Ayer 117/2020 (1): 303-329
Sección: Estudios
Marcial Pons Ediciones de Historia
Asociación de Historia Contemporánea
Madrid, 2020
ISSN: 1134-2277
DOI: 10.55509/ayer/117-2020-12
© Luis Domínguez Castro
© José Ramón Rodríguez Lago
Recibido: 26-06-2017 | Aceptado: 12-01-2018
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El relato vaticano sobre el proceso de integración europea. Los pontificados de Pío XII y Juan Pablo II *

Luis Domínguez Castro

Universidade de Vigo
dominguez@uvigo.es

José Ramón Rodríguez Lago

Universidade de Vigo
jrlago@uvigo.es

Resumen: El pontificado de Juan Pablo II supuso la recuperación del relato vaticano respecto al proceso de construcción europea. Pío XII había sentado los cimientos de esa narrativa en los momentos iniciales de la unificación, cuando el comunismo se divisaba como la mayor amenaza para los intereses de la cristiandad. En las postrimerías de la Guerra Fría la evolución observada en los países de la órbita soviética generó nuevas oportunidades. La ampliación hacia el Este permitiría al Vaticano acrecentar su cuota de mercado en el marco de las confesiones religiosas, incrementando su influencia en el ámbito de las instituciones europeas.

Palabras clave: integración europea, Vaticano, Juan Pablo II, Pío XII, episcopado.

Abstract: The Pontificate of John Paul II marked the recovery of a Vatican narrative regarding the process of European integration. Pius XII had laid the foundations for such a narrative during the initial stages of integration, when communism was seen as the biggest threat to the interests of Christianity. During the final stages of the Cold War, developments in countries within the Soviet orbit brought about new opportunities. The enlargement to the East allowed the Vatican to expand its market share in the context of religious confessions, increasing its influence within European institutions.

Keywords: European integration, Vatican, John Paul II, Pius XII, episcopacy.

Introducción

El 24 de marzo de 2017, víspera del 60º aniversario de la firma del Tratado de Roma que instituyó la Comunidad Económica Eu­ropea, los jefes de Estado y de Gobierno de veintisiete Estados miembros de la Unión Europea (en adelante UE) acudieron a una audiencia en el Vaticano. El papa Francisco, el primero no europeo en más de un milenio, pronunció un discurso en el que enumeró los pilares perennes del proyecto europeo: la centralidad del hombre, una solidaridad eficaz, la apertura al mundo, la búsqueda de la paz y el desarrollo, y la apertura al futuro 1; insistiendo en que Europa vuelve a encontrar esperanza cuando es fiel a esos pilares y renovando la cercanía de la Santa Sede y de la Iglesia a Europa entera. En ese breve discurso incluyó una larga cita de Juan Pablo II del Acto Europeo en Santiago de Compostela. En efecto, el 9 de noviembre de 1982, su antecesor clausuró su gira triunfal por España con una ceremonia de marcado cariz europeísta bajo la bóveda románica de la catedral de Santiago de Compostela. Arropado por el baño de masas ofrecido por los numerosos fieles que habían salido a su encuentro en los diez días precedentes, sus palabras ante representantes de diversas instituciones europeas 2 manifestaban una de las apuestas estratégicas de su pontificado: un proyecto de nueva evangelización que liberase el viejo continente, nacido por inspiración de los principios cristianos, de las doctrinas de los «sin Dios» que pervivían al Este y del paradigma secularizador que parecía haberse extendido por el Oeste. La Galicia del finisterre europeo, que tanto recordaba al papa la Galitzia polaco-­ucraniana, se convertía en atalaya privilegiada desde la que alzar la voz frente a las nuevas herejías: «Yo, Sucesor de Pedro en la Sede de Roma, una Sede que Cristo quiso colocar en Europa y que ama por su esfuerzo en la difusión del cristianismo en todo el mundo [...] te lanzo, vieja Europa, un grito lleno de amor: Vuelve a encontrarte. Sé tú misma. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces [...] Reconstruye tu unidad espiritual [...] Tú puedes ser todavía faro de civilización y estímulo de progreso para el mundo» 3.

Aquel discurso, convertido con el paso de los años en referencia obligada del «relato Wojtyla» sobre Europa 4, contenía ya entonces sus cinco claves primordiales: la identificación del proyecto europeo con los valores y el patrimonio heredado del cristianismo; la condena de las filosofías materialistas que atenazaban Oriente y amenazaban el Occidente de Europa; la irrenunciable integración de los países del Este y de las entonces denominadas «Iglesias del silencio» en el proyecto europeo; la exaltación de una Europa fiel a sí misma y guiada por los principios cristianos como esperanzador proyecto de futuro para el mundo, y la referencia a la memoria y el patrimonio legado a Europa por el cristianismo, simbolizado en los caminos de peregrinación y los santuarios erigidos con fervor mariano de norte a sur y de este a oeste.

La llegada al papado de Wojtyla, el primero no italiano en siglos, coincide en el tiempo con el recrudecimiento de la Guerra Fría, y su dilatado pontificado, con un largo proceso de reformas institucionales de las Comunidades Europeas que culminará en la revisión profunda de los Tratados fundacionales y la ampliación al Este, tras la implosión del bloque soviético. En este contexto, Roma reivindica un relato propio del proceso de unificación europea que se había iniciado de la mano de Pío XII en los albores de la Guerra Fría, y que había tenido como hitos relevantes los Tratados de París y Roma, de los que emergieron las Comunidades. Un papa forjado en la Europa del Este liderará la defensa del legado de la tradición frente a un proceso de secularización que tanto parecía haber incidido en las sesiones del Concilio Vaticano II y en la convulsa dinámica posconciliar.

El objeto de este trabajo es el análisis del origen de ese relato durante el papado de Pío XII y su restauración en el largo pontificado de Juan Pablo II; pero interpretar con acierto el sentido de los discursos proclamados exige además observar con atención los contextos volubles en los que estos se hicieron públicos, atendiendo a algunas claves condicionantes. La tradición del relato vaticano sobre Europa y sobre el proyecto de integración guarda estrecha relación con la situación en el mercado mundial de las religiones y las relaciones de conflicto, negociación o alianza establecidas con las diversas confesiones, con especial atención al movimiento ecuménico. El contexto internacional y las relaciones de las instituciones comunitarias emergentes con las diversas instancias religiosas resultan determinantes para el futuro de una corporación con intereses globales y fines universales como la Iglesia católica. Por último, la investigación pretende señalar también el papel particular que el relato vaticano ha otorgado a España en el proceso de integración, desde su inicial irrelevancia hasta su notable emergencia en las postrimerías del siglo xx.

El origen del relato vaticano sobre Europa y su unidad

Hace ya algún tiempo que Philippe Chenaux concluyó que el papel de los católicos en el proceso de unificación europea fue mucho más modesto de lo que el epíteto Europa Vaticana podría hacer pensar, sin que ello quiera decir que las continuas apelaciones de la Santa Sede y de otros movimientos cristianos a favor del predominio del derecho natural sobre la fuerza, la reconciliación y la cooperación internacionales no hayan tenido su poso en la confianza generada entre los protagonistas del proceso inicial de integración; hombres que compartían, al menos buena parte de ellos, fuertes convicciones católicas y cristianas 5.

En consonancia con la Carta del Atlántico de 14 de agosto de 1941 y la Declaración de Naciones Unidas de 1 de enero de 1942, la alocución navideña papal de 1941 6 contiene un primer diseño de un nuevo orden internacional fundado en principios morales y en las leyes divinas que garantice la libertad e integridad de las naciones, los derechos de las minorías, la limitación de armamentos e instituciones que velen porque los pactos acordados se cumplan. Al año siguiente, en las navidades de 1942 7, el relato pontificio del nuevo orden para la posguerra se ocupó del orden interno de las naciones. Pío XII traza su relato de la nueva sociedad que debe basarse en: la dignidad y los derechos de la persona humana 8; la defensa de la familia como unidad social básica; la educación de los hijos según las convicciones de los padres y un hogar digno no demasiado alejado del trabajo paterno; la dignidad del trabajo de la que se deriva un salario justo; un acceso seguro, aunque modesto, a la propiedad privada; la movilidad social basada en el talento y el esfuerzo; la solidaridad cristiana —nótese que no se habla de caridad, sino de solidaridad cristianamente fraterna—, y, por último, la defensa de un Estado de derecho, protegido por la autoridad judicial, y la inviolabilidad de los derechos humanos.

