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Marcial Pons Ediciones de Historia
Asociación de Historia Contemporánea
Madrid, 2026
ISSN: 1134-2277
DOI: 10.55509/ayer/3350
© Aurora Bosch
Recibido: 10-02-2026 Aceptado: 28-02-2026 Publicado on-line: 01-07-2026
Publicado bajo licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial 4.0 Internacional
La presidencia autoritaria. Una década de trumpismo en Estados Unidos
The Authoritarian Presidency. A Decade of Trumpism in the United States
Aurora Bosch *
Universitat de València
aurora.bosch@uv.es
Resumen: Desde la vertiginosa ruptura iliberal del primer año del segundo mandato de Trump, el presente artículo examina las circunstancias históricas que permitieron a Trump alcanzar la presidencia en 2016 y los hitos principales que han ido forjando el trumpismo en esta década. Desde 1990, los cambios de la sociedad estadounidense —por el aumento de la desigualdad, la inmigración masiva y el cambio demográfico, la polarización política nacional y la trasformación del universo mediático— explican la atracción del populismo etnonacionalista de Trump para muchos «perdedores» de la globalización después de la gran recesión de 2008. La captura por parte de Trump del Partido Republicano y su transformación en el MAGA, «la gran mentira» como conversión del desafío frontal a las instituciones democráticas en un relato cohesionador de defensa democrática frente «al fraude electoral» demócrata, la ampliación posterior del apoyo electoral MAGA en «la coalición de no educados», el desprestigio del Partido Demócrata y la reacción cultural del movimiento antiwoke son algunos de los hitos que están detrás de la consolidación de una fuerza antidemocrática como el trumpismo. Todo ello ocurre cuando una mayoría de electores, en una sociedad aún más desigual desde la COVID-19, considera que el sistema político estadounidense está quebrado desde hace décadas.
Palabras clave: Estados Unidos, cambio social, trumpismo, Partido Republicano, MAGA.
Abstract: From the dizzying illiberal rupture of the first year of Trump’s second term, this article examines the historical circumstances that enabled Trump to reach the presidency in 2016 and the major milestones that have shaped Trumpism in this decade. Since 1990, changes in American society —including increased inequality, mass immigration and demographic shifts, national political polarization, and the transformation of the media landscape— explain the appeal of Trump’s ethno-nationalist populism to many «losers» of globalization after the Great Recession of 2008. Trump’s capture of The Republican Party and its transformation into MAGA, the «big lie» as a conversion of the frontal challenge to democratic institutions into a cohesive narrative of democratic defense against Democratic «election fraud», the subsequent expansion of MAGA’s electoral support within the «coalition of the uneducated», the discrediting of the Democratic Party, and the cultural backlash of the anti-woke movement are some of the milestones behind the consolidation of an anti-democratic force like Trumpism. This occurred in the face of a majority of voters who, in a society made even more unequal by COVID-19, consider that the American political system is broken from several decades.
Keywords: United States, social change, Trumpism, Republican Party, MAGA.
El primer año del segundo mandato de Donald Trump acelera la ruptura iliberal que su presidencia está suponiendo para la política nacional e internacional de Estados Unidos. Sin oposición del Congreso y con una mayoría conservadora en el Tribunal Supremo, el presidente, apelando a una situación de emergencia nacional, ha extendido de manera exponencial el poder presidencial para expulsar a la inmigración ilegal, ejercer la venganza contra sus «enemigos», proteger la economía nacional, controlar el Gobierno federal y desmantelar la agenda de Joe Biden. La crueldad y violencia en la ejecución de las deportaciones y redadas de migrantes, los miles de despidos de funcionarios estatales, las depuraciones en la Oficina Federal de Investigación (FBI) y el Departamento de Justicia, las proporciones de la persecución a los «enemigos» y críticos de Trump, la simbiosis entre poder político y oligarquía tecnológica, los beneficios económicos del ejercicio de la presidencia para la familia Trump, la política arancelaria o la ejecución del corolario Trump a la doctrina Monroe son muestras del trepidante giro político, cultural y social que la Administración persigue en este mandato.
En el conjunto de la respuesta internacional de la extrema derecha al cambio demográfico, la inmigración masiva, las consecuencias sociales de la globalización, la crisis financiera de 2008 y la COVID-19, el primer año de la segunda Administración de Trump refuerza la singularidad de la reacción inusitadamente autoritaria de Estados Unidos desde 2016. A la captura de «las fuerzas extremistas» de un partido principal, su llegada al Gobierno nacional y la negativa a aceptar la derrota electoral de 2020 1, se suman la reelección de Trump en 2024 y el giro radical que está tomando su segundo mandato. Esta evolución política de la aún primera potencia mundial, con el sistema representativo más antiguo y estable del mundo, «símbolo» de la democracia occidental, agranda las repercusiones internacionales de este primer año de mandato.
Para un país en el que aún es popular la creencia en su «excepcionalidad histórica», tanto por el «consenso liberal», que popularizó la escuela del consenso en la Guerra Fría, como por la experiencia de un sistema político que celebra elecciones de forma ininterrumpida desde 1796, el análisis de la ruptura iliberal que supone el trumpismo desde la historia es recurrente.
Trump entroncó su segundo mandato con la expansión del Nuevo Imperialismo, la fusión de negocios y política y el proteccionismo industrial que inauguró la presidencia de William Mckinley. No obstante, al cumplirse los primeros cien días de Gobierno, treinta y cinco historiadores reunidos por The New York Times consideraron que invocar a una ley de tiempos de guerra para expulsar inmigrantes no documentados, desmantelar una agencia o departamento federal, decretar el final de la ciudadanía por nacimiento, imponer aranceles universales, suspender fondos autorizados por el Congreso o perdonar a 1.600 condenados criminalmente por la insurrección del 6 de enero de 2021 eran órdenes ejecutivas con pocos o ningún precedente 2. En cambio, otros historiadores, como Timothy Naftali o Julian Zelizer, han incidido en los numerosos momentos de tensión, ruptura o violencia política de la historia de Estados Unidos para resaltar tanto la fragilidad de la democracia estadounidense como su capacidad para superar graves crisis políticas. Sin embargo, destacan de la presidencia actual la superposición de conflictos nacionales e internacionales, así como que la principal fuente de caos y conflicto sea el presidente mismo 3.
