Ayer 134 (2) 2024: 13-21
Marcial Pons Ediciones de Historia
Asociación de Historia Contemporánea
Madrid, 2024
ISSN: 1134-2277
DOI: 10.55509/ayer/2331
© David Alegre Lorenz
© Miguel Alonso Ibarra
Recibido: 27-10-2020 | Aceptado: 10-09-2021 | Publicado on-line: 07-06-2024
Editado bajo licencia CC Attribution-NoDerivatives 4.0 License
Presentación. La historia global en los estudios de la guerra *
David Alegre Lorenz
Universitat Autònoma de Barcelona
david.alegre@uab.cat
Miguel Alonso Ibarra
Universidad Nacional de Educación a Distancia
miguelalonso@geo.uned.es
«History, Stephen said, is a nightmare
from which I am trying to awake».
James Joyce, Ulises (1922)
El presente monográfico explora las implicaciones y aspectos más relevantes de la guerra en la contemporaneidad a nivel global por medio de cinco casos de estudio que abarcan desde el siglo xviii hasta la segunda mitad del xx. Para nosotros era fundamental conseguir un equilibrio y una coherencia claras entre las diferentes contribuciones, con un conjunto que fuera lo más plural posible en el arco temporal y los espacios cubiertos. Considerábamos que dicho enfoque favorece una visión más ajustada, integrada y compleja de la contemporaneidad como periodo y de la guerra como acontecimiento social de alcance global. Finalmente, aspirábamos a un diálogo efectivo entre los trabajos que integran el monográfico, algo favorecido por la adscripción de las autoras y autores a los debates y perspectivas más avanzadas de la historia social y cultural de la guerra. De hecho, las propuestas se encuentran íntimamente unidas por un deseo manifiesto y compartido de dilucidar qué hay de universal en lo local, qué y quién pone en conexión escenarios a menudo distantes o cómo resuena lo concreto en un mundo global.
Las guerras constituyen el acontecimiento social por excelencia, por las confluencias que generan entre realidades hasta entonces distantes y por las rupturas que traen consigo; por cómo se dejan sentir en la esfera pública y privada, hasta lo más íntimo del ser; por su impacto radical sobre las relaciones sociales y de poder, pero también sobre el ámbito de las percepciones y de la vida cotidiana, en lo que tiene de experiencia y lucha por la supervivencia. También son uno de los acontecimientos más extremos y excepcionales: apenas nada ni nadie puede escapar a las lógicas y procesos que los conflictos ponen en marcha, con el agravante de que su evolución y resultado final son imprevisibles para los civiles y combatientes contemporáneos a los hechos. Unos y otros se ven obligados a actuar y a tomar decisiones en medio de la incertidumbre y la precariedad, pero también frente a las oportunidades que van surgiendo ante ellos. Esta forma de entender la guerra parte del reconocimiento de la agencia del individuo y hace de él un sujeto de estudio protagonista e intérprete de su tiempo. Lo es mediante multitud de fuentes como la correspondencia privada, las memorias, los diarios, las entrevistas orales, las solicitudes y peticiones oficiales o el relato familiar. Llegar hasta ese individuo y situarlo en su contexto supone un reto mayúsculo para la comunidad historiográfica y una oportunidad inmejorable para conectar con un público ávido de lecturas complejas del pasado con rostros humanos reconocibles.
Concebimos este trabajo colectivo como un momento culminante dentro de la agenda historiográfica que venimos promoviendo en esta última década. Esta pasa por contribuir a la consolidación de la historia sociocultural de la guerra como un ámbito de referencia dentro de la historiografía hispanohablante, pero también como un espacio donde conectar tradiciones académicas diversas que debaten sobre problemas particulares y compartidos. Pese a los prejuicios que aún puedan existir, lo que se espera del historiador de la guerra no difiere de lo que se exige a quienes trabajan en otros campos: amplias visiones comparadas; el cultivo de una microhistoria valiosa por lo que tiene de extrapolable a lo general y universal; la reivindicación del individuo como agente histórico central y socialmente contextualizado; y, por supuesto, el estudio de la realidad como algo dinámico, cambiante e interconectado por lo transnacional y lo global.
