Ayer 107/2017 (3): 205-228
Sección: Estudios
Marcial Pons Ediciones de Historia
Asociación de Historia Contemporánea
Madrid, 2017
ISSN: 1134-2277
DOI: 10.55509/ayer/107-2017-09
© Zira Box
Recibido: 13-05-2015 | Aceptado: 22-04-2016
Editado bajo licencia CC Attribution-NoDerivatives 4.0 License

Cuerpo y nación: sobre la España vertical y la imagen del hombre

Zira Box*

Universitat de València
Zira.Box@uv.es

Resumen: Este artículo parte de la idea de que, a lo largo de los años de la guerra y de la inmediata posguerra, el discurso nacionalista de Falange configuró un ideal de nación española estructurado alrededor de los valores de sobriedad, austeridad, linealidad y jerarquía. Dichos valores se condensaron en la apelación y continua reivindicación de la verticalidad, considerando que tanto España como la propia Falange eran, por encima de todo, verticales. El objeto de estudio de este texto es, precisamente, explorar su expresión y fortalecimiento a través del cuerpo y de lo corporal de acuerdo con un doble movimiento. Por un lado, se analiza el espacio corporal en tanto vector transmisor de los valores propios de la nación falangista; así, esa España sobria y lineal se manifestó a través del uso del uniforme, de la realización de los gestos reglamentarios o siguiendo determinados estándares sobre el aspecto físico. Por otro lado, el interés recae en el uso de metáforas y representaciones corporales que se utilizaron para imaginar la nación, considerando que a través de este recurso se fortaleció la masculinidad propia del verticalismo falangista.

Palabras clave: cuerpo, masculinidad, organicismo, verticalidad, nacionalismo falangista.

Abstract: Throughout the war and post-war years, the nationalist discourse of the Falange built up the ideal that the Spanish Nation was structured around the values of sobriety, austerity, linearity and hierarchy. These values were condensed into the constant assertion of verticality. The aim is to explore one of the features of this vertical Spain: its masculine dimension. In doing so, the aim is to study how masculitinity was expressed and strengthened through the body by underlining a double dimension. On one hand, the attention is focused on the corporal space, considering that the body was a transmitting vector of the typical values of the Falangist nation. In this way, a sober and austere Spain was expressed by the use of the uniform, the execution of gestures or following standards of physical appearance. On the other hand, the ways that corporal metaphors and representations were used to imagine the nation also prove interesting. They were a mechanism that strengthened the masculinity of Falangist verticality.

Keywords: body, masculinity, organicism, verticality, Falangist nationalism.

El ideal de nación defendido por el discurso falangista revolucionario durante los años de la guerra y de la inmediata posguerra supuso la conformación y expresión de una imagen de España sobria, austera, seria y jerárquica. Buena parte de estos valores esenciales se condensaron en una metáfora recurrentemente utilizada dentro de la retórica del partido: la caracterización de la Falange y de la España ambicionada como verticales. Con ella, junto a expresiones metafóricas sinónimas como las de la España lineal o recta, se dio cuenta —más allá de su evidente utilización en la definición del sindicalismo y de la política social y laboral de la dictadura— de esa nación capitaneada por el partido que se pensaba representada por la simplicidad, la dureza, la austeridad y la crudeza de una línea recta en ascendente verticalidad hacia —no por casualidad— arriba. En el extremo opuesto, lejos de la sencillez de la rectitud, se denostaba el exceso, la grandilocuencia o la exuberancia de una España que metafóricamente se definía como sinuosa, curva o torcida 1.

Reflexionando a finales de los años setenta sobre la ideología fascista a partir de los trabajos de Nikos Poulantzas y Louis Althusser, el politólogo de origen argentino Ernesto Laclau recuperó el concepto psicoanalítico de condensación para repensar sobre algunas de las particularidades que mostraba este novedoso invento político en relación con otros movimientos contemporáneos. Lo que, principalmente, sugería Laclau al utilizar el mencionado término era que las ideologías podían estar formadas por un número limitado de ideas nodales a las que se enlazaban otras que permanecían vinculadas a la primera de forma latente. El resultado era la superposición de dos planos: uno primero conformado por el relato manifiesto y uno segundo formado por todo el contenido asociado a él. La utilidad de aplicar esta idea al estudio de las ideologías estribaba en la posibilidad de subrayar el criterio de economía narrativa y conceptual que éstas tienen: incidir en cómo los discursos ideológicos se estructuran alrededor de un número parcial de ideas centrales con las que, sin embargo, se logra expresar mucho más (en este caso, todo el cúmulo de representaciones latentes aunadas a las primeras) 2.

Este artículo recoge el sugerente apunte de Laclau para partir de una asunción: que en el discurso falangista existió un núcleo ideológico explicitado en el que convergieron de forma condensada un conjunto de valores e ideas conectadas con dicho núcleo central. En concreto, se parte de la idea de que la continua reivindicación de la verticalidad y de sus sinónimos de rectitud y linealidad funcionó como la condensación de los principales valores ideológicos falangistas, tales como la sobriedad, la austeridad, la disciplina o la jerarquía, con los que se definió tanto el estilo de un partido que de acuerdo con su condición fascista se consi­deraba una forma de ser, como la naturaleza de la nación que se defendía. «Canon y norma de la estructura íntima de la Falange —se resumía desde el soriano Labor—: integración, verticalidad y lineación jerárquica» 3.

Junto a los epítetos asociados con la verticalidad mencionados más arriba, cabe constatar que la España recta fue, igualmente, una España masculina. Más allá de la innegable connotación fálica del verticalismo, el nacionalismo falangista fue un nacionalismo expresado en términos de virilidad, fuerza y poder. La aseveración es escasamente sorprendente. La historiografía sobre los fascismos europeos (así como sobre el específico caso español) ha puesto ampliamente de manifiesto que esta ideología fue (y seguiría siéndolo en sus epígonos más persistentes) una ideología eminentemente masculina y juvenil, simbolizada en ese ideal de fuerza, vigor e ímpetu de una juventud mitificada en tanto representación de las posibilidades regeneradoras de la nación 4. En esta masculinización del fascismo desempeñaron un papel clave, tal y como también han subrayado diversos autores, la militarización y los valores bélicos imperantes en el contexto de la Europa de entreguerras en el que se gestaron los totalitarismos 5.

El objetivo de este artículo es partir de las ideas expuestas para explorar algunas manifestaciones del nacionalismo del fascismo español relativas a su dimensión de verticalidad y linealidad 6. En concreto, en estas páginas interesa el cuerpo y la corporeidad, es decir, cómo el nacionalismo austero, jerárquico, sobrio, viril y militarizado que se sintetizó en la definición de España como vertical se expresó a través de un doble movimiento que halló en el cuerpo su vector principal: por un lado, en lo que podríamos denominar la nacionalización del cuerpo, es decir, la consideración de que el espacio corporal tenía la capacidad de expresar el modo de ser español defendido por Falange, y, por otro, en la corporeización de la nación, esto es, la connotación del país con valores e imágenes corporales como nueva expresión del verticalismo falangista.

