Ayer 140 (4) 2025: 24-45
Marcial Pons Ediciones de Historia
Asociación de Historia Contemporánea
Madrid, 2025
ISSN: 1134-2277
DOI: 10.55509/ayer/2469
© Maximiliano Fuentes Codera
Recibido: 03-09-2024 Aceptado: 22-02-2025 Publicado on-line: 07-10-2025
Editado bajo licencia CC Attribution-NoDerivatives 4.0 License

El wilsonismo en España. De la ilusión a la decepción (1917-1923)

Maximiliano Fuentes Codera *

Universitat de Girona
maximiliano.fuentes@udg.edu

Resumen: Con el objetivo de analizar el impacto del wilsonismo en España entre 1917 y 1923, este artículo se centra en tres aspectos. El primero es la interpretación entusiasta de las ideas de Woodrow Wilson entre 1917 y 1919 en los sectores reformistas, republicanos, socialistas y catalanistas. El segundo examina el proceso de decepción que se expresó durante y después de las negociaciones de Versalles en estos mismos sectores. En el contexto de la conflictividad social y la violencia dominante, el tercer aspecto estudia las derivaciones de la «desilusión» en estos sectores y la relación entre el cuestionamiento del liberalismo y las críticas al «fracaso» de las ideas del presidente estadounidense en el amplio arco de las derechas hasta el golpe de Estado de Primo de Rivera. Por último, se argumenta que el paso de la «ilusión» a la «decepción» constituye un factor significativo para entender la radicalización de la posguerra, la primera recepción de la Marcha sobre Roma y los primeros posicionamientos ante la dictadura de Primo de Rivera.

Palabras clave: Gran Guerra, Wilson, posguerra, liberalismo, Versalles.

Abstract: This article analyses the impact of Wilsonianism in Spain between 1917 and 1923. It is focused on three aspects. The first one is the enthusiastic interpretation of Woodrow Wilson’s ideas between 1917 and 1919 in Reformist, Republican, Socialist and Catalanist sectors. The second one examines the process of disappointment that was expressed during and after the Versailles negotiations in these same sectors. In the context of social conflict and dominant violence, the third aspect studies the derivations of «disillusionment» in these sectors and the relationship between the questioning of liberalism and the criticism of the «failure» of the American president’s ideas in the broad arc of the right wing movements up to Primo de Rivera’s coup d’état in 1923. Finally, it is argued that the shift from «illusion» to «disappointment» is a significant factor in understanding the postwar political radicalisation, the first reception of the March on Rome and the first positions taken on Primo de Rivera’s dictatorship.

Keywords: Great War, Wilson, postwar, liberalism, Versalles.

Introducción

Durante mucho tiempo, las experiencias de los países neutrales fueron olvidadas en la historiografía sobre la Primera Guerra Mundial y sus consecuencias. Sin embargo, en las últimas décadas, las perspectivas comparadas y transnacionales han sido fundamentales para cambiar esta situación y cuestionar la estricta división entre países beligerantes y neutrales 1. El armisticio fue un fenómeno global que no puso fin a los procesos que se habían abierto en 1914. Los últimos años del conflicto, que comenzaron con la entrada de Estados Unidos en la guerra y la Revolución bolchevique, abrieron un nuevo periodo que se extendió hasta el final de la guerra entre Grecia y Turquía en octubre de 1922. La Marcha sobre Roma, que tuvo lugar a finales de ese mismo mes, y el golpe de Estado de Miguel Primo de Rivera en España en septiembre de 1923 cerraron este periodo y abrieron uno nuevo bajo la influencia de los nuevos regímenes autoritarios y fascistas 2. En este proceso, «ideas were reworked in national and local contexts, but their legitimacy rested on transnational contexts» 3.

España, por supuesto, no estuvo ajena a este proceso. Como en cualquier otro escenario, el impacto de la guerra en el país asumió una serie de características locales. Sin embargo, todas ellas estuvieron enmarcadas en el desarrollo global de la guerra. Desde este punto de vista, la idea de Wilson de que se estaba llevando adelante una guerra que debía «acabar con todas las guerras» y que se proyectaba como una cruzada por «la paz, la justicia y la libertad» fue un elemento central en los últimos meses de la guerra y en la inmediata posguerra. Como sucedió en muchas partes del mundo, diversas expresiones políticas e intelectuales se apropiaron del nuevo lenguaje wilsoniano sobre la soberanía nacional, el consentimiento popular y la interdependencia y lo adaptaron a las circunstancias locales 4.

En este marco, este artículo tiene como objetivo realizar una aportación novedosa al análisis de la recepción de los postulados de Wilson en España. Teniendo en cuenta los exhaustivos estudios disponibles sobre el impacto de las tesis del presidente estadounidense en los movimientos nacionalistas, propone examinar la evolución del impacto de sus ideas en diversos núcleos políticos. Para hacerlo, divide dicho impacto en tres fases: una primera centrada en el entusiasmo despertado entre los sectores reformistas, republicanos, socialistas y catalanistas; una segunda marcada por la decepción resultante de las negociaciones de Versalles, y una tercera señalada por el tránsito de esta desilusión a un cuestionamiento de la democracia liberal, que se expresó no solo entre liberales, republicanos y socialistas, sino también entre las derechas. En conjunto, se trata de una evolución en la que, como demuestra el movimiento catalán, España, con sus especificidades locales, siguió un proceso compartido por todas las expresiones del llamado «wilsonian moment»: movilización, desencanto y radicalización 5. Finalmente, propone que esta evolución fue un factor de relevancia para comprender la primera recepción del fascismo y los primeros posicionamientos ante el golpe de Estado de Primo de Rivera.

