Ayer 142 (2): 341-357
Marcial Pons Ediciones de Historia
Asociación de Historia Contemporánea
Madrid, 2026
ISSN: 1134-2277
DOI: 10.55509/ayer/3208
© Diego Alejandro Mauro
© Vicente Jesús Díaz Burillo
Recibido: 06-11-2025 Aceptado: 16-01-2026 Publicado on-line: 15-05-2026
Editado bajo licencia CC Attribution-NoDerivatives 4.0 License

El siglo del papado. De Pío IX a León XIV

Diego Alejandro Mauro

CONICET
diegomauro@conicet.gov.ar

Vicente Jesús Díaz Burillo

Universidad de La Laguna
vdiazbur@ull.edu.es

Resumen: Los funerales celebrados el mes de abril de 2025 con motivo de la muerte del papa Francisco ocuparon durante varios días los medios de comunicación de todo el mundo. En términos mediáticos, pero también políticos y diplomáticos, el Vaticano se convirtió en aquellos días en una referencia obligada a escala global. Este hecho contrasta, sin embargo, con la precariedad en la que se sostenía el papado a finales del siglo xix. Tras la pérdida de los Estados Pontificios en 1870, con la «cuestión romana» entre el nuevo Reino de Italia y el papado de fondo, y frente al avance de la secularización, la institución papal corría un riesgo real de perder por completo su relevancia cultural, diplomática y política. La historia del papado durante el siglo xx ha sido, en este sentido, un éxito, no solo porque el papado logró su supervivencia manteniendo su centralidad en el seno de la Iglesia católica, sino además porque se convirtió en un agente diplomático, político, económico y mediático reconocido y respetado a escala global.

Palabras clave: papado, diplomacia, política, Pactos de Letrán, sociedad del espectáculo.

Abstract: The funeral held in April 2025 to mark the death of Pope Francis dominated the media worldwide for several days. In media terms, but also politically and diplomatically, the Vatican became a global reference point during those days. This contrasts, however, with the precariousness of the papacy at the end of the 19th century. After the loss of the Papal States in 1870, with the «Roman Question» between the new Kingdom of Italy and the papacy in the background, and in the face of advancing secularization, the papal institution ran a real risk of completely losing its cultural, diplomatic and political relevance. The history of the papacy during the 20th century has been, in this sense, a success, not only in that the papacy managed to survive by maintaining its centrality within the Catholic Church, but also by becoming a recognized and respected diplomatic, political, economic and media agent on a global scale.

Keywords: papacy, diplomacy, politics, Lateran Pacts, Society of the Spectacle.

El 21 de abril de 2025 murió el papa Francisco. Su papado, de algo más de doce años de duración, concluyó con su funeral, un evento que, más allá del aspecto litúrgico, se convirtió en un acontecimiento político, diplomático y mediático con pocos parangones. La ceremonia, presidida por el decano del Colegio Cardenalicio, Giovanni Battista Re, se llevó a cabo el 26 de abril en la basílica de San Pedro. Para garantizar la seguridad del acto, el Gobierno italiano desplegó más de dos mil quinientos policías, alrededor de mil quinientos soldados y un buque de guerra en la costa de Roma. Además, puso en estado de alerta escuadrones de cazas e impuso una zona de exclusión sobre la ciudad.

El Vaticano acreditó a 130 delegaciones a nivel mundial y estuvieron presentes alrededor de 70 jefes de Estado, contando presidentes, monarcas y primeros ministros. Entre los asistentes estuvieron algunas de las principales potencias globales: Estados Unidos, Brasil, Francia, Italia, Alemania, Reino Unido. China y Rusia hicieron públicas sus salutaciones, pero sus presidentes no asistieron por diferentes razones. En el caso de Vladímir Putin, debido a las órdenes de detención que pesan en su contra; en el caso de Xi Jinping, porque China no ha restablecido plenamente las relaciones diplomáticas con el Vaticano, aunque con Francisco —gracias a la gestión del secretario de Estado Pietro Parolin— se lograron avances importantes. También estuvieron presentes el secretario general de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y los presidentes del Consejo Europeo y la Comisión Europea. Según el registro del Vaticano, llegaron fieles de 160 países y durante el funeral se calculó una presencia de 400.000 personas. El operativo de seguridad requirió de unos diez mil participantes. Los medios de comunicación tradicionales, los canales de streaming y las redes sociales mostraron con lujo de detalles cada momento. Según la revista Newsweek aproximadamente cuatro millones de personas en Estados Unidos vieron el funeral en directo. En España, el promedio de audiencia fue de casi un millón de televidentes durante las cuatro horas que duraron las exequias 1.

