Ayer 142 (2): 269-293
Marcial Pons Ediciones de Historia
Asociación de Historia Contemporánea
Madrid, 2026
ISSN: 1134-2277
DOI: 10.55509/ayer/3095
© Alba Fernández Gallego
Recibido: 02-06-2025 Aceptado: 10-07-2025 Publicado on-line: 25-03-2026
Editado bajo licencia CC Attribution-NoDerivatives 4.0 License
La sombra de la Hispanidad es alargada. La pervivencia del discurso colonial y la imposible renovación del americanismo a finales del franquismo
Alba Fernández Gallego*
Universitat de València
alba.fernandez@uv.es
Resumen: Este artículo tiene por objeto analizar las continuidades que se produjeron en el empleo del imaginario de la Hispanidad en el discurso americanista del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) a finales del franquismo. A través del análisis de su producción historiográfica, la documentación institucional y el estudio de las trayectorias académicas, se observa cómo la disciplina mantuvo una clara continuidad ideológica con respecto al nacionalcatolicismo del primer franquismo, algo que contrasta con el desarrollo de otros campos historiográficos. El trabajo atiende, por un lado, a las razones estructurales y generacionales que explican esta dinámica y, por otro, a los discursos impulsados desde el CSIC durante los años cincuenta, sesenta y setenta. Si bien el propio concepto de Hispanidad fue desterrado en gran parte del vocabulario académico, sus fundamentos simbólicos (la misión civilizadora, la unidad cultural o la lucha contra la leyenda negra) siguieron operando en las prácticas y narrativas del americanismo. Esto explica, en parte, la persistencia de algunos de estos elementos hasta nuestro presente.
Palabras clave: Hispanidad, colonialismo, franquismo, historiografía, CSIC.
Abstract: This article aims to analyze the continuities in the use of the Hispanidad imaginary within the Americanist discourse produced by the CSIC during the final years of the Franco regime. Through an examination of its historiographical output, institutional documentation, and the academic trajectories of its leading researchers, the study reveals how this field maintained a clear ideological continuity with the national-Catholic framework of early Francoism — a pattern that contrasts with the evolution observed in other historiographical domains. Thus, the article addresses, on the one hand, the structural and generational factors that explain this dynamic and, on the other, the discourses promoted by the CSIC during the 1950s, 1960s and 1970s. Although the concept of Hispanidad itself was largely abandoned by academics during this period, its symbolic foundations — such as the alleged civilizing mission of Spanish colonialism, cultural unity, or the struggle against the so-called «Black Legend» — continued to shape the practices and narratives of Spanish Americanism. This helps explain, in part, the persistence of some of these elements in the present day.
Keywords: Hispanidad, colonialism, Franco’s regime, historiography, CSIC.
«P.-Señor Pérez de Tudela, la hispanidad es un concepto un tanto traído y llevado, que se presta siempre a muchas controversias. ¿Qué es para usted la hispanidad? ¿Cree realmente que esta existe?
R.-Por supuesto que creo que existe. La hispanidad es una gran entidad histórico-cultural que tiene un legado histórico común y que tiene una fórmula de expresión cultural común que es el idioma castellano o español» 1.
Con el fin de proporcionar aires de renovación al Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), durante los años setenta se fomentaron una serie de actividades en radio, prensa y televisión, a través del Servicio de Difusión Exterior del CSIC. En este marco, se entrevistó a dos de los principales representantes del americanismo español en este organismo: Ciriaco Pérez Bustamante y Juan Pérez de Tudela, director honorario y director efectivo, respectivamente, del Instituto Gonzalo Fernández de Oviedo de Historia Hispano-Americana. El propósito era dar cuenta de la reunión que un grupo de historiadores había celebrado en Trujillo con motivo de la preparación del quinto centenario del descubrimiento de América, previsto para 1992. La iniciativa era, cuanto menos, notable, dado que todavía quedaban dieciocho años para que tuviera lugar el evento. Sin embargo, resulta una muestra tanto de la centralidad que la «gesta americana» conservaba en el imaginario colectivo como del trabajo coordinador que desde la historiografía oficial se quería impulsar al respecto.
Los historiadores españoles se adelantaban así a cualquier iniciativa estatal a la hora de preparar este acontecimiento. Habría que esperar a 1981 para que el Gobierno de la UCD, de la mano de Leopoldo Calvo Sotelo, diese vida a una comisión nacional para la celebración del quinto centenario del descubrimiento de América 2. El grupo de Trujillo dejó patente su voluntad de tener un papel activo en los imaginarios que iban a conformar una efeméride de resonancia internacional. El uso público de esta etapa del pasado español es claro. Sin embargo, cabe preguntarse por la naturaleza de las narrativas que dieron forma y legitimidad a estos discursos. En ese sentido, el fragmento inicial es esclarecedor: aparece el concepto Hispanidad, seña de identidad de la retórica franquista. Si bien, tras su auge en los años cuarenta, había caído en desuso en las publicaciones académicas, el entrevistador no dudó en preguntar por él a Pérez de Tudela.
Así, el fragmento muestra varias realidades. En primer lugar, el entrevistador era consciente de la naturaleza polémica del término, lo que denota que se había convertido en patrimonio del discurso público, y que había sido problematizado. Por otro lado, si bien Pérez de Tudela no quiso renegar del término, por la renuncia que esto podría suponer al discurso hegemónico que venía sosteniendo el CSIC, su respuesta mitigaba la crudeza de este: no aludía a lugares comunes como el catolicismo o una supuesta misión civilizadora, sino a una entidad histórico-cultural, que también abogaba por lo común. Además, valoraba el papel de España como nexo de unión entre Europa y América. Algo distintas fueron las respuestas de su maestro, Pérez Bustamante, en su entrevista un mes antes, al ser preguntado por los elementos que aportó España a América y viceversa:
«España aportó a América la lengua, la religión, la cultura en sus diversos aspectos, las universidades, todas las iglesias, catedrales, conventos, el arte, las instituciones jurídicas y sociales, la organización administrativa, en fin, no acabaríamos de relacionar o de relatar las cosas importantes que España aportó a América. Y también América aportó a España y al mundo cosas interesantes, por ejemplo en el orden material de las plantas, el maíz, el tabaco, la patata y otra serie de producciones importantes; no hablemos de la patata que ha sido el remedio de las hambres en el viejo continente. [...] hay muchísimas cosas aparte de las sugerencias literarias que el paisaje, que la naturaleza, han tenido en la producción científica o literaria española, es decir, el estudio de las plantas, de los animales, de los volcanes, de toda la fauna, de la flora, de toda la naturaleza del nuevo continente que tanto impresionó a los españoles y en general a los europeos» 3.
Mientras que la lista de elementos que España aportó a América era de gran relevancia, y comprendía un abanico tan amplio como la cultura, el arte, la educación o la jurisprudencia, parecía que América solo había ofrecido su naturaleza, casi de forma anecdótica; no había una bidireccionalidad. En realidad, se trataba de una concepción totalmente extractivista. A diferencia de su discípulo, al ser interrogado por la importancia del descubrimiento de América, sí incluía cuestiones como «la conquista, la colonización, la evangelización, la transmisión de la cultura».