Apenas unos meses después de terminada la guerra, Churchill lanza su idea de los Estados Unidos de Europa en su discurso de Zúrich, el 19 de setiembre de 1946. Este proceso de unificación europea se encuadra en una narración de confrontación con el modelo soviético que se estaba asentando en los países del Este, con presencia de tropas del Ejército Rojo. La reacción pontificia a este proceso será cauta. El Vaticano no olvida velar por los intereses de sus Iglesias, y de los partidos católicos, en los países bajo la dominación soviética 9. La consolidación de las dictaduras comunistas en esos países y, muy en especial, el caso Mindszenty, con la condena a cadena perpetua por alta traición del cardenal primado húngaro como símbolo de la persecución religiosa, contribuirán a modular la posición vaticana hacia un claro apoyo al proceso de unificación europea, dentro del marco de férreo anticomunismo que informa el pontificado pacelliano 10. La primera mención a la Europa unida se va a producir en un discurso al Sacro Colegio Cardenalicio, el 2 de junio de 1948, dentro de los esfuerzos por promover la paz y la reconciliación entre las naciones, informando de la decisión que había tomado Pío XII de enviar un representante personal suyo al Congreso de Europa en La Haya 11, en mayo de ese mismo año, y manifestando su interés y su estímulo al proceso de unión entre los pueblos que se estaba iniciando 12. De hecho, L’Osservatore Romano informó con amplitud del Congreso de La Haya durante su celebración y analizó sus resultados en un artículo de fondo, el 13 de mayo, destacando que la Unión Europea que se vislumbraba tenía futuro porque se cimentaba en la libertad, la supremacía del Espíritu, la inviolabilidad de la persona humana y la homogeneidad de los sistemas políticos que de tales principios fundamentales se derivan 13.

En noviembre, tuvo lugar en Roma el segundo congreso de la Unión Europea de Federalistas (en adelante UEF), conclave que confirmó la crisis de la organización y la caída de los partidarios de colaborar estrechamente con los británicos en el recién creado Movimiento Europeo (Brugmans y Silva) y la emergencia de los partidarios de soltar el lastre unionista que representaban los insulares (Spinelli). Siendo varios los presentes que solicitaron audiencia privada al papa, este optó por dedicarles una alocución 14 en la que comienza por recordar el discurso de junio en el que ya había hablado a favor de la unión europea —se hace explícita mención a ella, algo que no ocurría en el documento citado—, sin implicar por ello a la Iglesia en los asuntos terrenales y, más en concreto, en un proceso lleno de dificultades e incierta culminación. Apunta a que nada contribuirá más a enconar los ánimos y a imposibilitar cualquier intento de aproximación y acuerdo que el empleo abusivo de la superioridad de los vencedores para eliminar a los competidores económicos. En consonancia con la opinión de muchos de aquellos federalistas, afirma que son las grandes naciones europeas, cargadas con su largo pasado de glorias y poder, quienes pueden hacer fracasar la unión europea lastradas por quererse medir, entre ellas, en función de ese pasado y no de las realidades presentes y las potencialidades futuras. El papa espera que sepan hacer abstracción de esas glorias pasadas, alineándose bajo una unidad política y económica superior que, sin embargo, no puede forjarse en la uniformidad sino en el respeto a las características culturales de cada uno, ya que su variedad será el fermento de la estabilidad de la unión europea. Por encima de todo, en esta alocución Pío XII deja claro que la base de la unidad europea tendrá que descansar en la común herencia de la civilización cristiana, tal y como se recoge en las conclusiones de la Comisión Cultural del Congreso de Europa, yendo más allá hasta llegar al reconocimiento expreso de los derechos de Dios y de su ley, porque sin este sustento religioso nada puede asegurar los derechos del hombre. Tal y como señala Francisco, setenta años más tarde, los hombres tienen que ser el soporte sobre el que se construya la unión europea, pero Pío XII añade que no serán los hombres del pasado que llevaron a la guerra, ni serán las masas desarraigadas, principal enemigo de la sana democracia, quienes lo harán. Serán los hombres amantes de la paz, del orden y de la familia quienes construyan la unidad de Europa.

Los federalistas de la UEF tenían varios puntos de conexión con el pensamiento imperante en Roma. En efecto, sus principales líderes eran personalistas, habían tenido un cierto rechazo del parlamentarismo al tiempo que defendían fórmulas de democracia directa, apoyaban el papel central de los llamados cuerpos intermedios (municipios, regiones, sindicatos, corporaciones) y apostaban por la paz y la reconciliación 15. No obstante, la UEF también representaba un ejemplo claro de ecumenismo entre sus dirigentes. Alexandre Marc, primer secretario general, judío de familia y católico converso, gran impulsor de encuentros ecuménicos; Hendrick Brugmans, primer presidente, protestante calvinista que acabará abrazando la fe católica; Denis de Rougemont, protestante baptista y activo en los foros ecuménicos. Buena parte de las iniciativas europeístas de la posguerra se forjaron en un clima ecuménico que había arrancado en los años veinte y treinta, impulsado desde las filas de ciertas iglesias protestantes. Un año después de la audiencia con los delegados de la UEF, el 20 de diciembre de 1949, la Suprema Congregación del Santo Oficio hacía pública una instrucción para fijar la posición vaticana con relación al ecumenismo 16, señalando su apoyo a todas aquellas iniciativas encaminadas a acoger «con afecto verdaderamente materno a todos los que vuelven a ella como la única y verdadera Iglesia de Cristo», siempre bajo el estricto control de los obispos y rechazando todo atisbo de indiferentismo o irenismo que pudiese equiparar la doctrina católica con las reformadas 17.

Tal vez más preocupante para la curia fue el movimiento pacifista que irrumpe a partir del Congreso Mundial de Intelectuales por la Paz (Wroclaw, 1948) y se conforma en torno al Consejo Mundial de la Paz (1950). Su vinculación con el movimiento comunista internacional era evidente, como también lo era su éxito entre las elites intelectuales y entre un sector significativo de los cristianos y católicos, en especial en Francia. Las armas nucleares y la guerra de Corea catalizaron el movimiento. En los últimos meses de la guerra, Pío XII ya había mostrado su preocupación porque el establecimiento de una paz auténtica y duradera entre las naciones y dentro de ellas llevaría su tiempo, demasiado para las aspiraciones acumuladas por una humanidad hambrienta de orden y tranquilidad y propensa, en consecuencia, a manipulaciones 18. El incipiente proceso de integración europea en torno a las Comunidades se vio inmerso en ese clima con la propuesta francesa de crear la Comunidad Europea de Defensa (en adelante CED) y su correlato de Comunidad Política Europea (en adelante CPE), tras la decisión de la Asamblea de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (en adelante CECA), en septiembre de 1952, de adquirir un papel preconstituyente en línea con la propuesta Schuman-Gasperi de julio de ese mismo año. Pío XII se implica en ese proceso de tenor federal y supranacional 19. Conocedor de la propuesta franco-italiana, no duda en afirmar que los católicos deben contribuir a crear una atmósfera de mutua compresión basada en: el respeto mutuo, la lealtad recíproca para reconocer al otro los mismos derechos que se reclaman para sí y la fraternidad con los demás pueblos 20. No obstante, será en la audiencia concedida a los delegados de Pax Christi, pocos días después de la creación de la Asamblea ad hoc de la CECA, cuando más comprometido se muestre. El papa acababa de conferir a Pax Christi la bandera del movimiento católico por la paz, en clara confrontación con el Consejo Mundial, y se estaba viviendo el proceso de ratificación del tratado de la CED. Pide a Pax Christi que ayude a crear la atmósfera favorable a la unificación económica y política de Europa porque trabajar por ello es trabajar por la paz y esa atmósfera necesaria no existe todavía, sin ella no será posible mantener las nuevas instituciones por mucho tiempo. En su relato, el pontífice le otorga un papel central a la historia «es necesario que cuando se observe el pasado, se haga un juicio sereno sobre la historia nacional, la de su patria, pero también la de otro u otros países. Los resultados de una investigación histórica rigurosa, reconocidos por los especialistas de las dos partes, debe ser la regla de ese juicio» 21. No se puede culpar a las generaciones actuales de los errores del pasado. Dicho de otro modo, hay que mirar hacia adelante en la construcción de una Europa unida, bajo la orientación de los líderes políticos católicos que, en aquel verano, dirigían la política exterior de los seis países comunitarios.