Si bien no hay cálculos precisos de las visualizaciones en redes sociales y en los programas de streaming, los especialistas estiman, de todas maneras, varios cientos de millones como piso. Si comparamos estos indicadores con otras muertes de figuras de alcance global, la desaparición física del papa Francisco se ubica entre los eventos de mayor repercusión. Además, si atendemos a los flujos digitales, diversos analistas han calculado las interacciones generadas durante ese día en más de doscientos millones, superando, por ejemplo, las generadas por el intento de asesinato de Donald Trump. Según las mediciones de Google, el fallecimiento de ­Bergoglio se ubicó por encima del volumen de consultas relacionadas con las muertes de estrellas del deporte como Diego Armando Maradona o Pelé. También en China, a pesar de que solo viven allí unos diez millones de fieles católicos, la muerte del papa Francisco se viralizó velozmente. En la plataforma china Weibo, el anuncio de la partida de Bergoglio hizo que las búsquedas se dispararan, marcando un trending topic con más de 150 millones de visualizaciones. Incluso The Global Times, el diario del Partido Comunista, se ocupó del tema y recordó la mejora de las relaciones diplomáticas logradas durante el papado de Francisco 2.

El final del papado

Las escenas descritas nos hablan de una institución viva, de un líder diplomáticamente relevante, capaz incluso de influir en la agenda política y mediática global. Esto, sin embargo, y aunque parezca extraño hablando del líder de una institución que se reivindica como milenaria, es algo relativamente reciente. Es el resultado de una serie de procesos que se inician a finales del siglo xix.

En 1871 desaparecieron definitivamente los Estados Pontificios. En aquel contexto, con la entrada de las tropas italianas en Roma, el último papa/monarca, Pío IX, tuvo que huir del que hasta ese momento había sido su palacio residencial, el Quirinal, hasta lo que hoy constituyen los Palacios Vaticanos. Allí moriría pocos años después completamente aislado en términos políticos y diplomáticos 3. El proceso de decadencia del papado, en realidad, venía de tiempo atrás: durante las décadas previas, aun siendo un jefe de Estado con posesiones que gobernar, el papa había estado sometido a los intereses del resto de las potencias europeas. Su capacidad de definir la realidad política era limitada, e incluso en varias ocasiones durante el siglo xix tuvo que huir de Roma y en otras tantas fue hecho prisionero 4.

La situación en la que se encontraba el papado a la muerte de Pío IX en 1878, en términos políticos, diplomáticos y económicos, era muy precaria. Síntoma de esto es que en las décadas finales del siglo xix las potencias más importantes habían ido retirando a sus representantes diplomáticos: Estados Unidos lo hizo en 1876, Gran Bretaña en 1874, Suiza en 1873... Por otra parte, las guerras culturales, tanto en Francia como en Alemania, pusieron al papado a la defensiva: la Kulturkampf alemana y la identificación del republicanismo francés con el laicismo convirtieron al papa y al catolicismo en enemigos del cientifismo, del progreso y del liberalismo. En Italia, y ante el empuje del nuevo Estado, el papado se había convertido, primero en enemigo y, una vez derrotado, en un elemento molesto a pesar de su debilidad. A lo anterior se sumaba la crisis económica provocada por la pérdida de los ingresos que le proporcionaban las posesiones territoriales. No es de extrañar, teniendo en cuenta este escenario, que sus contemporáneos previeran la desaparición del papado o que, de sobrevivir, acabara convirtiéndose en una especie de pieza museística, en un elemento poco más que decorativo con un rol a lo sumo ceremonial. Más parecido, en cierto modo, al que actualmente desempeña el patriarca de Constantinopla como líder de las Iglesias ortodoxas 5.

A la luz de ambos escenarios, no parece exagerado concluir que la historia del papado en el siglo xx ha sido la de un éxito, más allá de los conflictos internos y los escándalos generados en diferentes momentos por la opacidad de las finanzas vaticanas, los casos de abuso o la relación ambivalente con las dictaduras latinoamericanas y Gobiernos autoritarios de diferente signo. El papado no solo no ha desaparecido, convirtiendo en erróneas las predicciones de finales del siglo xix, sino que, como la actualidad hace evidente, goza de un importante prestigio diplomático, de una autoridad considerablemente firme en el seno de la Iglesia católica (de hecho, son escasos los movimientos con posibilidades reales de disputar al papado el control institucional en términos intraeclesiales) y de un potencial mediático global muy relevante. La pregunta que cabe hacerse es, por tanto, cómo se ha producido tal transformación 6.