En la guerra

Al estallar la guerra en 1914, el Gobierno conservador de Eduardo Dato declaró la neutralidad. A pesar de algunos momentos de tensión durante el Gobierno del conde de Romanones, que lideró el país entre diciembre de 1915 y abril de 1917, y de una clara afinidad con los Aliados en materia comercial y naval, España mantuvo su posición hasta el final del conflicto 6. Sin embargo, el asunto de la neutralidad pronto dio lugar a un acalorado debate entre partidarios de los Aliados y de los imperios centrales 7. En mayo de 1915, Juan Guixé advirtió en la prensa de la colectividad española en Argentina la existencia de una «guerra entre francófilos y germanófilos» 8. Esta percepción se vio respaldada por los acontecimientos posteriores. A partir de la segunda mitad de 1916, el apoyo a la causa aliada se hizo cada vez más beligerante, y el cambiante escenario internacional coincidió con una crisis socioeconómica en curso y la intensificación de la campaña submarina alemana en enero de 1917. Pocos meses después, Antonio Maura se vio obligado a defender la neutralidad en un gran acto que tuvo lugar en Madrid 9. La respuesta de los intervencionistas llegó pocas semanas más tarde, también en Madrid, en la misma plaza de toros en la que había hablado el líder conservador. Allí, Álvaro de Albornoz argumentó que solo la izquierda apoyaba una neutralidad «digna» y actuaba realmente «en nombre del pacifismo» y la democracia. Tras él, el republicano Roberto Castrovido también se pronunció a favor del pacifismo: «Los pacifistas somos nosotros» 10. A partir de entonces, el debate sobre la ruptura de relaciones con Alemania devino central. Sin embargo, pese a la intensa presión, la caída de la monarquía en Rusia inclinó a Alfonso XIII a mantener la neutralidad 11.

En la primavera de 1917, la guerra se había convertido en una importante fuerza revolucionaria en Europa. En pocos meses se produjeron revueltas militares en Italia, Francia y Rusia; huelgas en Inglaterra, Italia y Francia; levantamientos populares y formación de consejos obreros en Alemania, y una gran conflictividad social en países neutrales como Noruega, Suecia y Suiza 12. Las tensiones que se habían ido incubando a lo largo de estos meses estallaron también en España. Aunque las raíces de la crisis fueron locales, la defensa de la paz y la soberanía contribuyeron a configurar los procesos que tuvieron lugar en el verano de 1917. La triple crisis militar, política y social que estalló en julio formaba parte de un proceso más amplio que acabó provocando la caída de la monarquía en Grecia, la Revolución bolchevique y la Revolución sidonista en Portugal 13.

Estos acontecimientos internacionales coincidieron con un proceso de radicalización política y social. La actitud de España fue resumida por el embajador argentino en Madrid: la germanofilia y la francofilia se habían convertido en «banderas políticas de la extrema derecha y la extrema izquierda, respectivamente» 14. La situación económica siguió empeorando. Mientras que los precios habían crecido exponencialmente desde 1914, los salarios solo habían subido un 25,6 por 100 para los obreros y un 35,1 por 100 para las obreras. En octubre, la situación se volvió más crítica con el estallido de la epidemia mundial de gripe, que mató a más de 200.000 personas en España. El hambre y el desempleo contribuyeron a la radicalización política: 1918 fue el año en que se produjo el mayor número de movilizaciones laborales durante toda la guerra 15. La serie de huelgas en el campo andaluz fue especialmente intensa. La influencia de la revolución se dejó sentir con fuerza y el liderazgo de la CNT se proyectó a una parte sustancial del país 16.

La ilusión

Los últimos meses de la guerra estuvieron marcados por el surgimiento de nuevos proyectos internacionales: en primer lugar, por un intenso debate que tuvo lugar entre los partidarios de los Aliados en torno a las propuestas de Woodrow Wilson y Lenin, y, en segundo lugar, por un proceso igualmente intenso de radicalización en el movimiento obrero que dio lugar a grupos disidentes atraídos por la Revolución bolchevique dentro de los partidos socialistas 17.

Tras varias semanas de tensiones con los Aliados, a instancias de León Trotski, los bolcheviques hicieron públicos los acuerdos secretos del régimen zarista con las potencias aliadas con el objetivo de conseguir las mejores condiciones posibles en las negociaciones de Brest-Litovsk. Este giro de los acontecimientos sorprendió a Wilson y le llevó a decidir intervenir en la guerra civil rusa. En este marco, el 8 de enero de 1918, el mismo día que los bolcheviques reanudaban las negociaciones con los alemanes, el presidente estadounidense hizo público un programa de catorce puntos frente al Congreso de su país. Con la propuesta de una solución a una serie de reclamaciones territoriales —Rusia, Bélgica, Alsacia y Lorena, Balcanes, Rumania— pretendía proyectar la idea de un mundo con una mayor interdependencia a través del impulso de unos convenios de paz abiertos. Sus planteamientos vinculaban la paz y la guerra a través de una visión milenarista de sacrificio en nombre de la libertad humana. A partir de entonces, lo que se conoció como «wilsonismo» fue una interpretación entusiasta —impulsada por la opinión pública liberal y las izquierdas eu­ropeas— del pragmático programa presentado, que no incluía ningún reconocimiento general al principio de las nacionalidades o al derecho de autodeterminación. Dicho programa se limitaba, por razones estratégicas, a garantizar un territorio para Polonia, exigir la reintegración a Francia de Alsacia-Lorena, tratar el problema de las fronteras italianas y prometer a las nacionalidades del Imperio austrohúngaro que tendrían posibilidades de desarrollar sus autogobiernos. Tras una primera recepción poco entusiasta de los Gobiernos aliados, el interés —­que devendría en fascinación— mostrado por los movimientos nacionalistas europeos acabó proyectando un ambiguo concepto de autodeterminación vinculado al «principio de las nacionalidades». A pesar de que no fue formulado por el presidente estadounidense en su discurso, un indefinido concepto de autodeterminación —que Wilson, un académico de Princeton enraizado en el liberalismo conservador y en las ideas de ­Edmund Burke, concebía como capacidad de autogobierno— quedó inexorablemente asociado a su figura y a sus catorce puntos. En realidad, esta ambigüedad acabaría dando forma a una «doble ilusión» articulada desde el rechazo a los bolcheviques y la defensa de una nueva legitimidad para el reformismo liberal 18.

