Ayer 134 (2) 2024: 139-165
Marcial Pons Ediciones de Historia
Asociación de Historia Contemporánea
Madrid, 2024
ISSN: 1134-2277
DOI: 10.55509/ayer/2200
© Miguel Alonso Ibarra
© David Alegre Lorenz
Recibido: 27-10-2020 | Aceptado: 10-09-2021 | Publicado on-line: 08-04-2024
Editado bajo licencia CC Attribution-NoDerivatives 4.0 License
Mercenarios blancos entre el Congo y Nigeria: neocolonialismo y contrainsurgencia en África Central durante la Guerra Fría, 1960-1970 *
Miguel Alonso Ibarra
Universidad Nacional de Educación a Distancia
miguelalonso@geo.uned.es
David Alegre Lorenz
Universitat Autònoma de Barcelona
david.alegre@uab.cat
Resumen: En este artículo analizamos algunos de los límites y particularidades del proceso de descolonización en África Central durante los años sesenta, tomando como sujeto de estudio a los mercenarios blancos que participaron en las guerras civiles del Congo (Katanga) y Nigeria (Biafra). El impacto de sus actividades, sus conexiones político-económicas internacionales, sus fuentes de reclutamiento, sus motivaciones y sus creencias, las relaciones entre los diferentes colectivos o el conflicto entre sus agendas y las de sus promotores nos hablan de una descolonización congelada, de la circulación transnacional de praxis y discursos contrainsurgentes y de una extrema derecha global que mantendría importantes conexiones con los antiguos centros de poder metropolitanos. Así pues, nos proponemos profundizar en el despliegue de nuevas formas de poder, control e injerencia en el África postcolonial por parte de las potencias occidentales y los grupos de intereses dentro de estas.
Palabras clave: mercenarios blancos, contrainsurgencia, África Central, descolonización congelada, Guerra Fría.
Abstract: In this article we analyze the limits and specificities of the decolonization process in Central Africa during the 60s, focusing on the white mercenaries who participated in civil wars that took place in Congo (Katanga) and Nigeria (Biafra). The impact caused by their activities, their international political and economic links, their recruitment sources, their motivations and beliefs, the connections between the various mercenary groups, and the conflict between their agendas and those belonging to their promoters, all point towards a «frozen» decolonization. What is more, all these elements highlight the transnational circulation of counterinsurgent praxis and discourses, and demonstrate the important connections between the global extreme right and traditional nodes of metropolitan power. In this way, we aim to delve into the display of new forms of power, and the control and meddling in postcolonial Africa by western powers and the various lobbies within them.
Keywords: white mercenaries, counterinsurgency, Central Africa, frozen decolonization, Cold War.
Tras el final de la Segunda Guerra Mundial, uno de los principales focos que atrajeron el interés de las potencias europeas fueron sus posesiones de ultramar, en las que habían comenzado a organizarse diversos movimientos independentistas autóctonos reforzados por su contribución a la lucha contra el Eje. Así, a partir de 1945 las autoridades francesas, británicas y neerlandesas desplegaron brutales campañas represivas y de reconquista para intentar recuperar el dominio sobre sus antiguos territorios coloniales y frenar de ese modo el avance independentista. A las razones de prestigio se unía la esperanza de mantener el control sobre las poblaciones y las materias primas de las colonias, esenciales para la reconstrucción de posguerra y para el sostenimiento del propio sistema capitalista. En lo que respecta a Estados Unidos, el miedo a que los viejos territorios de ultramar pudieran caer bajo la esfera comunista acabó imponiéndose sobre el tradicional anticolonialismo de sus dirigentes, contrarios al proteccionismo que las metrópolis ejercían sobre sus dominios. Así se explica que acabaran apoyando el sostenimiento de los imperios europeos durante al menos una década, necesitados de mantener unas buenas relaciones con sus aliados en la disputa global que mantenían con la Unión Soviética. Por eso mismo, las elites político-económicas europeas jugaron a fondo la carta del anticomunismo en la lucha contra los movimientos independentistas, sin olvidar los prejuicios racistas, dada la tendencia a considerar que los colonizados eran incapaces de gobernarse a sí mismos. En última instancia, su objetivo era que el proceso de descolonización les permitiera preservar sus intereses en la región frente a la irrupción de los nuevos actores locales, regionales e internacionales 1.
Bajo estos parámetros se explica la crisis sufrida en los años sesenta por países de África Central como Congo y Nigeria, que resulta tanto más importante para entender las limitaciones y los problemas con los que hubieron de lidiar las sociedades de los treinta y nueve países africanos que alcanzaron su independencia entre 1956 y 1968. Las particularidades de los sistemas de dominación colonial fueron decisivas en el colapso de ambos Estados, como ocurriría en otros lugares del continente, sobre todo por la subordinación y dependencia casi total en la que habían sido mantenidos los territorios de ultramar y sus poblaciones por parte de las metrópolis y sus especialistas. A ello cabe añadir las consecuencias funestas de las luchas locales por la definición de los nuevos Estados y por el reparto del poder, dentro de las diversas visiones existentes y las oportunidades creadas por cada proceso de independencia 2. Esa misma inestabilidad de unos países tan dependientes como ricos y diversos a nivel natural, económico y cultural, gobernados por los europeos durante décadas según el principio del divide et impera, se acabaría convirtiendo en la justificación para imponer nuevas formas directas e indirectas de tutela y control exterior 3. Con diferentes grados de éxito, una parte importante de la primera clase dirigente africana buscó la manera de superar estos obstáculos invocando la solidaridad panafricana entre países y dentro de estos, al tiempo que abogaban por el control estatal de los recursos naturales, la planificación y la diversificación económicas como formas de promover un desarrollo autóctono y una emancipación efectiva.
No es casual que muchos de ellos pusieran sus ojos en el modelo soviético, a la par que reivindicaban su derecho a tejer alianzas y formas de cooperación fuera de las constricciones internacionales de la Guerra Fría, todo ello acompañado de una implacable crítica antiimperialista 4. Los dos meses posteriores a la independencia del Congo, proclamada el 30 de junio de 1960, son la mejor muestra de hasta qué punto resultó difícil implementar estas políticas 5. En este caso, varios factores propiciaron la entrada de nuevos actores internacionales: el vacío de poder derivado de la intervención militar belga, so pretexto de proteger a la población blanca del país de las agresiones que venía sufriendo desde los primeros días de julio, provocando así la implosión del Estado congoleño; la deposición del Gobierno del izquierdista panafricanista Patrice Lumumba (1925-1961) a manos del presidente Joseph Kasavubu (1917-1969), tras ser escogido el primero por una amplia mayoría democrática y haber solicitado el apoyo de la Unión Soviética; y, finalmente, la secesión de la rica provincia meridional de Katanga, encabezada por Moïse Tshombe (1919-1969), que contó con el apoyo de poderosos intereses privados, sobre todo del conglomerado anglobelga de la Union Minière (UM) e importantes elementos del ejército belga 6. Efectivamente, potencias como Estados Unidos, Gran Bretaña o Francia aspiraban a ocupar el espacio detentado hasta entonces por Bélgica, que no tenía la capacidad ni los apoyos para seguir operando en solitario dentro del nuevo escenario.
