Ayer 119/2020 (3): 319-332
Sección: Ensayo bibliográfico
Marcial Pons Ediciones de Historia
Asociación de Historia Contemporánea
Madrid, 2020
ISSN: 1134-2277
DOI: 10.55509/ayer/119-2020-12
©Rafael Serrano Garcíabr /> Recibido: 03-01-2020 Aceptado: 18-05-2020
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Biografías recientes para el siglo xix español

Rafael Serrano García

Instituto de Historia Simancas
(Universidad de Valladolid)
rafael.serrano@uva.es

Resumen: Un fenómeno reciente en la historiografía española es la concentración de buenas biografías sobre diferentes personalidades —hombres y mujeres— del siglo xix español. Un fenómeno que se inscribe dentro de una tendencia general a revalorizar y legitimar este género dentro de la práctica historiográfica así como a teorizar sobre el mismo, proponiéndose alternativas interesantes, como la historia biográfica. El fenómeno observado, que examinamos deteniéndonos en aquellas obras que nos parecen más interesantes, lo interpretamos como expresivo de la normalización de la biografía en el tratamiento historiográfico del siglo xix español.

Palabras clave: siglo xix, renovación historiográfica, escrituras del yo, vidas españolas, historia biográfica.

Abstract: Recently, the field of Spanish history has witnessed the appearance of an array of fine biographies of several men and women of the nineteenth century. This is part of a general trend in which many scholars have reassessed, legitimised and reflected theoretically on the historiographical practices of the genre. Among the various interesting options, some have proposed the term historical biography. By addressing and examining some of the most interesting works, this article examines what could be interpreted as the normalisation in the use of biography within historical approaches to nineteenth-century Spain.

Keywords: Nineteenth Century, Historiographical Renewal, Self-Writings, Spanish Lives, Biographical History.

Nos proponemos en este ensayo dar cuenta de la feliz confluencia de una serie de importantes biografías cuya publicación se ha condensado especialmente en el último bienio y entre las que se cuentan la de Emilio La Parra sobre el rey Fernando VII 1, la de Julien Lanes Marsall sobre el periodista Roberto Robert 2, la de Raquel Sánchez García sobre Eugenio de Ochoa 3, la de Adrián Schubert sobre el general Baldomero Espartero 4, la de Manuel Morales Muñoz sobre el librero Francisco de Moya 5, la de Jesús Antonio Martínez Martín en torno al editor Francisco de Paula Mellado 6 o, en fin, las biografías de Isabel Burdiel y Anna Caballé sobre Emilia Pardo Bazán 7 y Concepción Arenal 8, respectivamente, y la de Santiago Santiño acerca de Pascual de Gayangos 9. E incluiremos un libro anterior, de 2016: el dedicado a Manuel Ruiz Zorrilla por Eduardo Higueras Castañeda 10. La relación no agota ciertamente todo lo publicado en clave biográfica en la época acotada, pero sí que constituye una muestra significativa del buen momento por el que está atravesando este género y del papel que los historiadores están teniendo en que se prime lo explicativo sobre lo narrativo 11.

Asistimos, pues, a un fenómeno de particular relevancia (que no deja de suscitar el recuerdo de la colección Vidas españolas e hispanoamericanas del siglo xix, concebida por José Ortega y Gasset) y muy expresivo de la normalización del género biográfico dentro de la producción historiográfica relativa al siglo xix español. Aunque las biografías o, más en general, las escrituras del yo 12 tendieron a recuperarse 13 ya desde los años ochenta (en España y en otros países), podría considerarse sintomática por lo que respecta a la centuria en cuestión la aparición, en 2000, de un libro colectivo del que fueron editores Isabel Burdiel y Manuel Pérez Ledesma 14, en el que, por un lado, se hacía una valiosa reflexión sobre la historia, los retos, la movediza frontera con la literatura o la vigencia del género y, por otro, se ofrecía, a través de un muy bien seleccionado plantel de trayectorias individuales, una visión de dicho siglo singularmente atractiva que subrayaba la dimensión revolucionaria, romántica y en gran medida impredecible (por utópica) que marcó las vidas de muchos de los españoles que vivieron en aquella etapa. Esa inclinación por lo heterodoxo pretendía también romper la estrecha vinculación que tradicionalmente había existido entre biografía y poder.

