Ayer 136 (4) 2024:181-205
Marcial Pons Ediciones de Historia
Asociación de Historia Contemporánea
Madrid, 2024
ISSN: 1134-2277
DOI: 10.55509/ayer/1425
© Nicolás Duffau
© Mario Etchechury Barrera
Recibido: 28-02-2022 | Aceptado: 25-05-2023 | Publicado on-line: 22-11-2024
Editado bajo licencia CC Attribution-NoDerivatives 4.0 License

«La conspiración de los lombardos». La inmigración italiana y las redes políticas transnacionales en el Río de la Plata (Montevideo, 1857-1858)

Nicolás Duffau

Universidad de la República (Uruguay)
nicolasduffausoto@gmail.com

Mario Etchechury Barrera

ISHIR-CONICET
mario.etchechury@gmail.com

Resumen: El artículo analiza un intento de levantamiento armado que tuvo lugar en Montevideo a fines de 1857, conocido como «la conspiración de los lombardos». A partir de ese episodio, analizaremos los repertorios de acción de los residentes italianos en el Río de la Plata, para conocer, por un lado, las tramas políticas transnacionales que conectaron actores, escritos e ideas republicanos y democráticos, en un trasiego constante entre el Mediterráneo y el Río de la Plata. Por otro lado, nos centraremos en trayectorias y nexos entre los diferentes grupos de activistas italianos, para conocer sus formas de organización y alianzas políticas.

Palabras clave: Río de la Plata, italianos, acción política, republi­canismo.

Abstract: The article analyses an armed uprising that took place in Montevideo in 1857, known as the «Conspiracy of the Lombards». By focussing on this episode, we will analyse the broader repertoires of political action of Italian residents in the Río de la Plata. Democratic and republican transnational plots involved actors, ideas, and writings that moved back and forth between the Mediterranean and the Río de la Plata. In particular, we will focus on the trajectories and links between the different groups of Italian activists in order to understand their forms of organization and political alliances.

Keywords: Río de la Plata, Italians, political activity, republicanism.

Introducción

En los primeros días de enero de 1858 los habitantes de la ciudad-puerto de Montevideo se despertaron conmovidos por el descubrimiento fortuito de una trama conspirativa. Según versiones recogidas en los primeros informes policiales, un grupo de cuarenta residentes extranjeros, en su mayor parte originarios de la península itálica, se habría reunido de forma clandestina en varias casas particulares para armarse con puñales y armas de fuego, con el fin de tomar por asalto la casa presidencial, saquearla y eliminar al primer mandatario, Gabriel Antonio Pereira. La «conspiración de los lombardos», tal como fue conocido el episodio, se producía en un momento en que la capital ya se encontraba en plena ebullición política y militar desde que, en diciembre del año anterior, un grupo revolucionario, organizado en Buenos Aires y encabezado por el coronel César Díaz, invadió el territorio uruguayo, con el cometido de deponer a la Administración de Pereira. Algunos testigos de la época definieron a los conspiradores como un grupo heterogéneo, integrado por veteranos garibaldinos de la antigua Legión Italiana de Montevideo, desertores de la Legión Agrícola Militar del sur de Buenos Aires, así como combatientes de la British Italian Legion desmovilizados en Europa tras la guerra de Crimea. Incluso no faltó quien calificara a los conjurados de aventureros «malteses». Aunque a primera vista se trataba de acontecimientos restringidos al ámbito portuario montevideano, el seguimiento de estos eventos permite rastrear el «hilo» de una trama en la que se superponen intereses diplomáticos y redes migratorias y de acción política que operaban en distintas escalas y que sitúan a la «conspiración de los lombardos» como un episodio político transnacional.

En el presente artículo exploraremos, desde el observatorio de Montevideo, los repertorios de acción política de los residentes italianos 1 en el Río de la Plata con un doble objetivo. Por un lado, nos centraremos en las trayectorias y los nexos entre los diferentes grupos de activistas italianos y rioplatenses, que se inscriben en unas redes y alianzas previas, conformadas a fines de la década de 1830 en Montevideo, en las que convergían mazzinianos de la Giovine Italia, facciones y partidos regionales, como los «unitarios» y «colorados» y, entrada la década de 1840, también garibaldinos, una tradición político-militar de proyección internacional. Estas redes de algún modo inauguraron unos circuitos políticos transnacionales que conectaron actores, escritos e ideas republicanos y democráticos, en un trasiego constante entre el Mediterráneo y el Río de la Plata. En ese proceso, Buenos Aires y Montevideo consolidaron su rol articulador en el mundo atlántico, operando como un tándem de ciudades entre las que se moverán con bastante fluidez periodistas, agentes y milicianos italianos, con diversas «agendas» políticas. En la década de 1850 esas tramas vinculares se fueron reconfigurando, al compás de los cambios en el frente político del Risorgimento, y de las transformaciones de las propias agrupaciones rioplatenses tras la caída del gobernador porteño Juan Manuel de Rosas y su aliado oriental, Manuel Oribe (1851-1852). Como segundo aspecto, sin desconocer esos fuertes vínculos, en el presente artículo argumentamos que es necesario desagregar y descentrar esas redes, para ver cómo operaban en diversos grados y escalas territoriales, algo que posibilita el análisis de la «conspiración de los lombardos». Ello nos permitirá problematizar algunos aspectos vinculados a los nexos entre lo local y lo global y analizar de cerca las dinámicas que pautaban los desplazamientos de esos actores por el mundo atlántico a lo largo del siglo xix.

Metodológicamente hemos tratado de cruzar fuentes diversas y fragmentarias sobre un episodio que, por su misma naturaleza conspirativa, no dejó demasiadas trazas documentales en los archivos. En ese sentido, no solo nos interesa establecer los lazos sociales e ideológicos que aunaban a los diferentes actores que participaron de la trama, sino también traer a colación los vínculos —reales o supuestos— que los contemporáneos establecieron entre ellos. Esto último permite reconstruir los imaginarios políticos y las fraternidades ideológicas que sustentaban la política local y sus conexiones con la arena internacional, posibilitando conectar investigaciones elaboradas desde diversas escalas territoriales, entre las que se suele establecer, de manera involuntaria, una suerte de «brecha». Aunque tanto la historiografía política rioplatense sobre el siglo xix como la dedicada al Risorgimento italiano se han tornado cada vez más complejas y variadas, como lo ilustra la serie de trabajos citados en el presente texto, no se han establecido entre ellas demasiados vínculos a nivel de las prácticas de los actores. Muchas de las investigaciones que abordan las actividades políticas y propagandísticas de los exiliados y activistas de la Giovine Italia fuera de Europa no suelen prestar demasiada atención a las conexiones que estos mismos actores establecieron con partidos o agrupaciones que tenían como marco de referencia la política local y no la arena internacional, ni repararon en la participación de estos activistas en elecciones, motines o manifestaciones populares, como si se tratara de individuos «demediados». No es casual, por ejemplo, que las variadas actividades políticas de Giuseppe Garibaldi y su círculo de colaboradores en Montevideo entre 1841 y 1848 no hayan sido abordadas por la historiografía salvo, claro está, cuando se trataba de proyectos que tenían como cometido último la liberación de la península itálica 2.

Las fuentes que hemos relevado proceden de varios fondos. Por una parte, se ha empleado documentación del Ministerio de Gobierno y de la Jefatura de Policía de Montevideo conservada en el Archivo General de la Nación de Uruguay, que da cuenta de las actividades de los residentes italianos y de la conspiración propiamente dicha. Asimismo, se ha recurrido a la correspondencia diplomática inglesa (Public Record Office-Foreign Office) y a una selección de informes consulares franceses ya publicados, que brindan detalles sobre el evento y la política del periodo. Por último, se relevaron artículos periodísticos de la prensa oficialista y opositora de Montevideo y Buenos Aires, así como memorias, crónicas y folletos escritos por contemporáneos a los sucesos. Teniendo en cuenta que se trató de una trama desarrollada en secreto es entendible que la documentación a la que hemos accedido tenga un carácter fragmentario, no siendo posible arribar a conclusiones taxativas sobre los motivos y las implicaciones concretas de los complotados.