Los problemas de Nigeria también estaban muy relacionados con la herencia colonial, cuya principal manifestación era un Estado que tenía como objetivos el mantenimiento del orden y la explotación de las ingentes riquezas petrolíferas del delta del Níger. A ello cabe sumar la constante renegociación de las formas de organización locales, regionales y estatales desde 1960; la débil cohesión del país, junto con las constantes luchas por el poder y la distribución de la riqueza, marcadas por las divisiones entre los 250 grupos étnicos del país y las disputas regionales; y, por último, la posición periférica de Nigeria en el entramado global, agravada por el tremendo potencial económico de sus vastos recursos humanos y naturales. Después de una profunda crisis político-social y económica, dos golpes militares exitosos jalonaron el asesinato de entre 80.000 y 100.000 personas en 1966, todas ellas originarias de las regiones orientales si bien residentes en el norte, cuyas elites aspiraban a la hegemonía dentro del país. Las visiones en conflicto sobre el futuro de Nigeria, así como la sensación de desprotección de los igbos, etnia dominante al este, llevaron a sus dirigentes a proclamar la independencia de la región bajo la República de Biafra, buscando hacer valer su control sobre las reservas petrolíferas del delta del Níger. Así estalló una cruenta guerra civil (1967-1970) cuya duración se explica por la injerencia de países como Francia, Israel y China en favor de la causa biafrana 7.
De entre las diversas potencias, Francia fue el país que con mayor ahínco intentó conservar y ampliar sus esferas de influencia en África Central, dentro de una estrategia compensatoria por la dura derrota sufrida en Indochina en 1954 y por la evolución desfavorable de la Guerra de Independencia en Argelia. Esta nueva política de la Françafrique estuvo dirigida desde 1959 por Jacques Foccart (1913-1997), eminencia gris al servicio de diversos presidentes franceses y máximo responsable de toda la red de agentes y asesores desplegada por el Elíseo en antiguas posesiones coloniales como Congo-Brazzaville o Costa de Marfil, pero también en nuevos escenarios como el Congo y Nigeria 8. En estos últimos, las elites dirigentes galas vieron la posibilidad de extender sus tentáculos hacia fuentes de recursos tan importantes como los diamantes, el petróleo o el uranio, tan valiosos para el comercio internacional y para el desarrollo de un arsenal nuclear propio 9. Sin embargo, en el nuevo marco de la descolonización, agudizado por la pugna con las potencias comunistas, la intervención francesa no podía dejar patente la mano del Elíseo, de ahí que se optara por los mercenarios y la venta de armas como instrumentos primordiales de actuación 10. Los primeros constituían un activo sobre el terreno, dada su notable capacidad para operar de forma autónoma y al servicio directo de sus promotores, lo cual, sumado al escaso desarrollo de las estructuras militares de los países africanos, hacía de ellos un elemento que podía decantar la balanza del lado francés. Es más, la forma que adoptaron estos grupos armados casi siempre permitía negar toda conexión con ellos 11.
Así pues, tras la secesión de Katanga Jean Mauricheau-Beaupré (1920-1966) —coordinador sobre el terreno de las políticas impulsadas por Foccart y pantalla protectora del asesor presidencial— envió a un grupo de militares franceses en apoyo de Tshombe. Entre ellos destacaban el coronel Roger Trinquier (1908-1986) y el comandante Roger Faulques (1924-2011), retirados del servicio activo para evitar que el gobierno galo se viera implicado 12. Ambos eran veteranos de la Segunda Guerra Mundial y de las campañas de Indochina y Argelia, de manera que contaban con una dilatada experiencia en operaciones de contrainsurgencia. De hecho, Trinquier se había convertido en uno de los principales teóricos de la guerra antisubversiva, publicando varias obras donde abogaba por el uso de la tortura contra detenidos y prisioneros como forma de conseguir información relevante, una práctica muy común en la batalla de Argel entre 1956 y 1957 13. Hablamos de experiencias y conocimientos que serían especialmente importantes, pues la tipología irregular de las guerras africanas favoreció la aplicación de métodos contrainsurgentes. Así quedaría reflejado en la lucha contra las milicias balubas que operaban en el norte de Katanga entre 1961 y 1963, durante la rebelión Simba de 1963-1964 o en las operaciones biafreñas conducidas por mercenarios blancos tras las líneas nigerianas entre 1967 y 1970.
Esta primera intervención basada en el despliegue de soldados de fortuna se topó con algunos problemas iniciales 14. La llegada de Trinquier, cuya función era reorganizar la gendarmería katanguesa, tuvo lugar en paralelo a la captura y asesinato de Lumumba el 17 de enero de 1961, perpetrado por gendarmes katangueses e instigado por Bélgica. La coincidencia era contraproducente para los intereses galos, ya que la fama que Trinquier se había granjeado en Argelia insinuaba la implicación francesa en la muerte del malogrado líder congoleño. Por este motivo, solo un mes después el coronel galo fue relevado de sus funciones 15. La necesidad de establecer vínculos todavía más tenues entre el Elíseo y sus agentes sobre el terreno propició el advenimiento de individuos que tenían una menor relación orgánica con el ejército, dando forma al sistema mercenario francés en África Central. De esta forma, exoficiales como Trinquier o Faulques, que aún llegaría a combatir en Biafra, fueron dando paso a perfiles más modernos y apropiados como Bob Denard (1929-2007), en el caso francés, o Mike «Mad» Hoare (1919-2020), en el británico, mezcla de militares, agentes secretos y aventureros. De igual modo, las redes de suministro y apoyo a estos grupos, así como sus vínculos con los gobiernos para los cuales combatían, funcionaban a través de intermediarios capaces de actuar sin comprometer a los principales implicados, como se puso de manifiesto en el caso de los traficantes de armas franceses Paul Favier y Pierre Lorez durante la guerra civil en Nigeria (1967-1970) 16.
Mapa 1
Situación general en África Central y Ecuatorial durante los años sesenta

Fuente: elaboración propia.
En cualquier caso, la irrupción de Francia en el escenario congoleño chocó con los intereses de otras potencias que ya tenían presencia sobre el terreno o que estaban maniobrando para conseguirla. Bélgica había sido la principal impulsora de la secesión de Katanga, habida cuenta de los ingentes recursos naturales de la región explotados por la UM. Por eso mismo, la llegada de Trinquier en 1961 había suscitado recelos en Bruselas, tanto es así que el ministro de Asuntos Africanos belga pidió a las autoridades británicas que mediaran frente a Tshombe para que no aceptara la ayuda del exmilitar galo 17. Por su parte, Gran Bretaña se encontraba en una situación parecida a la de Bélgica: diversas empresas británicas como Shell y Unilever tenían intereses comerciales en la región, y el propio Estado británico controlaba el 14,5 por 100 de la UM. Además, Katanga tenía una importante posición geoestratégica para el sostenimiento de los estados blancos en la mitad sur del continente, especialmente los reunidos desde 1953 en la Federación de Rodesia y Nyasalandia (en lo sucesivo Rodesia o Federación) 18. Sin embargo, el Gobierno británico se mostró más tibio a la hora de apoyar la secesión con armas o mercenarios, algo que reflejaba las diversas tendencias y enfoques existentes entre las elites dirigentes del país 19. Por eso mismo, aparte de presionar a Francia para que controlase el reclutamiento de mercenarios en su territorio, intentó poner coto al tránsito de combatientes desde Gran Bretaña al Congo vía la Federación. Aún con todo, estos propósitos solo se traducían en medidas laxas, como la firma de compromisos escritos o la retirada temporal de pasaportes, que no solucionaban el problema y evidenciaban la ambigua posición británica 20. De hecho, estas disposiciones eran similares a las excusas esgrimidas por el Gobierno francés para no poner fin a los frecuentes vuelos de la francesa Union Aéromaritime de Transport a la ciudad de Ndola, punto de confluencia de mercenarios y suministros en la frontera entre Katanga y Rodesia 21.
Por último, la posición de Estados Unidos difería de la de sus aliados europeos, por mucho que en el seno de su clase política y su elite económica convivieran visiones distintas y cambiantes de cómo preservar sus intereses en el Congo 22. Su estrategia para ello se basó en el apoyo al Gobierno central por medio de dos ejes de acción. En primer lugar, las maniobras políticas para desplazar a Lumumba del poder y promover a figuras más afines, como Cyrille Adoula (1921-1978), primer ministro del Congo entre 1961 y 1964, o Joseph-Désiré Mobutu (1930-1997), comandante del ejército congoleño que en 1965 acabaría imponiendo una brutal dictadura de treinta años. En segundo lugar, el despliegue y reforzamiento de la primera fuerza militar multinacional de la ONU, que había sido solicitada por el propio Lumumba en la crisis del verano de 1960. Todo ello sirvió como subterfugio para legitimar la reunificación del país manu militari, algo que chocaba frontalmente con el proceder y los intereses de belgas, franceses y en menor medida británicos 23.