En la misma línea, Steven Hahn entronca el trumpismo con la tradición iliberal que está en el centro de la historia de Estados Unidos. La componen ese conjunto de ideas que asume las desigualdades inherentes en la nación, la raza y el género, así como el recurso a la violencia política para mantener el poder legítimo y excluir o expulsar a los enemigos internos y externos. Ideas que, sin suspender la Constitución ni los ciclos electorales, se han plasmado en el racismo y la violencia del sistema de Jim Crow en los estados del sur entre 1880 y 1965; en el primer «terror rojo», las deportaciones de radicales y emigrantes, el americanismo desacomplejado y la violencia del segundo Ku Klux Klan en la década de 1920; en el anticomunismo y el «terror lila» en el macartismo; en la deportación de 300.000 inmigrantes mexicanos no documentados en 1954, o el encarcelamiento en masa que afecta sobre todo a la población afroamericana e inmigrante de color desde la década de 1970. Erupciones iliberales que aparecen en momentos de reacción ante cambios muy rápidos, pero también coexisten en periodos progresistas, pues no son una simple reacción que pueda volver a la senda liberal con facilidad 4. Aunque hay precedentes históricos de Gobiernos locales o estatales iliberales, lo insólito, indica Hahn, es la crueldad y degradación con la que Trump ejerce la presidencia 5.
Las reflexiones históricas que generan las políticas de Trump en el primer año de su segundo mandato se unen a las consideraciones anteriores acerca de la naturaleza fascista del trumpismo que persisten en la izquierda norteamericana. De forma destacada, Robert Paxton, desde el asalto al Congreso el 6 de enero de 2021, no dudó en catalogar como fascista el trumpismo 6, pero matizó, poco antes de las elecciones de 2024, que no era un término útil, pues «las circunstancias históricas son totalmente distintas» y el trumpismo «viene desde abajo como un fenómeno de masas», con «una base social más sólida [...] que no tenían ni Hitler ni Mussolini» 7.
De hecho, desde hace una década, Donald Trump, esté en el Gobierno o en la oposición, domina de tal forma la política estadounidense que se habla de trumpismo o incluso «Era Trump», aunque falten más de dos años para acabar su segundo mandato, no se hayan celebrado las elecciones de mitad de mandato de 2026 ni por supuesto podamos evaluar a medio y largo plazo las consecuencias de su presidencia. Sin embargo, sí podemos examinar las circunstancias históricas que permitieron a Trump alcanzar la presidencia en 2016 y los hitos principales que han ido forjando el trumpismo en esta década.
Un millonario inmobiliario con negocios turbios, estrella de la telerrealidad y celebrity en Nueva York, sin experiencia previa en el ejército o la política, ganaba la presidencia en noviembre de 2016 con un estilo y programa populistas etnonacionalistas, que prometía devolver el poder de Washington al pueblo estadounidense y volver a colocar a «América Primero», al priorizar la construcción de un muro en la frontera sur para detener la inmigración ilegal de «indeseables de color», anteponer la mejora de las infraestructuras a los gastos militares en el exterior, imponer aranceles para recuperar empleos industriales y, según recita su principal eslogan, devolver la grandeza a América (Make America Great Again, MAGA) 8.
Contra todo pronóstico, Trump se impuso a Hillary Clinton, la preparada candidata del aparato del Partido Demócrata, que había vencido con dificultad en las primarias a la candidatura insurgente del socialista Bernie Sanders. Aunque Trump no ganó en voto popular —Clinton le superó por 2,8 millones de votos— obtuvo la presidencia y mantuvo el control de las dos cámaras del Congreso, al obtener un récord del 58 por 100 del voto blanco, avanzar en el voto hispano y conseguir asaltar el «muro azul» en los estados de Pensilvania, Wisconsin, y Michigan, además de atraer el voto de la clase obrera sin estudios superiores. Una vez apeado Sanders de la carrera electoral, el programa populista de Trump conectaba con el descontento acumulado de amplios sectores de la población contra las elites, por décadas de neoliberalismo, globalización, inmigración masiva y guerras exteriores.
Desde 1990, cuando la hegemonía neoliberal llegó a su cénit en las presidencias de Bill Clinton y George W. Bush, la industria financiera y Silicon Valley habían vuelto a colocar a Estados Unidos en la vanguardia económica mundial de un mundo globalizado. Pero se habían perdido 5,5 millones más de empleos industriales 9, la riqueza se concentraba en el 1 por 100 —en especial el 0,1 por 100— frente a la disminución de ingresos del 90 por 100 y el progresivo estrechamiento de la clase media. El descenso de la esperanza de vida entre los hombres y mujeres blancos de mediana edad sin estudios superiores, ligado a «las muertes por desesperación» —suicidios, alcohol, «crisis de los opiáceos»—, exponía dramáticamente el sufrimiento social de la clase obrera blanca por la pérdida de empleos estables y bien pagados 10. Por otro lado, después de una relativa pausa migratoria entre 1930 y 1970, 33 millones de inmigrantes —12,5 millones de ellos no documentados— procedentes de Asia y Latinoamérica llegaron a Estados Unidos, lo que aumentó el peso creciente de las minorías de color en detrimento de la minoría mayoritaria blanca.
