Ayer 134 (2) 2024: 195-218
Marcial Pons Ediciones de Historia
Asociación de Historia Contemporánea
Madrid, 2023
ISSN: 1134-2277
DOI: 10.55509/ayer/2078
© José Luis Agudín Menéndez
Recibido: 12-03-2020 | Aceptado: 13-11-2022 | Publicado on-line: 08-01-2024
Editado bajo licencia CC Attribution-NoDerivatives 4.0 License
Un andaluz para un milagro. La construcción del liderazgo de Manuel Fal Conde en la prensa carlista durante la Segunda República
José Luis Agudín Menéndez
Universidad de Oviedo
jlagudin@hotmail.com
Resumen: Este artículo se centra en cómo la prensa carlista catapultó al liderazgo de la Comunión Tradicionalista Carlista a Manuel Fal Conde. Su intensa labor propagandístico-asociativa desde Andalucía mereció un seguimiento en las páginas de los rotativos que integraban la red de prensa que se tejió en torno a El Siglo Futuro. No se puede perder de vista igualmente acontecimientos como los arrestos a los que fue sometido el dirigente andaluz en el marco de la Sanjurjada o la celebración de eventos como el de Fuente Quintillo, que marcarían la futura deriva movilizadora del carlismo poco antes de la Guerra Civil.
Palabras clave: Manuel Fal Conde, liderazgos, carlismo, prensa tradicionalista, Segunda República.
Abstract: This article focuses on how the Carlist press catapulted Manuel Fal Conde to the leadership of the Traditionalist Carlist Communion. His intense propagandistic and associative work from Andalusia gained a following in the pages of newspapers that made up a network of diverse organs centred around El Siglo Futuro. The article analyses key occurrences such as the arrests to which the Andalusian leader was subjected in the framework of the Sanjurjada or the celebration of events such as that of Fuente Quintillo. These set the stage for the future mobilizing potential of Carlism shortly before the Civil War.
Keywords: Manuel Fal Conde, leaderships, Carlism, Traditionalist Press, Second Republic.
Mediado el año 1934 se consumó un cambio en la dirección del movimiento político tradicionalista por medio del nombramiento de Manuel Fal Conde como secretario general de la Comunión. Definir a Manuel Fal Conde (1894-1975) como un ídolo de barro merece al menos alguna que otra consideración por nuestra parte. Aquel abogado andaluz de orígenes acomodados, leal a sus principios y poco deseoso del ejercicio del poder 1, una vez embriagado de las mieles del éxito al frente de una compleja dirección política, fue protagonizando severas actitudes despóticas 2. Estas se evidenciaron sobre todo en las exigencias planteadas en sus múltiples encuentros con el General Emilio Mola en los prolegómenos del 18 de julio de 1936. Pero la pregunta fundamental sería por qué Manuel Fal Conde fue un ídolo de barro. Al igual que le ocurrió al rey-pretendiente desde el exilio 3, Fal Conde no pudo concitar el apoyo del requeté navarro al iniciarse la sublevación militar del 18 de julio 4. Se trataba del primer acto de un melodrama, cuyo final no sería otro que el principio del fin del espléndido edificio propagandístico y organizativo que tanto esfuerzo había supuesto para el falcondismo 5. No obstante, Fal Conde se fraguó una aureola que llegaba a eclipsar, sin quererlo naturalmente, al propio rey-pretendiente Alfonso Carlos I. Dicha aureola fue aceptada en las bases del movimiento, que reclamaban un giro trascendental en la política con un sentido militante e independiente de cualquier organización política proalfonsina. En la época objeto de análisis, tampoco Fal Conde logró imponer su criterio frente a los Rodezno, Arellano o Lamamié de Clairac, más proclives al entendimiento con los alfonsinos en el marco del Bloque Nacional. Estos dos aspectos fueron los principales talones de Aquiles en los inicios de la larga jefatura de Manuel Fal Conde. No estaría solo en su particular defensa de la independencia de la personalidad de la Comunión, ya que El Siglo Futuro se convirtió en el mejor espejo de su política y compartiría no pocos de los presupuestos ideológicos que ayudaba sin duda a difundir. El Siglo Futuro desde el año 1930 contribuyó a fabricar, sin pretenderlo, quizás en un primer momento, la figura de Manuel Fal Conde. Su nombre podría significar nada o más bien poco para un asiduo lector siglofuturista del extrarradio andaluz, pero, a medida que se sucedieron los acontecimientos, se fue labrando un prestigio y admiración indiscutibles. El proceso es bien conocido en las investigaciones, aunque sin duda estas no han incidido suficientemente en los mecanismos que acompañaron la idealización del líder catapultado por El Siglo Futuro 6.
Fal Conde es todavía a día de hoy una personalidad que genera controversia por la mística que envuelve su aún desconocida trayectoria. Y es que se dispone de un caudal importante de hagiografías y sólidos acercamientos parciales que tenían más bien otros fines. Quien más recientemente se ha ocupado del personaje histórico, desde una posición bastante privilegiada y altura de miras por su sólido conocimiento teorizador, es Javier Ugarte 7. Las hagiografías de Fal Conde no empezaron a aparecer inmediatamente después de su muerte, sino ya en tiempos republicanos, siendo de los pocos jerarcas tradicionalistas que en vida mereció tal honor y como muestra genuina, tal vez, de la respetabilidad de que gozó. Fueron sus discípulos y correligionarios Guillermo Poole y Joaquín Valdés quienes en 1935 lanzaron una larga e ilustrada biografía que abarcaba desde sus orígenes hasta su nombramiento como secretario general de la Comunión. Fue a partir de su muerte cuando vieron la luz hagiografías impresas por la Editorial Católica sevillana, que pertenecía a la familia Fal. De hecho, en 1975 parte del panfleto de Poole y Valdés se incorporó a una nueva reimpresión, exonerada del prólogo del conde de Rodezno 8. Pocos años después de su muerte, Ana Marín Fidalgo y Manuel M. Burgueño publicaron una biografía que completaba los aspectos no tocados por Poole y Valdés, poco provechosa en el instante político en el que se divulgó 9. En esa misma línea y al calor del centenario del nacimiento del onubense, la revista Aportes, catorce años después de la segunda edición del In Memoriam del dúo Marín-M. Burgueño, dedicó el dosier del número 27 íntegramente a la figura de Fal Conde, en la fase de la Guerra Civil 10.
Cuatro años después aparecía una biografía documentada y firmada por un nieto del farmacéutico e integrista gaditano Lucio Bascuñana, carente de análisis y muy dependiente de las obras de Melchor Ferrer, los generales Luis Redondo y Juan de Zavala y los historiadores Juan Manuel de la Torre Cuesta y Leandro Álvarez Rey. Al decir de Javier Ugarte, la obra de Ricardo Martínez de Salazar y Bascuñana es muy poco fiable 11. Más serias sin duda fueron las aportaciones que, tras el británico Martin Blinkhorn, firmaron otros autores ocupándose de la faceta organizativa y la fama labrada en las calles sevillanas: Leandro Álvarez Rey, Eduardo González Calleja y, más recientemente desde una perspectiva genuinamente religiosa, Antonio Manuel Moral Roncal. De tal manera que todos ellos perfeccionaron el conocimiento de la política falcondista, sin que agotasen totalmente las posibilidades de un sobrio acercamiento biográfico 12. Y es que su semblanza es muy necesaria habida cuenta del excelente momento por el que pasa la escritura de las biografías históricas.
