dieciocho talleres abaniqueros en Aldaia; cifra que se fue incrementando hasta llegar a los treinta y ocho en 1936, algunos de cierta dimensión (talleres de varillaje, de montaje y de pintura). En Alaquàs, Sedaví y Xirivella, localidades también muy cercanas a la ciudad de Valencia, surgían también a principios del siglo xx algunos talleres de varillaje 80. Así pues, con el apellido Colomina de por medio, la abaniquería seguía siendo en 1900 una industria española enclavada, casi en exclusiva, en Valencia y su área metropolitana.

Con el siglo xx llegaron nuevos problemas. La pérdida de las colonias de Cuba y Puerto Rico debió de vivirse con mucha ansiedad por parte de los abaniqueros, puesto que las dos islas eran grandes adquirentes de su producto. Sin embargo, no fue una pérdida dolosa para la industria: en 1875 existían, según la Matrícula Industrial de la ciudad, diecisiete fábricas de varillaje y veinticuatro de montaje, mientras que en 1905 las cifras casi se habían duplicado: cuarenta y cuatro fábricas de varillajes y treinta y cuatro de montaje 81. Peor fue la llegada de los competidores japoneses. En 1906, el rey Alfonso XIII visitó la ciudad y los industriales del gremio abaniquero le entregaron un documento solicitando mayor protección frente a la competencia. La Primera Guerra Mundial agravó la situación.

En 1914 los fabricantes abaniqueros de Valencia y Aldaia celebraron una gran asamblea en el Colegio del Arte Mayor de la Seda para tomar medidas ante la pujanza de los abanicos japoneses en el mercado mundial. Querían alterar el tratamiento arancelario del producto y remitieron al ministro de Hacienda una misiva en la que decían: «No comprendemos cómo ha podido dictarse esa disposición que, de prevalecer, sería la muerte de la industria abaniquera valenciana», puesto que el ministerio, en efecto, había tomado la decisión de abaratar la entrada de los abanicos japoneses chapeados en nácar 82. Era el peor momento, ya que la guerra mundial había aumentado el coste de las materias primas de fabricación y, por tanto, la capacidad competitiva de la industria valenciana se hallaba mermada. Por entonces, además de en la ciudad de Valencia y en Aldaia, había importantes fábricas en Alaquàs, Chirivella, Meliana, Godella y Quart de Poblet: «Parece ser que en cada una de ellas trabajan cerca de doscientas mujeres y unos ochocientos hombres y para la fabricación de abanicos se empleaban más de medio millón de kilos de madera» 83. El modus operandi seguía siendo el mismo, como se desprende de estas palabras escritas en 1917: «De estos obreros, una gran parte trabaja en sus propios domicilios y en pequeños talleres auxiliares, circunstancia que da idea de la extensión industrial lograda. Al perfeccionamiento del abanico contribuye la facilidad con que en la propia región se encuentran las clases de operarios precisos, lo mismo pehueros, es decir, los encargados de labrar la madera, que los maquetadores y pulimentadores [...]. Y no se concreta la industria a la intervención de estos operarios, porque a la fabricación contribuyen numerosas y diversas industrias, tales como la carpintería, el dorado, la papelería, la orfebrería, la pintura, el arte de los encajes y bordados y alguna más» 84.

Cuadro 2

Exportación de abanicos valencianos (en kilogramos)

País importador

1916

1917

Argentina

1.924

305

Cuba

4.529

4.127

Puerto Rico

707

137

Inglaterra

341

400

Uruguay

1.157

878

Estados Unidos

124

0

Brasil

0

78

Marruecos

36

0

Total

8.817

5.925

Fuente: Memoria sobre el estado de los negocios y el movimiento comercial e industrial de la provincia en..., Cámara Oficial de Comercio, Industria y Navegación de Valencia, 1916 y 1917.

