Ayer 111/2018 (3): 53-77
Sección: Dosier
Marcial Pons Ediciones de Historia
Asociación de Historia Contemporánea
Madrid, 2018
ISSN: 1134-2277
DOI: 10.55509/ayer/111-2018-03
© James Matthews
Recibido: 26-01-2017 | Aceptado: 07-09-2017
Editado bajo licencia CC Attribution-NoDerivatives 4.0 License
Frentes porosos y lealtades fluidas: la movilidad de la tropa de leva entre los dos bandos durante la Guerra Civil Española
James Matthews
Centre for War Studies
University College Dublin
jlrmatthews@gmail.com
Resumen: El presente artículo examina la movilidad de los combatientes de leva entre los dos bandos en los frentes centrales de la Guerra Civil Española y la capacidad de estos para gestionar su mano de obra militar en condiciones en las que, por tratarse de una guerra civil, las lealtades eran fluidas y difíciles de captar. Concluye que el Ejército nacional resultó más eficiente a la hora de asegurar la participación de estos reclutas e instituyó un sistema en el que servir efectivamente en las fuerzas armadas era la opción más segura para los involucrados, incluso si tenían antecedentes izquierdistas. El Ejército Popular, en contraste, tuvo cada vez mayores problemas a la hora de retener a sus combatientes en filas y apostarlos de forma útil en las líneas del frente.
Palabras clave: Guerra Civil Española, Ejército Popular de la República, Ejército nacional, moral, motivación, disciplina, deserción.
Abstract: This article examines the movement of conscript soldiers between the two sides of the Spanish Civil War and discusses each side’s ability to manage its manpower in a context of fluid and insecure loyalties. It concludes that the Nationalist Army was more effective in instituting a system that ensured the effective participation of its recruits. For even those with left-wing pasts, it became the safest option. The Popular Army, in contrast, suffered increasingly acute problems in retaining its recruits as effective frontline combatants.
Keywords: Spanish Civil War, Republican Popular Army, Nationalist Army, morale, motivation, discipline, desertion.
El 17 de julio de 1936 una facción del ejército se sublevó contra el gobierno republicano. Los objetivos de los dirigentes eran hacerse con el poder en la península y en los protectorados mediante un rápido golpe de Estado. Sin embargo, este asalto al poder directamente desencadenó el conflicto civil cuando grupos leales al gobierno se movilizaron para su defensa, crucialmente sofocando el golpe en Madrid, Barcelona y Valencia, entre otras ciudades. Como consecuencia, España se dividió en dos bandos y el balance de fuerzas relativo permitió que el pronunciamiento se convirtiera en una larga y sangrienta guerra civil 1.
El levantamiento militar, sin embargo, no dividió al país limpia y geográficamente entre aquellos que apoyaban el golpe y los que estaban dispuestos a defender al gobierno. Las zonas en las que el alzamiento triunfó de manera inmediata también incluían sectores con una larga tradición izquierdista, como, por ejemplo, las provincias de Sevilla, Zaragoza, Huelva y Valladolid. Además, en tres ciudades prominentes —Oviedo, Toledo y Granada— los militares rebeldes se encontraron cercados y aislados en medio de una población hostil hasta que pudieron ser relevados. Por otro lado, en ciudades como Madrid, Barcelona y Valencia permanecieron atrapados muchos partidarios del golpe que tuvieron que refugiarse como mejor pudieron2.
La división irregular de España significó que en el verano de 1936 muchas personas se encontraban del lado «equivocado» de las líneas borrosamente definidas del frente. Una consecuencia inmediata de esta situación fue la represión violenta que se disparó en las retaguardias de ambos bandos3. Sin embargo, cuando los republicanos y nacionalistas4 implementaron sus políticas de reclutamiento forzoso en el verano y otoño de 1936 también significó que miles de hombres fueron obligados a prestar servicio en uno u otro ejército a riesgo de ser procesados como desertores si incumplían el llamado. Por tanto, el reclutamiento de cada ejército dependió mucho más de la geografía que de la ideología política. Esto, a su vez, significó que las campañas de reclutamiento forzoso de los dos bandos involucraron a muchas más personas que solamente los adeptos políticos. Mientras que muchos reclutas eran apáticos y buscaban sobrellevar la contienda con el menor riesgo a su integridad física posible, otros eran activamente hostiles a la causa de los que les hicieron la llamada a filas5.
Este artículo examina la movilidad de los combatientes de leva entre los dos bandos en los frentes centrales de la Guerra Civil Española y la capacidad de estos para gestionar su mano de obra militar en condiciones en las que, por tratarse de una guerra civil, las lealtades eran fluidas y difíciles de captar6. La relación entre los reclutas forzosos y sus ejércitos es importante para entender la eficacia de los soldados en la contienda y arroja luz sobre las razones de una eventual victoria del bando franquista7. Aunque ambos bandos se enfrentaron a un reto parecido, aquí se argumenta que el Ejército nacionalista resultó más eficiente a la hora de asegurar la participación de estos hombres e instituyó un sistema en el que servir efectivamente en las fuerzas armadas era la opción más segura para los involucrados, incluso si estos tenían antecedentes izquierdistas. El Ejército Popular, en contraste, tuvo cada vez mayores problemas a la hora de retener a sus combatientes en filas y apostarlos de forma útil en las líneas del frente. Para abordar el tema desde abajo, el presente artículo se basa extensamente en los documentos generados por los ejércitos de los dos bandos y examina aspectos novedosos de la guerra —como, por ejemplo, la vigilancia de los soldados en sus puestos del frente, los intentos de contener la propagación de rumores y los subsidios para motivar a la tropa de leva— para evaluar el nivel de compromiso de los combatientes.
En la historiografía de la contienda, frecuentemente se ha tomado la superior eficiencia de los nacionalistas como un hecho y se ha atribuido, sin extenso análisis, como fruto únicamente de la represión. El presente artículo mantiene que mientras la disciplina militar franquista estaba apuntalada por la amenaza y aplicación de la justicia violenta ejemplar, esta explicación por sí sola oculta una relación más compleja entre los soldados de leva y el Ejército nacionalista. Este también protegía de forma táctica a los reclutas con un pasado izquierdista en el entendimiento de que prestarían un nivel mínimo de servicio efectivo en armas. Por otro lado, también se argumenta que en la medida que avanzaba la contienda, la República pasó de la disciplina revolucionaria a utilizar métodos cada vez más tradicionales y severos en un intento de imponer su voluntad en una situación en que perdían paulatinamente territorio y recursos humanos y materiales ante el enemigo.
El artículo también desarrolla el reciente interés historiográfico en las reacciones de las personas «corrientes» afectadas por la contienda y cuestiona la versión maniquea del conflicto que dividió a España entre centralistas y regionalistas, tradicionalistas y reformadores, católicos y secularizadores, reaccionarios y revolucionarios8. Mientras que es innegable que los militantes moldearon el conflicto de forma crucial, ahora se reconoce que la Guerra Civil también abarcó a cientos de miles de españoles que no se habían prestado como voluntarios y para quienes muchas de las ideologías políticas eran distantes e impuestas desde arriba. Por tanto, una historia de la fluidez de los frentes revela mucho sobre la naturaleza de la Guerra Civil y las estrategias de supervivencia de los involucrados a desgana. Finalmente, las historias de esta época también han tendido a pasar por alto el hecho de que la gran mayoría de los combatientes, sobre todo después de los caóticos meses iniciales, fueron reclutados por su quinta de reemplazo9. Un estudio de los mecanismos para intentar controlarlos es importante, ya que muchos de estos hombres estaban lejos de ser partidarios del bando que los reclutó.