Estos fragmentos nos permiten constatar la pervivencia de la Hispanidad a finales del franquismo, ya fuese por alusión directa o mediante la formulación de sus principales ideas. Puede observarse cómo, todavía en los años setenta, en el CSIC convivieron dos discursos no demasiado distantes: una pugna entre los remanentes del primer franquismo y una tímida apertura historiográfica que se iba abriendo paso con la voluntad de aproximarse a Europa. También queda patente que esta fricción había traspasado los gruesos muros de la academia. Las investigaciones llevadas a cabo en las últimas décadas han centrado su interés en el desarrollo del americanismo durante la posguerra española y en el empleo de estos discursos en la esfera pública, vinculado a la diplomacia cultural y los usos del pasado 4. El desarrollo posterior de esta disciplina, en cambio, no ha recibido la misma atención. Por ello esta investigación pretende ampliar la mirada para interrogarse sobre los elementos que posibilitaron estas continuidades en un discurso de la historiografía americanista teñido de tintes coloniales, con la Hispanidad y su ideario como eje central, a finales de la dictadura. Para ello, partimos de la hipótesis de que, dentro de los estudios sobre el pasado desarrollados en el CSIC, fue la disciplina que experimentó una menor evolución interna entre los años cuarenta y el final del franquismo. Su discurso permaneció estable y, con el tiempo, se distanció tanto de las corrientes historiográficas europeas como de la evolución de la percepción de la sociedad española.
Fue Ramiro de Maeztu quien, en abril de 1934, resignificó y popularizó el término Hispanidad, caracterizándolo como el ideal más elevado que el mundo había concebido 5. Más allá de esta valoración, lo que resulta innegable es la vigencia que tiene en el debate público y académico hasta la actualidad. Su exaltación explícita por parte de la extrema derecha cada 12 de octubre, su utilización por políticos como Isabel Díaz Ayuso en la comunidad internacional 6, las demandas de perdón de López Obrador o el encarnizado enfrentamiento en el seno de la academia en torno a los principios que lo sustentan 7 ponen de manifiesto que está lejos de ser una cuestión cerrada. Por ello, reflexionar sobre los motivos de su pervivencia en el periodo inmediatamente anterior a la Transición puede arrojar luz para comprender mejor el contexto actual.
El término se popularizó en mayor medida durante la posterior dictadura, pero ni Ramiro de Maeztu fue el primero en emplear el concepto ni el franquismo fue innovador en su apropiación, sino que ambos se inscribieron en una tradición intelectual y política más amplia. Frente a otras maneras de entender el pasado español en América, la corriente defensora de la Hispanidad fue especialmente paternalista al reivindicar un papel civilizatorio de la metrópoli sobre el continente americano. Podemos rastrear su ideario ya a finales del siglo xix, cuando Ángel Ganivet planteó la necesidad de un entendimiento peninsular consensuado y estable más allá de las contingencias políticas 8. Si bien conceptualizado de manera muy distinta, el primero en utilizar el término fue Miguel de Unamuno, en 1909 9: este fue reinterpretado en los años veinte desde una perspectiva tradicional y conservadora. Zacarías de Vizcarra, un sacerdote vasco que vivía en Buenos Aires, entendió la Hispanidad como el conjunto de pueblos hispánicos, así como la serie de cualidades que los distinguían, y propuso que sustituyese al término de raza. Maeztu, quien conoció a Vizcarra en Argentina, resignificó después el concepto vinculándolo al catolicismo, con el fin de inspirar una «reconquista espiritual» de España en América, y así terminó trascendiendo entre los intelectuales más conservadores. En Defensa de la Hispanidad propuso un programa de vertebración nacional a partir de la proyección universal del catolicismo, al cual consideraba como esencia de lo español. Para ello se apoyó en una serie de mitos que respaldaban la grandeza imperial de España, como la raza hispana, el caballero cristiano, el genio nacional o la España misionera 10. Con estos ideales se pretendía restaurar un imperio espiritual católico en la América de ascendencia española, reinterpretando la colonización desde el prisma de una evangelización desinteresada.
Muchos de estos conceptos han terminado por consolidarse como marcadores lingüísticos: raza, civilización o hispanidad han sido adoptados, naturalizados y reproducidos en nuestro presente, estructurando y condicionando la manera en que percibimos la realidad, lo que plantea un problema epistemológico y metodológico 11. Por ello, es conveniente reflexionar acerca de las tradiciones interpretativas que han moldeado estos discursos, así como las estructuras que los han amparado para construir unas narrativas históricas determinadas. En el plano historiográfico, es fundamental analizar cómo estos marcadores lingüísticos han operado dentro del americanismo en España, particularmente durante el franquismo. En el presente trabajo nos referimos al americanismo como la corriente historiográfica que se encargó de estudiar el pasado español en América.
Desde sus inicios, el CSIC contó con diversos centros para estudiar el pasado histórico: el Instituto Jerónimo Zurita de Historia General, el Rodrigo Caro de Arqueología, el Gonzalo Fernández de Oviedo de Historia Hispano-Americana y la Escuela de Estudios Hispano-Americanos de Sevilla 12. Resulta llamativo que se creasen dos centros distintos para abordar un mismo objeto de estudio, lo que pone de manifiesto la importancia otorgada a estos discursos. Más allá de su función académica, el americanismo fue instrumentalizado como una herramienta al servicio de la diplomacia cultural, lo que en parte explica las continuidades internas observadas. En un contexto de aislamiento internacional y necesidad de legitimación, el régimen franquista encontró en la reivindicación de los lazos históricos con Hispanoamérica un recurso estratégico para proyectar una imagen de continuidad histórica y afinidad con los países del continente.
En el caso del CSIC esta retórica no solo permeó su producción científica, sino también el entramado legislativo y la propia estructura de sus centros. Tanto en la ley fundacional del organismo como en las memorias de actividades de su primer curso aparece la Hispanidad ligada a la misión del organismo: «el afán de la paz, de suerte que el Consejo logre desarrollar al máximo su labor y su intensidad en las relaciones con los demás pueblos, y sobre todo con los de la América hispana, llevándoles la verdad científica y el cariño materno de España, bajo el signo de la Cruz y en máxima inteligencia a que obliga la comunidad de lengua, de cultura y de sentimientos» 13. A nivel estructural, el Instituto Gonzalo Fernández de Oviedo conformó secciones que se hacían eco de estos intereses propios del nacionalcatolicismo: Conquista y Colonización, Navegaciones y Descubrimientos, o Misiones, entre otras.
Sobre estas bases, cabe preguntarse qué hizo posible que el americanismo conservase su discurso colonial prácticamente intacto y por qué la disciplina no experimentó los aires renovadores que sí transformaron otras ramas de la historiografía española 14. Este enfoque permitirá reconocer los principales discursos que hemos heredado, así como analizar el grado de pervivencia que han tenido. Para abordar estas cuestiones es necesario atender no solo a los discursos, sino también a las prácticas, lo que exige emplear fuentes de distinta naturaleza. Para el plano discursivo se analizarán todas las publicaciones editadas por el CSIC relativas a la historia de América, tanto monografías como revistas (Revista de Indias o Anuario de Estudios Americanos), durante las décadas de 1960 y 1970. Sus páginas despliegan un imaginario muy concreto sobre este pasado que, más allá de sus evidencias explícitas, permite inferir también la matriz disciplinar: los objetos, métodos y criterios de validación del conocimiento aceptados por este grupo profesional. Cómo se legitimó ese saber, qué normas institucionales rigieron esta disciplina académica o qué conceptos llegaron a consolidarse como marcadores lingüísticos son preguntas centrales en este texto.