Colorados, unitarios e italianos: la construcción transnacional de una «amistad política»

Las alianzas políticas que vemos operar en Montevideo en la década de 1850, que remiten a una fuerte vinculación entre activistas del partido colorado/conservador del Uruguay, unitarios/liberales de Buenos Aires e inmigrantes italianos, se comenzaron a tejer a fines de la década de 1830. En ese entonces la capital ya era un centro de recepción importante para muchos exiliados militares y políticos, rioplatenses y europeos, cuyas actividades se solían imbricar con facciones o partidos locales, como lo ejemplifica la llamada «emigración argentina» opositora al gobernador de Buenos Aires y líder del «partido» federal, Juan Manuel de Rosas, que había ido arribando desde 1829 en diferentes oleadas. Estos últimos exiliados participaron activamente en las guerras civiles regionales del periodo, y al hacerlo comenzaron a formar una serie de alianzas informales que tendrían consecuencias duraderas en el tablero político rioplatense 3.

De manera simultánea, desde mediados de la década de 1830 Montevideo, en sintonía con Río de Janeiro y Río Grande do Sul, se había convertido en uno de los principales centros de acción política del exilio mazziniano, cuyas acciones eran coordinadas por Giambattista Cuneo (1809-1875), principal colaborador de Giuseppe Mazzini (1805-1872). Hacia 1841 ya se encontraba institucionalizada una «Congrega Central de Montevideo para América del Sur», cuyo cometido era coordinar las actividades de los demás grupos de la Giovine Italia en el continente 4. En particular, varios intelectuales, como Miguel Cané (1812-1863), Juan María Gutiérrez (1809-1878), Juan Bautista Alberdi (1810-1884) y Bartolomé Mitre (1821-1906), estuvieron fuertemente ligados a Cuneo y otros emigrados italianos de Montevideo, con quienes compartieron espacios de sociabilidad, ideas y publicaciones, a los que se sumaron intelectuales montevideanos, como Andrés Lamas (1817-1891). Varios de ellos estaban vinculados a la Joven Argentina, una agrupación fundada en Buenos Aires a mediados de 1838 por el escritor Esteban Echeverría (1805-1851) siguiendo los postulados republicanos y democráticos de Mazzini, que debió continuar sus actividades en la capital uruguaya 5. Mientras tanto, desde 1843, Giuseppe Garibaldi (1807-1882), en su rol de comandante de la recién creada Legión Italiana, también comenzaría a generar una base de acción propia en Montevideo, en alianza con el coronel Melchor Pacheco y Obes (1809-1855), por entonces ministro de Guerra y Marina (1843-1844), quien compartía los postulados internacionalistas y cosmopolitas del líder de los «camisas rojas» 6.

Si estos contactos ya se habían producido, en algunos casos de modo unilateral, fue la guerra regional iniciada en la segunda mitad de la década de 1830 la que consolidó estas fraternidades entre emigrados argentinos, italianos y partidarios colorados. Hacia 1836 el general Manuel Oribe, en ese entonces presidente de la República Oriental del Uruguay (1835-1838), fue desafiado por una serie de rebeliones acaudilladas por el general Fructuoso Rivera, quien ya se había desempeñado como primer mandatario en el periodo anterior. Este último, un veterano de las guerras independentistas que gozaba de considerable influencia regional, sumó a sus fuerzas a numerosos emigrados del partido «unitario» que habían ido abandonado el territorio de la Confederación Argentina desde 1829, así como también formalizó pactos de asistencia mutua con los revolucionarios separatistas o «farrapos» de Río Grande do Sul 7. A partir de 1836 los seguidores de Oribe, autoproclamados «defensores de las leyes», se identificarían con el color blanco, mientras que los partidarios de Rivera lo harían con el colorado (rojo), distintivos que terminarían dando nombre a ambos «partidos» de opinión. Ante la imposibilidad de derrotar a sus oponentes de forma unilateral, Oribe terminó por hacer causa común con los federales liderados por Juan Manuel de Rosas, con el que hasta ese momento había tenido una relación más bien distante. No es raro entonces que, después de ser derrotado por los riveristas, en octubre de 1838, el presidente oriental y un grupo importante de civiles y militares blancos terminaran por exiliarse en Buenos Aires. Allí, Rosas siguió reconociendo a Oribe como «presidente legal» del Uruguay y, a fines de 1840, lo nombró jefe interino del recién creado Ejército Unido de Vanguardia de la Confederación Argentina, que realizó una exitosa campaña de pacificación contra los sectores opositores a Rosas en las provincias del interior. Tras aplastar la disidencia interna, el Ejército Unido pasó al Uruguay y en febrero de 1843 puso sitio a Montevideo. Dentro de la ciudad se reorganizó el que popularmente sería conocido como Gobierno de la defensa, integrado por colorados, emigrados antirrosistas y milicianos extranjeros, apoyados por el «alto comercio» europeo y las estaciones navales de Inglaterra y Francia. El asedio a la capital se extendió hasta octubre de 1851, provocando una intensa movilización de los residentes extranjeros, que para 1843 sumaban alrededor del 50 por 100 del total de sus pocos más de 31.000 habitantes 8.

En este contexto, los vínculos entre emigrados argentinos, colorados e italianos se terminaron de estrechar dando lugar a una «amistad política» que seguiría operando en diversos escenarios rioplatenses y europeos en los años siguientes 9. En efecto, a partir del retorno paulatino de muchos exiliados y milicianos a sus territorios de origen, una vez acabado el sitio de Montevideo, estos vínculos, inicialmente creados en el espacio político rioplatense, se prolongaron más allá de las fronteras estatales durante años, a través de redes de correspondencia, prácticas de solidaridad, memorias e imaginarios compartidos. Esto ayuda a explicar la colaboración —­explícita o secreta— que en muchas ocasiones continuaron prestándose de forma recíproca militantes colorados, unitarios/liberales e italianos durante las décadas de 1850 y 1860.

Viejas alianzas, nuevos contextos. El reordenamiento geopolítico en el Río de la Plata (1851-1852)

Tras los acuerdos de paz de octubre de 1851, que pusieron fin a la guerra en territorio uruguayo y posibilitaron levantar el sitio a la capital, se llevaron a cabo las elecciones legislativas de noviembre de ese año. El 1 de marzo de 1852 fue electo como presidente de la República Juan Francisco Giró, un integrante del comercio montevideano, de tendencias moderadas y con una trayectoria que lo vinculaba al partido blanco. El primer y único año de la presidencia de Giró se caracterizó por la búsqueda de una política de pacificación.

El 18 de julio de 1853 un motín militar obligó a Giró a llevar adelante modificaciones en su gabinete y, a fines de setiembre, el mandatario renunció a la presidencia. El 26 de ese mes, Venancio Flores asumió —acompañado de Fructuoso Rivera y Juan Antonio Lavalleja— el triunvirato que ocupó el Poder Ejecutivo y la Comandancia General del Ejército de Campaña. En los hechos, Flores pasó a ser el único triunviro activo porque Rivera se encontraba en Brasil (y murió en enero de 1854) y Lavalleja falleció en octubre de 1853 10.