En este marco, liberales, republicanos y socialistas europeos sintieron una fascinación general por sus ideas sobre la autodeterminación y las resignificaron de acuerdo con su propia visión de Europa y de sus países. Las propuestas de Wilson resultaban atractivas, ya que prometían una paz futura basada en la cooperación internacional a través de una Sociedad de Naciones formada por democracias europeas y ofrecían una alternativa al modelo bolchevique y sus proclamas sobre el derecho de autodeterminación de los pueblos. Como ha mostrado Carl Bouchard, examinando las cartas que muchos franceses y francesas enviaron a Wilson durante su estancia en París, en Francia se observó una notable fascinación por el presidente estadounidense. Esta fascinación también se observó en Italia 19. A pesar de su neutralidad, España estuvo lejos de ser una excepción.

La seducción de los planteamientos de Wilson estaba estrechamente vinculada a su impulso de la paz y las democracias. Durante el último año de la guerra, el impacto del wilsonismo en España fue doble. Por un lado, representó una promesa de reforma en la que depositaron sus esperanzas los partidarios de los Aliados, que propugnaban la ruptura de relaciones con Alemania. Por otro, los grupos nacionalistas —desde republicanos a conservadores, como la Lliga Regionalista en Cataluña y la Comunión Nacional Vasca en el País Vasco— vieron en sus ideas una oportunidad para construir una Europa y una España federalistas. Entre los nacionalistas catalanes más radicales, estas esperanzas llegaron a expresarse en propuestas independentistas. En este contexto, tras el papel central de la Lliga Regionalista en la Asamblea de Parlamentarios, sectores liberales y de izquierdas vieron a los catalanistas que planteaban estas reivindicaciones como aliados en sus aspiraciones de reformar el régimen político español 20. Así se observó en la revista España, que, tras dedicar un número especial a Cataluña el 22 de junio de 1916 que había contado con textos de Antoni Rovira i Virgili y ­Enric Prat de la Riba, dos años más tarde vio en Wilson a una de las figuras centrales de un proceso de democratización que se abría en el mundo. Rompiendo con su rechazo a las propuestas de paz del presidente estadounidense en los meses previos, la revista dirigida por Luis Araquistáin sostuvo —a través del socialista Manuel Núñez de Arenas— que el presidente norteamericano representaba una «maravillosa floración de idealismo» en «la guerra contra la Europa monárquica» 21. Desde un punto de vista similar, el también socialista Eduardo Torralba Beci sostuvo que Wilson expresaba «la resistencia de los pueblos que quieren ser libres» 22. En este mismo sentido se refirió El Socialista en agosto de 1918: «al entrar en la guerra, el presidente Wilson habló en un lenguaje que hasta entonces no había empleado ningún jefe de Estado» 23. La fascinación por Wilson se reflejó también en Los Aliados, una revista dirigida por el particular periodista y teósofo anticlerical Carlos Micó y financiada por la Embajada francesa, que se publicó en Madrid del 13 de julio al 30 de noviembre de 1918. Como se puede ver en un artículo publicado allí por Miguel de Unamuno, Wilson era presentado como el «libertador del mundo» y el líder que liberaría a España de las garras alemanas 24. El presidente estadounidense asumía aquí un carácter mesiánico, como redentor de la humanidad, y llegaba a ser equiparado a la figura de Jesucristo 25.

Gracias a las acciones del Committee on Public Information dirigido por George Creel, a principios de 1918 se tradujeron al español y al catalán numerosos folletos que se distribuyeron en España 26. En líneas generales, Wilson adquirió un carácter mesiánico como redentor de la humanidad y su figura estuvo estrechamente ligada a su impulso por la paz y la democracia. En síntesis, fue percibido como un acelerador democrático frente a la vieja Europa liberal. Esta es justamente la idea central que nos permite entender su impacto entre liberales, socialistas y reformistas. Así lo expresó con rotundidad Corpus Barga —seudónimo de Andrés Rafael Cayetano Corpus García de la Barga— en España:

«Cuando lleguen al arreglo del mundo los aliados, se destacarán dos personalidades: la del liberal y la del demócrata. El liberal será más nacionalista que estadista; el demócrata será más estadista que nacionalista [...]. Lo liberal está contra toda jerarquía, incluso contra la jerarquía de la igualdad; lo demócrata aniquila la jerarquía reduciendo todas las jerarquías a una igualitaria [...]. Clemenceau es más bien lo que se llama liberal. ­Wilson es más bien lo que se llama demócrata» 27.

El impacto del wilsonismo también se observó con intensidad en los movimientos nacionalistas. En términos globales, se desarrolló a partir de tres visiones: el fin de la dominación extranjera, la capacidad de gobierno propio —el autogobierno— y la concepción de que una nación debía ser igual a un Estado. Una combinación particular de estas tres conceptualizaciones estuvo en el centro de las recepciones que se observaron en cada país. Lejos de existir una visión homogénea, diversos modelos de autodeterminación coexistían en Europa en agosto de 1914. Iban desde el compromiso austrohúngaro —tan atractivo para el catalanismo— hasta la autonomía local no territorial de los alemanes de Transilvania, pasando por una federación multinacional hamiltoniana y pimargalliana o propuestas regionalistas descentralizadoras. El wilsonismo impactó sobre todos estos modelos. Tal como expresó el caso de Checoslovaquia a través de Tomáš Masaryk, la guerra representó una «ventana de oportunidad» en la cual una serie de movimientos pudieron plantear sus reivindicaciones y recibir una atención considerable. En este sentido, el impacto del wilsonismo fue decisivo para proporcionar una nueva legitimidad a los movimientos de Cataluña, Galicia, Gales, del valle de Aosta y muchos otros, que pasaron a reconocerse como nacionalistas y adoptaron el vocabulario de la autodeterminación 28.