Estos cambios coincidían con la desregulación del mundo de la comunicación, esencial en la pujanza de medios de comunicación identitarios conservadores como Fox News o las redes sociales, mientras se consolidaba un nuevo escenario de la polarización política nacional, al culminar el proceso que, desde la década de 1960, había ido fusionando las identidades políticas con identidades ideológicas, religiosas, raciales, de género, geográficas, educativas y culturales 11. El Partido Republicano se había configurado como el partido de los hombres blancos cristianos conservadores, localizado principalmente en el sur y suroeste, las zonas rurales, las zonas industriales en crisis y las ciudades pequeñas. El Partido Demócrata pasaba a ser el partido de las minorías, los jóvenes profesionales universitarios y las mujeres, ideológica y culturalmente «liberales», asentados en torno a los nuevos polos de desarrollo, en los estados y ciudades más pobladas de ambas costas.
En este contexto, agravado por la resolución desigual de la Gran Recesión, el candidato antiestablishment se impuso en las primarias de un partido republicano en profunda crisis desde la derrota electoral de 2008. Las bases que habían sostenido la hegemonía republicano-conservadora desde Nixon —blancos sudistas, evangelistas blancos y clase obrera blanca—, cuando el partido utilizó el populismo conservador para explotar electoralmente el resentimiento blanco frente a la elite demócrata que favorecía los intereses especiales de las minorías 12, mostraron su indignación con las elites ultraliberales y neoconservadoras que habían dominado la economía y la política exterior de la Administración Bush. Como los anteriores presidentes republicanos, George W. Bush no había avanzado en la legislación contra el aborto o las políticas de diversidad, ni tomado medidas contra la inmigración ilegal. Mientras quería privatizar la Seguridad Social, había aumentado el déficit público con guerras interminables en Irak y Afganistán, y apoyado un plan billonario para rescatar a Wall Street, cuando se perdían dos millones más de empleos industriales 13.
La victoria del primer presidente afroamericano en las dos elecciones posteriores (2008 y 2012), ante dos candidatos republicanos moderados, aumentó el malestar de estos votantes, la crisis del partido y sus posibilidades de una reestructuración populista etnonacionalista. Desde 2009, el Tea Party unía a las bases descontentas y cierta periferia del partido con las elites libertarias conservadoras en un movimiento contra los rescates económicos de Obama, animado y articulado por Fox News. Mientras las elites defendían sus ideas libertarias de gobierno mínimo, oposición a la regulación y al impuesto sobre la renta 14, era el populismo libertario de Ron Paul, que contemplaba el gasto del Gobierno federal como una conspiración para enriquecer a los ricos a costa de los ciudadanos corrientes, el que conectaba con los votantes indignados por el rescate bancario 15. Sin embargo, aunque esta clase media y obrera blanca empobrecida criticaba la corrupción del Estado federal, no creía en el absolutismo del libre mercado y apreciaba los programas sociales como Medicare y Medicaid. Pero consideraban que la acción social del Estado debía beneficiar a «los americanos que lo merecían» 16, los que pagaban impuestos y habían trabajado duro, los blancos cristianos que producen, no a las minorías o los inmigrantes, favorecidos por un presidente «extranjero» como Obama 17.
El Tea Party consiguió imponer sus candidatos y movilizar al electorado republicano para recuperar la Cámara de Representantes en 2010, pero no detuvo la crisis del partido, agravada cuando el republicano centrista Mitt Romney consiguió una abrumadora mayoría del voto blanco en 2012, insuficiente para impedir la reelección de Barack Obama al sumar la mayoría del voto no blanco. A mediados de 2015, ante un liderazgo republicano debilitado 18, el mensaje trumpista de nacionalismo blanco cristiano, antifeminismo, homofobia y defensa del estadounidense común conectaba con las bases republicanas, que no se sentían representadas por las posiciones de su partido en temas de gasto público, inmigración o matrimonio homosexual.
La manifiesta oposición anterior de Trump al Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) y a la inclusión de China en la Organización Mundial de Comercio asentaba su credibilidad como defensor del norteamericano medio, acentuada porque su riqueza le permitía criticar a las elites con conocimiento de causa 19. En campaña, Trump demostraba su «autenticidad» al improvisar un discurso directo y vulgar, alejado de la corrección política y del respeto a la verdad factual 20. Su capacidad para ser siempre noticia y el contacto permanente y directo con sus seguidores vía Twitter mantenían el entusiasmo de sus partidarios, de forma que el candidato antiestablishment arrasó en las primarias republicanas, sin que el partido actuara como guardarraíl de la democracia. Trump contó también con la ventaja de que las redes sociales y las microdonaciones vía internet evitaron que la prensa convencional o la financiación canalizada por el partido fueran las «primarias invisibles» que impidieran vencer al candidato «extremo» 21. Desde el primer mandato Trump fue transformando el Partido Republicano a su imagen, elemento esencial para ser decisivo en la política estadounidense y salir indemne de sus desafíos al orden democrático.
En el primer mandato, un presidente inexperto y caótico, que no había pensado ganar y no conocía Washington, gobernó en una coalición incómoda con un Partido Republicano que no controlaba totalmente, unas elites económicas que lo veían como un bufón, un equipo que contenía sus impulsos más destructivos y una administración del Estado que en muchos casos frustró sus demandas 22. Por otro lado, los demócratas recuperaron la Cámara de Representantes en las elecciones de mitad de mandato de noviembre de 2018.
De este modo, Trump redujo la llegada de inmigrantes totales, pero no cumplió su promesa de construir un muro pagado por México. Asimismo, el presidente colocó en el centro de la política nacional la necesidad de una política proteccionista que redujera la dependencia de China y alentara la industria nacional, al imponer aranceles a China y la Unión Europea. Pero no suprimió, sino que renegoció el TLCAN. Tampoco eliminó el Obamacare, ni reconstruyó las infraestructuras, pues ejecutó una política conservadora clásica de reducción de impuestos, desregulación de los sectores energético y financiero y reducción del gasto social. Aun así, el medio millón de nuevos empleos industriales y la buena marcha general de la economía antes de la pandemia hicieron que la presidencia de Trump se asociara después con los tiempos de bonanza económica pre-COVID-19.