Por ende, la historia social y cultural de la guerra debe contribuir a la transferencia efectiva de conocimientos y experiencias entre los ámbitos de la investigación, la docencia y la divulgación. No es casual que lo bélico y lo militar ocupen espacios públicos muy amplios mediante las políticas públicas de memoria y patrimoniales, en las identidades colectivas, en infinidad de publicaciones divulgativas, documentales, filmes y series, en las redes sociales, en la recreación histórica o en los videojuegos. La comunidad historiográfica no puede renunciar a ocupar esos espacios con propuestas atractivas y socialmente responsables, capaces de retar al gran público desde la investigación avanzada y las visiones complejas del pasado, especialmente en un tema tan sensible como el de las guerras y las violencias que los acompañan. Este campo de estudio e investigación proporciona una oportunidad para repensarnos en todo lo que implica y afecta a nuestro oficio, incluso en cómo hacernos útiles y necesarios como profesionales dentro de nuestras sociedades. El amplísimo y sugerente abanico de temas esperando a ser abiertos o reabiertos hacen que el nuestro sea un ámbito con infinidad de posibilidades y con un futuro muy prometedor.
No obstante, las inquietudes que nos movieron a impulsar este proyecto están en plena consonancia con la propia evolución de la historiografía española. Nuestra trayectoria y nuestros temas de estudio se engarzan con el trabajo y las perspectivas abiertas por los estudios de la violencia en el marco de la guerra civil española de 1936-1939, que tan buenas investigaciones nos han brindado desde los años noventa del pasado siglo. Somos hijos de los esfuerzos de esa historiografía más activa y comprometida que hace ya muchos años rompió con la supuesta excepcionalidad de la historia española, subrayando sus conexiones transnacionales y globales. Así, nuestras propias inquietudes nos han llevado a trabajar en diversos proyectos de alcance internacional, a coordinar diferentes trabajos colectivos en forma de libros y monográficos o a editar desde 2015 la Revista Universitaria de Historia Militar, revista con vocación transatlántica. En contacto con este último proyecto es donde hemos tomado conciencia de la necesidad de romper con la creciente compartimentación e hiperespecialización que afectan a los contemporaneístas, sobre todo a los que se ocupan del siglo xx. Por eso, no solo se trataba de dialogar con casos de estudio extraeuropeos, sino también con colegas dedicados a los orígenes de la contemporaneidad y al siglo xix.
Dado que la historia transnacional y la historia global están brindando tantos y tan brillantes resultados, nos parecía que un monográfico que partiera de estas coordenadas analíticas, con la historia sociocultural de la guerra como foco, constituía una oportunidad óptima para reivindicar sus múltiples posibilidades. Así, la contribución de Rafael Torres-Sánchez y Alberto Angulo-Morales que abre el monográfico se sitúa en plena Edad Moderna, haciendo nuestra esa periodización más operativa del mundo académico angloestadounidense, que se remontó a los siglos xv-xviii en busca de respuestas para dos de los grandes temas de la historiografía: los orígenes del capitalismo y del Estado moderno. Los autores se sumergen en este proteico debate abordando varias cuestiones básicas: hasta qué punto el desarrollo del Estado fiscal respondió a las crecientes exigencias económicas planteadas por los conflictos armados del periodo moderno, si el éxito o fracaso de los beligerantes dependió de su capacidad o incapacidad para adoptar este modelo o cómo se consiguieron los recursos y tecnologías necesarios para la guerra.