El hecho de que muchos reclutas nacionalistas tuvieran antecedentes izquierdistas se explica por las crecientes tasas de afiliación a los partidos y sindicatos que se habían dado desde la declaración de la Segunda República en 1931. Aunque muchos activistas considerados culpables de haber cometido crímenes fueron castigados, a menudo de manera arbitraria y violenta, otros pudieron permanecer ocultos durante los primeros meses de represalias sangrientas. Todo aquel que hubiera pertenecido a alguno de los diversos partidos políticos y sindicatos de izquierda, aunque no hubiera sido más que un simple afiliado, era por ese motivo víctima potencial de la represión. Pero una vez que los nacionalistas pusieron en marcha el reclutamiento obligatorio en su zona, esos mismos activistas pasaron a ser considerados aptos para servir en las fuerzas armadas franquistas. Si obedecieron a la llamada a las armas a menudo solo se debió a una táctica de autoconservación. Paradójicamente, los que tenían un pasado militante y se vieron atrapados muy al interior del territorio nacionalista fueron quizá los que antes se presentaron voluntarios, en lugar de esperar a que llegaran los papeles del llamamiento a filas, debido a que la amenaza de represalias sangrientas era mayor para los activistas. Juan Satrústegui, un veterano del Ejército nacionalista, se definió a sí mismo como un «anarquista entre las tropas de Franco» y justificó así su decisión de presentarse voluntario para servir en las filas de ese bando:
«Había que tomar alguna medida para escapar de aquel infierno y con un vecino de mi casa tomamos la heroica decisión de presentarnos voluntarios en los lugares de alistamiento antes de que fuésemos detenidos por esas bandas nocturnas de locos asesinos, que si no encontraban a quien sacar en sus noches de vesania a las gentes de las cárceles iban a los domicilios de personas de significación izquierdista deteniendo a quienes les apetecía y asesinándolos sin más»10.
El hecho también lo confirman las órdenes del mando nacionalista para una vigilancia individual a los soldados con orígenes sospechosos, los conocidos como «extremistas». Por ejemplo, en agosto de 1938 la 107 División advirtió que el soldado Ángel Calvo Miguel era de «filiación izquierdista, destacado y muy peligroso, asistente a mítines y manifestaciones de tal matiz»11. El mismo mes, el soldado Francisco Domínguez González fue fichado como un «muy peligroso propagandista» y se utilizó esta información preventiva para vigilarlos de cerca en las trincheras12.
Que muchos republicanos tuvieran antecedentes de tendencia política derechista también se desprende de la actitud desconfiada de las autoridades gubernamentales a la hora de reclutar a su población en masa después de la creación del Ejército Popular de la República el 15 de octubre de 193613. El primer comisario general, Álvarez del Vayo, lo admitió de forma abierta en una circular a todos los comisarios de brigada en marzo de 1937 cuando el gobierno se disponía a incorporar un nuevo reemplazo de soldados de leva14. Su solución fue que el comisariado emprendiese la «labor tan delicada» de identificar a tales individuos y los colocara «en puestos donde su presencia no constituya peligro [para el esfuerzo de guerra]»15. En noviembre de 1937, por ejemplo, los comisarios de la 31 Brigada Mixta recibieron la orden de vigilar a «los elementos fascistas emboscados en las unidades»16. La desconfianza de los reclutas republicanos se refleja en las actitudes que tomaron cuando los situaban en puestos de responsabilidad. Un oficial comentó acerca de un individuo: «Como a todos los reclutas, se le vigilaba»17. Otro justificaba haber puesto a un recluta forzoso en un puesto de escucha porque la unidad era responsable de una gran sección del frente y «la mayoría de su compañía se halla integrada de reclutas»18. Lo que implicaba que no había otra alternativa que emplear al tipo de soldado menos fiable.
Esta desconfianza por ambos bandos es especialmente evidente en las enérgicas campañas que se desarrollaron en contra de los rumores de un inminente fin de la contienda. En fecha tan temprana como diciembre de 1937 el cuartel general de Franco dictó esta exhortación:
«Los que propongan estas especies son enemigos de la España Nacional y agentes de la causa roja. Por todo ello debe cortarse con rigor cualquier especie entre las tropas que trate directa o indirectamente de fomentar el cansancio por la guerra o tienda a disminuir la capacidad guerrera de nuestra juventud [...] Espero de todos los generales, jefes, oficiales y suboficiales el mayor celo en la defensa de España, que no solo se defiende en los frentes, sino también con la disciplina y con el celo sobre las conversaciones de los combatientes»19.
El hecho de que los rumores fueran bien recibidos por los soldados indica que muchos reclutas nacionalistas estaban hartos de la guerra. Pero el cuartel general franquista veía los deseos de paz como una verdadera amenaza para el espíritu de lucha. Ese mismo mes dio una orden parecida la 12 División, advirtiendo acerca de la «infamia» que suponía desear la «terminación de la guerra por un armisticio o pacto con los asesinos de la zona roja»20.
Los combatientes republicanos también acogieron bien los rumores de un alto el fuego y una paz negociada, demostrando su deseo de poner fin al conflicto. En noviembre de 1937, los comisarios de la 31 Brigada Mixta recibieron la orden de «aplastar en el acto [...] toda campaña que hable de armisticio, de conciliación». Ese mismo mes, el mando, preocupado, dio instrucciones a los comisarios de todo el ejército de formar un selecto grupo de hombres para repeler al enemigo «en el caso de que nuestras fuerzas abandonen las trincheras espontáneamente»21. De la orden se desprende poca confianza en la capacidad de resistencia de los soldados del Ejército Popular.
En ambos bandos, por tanto, se percibe una gran preocupación sobre la lealtad y compromiso del soldado raso medio. El reto era asegurar que sirvieran de forma eficiente y sin desperdiciar mano de obra o recursos en monitorearlos o incluso recluirlos. Otro miedo constante de las autoridades, que se considera más adelante, era la posibilidad de que los reacios desertaran de sus puestos, mermando la capacidad combativa de su bando y minando la moral de los que quedaran atrás. Para evitar esta situación tanto los nacionalistas como los republicanos introdujeron y aplicaron reglamentos para controlar a sus soldados. Como se analiza a continuación, eran considerablemente diferentes en su visión y fueron modificados a medida que avanzaba la contienda.