La promesa que Trump cumplió en su totalidad fue nombrar tres jueces pertenecientes a la conservadora Sociedad Federalista para el Tribunal Supremo, que, con los tres jueces nombrados por George W. Bush, formaron una mayoría conservadora decisiva para la consolidación del trumpismo. El récord de nombramientos de jóvenes jueces de distrito y, en especial, de tribunales de apelación, recomendados por la Sociedad Federalista, cumplía el proyecto a largo plazo del Partido Republicano de transformar la judicatura nacional en un baluarte contra las iniciativas legales y políticas liberales 23.
Al mismo tiempo, el uso descarado de la presidencia para el beneficio económico personal, la venganza contra sus enemigos o la utilización del chantaje del Estado sobre Ucrania para desprestigiar a Joe Biden en la campaña presidencial de 2020 —motivo de su primer impeachment— evidenciaban un ejercicio presidencial en los límites constitucionales. Unos meses después, Trump rompía con las tradiciones democráticas y las normas constitucionales al no aceptar la victoria electoral de Biden y obstruir la transición política de poderes, cuando alentó el ataque civil violento al Congreso el 6 de enero de 2021.
«La gran mentira» fue un punto de inflexión decisivo en su presidencia. La adhesión a su pretendida victoria en las elecciones de 2020 frente al «fraude» electoral demócrata guio la depuración del Partido Republicano y mantuvo movilizado a su electorado, mientras preparaba su próxima candidatura. En esos cuatro años fuera del poder, en los que Trump moldeó su imagen de víctima perseguida judicialmente por la elite izquierdista demócrata —segundo impeachment—, consiguió el control total del partido y la transformación de este en el MAGA-Republicanos, al tiempo que fortalecía y ampliaba su base electoral.
Perder en 2020 tuvo sus ventajas. Trump no tuvo que ejecutar la salida negociada con los talibanes en Afganistán, ni sufrir la reacción general del electorado contra los Gobiernos que continuaron gestionando las muertes, los encierros y las consecuencias económicas de la pandemia 24. Además, el expresidente siguió dominando la escena en los cuatro años de la presidencia de Biden, tanto por la eficacia electoral que el antitrumpismo pareció tener para los demócratas en las midterms de 2022, que perdieron por la mínima al centrar su campaña en la amenaza a la democracia y la oposición a la sentencia del Tribunal Supremo contra el aborto, como por la habilidad de Trump para continuar captando la atención política.
Al mismo tiempo, el trumpismo funcionaba más allá de Trump. En el escenario político estatal, desde 2021, el gobernador Ron DeSantis transformaba Florida en un laboratorio de las políticas de la extrema derecha, al rediseñar los distritos electorales para dar más ventaja al Partido Republicano, prohibir las discusiones sobre identidad de género o racismo en las escuelas, intentar controlar ideológicamente a los profesores de las universidades públicas, impedir el aborto después de la decimoquinta semana o vengarse de Disney por su oposición a las políticas anti-LGTBI 25. A nivel programático, la Fundación Heritage preparaba, desde abril de 2022, un programa detallado de Gobierno para que el próximo presidente conservador, siguiendo la teoría del ejecutivo unitario, desde los primeros días de su mandato controlara toda la burocracia federal para transformar un Gobierno «que asedia la libertad como nunca antes» y «es un gigante armado contra los ciudadanos y valores conservadores» 26.
A su vez, en junio de 2022, la decisión del Tribunal Supremo Dobson vs Jackson Women’s Health Organization, que eliminaba el derecho constitucional al aborto y devolvía la regulación a los estados, demostraba a las bases evangelistas del MAGA que, a diferencia de otros presidentes republicanos, Trump cumplía sus promesas. Dos años después, la sentencia Trump vs The United States garantizó al expresidente la inmunidad absoluta en las acciones realizadas en virtud de los «poderes constitucionales fundamentales» del presidente.
El resultado de las elecciones de noviembre de 2024 consolidó el trumpismo como fuerza electoral normalizada con posibilidades hegemónicas. Donald Trump no solo era el primer presidente reelegido después de ser condenado judicialmente por treinta y cuatro delitos y haber alentado el uso de la fuerza civil para anular el resultado de las elecciones de 2020, sino que regresaba a la presidencia con una mayoría del voto popular y una coalición electoral ampliada. Al apoyo explícito de los tecnobillonarios de Silicon Valley, Wall Street y el mundo de los negocios en general, el movimiento MAGA sumaba el ensanchamiento de su base de apoyo entre los votantes sin título universitario que ganaban menos de 50.000 dólares anuales.
A la clase obrera y clase media baja blancas se unían la mayoría del voto de los latinos y un avance entre los jóvenes afroamericanos que consolidaban una «coalición de los no educados», racialmente más diversa, unida por las raíces de clase obrera, un moderado conservadurismo, fuertes creencias religiosas y la indiferencia o rechazo a las políticas de identidad de la izquierda 27. Por su parte, los demócratas conservaban la mayoría entre las minorías, las mujeres y los jóvenes residentes en las zonas urbanas de ambas costas, pero sufrían retrocesos en todos esos segmentos y continuaban la tendencia a perder a la clase obrera, mientras mejoraban su posición entre los votantes con grado universitario que ganaban más de 100.000 dólares anuales 28.