A este respecto, resulta pertinente hacer una aclaración de partida acerca del cuerpo como objeto de estudio para la mirada del historiador y científico social. Sobre esta cuestión, las ciencias sociales han puesto de manifiesto que el cuerpo no es una realidad exclusivamente física o biológica, sino una construcción en buena medida social y cultural 7. El cuerpo sería, entonces, un vector semántico, según recordaba David Le Breton, moldeado por el contexto social y cultural en el que se sumerge el actor y a través del cual éste construiría la evidencia de su relación con el mundo 8. En el caso que nos ocupa, lo que interesa analizar es cómo la verticalidad, en tanto elemento central de la ideología nacionalista del fascismo revolucionario de guerra e inmediata posguerra, así como todos los valores contenidos en ella, encontraron en el cuerpo y en la corporeización espacios privilegiados de expresión. Para ello, en estas páginas se entiende que el espacio corporal funciona, simultáneamente, como emisor y receptor de sentido, esto es, como proyector y, al mismo tiempo, como receptor del orden imperante. Lo primero, porque las pautas y las convenciones sociales se expresan a través de prácticas sociales que son, y sólo pueden ser, corporeizadas; lo segundo, porque en él se inscriben las dinámicas de las estructuras sociales del contexto 9. Una y otra cuestión se verán en el siguiente epígrafe.

La nacionalización del cuerpo

En su conocido trabajo The Image of Man, George L. Mosse estudió con detalle la construcción del estereotipo masculino nacido a lo largo de la segunda mitad del siglo xviii y dominante en las emergentes naciones occidentales a lo largo de los dos siglos posteriores. La clave del argumento de Mosse, fuertemente influido por El proceso de civilización de Norbert Elias, estribaba en considerar que el análisis de dicho estereotipo arrojaba luz —mucho más que en el caso de la representación femenina— sobre los valores, ideales e imperativos morales de las sociedades del viejo continente, dado que éste constituía la autorepresentación normativa de la nación. En este contexto, el cuerpo y el control ejercido sobre él adquirieron un papel fundamental —como ya había argumentado el propio Elias—, convirtiéndose de forma amplificada en un reflector del poder, considerando que su aspecto, su presentación y sus movimientos eran el reflejo del entramado de normas y valores sociales 10.

Puede que fuera con los fascismos nacidos en los años de entreguerras cuando estas dinámicas protagonistas de la contemporaneidad occidental alcanzaran su desarrollo más extremo. En su mencionado trabajo, Mosse aludió a una distinción interesante entre los casos del fascismo italiano y del nazismo alemán. Si en ambos el cuidado de la estética corporal de ese hombre representativo del ideal nacional fue importante, el último habría incidido más en la fuerza normativa del cuerpo sano y bello del arquetipo clásico, mientras que el primero lo habría hecho en la importancia corporal para inculcar y expresar actitudes de disciplina, orden y rectitud 11. Para nuestro propósito la idea es especialmente sugerente, dado que interesa analizar cómo la verticalidad, en tanto elemento central de la ideología nacionalista del fascismo revolucionario de guerra e inmediata posguerra, junto a todos los valores contenidos en ella, encontraron en el cuerpo y en la corporeización espacios privilegiados de expresión. Es precisamente dentro de este argumento como debe entenderse la importancia de los desfiles y de los encuadramientos propios de un partido políticamente estetizado, la ejecución de los gestos y consignas, o el porte y la importancia concedida al uniforme: como mecanismos de expresión y recreación de un ideal de nación que, en el caso de los años de la guerra e inmediata posguerra, se concibió vertical, recta y austera 12.

Especialmente importante resultó para el partido el último elemento mencionado: el uniforme. Así lo señalaba con claridad a finales de septiembre de 1939 el jefe saliente de la Falange menorquina, Sainz Gralia, con motivo del nombramiento del nuevo responsable del partido insular: quienes se permitían chistes sobre el uniforme del partido sólo podían ser calificados de «memos» por creer que se podía «hacer una España grande con hombres de mono y alpargatas, y mujeres de albornoz y katiuskas». La disciplina era el puntal del Nuevo Estado, continuaba, y todo español se debía sacudir la pasividad para ponerse a tono con el nuevo ímpetu de España: «No levantéis el brazo con desgana —exhortaba, finalmente, a los militantes congregados—; disparadlo como una flecha hacia lo alto» 13.

Junto al porte del uniforme, el segundo elemento contenido en el discurso de Sainz Gralia —la ejecución del saludo reglamentario— también constituyó uno de los aspectos más reiterados de la expresión corporal del verticalismo falangista. La importancia que el partido concedió a ambos fue temprana. Si el saludo era una emulación del movimiento italiano incorporado por el partido desde su misma constitución, la elección de la camisa azul mahón se realizó por explícito deseo de José Antonio Primo de Rivera durante la celebración del I Consejo Nacional de Falange, celebrado en octubre de 1934. Con todo, la importancia de dicha elección debe entenderse, tal y como ha recordado Mary Vincent, como parte de la cuidadosa elaboración de un léxico visual y simbólico esencial para un partido con vocación de masas en un contexto altamente movilizado como el de los años de anteguerra y guerra civil. Pero no sólo, porque la uniformización falangista debe comprenderse dentro de un contexto más amplio, el de la Europea de entreguerras, en el que emergieron múltiples movimientos de diferentes signo que a través de la uniformización de sus miembros —principalmente, hombres jóvenes— proyectaban mensajes de patriotismo, servicio, capacidad de acción y ardiente juventud dispuesta al sacrificio 14. La importancia del uniforme reside precisamente ahí: en su dimensión política y en su capacidad para constituirse en un terreno de lucha; en un vehículo con el que afirmar mensajes ideológicos y políticos. A este respecto, Fréderic Godart señaló que la moda, la ropa, entendida en un sentido amplio, se podía considerar como un hecho social total, dado que en ella convergen gran parte de las dinámicas y estructuras de la vida social 15. Por su parte, Roger Griffin ha recordado que las prendas que portan los actores pueden conducir al historiador hasta el núcleo de complejos procesos sociales y políticos porque, simultáneamente, el vestido es cosmético y funcional, superficial y estructural, público y privado 16. De forma más específica, Wendy Parkins ha enfatizado la dimensión política ya mencionada: cómo las prácticas corporales en las que la ropa desempaña un papel destacado contienen una capacidad semiótica que está referida, al menos desde la Revolución francesa, a lo político, pudiéndose constituir entonces en elementos de contestación y protesta ante el poder establecido o, justamente, en todo lo contrario: en elementos con los que contribuir a reforzarlo y a legitimarlo 17.

El carácter eminentemente político que tuvo el uniforme no se les escapó, claro está, a aquellos hombres de los años treinta y cuarenta que lo portaban. Según señalaba Giménez Caballero durante el primer año de la guerra, la camisa azul del partido era comparable a la toga romana, al hábito monacal medieval o a la casaca ilustrada. Porque la camisa no era una prenda interior, advertía el político y escritor, sino una prenda exterior, un todo, un traje totalitario afirmador y agresivo, un símbolo capaz de definir a un pueblo y un signo de primera línea, ya que los pueblos dignos eran —a diferencia de aquellos descamisados— pueblos con camisa 18. El uniforme se constituía, por tanto, en un potente emisor de significados, concretándose desde el soriano Labor las cualidades contenidas en la camisa azul: reciedumbre, fuerza, aspereza y dificultad; valores, todos ellos, condensados en la reivindicación del linealismo y de la verticalidad expuesta al inicio de estas páginas y explicitados en el mismo artículo que, significativamente, se publicaba en la sección de nacionalsindicalismo: como se podía leer en él, la Falange era vertical, austera, exacta, cierta y esquinada 19.