Este contexto de conflictividad permanente generó una profunda reconfiguración del campo político local. El antiguo «partido» colorado de Fructuoso Rivera, que durante el sitio de Montevideo se había ido diluyendo hasta conformar una serie de facciones reñidas entre sí, atravesó una fase de reorganización tras la contienda. Algunos de sus integrantes, como Melchor Pacheco y Obes, intentaron reunificar los grupos, aunque por la vía de los hechos se fueron conformando distintos sectores. Por una parte, se consolidó la figura del arriba citado Flores (1811-1868), en muchos aspectos el «heredero» político de Rivera por su capacidad militar y liderazgo popular en la ciudad y en el mundo rural. La facción «florista» constituyó una de las principales agrupaciones del periodo que reivindicaba el nombre de «partido colorado», pese a que no era un grupo institucionalizado. Junto con este segmento se destacó otro núcleo, también procedente de la antigua matriz de la agrupación colorada, que a partir de 1854 fue denominado Partido Conservador 11. Entre estos grupos colorados se movían los veteranos de las legiones extranjeras, particularmente franceses, vascos-franceses e italianos que habían participado del asedio y que habían sido desmovilizados a fines de 1851. La historiografía política uruguaya no suele incluir a estos actores en su relato, y por el contrario los considera como elementos «exógenos» al acontecer político local por su origen europeo, aunque la mayor parte de ellos estaban afincados en la ciudad desde hacía años, donde poseían familia y negocios constituidos 12. Es posible conjeturar que estos núcleos de antiguos oficiales y combatientes, que ya poseían una cohesión previa y reconocían jerarquías de mando, operaron como otro «partido de opinión» más, con una base de lealtad común con los distintos sectores que se autoproclamaban colorados, así como con los unitarios/liberales de Buenos Aires. No es casual que algunos de los oficiales de la antigua Legión garibaldina de Montevideo, como Antonio Susini, hubiesen pasado a Buenos Aires después de la caída de Juan Manuel de Rosas, en febrero de 1852, integrándose allí a la Legión Extranjera (llamada luego Valiente) compuesta también de italianos, en cuyo reclutamiento inicial colaboró desde Montevideo Melchor Pacheco y Obes 13. En otras palabras, estos circuitos de inmigración laboral y política que unían las dos orillas del Plata también coadyuvaban a la formación de entramados de acción transnacionales por donde se movían, con cierta fluidez, los veteranos de las legiones, alternando sus carreras entre cuerpos milicianos, proyectos colonizadores y tramas políticas, que también podían ofrecer una salida económica eventual 14.

En la década de 1850 muchos de los exlegionarios expusieron su propia agenda en la política local, centrada en que se les reconocieran sus servicios durante el asedio. En ese sentido, tal como señalaba el cónsul francés Antoine Devoize en abril de 1853, los exvoluntarios de las legiones extranjeras constituían un desafío para el orden interno, teniendo en cuenta que «casi todos han conservado el doble de sus armas en su casa y todavía reconocen a sus jefes» 15. En marzo de ese año se habían reunido alrededor de 400 veteranos para reclamar la efectivización de las recompensas en tierras que el Gobierno les había acordado a pocos meses de iniciado el sitio de Montevideo. En julio volvieron a congregarse con ese objetivo unos 1.500 vascos, franceses e italianos, coordinados por John Lelong, un agente político y empresario de colonización francés de extensa trayectoria en Montevideo y Europa. Aunque el plan no prosperó, en esa asamblea se «había tratado la posibilidad de tomar las armas, de un desfile militar por las calles y aun de un ataque contra el Gobierno» 16, lo que demuestra la potencialidad que estos exmilicianos descontentos ofrecían para cualquier tentativa revolucionaria que encabezaran facciones dentro del Partido Colorado. Mientras tanto, en marzo de 1854, Flores fue electo para finalizar el periodo constitucional correspondiente a Giró (cuyo mandato terminaba en marzo de 1856). Pese a su triunfo político, que promovió la destitución de Giró, los conservadores desde el Partido Colorado conspiraron contra el Gobierno de Flores y llevaron a la primera magistratura a Manuel Basilio Bustamante, en calidad de presidente del Senado.

Los acontecimientos ocurridos en la segunda mitad de 1855 abrieron nuevas negociaciones que culminaron en el llamado Pacto de la Unión, en noviembre de ese mismo año, por el cual Flores y Oribe declinaban la posibilidad de ser candidatos a la presidencia. La nominación como candidato de Gabriel Antonio Pereira, un colorado moderado que contaba con el apoyo explícito de Oribe y Flores, provocó una escisión colorada, con el general César Díaz a la cabeza, que refundó el Partido Conservador y lanzó su propia candidatura que, según el juicio crítico del cónsul francés Martín Maillefer, representaba a una «minoría turbulenta y a intereses extranjeros», con el apoyo tácito del Gobierno de Buenos Aires, ciudad en la que había estado emigrado. Una vez más, como parte central de su estrategia, esta agrupación volvió a apelar a los milicianos italianos y franceses para llevar a cabo los trabajos electorales en Montevideo. El citado Maillefer sostiene que los agentes del candidato conservador, «bolsa en mano, iban a tentar a la pobreza o a las pasiones de los antiguos legionarios franceses e italianos», quienes salían de los cafés «aullando todos los cantos revolucionarios o socialistas». Si bien las adhesiones logradas entre los veteranos de la Legión Francesa no fueron muchas, en cambio los colaboradores de Díaz habrían logrado reclutar alrededor de doscientos «militarotes de Garibaldi, pillastres con teorías Mazzinianas» que estarían prontos para efectuar un «golpe de mano» en la capital 17. En el marco de esas movilizaciones, el 25 de febrero de 1856 se produjo el asesinato, en apariencia accidental, de un joven italiano por parte de un Guardia Nacional, lo que generó un crescendo en las manifestaciones callejeras, que parecen haber estado en conexión directa con los agentes de Díaz. Como parte de las protestas, se efectuó una marcha multitudinaria de italianos y franceses ante el Consulado General de Cerdeña, lo que generó alarmas en la ciudad 18. Este tumulto, que el memorialista Antonio N. Pereira —hijo del presidente— más tarde definió como un «motín de italianos» 19, fue finalmente desactivado, mediante el despliegue de guardias nacionales, y ocasionó el naufragio de la candidatura de Díaz, que, sospechoso de estar detrás de los disturbios, debió buscar refugio en el Consulado español y luego tomar la vía del exilio a Buenos Aires 20.

Entre otros eventos significativos que tensaron la escena política local, se formó el Club de la Defensa, que, de acuerdo con el periodista Justo Maeso, estaba compuesto por «lo más exaltado del partido revolucionario, entre los que había muchos legionarios extrangeros [sic 21. El 1 de noviembre de 1857 el Gobierno prohibió una actividad política promovida por el diario El Nacional y organizada por personas vinculadas a los conservadores y abstencionistas de las elecciones legislativas que se realizarían el 29 de ese mes. Juan Carlos Gómez, director del diario convocante, y otros referentes conservadores fueron detenidos y expulsados del territorio oriental. En Buenos Aires, donde se congregó la mayor parte de los expulsados y exiliados, comenzaron a urdirse distintos planes, entre los que figuraba el proyecto de una revolución armada para invadir Uruguay, al frente de la cual se puso César Díaz, reclutando una heterogénea tropa 22.

Mientras tanto, en el correr de noviembre y diciembre de 1857 tuvo lugar una sostenida campaña desde medios oficialistas de Montevideo que reclamó la suspensión de actividades públicas de determinados colectivos políticos, entre ellos de los italianos, por considerar que actuaban en connivencia con los conservadores. Desde diarios como La Nación, se alentó al Gobierno a tomar más «medidas precaucionales» para afianzar «la paz» y «hacer respetar el principio de autoridad» 23. Este tipo de medidas fueron más que nada declarativas, ya que no se efectuaron detenciones, aunque, como se puede ver en la documentación oficial, la policía seguía de cerca las actividades de referentes de la colectividad italiana. A fines de noviembre de 1857, por ejemplo, un comisario de policía envió una nota reservada al jefe político informando de que «en la pulpería de un Italiano llamado Gallo hoy tienen un comité algunos Italianos» y solicitó órdenes para disolver la reunión 24, lo que evidencia que algunos círculos de residentes extranjeros estaban siendo vigilados por la policía desde bastante antes de la conspiración de enero de 1858.