Estas tendencias de voto, en que las brechas educativa y de clase priman sobre la brecha racial, aumentan las posibilidades políticas de los republicanos y reducen las de los demócratas. El Partido Republicano añade a la ventaja de tener más implantación en zonas rurales y estados pequeños, que le han permitido en el siglo xxi aprovechar exclusivamente los aspectos contramayoritarios de la Constitución —Senado, Colegio electoral—, el haber roto el techo de expansión que suponía centrarse en un voto blanco en descenso en una sociedad multirracial. Al incorporar a su coalición a la minoría latina, el movimiento MAGA desvanece las perspectivas de una inevitable hegemonía demócrata por la reducción progresiva del peso electoral de la minoría blanca. Por otro lado, la ineficacia de las autoridades demócratas para reducir el costo de la vida en sus estados 29 está provocando una emigración interna de estados azules a rojos —la más relevante es de California a Texas y Arizona—, que no aumenta el número de estados azules, como el Partido Demócrata pensaba, sino al contrario 30.
Ciertamente, en la pérdida de todo el poder federal de los demócratas actuaron factores coyunturales, como la incapacidad de Joe Biden y su apresurada sustitución por Kamala Harris, o los dos intentos de asesinato de Donald Trump, pero el hecho de que la popularidad del Partido Demócrata fuera la más baja en décadas (27 por 100) indica tendencias a medio y largo plazo que han ido alejando a esta formación de las preocupaciones de los votantes de clase obrera y media baja 31.
La reelección de Trump evidenciaba que la bandera de la defensa de las instituciones democráticas en peligro, que enarbolaba el Partido Demócrata en la campaña, no movilizó al electorado con ingresos y niveles educativos inferiores, sino que, ante sus preocupaciones inmediatas acuciantes —costo de la vida, inmigración, etc.—, parecía un lujo de las elites acomodadas y educadas. No en vano desde hace cincuenta años el incremento de la desigualdad y el aislamiento social se han concentrado en la clase obrera de las zonas industrialmente deprimidas, en las zonas rurales y las ciudades pequeñas. La democracia estadounidense ha fracaso en asegurarles una prosperidad compartida, cierto nivel de servicios y presencia pública 32. Como ha sabido explotar muy bien el movimiento conservador desde la década de 1970, no es una desigualdad solo económica, sino también cultural. «Es la combinación de la economía y la cultura lo que lleva a la gente trabajadora a sentir que las elites los menosprecian, que su trabajo carece de valor y por eso carecen de dignidad», apunta Michael J. Sandel 33.
Por otro lado, en concreto desde la protesta por la justicia racial que siguió al asesinato de George Floyd en 2020, los trabajadores blancos se sentían ofendidos por la arrogancia moral del pensamiento woke, pues los acusaban de beneficiarse del racismo institucional, de ser unos privilegiados, cuando sus salarios estaban estancados, su trama social comunitaria se desintegraba y no tenían posibilidad de ascender socialmente ni de controlar su destino. Este resentimiento sociocultural confluía en el tiempo con la maduración de un movimiento antiwoke desde la derecha política. En 2019 la derecha intelectual ya había iniciado una lucha contra los propios valores liberales universales de la Declaración de Independencia, siguiendo las ideas de Yoram Hazony 34, que, en teoría, habrían vaciado la cultura norteamericana al crear una nación de individuos atomizados a expensas de la familia y la comunidad. Sin embargo, fue a partir de 2020, al coincidir las denuncias de racismo institucional con los encierros y el uso de la mascarilla obligatorios durante la pandemia, cuando el movimiento antiwoke tomó fuerza. A los demócratas y la elite liberal se los tildó de tolerantes con el desorden público y enemigos de la policía, al tiempo que arbitrarios en la aplicación de los encierros, mientras crecía el descontento con la dirección de la salud pública 35.
Como hemos visto, a partir de 2021 Florida había avanzado la respuesta política a la izquierda woke 36, de la que se apropió Trump en la campaña electoral de 2024, al resaltar la necesidad de inyectar energía masculina para vigorizar la nación y poner en la diana las políticas de inclusión, igualdad y diversidad (DEI, por su acrónimo en inglés) de la Administración Biden, mientras mostraba su habilidad para seguir atrapando el resentimiento de la clase obrera y convencerla de que él podía devolverle la dignidad perdida 37.
Está en discusión si la adhesión fundamental de «la coalición de los no educados» al movimiento MAGA significa un verdadero realineamiento electoral 38, o bien, en una dinámica recurrente desde la recesión de 2008, es una muestra más de la insatisfacción de los electores ante el partido en el Gobierno 39. Pero es una realidad que, si nada cambia radicalmente en la política demócrata hacia una fuerza política menos homogénea y con mayor eficacia en la acción de gobierno, después del censo de 2030, el Partido Demócrata perderá competitividad electoral. Su derrumbe en los estados más rurales y el aumento de población en estados dominados por los republicanos le hará perder escaños en la Cámara de Representantes, al tiempo que le resultará más difícil conseguir mayorías en el Senado y el Colegio Electoral.
En su segunda inauguración presidencial, Trump interpretó una victoria electoral ajustada en una sociedad dividida políticamente como un mandato popular para realizar la «revolución del sentido común», que llevaría a Estados Unidos a una «edad de oro» de prosperidad 40. Un político que conocía mejor Washington llegaba por segunda vez a la presidencia con un programa oficioso de gobierno, el control total del partido, la adhesión del mundo de los negocios y la garantía judicial de inmunidad absoluta. Desde esa posición de poder, y con una corte de fieles que comparten su visión de la realidad como Gobierno, Trump ha sido consecuente con el cambio radical prometido.