José Semprún, el autor de uno de los pocos estudios del Ejército nacionalista, arguye que ese bando mantuvo un nivel de disciplina aceptable gracias a sus campañas de represión e intimidación22. El historiador franquista Ricardo de la Cierva añade que impusieron una «dura y eficaz disciplina militar, tal vez la principal ventaja de las tropas de Franco frente a los variopintos condicionamientos personales y políticos de sus oponentes»23. Aunque estas observaciones no son en sí equivocadas —y efectivamente existió una dura y despiadada política de represión para los que se enfrentaban a la autoridad franquista—, solo arrojan luz sobre un aspecto de una relación, de hecho más compleja, entre el Ejército nacionalista y sus soldados. Aquí mantenemos que el manejo y el sometimiento de los desafectos, así como su habilidad para convertirlos en soldados eficaces, fue una de las claves importantes de la victoria de Franco en la Guerra Civil, así como una de las grandes diferencias con el bando gubernamental. Al mismo tiempo que hacían amenazas muy reales a quienes no cooperasen con los militares, los nacionalistas se mostraban tácticamente tolerantes con quienes, por sus antecedentes, se encontraban expuestos a ser perseguidos, en el entendimiento de que prestarían un nivel mínimo de servicio efectivo como uniformados.
Esta actitud se desprende claramente de las órdenes del general nacionalista Carlos Asensio Cabanillas y distribuidas a las unidades bajo su mando el 17 de diciembre de 1937:
«[E]s preciso que por los jefes de unidad se haga llegar a conocimiento de la tropa, aunque no en escrito oficial, que todos aquellos que tengan antecedentes desfavorables están, al servir la causa de la España Nacional en las trincheras, atenuando o borrando sus pasadas culpas; a medida que los servicios prestados van aumentando en razón del tiempo de permanencia en filas o de los hechos de armas en que han intervenido, su buena conducta no solo les beneficiará a ellos, sino también a sus familiares»24.
El ejército no solo dio ocasión de purgar su pasado ante las autoridades del nuevo régimen a los hombres de lealtad dudosa a la causa nacionalista, sino que también les ofreció una protección eficaz para las familias que habían dejado en retaguardia:
«Se debe también hacer saber a los soldados que en cuanto tengan noticias de que se están efectuando indagaciones en sus pueblos sobre su conducta social y política con anterioridad al movimiento nacional den cuenta al jefe de su unidad para que este lo haga llegar a mi conocimiento y defender al individuo de que se trate y a sus familias de posibles represalias, siempre que su conducta en la unidad le haga acreedor de ello»25.
Esta estrategia nacionalista también se desprende de un discurso de 21 de diciembre de 1938 dirigido al 35 Regimiento Mérida, formado en su mayor parte por quintos de reemplazo:
«Desechar el temor por que alguno haya sido antes rojo de ideas o de acción. En el frente se han borrado vuestras antiguas actividades sociales o políticas. Al volver todos seréis iguales, los que serán tratados desigualmente serán los emboscados»26.
Hay pruebas de que los oficiales al mando de las unidades operativas respondían de sus soldados. Por ejemplo, cuando el jefe de la 12 División se enteró del diferente trato que recibían las familias de los soldados de antecedentes izquierdistas en la retaguardia planteó el asunto al general Asensio y a las autoridades civiles. En enero de 1938 el teniente coronel hizo un fuerte alegato en pro de un trato benévolo para sus soldados «rojos» criticando el hecho de que «el pago del subsidio [por combatiente, para la manutención de las familias de soldados de bajos recursos] no se ajusta a las necesidades económicas de las familias de los combatientes, sino a un estado pasional y de distingo sobre si fueron rojos o no»27. El argumento para que se les diera el subsidio debido fue que «si por rojos no se les da el subsidio, por la misma razón no deben ser aprovechables como combatientes». Su idea se basaba menos en la compasión que en el intento de reclutar hombres para el esfuerzo de guerra nacionalista: «No es precisamente condenando al hambre a las familias como se captan adeptos y se muestra la bondad de nuestra causa»28. En la práctica, sin embargo, estas políticas, en su conjunto, no dejaron más opción a muchos hombres que servir en el Ejército nacionalista para mantenerse a ellos mismos y a los suyos en la retaguardia al margen de las posibles represalias.
La República, en contraste, empezó la guerra con una disciplina revolucionaria, consecuencia de que sus defensores iniciales eran una mezcla descoordinada de milicianos voluntarios procedentes de partidos y sindicatos, reforzados —y, en ocasiones, dirigidos— por miembros de las fuerzas de seguridad y las fuerzas armadas29. La presencia de las fuerzas políticas de izquierdas conllevó el rechazo a la militarización y a las estructuras militares, y creó una cierta resistencia a restablecer las fuerzas armadas. La CNT, en particular, se opuso a la militarización, creyendo que la disciplina militar era incompatible con la libertad individual30. Con la excepción del Partido Comunista, la militarización fue vista también como una amenaza al poder de base de los propios partidos y sindicatos31. Mientras que la República dictó la militarización, principalmente por necesidad estratégica —corrían el riesgo real de perder la guerra durante el vertiginoso avance nacionalista sobre Madrid en el verano y otoño de 1936—32, el dilema de ese bando nunca se llegó a resolver durante la contienda: para combatir a los sublevados la República tenía que organizar un ejército, pero rechazar el militarismo de los rebeldes. La agonía de este predicamento lo expresó muy aptamente el historiador profranquista Ramón Salas Larrazábal cuando escribió que «el ejército se disfrazaba de milicia para hacerse perdonar el no serlo»33.
Sin embargo, es innegable que el Ejército Popular de la República sufrió las consecuencias de su decisión de distanciarse del modelo militar tradicional, esto es, el que seguían de forma automática los nacionalistas, incluso cuando a la imagen política y social de la República le convenía un sistema más relajado e inclusivo de la disciplina. A finales de 1938, José Muñoz Ortega, de la 55 Brigada Mixta, halagó a los oficiales de su unidad porque «aquí todos somos iguales»34. Pero las ilusiones igualitarias entre tropa y oficiales generaron graves problemas de disciplina en el nuevo ejército. Michael Alpert sostiene que el Ejército Popular «adolecía de una falta de eficacia que emanaba de la falta de voluntad y de la descomposición de la autoridad social»35. El escaso respeto que los soldados mostraron tantas veces hacia sus oficiales lo pone en evidencia. Por ejemplo, en marzo de 1937 los hombres de la 31 Brigada Mixta utilizaron la «ausencia de oficiales en los ejercicios de instrucción» como argumento para no participar en ellos. Sin duda el Ejército nacionalista habría castigado con severidad una queja similar. Pero en este caso lo más revelador de la dinámica del Ejército Popular es que la solución propuesta en esta Brigada Mixta fuese hacer las sesiones también obligatorias para los oficiales36.
El contrapunto a la relación modificada —y relajada— entre los oficiales y la tropa en el Ejército republicano fue el recurso a la justicia ejemplar y violenta, que fue aplicada con cada vez más frecuencia a medida que la situación del bando gubernamental se volvía más desesperada. Esta aplicación de violencia desmedida se desprende del trato de la 84 Brigada Mixta en Teruel en el invierno de 1937-1938. Esta unidad republicana tomó parte en el sangriento asedio y captura de Teruel en el gélido invierno de 1937-1938 antes de ocuparse en mantener la línea frente al furioso contraataque nacionalista. Cuando por fin fue relevada en enero de 1938, la unidad pasó a la retaguardia y a un prometido descanso de tres días, pero al día siguiente se les dio orden de volver al frente para reforzar la presionada línea republicana. Dos batallones se negaron y unos cincuenta hombres fueron ejecutados por las autoridades republicanas como castigo ejemplar37.