La «conspiración de los lombardos» y la política internacional

Según la versión oficial, el 1 de enero de 1858 el italiano Ángel Presbitte se presentó ante la policía de Montevideo para denunciar su involucramiento en una supuesta conspiración que tenía como objetivo asaltar y saquear la casa del presidente Pereira, cometido que, de acuerdo con algunas versiones, también incluía el asesinato del mandatario. El complot, según el mismo Presbitte, estaba encabezado por «unos individuos italianos, cuyos nombres ignora» que se comprometían a pagar cinco patacones y cinco onzas de oro por el ataque a la residencia. Esta versión, que fue recogida de forma inmediata por la prensa montevideana, agregaba que el grupo conspirador estaba compuesto por unas cuarenta personas munidas de «ciento y tantas escopetas, cuarenta o cincuenta pistolas largas, algunos puñales vaina de tafilete», «otros más pequeños de hoja triangular» y «muchas divisas coloradas» 25. El movimiento debía estallar el 1 de enero, de manera simultánea con un levantamiento de «doscientos franceses armados y prontos del mismo modo». Por el contrario, otro informante calificado del periodo, el político Francisco Solano Antuña, sostuvo que no hubo una presentación voluntaria de Presbitte, sino que las autoridades se percataron de la reunión y enviaron una compañía de guardias nacionales que fue recibida a balazos por los congregados. En ese ataque, en el que fue herido de muerte un guardia nacional, sobrino del presidente, se detuvo a una persona que aportó información que favoreció las redadas posteriores 26. La casa de la reunión pertenecía a Emilio Insaurraga, según los informes taquígrafo de las cámaras legislativas, quien logró escapar de la ciudad. No obstante, las intervenciones policiales se realizaron en varios lugares, por lo que podríamos conjeturar que hubo más de una reunión 27.

A tono con esta afirmación, la prensa se concentró en la responsabilidad de estos integrantes de la colectividad italiana. Sin embargo, como vimos, los antecedentes que enfrentaron a conservadores y oficialistas son un elemento central para entender el porqué de la intentona revolucionaria. En efecto, todo parece indicar que esta «conspiración de los lombardos» formaba parte del plan de los revolucionarios encabezados por César Díaz, quienes, a partir del asalto a la vivienda de Pereira, esperaban tomar Montevideo y sublevar distintos batallones de línea 28. Desde un primer momento la policía estableció esta conexión, sosteniendo que la conjura «tenía por objeto dar el grito de rebelión en esa noche dentro de la Capital para ayudar a los anarquistas que se habían aproximado a la ciudad» 29. En la documentación interna de las primeras horas posteriores al descubrimiento del complot, el Gobierno implicó a distintos individuos genéricamente designados como «italianos», ordenó detenciones y advirtió sobre algunas fugas.

En las redadas del 1 de enero de 1858 fueron detenidos Felisberto Baldasaro, Alejandro Galate, Juan Lodi, Alejandro Anguisola, Julio Agnate, Pietro Lagui, Luis Carrera, Estevan Lobatti, Juan Belone, Antonio Tomassi, Cayetano Perazzo, Pietro Nessi, «un tal Pini» y «un tal Giraldi» 30. Según Presbitte, a todos los conoció en la citada reunión, lo que genera cierta sospecha, si tenemos en cuenta la dificultad para la identificación personal del periodo. En cambio, parece más plausible imaginar que, al menos algunos de ellos, formaban parte de redes de colaboración política previas o frecuentaban círculos de sociabilidad comunes. Rápidamente se comenzó a hablar de la conspiración de los llamados «lombardos», aunque no todos los involucrados provenían del norte de la península itálica, y entre ellos encontramos, por ejemplo, originarios del Reino de Parma (caso de Galate), Piamonte (Agnate) o de Suiza (Lagui) 31. El mismo día que se descubrió la conspiración el Gobierno declaró «reos de lesa patria» y «traidores» a los militares que, encabezados por Brígido Silveira, se habían sublevado en el Hinterland rural a fines de 1857 para apoyar la invasión de Díaz 32.

Con las fuentes disponibles no es posible llegar a conclusiones precisas sobre el grado de implicación de estos italianos y sus ideas políticas. Como suele ocurrir en los casos de interrogatorios policiales, la principal estrategia de los detenidos a causa de la «conspiración» se basaba en eludir los móviles políticos más obvios y subrayar, en cambio, que habían sido convocados por algún paisano o conocido para un encargo o trabajo legal y se habrían enterado de los detalles comprometedores cuando se reunieron en grupo y se les notificó el verdadero objetivo de la empresa 33. Eso no excluye que algunos integrantes de la comunidad italiana tuviesen sus propias demandas y reclamos, que los conservadores avivaron para ponerlos de su parte. A comienzos de enero de 1858, Maillefer informaba que «los extranjeros, Franceses, Italianos, Españoles están generalmente muy mal dispuestos hacia el gobierno del Sr. Pereira, entregado al Brasil y a los blancos» 34. Una nota periodística también llamó la atención sobre el estado de alarma de muchos extranjeros, quienes habían colgado «sobre las azoteas los pabellones de sus moradores flameando al viento como un paladium alzado a la vista de todos y contra toda eventualidad» 35. La breve referencia de prensa da cuenta de que existía cierto malestar entre algunas colectividades extranjeras, que veían con malos ojos las sospechas que el Gobierno mantenía sobre sus actividades. Algunos testimonios del sumario realizado por la policía, y luego publicado en la prensa, brindan pistas sobre los móviles inmediatos que tuvieron los italianos para plegarse a la movilización. Uno de los implicados, Baldasaro, que se declaró «natural de Lombardía, de veintidós años de edad, casado, sastre de oficio, y con residencia de dos meses en esta ciudad», sostuvo que por su participación cobraría un patacón diario, aunque afirmó que la rebelión buscaba «defender los intereses de los extranjeros». Por su parte, otro lombardo de apellido Lodi, «sin ocupación fija y con residencia de diez meses en esta capital», sostuvo que la intención era «asegurar las propiedades de diferentes negociantes», en especial extranjeros que se sentían amenazados por la situación conflictiva que atravesaba la capital 36. Si bien nadie negó el episodio de la reunión y la posibilidad que se les ofreció de armarse a cambio de una recompensa, a lo sumo afirmaron que era para desempeñarse como protectores eventuales de algunos de sus connacionales con propiedades o valores, algo frecuente en las guerras civiles previas del Río de la Plata, donde muchas milicias formadas por residentes europeos habían tenido ese cometido inicial. En todo caso, algunas de estas declaraciones dan cuenta de que muchos de los partícipes de la conspiración eran individuos solteros, que residían en el país desde hacía pocos meses y por ello mismo es posible que no contaran con una red social de respaldo y vieran en la trama conspirativa una forma de obtener recursos de forma rápida.