La invención del papado contemporáneo

Tras el fin de los Estados Pontificios, y de manera por una parte obligada y por otra asumiendo las propuestas que desde determinados sectores eclesiales se habían venido planteando 7, el papado fue transformándose de forma acelerada. El papa dejó de ser, como en los siglos anteriores, un monarca más, apremiado por las deudas, las guerras, el control de unas fronteras o la organización administrativa de un Estado de grandes dimensiones, y emergió poco a poco como un líder espiritual y político global. En un primer momento los cambios vinieron impuestos por las circunstancias y fueron considerados derrotas que necesariamente habría que revertir si se quería sobrevivir; más adelante, sin embargo, durante el gobierno de León XIII, el tono de esos cambios fue modificándose hasta adquirir sentidos más auspiciosos, considerados, incluso, como una posibilidad para aplicar reformas positivas. Antes, en las décadas de 1860 y 1870, Pío IX (1846-1878) implementó cambios que intentaron modernizar la institución. Es el caso, por ejemplo, del óbolo de San Pedro, cuyo fin era desligar la financiación del papado de sus límites territoriales haciéndola «universal». Aun así, Pío IX no fue capaz de entender que las derrotas políticas podían transformarse en victorias «espirituales». El último soberano de los Estados Pontificios pasó los años finales de su vida encerrado en el Vaticano, considerándose preso tanto del nuevo Estado italiano como de un mundo al que se oponía completamente 8.

Las cosas cambiaron sensiblemente con la llegada al papado de León XIII (1878-1903). Durante su gobierno poco a poco se fue dando un nuevo sentido a lo que había ocurrido, y se fue abandonando la postura intransigente de Pío IX. En las encíclicas Inmortale Dei y Libertas praestantissimum, León XIII se atrevió a decir que, en realidad, el fin de la soberanía territorial del papa no era algo malo en sí mismo. Por el contrario, argumentó, liberaba a la Iglesia de muchas tareas que le eran ajenas y le permitía centrarse en su verdadera misión. Incluso, según los teólogos más cercanos al papa, la derrota podía considerarse en cierto modo una especie de triunfo. Aunque en el catolicismo europeo esta mirada tardó en imponerse, los católicos de Estados Unidos, acostumbrados a prosperar alejados de los resortes del poder del Estado, en un contexto de pluralismo religioso, se mostraron mucho más optimistas. Desde aquel momento, de hecho, el catolicismo norteamericano no dejó de acrecentar su influencia en el seno de la Iglesia y además con los años se convirtió en su mayor financiador 9.

Por otra parte, la producción doctrinal durante el gobierno de León XIII, sus encíclicas y documentos, comenzaron a apelar a la movilización de los laicos para batallar por reconstruir la cristiandad. En este sentido, los puentes que tendió con la modernidad pusieron a los católicos en marcha y las organizaciones confesionales florecieron en Europa y América 10. La «doctrina social» de la Iglesia se convirtió desde aquel momento en una especie de programa político que, gracias a su ductilidad, con los años pudo ir adaptándose a las distintas circunstancias. Las tensiones, a pesar de lo anterior, no dejaron de aflorar en las décadas siguientes, como durante el gobierno de Pío X (1903-1914), con quien el papado retomó la postura intransigente y antimoderna de Pío IX. Aunque solo momentáneamente.

Uno de los aspectos que mejor ayudan a entender la supervivencia del papado en nuestros días es su función diplomática. Y es esta posiblemente una de las transformaciones más exitosas, teniendo en cuenta, como señalamos previamente, que la situación del papado a finales del siglo xix era la de casi un paria internacional. El gobierno de Benedicto XV (1914-1922) es fundamental para entender este cambio. El contexto en este caso estuvo marcado por la Primera Guerra Mundial. Ante aquel acontecimiento, el papa luchó por convertirse en mediador diplomático, se empezaron a ensayar las constantes llamadas a la paz que hoy en día nos parecen cotidianas, y se intentó hacer del Vaticano, con cierto éxito, un punto de apoyo para el reconocimiento de los nuevos Estados que surgieron tras el conflicto 11. Aun en condiciones precarias, durante aquel periodo se inició el camino que llevó al papado a convertirse en el referente diplomático que es hoy en día. Unos años después, durante el gobierno de Pío XII (1939-1958), el papado tuvo que situarse, tras otra guerra mundial, en un orden internacional nuevo. Las condiciones en este caso eran más favorables, como veremos. Desde entonces, el papado ha logrado formar parte como un actor más del entramado geopolítico internacional, sometido como el resto de los participantes a las circunstancias del momento, sabiendo, sin embargo, convertirse en un agente en buena medida independiente, mucho más de lo que lo fue en los siglos anteriores.

Junto con la reorganización doctrinal y diplomática, posiblemente la reconfiguración del control del papado de los distintos resortes eclesiales (control de la militancia, de los cuadros dirigentes, de la imposición doctrinal...) ha sido una de las tareas más importantes y, a la vez, más conflictivas en términos intraeclesiales durante el siglo xx. Activamente, desde el gobierno de Pío XI (1922-1939), a través de la Acción Católica, se fue construyendo un modelo verticalizado de control de ese universo que consolidó la militancia católica y reforzó la autoridad papal. En paralelo, el fortalecimiento de la Universidad Gregoriana y la creación de colegios en la Santa Sede destinados a formar a las elites católicas de todo el mundo contribuyeron a proveer de cuadros medios al nuevo papado. Como nunca antes, el magisterio pontificio se convirtió en uno de los principales insumos para la discusión de clérigos, laicos e intelectuales católicos en los cinco continentes. En las décadas de 1920 y 1930, los congresos y las semanas de reflexión que impulsaban los católicos sociales en todas partes del mundo, desde Italia y Alemania hasta Estados Unidos, pasando por Argentina o Chile, solían partir de la interpretación de las encíclicas papales.

