Ayer 120/2020 (4): 53-82
Sección: Dosier
Marcial Pons Ediciones de Historia
Asociación de Historia Contemporánea
Madrid, 2020
ISSN: 1134-2277
DOI: 10.55509/ayer/120-2020-03
© Lowell Gudmundsonl
Recibido: 08-11-2017 | Aceptado: 11-01-2019
Editado bajo licencia CC Attribution-NoDerivatives 4.0 License

De la historia agraria clásica a la nueva: Costa Rica y Estados Unidos

Lowell Gudmundson *

Mount Holyoke College
lgudmund@mtholyoke.edu

Resumen: En las últimas tres décadas la historiografía costarricense y latinoamericanista estadounidense han presenciado la proliferación de nuevas temáticas y enfoques y una pérdida paralela de interés por los temas agrarios, anteriormente hasta dominantes en ciertos momentos y espacios. El presente ensayo ofrece un comentario autobiográfico sobre estos nuevos rumbos de la investigación en ambos países y sus lazos menos visibles con el agrarismo, así como un análisis de su lógica dentro de los contextos radicalmente alterados tras el fin de la Guerra Fría y dentro de la urbanización y profesionalización posmodernas.

Palabras clave: historia agraria, medioambiente, nuevas temáticas, urbanización, género, etnicidad.

Abstract: Over the past three decades, Costa Rican and U.S. Latinamericanist historiography has witnessed the proliferation of new topics and approaches. Concurrently, the interest in agrarian topics, which had previously been dominant in certain times and places, has waned. The following essay offers an autobiographical commentary on the new research directions in both countries and their less visible ties to agrarianism. It also includes an analysis of the logic of these studies within the radically altered context of the end of the Cold War and within the advent of postmodern urbanisation and professionalisation.

Keywords: agrarian history, environment, new topics, urbanisation, gender, ethnicity.

Como investigador y docente en los Estados Unidos y Costa Rica durante casi medio siglo, me ha tocado presenciar y participar en el apogeo y ocaso del interés por la historia agraria clásica, así como en su transformación por medio de nuevas prácticas y objetos historiográficos, a veces disfrazada y otras veces sin nombrar. Este breve comentario y comparación de experiencias puede servir, en el mejor de los casos, para identificar causas y trayectorias comunes para responder a nuestros interrogantes a partir de contextos americanos distintos. Sin embargo, al contrario de lo que se podría pensar respecto a casos en apariencia tan disímiles, sobresalen las similitudes estructurales mucho más que las diferencias en cuanto a sus marcos generales, tanto políticos como sociológicos.

Más allá del marco autobiográfico empleado aquí, los argumentos de fondo destacan procesos ampliamente difundidos, con leves diferencias, en nuestra época neoliberal y posmoderna. Desde el apogeo del tercermundismo en las décadas de 1960 y 1970, pasando por la reconfiguración del capitalismo mundial tras la desaparición del bloque soviético y la emergencia de una China industrial, culminando con el surgimiento de nuevos nacionalismos y populismos con bases étnicas y regionales en reacción a dicho proceso, tanto la relevancia de nuestro quehacer académico y su ubicación política como sus objetos preferidos se han transformado. No solo hemos perdido gran parte del anterior público lector y, presumiblemente, nuestra relevancia social y política, sino que una extraordinariamente veloz urbanización ha llevado a que las sociedades rurales sobrevivientes y sus valores culturales se identifiquen de forma creciente más con fuerzas derechistas que con las de izquierdas.

El panorama gris descrito más arriba se complica aún más con procesos dentro de nuestro gremio de investigadores y docentes con afiliación universitaria. La creciente polarización de condiciones de empleo entre el profesorado no hace más que agudizar las tendencias hacia el abandono de los estudios agraristas como tales. En los dos países de referencia, las últimas tres décadas han presenciado, a grandes rasgos, la transición de una situación en la que las plazas docentes e investigadoras permanentes cubrían entre el 50 y el 75 por 100 de las plantillas, a otra en la que esa minoría «privilegiada» que goza de la protección académica oscila entre un 25 y un 40 por 100. Desde la perspectiva del colectivo del profesorado más joven, mayoritario en la universidad y caracterizado por una creciente precariedad laboral, es fácil entender el auge de nuevos temas, ya sea por sus indudables atractivos propios o por sus mayores posibilidades de financiación. Por el lado de la minoría privilegiada, dentro de la cual nos encontramos, se combinan diversos factores que ayudan a explicar el declive de la producción agrarista: nuestra mayor edad; el autoaislamiento social como grupo de mayor ingreso en los reducidos espacios menos afectados negativamente por la precariedad laboral y la destrucción de grandes capas de la clase media tradicional y el surgimiento de nuevas clases medias neoliberales; así como nuestra reticencia a reconocer, y menos a confrontar mediante estudios de fondo, la creciente identificación de grupos y regiones rurales no solo con fuerzas políticas derechistas, sino con valores culturales entre tradicionalistas y reaccionarios. De ahí, al menos en parte, nuestra común tendencia académica y política a enmarcar nuestros estudios actuales dentro de nuevos ámbitos de etiqueta progresista. No obstante, como suele ocurrir con cualquier cambio de contexto y de rumbo sociopolítico, los avances conllevan pérdidas, nuevas voces acompañadas de nuevos silencios.

La tensión entre la historia ambiental y la historia social, incluido el agrarismo, fue señalada desde muy temprano y de forma magistral en el ensayo clásico del historiador estadounidense Richard White, con su memorable título «“Are You an Environmentalist or Do You Work for a Living?” Work and Nature» 1. El problema no era solo lo que señalaba White: una polarización doblemente mitológica entre la esencialización de la naturaleza prístina y no contaminada, por un lado, y, por el otro, la romantización del supuesto conocimiento, protección o mejora de la misma naturaleza por parte de los cultivadores y pastores en contacto directo con ella. El olvido e incluso la supresión del concepto de clases sociales solía asociarse con otras tendencias sociales y demográficas no limitadas al colapso del bloque socialista de fin de siglo. Tanto el público lector medio como los mismos investigadores conforme se apartaban cada vez más de los orígenes, del contacto directo y de las preocupaciones cotidianas compartidas con aquellos que «tienen que trabajar para ganarse la vida», aludidas con la broma pesada que le servía de título a White, menos probable era que profundizaran en un diálogo fructífero entre enfoques y especializaciones divergentes.

En Costa Rica, el antes y el después del debate historiográfico tuvo matices más directamente políticos. Ocurrió así por lo polémico de su transición neoliberal durante los ochenta, en parte por el lapso entre esta y la reinscripción de la autoimagen política del país ya no solo como democrática y pacifista, sino como verde, amiga de la naturaleza y conservacionista, base indispensable para el surgimiento posterior de la historia ambiental como práctica profesional. Paradójicamente, el «giro ambientalista», si así se puede llamar, entre los historiadores y demás científicos en Costa Rica tuvo lugar en gran parte como respuesta a los fundados temores sobre la sostenibilidad del nuevo modelo de país, ya que emergió precisamente a la par que el turismo masivo de playa y de montaña que tantos riesgos suponía para la conservación de su misma razón de ser, al pasar de apenas unos cien mil visitantes por año en la década de los setenta a más de tres millones en la actualidad.

Dos ejemplos reflejan bien este debate subyacente a cuestiones tanto políticas como ambientales. En su post mortem sobre la ajustada victoria de los partidarios del referéndum sobre el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos en 2007, el historiador Iván Molina llamó la atención sobre la creciente separación y aislamiento recíproco entre las mayorías populares y las fuerzas de izquierda, cuyos grupos dirigentes universitarios residían cada vez más no en barrios urbanos socialmente diversos, sino en condominios y residenciales de acceso restringido; el fenómeno más emblemático del estatus superior en el orden neoliberal 2. Con una metáfora algo más sutil que la empleada por White, el historiador ambiental costarricense Wilson Picado señalaba la profunda relación entre el cambio ecológico, el histórico y la (trans)formación de clases sociales detrás de toda expresión y realidad cotidianas 3. En Tarrazú, la zona del país de mayor éxito en la especialización en cafés de alta calidad dentro del emergente mercado mundial gourmet, los coyotes de la época de ocupación de tierras baldías se convirtieron en un pachuquismo (término de argot, en Costa Rica) contemporáneo para referirse a los traficantes de personas hacia Estados Unidos a fines de los años ochenta.

Nuestro reflejo en los nuevos espejos de la historiografía latinoamericanista estadounidense

Cuando comencé los estudios universitarios en 1969, nada más lejos de mi mente que la idea de estudiar lo rural. Descendiente de familias inmigrantes islandesas, colonizadoras de tierras baldías en Dakota del Norte en las décadas de 1870 y 1880, no tenía la menor intención de volver a trabajar en o sobre el medio rural, como le ocurría a la mayoría de mis coetáneos que eran la primera generación universitaria de sus familias. Quizá la sentencia de Marx sobre la idiotez de la vida rural ejercía cierta influencia, pero seguramente pesaba más la fragilidad de mi espalda durante la faena primaveral de retirar piedras de las tierras de labranza. En todo caso, mi intención era huir de todo aquello que conocía de primera mano. Incluso, mis primeros trabajos en historia latinoamericana sobre el populismo y obrerismo bolivianos, y luego lo afroamericano colonial costarricense, no daban pista alguna de lo que sería mi futuro conectado a lo agrario y en concreto a lo cafetero. Sin embargo, una sucesión de hallazgos de archivo, así como varios años de residencia en el corazón del mundo cafetero costarricense en plena transformación, me hicieron recapacitar y ver al menos algún atractivo en la problemática agraria y una posible perspectiva basada en mi propia experiencia.