Se brindaban así al trabajo del historiador otros cauces, problemáticos, sin duda, de cuestionable respetabilidad dentro de la práctica historiográfica, pero más incitantes que los con frecuencia tediosos —aunque necesarios— recuentos de fincas desamortizadas; los debates, al principio estimulantes, pero más tarde escolásticos, empobrecedores, en torno a la revolución burguesa en España, o, en fin, una porción desgraciadamente creciente de trabajos de historia económica cada vez más alejados de los intereses y de la comprensión de historiadores de formación generalista. Ello cabría atribuirlo en parte a un rasgo común a casi toda biografía: el poder de inteligibilidad que posee el relato de una vida individual, su capacidad de comunicar e interesar de modo inmediato 15.

La biografía, en ese sentido, ha ofrecido una vía, entre otras, para un ejercicio de su oficio por parte del historiador que puede ser muy creativo y abierto al uso de procedimientos originales a la hora de presentar la vida del personaje elegido, el relato de cuyas vicisitudes puede exigir innovaciones metodológicas, modificaciones en la línea argumental y hasta el ocultamiento del biógrafo en beneficio del biografiado como sucede con el libro sobre Clarín de Yvan Lissorgues, el cual se inclinó en su momento por que fuera el escritor asturiano el que hilvanara el relato de su existencia quedando el autor en una voluntaria penumbra, limitándose a «acompañarlo» 16 (aunque organizando el texto). Cabría mencionar asimismo la biografía de Eugenio de Ochoa por Raquel Sánchez, quien concede un peso importante al análisis minucioso de aspectos que generalmente se omiten o se dejan en un segundo plano como es la apariencia física del personaje y su evolución desde la lozanía hasta los achaques de la senectud, como se echa de ver en el último retrato que se conserva de Ochoa, obra de Bernardo Rico. O, en otro caso, el seguimiento de detalles que en apariencia pueden parecer nimios, como la afición a los libros de Fernando VII sobre la que Emilio La Parra nos aclara que lo que le gustaba en realidad al luego tan denostado monarca era cortar los pliegos de los volúmenes intonsos. Este signo del alma 17 no deja de constituir un dato muy expresivo acerca de su personalidad y de la relación que pudo tener con la cultura, con el saber.

Se trataba, pues (remontándonos de nuevo al año 2000) de un prometedor arranque, prolongado en otras recopilaciones 18, y que se continuó y fortaleció en otras direcciones, algunas de ellas, sin embargo, dudosa o imperfectamente biográficas. Por una parte, mediante la elaboración de grandes estudios que colocaban bajo una nueva luz a personajes imprescindibles para la comprensión del siglo xix, como Manuel Godoy 19, Antonio Alcalá Galiano 20, Juan Bravo Murillo 21, Pablo Montesino 22 o Clarín 23, entre otros, o, en fin, y sin pretender en absoluto agotar esta relación, la revisión que han merecido algunos políticos de la Restauración, empezando por el propio Práxedes Mateo Sagasta, al que se consagraron dos buenos estudios que nos permiten entender mucho mejor a un personaje capital en la historia española de la segunda mitad del siglo xix, desmarcándose del cliché tan negativo en que su imagen había quedado encerrada 24.

Además, otros empeños editoriales de mayor envergadura, con una pretensión de exhaustividad, han situado la biografía dentro de sus miras y aquí no puede por menos de mencionarse el ejemplar Diccionario que coordinó y en gran medida elaboró personalmente Alberto Gil Novales en torno a los orígenes de la España contemporánea 25. Y está, por supuesto el polémico, aunque muy útil Diccionario biográfico español, o la reciente colección —en la que han aparecido algunas de las biografías aquí reseñadas— «Españoles eminentes» promovida conjuntamente por la editorial Taurus y la Fundación Juan March.

La proliferación, en fin, de diversos repertorios sobre las elites políticas, concretadas sobre todo al ámbito parlamentario, señala otra dirección, si bien en este caso el marco teórico y metodológico en el que se encuadran remite a un campo de trabajo e investigación —la prosopografía— contiguo, pero diferenciado del propiamente biográfico por su búsqueda de regularidades, de concordancias, o su recurso a métodos estadísticos 26, mientras el biógrafo se las tiene que ver con lo singular, lo irreductible a la hora de abordar una trayectoria individual. De ahí también el riesgo o la tentación de traspasar el campo propiamente histórico para adentrarse en otros como la psicología, el psicoanálisis o la novela (de hecho, entre los años 1920 y 1940 prevaleció la «biografía novelada») 27.