La etapa republicana de Fal Conde es prácticamente la más conocida entre los historiadores, pero no se puede decir lo mismo de los años anteriores —por la ausencia de fuentes— ni mucho menos de los posteriores, que han sido tratados de un modo genérico para estudiar la Comunión y su cultura política, esbozados entre otros por Mercedes Vázquez de Prada, Javier Caspistegui o Manuel Martorell. No es nuestro objetivo realizar una biografía en profundidad de Manuel Fal, de la que se ofrecerá un esbozo a continuación; pero no se quiere pasar por alto la decisiva contribución que tuvo la prensa carlista en la progresiva edificación de su liderazgo, cimentado no solo por su actividad organizativa y proselitista, sino por actos de exhibición muscular del tradicionalismo andaluz como el de Fuente Quintillo, acaecido el domingo 15 de abril de 1934. El análisis se apoyará en la lectura del diario El Siglo Futuro, principal implicado en su promoción, y circunstancialmente de otros periódicos de la red de prensa tradicionalista, así como en la documentación procedente del rico Fondo Personal de Fal Conde conservado en el Archivo General de la Universidad de Navarra.
Manuel Fal Conde, de orígenes asturianos, nació en Higuera de la Sierra (Huelva) en 1894 13. Ciertamente no nació en una familia de raigambre tradicionalista, como sí ocurrió con el marqués de Cerralbo. Según Melchor Ferrer, su acción política tradicionalista brotó de su amistad con los jesuitas del Colegio Villasís, en el que fue docente de historia, lo que le permitió conocer de primera mano las desavenencias entre integristas y legitimistas. Su formación académica se inició en el Colegio de los Jesuitas de Villafranca de los Barros (Badajoz) y poco después se licenció en Derecho en la Universidad de Sevilla. Allí fue «el alumno predilecto» del catedrático carlista sevillano de Historia y Derecho Procesal Manuel Sánchez de Castro, uno de los iniciadores de la Liga Católica sevillana 14. Fue durante sus años en el Colegio de los Jesuitas, se entiende, cuando pudo escuchar por primera vez al que con el tiempo sería no solo su principal mentor ideológico, sino también su amigo y valedor: el director de El Siglo Futuro, Manuel Senante 15. Completó sus estudios en Madrid, con la defensa de una tesis doctoral presentada en 1919 en la Universidad Central 16. Más tarde se asentó en Sevilla, formando parte de un bufete de abogados y fundando el suyo propio a los pocos años, al tiempo que alternaba con su magisterio en Derecho Procesal en la Universidad de Sevilla 17.
Su militancia en el Partido Integrista se inició en 1930 y apenas constan datos que confirmen su colaboración con la dictadura de Primo de Rivera, como constató Leandro Álvarez Rey. El propio Fal confesó a Josep Carles Clemente que no podría considerársele un integrista pleno por haber encabezado desde un principio las dos facciones de cierto renombre contrarrevolucionario: «integrista-carlista o, más claro, carlista íntegro» 18. Fue a partir de entonces cuando su nombre comenzó a significarse en El Siglo Futuro gracias a las noticias que se publicaban en relación con las labores que desarrollaba el grupo sevillano que dirigía. Pese a los pocos estímulos que le transmitió en la correspondencia el propietario de El Siglo Futuro, Juan de Olazábal, el onubense no perdería toda esperanza 19. También su nombre o el variado repertorio de pseudónimos de los que hacía uso en El Observador y El Siglo Futuro ofrecen bastantes pistas sobre su contribución. Tal vez Fal Conde hubiese participado en las discusiones periodísticas que las páginas del rotativo madrileño albergaron en 1930, camuflando su identidad tras el pseudónimo como tantos otros jóvenes integristas del país hicieron. Su firma aparecía siempre asociada al cultivo de iniciativas que ayudaban a dinamizar la expansión económica de El Siglo Futuro y a festejar la cultura política integrista y la ulterior tradicionalista. Su pluma, al decir de sus discípulos, no era solo ágil, sino fértil, llegando a publicar en ocasiones cuatro artículos semanales en El Observador 20. Fue el hombre orquesta de este semanario, recogiendo la semilla periodística que el precursor Lucio Bascuñana sembró en Cádiz para luego trasladarla a Sevilla 21. Sus artículos trataron muy diversas temáticas y la influencia de El Siglo Futuro es palpable.
Leandro Álvarez Rey ha sido quien mejor ha desmentido la participación del onubense en actos de significación como fue el celebrado el 3 de enero de 1932 en el Frontón pamplonés Euskal Jai, lugar de la escenificación del retorno de las ramas tradicionalistas al tronco común 22. Más que la presencia física del leader andaluz se constataría una adhesión telegráfica indicada en la prensa carlista. Más allá de los innumerables mítines por Andalucía y su conocido desafecto en relación con los procedimientos parlamentarios, Fal Conde se obcecó en no volver a presentarse nuevamente a una candidatura parlamentaria tras su fracaso en las elecciones constituyentes de junio de 1931 23. Al contrario, Fal Conde era un devoto del insurreccionalismo de marcada influencia malapartiana, como ha puntualizado Eduardo González Calleja 24. Y es que Fal Conde pareció comprender la paradoja concluyente de la obra del periodista y diplomático italiano Curzio Malaparte, todo un best-seller de la época. Es decir, que para que un golpe de estado técnico fructificase debía guiarse por el principal flanco débil de las administraciones modernas: los servicios públicos y los medios de comunicación 25. De ahí la gran importancia concedida por Fal Conde a una mayor cobertura amplificadora de los periódicos en Madrid y en provincias. En la correspondencia que mantuvo con el rey-pretendiente, además de atender las propias cuestiones burocráticas, organizativas y socializadoras, incluía un apartado muy destacado para el activismo y la empresa periodística. En todo ello hay que observar una neta y consustancial diferencia con respecto a la dirección anterior rodeznista que no prestaba suficiente atención al uso de la prensa, como se puede apreciar en las misivas que Rodezno dirigió a Alfonso Carlos. Con todo, no parece probable que Fal Conde hubiese podido empaparse de la metodología técnica malapartiana, puesto que los escritos del toscano habían sido censurados en España y Bulgaria 26. Y no pudo surgir mejor ocasión práctica que su participación en la Sanjurjada sevillana del 10 de agosto de 1932 27. Tras ella, El Siglo Futuro comenzó a construir conscientemente una imagen, fomentada sin querer por él mismo desde el cautiverio al que había sido sometido. Era la imagen de un prisionero político predestinado, que había conseguido cautivar hasta al propio Alfonso Carlos, quien empezó a interesarse por las andanzas de Fal Conde.
Ya por aquellos días El Siglo Futuro brindó a Fal Conde la oportunidad de narrar toda una serie de agravios. Este fenómeno no era exclusivo ni limitado a los propios tradicionalistas, ya que el periódico sirvió a la causa, entre otros, del líder protofascista José María Albiñana o de los aristócratas alfonsinos hermanos Miralles. El presidio, el destierro y la confiscación de bienes no eran algo nuevo en la historia de las persecuciones religiosas, escribía Manuel Fal Conde durante su estancia carcelaria, sino que debían ser interpretados como «camino[s] de luz que lleva[n] al triunfo», esto es, «[al] reinado del Corazón de Jesús en España» 28. La influencia de las teorías de la resistencia contra los poderes constituidos, elaboradas por el propagandista Senante, estaban presentes en esta serie de artículos, en los que apelaba a la supuesta vulnerabilidad y escasa libertad de movimientos que gozaban las derechas; igualmente no podían faltar duras arremetidas contra Acción Popular, que condenaba la intentona. Percibía además una comunidad de intereses entre las derechas en torno al homenaje que el Tradicionalismo rendía entre sollozos de admiración a las víctimas del golpe militar del 10 de agosto, pese a no aceptar un frente único 29. A partir de su liberación puso en marcha desde El Observador y El Siglo Futuro un aguinaldo navideño popular de ayuda a los Caballeros Deportados en Villa Cisneros, que tuvo su réplica en El Cruzado Español por no considerar a los presidiarios suficientemente carlistas; buscando presos políticos puramente legitimistas 30.
