Ayer 113/2019 (1): 189-215
Sección: Estudios
Marcial Pons Ediciones de Historia
Asociación de Historia Contemporánea
Madrid, 2019
ISSN: 1134-2277
DOI: 10.55509/ayer/113-2019-08
© Leyre Arrieta
Recibido: 19-12-2015 | Aceptado: 27-02-2017
Editado bajo licencia CC Attribution-NoDerivatives 4.0 License
El nacionalismo vasco y Jacques Maritain (1936-1945) *
Leyre Arrieta
Universidad de Deusto
leyre.arrieta@deusto.es
Resumen: En este artículo se analizan las relaciones establecidas entre el filósofo francés Jacques Maritain y el Partido Nacionalista Vasco (PNV) entre los años de la Guerra Civil y la Segunda Guerra Mundial. Tras explicar brevemente la evolución ideológica del Partido Nacionalista Vasco (PNV) durante la Segunda República —necesaria para entender el engarce con Maritain— y los porqués de su opción republicana en la Guerra Civil, se examina la colaboración del filósofo francés con los nacionalistas vascos, tanto durante la Guerra Civil como en los años de la Segunda Guerra Mundial, y se reflexiona sobre el significado de dicha colaboración.
Palabras clave: Jacques Maritain, PNV, democracia cristiana, Guerra Civil, Alberto Onaindia
Abstract: This article examines the relationship between French philosopher Jacques Maritain and the Basque Nationalist Party, known in Spanish as the Partido Nacional Vasco (PNV). The focus is on the period between the Spanish Civil War and World War II. In order to understand the connection with Mairtain’s ideas, the article begins by exploring the evolution of the party’s political ideology during the Second Spanish Republic. Why did the PNV choose to back the Republic in the Civil War? The article then focuses on Maritain’s collaboration with Basque nationalists, both during the Civil War and the Second World War. Finally, a reflection is made on the significance of this collaboration.
Keywords: Jacques Maritain, PNV, Christian Democracy, Spanish Civil War, Alberto Onaindia.
El surgimiento del nacionalismo vasco a finales del siglo xix supuso una nueva ruptura dentro del catolicismo político, separado para entonces entre tradicionalistas e integristas. Esta nueva situación provocó problemas en el seno de la Iglesia vasca, que se intensificaron, sobre todo, en la etapa republicana. Para entonces, como señaló en su día Javier Tusell, el nacionalismo vasco era ya un movimiento político moderno, que había experimentado importantes cambios en la década de los veinte, que se consolidaron en los años treinta. Dichos cambios se reflejaron en una progresiva democratización y modernización del movimiento nacionalista. Una joven generación de políticos vascos, liderada por José Antonio Aguirre, fue la que llevó a cabo la socialización del ideario nacionalista, al tiempo que protagonizó la progresiva modernización del partido, tanto en su vertiente teórica como práctica1.
Desde el punto de vista teórico, la modernización se manifestó en una constante identificación entre nacionalismo, democracia y catolicismo. Los nacionalistas vascos no es que no percibieran contradicción entre el catolicismo y la democracia, sino al contrario. El binomio democracia-catolicismo se entendía como la mejor solución para un pueblo católico como el vasco. Este planteamiento de base llevó a esos jóvenes líderes a rechazar tanto las dictaduras como aquellas democracias caracterizadas por, en palabras de José de Ariztimuño, Aitzol —sacerdote y principal ideólogo del nacionalismo vasco, uno de los clérigos fusilados en los primeros meses de la contienda—, la «tendencia al ateísmo, su manifestación tumultuosa y, no pocas veces demagógica y revolucionaria». Frente a ambas opciones, existía una tercera vía, la de la «democracia cristiana», que se estaba abriendo paso en Europa. También en España durante los años treinta surgieron algunos movimientos de raíz democrática e inspiración cristiana que, como señala Tusell, «en el caso de que la República hubiera logrado estabilizarse, hubieran venido a significar algo muy semejante a lo que en el resto de Europa occidental [...] supusieron los grupos políticos demócrata-cristianos»2.
Aitzol entendía la democracia cristiana como la organizada en torno a «instituciones de derecho natural y positivo, como son la familia, las corporaciones profesionales, los municipios y las regiones naturales que integran el Estado» y que eran anteriores a dicho Estado3. Para ilustrar estos planteamientos, Aitzol utilizó textos de Santo Tomás de Aquino que versaban sobre la democracia y el gobierno popular4. En los mismos se pueden observar ya claras conexiones con el pensamiento de Maritain.
Además de en la vertiente teórica, la modernización experimentada por el PNV en los años de la Segunda República tuvo también su plasmación en la, en palabras de Tusell, «democratización efectiva y real del Partido». Coincidimos con este autor en su afirmación de que esta apuesta por la democracia era «sinceramente sentida y no producto de un oportunismo político»5. Tanto los editoriales de Euzkadi —principal diario del PNV— como las intervenciones públicas de los líderes nacionalistas reflejaban sustanciales diferencias respecto a los tradicionalistas. En este sentido, aunque conocidas, son muy significativas las siguientes palabras del todavía entonces diputado José Antonio Aguirre, pronunciadas en una intervención en las Cortes en agosto de 1931:
«Si es que derecha es ser opuesto a los avances legítimos de la democracia en contra de los poderes absolutos, si esto es ser derecha, nosotros somos izquierda... Si por derecha se entiende la consubstancia de la religión con un régimen cualquiera y no independencia absoluta de los poderes eclesiástico y civil en sus materias respectivas, entonces también somos de izquierda. Y si por derecha se entiende, en el orden social, oposición a los avances legítimos del proletariado, llegando incluso a la transformación absoluta del régimen presente, e incluso hasta donde no veis vosotros en el régimen económico; si por eso se entiende de derecha, también somos de izquierda»6.
En la práctica, estas ideas tuvieron su plasmación en un programa social bastante más avanzado de lo usual en los partidos católicos de aquella época7. Y fue precisamente la cada vez mayor importancia concedida por el PNV al tema social la que marcó el progresivo distanciamiento entre este y la derecha tradicional, que habían estado más ligados en los primeros meses de la República. En esta cuestión social se hacía visible el contraste entre dos tipos de catolicismo, más progresista, democrático y sensible a lo social el primero, más tradicional y autoritario el segundo.
Los enfrentamientos entre la derecha católica y el nacionalismo vasco alcanzaron incluso a la jerarquía eclesiástica. Don Mateo Múgica, obispo de Vitoria, fue acusado de connivencia con el nacionalismo, aunque después quedó demostrado que esas acusaciones no eran ciertas. La inculpación alcanzó también al Seminario de Vitoria, al que se tildó de «semillero de nacionalismo». En diciembre de 1935, el diputado monárquico José Calvo Sotelo calificó el seminario como un batzoki —centro social del PNV— donde se hacía política separatista8.
Cuantos más y mayores eran los ataques provenientes de la derecha, mayor modernidad del PNV en su ideario socio-político. En la campaña de las elecciones de noviembre de 1933, mostró su apuesta clara por la libertad y la democracia frente a la tendencia dictatorial que iba recabando cada vez mayores apoyos entre las derechas. Revelador fue el lema lanzado por Juan Antonio Careaga —candidato a diputado— en un mitin celebrado en el frontón Euskalduna de Bilbao: «Por Dios, por Euzkadi, por la justicia social. ¡Paz a los hombres de buena voluntad! ¡Por los hombres libres en pueblos libres...!». Otro nacionalista, José de Arteche, afirmó en las páginas de Euzkadi que, frente a la política de Moscú, se pretendía imponer un falso sentido romano «de absolutismo odioso». Arteche proclamaba la vuelta a la verdadera Roma, «la Roma de Cristo» y a un «catolicismo dominado por el ideal de la humana fraternidad, de la cristiana fraternidad»9. Significativo resulta también el hecho de que el diario Euzkadi, que ya contaba con una sección titulada «Labor Social», añadiese otra a la que denominó «Esprit Nouveau vasco», en la línea de revistas como Esprit u Ordre Nouveau, vinculadas a corrientes de pensamiento como el personalismo y el federalismo integral10. En esa sección se abordaron temas tales como el valor cristiano de la democracia, la «revolución cristiana» y el deseo de hacer desaparecer el proletariado mediante el acceso a la propiedad.