En las décadas de 1970 y 1980 ser agrarista aún resultaba una opción académico-histórica prometedora en ambos países, aunque por razones distintas, pese a que esta cuestión fuese perdiendo con rapidez su preeminencia en lo político con el ocaso de las revoluciones agrarias tercermundistas. Mis primeras experiencias de cursos en este campo en universidades de ambos países, durante los años ochenta al menos, tenían las cuestiones políticas y las vías o modelos de desarrollo como eje central, acorde con la historia agraria clásica de aquel entonces. Durante más de una década fuimos «relevantes», aunque tal vez no estuviéramos «de moda», y en los cursos se matriculaban cantidades respetables de alumnos con similares inquietudes esencialmente político-económicas. No obstante, primero con el «giro lingüístico» a fines de los ochenta, seguido rápidamente por la caída del muro de Berlín y las obsesiones e ilusiones de aquellas teorías de la (re)democratización y del fin de la historia, la rápida industrialización asiática, luego con la revancha de lo étnico y la política identitaria, culminando con el florecimiento de las preocupaciones ambientales y alimentarias actuales, mis cursos han cambiado sustancialmente de contenido y radicalmente en cuanto al perfil del alumnado y sus motivos para matricularse.

Tras la marea alta del tercermundismo y las últimas revoluciones agrarias de los setenta y principios de los ochenta, en mis aulas comenzaron a notarse sucesivas olas de ambientalistas y futuros militantes del fair trade, o comercio equitativo, seguidos luego por todo tipo de foodies: desde estudiosos de la nacionalización de lo culinario hasta la globalización de la obesidad, desde las luchas sobre la modificación genética y el mercadeo «orgánico» hasta la construcción social del género visto desde las campañas publicitarias o en los libros de recetas culinarias del siglo xx, todos enmarcados dentro de este nuevo campo híbrido de estudios culturales y ambientalismo.

Común a todas estas nuevas olas de alumnos, al igual que ocurre con los enfoques de las nuevas investigaciones, es la contradictoria y simultánea invisibilización de la historia agraria y su articulación bajo nuevas etiquetas autodenominadas multi o interdisciplinarias, en particular reveladoras del «sentido común» característico de nuestro mundo posmoderno. Las pretensiones globalizantes de la historia social, heredera de la escuela de los Annales, han migrado de la historia agraria a otros campos del saber, pero siguen latentes y hasta no tan invisibles en obras con títulos promocionados por sus editoriales bajo nuevas etiquetas.

Frente a esta invisibilización mediante el rebranding o renovación de etiquetas de la investigación y sus resultados, nos ha de incomodar la ineludible pregunta: con tendencias contemporáneas así, ¿somos competidores o aliados? Dicho de otro modo, ¿cómo integramos sus indudables y valiosos aportes a nuestro propio quehacer?: ¿con la imitación, la forma más sincera de admiración como dirían algunos?, ¿asumiendo sus propias etiquetas? o ¿con una alianza un tanto más competitiva, criticando sus debilidades documentales e interpretativas a la vez que rescatamos y reubicamos algunos de sus hallazgos dentro de renovados esquemas agraristas?

Entre los latinoamericanistas estadounidenses se han destacado recientemente por lo menos cuatro campos de estudio con profundos «lazos» e «implicaciones» para la historia agraria: etnicidad, género, memoria y medioambiente, entre otros. A nadie se le escapa en la actualidad la riqueza de estos nuevos campos y enfoques. Sin embargo, más llamativo aún es el hecho de que a nadie que se presente a una plaza en historia latinoamericana se le ocurriría definirse como agrarista si pudiese presentarse como especialista en lo ambiental, etnicidad, género o memoria, no importa cuán rurales y agrarias sean los aportes de su tesis. Hasta del lugar menos esperado, la tierra de Mao y la República Popular China, nos ha llegado recientemente la confirmación de nuestras sospechas. Participando como miembro del comité de selección en un concurso para contratar un nuevo docente en mi propia universidad, pude comprobar otra vez cómo lo agrario se solapa bajo etiquetas diferentes: historia ambiental, étnica, de frontera multicultural, etcétera.

Pensaba comentar brevemente a continuación unas cuantas obras en varias categorías, entrando un poco más en detalle en lo que se refiere a lo ambiental por varios motivos. Además de ser el campo más rico y prometedor dentro de las nuevas tendencias, es el que más tiende a explicaciones globales y de larga duración, carta fuerte del agrarismo de antaño. Sin embargo, suele alejarse por igual de interrogantes agraristas, ya sea por cierta preferencia por políticas de «Estado(s)» en lugar de políticas de clases sociales o regionales, o debido a una perspectiva entre catastrófica y distópica, tan a gusto del imaginario posmoderno, de espectador más que de analista, obsesionado con «riesgos» y «discontinuidades» más allá de nuestras posibilidades de conocimiento y aún más lejos de nuestro control.

Cuando nos tocó investigar, hace ya cuatro décadas, la historia de los cambios «tecnológicos» en la ganadería de la vertiente del Pacífico centroamericano, el interrogante de fondo era cómo interpretar las repercusiones de dichos cambios en los sistemas laborales y de tenencia de la tierra 4. Tanto los pastos foráneos como la raza de ganado Zebú permitieron eventualmente el desarrollo de un nuevo y complejo sistema de latifundio/minifundio desde principios del siglo xx, mejor estudiado con posterioridad por Marc Edelman, entre otros 5.

Los que busquen hoy en día las raíces históricas aún más lejanas de los sistemas ganaderos americanos encontrarán un excelente título que se presenta más bien como una contribución a la historia étnica 6. Es dudoso que alumnos ávidos de bibliografía en historia agraria encuentren con facilidad este título entre los resultados primarios de sus búsquedas electrónicas. Mencionamos esta ironía puesto que damos la bienvenida a cualquier «descubrimiento» desde afuera que venga a legitimar la visión de las tierras centroamericanas del Pacífico como zonas alguna vez afroamericanas, máxime cuando se trata de una obra tan profunda y bien documentada. Tras décadas de insistir en este punto, y pese a la postura de hacer oídos sordos condicionada por siglos de nacionalismos mestizos y blancos, no pensamos desaprovechar ayuda alguna. Incluso, una de las biografías cortas que logré reclutar para el Diccionario de Biografía del Caribe y Afrolatinoamérica, de reciente aparición en Oxford University Press, revela una tradición oral y folclórica salvadoreña de un tal «Cuto Partideño», mítico vaquero rebelde identificado explícitamente con la afrodescendencia, precisamente en el país centroamericano que la niega con más insistencia 7.

Otro ejemplo de la preeminencia de lo «étnico» en novedosos estudios rurales se define al mismo tiempo como una contribución a los estudios de «género», aunque no le falta razón para ello. David Carey se encuentra prácticamente solo entre los historiadores de Guatemala, tanto nacionales como foráneos, por su capacidad de adentrarse en la experiencia histórica indígena por distintas vías, tanto orales (en kachiquel) como documentales 8. Igualmente relevante ha sido su recopilación de testimonios personales y el énfasis en la experiencia femenina dentro de aquellos. Si las mujeres han ocupado un lugar privilegiado en casi todas las tradiciones antropológicas en Guatemala, la antropología histórica ha encontrado grandes dificultades para documentar la vida interna de las comunidades indígenas, problema agravado por la casi total invisibilización femenina. Sin embargo, Carey es capaz de ofrecer interpretaciones novedosas de la participación femenina indígena tanto en la migración laboral para la cosecha cafetalera como en la fabricación y distribución del aguardiente. Sea de informantes vivos o de documentos de procesos penales del pasado, ya contamos con información directa sobre la vida rural y los sistemas de producción anteriormente visibles solo en documentación y comentarios ladinos, no-indígenas. En efecto, en una sociedad tan polarizada por lo étnico como Guatemala, las estrategias de investigación guiadas por lo «agrario», que dominaron más de la mitad del siglo xx, han revelado menos sobre el tema de las indígenas que unas cuantas pesquisas explícitamente basadas en etnicidad y género.

Sin duda los estudios que más directamente aportan a la historia agraria desde el punto de vista de género son los de Carmen Diana Deere y Magdalena León 9. No solo documentan el statu quo latinoamericano a fines del siglo xx, sino que ofrecen importantes avances en cuanto a los derechos de propiedad de las mujeres casadas en la jurisprudencia y prácticas sociales del siglo xix. Aún más, en sus estudios internacionales comparativos (India/Ghana/Ecuador) todavía sin publicar, se comprueba una vez más la relativa situación progresista latinoamericana en cuanto a los derechos de propiedad femeninos entre las excolonias del Sur global. Sin embargo, la tendencia a favorecer a los varones en la herencia de la tierra, aun en los casos americanos, juega un papel indirecto también en el ocaso de nuestro ámbito en las universidades y la política, como veremos más adelante.

Si en el pasado tendíamos a utilizar los testimonios de actores históricos como otro tipo de «prueba» análoga a los documentos de archivo, conforme se profundizaba el giro lingüístico en los años noventa dichos testimonios adquirieron un estatus distinto, ya fuera como objeto de estudio o como base de relatos históricos propios. En efecto, el estudio de las ideologías sociales pasaba de ser un esfuerzo por documentar posiciones y postulados enunciados por individuos y grupos a un análisis simultáneo de creencias y silencios. Ya lejos de ser historiadores documentales interrogando a sus informantes, todos pasamos a ser partícipes de un proceso social de construcción de significados y (contra)relatos históricos, privilegiando ya no el antiguo rol de «testigo» (ocular o no) del informante, sino el talento memorístico/semipsicoanalítico del autor/historiador/analista.