La camisa era un símbolo, entonces, aunque no exclusivamente. Tal y como ha subrayado Joanne Entwistle, la ropa tiene que ver con lo que constituye el interés principal de esta propuesta: el cuerpo. El punto que enfatizaba la socióloga escocesa en su argumentación era cómo la ropa tendría siempre que situarse en una práctica corporeizada. De este modo, el uniforme sería importante, pero también lo sería el cuerpo que lo porta, porque no existirían cuerpos neutros, sino cuerpos específicos marcados por el género, la clase o la etnicidad: el qué se lleva sería tan importante como el quién y el cómo lo hace 20. Es en este punto donde aparece una de las ideas que interesa resaltar aquí: el hecho de que para Falange la importancia del uniforme en tanto símbolo no abarcase exclusivamente la designación de unas determinadas prendas, sino el que también comprendiese un cuidado en sus correspondientes prácticas corporeizadas concebidas como una expresión y vivencia de los valores del fascismo español; en definitiva, como una expresión, tanto en la elección de la ropa como en la manera de llevarlo, de la verticalidad y linealidad falangista.

Las alusiones a que no bastaba con llevar el uniforme, sino a que había que llevarlo de una forma determinada fueron tempranas, haciéndose constantes a partir de la guerra, cuando el exponencial crecimiento de Falange obligó a estrechar la vigilancia y el cuidado de sus afiliados. Las órdenes en las que se recordaba a los militantes que guardasen la máxima dignidad en todas las manifestaciones de la vida, explicitando que el uniforme era un símbolo de prestigio que se debía llevar con corrección y decisión, con gallardía y austeridad, así como con compostura y moderación por representar la vida austera y difícil de la Falange, fueron muy tempranas, reiterándose a lo largo de los años de guerra y posguerra con una frecuencia que permite deducir que su cumplimiento no siempre se realizaba con eficacia 21. También desde la prensa se recordó la importancia del mencionado emblema, como en el tinerfeño Amanecer, en el que, durante el segundo año bélico, se recurría al símil religioso propio de la religión política falangista para resonar que la camisa azul era un hábito que obligaba, reclamaba y exigía una postura en la vida. Porque estar en Falange no podía hacerse «por estar un poco a la moda, un poco centrado en el ambiente», sino sólo desde la profunda convicción. La camisa honraba a quien la vestía, proseguía el editorial, pero también le exigía, ya que sólo se podía ir de azul si se estaba dispuesto a asumir el servicio, el sacrificio, la austeridad, la laboriosidad silenciosa y el acatamiento de la jerarquía que exigía Falange. Junto a la camisa, el texto mencionaba el segundo elemento que se destacó con anterioridad: el saludo, que, lejos de ser un simple gesto, suponía «la manifestación externa» más precisa del modo de ser falangista. Su ejecución requería, entonces, tomar conciencia de lo que significaba, debiéndose hacer al estilo de la Falange: con sencillez, con austeridad y con elegancia. «Nada de brazo encogido, con una desgana, con frialdad. Nuestro brazo ha de ser recto, la mano bien abierta, todo ello en un ángulo de 45 grados según está instituido», porque hablar de gestos o vestimentas no era incurrir en frivolidad, se advertía, sino dar ritmo, expresión y estilo a la vida de España 22.

Más allá de su significado simbólico, el saludo implicaba también una literal expresión corporal de la verticalidad, habida cuenta del ángulo establecido y de la rectitud requerida. Así lo señalaba desde Vigo Fermín Yzurdiaga, apuntando que la consigna ¡En pie! y el mantenimiento de esta postura necesaria para saludar suponían estar en vertical, esto es, «en la verticalidad del combate, de la austeridad, de la fe, del honor y el patriotismo» 23. Porque la gracia del saludo —se apuntaba en esta ocasión desde El Día de Palencia a propósito de la crónica sobre el primer cursillo de formación de los jóvenes Flechas— residía en su verticalidad vigilante, propia de la firmeza, rotundidad y virilidad falangista, la misma que también se representaba en la linealidad y rectitud de la física disposición de otro de los principales emblemas del partido: las cinco flechas imbricadas con el haz 24.

El qué llevar y el cómo hacerlo estaban, por tanto, claros. Faltaba aludir a quién debía ser el portador y ejecutor de las cuestiones señaladas. Sobre este aspecto, lo primero que hay que recalcar es que la transmisión de la verticalidad falangista parecía encajar plenamente con el cuerpo masculino. Así, si antes se apuntó que el nacionalismo del fascismo español fue, al igual que el de sus contemporáneos de la Europa de entreguerras, masculino y viril, el cuerpo que podía encarnar estos valores básicos a través del uso del uniforme, de la realización de los gestos del partido e, incluso, del cuidadoso cultivo de unas virtudes físicas consideradas como muestra de la virtud moral era un cuerpo que se pensaba, fundamentalmente, en clave masculina 25. El análisis desarrollado por Mosse vuelve a ser a este respecto iluminador: el arquetipo masculino y las imágenes del hombre, su aspecto, su comportamiento y su conducta, se consideraban expresivos del ideal nacional que, en el caso que nos ocupa, se concebía pleno de austeridad, linealidad y rectitud jerárquica.

Con todo, el protagonismo del cuerpo masculino no supuso que la virilidad concebida en los términos aquí expuestos —sobriedad, fuerza o control— fuera exclusiva de los varones. El hecho de que se produjese la mencionada identificación entre el ideal nacional y la imagen del hombre no significó que las mujeres falangistas no fueran igualmente concebidas como mujeres fuertes y lineales; como contramodelo, en parte, de la feminidad burguesa en el que también ellas participaban de la verticalidad del partido 26. Así, y aunque la relevancia de cuestión escape a las posibilidades de este texto, cabe considerar que las mujeres formaron parte activa de esa España viril a través de mecanismos complejos, cambiantes y no libres de contradicciones en los que, también a través del cuerpo, expresaron e interiorizaron la España fascista dentro de la cual redefinían su propia participación y posibilidades de agencia en ella 27.

La construcción de la España vertical necesitaba reflejarse, como se ve, en la presentación corporal. No obstante, ésta también se iba a ver reforzada gracias a un mecanismo bien distinto en el que, sin embargo, el cuerpo volvería a ser la clave del argumento: la autorrepresentación de la nación a través de imágenes y metáforas orgánicas que contribuiría a la forja, defensa y expresión del verticalismo de los fascistas españoles.