En este contexto, el impacto del pensamiento de Wilson fue desigual en los movimientos nacionalistas españoles y estuvo directamente relacionado con los principios de autogobierno y las inercias (parcialmente) democratizantes. A pesar de que se observaron expresiones de una cierta relevancia en el País Vasco, Galicia y Andalucía 29, la simpatía por Wilson en Cataluña y la radicalización nacionalista fueron especialmente notables. Tras una intensa campaña desarrollada en el marco de la Union des Nationalités durante la guerra, diversos grupos catalanistas radicales vieron en el presidente norteamericano un valedor de sus aspiraciones autonomistas, como se manifestó en el Butlletí del Comitè de Germanor amb els Voluntaris Catalans, y posteriormente en Som...! y L’Intransigent. La articulación de esta política compartida por catalanistas intransigentes y republicanos tomó forma en el Comitè Pro-Catalunya, fundado a mediados de 1918 por Vicenç Ballester con el objetivo de «internacionalizar el problema catalán» a partir del mito de que había miles de voluntarios catalanes en la Legión Extranjera francesa. Este pequeño nuevo grupo lanzó una campaña de propaganda internacional a favor de la independencia de Cataluña y publicó varios folletos con los Catorce Puntos de Wilson y planes para una Sociedad de Naciones. Otras interpretaciones más matizadas se expresaron en revistas como Els Amics d’Europa y, sobre todo, Messidor, que combinaban las reivindicaciones de autonomía regional y trataban de promoverlas en el marco de la futura Sociedad de Naciones 30. En líneas generales, la simpatía despertada por Wilson fue transversal en el catalanismo y se observó desde las izquierdas hasta los sectores más conservadores de la Lliga Regionalista 31.

Las últimas semanas de la guerra mostraron cómo los dos aspectos del impacto del wilsonismo acabaron convergiendo. Las numerosas manifestaciones que tuvieron lugar a lo largo del país en octubre de 1918 preocuparon al Gobierno de Antonio Maura, que solicitó una serie de informes a las provincias sobre la conflictividad social y política. Entre estos informes, destacaban especialmente los que había enviado el 29 de octubre el gobernador civil de Barcelona, en los que proponía la prohibición de los actos que se estaban organizando para exigir «el nombramiento del presidente Wilson ciudadano de Barcelona» 32. Desde el punto de vista del gobernador civil, era evidente que la influencia de la interpretación de las ideas de Wilson coexistía con la amenaza derivada de la Revolución rusa. Por ello, estos informes también mencionaban insistentemente el dinero recibido por los sindicalistas catalanes para «organizar movimiento similar al sobie [sic] de Rusia» 33.

El 12 de noviembre de 1918 las principales ciudades españolas se llenaron de celebraciones que pretendieron representar las diferencias entre España y Europa, entre la «paz libertadora en el mundo» y la «paz ominosa en España» 34. Unamuno creyó ver un festejo que se extendía por todo el país, tal como planteó en un discurso en el hotel Palace de Salamanca durante una fiesta en honor a los Aliados 35. En prácticamente todas las ciudades se organizaron actos de homenaje al presidente estadounidense. En Gijón, las celebraciones y los homenajes a Wilson y las principales figuras aliadas se sucedieron durante varias semanas. Incluso los conservadores realizaron imprudentes conversiones democráticas —este fue el caso del maurismo y su órgano, El Correo de Asturias, que llegó a patrocinar un banquete aliadófilo— denunciadas por los «verdaderamente» aliadófilos 36.

La radicalidad de estas manifestaciones llevó a que las embajadas de los países aliados se preocuparan por el futuro de España. Así lo mostró el gobernador civil de Barcelona, quien, en una carta dirigida al Ministerio de la Gobernación con fecha del 26 de noviembre de 1918, explicó que le había visitado el embajador de los Estados Unidos para mostrar su inquietud por las «manifestaciones antipatrióticas y antimonárquicas» y los actos catalanistas «de franca hostilidad a la nacionalidad española». El ministro de la Gobernación, tras transmitir pocos días después estas informaciones al presidente del Gobierno, sostuvo que en las manifestaciones de Barcelona se fomentaban «el entusiasmo y la unión de todos aquellos elementos contrarios a las instituciones y a la unidad de la Patria. La Marsellesa, Els Segadors y cuantos himnos, vivas a la república, a la autonomía, a la independencia de las regiones, con algunos mueras que omito» 37.

Las manifestaciones mostraron con claridad una conjunción de los intereses del catalanismo y los sectores liberales-reformistas y socialistas. En Madrid, frente al Congreso de los Diputados, se produjeron enfrentamientos entre partidarios de la monarquía y quienes gritaban vivas «ensordecedores» a favor de la república 38. Frente a ellos, mauristas y carlistas atacaron a diversos grupos de republicanos reunidos en el centro de la ciudad al grito de «¡Mueran los republicanos!» y «¡Viva el Rey!». Se multiplicaron las protestas y los incidentes frente a las redacciones de periódicos germanófilos, como El Día 39, y aumentaron las detenciones y la violencia a las puertas del Congreso. El contexto europeo hizo pensar al Gobierno que podría producirse la caída del rey y, por ello, la respuesta de la Guardia Civil fue contundente 40.

En el momento del armisticio, los wilsonistas de todo el mundo habían adoptado el nuevo lenguaje del presidente estadounidense y lo habían adaptado a las circunstancias locales y políticas. La extensión de la aliadofilia en el conjunto del país se observó también en el espacio público. En pocos meses se multiplicaron en todo el país las calles y las plazas dedicadas a Wilson, Joffre, los Aliados y Verdún. En Cataluña estos cambios se produjeron con mucha más intensidad que en otras regiones del país. En Barcelona, la calle Doctor Pi i Molist pasó a llamarse paseo de Verdún en 1919 y la actual plaza de Ramon Berenguer el Gran se llamó durante un tiempo plaza 11 de Noviembre de 1918. En Figueres, la actual pujada del Castell se denominó avinguda Wilson; el mismo nombre recibió una carretera en Manresa 41.