Para los estudiosos centroamericanos al menos, el libro de Jeffrey Paige sobre la memoria histórica de tres elites cafetaleras nacionales marcó un antes y un después. No todos se habrían percatado de la enorme ironía del caso, siendo Paige quizá el más ambicioso de los analistas sociológicos estructuralistas de la generación posterior a Barrington Moore y sus críticos 10. Nos contamos entre aquellos que intentaron adaptar dichos esquemas «mooreanos» a la experiencia latinoamericana 11. Aun así, las nuevas posibilidades de los estudios de la memoria ejercían un enorme atractivo sobre todos los que pretendíamos esclarecer la historia de las clases sociales del agro y no solo la ideología de una clase en particular. De hecho, nuestros esfuerzos recientes, tanto en las colaboraciones con Agricultural History como en formato de libro, representan algo así como la otra cara de la moneda, la visión de los productores cooperativistas frente a la narración ofrecida por Paige basada en los testimonios de la elite de los grandes productores y beneficiadores del café 12. Como es frecuente en los estudios de la memoria, ambas versiones recuentan una especie de «final feliz», en donde los resultados reformistas están casi determinados por el pacifismo costarricense, que casualmente se encarna en los propios informantes y sus compañeros de clase social.

No cabe duda de que la historia ambiental ha generado últimamente las mayores novedades y reconocimiento entre las etiquetas recién acuñadas. Incluso nuestro gremio en Estados Unidos, la Conference on Latin American History (CLAH) de la American Historical Association, ha creado una nueva categoría de premio para el mejor libro del año en este campo, en honor a su pionera Elinor Melville 13. Entre la decena de títulos ya reconocidos con dicho premio hay de todo un poco, pero, desde mi punto de vista, sobresalen dos tipos de investigaciones: la transformación histórica del paisaje, por un lado, y, por otro, los procesos históricos entre catastróficos y cataclísmicos. El primer tipo de estudio tiene similitudes evidentes con las mejores tradiciones de «geografía histórica» practicada hace décadas por especialistas en ambas disciplinas, mientras que el segundo solo se ha hecho realidad gracias a nuestra recién adquirida comprensión de procesos ambientales y naturales antes prácticamente invisibles a nuestros ojos y ajenos a nuestros intereses y ambiciones historiográficas. Entre los excelentes estudios ganadores del Premio Melville, el de Reinaldo Funes personifica quizá la tradición analítica de transformaciones del paisaje, mientras que el de Mark Carey representa lo más novedoso en cuanto a problemáticas, fuentes y perspectivas 14.

Desde el inicio, los primeros trabajos casi revolucionarios de historia ambiental en el marco geográfico nuestro, Centroamérica, ofrecían una síntesis casi perfecta de historia agraria estructural y de las nuevas tendencias, alentando el optimismo respecto al futuro inmediato. En este caso pienso en los estudios de John Soluri y de Steve Marquardt sobre la industria bananera, enmarcados en un esquema explícitamente estructural, «laborista» este y «agricultor/cultivador» aquel 15. En ambas investigaciones operaba una especie de traducción simultánea que facilitaba las cosas a cualquier lector agrarista. Sin embargo, conforme han corrido los años y se han acumulado otros estudios, aun cuando se puedan resolver las dificultades de acceso y comprensión de fuentes afines más bien a las ciencias naturales o exactas, muchas veces el lector encuentra en estos relatos «actores» sorprendentes, que van de los microbios a las plantas, por un lado, y de los Estados nacionales o coloniales a los tecnócratas y científicos, por otro. Con frecuencia quedan en segundo plano, cuando no brillan por su ausencia, las clases sociales, ya sean dominantes, subalternas, hegemónicas o contestatarias, no solo en la historia agraria clásica, sino también en los «estudios culturales» bajo el giro lingüístico de los años noventa.

Con la intención de abrir una conversación sobre esta complicada relación entre la historia agraria y la ambiental, ofrecemos dos breves ejemplos tanto de la proyección de futuro como de lo problemático de nuestra empresa común. Quizá el mejor ejemplo de esta transición hacia cuestiones y etiquetas ambientales en conversación con lo agrario es el libro de Stefania Gallini, investigadora italiana con una extensa actividad como docente universitaria en Colombia. Ganadora del premio Melville en 2010, su obra transforma en profundidad nuestra visión del proceso no solo de la expansión cafetalera en la Costa Cuca guatemalteca, sino de la pérdida indígena de dichas tierras al principio del proceso 16. Más allá de nuestra admiración por los hallazgos de esta investigación pionera, queda un interrogante ineludible sin respuesta: ¿cómo fue que dos generaciones de revolucionarios liberales pudieron despojar de su patrimonio forestal en la vertiente pacífica a decenas de pueblos indígenas del altiplano sin provocar mayores rebeliones o al menos más eficaces? Vista la expansión cafetalera guatemalteca desde esta nueva perspectiva, el enigma de las bases sociales del liberalismo, tanto revolucionario como dictatorial, aún queda sin esclarecer. Por más que David Carey nos ofrezca pruebas, a partir de documentos y de informantes, de que el trabajo estacional en la caficultura en un principio pudo haberse visto por parte de los mismos indígenas como un mecanismo de acumulación para afianzar sus comunidades y facilitar el matrimonio, resulta difícil reconciliar la profundidad de los cambios esbozados por Gallini con la relativa «pasividad» comunitaria en un país notorio por sus revueltas armadas exitosas durante casi todo el siglo xix.

El segundo ejemplo proviene más bien del campo de la historia social, pero con una temática anclada en lo ambiental. Se publicó hace poco el esperado estudio de los huracanes en el Caribe, «de Colón a Katrina», de mi director de tesis, Stuart Schwartz. Dicho estudio reconoce su deuda, entre otros, con los estudios pioneros de Sherry Johnson y Louis Pérez sobre el mismo fenómeno en Cuba 17. No obstante, mi interés en el tema data de hace varias décadas, del primer estudio publicado por Schwartz sobre el huracán «San Ciriaco» que devastó Puerto Rico en 1899 bajo la nueva administración colonial estadounidense 18. Allí el autor descubrió que dicha administración entregó los fondos de socorro directamente a los hacendados puertorriqueños, estableciendo un precedente de suma importancia para el futuro, no solo en la isla, sino también para el propio territorio estadounidense de tierra firme.

En mis cursos comparativos de historia agraria he utilizado con provecho el extraordinario libro de Pete Daniel sobre la transformación de los cultivos de tabaco, algodón y arroz en el sur estadounidense 19. A lo largo de las clases, mis alumnas descubren la trayectoria «reformista» del agro sureño, comenzando con los «desastres naturales» (la plaga del «bollwevil», las inundaciones centenarias del río Mississipi —en especial la de 1927— y luego el «Dust Bowl» de la década de 1930) y culminando con las amargas disputas del New Deal en el agro algodonero en los años treinta y cuarenta. Común a todos estos episodios es la crítica por parte de los patronos agrícolas a las políticas de socorro que entregaban ayuda directa a los parcelarios o jornaleros, y supuestamente socavaban su disposición para el duro trabajo del campo. Insistían en la necesidad de que la ayuda gubernamental se distribuyese solo a través de los pilares morales de la comunidad, los propietarios tanto de la tierra como de las cosechas, o sea, ellos mismos, argumento que triunfaría con el giro conservador del New Deal a partir de la segunda administración Roosevelt en 1936. En efecto, para mis cursos el precedente colonial caribeño de San Ciriaco adquiere una importancia que jamás habría podido tener in situ. Agobiadas por las contradicciones, mis alumnas se dan cuenta también de que Rexford Tugwell, destacado miembro del «Brain Trust» de Roosevelt y militante a favor de una política más izquierdista que incluía aspectos de reforma agraria en la distribución de fondos del New Deal, pudo realizar su sueño reformista solo tras haber sido «purgado» por Roosevelt en 1936 (junto con la figura aún más controvertida del «espía convicto» Alger Hiss) y mandado a tan confortable exilio como el último «gobernador» foráneo de Puerto Rico de 1941 a 1946.

En efecto, lo que hace Daniel es situar las políticas de ayuda, tanto frente a «desastres ambientales» como a crisis económicas, dentro de procesos más amplios de transformación agraria, en este caso el derrumbe del sistema de aparcería del algodón y su reemplazo por un modelo mecanizado que expulsaría a enormes contingentes de mano de obra entre 1940 y 1970. Al entregar los fondos de estabilización agrícola solo a los que podían reclamar derechos directos sobre la propiedad de la tierra y la cosecha/mercancía (excluyendo tanto a los parcelarios como a los acreedores bancarios) no tardarían mucho en desaparecer los parcelarios ni en aparecer su reemplazo, los tractores, con las folclóricas ofertas de los proveedores de esta maquinaria de recibir de sus potenciales clientes a sus mulas y caballos ya obsoletos como «¡señal en especie!».