Más allá de sus iniciativas y tras dos arrestos domiciliarios —el segundo de ellos tuvo lugar en el marco de las elecciones municipales de abril de 1933—, Fal Conde, gracias a los intensos viajes y mítines de propaganda, se forjó una fama que ocupaba un lugar meritorio en las páginas de El Siglo Futuro y la prensa de provincias 31. También su peculiar visión sobre la organización gremialista en Sevilla, en cooperación con uno de los miembros obreristas del grupo como Ginés Martínez, incentivó este apoyo. Más aún cuando el onubense comenzó a desplazarse a los espacios de la contrarrevolución vasco-navarros al encuentro de los reyes-pretendientes exiliados. Ya para entonces, en junio de 1933, Fal era descrito por José María Vallejo, con motivo de su paso por Zaragoza, en los siguientes términos:
«¿Qué tendrán estos muchachos que despiertan tanta simpatía?
Tienen fe en el ideal, empuje de valientes, sencillez y gracia andaluza que se lleva de calle a las gentes.
Con ellos, siempre a la cabeza, la figura firme y varonil de Fal Conde, ese hombre de tez morena, de mirada dulce y penetrante, de frente despejada, de porte sencillo y señorial, que lleva dentro un tradicionalista de cuerpo entero y un organizador formidable que derrocha don de gentes» 32.
Fal Conde era presentado como una personalidad cercana, joven y con unas capacidades natas para la organización. El mismo José María Vallejo, un par de meses más tarde, con motivo de la llegada del dirigente a Málaga, reincidía en los mismos argumentos y en su psicología atribuyendo a Dios, como no podía ser de otra manera, el haber regalado al carlismo un profeta de estas características 33: «Dios nuestro señor que dispone de los dones y de los momentos de la recompensa, ha derramado sobre este hombre dotes excelentes de organizador, acompañadas de un excelente don de gentes y eso que Dios ha puesto en él tiene que usarlo al servicio de la Causa todo el tiempo que sea necesario, extendiendo su campo de acción cuando las necesidades lo exijan». Agradecía, en conclusión, que Málaga dinamizase sus elementos enérgicos más jóvenes y femeninos, dando un impulso a los tradicionalistas beneméritos y asesorando Fal Conde al carlismo malagueño en el fomento de juventudes y organización obrera 34. Intencionalmente, unos meses antes, Vallejo había suplicado por un hombre, soñado por el pueblo, a cuya voz de mando se restableciese el equilibrio, dándose a los ciudadanos «la panacea ansiada». Sin embargo, señalaba Vallejo, en los momentos en que Fal Conde desarrollaba su acción propagandística, la solución no pasaba por una iniciativa individual, sino colectiva. Si bien su editorial acentuaba la participación de las masas en el tradicionalismo de un lado a otro del país, no es menos cierto que era toda una declaración de intenciones para catapultar a Manuel Fal al Olimpo del liderazgo tradicionalista. Individuos como Fal Conde y la margarita María Rosa Urraca Pastor «son hombres nuevos, y son mujeres que se lanzan decididos a la gran cruzada, y son juventudes que brotan llenas de entusiasmo poniendo [...] sus energías [y] sus entusiasmos». Esta nueva hornada nada tenía que ver con aquellos tradicionalistas viejos, reunidos en sus círculos despachando su glorioso pasado martirial y belicista. Así que, como remachaba Vallejo, con independencia del apoyo colectivo, Fal Conde era descrito como «hombre en el que tenemos muchas esperanzas, persona de grandes iniciativas, coronadas con positivos éxitos [y] hombre nuevo de gran acierto político» 35. Como se puede observar, el diario apostó por Manuel Fal Conde, más que por ningún otro líder regional tradicionalista.
En una época en la que se labraban liderazgos carismáticos, conviene en todo caso recordar el significado que tiene desde el terreno de las ciencias sociales la noción resbaladiza del liderazgo 36. Cecil A. Gibb, por ejemplo, ha incidido en la variante psicológica del líder, destacando que la característica esencial del liderazgo es que una o varias personas ejercen influencia sobre un número mayor de seguidores. Subyace en la definición la idea de influencia que lleva consigo la aceptación o no por parte de los seguidores, tradicionalmente relegados de los estudios de politología 37. Así que, de acuerdo con Edwin P. Hollander y James W. Julian, el liderazgo es compartido, convirtiéndose, pues, en un acto de influencia interindividual. Observando el liderazgo como una relación entre líder(es) y seguidor(es), existen cuatro pilares esenciales: la situación, la tarea y los papeles del líder y el seguidor. A sendos actores, Hollander y Julian les atribuyen características de personalidad y la posesión de recursos y capacidades. La situación constituiría el conjunto de valores y actitudes con los que debe contar el individuo en el ejercicio de su actividad y con respecto a los cuales debe enfocar su actividad y juzgar los resultados 38. Así pues, la situación que se daba en el carlismo era la falta de un dirigente que fuese capaz de dotar de independencia a la Comunión frente a las posibles interferencias de otros intereses políticos compartidos, que expandiesen las posibilidades de una infraestructura periodística centralizada o que satisficiesen los intereses del grupo. No cabe duda de que a Rodezno no le faltaban capacidades o cualidades, pero su táctica posibilista y de flirteo con el alfonsismo había quedado desacreditada tanto por las bases como por el propio El Siglo Futuro de un modo disimulado. Esto sería, por tanto, una actividad o tarea concreta, esto es, la solución de una situación. En la construcción del liderazgo, Edwin P. Hollander ha distinguido cuatro fases: querer, conseguir, hacer y mantener el trabajo. Concomitante a todo ello es que el líder fuese poseedor de cualidades de autoeficiencia, personalización, logros y capacidad de captación de afectos 39. A modo de corolario, y desde el análisis puramente histórico, Margaret MacMillan ha destacado como aspectos distintivos del liderazgo la ambición, la persistencia y aguante y el sentido de oportunidad y buena suerte 40. De este modo, ni la proclamación de la Segunda República ni el brillo de la ulterior labor organizativa del tradicionalismo andaluz hubieran otorgado la relevancia que mereció Fal.