La corporeización de la nación

Es conocido que la corporeización de la nación ha formado parte del pensamiento político y social desde la antigüedad. Si la lingüística cognitiva ha puesto de manifiesto la base corporal que tiene nuestra forma de pensar y conceptualizar, subrayando el uso que hacemos de nuestra experiencia física a la hora de formular metáforas, la historia política ha revelado la longevidad de su uso, al tiempo que la antropología ha aportado la evidencia de su generalizada presencia en diferentes contextos culturales 28. Con todo, la relación entre la nación y la utilización de metáforas e imágenes corporales es compleja, abarcando diferentes aspectos y funcionalidades no exentas de ambigüedades. Una primera es la imposición de límite, orden y jerarquía que el uso del tropo permite. Así, la concepción de la nación, la sociedad o la comunidad como un cuerpo formado por diferentes órganos permitiría marcar las fronteras entre lo que queda dentro y lo que queda fuera, así como la interdependencia entre sus partes, ordenadas de forma gradada de acuerdo con su importancia y funcionalidad 29. En este sentido, si todo nacionalismo apela a la comunión entre sus miembros concibiéndose férreamente limitado por el espacio en el que se ejerce el poder político, no puede extrañar que el organicismo haya sido recurrentemente utilizado por esa comunidad que, según la definición que proporcionara Benedict Anderson, se imagina inherentemente limitada, soberana y unida.

En estas corporeizaciones nacionales, la atribución de sexo y género femenino a dicho cuerpo ha sido predominante. Desde la geografía feminista, Linda McDowell ha señalado, recogiendo parte de la literatura clásica antropológica, que una de las razones por las que el cuerpo femenino se presta a ser representado reside en que, en buena parte de las culturas, la mujer, a diferencia del hombre, está profundamente corporeizada: las capacidades físicas de gestar, menstruar, parir o lactar serían potentes facticidades biológicas que dificultarían la descorporeización femenina, contribuyendo a su prolongada identificación con la naturaleza y consecuente subor­dinación 30. En su libro clásico Símbolos naturales, Mary Douglas lo planteó con brillantez: partiendo de la idea de que el cuerpo, en tanto medio de expresión, está constreñido por el sistema social que expresa, cabe comprobar que cuanto mayor es la presión que ejerce dicho sistema, mayor es también la tendencia a descorporeizar las formas expresivas. Para Douglas, se trataba de una norma civilizatoria vinculada a la idea de pureza: cuanto más estricto y complejo es el engranaje social, más control se exige sobre los procesos orgánicos involuntarios o improcedentes. El resultado sería, entonces, la oposición entre el cuerpo físico y el cuerpo social: a mayor grado de complejidad cultural, más elevado es el rechazo de lo físico, considerado como impuro 31.

De acuerdo con los citados argumentos no sorprende, por tanto, que la nación se represente y se piense corporeizada como mujer. A este respecto se ha señalado con frecuencia la aparente paradoja de que una ideología tan masculinizada como el nacionalismo, que excluyó de los derechos de ciudadanía a las mujeres durante décadas, haya recurrido de forma habitual a imágenes femeninas para su representación y narración, incluyendo los casos de los nacionalismos que emergieron en el contexto de la Europa de entreguerras, extremadamente viriles y militarizados 32. Sin embargo, la separación entre el género de la nación y el género del Estado como elementos diferentes entre sí ha ayudado a comprender cómo el poder puede ser eminentemente masculino (el Estado), mientras que la nación puede ser pensada de forma y con forma femenina 33. Es más, el argumento que se quiere destacar aquí es que lo último puede, precisamente, contribuir a lo primero 34.

En el caso concreto que nos ocupa, la autocomprensión y narración que se dio de la misma ayudó al fortalecimiento y al apuntalamiento de la nacional masculinidad propia del verticalismo y la linealidad falangistas. Porque, más allá de las indudables ventajas que tiene la feminización de ésta para la creación de las identidades nacionales —ventajas visibles, por ejemplo, en la representación maternal de la nación y en la consiguiente naturalización del vínculo que con ella tendrían los individuos/hijos—, este proceso de atribución de género consolidó unas identidades en las que el nacionalismo viril del fascismo español salió reforzado a través de diferentes mecanismos 35. Uno de ellos tuvo que ver con la conformación de un discurso guerrero y victorioso que, en un contexto bélico como el del primer franquismo, se estructuró alrededor de la denuncia de la violación, profanación y ultraje de la nación perpetrados por el enemigo invasor. No parece necesario insistir en la necesidad de metaforizar, en ese caso, la nación como femenina para poder establecer un discurso pleno de sexualizada dominación como el mencionado 36. Es más, tal y como se ha trabajado a partir de la idea de la violencia sexuada, es posible establecer un dramático paralelismo entre el cuerpo de la nación atacado y la violencia ejercida sobre el cuerpo físico de la mujer en contextos de guerra, cuando este último se convierte en objeto que marca la relación amigo/enemigo al tiempo que en un componente determinante de la militarizada virilidad 37.

En el caso falangista, las denuncias al respecto pueden encontrarse estrechamente vinculadas a la exaltación de los caídos. Así, en las crónicas de la prensa local sobre los fallecidos falangistas en combate se resaltaban las habituales cualidades fuertemente masculinas —la valentía, la fuerza o el valor— que ostentaba el fallecido en defensa de una patria (femenina) que, tomada a la fuerza, había sido violada, invadida, mancillada o ultrajada por el enemigo 38. El zamorano Imperio, por ejemplo, recordaba al caído Gonzalo Rodríguez Radillo en el primer aniversario de su muerte enfatizando su heroicidad y ardor patriótico al morir por una España mancillada y hundida 39: el mismo verbo —mancillar a España— que utilizaba el turolense Lucha para designar al enemigo contra el que la mejor juventud falangista, plena de «altivez heroica», se levantaba en defensa de España 40. De «patria ultrajada» hablaba el cordobés Azul para recordar a su caído José Luis Estrada, muerto por defenderla del «mayor monstruo enemigo: el antiespañol» 41. Y desde Labor se reproducía el discurso del jefe provincial de Zamora pronunciado en el segundo aniversario del comienzo de la guerra en el que se justificaba la necesidad de la lucha para lavar de la baba marxista a la patria profanada.

Si el suelo patrio había sido forzado por el invasor, ese cuerpo ultrajado debía ser reconquistado —otro verbo cargado de connotaciones de género—, tomando el guerrero de nuevo el cuerpo femenino que le pertenecía para restituirlo en su valor. De este modo, los combatientes ardientes, valientes y heroicos reconquistaban «la tierra española mancillada por planta extranjera», tal y como se resumía desde Imperio en plena contienda civil 42. El eventual fallecimiento de los guerreros también reforzaba, según se sugirió antes, su masculinidad y virilidad: su sangre derramada penetraba en la tierra para fecundarla y hacer posible que, de ese acto creador, emergiera y brotara la nueva España. Los ejemplos a este respecto se podrían multiplicar, dado que la retórica falangista sobre sus fallecidos se estructuró alrededor del mito palingenésico de muerte y resurrección de la nación propio de la religión política falangista: sólo a través del sacrificio de sus caídos y de su sangre redentora llegaría la pascua florida de España. Como se ve, en este caso la representación femenina de la nación se alejaba de la imagen maternal para adquirir connotaciones de amante, corroborando la complejidad de las visiones de España, así como de la dicotomía masculino/femenino señalada por Nerea Aresti a propósito del contexto del primer franquismo 43.