En una reivindicación de la historia desde abajo, los autores refutan multitud de tópicos, critican las visiones mecanicistas de la sociología histórica y señalan la necesidad de poner fin a la posición del Estado como sujeto central de los análisis. Proponen un fresco mucho más amplio y dinámico, donde la contratación y gestión de los recursos para la guerra implicó a multitud de intereses públicos y privados con agentes procedentes de todas las escalas sociales. Estos quedaron frecuentemente encarnados por individuos corrientes que, atendiendo a sus cálculos de costes-beneficios, decidieron aprovechar las oportunidades brindadas por la movilización de recursos bélicos, estimulando ese mercado y generando nuevas praxis e innovaciones. Todo ello acabaría originando una vastísima red de contactos con multitud de ramificaciones tejidas desde los entornos locales-comarcales hasta una escala imperial y global. Es más, los autores subrayan la necesidad de no reducir las motivaciones de los implicados al mero afán de lucro, integrando en sus explicaciones otras lealtades y valores de tipo político y cultural. Así, el Estado moderno y las guerras del periodo fueron el resultado de la contingencia, de la búsqueda de oportunidades para maximizar la movilización de recursos y de un proceso de «negociación» a muchas bandas, donde la propia iniciativa privada percibió que dotar de fuerza a un poder público sólido podía ser la mejor forma de defender sus intereses.
Centrándose en la guerra civil Taiping, en la China del periodo 1850-1864, Tobie Meyer-Fong también propone desplazar a los prohombres y al Estado como principales sujetos del análisis histórico. Solo así podremos acercarnos a la naturaleza de la guerra contemporánea, con la multitud de experiencias que la conforman y confluyen en ella, al tiempo que dicho enfoque arrojará luz sobre su alcance global y sus dimensiones transnacionales. Hablamos de una guerra total de aniquilación del enemigo entre las más cruentas de la contemporaneidad, con el empleo de métodos como el desplazamiento forzoso de civiles o su sometimiento por medio del hambre. El contexto se caracterizó por la disolución del Estado imperial chino y una crisis generalizada, con multitud de agentes locales y escenarios, varios conflictos solapados, fuerzas regulares e irregulares con gran movilidad sobre el terreno y unas praxis que hacían difícil distinguir el ejercicio de la guerra de las formas de criminalidad convencional, a veces último recurso para sobrevivir. De hecho, el conflicto se acabaría convirtiendo en el marco propiciatorio para la intervención de potencias extranjeras y supuestos expertos militares de todo el globo venidos por iniciativa propia, en ambos casos con el deseo de sacar el máximo provecho de la situación.
En medio de aquel caos, los contemporáneos trataron de entender y dar sentido a sus vivencias mediante sus categorías morales y marcos de referencia, también como forma de simplificar acontecimientos y horrores que se sucedían tan caótica e imprevisiblemente que dificultaban un posicionamiento. Así, lo que en China constituyó un auténtico cataclismo social que produjo entre veinte y treinta millones de muertos, en los países occidentales fue un conflicto consumido en forma de noticias internacionales publicadas junto con las de ámbito doméstico con un mes de desfase. Esto nos sitúa ante la emergencia de la opinión pública como un factor determinante en la conformación de actitudes sociales y políticas, pero también de unas sociedades de masas abiertas al mundo exterior, si bien con limitaciones como las impuestas por el tamiz del exotismo y el racismo. Esto explica que la guerra civil Taiping fuera narrada por analogía con las cambiantes problemáticas propias de cada país y del mundo internacional, quedando los posicionamientos condicionados a las agendas políticas y económicas acogidas por las cabeceras de prensa y los periodistas. Tampoco es casual que el seguimiento informativo se intensificara con el estallido de la Segunda Guerra del Opio (1856-1860), en plena guerra civil, dado el interés y la necesidad que los comerciantes tenían de contar con información de primera mano para la toma de decisiones.
El tercer artículo, firmado por Michelle Gordon, se enmarca en un estadio posterior de la larga crisis política china, concretamente en el llamado levantamiento de los bóxers de 1900-1901, que buscó acabar con la influencia y los intereses occidentales en el país. Este movimiento surgido en el norte de China fue una respuesta popular ante diversas crisis concurrentes: la creciente injerencia extranjera, encarnada por los misioneros cristianos; el fracaso de los intentos de modernización según el modelo occidental; la incapacidad del Estado imperial para defender su soberanía, que había culminado cinco años antes con una derrota a manos de Japón; sin olvidar las devastadoras inundaciones seguidas por una prolongada sequía en los años precedentes. Así, Gordon se centra en analizar los orígenes, características y posibles particularidades del repertorio de prácticas desplegado por las unidades militares británicas desplazadas allí para acabar con la rebelión armada y preservar sus intereses en China, siempre en colaboración con las fuerzas de otras siete potencias.