En una perspectiva que aúne la construcción social de la realidad, propuesta por Peter Berger y Walter Luckmann, hibridada con el Habitus de Pierre Bourdieu, podría trazarse otra óptica para estudiar el constructo del liderazgo 41. Fal Conde fue aceptado socialmente por sus seguidores mediante una interiorización consciente elaborada por los periódicos tradicionalistas, a través de la socialización secundaria esgrimida por el tándem Berger-Luckmann 42. Según esta perspectiva, el habitus del líder sería una viva encarnación de la historia del partido en un sentido funcional sentida a través de su voz, movimientos corporales, prácticas políticas o formas de percibir la realidad 43. No se puede menospreciar el capital simbólico de Fal Conde, asociado a su capacidad propagandística y no tanto a sus acaudaladas posiciones económicas 44. Nada tendría que ver con lo que ocurrió por ejemplo con Cerralbo, con el que coincidía tan solo en el estilo tribunicio de los discursos. No faltos de ademanes, los discursos en ambos casos estaban cuajados de referencias religiosas e históricas. Como todo proceso en constante reelaboración, a todo líder se le asocia con una serie de emblemas, banderas, imágenes, edificios, costumbres o creencias 45 como así ocurre con el caso del rey de los carlistas. Todo ello permite plantear nuevamente la cuestión de si el proceso de edificación/imaginación del futuro secretario de la Comunión, a diferencia de otros jefes-delegados que le precedieron, pudo programar un oscurecimiento y relegamiento del papel regio habida cuenta de la ascendencia integrista de Fal Conde y el peso que tuvo la monarquía en el ideario integrista. Si bien Javier Ugarte, indiscutiblemente, considera que los periódicos tradicionalistas no dudaban en referirse a él como «jefe», no es menos cierto que el rol del caudillo lo desempañaba virtual y omnímodamente el rey. Va de suyo que el andaluz fue un hábil organizador y político de calado 46. En Fal Conde se observa una socialización y resocialización a través de los actos del Quintillo, convertidos en una especie del escenario del poder. Actos que con posterioridad los carlistas volverían a celebrar, convirtiéndose así el Cortijo de Fuente Quintillo en un lugar de la memoria 47.
En abril de 1934 y coincidiendo con el aniversario de la instauración de la República, Fal Conde y su cada vez más influyente grupo deciden fundar un espacio de sociabilidad en Sevilla, en el que también se estableciera la dirección política del tradicionalismo andaluz. Por la mente de los diputados y prohombres que fueron invitados al evento pudo pasar a priori que aquel era un acto protocolario más de fundación de un círculo tradicionalista 48. Fue más que todo esto, ya que las crónicas periodísticas dibujaron un panorama completamente distinto y a la vez espectacular. Martin Blinkhorn atinaba al señalar que el Quintillo constituyó «una exhibición carlista sin precedentes» 49. Aunque no se pretende entrar en detalles exhaustivos sobre el desarrollo de los actos, que sirvieron al mismo tiempo para presentar a los requetés sevillanos, hay que señalar que no faltaron misas los días 14 y 15, acompañando la inauguración del centro debidamente consagrado al Corazón de Jesús. Poco después, se inició la gira campestre en autobuses en dirección al Cortijo de Fuente Quintillo, propiedad del ganadero José Anastasio Martín. Allí se produjo la bendición y desfiles de seiscientos requetés «perfectamente uniformados y correctamente formados» ante la estupefacción de los invitados norteños. Por si no fuera suficiente con el ejercicio del supuesto táctico, un par de aparatos de aviación concedieron todavía mayor espectacularidad al acontecimiento. A continuación, llegarían los almuerzos típicos, espacios dignos de sociabilidad informal y discusión política, y como colofón no podían faltar los discursos de Fal Conde, Víctor Pradera, Luis Arellano y Jesús Comín que coronaron la bendición de los locales. Aquella jornada dejaba una «impresión imborrable» en aquellos que tuvieron la dicha de poder asistir, afirman las Actas del Centro Tradicionalista de Sevilla 50.
El Fal Conde de preguerra no aparecía en las imágenes ataviado con el uniforme color caqui, encorreado y la boina roja carlista (imagen 2). Sin embargo, en las estampas que serían luego ampliamente populares, podía vérsele en compañía de sus seguidores requetés del Tercio del Alcázar de Toledo o en otra instantánea se le distinguía con semblante serio acompañando al general golpista vallisoletano Gonzalo Queipo de Llano 51. Atrás quedaban las fotografías del Fal Conde aspirante a estadista y organizador, trajeado, enlutado y encorbatado (imagen 1), aparentemente disimulado entre las multitudes y no dado al histrionismo de corte mussoliniano o hitleriano 52. Las imágenes que El Siglo Futuro y la red de prensa vehicularon en aquellos momentos no eran las de un líder al que se exigiese un culto, ni quizás aspirasen a ello. Hasta en los aplecs que Fal Conde organizó en Villareal, Poblet, Monserrat y Potes, celebrados a partir de su ascenso a la secretaría poco después, el andaluz aparecía bajo unos mismos cánones estéticos 53. Apenas difería en este sentido, en fin, de los Cerralbo, Barrio Mier o Vázquez de Mella. Tanto el Quintillo, en tanto que espacio de representación, como los otros lugares de la memoria asociados a episodios de la última guerra carlista, alrededor de los cuales se desarrollaban estas demostraciones de fuerza, eran escenarios de la construcción del poder sometidos, va de suyo, a una exquisita jerarquización que giraba en torno a la presencia simbólica del rey-pretendiente a través de su secretario y luego jefe-delegado Fal Conde. El cortijo de Fuente Quintillo no era ni mucho menos el espacioso Palacio de Versalles, pero en tanto que espacios de ritual de la presentación de Luis XIV o de la exhibición muscular del carlismo andaluz en este caso particular, sería pertinente la caracterización del Quintillo siguiendo los preceptos metodológicos burkeanos. Es decir, si bien ni el Quintillo ni tampoco el centro Tradicionalista eran propiedades personales de Fal Conde, representaban, no obstante, una extensión lógica de su personalidad, un medio de su autopresentación 54 o de autopromoción.
Imágenes 1 y 2
Fal Conde antes y durante la Guerra Civil distribuidas por la prensa.

Fuente: Tradición, 1 de junio de 1934, y Labor, 19 de junio de 1937, Biblioteca Virtual de Prensa Histórica.
Las crónicas periodísticas hicieron el resto, sobre todo, teniendo en cuenta que periódicos como El Siglo Futuro pusieron toda la carne en el asador sevillano, relegando y prácticamente omitiendo el aniversario de la proclamación de la Segunda República. Ya no era José María Vallejo quien alababa a Fal, sino los Fabio, Mirabal, Miguel Martínez de Pinillos y Víctor Pradera quienes ahora ayudaban a coronar a Fal Conde en la misma línea que lo hacían Jaime del Burgo desde el órgano juvenil AET, Domingo Tejera o Ignacio Romero Raizábal 55. Fabio exigía el tributo del triunfo propio de los héroes romanos para Fal Conde, «ese Zumalacárregui sevillano». Dotando de gran verosimilitud a su trayectoria, resumía que comenzó «acaudillando un piquete», para terminar conquistando palmo a palmo Andalucía (Occidental), sufriendo por este motivo cárceles, multas y persecuciones de toda laya 56. La comunidad imaginada carlista se asociaba indiscutiblemente a Navarra, como señalaban el dramaturgo santanderino Ignacio Romero Raizábal, el ideólogo navarro Víctor Pradera y el periodista salmantino Manuel Sánchez Cuesta, pero a partir de entonces no se podría perder de vista a Sevilla... la roja, ¡la de las boinas rojas! 57. Y es que además este trío percibía en Sevilla, desde las columnas de El Siglo Futuro, una nueva Israel o Meca del carlismo que no podía pasar inadvertida 58. Como producto de esta fascinante alucinación se llegó a comparar incluso la fiesta del Cortijo con la Corte instalada en Estella en tiempos de Carlos VII. Mirabal se preguntaba, por ejemplo, «¿Qué milagro es este que florece en Andalucía?», al considerar sorprendente y estimulante observar desfiles de requetés en Sevilla. Pues bien, Sánchez Cuesta vinculaba a Fal Conde con este milagro. Milagro que no era otra cosa que la labor fervorosa de un hombre
«que no ha querido ser ni diputado; que no quiere ni busca nada para sí; que desdeña todo cargo y repugna toda ostentación que solo acepta “cargas”, y que consagra sus envidiables dotes de proselitismo, de organización y de mando, a la obra magna de formar tradicionalistas, de inculcar los Sagrados Principios de nuestra Comunión política en las inteligencias y en los corazones, sin reservarse para sí más que el trabajo oscuro, los sinsabores de la lucha, las amarguras de la cárcel; todo ello por aceptado de antemano, soportado con esa fe, con esa alegría, con esa esperanza propias de un espíritu selecto, de un corazón bien templado y puesto al servicio de una inteligencia poderosa que ve claro en el fondo del alma española y en el horizonte de la Patria» 59.