Avanzadas las décadas, la tensión «centro-periferia» quedó plasmada en las discusiones que tuvieron lugar durante el Concilio­ ­Vaticano II. Durante las sesiones conciliares se fue poniendo en duda el empeño del papado de mantener un gobierno centralizado, altamente jerarquizado. Frente a esta visión, las propuestas conciliaristas reivindicaron una mayor horizontalidad en la toma de decisiones. La colegialidad episcopal se convirtió durante el concilio y tras su clausura en motivo de tensiones entre los distintos estamentos eclesiales. Los papados de Pablo VI (1963-1978), Juan Pablo II (1978-2005) y Benedicto XVI (2005-2013), este como director del antiguo Santo Oficio antes de convertirse en papa, estuvieron marcados por la tarea de imponer una lectura concreta de los decretos conciliares y de extender el control del papado hacia el resto de la Iglesia, disciplinando las que entendían como «desviaciones doctrinales» que se encontraron por el camino. El intento de acabar con la influencia de la teología de la liberación, sobre todo en Latinoamérica, y la promoción, frente a aquellos, de grupos eclesiales como el Opus Dei, de carácter más conservador y con una estructura jerárquica más verticalizada, se entienden en un contexto de cambio de orientación doctrinal y política del papado que se acentuó con la llegada al gobierno de la Iglesia de Juan Pablo II 12. Pero lo que muestra el éxito de esa observancia «doctrinal», más allá de los conflictos y las resistencias en América Latina, fue la capacidad de Roma de imponer su criterio en el seno de la Iglesia, algo que habría sido mucho más complicado de lograr solo unas décadas atrás.

El «acontecimiento»

Sin embargo, si hay un acontecimiento que explica por encima de cualquier otro la supervivencia del papado y su configuración tal como se nos presenta hoy en día, este es la firma de los Pactos de Letrán. Con este acuerdo entre el papado y el Estado italiano sellado en 1929, se terminó de consolidar el giro iniciado en las décadas de 1870 y 1880. La Santa Sede pasó a ser reconocida desde entonces como un Estado soberano con todos los atributos jurídicos fundamentales. Se ponía fin así a la «cuestión romana» que desde la desaparición de los Estados Pontificios había convertido al papa, en términos diplomáticos, en un «residente» romano molesto para el nuevo Estado italiano. Estos acuerdos, por otra parte, si bien otorgaron a la Iglesia un estatuto institucional sólido (es el que en definitiva ordena el Estado del Vaticano hasta el día de hoy), lo hicieron gracias a ciertas renuncias frente al fascismo italiano que intentaba consolidar su dominio en Italia. La más notable, tal vez, el descabezamiento del Partito Popolare Italiano y el exilio de Luigi Sturzo en Londres, primero, y en Nueva York más tarde. En este sentido, el papado se convirtió, al menos en dicha coyuntura, en parte del soporte estructural del régimen fascista 13. Sturzo no volvería a Italia hasta finalizada la guerra, en 1946, cuando sería nombrado senador vitalicio y se convertiría en una inspiración para la Democracia Cristiana italiana. Hasta ese momento, sin embargo, el papado había convivido con el fascismo en Italia, y había tenido que sortear la Segunda Guerra Mundial, ejercitando equilibrios diplomáticos que lo llevaron desde el anticomunismo explícito de Pío XII, pasando por el silencio y la diplomacia «suave» ante el nazismo en Alemania, al acercamiento definitivo al bloque capitalista una vez finalizada la guerra, para formar parte activa de este bloque durante la Guerra Fría 14.