Esta sensibilidad por los temas sociales tuvo su plasmación política en la proposición de ley que los nacionalistas vascos presentaron en las Cortes españolas en febrero de 1935, una proposición de ley sobre el salario y subsidios familiares y participación de los obreros en los beneficios de la empresa. En la disposición se señalaba claramente su vinculación con la doctrina social cristiana, citando las encíclicas Quadragesimo Anno y Rerum Novarum. Con este mensaje, el PNV llegó a ser, como señala Cristóbal Robles, la organización «que orientaba la mayoría del pueblo católico vasco. Había conseguido, en medio de un «océano rojo», poner en marcha un movimiento obrero fiel a las orientaciones de la Iglesia»11.
Vemos, por tanto, que los nacionalistas vascos —sobre todo la generación de jóvenes encabezada por Aguirre que estaba liderando el partido—, lejos de quedarse en el pasado, estaban completamente alineados con el pensamiento católico más moderno de la época y, en consecuencia, cada vez más alejados de las derechas conservadoras españolas. De estas les separaba, no solo las divergencias en torno a la cuestión autonómica, sino también esta distancia en temas sociales12. El discurso de Aguirre en el frontón Euskalduna en la campaña electoral de 1936 fue todo un exponente de esa apuesta por lo social. En este discurso nació un lema crucial en la posterior propaganda del partido. Decía así: «¡Por la civilización cristiana! ¡Por la libertad de la Patria! ¡Por la justicia social!»13.
Esa asunción de lo social fue acompañada, como se ha señalado antes, por una clara apuesta por la democracia y, ambas, mayor conciencia social y mayor conciencia democrática, son decisivas para entender la postura del PNV en los últimos meses de la República y tras el estallido de la Guerra Civil.
En resumen, el PNV experimentó una importante evolución ideológica desde los primeros meses de la República hasta 1936. La joven generación de líderes rectores del partido había conferido a su catolicismo una impronta moderna y demócrata-cristiana en los ámbitos político y social. Y, aunque no sería correcto afirmar que cuando estalló la guerra el PNV fuera stricto sensu un partido demócrata-cristiano —por cuanto no se había elaborado un nuevo programa más preciso en ese sentido y las convicciones de los líderes no se había socializado totalmente entre las bases—, lo cierto es que este partido estaba muy cerca ya de la democracia cristiana.
Esta ligazón existente entre el PNV y la democracia cristiana y el catolicismo moderado europeo es lo que explica en parte su decisión en julio de 1936. Su apoyo a la República no estuvo exento de contradicciones. Por un lado, no fue una decisión unánime; existieron reticencias dentro del partido por parte de quienes, por motivos de carácter religioso, preferían apoyar a los sublevados. Por otro lado, la persecución religiosa en zona republicana tampoco podía ser del agrado de un partido tan católico como el PNV. Hubo muchísimas dudas, pero la balanza se decantó por la República a finales de septiembre y octubre de 1936, con motivo del nombramiento de Manuel Irujo como ministro del Gobierno republicano, la aprobación del Estatuto de Autonomía y la constitución del Gobierno vasco. A partir de entonces, el PNV se involucró con resolución en la contienda. Uno de sus objetivos fue el mantenimiento del culto católico y evitar la persecución religiosa y los asesinatos indiscriminados.
La opción por la República a veces ha sido tildada de oportunista. Sin embargo, como señalaba Tusell, si bien pudo serlo en algunos casos que solo buscaban avanzar en materia estatutista, las razones que llevaron a dicha elección no fueron únicamente nacionalistas. Evidentemente, la consecución del Estatuto era un objetivo clave, pero sus ideas democráticas y su deseo de reformas sociales también acercaban al PNV al Frente Popular14. En nuestra opinión, como antes se ha mencionado, la decisión de apoyar a la República va en consonancia con esa evolución del PNV hacia la democracia cristiana. Es decir, así como para el catolicismo tradicional y más conservador, la manera de defender la religión católica era uniéndose al bando sublevado, la apuesta de los líderes nacionalistas por ese binomio catolicismo-democracia fue una de las razones que les llevó a decantarse por el Frente Popular. No vieron suficiente contradicción para oponerse a la República. El anticlericalismo republicano real o percibido por los católicos, en el caso del PNV no fue razón suficiente para enfrentarse a la República ni para apoyar al bando sublevado. No podían desligar sus firmes creencias religiosas de la democracia y del orden establecido. La fe y la convicción en las primeras les conducía a la defensa de las segundas. En palabras escritas por Manuel Irujo en Baiona a comienzos de 1938:
«Yo soy hombre de formación liberal y cristiana, con anhelos de justicia social canalizada en una norma jurídica que sea contenido de un régimen de derecho, con su expresión adecuada en las leyes. Por eso precisamente estoy formando parte de las filas republicanas y en lucha contra el encumbramiento de poderes personales significados en el pronunciamiento militar»15.
Cuando fue nombrado ministro de la República, en septiembre de 1936, el navarro afirmó que «el sentido humano demócrata cristiano de nuestra concepción política nos impele fatalmente a la paz» y que
«la necesidad de crear un nuevo orden económico-social que encauce la solución de tan candente y vigoroso problema social es para nosotros los vascos un postulado religioso, emanado del principio de fraternidad universal, justicia social e igualdad humana, encarnado en el catolicismo que fervientemente proclamamos y practicamos, que es la religión de amor de todos los hombres y que no permite descanso a nuestras conciencias políticas, mientras la injusticia social pretérita no encuentra corrección y avance hacia un orden mejor, más justo, más humano, más cristiano, al cual cooperaré con la seguridad de mi deber cumplido y la asistencia ferviente de mi pueblo»16.
Ahora bien, la decisión tomada ante la guerra no fue una decisión sencilla, ni mucho menos. De hecho, la disyuntiva situaba a los nacionalistas ante un verdadero dilema moral, puesto que la jerarquía eclesiástica dio su apoyo al nuevo orden. Como señala José Azurmendi, era difícil entender «que los católicos vascos combatan al lado de los comunistas contra los católicos de Franco»17. El día 6 de agosto, los obispos de Pamplona, Marcelino Olaechea, y de Vitoria, el citado Mateo Múgica, publicaron una pastoral conjunta en la que ordenaban al PNV que no se opusiera a un movimiento que tenía entre sus objetivos «el amor tradicional a nuestra religión sacrosanta»18.
Sin embargo, para José Antonio Aguirre —lehendakari del Gobierno vasco desde octubre de 1936—, la Guerra Civil nada tenía de religiosa. Era un conflicto entre «las legítimas ansias de justicia social y un conservadurismo caduco, aferrado a sus privilegios»19. Aguirre se preguntaba cómo era posible que la opinión pública internacional fuera mayoritariamente favorable al bando sublevado y hallaba la respuesta en la creencia, falsa en su opinión, de que la guerra de España era una disyuntiva entre «comunismo y orden». En su famoso Discurso de Gabon (Navidad) de 1936, que se ha interpretado como una respuesta indirecta a la pastoral de los obispos, el lehendakari criticaba el silencio de la jerarquía católica ante la colaboración con los sublevados de «moros» y «tropas mercenarias negras» y ante el destierro y el fusilamiento de sacerdotes vascos y añadía:
«En nombre del pueblo vasco, guardador del orden, de la justicia y del derecho; en nombre de la justicia y del derecho; en nombre de la conciencia cristiana de tantos compatriotas míos, apelo al Padre de la cristiandad para que haga cesar este silencio»20.