En este escenario, las polémicas sobre los planes para la Sociedad de Naciones fueron intensas y se incrustaron en la división entre los partidarios de los Aliados y los germanófilos. Para los primeros, como demostró la Unión Democrática Española para la Liga de la Sociedad de Naciones Libres, se había abierto un nuevo mundo que pretendía asegurar la paz mundial y favorecía la aceptación de España en el futuro organismo señalado por principios liberales y democráticos. Como puso de manifiesto Luis Araquistáin, los grupos proaliados y wilsonianos afirmaron que la paz que había llegado debía entenderse como un impulso para avanzar en la radicalización de las críticas al Gobierno y al régimen español y en la construcción de un nuevo régimen verdaderamente democrático 42. Aunque pronto se mostraría como muy poco realista, la defensa de una «paz sin victoria» constituyó la base sobre la que se construyeron sus posiciones. Se trataba de una visión muy similar a la que tenían los socialistas franceses (SFIO) y la Association républicaine des anciens combattants 43. Para los segundos, el amplio arco de las derechas germanófilas y neutralistas, en el que destacaban carlistas y mauristas, el rechazo al nuevo orden mundial debía ser enérgico y así se manifestó tanto en las calles como en la prensa 44.

De la ilusión a la decepción

Tras estos meses de ilusión llegaría la decepción. Y sería mucho más prolongada y profunda. Esta decepción nació durante las negociaciones de París a comienzos de 1919 y se consolidó el año siguiente en Ginebra con la primera asamblea de la Sociedad de Naciones. En medio, en agosto de 1919, España fue aceptada como miembro no permanente de su Consejo. A pesar del parcial fracaso de Manuel González-Hontoria, que a petición de Romanones había centrado sus esfuerzos en conseguir un sitio permanente en el nuevo organismo internacional, los sectores aliadófilos sintieron una profunda desilusión tanto por la gestión internacional del presidente del Gobierno —que realizó a París un «viaje lamentable» según Luis Araquistáin— como por el hecho de que España fuera aceptada en la Sociedad de Naciones sin haber llevado a cabo un proceso de democratización como el que esperaban 45. En este marco, Unamuno criticó duramente la nueva organización internacional en las páginas del porteño La Nación: «La Liga de las Naciones, en efecto, tal y como ha proyectado Mr. Wilson, es una liga de naciones burguesas, de patrones burgueses, de Estados fundados y sostenidos sobre el capitalismo burgués y sobre el derecho quiritario» 46. En poco tiempo, para los sectores liberales, socialistas y republicanos, Wilson y la Sociedad de Naciones se habían convertido en símbolos de un gran fracaso. No había sido posible salvar la «Sociedad concebida por Wilson y que tantos entusiasmos e ilusiones despertó en sus orígenes», sentenciaría Manuel Ciges Aparicio meses más tarde 47.

Araquistáin viajó a los Estados Unidos en octubre de 1919 y posteriormente publicó un libro sobre su experiencia allí. Visiblemente desilusionado, escribió que la potencia norteamericana se había convertido en un «peligro» para el mundo. Tras frustrarse los planes de Wilson en 1920, había quedado claro que «el Tratado de Versalles y su desenvolvimiento en conferencias posteriores, sobre todo en cuanto a las indemnizaciones por parte de Alemania», se habían convertido en un «semillero de futuros conflictos». Había una gran diferencia entre las nobles ideas de Wilson y sus lamentables políticas. En realidad, el líder estadounidense expresaba «la tragedia del individuo crédulo y desinteresado». De esta forma, Araquistáin expresaba una tensión que iba mucho más allá de España, y que afectaba al conjunto de las izquierdas europeas, entre el internacionalismo liberal wilsoniano —que se limitaba en gran medida a los regímenes parlamentarios y las elecciones— y los anhelos reformistas del internacionalismo socialista 48. Frente a la decepción provocada, surgieron nuevas esperanzas que se depositaron en la Rusia bolchevique. Se dio así un proceso similar al que tuvo lugar en Francia, donde L’Humanité criticó duramente la creación de la Sociedad de Naciones al considerar que Wilson había sacrificado sus principios en las negociaciones con las potencias europeas vencedoras. Con motivo de la celebración del 1 de Mayo de 1919, Marcel Cachin escribió un editorial en el que declaraba: «de plus en plus, les peuples déçus tourneront les yeux vers l’Internationale; ils placeront en elle leurs espérances uniques» 49. En este marco, el PSOE cambió de rumbo y empezó a observar con más interés la experiencia soviética. Así se puso de manifiesto en un número especial de España publicado el 7 de febrero de 1920, titulado «La República de los Soviets», en el que se llamaba a los intelectuales a participar en la política con el objetivo de expresar su rechazo a todas las esperanzas depositadas en la actividad parlamentaria 50.

En este marco también se produjo la decepción en el seno del catalanismo. Fue la expresión de un fenómeno que asumió características globales, tal como expresó la revista argentina Nosotros al afirmar que el «problema» catalán estaba directamente relacionado con la victoria de los Aliados y el principio de autodeterminación 51. Como escribió Antoni Rovira i Virgili —bautizado por el periodista Màrius Aguilar como «el nostre petit Wilson»— «el periode més interessant i més alt» se había abierto tras la victoria 52. En este nuevo escenario, la Lliga Regionalista, presionada por el wilsonismo imperante, había felicitado a los Gobiernos vencedores y a las «liberadas» Serbia y Bélgica, había nombrado a Woodrow Wilson alcalde honorario de Barcelona y había organizado diversas actividades en honor del mariscal Joffre. En el contexto de una intensa ola de españolismo dinástico, había tenido lugar la campaña autonomista más importante hasta la fecha, que había alcanzado su punto más alto en enero de 1919 en el marco de un proceso que se insertaba en todos los aspectos comentados hasta ahora y que había contado con la simpatía de las izquierdas, el reformismo español y el nacionalismo vasco 53. La desactivación de esta campaña autonomista estuvo relacionada con la oposición nacionalista española y con el apogeo de la radicalización política en Barcelona en la primavera de ese año 54. A partir de entonces, los grupos nacionalistas radicales encabezados por la francófila Unió Catalanista y los jóvenes wilsonianos organizados en el Comitè Nacional Català dirigido por Daniel Domingo dedicaron sus esfuerzos a trasladar sus reivindicaciones ante los representantes de las potencias vencedoras en París. Como sucedió con las exigencias bretonas, irlandesas, armenias, escocesas y ucranianas, sus aspiraciones no encontraron interlocutores en la capital francesa 55.