Es poco frecuente encontrar este nivel de detalle agrario en los nuevos estudios de historia ambiental, donde más bien la tendencia ha sido el enfoque de las políticas de ayuda más generales de Estados coloniales o nacionales, como si el bienestar y recuperación de la población civil fuese naturalmente el tema de fondo, narración televisiva a la que nos hemos acostumbrado en la época posmoderna de noticias 24/7. Pero las mejores historias ambientales, desde Melville hasta Gallini, nos han enseñado que «lo natural» tiene relativamente poco que ver con la concepción y el uso de los recursos naturales y que los Estados suelen tener agendas preconcebidas para enfrentar los llamados «desastres naturales». Igual que el trabajo de Daniel sobre el agonizante régimen algodonero, el estudio de los huracanes caribeños de Schwartz destaca una y otra vez la tozuda y mezquina actitud de las autoridades coloniales, sobre todo las inglesas, al despreciar a las víctimas directas, los pobladores pobres y, sobre todo, los afrodescendientes, como haraganes indisciplinados que, dada la oportunidad, abusarían de cualquier fondo de ayuda. Sin embargo, el problema fundamental que encuentro en casi todos los estudios de los «desastres naturales», ya sean de historia social o ambiental, es su tendencia a privilegiar en lo documental al aparato estatal burocrático y los noticieros como si la clave de las explicaciones del cambio histórico pudiese encontrarse allí.

Respuestas, desde rápidas y eficaces hasta lentas y patéticas, sí que hallamos en los ámbitos burocráticos y noticiosos, pero, por lo general, refuerzan la resistencia al cambio, o sea, para curar al paciente enfermo, ¡más de lo mismo de siempre! Sigo pensando que nuestras clásicas hipótesis estructurales apuntan mejor a las causas y coyunturas del cambio histórico en las sociedades agrarias que los vientos huracanados, las inundaciones bíblicas o los terremotos catastróficos de las nuevas temáticas historiográficas.

De la tierra al agua, del café al cemento: nuevos rumbos para la historiografía costarricense

Cuando entré en el mundo universitario costarricense en 1975, junto con muchos otros extranjeros, sobre todo chilenos y centroamericanos en el exilio, ganaba fuerza lo que algunos han llamado la profesionalización de la historia y otros más bien su renovación generacional, en manos de costarricenses durante bastantes años. Mientras muchos buscaban reafirmar la excepcionalidad democrática costarricense y sus bases rurales y cafetaleras, sobre todo para distanciarse de los conflictos vecinos, otros la cuestionamos. Eso sí, sin darnos necesariamente cuenta de cómo nuestra tendencia simultánea de buscar raíces y causas agrarias de las guerras regionales reforzaría, hasta cierto punto, esa misma búsqueda local de explicaciones históricas que ofrecieran puerto seguro en la tormenta 20.

Dentro del debate historiográfico costarricense participaban no solo historiadores, sino politólogos y sociólogos de gran relevancia 21. Abandonando la tradición local del estudio de la historia desde arriba abajo, con base en mandatos presidenciales la mayoría de las veces, dos objetos dominaban nuestro quehacer común en aquellos años. Por un lado, las investigaciones sobre la naturaleza y consecuencias de la Guerra Civil de 1948 y la historia de los contrincantes, antes y después del conflicto 22. Por otro, debates acerca del rol del café, sus productores y zonas de predominio en la evolución a largo plazo de la sociedad y democracia costarricenses 23. En ambos casos, gran parte de la discusión giraba alrededor de argumentos acerca de la tenencia de la tierra y los sistemas laborales, ya fuesen aplicados a zonas geográficas o a grupos organizados de base para las facciones políticas en pugna antes y después de 1948.

Tal fue el peso de los supuestos ortodoxos de la llamada «historia económico-social» en esa generación renovadora en aquel entonces que, al abandonar durante un tiempo mis intereses en la historia afrocostarricense colonial, seguí el consejo de mis colegas de intentar aplicar nuestro esquema, altamente estructuralista y materialista, a la historia de la más relevante y desconocida zona no-­cafetalera, Guanacaste, y sus tradiciones ganaderas. Por una combinación de factores, abandoné la empresa a medias, por lo menos en cuanto a mi tema de tesis doctoral, primero a favor de la cuestión de las mentalidades campesinas en la misma zona y luego con una crítica de los supuestos sobre el impacto inicial del café en la cada vez más abundante historiografía sobre el tema 24.

El volumen e impacto de aquella historiografía entre fines de las décadas de 1970 y 1980 fueron extraordinarios, con un torrente de libros y artículos que aun hoy figuran como lectura obligatoria en la historia costarricense 25. Pero otra prueba del irresistible atractivo de las «nuevas» temáticas no agrarias, entonces y ahora, la hallamos en el hecho de que varios de los mismos autores, tales como Alvarenga, Schifter, Molina, Acuña y el que suscribe, participamos en más de una de estas renovaciones. Sin embargo, en el apogeo de las guerras civiles centroamericanas, la tierra con sus labriegos y señores fue nuestro incuestionable objeto de estudio. La revancha del agua vendría después.

Igual que en otras latitudes, el giro lingüístico y los estudios culturales plantearon el primer desafío frontal al estructuralismo materialista. En el caso costarricense de principios de la década de 1990 dicha innovación provenía de dos fuentes: los trabajos de talentosos literatos, sobre todo Álvaro Quesada Soto, por un lado, y, por otro, dentro del gremio de historiadores, la fructífera colaboración entre el costarricense Iván Molina y el canadiense Steven Palmer 26. Cada vez con mayor fuerza, los temas de moda abandonaron la tierra a favor de las ciudades, las mentalidades, la cultura letrada y la popular, las diversiones, o sea, se centraron en el cemento de calles y edificios, todo menos lo rural y agrario.

Pronto surgieron otras cuestiones típicas del posmodernismo y posestructuralismo de los noventa: las identidades 27, la arquitectura y espacios de sociabilidad urbanos 28, género y sexualidad 29, memoria histórica 30, así como una reconceptualización de la historia política con base en esta última 31.

La historia del medioambiente, el agua en vez de la tierra, surgió con mayor fuerza solo tras el cambio de siglo. Pese a ser el último tema nuevo, el ambientalismo y su agua, abundante o escasa, cristalina o contaminada, será seguramente un competidor para la tierra más temido que cualquier otro objeto historiográfico. Curiosamente, al mismo tiempo es quizá el que más precisa para su propio desarrollo futuro del diálogo con nosotros, los agraristas no arrepentidos.

Por más que los trabajos de Marquardt marcaron un antes y un después en cuanto a su profundidad, en sus comienzos el «giro ambiental» parecía ligado a temas tradicionales, al conservacionismo y los parques nacionales, así como a los impactos ambientales y la contaminación dentro de los sectores cafetalero y bananero 32. Sin embargo, en seguida los trabajos en historia ambiental abarcaron otras actividades, objetos, métodos y modelos, ya no solo impacto y contaminación.

Los dos investigadores de mayor relieve historiográfico, sin duda, han sido Patricia Clare Rhoades, de la Universidad de Costa Rica, y Wilson Picado Umaña, de la Universidad Nacional. Ambos comenzaron su trayectoria con análisis regionales (Clare Rhoades sobre la costa pacífica sur y Picado Umaña sobre la zona alta de Los Santos/Tarrazú) y cultivos específicos (palma africana en el primer caso y café en el segundo), con amplias perspectivas que combinaban inquietudes ambientalistas con el detalle socioeconómico e histórico que caracterizaron a las mejores tradiciones de la geografía humana 33. Después, ambos se han aventurado en otros campos del estudio de la agricultura y del impacto ambiental de las actividades humanas. Clare Rhoades ha contribuido al análisis y difusión de las teorías y métodos de historia ambiental, mientras que su tesis doctoral en curso pretende analizar el régimen colonial y decimonónico de la costa pacífica costarricense por medio del enfoque de la teoría del Metabolismo Social 34. Otro indicio de la transformación temática hacia el ambientalismo y de su impacto generacional en la Escuela de Historia de la Universidad de Costa Rica se encuentra en la creación de un novedoso programa de investigación en Ambiente, Ciencia, Tecnología y Sociedad (ACTS), dentro del cual destacan las publicaciones del actual director del Posgrado Centroamericano de Historia, Anthony Goebel McDermott 35.

En la Escuela de Historia de la Universidad Nacional, Picado Umaña profundiza en el análisis no solo del régimen cafetalero antiguo y actual, desde el punto de vista de los flujos energéticos, sino en la historia de la Revolución Verde y la investigación biogenética, en colaboración con investigadores de varios continentes 36. Las investigaciones y promociones de egresados de la Maestría de Historia Aplicada de la Escuela de Historia han evolucionado también desde un perfil fuertemente agrario en los ochenta a uno cada vez más regional y ambiental. Fiel reflejo de este proceso, iniciado hace más de una década, en julio de 2018 la Escuela de Historia de la Universidad Nacional fue la anfitriona de la reunión internacional de la Sociedad Latinoamericana y Caribeña de Historia Ambiental (fundada en 2004). Cabe destacar, como otro reflejo del proceso transformador tanto de la disciplina como del país, que sus casi 300 ponentes se reunieron no en el campus Omar Dengo en Heredia, dentro del Valle Central, sino en la sede universitaria en Liberia, Guanacaste, en la costa pacífica norte, epicentro del boom turístico y urbanístico reciente.