Al calor de la contienda política, en la prensa oficialista se trató a los conspiradores como asesinos a sueldo, contratados con dinero del Gobierno de los liberales de Buenos Aires, que mantenía una relación bastante ríspida con su contraparte uruguayo. La prensa insistió en que la población extranjera debía ser «industriosa y trabajadora» y no inmiscuirse en la vida política local 37. Desde este punto de vista, los implicados en la conjura habían sido seducidos por el «oro» de «la política dominante en Buenos Aires» 38. «Todos estos son desconocidos y traídos de Buenos Aires» 39, sostenía un diario montevideano, actitud desmentida en varias ocasiones por diarios oficialistas «porteños» 40. No es casual que, ochenta años después de los acontecimientos de 1858, el periodista uruguayo Juan Carlos Pedemonte se siguiera refiriendo a los lombardos como «mercenarios», pues esa fue la impronta con que la prensa los trató en el periodo y que se asentó en las miradas de larga duración 41. Con el correr de los años, la trama de los lombardos llegó a ser presentada bajo rasgos aún más siniestros. El cronista Melian Lafinur, por ejemplo, catalogó a los italianos-lombardos como «aventureros mercenarios, muchos de ellos criminales famosos, sedientos de sangre y ávidos de rapiña y de pillaje» a los que habrían prometido, por su participación en los acontecimientos de enero de 1858, «nada menos que el saqueo de la ciudad de Montevideo» 42. Desde una perspectiva similar, un folleto escrito bajo seudónimo por Antonio Pereira hijo no dudó en catalogar al episodio como unas «Vísperas Sicilianas» o un «San Bartolomé», cuyo objetivo era «el asalto, saqueo y matanza de los vecinos de la ciudad» 43.

Con independencia del tono de condena que expresan estos autores, cabe señalar que algunos testigos de los eventos no señalaron solo a los «lombardos» como actores de las reuniones clandestinas y abrieron el panorama para incluir a grupos o facciones de italianos procedentes de otros territorios. Según el ya citado Justo Maeso, entre las tropas que se habían embarcado en Buenos Aires con Díaz para la tentativa revolucionaria también se encontraban «algunos legionarios italianos de los que en Bahía Blanca habían asesinado á su coronel el conde Olivieri». El autor hace referencia al sangriento motín de septiembre de 1856, cuando un grupo de efectivos de la llamada Legión Agrícola Militar, acantonada en la colonia-fortín de la Nueva Roma, al sur de la Provincia de Buenos Aires, ejecutó a su comandante, el coronel Silvino Olivieri 44, una figura de gran prestigio en los círculos mazzinianos, provocando la dispersión de varios de sus efectivos 45. De hecho, la posibilidad de que los combatientes de ese cuerpo se inmiscuyeran en los conflictos del Uruguay ya había sido manejada por Venancio Flores en 1855, cuando temió que la Legión Agrícola, antes de establecerse en su destino de Bahía Blanca, llevara a cabo «una sorpresa sobre Montevideo», en alianza con grupos locales 46. Por su parte, Maeso agregó que, entre los extranjeros que habían participado de la conspiración de enero de 1858, varios habían pertenecido «à las lejiones enganchadas por el gobierno inglés para la Crimea, tropa insubordinada é inmoral de que ese gobierno quiso librarse á todo trance enviándolos fuera de sus dominios, verdaderos Bashi-bouzouks de la civilización europea» 47. En su diario personal Francisco Solano Antuña también menciona que los implicados en el complot no eran lombardos, como se había creído inicialmente, «sino malteses de una legión q.e. sirvió muy mal a los ingleses en la [guerra de] Crimea» 48.

Estas afirmaciones no eran descabelladas y hacían alusión a un episodio concreto que había tenido lugar en enero de 1857, cuando recaló en el puerto de Montevideo el buque Acadia, procedente de Inglaterra, que transportaba a un contingente de más de cien excombatientes que habían pertenecido a la Legión Anglo-Italiana o British Italian Legion. Compuesta por reclutas de la península italiana y oficiales en su mayoría ingleses, la Legión había sido creada en 1855 para combatir en la guerra de Crimea. Si bien el cuerpo no llegó a entrar en combate, al finalizar la contienda originó problemas logísticos al Gobierno inglés y supuso una amenaza política para las autoridades piamontesas, teniendo en cuenta las ideas revolucionarias de muchos de sus efectivos. Fue en ese contexto que el enviado de la Confederación Argentina en Europa, Juan Bautista Alberdi, estableció negociaciones para contratarlos como colonos-militares y transportarlos al Río de la Plata, en combinación con el estrasburgués José Buschenthal, uno de los principales financistas del momento 49. Sin embargo, los expedicionarios, muchos de los cuales iban armados, aparentemente no fueron informados con precisión del destino ni de las condiciones del nuevo enganche, lo que generó deliberaciones durante el periplo por el Atlántico. En pleno viaje algunos pretendieron virar hacia Sicilia, para sumarse a grupos revolucionarios que operaban en la isla, mientras que otros sugirieron desviar el rumbo hacia Norte América. En todo caso, cuando el Acadia hizo escala en el puerto de Montevideo, la expedición se encontraba en franca rebelión y el capitán debió solicitar auxilio de la estación naval francesa 50. Entre los pasajeros del buque se encontraba contratado como traductor del contingente Callimaco Zambianchi (1811-1862), un miliciano que había tenido una carrera controvertida en la península itálica. En una carta posterior a Bartolomé Mitre, Zambianchi afirmó haber sido el promotor del motín del Acadia «para salvar a mis hermanos» y evitar que se convirtieran «en satélites del tirano» —en alusión al presidente de la Confederación Argentina, Justo José de Urquiza—, denunciando, además, que se trataba de una operación de «trata de los blancos», es decir, una contratación bajo engaño 51. Tras varias negociaciones, en las que también tuvo un papel importante el enviado porteño en Montevideo, Carlos Calvo, los amotinados comisionaron a Virgilio Bianchi 52 para entrevistarse con Dalmacio Vélez Sarsfield, ministro de Gobierno y Relaciones del Estado de Buenos Aires, y exponer su intención de radicarse en esa ciudad. Mientras tanto, los demás miembros de la expedición desembarcaron en Montevideo, con el aval del cónsul inglés Edward Thornton. Más allá de su derrotero posterior, la rebelión del Acadia —y el papel de agentes políticos como Bianchi y Zambianchi— evidencia el modo en que funcionaban las alianzas y los imaginarios políticos forjados durante el sitio de Montevideo, que asociaban a los federales y blancos con «tiranos» y a los grupos liberales de Buenos Aires y colorados montevideanos con potenciales aliados, generando así una suerte de «arrastre» entre los inmigrantes recién llegados al Río de la Plata. Por más que la participación de estos legionarios en la conspiración de 1858 no está documentada de forma directa, salvo por rumores y versiones recogidas por coetáneos, no sería extraño, vistos estos antecedentes, que algunos hubiesen participado de las jornadas. Además, si tenemos en cuenta que la Legión, una vez concluida la guerra de Crimea, había estado acantonada en la isla de Malta, no es raro que Solano Antuña haya afirmado que los comprometidos en el complot no eran lombardos, sino «malteses». No son claras las razones por las que los lombardos quedaron tan ligados en la opinión pública de la época a la conspiración y a los movimientos revolucionarios de esas jornadas. En todo caso no se trató de una percepción únicamente montevideana, ya que la prensa de la Confederación Argentina también sostuvo que César Díaz contaba con el apoyo de «un grupo de lombardos pagados por el oro porteño» 53. Por otra parte, ya existía, desde inicios de la década de 1850, una inmigración específica de esa región, varios de cuyos integrantes habían sido incorporados a las milicias del sitio de Montevideo dentro de una «Compañía de Lombardos», que luego fue refundida dentro de la Legión Italiana 54.

Una vez descubierta la conspiración, el presidente Pereira se dirigió a «la población honesta y laboriosa extranjera» para reclamar «el celoso cumplimiento de los deberes de neutralidad» y pidió «confianza en la paz, en el orden, en el acatamiento a la autoridad y a la ley» 55. El descubrimiento del complot provocó la renuncia del ministro de Gobierno, Joaquín Requena, quien fue reemplazado por Antonio de las Carreras. El 5 de enero se formó un cuerpo de serenos encargado de la vigilancia nocturna de la ciudad y el 8 del mismo mes el Gobierno estableció la formación de la Guardia Nacional 56.