Al acabar el primer año de su presidencia, Trump ha extendido los límites del poder ejecutivo, al aprobar un número de órdenes ejecutivas sin precedentes desde 1945, que rozan los límites constitucionales, dirigidas en primer lugar a materializar su política migratoria y comercial. En política migratoria, la Administración está lejos de cumplir su promesa de deportar masivamente a los once millones de inmigrantes no documentados —en el primer año se han deportado 622.000 personas, la mayoría sin cargos criminales—. Pero, al ejecutarla con una exhibición de violencia y crueldad por las duplicadas fuerzas del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) y las patrullas de frontera, ha reducido de forma drástica la inmigración ilegal, paralizado las solicitudes de asilo e incitado el abandono voluntario del país de dos millones de inmigrantes. La política arancelaria, pilar central de la prometida prosperidad económica, está lejos de los porcentajes anunciados el «día de la liberación» —16,8 por 100 de media—, pero es el mayor índice de proteccionismo desde 1935. De momento los aranceles no han potenciado la reindustrialización y se han perdido 50.000 empleos industriales, aunque han conseguido unos ingresos fiscales extraordinarios y la reducción del déficit comercial a niveles de 2009. En su conjunto, el auge de la inteligencia artificial y el comportamiento de la bolsa han permitido a la economía estadounidense resistir la «guerra arancelaria» y el cierre de Gobierno más largo de la historia, pero la persistencia de la inflación y la desconfianza del consumidor muestran un deterioro económico gradual en los ingresos más bajos. Este aspecto se agrava con la que Trump ha llamado la «Ley Grande y Hermosa», que favorece la reducción fiscal a las empresas y contribuyentes de altos ingresos y eleva el gasto federal en las fuerzas armadas y el ICE, mientras diez millones de estadounidenses se quedan sin Medicaid y se pierden muchos subsidios del Obamacare.
En la promesa de demoler el «Estado corrupto», el Departamento de Eficacia Gubernamental (DOGE) no ha conseguido ahorrar el trillón de dólares prometido por el empresario de Silicon Valley Elon Musk, pero ha despedido a 317.000 empleados federales, ha purgado el Departamento de Justicia y el FBI, ha eliminado agencias gubernamentales y ha retirado las medidas que impedían una contratación política de los empleados federales. Así, la Administración Trump, con una sofisticación, intensidad e intimidación no vistas en su primer mandato 41, no solo está utilizando al Departamento de Justicia para vengarse de los enemigos personales o políticos del presidente, sino que ha desplegado todas las capacidades del Estado —aprobar fusiones corporativas, conceder contratos, exenciones fiscales o subvenciones— para penalizar instituciones de la izquierda, doblegar universidades, medios de comunicación, redes sociales, empresas o despachos de abogados, de forma que la cultura resulta más «acogedora para la derecha norteamericana» 42.
En política exterior, Trump no ha cumplido su promesa, excepto por la frágil tregua en Gaza, de ser un presidente de paz, pero la Administración republicana está avanzando en asegurar la hegemonía de Estados Unidos en un nuevo orden mundial de esferas de influencia. Sin ningún eufemismo, el Gobierno está utilizando todo el poder militar y económico de Estados Unidos para imponer una relación desigual a sus aliados, debilitar a la Unión Europea, asegurar recursos estratégicos fundamentales en todo el globo y controlar el hemisferio occidental. Además, la política exterior ha contribuido al fabuloso crecimiento de la fortuna de la familia Trump, en una corrupción que multiplica la concesión de perdones presidenciales 43.
Cuando ultimo este artículo, los asesinatos de Renee Good y Alex Pretti por las fuerzas del ICE en Minneapolis se han convertido en la crisis más grave del segundo mandato de Trump. La oposición de algunos congresistas y el 30 por 100 de los votantes republicanos, la dimensión de la protesta ciudadana desafiando temperaturas gélidas, la resistencia de autoridades locales y estatales demócratas, las intervenciones de los expresidentes demócratas llamando al pueblo norteamericano a defender las libertades enunciadas hace doscientos cincuenta años están obligando a Trump a retroceder en la ejecución autoritaria brutal de su política migratoria. Por su parte, los tribunales federales menores siguen bloqueando las órdenes y decisiones ejecutivas del presidente y, a nueve meses de las elecciones de mitad de mandato, la mayoría de los votantes (56 por 100) no aprueba la gestión de Donald Trump, que ha perdido votos decisivos entre los jóvenes y las minorías no blancas que ampliaron su coalición en 2024, mientras las previsiones electorales estiman que el Partido Demócrata podría obtener con facilidad la mayoría en la Cámara de Representantes. Todo ello invitaría a pensar que el sistema político y la sociedad civil estadounidenses, si las elecciones se celebran con normalidad, pueden gestionar una nueva crisis política nacional. Sin embargo, el fuerte apoyo a la gestión de Trump entre los votantes republicanos —73 por 100— y el hecho de que los votantes identificados como republicanos superen a los demócratas confirma el realineamiento electoral de 2024.
Es impredecible el efecto multiplicador que una hipotética victoria demócrata pueda tener para resistir políticamente a Trump y unificar la protesta colectiva, pero los demócratas tendrían que hacer cambios decisivos para tener posibilidades en las presidenciales de 2028 y, en especial, para construir una mayoría perdurable que afronte los cambios estructurales que la economía y la política estadounidenses necesitan. El Partido Demócrata no puede seguir siendo el defensor de un statu quo político que la mayoría de los electores (59 por 100), en particular jóvenes, cree que está roto desde hace décadas 44. Como han demostrado las victorias electorales de noviembre de 2025 en Nueva York, Virginia y Nueva Jersey, los demócratas necesitan un liderazgo rejuvenecido y un programa que pase de las denuncias ideológicas abstractas a los planes concretos para reducir el costo de la vida, crear empleos, controlar la inteligencia artificial y reformar un sistema corrupto.