La radicalización política en Cataluña, cuya manifestación más significativa fue la huelga de La Canadiense en febrero de 1919, acabó con las aspiraciones autonomistas y separatistas. Las presiones sindicalistas, que la Lliga veía como una «pandemia social» en el marco de la epidemia de gripe que azotaba el mundo, propiciaron este proceso y la llevaron a cambiar su estrategia y buscar formar parte activa del régimen. Este proceso culminó con la entrada de Cambó en el Gobierno de emergencia de Maura en agosto de 1921 como ministro de Hacienda. En líneas generales, el partido catalán priorizó el orden social por encima de los anhelos autonomistas, se distanció de cualquier posible vinculación entre wilsonismo y separatismo e intentó poner fin al proceso autonomista iniciado unos meses antes. Ante el fracaso del wilsonismo, los grupos de izquierda catalanes empezaron a mirar hacia la Revolución bolchevique e Irlanda 56.

Las múltiples dificultades a las que Wilson tuvo que hacer frente a su regreso a los Estados Unidos en 1920 y el deterioro de su salud se sumaron al fracaso de las propuestas catalanistas en París. El triunfo del republicano Warren G. Harding en las elecciones de finales de aquel año fue interpretado como una derrota global de Wilson y su proyecto. Rovira i Virgili afirmó entonces que se había producido el triunfo de la vieja política y la vieja diplomacia 57. El responsable de todo ello había sido el propio Wilson 58. La decepción, sin embargo, se había manifestado meses antes. En abril de aquel año, en una conferencia pronunciada en Madrid en el marco de un ciclo organizado por El Debate, Francesc Cambó había denunciado la crisis moral y política que vivía el mundo y había sentenciado que «la decepció ha estat tan gran com ho havia estat la il·lusió que la idea de Wilson va fer néixer» 59. A partir de entonces, la Sociedad de Naciones se convirtió en el centro de las críticas en Cataluña 60.

Aunque algunos intelectuales siguieron manteniendo su fe en Wilson y en la Sociedad de Naciones, la violencia desatada en las calles de Cataluña en 1919 entre nacionalistas catalanes radicales y nacionalistas españoles radicales y entre anarquistas y fuerzas paramilitares apoyadas por los sectores más duros de los empresarios condujo a la radicalización del catalanismo, cuya manifestación más relevante fue Estat Català, fundado por Francesc Macià en 1923. La presencia de Daniel Domingo en este nuevo grupo ilustra con claridad la transición del catalanismo radical desde los horizontes democráticos wilsonianos a la mirada puesta en el insurreccionalismo irlandés como modelo 61.

La decepción

En España, como ocurrió en el resto de Europa, la crítica al liberalismo se convirtió en un elemento clave de la política durante los años previos a la llegada de Primo de Rivera al poder en 1923. Entre noviembre de 1918 y mayo de 1920, el país tuvo seis presidentes: García Prieto, Romanones, Maura, Sánchez de Toca, Allendesalazar y Dato. En este contexto, creció el entusiasmo por lo nuevo y algunos intelectuales y dirigentes políticos se sintieron atraídos por la experiencia bolchevique y los procesos revolucionarios. En el otro lado del espectro político, las palabras y acciones de intelectuales y grupos de derechas reflejaron la emergencia de un renovado movimiento antiliberal y antidemocrático. La violencia callejera, especialmente extendida en Barcelona, fue un elemento clave en este proceso, que tuvo entre sus expresiones más duras las acciones paramilitares y las del anarcosindicalismo, que llegó a asesinar a Eduardo Dato en 1921. Esta violencia y la decepción causada por el fracaso de la transformación del viejo liberalismo que habían creído ver en Wilson fueron sintetizadas por el republicano y futuro ministro Álvaro de Albornoz en El temperamento español, publicado también en 1921: «Y el viejo Estado moribundo, que la guerra, en vez de destruir, vino a galvanizar, solo podrá defenderse invocando la fuerza del derecho —la coacción— y la última ratio de todas las organizaciones de conquista, de explotación y de dominio: la violencia» 62.

Estas ideas resumían la decepción con el wilsonismo entre republicanos, reformistas y socialistas. En el lado opuesto del espectro político, Wilson era percibido como la expresión de una tendencia extranjera que había llegado a perturbar las esencias españolas y mediterráneas. Así lo expresó Rafael Sánchez Mazas, uno de los fundadores de Falange, durante los primeros años de su larga estancia en Roma, cuando sostuvo que el «wilsonismo» había sido parte de una tendencia internacional más amplia que incluía también el keynesianismo, «el comunismo, el socialismo, el democratismo retórico, el popularismo taimado y la masonería». La alternativa a la crisis que atravesaba Europa, escribiría en febrero de 1924, no podía encontrarse en «la paz universal wilsoniana, en la guerra leninista [ni] en el paraíso universal del hallesismo». La solución era «la Pax Romana cristiana» apoyada por el fascismo 63.

En el contexto de una profunda crisis política y social derivada de las consecuencias de la guerra, la epidemia de gripe que había estallado en 1918, el desarrollo del catalanismo y las dificultades de la política española en el norte de África, se empezó a reclamar una solución autoritaria y una «dictadura sanitaria» 64. Francesc Cambó, Antonio Maura —a ambos el rey les había ofrecido el cargo de primer ministro con plenos poderes— y otras figuras, entre ellas el general Aguilera, jefe del Somatén madrileño, emergieron como potenciales líderes. No es de extrañar que Benito Mussolini y su figura marcial empezaran a resultar atractivos antes de octubre de 1922, como mostraron Vicente Clavel, que defendió la necesidad de encumbrar un «cirujano de hierro» ante la amenaza del bolchevismo, y otros intelectuales de tendencias políticas divergentes, como el catalán Ignasi Ribera Rovira 65.