También debe atenderse a los agentes productores de este conocimiento, pues estos discursos no se generaron en el vacío. La práctica institucional en la que se inscribieron resulta clave para comprender las motivaciones y dinámicas que dieron forma a estos trabajos. Con este propósito, se ha consultado la documentación institucional generada por los centros americanistas del CSIC, conservada en el Archivo General de la Administración. A partir del análisis de las nóminas de personal, la correspondencia interna, los oficios administrativos y las memorias de proyectos, se busca reconstruir el entramado académico, identificar a los actores involucrados y analizar los proyectos que impulsaron. A nuestro juicio, la pervivencia del discurso colonial y del ideario de la Hispanidad a finales del franquismo se debió, en gran medida, a la falta de renovación generacional y a la reproducibilidad académica en las escuelas historiográficas. Así, partiendo de los enfoques propios de la historia sociocultural de la ciencia y de la historia de la historiografía, se atenderá tanto a los discursos del americanismo como a los agentes que los produjeron, para tratar de comprender su pervivencia y falta de renovación a finales del franquismo.
«Montañés castellano, de vieja cepa, patriarca de una gran familia que desborda, a través de los vínculos entrañables creados por muchos años de profesorado, los límites de su dichoso hogar». Así describía el historiador Carlos Seco Serrano a su maestro, Ciriaco Pérez Bustamante, en el homenaje que se le ofreció en 1969 con motivo de su jubilación 15. Como bien señaló Ignacio Peiró, la historia de nuestra literatura histórica se ha cimentado en toda una serie de imágenes fortuitas y adhesiones superficiales, semblanzas y panegíricos 16. Discípulos o colaboradores, bajo las alas de Pérez Bustamante transitó una importante nómina de historiadores que orbitaron en torno al Consejo Superior de Investigaciones Científicas y la Universidad española. No hay más que observar el índice del volumen de homenaje: José Alcina Franch, Miguel Artola, Manuel Ballesteros Gaibrois, Francisco Morales Padrón o Luis Navarro García, entre muchos otros, aportaron sus respectivas semblanzas.
A la altura de 1973, momento en que fue entrevistado por el Servicio de Difusión Exterior del CSIC, el historiador santanderino acababa de dejar la dirección efectiva del Instituto Gonzalo Fernández de Oviedo, cargo que ocupaba desde 1950 17. Previamente había formado parte del equipo directivo como secretario, desde su creación en 1940. Fue Juan Pérez de Tudela, discípulo suyo y también entrevistado, quien le sucedió en el cargo. Los fragmentos antes analizados hacían patente la coexistencia de dos discursos dicotómicos, si bien todavía bastante próximos, acerca de dos modos de mirar las relaciones históricas entre España y América Latina. Aproximarse a sus trayectorias profesionales nos permitirá comprender mejor la complejidad de esta realidad.
Ciriaco Pérez Bustamante fue discípulo de Antonio Ballesteros Beretta. Formó parte del grupo de catedráticos anteriores a la guerra que se mantuvieron en su puesto tras los procesos de depuración, controlando este campo de estudios junto con su maestro. Desde 1942 ocupó de forma oficial la cátedra que ya venía desempeñando en la Universidad Central interinamente 18. En su dimensión ideológica, fue miembro del Servicio de Propaganda de FET y de las JONS 19. Su compromiso político le llevó a publicar con asiduidad en revistas como Fe (doctrina de Estado nacional-sindicalista) o Escorial. Como delegado de Estado, también fue uno de los coordinadores de la Historia de la Cruzada española 20. La parte americanista la volcó en una obra propia, La fundación de un imperio: España en América 21, donde se hizo eco del concepto de Hispanidad para poner el foco en la conquista y la labor cristianizadora de España. El caso de Pérez Bustamante no fue una rareza: los márgenes entre lo profesional y lo político se difuminaron muchas veces, y especialmente en el caso de los americanistas. Aunque supo adaptar su discurso en función del público al que se dirigía cada publicación, el santanderino volcó esta retórica combativa en el conjunto de su obra.
Al CSIC se incorporó desde sus inicios, al ser nombrado secretario del Instituto Gonzalo Fernández de Oviedo de Historia Hispanoamericana 22. El director del Instituto fue, precisamente, Antonio Ballesteros Beretta y a su fallecimiento en 1949, le sustituyó en el cargo de dirección. También desempeñó el cargo de jefe de sección, al frente de «Instituciones» 23. Su papel en el borrado del pasado anterior fue muy activo: promovió la conversión de la antigua revista Tierra Firme, de la Junta para Ampliación de Estudios, en Revista de Indias, apropiándose de las redes previamente establecidas, bajo el pretexto de que había que intentar ofrecer un aspecto de normalidad de cara al exterior 24. De hecho, fue nombrado redactor jefe y participó en su primer número con un artículo titulado «Fr. Bartolomé de Barrientos y su “Vida y hechos de Pedro Menéndez de Avilés”» 25, donde escogió precisamente el periodo de la «conquista de América».
A través de su participación en tribunales de oposición a cátedras, consiguió que se fueran incorporando a la universidad figuras que terminaron siendo clave en el desarrollo del americanismo en el Consejo: Vicente Rodríguez Casado en 1941, José Antonio Calderón Quijano en 1949 o Manuel Ballesteros Gaibrois en 1949 26. La simbiosis entre Universidad y CSIC fue otra constante que queda plasmada en las fuentes primarias si atendemos a las nóminas de investigadores. El propio Seco Serrano, en su panegírico, señalaba cómo «el Instituto Fernández de Oviedo ha sido siempre, desde los años de su creación en 1940, un desdoblamiento de la Universidad» 27. Cuando se incorporó como becario todavía no existía en la universidad madrileña la Sección de Historia de América, e investigadores como Antonio Ballesteros o Pérez Bustamante le introdujeron a los estudios americanistas.
Aunque el CSIC contaba con otro núcleo de gran relevancia en Sevilla, la Escuela de Estudios Hispano-Americanos, que tenía sus propios espacios de captación y sociabilidad académica, desde Madrid la Universidad Central fue clave: «Conozco casos de estudiantes que no habiéndose acercado nunca, durante la carrera, a don Ciriaco, de manera que él apenas habría podido identificarlos personalmente, eran citados en su despacho del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, al día siguiente de terminar sus ejercicios, sin otra recomendación que la que les había proporcionado su expediente académico» 28. Más allá de la liminalidad de estos espacios, esta práctica refleja una de las distintas estrategias de captación de capital humano que se podían poner en práctica. Aunque no podemos saberlo con certeza, cabe la posibilidad de que así conociera a Juan Pérez de Tudela, quien se doctoró en 1953 en esa misma universidad. Tras la muerte de Antonio Ballesteros en 1949, Ciriaco Pérez Bustamante le sustituyó en la dirección tanto del Instituto como de Revista de Indias. Gracias a él se abrió, en 1947, una filial del Instituto en Bogotá, de la que formaron parte distintas personalidades de la República de Colombia, y cuya presidencia recayó en Guillermo Hernández de Alba 29.