De aquellas negociaciones culminadas en 1929, sin embargo, el Vaticano extrajo importantes beneficios. El reconocimiento diplomático de Italia, la conciliazione, era importante, pero en la misma medida, si no más, lo fue la indemnización económica que acompañaba a aquellos acuerdos. Este oxígeno económico permitió al papado convertirse velozmente en un actor financiero importante a nivel internacional. De hecho, una de las principales novedades del nuevo Estado papal fue la creación de la Administración Especial, una oficina destinada a gestionar los fondos en efectivo y en bonos recibidos del Estado italiano. A diferencia de lo que había ocurrido con organismos semejantes en el pasado, la nueva dependencia no fue concebida como un dispositivo de naturaleza excepcional, con un fin puntual —resolver una crisis o un problema coyuntural de liquidez—, o incluso subsidiario de otro fin «espiritual», sino que se concibió desde un principio para dar estabilidad y viabilidad económica al Vaticano. Algo así como un ministerio de economía y finanzas. Dicho más claramente, su fin era dotar al nuevo Estado de bases sólidas y permanentes de financiamiento. Con la distribución de ese patrimonio en distintos sectores económicos, a través de diversas estructuras empresariales y en diferentes partes del mundo, el papado entraba a formar parte de los circuitos financieros globales. La institución, que había luchado hasta ese momento por modernizar su doctrina, su diplomacia y su administración, lograba una modernización económica que le permitía hacer frente de una manera mucho más sólida a los retos que se le presentaban 15. Este giro habría sido impensable medio siglo antes, cuando el papado todavía debatía si era lícito invertir financieramente y se mantenía cerca de los banqueros más estrechamente vinculados a la Iglesia.

El papa superstar

Con el paso de las décadas, y apremiado por las necesidades del momento, el papado fue capaz de adaptarse a las condiciones de la modernidad a la que, desde la perspectiva doctrinal, aún se oponía. De la mano de estos cambios, y no menos importante, se produjo también la entrada del papado en el mundo de la comunicación de masas y, poco a poco, en lo que Guy Debord definió como la sociedad del espectáculo. En este sentido, los Pactos de Letrán nos muestran otro hecho clave: la exigencia del papado de disponer de medios de comunicación propios, en este caso, de una emisora de radio. La preocupación por las comunicaciones no era nueva, claro está, y tanto Pío IX como León XIII, cada uno a su manera, habían hecho esfuerzos por dotar al papado de canales de comunicación propios. El déficit en este sentido se dejó notar de manera importante durante el papado de Benedicto XV, quien se vio impotente para lanzar su mensaje de paz al mundo. En tiempos ya de la Segunda Guerra Mundial, con Pío XII al frente del gobierno de la Santa Sede, y con la Radio Vaticana funcionando a pleno, el papa sí fue capaz de hacer oír su voz de manera que, hasta hoy en día, sus mensajes siguen siendo referenciados como ejemplos de los esfuerzos del papado para lograr la paz. Sin ir más lejos, recientemente León XIV ha puesto el acento en este aspecto 16.

El empeño por disponer de un medio de comunicación propio como la Radio Vaticana marca un punto importante en el camino que ha llevado al papado a convertirse en una productora audiovisual muy solvente. The Vatican News, por ejemplo, el canal digital de noticias del Vaticano, o la producción de grandes «espectáculos» 17 se nos hacen hoy algo cotidiano. Sin embargo, la adecuación del papado a esta sociedad del espectáculo dio sus primeros pasos, paradójicamente, con Pío IX, quien se dejó fotografiar hacia el final de su extenso pontificado, permitiendo que la «reproductibilidad técnica de su imagen» se hiciera reconocible a lo largo de todo el mundo. Fue el primer paso, necesario, para hacer del papa un líder político global. Algunos años después, León XIII hizo lo propio, pero frente a las cámaras cinematográficas 18. Más recientemente, Benedicto XVI, a pesar de su escaso carisma y de los escándalos que signaron su papado, fue clave en la entrada del Vaticano al mundo de las redes sociales.

El papado ha promocionado consciente y eficazmente, por tanto, la «buena prensa» y se ha preocupado por fortalecer los diferentes canales de difusión de las ideas católicas, desde los grandes diarios confesionales hasta los boletines parroquiales. No obstante, en perspectiva histórica, fueron sobre todo Benedicto XV y Pío XI los que primero comprendieron en toda su importancia las implicaciones del surgimiento de la sociedad de masas, en el marco de las cuales la prensa popular, la radio y en general las industrias culturales adquirieron una relevancia cualitativamente superior. Pío XII, por ejemplo, produjo un documental sobre sí mismo y Juan XXIII (1958-1963) se dejó filmar visitando hospitales en Roma.

El papado no ha dejado de acompañar el desarrollo de la industria audiovisual hasta nuestros días. En este camino, Juan Pablo II fue, posiblemente, el papa que mejor supo explorar las posibilidades que le ofrecía el entramado mediático del momento, al menos hasta la llegada de Bergoglio a la silla de Pedro. Karol Wojtyla se convirtió en una auténtica estrella que aglutinaba a su alrededor grandes masas de fieles, arrastrándolos a ocupar el espacio público. Heredó de sus antecesores una estructura mediática ya consolidada, pero, sobre todo, se encontró una sociedad en la que los medios de comunicación ya se habían convertido en auténticos suministradores de entretenimiento. Estos hallaron en el papa una figura muy atractiva desde el punto de vista mediático. Juan Pablo II supo aprovechar al máximo un carisma que, en las condiciones que le ofrecía una sociedad completamente hegemonizada por la pantalla, extendió por todo el planeta. Pronto, la imagen del papa polaco se convirtió en un símbolo inconfundible. Al modo de las grandes estrellas del momento, también él supo llenar estadios y ofrecer espectáculos multitudinarios. Por supuesto, todo esto era posible porque sus antecesores habían hecho del papado un agente político y diplomático fundamental a escala internacional; pero también porque las lógicas del espectáculo, que se ubican en el corazón de nuestras sociedades, brindaron a la institución papal un escenario particularmente propicio para su desarrollo y proyección.