Otra indicación de este cambio en la manera de imponer la disciplina es que, en ocasiones, los oficiales y comisarios destinados en primera línea del frente se extralimitaron en el ejercicio de su autoridad. Una investigación llevada a cabo por el Ejército Popular en noviembre de 1938 concluyó que se había fusilado de forma ilegal a soldados en la línea del frente simplemente por la sospecha de deserción inminente. El informe identificó a sesenta y cinco hombres ejecutados «sin formación de causa»38. Esta práctica se consideró lo bastante extendida como para que el general Vicente Rojo dictase poco después órdenes rigurosas contra «la imposición de las más duras sanciones (fusilamiento sin formación de proceso) en algunas unidades de los frentes por motivos que no justifican tal determinación extrema. Es necesario, a toda costa, atajar este mal»39.
Otra investigación descubrió en el invierno de 1938, en un momento en que la República perdía posiciones, que un cierto número de hombres eran ejecutados sumariamente por oficiales y comisarios llenos de celo que sentían que la disciplina necesaria solo se podía imponer con medidas ajenas a los procedimientos oficiales de la justicia militar40.
La violencia, en estos casos, se consideró necesaria para mantener el control de la unidad cuando esta era puesta a prueba. Pero los dos extremos republicanos de tolerancia y violencia probablemente estaban relacionados. Un nivel firme y constante de disciplina bien entendida, como la que pudieron imponer los nacionalistas con base en castigos y recompensas, hubiera requerido una justicia menos dramática para restablecer el orden. Pero cuando el nivel cotidiano de disciplina era relativamente bajo, como llegó a serlo en el Ejército Popular, sobre todo cuando el enemigo franquista conquistaba cada vez más territorio y recursos, el castigo necesario para restaurarla tenía que ser más severo, o por lo menos así lo interpretaron algunos mandos de la época. Por tanto, al final de la contienda, muchas autoridades militares republicanas habían reemplazado la disciplina revolucionaria por una más tradicional y con componentes extraoficiales violentos y arbitrarios.
En una guerra civil la pérdida de mano de obra en un lado representa un aumento potencial de la del otro lado. Y, sin embargo, se ha escrito relativamente poco sobre la deserción en la Guerra Civil Española41. Ningún bando quería admitir que había sufrido deserciones, ni durante la contienda ni después de ella. En aquel conflicto por la legitimidad para gobernar España, las deserciones minaban las pretensiones de ambos bandos y, por tanto, se les dio una publicidad limitada. Por eso la deserción —y, de forma más aguda, la defección— preocupó tanto a los mandos de ambos bandos y escritos como los que a continuación se reproducen permean los documentos de los dos ejércitos. Mientras que ambos padecían de números de desertores preocupantes —que son ahora imposibles de calcular con toda exactitud—, fue el Ejército Popular el que más sufrió el fenómeno, especialmente en el último periodo de la guerra cuando la perspectiva era nefasta y los quintos recién incorporados superaban los cuarenta años. Pero incluso tan temprano como 1937 Franz Borkenau describió cómo los soldados republicanos podían dejar las unidades donde hacían la instrucción:
«Como no hay censos suficientes, los que quieren pueden esconderse con facilidad [...] Con todo, que le consideren a uno apto no significa que vaya inmediatamente al frente. Si a los jóvenes no les gusta la instrucción —lo que sucede con frecuencia—, no les resulta difícil regresar a su pueblo natal, donde nadie los controla de manera eficaz»42.
Como consecuencia, las fuerzas gubernamentales intentaron diseccionar las razones detrás de esta considerable pérdida de mano de obra armada. La evidencia sugiere que, de manera preocupante para la República, muchos desertores no solo eran voluntarios, sino también hombres que habían combatido como quintos desde el principio de la contienda. Un folleto para prevenir las deserciones dirigido a los comisarios en mayo de 1938 reconoce que las «estadísticas efectuadas [...] demuestran no pertenecer los desertores, en su mayoría, a las nuevas quintas». Los motivos que se daban para explicar las deserciones eran la pérdida de moral, incluida la falta de fe en la victoria y la influencia negativa de «la situación militar por [la] que atravesamos»; la creciente eficacia de la propaganda nacionalista; la falta de atención a las «pequeñas necesidades del combatiente» (comida, tabaco, ropa, alojamiento, higiene, cartas y actividades de ocio), y, por último, el recuerdo de la familia y la «atracción de su tierra»43. Además, los comisarios de unidad documentaron a menudo en sus partes los motivos de las deserciones republicanas con la intención abierta de contener el flujo de estas. En diciembre de 1938, el XIX Cuerpo de Ejército distinguía entre los desertores que se encaminaban a la retaguardia y los que se pasaban a la zona enemiga. A estos últimos les movía una «ideología afín con nuestros enemigos, añoranza familiar, mal trato sufrido que impulsa el cambio de postura». Los que se dirigían a la retaguardia lo hacían por estar «desencantados» o ser unos «cobardes» o unos «desertores habituales»44. Aunque por razones de espacio no se puede profundizar aquí, la heterogeneidad política republicana también provocó que unos hombres abandonasen sus unidades cuando estos eran controlados por fuerzas políticas distintas a las suyas45.
Unas preocupaciones parecidas hacían eco del otro lado de las trincheras. En enero de 1937 el jefe de la 5.ª División informó al cuartel general de Franco en una nota interna que la unidad estaba realizando una investigación sobre «las continuas deserciones» que padecía46. En marzo de 1937 el jefe del cuartel general escribió al jefe del Ejército del Centro refiriéndose a la «relativa frecuencia» de las deserciones y urgiéndole a «extremar las precauciones para evitar aquellas, excitando el celo de oficiales y clases, y poniendo en práctica medidas de ejemplaridad que permitan llegar a cortar cuanto sea posible las mencionadas deserciones»47. En junio de 1937 un parte del jefe del Ejército del Sur decía que las «numerosas deserciones» suponían una seria carga burocrática para el ejército y que las notificaciones de las mismas en la prensa oficial daban una «notoriedad inconveniente» a las cifras reales48. Este bando también se preocupó de que muchos de los desertores eran de los primeros combatientes49.
Los nacionalistas reconocieron abiertamente su ventaja sin dejar de limitar el flujo de sus propios desertores. En febrero de 1938 el jefe del Ejército del Norte calificó el número de desertores de «considerable», sin que «constituya un fenómeno inquietante»50. En diciembre de 1937 el Estado Mayor de la 12 División aseguró que el «número de deserciones en nuestras fuerzas es muy reducido con relación al enemigo»51. Además, en todas las unidades se ejercía una estrecha vigilancia sobre la tropa por parte de otros soldados, de modo que si uno estaba planeando pasarse al enemigo era difícil saber en quién podía confiar. El Estado Mayor de la 12 División nacionalista dictó la siguiente orden en diciembre de 1937:
«Por todas las unidades se debe extremar la vigilancia sobre aquellos individuos de tropa de los que por sus antecedentes se pueda temer una posible deserción al enemigo. Esta vigilancia, aparte de la que ejerzan los oficiales y sargentos, deberá estar a cargo de soldados de toda confianza, que por un mayor trato con los citados individuos estarán en condiciones de prevenir cualquier posible deserción»52.