Las dificultades de la ratificación del tratado de la CED, en especial en Francia, llevan a Pío XII a lanzar, de nuevo, su exhortación a favor de la unidad de Europa, como elemento necesario de la paz mundial 22. La necesidad de arriesgarse deriva del creciente éxito del materialismo y de su concepción técnica de la vida, que anula a la familia y a Dios, socavando el orden y a las naciones. Los políticos cristianos no pueden convertirse en «heraldos carismáticos» de una nueva tierra social, tienen que perseverar en los valores de la doctrina social cristiana y en la consolidación y defensa de los Estados-Nación. El federalismo y la apuesta supranacional del Vaticano no son contradictorios con la defensa de las naciones europeas que encarnan el orden desde el que acometer la unidad 23.

El fracaso de la CED no supone el abandono del apoyo pontificio al proyecto europeo en clave supranacional. Poco después de la firma de los Tratados de Roma, Pío XII es consciente de que el ejecutivo de la Comunidad Económica Europea (en adelante CEE) representa un retroceso con relación al de la CECA, donde la Alta Autoridad goza de poderes relativamente vastos y no depende del Consejo de Ministros más que en algunos casos determinados y de que el proceso se asienta en la conciencia de los intereses materiales comunes. El relato vaticano bendice el proceso porque confía en que el mensaje cristiano, como auténtica levadura y principal valor europeo, haga fermentar los valores espirituales y morales comunes como son la idea y el ejercicio de las libertades fundamentales de la persona humana, la función de las sociedades familiar y nacional, el respeto de las diferencias culturales —en el seno de una comunidad supranacional— o el espíritu de conciliación y de colaboración 24. Un buen colofón al relato de una Europa unida desde las diferentes culturas nacionales, a imagen de las iglesias particulares, con sus valores propios abonados en el concepto cristiano de la vida, capaz de derrotar al concepto materialista y a sus valores. Una Europa que ha perdido el liderazgo de Occidente a manos de Estados Unidos en donde el catolicismo vive momentos pujantes, antesala de la llegada a la Casa Blanca del primero de los suyos. Es claro que se trataba de un catolicismo con rasgos singulares, pero ahora era tiempo de combatir la amenaza comunista y, en este punto, los intereses vaticanos coinciden con los de la jerarquía católica y el gobierno de Estados Unidos 25.

Con una dictadura franquista excluida del proceso de construcción europea, la imagen vaticana sobre España durante el pontificado de Pío XII se enmarca dentro del bloque ibérico constituido en los últimos años de la Segunda Guerra Mundial y avalado más tarde por el contexto de la Guerra Fría. Sin embargo, la tesis que legitima el autoritarismo nacional-católico no impedirá dejar abierta la puerta para explorar vías que permitan progresar en la hipótesis de una progresiva incorporación de España a la democracia-cristiana. En algunos casos, con la participación activa de algunos clérigos, religiosos y laicos en organismos internacionales como Pax Romana o los Nuevos Equipos Internacionales 26, pero también a través de la puesta en marcha de iniciativas propias como las «Conversaciones Católicas Internacionales de San Sebastián» o la Asociación Española de Cooperación con Europa 27. Se trata, en todo caso, de redes intelectuales de alcance todavía limitado, que apenas condicionan el relato público de Pacelli sobre el papel de España en la construcción europea, en un contexto en el que la dictadura ni siquiera se planteaba una relación con las Comunidades Eu­ropeas y, de la mano de Estados Unidos, se aproximaba a la OECE y a las organizaciones de Bretton Woods.

La Europa Wojtyla y la hora de la «Solidaridad» (1978-1992)

Juan XXIII, inspirado por los ideales internacionalistas consagrados por la encíclica Pacem in Terris, convertida en auténtico testamento espiritual de su pontificado, había apostado definitivamente por el diálogo ecuménico, propiciando además el inicio de la Ostpolitik vaticana que permitió establecer canales de comunicación con la Europa comunista. Heredero de su legado, Pablo VI sumó al relato del ecumenismo, la necesidad de integrar en Europa a los países del otro lado del telón de acero, e insistió en la necesaria apertura al mundo de una Europa que debería atender unida las realidades emergentes nacidas del proceso de descolonización 28. Ambos habían liderado los procesos de convocatoria y clausura de un Concilio Ecuménico que supuso la apertura de un nuevo tiempo eclesial, pero que pronto despertó más interrogantes que certezas 29.

Juan Pablo II fue coronado pontífice en octubre de 1978, auténtico annus horribilis para la Iglesia católica, traumatizada por el asesinato del dirigente más carismático de la Democracia-Cristiana, el fallecimiento de dos pontífices y una profunda crisis del concepto tradicional del sacerdocio y de la autoridad jerárquica. La designación por el cónclave de un joven cardenal llegado de las «Iglesias del silencio» propició un giro conservador partidario de frenar las aventuras aperturistas. La Iglesia católica protagonizó así en los ochenta una cruda batalla entre los partidarios de aplicar el denominado «espíritu del Concilio» y los que optaban por la restauración de la disciplina eclesiástica, la autoridad jerárquica y la ortodoxia doctrinal 30. Un combate que tuvo su incidencia fuera de la Iglesia, pero que alcanzó su mayor intensidad en el seno de las instituciones eclesiásticas. Los católicos de las catacumbas del Este europeo que resistían entonces el embate del comunismo, no solo servirían de inspiración como preservadores de las esencias de la tradición; también supondrían una estructura de oportunidad en el competitivo mercado mundial de las religiones.

El proyecto de integración europea se veía afectado entonces por la adaptación institucional a la futura integración de las jóvenes democracias del sur, y el vertiginoso aumento de las cifras del paro por primera vez desde la segunda guerra mundial. El relato desarrollado por Wojtyla en sus primeros años de pontificado incidiría así en la irrevocable dimensión integradora de Europa, de norte a sur y de oeste a este; restauraría la memoria de los padres fundadores católicos 31, oscurecidos a la sombra del relato laico construido sobre la figura de Jean Monnet 32, y convertiría la solidaridad cristiana en programa ético alternativo al materialismo 33.

En junio en 1979 Wojtyla realizó su primera visita oficial como pontífice a su Polonia natal. A su regreso, Agostino Casaroli, el hombre de la Ostpolitik, fue designado nuevo secretario de Estado. Unos días antes, las primeras elecciones al Parlamento de la Europa de los nueve habían constatado cierto equilibrio entre el Partido Socialista y el Partido Popular Europeo que, fundado tres años antes, intentaba restaurar la antigua hegemonía de la democracia-cristiana. En octubre Juan Pablo II pronunció su primer alegato en favor de una Europa cristiana ante la Comisión y la Corte Europea de Derechos Humanos del Consejo de Europa 34. Las dos Asambleas especiales del sínodo de obispos, celebradas en los primeros meses de 1980 (sobre los Países Bajos y sobre Ucrania), confirmaron la intención definitiva de sofocar las disidencias surgidas en Occidente y potenciar la relación con las Iglesias del Este. Un contexto que explica el asalto de la curia vaticana a los organismos eclesiásticos que mantenían una relación más estrecha con las instituciones comunitarias, dominados hasta esa fecha por las corrientes aperturistas: la Oficina Católica para el Estudio de los Problemas Europeos (en adelante OCIPE), fundada en diciembre de 1956 en Estrasburgo y ligada a la congregación jesuita 35; el movimiento internacional Pax Christi, con sede en La Haya desde enero de 1965 y presidido por el cardenal neerlandés Bernardus Johannes Alfrink, y el Consejo de Conferencias Episcopales Europeas (en adelante CCEE), constituido en Holanda en 1967 por el episcopado más progresista y presidido por el cardenal Roger Echegaray. En marzo de 1980 se fundó la Comisión de Conferencias Episcopales de la Comunidad Europea (en adelante COMECE), con sede en Bruselas, y bajo control directo de la curia vaticana, que pretendía así monitorizar la formulación del relato sobre la unidad eu­ropea. La presidencia del obispo de Essen, Franz Hengsbach, vicario castrense del ejército de la República Federal Alemana (en adelante RFA), y la secretaría general en manos de Huot-Pleuroux, antiguo secretario de la Conferencia Episcopal Francesa, garantizarían la fidelidad a las orientaciones marcadas por la Santa Sede.