Abundan los indicios del auge de la investigación ambiental dentro del mundo académico en Costa Rica. Tuvimos una grata sorpresa en 2009 cuando, en una conferencia en la sede de la Universidad de Costa Rica en Limón en la costa atlántica, hicimos una referencia pasajera al trabajo de Marquardt sobre la poco conocida o apreciada transformación radical de la industria bananera por parte de la United Fruit Company tras la Primera Guerra Mundial, gracias a su novedosa capacidad de «dragado» a gran escala para construir sistemas de riego en las cuencas de los ríos costeros. Otro conferenciante invitado, el biólogo marino y Premio Nacional de Ciencia de 2008, doctor Jorge Amador Astúa, no tardó en confirmarnos que los estudios de su colega Jorge Cortés indicaban precisamente lo mismo 37. La causa principal del deterioro y pérdida de territorio de los arrecifes costeros siempre ha sido la sedimentación («siltation»), o sea, el depósito de enormes cantidades de tierra arrastrada al mar por los caudales de los ríos, ampliados por las actividades humanas en los cauces así agrandados; los mismos arrecifes revelaban la aceleración del proceso a partir de dicha época.

Más reciente, el novedoso programa UCREA (Universidad de Costa Rica Espacio de Estudios Avanzados) fundado en 2016, que financia proyectos y equipos de investigación interdisciplinarios e internacionales, ha premiado en sus dos primeros ciclos a ocho proyectos en total. Tres de ellos son eminentemente ambientales con fuertes implicaciones históricas, fiel reflejo de las transformaciones recientes no solo científicas y políticas, sino historiográficas. Tanto los proyectos seleccionados como otros que no lo fueron pretenden estudiar aspectos del cambio climático y la contaminación/degradación del medioambiente, cada vez de mayor importancia en un país que en las últimas tres décadas ha convertido su costa pacífica en zona turística de categoría mundial, así como sus tierras tropicales de ambas costas en el principal proveedor de piña del mundo noratlántico.

Otro proyecto seleccionado dentro del programa UCREA ilustra una tendencia local paralela a lo descrito para Estados Unidos más arriba. El grupo de investigadores, entre antropólogos, agrónomos y ecólogos, pretende estudiar el agudo conflicto reciente sobre tierras entre indígenas y mestizos, tanto locales como foráneos, en Buenos Aires de Puntarenas en el Pacífico sur. Similares conflictos en los años sesenta y setenta en zonas de tierras bajas, tanto del Pacífico como del Atlántico, casi nunca se representaron privilegiando lo étnico o cultural, muy acorde con la línea política de su principal y pronto a desaparecer defensor, el Partido Vanguardia Popular, sucesor del Partido Comunista proscrito tras la Guerra Civil de 1948.

Contextos y comportamientos: modernización y posmodernización con sabor al trópico

En el contexto estadounidense no resulta tan difícil encontrar algunas razones para el declive de la historia agraria clásica. Habría que empezar no solo con el giro lingüístico y la política de identidades, ambos fenómenos de gran relevancia y hasta dominantes en los mundos intelectuales y políticos a partir de la década de 1990. Más bien habría que comenzar con el hecho de que, entre las sociedades occidentales de temprana industrialización, Estados Unidos siempre fue (junto con Gran Bretaña y sus colonias de Canadá y Australia) el de mayor grado y velocidad de urbanización y despoblamiento del sector agrícola, dejando una proporción casi ínfima, en comparación con Europa sobre todo, de la población total de «agricultores» a partir de la tercera década del siglo xx y la mecanización generalizada de la mayoría de las tareas agrícolas. Igual que en muchos otros casos, Costa Rica incluida, las migraciones masivas de mano de obra indocumentada hacia Estados Unidos a partir de los ochenta, sobre todo mexicana, llevaron a que los estudios de más amplia lectura sobre las transformaciones agrarias en donde todavía era relevante el tema de la «mano de obra» se catalogaran, bien que mal, más como estudios «étnicos» y «laborales» que agrarios 38.

En concreto, el colapso del bloque soviético y la virtual desaparición de movimientos izquierdistas armados de liberación nacional con base campesina tras las guerras civiles centroamericanas de las décadas setenta y ochenta removieron de la ecuación cualquier móvil o relevancia de la «Guerra Fría», tanto para estrategas custodios del imperio como para estudiantes doctorales con anhelos de un puesto docente. Encontramos una suma de ironía y tragedia en gran parte de los desafíos políticos más relevantes de la posmodernidad tras la Guerra Fría, desde el fundamentalismo islámico hasta los renovados populismos, codificados de izquierda en Latinoamérica y de derecha en muchos otros países occidentales, desde Italia, Polonia y Rusia hasta el mismo Estados Unidos, estos últimos con fuertes tendencias xenófobas, racistas y antimodernas, que guardan estrecha relación precisamente con la rápida transformación del campo y un sentimiento de amenaza a los roles y valores culturales tradicionales. Sin embargo, dentro del nuevo contexto, los que detentan el poder no han querido ver ninguna causalidad común ni semejanza alguna entre dichos fenómenos, puesto que a unos se oponen como halcones, mientras que defienden otros erigiéndose como protectores de los valores cristianos de Occidente. Para unos son fundamentalismos peligrosos, para otros, cruzadas o tradiciones nobles bajo amenaza.

El desencanto costarricense para con los temas agrarios también tiene raíces muy fuertes en las transformaciones contemporáneas, mucho más que en los gustos o modas de los lectores en sí. El fin de las guerras civiles centroamericanas eliminó una de las causas principales de la incesante búsqueda de la «diferencia» o «excepcionalidad» costarricenses, con bases a veces raciales, pero mucho más frecuentemente «rural-democráticas». Sin embargo, en esa misma época se aceleró de forma dramática una transición demográfica y económica que hoy identifica al país más con el primer que con el tercer mundo de aquel entonces. Quizá la mejor prueba y reflejo tanto de la transición habida como de sus desencantos se encuentra en que, por primera vez en más de un siglo, las elecciones presidenciales de 2018 presenciaron el auge de un candidato abiertamente religioso y antisecular (evangélico protestante, pero con apoyo también del ala más conservadora de la Iglesia Católica). Obtuvo el mayor número de votos en la primera ronda, pero en la segunda perdió con apenas el 40 por 100 del voto, tras una campaña estridente contra los peligros de la «ideología de género» (entre otros, el riesgo de que se aprobara el matrimonio entre personas del mismo sexo, la fecundación in vitro y la educación sexual en las escuelas públicas).

Como intentamos describir con detalle en un libro de reciente publicación, dicha transformación comenzó en la era del cooperativismo cafetalero de los sesenta y desembocó en el neoliberalismo de los noventa 39. Produjo un país radicalmente urbanizado, escolarizado y económicamente poscafetalero; procesos todos que socavaron cualquier instinto de privilegiar lo rural o agrícola en la investigación sociopolítica o histórica. Para ser breves solo mencionaremos algunos de los cambios que representaron choques brutales contra la conciencia colectiva costarricense en nuestra época:

— La esperanza de vida al nacer aumentó de sesenta y siete años en 1970 a ochenta en 2016, alcanzando hoy niveles levemente superiores a los de Estados Unidos. Más importante aún, la proporción de la población en edad laboral cae casi tan rápido como la tasa de fertilidad, de 4,9 por 100 en 1970 a 1,9 por 100 en 2014, lo que supone un crecimiento de población negativo para la población nacida en el país.

— En cada generación nacida en Costa Rica desde la década de 1960, a grandes rasgos, las mujeres han tenido la mitad del número de hijos que tuvieron sus madres; la proporción de la población menor de quince años se redujo del 44,7 por 100 en 1960 al 21,6 por 100 en 2017, mientras que la mayor de sesenta aumentó del 4,8 al 13,7 por 100 en las mismas fechas.

— La edad promedio del primer matrimonio ya es igual o superior a la de muchos países europeos y norteamericanos, disparándose de diecinueve-veintidós años para mujeres y veintitrés-veintiseis para varones en los sesenta hasta los veintiocho años para mujeres y treinta y tres años para varones en 2012, con cada vez mayores divergencias entre el ámbito rural y urbano, paralelamente a lo que ocurre en Estados Unidos en el mismo periodo.

— El número de divorcios ha aumentado, en comparación con el número de matrimonios, del 10 por 100 en 1980 al 15 por 100 en 1990 y al 45 por 100 en 2016, y la proporción de «parejas de hecho» ha aumentado del 17 por 100 en 1984 al 33 por 100 en 2011, aumento más significativo precisamente en los distritos universitarios de ingresos más altos y mayor escolarización, pasando del 6-6,5 por 100 en 1984 al 24-25 por 100 en 2016. Fiel reflejo del mismo proceso, la proporción de niños nacidos de madres solteras pasó del 25-30 por 100 en los sesenta a poco más de dos tercios en la actualidad.

— La rápida urbanización de la población, pasando del 46 por 100 de los hogares en 1987 al 63 por 100 en 2013, aceleró todas estas tendencias demográficas hacia el envejecimiento de la población y sus nuevos comportamientos socio-sexuales y de ­género.

— La frecuencia de mujeres jefas de hogar aumentó del 17 por 100 en 1987 al 36 por 100 en 2013, sobre todo en zonas urbanas (del 21 al 40 por 100) si comparamos con las rurales (del 13 al 29 por 100), pero también su nivel educativo, con una escolaridad promedio que aumentó de 5,4 años en 1987 a 8,3 años en 2013. Lejos de ser simplemente víctimas de pobreza y marginalidad, las mujeres jefas de hogar hace mucho superaban a los hombres jefes de hogar en cuanto al haber completado la educación secundaria: en 1987, el 25 por 100 de ellas frente al 21 por 100 de ellos, y en 2013, el 43 por 100 frente al 34 por 100.