El giro, no obstante, hacia un mayor reconocimiento del enfoque biográfico nos parece que cabría fecharlo en el año 2010 merced a la aportación de Isabel Burdiel, que nos ofreció un estudio completo de la vida de Isabel II 28 (aunque la biografía de Godoy, por Emilio La Parra, aparecida en 2005, había marcado ya un hito importante). Una obra, además, cuyo carácter modélico venía subrayado por el concomitante esfuerzo teórico desarrollado por la autora, cuya última muestra ha sido un libro coordinado junto con Roy Foster 29. Dicha labor se ha completado, dada la contigüidad de los campos, con los trabajos que sobre la autobiografía viene realizando Anna Caballé 30 y con la puesta a punto, un poco antes, de la Biographical Network on the Theory and Practice of Biography en la que están integrados varios de los autores cuyas obras comentamos aquí.

Esa concentración de buenas biografías en los últimos años sobre diferentes personajes, hombres y mujeres, que ocuparon un lugar relevante (o que han sido rescatados del olvido o semiolvido) en campos muy diversos de nuestro siglo xix denotaría no solamente la normalización ya subrayada, sino también una cuestión de mayor alcance, consistente en la revalorización de dicha centuria como objeto de interés historiográfico. Y a ese respecto se está revelando muy fecundo el estudio de individualidades entregadas a la actividad literaria, editorial, periodística, que adquiere una dimensión añadida en los casos en que esas tareas las llevaron a cabo mujeres, que están empezando a salir de los silences de l’histoire 31 (y es oportuno resaltar aquí el poderoso acicate que para el desarrollo de la biografía están teniendo los estudios feministas). Mujeres como Pardo Bazán o Arenal, de las que nos ocuparemos al final de este artículo.

Hay que reconocer, pues, la influencia ejercida por la consolidación de una sensibilidad pluridisciplinar 32 y por los enfoques culturalistas del pasado para los que el estudio de la centuria decimonona ofrece dimensiones, riquezas hasta hace poco insospechadas, que están aflorando en campos como la historia de la prensa y la imprenta, la sociabilidad, la vida cotidiana, el género, las culturas políticas y la historia religiosa, entre otros.

De entre el conjunto de estas biografías más recientes, las realizadas sobre dos personalidades políticas tan relevantes en su día, pero al propio tiempo tan controvertidas, como fueron Baldomero Espartero y Manuel Ruiz Zorrilla son quizás las que aportan más sorpresas por el enfoque tan fresco, tan rico que nos brindan de ambos personajes y la revisión de etapas y problemáticas del siglo xix a la que obligan. La del general Espartero es la que supone, a nuestro juicio, una aportación mayor por la imagen tan diferente que Adrian Schubert nos brinda de un personaje central en gran parte de la centuria, pero cuya actuación en el plano político le ha merecido una valoración posterior generalmente negativa por parte de la historiografía, quedando su figura desacreditada o devaluada, lo que se compadece mal con la enorme popularidad de que disfrutó hasta su muerte, incluso en territorios como Cataluña a pesar del bombardeo de Barcelona de diciembre de 1842. Pues bien, la lectura del libro de Schubert nos ofrece a un Espartero —la encarnación quizás más genuina del liberalismo español del siglo xix— muy diferente, situándolo bastante por encima de otros personajes públicos de la época y nos brinda razones muy plausibles para entender el cariño y respeto que tantos contemporáneos le profesaron (bien patentes en este libro gracias a los materiales tan ricos que ha manejado) y por qué confluyeron en él los ingredientes para convertirle en un mito equiparable a Garibaldi o Washington.