La ola de neocoservadurismo se extendía entonces entre las clases dirigentes de las principales potencias de Occidente. Desde octubre de 1982, con el regreso a la cancillería de Bonn de los demócrata-cristianos, las redes del capitalismo global serían diseñadas por los gobiernos de Ronald Reagan en Estados Unidos, Margaret Thatcher en el Reino Unido, Yasuhiro Nakasone en Japón o Helmut Kohl en la RFA. La alianza alcanzada entre los conservadores de la CDU y los liberales de la FPD, había clausurado trece años de hegemonía social-demócrata y serviría de modelo para el futuro. La curia vaticana trató de sacar partido a esa revolución conservadora en la que podría ejercer un rol moral; una nueva estructura de oportunidad con la que recuperar los espacios perdidos en la deriva posconciliar. En noviembre de 1982, mientras el papa invocaba la unidad europea en Compostela, se celebraba en Madrid la tercera ronda de sesiones de la Conferencia para la Seguridad y la Cooperación en Europa que reunía a representantes de 35 Estados bajo la presidencia del embajador de la RFA, Jorg Kasti. El acto eu­ropeísta en Santiago forjó también una nueva alianza conservadora en el ámbito eclesial español, con el arzobispo Ángel Suquía y su obispo auxiliar Rouco Varela convertidos en hombres de confianza de Wojtyla y Ratzinger 36. Sin embargo, si por algo llama la atención el discurso público del episcopado español respecto al proceso de integración en Europa en esos años es por su escasa o nula relevancia; ni siquiera los actos de carácter europeísta celebrados por el papa en España incidirán en el papel de la Iglesia española en el marco de la integración.

En junio de 1983 el papa realizó su segunda visita a la Polonia de Jaruzelski, de Walesa y del recién proclamado cardenal Józef Glemp, todavía bajo los efectos de la ley marcial. En agosto la Congregación para la Doctrina de la Fe publicó su primera condena sobre la «Teología de la Liberación». Juan Pablo II se había convertido en agente eficaz de la lucha contra el comunismo y en enero de 1984 el gobierno de Estados Unidos estableció por primera vez en su historia relaciones formales con la Santa Sede 37. Las segundas elecciones al Parlamento Europeo confirmaron que solo la alianza de los demócrata-cristianos del Partido Popular, con los conservadores y los liberales, podría superar la hegemonía social-demócrata. En octubre de 1984, con el español Joaquín Navarro Valls como nuevo Director de la Oficina de Prensa del Vaticano, el papa defendió ante los parlamentarios de la Unión Europea Occidental que la civilización cristiana «a la que justamente están vinculados los países europeos, será fuerte, sabrá defenderse desde el interior, si guarda su alma» 38.

En marzo de 1985 Mijail Gorbachov alcanzó la secretaría general del comité central del Partido Comunista. Mientras la Secretaría de Estado negociaba con los dirigentes de la Unión Soviética para garantizar la libertad religiosa ratificada en los Acuerdos de Helsinki, Wojtyla realizó su primera visita oficial a la sede de la Comunidad Económica Europea en Bruselas, donde insistió en que los europeos no podían resignarse a la división de su continente, no podían ignorar la contribución de los países del Este al patrimonio europeo común. El papa ofrece el cristianismo como vía para superar las divisiones y curar las heridas históricas: «Repito hoy la llamada que dirigí a Europa desde Compostela: “Vuelve a encontrarte. Sé tú misma. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces”» 39. Solo unos días después, su encíclica Slavorum Apostoli incidiría en estas tesis con mayor rotundidad con su célebre sentencia «Europa debe respirar con dos pulmones» 40.

Mientras se intensificaba la reivindicación de la memoria cristiana en el Este, el Consejo de Europa revalorizaba el patrimonio eclesiástico de Occidente con la distinción de El Camino de Santiago como primer Itinerario Cultural Europeo 41. Para entonces, Gabino Díaz Merchán, presidente de la Conferencia Episcopal Española, había ya publicado el primer documento del episcopado español que aludía en concreto al proyecto europeo con su agradecimiento al presidente del COMECE 42. Los años siguientes confirmaron el asentamiento de redes eclesiásticas que ofrecían sus servicios entre Oriente y Occidente en el seno de las instituciones europeas 43. En marzo de 1987 un manifiesto de la CCEE insistió en promocionar las vías de cooperación 44, y en octubre de 1988 la curia vaticana constituyó un nuevo Consejo Pontificio para la Unidad de los cristianos y la OCIPE abrió nuevas sedes en Budapest y Varsovia. Juan Pablo II, que ya había elegido al Consejo de Europa para su primer alegato europeísta, vuelve a insistir ante su Asamblea Parlamentaria en su apuesta por la gran Europa, de la que la organización de Estrasburgo era paladín, frente a la pequeña Europa asociada a las Comunidades 45. Esta elección por dar visibilidad al intergubernamental Consejo de Europa frente a la supranacional —aunque cada vez menos— Comunidad Europea era coherente con la creación del COMECE.

En el marco del ecumenismo, en mayo de 1989, la Asamblea Ecuménica de Basilea, bajo el lema «Paz y justicia», fue la primera organizada en conjunto por el COMECE y la Conferencia de Iglesias Europeas (en adelante CEC), que desde 1959 venía reuniendo a representantes de las Iglesias protestantes y ortodoxas. La ampliación al Este exigía incrementar la cooperación interconfesional, pero Wojtyla solo posibilitaría esta relación bajo vigilancia directa de la curia, evitando cualquier signo de disidencia 46. Si la relación con las Iglesias ortodoxas que habían sufrido el comunismo facilitaba el ascenso de los postulados conservadores 47, las orientaciones liberales y progresistas hegemónicas en la esfera del protestantismo se veían ahora mermadas por la influencia emergente del fundamentalismo entre las Iglesias congregacionales 48.

Con una España integrada en la CEE y en pleno proceso de modernización y secularización, el papa decidió en 1989 convocar la IV Jornada Mundial de la Juventud en el santuario de Santiago de Compostela 49. Su tercera visita a España sirvió para invocar la fe de la juventud católica europea arrodillada ante la tumba del apóstol 50. El rearme del frente conservador permitió que en junio el pontífice aprovechase el cincuenta aniversario del inicio de la Segunda Guerra Mundial para alertar sobre los peligros que acechaban a la Europa llamada a la unidad pero que piensa, vive y trabaja como si Dios no existiera. Se impone una nueva evangelización del viejo continente «Dios llama a su Iglesia a dar su propia contribución para la llegada de un mundo más fraterno» 51.

El primer día de diciembre de 1989 Juan Pablo II recibió a Gorbachov en sus estancias del Vaticano 52. Solo hacía veinte días de la caída del muro de Berlín y al día siguiente tendría lugar la Cumbre de Malta que firmaría el acta de defunción de la Guerra Fría. En junio de 1990 Croacia y Eslovenia, reconocidas adalides históricas del catolicismo tradicional, declararon su independencia unilateral de Yugoslavia. El croata Josip Uhac, nuncio en Bonn, fue designado nuevo Prefecto de la Congregación para la Evangelización, y su sustituto en la Alemania unificada fue el húngaro Lajos Kada. La orientación de los nombramientos coincidía con la atención del discurso vaticano. En abril de 1991 Wojtyla presentó ante el Foro de Rectores de Universidades europeas un proyecto de restauración de la Europa cristiana 53, y en mayo la encíclica Centessimus Annus certificó la defunción de los regímenes comunistas, alertando frente a la peligrosa exaltación del delirio materialista propio del liberalismo 54. Para entonces la curia concentraba toda su atención en la I Asamblea Especial para Europa del Sínodo de obispos que bajo el título Ser testigos de Cristo que nos ha liberado se celebraría en diciembre. El español Eduardo Martínez Somalo ejercería un papel destacado como prefecto de la Sagrada Congregación para el Culto Divino, en una asamblea que diseñaría la estrategia católica para la Europa venidera. Tras su clausura, la Santa Sede reconoció de forma oficial la independencia de Croacia y Eslovenia.