La guerra también era un mazazo, puesto que antes de la contienda, países como Francia, Alemania, Italia, Austria o Suiza eran buenos clientes y las cantidades exportadas a Inglaterra o países sudamericanos eran más lustrosas. Con todo, en 1918 un buen observador explicaba que la industria abaniquera estaba ante un nuevo renacimiento. De hecho, las exportaciones superaban los dos millones de pesetas, cifra que podía compararse con las del vino y que era superior a las del arroz (aunque quedara lejos de las cantidades producidas por la exportación de cebolla, naranja, frutas y hortalizas). El renacimiento se basaba en dos cosas: por un lado, en la fabricación de un extraordinario catálogo de abanicos con precios muy diversos, desde los cinco céntimos a las 5.000 pesetas y, por ende, con gran capacidad de segmentación del mercado, y, por otro, en la presencia de nuevos artistas pintores dispuestos a no centrarse de forma monotemática en el diseño costumbrista y, por tanto, a incorporar a su paleta los nuevos gustos que las culturas del modernismo imponían. Los fabricantes valencianos estaban asociados. Su lobby, al que pertenecían las empresas de Barber y Lorca, Clapés y Cía., Vicente Sánchez Mañez, J. Prior Sanchis y Cía., Arturo Carbonell, Ramón Cabrelles, Juan Llorens hijo, Sebastián Montesinos, J. Garriga Moner, José Oltra, Rogelio Suárez, Viuda de Joaquín Fortea, Francisco Campos, Bartolomé Tarín, Ricardo Badenes, Vicente Albiñana, Vicente Aparisi y José M. Montalt, intentaba presionar al Gobierno para conseguir protección frente a la competencia japonesa, pero también se dedicaban a financiar proyectos de elaboración de abanicos de nuevo modelo para renovar un producto tan vinculado a la moda.

En 1931 seguían operativas treinta fábricas en Valencia y veinticinco en Aldaia, aunque en la guía que nos sirve de fuente no aparecen como tales, sino como ebanisterías y, sobre todo, como serrerías mecánicas. Probablemente los talleres de Aldaia estaban especializándose en la confección del varillaje y los de Valencia en el montaje.

Coda

Concentrar la mirada de la historia empresarial española solo en los grandes empresarios de renombre 85 es tanto como velar la parte más relevante del impulso industrializador que comienza en las décadas de 1830-1840 y se acelera, establecida la seguridad jurídica que ampara la propiedad privada, el fin de la agremiación, la libertad industrial y la libertad de contratación, en las décadas de 1850 y 1860. Buena parte del proceso de industrialización surgió de una base artesanal y fue protagonizado por pequeños inversores que, como José Colomina, poseían más habilidades que patrimonio.

Se ha dicho que la burguesía valenciana del ochocientos supone una ruptura de la elite dieciochesca y, además, tiene un importante componente foráneo 86. José Colomina certifica ambas cosas. Provenía de familia humilde, poseía conocimientos en el arte litográfico y poco había tenido que ver con Valencia hasta su llegada a principios de la década de 1830. Representa a la burguesía que se hizo con la revolución, esto es, con las nuevas posibilidades abiertas por la revolución jurídica llevada a cabo en España entre 1834 y 1843. Cuando Colomina llegó a Valencia, y precisamente por no tener arraigo en la ciudad, debió resultarle relativamente fácil romper los lazos que la manufactura abaniquera dieciochesca pudiera haber creado entre maestros, oficiales y aprendices. De esa manera pudo establecer un taller que fue litográfico en primer lugar, que fue abaniquero a continuación y que acabó convirtiéndose en fábrica de todo tipo de complementos para el vestir. La moda romántica construyó una gran demanda de abanicos, bastones y paraguas en toda Europa y en América 87. El crecimiento de la industria abaniquera española, casi toda ella concentrada en Valencia y su hinterland, debe leerse en clave de mercado interior y, más aún, de exportación a Europa y a las colonias antillanas.

La industria abaniquera valenciana triunfó casi por lo mismo que decayó la sedera y en paralelo. El sistema de producción domiciliario en el montaje de abanicos le dio a la industria abaniquera una gran versatilidad para ajustarse a las demandas del mercado. La industria abaniquera aprovechó el poso de conocimientos atesorados por los velluters, fabricantes de los tejidos de seda, a la hora de confeccionar las telas para el país, pero sobre todo aprovechó la experiencia organizativa que vinculaba a grandes fábricas y pequeños talleres. Con una gran diferencia: la enfermedad de la pebrina, que afectó a mediados del siglo xix al gusano de seda, podía romper la cadena de abastecimiento de la sedería, pero el transporte fluvial y ferroviario de maderas, el hecho de que los bosques donde se talaban los árboles hubiesen sido o estuviesen en trance de ser ­desamortizados, los grandes aserraderos existentes en la ciudad extramuros y, en último término, el puerto de Valencia garantizaron la provisión de materia prima para la abaniquería.