Todos estos conflictos tuvieron su traslación evidente sobre el terreno, afectando a las relaciones entre los diferentes grupos de mercenarios. Que los principales puestos de responsabilidad militar en Katanga fuesen copados por franceses contrastaba con el hecho de que la principal vía de financiación procediese de Bruselas, algo que generó tiranteces entre comandantes como Faulques y otros como Jean Schramme (1929-1988), cuyos hombres recibían sus salarios de la UM por medio de contratos civiles que justificaban su presencia en Katanga 24. Estas disputas impusieron una limitación sobre la efectividad del sistema mercenario implantado por Francia, ya que la presencia de líderes paramilitares al servicio de otros países y corporaciones lastraba la capacidad de aunar esfuerzos en pos de unos mismos objetivos.
Sin ir más lejos, en enero de 1962 sendos informes de las legaciones británicas en Elisabethville, actual Lubumbashi y entonces capital de Katanga, y Salisbury, actual Harare y a la sazón capital de la Federación, subrayaban las desavenencias entre un grupo de cincuenta hombres fieles a Faulques y el resto de los integrantes de las unidades mercenarias. El principal motivo de disputa era la cuestión del mando, que los informes atribuían al experimentado militar francés y a su gente, por ser los que controlaban la financiación. Según se apuntaba, este venía avalado por su trayectoria, que le confería una autoridad carismática sobre el resto de los mercenarios y que solía ser reforzada con medios expeditivos similares a los empleados en la Legión Extranjera Francesa (LEF). Su poder era tal que incluso desafiaba al del propio Tshombe. Sin ir más lejos, en un principio Faulques se negó a liberar a los soldados irlandeses de la ONU capturados en septiembre de 1961 durante el asedio de Jadotville, hoy Likasi 25. De hecho, al contrario de lo que han señalado algunos expertos en el campo del voluntariado de guerra, el mayor inconveniente que enfrentaron los Estados y para-estados africanos no radicó en la atracción del talento y la experiencia militar necesarios para salvar las carencias de sus propias fuerzas 26. Más bien al contrario, el principal reto radicó en las dificultades para poner bajo su autoridad a los expertos extranjeros, por su propia debilidad y dependencia respecto de estos últimos, algo que en última instancia permitió a los mercenarios perseguir sus propias agendas e intereses 27.
Los mercenarios también desempeñaron un papel decisivo en las estrategias políticas diseñadas por el imperio colonial portugués y los Estados blancos de África meridional para sobrevivir a la oleada de independencias de los años cincuenta y sesenta. Portugal, Sudáfrica y Rodesia tenían intereses económicos en la región similares a los de Francia, Bélgica, Gran Bretaña o Estados Unidos 28. Además, todos coincidían en la necesidad de contar con aliados en la región, esto es, estados-tapón que sirvieran como factor disuasorio frente a la penetración de los ideales emancipadores del nacionalismo panafricanista y el comunismo, contribuyendo a aplacar el alcance de la descolonización. Tanto es así que las autoridades rodesianas llegaron a plantearse invitar a Katanga a unirse a la Federación 29. Al mismo tiempo, para los primeros era fundamental distraer la atención hacia otros escenarios y problemas con el fin de ocultar la propia crisis del sistema de dominación basado en el apartheid y en el colonialismo clásico. Así se explica que trataran de propiciar situaciones de inestabilidad en los nuevos países independientes por medios diversos 30. De ahí también que el anticomunismo fuera una de las principales bazas que jugaron estos últimos reductos coloniales, por mucho que la Unión Soviética solo comenzara a desplegar sus políticas en África Central a finales de los años cincuenta, a remolque de los acontecimientos y sin un conocimiento claro del terreno 31.
Así pues, el territorio de la Federación siguió siendo clave para la entrada de mercenarios en Katanga vía Ndola, pero también para su reclutamiento, un proceso que se centralizaba a través de sendos hoteles en Johannesburgo, Sudáfrica, y Bulawayo, Rodesia del Sur 32. De hecho, los servicios de inteligencia militar de ambos Estados desempeñaron un papel fundamental en estas operaciones. En mayo de 1961, Denzil Dunnett (1917-2016), cónsul británico en Elisabethville, informó al Foreign Office del regreso de William R. Browne (1926-2023), comandante mercenario inglés capturado unos meses antes por la ONU y deportado a Gran Bretaña. Tras afirmar que estaba en la ciudad por negocios confesó que un coronel sudafricano le había proporcionado una visa para viajar a Katanga, ya que la inteligencia del Estado secesionista había solicitado su presencia por cuestiones relacionadas con «actividades comunistas», ello a pesar de que sobre su pasaporte pesaba una orden de confiscación en caso de intentar salir de Sudáfrica, donde se encontraba tras haber regresado desde Gran Bretaña 33. De igual modo, en julio de 1962 la Oficina del Alto Comisionado del Reino Unido en Rodesia del Sur informaba de que un individuo de origen europeo llamado Serge Paire había solicitado en la legación de Brazzaville un visado de tránsito para la Federación con destino Katanga, pidiendo a las autoridades rodesianas que le fuera denegado. El Gobierno de la Federación exigió pruebas de que Paire era un mercenario, ya que tenía documentación que lo acreditaba como piloto civil en Katanga, a lo que el Foreign Office respondió que su carta de referencia era de Mark Fulston, capitán de la inteligencia militar de la Federación, que presumiblemente operaba desde Ndola y tenía fuertes vínculos con los mercenarios 34.
La implicación de los Estados blancos africanos en la secesión de Katanga se vehiculó a través del suministro de armas y efectivos. De hecho, a la altura de 1961 los mercenarios procedentes de Sudáfrica y Rodesia del Sur constituían ya el grupo más numeroso. Al fin y al cabo, las poblaciones de origen europeo residentes en estos países fueron las principales afectadas por las independencias africanas, activando fuertes mecanismos de solidaridad transnacional entre los colonos del Congo, Angola, Mozambique, Sudáfrica y Rodesia. No es de extrañar que buscaran un frente común contra una descolonización que amenazaba con imponer gobiernos de la mayoría negra en todos estos países, algo que además podía poner en peligro sus negocios y sus vidas, como se había puesto de manifiesto en diversos conatos de violencia y pogromos contra los blancos 35. Incluso la agenda política de Estados Unidos, que no tenía particulares intereses en el mantenimiento de Estados anacrónicos como la Federación o Sudáfrica, se fue alineando con las de estos países, por ejemplo, durante la rebelión Simba. La mera posibilidad de que un movimiento antioccidental pudiera hacerse con el poder en un Estado del tamaño y la importancia del Congo, con el potencial efecto dominó en toda la región, hizo que las autoridades estadounidenses acabaran volcándose con los mercenarios que combatían frente a los rebeldes. Por supuesto, su posición y sus praxis se vieron fuertemente influidos por lo que estaba sucediendo en Vietnam, ya por entonces plagado de asesores militares. Así se explica que entre 1964 y 1965 la CIA ofreciera apoyo aéreo a las fuerzas del 5.º Comando de Mike Hoare, que a cambio suministró información de inteligencia y armas de origen soviético y chino capturadas a los rebeldes 36. En última instancia, fue la voluntad de colaboración de individuos como Hoare y su capacidad para hacerse útiles para las diversas potencias y servicios secretos lo que hizo posible la consolidación del sistema mercenario.