Juan Pérez de Tudela fue de otra generación. Nacido en 1922 en Madrid, comenzó su carrera académica después de la guerra. En 1953 defendió una tesis titulada Las armadas de Indias y los orígenes de la política de colonización (1492-1505), dentro de la sección de Historia de América, que publicó en el propio Consejo 30. A lo largo de su carrera se especializó en historia política y fuentes de la América española 31. Poco antes de defender su tesis, en 1951, se había incorporado a la plantilla del Instituto Gonzalo Fernández de Oviedo como becario 32. Pronto pasó a colaborador, hasta convertirse en secretario del centro en 1961 33 y director en 1973, tras la jubilación de su maestro. También le sustituyó al frente de Revista de Indias. Pérez Bustamante ocupó entonces la dirección honoraria, terminando así un gobierno de veinticuatro años ininterrumpidos. Fuera del CSIC, Pérez de Tudela ocupó el cargo de profesor ayudante de la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid, desde 1950, y profesor agregado de Historia Moderna Universal y de España en 1967 34. En 1972 fue elegido académico de la Real Academia de la Historia.
Esta permanencia se convirtió en costumbre en los cuadros directivos del Instituto: Antonio Ballesteros estuvo al frente del centro durante nueve años, desde 1940 hasta 1949, cuando falleció. Su hijo, Manuel Ballesteros Gaibrois, desempeñó el cargo de secretario, de manera intermitente, a lo largo de veinte años, desde 1940 hasta 1960, cuando fue nombrado gobernador civil de Tenerife y le resultó imposible compaginar ambas funciones. Fuera de esta línea familiar, Juan Pérez de Tudela llevaba ya quince años, primero como secretario y después como director, cuando murió Franco, aunque su adscripción como becario y colaborador amplían esta cronología. Pero fue Ciriaco Pérez Bustamante quien alcanzó el récord: durante treinta y tres años asumió cargos de responsabilidad en el Fernández de Oviedo, primero como secretario y después como director. En el caso de los directores de sección, figuras clave que definieron las líneas de investigación del Instituto, la dinámica no fue demasiado diferente, aunque la rotación fue ligeramente mayor.
Las fuentes no dejan lugar a duda: la renovación resultó imposible, al menos en los cuadros directivos. Los cambios en su estructura estuvieron motivados por fallecimientos, incompatibilidad de cargos o por jubilaciones, cuando estas se impusieron de manera forzosa. Más allá de una cuestión numérica, la naturaleza de estos relevos (cuando los hubo) resulta clarificadora: se produjeron de padres a hijos o entre maestro y discípulo, que habían ocupado ya cargos relevantes previamente. Esta es una de las explicaciones de que la disciplina evolucionase de forma tan paulatina, casi con resistencia, ya que quienes dirigieron las investigaciones en pleno auge del nacionalcatolicismo lo siguieron haciendo prácticamente hasta la llegada de la democracia. Con una reproducibilidad académica tan marcada, ¿qué espacio existió realmente para la renovación metodológica y discursiva? El análisis de las obras editadas durante la última etapa del franquismo alumbra una imagen coherente con esta circunstancia.
A finales de los años cincuenta, el ideario de la Hispanidad, tal y como fue concebido, había perdido su fuerza, quedando prácticamente obsoleto. Sin embargo, muchas de sus propuestas y mitos perduraron gracias a la propaganda interna, y el americanismo mantuvo un papel central en el nacionalismo español más allá de la dictadura. El discurso, en todo caso, se fue transformando, y algunos autores como Isidro Sepúlveda advierten de una nueva fase desde el final de esta década hasta la transición democrática 35. Del carácter puramente beligerante desarrollado durante el primer franquismo, que terminó por fracasar, había evolucionado hacia un expansionismo de carácter cultural cimentado en el espíritu universalista del catolicismo 36. En la historiografía del Consejo se había mantenido una línea de continuidad en trabajos que se ocupaban de la presencia de un espíritu misionero español, gracias sobre todo a clérigos bien conectados con la historiografía profesional. Sin embargo, esta línea se fue diluyendo en los años sesenta y setenta. El propio término Hispanidad fue siendo desterrado del vocabulario historiográfico, aunque sus bases ideológicas siguieron presentes. El elemento católico, sin embargo, siguió apareciendo intermitentemente de forma más o menos ferviente, ya que vertebraba las políticas identitarias.
El análisis de las obras editadas por el Instituto Gonzalo Fernández de Oviedo y sus revistas refleja el gran inmovilismo de la disciplina. La publicación de catálogos de fuentes marcó una línea de continuidad, en consonancia con el desarrollo de una historiografía marcadamente positivista. Gran parte de los trabajos presentaron un rechazo frontal a la leyenda negra y una defensa del papel civilizatorio de España en América. Más allá de cierta apertura hacia la antropología, vinculada a figuras como Manuel Ballesteros y Alcina Franch, el conjunto de la producción historiográfica podría enmarcarse en tres líneas principales: la conquista y el descubrimiento; los discursos en torno a la figura del indígena, y el peso del catolicismo a través de las misiones 37.
Aunque esto no varió de forma significativa en la década de 1960 y comienzo de los años setenta, los cambios de aires que empezaron a respirarse al final de la dictadura llevaron a algunos historiadores a lanzar una mirada retrospectiva al pasado americanista español, y a poner algunos de sus dogmas a examen. En el acto de homenaje a Ciriaco Pérez Bustamante, en 1969, Seco Serrano aprovechó para hacer un repaso de la evolución del americanismo y el mundo académico español desde los años cuarenta:
«En los momentos en que se proclamaba, desde las cumbres del Estado, la consigna de “desterrar hasta los últimos vestigios el espíritu de la Enciclopedia”, Alcázar formaba una escuela destinada a reivindicar nuestro siglo xviii, Pabón ponía claridad en lo que fuera literatura en torno a la revolución del siglo xix, y Pérez-Bustamante descargaba de retórica la interpretación de nuestro Siglo de Oro y abría camino a la escuela que había de dejar en su significación exacta —ni leyenda rosa ni leyenda negra— la obra española en América. [...] la segunda generación de maestros fue la gran orientadora; la que nos ofreció un primer hogar de convivencia ideológica, civilizada, sin exigirnos profesiones de fe, como no fuera en una escala de valores éticos que para aquel plantel de catedráticos no había sido eclipsada por la batalla de las ideas y de las armas» 38.
Este tipo de discursos son una clara muestra del blanqueo al que se sometió la memoria de figuras del régimen, así como de prácticas disciplinares, al final del franquismo y comienzos de la democracia. Si hubo un siglo recargado de retórica fue, sin duda, el de Oro, y si hubo una disciplina al servicio de la construcción identitaria del régimen franquista, fue el americanismo. Como se ha señalado al comienzo, la historiografía que abordó las relaciones entre España y América no tuvo nada de inocua o ecuánime, y luchó activamente contra la llamada leyenda negra recurriendo a sus propios mitos. El tipo de discurso que defendió Pérez Bustamante en La fundación de un imperio 39, en 1940, ya no tenía prácticamente cabida en la historiografía española de los años setenta.
Durante esta última etapa del franquismo, el americanismo tuvo una fuerte presencia pública en el Consejo, que basculó entre los aires renovadores que dejaban atrás viejos discursos y aquellos que todavía se negaban a mirar hacia delante. Sorprendentemente, fueron los investigadores que no eran propiamente americanistas los que mantuvieron un discurso más tradicionalista. Calderón Quijano, director de la Escuela de Estudios Hispano-Americanos de Sevilla, fue el encargado de ofrecer el discurso de apertura de la XXV Reunión Plenaria del Patronato José María Quadrado el 12 de octubre de 1973. En él reflexionó en torno a los distintos términos existentes para referirse a Hispanoamérica, analizando sus orígenes y defendiendo cómo algunos de ellos no eran admisibles en su opinión, como Indoamérica, Latinoamérica o Iberoamérica. Finalmente, optaba por el uso de Hispanoamérica, al que consideraba un concepto «espiritual, cultural, socio-político, étnico y lingüístico perfectamente claro y preciso, que engloba a todos los pueblos hispanos, hoy naciones, situados en el Nuevo Mundo, con raíz aborigen varia y diferente, y que están aglutinados por un común denominador, español o hispánico, que les da unidad en su mentalidad, forma de vida e idiosincrasia» 40.