Junto a la imposición de límites a la nación propio del organicismo y a la construcción de un discurso guerrero y viril, un tercer aspecto que conllevó y permitió la corporeización de la nación falangista —también en este caso, con género y sexo femenino— tiene que ver con la dimensión normativa del nacionalismo y con su consecuente clasificación en términos de inclusión/exclusión y de jerarquización de los elementos conformadores de la unidad nacional. Partiendo de esta constatación, la idea que interesa destacar es cómo las metáforas corporales también se utilizaron para trazar jerarquías entre los elementos constituyentes de la nación que ayudaron a apuntalar la idea de la España vertical, lineal y masculina.

Para nuestro propósito, interesa especialmente la última cuestión mencionada: la gradación de la partes del cuerpo y, en concreto, la jerarquización de las diferentes regiones concebidas como órganos integrantes del todo nacional. La idea servía, en primer lugar, para reivindicar la unidad nacional, necesitada de todas sus partes para su conjunto funcionamiento, pero la metáfora servía, también, para estratificarlas entre ellas. Porque, si todas eran necesarias, algunas lo eran más que otras o, en todo caso, algunas representaban mejor a España —esa España vertical, recta, austera y masculina— que las demás.

Puede que una de las formas más explícitamente orgánicas en su dimensión metafórica fuese la realizada por Ernesto Giménez Caballero en sus devaneos vanguardistas de los años previos a la guerra civil. En su Julepe de menta, publicado en 1929, el futuro escritor falangista recurría en primera instancia a la metáfora que posteriormente sería recurrentemente utilizada por el fascismo español, aquella que hablaba de geométrica rectitud y vertical linealidad para destacar la región que mejor representaba las virtudes nacionales: Castilla y su recta «cuadrangulación». Y es que «vivir sobre meseta es como vivir sobre geometría», escribía a este respecto, una geometría formada por la vertical del cielo y por la raya decidida del horizonte. Porque en Castilla no había «vísceras opuestas ni apetitosas» que distrajeran de la meditación; en ella no se ubicaba —y aquí continuaban las alusiones orgánicas— ni el corazón, ni el vientre, ni el hígado que se hallaban en Cataluña, Vasconia, Galicia o Andalucía. El «páramo castellano» de fría belleza era, más bien y de manera muy significativa, el cerebro de la nación, concluía 44.

La elección de los órganos correspondientes a cada región realizada por Giménez Caballero puede leerse en clave simbólica. En su trabajo sobre la Edad Media, Jacques Le Goff estudió con detalle el significado simbólico de las diferentes partes del cuerpo para señalar la vinculación del cerebro y la cabeza con el poder y las tareas de dirección, una metaforización que el medievo heredó de la antigüedad clásica (el filósofo-rey correspondiente a la cabeza en la ciudad ideal platónica o la Roma caput mundi posterior). Así, la trilogía caput-venter-membra habría señalado la cabeza como sede de la función dirigente, las entrañas (especialmente el hígado) como centro de las pasiones y la concupiscencia, y los miembros como receptáculos de una significación variable aunque especialmente vinculada con las labores de protección y producción 45.

Que en el discurso falangista Castilla, el «cerebro» de la nación, saliese señalada como la más precisa representación de los valores que conformaban el ideal nacional es escasamente sorprendente. Es conocido que el fascismo español fue, a diferencia del tradicionalismo igualmente confluyente dentro del mismo régimen franquista, centralista y castellanista, lo cual no excluye que Falange reconociera, de una forma no exenta de ambigüedades, el papel de lo regional y lo local 46. Lo que interesa señalar aquí, sin embargo, es la utilización que se hizo de las imágenes, metáforas y representaciones corporales para destacar una Castilla concebida como la representación de esa España vertical, austera, recta y jerárquica que se ambicionaba. A este respecto, si Giménez Caballero había incidido a finales de los años veinte en su cuadrangulación —algo que, previamente, ya había hecho otro castellanista convencido, en este caso Ortega y Gasset, al aludir a la «geometría de la meseta»— 47, el discurso falangista posterior ahondaría en la rectitud y verticalidad castellanas, así como en todos los valores asociados a ella. El resultado sería una Castilla lineal en su significante y en su significado: en una perfecta imbricación entre paisaje y valores nacionales, Castilla se pensaba sobria y austera en sus connotaciones simbólicas, del mismo modo que lo hacía en su física realidad geográfica, la de esa tierra seca y dura tan diferente de otras comarcas del país. Poco importaba que Castilla no fuera sólo campo yermo de tonos ocres o que la abrupta y agreste sierra de Gredos, llena de jarales, pinares y encinas, y tan poco lineal en su relieve, formase parte del núcleo castellano. En un ejercicio de sinécdoque, la Castilla seca y horizontal, esa que se representaba en los cuadros de Zuoloaga, era la parte que se tomaba por el todo 48.

En Castilla se ubicaba, además, El Escorial, la construcción por antonomasia a la que el discurso falangista y los arquitectos del nuevo régimen, aglutinados en la Dirección General de Arquitectura, volverían insistentemente como necesaria fuente de inspiración. Para el argumento que interesa en estas páginas, El Escorial se destacaba por la linealidad y rectitud de sus trazos, por la robusta sencillez y su grandiosa austeridad, por su geometría severa y su sobriedad; en definitiva, por representar la verticalidad y linealidad masculinas de la nación fascista. Así lo había señalado Antonio Tovar, apuntando que la «grave y serenísima musa de Herrera» era el modelo inspirador para lograr «la severidad, la rigidez y el geometrismo» propias de la España imperial y falangista, esa «rigidez de líneas» que salvaría al país de psicopatologías estéticas 49. Y así se había señalado también desde Vértice, considerando que El Escorial era «la representación máxima del linealismo», que se recuperaba gracias a una juventud —la falangista— que quería y obraba «en un sentido de rectitud geométrica» 50.

Con todo, para que Castilla fuese reforzada en su masculinidad había que subrayar la feminidad de otras comarcas del país. A este respecto, la atribución de género se estableció de acuerdo con un doble juego: por un lado, en función de la antropomorfización y la utilización de imágenes corporales que asimilaban determinadas regiones al cuerpo femenino y otras, al masculino; por otro, de acuerdo con una dinámica estrictamente ideológica y cultural por la que lo masculino resultaba superior a lo femenino.

Si empezamos por lo primero, las curvas del cuerpo femenino, dotado de senos y caderas, servían para caracterizar las físicas orografías alejadas de la recta meseta castellana. En este punto, la herencia que el discurso falangista recibió de los escritores e intelectuales noventayochistas —y, a su vez, la influencia que mostraron éstos del institucionismo de Giner— fue explícita. Así, por ejemplo, las regiones del norte del país, llenas de lomas y valles, se consideraban femeninas, lo mismo que su brumosidad y humedad lluviosa. Los adjetivos que se utilizaban para describirlas eran claros. La «belleza femenina» norteña de la que había hablado Giner, por ejemplo, poseía cualidades como la gracia, la armonía, la proporción y el encanto. Y la Galicia de la que hablaba Unamuno contenía «contornos ondulantes y sinuosos, como de senos y caderas mujeriles», así como una «frondosa cabellera» de castaños, pinos, robles y olmos, con la que se cubrían «aquellas redondeces y turgencias», lo que daba al paisaje «un marcado carácter femenino» 51. También el discurso falangista recurrió a epítetos típicamente atribuibles a lo femenino para caracterizar estas regiones, tales como la suavidad, dulzura, musicalidad o aterciopelamiento, corroborando que, tras una similitud estética entre el cuerpo femenino y las comarcas del norte del país, se hallaba también una valoración ética 52.