Manuel Ruiz Zorrilla, asimismo muy maltratado por la política de la Restauración y por la historiografía, ha sido rescatado y reevaluado en la biografía que ha escrito Eduardo Higueras, de la que se desprende que este personaje fue seguramente, junto con Prim, uno de los que más cumplidamente encarnaron los ideales de la revolución Gloriosa de 1868 y quizás el que fue más consecuente con ellos buscando materializarlos, primero dentro del marco monárquico-democrático y luego, cuando este proyecto se fue al traste, en febrero de 1873, intentándolo dentro de las coordenadas del republicanismo, una tarea a la que se entregó con una determinación y una tenacidad incomparablemente mayores que a las demostradas por otros republicanos históricos, colocando en serios aprietos al régimen canovista. Su condición de opositor irreductible le aproximaría, según su biógrafo, a otros políticos europeos como Mazzini, Kossuth o Ledru-Rollin.

El esfuerzo por reconsiderar o, incluso, rehabilitar al personaje elegido cuando del mismo ha quedado una imagen polémica o peyorativa es frecuente entre los biógrafos, pero en los dos casos vistos y, en especial en el de Espartero, ha sido especialmente oportuno y hasta necesario. Cosa que no sucede (me refiero a esa reparación) con Fernando VII, objeto de la excelente y galardonada biografía que ha escrito Emilio La Parra, pues la misma no solo no modifica, sino que hasta confirma la percepción tan negativa que, primero el liberalismo decimonónico y luego la propia historiografía, nos habían transmitido sobre este rey. El mismo autor reconoce que ha sido el monarca peor tratado en toda la historia de España.

Una percepción que acabó siendo la antítesis de la que se había tenido de él cuando accedió al trono, desplazando a su padre, en 1808 y que todavía perduró durante su reinado, lo cual justifica el acertado punto de partida del autor en el sentido de presentar a Fernando como un rey imaginado por los españoles, una caracterización que se ajusta a él de forma modélica, pero que compartió con sus sucesores en el trono, como La Parra se ha esforzado por poner de relieve a lo largo de su investigación más reciente.

De este modo, el retrato que traza del primero idolatrado y luego odiado Fernando no cambiará seguramente en el lector la idea que pudiera tener previamente de este soberano, pero sí le posibilita el enriquecerla de una manera sustancial y dotarse de elementos de juicio sólidos, al estar fundados no solo en una erudición muy considerable y en un manejo exhaustivo de las fuentes, sino también en una gran maestría al presentar y valorar los profundos cambios en el plano político que se produjeron a lo largo de toda esta etapa o el tipo de monarquía que se propuso establecer el propio Fernando, bastante diferente de la del Antiguo Régimen.

Como decíamos antes, la perspectiva biográfica sobre el siglo xix español incluye otros territorios distintos (aunque con mucha frecuencia, conectados) del propiamente político o parlamentario. Uno de ellos, por ejemplo, es el de la intermediación cultural en una época en la que todavía la sociedad española vivió bastante encerrada en sí misma, pese a la curiosidad que por diferentes motivos —la Guerra de la Independencia, el Romanticismo— suscitó nuestro país en muchos europeos. En esa labor de intermediación desempeñaron un importante papel dos de los personajes que han merecido una biografía reciente: el ya citado Eugenio de Ochoa, el cual, si bien fue una figura secundaria en el campo literario (aunque bien representativa del hombre de letras), merecía ser rescatado del olvido justamente por su labor en cuanto a dar a conocer otras culturas gracias, entre otras, a la traducción, no limitada al terreno literario, pues también comprendió obras de carácter científico o técnico, incitándole así a buscar en el castellano términos equivalentes a aquellos que debía traducir. Una labor que completó con el ejercicio de la crítica literaria o el impulso a publicaciones periódicas decisivas para el afianzamiento de determinadas corrientes culturales, como el Romanticismo (así, El Artista, aparecida en 1835). Su trabajo, no obstante, lo ejerció también en dirección hacia los ámbitos culturales de los que procedían principalmente las novedades, y en tal sentido desarrolló trabajos importantes para algunas casas editoriales francesas, como Baudry, preparando para ella la «Colección de los Mejores Autores Españoles».

El otro personaje es el erudito, bibliófilo y orientalista Pascual de Gayangos, el cual, si bien no puede decirse que se hallara sumido del todo en el olvido, estaba carente de una biografía completa que reconstruyera su larga trayectoria vital y científica y la reubicara en el ámbito de la cultura española y europea del siglo xix, concediéndole la relevancia que merecía, muy bien explicada en el libro de Santiago Santiño. Una tarea nada fácil, desde luego, habida cuenta del carácter intensamente cosmopolita de Gayangos —aquí resplandecería aún más su singularidad— tanto por los contactos tan estrechos que mantuvo con arabistas e historiadores europeos y norteamericanos, como por las largas temporadas pasadas en el Reino Unido y su entrada en los círculos, muy elitistas, de la sociedad y la cultura británicas. Unas circunstancias que permitirán captar mejor el reto de reconstruir al completo su biografía.