Por otro lado, el importante apoyo electoral a un partido y un presidente que desafían todo el statu quo político —excepto el mercado de bonos— indica que estamos en un terreno desconocido. Como analiza Eric Schickler, los contrapesos institucionales —separación de poderes, federalismo, etc.— y la pluralista y vigorosa sociedad civil, que han garantizado la estabilidad del sistema democrático estadounidense hasta ahora, son más frágiles de lo que se suponía. Asentado en tendencias políticas que llevan décadas gestándose —una política polarizada nacionalmente, el desarrollo de la teoría del ejecutivo unitario o el crecimiento del populismo conservador en el Partido Republicano—, Trump ha demostrado que los contrapesos que debían frenar su tendencia hacia una presidencia autoritaria no han funcionado. Ni el Congreso dominado por un Partido Republicano leal a Trump, ni el Tribunal Supremo dominado por jueces conservadores, ni un Partido Demócrata desprestigiado ni los medios de comunicación, las universidades o el mundo de los negocios han evitado que el presidente desmantele cimientos fundamentales del Estado administrativo moderno y aleje el sistema político estadounidense de la democracia liberal 45.
* La autora forma parte del Grup d’Estudis Històrics sobre les Transicions i la Democràcia (GEHTD), GIUV2013-060.
1 Steven Levitsky y Daniel Ziblatt: Tyranny of The Minority, London, Viking-Penguin Books, 2023, pp. 7-8.
2 Francesca Paris, Alicia Parlapiano y John Katz: «Are Trump’s Actions Truly Unprecedented? We Asked 35 Historians», The New York Times, 30 de abril de 2025, 2025, https://www.nytimes.com/interactive/2025/04/30/upshot/presidential-history-survey.html (consultado el 27 de enero de 2026).
3 Adam Nagournay: «The Nation Has Been Here Before- Or Has It?», The New York Times, 13 de junio de 2025, https://www.nytimes.com/2025/06/13/us/politics/trump-protests-military-parade.html (consultado el 27 de enero de 2026).
4 Steven Hahn: Illiberal America, New York, Norton & Company, 2024, pp. 350-351.
5 Entrevista a Steven Hahn, Ezra Klein: «The Very American Roots of Trumpism», The New York Times, 23 de abril de 2025, https://www.nytimes.com/2025/04/23/opinion/ezra-klein-podcast-steven-hahn.html (consultado el 27 de enero de 2026).
6 Robert Paxton: «I’ve Hesitated to Call Donald Trump a Fascist. Until Now», Newsweek, 11 de enero de 2021, pp. 63-66.
7 Robert Paxton en Elizabeth Zerofsky: «¿Es Trump un fascista?», El País, 3 de noviembre de 2024, https://www.newsweek.com/robert-paxton-trump-fascist-1560652 (consultado el 27 de enero de 2026).
8 Donald J. Trump: The Inaugural Address, 20 de enero de 2017, Trump National White House Archives, https://trumpwhitehouse.archives.gov/briefings-statements/the-inaugural-address/ (consultado el 28 de diciembre de 2025).
9 Katelynn Harris: «Forty Years of Falling Manufacturing Employment», Beyond the Numbers. Employment & Unemployment, U.S. Bureau of Labor Statistics, 9(16) (2020), https://www.bls.gov/opub/btn/volume-9/forty-years-of-falling-manufacturing-employment.htm (consultado el 9 de marzo de 2025).
10 Anne Case y Angus Deaton: «Mortality and Morbidity in the 21st Century», Brookings Papers on Economic Activity, Spring (2017), pp. 427-434.
11 Ezra Klein: Por qué estamos polarizados, Madrid, Capitán Swing, 2021, p. 36.
12 Dan T. Carter: The Politics of Rage. George Wallace, the Origins of the New Conservatism and the Transformation of American Politics, Baton Rouge, Louisiana State University Press, 1996, pp. 205, 210-218 y 293, y Geoffrey Kavaservice: Rule and Ruin. The Downfall of Moderation and the Destruction of the Republican Party, From Eisenhower to the Tea Party, Chapel Hill, The University of North Carolina Press, 2012, pp. 296-307.
13 Roger Senserrich: ¿Por qué se rompió Estados Unidos? Populismo y polarización en la era Trump, Barcelona, Debate, 2024, pp. 145 y 196-197.
14 Kate Zernike: La revolución del Tea Party, Barcelona, Planeta, 2011, pp. 51-65.
15 Gary Gerstle: Auge y caída del orden neoliberal, Barcelona, Península, 2023, p. 354.
16 Vanessa Williamson, Theda Skopcpol y John Coggin: «The Tea Party and the Remaking of Republican Conservatism», Perspectives on Politics, 9(1) (2011), pp. 25-43.
17 Arlie R. Hochschild: Extraños en su propia tierra, Madrid, Capitán Swing, 2018, pp. 218-224.
18 Roger Senserrich: ¿Por qué se rompió Estados Unidos?..., p. 214.
19 Richard S. Conley: Donald Trump and American Populism, Edinburgh, Edinburgh University, 2020, pp. 163-166 y 212.
20 Gary Gerstle: Auge y caída del orden..., pp. 363-367.
21 Steven Levitsky y Daniel Ziblatt: Cómo mueren las democracias, Barcelona, Ariel, 2018, pp. 61-86.
22 Ezra Klein: «One Moment That Foretold It All», The New York Times, 4 de mayo de 2025, https://www.nytimes.com/2025/05/04/opinion/trump-vance-100-days.html (consultado el 27 de enero de 2026).
23 Linda Qiu y Annie Karni: «Did President Trump Keep His First Term Promises?», The New York Times, 31 de octubre de 2020, https://www.nytimes.com/2020/10/31/us/politics/trump-first-term-promises.html (consultado el 27 de enero de 2026).
24 David Wallace-Wells: «How Covid Remade America?», The New York Times, 4 de marzo de 2025, https://www.nytimes.com/interactive/2025/03/04/opinion/covid-impact-five-years-later.html (consultado el 27 de enero de 2026).
25 Patricia Mazzei: «How DeSantis Transformed Florida’s Political Identity», The New York Times, 18 de abril de 2022, https://www.nytimes.com/2022/04/28/us/politics/ron-desantis-florida-politics.html (consultado el 27 de enero de 2026).