Una tormenta en medio de la primavera

Si bien a lo largo del siglo xx no faltaron momentos de crisis, la exitosa reconfiguración de la autoridad papal tuvo un momento particularmente adverso durante los años finales del papado de Juan Pablo II y sobre todo durante el de Benedicto XVI. La prueba tal vez más nítida de la profundidad de la crisis fue justamente la sorprendente renuncia de Joseph Ratzinger en 2013. Por primera vez desde finales del siglo xix, parecía que los logros comunicacionales, diplomáticos e intraeclesiales del papado construidos pacientemente a lo largo de décadas comenzaban a estar seriamente en peligro. En los diarios, la Iglesia católica se asociaba casi exclusivamente a los casos de abuso que se multiplicaban en diócesis de todas partes del mundo y a las sospechas de corrupción e ilícitos en el Banco Vaticano. El comediante estadounidense Louis C. K. dejó un testimonio particularmente crudo de esta coyuntura en uno de sus programas especiales. Allí, en una sátira totalmente descarnada, el propio Louis C. K. recibía una carta del papa donde el pontífice le explicaba que la Iglesia católica era una organización de pedófilos que había inventado a Dios para ocultar sus verdaderas intenciones 19. En este marco, la gota que rebalsó el vaso fueron las filtraciones de documentos privados de ­Benedicto XVI, los Vatileaks, en que estuvieron involucradas personas cercanas a Ratzinger. De repente, tras haber sorteado infinidad de desafíos internos, incluidos los conflictos de los años sesenta y setenta, la autoridad papal flaqueaba de puertas adentro de la manera más evidente: el papa no controlaba siquiera lo que ocurría a escasos metros de distancia. Por esos días, pensar que podía encarar los desafíos que se generaban a miles de kilómetros se volvió una quimera a los ojos de muchos católicos.

El bombero de este incendio fue Jorge Bergoglio, el papa Francisco. Si bien había sido papable en 2005, su elección en 2013, cuando no figuraba ya entre los posibles candidatos según los análisis de los vaticanistas, dejó en claro que los cardenales tenían muy presente la magnitud de los problemas y eran conscientes de la necesidad de un cambio de rumbo frente a lo que parecía ser la disgregación del centro romano. Bergoglio, por su parte, lo entendió desde el primer momento y multiplicó los gestos de ruptura, empezando por la elección de su nombre. En su primera aparición pública pidió a los fieles que rezaran por él y se presentó con una vestimenta austera, que se distanciaba de las tradiciones. Rehusó a vivir en el palacio apostólico y su primer viaje fue a Lampedusa para denunciar la situación de los inmigrantes y el doble rasero de las políticas de la Unión Europea. Sin entrar en el debate sobre la profundidad y sostenibilidad de las reformas de su papado, repleto de gestos e iniciativas de todo tenor, parece evidente que en términos comunicacionales su legado fue notablemente positivo 20. Su agenda disruptiva y su carisma captaron velozmente la atención. Poco a poco, la Iglesia católica dejó de aparecer vinculada a escándalos, para convertirse en sinónimo de cuidado ambiental, protección de los derechos humanos —muy especialmente de los migrantes—, solidaridad social, fraternidad y misericordia. Por supuesto, siguió teniendo fuertes detractores, pero sus voces se fueron diluyendo frente a las numerosas muestras de aprobación. Hasta numerosos dirigentes de izquierda y centroizquierda a lo largo y ancho del mucho comenzaron a ver con buenos ojos la actualización de la doctrina social de la Iglesia encarnada por Francisco. La tormenta se había disipado. Su éxito fue tan notable en términos mediáticos que el agustino Robert Prevost, doce años después, tras ser elegido papa, apeló a la tradición sin que eso fuera ya un problema: eligió un nombre como León (hubo trece papas con ese nombre antes) y retomó muchas de las prácticas ceremoniales que Francisco había dejado de lado. Sin ir más lejos, su vestimenta tras ser electo reflejó con claridad dicho giro: se puso la estola bordada con hilo dorado, la muceta de terciopelo y usó el crucifijo de oro. Fijó su residencia en el Palacio Apostólico y decidió descansar en la residencia de verano, Castel Gandolfo, que Francisco no utilizaba. Todo esto puede tener que ver con personalidades diferentes, pero principalmente con situaciones distintas. En términos intraeclesiales, el principal desafío que tiene por delante León XIV no es ya limpiar el nombre de la Iglesia, devolverle prestigio e influencia o reposicionarla como una voz de peso internacional —algo que logró en gran medida Francisco—, sino evitar que las tensiones internas agudizadas sobre el final del papado de su antecesor deriven en rupturas, enfrentamientos incontrolables y finalmente cismas. Al margen de la Iglesia, en términos políticos y diplomáticos, Francisco logró muchísimo, pero el coste fue una creciente resistencia interna de conservadores y tradicionalistas que, en la previa del cónclave, amenazaron abiertamente con abandonar la Iglesia si no se revisaba el rumbo. El cardenal Gerhard Müller lo planteó sin medias tintas cuando afirmó que los cardenales debían elegir entre «ortodoxia» o «herejía». León XIV entiende perfectamente este problema y ha intentado apoyarse en algunas tradiciones para descomprimir tensiones. El tiempo dirá si esta estrategia resulta adecuada o no y cuáles serán sus costos.