Calderón Quijano ponía el peso en lo común y en el mestizaje, término muy en boga en los estudios de esos años. Lo que más llama la atención es que, si bien cita la Defensa de la Hispanidad de Ramiro de Maeztu, en ningún momento del discurso considera siquiera el uso de ese término, que había sido la base del americanismo de los años cuarenta y parte de los cincuenta. Esto muestra cómo, si bien algunos discursos de estos años no eran tan modernos como pretendían, ya se habían asentado unas reglas internas en las que cierta terminología y ciertas afirmaciones habían quedado desterradas, al menos en el plano historiográfico.
El encargado de la sesión de clausura de esa reunión plenaria, dos días después, fue Antonio Rumeu de Armas. Aunque pertenecía al Instituto Jerónimo Zurita de Historia General, había colaborado activamente con la Escuela de Estudios Hispano-Americanos en repetidas ocasiones. En ese ejercicio crítico propio del momento, puso sobre la mesa los fallos de España en el proceso de colonización, a la vez que reclamaba sus aciertos. Sin embargo, seguía aludiendo a una «acción civilizadora bajo la directa inspiración de móviles altruistas dignos del mayor encomio» 41, y presentaba una visión edulcorada de ese pasado, todavía bastante combativa. Alertaba acerca del peligro de confundir colonización con acción civilizadora, y reclamaba la libertad del indio, proclamada en 1500 por Isabel la Católica, como motivo de orgullo. En su opinión, esto había elevado la condición del indígena, mejorando su estructura social. En paralelo, defendía el mestizaje como seña de la identidad no racista de los españoles, vinculándolo con una tradición histórico-medieval de convivencia y mezcla de poblaciones de distinto origen, como la de cristianos, judíos y musulmanes en la península. Su reflexión es una muestra de la latencia de ciertos discursos propios del ideario de la Hispanidad, si bien notablemente rebajados en esta línea de tímida apertura hacia otros planteamientos.
La pervivencia ostensible de estos discursos fue incuestionable en el caso del análisis de figuras claves del nacionalcatolicismo y la lucha contra la leyenda negra, como fray Bartolomé de las Casas o, en menor medida, Bernal Díaz del Castillo. A finales de los años cincuenta, en el conjunto de las obras dedicadas a la edición de fuentes primarias, se publicó una del propio Las Casas sobre los tesoros del Perú, cuya traducción y edición corrió a cargo de Ángel Losada. Si se escogió precisamente esa fuente fue porque en ella Las Casas ofrecía una visión más amable de los conquistadores españoles, y se utilizó para reivindicar que era una admisión implícita de la justicia de la conquista militar y que el autor estaba matizando sus posturas más críticas. Losada ofrecía cierta apertura en su discurso concediendo que había sido un error tildar a Las Casas de mentiroso, poniendo de relieve sus exageraciones e inexactitudes: «a mi juicio, la verdadera defensa, el argumento que echa por tierra la leyenda negra, no es su negación, sino, permítaseme la paradoja, su afirmación» 42. Defendía que España había sido menos cruel que otras naciones, y que fue la primera en plantearse el problema de la justicia de sus pueblos colonizados. A raíz de estas apreciaciones, la figura de Bartolomé de las Casas siguió utilizándose para combatir la leyenda negra, pero pasó de ser objeto de crítica a reivindicarse su figura y esgrimirlo como herramienta de defensa.
Dos años después, Manuel Giménez Fernández atendía también a la figura del fraile dominico: se trataba del segundo volumen de una obra iniciada en 1953 sobre el Plan Cisneros. A pesar del paso de los años y del cambio de década, este historiador siguió aferrado a una forma muy concreta de hacer historia: «admitimos en el desarrollo de la Historia como causa primera la providencia divina y como segundas los actos libres de los hombres dentro de las posibilidades de sus circunstancias, y no aceptamos la sustitución de aquella por el incontenible progreso del mismo hombre» 43. A esto le seguía una dura crítica a Humboldt, Hegel, Savigny, Marx, Adams y Gibbon. Disculpaba a Bartolomé de las Casas señalando que había tenido un noble empeño, pero que había sido un cristiano abrumado por circunstancias históricas adversas.
Antiguo miembro de Asociación Católica Nacional de Propagandistas (ACNP), se había convertido en el inspirador de una de las principales corrientes democristianas que se oponían al franquismo, y en 1961 fue nombrado presidente de la Unión de Fuerzas Democráticas 44. Esa militancia católica, que trasladó al terreno historiográfico, hizo que mantuviese un discurso estático a lo largo de toda su carrera profesional: su obra de 1945 sobre las bulas alejandrinas, la de 1947 sobre la independencia hispanoamericana, la de 1948 sobre Hernán Cortés o los dos volúmenes de 1953 y 1960 sobre Bartolomé de las Casas se asientan sobre las mismas concepciones. Desde su defensa del papel de la providencia divina en el devenir histórico, rechazó de plano cualquier escuela de pensamiento que se opusiera a ello. El hecho de que todas ellas contaran con el lema «solo la Verdad puede salvarnos» es un símbolo inequívoco de ello. Su trayectoria es una muestra de que no era necesario plasmar una referencia específica a la Hispanidad para poner en juego su ideario.
Curiosamente, uno de los discursos más desfasados sobre Las Casas vino de la mano de uno de los padres del liberalismo de preguerra, Ramón Menéndez Pidal, quien ya había recuperado su presencia pública. En 1962 publicó un discurso que había pronunciado poco antes en Oxford, en el seno de un Congreso de Hispanistas, y que el Instituto de Estudios Africanos le pidió que leyese también como conferencia inaugural del curso 1962-1963. Así lo hizo el 23 de noviembre, día de África, con la presencia de la prensa madrileña, el No-Do y la radio. En ella analizaba el papel de fray Bartolomé de las Casas en la conformación de la leyenda negra, y conceptualizaba una leyenda antiespañola y otra anticatalana, con sus propios orígenes y evolución históricos. Contrariamente a las advertencias de Ángel Losada sobre lo perjudicial de criticar al dominico, Menéndez Pidal no dudó en calificarlo como un enfermo mental:
«Estas monstruosas difamaciones no podemos comprenderlas en un hombre evidentemente virtuoso sino suponiendo en él un defecto psíquico constitucional; las otras muchas y solemnes contradicciones doctrinales e intelectuales tampoco son comprensibles en un hombre erudito, dado al estudio, a la meditación y a la polémica, si no vemos en él una mentalidad anómala. El Las Casas virtuoso no es a la vez un difamador; el Las Casas estudioso no es a la vez un malicioso tergiversador de datos. Las Casas es un enfermo mental, es un paranoico que falsea necesaria e involuntariamente los datos de la realidad» 45.
Tampoco dudó el autor en calificar a la población indígena como «pueblos de inferiorísima cultura». Su propuesta le valió los elogios del argentino Roberto Levillier, historiador y diplomático, quien publicó un artículo en Revista de Indias alabando estas interpretaciones y calificándolo de «historiador-psicólogo consumado» 46. En estos estudios el tiempo parecía haberse detenido, la reproducción de discursos propios del nacionalcatolicismo es palmaria.