Sin embargo, Santiño lo logra con creces, ofreciéndonos un retrato muy acabado de su trayectoria por medio del cual se pone de manifiesto que Gayangos, más allá del rescate y edición de importantes manuscritos árabes, donde realmente sobresalió fue en la tarea de intermediación —además de en la conformación del hispanismo—, convirtiéndose en un referente esencial para gran parte de los orientalistas europeos, que hallaron en él una ayuda y una generosidad impagables, o para historiadores como los norteamericanos Ticknor y Prescott, receptores de numerosos documentos por él enviados.

En gran medida el renovado interés que suscita dicha centuria en los historiadores proviene de la riqueza que el periodismo y la edición aportaron al aparentemente enteco panorama cultural español, debido al considerable empuje y creatividad que acreditaron, constituyéndose además en una plataforma excelente para el inicio de carreras políticas o literarias muy fecundas. Es por esa razón por la que algunas de las biografías recientemente publicadas merecen nuestra atención. Entre ellas, importa destacar la del editor Francisco de Paula Mellado, a cargo de Jesús Antonio Martínez Martín, que desvela ante nuestros ojos una carrera empresarial construida en el mundo de la imprenta y la edición, gracias a la cual se convirtió en el editor español más importante de la etapa isabelina, publicando miles de volúmenes en Madrid y París y dando a la luz, asimismo, numerosas y variadas publicaciones periódicas.

Mellado llevó a cabo una actividad incesante y desplegó una inventiva que se adelantaba a su tiempo —por ejemplo, en el uso de la publicidad— con vistas a captar nuevos clientes o asegurarse la fidelidad de los suscriptores, de forma que estos se sintieran tentados de adquirir otros productos de su imprenta. Podían también, por ese conducto, decidirse a invertir sus ahorros en algunas de sus empresas, ya que la fortuna acumulada le llevó a entrar en nuevos negocios entre los que cabe citar una sociedad de seguros contra las quintas.

Como el propio Martínez Martín subraya, los numerosos documentos consultados (entre los que ocupan un lugar de privilegio los protocolos notariales) posibilitan rescatar del olvido a un empresario real, a un burgués de carne y hueso, al que podemos ver también en los escenarios de su vida privada y conocer cómo era su casa, el modo como la tenía decorada y alhajada, sus carruajes, su segunda residencia o identificar a las personas que componían su abundante servicio doméstico. Aspectos que solían ser omitidos tradicionalmente en las biografías, así, en las publicadas en el siglo xix, más volcadas hacia lo externo, lo público 33. Una vertiente, no obstante, que suele quedar velada es la de la sexualidad —salvo en biografías como la de Fernando VII— o los modelos de masculinidad (y femineidad), a pesar de la luz que podrían arrojar sobre la diferenciación y la intersección, también, entre lo público y lo privado 34.

Aunque en un plano local, enlaza con esta línea biográfica la obra que ha escrito Manuel Morales sobre Francisco de Moya, un librero malagueño que, aunque no desarrolló una actividad editorial comparable, ni tampoco su faceta de empresario se sitúa al mismo nivel, sí que desplegó también mucho ingenio para asentar su comercio y expandir la lectura en una ciudad caracterizada entonces como la de «las mil tabernas y una sola librería». La suya se llamaba «La puntualidad», y ello denota la importancia que para su negocio tenía el ser exacto en la entrega de los pedidos o de los libros o periódicos a que sus clientes estuvieran suscritos.

De todos modos, en este personaje —al que cabría enfocar también desde la perspectiva de la intermediación cultural— primó, tanto o más, como motivación de su actividad profesional, su fe en la capacidad regeneradora de la cultura, pues ello cuadraba con su ideario demócrata (fue corresponsal de La Discusión) y con su adscripción al krausismo, lo que explica también su enfoque de la religión como algo alojado en la intimidad personal.