El 6 de enero, cuando la conspiración ya había sido desbaratada, llegó a las cercanías de Montevideo la goleta Maipú, perteneciente al Gobierno de Buenos Aires, con cerca de mil hombres al mando de César Díaz. Los sublevados consiguieron penetrar en la ciudad, pero las fuerzas gubernamentales repelieron el ataque y generaron varias bajas. A partir de allí, Díaz desmovilizó parte de sus tropas y se retiró fuera de Montevideo, con rumbo al norte del territorio, desde donde pensaba iniciar un contrataque. En esa columna que se batió en retirada iban grupos de italianos, algunos de ellos reclutados en Buenos Aires, que participaron de distintas escaramuzas y enfrentamientos de menor envergadura 57. Finalmente, a comienzos de febrero de 1858 el contingente fue alcanzado por el ejército gubernista en el Paso de Quinteros, sobre el Río Negro. Mediante una acción drástica, que causaría un profundo impacto en la memoria de los «partidos» rioplatenses, sus integrantes fueron fusilados por orden del presidente Pereira, incluyendo al coronel Díaz. En las listas nominales que circularon con los nombres de los oficiales ejecutados figuraron al menos veintiséis italianos, entre los que se encontraba Pietro Nessi, fugado durante la conspiración lombarda, así como varios veteranos de la Legión Italiana de Montevideo 58. A juzgar por otras fuentes, estos últimos no fueron los únicos prisioneros italianos ultimados. El cónsul francés Martin Maillefer señaló que, tras la rendición, «se degolló en masa a los prisioneros Lombardos» 59, afirmación que también aparece consignada por el cónsul inglés, que dio cuenta de un número de más de cincuenta extranjeros ejecutados, sobre todo italianos 60. No es casual que, tras conocerse los fusilamientos, la prensa oficialista de Montevideo insistiera en el rol negativo jugado por los «elementos estraños» que «todo representaría menos la nacionalidad oriental» 61 y pidiera neutralidad a los extranjeros, quienes «olvidando su verdadera misión en esta tierra, que es la del trabajo, se mezclaron en la guerra civil» y encontraron «su castigo en los campos de Cagancha y en Quinteros» 62. Pese a las presunciones iniciales, y quizás para no polarizar aún más el campo político local tras la conmoción que causaron los fusilamientos en la opinión pública, en abril de 1858 el expediente contra el resto de los lombardos detenidos se archivó por falta de pruebas sobre su implicación en el complot 63.

A modo de conclusión

Si dejamos de lado los detalles concretos de la trama que hemos analizado en las páginas precedentes, ¿cuáles serían las «lecciones» que permite extraer el episodio de la «conspiración de los lombardos» de Montevideo para la historia global de las migraciones políticas «italianas» del siglo xix? En primer lugar, si nos situamos en el Río de la Plata, aunque la historiografía de ambas orillas se ha ocupado desde diversas ópticas de la Legión Italiana de Montevideo y de las organizaciones mazzinianas radicadas en la capital uruguaya y en el Brasil, no ha prestado mayor atención al papel concreto de sus milicianos y agitadores en la política cotidiana. Esa literatura se ha limitado a subrayar el rol militar de los residentes extranjeros, sin atender a su permanente participación en motines, asonadas, movilizaciones callejeras y elecciones, entendiendo que se trataba, por su origen, de actores «exógenos» que no pertenecían «por derecho» a la política local, una visión claramente nacionalista, que primó en la historiografía hasta hace no muchos años. Un segundo aspecto que el presente artículo problematizó gira en torno a la composición y dinámica de la circulación internacional de milicianos y activistas que atravesaron el mundo atlántico en el periodo abordado. Pese a la existencia de numerosos trabajos académicos sobre la «diáspora» de inmigrantes políticos a lo largo del siglo xix y la formación de redes de solidaridad transnacionales, contamos con pocos estudios que exploren las condiciones materiales y logísticas de esas conexiones entre los ámbitos local/global de manera detallada, sin caer en reificaciones ni idealizaciones. Es bastante común que la historiografía especializada asuma a las movilizaciones italianas entre el Mediterráneo y el Río de la Plata como si se tratara de un bloque político relativamente homogéneo, integrado por exiliados y agentes políticos mazzinianos —y luego también garibaldinos— que operaban de forma mancomunada. Tal como vimos en el caso de la «conspiración de los lombardos», algunos componentes de esta emigración eran, en efecto, veteranos camicie rosse con fuertes lazos sociales e ideológicos con los «partidos» rioplatenses, cuyo accionar se remontaba a los inicios del sitio de Montevideo, en 1843, que habían conocido y militado desde la primera hora con Garibaldi y «comulgaban» con ideas de la Giovine Italia. Pero otros implicados eran inmigrantes laborales o colonos-militares contratados bajo condiciones muchas veces coercitivas, que desconocían los ejes y actores de la política local al desembarcar en Montevideo, Buenos Aires o Paraná. Muchos de ellos posiblemente ni siquiera conocían los escritos ni opiniones concretas de Giuseppe Mazzini y terminaban sumándose a algunas conjuras por motivos económicos, convencidos por otros paisanos.

Un acercamiento a esa circulación global desde una escala local, como la propuesta en el presente artículo, permite problematizar las narrativas historiográficas sobre el Risorgimento que, en ocasiones, ponen un énfasis excesivo en el papel político de los «emigrados» o «exiliados» frente a los problemas de la liberación y unificación de la península itálica. Si bien la relevancia de este último tópico es innegable, al mismo tiempo esos migrantes tenían agendas políticas locales y regionales inscriptas en lealtades que se habían ido construyendo a nivel regional a lo largo de los años, como fue el caso de la «amistad política» que se puede apreciar en el Río de la Plata entre los grupos de activistas unitarios, colorados y mazziniano-­garibaldinos.

Por último, a la luz de la experiencia de la conspiración lombarda de 1858, desde el punto de vista metodológico parece conveniente seguir privilegiando una lectura más abierta y compleja sobre la movilidad, en este caso por el mundo atlántico. En ese sentido, como ha señalado John-Paul Ghobrial, no se trata solo de llevar a cabo el seguimiento de las trayectorias de estos actores globales, sino de recomponer las negociaciones, cambios de estatus y estrategias de inserción que los implicados en esos desplazamientos ponían en juego frente a cada nuevo grupo interlocutor en cada instancia 64.


  1. 1 En adelante emplearemos el término italianos para referirnos a los individuos nacidos en la península itálica, un uso que ya era común en las fuentes administrativas rioplatenses desde al menos la década de 1830. Ello no implica ignorar que bajo ese rótulo genérico coexistían patriotismos e identidades regionales bastante diferenciadas.

  2. 2 Mario Etchechury Barrera: «Hijo del mundo y caudillo de partidarios: Garibaldi y la política de facciones en el exilio rioplatense (Montevideo, 1841-1848)», en Estudios Interdisciplinarios de América Latina y el Caribe, 32(2) (2021), pp. 74-100.

  3. 3 El estudio más completo sobre este tema corresponde a Edward Blumenthal: Exile and Nation-State Formation in Argentina and Chile, 1810-1862, Londres, Palgrave Macmillan, 2019.

  4. 4 Existe una vasta bibliografía sobre este proceso de institucionalización y expansión de las ideas mazzinianas en América del Sur. Son fundamentales los trabajos de Salvatore Candido: «La Giovine Italia nella diaspora americana» y «La Giovine Italia a Montevideo (1836-1842)», en Garibaldi, 20 (2005), pp. 35-64, y Jorge Myers: «Giuseppe Mazzini and the Emergence of Liberal Nationalism in the River Plate and Chile, 1835-1860», en Christopher A. Bayly y Eugenio Biagini (eds.): Giuseppe Mazzini and the Globalization of Democratic Nationalism, 1830-1920, Oxford, Oxford University Press-The British Academy, 2008, pp. 323-346. Un excelente panorama reciente, con énfasis en las conexiones atlánticas, puede verse en Alessandro Bonvini: Risorgimento atlantico. I patrioti italiani e la lotta internazionale per la libertà, Bari-Roma, Laterza, 2022.