Tras la pérdida de Cuba (1898), el mercado europeo (Italia, Suiza, Inglaterra, Alemania o la mismísima Francia) pasó a convertirse en el principal foco de la demanda. No siempre se exportaban abanicos acabados; también se llevaban a las fábricas francesas varillajes labrados destinados a los abanicos de lujo y fantasía de las fábricas de París, sustituyendo así un comercio que tradicionalmente se había realizado entre el departamento del Oise y la capital francesa 88. Cuba, pero también Puerto Rico, Argentina, Uruguay y en ocasiones Estados Unidos o Brasil siguieron comprando abanicos en el primer tercio del siglo xx. En la coyuntura de la Gran Guerra fueron destinos mercantiles muy importantes para que no se produjese el colapso de la industria valenciana. El mantenimiento de un mercado exterior permitió la subsistencia de la industria abaniquera y de complementos del vestir, si bien hizo mella en ella la competencia japonesa y, por supuesto, la Guerra Civil de 1936-1939.

José Colomina no olvidó sus orígenes sociales y participó en el movimiento demócrata seducido por los principios liberales de igualdad jurídica. Un movimiento político alejado de lo que se ha dado en llamar «partidos de notables», puesto que la mayor parte de su elite estaba conformada por pequeña burguesía y defendía una amplia movilización social y política a través de la reivindicación del sufragio universal. Colomina representa bien el componente individualista del Partido Demócrata español. En las décadas de los sesenta y los setenta la democracia republicana tuvo dos almas que debatieron, pero que habitualmente no se separaron. Hubo, no obstante, un momento de extremada tensión, de alejamiento. Y la industria de Colomina lo representó. Fue cuando las contradicciones entre capital y trabajo se dieron entre republicanos federales. Entonces algunos obreros federalistas vieron en la AIT una mejor forma de defender sus posiciones. La AIT se instaló en la fábrica de Colomina, a pesar de los esfuerzos del patrón por impedirlo.

Los sucesores de Colomina al frente de la industria y el comercio de abanicos rompieron con la tradición del fundador. Ellos también notaron la contradicción entre sus capitales, los obreros de sus fábricas y los centenares de obreros —hombres, mujeres y niños— domiciliarios, y la resolvieron vinculándose al conservadurismo político.


1 Rosa María Jordá Borrell: La industria abaniquera en el desarrollo del área metropolitana de Valencia, Valencia, Universidad de Valencia, 1986.

2 Sobre la sedería valenciana véanse Vicente M. Santos Isern: Cara y cruz de la sedería valenciana (siglos xviii-xix), Valencia, Institució Alfons el Magnàim-Diputació Provincial de València, 1981; Ricard Franch Benavent: La sedería valenciana y el reformismo borbónico, Valencia, Institució Alfons el Magnànim, 2000; Fernando Díez: «La crisis gremial y los problemas de la sedería valenciana (siglos xviii-xix)», Revista Historia Económica, año X, 1 (1992), pp. 39-61, y Francesc A. Martínez Gallego: Desarrollo y crecimiento. La industrialización valenciana, 1834-1914, Valencia, Conselleria d’Indústria, Comerç i Turisme, 1995.

3 Sobre el arraigo de la democracia y el republicanismo en el País Valenciano, y en especial en la ciudad de Valencia, véanse Enric Sebastià: La revolución burguesa, vol. 2, Valencia, Fundación Instituto de Historia Social, pp. 171-210; Enric Sebastià y José Antonio Piqueras: Pervivencias feudales y revolución democrática, Valencia, Institució Alfons el Magnànim, 1987; íd.: Agiotistas, negreros y partisanos. Dialéctica social en vísperas de la revolución Gloriosa, Valencia, Institució Alfons el Magnànim, 1991, pp. 82-95 y 110-143, y Florencia Peyrou: Tribunos del pueblo. Demócratas y republicanos durante el reinado de Isabel II, Madrid, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2008.