Las autoridades portuguesas tuvieron un enfoque más pragmático, haciendo de sus colonias africanas encrucijadas para el tráfico de armas y mercenarios, algo particularmente cierto en el caso de Angola 37. Por ejemplo, la dictadura salazarista apoyó la secesión katanguesa facilitando campos de entrenamiento y lugares de reunión para soldados de fortuna, llegando a tolerar que gestionasen un aeródromo en Luso, actual Luena, desde donde coordinaban los envíos de armas a la provincia rebelde 38. Sin embargo, fue durante la guerra civil nigeriana cuando Portugal adoptó un papel más activo. Tal y como declaró un piloto portugués capturado por el ejército nigeriano, además del establecimiento de bases y del almacenamiento de armas en territorio luso, eran integrantes del ejército quienes se ocupaban de reparar los aviones destinados a Biafra y de instruir a los mercenarios encargados de volarlos 39. De hecho, la ciudad de Lisboa canalizó todo el apoyo encubierto a Biafra con escala en la colonia portuguesa de Guinea-Bissau, pasando a desempeñar el papel que habían tenido Bruselas y el sur de Francia durante el conflicto en Katanga 40. Aquí Portugal contaba con el apoyo del gobierno galo, que había puesto la vista en los yacimientos petrolíferos del delta del Níger, con el 49 por 100 de las inversiones en manos de la británica Shell-BP. No es de extrañar que dichos recursos fueran instrumentalizados por C. Odumegwu Ojukwu (1933-2011), presidente de la República de Biafra, deseoso de congregar nuevos apoyos internacionales para su causa. Es más, los intereses de Gran Bretaña en este territorio y sus estrechos vínculos con Nigeria hicieron que Hoare rechazase la oferta para unirse a los secesionistas 41. De igual modo, el interés de Francia en el petróleo nigeriano, unido al deseo de mejorar su posición geoestratégica en África, hizo que mercenarios franceses veteranos del Congo como Denard y Faulques acabaran combatiendo por Ojukwu. Así pues, la guerra civil nigeriana revela hasta qué punto los esquemas de la Guerra Fría podían llegar a verse cuestionados por las lógicas heredadas de la época colonial, con Francia apoyando a Biafra junto con países comunistas como China, mientras que Estados Unidos, Gran Bretaña y la Unión Soviética colaboraban con el Gobierno nigeriano para poner fin a la secesión 42.
El apoyo de las autoridades portuguesas al despliegue de mercenarios en Katanga y Biafra formó parte de una estrategia para intentar apuntalar su imperio colonial. Esta buscaba de alguna manera dinamitar la posición central de Nigeria dentro de la Organización de la Unidad Africana, entidad internacional con una marcada agenda panafricanista y precursora de la Unión Africana. Es más, en Portugal, Sudáfrica y Rodesia se esperaba que un eventual triunfo biafreño resultase en un Ojukwu menos hostil hacia los últimos reductos coloniales 43. Así se entiende el considerable apoyo que las autoridades lusas brindaron a Tshombe entre 1960 y 1964, un periodo marcado por el desencadenamiento de las guerras de independencia en Angola, Guinea-Bissau y Mozambique. Sin ir más lejos, un informe de febrero de 1963 elaborado por J. C. Wardrop, cónsul general británico en Luanda, señalaba que existían dos posturas enfrentadas en el Gobierno portugués sobre el mejor modo de afrontar la crisis congoleña. Algunos abogaban por seguir apoyando a Tshombe para «mantener viva [la secesión], y por ende evitar que [Katanga] se convirtiera en trampolín para ataques contra Angola Oriental». Al fin y al cabo, las actividades de las guerrillas independentistas aún no habían alcanzado esas regiones de la colonia colindantes con Katanga y Rodesia. Es más, había sido la infiltración de varios miles de angoleños armados y abastecidos desde el Bajo Congo, cerca de Léopoldville, lo que había iniciado la guerra de Angola en marzo de 1961. Por eso mismo, otro sector del Gobierno prefería mantener buenas relaciones con las autoridades congoleñas, de ahí que intentaran alcanzar un acuerdo según el cual Portugal no interferiría en la cuestión de Katanga a cambio de que Adoula pusiese fin a las actividades de los rebeldes angoleños en su territorio 44.
Sin embargo, las dos posturas eran en buena medida complementarias. Tras la derrota del proyecto secesionista katangués en enero de 1963, buena parte de los mercenarios y de los gendarmes huyeron por el sur, atravesando las fronteras de Angola y Rodesia con la connivencia de sus respectivos Gobiernos. Lejos de disolverse, estas fuerzas se establecieron en las zonas limítrofes y conservaron fuertes vínculos con Tshombe, conscientes de que la confluencia de intereses globales en torno al Congo podía traerles nuevas oportunidades, dado que además el país estaba lejos de alcanzar la estabilidad interna. Por eso mismo, Portugal y Rodesia no dudaron en servirse de la amenaza mercenaria como una Espada de Damocles con la que reforzar sus posiciones en la región, de ahí que entre 1963 y 1964 el Gobierno portugués fomentara rumores sobre concentraciones de fuerzas de varios miles de hombres leales a Tshombe en Angola. Esta «guerra psicológica», como la calificaba un informe del consulado británico en Luanda a finales de 1963, buscaba presionar a las autoridades congoleñas para que acabasen con los campamentos del Frente Nacional para la Liberación de Angola en localidades como Thysville, actual Mbanza-Ngungu, a 130 kilómetros de la capital del Congo. De hecho, una de las opciones que se barajaban era desplazar a Adoula para colocar a Tshombe en Léopoldville, tal y como acabó ocurriendo 45. Por su parte, los dirigentes rodesianos permitieron que grupos irregulares afectos al líder katangués actuaran desde su territorio para desestabilizar la región, creando subterfugios que justificasen una eventual intervención armada de Rodesia en Katanga. Así se pondría de manifiesto tras los diversos ataques realizados por exgendarmes katangueses en el entorno del río Luapula, que también afectaron a colonos de origen europeo. No obstante, en lugar de poner coto a las guerrillas las autoridades de la Federación amenazaron con invadir Katanga, lo cual evidencia que tampoco dudaron en instrumentalizar a las poblaciones blancas en su propio beneficio 46.
Por supuesto, los líderes africanos también intentaron servirse del mercenariado para perseguir sus propias agendas. Tras la derrota de su secesión Tshombe utilizó la presencia de soldados de fortuna leales a su figura en Angola y Rodesia para proyectarse como un líder natural en la región, una estrategia que cobró especial impulso durante la rebelión Simba, a la par que agitaba el miedo al comunismo y al racismo antiblanco para granjearse apoyos 47. En julio de 1964, por ejemplo, ante la debacle militar del ejército congoleño el líder katangués regresó de su exilio en España para ejercer como primer ministro del Congo, recurriendo a ese mercenariado para derrotar a las guerrillas Simba 48. De hecho, dictadores africanos como Mobutu en el Congo, Ahmed Abdallah (1919-1989) en las Comoras u Omar Bongo (1935-2009) en Gabón se sirvieron del mercenariado para torturar y asesinar a opositores políticos, utilizando sus respectivas guardias presidenciales como paraguas bajo el cual atraer e integrar a los soldados de fortuna 49.