Las actividades de Mellado y Moya (ambos estuvieron ligados comercialmente) no dejaron de tener una relación muy estrecha con el periodismo, una actividad todavía incierta desde un punto de vista profesional, aunque practicada por muchos jóvenes españoles ansiosos por darse a conocer o por hacer una carrera política. Sobre uno de ellos, el barcelonés Robert Robert, ha escrito una muy completa biografía el hispanista francés Julien Lanes Marsall, advirtiéndose en ella con mucha claridad la imbricación tan estrecha entre la práctica periodística y la actividad política, en su caso militando en el partido demócrata y, más tarde, en el republicano, en el que transitó por una tercera vía entre el federalismo de Pi i Margall y el demoliberalismo de Castelar 35. Se pone de relieve, asimismo, la variedad de los cometidos que desempeñó como escritor, ya que, además de la prensa, su dedicación principal, cultivó la traducción (así de obras de Proudhon —con anterioridad a Pi— y de Bastiat), la novela por entregas, el drama, la poesía, el panfleto y la sátira anticlerical —gracias a su trilogía Los cachivaches de antaño—, encajando muy bien, a juicio de Lanes, en la categoría de escritor público. Pero sin duda su contribución mayor la hizo en un género tradicional en la literatura española, la sátira, en la que se convirtió en un verdadero maestro.

Dentro de esta primavera biográfica a la que estamos asistiendo ocupa una posición destacada y muy significativa la atención que se ha prestado al sexo femenino, concretamente a dos españolas eminentes, gallegas ambas, Emilia Pardo Bazán y Concepción Arenal, cuyas vidas han reconstruido Isabel Burdiel y Anna Caballé, en quienes se da la circunstancia, además, de ser dos grandes estudiosas y teorizadoras de la biografía. La de doña Emilia es, no nos cabe duda de ello, uno de los hitos de esta reciente floración aquí comentada 36. No porque no existieran ya buenos relatos de su vida, sino por la modernidad de su factura o el tratamiento exhaustivo de las diferentes facetas de su actividad (a menudo muy polémicas, como su filiación carlista). Algunas de ellas serían su marcado cosmopolitismo, su peculiar pero muy adelantado feminismo (tradujo al español la obra pionera de J. Stuart Mill, The Subjection of Women), su relación amorosa con Galdós o sus esfuerzos y sinsabores por ser aceptada en una república de las letras claramente machista.

Después de que Isabel Burdiel se hubiera decantado, en sus ensayos sobre la biografía, por la historia biográfica, el relato de la vida de Pardo Bazán es seguro que ha tenido que constituir un reto de lo más atractivo para ella pese al trabajo tan ingente que el tratar de una escritora, con una producción tan considerable, tanto literaria como epistolar, tenía forzosamente que suponerle. Pero el resultado es brillante, a la altura de lo que un personaje tan interesante merecía, cobrando además plena actualidad en esta época de vindicación feminista, pues esa dimensión de la escritora coruñesa es particularmente atendida y aquilatada. Se pone aquí muy bien de relieve, por tanto, lo avanzada y combativa que fue Pardo Bazán en este terreno.

Concepción Arenal ha sido abordada por Anna Caballé, quien nos ofrece una buena biografía de esta intelectual —un título de lo más apropiado— a la que no duda en presentarnos como la pensadora española, incluyendo aquí al género masculino, más interesante de nuestro siglo xix. Una valoración excepcional justificada en la calidad y vigencia de su obra de madurez, en donde figuran sus Estudios penitenciarios, merecedores de un muy amplio reconocimiento internacional, o La mujer de su casa, que estima como mucho más enjundiosa y avanzada que La mujer del porvenir.

El retrato que aquí se nos ofrece de Arenal es menos rico y provisto de matices que el de Pardo Bazán (ambas no congeniaron y se podría considerar a la novelista la antítesis de Arenal), en buena medida por su carácter esquivo, hermético, que la llevó a dejar muy poco rastro personal en forma de cartas, fotografías, etc., de modo que es difícil documentar su trayectoria y llegar hasta el fondo de su personalidad (se echa de menos, con todo, el recurso a algunas fuentes archivísticas). Solo se nos descubre en algunos poemas, como Mi vida, aunque sin llegar a colmar muchas incógnitas que su existencia encierra. A pesar de esas limitaciones, el libro de Caballé es una obra valiosa, muy bien escrita, que nos permite mejorar nuestro conocimiento sobre una de las mujeres más interesantes de aquella centuria.