4 Guía Valencia y su región, Valencia, Comité Ejecutivo de la Exposición Regional Valenciana, 1909, p. 53.

5 La Ilustración Española y Americana, 30 de octubre de 1881, y Juan Reig Flores: La industria abaniquera en Valencia, Valladolid, Maxtor, 2008 (facsímil de la edición de 1881).

6 Industria e invenciones, 27 de octubre de 1900, pp. 135-136, y 17 de noviembre de 1900, pp. 157-158.

7 Ibid. (la cursiva es nuestra).

8 Ibid.

9 El Mercantil Valenciano, 24 de febrero de 1875; «Excelentísimo Sr. D. José Colomina y Arqués, marqués de Colomina, caballero Gran Cruz de Beneficencia y de las de Isabel la Católica y Santa Rosa, cónsul de la República de Nicaragua, individuo de la Sociedad de Amigos del País de Valencia, del comercio de la misma...», El Imparcial, 26 de febrero de 1875, y Las Provincias, 25 de febrero de 1875, destacaba que a partir de una modesta industria de abanicos hubiese convertido a Valencia «en el mercado de donde se surten todas las naciones de Europa y América». Véase también Miguel Ángel Catalá: «El monumento funerario dedicado al marqués de Colomina. Memorial de la obra del industrial que supo prestigiar el nombre de Valencia», en El abanico español. La colección del marqués de Colomina, Madrid, Ministerio de Cultura-Fundación Caixa Galicia, 2008, pp. 22-29.

10 James Schmiechen: Sweated Industries (Working Class in European History), Illinois, University of Illinois Press, 1984, y Raphael Samuel: «Workshop of the World: Steam Powerand Hand Technology in Mid-Victorian Britain», History Workshop Journal. 3, 1 (1977), pp. 6-72.

11 Uno de estos censos, de 1861, en Archivo de la Diputación de Valencia (en adelante, ADV), Fomento, Industria y Comercio, caja 58, expediente 1.499.

12 Juan Piqueras y Carmen Sanchis: «La conducció fluvial de fusta a València (segles xiii-xx)», Cuaderns de Geografía, 69-70 (2001), pp. 195-214, y Joaquín Navarro: «Transportes fluviales», Revista Forestal, Económica y Agrícola, 5 (1872), pp. 86-93 y 113-124.

13 Vicent Ferrer: «Fusta transportada pels rius Xúquer i Túria als anys 1840-1860», en Vicent Ribes (ed.): La industrialització de la zona de Xàtiva en el context valencià, Xàtiva, Ajuntament de Xàtiva, 1994, pp. 267-280; Francesc A. Martínez Gallego: Desarrollo y crecimiento..., y Juan Piqueras y Carmen Sanchis: «El transporte fluvial de madera en España. Geografía histórica», Cuadernos de Geografía, 69-70 (2001), pp. 127-162.

14 José Antonio Parejo Barranco: «Andalucía en la industrialización de las regiones españolas (finales del siglo xviii-finales del siglo xx)», en Manuel González de Molina y José A. Parejo (eds.): La historia de Andalucía a debate, vol. III, Industrialización y desindustrialización de Andalucía, Barcelona, Anthropos-Diputación de Granada, 2004, pp. 37-58, y Albert Carreras y Xavier Tafunell: Estadísticas históricas de España (siglos xix-xx), vol. I, Madrid. Fundación BBVA, 2005.

15 José A. Parejo Barranco: «De la región a la ciudad. Hacia un nuevo enfoque de la historia industrial española contemporánea», Revista de Historia Industrial, 30 (2006), pp. 53-101.

16 Sobre esta otra industrialización véanse Francesc A. Martínez Gallego: Desarrollo y crecimiento..., y Ernest Reig: «Historia breve de la industria valenciana», en Dos siglos de industrialización en la Comunidad Valenciana, Valencia, Colegio Oficial de Ingenieros Superiores Industriales de la Comunidad Valenciana, 2007, pp. 27-63. Son fundamentales los trabajos contenidos en Jordi Nadal y Jordi Catalán (coords.): La cara oculta de la industrialización española, Madrid, Alianza Editorial, 1994. Un ejemplo del paso de la sedería a otra industria textil, en este caso algodonera, en Llorenç Ferrer i Alós: Pagesos, rabasaires i industrials a la Catalunya central (segles xvii-xix), Barcelona, Publicacions de l’Abadia de Montserrat, 1987, pp. 372-394.