De los documentos también se desprende que el castigo para los desertores aprehendidos era fulminante. El veterano nacionalista José Llordés recordó el caso de tres hombres de su unidad que fueron juzgados por un consejo de guerra sumarísimo. No solo habían tramado pasarse al enemigo, sino que también se dijo que habían animado al resto de su compañía a unirse a ellos. Tras la sentencia, los tres fueron fusilados en presencia del batallón. Los soldados se vieron obligados a desfilar alrededor de los muertos tres veces antes de recibir la orden de romper filas. Llordés recordó que uno de los hombres ejecutados había gritado «¡Viva la República!» cuando se hallaba frente al pelotón de ejecución53. El veterano capellán Jaime Tovar también recordó a su unidad desfilando «ante los cadáveres» de tres desertores ejecutados54.
De las autoridades, y, en casos menos comunes, los propios involucrados, es evidente que las causas de las deserciones eran principalmente geográficas y de motivación personal. Además, se vuelve aparente un movimiento constante entre los dos bandos que, sin dejar de favorecer al Ejército nacionalista, no dejó de ser un fenómeno en ambas direcciones. El hecho de que las ausencias de los hombres se basaban en motivos personales se ve reforzada por el extraordinario descubrimiento de Pedro Corral de que hubo soldados que se pasaron del bando nacionalista al republicano solo unos meses antes del final del conflicto. Estos hombres huyeron en enero y febrero de 1939 del Ejército nacionalista desplegado en el frente de Levante y se encaminaron a territorios todavía bajo control republicano55. Solo el deseo de proteger a sus familias en los caóticos últimos días de la Guerra Civil puede haber inspirado actos así cuando estaba claro, incluso para soldados rasos de ambos bandos, que la República se enfrentaba a una derrota inminente.
Además de limitar la deserción, ambos bandos intentaban captar lo que se llegó a denominar «reclutas del bando enemigo». En esto los nacionalistas también tuvieron ventaja y consideraron a la mitad de los prisioneros de guerra y evadidos republicanos lo bastante fiables como para servir en el Ejército nacionalista. Fue una práctica conocida como «reciclaje» que demostró ser muy eficaz a la hora de proveer de nuevos reclutas al bando nacionalista56. Los reciclados, junto con los aliados alemanes e italianos y los mercenarios marroquíes, también contribuyeron a limitar el número de reemplazos que los sublevados se vieron obligados a reclutar. A medida que avanzaba el Ejército nacionalista obtenía nueva mano de obra gracias a los soldados republicanos huidos y capturados, y a los que obligaba a cambiar de bando.
Con el fin de aumentar el número de soldados de recluta y jornaleros baratos57 a su disposición, en septiembre de 1937 el jefe de los campos de concentración de los nacionalistas, el coronel Luis de Martín Pinillos, recibió la orden del cuartel general de proceder «a la rápida clasificación de los prisioneros a fin de disponer de personal suficiente para organizar nuevos batallones de trabajadores [militarizados]»58. Los antiguos soldados republicanos fueron clasificados de acuerdo con el siguiente plan, basado en letras. Los hombres considerados «adictos al Movimiento Nacional» fueron etiquetados con una «A»; los considerados «netamente adversarios y combatientes contra el mismo» fueron marcados con una «B»; los prisioneros «culpables de la comisión de causas o delitos» y a la espera de ser procesados fueron clasificados como «C», si su delito se consideraba «leve», y «D», si se consideraba «grave». Los prisioneros que no encajaban en ninguna de las categorías anteriores y cuyas lealtades no estaban claras fueron calificados como «A-dudoso». Lo sorprendente de esta clasificación es que alrededor del 50 por 100 de los prisioneros republicanos fueron clasificados como «A», el 20 por 100 cayó en la categoría «A-dudoso», el 20 por 100 en la «B», y la «C» y la «D» se repartieron el 10 por 100 restante59. Esto significa que el Ejército nacionalista fue capaz de reciclar directa e inmediatamente a la mitad de los soldados republicanos que cayeron en sus manos, mientras que los clasificados como «A-dudoso» y «B» fueron enviados a batallones de trabajadores. Aunque no se sabe cómo se estableció la clasificación, estos porcentajes sugieren que muchos reclutas republicanos participaron en la Guerra Civil sin convicciones definidas y que cambiaban fácilmente de bando cuando su interés lo exigía. Esto también convenía a las reivindicaciones de legitimidad de los nacionalistas, porque reforzaba su visión de los soldados del Ejército Popular como hombres engañados y coaccionados por la República.
Aunque no hay cifras disponibles para todo el conflicto, a finales de 1937 los nacionalistas habían hecho unos 107.000 prisioneros republicanos. Casi 59.000 fueron destinados directamente a unidades nacionalistas, unos 30.000 pasaron a servir en batallones de trabajadores y casi 12.000 fueron juzgados. Los 6.000 restantes aún no habían sido clasificados cuando se publicó el informe60. Los partes de las Cajas de Recluta muestran una escala similar. En un parte fechado en mayo de 1938, la Caja de Burgos calculaba que ella sola había reciclado casi 15.000 hombres de un total no especificado y los había enviado directamente a unidades nacionalistas61.
Los soldados republicanos capturados por los nacionalistas recordaron que la transición de un ejército a otro fue muy rápida para los que eran considerados reclutas apolíticos y clasificados como «A». Luis Bastida, por ejemplo, que sirvió en el Ejército republicano del Norte y fue capturado por los nacionalistas a finales de 1937, en un periodo muy corto fue destinado al 35 Regimiento Mérida, destacado en Vigo: «Aunque no cambiásemos de ideas, en poco más de un mes cambiábamos de zona, de ejército, de uniformes, de canciones y de banderas. Un récord»62. Lo más curioso es que los franquistas lo pusieron a vigilar prisioneros de guerra republicanos: «Por lo visto —escribió irónicamente— la cazadora gris y los pantalones caquis de nuestro uniforme recién recibido cubren completamente todo nuestro pasado»63. Algunos hombres fueron reciclados con tanta rapidez que no les dio tiempo a hacer el juramento de fidelidad a la rehabilitada bandera roja y gualda64.
El sistema coercitivo nacionalista tuvo éxito en su propósito de que los hombres fuesen liberados regularmente de sus unidades penales —los denominados «A-dudosos» y «B», según la anterior clasificación— y reinsertados en el nuevo orden franquista en los estrictos términos impuestos por el régimen. El jefe del Ejército del Norte informó a Franco en enero de 1938 de que
«el comportamiento de las fuerzas de estos batallones [de trabajadores] es en general excelente [...] y continuamente muchos individuos de tales batallones garantizados por personas solventes son enviados por las Comisiones Clasificadoras a sus cajas de recluta para incorporarse a las unidades combatientes»65.