En realidad, estirando las connotaciones de género, también el Mediterráneo y Andalucía resultaban femeninas: la exuberancia y prodigalidad de la naturaleza asociada, especialmente, con la costa de Levante, región de huerta y, por ende, de fertilidad, así como la espontaneidad, ligereza y naturalidad de aquella tierra de luz, eran valores fácilmente identificables con lo femenino, lo mismo que la imagen de jardines, flores y alegría que parecía caracterizar al sur del país. Éstas eran, en efecto, las imágenes con las que el discurso falangista connotaba estas tierras del este y del sur de España, insistiendo en la fertilidad y en la capacidad exclusivamente femenina de gestar y dar frutos, en el caso de la primera, y en la superficialidad, alegría y liviandad, en el caso de la segunda 53. De nuevo, las dos dinámicas expuestas en lo concerniente a la atribución de género a las diferentes regiones de la nación —ésta establecida según la semejanza física entre cuerpos y paisajes, y aquélla otra vinculada a los valores culturales asociados con lo femenino y lo masculino— se hacían visibles.

También en el caso de Castilla, su identificación de género se llevó a cabo en función de este doble movimiento. Porque Castila era masculina en su realidad física y geográfica, pensando en ese paisaje seco y yermo, recto y horizontal, que se correspondía con el cuerpo masculino, carente de curvaturas e incapaz de producir frutos en su vientre. Pero lo era también de acuerdo con los valores que latían y se representaban en ella, dado que Castilla era una tierra de imperio, de conquista, de guerreros y de místicos. Una tierra de austeridad y sobriedad, de hombres rudos y duros que se compenetraban con una tierra seca —baldía— alejada y opuesta a las curvas de los paisajes ondulados y húmedos (ya fuera por la lluvia o por ser tierra de cultivo y regadío) y fértiles de las zonas verdes (el norte), floridas (el sur) o de huerta (el levante).

Unas regiones y otras, como se ve, las femeninas y masculinas, formaban parte de la nación, pero una (Castilla) parecía hacerlo de forma más exacta que las otras 54. Aquí es donde la cuestión antes enunciada —la utilización de las connotaciones de género para establecer una gradación y una jerarquía— entran en juego, porque Castilla, masculina por dentro y por fuera, funcionaba de nuevo como una sinécdoque que definía todo aquello que ambicionaban los falangistas para su nación: austeridad, sobriedad, linealidad y, en definitiva, verticalidad.

Conclusiones

La intención de este artículo ha sido partir de una idea para justificar un argumento. La idea es que, dentro del discurso nacionalista del falangismo revolucionario de los años de guerra y posguerra, el ideal de nación que se imaginó y defendió supuso el alejamiento de toda forma de exceso o grandilocuencia para reivindicar la necesidad de forjar una España recta, austera, jerárquica y sobria. La apelación y reiteración de los mencionados valores fueron constantes, y una de las cuestiones que se han sugerido en estas páginas es que todos ellos lograron resumirse en una idea central que, en no poca medida, articuló la retórica nacionalista de Falange: la defensa de que tanto el estilo falangista como la verdadera España eran verticales. Para ello se ha recurrido al término de condensación tal y como lo planteó Ernesto Laclau en su estudio sobre la ideología fascista, un término con el que el politólogo argentino subrayó la capacidad de los discursos ideológicos para expresarse a través de una serie de conceptos nodales que contendrían de forma latente un significado más amplio que el puramente explicitado. Precisamente, este texto ha partido de la convicción de que uno de estos conceptos capitales con poder de aglutinar valores sobre el ideal de nación de los fascistas españoles fue, como se acaba de exponer, el de verticalidad.

Enunciado el punto de partida, el argumento desarrollado en esta propuesta ha consistido en explorar la manifestación de esta nación vertical a través del cuerpo, considerando que el espacio corporal sirvió para expresar y apuntalar el ideal de nación falangista —ésa que se pensaba austera, sobria, jerárquica y lineal— a través de dos mecanismos. El primero de ellos, denominado en este artículo «la nacionalización del cuerpo», se ha referido a la capacidad de éste para reflejar y transmitir los imperativos nacionales, comprendiendo que el cuerpo es un potente vector con capacidad para reflejar y emitir significados. El segundo de ellos, denominado la «corporeización de la nación», se ha detenido en el uso de metáforas y alegorías corporales para la representación de la nación y de los sujetos que formaron parte de ella. En concreto, se ha prestado atención a tres de estos usos. En primer lugar, a la importancia general que la concepción orgánica tiene para los discursos nacionalistas, especialmente en lo referente al establecimiento de los límites de la nación. En segundo lugar, a la aportación que la concepción nacional en clave femenina supuso para el fortalecimiento de la masculinidad falangista. A través de un discurso pleno de sexualizada diferenciación se ha sugerido que la retórica falangista de guerra y posguerra conformó una imagen del guerrero en lucha por la reconquista del suelo patrio, un suelo que se pensaba mancillado, ultrajado y violado por el enemigo invasor. Simultáneamente, la retórica sobre los caídos acentuó una secuencia en la que el derramamiento de sangre y la consecuente penetración de ésta en la tierra se interpretaban como el acto fecundador y engendrador de la futura nueva España. Finalmente, un tercer uso de las metáforas y representaciones orgánicas tuvo que ver, en este caso, con el énfasis puesto en Castilla en tanto simbolización de la nación falangista: una nación que, como se ha intentado argumentar a lo largo de todo el artículo, se pensó austera, lineal, jerárquica, sobria, masculina y, ante todo, vertical.

Calibrar el alcance, más allá de la mera esfera oficial, de dicha idea de nación; rastrear sus expresiones no ya sólo a través del vector corporal, sino en el uso de soportes visuales o materiales; intentar medir sus bifurcaciones y complejidades —especialmente en lo concerniente a la inestable relación entre lo masculino y lo femenino—, y relacionar el discurso con la acción política de un partido inserto en un régimen que ocupó décadas el poder son algunas de las preguntas que no han tenido respuesta en estas páginas. Más allá del límite impuesto por los argumentos que deben terminar cerrados, se abren los interrogantes que habrán de alimentar los trabajos futuros.


* La autora participa en los proyectos: «Derechas y nación en la España contemporánea. Culturas e identidades en conflicto» [HAR2014-53042-P] y «La nación en escena: símbolos, conmemoraciones y exposiciones, en España y América Latina (1890-2010)» (HAR2016-75002-P). Es, igualmente, miembro del Grup d’Investigació d’Excel·lència Prometeo de la Generalitat Valenciana Grup d’Estudis Històrics sobre les Transicions i la Democràcia (GEHTID) [PROMETEO/2016/108].

1 Un análisis de estas cuestiones en Zira Box: «The Simple Geometry of “Linearism”. Metaphors of the Nation in the Radical Falangist Discourse of the Immediate Postwar Period in Spain», Journal of Historical Sociology, 30/2 (2017), pp. 143-163.