La autora se sirve de su caso de estudio como una atalaya privilegiada para abordar de forma conectada problemas y realidades globales en un momento de gran densidad histórica, con la confluencia crítica de multitud de rebeliones y guerras coloniales por todo el orbe. Todas ellas se caracterizaron por la asimetría en medios tecnológicos y bajas humanas, pero también por enfrentar a un enemigo amparado en su conocimiento de un territorio hostil. Los propios agentes imperiales tenían una visión histórica y global muy clara según la cual las crisis coloniales propias y ajenas, pasadas y presentes, se retroalimentarían entre sí conformando una reserva de experiencias y praxis a la que recurrían siempre que lo creían necesario. La imposibilidad de monitorizar el curso de los conflictos desde las metrópolis, que en todo caso ampararían la ejecución de brutales castigos colectivos ejemplarizantes, explica el alto grado de autonomía con que operaron los oficiales y unidades sobre el terreno. Todo ello lleva a Gordon a plantear varias cuestiones: todas las potencias implicadas en la represión del levantamiento de los bóxers, incluidos los británicos, emplearon métodos muy similares; las operaciones militares derivaron casi siempre en el uso discrecional de la fuerza bruta contra civiles, por considerarlos un apoyo real o potencial de los rebeldes, preventivamente o solo para restablecer el prestigio occidental; los discursos legitimadores de estas prácticas se basaban en la convicción de estar haciendo la guerra contra un enemigo incivilizado, pero el abundante despliegue de fuerzas imperiales indígenas permitió señalar a otros sujetos subalternos como culpables de los posibles excesos.
Sin salir de Asia, Kelly Maddox propone dos casos de estudio centrados en las políticas de ocupación japonesas en Singapur y en la isla filipina de Panay durante la Segunda Guerra Mundial, analizando las lógicas existentes tras unos repertorios de violencia bastante similares en todo el Sudeste Asiático bajo control nipón. El terror fue un elemento central dentro de la estrategia de las autoridades imperiales, cuyo objetivo era explotar al máximo los recursos locales para sostener su esfuerzo bélico con el despliegue de un contingente lo más pequeño posible, especialmente en un conflicto que se libraba en múltiples frentes y donde el bienestar de las poblaciones sometidas jamás constituyó una prioridad. No obstante, entre las elites militares niponas destinadas a cada escenario convivían concepciones diferentes de cómo garantizar la paz social para conseguir esos objetivos. Se trataba de administrar unas políticas de la violencia tenidas por racionales, científicas y eficientes, al tiempo que se condenaban y castigaban duramente los excesos aislados e individuales protagonizados por combatientes, dado el peligro que suponían para el mantenimiento del orden. Evidentemente, las concepciones de lo racional y lo eficiente dependían de cada oficial al mando, y eso explica parcialmente lo ocurrido.
Igualmente, el elemento local, transnacional y global aparece de forma constante en el artículo. En unos casos se observa en el peso de la contingencia y las particularidades del terreno, en otros su importancia se revela en la invocación de experiencias contrainsurgentes previas, como la japonesa en China desde 1937. Todos estos factores desempeñaron un papel clave en Panay durante la segunda mitad de 1943, donde el curso cada vez más desfavorable de la guerra unido al deseo de liberar recursos militares de escenarios periféricos llevó a los militares a aplicar enfoques radicales en la lucha contra las guerrillas. No resultó menos importante la propia presión que la cultura militar y las más altas jerarquías imponían sobre los mandos al cargo, de quienes se esperaban resultados tangibles, viéndose forzados a actuar según su interpretación de las expectativas que pesaban sobre ellos. Las operaciones a gran escala apenas dieron frutos, y la falta de medios tampoco ayudó a afrontar con garantías el problema insurgente, así que la estrategia nipona se acabó basando en el despliegue de un repertorio de políticas dirigidas contra los civiles por su supuesto apoyo a los rebeldes.