Uno de los principales modos que emplearon los nacionalistas para asegurarse la lealtad de estos nuevos soldados fue exigirles que dieran los nombres y direcciones de garantes suyos en la zona franquista. Estos podían ser miembros de su familia, pero también ciudadanos de probada lealtad nacionalista. Los garantes pasaban a ser entonces responsables de los actos de los soldados reciclados, y en este sentido contribuyeron a la construcción del régimen nacionalista. Como escribió Bastida: «Si ahora me pasase a las filas rojas cometería con mis desinteresados protectores una canallada imperdonable». Lo que no quita para que este soldado admitiese que a veces se sorprendía a sí mismo tarareando canciones republicanas mientras vestía el uniforme nacionalista66.
La República también recicló evadidos para reforzar sus propias unidades. En marzo de 1937 el Ejército del Centro dio órdenes acerca de cómo tratar a los evadidos del Ejército nacionalista, dado el «gran número de evadidos del campo faccioso»67. A los que se consideraba «adictos a la causa» se les daba un permiso y luego se les requería «presentarse en el centro de movilización [...] correspondiente con objeto de que se les destine a cuerpo». No obstante, ningún evadido podía ser enviado a la zona del frente en la que había servido con los nacionalistas68. Así se intentaba cortar cualquier lazo que pudiera tener el evadido en la otra zona. Además, los republicanos eran conscientes de que «no [a] todos los presentados en nuestras filas voluntariamente los anima el deseo de servir con nobleza y entusiasmo la causa republicana»69. Por este motivo, a partir de marzo de 1937 instauraron un sistema que clasificaba a los evadidos como «adictos» o «dudosos»70. Los primeros eran enviados a unidades del Ejército Popular, mientras que los segundos eran destinados a trabajos forzados71. Aunque los números totales ahora no se pueden decir de manera exacta, los documentos republicanos y su relativa escasa referencia a la práctica en comparación con los nacionalistas indican que el número de reciclados que pasaban del bando gubernamental al de los franquistas era considerablemente menor que el del movimiento en el sentido contrario.
Un reconocimiento tácito de los números de soldados gubernamentales que se pasaron a las filas franquistas es el esfuerzo que invirtieron en convencerles de tomar esa iniciativa. Al tiempo que limitaban sus propias tasas de deserción, los nacionalistas animaron activamente a los soldados republicanos a cambiar de bando. Hacia el final de la guerra, pasarse al enemigo, que no dejaba de ganar terreno, se convirtió en una opción cada vez más atractiva para muchos soldados republicanos, sobre todo porque los nacionalistas presentaban el cambio de bando como el primer paso hacia su redención a ojos de las autoridades franquistas. Con la vista puesta en los soldados republicanos desafectos se emitía un mensaje similar al dirigido a los soldados de recluta dentro de la zona nacionalista, que de otro modo podían haber resistido la llamada a filas: «Aún puedes reparar tu falta, pásate a nuestras filas»72.
Este mensaje se desprende claramente de la propaganda dirigida a las líneas republicanas. El siguiente ejemplo se emitió en agosto de 1938 para que lo oyeran las fuerzas republicanas estacionadas frente a la 107 División y ponía el acento en que no era demasiado tarde para terminar la guerra del lado de los vencedores: «Está sonada la hora de nuestra victoria definitiva. Si sabéis dar a tiempo el salto, venceréis con nosotros»73. El propio Franco subrayó este mensaje en un discurso de enero de 1939, tras la captura de Tarragona, durante la campaña de Cataluña: «Nada tienen que temer los que engañados empuñaron las armas en la guerra»74. Como recalcó la 107 División en su propaganda a los republicanos en septiembre de 1938: «La España Nacional no te odia. Te ama y te perdona porque sabe que luchas a la fuerza, que te repugna el crimen y que eres español. Eso nos basta. Nos duelen tus sufrimientos y sentimos tu sangre derramada. Si no has cometido crímenes, abandona a los rojos y pásate a nuestras filas»75.
Los nacionalistas, a su vez, también reconocieron el tirón de la zona republicana para algunos desertores. En enero de 1938, justo después de la conquista de la ciudad de Teruel por el Ejército Popular, resumieron así los principales atractivos: «La propaganda roja con sus “victorias” en Teruel, los dos duros que les pagan, la abundancia de mujeres que presumen tener cuando van a la retaguardia y que parangonan con los dos reales76 que los nuestros perciben»77. La República estableció recompensas en metálico para animar a quienes abandonaran las filas nacionalistas y se pasaran a las gubernamentales por lealtad a la República: 50 pesetas por hombre y 100 si se pasaban con armas. Con el mismo motivo también tenían derecho a diez días de permiso y transporte hasta su casa a cargo del Gobierno78. Sin embargo, por el escaso número de referencias a ello en la documentación gubernamental esta táctica de convencimiento fue claramente menos eficaz para ese bando que para los franquistas.
Ambos ejércitos, por tanto, hicieron la guerra con una proporción significativa de soldados de leva que no eran ideológicamente afines al bando que los reclutó. El reto tanto para republicanos como nacionalistas era incorporarlos al esfuerzo de guerra de forma eficaz y al mismo tiempo asegurar su disciplina en las trincheras. En esta tarea el Ejército nacionalista logró un mayor éxito que el republicano y sufrió considerablemente menos reveses que el Ejército Popular a causa de la indisciplina y el movimiento a través de los frentes de sus soldados. Aunque esto se entiende en parte por una disciplina más rígida y el uso de la violencia, la explicación más completa es la de una firme y constante relación entre el Ejército nacionalista y sus soldados. Los franquistas pudieron controlar a sus soldados con relativa facilidad utilizando políticas que permitían una protección genuina de sus soldados con antecedentes izquierdistas, siempre y cuando estos se ajustasen a los estrictos requerimientos del régimen franquista. En este sentido el mensaje de redención y de regeneración eran más que meras palabras. Al prestar un servicio mínimamente efectivo en armas, el soldado nacionalista atenuaba su pasado —eso sí, siempre desde un punto de vista franquista— y protegía su vida y la de sus familiares de la represión. Adicionalmente, también aseguraba el bienestar de sus familias mediante las pagas de campaña y los subsidios procombatiente que dependían de un buen comportamiento en filas. De este modo el Ejército nacionalista cobijó de manera estratégica a los que podía manipular a contribuir al esfuerzo de guerra, permitiéndoles transformarse, en la retórica del régimen, de combatiente sospechoso a respetado veterano en el proceso. Esta táctica permitió que la disciplina no se les fuera de las manos e incorporó a miles de combatientes renuentes al esfuerzo franquista, un logro de la movilización no desdeñable en el clima de un conflicto civil.
Las autoridades militares republicanas, en cambio, sintieron en muchas ocasiones que no tenían más opción que utilizar la violencia, toda vez que su método preferido de conseguir la cooperación de sus soldados a través de la disciplina revolucionaria no conseguía ni resultados ni mantener el orden. La violencia fue un recurso cada vez más utilizado hacia el final del conflicto y refleja la desesperación de la República por verse obligada a continuar librando una guerra que estaba perdiendo y en la cual se disipaba cada vez más mano de obra militarizada. Y mientras que ambos bandos contemplaron formas de que los pasados del enemigo se pudieran «redimir», fueron otra vez los nacionalistas quienes desarrollaron el sistema de forma más eficaz. La posibilidad de reinsertarse ante los ojos del franquismo fue una ampliación del sistema de amenazas reales y recompensas tácticas que los nacionalistas emplearon con tanto éxito para conseguir un nivel mínimo de servicio efectivo de los reclutas con un pasado izquierdista. La aplicación de este acuerdo tácito a los pasados no solo redujo al silencio a una proporción significativa de oponentes potenciales, sino que también ganó a un considerable número de nuevos reclutas procedentes de la población de prisioneros de guerra y evadidos dispuestos a servir adecuadamente a la causa franquista —un logro imposible de conseguir solamente a base de amenazas y la aplicación de violencia, que por sí solas hubieran fomentado la deserción y la defección—.