En las políticas neocoloniales confluyeron multitud de intereses y trayectorias, con un impacto durable en todos los niveles de la vida social, política y económica de África Central durante la década de los sesenta 50. Entre los actores del momento encontramos a los propios mercenarios, cuyas aspiraciones podían llegar a entrar en conflicto con las de sus promotores occidentales y africanos. Estos soldados a sueldo conformaban una masa heterogénea de individuos con itinerarios vitales y experiencias sumamente variadas, lo que hacía que sus motivaciones y agendas fueran tan dispares como complejas. Al igual que sucedía con las diferentes posturas existentes dentro de cada Estado y dentro de los grupos de poder de las sociedades occidentales y africanas, las lógicas de los mercenarios que actuaban movidos por valores colonialistas y supremacistas chocaban con las de aquellos que lo hacían siguiendo las dinámicas propias de la Guerra Fría. Tampoco hay que olvidar otras motivaciones mucho más mundanas, como el afán de enriquecimiento personal o el deseo de huida frente a la precariedad y los conflictos generacionales e intrafamiliares, elementos que solían ser trasversales a muchos de ellos. Por ejemplo, Hoare o Denard se caracterizaron por lealtades cambiantes, y en última instancia solían ponerse al servicio del mejor postor, por mucho que entraran en el juego de las grandes potencias. Mientras tanto, resulta difícil imaginar a individuos como Faulques o Trinquier favoreciendo otros intereses que no fuesen los de la Francia eterna a la que creían servir.
Cierta nostalgia por un colonialismo agonizante, que a ojos de ciertos sujetos epitomizaba la grandeza de sus respectivas naciones, fue lo que movió a una parte del mercenariado a tomar partido en los conflictos de África Central en los años sesenta. Así lo expresaba Pierre Chassin (1943-), un francés que combatió en 1965 a las órdenes de Denard contra la guerrilla liderada por Laurent-Désiré Kabila (1939-2001) al este del Congo. Tras el fracaso del golpe de abril de 1961 en Argelia, encabezado por los sectores del ejército contrarios a las negociaciones de De Gaulle con los independentistas argelinos, Chassin comparaba el destino de Francia con el sufrido por España, «que tras perder su imperio pasó de ser primera potencia europea al rango de país insignificante» 51. No por nada, este era hijo del general del aire Lionel-Max Chassin (1902-1970), veterano de la Segunda Guerra Mundial, de Indochina y Argelia vinculado al Putsch acontecido tres años antes, que acabó con la IV República y puso a De Gaulle de nuevo en el poder. Así resulta menos sorprendente que la trayectoria de su hijo hasta el Congo pasara por su militancia previa en la Organisation de l’Armée Secrete (OAS), grupo terrorista de extrema derecha surgido de las cenizas del fallido golpe de 1961.
Las conexiones con la OAS fueron un vínculo compartido por no pocos de los mercenarios que gravitaron en torno a las guerras africanas de los años sesenta. Así lo señalaba en febrero de 1962 un documento de la embajada británica en París, tras haber recibido informaciones sobre las estrechas relaciones entre dicha organización irredentista y el mercenariado en Katanga. Al fin y al cabo, la OAS y los reclutadores se nutrían de las mismas fuentes, lo que evidencia las relaciones entre el sistema mercenario, el neocolonialismo, la extrema derecha europea y el capitalismo global 52. Tampoco es casual que algunos de estos hombres hubieran servido en la LEF, unidad cuyo particular ethos pasaba por una profunda crisis existencial. El desmoronamiento del imperio colonial francés, el cuestionamiento mismo de la existencia del cuerpo y su condena temporal al ostracismo en la Francia del momento, tras verse implicados en los aspectos más oscuros y controvertidos del conflicto argelino, explican que no pocos legionarios optaran por el mercenariado para colmar su deseo de gloria y aventura y/o para proseguir con sus militancias y carreras 53. Tal es el caso de algunos de los principales comandantes mercenarios como el bávaro Rolf Steiner (1933-), casado con una pied-noir que lo introdujo en la OAS, o Faulques, vinculado junto con Steiner al golpe de 1961. Algo similar ocurre con Trinquier, quien, aunque nunca fue legionario, sí participó en el Comité de Salud Pública que se puso al frente del gobierno de Argel en mayo de 1958. Nada de esto suponía un problema para el Gobierno francés. De hecho, De Gaulle conocía la existencia de estos vínculos entre sus detractores en Argelia y sus mercenarios en Katanga, pero lejos de frenar el trasiego de combatientes entre ambos escenarios se puso de perfil ante las peticiones del Gobierno congoleño para que les fueran retirados los pasaportes. Para una Francia inmersa en la turbulenta descolonización de Argelia, el debilitamiento de los cuadros de la OAS y la desaparición de ciertos elementos del seno de su ejército regular era sumamente beneficioso, en la medida en que limitaba el potencial desestabilizador de sus actividades en el ámbito doméstico. Aún con todo, algunos imperialistas radicales como los coroneles Yves Godard (1911-1975) y Joseph Broizat (1914-2000) regresaron desde Katanga a tiempo para tomar parte en el golpe de 1961 54.
La mayor contribución de todos estos veteranos se plasmó en el despliegue de su dilatada experiencia de guerra contrainsurgente, esta vez en África Central. He aquí otra de las razones fundamentales de las potencias occidentales para favorecer el tránsito de ciertos individuos desde sus fuerzas armadas hacia los grupos mercenarios. Si Trinquier era uno de los principales referentes de la guerra antisubversiva, Faulques había combatido en Indochina contra el Viet Minh integrado en la LEF, unidad con la que también participaría en labores de inteligencia durante la batalla de Argel siguiendo los métodos diseñados por el primero. Previo paso por Indochina, el capitán Yves de la Bourdonnaye-Montluc (1919-2010) había estado a cargo de la sección de guerra psicológica bajo las órdenes de Godard en Argelia, una experiencia que condicionó su desempeño como parte del estado mayor de la gendarmería katanguesa 55. El propio Steiner, que se incorporó al sistema mercenario en Biafra, sirvió en la misma unidad que Faulques en Indochina, participó en el desembarco paracaidista francés en Suez y combatió a los independentistas en Argelia. En otros países como Reino Unido, la ingente cantera de veteranos curtidos en la guerra contrainsurgente también acabó por convertirse en el elemento dominante dentro de las redes mercenarias angloparlantes, después de pasar por escenarios como Birmania, Malasia o Kenia. Por ejemplo, Mike Hoare era veterano de la campaña de Birmania durante la Segunda Guerra Mundial, que se desarrolló en un terreno selvático similar al de ciertos espacios de conflicto en el Congo. De igual modo, otros de menor fama como Browne habían pasado por las unidades contrainsurgentes británicas en Malasia, un conflicto irregular que entre 1948 y 1960 contribuyó a consolidar todo un repertorio de praxis y enfoques desplegados más tarde por otros ejércitos en conflictos de similar naturaleza, caso del estadounidense en Vietnam 56.
En definitiva, la experiencia de guerra contrainsurgente hizo de los mercenarios un colectivo atractivo a ojos de sus promotores occidentales y africanos, aunando a las dos generaciones que confluyeron en las diferentes unidades y conflictos. Como si de una caja de herramientas se tratara, los abanderados y ejecutores de la guerra contrainsurgente circularon por todo el globo con sus métodos, perfeccionándolos al calor de cada nuevo escenario bélico, social y cultural en el que tomaban parte, desde Indochina al Congo y Nigeria pasando por Argelia; desde Malasia y Kenia a Angola, Rodesia y Sudáfrica; o desde el Congo al Yemen y de vuelta hasta Vietnam. De igual modo, los procedimientos y discursos contrainsurgentes estaban conectados por un hilo que iba desde la lucha contra las formas de resistencia anticolonial de finales del siglo xix y principios del xx hasta las que surgieron en el marco de la descolonización 57. Dada la simultaneidad y el impacto global de los acontecimientos que tuvieron lugar bajo su paraguas tampoco podemos pasar por alto el punto de inflexión de la Segunda Guerra Mundial. En ella combatieron futuros mercenarios como Faulques, Hoare o el mayor alemán Siegfried «Kongo» Müller (1920-1983), veterano de la Wehrmacht en las campañas de Polonia, Francia y el Frente Oriental. También lo hicieron muchos de los autóctonos que acabarían tomando las armas contra la continuidad del dominio colonial, después de haber luchado en las unidades del ejército metropolitano o en las fuerzas irregulares de la resistencia contra el Eje.