Del papado tradicional al contemporáneo. La historia de un éxito

El papado contemporáneo, el que conocemos en nuestros días, debe su existencia, un tanto paradójicamente, a la desaparición de su versión anterior: el papado tradicional. En este sentido, si el actual papado es una invención exitosa, resultante de los procesos y vectores que hemos descrito brevemente en estas páginas, cabe preguntarse: ¿qué queda del papado anterior? La respuesta hasta cierto punto es sencilla. Queda, en primer lugar, un corpus doctrinal amplio y variado, mucho más flexible, por cierto, de lo que suele creerse desde fuera de la Iglesia; quedan, también, en segundo lugar, unas referencias culturales extensas en el tiempo y un patrimonio artístico amplio. Sin duda, uno de los mayores núcleos culturales del planeta. Queda, también, una estética, unos signos visibles que identifican al papado y que hunden sus raíces en siglos de tradición y que han sido claves en su adecuación a la sociedad del espectáculo. En nuestros días, León XIV parece dispuesto a valerse de ellos para intentar asegurar la unidad interna.

Sin embargo, como hemos argumentado en este ensayo, nada de lo anterior nos remitiría al papado de no ser por su exitosa reconfiguración y, hasta cierto punto, su reinvención como una institución dotada de la capacidad de apropiarse de ese vasto patrimonio cultural, de custodiarlo y de imponer una cierta interpretación sobre el mismo, tal como hoy en día ocurre, más allá de las tensiones y enfrentamientos entre los diferentes sectores y tendencias que conviven en el catolicismo. En este proceso, el «acontecimiento» Letrán ha sido la pieza fundamental. En cierto modo, el acta de nacimiento del papado actual.

Por supuesto, esta exitosa reconfiguración no estuvo exenta de tensiones y conflictos o de momentos difíciles, incluso de fuertes tempestades como en los años finales del papado de Juan ­Pablo II y sobre todo durante el de Benedicto XVI. Sin embargo, a pesar de todo esto, y como se pudo observar durante los funerales de ­Francisco, el papado ha logrado convertirse en una referencia diplomática obligada. Incluso, en nuestros días, como señalamos ya, distintos líderes de izquierda y centroizquierda —así como referentes de los movimientos populares en América Latina— compiten por acercarse y apropiarse de la figura del papa. El futuro, por supuesto, es incierto y, como se hizo evidente en los años finales de Francisco, las tensiones internas con los sectores tradicionalistas anticipan futuras tempestades. De igual manera, de puertas afuera de la Iglesia, el declive relativo del catolicismo incluso en sus bastiones históricos, como América Latina, se ha acentuado. Aun así, si volvemos al comienzo de esta historia, no caben dudas de que, a finales del siglo xix, ni los más optimistas defensores del papado se habrían atrevido a imaginar un presente como el actual.


  1. 1 Belén Liotti: «Estos son los líderes mundiales que asistirán al funeral del papa Francisco y los que no», CNN en Español, 25 de abril de 2025, https://cnnespanol.cnn.com/2025/04/25/mundo/lideres-mundiales-asistiran-funeral-papa-francisco-orix (consultado el 15 de diciembre de 2025); Redacción: «En imágenes: así fue la multitudinaria despedida del papa Francisco en Roma», BBC News Mundo, 26 de abril de 2025, https://www.bbc.com/mundo/articles/c8x8weg99yko (consultado el 15 de diciembre de 2025); s. a.: «Italia desplegará aviones de combate y un destructor para la seguridad en el funeral del papa Francisco», Infobae, 24 de abril de 2025, https://www.infobae.com/america/mundo/2025/04/25/italia-desplegara-aviones-de-combate-y-un-destructor-para-la-seguridad-en-el-funeral-del-papa-francisco/ (consultado el 15 de diciembre de 2025), y Giulia Carbonaro: «How NFL Draft Compared to Pope Francis’ Funeral in TV Viewership», Newsweek, 30 de abril de 2025, https://www.newsweek.com/how-nfl-draft-compared-pope-francis-funeral-tv-viewership-2065997 (consultado el 15 de diciembre de 2025).