Las palabras del lehendakari pronto llegaron a oídos del cardenal arzobispo de Toledo, primado de la Iglesia española, Isidro Gomá —quien en diciembre había sido nombrado representante oficioso de la Santa Sede ante el Estado franquista—. En su Respuesta obligada se refería a Aguirre como «amigo» y utilizaba un tono moderado, pero la divergencia de fondo era total. Gomá reprochaba a Aguirre su silencio ante la persecución religiosa en la zona republicana y condenaba la alianza del PNV con el Frente Popular. La contrarrespuesta de Aguirre fue firmada bajo el pseudónimo de «Dr. Azpilikueta», con la intención de separar la opinión de conciencia del lehendakari del cargo que ostentaba. El texto, publicado en forma de folleto, fue elaborado por sacerdotes cercanos al nacionalismo vasco. En él, Azpilikueta confesaba profesar su fe cristiana «con un convencimiento tan íntimo, que mis amores patrios y la acción política encaminada a su servicio no tiene otra finalidad que la de conducir a mi pueblo hacia Dios»21.
Aunque ya años atrás la influencia de los pensadores católicos moderados europeos se venía observando en los escritos nacionalistas, fue en ese momento de profundas dudas de conciencia donde establecemos el nexo entre Maritain y los nacionalistas vascos. En un principio, los intelectuales católicos europeos se mostraron favorables a los sublevados. No obstante, la unanimidad pronto desapareció y algunos pensadores como François Mauriac, Luigi Sturzo, Marc Sagnier, Emmanuele Mounier o el propio Maritain cambiaron su juicio. Criticaron tanto los errores de los frentepopulistas como los de sus contrarios y abogaron decididamente por la búsqueda de la paz. Y, sobre todo, desposeyeron a la Guerra Civil del carácter de cruzada que pretendían los insurgentes. Esta actitud coincidía con aquellos políticos y pensadores que en España habían dado pasos hacia la democracia cristiana. Uno de esos intelectuales fue Alfredo Mendizábal, quien había sido destituido de su cátedra de Oviedo por ambos bandos22. En el prólogo del libro de Mendizábal Orígenes de una tragedia, Maritain afirmaba que convertir la guerra en algo sagrado era como cometer blasfemia. Ahora bien, tampoco apoyaba al Frente Popular y criticaba los atropellos que se estaban cometiendo con la quema de iglesias y asesinatos de sacerdotes23.
En esos momentos de zozobra y dudas, las declaraciones de Maritain quizá actuaron de bálsamo para las conciencias de los nacionalistas, que veían apesadumbrados cómo una elección que se había tomado teniendo en cuenta en parte su profundo sentir católico había sido públicamente condenada por la jerarquía eclesiástica. El constante seguimiento por parte de medios vascos como Euzko-Deya —órgano del Gobierno vasco en París— de las reacciones de los sectores católicos europeos contrarios a Franco y la repetida publicación de artículos, manifiestos y opiniones vertidas y publicadas por personalidades católicas a favor de la causa vasca es clara muestra de la importancia concedida a la opinión de dichos sectores24. Además del posible consuelo moral que las palabras de un intelectual de la talla de Maritain pudieron suponer para Aguirre y sus compañeros, lo que sobre todo se pretende destacar aquí es que existía una concordancia absoluta entre los planteamientos de Maritain y los de aquellos políticos e ideólogos nacionalistas cuyo pensamiento, como se ha referido, había ido derivando hacia la democracia cristiana. A nuestro entender, la principal conexión era que ellos, como aquel, asumían y habían interiorizado profundamente la ligazón entre cristianismo y democracia y no entendían la una sin la otra. Asimismo, defendían la separación entre lo sagrado y lo profano, y aplicaban las premisas católicas a las relaciones entre persona, sociedad y Estado. Aguirre había bebido de los textos personalistas de autores como Alexandre Marc, Mounier o Denis de Rougemont, y en sus escritos se observan multitud de referencias al ser humano, al hombre, a la persona como base de cualquier construcción política.
Esa coincidencia en los planteamientos y la admiración que sentían por Maritain se acrecentó cuando el filósofo francés negó abiertamente el carácter de cruzada a la Guerra Civil. Los líderes nacionalistas vieron de inmediato la necesidad de establecer contactos con él. Necesitaban imperiosamente tenerle de aliado.
Desde su establecimiento formal en París en noviembre de 1936, la delegación del Gobierno vasco abordó, entre otras líneas de actuación, el acercamiento a sectores de opinión franceses y líderes políticos favorables a la causa vasca y republicana. Asimismo, buscó establecer contacto con intelectuales y personalidades del mundo de la cultura como François Mauriac, Georges Bernanos y Paul Vignaux y, lógicamente, Jacques Maritain25. Estos pensadores se convirtieron en indispensables valedores de la causa vasca y en cauce de comunicación con el Vaticano, además de ser un insustituible altavoz de la versión vasca en el mundo26.
Maritain tuvo relación con diferentes personas y cargos del nacionalismo vasco como Aguirre, Antón Irala —secretario de Presidencia y después delegado del Gobierno vasco en Nueva York—, José Camiña —empresario e inversor vasco—, José María de Izaurieta —miembro del consejo regional del PNV de Bizkaia entre 1933 y 1934...— y, sobre todo, Alberto Onaindia. La correspondencia entre este sacerdote y el filósofo —a quien el primero se dirigía siempre como «Muy distinguido y querido profesor»— denota la admiración que estos hombres sentían por el francés y refleja, asimismo, un diálogo cordial entre ambas partes y una clara voluntad de cooperación por parte de Maritain. Onaindia —cuyo hermano también sacerdote fue uno de los clérigos fusilados en octubre de 1936— fue, durante la guerra y hasta la ocupación de Francia por los alemanes, el encargado del Gobierno vasco para los asuntos eclesiásticos y las relaciones con el Vaticano. Por encargo del lehendakari Aguirre, estableció contactos con altas jerarquías eclesiásticas de varios países europeos —francesas, belgas, checas, eslovenas, húngaras...— y desarrolló una suerte de paradiplomacia basada en los principios ideológicos católicos y democráticos antes señalados. Muchos de estos contactos los entabló gracias a la mediación de Jacques Maritain. Las labores de Onaindia consistieron básicamente en informar de la situación en el País Vasco a la Secretaría de Estado del Vaticano mediante el envío de documentos; las visitas a diversos cardenales, arzobispos y obispos europeos; la correspondencia con los mismos, y la relación personal y por carta con ilustres personalidades católicas, entre las que podemos citar entre otros a Léon Merklen (director de La Croix), al mencionado Paul Vignaux y, cómo no, a Maritain.
La correspondencia de Onaindia es la principal fuente para bucear en las relaciones de los nacionalistas vascos con Maritain. Las cartas escritas al filósofo y a otros amigos y familiares nos permiten rastrear, ya desde noviembre de 1936, el tipo de ayuda que los nacionalistas vascos requerían del francés y los principales temas que trataron con él. Sin duda alguna, el primordial objetivo perseguido por los vascos era justificarse y explicar su decisión ante el Vaticano y ante la opinión pública católica europea. La condena de su opción por la República por altos cargos de la Iglesia había provocado un grave problema de conciencia entre los nacionalistas que, si bien a partir de un momento ya no titubearon por la elección, quisieron explicar los porqués de la misma y argumentar que eran católicos en tanto que vascos y demócratas en tanto que católicos, y que por eso se buscó a la República, a un poder legítimamente establecido, en contra de una dictadura.
En los primeros meses también se buscaba la intervención de la Iglesia para frenar los excesos del bando sublevado. Sin pérdida tiempo, en octubre de 1936 el PNV envió extraoficialmente a Onaindia a Roma para defender ante la Santa Sede la legitimidad moral de su elección. El denominado Informe Onaindia, escrito para la ocasión, se apoyaba en que no había existido coalición, sino una «coincidencia» frente a un enemigo común, las derechas españolistas, y afirmaba que la actitud de los nacionalistas había sido obligada por las circunstancias. La Santa Sede no vio nada reprochable en la actitud del PNV «desde el punto de vista moral», pero prefirió mantener una actitud prudente y de silencio respecto a la cuestión vasca27. De ahí que Maritain y otros intelectuales decidieran auxiliar a los nacionalistas vascos. La colaboración del francés se canalizó de diferentes maneras.