Quizás otra confirmación de cómo el recurso a la biografía se ha ido normalizando en el tratamiento historiográfico de nuestra historia contemporáneas nos llega de la reciente publicación de un compendio sobre la España de los siglos xix y xx, editado por José Álvarez Junco y Adrián Schubert, una de cuyas secciones es precisamente biográfica: un conjunto de trayectorias vitales de personajes españoles por medio de las cuales enriquecer nuestra comprensión de las últimas centurias 37.

Para concluir, aunque las biografías reseñadas puedan ser muy distintas en cuanto a su concepción, enfoque, metodología, fuentes utilizadas, etc., pensamos encajan en el modelo de historia biográfica que, siguiendo pautas de Sabina Loriga, nos proponen Isabel Burdiel y Roy Foster: «Aquella que se guía por una serie suficientemente formulada, pero también suficientemente flexible, de problemas históricos generales y que trata de explicar la singularidad de una vida individual sin someterla por ello a un relato que la trascienda o anule» 38.


1 Emilio La Parra: Fernando VII. Un rey deseado y detestado, Barcelona, Tusquets, 2018.

2 Julien Lanes Marsall: L’ambassadeur de la République des lettres. Vie et oeuvre de Robert Robert i Casacuberta (1827-1873), París, Éditions Hispaniques, 2017.

3 Raquel Sánchez: Mediación y transferencias culturales en la España de Isabel II. Eugenio de Ochoa y las letras europeas, Madrid, Iberoamericana Vervuert, 2017.

4 Adrian Schubert: Espartero, el pacificador, Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2018.

5 Manuel Morales Muñoz: El librero Francisco de Moya. Un krausista de provincias, Cádiz, Universidad de Cádiz, 2018.

6 Jesús Antonio Martínez Martín: Los negocios y las letras. El editor Francisco de Paula Mellado (1807-1876), Zaragoza, Prensas Universitarias de Zaragoza, 2018.

7 Isabel Burdiel: Emilia Pardo Bazán, Barcelona, Taurus, 2019.

8 Anna Caballé: Concepción Arenal. La caminante y su sombra, Barcelona, Taurus, 2018.

9 Santiago Santiño: Pascual de Gayangos. Erudición y cosmopolitismo en la España del siglo xix, Pamplona, Urgoiti Editores, 2018.

10 Eduardo Higueras Castañeda: Con los Borbones, jamás. Biografía de Manuel Ruiz Zorrilla (1833-1895), Madrid, Marcial Pons, 2016.

11 James C. Davis e Isabel Burdiel: «Introducción», en James C. Davis e Isabel Burdiel (eds.): El otro, el mismo. Biografía y autobiografía en Europa (siglos xvii-xx), Valencia, Publicacions de la Universitat de València, 2005, p. 25.

12 Una expresión muy utilizada en las reflexiones teóricas sobre la biografía. Así, en George Gusdorf: Lignes de vie 1. Les écritures du moi, París, Les Éditions Odile Jacob, 1991.

13 Lo que no implica que la biografía hubiera dejado de ser un género muy popular: James C. Davis e Isabel Burdiel: «Introducción», p. 11. Véase también François Dosse: El arte de la biografía, México, Universidad Iberoamericana, 2007, pp. 21-22.

14 Isabel Burdiel y Manuel Pérez Ledesma: Liberales, agitadores y conspiradores. Biografías heterodoxas del siglo xix, Madrid, Espasa, 2000. Ambos autores darían continuidad a su proyecto en Manuel Pérez Ledesma e Isabel Burdiel: Liberales eminentes, Madrid, Marcial Pons, 2008.

15 Isabel Burdiel: «La dama de blanco. Notas sobre la biografía histórica», en Isabel Burdiel y Manuel Pérez Ledesma: Liberales, agitadores y conspiradores. Biografías heterodoxas del siglo xix, Madrid, Espasa, 2000, pp. 17-48, esp. p. 28.