— La escolarización universitaria de los costarricenses de hoy se aproxima a la de cualquier país altamente desarrollado. De 1973 a 2011, la población entre dieciocho y veinticuatro años de edad se multiplicó por 3,7, mientras que el número de graduados universitarios creció 14,3 veces; en 2014, el 34 por 100 de la población entre dichas edades se matriculó en la educación superior y aún más impresionante fue la participación femenina, creciendo a un ritmo que duplica el de los varones entre 2000 y 2010, lo que se traduce en que el 64 por 100 de los títulos expedidos en el periodo 2008-2010 fueran para mujeres, otra vez una tendencia muy similar a la estadounidense contemporánea.

— La participación femenina en el mercado de trabajo asalariado aumentó algo menos del 20 por 100 en la década de 1970, 32 por 100 en 1990, 38 por 100 en 2000 y 45 por 100 en 2013.

— El empleo y el crédito bancario representado por la agricultura se redujo de más o menos la mitad del total nacional a algo así como el 15 por 100 entre 1960 y 2010.

— El turismo masivo, que ni existía hasta finales de los ochenta, ya representa prácticamente el mismo porcentaje del PIB/GDP y del empleo (12-15 por 100) que la agricultura en general; las exportaciones de «equipo médico» en la primera mitad de 2017 igualaban el valor de todas las exportaciones agrícolas juntas.

— La cosecha del café se duplicó entre 1960 y 1985, para decaer a la mitad desde entonces con la eliminación de más o menos el 20 por 100 de los cafetales del Valle Central debido a la urbanización y la construcción de vivienda, así como a la concentración en la producción del grano «de montaña» de más alta calidad requerido en la época del café gourmet, la era de Starbucks y no ya la de Juan Valdez.

— Los emigrantes costarricenses hacia la Gran Área Metropolitana y Estados Unidos han sido reemplazados en la cosecha del café por indocumentados nicaragüenses e indígenas ngöbe, un fenómeno que se presenta como un tema «étnico» o de «derechos humanos» y no agrario estructural, igual que ocurre con los mexicanos y latinos en Estados Unidos. Aunque no siempre sean vistos como «otros amenazantes», tampoco figuran como miembros de la mítica comunidad nacional histórica o potenciales herederos de la tierra dentro de la misma, esto a pesar de que en los últimos quince años se estima que un 12 por 100 de los niños nacidos en Costa Rica han sido de madres nicaragüenses.

— La continuación de patrones de herencia en la agricultura que favorecen a los varones sobre las mujeres, combinado con una matrícula universitaria que favorece más y más a estas, nos ayudan a entender el menor interés intelectual por un universo social cada vez más minoritario y codificado como «varonil» dentro del contexto académico y no solo del socioeconómico rural.

Tradiciones y transiciones

Lejos de sugerir que nuestras tradiciones como agraristas hayan sido abandonadas o traicionadas por las nuevas generaciones basándose en simples cálculos de interés, tanto por aquellos ávidos de puestos académicos en un Estados Unidos pos-Guerra Fría encandilado por visiones del fin de la historia, como por las mayorías femeninas recién llegadas a la educación universitaria en Costa Rica, mi propósito ha sido resaltar la envergadura de las transiciones sociales habidas en las últimas tres o cuatro décadas en ambos países. Los que hoy se dedican a la investigación y docencia históricas responden, igual que nosotros en otro momento, al contexto en que les tocó vivir y educarse.

Poco honesto o realista sería esperar que generaciones futuras que ni presenciaron ni experimentaron en carne propia las inquietantes transiciones descritas más arriba sintiesen la misma necesidad de estudiarlas que los que sí pasamos por aquello. Como descendiente de una de las últimas olas de inmigración a las tierras baldías norteamericanas, presenciamos las dos transiciones dentro de la familia: la demográfica, con abuelos y bisabuelos campesinos inmigrantes islandeses, progenitores de familias gigantescas (alrededor de una docena de hijos cada una), a las familias de nuestros padres que engendraron menos de la mitad de ese número de hijos, a la nuestra con dos o tres y a la postergación radical del matrimonio entre nuestros hijos a causa de la profesionalización laboral, sobre todo de las mujeres, y la transición agraria, que ha experimentado un proceso comparable al tamaño de la familia, con la eliminación de más o menos la mitad de los agricultores en cada generación conforme se duplicaba, gracias a la mecanización generalizada y progresiva, la extensión de tierra cultivada en manos de los hogares restantes. Por más que se mantuviera la propiedad de la tierra en manos de la familia, el mercado de alquileres se adaptaba a las necesidades de consolidación de las empresas sobrevivientes. Aunque siguen siendo explotaciones familiares, las más solventes empresas agrícolas sobreviven rodeadas por los escombros de casas de fincas abandonadas por quienes alguna vez fueron vecinos o parientes agricultores. Aun siendo propietarios de tierras a medias, las generaciones actuales, que emigraron en busca de educación y empleo, carecen por lo general de experiencia directa tanto del trasfondo histórico de las transiciones habidas como de las tareas agrícolas como rutina de vida y referente en el imaginario del horizonte personal.

Una de las expresiones más memorables que escuché de mis informantes de la generación fundadora de las cooperativas de café en la Costa Rica de los sesenta resume muy bien la lógica de todo proceso de cambio histórico y, en nuestro caso, historiográfico. Don Marco Tulio Zamora Alvarado decía que ellos se organizaron en respuesta a una «sentida necesidad», lo que explicaba también su tenacidad y perseverancia. Imaginar que sucesivas generaciones desligadas de nuestra experiencia directa, tanto en Costa Rica como en Estados Unidos, podrían sentir la misma motivación para estudiar y comprender aquello sería confundir lamentos nostálgicos y folclore turístico con la investigación motivada por la siempre saludable y fructífera «sentida necesidad», fuente no solo del activismo cívico, sino de todo avance del conocimiento.

En otra ocasión, hicimos referencia a la sorpresa de nuestra generación agrarista en Costa Rica al descubrir que la «llave» de una explicación histórica podría ser el agua y no la tierra que tanto nos obsesionaba a la generación pos-Segunda Guerra Mundial. Sospecho que nuestros colegas ambientalistas no tardarán demasiado en devolvernos el cumplido. De hecho, en nuestra era de renovados populismos y revanchismo fundamentalista, tanto los políticos como la historiografía política se están dando cuenta del costo tan elevado de ignorar o tratar con desdén al campo y sus habitantes, como residuos destinados al basurero histórico.


* El autor agradece al colega Antonio Illescas su revisión estilística.

1 Richard White: «“Are You an Environmentalist or Do You Work for a Living?” Work and Nature», en William Cronon (ed.): Uncommon Ground: Rethinking the Human Place in Nature, Nueva York, W. W. Norton, 1996, pp. 171-185.

2 Iván Molina Jiménez: «Triunfo del sí y sectores populares», La Nación, 21 de octubre de 2007, p. 30.

3 Wilson Picado Umaña: «Territorio de coyotes, agroecosistemas y cambio tecnológico en una región cafetalera de Costa Rica», Revista de Historia, 59-60 (2009), pp. 119-165.

4 Lowell Gudmundson: Hacendados, precaristas y políticos: la ganadería y el latifundismo guanacasteco, 1800-1950, San José, Editorial Costa Rica, 1983.

5 Marc Edelman: The Logic of the Latifundio: The Large Estates of Northwestern Costa Rica Since the Late Nineteenth Century, Stanford, Stanford University Press, 1992 (edición en español por la Universidad de Costa Rica, 1998), e íd.: Peasants Against Globalization: Rural Social Movements in Costa Rica, Stanford, Stanford University Press, 1999 (edición en español por la Universidad de Costa Rica, 2005).

6 Andrew Sluyter: Black Ranching Frontiers: African Cattle Herders of the Atlantic World, 1500-1900, New Haven, Yale University Press, 2012.

7 Wolfgang Effenberger López: «El Cuto Partideño», en Dictionary of Caribbean and Afro-Latin American Biography, vol. 2, Nueva York, Oxford University Press, 2016, pp. 442-444.

8 David Carey: «Empowered through Labor and Buttressing Their Communities: Mayan Women and Coastal Migration, 1875-1965», Hispanic American Historical Review, 86, 3 (2006), pp. 501-34; íd.: Distilling the Influence of Alcohol: Aguardiente in Guatemalan History, Gainesville, University of Florida Press, 2012, e íd.: I Ask for Justice: Maya Women, Dictators, and Crime in Guatemala, 1898-1944, Austin, University of Texas Press, 2013.

9 Carmen Diana Deere y Magdalena León: Empowering Women: Land and Property Rights in Latin America, Pittsburgh, University of Pittsburgh Press, 2001, e íd.: «Liberalism and Married Women’s Property Rights in Nineteenth-Century Latin America», Hispanic American Historical Review, 85, 4 (2005), pp. 627-678.

10 Jeffrey M. Paige: Coffee and Power: Revolution and the Rise of Democracy in Central America, Cambridge, Harvard University Press, 1997; íd.: «The Social Origins of Dictatorship, Democracy and Socialist Revolution in Central America», ponencia presentada en el Annual Meeting of the American Sociological Association, San Francisco, California, 8 de agosto de 1989, e íd.: Agrarian Revolutions, Nueva York, The Free Press, 1975.

11 Lowell Gudmundson: «Lord and Peasant in the Making of Modern Central America», en Evelyne Huber Stephens y Frank Safford (eds.): Agrarian Structure and Political Power in Latin America, Pittsburgh, University of Pittsburgh Press, 1995, pp. 151-176 [edición en español en forma abreviada como «Señores y campesinos en la formación de la Centroamérica moderna», en Jean Piel y Arturo Taracena Arriola (coords.): Identidades nacionales y Estado moderno en Centroamérica, San José, Universidad de Costa Rica, 1995, pp. 31-41].