En primer lugar, participó en varias organizaciones pacifistas o de cooperación. Fue el presidente del Comité Francés por la Paz Civil y Religiosa en España. Desde este organismo se publicaron varias «llamadas a la paz». En mayo de 1937 hizo público un llamamiento a favor de los refugiados vascos. «El pueblo vasco —decía el manifiesto— es un pueblo católico de tradición y de acción; es uno de los que sostienen con mayor generosidad las obras religiosas y las organizaciones sociales católicas». Estaba firmado por Jacques Maritain, Gabriel Marcel, François Mauriac, el Dr. de Fresquet y Claude Bourdet, este último secretario. Pocos días más tarde, se publicó otro manifiesto denunciando los bombardeos28.
Madeleine de Jaureguiberry, simpatizante del PNV a quien los nacionalistas encargaron en ocasiones llevar documentos a este Comité, afirmó años más tarde, que cuando el Comité tuvo en sus manos los documentos elaborados por el PNV «tuvieron la certeza de que eran víctimas de una calumnia y el Comité decidió que Maritain hablara por la radio para declarar públicamente la verdad del drama vasco», porque les preocupaba en especial el silencio de la jerarquía eclesiástica, sobre todo el silencio de Mateo Múgica. Pero, según Jaureguiberry, antes de poner en marcha un proyecto tan arriesgado decidieron esperar a tener la confirmación y el apoyo escrito del obispo29.
Por eso, en mayo de 1937, Maritain pidió a Onaindia que le escribiera. Consideraba el francés que Múgica era «el hombre providencial», quien podía «colocar a la Iglesia donde se merece en el asunto español-basco [sic], ya que se abusa de que estamos con los rojos, cuando esta colaboración no es mayor que la de los católicos belgas con los comunistas contra Degrelle ...»30. Siguiendo el consejo, Onaindia escribió al obispo solicitándole una declaración para restituir la imagen de los vascos: «... creo que una palabra de V. E. nos colocaría ante el mundo entero, donde merecemos. Un pueblo creyente que lucha sin haber buscado la guerra. Por su vida como colectividad [...] ¿no estaría muy bien el que nuestro Obispo dijera ante el mundo entero que en su pueblo no hay un problema comunista, que se está destrozando lo mejor en creencias y en fe, que no podemos adoptar otra posición que la actual?»31.
Días más tarde, miembros del propio Comité escribieron directamente al obispo dos cartas: una, con fecha de 26 de junio de 1937, firmada por Pierre Bernadot, director de la revista Sept, en la que este dominico solicitaba al obispo que se definiera, ya que «delante de la opinión mundial su silencio es un acto y tiene la obligación moral de hacer algo, lo que sea», y la segunda, con fecha de 27 de junio de 1937, firmada por Bourdet, Maritain y Mauriac, en la que se informaba a Múgica de que la opinión francesa y la opinión pública internacional creían que él se unía a la condena que se hacía a los vascos y se le volvía e requerir su posicionamiento público, lo cual favorecería enormemente «los esfuerzos de los católicos que intentan salvar en el extranjero los refugiados vascos», amén de «reconfortar a este pueblo actualmente vencido, sometido a las más trágicas pruebas y al borde de la desesperación».
Aconsejada por Bernadot y ante el temor de que no llegaran a su destino, Madeleine de Jaureguiberry viajó a Roma para entregar en mano ambas cartas a monseñor Múgica32. La respuesta de este a esta segunda carta fue escrita casi un mes más tarde, concretamente el 22 de julio de 1937. En la misiva, Múgica agradecía a los tres firmantes el trabajo que estaban llevando a cabo a favor de los vascos. Les pedía absoluta reserva y discreción y subrayaba que su respuesta era exclusivamente a título personal. Afirmaba que «el pueblo vasco no ha sido nunca ni comunista ni aliado político de los comunistas» y que «no puede ser responsable de los errores que otros hayan podido cometer». La respuesta a Bernadot la escribió Múgica el 28 de julio. En ella, el obispo decía que, precisamente para ser útil al pueblo vasco, no era conveniente que tomase ninguna decisión por el momento33.
Además del Comité Francés por la Paz Civil y Religiosa en España, Maritain formó parte de la Comisión Internacional de Investigación sobre los Bombardeos de Ciudades de Euskadi, constituida en París en mayo de 1937. La presidía el historiador Lucien Febvre y pertenecían a ella, además de Maritain, Mauriac, el escritor Jules Romains, René Cassin —presidente de la Asociación de Antiguos Combatientes—, Mounier —director de Esprit— y el profesor Langevin, entre otros. Ese mismo mes Maritain y otros intelectuales franceses publicaron un manifiesto sobre el bombardeo de Gernika34.
El filósofo francés también fue miembro de la Liga Internacional de Amigos de los Vascos (LIAV), creada en diciembre de 1938. La LIAV se constituyó con el objetivo de ayudar a los refugiados vascos en Francia y como órgano para dar a conocer la problemática vasca. Contó con el apoyo de importantes personalidades de la sociedad gala como el cardenal Jean Verdier, arzobispo de París; monseñor Clément Mathieu, obispo de Aire y Dax; George Rivollet, exministro y secretario general de la Confederation Nationale des Anciens Combattants; François Mauriac, miembro de la Academia Francesa, el periodista Pierre Dumas, etc.35
En segundo lugar, junto a la participación y colaboración en comisiones, Maritain ejerció de interlocutor ante varios jerarcas de la Iglesia y ante el Vaticano en apoyo a los perseguidos y criticando el destierro de sacerdotes vascos. También ejerció de intermediario haciendo llegar los informes elaborados por Irala, Onaindia y otros nacionalistas a importantes cargos de la Iglesia como el cardenal Verdier, Eugenio Pacelli —secretario de Estado, futuro papa Pío XII— o René Fontanelle —canónigo de San Pedro de Roma, informador oficioso ante el Vaticano y el Quai d’Orsay—. Previamente, aconsejaba a los vascos sobre el contenido y la forma de dichos documentos. Por ejemplo, cuando a finales de 1937-principios de 1938 Onaindia estaba preparando un folleto en defensa del clero vasco, le sugirió que «el escrito no fuera polémico, sino expositivo», para poder lograr el imprimatur (autorización) del cardenal Verdier, quien, a su vez, se encargaría de hacerlo llegar directamente al cardenal Pacelli36.
En enero de 1938, Maritain y Mendizábal acompañaron a Onaindia a una importante reunión con el citado cardenal Verdier. El objetivo de la misma era debatir sobre cómo mejorar las relaciones entre el Gobierno de la República y el Vaticano. En esa reunión se trató el asunto de la posible liberación del obispo de Teruel, Anselmo Polanco, que estaba preso en manos de los republicanos37. El cardenal Verdier solicitó a Onaindia que visitara al obispo en su nombre. Onaindia se ofreció gustoso con la única reserva de conseguir la correspondiente autorización del Gobierno de la República. La presencia de Maritain en esta reunión posibilitó el acercamiento entre este y Verdier, quienes llevaban un tiempo distanciados. El cardenal Verdier agradeció a Onaindia haber facilitado dicho encuentro38.
Además de con representantes eclesiásticos, Maritain favoreció contactos entre los vascos y otro tipo de personalidades influyentes —intelectuales, gente proveniente del mundo de la cultura y de la prensa—, en aras de propagar el argumento de los nacionalistas sobre su decisión en la guerra y de defender su catolicismo. Por ejemplo, en mayo de 1938, con motivo del Congreso Eucarístico Internacional que se celebró en Budapest, Maritain facilitó el contacto entre los sacerdotes vascos asistentes (Onaindia, Eduardo Ezcarzaga y José Miguel Barandiaran) y jóvenes periodistas católicos, entre quienes Onaindia repartió material preparado previamente. Más tarde tuvo conocimiento de que al día siguiente a la celebración del congreso, los jóvenes con los que se había entrevistado habían sido detenidos.
Una tercera vía con la que Maritain trató de auxiliar a los nacionalistas vascos fue escribiendo artículos en la prensa internacional y facilitando la relación con redactores de revistas católicas europeas. Además colaboró en el libro El clero vasco y prologó un trabajo sobre la figura de Aitzol.