Como consecuencia, el balance durante el transcurso de la guerra estaba firmemente a favor de los nacionalistas no solamente porque su sistema era más eficaz en hacer utilizables a los hombres procedentes de su zona y de filas enemigas, sino también porque su éxito en las campañas significó que capturaron un número mayor de prisioneros que sus adversarios. Esto no solo incrementaba el número de mano de obra militar capaz de sostener un rifle en el frente, sino que también tuvo un efecto importante sobre la moral de la retaguardia, ya que ese bando pudo luchar la guerra con una movilización de un número de quintas mucho menor que sus enemigos republicanos. La capacidad de los nacionalistas para incorporar a reclutas recalcitrantes, e incluso hostiles, a las fuerzas armadas y asegurar la prestación de un servicio adecuado por parte de la mayoría es, por tanto, un factor clave para entender su victoria final sobre la República.
1 Este texto se basa en las investigaciones recogidas en James Matthews: «“Our Red Soldiers”: The Nationalist Army’s Management of its Left-Wing Conscripts in the Spanish Civil War 1936-1939», Journal of Contemporary History, 45, 2 (2010), pp. 344-363, e íd., Soldados a la fuerza. Reclutamiento obligatorio durante la Guerra Civil, 1936-1939, Madrid, Alianza Editorial, 2013.
Para los primeros momentos del golpe y la consolidación del bando franquista véase Néstor Cerdá: «Political Ascent and Military Commander: General Franco in the Early Months of the Spanish Civil War, July-October 1936», The Journal of Military History, 75, 4 (2011), pp. 1125-1157. Véase también Francisco Alía Miranda: Julio de 1936: conspiración y alzamiento contra la Segunda República, Barcelona, Crítica, 2011.
2 Una idea de la situación caótica y mal definida se desprende de los relatos de los enfrentamientos iniciales. Véase Hugh Thomas: La Guerra Civil Española, vol. I, Barcelona, Grijalbo, 1976, pp. 404-405. Para una historia general y militar más reciente de la Guerra Civil véase Anthony Beevor: La Guerra Civil Española, Barcelona, Crítica, 2005.
3 La represión nacionalista fue más letal y metódica que la republicana. Unas 50.000 personas fueron asesinadas en la zona republicana y, como mínimo, 70.000 en la nacionalista. Véase Santos Juliá (ed.): Víctimas de la Guerra Civil, Madrid, Temas de Hoy, 1999, p. 410.
4 En este artículo utilizamos los términos contemporáneos «republicano» y «nacionalista» simplemente para diferenciar entre los dos bandos enfrentados durante la Guerra Civil. Consideramos necesario utilizar cursiva en el caso del bando nacionalista para subrayar que es un apelativo y no un juicio de valor sobre la pretensión de los sublevados de representar a la nación.
5 Para un análisis de los quintos de reemplazo véase James Matthews: Soldados a la fuerza...
6 Por razones de espacio esta investigación se centra en los ejércitos de ambos bandos en la zona central del conflicto. El Ejército del Centro republicano controlaba el territorio correspondiente a Castilla la Nueva. Esta región permaneció casi enteramente bajo control del Gobierno a lo largo de todo el conflicto e incluía Madrid y otras importantes capitales de provincia, como Ciudad Real, Cuenca y Guadalajara. El Ejército del Centro nacionalista controlaba las provincias de Castilla la Vieja y León, incluyendo los principales centros de población: Burgos, Valladolid y Salamanca.
7 Para un detallado análisis de las fuerzas armadas de la guerra de 1936-1939 desde un punto de vista organizativo y político véase en particular la obra magistral de Michael Alpert: El Ejército Popular de la República, 1936-1939, 3.ª ed., Barcelona, Crítica, 2007; Ramón Salas Larrazábal: Historia del Ejército Popular de la República, 4 vols., Madrid, Editora Nacional, 1973, y José Semprún: Del Hacho al Pirineo. El Ejército Nacional en la Guerra de España, Madrid, Actas, 2004.
8 Dos obras clave que se acercan a la experiencia de guerra de los individuos son Michael Seidman: La victoria nacional. La eficacia contrarrevolucionaria en la Guerra Civil, Madrid, Alianza Editorial, 2012, e íd.: A ras de suelo. Historia social de la República durante la Guerra Civil, Madrid, Alianza Editorial, 2003. Para el contexto militar republicano véase también James Matthews: Voces de la trinchera. Cartas de combatientes republicanos en la Guerra Civil Española, Madrid, Alianza Editorial, 2015.
9 Para el calendario de reclutamiento de los dos bandos véase James Matthews: Soldados a la fuerza..., pp. 74-75.
10 Juan Satrústegui: Memorias de un anarquista entre las tropas de Franco, Pamplona, Estella, 1994, p. 162. El libro fue escrito mucho después de la Guerra Civil, pero hay suficientes pruebas de que muchos hombres de pasado izquierdista buscaron refugio en el Ejército nacionalista.
11 Archivo General Militar de Ávila (AGMAV), Zona Nacional [sic] (ZN), armario (a.) 37, legajo (l.) 5, carpeta (c.) 1, documento (d.) 5/125.
12 AGMAV, ZN, a. 37, l. 5, c. 1, d. 5/126.
13 Gaceta de Madrid. Diario Oficial de la República, 16 de octubre de 1936.
14 Ibid. El comisariado político, organismo compuesto por integrantes de las distintas corrientes políticas del bando gubernamental —principalmente socialistas, comunistas y anarquistas—, y que velaba por el estado político-ideológico del Ejército Popular, fue creado en la misma fecha que este. Véase también James Matthews: «Comisarios y capellanes en la Guerra Civil Española, 1936-1939. Una mirada comparativa», Ayer, 94 (2014), pp. 175-199.
15 Centro Documental de la Memoria Histórica/Archivo General de la Guerra Civil Española (AGGCE), Sección Militar (SM) 2467, Orden Circular, Valencia, 28 de marzo de 1937.
16 AGMAV, Zona Roja [sic] (ZR), a. 74, l. 1164, c. 13, d. 1/1-7.
17 AGGCE, SM 421/152.
18 AGGCE, SM 1988, expediente Félix García Domínguez.
19 AGMAV, ZN, a. 37, l. 3, c. 9, d. 3/22.
20 AGMAV, ZN, a. 44, l. 1, c. 95/11-12.
21 AGMAV, ZR, a. 74, l. 1164, c. 13, d. 1/1-7.
22José Semprún: Del Hacho al Pirineo..., p. 21.
23 Ricardo De la Cierva y de Hoces: «El ejército nacionalista durante la Guerra Civil», en Raymond Carr (ed.): Estudios sobre la República y la Guerra Civil Española, Barcelona, Ariel, 1973, pp. 237-265, esp. p. 305.