  5. 5 Sobre los vínculos y espacios de sociabilidad compartidos entre emigrados argentinos e italianos en Montevideo, pueden consultarse Alberto Palcos: Historia de Echeverría, Buenos Aires, Emecé, 1960, pp. 63-80; Alma Marani: El ideario mazziniano en el Río de la Plata, La Plata, Universidad Nacional de La Plata, 1985, pp. 53-81; Salvatore Candido: «Quattro lettere inedite di Bartolomè Mitre a Italiani esuli in America: G.B. Cuneo e Luigi Rossetti», Garibaldi, 24 (2009), pp. 89-106, y Mercedes Betria: «Miguel Cané padre y el mazzinismo en el Río de la Plata», Nuevo Mundo Mundos Nuevos, avance en línea (2019), http://journals.­openedition.org/nuevomundo/78126 (consultado el 24 de diciembre de 2022).

  6. 6 James E. Sanders: The Vanguard of the Atlantic World: Creating Modernity, Nation, and Democracy in Nineteenth-Century Latin America, Durham, Duke University Press, 2014, en particular el capítulo «Garibaldi, the Garibaldinos, and the Guerra Grande», pp. 24-38.

  7. 7 Ignacio Zubizarreta: Los unitarios. Faccionalismo, prácticas, construcción identitaria y vínculos de una agrupación decimonónica, 1820-1852, Stuttgart, Hans-Dieter Heinz, 2012, y César Guazzelli: O Horizonte da província. A República Rio-Grandense e os caudillos do Rio da Prata, Porto Alegre, Linus, 2013.

  8. 8 Raquel Pollero y Graciana Sagaseta: «Una fotografía “movida” de Montevideo a mediados del siglo xix», Población & Sociedad, 26 (2019), pp. 64-86.

  9. 9 Tomamos el término «amistad política» de Gilles Pecout: «Philhellenism in Italy: Political Friendship and the Italian Volunteers in the Mediterranean in the Nineteenth Century», Journal of Modern Italian Studies, 9 (2004), pp. 405-427. Bajo este concepto el autor no solo alude a la movilización de combatientes y activistas de distintos territorios y nacionalidades para luchar por una misma causa política, sino también a las memorias y recuerdos comunes que ese proceso fue generando, motivos que perduran y se resignifican con el tiempo mediante tradiciones orales, escritos, asociaciones de veteranos, etc.

  10. 10 Una síntesis de este periodo en Nicolás Duffau: «Itinerarios conservadores en tiempos de unidad (1851-1858)», en Magdalena Broquetas y Gerardo Caetano (coords.): Historia de los conservadores y las derechas en Uruguay. De la contrarrevolución a la Segunda Guerra Mundial, Montevideo, Ediciones de la Banda Oriental, 2022, pp. 71-83.

  11. 11 Sobre el Partido Conservador, véase ibid.

  12. 12 Juan E. Pivel Devoto: Historia de los partidos políticos en el Uruguay, Montevideo, Claudio García & Cía, 1942, pp. 121-153.

  13. 13 Sobre la carrera internacional de Susini, véase Alessandro Bonvini: «Susini Millelire e Niccolò», Dizionario Biografico degli Italiani, Treccani, vol. 94, 2019, https://www.treccani.it/enciclopedia/elenco-opere/Dizionario_Biografico/ (consultado el 24 de enero de 2023).

  14. 14 El censo nacional de 1860 arrojó poco más de 221.000 habitantes para todo el país. Los italianos registrados ascendían a 9.942, el 76 por 100 de los cuales residía en Montevideo. De acuerdo con Fernando Devoto, se trataba de una comunidad consolidada, con presencia de numerosas familias constituidas, muchos de cuyos integrantes se dedicaban al comercio y a labores manuales calificadas. En todo caso, la cifra global de italianos arribados al Río de la Plata por año era significativamente mayor que la población finalmente establecida, ya que existía un importante número de retornos. Fernando Devoto: «Un caso di migrazione precoce. Gli italiani in Uruguay nel secolo xix», en Fernando Devoto et al.: L’emigrazione italiana e la formazione dell’Uruguay moderno, Turín, Fondazione Agnelli, 1993, pp. 1-36.

  15. 15 Carta de Antoine Devoize al ministro de Relaciones Exteriores (RREE) de Francia (4 de abril de 1853), en «Informes diplomáticos de los representantes de Francia en el Uruguay (1851-1853)», Revista Histórica, 49-50 (1951), p. 278.

  16. 16 Carta de Martin Maillefer al ministro de RREE de Francia (1 de julio de 1853), «Informes diplomáticos de los representantes de Francia en el Uruguay (1851-1853)», Revista Histórica, 49-50 (1951), p. 291.

  17. 17 Carta de Martin Maillefer al ministro de RREE de Francia (5 de marzo de 1856), «Informes diplomáticos de los representantes de Francia en el Uruguay (1851-1853)», Revista Histórica, 52-54 (1953), p. 73.

  18. 18 Carta de Martin Maillefer al ministro de RREE de Francia (5 de marzo de 1856), «Informes diplomáticos de los representantes de Francia en el Uruguay (1851-1853)», Revista Histórica, (1953), p. 73.

  19. 19 Antonio Nereo Pereira: Memorias de la Administración del señor D. Gabriel Pereira, Montevideo, Imprenta de Zenon Tolosa, 1882, p. 78.

  20. 20 Carta de Martin Maillefer al ministro de RREE de Francia (5 de marzo de 1856), «Informes diplomáticos de los representantes de Francia en el Uruguay (1851-1853)», Revista Histórica, (1953), pp. 73-74.

  21. 21 Justo Maeso: La última de las rebeliones en la República Oriental, Montevideo, Establecimiento Tipo-Litográfico de L. Mege, 1858, p. 44.

  22. 22 César Díaz: Memorias, Montevideo, Ministerio de Cultura, 1968.

  23. 23 José Joaquín Barbosa: «Resultado de las medidas de precaución», La Nación, 12 de diciembre de 1857.

  24. 24 Comisario Miguel [ilegible] al jefe político y de policía, Luis de Herrera (28 de noviembre de 1858), Archivo General de la Nación-Uruguay, Fondo Policía de Montevideo, 1857-1858, caja 5.

  25. 25 Para la historia. Apuntes sobre la última rebelión, Montevideo, Establecimiento Tipográfico y Litográfico de Luciano Mége, 1858, p. 11.

  26. 26 Francisco Solano Antuña: «Escritos históricos, políticos y jurídicos del Dr. Francisco Solano Antuña», Revista Histórica, 154-156 (1980), p. 346.

  27. 27 Para la historia..., p. 18.

  28. 28 Francisco Solano Antuña: «Escritos históricos...», p. 346.

  29. 29 Nota del jefe político de Montevideo, Luis de Herrera, al ministro de Gobierno, Antonio de las Carreras (14 de enero de 1858), Archivo General de la Nación-Uruguay, Ministerio de Gobierno, caja 1082.

  30. 30 Para la historia..., p. 11.

  31. 31 Juan Carlos Pedemonte: Leyendas del terruño, Montevideo, Claudio García, 1946, p. 75.

  32. 32 Decreto del Gobierno de 1 de enero de 1858, tomado de Un Oriental [seudónimo de Antonio Nereo Pereira]: Aclaraciones históricas, Montevideo, El Laurak-Bat, 1884, p. 10.

  33. 33 Para la historia..., p. 11.