12 Lowell Gudmundson: «On Green Revolutions and Golden Beans: Memories and Metaphors of Costa Rican Coffee Co-op Founders», Agricultural History, 88, 4 (2014), pp. 538-65, e íd.: Costa Rica después del café: la era cooperativa en la historia y la memoria, San José, Universidad Estatal a Distancia, 2018.

13 Elinor G. K. Melville: A Plague of Sheep: Environmental Consequences of the Conquest of Mexico, Cambridge, Cambridge University Press, 1997.

14 Reinaldo Funes Monzote: From Rainforest to Cane Field in Cuba: An Environmental History Since 1492, Chapel Hill, University of North Carolina Press, 2008, y Mark Carey: In the Shadow of Melting Glaciers: Climate Change and Andean Society, Nueva York, Oxford University Press, 2010.

15 John Soluri: Banana Cultures: Agriculture, Consumption, and Environmental Change in Honduras and the United States, Austin, University of Texas Press, 2005; Steve Marquardt: «“Green Havoc”: Panama Disease, Environmental Change, and Labor Process in the Central American Banana Industry», American Historical Review, 106, 1 (2001), pp. 49-80, e íd.: «Pesticides, Parakeets, and Unions in the Costa Rican Banana Industry, 1938-1962», Latin American Research Review, 37, 2 (2002), pp. 3-36 [edición en español «Pesticidas, pericos y sindicatos en la industria bananera costarricense, 1938-1962», Revista de Historia, 47 (2003), pp. 43-95].

16 Stefania Gallini: Una historia ambiental del café en Guatemala: la Costa Cuca entre 1830 y 1902, Guatemala, Avansco, 2009.

17 Stuart B. Schwartz: Sea of Storms: A History of Hurricanes in the Greater Caribbean from Columbus to Katrina, Princeton, Princeton University Press, 2015; Sherry Johnson: Climate and Catastrophe in Cuba and the Atlantic World in the Age of Revolution, Chapel Hill, University of North Carolina Press, 2011, y Louis A. Pérez Jr.: Winds of Change: Hurricanes and the Transformation of Nineteenth-Century Cuba, Chapel Hill, University of North Carolina Press, 2001.

18 Stuart B. Schwartz: «The Hurricane of San Ciriaco: Disaster, Politics, and Society in Puerto Rico, 1899-1901», Hispanic American Historical Review, 72, 3 (1992), pp. 303-334.

19 Pete Daniel: Breaking the Land: The Transformation of Cotton, Tobacco, and Rice Cultures since 1880, Urbana, University of Illinois Press, 1986.

20 Edelberto Torres-Rivas: Interpretación del desarrollo social centroamericano, San José, Editorial Universitaria Centroamericana, 1971; José Luis Vega Carballo: Hacia una interpretación del desarrollo costarricense: ensayo sociológico, San José, Porvenir, 1980; Jeffery M. Paige: Coffee and Power...; Lowell Gudmundson: «Lord and Peasant...»; James Mahoney: The Legacies of Liberalism: Path Dependence and Political Regimes in Central America, Baltimore, Johns Hopkins University Press, 2001; Robert Williams: States and Social Evolution: Coffee and the Rise of National Governments in Central America, Chapel Hill, University of North Carolina Press, 1994, y Deborah Yashar: Demanding Democracy: Reform and Reaction in Costa Rica and Guatemala, 1870s-1950s, Stanford, Stanford University Press, 1997.

21 Entre otros, Samuel Stone: La dinastía de los conquistadores, San José, Editorial Universitaria Centroamericana, 1975; José Luis Vega Carballo: Hacia una interpretación...; Jacobo Schifter Sikora: La fase oculta de la guerra civil de 1948, San José, Editorial Universitaria Centroamericana, 1979, y Ciska Raventós: «Desarrollo económico y contradicciones sociales en la producción del café», Revista de Historia, 14 (1986), pp. 179-195.

22 Jacobo Schifter Sikora: La fase oculta...; íd.: ¿Democracia en Costa Rica? Cinco opiniones polémicas, San José, Universidad Estatal a Distancia, 1978; Óscar Aguilar Bulgarelli: Costa Rica y sus hechos políticos de 1948: problemática de una década, 2.ª ed., San José, Editorial Costa Rica, 1974, y Samuel Stone: La dinastía...

23 Carolyn Hall: El café y el desarrollo histórico-geográfico de Costa Rica, San José, Editorial Costa Rica, 1976; íd.: Costa Rica: A Geographical Interpretation in Historical Perspective, Boulder, Westview Press, 1985 (edición en español por la Editorial Costa Rica, 1984); Samuel Stone: La dinastía...; Yolanda Baires Martínez: «Las transacciones inmobiliarias en el Valle Central y la expansión cafetalera de Costa Rica (1800-1850)», Avances de Investigación, 1 (1978); Ciro F. S. Cardoso: «Historia económica del café en Centroamérica (siglo xix). Estudio comparativo», Estudios sociales centroamericanos, 10 (1975), pp. 3-57, y Moretzsohn de Andrade: «Decadencia do campesinato costariqueno», Revista Geográfica, 66 (1967), pp. 136-152.

24 Lowell Gudmundson: Hacendados, precaristas y políticos..., e íd.: Costa Rica Before Coffee, Baton Rouge, Louisiana State University Press, 1986 (edición en español por la Editorial Costa Rica, 1990).

25 Samuel Stone: La dinastia...; Carolyn Hall: El café y el desarrollo...; íd.: Costa Rica...; Yolanda Baires Martínez: «Las transacciones inmobiliarias...»; José Luis Vega Carballo: Hacia una interpretación...; Ciska Raventós: «Desarrollo económico...»; Víctor Hugo Acuña Ortega: «Clases sociales y conflicto social en la economía cafetalera costarricense: productores contra beneficiadores, 1932-1936», Revista de Historia, número especial (1985), pp. 181-206; íd.: «La ideología de los pequeños y medianos productores cafetaleros costarricenses (1900-1961)», Revista de Historia, 16 (1986), pp. 137-159; Víctor Hugo Acuña Ortega e Iván Molina Jiménez: Historia económica y social de Costa Rica (1750-1950), San José, Porvenir, 1991; Iván Molina Jiménez: La alborada del capitalismo agrario en Costa Rica, San José, Universidad de Costa Rica, 1988; íd.: Costa Rica (1800-1850): el legado colonial y la génesis del capitalismo, San José, Universidad de Costa Rica, 1991; Patricia Alvarenga Venutolo: «La composición de la producción agropecuaria en el Valle Central costarricense: un estudio comparativo de las regiones de oriente y occidente, 1785-1805», Revista de Historia, 16 (1987), pp. 53-83; Mario Samper Kutschbach: Generations of Settlers: Rural Households and Markets on the Costa Rica Frontier, 1850-1935, Boulder, Westview Press, 1990; íd. (coord.): Crisis y perspectivas del café latinoamericano, Heredia, Universidad Nacional-Instituto del Café, 1994; Mario Samper y Héctor Pérez Brignoli (eds.): Tierra, café y sociedad. Ensayos sobre la historia agraria centroamericana, Heredia, Universidad Nacional, 1994; Mario Samper y Gertrud Peters: Café de Costa Rica: un viaje a lo largo de su historia, San José, Instituto del Café, 2001; Gertrud Peters Solórzano: «La formación territorial de las grandes fincas de café en la Meseta Central: estudio de la firma Tournon, 1877-1955», Revista de Historia, 9-10 (1980), pp. 81-167; Lowell Gudmundson: Costa Rica Before Coffee; íd.: «Peasant, Farmer, Proletarian: Class Formation in a Smallholder Coffee Economy, 1850-1950», Hispanic American Historical Review, 69, 2 (1989), pp. 221-57 [edición en español «Formación de clase en una economía cafetalera de pequeños propietarios, 1850-1950: campesino, granjero, proletario», Revista de Historia, 21-22 (1990), pp. 151-206], y William Roseberry, Lowell Gudmundson y Mario Samper Kutschbach (eds.): Coffee, Society and Power in Latin America, Baltimore, Johns Hopkins University Press, 1995 (edición en español por la Editorial de la Universidad Nacional en 2001).

26 Álvaro Quesada Soto: La formación de la narrativa nacional costarricense, 1890-1910, San José, Universidad de Costa Rica, 1986; íd.: La voz desgarrada: la crisis del discurso oligárquico y la narrativa costarricense (1917-1919), San José: Universidad de Costa Rica, 1988; íd.: Uno y los otros: identidad y literatura en Costa Rica, 1890-1940, San José, Universidad de Costa Rica, 2002; Iván Molina Jiménez y Steven Palmer: Héroes al gusto y libros de moda, San José, Porvenir, 1993; íd.: El paso del cometa: estado, política social y culturas populares en Costa Rica (1800-1950), San José, Porvenir, 1994; íd.: La voluntad radiante: cultura impresa, magia y medicina en Costa Rica (1897-1932), San José, Plumsock Mesoamerican Studies, 1996; íd.: Educando a Costa Rica: alfabetización popular, formación docente y género (1880-1050), San José, Porvenir, 2003, e íd.: The Costa Rica Reader: History, Culture, Politics, Durham, Duke University Press, 2004.