24 AGMAV, ZN, a. 44, l. 1, c. 87/1.
25 Ibid.
26 AGMAV, ZN, a. 38, l. 7, c. 15, d. 6/79.
27 AGMAV, ZN, a. 44, l. 1, c. 102.
28 Ibid.
29 Para la época miliciana del conflicto véase Michael Alpert: El Ejército Popular de la República..., cap. 3.
30 Para los choques de la Columna de Hierro de la CNT con las fuerzas de seguridad en proceso de reorganización véase Helen Graham: La República española en guerra (1936-1939), Barcelona, Debate, p. 114.
31 Para dos versiones del auge del Partido Comunista durante la Guerra Civil véanse Helen Graham: The Spanish Republic at War, 1936-1939, Cambridge, Cambridge University Press, 2002, y Burnett Bolloten: The Spanish Civil War: Revolution and Counterrevolution, Hemel Hempstead, Harvester Wheatsheaf, 1991.
32 Para las duras críticas de las milicias del coronel Mariano Salafranca, oficial profesional leal a la República y comandante de una columna de estas, véase AGMAV, ZR, a. 97, l. 967, c. 12/5.
33 Ramón Salas Larrazábal: Historia del Ejército Popular..., vol. I, p. 424.
34 AGMAV, ZR, a. 66, l. 803, c. 2, d. 1/17.
35 Michael Alpert: «Los militares, la política y la guerra», en Paul Preston (ed.): Revolución y guerra en España, 1936-1939, Madrid, Alianza Editorial, 1986, p. 184.
36 AGMAV, ZR, a. 74, l. 1164, c. 12, d. 1/1.
37 Para la historia de la brigada véase Pedro Corral: Si me quieres escribir. Gloria y castigo de la 84.ª Brigada Mixta del Ejército Popular, Barcelona, Debate, 2004.
38 Javier Pérez Gómez: La brigada de los toreros. Historia de la 96 Brigada Mixta del Ejército Popular, Madrid, Almena, 2005, p. 46.
39 AGMAV, ZR, a. 68, l. 997, c. 5, d. 5/1.
40 AGMAV, ZR, a. 76, l. 1241, c. 3.
41 La notable y excelente excepción es Pedro Corral: Desertores. La Guerra Civil que nadie quiere contar, Barcelona, Random House Mondadori, 2006.
42 Franz Borkenau: El reñidero español, Barcelona, Península, 2001, p. 243.
43 AGMAV, ZR, a. 56, l. 569, c. 14, d. 1/2-5, Instrucciones a los comisarios para evitar las deserciones.
44 AGMAV, ZR, a. 73, l. 1146, c. 2, d. 2/1-3.
45 Véase, por ejemplo, AGGCE, SM 2467, Parte, 1 de septiembre de 1937.
46 AGMAV, CGG, a. 2, l. 145, c. 74, d. 3/2.
47 AGMAV, CGG, a. 2, l. 145, c. 82, d. 3/1.
48 AGMAV, CGG, a. 2, l. 145, c. 77, d. 7/1.
49 AGMAV, ZN, a. 44, l. 1, c. 87/4.
50 AGMAV, CGG, a. 2, l. 145, c. 79, d. 16/8.
51 AGMAV, ZN, a. 44, l. 1, c. 87/3.
52 AGMAV, ZN, a. 44, l. 1, c. 87/3.
53 José Llordés: Al dejar el fusil, Barcelona, Ariel, 1969, pp. 123-125.
54 Jaime Tovar Patrón: Los curas de la última cruzada, Madrid, Fuerza Nueva, 2001, p. 208.
55 Pedro Corral: Desertores..., p. 205.
56 Pedro Corral se refiere a estos hombres como soldados de «segunda mano». Véase ibid., pp. 146-148.
57 La historiografía sobre la Guerra Civil Española se ha centrado en los campos de trabajo forzoso y de concentración nacionalistas. Véanse, por ejemplo, Javier Rodrigo: Cautivos. Campos de concentración en la España franquista, 1936-1947, Barcelona, Planeta, 2005, y Fernando Mendiola y Edurne Beaumont: Esclavos del franquismo en el Pirineo. La carretera Igal-Vidángoz-Roncal (1939-1941), Tafalla, Txalaparta, 2006.
58 AGMAV, CGG, a. 2, l. 154, c. 2, d. 8/5.
59 AGMAV, CGG, a. 2, l. 155, c. 16, d. 53/8.
60 AGMAV, CGG, a. 1, l. 46bis, c. 2, d. 113/37. Las cifras que da Corral de soldados «reciclados» son menores de lo que sugieren estas. Según él, los nacionalistas hicieron 300.000 prisioneros durante la guerra (sin incluir a los capturados al final del conflicto, tras la rendición incondicional de la República), de los cuales 40.000 fueron enviados a luchar en unidades nacionalistas. Véase Pedro Corral: Desertores..., p. 278.
61 AGMAV, ZN, a. 35, l. 4, c. 10, d. 4/41-3.
62 Luis Bastida Pellicer: Historias de un quinto de 1935, Madrid, Edición Personal, 2005, p. 175.
63 Ibid., p. 187.
64 Gabriel Cardona: El gigante descalzo. El Ejército de Franco, Madrid, Aguilar, 2003, p. 36.
65 AGMAV, CGG, a. 2, l. 154, c. 5, d. 20/1.
66 Luis Bastida Pellicer: Historias de un quinto..., p. 175.
67 AGMAV, ZR, a. 58, l. 631, c. 1, d. 1/3.
68 AGMAV, ZR, a. 58, l. 631, c. 1, d. 1/4.
69 AGMAV, ZR, a. 58, l. 631, c. 1, d. 1/27.
70 Pedro Corral: Desertores..., p. 146.
71 Se ha escrito muy poco acerca del trabajo forzoso en el campo republicano en comparación con las prácticas nacionalistas. Véase Francesc Badia i Batalla y Albert Manent: Els camps de treball a Catalunya durant la Guerra Civil (1936-1939), Barcelona, Publicacions de l’Abadia de Montserrat, 2001. Sobre cómo entendió la República el trabajo forzado véase Julius Ruiz: «“Work and Don’t Lose Hope”: Republican Forced Labour Camps during the Spanish Civil War», Contemporarry European History, 18, 4 (2009), pp. 419-441.
72 AGMAV, ZN, a. 37, l. 10, c. 2, d. 2/87.
73 AGMAV, ZN, a. 37, l. 5, c. 2, d. 5/455.
74 AGMAV, ZN, a. 37, l. 10, c. 2, d. 5/415.
75 AGMAV, ZN, a. 37, l. 5, c. 6, d. 3/38.
76 Un real equivalía a 25 céntimos; los soldados nacionalistas recibían en mano 50 céntimos después de los descuentos obligatorios por ropa y comida.
77 AGMAV, ZN, a. 44, l. 1, c. 102. Para esta batalla, frecuentemente considerada como el punto de inflexión de la campaña militar, véase José Martínez Bande: La batalla de Teruel, 2.ª ed., Madrid, San Martín, 1980.
78 Pedro Corral: Desertores..., p. 141.