La acumulación de saberes contrainsurgentes contribuyó a multiplicar la violencia en las guerras libradas en África Central durante los años sesenta, especialmente contra insurrecciones integradas por unas poblaciones locales que solían ser vistas desde un prisma racista. Las crónicas aparecidas en la prensa europea contribuyeron a perpetuar estos estereotipos, que representaban a los insurgentes como la antítesis de la civilización, haciendo referencia por ejemplo a supuestas prácticas caníbales. Tal es el caso de una noticia publicada por la revista People en septiembre de 1961, donde se recogía que dos europeos habrían sido devorados por balubas en Katanga, etnia que nutría las guerrillas contra las que luchaban los mercenarios en el norte de la provincia rebelde 58. Estos discursos también se reproducían en el propio Parlamento británico, donde el Gobierno atribuía los excesos de los Cascos Azules a la acción de tribus balubas incontroladas 59. Así pues, los desafueros de los mercenarios o de los combatientes africanos, a menudo radicalizados al calor de la instrucción de asesores militares europeos, no eran estallidos de violencia irracional, sino que respondían a prácticas perfectamente planificadas y reguladas según los métodos de la guerra contrainsurgente 60. Los mismos actores europeos se preocupaban por actualizar sus conocimientos para potenciar la eficacia de sus operaciones antiguerrilleras, como quedó claro cuando las autoridades portuguesas intentaron reconvertir a mercenarios franceses en instructores militares en 1964. El objetivo era hacer «más agresivas» sus operaciones contra las guerrillas independentistas en Angola 61.
No obstante, existían diferencias entre los mercenarios, sobre todo por lo que respecta a sus experiencias de guerra, pero también en lo referido a sus intereses y motivaciones. La gran mayoría de oficiales y comandantes, especialmente aquellos como Hoare o Denard que acabaron por erigirse en epítomes del sistema mercenario neocolonial, tendían a esgrimir una serie de principios ideológicos innegociables para explicar su modo de vida. Era común que el primero se presentara como una suerte de héroe romántico «que movió el culo e hizo algo por aquello en lo que creía», alguien convencido de que «los comunistas iban a tomar el poder en el Congo y después en los países situados al sur, incluida su patria adoptiva, Sudáfrica [...] de modo que optó por combatir a los rojos» 62. Algo similar ocurría en el caso de Jean Schramme, el colono belga que se convirtió en mercenario y comandante del llamado batallón Leopardo, quien creía fervientemente en la misión civilizadora de los europeos en África y en la Arcadia feliz que a sus ojos habían sabido crear en «el Congo [...], donde blancos y negros confraternizaban sin demagogia». Es más, este decía defender las verdaderas esencias del Congo al apoyar con las armas la secesión katanguesa, sobre todo porque a sus ojos la inestabilidad del país tenía sus raíces en una conspiración del comunismo global para hacerse con el poder en África Central. Contrario a las «visiones utópicas y sangrientas de un Congo unitario, con el que soñaba un Lumumba que se autoproclamaba progresista», Schramme se justificaba a sí mismo afirmando que luchaba junto con sus hombres «por la diversidad y dignidad de las múltiples tribus dispersas sobre el territorio del Congo» 63. En la misma línea, «Kongo» Müller afirmaba que su lucha formaba parte de un combate global por la civilización occidental y contra el comunismo que abarcaba desde Vietnam al Congo pasando por la propia Alemania, recogiendo el testigo dejado por el Tercer Reich en su lucha contra la Unión Soviética 64.
Sin embargo, más allá de las cosmovisiones anticomunistas y supremacistas también había motivaciones mucho más prosaicas. Un incentivo muy importante para los mercenarios fue la posibilidad de obtener considerables réditos económicos a partir de los contactos establecidos con las elites político-económicas de los países a los que servían, ejerciendo como telón de fondo esa «política del vientre» definida por Bayart. Basta con señalar que en enero de 1964 un informe del consulado británico en Luanda sugería que Schramme y Tshombe podrían estar colaborando para poner en marcha un negocio de explotación de minas de manganeso en Angola, lo que significaba rentabilizar las relaciones establecidas entre el líder mercenario, el expresidente katangués y las autoridades coloniales portuguesas, que habían apoyado activamente a ambos en los años anteriores 65. En esta misma línea, el 27 de marzo de 1967 el Daily Telegraph informaba de la renuncia del coronel John Peters (1922-1986), uno de los comandantes del 5.º Comando de Hoare y veterano de Katanga. Según la noticia, este había acumulado suficiente capital como para retirarse y poder emprender un negocio inmobiliario en España 66. No obstante, combinaría sus nuevas actividades con la puesta en marcha de una red clandestina que, operando desde Londres, suministró mercenarios y recursos a las fuerzas biafreñas a finales de los años sesenta 67. En cualquier caso, la mayoría de los mercenarios que integraban la tropa no disfrutaron de retiros dorados como los que pudieron permitirse sus principales comandantes.
Entre las motivaciones más relevantes cabe señalar también el ansia de gloria o la megalomanía de algunos de los líderes mercenarios y sus hombres, con su correspondiente traslación en el modo de proceder sobre el terreno. En septiembre de 1964 un informe del agregado militar de la embajada británica en Léopoldville señalaba que la reciente formación del 5.º Comando había supuesto para Hoare «cumplir su vieja ambición de dirigir un ejército privado». Por su naturaleza irregular, la rebelión Simba ofrecía un escenario ideal para granjearse una amplia autonomía militar, en este caso bajo la égida de Mobutu y gracias al capital legitimador que le otorgaban las victorias en combate. De hecho, en agosto Hoare emprendió por su cuenta el asalto a la ciudad de Albertville, actual Kalernie, que no logró conquistar hasta que recibió refuerzos del ejército congoleño 68. Que sus caprichos llegaran a condicionar la estrategia militar global subraya una vez más lo evidente: la dependencia de muchos líderes africanos frente a los mercenarios blancos y el potencial desestabilizador de estas fuerzas, hasta el punto de que el propio Ojukwu decidió expulsarlos de las fuerzas biafreñas en 1968, después de varios episodios graves de insubordinación 69. Y aunque no entre dentro del alcance de este artículo, también evidencia que las unidades mercenarias fueron empleadas por sus líderes como plataformas para su promoción personal, generalmente en detrimento de la tropa.
Nuestro objetivo ha sido analizar las políticas desplegadas por las potencias occidentales en África Central durante los años sesenta, sin olvidar el papel de los Estados blancos africanos y de nuevos actores como la Unión Soviética en aquellos primeros compases de la descolonización. Antes que nada, su modus operandi estuvo determinado por el deseo de aprovechar las múltiples oportunidades creadas por las independencias con el fin de expandir sus áreas de influencia en la región, promover sus intereses político-económicos y establecer nuevas formas de tutela y control sobre los antiguos dominios europeos de ultramar. Para ello, nuestro análisis se ha centrado en observar las particularidades de los conflictos que asolaron el Congo y Nigeria en esa misma década, así como las continuidades entre ellos, su impacto global y sus ramificaciones transnacionales en la región o, incluso, más allá de esta. Hemos demostrado que los mercenarios blancos fueron una pieza central en todo este entramado, ejecutando sobre el terreno la agenda de los países y de las grandes corporaciones coloniales que les pagaban, cuyo fin era preservar o expandir sus cuotas de poder. En otros casos, el objetivo era contar con instrumentos de penetración y coacción eficaces para conseguir nuevas áreas de influencia política, siempre con la idea de participar en el mercado de materias primas africano.