17 El abanico español. La colección del marqués de Colomina, Madrid, Ministerio de Cultura-Fundación Caixa Galicia, 2008, pp. 186-197.

18 María Teresa Ruiz Alcón: «Abanicos», en Antonio Bonet Correa (coord.): Historia de las artes aplicadas e industriales en España, Madrid, Cátedra, 1994.

19 José María Ferrer: Visión romántica de Madrid en los relatos y estampas de los viajeros extranjeros del siglo xix, Madrid, Viajes Ilustrados, 1997.

20 El Mercantil Valenciano, 23 de febrero de 1875. Otras fuentes indican que nació en la localidad de Xixona (Alicante). Hasta el segundo apellido ha creado confusión: hay quien lo escribe Arques, otros Arqués —así en el decreto de 13 de agosto de 1872 que lo hizo marqués y en el archivo del Senado— y hasta Arquer.

21 «Informe del Conde de Zanoni, en nombre de la Junta Particular de Comercio y Agricultura, sobre la petición de D. Romualdo Morera solicitando privilegio exclusivo por diez años a favor de su fábrica de abanicos», Archivo de la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Valencia, caja 25, leg. II, sig. 6.

22 «Memorial de Josef Erams y Nicolau, fabricante de abanicos, solicitando el título de socio de mérito. Informes sobre los merecimientos», Archivo de la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Valencia, caja 27, leg. III, sig. 1. El apellido Erams aparecerá más tarde, en otros documentos, como Herans.

23 Isabel Montejano Montero: «Una historia airosa: la del abanico», Hoja del Lunes. Asociación de la Prensa de Valencia, 21 de agosto de 1967.

24 ABC, 13 de julio de 1935.

25 Amelia Montiel Bueno y Alfonso Simón Montiel: «La familia Mitjana», Péndulo: revista de ingeniería y humanidades, 20 (2009), pp. 60-75.

26 Los trabajos de Francisco Mitjana sobre la litografía y la cromolitografía en Boletín de la Sociedad Económica de Amigos del País de Málaga, año 1, 2 (28 de febrero de 1861); año 1, 5 (31 de mayo de 1861), y año 1, 8 (31 de agosto de 1861). Véase también Alfonso Simón Montiel: Los orígenes del diseño gráfico en Málaga (1820-1931). Nacimiento y evolución de una herramienta de comunicación social, tesis doctoral, Universidad de Málaga, 2007.

27 Joaquín Azagra Ros: Propiedad inmueble y crecimiento urbano: Valencia, 1800-1931, Madrid, Síntesis, 1993, p. 72.

28 ADV, Fomento, Industria y Comercio, caja 18, expediente 1.499.

29 Joaquín Ezquerra del Bayo: Exposición de «El Abanico en España». Catálogo General Ilustrado, Madrid, Imprenta Blass y Compañía, 1920, p. 41.

30 La Presse (París), 6 de octubre de 1839 (supplément).

31 ABC (Madrid), 13 de julio de 1935.

32 En el Annuaire-almanach du commerce, de l’industrie, de la magistrature et de l’administration pour 1846, París, Firmin Didot et Bottin réunis, 1846, aparecen muchos fabricantes parisinos que exportan abanicos (bien pueden ser solo varillajes) a España o a las Antillas: Aubin Fils, Devieux, Dupont, Mme. Dupré, Lebrun et Heimburger, Leroux et Cie., Tixier y Vagneur-Dupré.

33 Junto a los once abaniqueros citados, protestaron también seis grabadores y dibujantes, diecinueve fabricantes de varillaje y diez pintores y estampadores en litografía. Esto es, todos los implicados en la fabricación del abanico. Véase ADV, Fomento, Industria y Comercio, caja 17, exp. 407 bis.

34 Joaquín Ezquerra del Bayo: Exposición de «El Abanico en España»..., p. 42.

35 El Fénix (Valencia), 10 de diciembre de 1846.

36 Ibid., p. 43.

37 Annuaire-almanach du commerce, de l’industrie, de la magistrature et de l’administration: ou almanach des 500.000 adresses de Paris, des départements et des pays étrangers, París, Firmin Didot et Bottin réunis, 1857-1908.