Cabe preguntarse si esta labor y las gestiones realizadas por Maritain y sus colegas fueron fructíferas. Pues bien, lo cierto es que no lograron cambiar la actitud del Vaticano, no al menos en cuanto a la consecución de una muestra clara y pública a favor de los nacionalistas vascos. Ahora bien, si bien es verdad que el mutismo en torno a la cuestión vasca se mantuvo en el tiempo, también es reseñable el hecho de que la Santa Sede considerase que el PNV había tomado una decisión lícita desde el punto de vista de la moral cristiana; es más, desechó la petición de Gomá de condena a este partido. Pero en aquellos momentos el silencio de la Iglesia era innegable, lo que siguió preocupando sobremanera a Maritain, quien en marzo de 1938 aconsejó a Onaindia que transmitiera al cardenal Verdier lo que estaba sucediendo en el País Vasco «en tonos fuertes [...] para ver si acaban estos señores de pronunciarse en contra de esa conducta inhumana de bombardeos». De hecho, el día 19 de ese mismo mes se celebró una conferencia en el Salón de Embajadores de París, en la que participaron Mauriac, Maritain, Bernadot y Gabriel Marcel. Se pronunciaron contra el silencio que la Iglesia guardaba en relación con el abuso de la violencia y de la fuerza y contra «la sumisión esclava a que se entregan muchísimas autoridades eclesiásticas en relación con el que tiene poderosos medios de acción»39.
En respuesta a la colaboración de Maritain con los vascos y a sus declaraciones, el franquismo puso en marcha una campaña de difamación contra él y contra el diario La Croix. Serrano Suñer, a la sazón ministro de Gobernación y dirigente de la Falange, declaró que el filósofo francés era «el principal enemigo de España». ¿Por qué era tan peligroso para España? Precisamente porque, como afirma Carlos Díaz, atacaba al régimen no desde fuera, sino desde la misma identidad cristiana40. En defensa del francés, Onaindia escribió un informe para el Vaticano denunciando la campaña. Además, como acto de desagravio a Mauriac y Maritain, el día 7 de julio de 1938 se les brindó un homenaje, organizado por el Comité Español por la Paz Civil y Religiosa. De las 36 personas que asistieron al acto, 15 eran vascas. Una de ellas, Antón Irala. Onaindia no pudo asistir por problemas de salud, pero les envió un telegrama de felicitación41.
Para entonces, además de como altavoz del tema vasco y mediador ante la jerarquía eclesiástica, Maritain era visto ya por los líderes del nacionalismo vasco, como un elemento importante de cara al futuro, como un posible líder de la democracia cristiana internacional. En septiembre de 1938, el lehendakari Aguirre pidió a Onaindia que tanteara al filósofo francés sobre la posibilidad de celebrar un congreso internacional de la Democracia Cristiana42. La evolución del PNV hacia esta corriente era ya evidente. Como botón de muestra una carta de Aguirre a Francisco Javier Landaburu, escrita en mayo de 1938:
«Conviene exaltar mucho nuestro papel en el futuro como representantes genuinos de una democracia cristiana que fuera de Euzkadi no ha encontrado concreción política práctica en ninguna parte. Este foco, que es para mí como una pequeña metrópoli espiritual, debe ser conocido, respetado y puesto en condiciones de desenvolverse en su vida, que constituye toda una civilización y puede servir de ejemplo a pueblos territorialmente más extensos. Todas estas ideas que Maritain, por ejemplo, las comprende tan bien, deben ser advertidas a todas cuantas personas podáis ahí tratar, repitiéndolas uno y otro día, sin temor al cansancio»43.
Aguirre vislumbraba el desarrollo que la democracia cristiana podía tener y las posibilidades que ello proporcionaría a los vascos si estaban bien situados en esos círculos. Por ello mostró ese interés en la celebración de un congreso internacional que sirviera de acicate para la unión de los diferentes partidos democristianos y el fortalecimiento de este cauce. Pero en septiembre de 1938, cuando Onaindia consultó dicha propuesta a Maritain, este rechazó la posibilidad de un congreso porque «hoy los católicos norteamericanos están por Franco». Él era partidario de obrar de manera paulatina y creía que los vascos podían ejercer una «misión» concreta: hacer propaganda democristiana. Insistió en que era menester que «los vascos, dada nuestra pequeñez territorial, pero la grandeza moral de nuestra conducta [...] se declararan a favor de esa propaganda de tipo moral de ideas y de principios en el mundo». Maritain prometió facilitarles para ello contactos en tierras americanas44.
Cuando en mayo de 1940 el avance alemán en el frente occidental rompió las barreras franco-británicas y logró el armisticio francés, casi toda la estructura administrativa del Gobierno vasco quedó desmantelada, pero los elementos que más habían contribuido a la adopción de las ideas democráticas católicas por parte del nacionalismo vasco pudieron escapar a las garras fascistas. Aguirre, tras una larga odisea a través de Europa y el Atlántico, arribó a los Estados Unidos, y Alberto Onaindia pudo, en el último momento, embarcar en un navío que transportaba tropas polacas de San Juan de Luz a Inglaterra e instalarse en Londres. Estas dos personalidades, cada uno a un lado del Atlántico, desarrollaron una incansable actividad en círculos democristianos, actividad que constituyó una base importante para sus acciones y contactos durante la posguerra mundial45.
Debido a las vicisitudes citadas, desde que se despidieron en Meudon, localidad cercana a París, poco antes de la Navidad de 1939 hasta julio de 1941, la correspondencia entre Onaindia y Maritain había quedado interrumpida. En esta última fecha, el vasco retomó el contacto con el filósofo, quien en esos momentos se hallaba en Nueva York, viviendo en el mismo hotel que el nuevo delegado del Gobierno vasco en Nueva York desde 1939 a 1942, Manu de la Sota, a través de quien le hizo llegar esta primera misiva de reanudación del contacto. En ella el sacerdote vasco informó a Maritain de las labores que había desarrollado en Londres. Al llegar a Inglaterra en agosto de 1940, Onaindia se había entrevistado con otros católicos demócratas europeos exiliados en la capital inglesa con el objeto de constituir una entidad de demócratas católicos. Había nacido así el 18 de enero de 1941 la International Christian Democratic Union. El profesor Veraart, exrector de la Universidad de Delft, fue elegido presidente. Sin embargo, esta organización no fue muy efectiva. Onaindia no tiró la toalla. Sabía ya de la opinión contraria de la jerarquía católica británica y la de los fieles en general para con la postura adoptada por el nacionalismo vasco, pero apreciaba que, aunque lentamente, esa situación estaba cambiando. Con el tiempo pudo llegar a expresar sus ideas, aun limitadamente, en unas pocas revistas católicas inglesas. Asimismo, colaboró en entidades como The Sword of the Spirit, fundada por el cardenal Arthur Hinsley, que pretendía agrupar a católicos y protestantes en una obra común para el día en que se lograra la paz. También se relacionó con el grupo People and Freedom Group, fundado por Sturzo46.
El Gobierno vasco había comenzado a trabajar ya en labores de información para el Gobierno británico. Onaindia colaboró con el Ministerio de Información (MOI, Ministry of Information) realizando traducciones y redactando cientos de artículos que el Ministerio colocaba en la prensa sudamericana. También suministraba informes, como el redactado en febrero de 1942 sobre las posibilidades de recurrir a Maritain y Sturzo para realizar propaganda pro-aliada en Sudamérica. En este informe, Onaindia presentó a Maritain como un «filósofo cristiano», que «mantiene una completa libertad de criterio» y que «no es hombre a quien pueda acercarse con ofrecimientos de dinero, aun el más legítimamente ganado». En opinión del sacerdote vasco, en aquellos momentos la principal preocupación de Maritain era que la democracia se dotara de contenido cristiano47.
El sacerdote vasco redactó, asimismo, charlas que se emitían en la BBC con destino al público español. Estos artículos los firmaba bajo el pseudónimo de Egizale —el mismo que había utilizado en el diario Euzkadi antes de la guerra y cuyo significado en euskera es «amante de la verdad»— y estaban escritos desde una óptica democrática y católica. En ellos Onaindia, siguiendo la estela de Maritain, incidía en los paralelismos entre los valores defendidos por las democracias aliadas con las declaraciones de la doctrina católica y del santo padre y hacía hincapié en la incompatibilidad de los nazismo-fascismos con el catolicismo48.