2 Ernesto Laclau: Politics and Ideology in Marxist Theory: Capitalism, Fascism, Populism, Londres, NLB, 1977.

3 Labor, 9 de octubre de 1942, p. 8.

4 Kevin Passmore: Fascism: A Very Short Introduction, Oxford, Oxford University Press, 2002.

5 Así lo señala, por ejemplo, George L. Mosse: Fallen Soldiers: Reshaping the Memory of the World Wars, Oxford, Oxford University Press, 1990, p. 185. Para el caso español véase Mary Vincent: «The Martyrs and the Saints: Masculinity and the Construction of the Francoist Crusade», History Workshop Journal, 47 (1999), pp. 69-98, e íd.: «La reafirmación de la masculinidad en la cruzada franquista», Cuadernos de Historia Contemporánea, 28 (2006), pp. 135-151. Recientemente, también para el caso español: Gemma Torres Delgado: «La nación viril. Imágenes masculinas de España en el africanismo reaccionario después de la derrota de Annual (1921-1927)», Ayer, 106 (2017), p. 147, y Ángel Alcalde: «El descanso del guerrero: la transformación de la masculinidad excombatiente franquista ­(1939-1965)», Historia y Política, 37 (2017), pp. 179-180.

6 Un estudio sobre la verticalidad como concepto plástico reiterado del falan­gismo, en María Rosón: «El álbum fotográfico del falangista: género y memo­ria en la posguerra española», Revista de Dialectología y Tradiciones Populares, 48 (2013), pp. 215-238.

7 Véanse genealogías de los estudios del cuerpo en Bryan Turner: The Body & Society. Explorations in Social Theory, Oxford, Basil Blackwell, 1984, y David H. J. Morgan y Sue Scott: «Bodies in a Social Landscape», en íd.: Body Matters. Essays on the Sociology of the Body, Londres, The Flamer Press, 1993, pp. 1-21.

8 David le Breton: La sociología del cuerpo, Buenos Aires, Ediciones Nueva Visión, 1992, pp. 7-8.

9 En un texto pionero, Marcel Mauss ya señaló la relación que tiene el cuerpo con los símbolos morales e intelectuales de su sociedad en tanto espacio de escenificación de los mismos. Véase Marcel Mauss: «Técnicas y movimientos corporales», en Sociología y Antropología, Madrid, Tecnos, 1979, pp. 337-356, esp. p. 343.

10 George L. Mosse: La imagen del hombre. La creación de la moderna mascu­linidad, Madrid, Talasa, 2000. La relación entre cuerpo y poder puede verse en David Morgan: «You Too Can Have a Body Like Mine: Reflections on the Male Body and Masculinities», en David H. J. Morgan y Sue Scott: Body Matters. ­Essays on the Sociology of the Body, Londres, The Flamer Press, 1993, pp. 70-89. Una reflexión sobre Elias, en Mónica Bolufer: «Modelar conductas y sensibilidades: un campo abierto de indagación histórica», en Mónica Bolufer, Carolina Blutrach y Juan Gomis (eds.), Educar los sentimientos y las costumbres, Zaragoza, Institución Fernando el Católico, 2014, pp. 10 y ss.

11 George L. Mosse: La imagen del hombre..., p. 188.

12 Ibid., p. 186.

13 Arriba España, 29 de septiembre de 1939, p. 1.

14 Mary Vincent: «Camisas nuevas: Style and Uniformity in the Falange Española, 1933-1943», en Wendy Parkins (ed.): Fashioning the Body Politic. Dress, Gender, Citizenship, Oxford, Berg, 2002, pp. 169-172.

15 Patrick Aspers y Frédéric Godart: «Sociology of Fashion: Order and Change», Annual Review of Sociology, 39 (2013), p. 178.

16 Roger Griffin: «Afterthouhgt: Redressing the Balance in Historiography», en Wendy Parkins (ed.): Fashioning the Body Politic. Dress, Gender, Citizenship, Oxford, Berg, 2002, p. 225.

17 Wendy Parkins: «Introduction: (Ad)dressing Citizens», en Wendy Parkins (ed.): Fashioning the Body Politic. Dress, Gender, Citizenship, Oxford, Berg, 2002, pp. 1-17. Para el caso pionero de la Revolución francesa véase Lynn Hunt: Politics, Culture and Class in the French Revolution, Berkeley, University of California Press, 2004, pp. 81 y ss. De reciente aparición, puede mencionarse el monográfico de la revista Vínculos de Historia, 6 (2017), dedicado a la moda.

18 Ernesto Giménez Caballero: «Símbolos de unidad. La camisa azul», ABC (Sevilla), 30 de julio de 1937.

19 J. M. Seminario: «Camisas de seda», Labor, 26 de julio de 1937, p. 2.

20 Joanne Entwistle: «Fashion and the Fleshy Body: Dress as Embodied Practice», Fashion Theory: The Journal of Dress, Body & Culture, 4/3 (2000), pp. 323-347.

21 La primera circular al respecto es del 24 de junio de 1937 en Boletín del Movimiento de FET y de las JONS, núm. 2, 15 de agosto de 1937. Las reiteraciones del mensaje firmadas por Fernández Cuesta durante la guerra pueden consultarse en AGA, Presidencia, 52/14107.

22 «La voz nacionalsindicalista. Disciplina y jerarquía», Amanecer, 16 de febrero de 1938.

23 Labor, 9 de diciembre de 1937.

24 El Día de Palencia, 15 de febrero de 1938.

25 La cuestión del deporte y el cultivo del cuerpo en los fascismos ha sido ampliamente estudiada. A modo de ejemplo, también para el caso español, puede verse Teresa González Aja: Sport y autoritarismos. La utilización del deporte por el comunismo y el fascismo, Madrid, Alianza Editorial, 2002. Ideas muy similares de las décadas previas sobre la identificación vigor físico-vigor moral, en Nerea Aresti: «Masculinidad y nación en la España de los años 1920 y 1930», Mélanges de la Casa de Velázquez, 42-2 (2011), pp. 55-72, esp. p. 59.

26 María Rosón: Género, memoria y cultura visual en el primer franquismo, Madrid, Cátedra, 2016, cap. 1.

27 Jo Labanyi: «La apropiación estratégica de la entrega femenina: identificaciones transgenéricas en la obra de algunas militantes falangistas femeninas», Revista Científica de Información y Comunicación, 6 (2009), pp. 409-426. Para esta cuestión véanse Inbal Ofer: «Historical Models-Contemporary Identities: The Sección Femenina of the Spanish Falange and its Redefinition of the Term “Femininity”», Journal of Contemporary History, 40/4 (2005), pp. 663-674; Sofía Rodríguez: «La Sección Femenina, la imagen del poder y el discurso de la diferencia», Feminismo/s, 16 (2010), pp. 233-257; Toni Morant: «“Para influir en la vida del Estado futuro”: discurso y práctica falangista sobre el papel de la mujer y la feminidad, 1933-1945», Historia y Política, 27 (2012), pp. 113-141, y Ángela Cenarro: «La Falange es un modo de ser (mujer): discursos e identidades de género en las publicaciones de la Sección Femenina (1938-1945)», Historia y Política, 37 (2017), p. 93.