En los meses posteriores, la amplia simpatía de muchos intelectuales españoles por el ascenso de Mussolini al poder debe entenderse en el contexto de esta crisis marcada por la crítica al «viejo y caduco» sistema liberal y al parlamentarismo y la crítica a las ideas de Wilson. Rafael Sánchez Mazas fue probablemente el intelectual que mostró una simpatía más clara por el proceso italiano en sus artículos publicados en ABC. Desde su punto de vista, la «revolución fascista» había provocado la destrucción de la oligarquía parlamentaria y el hundimiento de la «ideología democrática». Italia había dado al mundo una «augusta lección de fuerza de voluntad y de conciencia histórica» y había respondido a Moscú y a Wilson 66. Ideas similares expresaron el portavoz del maurismo, La Acción, y las primeras manifestaciones protofascistas que emergieron en Cataluña los meses previos al golpe de Estado de Miguel Primo de Rivera 67.

Para la derecha, como afirmaba Álvaro Alcalá Galiano, el fascismo había sido esencial para aplastar al movimiento obrero, al comunismo y al socialismo. También expresaba una respuesta contundente a las falsas esperanzas del wilsonismo. Como escribió Manuel Bueno, lo que había fracasado en Italia y estaba fracasando en España era, en definitiva, aquel «liberalismo histórico que agotó su vitalidad doctrinal en medio siglo de tanteos, ensayos y claudicaciones». Tras la guerra y el fracaso de las ideas de Wilson, liberalismo y parlamentarismo eran caminos agotados 68. Algunos izquierdistas y reformistas estuvieron de acuerdo con este diagnóstico. Aunque veían en el fascismo el resultado del uso de la fuerza y el inicio de un movimiento antidemocrático, llevaban meses advirtiendo del declive del liberalismo. Teniendo esto en cuenta, puede comprenderse que El Sol publicara a principios noviembre de 1922 un artículo titulado «Un fascismo ideal», en el que Ramiro de Maeztu, mirando hacia Italia, pero con un ojo puesto en España, defendía postulados abiertamente antiliberales y el uso de la fuerza para poner fin a la decadencia política y nacional 69. No era esta una percepción excepcional. En general, desde la Marcha sobre Roma hasta el asesinato de Giacomo Matteoti, los intelectuales liberales españoles mostraron una ambigua atracción por las ideas y la política de Mussolini, como ocurrió en muchos otros países de Europa y del mundo.

Este es también el contexto que nos permite entender las posiciones asumidas frente al golpe de Estado de Primo de Rivera de septiembre de 1923. Los argumentos utilizados por el dictador para justificar su golpe estaban directamente relacionados con la tensión social, la violencia política, el desarrollo del catalanismo y el largo conflicto de Marruecos. Como ocurrió en el caso del fascismo italiano, la oposición de liberales y republicanos a la dictadura no se manifestó abiertamente hasta 1925. Fue entonces cuando la escena política e intelectual experimentó un proceso de división gradual en dos bandos. Tuvieron que ver con ello la posición adoptada por Miguel de Unamuno 70, el debate en torno a la vuelta a la situación constitucional y los planes para sustituir el Directorio Militar por un nuevo Directorio Civil. En este marco, Eugenio d’Ors y Víctor Pradera, desde ABC, expresaron su rechazo a las instituciones liberales y democráticas y recibieron el apoyo de Ernesto Giménez Caballero y Ramiro de Maeztu, en El Sol. En el otro lado, Marcelino Domingo y Luis Araquistáin lideraron la respuesta contraria a estas posiciones también en El Sol y abogaron por la instauración de una auténtica democracia sin monarquía. Los primeros repudiaron el sufragio universal, reclamaron el reforzamiento del papel del rey, expresaron su deseo de crear un Parlamento inspirado en las antiguas Cortes y manifestaron con dureza sus críticas a la Sociedad de Naciones y las herencias wilsonianas. Los segundos, olvidados parcialmente del fracaso wilsoniano, protagonizaron un largo periplo que culminaría en 1931 71.

Conclusiones

En muchos aspectos, España formó parte de los procesos globales del periodo que transcurrió entre 1917 y 1923. A pesar de su neutralidad, su evolución política reflejó un proceso más amplio que tuvo lugar en Europa y cuyos principales elementos fueron la radicalización política, la violencia y la aparición de renovados discursos y grupos nacionalistas. La transición de un «momento wilsoniano» a una «decepción wilsoniana» fue un aspecto clave en la evolución de la crisis del liberalismo y en el rechazo del proyecto de la Sociedad de Naciones entre intelectuales y grupos políticos. La radicalización política observada tanto en los espacios de izquierdas como de derechas a principios de los años veinte no puede entenderse sin tener en cuenta esta evolución.

Las huellas de la Gran Guerra en España perduraron al menos hasta 1923. El golpe de Estado de Miguel Primo de Rivera en septiembre de 1923 se justificó como un remedio contra la radicalización revolucionaria, el conflicto marroquí, el nacionalismo catalán y la falta de «espíritu nacional» derivada de la crisis del liberalismo. En este sentido, España también distaba mucho de ser una excepción en Europa. En el verano de 1924, Francesc Cambó, en un relevante texto que acabaría incluyendo en el volumen Entorn del feixisme italià, sintetizó el proceso global y las declinaciones locales que he intentado explicar a lo largo de este artículo: «en arribar la pau, una immensa collita de desenganys succeí a aquesta immensa florida d’il·lusions. I el desengany, la decepció, és l’estimulant de tots els mals sentiments, de totes les baixes passions dels pobles i dels individus. Es, sobretot, l’estimulant de la revolta» 72.

El proceso que pretendía resumir Cambó había estado marcado por dos fases. Una primera, caracterizada por una intensa y relativamente breve fascinación, que se expresó de forma transversal y que afectó al conjunto del arco político español de las izquierdas liberales y socialistas y los movimientos nacionalistas, en particular el catalán. Una segunda, marcada por una extendida decepción que erosionó las bases para la construcción de un liberalismo democrático radical relacionado con el nuevo liberalismo que emergía en Europa y que propició un acercamiento a opciones antiparlamentarias, como expresaron Estat Català o una parte del socialismo que se acercó a los postulados bolcheviques. Este proceso, junto con una amplia serie de factores, fue central para dar forma a la crisis que acabó por converger en el inicio de la dictadura de Miguel Primo de Rivera. En poco tiempo, Wilson y la Sociedad de Naciones se habían convertido en símbolos de un gran fracaso en España y el mundo. Este fracaso fue fundamental para precipitar un proceso de revisión, crítica y, en sus casos más radicales, cuestionamiento del liberalismo y para impulsar la búsqueda de un nuevo lugar para España en la escena internacional. Los debates sobre las proyecciones hispanistas y latinistas deben entenderse en este marco 73.