La Europa Wojtyla y la hora de la «Verdad» (1992-2005)

El éxito del primer pontificado de Wojtyla en la recomposición eclesial y en la esfera internacional lo convirtió en figura indiscutible dentro y fuera de la Iglesia. El sometimiento de los heterodoxos y el fortalecimiento de las instituciones eclesiásticas permitían afrontar nuevos retos. A medida que el proceso de globalización se veía presidido por el paradigma secularizador-modernizador, el relato ­Wojtyla comenzó a denunciar los riesgos del individualismo y del materialismo hedonista. Eliminado el enemigo del Este, era necesario incidir en los demonios internos de Occidente. El relativismo moral amenazaba con destruir el patrimonio cristiano que solo podía preservarse con la defensa de «la verdad». El papado se convertía así en garante de esa «verdad» frente a los riesgos de un liberalismo que, prometiendo libertades, solo arrastraría a la miseria moral, como podía deducirse de la encíclica Veritatis Splendor 55.

Fue en este contexto, cuando el ecumenismo y las relaciones con otras confesiones se convirtieron en parapeto privilegiado contra el relato liberal, pronto calificado como «laicismo radical», y enfrentado a los valores eternos defendidos por la verdad de la trascendencia. El diálogo, la cooperación y la alianza con las Iglesias ortodoxas y las congregacionales —sin excluir la comunidad judía o la islámica— se convirtieron en piezas clave del frente confesional. En paralelo, Jacques Delors, presidente de la Comisión Europea, recuperando una idea de Robert Schuman, solicitó, desde 1992, el apoyo de las principales iglesias y organizaciones humanistas laicas para su iniciativa «Un alma para Europa. Ética y espiritualidad» 56.

En 1993 el COMECE pasó a estar dirigido por Joseph Homeyer, obispo de Hildesheim, avalado por su gestión como fundador del Instituto de Investigación Filosófica de Hannover, y el irlandés Noel Treanor. Sometido el episcopado más díscolo y reemplazado por los obispos nombrados en la era Wojtyla, la CCEE también observó un importante proceso de renovación bajo la presidencia del arzobispo de Praga Miloslav Vlk, y los vicepresidentes, Karl Lehmann (Mainz) e Istvan Sevegély (Eger, Hungría). Ambos organismos consolidaron sus atribuciones cuando la Comisión Jaques Santer decidió incorporar a los representantes de las confesiones religiosas en el debate sobre la integración de los países del Este 57. Con este nuevo horizonte, menguan los guiños vaticanos hacía el Consejo de Europa y la Unión Europea se convierte en el interlocutor.

Mientras tanto, los fastos seculares de 1992 habían convertido España en referencia de modernidad y el perfil bajo adoptado por las autoridades eclesiásticas respecto al V centenario y a la discutida memoria de la Hispanidad, contrastó con la respuesta ofertada al año siguiente con la conmemoración del Año Santo Compostelano y la celebración del Congreso Eucarístico Internacional en Sevilla, que inició la escalada de los católicos españoles a las instituciones europeas. Con Elías Yanes al frente de la Conferencia Episcopal y en la vicepresidencia del COMECE, el relato sobre Europa comenzó a adquirir mayor calado con documentos como La construcción de Europa, un quehacer de todos 58 o La dimensión socioeconómica de la UE 59. El papa aprovechó su cuarta visita a España para elaborar una relectura de la historia peninsular en clave ecuménica 60.

El interés por el proceso de integración europea —junto con la lucha contra el dominio electoral socialista— hace que la Conferencia Episcopal Española, en mayo de 1994, estime oportuno publicar una Nota sobre las elecciones al Parlamento Europeo en la que intenta dar importancia a los comicios pese a que «algunos pueden pensar que dicha institución nos queda un poco lejos y que, quizá, no hay que tomar demasiado en serio estas elecciones» 61. Los resultados alcanzados por el Partido Popular en España presagiaban un brillante porvenir para el frente eclesial conservador, reforzado con los nombramientos de Rouco Varela, arzobispo de Madrid desde julio de 1994, y Lajos Kada, anterior nuncio en Bonn, destinado a Madrid desde septiembre de 1995. En mayo de 1996 tras catorce años de hegemonía socialista, se conformó un primer gobierno del Partido Popular que recibió el apoyo de los diversos grupos afines a la democracia-cristiana (Partido Nacionalista Vasco, Convergència i Unió y Coalición Canaria). Desde esa fecha, también para el Vaticano, «España iba bien».

En junio de 1996 Juan Pablo II anunció en el Estadio Olímpico de Berlín la convocatoria de una II Asamblea Especial para Europa del Sínodo de Obispos y en junio del año siguiente la Asamblea Ecuménica celebrada en Graz, bajo el título Reconciliación, don de Dios y fuente de vida nueva, progresó en la cooperación alcanzada entre el COMECE y la CEC. El Vaticano se preparaba para jugar sus cartas, pero la baza española tendrá ahora una importancia estratégica. En febrero de 1998 Rouco Varela, recibió finalmente la birreta cardenalicia. En enero de 1999, Faustino Sainz Muñoz, otro eclesiástico español, fue designado primer nuncio en Bruselas ocupado en exclusiva de la negociación con las instituciones comunitarias, lo que acredita la apuesta por estas como interlocutor. En marzo, Rouco Varela fue elegido presidente de la Conferencia Episcopal. El ascenso de los católicos españoles en la política europea se veía rubricado en noviembre con la designación de Loyola de Palacio como vicepresidenta de la Comisión Europea presidida por Romano Prodi.

El relato Wojtyla subrayaba entonces el tono apologético respecto a la memoria cristiana de Europa. Si el recuerdo de los religiosos asesinados en la Guerra Civil Española o en las Guerras Mundiales sirvió para exaltar los testimonios del martirio, la apología sobre la devoción católica de los padres fundadores cobró todo su vigor con la apertura de diversos procesos de canonización 62. En esa línea deben interpretarse el extenso informe del COMECE titulado Europa, puente espiritual 63 o el discurso de Wojtyla ante los diputados del PPE con ocasión del cincuenta aniversario del Tratado de Roma, en el que se insiste: «Los cristianos han contribuido ampliamente a formar la conciencia y la cultura europeas [...]. Sin referencia a la dimensión trascendente, la actividad política se reduce, frecuentemente, a ideología» 64. Es hora de que los valores espirituales y morales, encarnados en la tradición cristiana de Europa, se pongan a la par de los intereses materiales comunes en el proceso de integración.

La primera victoria del Partido Popular Europeo en las elecciones al Parlamento Europeo de junio de 1999 y la primera mayoría absoluta lograda por el Partido Popular en España en marzo de 2000, refuerzan las expectativas para incorporar el relato vaticano en las instituciones comunitarias. En octubre el COMECE publicó su informe Sobre la carta de derechos fundamentales de la UE, mostrando su preocupación por algunos aspectos relacionados con la libertad de conciencia. Juan Pablo II confirmaba su apuesta por el Este con la gira efectuada en Ucrania y solo la presencia emergente de la comunidad islámica en el continente 65 parecía amenazar la pretensión vaticana de identificar el proyecto europeo con el legado de la cristiandad 66. En febrero de 2002 el inicio de los trabajos de la Convención sobre el futuro de Europa y los debates para la redacción del preámbulo del futuro texto constitucional, alentaron una cooperación más cercana entre la Iglesia católica y las restantes Iglesias cristianas, que en septiembre y diciembre publicaron documentos conjuntos en defensa de la mención explícita de los valores cristianos como pilares fundacionales de Europa 67.

En junio de 2003 Rouco Varela, relator del sínodo de obispos europeos, presentó en Roma la Exhortación Apostólica Eclessia in Europa 68. Los discursos del pontífice ante los ministros de Interior de la Unión Europea 69 y ante los representantes de la Fundación Robert Schumann 70 insistían en manifestar el valor y la vigencia del patrimonio cristiano, y el secretariado del COMECE publicó el documento Una estrategia para la familia en la UE 71, que sirvió de base para la declaración La solidaridad es el alma de Europa 72. En España, un periodo de prosperidad económica y las relaciones tejidas con los gobiernos de Bruselas, Madrid o cada una de las Comunidades Autónomas permitió un rápido crecimiento de la red institucional católica: universidades privadas, restauración y rehabilitación del patrimonio eclesiástico, pujanza de nuevos movimientos apostólicos, etc. Un idilio roto en abril de 2004 por el inesperado triunfo electoral del PSOE y las medidas tomadas por el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero.