El redactor Manuel Sánchez Cuesta no escatimó elogios a un hombre de sus filas, pero erraba al afirmar que su ascenso no despertaría un rosario de celos. Sin duda los levantaría a colación de la dimisión del conde de Rodezno. La imagen de la modestia, la sencillez, la no ambición del ejercicio del poder y el trabajo sin descanso eran estímulos habitualmente esgrimidos por todos los observadores y eran la garantía de por dónde debía desarrollarse el tradicionalismo de aquellos momentos ante la repudiada táctica adhesionista de la CEDA. No pudieron faltar, cómo no, las cada vez más numerosas ilustraciones que daban mayor realismo a las descripciones y artículos de fondo, aparecidas en El Siglo Futuro y la revista Tradición. Por si fueran pocos condimentos, el dibujante cordobés Santiago Morales Talero representó en una de sus caricaturas diarias a la celebérrima torre sevillana de la Giralda, remachada con un banderín tradicionalista, insinuando hacia donde debían mirar los tradicionalistas de toda España. La operación se completaba a través de la mercantilización del acontecimiento y la confección de abanicos carlistas políticos, dibujados y pintados a mano por el propio Eseme a beneficio del Requeté de Andalucía Occidental (imagen 3). Era, en suma, una banalización en toda regla de los actos tradicionalistas del Quintillo y que podía ser complemento de la difusión de las representaciones regias de Alfonso Carlos y María de las Nieves en postales, retratos, medallas, licores, finos y etiquetados del papel de fumar.
Imagen 3
Caricatura de Santiago Morales Talero en El Siglo Futuro, 20 de abril de 1934, con motivo de los actos del Quintillo

Fuente: Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España.
A mediados de mayo culminaba el proceso de selección del secretario general tras la dimisión del conde de Rodezno. El cónclave de los jefes regionales, celebrado en el mes anterior en Madrid, y los informes emitidos por personajes tan favorables a Fal Conde como el propio Manuel Senante, padrino y mentor, el secretario de la Editorial Tradicionalista Manuel González-Quevedo, el integrista José María Lamamié de Clairac o el mecenas Fernando de Contreras avalaron su designación. En el informe de este último, se ponía el acento en varios rasgos que a su juicio debía cumplir un secretario de la comunión, adecuados en parte a lo descrito por El Siglo Futuro: abolengo carlista, aristocracia histórica, posición independiente, salud y buena edad, don de gentes y diplomacia, y, por último, disfrutar de relaciones sociales y políticas 60. Obviamente Fal Conde contravenía varios preceptos: el abolengo carlista, la aristocracia histórica o la posesión de una amplia red de influencia, aspectos a los que sí se habían adecuado Luis Hernando de Larramendi o el marqués de Villores 61. Senante, consciente de que Fal Conde no deseaba el cargo, le animó cuanto pudo a aceptarlo «para la reorganización y dirección del elemento joven», gozando de plena independencia de cualquier otra autoridad o de la junta de los elementos viejos 62.
Frente al criterio de Rodezno, que se mostraba partidario de un simple cambio de dirigentes para que todo siguiera igual, se pronunció el propio Fal Conde en una carta al pretendiente Alfonso Carlos, posicionándose a favor de una centralización de la jefatura delegada única asistida por delegaciones técnicas 63. El punto de vista de Rodezno, pese a mantener su incontestable prerrogativa parlamentaria, había quedado totalmente desacreditado a ojos del pretendiente, siendo incapaz de explicar sus movimientos en los círculos del tradicionalismo alfonsino 64. Por fin, se produjo el nombramiento de Fal Conde en la primera quincena del mes de mayo de 1934, que trajo consigo cambios bien conocidos por todos, aunque tampoco gozasen de una acogida favorable 65. Algunas de las directrices de la nueva agenda política tradicionalista fueron: el nombramiento de varias delegaciones 66, la puesta en marcha de un boletín de orientación periodístico interno —complemento de El Siglo Futuro—, la activación de un componente insurreccional, a pesar de mantener intactas las prácticas parlamentarias, y la celebración de giras campestres y aplecs, cuyos precedentes vinieron marcados por la peregrinación a Roma de septiembre de 1933 y el éxito del Quintillo. El Siglo Futuro tuvo buena parte de responsabilidad en su ascenso a través de la creación de un mito modesto y atractivo que, en una tierra de escasa, aunque no nula, presencia tradicionalista fue capaz de levantar no una extensa, pero sí una formidable, estructura organizativa y periodística que debía adaptar a una Comunión que demandaba un cierto grado de burocratización y centralización.
1 Fernando García de Cortázar: «El tradicionalismo de Fal Conde», ABC, 17 de mayo de 2015.
2 La arrogancia como ingrediente fatal en el liderazgo la ejemplifica Margaret MacMillan: Las personas de la historia. Sobre la persuasión y el arte del liderazgo, Madrid, Turner, 2017, pp. 73 y ss.
3 Argumento que sostiene frente a un criterio mayoritario Juan Carlos Peñas Bernaldo de Quirós: El carlismo, la República y la Guerra Civil (1936-1937). De la conspiración a la Unificación, Madrid, Actas, 1996, pp. 16 y 146. Y es que Juan Carlos Peñas discrepaba al exponer que el caudillaje de Alfonso Carlos I nunca favoreció «la cohesión del carlismo en los momentos cruciales del periodo republicano». Sustentaba sus argumentos en el testimonio de Jaime del Burgo (Jaime del Burgo: Conspiración y Guerra Civil, Barcelona, Alfaguara, 1970, p. 270), así como en la pervivencia de los fuertes feudos carlistas que contaban con una consistente lealtad clánica. Así lo explica soberbiamente, por ejemplo, Javier Ugarte (Javier Ugarte: La nueva Covadonga insurgente: Orígenes sociales y culturales de la sublevación de 1936 en Navarra y País Vasco, Madrid, Biblioteca Nueva, 1998, p. 191), cuando se refiere a los alineamientos pragmáticos y oportunistas de José Luis Oriol en Álava y del conde de Rodezno en Navarra con el general Emilio Mola. Del Burgo defendía, asimismo, que el caudillaje de Alfonso Carlos no caló en lo más profundo de las masas legitimistas, como sí había ocurrido con Carlos VII y Jaime III. No obstante, conviene recordar que ambos liderazgos estuvieron cuestionados por las sucesivas querellas cabrerista, pidalina, integrista y mellista. Véase Javier Esteve Martí: «El carlismo ante la reorganización de las derechas. De la Segunda Guerra Carlista a la Guerra Civil», Pasado y Memoria, 14 (2014), pp. 119-140, esp. pp. 125 y 127, nota 24.
4 Javier Ugarte: «El carlismo en la guerra del 36: la formación de un cuasi-estado nacional-corporativo y foral en la zona vasco-navarra», Historia Contemporánea, 38 (2009), pp. 49-87, esp. pp. 58, 66-68 y 72.
5 Jordi Canal: El carlismo. Dos siglos de contrarrevolución en España, Madrid, Alianza Editorial, 2000, pp. 324 y ss., e íd.: Banderas blancas, boinas rojas. Una historia política del carlismo, 1876-1939, Madrid, Marcial Pons, 2006, pp. 323-347.