Los procesos de descolonización alumbraron nuevas formas de control político-económico, basadas muy menudo en la desestabilización de los nuevos Estados independientes. Mantener amplias zonas de África Central en una situación de inestabilidad endémica contribuía a reforzar una percepción supremacista muy asentada según la cual los autóctonos serían incapaces de gobernarse a sí mismos. Esto hizo posible que las potencias dominantes conservaran parte de su influencia como árbitros políticos en la región durante las décadas siguientes. No obstante, una parte de estos proyectos neocoloniales acabó por no alcanzar sus objetivos en su planteamiento original, habiendo de incorporar formas alternativas de injerencia vehiculadas a través de la dependencia económica o la ayuda al desarrollo, igualmente mediatizadas por los propios actores africanos. Envueltas en sus propias luchas por el poder, las nuevas elites dirigentes locales también recurrieron al mercado de mercenarios y a las antiguas metrópolis en busca de expertos, apoyos y recursos, lo cual se tradujo casi siempre en más precariedad y dependencia. En este sentido, si bien los mercenarios fueron peones al servicio de intereses superiores también ha quedado claro que no podemos ver su actuación únicamente como parte del conflicto entre potencias dentro de la descolonización y la Guerra Fría. Más bien al contrario, los grupos y comandantes mercenarios operaron también en pos de su propio beneficio, pudiendo llegar a chocar con los intereses de sus patronos occidentales y africanos. Por supuesto, nada de esto puede entenderse sin tener presente la volatilidad de una región donde la guerra se hizo endémica, porque acabó siendo un modo de vida, a la par que devino un problema contagioso, precisamente por su propia dimensión transnacional y global, bien encarnada por la extrema movilidad de los propios mercenarios y de las guerrillas a las que combatían.
Finalmente, el análisis del complejo sistema mercenario establecido en África Central y sus vínculos con diferentes centros de poder nos permite arrojar luz sobre la tupida red de conexiones internacionales entre agentes de lo más diverso, que a niveles muy distintos tenían agendas con no pocos puntos en común. La extrema derecha global, el anticomunismo, los métodos contrainsurgentes, el irredentismo colonial y el capitalismo más extractivo fueron de la mano en la región, dando forma al mundo postcolonial y haciendo de este una atalaya privilegiada para profundizar en las complejidades de la Guerra Fría.
* Este artículo se ha realizado con el apoyo del proyecto de investigación «Posguerras civiles: violencia y (re)construcción nacional en España y Europa» (PGC2018-097724-BI00), financiado por el Ministerio de Ciencia e Innovación. Queremos dar las gracias a los evaluadores anónimos por unos comentarios críticos tan pertinentes como constructivos.
1 Odd Arne Westad: La Guerra Fría. Una historia mundial, Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2018, pp. 279-305.
2 Acerca de las particularidades del proceso de construcción estatal en África y de las formas de distribución del poder político, véase Jean François Bayart: El estado en África. La política del vientre, Barcelona, Edicions Bellaterra, 2000.
3 Sobre las disputas en torno al concepto neocolonialismo como expresión de las nuevas formas de tutela y control impuestas por las potencias occidentales en los antiguos territorios coloniales, así como su plena vigencia en la actualidad y su pertinencia para el análisis y comprensión de la realidad, véase Godfrey N. Uzoigwe: «Neocolonialism Is Dead: Long Live Neocolonialism», Journal of Global South Studies, 36(1) (2019), pp. 59-87.
4 Francisco Veiga, Enrique U. da Cal y Àngel Duarte: La paz simulada. Una historia de la Guerra Fría, Madrid, Alianza Editorial, 2010, pp. 186-189.
5 Precisamente, esa rapidez del proceso de independencia imposibilitó la creación de bases políticas trasversales en el conjunto del país, exacerbando las diferencias regionales y étnicas que en parte explican la crisis de los años sesenta. Véase Crawford Young: «The northen republics, 1960-1980», en David Birmingham y Phyllis M. Martin (eds.): History of Central Africa, vol. 2, Harlow, Longman, 1983, pp. 298-309. En esta misma línea, Jean Stengers: «Precipitous Decolonization: The Case of Belgian Congo», en Prosser Gifford y W. M. Roger Louis (eds.): The Transfer of Power in Africa. Decolonization, 1940-1960, New Haven, Yale University Press, 1982, pp. 305-335.
6 David van Reybrouck: Congo. Una historia épica, Madrid, Taurus, 2019, pp. 297-364.
7 Eghosa E. Osaghae: Crippled Giant: Nigeria Since Independence, Bloomington, Indiana UP, 1998, pp. 13-30 y 61-68. De hecho, buena parte de esas marcadas identidades étnicas cristalizaron en este momento a consecuencia, en parte, de las formas y lenguajes del dominio colonial. Véase Jean François Bayart: El estado en África..., pp. 92-93.
8 Para el desarrollo de la política francesa en África desde los años sesenta, Jean-Pierre Bat: Le syndrome Foccart. La politique française en Afrique de 1959 à nos jours, París, Gallimard, 2012.
9 Ibid., pp. 276 y 296-297.
10 Entre septiembre y octubre de 1968 Francia hizo llegar a Biafra 300 toneladas de armas semanales. Eghosa E. Osaghae: Crippled Giant..., pp. 65-66.
11 La principal referencia para el caso francés y sus políticas en los antiguos espacios coloniales africanos es Walter Bruyère-Ostells: Dans l’ombre de Bob Denard. Les mercenaires français des années 1960 aux années 1990, París, Nouveau Monde, 2014.
12 The National Archives of the Unites Kingdom (TNA), Foreign Office (FO) 371/154995, B1204/17.
13 Jacques Frémeaux: «The French Experience in Algeria: Doctrine, Violence and Lesson Learnt», Civil Wars, 14(1) (2012), pp. 49-62.
14 Tomamos la idea del sistema mercenario de Walter Bruyère-Ostells: «L’influence française dans la sécession katangaise: naissance d’un système mercenaire», Relations Internationales, 162(2) (2015), pp. 157-172.
15 Ibid., p. 171.
16 TNA, Foreign and Commonwealth Office (FCO) 38/290, doc. 28. Así lo señalaba el exagente británico del MI6 John de St. Jorre (1936-) en su particular relato del conflicto biafrano, que acababa de cubrir como corresponsal de The Observer en Nigeria. John de St. Jorre: The Brother’s War: Biafra and Nigeria, Londres, Faber & Faber, 1972, p. 215.
17 TNA, FO 371/154995, B1204/10. Tal y como señalaba el ministro, fue un sector radical de los colonos belgas afincados en Katanga, muy vinculados a la UM y entre los que se encontraba el futuro líder mercenario Jean Schramme, el que favoreció la llegada de Trinquier, gracias a su reputación de hombre duro. Estos «soñaban con un eterno oasis colonial en el corazón de África», a la par que temían que las autoridades de su país pudieran llegar a entenderse con sus homólogas congoleñas, poniendo fin a la secesión si se cumplían ciertas condiciones. Ludo de Witte: El asesinato de Lumumba, Barcelona, Crítica, 2002, pp. 121-122.
18 Alanna O’Malley: «“What an awful body the UN have become!” Anglo-American-UN relations during the Congo crisis, February-December 1961», Journal of Transatlantic Studies, 14(1) (2016), pp. 26-46, esp. p. 27.
19 Matthew Hughes: «Fighting for the White Rule in Africa: The Central African Federation, Katanga, and the Congo Crisis, 1958-1965», The International History Review, 25(3) (2003), pp. 592-615, esp. pp. 609-610.
20 Por ejemplo, TNA, FO 371/54997.
21 TNA, FO 371/161532, B1203/3-4.
22 A este respecto Javier Rodrigo y David Alegre: Comunidades rotas: una historia global de las guerras civiles, 1917-2017, Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2019, pp. 413-414 y 420-423.