26 Paul Dans y Steven Groves (eds.): Mandate for Leadership. The Conservative Promise. Project 2025, prólogo de Kevin D. Roberts, Washington, The Heritage Foundation, 2023, p. XIV.
27 Patrick Ruffini: Party of The People, New York, Simon & Schuster, 2025, pp. 12 y 16.
28 Zachary B. Wolf, Curt Merrill y Way Mullery: «Anatomy of Three Trump Elections. How Americans Shifted in 2024 vs 2020 and 2016», CNN, 6 de diciembre de 2024, https://edition.cnn.com/interactive/2024/politics/2020-2016-exit-polls-2024-dg/ (consultado el 20 de marzo de 2025).
29 Ezra Klein y Derek Thompson: Abundancia, Madrid, Capitán Swing, 2025, pp. 30-33.
30 Binyamin Appelbaum y Adam Westbrook: «Bad News, Democrats: America Is About to Get Even Redder», The New York Times, 12 de diciembre de 2024, https://www.nytimes.com/2024/12/12/opinion/democrats-republicans-electoral-college.html (consultado el 27 de enero de 2026).
31 Bridget Bowman, Ben Kamizar y Alexandra Marquez: «Democratic Party Hits New Polling Low, while His Voters Want to Fight Trump Harder», NBC News, 16 de marzo de 2025, https://www.nbcnews.com/politics/politics-news/democratic-party-hits-new-polling-low-voters-want-fight-trump-harder-rcna196161 (consultado el 8 de enero de 2026).
32 Michael J. Sandel: El descontento democrático. En busca de una filosofía pública, Barcelona, Debate, 2023, pp. 9-15; Thomas B. Edsall: «Democrats Delivered Millions to Texarkana. It Didn’t Matter One Bit», The New York Times, 12 de agosto de 2025, https://www.nytimes.com/2025/08/12/opinion/liberalism-texarkana-economy-democracy.html (consultado el 27 de enero de 2026).
33 Pablo Guimón: «Michael J. Sandel: “A Trump no se le frena con la ley, se le frena con la política”», El País, 27 de abril de 2025, https://elpais.com/internacional/2025-04-27/michael-j-sandel-a-trump-no-se-le-frena-con-la-ley-sino-con-la-politica.html (consultado el 27 de enero de 2026). Véase también Michael J. Sandel: La tiranía del mérito. ¿Qué ha sido del bien común?, Barcelona, Debate, 2020, pp. 280-283.
34 Yoram Hazony: La virtud del nacionalismo, Madrid, Ivat, 2021, pp. 16, 21-22 y 49-50. Desde que Hazony publicó en 2018 The Virtue of Nationalism se convirtió en el fundador del movimiento National Conservatism, a cuyos congresos anuales asistía J. D. Vance.
35 Katie Gluek: «How the 2020 George Floyd Protest Are Haunting Democrats in 2025», The New York Times, 12 de junio de 2025, https://www.nytimes.com/2025/06/12/us/politics/democrats-california-protests-trump.html (consultado el 27 de enero de 2026), y Ross Douthat: «The Anti-DEI Crusader Who Wants to Dismantle the Department of Education», The New York Times, 7 de abril de 2025, https://www.nytimes.com/2025/03/07/opinion/chris-rufo-trump-anti-dei-education.html (consultado el 27 de enero de 2026).
36 David French: «This Is the Hole the Anti-Woke Right Fell into», The New York Times, 24 de abril de 2025, https://www.nytimes.com/2025/04/24/opinion/trump-woke-free-speech.html?smid=tw-share (consultado el 27 de enero de 2026).
37 Arlie Russell Hochschild: «My Journey Deep in the Heart of Trump County», The New York Times, 9 de junio de 2025, https://www.nytimes.com/2025/06/09/opinion/trump-supporters-kentucky.html (consultado el 27 de enero de 2026).
38 Thomas B. Edsall: «This Is a Realignment That Has Significant Staying Power», The New York Times, 22 de julio de 2025, https://www.nytimes.com/2025/07/22/opinion/are-the-democrats-dead-or-alive.html (consultado el 27 de enero de 2026).
39 Perry Anderson: «Regimen Change in The West?», London Review of Books, 47(6) (3 de abril de 2025), https://www.lrb.co.uk/the-paper/v47/n06/perry-anderson/regime-change-in-the-west (consultado el 27 de enero de 2026).
40 Donald Trump: The Inaugural Address, Washington, Capitol Hill, 20 de enero de 2025, https://www.whitehouse.gov/remarks/2025/01/the-inaugural-address/ (consultado el 27 de febrero de 2025).
41 Michael S. Schmidt: «When Silence Speaks Volumes», The New York Times, 11 de julio de 2025, https://www.nytimes.com/2025/07/11/us/politics/trump-retribution.html (consultado el 27 de enero de 2026).
42 La opinión es del historiador Matthew Dallek, en Thomas B. Edsall: «The Trump Revolution Is Going Much Further Than We Realize», The New York Times, 6 de enero de 2026, https://www.nytimes.com/2026/01/06/opinion/trump-presidential-power-nonprofits-ngos.html (consultado el 27 de enero de 2026).
43 «New York Times Editorial Board: How Trump Has Pocketed $1,408,500,000», CNN, 20 de enero de 2026, https://edition.cnn.com/2026/01/20/politics/video/ac360russbuettner (consultado el 27 de enero de 2026).
44 Pew Research Center: Public Trust in Government: 1958-2025, 4 de diciembre de 2025, https://www.pewresearch.org/politics/2025/12/04/public-trust-in-government-1958-2025 (consultado el 15 de diciembre de 2025).
45 Eric Schickler: «What Donald Trump Has Taught Us About American Political Institutions», Political Science Quarterly, 141(spring) (2026), pp. 51-60.