6 Sobre El Siglo Futuro y las publicaciones carlistas durante la Segunda República baste con mencionar a Cristina Barreiro Gordillo: El carlismo y su red de prensa durante la Segunda República, Madrid, Actas, 2003; Eduardo González Calleja: «La prensa carlista y falangista durante la Segunda República y la Guerra Civil (1931-1937)», El Argonauta Español, 9 (2012). Recuperado de internet (https://argonauta.revues.org/819, consultado el 29 de diciembre de 2020), y, de modo general, Francisco Javier Caspistegui: Los espacios de la propaganda carlista, Pamplona, Gobierno de Navarra, 2021.
7 Javier Ugarte: «Fal Conde: carlismo y modernismo», RUHM, 7(13) (2018), pp. 482-513.
8 Villarín y Willy [pseudónimos de Guillermo Poole y Joaquín Valdés]: El Secretario de S.M., Sevilla, Editorial Católica, 1975.
9 Ana Marín Fidalgo y Manuel M. Burgueño: In Memoriam. Manuel J. Fal Conde (1978), Sevilla, Editorial Católica, 1980; Juan Manuel de la Torre Cuesta: «Bibliografía Histórica: In memoriam. Manuel J. Fal Conde, Sevilla, Editorial Católica, 1978, 130 págs.», Hispania, 39(141) (1979), p. 245. Este historiador aseguraba que todavía al iniciarse la década de los ochenta, y pese al acercamiento global de Martin Blinkhorn, Fal Conde aún «permanecía sumergido en el túnel que le fabricó el carlismo y del que no han querido sacarle». Habría, cómo no, otros escollos que dificultaron su estudio: la imposibilidad de acceder a sus archivos, plagada de desconfianzas, y el temor de afrontar seria y fríamente un análisis histórico.
10 Julio Brioso: «Fal Conde y la Asamblea de Insúa», Joaquín Cubero: «El carlismo en la Guerra de España. El destierro de Fal Conde y la Unificación» y Raimundo de Miguel: «Dos documentos de Manuel J. Fal Conde», Aportes, 27 (1995), pp. 3-39, 40-68 y 97-104, respectivamente.
11 Javier Ugarte: «Fal Conde: Carlismo...», p. 501, nota 43, y Ricardo Martínez de Salazar y Bascuñana: Manuel J. Fal Conde. «La política como servicio de Dios y España», Cádiz, Ingrasa, 1998. Por si fueran pocos reparos, conviene añadir que no se indica la procedencia documental exacta de numerosas de las cartas referenciadas, inéditas por otra parte, en el momento de su publicación, seguramente consultadas en el antiguo Archivo de Manuel Fal Conde en Higuera de la Sierra.
12 Martin Blinkhorn: Carlismo y contrarrevolución en España, 1931-1939, Barcelona, Crítica, 1979; Leandro Álvarez Rey: La derecha en la Segunda República. Sevilla, 1931-1936, Sevilla, Universidad de Sevilla-Ayuntamiento de Sevilla, 1993, pp. 132-136; Eduardo González Calleja: Contrarrevolucionarios. Radicalización violenta de las derechas durante la Segunda República 1931-1936, Madrid, Alianza Editorial, 2011, pp. 194-198, y Antonio Manuel Moral Roncal: «Fal Conde y el carlismo andaluz», en José-Leonardo Ruiz Sánchez (ed.): La confrontación católico-laicista en Andalucía durante la crisis de entreguerras, Sevilla, Universidad de Sevilla, 2012, pp. 169-188. Fue este último historiador quien reivindicó la necesidad de una biografía crítica del personaje en La cuestión religiosa en la Segunda República. Iglesia y carlismo, Madrid, Biblioteca Nueva, 2009, p. 204, nota 99, quien no duda en calificarlo como «el político más importante del carlismo en el siglo xx».
13 Melchor Ferrer: Historia del Tradicionalismo Español, t. XXX-I, Sevilla, Editorial Católica, 1979, p. 91.
14 Ibid., pp. 91-92; Villarín y Willy [pseudónimos de Guillermo Poole y Joaquín Valdés]: El secretario de..., pp. 11-12, y Javier Ugarte: «Fal Conde: Carlismo...», p. 494.
15 Ricardo Martínez de Salazar y Bascuñana: Manuel J. Fal..., p. 22.
16 Javier Ugarte: «Fal Conde: Carlismo...», pp. 492-493, nota 27.
17 Leandro Álvarez Rey: La derecha en..., p. 135.
18 Josep Carles Clemente: «Última entrevista con Fal Conde», Tiempo de Historia, 39 (1 de febrero de 1978), p. 22. Sus inicios en la militancia tradicionalista, confesaba, vinieron a colación del profiláctico manifiesto integrista de marzo de 1930 que aceptó secundar siempre y cuando Senante y Olazábal tuviesen a bien fundir las ramas tradicionalistas amigas del ámbito sevillano. Con todo, no se puede dejar de tener en consideración que la filiación falcondista en el Partido Integrista tuvo que ser inmediatamente anterior a 1930, puesto que de ninguna otra manera podría explicarse su rápido ascenso a partir de marzo de 1930, aspecto intencionalmente ocultado por el entrevistado, según sostiene Leandro Álvarez Rey: «El carlismo en Andalucía durante la Segunda República (1931-1936)», en Alfonso Braojos, Leandro Álvarez Rey y Francisco Espinosa Maestre: Sevilla, 36: Sublevación fascista y represión, Sevilla, Muñoz Moya y Montraveta Editores, 1990, p. 41.
19 Juan de Olazábal a Manuel Fal Conde (Mundaiz, San Sebastián, 28 de octubre de 1930), Archivo General de la Universidad de Navarra (en adelante, AGUN) Fondo Manuel Fal Conde (en adelante, FMFC) (Correspondencia cronológica), caja 133/176 (1930).
20 Villarín y Willy [pseudónimos de Guillermo Poole y Joaquín Valdés]: El Secretario de..., p. 18; Ana Marín Fidalgo y Manuel M. Burgueño: In memoriam..., p. 26, y Ricardo Martínez de Salazar y Bascuñana: Manuel J. Fal..., p. 48.
21 Alfonso Braojos: «Tradicionalismo y antimasonería en la Sevilla de la Segunda República. El semanario El Observador (1931-1933)», en José Antonio Ferrer Benimeli (coord.): Masonería, política y sociedad, vol. 1, Zaragoza, Centro de Estudios Históricos de la Masonería Española, 1989, pp. 384-388.
22 Melchor Ferrer: Historia del Tradicionalismo..., t. XXX-I, p. 32, y Leandro Álvarez Rey: La derecha en..., pp. 142-143, nota 143.
23 Manuel Fal Conde: «Lagartijo y Gil Robles», Tradición (Santander), 1 de abril de 1934. Y todo ello pese a que la prensa tradicionalista rogó a favor de su candidatura en los comicios de 1936, El Defensor de Córdoba, 27 de enero de 1936.
24 Eduardo González Calleja: Contrarrevolucionarios..., p. 196.
25 Sergio Fernández Riquelme: «Curzio Malaparte y la construcción del personaje histórico. Mitos ideológicos, sueños políticos y miserias humanas», La Razón Histórica. Revista hispanoamericana de Historia de las Ideas, 40 (2018), pp. 173-193, y Steven Forti: «Vanguardia, rebeldía y fascismo: Curzio Malaparte y Pierre Drieu La Rochelle», en Francisco Cobo Romero, Claudio Hernández Burgos y Miguel Ángel del Arco Blanco (eds.): Fascismo y modernismo. Política y cultura en la Europa de entreguerras (1918-1945), Granada, Comares, 2016, pp. 239-260.