  34. 34 Carta de Martín Maillefer al ministro de RREE de Francia (4 de enero de 1858), en «Informes diplomáticos de los representantes de Francia en el Uruguay (1851-1853)», Revista Histórica, (1953), p. 188.

  35. 35 El Comercio del Plata, 4 y 5 de enero de 1858, p. 3.

  36. 36 Para la historia..., pp. 11-12. El sumario en Archivo General de la Nación-Uruguay, Policía de Montevideo, 1858, caja 1.

  37. 37 Para la historia..., p. 19.

  38. 38 Ibid.

  39. 39 La Nación, 4 y 5 de enero de 1858, p. 1.

  40. 40 «Buenos Aires y Montevideo», La Tribuna, Buenos Aires, 8 de enero de 1857, p. 1.

  41. 41 Juan Carlos Pedemonte: Leyendas..., p. 75.

  42. 42 Guillermo Melian Lafinur: Los partidos de la República Oriental del Uruguay. Estudio político-histórico-popular, Buenos Aires, Félix Lajouane Editor, 1893, p. 476.

  43. 43 Un Oriental: Aclaraciones..., p. 102.

  44. 44 En agosto de 1855, en un intento por reorganizar su movimiento en América del Sur, Mazzini había designado a Cuneo como comisario organizador del Partido de Acción para Buenos Aires y Montevideo y a Olivieri como encargado de la organización militar y colaborador en las restantes tareas. Alma Marani: El ideario..., pp. 84-85.

  45. 45 La investigación más documentada sobre este episodio pertenece a César Puliafito: La Legione italiana, Bahía Blanca, 1856: el frente olvidado del Risorgimiento, Bahía Blanca, s. e., 2007. Sobre los proyectos colonizadores de Mazzini y sus colaboradores en el Río de la Plata, puede verse Alessandro Bonvini y Stephen Jacobson: «Democratic Imperialism and Risorgimento Colonialism: European Legionnaires on the Argentine Pampa in the 1850s», Journal of Global History, 17 (2022), pp. 89-108.

  46. 46 Carta de Martin Maillefer al ministro de RREE de Francia (3 de febrero de 1856), «Informes diplomáticos de los representantes de Francia en el Uruguay (1851-1853)», Revista Histórica, (1953), p. 69.

  47. 47 Justo Maeso: La última..., p. 51. Retomó esta opinión Guillermo Melian Lafinur: Los partidos..., pp. 471-472.

  48. 48 Francisco Solano Antuña: «Escritos históricos...», p. 360.

  49. 49 Sobre la Legión Anglo-Italiana en Europa, pueden verse C. A. Bayly: Mercenaries for the Crimea: The German, Swiss, and Italian Legions in British Service, 1854-1856, Londres, McGill-Queen’s University Press, 1977, y Andrea Bertolino: «Giubbe Rosse in Piemonte: la British Italian Legion (1855-1856)», Studi Piemontesi, 48 (2019), pp. 133-145. Acerca de su transporte al Río de la Plata y el intento por crear una colonia militar, véanse Juan Severino López: «La colonia anglo-italiana: un intento de colonización durante la presidencia de Urquiza, 1856-1857», Boletín del Instituto de Historia Argentina Dr. Emilio Ravignani, 24-25 (1973), pp. 98-117, y Marisol Saavedra: «La colonización anglo-italiana y la política inmigratoria del gobierno de Urquiza (1856-1857)», América Meridional, 6 (1985), pp. 7-45.

  50. 50 Carta de Edward Thornton a Lord Clarendon (1 de febrero de 1857), Public Record Office, Foreign Office, 51-95, ff. 61-66.

  51. 51 «Callimaco Zambianchi» (s. f., ¿1858?), en Archivo del General Mitre. Ministerio de Relaciones Exteriores. Años 1858-1859, t. XIX, Buenos Aires, Biblioteca de La Nación, 1912, p. 94. Tras verse obligado a abandonar, por causas políticas, los Estados Pontificios, a comienzos de la década de 1830 Zambianchi se radicó por un tiempo en París, donde permaneció vinculado a la Giovine Italia. Macaulay Trevelyan sostiene que durante su estancia en la capital francesa Zambianchi había tomado contacto con grupos radicales, promotores de las estrategias del terror, que luego lo llevaron a protagonizar algunos hechos de violencia extrema durante las campañas 1848-1849 en la península itálica, cuando fue acusado de ejecutar a varios religiosos. George Macaulay Trevelyan: Garibaldi’s Defence of the Roman Republic, Londres, Longmans, Green and Co, 1910, pp. 149-150. Estos hechos le acarrearon la repulsa del propio Mazzini, aunque, por lo que parece, siguió gozando de la confianza de Garibaldi, que lo volvió a integrar a sus filas en 1860. Durante su estadía en Buenos Aires, Zambianchi figuró entre los fundadores de la asociación Unione e Benevelonza, en 1858, junto con Alessandro Pesce. En ese contexto, Mazzini alertó a Cuneo sobre lo poco conveniente que era la presencia de ambos activistas en el movimiento democrático rioplatense. Salvatore Candido: Los italianos en América del Sur y el Resurgimiento, Montevideo, Istituto Italiano di Cultura, 1962, p. 28.

  52. 52 «Carlos Calvo a D. Vélez Sarsfield» (30 de enero de 1857), en Archivo del General Mitre. Cartas confidenciales de varios sobre diversos asuntos, t. XV, Buenos Aires, Biblioteca de La Nación, 1912, p. 159.

  53. 53 «¿Quiénes son? ¿Qué representan?», El Nacional Argentino, 30 de enero de 1858, p. 2.

  54. 54 Martino Contu: Desde el mar Mediterráneo a la otra orilla del Río de la Plata: la emigración de Cerdeña al Uruguay entre los siglos xix y xx, tesis europea de doctorado, Universidad Autónoma de Madrid, 2014, pp. 133-134.

  55. 55 La Nación, 6 de enero de 1858, p. 1.

  56. 56 Decreto firmado por el presidente Pereira y el ministro de Gobierno, Antonio de las Carreras (5 de enero de 1858) y Decreto del ministro de Gobierno Antonio de las Carreras (8 de enero de 1858), Archivo General de la Nación-Uruguay, Ministerio de Gobierno, caja 1082. El 22 de enero un decreto presidencial cerró «todos los puertos de la República al comercio y correspondencia con los del Estado de Buenos Aires». Decreto del 22 de enero de 1858, Archivo General de la Nación-Uruguay, Ministerio de Gobierno, caja 1082.

  57. 57 Juan Manuel de la Sierra: La revolución de 1857 y la hecatombe de Quinteros por un testigo presencial, Montevideo, La Tribuna, 1866, p. IV.

  58. 58 Ibid., pp. 28-29.

  59. 59 Carta de Martin Maillefer al ministro de RREE de Francia (6 de marzo de 1858), «Informes diplomáticos de los representantes de Francia en el Uruguay (1853)», Revista Histórica, 52-54 (1953), p. 206.

  60. 60 Edward Thornton a Lord Clarendon (16 de febrero de 1858), Public Record Office, Foreign Office, 51-97, f. 249.

  61. 61 El Honor Nacional, 6 de febrero de 1858, p. 2.

  62. 62 «La conducta que deben observar los extranjeros en nuestras cuestiones», El Honor Nacional, 7 de febrero de 1858, p. 2.

  63. 63 Nota del jefe político de Montevideo, Luis de Herrera, al ministro de Gobierno, Antonio de las Carreras (12 de abril de 1858), Archivo General de la Nación-Uruguay, Ministerio de Gobierno, caja 1082.

  64. 64 John-Paul Ghobrial: «Moving Stories and What They Tell Us: Early Mobility Between Microhistory and Global History», Past and Present, 14(suplemento) (2019), pp. 243-280.