Ante la cercanía de las próximas elecciones al parlamento eu­ropeo, el Vaticano organizó el encuentro ecuménico «Juntos por Europa» que reunió en Stuttgart a representantes de diversas Iglesias, mientras el COMECE publicó el documento Una oportunidad para poner en práctica nuestros valores. Ante las elecciones y sobre el Tratado Constitucional 73. Las elecciones de la Europa de los 25 otorgaron una contundente victoria al Partido Popular y el COMECE publicó de manera inmediata un informe que apostaba por realizar un último esfuerzo para reconocer el legado cristiano en el Tratado 74. Tras las tensiones previas surgidas durante la Convención, en octubre de 2004 los jefes de gobierno de la UE aprobaron en Roma el texto definitivo que incorporaba el reconocimiento y la interlocución con las diversas confesiones religiosas, pero rechazaba la requerida mención expresa al cristianismo, señalando como fuente de inspiración del Tratado constitucional la herencia cultural, religiosa y humanista de Europa, a partir de la cual se han desarrollado los valores universales de los derechos inviolables e ina­lienables de la persona humana, la democracia, la igualdad, la libertad y el Estado de Derecho 75. Juan Pablo II aprovechó la audiencia con el presidente saliente de la Comisión Europea, Romano Prodi, para dejar claro que: «la Santa Sede ha recordado a todos que el cristianismo, en sus diferentes expresiones, ha contribuido a la formación de una conciencia común de los pueblos europeos y ha dado una gran aportación para forjar su civilización. Reconocido o no en los documentos oficiales, este es un dato innegable que ningún historiador podrá olvidar» 76. Restaba refrendar el texto constitucional en cada uno de los Estados miembros.

La nota oficial publicada por la Conferencia Episcopal Española respecto a la campaña institucional en favor del Sí reflejó una equidistancia estratégica, acorde con la relación conflictiva entre el gobierno socialista y las autoridades eclesiásticas: «Los obispos creen que es moralmente necesario trabajar por una integración cada vez mayor y más justa de Europa. Pero piensan que el compromiso con Europa no les obliga a indicar, en el ejercicio de su misión pastoral, un sentido determinado del voto en este referéndum» 77. Sin embargo, la contundencia del resultado parecía distanciar a la ciudadanía española del difuso posicionamiento episcopal. En aquellos días, el proyecto europeo aparecía en el horizonte español como una prometedora apuesta por el futuro. El 20 de marzo de 2005 el cardenal Camillo Ruini, vicario de la diócesis de Roma, leyó en público el último mensaje de Juan Pablo II que llamaba a celebrar la próxima Jornada Mundial de la Juventud en Colonia 78, la ciudad alemana en la que Konrad Adenauer había iniciado ochenta años antes su providencial travesía política. Karol Wojtyla fallecería el 2 de abril, pero la conexión germánica-vaticana seguiría siendo determinante en los años siguientes.

Conclusiones

El pontificado Wojtyla supuso una recuperación del relato propio de la Iglesia católica con respecto al proceso de construcción europea. En efecto, Pío XII había sentado los cimientos de ese relato vaticano justo en los momentos aurorales de la unificación. Tras la Segunda Guerra Mundial, el comunismo aparecía como la amenaza más fuerte para los intereses que representaba Roma. En ese contexto, las claves del relato pacelliano descansaban en: la búsqueda de la paz, basada en la reconciliación y en la fraternidad cristianas; la centralidad del hombre, titular de unos derechos naturales dados por su Creador, que los Estados debían proteger y tutelar; la defensa de una Europa unida desde las diferentes culturas nacionales, a imagen de las iglesias particulares, con sus valores propios abonados en el concepto cristiano de la vida, capaz de derrotar al concepto materialista y a sus valores; y la apuesta por un modelo supranacional, con ribetes federalistas, en línea con el pensamiento de los padres fundadores, buena parte de ellos católicos.

En las postrimerías de la Guerra Fría la evolución observada en los países de la Europa soviética se percibe como una oportunidad y el liberalismo globalizador como potencial amenaza. En ese contexto, las claves del relato de Juan Pablo II radican en: la restauración de una antropología escolástica en la que la dignidad humana descansa sobre la naturaleza divina; la reivindicación de una identidad europea indisolublemente unida a los valores cristianos; la promoción de redes de solidaridad —económica, social, pero también eclesial— en el viejo continente, de norte a sur y de oeste a este, y la advertencia respecto a los riesgos de sustituir el materialismo marxista caído en desgracia por los falsos valores del hedonismo y el individualismo extendidos de forma peligrosa de manera global. Si la ampliación hacia el Este permitió al Vaticano incrementar su cuota de mercado en el marco de las confesiones religiosas; también favoreció su mayor influencia en el ámbito de las instituciones eu­ropeas, convertido en mediador institucional en los procesos de negociación, formales e informales.

El Vaticano había mostrado en el ámbito público un relato distante respecto al papel que le correspondía a España en el proceso de construcción europea. Solo tras los fastos laicos de 1992 y los litúrgicos de 1993 se incrementó la atención sobre las claves que usaría la Iglesia española en Europa, desarrollando un relato de vertiente social —presidencia de Elías Yanes— o moral —presidencia de Rouco Varela—. Los gobiernos del Partido Popular entre 1996 y 2004 coincidieron además con el ascenso del episcopado español entre los organismos eclesiásticos europeos y Rouco Varela, que durante el encuentro europeísta celebrado en Compostela en noviembre de 1982 había ejercido como obispo auxiliar, fue designado por el pontífice como el cardenal encargado en junio de 2003 de presentar en sociedad la Exhortación Apostólica Eclessia in Europa, convertida en auténtico testamento del relato Wojtyla sobre «el viejo continente».


* Este trabajo ha sido financiado con cargo a los proyectos HAR2015-64429-C2-1-P del Ministerio de Economía y Competitividad, y «Jean Monnet Project», 574846-EPP-1-2016-1-ES-EPPJMO-PROJECT, de la Education, Audiovisual and Culture Executive Agency. European Commission.

1 Papa Francisco, «Discurso a jefes de Estado y de Gobierno de la UE presentes en Italia para la celebración del 60 aniversario del Tratado de Roma», 24 de marzo de 2017.

2 Acompañando al monarca y al Gobierno de España hubo representación del Consejo de Europa, de la Fundación Europea de la Cultura, de la Societé des Amís de Saint-Jacques y de las Fundaciones Hispania Nostra, Aristrain, Eurodidal Fundatión, Bernard Van Leer, Europa Nostra y Barrié de la Maza. Asistieron también los rectores de las universidades de Viena, Praga, Toulouse, la Laterana de Roma, del Instituto de Estudios Eclesiásticos de Roma, de la Universidad Pontificia de Salamanca y del Instituto Católico de Toulouse, y el secretario general de la Conferencia de Obispos del Mercado Común Europeo (COMECE).

3 Juan Pablo II, «Discurso en el Acto Europeo en Santiago de Compostela», 9 de noviembre de 1982.

4 Antonio María Rouco Varela: Reflexiones sobre la Europa actual a la luz del discurso europeísta de San Juan Pablo II en Santiago de Compostela el 9 de noviembre de 1982, Madrid, Universidad San Dámaso, 2015.

5 Philippe Chenaux: Une Europe Vaticane? Entre le Plan Marshall et les Traités de Rome, Bruselas, Editions Ciaco, 1990, pp. 289-290.

6 Pío XII, «Radiomensaje “En el alba y en la luz”», 24 de diciembre de 1941.

7 Pío XII, «Radiomensaje de Navidad», 24 de diciembre de 1942.

8 En la tradición católica, estos derechos son imprescriptibles, dado que la persona humana es una imagen de Dios y el Estado solo puede tutelarlos para que los hombres puedan cumplir con el fin sobrenatural para el que fueron creados. Véase Daniele Menozzi: Chiesa e diritti umani, Bolonia, Il Mulino, 2012, p. 139.