26 Sergio Fernández Riquelme: «Curzio Malaparte...».
27 AGUN, FMFC (Correspondencia cronológica), caja 133/176.
28 Manuel Fal Conde: «Estamos en camino», El Siglo Futuro, 7 de octubre de 1932.
29 Manuel Fal Conde: «Los fantasmas del miedo», El Siglo Futuro, 12 de octubre de 1932. Se abordan los alegatos discursivos carlistas a favor de la violencia en el ámbito derechista durante la Segunda República en Eduardo González Calleja: «Aproximación a las subculturas violentas de las derechas antirrepublicanas españolas (1931-1936)», Pasado y Memoria, 2 (2003), pp. 113-117.
30 José Luis Agudín Menéndez: «¿Un alzamiento legítimo? Instrumentalización de la Sanjurjada en la prensa carlista», Ayer, 119 (2020), pp. 227-252, esp. pp. 248 y 252.
31 Martin Blinkhorn: Carlismo y contrarrevolución...; Leandro Álvarez Rey: La derecha en...; Heraldo Alavés (Vitoria), 11 de abril de 1932; Tradición, 15 de marzo de 1933, y La Constancia (San Sebastián), 20 de junio de 1933 y 28 de febrero de 1934.
32 José María Vallejo: «Los tradicionalistas andaluces en Zaragoza», El Siglo Futuro, 13 de junio de 1933.
33 José Álvarez Junco: El Emperador del Paralelo. Lerroux y la demagogia populista, Madrid, Alianza Editorial, 1990, pp. 246-247, ha percibido a través del caso del primer Alejandro Lerroux una retroalimentación mimética de la humildad y la arrogancia. Los propios defectos del político eran los mismos compartidos por sus seguidores. La modestia y la sencillez son dos rasgos exaltados por los panegiristas. Buscaba así anular o disolver su personalidad ante los oyentes. Ha llamado la atención sobre el decisivo papel de la oratoria en la construcción de liderazgos políticos, como mecanismo de configuración de su influencia, Antonio Robles Egea: «Liderazgo. El poder de la palabra», en Nieves Ortega Pérez et al. (eds.): El poder de la comunicación. Claves de la Comunicación estratégica en los espacios jurídico y político, Madrid, Dykinson, 2016, pp. 183-198. De todo ello, puede darnos una fidedigna idea que el periódico transcribiese todos los discursos de sus dirigentes.
34 José María Vallejo: «Fal Conde en Málaga», El Siglo Futuro, 14 de agosto de 1933. Véase también Pensamiento Alavés (Vitoria), 15 de febrero de 1934.
35 José María Vallejo: «De actualidad/ ¡Juventudes tradicionalistas, aupemos a España!», El Siglo Futuro, 28 de marzo de 1933.
36 Acerca de la noción del carisma, igualmente aplicable al caso de Fal Conde, resulta indispensable la lectura de Max Weber: Economía y sociedad. Esbozo de sociología comprensiva, Barcelona, Crítica, 2003, pp. 193-197.
37 Cecil A. Gibb: «Liderazgo. Aspectos psicológicos», en David L. Sills (dir.): Enciclopedia Internacional de Ciencias Sociales, vol. 6, Infla a Mate, Madrid, Aguilar, 1974, p. 589; las otras dos definiciones del liderazgo abarcan las nociones sociológicas y políticas; Burak Oc y Michael R. Bashshur: «Followership, Leadership and Social Influence», Leadership Quarterly, 24(6) (2013), pp. 919-934. Al ser un concepto ambivalente y escurridizo, el liderazgo conoció históricamente muy diferentes concepciones desde la grandeza atribuida de modo individual por Tomás Moro o Friedrich Nietzsche, pasando por las facultades de las «situaciones y contextos sociales» desgranadas por Adam Smith, Karl Marx o Herbert Spencer, hasta los trabajos que aúnan ambas tendencias a través de la teoría de la interacción de Edwin P. Hollander. Así lo resume José Francisco Jiménez Díaz: «Enfoque sociológico para el estudio del liderazgo político», Barataria. Revista Castellano-Manchega de Ciencias Sociales, 9 (2008), pp. 190-191, http://www.redalyc.org/articulo.oa?id=322127619009 (consultado el 28 de diciembre de 2021).
38 Cecil A. Gibb: «Liderazgo. Aspectos...», p. 590.
39 Edwin P. Hollander: «Leadership, followership, self, and others», Leadership Quarterly, 3(1) (1992), pp. 43-54, esp. p. 44.
40 Margaret MacMillan: Las personas de..., pp. 21-25.
41 Válida y aplicable propuesta sociológica del profesor José Francisco Jímenez Díaz: «Enfoque sociológico para...», pp. 192-193.
42 Peter L. Berger y Thomas Luckmann: La construcción social de la realidad, Buenos Aires, Amorrortu, 2003, pp. 162-182, que distinguirían una socialización primaria, de carácter familiar, y una secundaria, de sesgo institucional que procuraba transmitir vocabularios específicos de roles.
43 José Francisco Jiménez Díaz: «Enfoque sociológico para...», p. 194.
44 Pierre Bourdieu: Poder, Derecho y Clases Sociales, Bilbao, Desclée de Brouwer, 2001, pp. 131-135, disecciona tres tipos de capital —el económico, el social y el cultural—, al que añadió un cuarto, el simbólico, en varias de sus obras. El sociólogo francés concebía este último «como cualquier forma de capital, en tanto que es representada, es decir, aprehendida simbólicamente, en una relación de conocimiento o, más precisamente, de conocimiento y reconocimiento». No obstante, los tres tipos de capital estaban directamente sometidos a las fluctuaciones de lo que él acuñó como «efectos simbólicos del capital». Pierre Bourdieu y Loïc Wacquant: Una invitación a la sociología reflexiva, Buenos Aires, Siglo XXI, 2005.
45 José Francisco Jiménez Díaz: «Enfoque sociológico para...», p. 194.
46 Javier Ugarte: «Fal Conde: Carlismo...», p. 509.
47 «Fal Conde y el Quintillo» (1959-1994), AGUN, FMFC, caja 133/320.
48 Del círculo hay abundantes descripciones como las recogidas por Leandro Álvarez Rey: La derecha en..., pp. 367 y 369, y Villarín y Willy [pseudónimos de Guillermo Poole y Joaquín Valdés]: El Secretario de..., pp. 71-72. Sobre los cambios registrados en los espacios de sociabilidad tradicionalistas, convertidos en cuarteles militares para esta época, puede verse lo señalado por Jordi Canal: El carlismo..., pp. 295-296, e íd.: Banderas blancas, boinas..., pp. 114-118.
49 Martin Blinkhorn: Carlismo y contrarrevolución..., p. 201, y Melchor Ferrer: Historia del Tradicionalismo..., t. XXX-I, p. 89, por su parte, afirmaba indubitable, que fue «una revelación».