38 En 1856 pagaba 1.515 reales. De los 5.113 industriales locales solo 358 pagaban por encima de los 1.000 reales. Toda la información fiscal ha sido extraída de la Matrícula industrial y de comercio de Valencia, Valencia, 1856, disponible en el Archivo Municipal de Valencia, Registro de comerciantes, 1829-1880, caja 137.

39 Vicente Gómez Zarzuela: Guía oficial del comercio y de la industria de Sevilla y su provincia, Sevilla, La Andalucía, 1865. José Colomina recibirá indemnización cuando se efectuaron obras en la Puerta del Sol de Madrid. Véase El Clamor Público (Madrid), 25 de febrero de 1858.

40 Archivo del Ministerio de Asuntos Exteriores (París), Correspondance Commerciale et Consulaire. Valence, vol. 7, fols. 390-398.

41 Boletín de la Sociedad Económica de Amigos del País de Málaga, año 3, 31-32 (julio y agosto de 1863), pp. 118-119.

42 La Correspondencia de España (Madrid), 17 de julio de 1866.

43 Diario Mercantil de Valencia, 17 de julio de 1866 y 19 de agosto de 1870.

44 ABC (Madrid), 13 de julio de 1935.

45 Por ejemplo, El Valenciano, 20 de junio de 1858.

46 Francisco José Rodríguez Marín: «Rafael Mitjana y Ardison. Arquitecto malagueño (1795-1849)», Baetica. Estudios de Arte, Geografía e Historia, 28 (2006), pp. 109-144.

47 Antonio Laguna: El movimiento republicano federal valenciano, 1868-1874, tesis doctoral, Universidad de Valencia, 1986, p. 31.

48 Diario Mercantil de Valencia, 24 de octubre de 1865.

49 Francesc A. Martínez Gallego: Conservar progresando: la Unión Liberal (1856-1868), Valencia, Fundación Instituto de Historia Social, 2001.

50 Francesc A. Martínez Gallego: «El trabajador de oficio y la democracia: el debate entre individualismo y socialismo en el Partido Demócrata Español (1860-1864)», en Vicent Sanz (ed.): En el nombre del oficio. El trabajador especializado: corporativismo, adaptación y protesta, Madrid, Biblioteca Nueva, 2005, pp. 173-200.

51 Véase Florencia Peyrou: «Los republicanos españoles y los otros. Impacto e influencia de los modelos republicanos foráneos, 1840-1874», Revista de Estudios Políticos, 175 (2017), pp. 331-356. Sobre las culturas discursivas del republicanismo isabelino véase Román Miguel González: La pasión revolucionaria. Culturas políticas republicanas y movilización popular en la España del siglo xix, Madrid, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2007, y Florencia Peyrou: Los tribunos del pueblo. Demócratas y republicanas en el periodo isabelino. Organización, discurso y práctica política, Madrid, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2008.

52 Francesc A. Martínez Gallego y Rafael Ruzafa: «Los socorros mutuos y la cooperación en la España del siglo xix: actitudes de los poderes públicos y soluciones populares», en Santiago Castillo y Rafael Ruzafa (coords.): La previsión social en la historia, Madrid, Siglo XXI, 2009, pp. 101-135.

53 Archivo del Senado, «José Colomina y Arqués. Marqués de Colomina», disponible en http://www.senado.es/web/conocersenado/senadohistoria/­senado18341923/senadores/fichasenador/index.html?id1=745.

54 «Supónese que el siniestro ha sido intencionado, pues entre otros indicios parece que hay el de haber encontrado un haz de leña a medio quemar» (despacho de agencia), La Correspondencia de España (Madrid), 19 de agosto de 1870, y Diario Oficial de Avisos de Madrid, 21 de agosto de 1870.

55 «A pesar de las grandes pérdidas sufridas por el Sr. Colomina en el incendio de su fábrica de abanicos y paraguas, pues no se valúan en menos de 60.000 duros, tenemos entendido que se propone dentro de breves días emprender los trabajos para la construcción de otra nueva fábrica sobre los restos de la destruida por el fuego», La Nación (Madrid), 26 de agosto de 1870.