En algunos de estos artículos de la BBC, Onaindia aludía directamente a Maritain. Por ejemplo, en la charla emitida en febrero de 1941, con motivo del asesinato de enfermos mentales por parte del gobierno de Hitler, el vasco aseguraba que a Maritain le atormentaba el pensamiento de la existencia de los campos de concentración, porque suponían «un salto hacia atrás, hacia la caverna, hacia las edades de mayor degradación en la historia humana». En septiembre del mismo año, una de las intervenciones radiofónicas estuvo dedicada expresamente al libro de Maritain A travers le desastre. En él calificaba al filósofo como «una de las mayores celebridades de la filosofía católico-tomista». Consideraba la obra como «sereno e imparcial estudio crítico que el autor hace sobre la derrota de Francia», como «una magnífica lección de filosofía de la historia contemporánea». Onaindia publicó la recensión del libro en la revista del grupo People and Freedom49.
En otra de las intervenciones radiofónicas, de febrero de 1942, a los dos años y medio del comienzo de la guerra mundial, Onandia aseguró que «muchos, como Jacques Maritain, opinan que la contienda presenta los caracteres de una guerra civil, de una lucha de ideologías; que no son sus fronteras de campo idénticas a los límites geográficos de las naciones beligerantes»; palabras significativamente casi idénticas a las que al mismo tiempo utilizaba Aguirre para calificar la contienda: «más que guerra internacional, es una guerra civil universal», «una contienda ideológica, una lucha de civilizaciones, de dos concepciones de vida diametralmente opuestas, en la que se debate el destino espiritual de la humanidad»50.
Para entonces Aguirre y Maritain ya estaban en contacto al otro lado del Atlántico. Aguirre, gracias a la intermediación del mecenas vasco-filipino con nacionalidad estadounidense Manuel Ynchausti, estaba impartiendo clases en la Universidad de Columbia, donde coincidió con Maritain. Fuera de la Universidad también se entrevistaron varias veces. Aunque no creemos que fueran suficientes para que el vasco utilizase casi el mismo lenguaje que el filósofo francés. En nuestra opinión, fue la propia evolución ideológica de Aguirre y sus creencias imbuidas de un catolicismo moderno las que llevaron al lehendakari a esos planteamientos y a utilizar ese lenguaje. Precisamente fueron sus profundas creencias religiosas y el carisma y el atractivo que desplegaba, amén de la red organizativa que el Gobierno vasco desarrolló en América Latina, las que provocaron que las altas instancias del Gobierno estadounidense contasen con él para realizar propaganda procatólica y contraria al nazismo en Sudamérica. A este objetivo respondió la gira del lehendakari por varios países sudamericanos en 194251.
Otra de las iniciativas en las que Aguirre y Maritain coincidieron fue en la firma del manifiesto Devant la crise mondiale sobre los valores cristianos en los que habría de fundamentarse cualquier sociedad futura, redactado en diciembre de ese mismo año por cuarenta y tres intelectuales católicos de distintas nacionalidades residentes en Norteamérica52.
La relación con Maritain se mantuvo en el tiempo, si bien es verdad que, tras el final de la guerra, los contactos fueron cada vez más espaciados. Sabemos que coincidieron de nuevo en alguna reunión de intelectuales celebrada en Nueva York en 1944 y que Aguirre se entrevistó con él en varias ocasiones. También se reunieron en Roma en 1946, cuando Maritain era ya embajador de la República francesa en el Vaticano.
El florecimiento de la corriente democristiana tras la Segunda Guerra Mundial abrió nuevas perspectivas al PNV, que hizo declaración de su condición de partido demócrata y cristiano en todos aquellos foros relacionados con dicha corriente en los que estuvo presente. La evolución hacia planteamientos cercanos a esta doctrina y las relaciones y contactos abiertos años antes con personalidades y partidos de esta tendencia permitieron que, en 1947, los nacionalistas vascos se convirtieran en miembros fundadores de los Nouvelles Equipes Internationales, los NEI, la más importante organización demócrata cristiana a nivel europeo.
Tras explicar la evolución hacia la democracia cristiana que el PNV experimentó en los años de la Segunda República, adentrarnos en las razones de su apoyo al bando republicano en la Guerra Civil y describir —buceando principalmente en la correspondencia del sacerdote Alberto Onandia—, desde cuándo y en qué se concretaron las relaciones entre nacionalistas vascos y Maritain, es hora de reflexionar sobre el valor de dichas relaciones.
Por un lado, Maritain fue importante fuente de inspiración para los ideólogos vascos y para la nueva generación de jóvenes líderes nacionalistas, cuya evolución ideológica concordaba, en forma y fondo, con el discurso del francés. El nacionalismo vasco encontró en sus tesis un referente decisivo en su búsqueda de una tercera vía entre el liberalismo capitalista y el estatismo comunista.
Por otro lado, los planteamientos del filósofo, su posicionamiento negando la condición de «cruzada» a la contienda española y el amparo proporcionado a los nacionalistas vascos, sobre todo ante el Vaticano, probablemente constituyeron un balón de oxígeno para sus propias conciencias, dubitativas entre, por un parte, la firme convicción de que, como católicos, habían obrado bien, y, por otra, el silencio de las autoridades eclesiásticas. Los nacionalistas entendían la opción tomada ante la guerra como la manera específica de mostrar su fe cristiana, intrínsecamente unida a una cultura democrática y a su identidad nacional.
Cabe aún plantearse otra interrogante final. Y los vascos ¿qué simbolizaron para Maritain? En nuestra opinión, tanto él como otros intelectuales católicos coetáneos vieron en el pueblo vasco un colectivo contra el que se estaba cometiendo una injusticia basada en falsedades y por ello decidieron intervenir. Aun siendo su primera reacción favorable a los alzados, su postura giró a medida que iban recabando datos e información elaborada por los propios nacionalistas. Asimismo, percibieron en la actitud del Gobierno vasco y en concreto del lehendakari Aguirre un ejemplo a seguir, por su respeto a la legalidad democrática y por su impronta católico-social; y contemplaron, sobre todo durante los años de la Segunda Guerra Mundial, la posibilidad de que, tras la contienda, el modelo vasco, por su moderación, sirviera de aglutinante entre los exiliados españoles y como referente y acicate de una tercera vía, la vía de la democracia cristiana.
* El presente artículo tiene su origen en una conferencia ofrecida en el curso titulado El desafío humanista de la actividad política. Jacques Maritain, el humanismo integral y la UIMP (1934-2014), organizado en el seno de los cursos de verano de la UIMP (Universidad Internacional Menéndez Pelayo), celebrado en Santander durante los días 29 y 30 de julio de 2015. Forma parte de un proyecto de investigación subvencionado por la Secretaría de Estado de Investigación, Desarrollo e Innovación (ref. HAR2015-64920-P, MINECO/FEDER).
1 La evolución ideológica del PNV queda perfectamente desarrollada en Javier Tusell: Historia de la democracia cristiana en España II. Los nacionalismos vasco y catalán. Los solitarios, Madrid, Cuadernos para el Diálogo, 1974, pp. 9-119. Sobre la historia del partido es imprescindible la obra conjunta de Santiago de Pablo, Ludger Mees y José Antonio Rodríguez Ranz: El péndulo patriótico. Historia del Partido Nacionalista Vasco (1895-1979), Barcelona, Crítica, 1999-2001. Para conocer en profundidad la figura del lehendakari Aguirre véase Ludger Mees, José Luis de la Granja, Santiago de Pablo y José Antonio Rodríguez Ranz: La política como pasión. El lehendakari José Antonio Aguirre (1904-1960), Madrid, Tecnos, 2014.
2 Javier Tusell: Historia de la democracia cristiana..., p. 207.
3 Nota tomada de la introducción del libro de José Ariztimuño (escrito bajo el pseudónimo J. de Urkina): La democracia en Euzkadi, San Sebastián, Euskaltzaleak, 1935, p. 23.