9 Dmitry Shmelev: «Impossible Internationalism. Interrupted Experiences of Christian Democracy beyond the Iron Curtain», en Jean-Dominique Durand (ed.): Christian Democrat Internationalism. Its Action in Europe and Worldwide from post World War II until the 1990s, vol. II, The Development (1945-1979). The Role of Parties, Movements, People, Bruselas, Peter Lang, 2013, pp. 93-103.

10 Philippe Chenaux: Une Europe Vaticane?..., pp. 39-43.

11 El elegido fue el internuncio en Holanda, monseñor Paolo Giobbe. Con todo, su papel fue tan sumamente discreto que el católico editor de The Tablet, Douglas Woodruff, señala unos años después: «His prominente and his silent were both significant…His silence indicated the prudence and reserve of the Church towards a movement whose character and aims could not be assessed». Véase Douglas Woodruff: «The Holy See and United Europe», Europe Today and Tomorrow. International Bulletin of the European Movement, 8 (1951), p. 1.

12 Pío XII, «Discorso al Sacro Collegio nella festivitá di Sant’ Eugenio», 2 de junio de 1948.

13 «Richiami e confronti», L’Osservatore Romano, 13 de mayo de 1948, y José Solas García: «El papa y la unidad Europea», Ecclesia, 599 (1953), pp. 10-13. El órgano vaticano también hace hincapié en que la propuesta de unidad europea de aquellos años solo podía ser comparada con los tiempos de la Europa medieval en que la Iglesia había dotado a los pueblos del viejo continente de una unidad basada en los principios éticos y jurídicos derivados de la fe católica.

14 Pío XII, «Discorso in occasione del II Congresso Internazionale per dar vita all’Unione Federale Europea», 11 de noviembre de 1948.

15 Nicolas Stenger: Denis de Rougemont. Les intellectuels et L’Europe au xxsiècle, Rennes, Presses Universitaires de Rennes, 2015, pp. 83-95.

16 En realidad, la posición de la curia con relación al ecumenismo ya estaba clara desde el Código de Derecho Canónico de 1917, que en su canon 1325 dejaba establecido lo siguiente: «Los católicos deben evitar los debates o conferencias acerca de cuestiones de fe con los no católicos, especialmente en público, a menos que la Santa Sede, o en caso de urgencia el obispo del lugar, hayan concedido el oportuno permiso».

17 Instructio Ecclesia Catholica, Acta Apostolicae Sedis (en adelante AAS), annus XXXXII, series II, vol. XVII, 31 de enero de 1950, pp. 142-147.

18 Keith Lowe: Continente salvaje. Europa después de la Segunda Guerra Mundial, Madrid, Galaxia Gutenberg, 2012, p. 222.

19 Esto supone una cierta matización de la tradicional posición accidentalista vaticana en relación con las formas de organización internacional, tal y como ya había señalado Walter Lipgens (ed.): Documents on the History of European Integration, vol. 2, Plans for European Union in Great Britain and in Exile, 1992, Berlín, De Gruyter, 1986, p. 749.

20 Pío XII, «Discorso ai partecipanti al convegno di studio sul tema: “I cattolici e la vita internazionale”», 16 de julio de 1952.

21 Pío XII, «Discours aux participants au Congrès International de “Pax Christi”», 13 de septiembre de 1952.

22 Pío XII, «Radiomensaje de Navidad», 24 de diciembre de 1953.

23 «¿Precisa acaso demostrar que la debilidad de la autoridad socava la solidez de una nación más aún que todas las demás dificultades, y que la debilidad de una nación lleva consigo la debilitación de Europa y pone en peligro la paz general?» (ibid.).

24 Pío XII, «Discurso a los participantes en el Congreso de Europa», 13 de junio de 1957. Se trata de un congreso organizado por el Movimiento Federal Eu­ropeo Italiano.

25 Jay P. Dolan: In Search of an American Catholicism. A History of Religion and Culture in Tension, Nueva York, Oxford University Press, 2002.

26 Glicerio Sánchez Recio (coord.): La Internacional católica. Pax Romana en la política europea de posguerra, Alicante, Biblioteca Nueva, 2005, y Natalia Urigüen: «De reuniones de amigos a partidos políticos. La democracia cristiana española y el apoyo europeo durante el franquismo», en Lorenzo Delgado Gómez-Escalonilla, Ricardo Martín de la Guardia y Rosa Pardo Sanz (coords.): La apertura internacional de España. Entre el franquismo y la democracia (1953-1986), Madrid, Sílex, 2016, pp. 337-360.

27 Pablo López Chaves: Las Conversaciones Católicas Internacionales de San Sebastián (1947-1959), tesis doctoral, Universidad de Granada, 2015, y Antonio Moreno Juste: Franquismo y construcción europea, Madrid, Tecnos, 1998.

28 Alfredo Canavero: «L’engagement por l’Europe de Giovanni Battista Montini, aumônier de la FUCI, substitute secrétaire d’État, archevêque et pape», en Gerard Bossuat (dir.): Inventer l’Europe, Bruselas, Peter Lang, 2003, pp. 257-272.

29 Horn Gerd-Rainer: The Spirit of Vatican II. Western European Progressive Catholicism in the Long Sixties, Oxford, Oxford University Press, 2015; Hugh McLeod: The Religious Crisis of the 1960s, Oxford, Oxford University Press, 2007; Feliciano Montero: La Iglesia: de la colaboración a la disidencia (1956-1975), Madrid, Encuentro, 2009, y Josep Maria Piñol: La transición democrática de la Iglesia española, Madrid, Trotta, 1999.

30 Daniele Menozzi: «Concilio e posconcilio. Tra svolta e continuità», en Storia del Cristianesimo. L’Età Contemporanea, Bari, Laterza, 2009, pp. 230-251; íd.: «Il ritorno della Legge Naturales», en Chiesa e diritti umani, Bolonia, Il Mulino, 2012, pp. 235-266; David MacCulloch: «El Concilio Vaticano II. La mitad de una revolución», en Historia de la Cristiandad, Barcelona, Debate, 2011, pp. 1028-1036, y Juan Antonio Estrada: «Globalización, posmodernidad y cristianismo», en Francisco J. Carmona Fernández: Historia del cristianismo. El mundo contemporáneo, Granada, Trotta, 2010, pp. 427-477.

31 Juan Pablo II, «Discurso en el centenario del nacimiento de De Gasperi», 2 de abril de 1981.

32 Antonin Cohen: «El padre de Europa. La construcción social de un relato de los orígenes», en Salvador Forner Muñoz y Heidi Cristina Senante Berendes (coords.): La unidad europea: aproximaciones a la historia de la Europa comunitaria, Alicante, Universidad de Alicante, 2016, pp. 35-52.

33 Juan Pablo II. «Carta Encíclica Laborem Exercens sobre el trabajo humano en el 90 Aniversario de la Rerum Novarum», 14 de septiembre de 1981.

34 Juan Pablo II, «Mensaje a la Comisión Europea de los Derechos del Hombre y a la Corte Europea de los Derechos del Hombre con motivo de sus respectivos aniversarios», 29 de octubre de 1979.

35 Marc Feix: La création de l’OCIPE à Strasbourg, Estrasburgo, OCIPE, 2006.

36 Juan José Tamayo: «Involución, neoconservadurismo y neoconfesionalismo», en Adiós a la cristiandad. La Iglesia española en la democracia, Barcelona, Ediciones B, 2003, pp. 65-102.

37 Marie Gayte: «The Vatican and the Reagan Administration: A Cold War Alliance?», The Catholic Historical Review, 7, 4 (2011), pp. 713-736, y Andrew M. Essig y Jennifer L. Moore: «U.S.- Holy See Diplomacy: The Establishment of Formal Relations, 1984», The Catholic Historical Review, 95, 4 (2009), pp. 741-764.

38 Juan Pablo II, «Discurso a los parlamentarios de la Unión Europea Occidental», 29 de octubre de 1984. El concepto sería acuñado en las décadas siguientes por diversos presidentes de la Comisión Europea. Véanse Jacques Delors, «Speech to the Churches», Bruselas, 4 de febrero de 1992; Romani Prodi, «Speech to the European Parliament», 1999, y Philip M. Coupland: Britannia, Europa and Christendom British Christians and European Integration, Houndmills, Palgrave Macmillan, 2006, p. 1.