16 Yvan Lissorgues: Leopoldo Alas, Clarín, en sus palabras (1852-1901), Oviedo, Ediciones Nobel, 2007, p. 18.

17 Esta expresión, de Plutarco, la tomo de Sabina Loriga: «La escritura biográfica y la escritura histórica en los siglos xix y xx», en Isabel Burdiel y Roy Foster (eds.): La historia biográfica en Europa. Nuevas perspectivas, Zaragoza, Institución Fernando el Católico, 2015, p. 19.

18 Como la obra, ya mencionada, Liberales eminentes. Se podría situar en esta misma línea el libro, editado por Javier Moreno Luzón: Progresistas. Biografías de reformistas españoles (1808-1939), Madrid, Taurus, 2006.

19 Emilio la Parra: Manuel Godoy. La aventura del poder, Barcelona, Tusquets Editores, 2005.

20 Raquel Sánchez García: Antonio Alcalá Galiano y el liberalismo español, Madrid, CEPC, 2005.

21 Juan Pro Ruiz: Bravo Murillo. Política de orden en la España liberal, Madrid, Síntesis, 2006.

22 Carmen Massa Hortigüela: Pablo Montesino (1781-1849). La perseverancia de un educador liberal, Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, 2014.

23 Yvan Lissorgues: Leopoldo Alas...

24 José Ramón Milán García: Sagasta o el arte de hacer política, Madrid, Biblioteca Nueva, 2001, y José Luis Ollero Vallés: Sagasta, de conspirador a gobernante, Madrid, Marcial Pons-Fundación Práxedes Mateo Sagasta, 2006.

25 Alberto Gil Novales: Diccionario biográfico de España (1808-1833). De los orígenes del liberalismo a la reacción absolutista, 3 vols., Madrid, Fundación Mapfre, 2010.

26 Su objetivo —el de la prosopografía— sería, según Louis Bergeron y Guy Chaussinand-Nogaret, convertir lo singular en plural: Sabina Loriga: «La escritura biográfica...», p. 35.

27 Jessica Cáliz Montes: «La colección “Vidas españolas e hispanoamericanas del siglo xix”. Un lugar de encuentro entre España e Hispanoamérica», Cuadernos de Aleph, 5 (2013), pp. 15-38.

28 Isabel Burdiel: Isabel II. Una biografía (1830-1904), Barcelona, Taurus, 2010.

29 Isabel Burdiel y Roy Foster: La historia biográfica en Europa...

30 Anna Caballé: Narcisos de tinta. Ensayo sobre la literatura autobiográfica en lengua castellana (siglos xix y xx), Madrid, Megazul, 1995.

31 Michelle Perrot: Les femmes ou les silences de l’histoire, París, Flammarion, 2012. Un buen ejemplo, en la bibliografía española del esfuerzo por sacarlas del olvido en Juan Francisco Fuentes y Pilar Gari: Amazonas de la libertad. Mujeres liberales contra Fernando VII, Madrid, Marcial Pons, 2013.

32 Refiriéndose específicamente a la historia política: Javier Moreno Luzón: «Presentación», en Javier Moreno Luzón (ed.): Progresistas..., p. 14.

33 James C. Davis e Isabel Burdiel: «Introducción», en James C. Davis e Isabel Burdiel (eds.): El otro, el mismo..., p. 23.

34 Lucy Riall: «La vida sexual de los patriotas italianos», en Isabel Burdiel y Roy Foster (eds.): La historia biográfica en Europa. Nuevas perspectivas, Zaragoza, Institución Fernando el Católico, 2015, pp. 321-342. De esta autora cabe citar asimismo su Garibaldi. Invention of a Hero, Yale University Press, 2008.

35 Otro buen ejemplo de periodista republicano en Eduardo Higueras Castañeda: Pablo Correa y Zafrilla. Biografía (1842-1888), s. l., Almud-Ediciones de Castilla-La Mancha, 2018.

36 Que debería de extenderse a otras mujeres como Rosario de Acuña: Elena Hernández Sandoica (ed.): Rosario de Acuña, «Hipatia» (1850-1923). Emoción y razón, Madrid, Abada, 2019.

37 José Álvarez Junco y Adrian Schubert (eds.): Nueva historia de la España contemporánea (1808-2018), Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2018.

38 Isabel Burdiel y Roy Foster: «Introducción» en Isabel Burdiel y Roy Foster: (eds.): La historia biográfica..., p. 11.