4 Ciertamente, el tomismo ha sido la base teológica principal de la Iglesia desde el siglo xix —en este sentido es considerada básica la encíclica «Aeterni Patris» de León XIII— e inspiración de diferentes corrientes en su seno, desde las propuestas democráticas de Maritain hasta las corrientes de pensamiento más tradicionalista, y, por tanto, fuente de inspiración para el PNV, pero también para posiciones políticas muy alejadas de este partido.
5 Javier Tusell: Historia de la democracia cristiana..., p. 36.
6 Ibid., pp. 35-36.
7 Ya en la Segunda República la búsqueda de una solución cristiana a los problemas sociales tuvo su materialización práctica en la creación de la Agrupación Vasca de Acción Social Cristiana (AVASC), cuyo presidente fue el propio José Antonio Aguirre. El objetivo de AVASC fue ampliar el conocimiento de la doctrina social de la Iglesia desde un punto de vista esencialmente práctico. Para conocer más sobre AVASC véase Antonio Elorza: Ideologías del nacionalismo vasco, 1876-1937 (de los «euskaros» a Jagi Jagi), San Sebastián, Luis Haranburu, 1978, pp. 294-310. Los planteamientos sociales cristianos del nacionalismo vasco también tuvieron su reflejo en la creación del sindicato Solidaridad de Trabajadores Vascos (ELA/STV), nacido en la segunda década del siglo xx. Para saber más sobre este sindicato pueden consultarse los trabajos de María Luisa Garde: ELA a través de dos guerras (1936-1946), Pamplona-Iruña, Pamiela, 2001, y Dario Ansel: ELA en la Segunda República. Evolución sindicalista de una organización obrera, Tafalla, Txalaparta, 2011.
8 Santiago de Pablo, Virginia López de Maturana y Joseba Goñi: La diócesis de Vitoria. 150 años de historia (1862-2012), Vitoria, ESET, Diócesis de Vitoria, 2013, p. 327.
9 Palabras de Careaga en Euzkadi, 17 de noviembre de 1933, p. 2. Artículo de Arteche titulado «Entre Roma y Moscú, a la verdadera Roma», Euzkadi, 8 de diciembre de 1933, p. 1.
10 Ligados a estas revistas estaban los nombres de escritores y filósofos como Robert Aron, Arnaud Dandieu, Alexandre Marc o Denis de Rougemont. Para profundizar sobre el personalismo y el federalismo integral véanse Emmanuel Mounier: Qué es el personalismo, Buenos Aires, Criterio, 1956; íd.: Manifiesto al servicio del personalismo, Madrid, Taurus, 1972; íd.: El personalismo: antología esencial, Salamanca, Sígueme, 2002; Alexandre Marc: «La revolution personnaliste», en AAVV: Du personnalisme au fédéralisme européen. En hommage à Denis de Rougemont, Genève, Européen de la Culture, 1989; José Luis de Castro Ruano: «El fundamento teórico y doctrinal: el federalismo integral superador del Estado-nación», en La emergente participación política de las regiones en el proceso de construcción europea, Bilbao, HAEE/IVAP, 1994, pp. 63-104, y Manuel Calvo García y William L. F. Felstiner: Federalismo. Federalism, Madrid, Dykinson, 2004.
11 Cristóbal Robles: «Otro proyecto de presencia de los católicos en la política (1930-1936)», Hispania Sacra, 60, 122 (2008), p. 755. La cita dentro de la cita en «Derechos y deberes», Euzkadi, 11 de enero de 1934, p. 1.
12 En enero de 1936, cualquier mínima y última posibilidad de pacto con la derecha que pudiera existir se diluyó con motivo del viaje de un grupo de dirigentes nacionalistas a Roma. El objetivo era tratar aspectos de carácter religioso con la jerarquía católica, pero tanto la derecha como la izquierda española vieron en el viaje un propósito electoral. Los dirigentes nacionalistas viajaron a la capital italiana para explicar al Santo Padre por qué no iban a concurrir con la derecha a las elecciones generales de febrero de 1936. Comprobaron desanimados que su postura no iba a ser entendida por amplios sectores de la Iglesia. Sobre el viaje de la Delegación del PNV a Roma en enero de 1936 véase Ildefonso Moriones: Euzkadi y el Vaticano (1935-1936). Documentación de un episodio, Roma, Tipográfica Italo-Orientale, 1976, y Santiago de Pablo et al.: El péndulo patriótico..., pp. 276-277.
13 Mitin de José Antonio Aguirre, Euzkadi, 14 de enero de 1936, pp. 1-4.
14 Javier Tusell: Historia de la democracia cristiana..., p. 119
15 Manuel Irujo: La Guerra Civil en Euzkadi antes del Estatuto, Madrid, ED, 1978, p. 69.
16 A. de Lizarra (pseudónimo de Manuel Irujo): Los vascos y la República Española. Contribución a la historia de la Guerra Civil, Buenos Aires, Ekin, 1944, pp. 104-105. Es un extracto de la nota que fue enviada por el ministro Irujo a varios diarios madrileños y publicada en El Socialista (Madrid), 28 de septiembre de 1936.
17 José Azurmendi: «Pensamiento personalista en Euskadi en torno a la guerra», RIEV. Revista Internacional de Estudios Vascos, 41-1 (1996), p. 80.
18 Cfr. en Santiago de Pablo, Virginia López de Maturana y Joseba Goñi: La diócesis de Vitoria..., p. 342. Los dirigentes del PNV inicialmente consideraron falsa la noticia de la pastoral porque no podían creer que el obispo Múgica tomara esa postura. Lo cierto es que el obispo estaba desconcertado, pues no podía alabar a los alzados, pero tampoco al PNV.
19 «Nuestro pueblo ante la sublevación fascista», Euzkadi, 23 de diciembre de 1936, pp. 1-2.
20 Discurso pronunciado por el excelentísimo señor presidente del Gobierno de Euzkadi don José Antonio de Aguirre ante el micrófono de Radio Euzkadi el día 22 de diciembre de 1936, Bilbao, Gobierno de Euzkadi-Editorial Vasca, 1937.
21 Dr. de Azpilikoeta (José Antonio Aguirre): Le problème basque vu par le cardinal Gomá et le président Aguirre, París, Bernard Grasset, 1938, citado en Ludger Mees et al.: La política como pasión..., p. 311.
22 Alfredo Mendizábal Villalba era catedrático de Filosofía del Derecho en la Universidad de Oviedo. Cuando estalló la Guerra Civil se hallaba en un congreso en el extranjero. Debido a su militancia católica y progresista fue destituido de su cátedra y tuvo que exiliarse en París, donde, con la ayuda de intelectuales como Maritain o Sturzo, fundó el Comité Español por la Paz Civil y Religiosa, organismo que abogaba por una solución negociada del conflicto. Véanse Alfredo Mendizábal Villalba: Pretérito imperfecto. Memorias de un utopista, Oviedo, Real Instituto de Estudios Asturianos, 2009 (el manuscrito original data de 1974), e íd.: Los orígenes de una tragedia, edición, introducción y notas de Xavier Iturralde, Madrid, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2012 (la primera edición del libro fue elaborada en base a artículos y crónicas publicados con anterioridad por el autor, recopilados bajo el título Aux origines de la tragédie. La politique espagnole de 1923 à 1936. Préface de Jacques Maritain, París, Descleé de Brouwer, 1937).
23 Prefacio de Jacques Maritain en Alfredo Mendizábal Villalba: Los orígenes de una tragedia..., pp. 3-37.
24 «Un appel a tous les hommes de coeur», manifiesto firmado, entre otros, por Luigi Sturzo, François Mauriac, Jaques Maritain y el grupo «People and Freedom» en Euzko-Deya, 9 de abril de 1937; Luigi Sturzo: «La cause du Peuple Basque», Euzko-Deya, 16 de mayo de 1937; íd.: «La signification de Guernica», Euzko-Deya, 6 de junio de 1937; François Mauriac: «Por le Peuple Basque», Euzko-Deya, 20 de junio de 1937, y Luigi Sturzo: «Lusitania... Gernika... Almería», Euzko-Deya, 20 de junio de 1937.