39 Juan Pablo II, «Visita a la sede de la Comunidad Económica Europea, Bruselas», 20 de mayo de 1985.

40 Juan Pablo II, «Carta Encíclica Slavorum Apostoli», 2 de junio de 1985.

41 En julio de 1985 el Consejo de Europa había otorgado a la ciudad de Santiago de Compostela el Premio Europa y en diciembre de ese mismo año la UNESCO la había declarado Patrimonio de la Humanidad. En diciembre de 1993 fue todo El Camino de Santiago el que recibió la misma distinción.

42 «Carta del presidente de la Conferencia Episcopal Española al presidente de la Comisión de Episcopados de la Comunidad Europea (COMECE) con motivo del ingreso de España en la Comunidad Económica Europea», 2 de mayo de 1985.

43 Petr Kratochvíl y Tomáš Doležal: The European Union and the Catholic Church. Political Theology of European Integration, Basingstoke, Palgrave Macmillan, 2015, pp. 58-71.

44 «Mensaje de los presidentes de las Conferencias Episcopales de Europa a los fieles católicos, a todos los cristianos y a los hombres de buena voluntad de toda Europa sobre el tema de la construcción de la paz mediante la confianza y la verdad», Dieburg (RFA), 8 de marzo de 1987.

45 «Si Europa quiere ser fiel a sí misma, tiene que saber reunir todas las fuerzas vivas de este continente [...]. Los países miembros de su Consejo son conscientes de no ser toda Europa; expresando el deseo ardiente de ver intensificada la cooperación, ya bosquejada, con las otras naciones, particularmente del Centro y del Este» (Juan Pablo II, «Discurso a la Asamblea Parlamentaria del Consejo Europeo, Estrasburgo», 8 de octubre de 1988).

46 Giovanni Cereti: «L’ingresso della Chiesa cattolica nel movimiento ecumenico e l’avvetno di un unico movimento ecumenico», Storia del Cristianesimo. L’Età Contemporanea, Bari, Laterza, 2009, pp. 379-393.

47 Roberto Morozzo della Roca: La Modernità e i mondi cristiani, Bologna, Il Mulino, 2010, pp. 51-71; íd.: «Le chiese dello spazio bizantino», en Storia del Cristianesimo. L’Età Contemporanea, Bari, Laterza, 2009, pp. 267-308, y Michael Burleigh: «“Queremos a Dios, queremos a Dios”. Las Iglesias y el hundimiento del marxismo-leninismo europeo, 1970-1990», en Causas sagradas. Religión y política en Europa de la Primera Guerra Mundial al terrorismo islamista, Madrid, Taurus, 2006, pp. 485-523.

48 Karen Armstrong: Los orígenes del fundamentalismo en el judaísmo, el cristianismo y el islam. La intolerancia religiosa frente al progreso, Barcelona, Tusquets, 2004, pp. 335-347 y 385-392.

49 Juan Pablo II, «Mensaje para la IV Jornada Mundial de la Juventud», 27 de noviembre de 1988.

50 Juan Pablo II, «Homilía de la Santa Misa en el Monte del Gozo», 20 de agosto de 1989.

51 Juan Pablo II, «Carta Apostólica con ocasión del 50º aniversario del comienzo de la Segunda Guerra Mundial», 27 de agosto de 1989.

52 Juan Pablo II, «Discurso al presidente del Soviet Supremo de la URSS, Mijail Gorbachov», 1 de diciembre de 1989.

53 Juan Pablo II, «Discurso al foro de los rectores de las universidades eu­ropeas, Aula Magna de la universidad “La Sapienza”, Roma», 19 de abril de 1991.

54 Juan Pablo II, «Carta encíclica Centesimus Annus en el centenario de la Rerum Novarum», 1 de mayo de 1991.

55 Juan Pablo II, «Carta encíclica Veritatis Splendor sobre algunas cuestiones fundamentales de la enseñanza moral de la Iglesia», 6 de agosto de 1993.

56 Integraron esta asociación la COMECE, la Conferencia de Iglesias de Europa (CEC), la Representación del Patriarca Ecuménico, la Representación de la Conferencia de los Rabinos Europeos, el Consejo Musulmán de Cooperación en Europa y la Federación Humanista Europea. Desde 2002 actúa como asociación sin ánimo de lucro interlocutora de la UE. Véase Santiago Petschen: «La religión en la Unión Europea», UNISCI, Discussion Papers, 16 (2008), pp. 49-60.

57 «European Integration and Religious Institutions», Bruselas, COMECE, mayo de 1995.

58 «La construcción de Europa, un quehacer de todos», Declaración de la LVIII Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española, 19 de febrero de 1993.

59 «La dimensión socioeconómica de la Unión Europea. Valoración ética», Nota de la CLIV Reunión de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española, 8 de julio de 1993.

60 Juan Pablo II, «Discurso a los representantes del cuerpo diplomático en la nunciatura apostólica de Madrid», 16 de junio de 1993.

61 Nota del Comité Ejecutivo de la Conferencia Episcopal Española sobre Elecciones al Parlamento Europeo, 25 de mayo de 1994.

62 En junio de 1990, Pierre Raffin, obispo de Metz (Francia), abrió el proceso de beatificación de Robert Schuman y en 1993, Guido Bartolameotti, antiguo vicario de la diócesis de Trento (Italia), promovió el inicio del proceso de beatificación de Alcide De Gasperi. En 2006 ambos fueron reconocidos por la Congregación vaticana para la causa de los Santos como «Siervos de Dios». En febrero de 1999 el papa pronunció un discurso ante la Fundación De Gasperi y en marzo el COMECE publicó su informe «Memoria, verdad y solidaridad. Claves para la paz y la reconciliación».

63 «Building a Spiritual Bridge of Unity between Peoples. A Statement by the Bishops of COMECE on the Enlargement of the European Union», Bruselas, 9 de mayo de 1997.

64 Juan Pablo II, «Discurso a un grupo de diputados del Partido Popular Europeo con motivo del 40 aniversario del Tratado de Roma», 6 de marzo de 1997.

65 «Islam en Europe. Législation relative aux communautés musulmanes. Projets islamiques pour un contrat culturel avec l’Etat», Bruselas, COMECE, noviembre de 2001.

66 «Building Trust among Citizens in the Future of Europe. Statement by COMECE in view of the European Council of Laeken», 5 de diciembre de 2001.

67 «Churches and Religious Communities in a Constitutional Treaty of the European Union», Church and Society Commission of the Conference of European Churches (CEC) y Commission of the Bishops Conferences of the European Community (COMECE), Bruselas, 27 de septiembre de 2002 y 18 de diciembre de 2002.

68 Conferencia de prensa de presentación de la exhortación apostólica Ecclesia in Europa, cardenal Rouco Varela, relator del sínodo, Roma, 28 de junio de 2003.

69 Juan Pablo II, «Discurso a los participantes en la Conferencia de Ministros del Interior de la UE», 31 de octubre de 2003.

70 Juan Pablo II, «Discurso a los participantes en un seminario organizado por la Fundación Robert Schuman», 7 de noviembre de 2003.

71 «A Family Strategy for the European Union. An Encouragement to make the Family an EU Priority», Bruselas, Secretariado COMECE, marzo de 2004.

72 «Solidarity is the Soul of the European Union Statement», Santiago de Compostela, COMECE, 24 de abril de 2004.

73 «An Opportunity to Make our Values Real. COMECE Statement in View of the Elections to the European Parliament», Bruselas, 10 de mayo de 2004.

74 «Statement of the COMECE Executive Committee on the Constitutional Treaty of the European Union», Roma, 23 de junio de 2004.

75 Literalidad que se ha conservado en el vigente Tratado de la Unión Eu­ropea de 2009.

76 Juan Pablo II, «Alocución al presidente de la Comisión Europea Romano Prodi», Roma, 28 de octubre de 2004.

77 «Nota acerca del referéndum sobre la Constitución para Europa», Secretaría General de la Conferencia Episcopal Española, 4 de febrero de 2005.

78 Juan Pablo II, «Ángelus del Domingo de Ramos», 20 de marzo de 2005.