27 Carmen Murillo Chaverri: Identidades de hierro y humo: la construcción del ferrocarril al Atlántico, 1870-1890, San José, Porvenir, 1995; Patricia Alvarenga Venutolo: Trabajadores inmigrantes en la caficultura, San José, FLACSO, 2000; íd.: De vecinos a ciudadanos: movimientos comunales y luchas cívicas en la historia contemporánea costarricense, San José, Universidad de Costa Rica-Universidad Nacional, 2005, y Carlos Sandoval García: Otros amenazantes: los nicaragüenses y la formación de identidades nacionales en Costa Rica, San José, Universidad de Costa Rica, 2002.

28 Florencia Quesada Avendaño: La modernización entre cafetales: San José, Costa Rica, 1880-1930, Helsinki, Universidad de Helsinki, 2007, y Patricia Vega Jiménez: Con sabor a tertulia: historia del consumo del café en Costa Rica (1840-1940), San José, Universidad de Costa Rica, 2004.

29 Eugenia Rodríguez Sáenz: Hijas, novias y esposas: familia, matrimonio y violencia doméstica en el Valle Central de Costa Rica (1750-1850), Heredia, Universidad Nacional, 2000; íd.: Un siglo de luchas femeninas en América Latina, San José, Universidad de Costa Rica, 2002; íd.: Mujeres, género e historia en América Central (1700-2000), San José, Plumsock Mesoamerican Studies, 2002; íd. (ed.): Entre silencios y voces: género e historia en América Central (1730-1990), San José, Universidad de Costa Rica, 1997; Patricia Alvarenga Venutolo: Identidades en disputa: las reinvenciones del género y de la sexualidad en la Costa Rica de la primera mitad del siglo xx, San José, Universidad de Costa Rica, 2012; Alfonso González Ortega: Mujeres y hombres de la posguerra costarricense (1950-1960), San José, Universidad de Costa Rica, 2005; Jacobo Schifter Sikora: La formación de una contracultura: homosexualismo y Sida en Costa Rica, San José, Ediciones Guayacán, 1989; Steven Palmer y Gladys Rojas: «Educating Señorita: Teacher Training, Social Mobility and the Birth of Costa Rican Feminism, 1885-1925», Hispanic American Historical Review, 78, 1 (1998), pp. 45-82 [edición en español en Iván Molina y Steven Palmer (eds.): Educando a Costa Rica: alfabetización popular, formación docente y género (1880-1050), San José, Porvenir, 2003, pp. 57-100], y Lara Putnam: The Company They Kept: Migrants and the Politics of Gender in Caribbean Costa Rica, 1870-1960, Chapel Hill, University of North Carolina Press, 2002.

30 Mercedes Muñoz Guillén (ed.): Niños y niñas del 48 escriben, 2 vols., San José, Universidad de Costa Rica, 2001; Iván Molina Jiménez: Los pasados de la memoria: el origen de la reforma social en Costa Rica (1938-1943), Heredia, Universidad Nacional, 2008; David Díaz Arias: Reforma sin alianza, discursos transformados, interés electoral, triunfos dudosos. La nueva interpretación de historia de la década de 1940, San José, Universidad de Costa Rica, 2003 (reimp., 2010); íd.: Crisis social y memorias en lucha: guerra civil en Costa Rica, 1940-1948, San José, Universidad de Costa Rica, 2015, e Iván Molina Jiménez y David Díaz Arias: La Campaña Nacional (1856-1857): historiografía, literatura y memoria, San José, Universidad de Costa Rica, 2008.

31 Manuel Solís: Costa Rica: ¿reformismo socialdemócrata o liberal?, San José, FLACSO, 1992; íd.: La institucionalidad ajena: los años cuarenta y el fin de siglo, San José, Universidad de Costa Rica, 2006; Mauricio Menjívar Ochoa: «Contienda política y uso del pasado en la Costa Rica de los años cuarenta: la retórica de Rodrigo Facio y de José Figueres Ferrer, 1939-1951», en Mauricio Menjívar Ochoa, Ricardo Antonio Argueta y Edgar Solano Muñoz: Historia y Memoria. Perspectivas teóricas y metodológicas, San José, FLACSO, 2005, pp. 49-102; Iván Molina Jiménez: Costarricense por dicha: identidad nacional y cambio cultural en Costa Rica durante los siglos xix y xx, San José, Universidad de Costa Rica, 2003; íd.: Demoperfectocracia: la democracia pre-reformada en Costa Rica (1885-1948), Heredia, Universidad Nacional, 2005, y David Díaz Arias: Crisis social y memorias en lucha...

32 Sterling Evans: The Green Republic: A Conservation History of Costa Rica, Austin, University of Texas Press, 1999; Isabel Avendaño Flores: La relación ambiente y sociedad en Costa Rica: entre gritos y silencios, entre amores y odios, San José, Universidad de Costa Rica, 2005; Gladys Rojas: Café, ambiente y sociedad en la cuenca del río Virilla (1840-1955), San José, Universidad de Costa Rica, 2000; Steve Marquardt: «“Green Havoc”: Panama Disease...», e íd.: «Pesticides, Parakeets, and Unions...».

33 Patricia Clare Rhoades: «La palma perfecta y los productos del capital genético», Revista de Ciencias Ambientales, 36 (2008), http://www.ambientico.una.ac.cr/A36.pdf; íd.: «El desarrollo del banano y la palma aceitera en Costa Rica y su incidencia en la conformación del paisaje en el Pacífico costarricense desde la perspectiva de la ecología histórica, 1870-1980», en Oriester Abarca, Jorge Bartels y Juan José Marín (coords.): De Puerto a Región: el Pacífico Central y Sur de Costa Rica, 1821-2007, San José, CIHAC, 2010; íd.: Los cambios en la cadena de producción de la palma aceitera en el Pacífico costarricense: una historia económica, socioambiental y tecnocientífica, 1950-2007, San José, CIHAC-Sociedad Editora Alquimia, 2011; Wilson Picado Umaña: «Territorio de coyotes, agroecosistemas...», pp. 119-65; íd.: Conexiones de la Revolución Verde: Estado y cambio tecnológico en la agricultura de Costa Rica durante el periodo 1940 y 1980, tesis doctoral, Universidad de Santiago de Compostela, 2012; Wilson Picado Umaña y Rafael Díaz: «Reubicando la producción cafetalera en las montañas: calidad, mercado y cambio climático en Costa Rica», ponencia presentada en el Simposio «Indicaciones geográficas y desarrollo regional: experiencias latinoamericanas en el siglo xxi», 55 Congreso Internacional de Americanistas, El Salvador, 2015.

34 Patricia Clare Rhoades: «Un balance de la historia ambiental latinoamericana», Revista de Historia, 59-60 (2009), pp. 185-201; íd. (ed.): Teoría y métodos para una historia ambiental costarricense, San José, CIHAC-Nuevas Perspectivas, 2013, y Patricia Clare Rhoades y Silvia Meléndez: «Articulaciones entre ecología política, geografía histórica e historia ambiental: paisaje y poder», Espaciotiempo, 7 (2012), pp. 65-83.

35 Anthony Goebel McDermott: Los bosques del «progreso»: explotación forestal y régimen ambiental en Costa Rica, 1883-1955, San José, Nuevas Perspectivas, 2013, e íd.: «Historia ambiental, representaciones sociales y exploración decimonónica: elementos conceptuales y empíricos para el estudio del imaginario ambiental de la Costa Rica del siglo xix», Diálogos: Revista Electrónica de Historia, 9, 2 (2008-2009), pp. 24-53.

36 Wilson Picado Umaña: «Las buenas semillas. Plantas, capital genético y Revolución Verde en Costa Rica», Revista HALAC: Historia Ambiental de América Latina y el Caribe, 2, 2 (2013), pp. 308-337; íd.: «Los significados de la revolución. Semántica, temporalidad y narrativa de la Revolución Verde», Revista ­HALAC: ­Historia Ambiental de América Latina y el Caribe, 3, 2 (2014), pp. 490-521; íd.: «El bosque seco en llamas. Estructura agraria y ecología política del fuego en Costa Rica», Revista de Historia, 70 (2014), pp. 109-142; Juan Infante-Amate y Gloria Guzmán Casado: «Energy Return on Investment in Traditional and Modern Agricultures. Coffee Agro-Ecosystems in Costa Rica from an Agro-Ecological Perspective (1935-2010)», en Gloria Guzmán Casado y Manuel Gonzalez de Molina: Energy in Agroecosystems: A Tool for Assessing Sustainability, Florida, CRC Press, 2016; Juan Infante-Amate y Wilson Picado Umaña: «Energy Flows in the Coffee Plantations of Costa Rica: From Traditional to Modern Systems (1935-2010)», Regional Environmental Change, 18 (2018), pp. 1059-1071 (edición en español en Colección Estudios Urbanos y Ambientales, México, Universidad Benemérita de Puebla), y Wilson Picado Umaña, Pablo Pérez y Alma Amalia González (eds.): Saberes de origen. Experiencias de México y Centroamérica, México, Universidad Nacional Autónoma de México-Facultad de Estudios Superiores-Acatlán, 2018.

37 Jorge Cortés: The Coral Reef at Cahuita, Costa Rica, a Reef Under Stress, tesis doctoral, McMaster University, 1981, y Jorge Cortés y Carlos Jiménez (eds.): Latin American Coral Reefs, Nueva York, Elsevier Science B.V., 2003, pp. 223-239.

38 Leon Fink: The Maya of Morganton: Work and Community in the Nuevo New South, Chapel Hill, University of North Carolina Press, 2003.

39 Lowell Gudmundson: Costa Rica después del café...