28 Mark Johnson: Body in the Mind. The Bodily Basis of Meaning, Imagination and Reason, Chicago, University of Chicago Press, 1987, y José María González: Metáforas del poder, Madrid, Alianza Editorial, 1998.

29 Ricardo Sánchez: «Imágenes del cuerpo: sociedad, cultura y modelos corporales», en Marta Castañar (coord.): La inteligencia corporal en la escuela, Barcelona, Graó, 2006, pp. 51-72, esp. p. 54.

30 Linda McDowell: Género, identidad y lugar, Barcelona, Cátedra, 2000, pp. 73 y ss., y Sherry Ortner: «Is Female to Male as Nature to Culture?», en Michelle Rosaldo y Louise Lamphere (eds.): Woman, Culture and Society, Stanford, Stanford University Press, 1974, pp. 67-87.

31 Mary Douglas: Símbolos naturales, Madrid, Alianza Editorial, 1978, pp. 96-97.

32 Así lo señala Marie-Angèle Orobon: «El cuerpo de la nación: alegorías y símbolos políticos en la España liberal (1808-1874)», Feminismo/s, 16 (2010), pp. 39-64, esp. p. 49. Para el caso de la Europa de entreguerras, véase Enzo Traverso: A sangre y fuego. De la guerra civil europea (1914-1945), Valencia, PUV, 2009, pp. 174 y ss. Para el caso franquista véase Karine Bergès: «La nacionalización del cuerpo femenino al servicio de la construcción de la identidad nacional en las culturas políticas falangistas y franquistas», Mélanges de la Casa de Velázquez, 42-2 (2012), pp. 91-103, p. 95.

33 Leora Auslander y Michelle Zancarini-Fournel: «Le genre de la nation et le genre de l’État», CLIO. Histoire, Femmes et Sociétés, 12 (2000), pp. 5-13.

34 Así lo sugiere Aurora Morcillo: The Seduction of Modern Spain. The Female Body and the Francoist Body Politic, Cranbury, Rosemont Publishing, 2010, p. 184.

35 Véase la representación maternal de España durante el franquismo en Inmaculada Blasco: «Género y nación durante el franquismo», en Stéphane Michonneau y Xosé Manoel Núñez Seixas (eds.): Imaginarios y representaciones de España durante el franquismo, Madrid, Casa de Velázquez, 2014, pp. 67-68. Un análisis general sobre el uso de las metáforas corporales y el papel ejercido por el cuerpo femenino en la comprensión de las políticas de género durante el franquismo en Aurora Morcillo: The Seduction of Modern Spain...

36 Tamar Mayer: «Gender Ironies of Nationalism. Setting the Stage», en Tamar Mayer (ed.): Gender Ironies of Nationalism. Sexing the Nation, Londres, Routledge, 2000, pp. 1-24, esp. p. 10.

37 Stéphane Audoin-Rouzeau: «Armées et guerres: une brèche au cœur du modèle viril?», en Jean-Jaques Courtine (ed.): Histoire de la virilité, vol. III, París, Éditions du Seuil, 2011, p. 217. Para el caso español, Maude Joly: «Las violencias sexuadas de la guerra civil española: paradigma para una lectura cultural del conflicto», Historia Social, 61 (2008), pp. 89-107, esp. pp. 94-98. Por su parte, Paul Preston ha puesto de manifiesto que las tropas franquistas alentaban a la violación de mujeres republicanas. Véase Paul Preston: El Holocausto español, Barcelona, Debate, 2011.

38 Véase un argumento similar para el caso republicano en Maude Joly: «Souffrances des corps, souffrances des territoires: la République espagnole en guerre se raconte», Mélanges de la Casa de Velázquez, 42-2 (2012), pp. 73-90.

39 Jesús Vasallo Ramos: «Ofrenda guerrera a una ausencia heroica», Imperio, 4 de febrero de 1938, p. 3.

40 M. Pamplona y Blasco: «Juventud: altivez heroica», Lucha, 19 de mayo de 1937, p. 1.

41 Juan Soca: «Rosas líricas de un cautivo», Azul, 3 de agosto de 1939, p. 5.

42 «Nuestro afán», Imperio, 4 de agosto de 1938, p. 3.

43 Nerea Aresti: «The Battle to Define Spanish Manhood», en Aurora Morcillo (ed.): Memory and Cultural History of the Spanish Civil War, Leiden, Brill Publishers, 2013, pp. 147-177, esp. pp. 161-162.

44 Ernesto Giménez Caballero: Julepe de menta, Madrid, La Lectura, 1929.

45 Jacques le Goff: Una historia del cuerpo en la Edad Media, Barcelona, Paidós, 2005, pp. 129-144.

46 Para lo primero véase Ismael Saz: España contra España. Los nacionalismos franquistas, Madrid, Marcial Pons, 2003, pp. 253 y ss. Para lo segundo, Xosé Manoel Núñez Seixas: «La región y lo local en el primer franquismo», en Stéphane Michonneau y Xosé Manoel Núñez Seixas (eds.): Imaginarios y representaciones de España durante el franquismo, Madrid, Casa de Velázquez, 2014, pp. 127-154.

47 Véase José Carlos Mainer: «La imagen de Castilla en el fascismo español», en Antonio Morales Moya, Juan Pablo Fusi y Andrés de Blas (dirs.): Historia de la nación y del nacionalismo español, Madrid, Galaxia Gutenberg, 2013, pp. 855-873.

48 Zira Box: «Paisaje y nacionalismo en el primer franquismo», Hispanic Research Journal. Iberian and Latin American Studies, 17-2 (2016), pp. 123-140.

49 Antonio Tovar: «Arquitectura, arte imperial», La Gaceta Regional, 6 de agosto de 1939, citado en Ángel Llorente: Arte e ideología en el franquismo (1939-1975), Madrid, Visor, 1995, pp. 71-72.

50 Antonio Quintano Ripollés: «Coordinaciones estético-políticas», Vértice, 44, mayo de 1941.

51 Citado en Nicolás Ortega Cantero: «Lectura geográfica del paisajismo literario de la Generación del 98», en Valèria Paül i Carril y Jordi Tort i Donada (eds.): Territorio, paisajes y lugares, Barcelona, Galerada, 2007, pp. 288-291. Las complejidades de la feminización de Galicia en Helena Miguélez-Carballeira: «From Sentimentality to Masculine Excess in Galician National Discourse», Men and Masculinities, 15/4 (2012), pp. 367-387.

52 Estas cuestiones están tratadas en Zira Box: «Paisaje y nacionalismo...».

53 Así se explicitaba claramente en Rafael Rosillo: «Clima y paisaje de España», Revista Geográfica Española, 18 (1945).

54 Precisamente, Ferran Archilés ha sugerido que la atribución de género femenino a las regiones frente a un Estado y una Castilla pensadas como masculinas fortaleció la subordinación de las primeras a las segundas y, por tanto, la unidad nacional. Véase Ferran Archilés: «Piel moruna, piel imperial. Imperialismo, nación y género en la España de la Restauración (1880-1909)», Mélanges de la Casa de Velázquez, 42-2 (2012), pp. 37-54, esp. p. 46.