50 «Libro de Actas del Centro Tradicionalista de Sevilla», 20 de abril de 1934, p. 12, AGUN, Fondo Melchor Ferrer, caja 158/147, camisa 12. Para Ugarte, el acto era una nueva forma de concebir la política. Llegaba a comparar a una escala menor el uso de las avionetas con el que Hitler hizo de los celebérrimos bombarderos Junker Ju-52 en sus campañas electorales; Javier Ugarte: «Fal Conde: Carlismo...», p. 506. No está de más recordar que el procedimiento había ya sido utilizado por Acción Popular en las elecciones de noviembre de 1933, con amonestación gubernativa incluida, para trasladar a los candidatos y repartir propaganda electoral allá por donde pasaban. El progreso material, escribiría Ignacio Romero, no estaba reñido «con las viejas verdades» en alusión al empleo moderno de los medios de locomoción al servicio del tradicionalismo. Véanse Ignacio Romero Raizábal: «Los actos de ayer en Sevilla constituyeron un exponente grandioso del tradicionalismo del sur», El Siglo Futuro, 16 de abril de 1934, y Tradición, 1 de mayo de 1934.
51 Toda una estética según Javier Ugarte: «Fal Conde: Carlismo...», p. 512, totalmente intencionada en una época de liderazgos carismáticos que implicaban un culto a su personalidad.
52 Su sintonía y cercanía podría asociarse a lo que Burke denominó «estilo democrático» de gobierno que muestran la accesibilidad del político en sus visitas a los obreros o besando a niños; Peter Burke: Visto y no visto. El uso de la imagen como documento histórico, Barcelona, Crítica, 2005, p. 90.
53 Una muestra de la evolución de la estética falcondista en los anexos fotográficos incluidos por Ricardo Martínez de Salazar y Bascuñana: Manuel J. Fal..., pp. 11-14. Una imagen de Fal Conde en el aplec de Montserrat en la portada de El Siglo Futuro, 4 de noviembre de 1935.
54 Peter Burke: La fabricación de Luis XIV, Madrid, Nerea, 1995, pp. 25-26.
55 Tradición, 1 de mayo de 1934; Jaime del Burgo: «El nombramiento de Fal Conde, Jefe Delegado, abre nuevos horizontes y despierta nuestras esperanzas adormecidas», AET, 18 de mayo de 1934. El artículo publicado tras el nombramiento de Fal Conde como secretario era una arremetida severa contra la TYRE (Tradicionalistas y Renovación Española) y la política táctica del tradicionalista escéptico o revisionista conde de Rodezno. Del Burgo opinaba que Fal Conde había sido capaz de trasladar Montejurra a Andalucía. El joven extintor del pistolerismo andaluz se ponía al frente de las juventudes para dejar a un lado las «politiquerías». Igualmente véase José Mendioroz: «¿Dónde están los carlistas?», AET, 4 de mayo de 1934.
56 Fabio [pseudónimo de Emilio Ruiz Muñoz]: «Orillas del Betis», El Siglo Futuro, 17 de abril de 1934.
57 Leandro Álvarez Rey: «La contribución del carlismo vasconavarro a la formación del tradicionalismo en Andalucía (1931-1936)», Príncipe de Viana, anejo 10 (1988), pp. 23-31, esp. p. 30.
58 Ignacio Romero Raizábal: «Los actos de ayer en Sevilla constituyeron un exponente grandioso del tradicionalismo del sur», El Siglo Futuro, y La Constancia, 16-17 de abril de 1934, y Víctor Pradera: «Exultación», El Siglo Futuro, 17 de abril de 1934. La idea de comunidad imaginada puede rastrearse en la clásica monografía de Benedict Anderson: Comunidades imaginadas. Reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo, México, FCE, 1993, pp. 23-25, entendida como un constructo social soberano y limitado en el que cada individuo, sin necesidad de conocer a sus compatriotas, vive en su mente la imagen de comunión. La conflictiva asociación de la identidad navarra con el carlismo es abordada por Francisco Javier Caspistegui: «¿Carlismo en Navarra o Navarra carlista?: paradojas de una identidad conflictiva entre los siglos xix y xx», en El carlismo en su tiempo: geografías de la contrarrevolución, Pamplona, Gobierno de Navarra, 2008, pp. 205-244.
59 Mirabal [pseudónimo de Manuel Sánchez Cuesta]: «El tradicionalismo en Andalucía/Don Manuel Fal Conde», El Siglo Futuro, 17 de abril de 1934.
60 Fernando de Contreras: «Exposición, que presenta el Jefe Regional de Jaén, a la Junta General de la Comunión Católico-Monárquica-Tradicionalista-Legitimista» (San Sebastián, 11 de marzo de 1934), AGUN, FMFC (Correspondencia cronológica), caja 133/176, 1934 (2).
61 Conde de Rodezno a Fernando de Contreras, (Madrid, 11 de marzo de 1934), AGUN, FMFC (Correspondencia cronológica), caja 133/176, 1934 (2). En términos bourdeianos, Fal Conde no acreditaba, pese a su capital simbólico, el capital económico y social, basado este último «en la posesión de una red duradera de relaciones más o menos institucionalizadas de conocimiento y reconocimiento mutuos basados en la pertenencia a un grupo». Cfr. Pierre Bourdieu: Poder, derecho y..., p. 148.
62 Manuel Senante a Manuel Fal Conde (Madrid, 31 de marzo de 1934), AGUN, FMFC (Correspondencia cronológica), caja 133/176, 1934 (2). En este mismo sentido, la carta de Fernando de Contreras a Manuel Fal Conde (San Sebastián, 6 de abril de 1934), AGUN, FMFC (Correspondencia cronológica), caja 133/176, 1934 (2), urgía a aceptar con determinación el cargo porque «Tomás [Domínguez Arévalo] no sirve ahora». Los ánimos de Manuel González-Quevedo iban todavía más allá en un tono más informal aludiendo al éxito que tuvo la campaña de su edificación mediática en el Norte: «la resolución que proponían era enormemente más radical que la que yo he patrocinado desde un principio, pues allí querían que se te nombrase jefe delegado por encima de todo y de todos». La primera proposición que se hacía a Fal Conde era la de aceptar el cargo de delegado de Juventudes y Acción, mientras que se dejaba a la parte arcaica «que se siga entreteniendo con sus juntas, sus viejas rencillas, etc., etc., y mientras ellos toman café en su círculo o asisten a tertulias de tipo liberaloide [...] tú vas encauzando a las Juventudes con arreglo a los tiempos modernos y con el espíritu de los tiempos pasados». Cfr. Manuel González-Quevedo a Manuel Fal Conde (Madrid, 12 de abril de 1934), AGUN, FMFC (Correspondencia cronológica), caja 133/176 (1934).
63 Manuel Fal Conde a Alfonso Carlos de Borbón y Austria-Este (Sevilla, 11 de marzo de 1934), AGUN, FMFC (Correspondencia cronológica), caja 133/176, 1934 (2). Rodezno no creía necesaria ni que serviría para nada, a su juicio, la reunión. Su nombramiento podría venir acompañado de un cierto incremento, cómo no, de juntas y círculos. A pesar de todo, el andaluz consideraba insustituibles a los Rodezno y Lamamié de Clairac. Igualmente, Manuel Fal Conde a Alfonso Carlos de Borbón y Austria-Este (Sevilla, 18 de abril de 1934), AGUN, FMFC (Cartas de Fal Conde para don Alfonso Carlos de Borbón y su secretario), caja 133/007, camisa 5.
64 Conde de Rodezno a Alfonso Carlos de Borbón y Austria-Este (Madrid, 27 de enero de 1934), AGUN, FMFC (Correspondencia de Don Alfonso Carlos de Borbón), caja 133/004, camisa 8.
65 Pensamiento Alavés y La Constancia, 17 y 19 de mayo de 1934, y Tradición, 1 de junio de 1934. Las juventudes tradicionalistas partidarias de Fal Conde así lo percibieron, así como también El Cruzado Español. Jaime del Burgo: Conspiración y guerra..., pp. 402-403.
66 El Siglo Futuro, 12 y 14 de mayo de 1934.