El apogeo de los trabajos sobre este controvertido personaje se produjo en 1966, con motivo de la celebración del cuarto centenario de su muerte. En su honor se celebró una Semana de Estudios Lascasianos en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Sevilla, cuyas ponencias se publicaron como monográfico de Anuario de Estudios Americanos y también como obra colectiva de la Escuela, que contó con un prólogo de Morales Padrón 47. A diferencia de los autores anteriores, en esta obra se privilegió la faceta favorable de Las Casas, a quien se consideró el primero en planificar socialmente y en hablar de economía dirigida. En el monográfico de la revista se publicaron trabajos de investigadores extranjeros como los del estadounidense Lewis Hanke sobre la fama de fray Bartolomé de las Casas, Guillermo Lohman sobre la incidencia lascasiana en Perú, el francés Raymond Marcus sobre su transformación literaria o el rumano Alejandro Cioranescu sobre su Historia de las Indias, y otros de investigadores españoles como los de Manuel María Martínez sobre la evangelización, Venancio Diego Carro sobre sus postulados teológico-jurídicos, Manuel Luengo Muñoz sobre el mar Caribe, Pablo Ojer acerca de la política indiana del informador de Las Casas, Carmelo Sáenz de Santa María sobre la misión de Verapaz o Juana Gil-Bermejo sobre su relación con el Quijote 48.
De todos ellos quien más atención prestó a la figura de Las Casas en el Consejo estos años fue el también dominico Manuel María Martínez, que aprovechó el centenario para publicar también en Revista de Indias, en dos números consecutivos, sendos estudios sobre la muerte del fraile y su sensibilidad estética 49. Un año después elaboró también una crítica a los estudios realizados por Américo Castro sobre la figura de Las Casas, al que acusaba de querer «enjudaizar» o demostrar el origen judío de los más ilustres españoles, y al que definía como «campeón y debelador máximo de leyendas y mitos y apriorismos patrioteros» 50. Todavía es patente un discurso furibundo, propio del espíritu de la Hispanidad, que fue más enconado cuando se contraponía a otras tradiciones historiográficas que quedaron fuera de las escuelas oficiales.
Bernal Díaz del Castillo también despertó el interés de los historiadores, aunque en menor medida. Algunos trabajos tenían un mero carácter documental, para sacar nuevas fuentes a la luz. Sin embargo, hubo un trabajo que simbolizó las prácticas que tuvieron lugar en la historiografía española a la hora de enfrentar la tradición anterior a la guerra: el de Carmelo Sáenz de Santa María, una introducción crítica a la obra de Díaz del Castillo que primero publicó en el Anuario y luego reprodujo como monografía 51. La obra había sido un encargo del Instituto Gonzalo Fernández de Oviedo, hacía ya más de veinte años. Encomendado por Antonio Ballesteros y Ciriaco Pérez Bustamante, Sáenz de Santa María debía aprovechar un viaje a Guatemala para hacerse con el manuscrito que su antiguo editor, Ramón Iglesias, se había llevado en su «marcha a México» 52, ya que no mencionaba expresamente el exilio.
Sáenz de Santa María se refería a la polémica producida en los años cuarenta en torno a la preparación que se había hecho de la obra de Bernal Díaz del Castillo por parte del Centro de Estudios Históricos, dependiente de la Junta de Ampliación de Estudios (JAE), con el trabajo de Ramón Iglesias Parga, junto con Raquel Lesteiro y Antonio Rodríguez Moñino. La obra terminó editándose varias veces en la posguerra, la primera de ellas en 1940 en una edición especial destinada a las jerarquías del Estado. Sin embargo, lo que se publicó fue la propia fuente, que no fue acompañada del previsto estudio crítico, y en ella se borró el nombre de quienes se habían encargado de prepararla 53. Lo que ahora publicaba Sáenz de Santa María era ese esperado estudio crítico, aunque no seguía el plan deseado: no se trataba de una reedición de la obra acompañada de ese estudio, sino que el autor presentaba, simplemente, lo que hasta el momento se conocía de la obra y su autor. Si bien es cierto que por fin aparecía mencionado Ramón Iglesias, no hay más referencia que la citada ni tampoco se menciona a quienes le ayudaron en la tarea. Esta práctica de borrado no resultaba ajena en el mundo académico y científico de la dictadura.
Misión civilizadora, leyenda negra, «pueblos de inferiorísima cultura». Quizás la Hispanidad había quedado relegada al olvido en el vocabulario académico, pero el marco ideológico sobre el que sentaba sus bases permanecía todavía muy vivo en los últimos años de la dictadura franquista. La raza, la civilización o el catolicismo se habían consolidado como marcadores lingüísticos, los mismos que siguen resonando en la actualidad. Discursos como los de Pérez de Tudela, Calderón Quijano o Rumeu de Armas sí constituyeron cierta apertura, evolucionando hacia una voluntad de entendimiento y acompasándose a la realidad europea. A pesar de ello, seguían estando muy marcados por las herencias del nacionalcatolicismo del periodo anterior.
El americanismo que se desarrolló en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas no constituyó un territorio en disputa, no fue un campo abierto a las interpretaciones. Las propias bases institucionales, con el engranaje legal y el establecimiento de secciones muy dirigidas temáticamente, lo conformaron como un aparato cultural e intelectual forjado desde y para el nacionalcatolicismo. Las simientes sembradas durante las décadas anteriores a la guerra civil, mediante los planteamientos de Ramiro de Maeztu, fueron recogidas hasta conformar una tradición académica que terminó operando como dispositivo ideológico. Bajo la apariencia de erudición y rigor documental, con una incesante edición de fuentes primarias o ediciones críticas, se legitimó una visión esencialista y providencialista del pasado colonial, donde no hubo espacio para el disenso. El discurso que se fue reproduciendo demostró su transversalidad, ya que trascendió escuelas historiográficas y operó en distintas disciplinas. Este es, sin duda, uno de los motivos de su perdurabilidad.
Las fuentes analizadas, tanto documentales como bibliográficas, confirman la continuidad en los discursos de esta disciplina. Nos permiten concluir que esta persistencia no fue accidental, sino que respondió a una lógica interna coherente con los fundamentos ideológicos del régimen. Esto se ve de forma clara tanto en las entrevistas realizadas a los cargos directivos del Gonzalo Fernández de Oviedo como en los proyectos editoriales que se fueron impulsando. El discurso de la Hispanidad, central durante el primer franquismo, pervivió gracias a su permeabilidad y capacidad de adaptación: del altruismo español a la hora de civilizar a unos indígenas infantilizados se trasladó el foco a la defensa de una identidad cultural compartida, si bien los desequilibrios de este intercambio seguían siendo notorios. Desde el CSIC, el americanismo se convirtió en una herramienta de rearticulación simbólica del franquismo, subrayando la idea de una comunidad hispánica armónica, cohesionada por elementos como el idioma, la religión y la hermandad histórica entre continentes.