  2. 2 «China Expresses Condolences over Death of Pope Francis: FM», Global Times, 23 de abril de 2025, https://www.globaltimes.cn/page/202504/1332645.shtml (consultado el 15 de diciembre de 2025).

  3. 3 David I. Kertzer: Prigioniero del Vaticano. Pio IX e lo scontro tra la Chiesa e lo Stato italiano, Milano, Rizzoli, 2005.

  4. 4 Owen Chadwick: The Popes and the European Revolution, Oxford, Oxford University Press, 2003.

  5. 5 Stewart A. Stehlin: «The Emergence of a New Vatican Diplomacy during the Great War and its Aftermaths, 1914-1919», en Peter C. Kent y John F. ­Pollard (eds.): Papal Diplomacy in the Modern Age, Westport, Praeger Publisher, 1994, pp. 75-84, esp. p. 75.

  6. 6 Los planteos de este artículo recuperan las tesis defendidas en: Vicente Jesús Díaz Burillo y Diego Alejandro Mauro: La invención del papado contemporáneo. De Pío IX a Francisco, Madrid, Los Libros de la Catarata, 2025.

  7. 7 Las críticas al poder temporal de los papas en realidad son tan antiguas como la propia institución. En términos morales, pero también prácticos, el ejercicio del poder «espiritual» sin la carga de los asuntos mundanos otorgaría al papado una mayor legitimidad moral y, sobre todo, más libertad doctrinal. La controversia atraviesa de una u otra forma la historia del papado, desde su construcción como autoridad política y doctrinal por encima del resto del episcopado, con Clemente II (1046-1047), hasta los debates que ocuparon el Concilio Vaticano II, ya en el siglo xx. Véase Carlos de Ayala Martínez: El pontificado en la Edad Media, Madrid, Síntesis, 2016.

  8. 8 Ignazio Veca: Il mito di Pio IX. Storia di un papa liberale e nazionale, Roma, Viella, 2018.

  9. 9 Manlio Graziano: In Rome We Trust. The Rise of Catholics in American Political Life, Stanford, Stanford University Press, 2017.

  10. 10 Vincent Viaene (ed.): The Papacy and the New World. Vatican Diplomacy, Catholic Opinion and International Politics at the Time of Leo XIII, 1878-1903, Leuven, Leuven University Press, 2005, y Rudolf Lill: Il potere dei papi. Dall’età moderna a oggi, Roma, Laterza, 2010.

  11. 11 John F. Pollard: The Unknown Pope. Benedict XV and the Pursuit of Peace, 1914-1922, London, Casell, 1991.

  12. 12 Vicente Jesús Díaz Burillo: Las transiciones de la Iglesia (1962-1987), Granada, Comares, 2019.

  13. 13 Alberto Aquarone: L’organizzazione dello Stato totalitario, Torino, Einaudi, 1965.

  14. 14 John F. Pollard: The Papacy in the Age of Totalitarianism (1914-1958), Oxford, Oxford University Press, 2014.

  15. 15 John F. Pollard: El Vaticano y sus banqueros. Las finanzas del papado moderno, 1850-1950, Barcelona, Virus, 2007.

  16. 16 Raffaella Perin: The Popes on Air. The History of Vatican Radio from Its Origins to World War II, New York, Fordham University Press, 2024.

  17. 17 Recientemente, la plaza de San Pedro se convirtió en un escenario en el que los conciertos multitudinarios se mezclaron con los juegos de luces ejecutados por drones. El espectáculo Grace for the World, como se llamó al evento, se encuentra disponible en Disney +, lo que muestra, por otra parte, una pragmática capacidad del Vaticano de tejer alianzas mediáticas globales.

  18. 18 Vicente Jesús Díaz Burillo: «La fotografía de Pío IX. Esbozo de una historia visual del papado contemporáneo», Accadere. Revista de Historia del Arte, 4 (2022), pp. 95-109.

  19. 19 «Louis C. K. Learns About the Catholic Church», 2007, https://www.youtube.com/watch?v=b2XkEQbvrnw (consultado el 29 de diciembre de 2025).

  20. 20 Véase al respecto Diego Mauro: «Francis’ Papacy Analyzed from a Historical Perspective. A Catholicism for the Twenty-First Century?», JoMaCC, 3(2) (2024), pp. 437-454, https://­edizionicafoscari.it//en/edizioni4/riviste/journal-of-modern-and-contemporary-christianity/2024/2/francis-papacy-analyzed-from-a-historical-perspect/ (consultado el 30 de enero de 2026).