25 El escritor François Mauriac (1885-1970), futuro premio nobel de literatura en 1952, mantuvo en un primer momento una posición proclive a la causa franquista para, más tarde, tras tener noticia de la represión y de las ejecuciones en masa de los vencidos, identificarse plenamente con la causa del pueblo vasco. El novelista Georges Bernanos (1888-1948), monárquico, cristiano y, en principio, favorable al bando franquista, adoptó posteriormente una posición muy crítica ante el régimen. Paul Vignaux (1904-1987) fue un profesor de filosofía ligado al sindicalismo cristiano.
26 Los dirigentes vascos también entablaron estrecha relación con círculos dominicos, principales defensores del neotomismo dentro de la Iglesia y editores de importantes revistas de pensamiento católico, leídas y seguidas por nacionalistas.
27 Informe al eminentísimo y reverendísimo señor cardenal secretario de Su Santidad. Roma, octubre de 1936, Archivo del Nacionalismo (AN), Fundación Sabino Arana, fondo EBB, 277-2. Sobre este viaje véase también Santiago de Pablo et al.: La diócesis de Vitoria..., pp. 350-351.
28 En Euzkadi, 18 de mayo de 1937, y Euzkadi, 6 de junio de 1937, respectivamente. Sobre el Comité por la Paz Civil véase Hilari Raguer: La pólvora y el incienso. La Iglesia y la Guerra Civil española (1936-1939), Barcelona, Península, 2001, pp. 280-284.
29 Madeleine de Jaureguiberry: «Jacques Maritain et les Basques», Gure Herria, 43, 6 (1973), pp. 349-359. Traducción de la autora.
30 Carta de Alberto Onaindia a Mateo Múgica, San Juan de Luz, 28 de abril de 1937, Instituto Labayru, fondo Onaindia, 12-2.
31 Carta de Alberto Onaindia a Mateo Múgica, París, 5 de mayo de 1937, Instituto Labayru, fondo Onaindia, 11-1.
32 Madeleine de Jaureguiberry también mantuvo correspondencia con Maritain. En carta de 13 de diciembre de 1937, el filósofo la animó a contribuir al conocimiento de la verdad sobre las injusticias que se estaban cometiendo en el País Vasco y le instó a preparar dosieres que describieran los hechos reales y los métodos utilizados por los franquistas que contaran también con testimonios de apoyo al pueblo vasco. Véase AN, fondo Irujo, 100-3.
33 Citas de la correspondencia entre miembros del Comité y Múgica en Madeleine de Jaureguiberry: «Jacques Maritain et les...».
34 Euzko-Deya publicó dicho manifiesto titulado «Un appel a tous les hommes de coeur» el 9 de abril de 1937.
35 Sobre la LIAV véase Jean-Claude Larronde: Exilio y solidaridad. La Liga Internacional de Amigos de los Vascos, Bilbao, Bidasoa, 1998, y Gregorio Arrien e Iñaki Goiogana: El primer exilio de los vascos. Cataluña, 1936-1939, Bilbao, Fundació Ramon Trias Fargas-Fundación Sabino Arana, 2002, pp. 483-493.
36 Carta de Alberto Onandia a Antón Irala, San Juan de Luz, 18 de enero de 1938, Archivo Histórico Nacional de Euskadi (AHNE), GE-0041-5.
37 Anselmo Polanco fue detenido cuando los republicanos tomaron Teruel y encarcelado en Barcelona acusado de ser uno de los prelados firmantes de la carta colectiva de los obispos españoles de julio de 1937. Al final de la guerra Polanco y otros presos que se hallaban en Barcelona fueron llevados a la frontera franco-española, donde fueron asesinados.
38 Informe de Alberto Onaindia sobre una entrevista con Jean Verdier, s. l., 26 de enero de 1938, Instituto Labayru, fondo Onaindia, 19-4.
39 Las citas en carta de Alberto Onandia a Manuel Irujo, París, 21 de marzo de 1938, Instituto Labayru, fondo Onaindia, 14-1.
40 Carlos Díaz: «La recepción del personalismo en España», Ars Brevis, 12 (2006), pp. 197-219.
41 Carta de Alberto Onaindia a Antonio Irala, San Juan de Luz, 7 de julio 1938, AHNE, GE-0035-4, y carta de Antonio Irala a Alberto Onandia, París, 8 de julio de 1938, Instituto Labayru, fondo Onaindia, 16-1. Además de los citados libros de Alfredo Mendizábal (véase nota 22), un buen resumen de las actividades del Comité Español por la Paz Civil y Religiosa se puede encontrar en la obra de Hilari Raguer: La pólvora y el incienso...
De la consulta del archivo del Comité Español por la Paz Civil y Religiosa localizado en el Archivo del Nacionalismo Vasco (AN), fondo CEPC, sorprende que, a pesar de las relaciones que mantenían, la correspondencia que Alfredo Mendizábal y el citado comité mantuvieron con hombres del PNV y del Gobierno vasco es escasa, casi nula. Por el contrario, la relación epistolar mantenida por el catedrático de la Universidad de Oviedo con militantes de Unió Democràtica de Catalunya es abundante. La ausencia de correspondencia pudiera ser debida tal vez a que el Comité quiso mantener las distancias con organismos republicanos y el Gobierno vasco no dejaba de ser una institución republicana.
42 En su carta, Aguirre comentaba a Onaindia que era necesario que los diferentes elementos de esta tendencia se compaginaran y que una iniciativa de estas características sería muy interesante «porque una reunión de personalidades de grupos democráticos con significación universal coincidente en la defensa de la personalidad humana ante el totalitarismo sería de un gran efecto en estos momentos, que quizá fuesen los más apropiados para que todas estas ideas se plasmaran en algo tangible». Carta de José Antonio Aguirre a Alberto Onaindia, Barcelona, 5 de septiembre de 1938, Instituto Labayru, fondo Onaindia, 16-1.
43 Carta de José Antonio Aguirre a Francisco Javier Landaburu, s. l., mayo de 1938, AN, fondo GEC, 120-10.
44 Carta de Alberto Onaindia a José Antonio Aguirre, París, 13 de septiembre de 1938, AN, fondo GE, 349-2.
45 En otro lugar hemos escrito sobre la actividad internacional de los nacionalistas vascos tras la Segunda Guerra Mundial, véase Leyre Arrieta: Estación Europa. La política europeísta del PNV en el exilio (1945-1977), Madrid, Tecnos, 2007, y sobre los años inmediatamente posteriores a la contienda: «Años de esperanza ante la nueva Europa: la estrategia europeísta del PNV tras la Segunda Guerra Mundial», Ayer, 67 (2007), pp. 207-233.
46 Sobre la colaboración de los católicos europeos en el exilio británico véase Wolfram Kaiser: Christian Democracy and the Origins of European Union, Cambridge, Cambridge University Press, 2009.
47 Informe de Alberto Onaindia remitido al Ministerio Británico de Información, s. l., febrero de 1942, Instituto Labayru, fondo Onaindia, 37-3.
48 Carta de Alberto Onaindia a José Antonio Aguirre, Londres, 25 de octubre de 1941, Instituto Labayru, fondo Onaindia, 31-5 (15).
49 Primera cita en Alberto Onaindia: «Un atentado a la dignidad humana», BBC, febrero de 1941, Instituto Labayru, fondo Onaindia, 35-11; las demás citas en Alberto Onaindia: «Leyendo a Maritain», BBC, septiembre de 1941, Instituto Labayru, fondo Onaindia, 35-2.
50 Primera cita en Alberto Onaindia: «¿Contra el nazismo? ¿Contra Alemania?», BBC, febrero de 1942, Instituto Labayru, fondo Onaindia, 37-3; cita de Aguirre en José Antonio Aguirre: Obras completas, vol. II, Donostia-San Sebastián, Sendoa, 1981, p. 395.
51 Los discursos pronunciados por el lehendakari en ese viaje quedaron recogidos en José Antonio Aguirre: Cinco conferencias pronunciadas en un viaje por América, Buenos Aires, Ekin, 1944.
52 «Intelectuales católicos de distintas nacionalidades europeas dieron a conocer un importante manifiesto», Euzko Deya (Buenos Aires), núm. 132, 31 de diciembre de 1942, p. 8.