Esta lectura no puede desvincularse del marco en el que se elaboraron estos discursos: la institución encargada de producir y reproducir ese conocimiento histórico, los individuos que la conformaron y sus prácticas. En tanto que organismo estatal, el CSIC no fue un simple contenedor de saberes científicos, sino que tuvo un papel más activo en la elaboración de los marcos interpretativos del pasado. Los cuadros directivos del Instituto Gonzalo Fernández de Oviedo, que solían coincidir con los de sus revistas, eran quienes decidían la línea editorial de las publicaciones, así como las líneas de trabajo a implementar. Un claro ejemplo es la iniciativa de preparar lo que iba a ser el quinto centenario del descubrimiento de América con casi veinte años de antelación.
Como se ha observado al analizar las fuentes documentales, estos cuadros directivos fueron la viva imagen de la reproducibilidad académica, una reproducción biológica no solo en el plano metafórico sino también en el real. Los cargos pasaron de padres a hijos, creando genealogías que se extendieron largamente como la de los Ballesteros, o bien de maestros a discípulos, como en el caso de Pérez Bustamante y Pérez de Tudela. Además, la permanencia en los cargos fue muy dilatada: en general, la renovación solo se produjo por fallecimiento, incompatibilidad con el desempeño político de algunas figuras o la jubilación. Esto revela hasta qué punto el campo académico estaba disciplinado por una lógica de lealtades y por una concepción patrimonial de la historia.
Todo ello favoreció una resistencia a la renovación que no fue necesariamente fruto de una censura impuesta desde arriba, sino que responde a la asunción como natural de marcos heredados. El americanismo protagonizó una ausencia casi total de conflicto, con una escasa interlocución con otras tradiciones historiográficas, y se evidenció el carácter endogámico de sus publicaciones. Por un lado, esto limitó la capacidad crítica del campo y, por otro, transmitió una sensación del pasado como espacio de certidumbre. Así, el análisis de los discursos arroja una imagen de inmovilismo en la historiografía americanista, la pervivencia del marco de la Hispanidad. Por su parte, las prácticas de estos historiadores explican dicha pervivencia mediante esta falta de renovación.
El americanismo del franquismo legó una herencia difícil de deconstruir: no solo la continuidad de sus artífices, sino la naturalización de sus presupuestos en el imaginario colectivo. Por ello, la sombra de la Hispanidad no solo fue alargada, sino también muy eficaz. Fue capaz de detener o ralentizar cualquier pensamiento crítico, blindando las disciplinas académicas y ofreciendo un relato identitario resistente al cambio. Comprender cómo operó este dispositivo y cómo se naturalizó su legado es imprescindible para dotarnos de una mirada crítica hacia los remanentes que se extienden hasta nuestro presente, así como para imaginar otras formas de narrar el pasado.
* Miembro de los grupos de investigación «Espacio, sociedad y cultura en la Edad Contemporánea» (UCM) e INTERFRANQ (UV). Investigación financiada por un contrato posdoctoral de la Generalitat Valenciana y la Unión Europea (CIAPOS 2023) y por el proyecto «Colonialismo visual y descolonizaciones en el mundo ibérico contemporáneo» (PID2023-146822NB-I00).
1 Entrevista del Servicio de Difusión Exterior del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (en adelante, CSIC) a Juan Pérez de Tudela (julio de 1973) (transcrita), Archivo General de la Administración (en adelante, AGA), Fondo de la Dirección General de Marruecos y Provincias Africanas, caja 81/11711, carpeta Servicio de Difusión Exterior del CSIC.
2 Real Decreto 735/1981, de 10 de abril, de Constitución de una Comisión Nacional para la Celebración del V Centenario del Descubrimiento de América, BOE, 98, 24 de abril de 1981, pp. 8726-8727. Tras las elecciones de 1982, el PSOE no dudó en tomar el relevo y marcó una línea de continuidad que acabó con la declaración del 12 de octubre como «Fiesta Nacional de España» en la que defendieron una convivencia política desde la diversidad. Véase Giulia Quaggio: «1992: la modernidad del pasado. El PSOE en busca de una idea regenerada de España», Historia y Política, 35 (2016), pp. 95-122.
3 Entrevista del Servicio de Difusión Exterior del CSIC a Pérez Bustamante (junio de 1973) (transcrita), AGA, Fondo de la Dirección General de Marruecos y Provincias Africanas, caja 81/11711, carpeta Servicio de Difusión Exterior del CSIC.
4 Eduardo Acerete: «Plus ultra. Sevilla y la institucionalización del americanismo en la posguerra (1939-1947)», Anuario de Estudios Americanos, 78(2) (2021), pp. 691-721; Lorenzo Delgado Gómez-Escalonilla: Imperio de papel. Acción cultural y política exterior durante el primer franquismo, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1992; José Antonio Piqueras Arenas: «“Operación Hispanidad”. Políticas del pasado y verdad española en el primer franquismo», en David Jorge (coord.): Tan lejos, tan cerca. Miradas contemporáneas entre España y América Latina, València, Tirant lo Blanch, 2018, pp. 57-80, y David Marcilhacy: «La Hispanidad bajo el franquismo. El americanismo al servicio de un proyecto nacionalista», en Xosé Manuel Núñez Seixas y Stéphane Michonneau (eds.): El imaginario nacionalista español en el franquismo, Madrid, Casa de Velázquez, 2014, pp. 73-102.
5 Ramiro de Maeztu: Defensa de la Hispanidad, Madrid, Gráfica Universal, 1934, p. 300.
6 Pablo R. Roces: «Ayuso, en la presentación de la Hispanidad: “Por mucho que nos reclamen pedir perdón, nada va a acabar con la Hispanidad”», El Mundo, 15 de septiembre de 2023, https://www.elmundo.es/madrid/2023/09/15/65042a7efdddff00338b45bf.html (consultado el 17 de marzo de 2024).
7 Elvira Roca Barea: Imperiofobia y leyenda negra. Roma, Rusia, Estados Unidos y el Imperio español, Madrid, Siruela, 2016, y José Luis Villacañas Berlanga: Imperiofilia y el populismo nacional-católico. Otra historia del Imperio español, Madrid, Lengua de Trapo, 2019.
8 Ángel Ganivet: Idearium español, Granada, Viuda e hijos de Sabatel, 1897.
9 José Luis Abellán: «España-América Latina (1900-1940): la consolidación de una solidaridad», Revista de Indias, 67(239) (2007), pp. 15-32, esp. p. 22.
10 David Marcilhacy: «La Hispanidad bajo el franquismo...», pp. 75-76.
11 Para una mirada crítica sobre la imposible neutralidad de la epistemología, véase Boaventura de Sousa Santos y Maria Paula Meneses (eds.): Epistemologías del Sur (perspectivas), Madrid, Akal, 2014.
12 Alba Fernández Gallego: «“Una ciencia para la verdad y para el bien”. Los historiadores del Consejo Superior de Investigaciones Científicas y la institucionalización del orden académico franquista», Hispania Nova, 19 (2021), pp. 620-660.
13 Consejo Superior de Investigaciones Científicas: Memoria de la Secretaría General, 1940-1941, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1942, p. VII.
14 La introducción de la historia económica y social, sobre todo la primera, en el CSIC se produjo en torno a los años cincuenta. Un grupo minoritario de historiadores ampliaron su marco teórico y metodológico, modificando las formas de representación escrita. La verdadera renovación, en todo caso, llegó con el desarrollo del contemporaneísmo ya avanzada la década de los sesenta.
15 Carlos Seco Serrano: «Don Ciriaco Pérez-Bustamante», en Carlos Seco Serrano et al.: Homenaje a D. Ciriaco Pérez-Bustamante, 3 vols., Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas-Instituto Gonzalo Fernández de Oviedo, 1969, pp. 11-30, esp. p. 25.