56 El Pensamiento Español, 3 de junio de 1871.

57 Archivo del Reino de Valencia, «Protocolos Notariales de Timoteo Liern», escritura de 9 de diciembre de 1861.

58 ADV, Fomento, Industria y Comercio, caja 58, expediente 1.495.

59 ADV, Fomento, Industria y Comercio, caja 68, expediente 1.766.

60 ADV, Fomento, Industria y Comercio, caja 77, expediente 2.036.

61 Valencia. Literatura, Arte, Actualidades, 13 de junio de 1909 y 4 de julio de 1909.

62 Annuaire des banquiers et agents de change de la France et des principales villes de l’étranger, Bordeaux, Librerie Centrale, 1872, p. 187.

63 Anaclet Pons y Justo Serna: La ciudad extensa. La burguesía comercial-financiera en la Valencia de mediados del xix, Valencia, Diputación de Valencia, 1992, p. 298.

64 Francesc A. Martínez Gallego: Desarrollo y crecimiento..., p. 162.

65 El Día (Madrid), 29 de noviembre de 1894.

66 Baldomero Cerdá Richart: Anuario guía comercial e industrial de Valencia y su provincia del año 1931, Alicante, Consultor Mercantil, 1931, p. 312, y Anuario regional descriptivo, informativo y seleccionado de la industria, comercio, agricultura, profesiones, arte y turismo de Levante, Madrid, Anuarios Regionales de España, 1931, pp. 187-188.

67 El Renacimiento (Cádiz), 28 de julio de 1897.

68 Eduard Martínez-Sabater: «L’art del palmito», D’ací, D’allà (Barcelona), 10 de septiembre de 1918.

69 ABC (Madrid), 13 de julio de 1935.

70 Rosa María Jordá Borrell: La industria abaniquera..., p. 132.

71 Diario de Sesiones de Cortes. Congreso de los Diputados, Sesión de 22 de enero de 1892, pp. 3392-3398.

72 José Antonio Piqueras Arenas: La revolución democrática (1868-1874). Cuestión social, colonialismo y grupos de presión, Madrid, Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, 1992, p. 428.

73 Ramir Reig: Obrers i ciutadans. Blasquisme i movimento obrer: València, 1898-1906, Valencia, Institució Alfons el Magnànim, 1982.

74 J. Guillot Carratalá: «El abanico español y sus maestros», Sevilla. Diario de la tarde, 7 de septiembre de 1959, p. 4.

75 Archivo de la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Valencia, caja 271, leg. XVIII, sig. 2.

76 Según su publicidad, El Amigo. Revista Quincenal Ilustrada (Madrid), 15 de marzo de 1918, y La Esfera (Madrid), 1 de julio de 1918.

77 Un ejemplo: la patente solicitada y concedida de Salvador Bonell y Martínez por un nuevo procedimiento para la fabricación de abanicos, presentada en Valencia el 17 de enero de 1899, en Industria e Invenciones, 22 de abril de 1988, p. 156.

78 Industria e Invenciones, 17 de abril de 1886, p. 187.

79 D’ací, D’allà (Barcelona), 10 de septiembre de 1918.

80 Rosa María Jordá Borrell: La industria abaniquera..., p. 131.

81 Carmen Rodrigo Zaragoza: «La industria abaniquera en Valencia, 1900-1936», en Javier Pérez Rojas (dir.): Un país de abanicos. La colección Mediterranée, Madrid, Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, 2003, pp. 90-102.

82 Las Provincias, 6 de julio de 1914.

83 I. Montejano Montero: «Una historia airosa: la del abanico», Hoja del Lunes. Asociación de la Prensa de Valencia, 21 de agosto de 1967.

84 La Esfera (Madrid), 14 de julio de 1917.

85 Mercedes Cabrera y Fernando del Rey: El poder de los empresarios. Política y economía en la España contemporánea (1875-2000), Madrid, Taurus, 2002.

86 Anaclet Pons y Justo Serna: Los triunfos del burgués. Estampas valencianas del ochocientos, Valencia, Tirant lo Blanch, 2012, p. 85.

87 Jesús Cruz Valenciano: El surgimiento de la cultura burguesa. Personas, hogares y ciudades en la España del siglo xix, Madrid, Siglo XXI, 2014.

88 Véase el artículo «Descripción del Departamento de l’Oise por su prefecto el ciudadano Cambry», en Mercurio de España, t. II, Madrid, Imprenta Real, 1804, pp. 49-56.