23 Sobre la posición de Estados Unidos en el Congo Alanna O’Malley: «“What an awful body”...», p. 41, y Jeffrey H. Michaels: «Breaking the Rules: The CIA and Counterinsurgency in the Congo, 1964-1965», International Journal of Intelligence and Counterintelligence, 25(1) (2012), pp. 135-137. El objetivo era impulsar un Congo unificado que se alinease con Washington frente a una posible injerencia soviética, pero también frente a las nuevas potencias neocoloniales. Charles G. Thomas y Toyin Falola: Secession and Separatist Conflicts in Postcolonial Africa, Calgary, University of Calgary Press, 2020, p. 59. Para una visión exhaustiva de la secesión katanguesa Christopher Othen: Katanga 1960-63: Mercenaries, Spies and The African Nation that Waged War on the World, Brimscombe Port, The History Press, 2018.
24 Walter Bruyère-Ostells: Dans l’ombre...
25 Así queda recogido en los informes británicos para el caso de Katanga. TNA, FO 371/161532, B1203/2, 14 y 29.
26 Nir Arielli: From Byron to bin Laden: A History of Foreign War Volunteers, Cambridge, Harvard University Press, 2018, p. 173.
27 Samuel Fury Daly: «De trabajadores a soldados: trabajo forzado y conscripción en la Guinea española y la Nigeria Oriental, 1930-1970», Millars, XLIII(2) (2017), p. 222.
28 Matthew Hughes: «Fighting for the White Rule...», p. 596. Otros actores importantes como Israel se movieron por motivaciones y contradicciones particulares. Zach Levey: «Israel’s Strategy in Africa, 1961-67», International Journal of Middle East Studies, 36 (2004), pp. 71-87.
29 Christopher Othen: Katanga 1960-63..., pp. 86-89.
30 TNA, FO 371/154997, B1204/41.
31 De hecho, las autoridades soviéticas obtuvieron muy pocos réditos de sus políticas en África Central durante los años sesenta. Véanse Vladislav Zubok: Un imperio fallido. La Unión Soviética durante la Guerra Fría, Barcelona, Crítica, 2008, pp. 371-381, y Sergei Mazov: «Soviet Aid to the Gizenga Government in the Former Belgian Congo (1960-61) as Reflected in Russian Archives», Cold War History, 7(3) (2007), pp. 425-437.
32 TNA, FO 371/154997, B1204/57.
33 TNA, FO 371/154999, B1204/86.
34 TNA, FO 371/161535, B1203/61.
35 Matthew Hughes: «Fighting for the White Rule...», pp. 596-604, y David van Reybrouck: Congo..., pp. 315-327.
36 Véanse Jeffrey H. Michaels: «Breaking the Rules...», pp. 134-138, y Piero Gleijeses: «“Flee! The White Giants Are Coming!”: The United States, the Mercenaries, and the Congo, 1964-65», Diplomatic History, 18(2) (1994), pp. 207-237, esp. pp. 235-236.
37 Walter Bruyère-Ostells: «L’influence française...», pp. 169-170.
38 TNA, FO 371/167281, B1203/7.
39 TNA, FCO 63/362, doc. 34.
40 TNA, FO 38/290, docs. 20, 24, 30 y 48, y FCO 63/362, doc. 34.
41 TNA, FO 38/290, doc. 37.
42 Jean-Pierre Bat: Le syndrome Foccart..., pp. 298-299.
43 TNA, FCO 38/290, doc. 26.
44 TNA, FO 371/167281, B1203/7.
45 TNA, FO 371/176732, B1652/1 y 4.
46 Véanse TNA, FO 371/177299, B1651/16, y FO 371/167301, B1562/28 y 35.
47 En Sudáfrica se veía a Katanga como un aliado clave para conseguir sostener su régimen racista. Lazlo Passemiers: «Safeguarding White Minority Power: The South African Government and the Secession of Katanga, 1960-1963», South African Historical Journal, 68(1) (2016), pp. 70-91.
48 Ludo de Witte: «The suppression of the Congo rebellions and the rise of Mobutu, 1963-5», The International History Review, 39(1) (2017), pp. 107-125, esp. p. 111. Tshombe siguió ejerciendo como un factor desestabilizador en el Congo debido a sus vínculos con los mercenarios, tal y como prueban las dos rebeliones que protagonizaron en 1966 y 1967 en contra de Mobutu, en medio de los rumores sobre el inminente regreso del líder katangués al país. Walter Bruyère-Ostells: «La révolte des mercenaires contre Mobutu en 1967», Guerres mondiales et conflits contemporains, 247(3) (2012), pp. 91-104.
49 Véanse Ludo de Witte: «The suppression...», p. 13, y Walter Bruyère-Ostells: Dans l’ombre...
50 Jean-Pierre Bat: Le syndrome Foccart..., pp. 282-283. Sobre la necesidad de analizar la crisis del Congo, y por extensión la política africana de la época, más allá de la dinámica eurocéntrica Este-Oeste, véase Lise Namikas: Battleground Africa: Cold War in the Congo, 1960-1965, Stanford, Stanford University Press, 2013.
51 Pierre Chassin: Baroud pour une autre vie, París, Jean Picollec, 2000, p. 58.
52 TNA, FO 371/161533, B1203/30. Por ejemplo, Denard y sus hombres participaron como agitadores en el movimiento contrario a las protestas del 68 francés. Jean-Pierre Bat: Le syndrome Foccart..., p. 328. Tampoco sorprende que alguien como Pierre Chassin milite hasta hoy en el Frente Nacional, lo cual nos da una idea muy clara de las continuidades que atraviesan el espacio de la extrema derecha en Europa a lo largo del tiempo.
53 Sobre el vínculo de la Legión con Argelia, véase Christian Koller: Die Fremdenlegion. Kolonialismus, Söldnertum, Gewalt 1831-1962, Paderborn, Ferdinand Schöningh, 2013, pp. 37-38.
54 TNA, FO 371/161533, B1203/26, y Walter Bruyère-Ostells: «L’influence française...», p. 171.
55 Ibid., pp. 159-163.
56 «Browne, William Richard», United Nations Archive (UNA), United Nations Operations in the Congo (UNOC), S-0806-0001-02-00001, y Javier Rodrigo y David Alegre: Comunidades rotas..., pp. 386-387.
57 Para el concepto de caja de herramientas imperial seguimos a Andreas Stucki: Las guerras de Cuba. Violencia y campos de concentración (1868-1898), Madrid, Esfera de los Libros, 2017, p. 326.
58 TNA, FO 371/155001, B1204/134.
59 TNA, FO 371/161533, B1203/22.
60 Un ejemplo de la utilización intencional de la violencia extrema como práctica contrainsurgente para el caso británico en Huw Bennett: «The Other Side of the COIN: Minimum and Exemplary Force in British Army Counterinsurgency in Kenya», Small Wars & Counterinsurgencies, 18(4) (2007), pp. 638-664.
61 TNA, FO 371/176955, P1192/1.
62 Chris Hoare: «Mad Mike» Hoare: The Legend. A Biography, Durvan, Partners in Publishing, 2018, p. xii. La obra es una suerte de memorias compiladas por el hijo mayor del mercenario anglo-irlandés.
63 Jean Schramme: El drama africano. Memorias de un africano blanco (1969), Barcelona, Acervo, 1970, pp. 95 y 127.
64 Der lachende Mann - Bekenntnisse eines Mörders (Walter Heynowski y Gerhard Scheumann, Deutsche Film AG, 1966). Se trata de una entrevista-documental de claros tintes propagandísticos producida en la RDA. Disponible en https://www.youtube.com/watch?v=NB9gyyVrbxk.
65 TNA, FO 371/176732, B1652/5. El propio Schramme reconocía la importancia que había tenido en su trayectoria la formación que le habían proporcionado los portugueses en Angola en la doctrina de la guerra revolucionaria. Jean Schramme: El drama africano..., p. 124.
66 TNA, FCO 25/92, JB10/2/7.
67 Linda Blandford: «Peerless Mercenary Chief Awaits Chance», The Spokesman-Review, 22 de octubre de 1967.
68 TNA, FO 371/176716, B1196/32.
69 Samuel Fury Daly: «De trabajadores a soldados...», p. 222.