16 Ignacio Peiró Martín: Historiadores en España. Historia de la Historia y memoria de la profesión, Zaragoza, Prensas de la Universidad de Zaragoza, 2013.
17 Libros de cuentas, AGA, Educación, Fondo CSIC, Libros de cuentas (5)4 libro 492, Top. 32/41.101-41.304.
18 Órdenes de 12 de diciembre de 1942 por las que se nombran catedráticos de la Universidad de Madrid a los señores que se mencionan, BOE, 2, 2 de enero de 1943, p. 66.
19 Fue miembro de la llamada «generación de 1922». Gonzalo Pasamar Alzuria: Historiografía e ideología en la postguerra española: la ruptura de la tradición liberal, Zaragoza, Prensas de la Universidad de Zaragoza, 1991, pp. 122-127.
20 Joaquín Arrarás: Historia de la Cruzada Española, 8 vols., Madrid, Ediciones Españolas, 1939-1943.
21 Ciriaco Pérez Bustamante: La fundación de un imperio (España en América), Madrid, Redención, 1940.
22 Libros de cuentas, AGA, Educación, Fondo CSIC, Libros de cuentas (05) 044, libro 282, Top. 32/00.201-00.406.
23 Presupuesto-Memoria del Instituto Gonzalo Fernández de Oviedo realizado por Ciriaco Pérez Bustamante y Antonio Ballesteros (10 de mayo de 1940), AGA, Educación, Fondo CSIC, caja 8531, carpeta Gonzalo Fernández de Oviedo, 1940.
24 Ciriaco Pérez Bustamante: «Informe: labor a desarrollar por el Instituto Fernández de Oviedo», con el V.B. de Antonio Ballesteros Beretta (10 de mayo de 1940), AGA, Educación, Fondo CSIC, caja 31/8531, carpeta Instituto Gonzalo Fernández de Oviedo.
25 Ciriaco Pérez Bustamante: «Fr. Bartolomé de Barrientos y su “Vida y hechos de Pedro Menéndez de Avilés”», Revista de Indias, 1 (1940), pp. 73-88.
26 Rubén Pallol Trigueros: «La Historia, la Historia del Arte, la Paleografía y la Geografía en la universidad nacionalcatólica», en Luis Enrique Otero Carvajal (dir.): La Universidad nacionalcatólica. La reacción antimoderna, Madrid, Dykinson-Universidad Carlos III, 2014, pp. 535-683.
27 Carlos Seco Serrano: «Don Ciriaco Pérez-Bustamante...», p. 21.
28 Ibid., p. 16.
29 Consejo Superior de Investigaciones Científicas: Memoria de la Secretaría General, 1946-1947, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1948, pp. 269-270.
30 Juan Pérez de Tudela: Las armadas de Indias y los orígenes de la política de colonización (1492-1505), Madrid, CSIC-Instituto Gonzalo Fernández de Oviedo, 1956.
31 Ignacio Peiró Martín y Gonzalo Pasamar Alzuria: Diccionario Akal de historiadores españoles contemporáneos, Madrid, Akal, 2002, pp. 486-487.
32 Libros de cuentas, AGA, Educación, Fondo CSIC, Libros de cuentas (5)4, libro 522, Top. 32/41.101-41.304.
33 Nóminas del Instituto Gonzalo Fernández de Oviedo, AGA, Educación, Fondo CSIC, caja 9020, carpeta Instituto Gonzalo Fernández de Oviedo.
34 Ignacio Peiró Martín y Gonzalo Pasamar Alzuria: Diccionario Akal..., p. 486.
35 Isidro Sepúlveda: El sueño de la Madre Patria. Hispanoamericanismo y nacionalismo, Madrid, Fundación Carolina-Marcial Pons Historia, 2005, p. 173.
36 A este respecto, véase David Marcilhacy: «La Hispanidad bajo el franquismo...».
37 Alba Fernández Gallego: «“Cuando la civilización llegó a América”. Lecturas coloniales impulsadas desde el CSIC durante el franquismo (1940-1975)», Hispania Nova, 22 (2024), pp. 253-273.
38 Carlos Seco Serrano: «Don Ciriaco Pérez-Bustamante...», p. 14.
39 Ciriaco Pérez Bustamante: La fundación de un imperio...
40 José Antonio Calderón Quijano: Vigencia del término Hispanoamérica, Sevilla, Consejo Superior de Investigaciones Científicas-Patronato José María Quadrado, 1973, p. 25.
41 Antonio Rumeu de Armas: América, crisol de las Españas, Sevilla, Consejo Superior de Investigaciones Científicas-Patronato José María Quadrado, 1973, pp. 9-11.
42 Bartolomé de las Casas: Los tesoros del Perú, Madrid-Vitoria-Gasteiz, Consejo Superior de Investigaciones Científicas-Instituto Gonzalo Fernández de Oviedo-Instituto Francisco de Vitoria, 1958, pp. XVII-XVIII.
43 Manuel Giménez Fernández: Bartolomé de las Casas, vol. II, Capellán de S. M. Carlos I. Poblador de Cumana (1517-1523), Sevilla, Consejo Superior de Investigaciones Científicas-Escuela de Estudios Hispano-Americanos, 1960, p. XIV.
44 Leandro Álvarez Rey: «Manuel Giménez Fernández», en Real Academia de la Historia: Diccionario Biográfico electrónico. Historia Hispánica, https://dbe.rah.es/biografias/10755/manuel-gimenez-fernandez (consultado el 2 de junio de 2024).
45 Ramón Menéndez Pidal: El padre Las Casas y la leyenda negra, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas-Instituto de Estudios Africanos, 1962, p. 18.
46 Roberto Levillier: «Una nueva imagen de Las Casas y el arte crítico de Menéndez Pidal», Revista de Indias, 91-92 (1963), pp. 111-122, esp. p. 116.
47 Francisco Morales Padrón (ed.): Estudios Lascasianos. IV Centenario de la muerte de fray Bartolomé de las Casas (1566-1966), Sevilla, Consejo Superior de Investigaciones Científicas-Escuela de Estudios Hispano-Americanos, 1966.
48 Véase el monográfico del Anuario de Estudios Americanos, 23 (1966), pp. 1-477.
49 Manuel María Martínez: «Últimos años y muerte del P. Las Casas», Revista de Indias, 103-104 (1966), pp. 123-125, e íd.: «De la sensibilidad estética del padre Las Casas», Revista de Indias, 105-106 (1966), pp. 497-505.
50 Manuel María Martínez: «“Fray Bartolomé de las Casas o Casaus”, por Américo Castro», Revista de Indias, 109-110 (1967), pp. 445-453, esp. p. 452.
51 Carmelo Sáenz de Santa María: «Introducción crítica a la “Historia verdadera” de Bernal Díaz del Castillo», Revista de Indias, 105-106 (1966), pp. 323-465.
52 Carmelo Sáenz de Santa María: Introducción crítica a la «Historia verdadera» de Bernal Díaz del Castillo, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas-Instituto Gonzalo Fernández de Oviedo, 1967, p. 3.
53 Salvador Bernabéu Albert y Consuelo Naranjo Orovio (eds.): Historia contra la «desmemoria» y el olvido. El americanismo en el Centro de Estudios Históricos y la creación de la revista «Tierra Firme» (1935-1937), en «Tierra Firme», edición facsímil, Madrid, Residencia de Estudiantes-Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 2007, estudio introductorio.