En la contribución que firmamos los coordinadores, centrada en las guerras civiles que estallaron en África Central al calor de la descolonización, las dimensiones locales y globales vuelven a entrecruzarse constantemente en los grupos de mercenarios blancos que operaron en la región. Estos escenarios de transición política y disolución imperial son precursores de conflictos armados porque abren la puerta a injerencias externas y nuevos repartos del poder a nivel local y regional. En este caso, las políticas neocoloniales estuvieron dirigidas a mantener bajo control los recursos naturales africanos garantizando una descolonización favorable a los intereses occidentales, empleando para ello medios militares, técnicos, políticos y culturales de todo tipo. Y aunque todo esto tuvo lugar en medio de una interacción entre gran cantidad de agentes que operaban sobre el terreno, uno de los más importantes fueron los mercenarios procedentes de Europa, Norteamérica y los reductos blancos de Rodesia y Sudáfrica. Financiados y equipados con la complicidad o el apoyo directo de Estados y corporaciones occidentales, las estrategias encubiertas para favorecer la creación, sostenimiento y actuación de las unidades en las que se integraron también nos revelan las cambiantes concepciones de lo políticamente correcto.
En este sentido, los líderes mercenarios y los asesores militares debieron su existencia a los patronos africanos y occidentales que apostaron por ellos, y que teóricamente estaban por encima en términos de poder e influencia, algo que no les impidió perseguir sus propias agendas políticas e intereses privados. Su principal baza fueron los contactos y la experiencia atesorados durante su participación en enfrentamientos armados previos, desde la Segunda Guerra Mundial hasta los conflictos coloniales de posguerra. Esto hizo que no pocos de ellos pudieran presentarse como reputados expertos en la aplicación de métodos contrainsurgentes a priori eficaces, o cuanto menos útiles, en el marco de los conflictos irregulares que asolaron regiones africanas enteras en la segunda mitad del siglo xx. En última instancia, supieron hacerse necesarios por vías diversas, y su capacidad para cuestionar la autoridad de sus patronos africanos, o incluso para escapar puntualmente al control de sus promotores europeos, no eran sino una muestra de la debilidad de unos y otros frente a la voluntad de actuar de este mercenariado, cuyos conocimientos precisaban y temían, algo que hacía aún mayor la autonomía e impunidad de la que disfrutaron.
La confesión que James Joyce hizo por boca de Stephen Dedalus en su célebre Ulises, que encabeza este texto, cobra una dimensión más clara y evidente al calor de la actualidad, pero también paralelamente a la preparación de este monográfico. Quizás la mejor muestra de ello sean las brutales praxis violentas del Estado israelí contra la población palestina de Gaza y Cisjordania, so pretexto de combatir la amenaza insurgente encarnada por Hamas, o el reciente conflicto en el Alto Karabaj, que volvió a estallar mientras escribíamos estas líneas. En este sentido, siempre habrá quien quiera la guerra o vea la posibilidad de adaptarse a ella y sacarle provecho, dada la multitud de intereses que confluyen en todo enfrentamiento armado. Sin embargo, comprenderla como acontecimiento social en toda su complejidad nos enseña las complicidades sobre las que se hace posible, nos devuelve la medida de la responsabilidad del individuo a todos los niveles y, por tanto, nos aporta herramientas de análisis para repudiarla. Aun a riesgo de sus vidas, son muchos los hombres y mujeres que a lo largo de la contemporaneidad se han negado a ejercer la violencia contra sus congéneres pese a la presión grupal o la obediencia debida. Tampoco podemos olvidar a quienes, incluso poniéndose en peligro, se siguen oponiendo a la conscripción, al ejercicio de la brutalidad institucionalizada y a la guerra por medios diversos, tanto a título personal como colectivo y organizadamente. Así pues, queremos subrayar que la historia no solo es una pesadilla, sino también un sueño en el mejor sentido de la palabra, el de aquellos que reivindicamos los Derechos Humanos como la base para construir una vida mejor en común.
* Los coordinadores participan del proyecto «Posguerras civiles: violencia y (re)construcción nacional en España y Europa, 1939-1949» (PGC2018-097724-B-I00), financiado por el Ministerio de Ciencia e Innovación.