La fascinación que despertó Wilson debe ser entendida a partir de una interpretación de sus ideas como impulsoras de un proceso de democratización. En este sentido, los sectores reformistas, republicanos, socialistas y catalanistas formaron parte de un proceso global que tuvo unas declinaciones locales particulares y que se articuló no tanto como una alternativa entre Wilson y Lenin, sino como una inestable combinación entre ambos. La fascinación ejercida por esta interpretación, y esto es fundamental, tuvo una duración breve y se extendió más durante los últimos meses de la guerra que en los posteriores a ella. La decepción wilsonista, sin embargo, se prolongó durante mucho más tiempo y asumió una relevancia central para explicar las críticas al liberalismo democrático. En este nuevo contexto, Wilson y Lenin se convirtieron en alternativas para algunos sectores socialistas, republicanos y catalanistas que habían dejado de confiar en Wilson como «acelerador democrático». En otros sectores, como expresaron Ramiro de Maeztu y Rafael Sánchez Mazas, el rechazo a sus ideas derivó hacia profundas críticas al liberalismo y al paganismo wilsoniano. Aquellos intelectuales anclados en el tradicionalismo, que nunca habían confiado en el presidente estadounidense, denunciaron cada vez con más insistencia la injerencia de Estados Unidos en la política europea y proyectaron una visión católica e hispanista que encontró en la dictadura de Primo de Rivera una expresión más desarrollada y que se proyectó con escasas mutaciones durante el primer franquismo 74.


  1. * El autor forma parte del proyecto «La democracia y sus enemigos (1918-1931). España, la primera posguerra, la dictadura de Primo de Rivera y sus articulaciones con Italia, Portugal y Argentina» (PID2020-112800GB-C22), del Grup de Recerca en Guerra, Radicalisme Polític i Conflicte Social (GRECS) y la red ­VOICES (RED2022-134719-T).

  2. 1 Maartje Abbenhuis e Ismee Tames: Global War, Global Catastrophe. ­Neutrals, Belligerents and the Transformation of the First World War, Londres, Bloomsbury, 2022.

  3. 2 Robert Gerwarth: Los vencidos. Por qué la Primera Guerra Mundial concluyó del todo, 1917-1923, Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2017.

  4. 3 William Mulligan: «The First World War in a Global Age», European History Quarterly, 46(2) (2016), pp. 311-326, esp. p. 323.

  5. 4 Norman Ingrao y Carl Bouchard (eds.): Beyond the Great War. Making Peace in a Disordered World, Toronto, Toronto University Press, 2022, y Marcus M. Payk y Roberta Pergher (eds.): Beyond Versailles. Sovereignty, Legitimacy, and the Formation of New Polities after the Great War, Indiana, Indiana University Press, 2019.

  6. 5 Erez Manela: The Wilsonian Moment. Self-determination and the International Origins of Anticolonial Nationalism, Oxford, Oxford University Press, 2007.

  7. 6 Francisco Romero Salvadó: España, 1914-1918. Entre la guerra y la revolución, Barcelona, Crítica, 2002.

  8. 7 Maximiliano Fuentes Codera: España en la Primera Guerra Mundial. Una movilización cultural, Madrid, Akal, 2014.

  9. 8 Juan Guixé: «Germanófilos, francófilos, anglófilos», El Correo de España, 10 de mayo de 1915, p. 1.

  10. 9 «El discurso de Maura», La Correspondencia de España, 30 de abril de 1917, p. 5.

  11. 10 «El mitin de ayer. Afirmación aliadófila y revolucionaria», El País, 28 de mayo de 1917, pp. 1-3; las citas de Castrovido en p. 2.

  12. 11 Fernando Soldevila: El año político. 1918, Madrid, s. e., 1919, pp. 222-228.

  13. 12 Sobre esta cuestión David Stevenson: 1917. War, Peace and Revolution, Oxford, Oxford University Press, 2017.

  14. 13 Esta perspectiva en Eduardo González Calleja (ed.): Anatomía de una crisis. 1917 y los españoles, Madrid, Alianza Editorial, 2017, y David Martínez Fiol y Joan Esculies: 1917. El año en que España pudo cambiar, Sevilla, Renacimiento, 2018.

  15. 14 Memoria de la Embajada argentina en España correspondiente al año 1917 (Madrid, 10 de marzo de 1918), Archivo Histórico de la Cancillería Argentina, Fondo Subsección 33, Primera Guerra Mundial (Argentina), caja 55.

  16. 15 Francisco Romero Salvadó: España, 1914-1918..., pp. 177-178. El impacto de la epidemia de gripe en Maximiliano Fuentes Codera (ed.): The Flu Pandemic of 1918-1919. A Political and Cultural Approach from a COVID World, Abingdon, Routledge, 2023.

  17. 16 Francisco Cobo Romero: «“The Red Dawn” of the Andalusian Countryside. Reform and Counter-Revolution and the Spanish Left, 1917-1923», en Francisco Romero Salvadó y Angel Smith (eds.): The Agony of Spanish Liberalism, Hampshire, Palgrave Macmillan, 2010, pp. 121-144. Para una visión más amplia del impacto de la Revolución rusa en España, véase Juan Andrade y Fernando Hernández Sánchez (eds.): 1917. La Revolución rusa cien años después, Madrid, Akal, 2017.

  18. 17 Maximiliano Fuentes Codera: «1917, a Turning Point in Neutral Countries. Great War and Russian Revolution in Spain (and Argentina)», en Gerhard Besier y Katarzyna Stoklosa (eds.): 1917 and the Consequences, Abingdon, Routledge, 2020, pp. 131-146.

  19. 18 William Mulligan: The Great War for Peace, New Haven, Yale University Press, 2014, pp. 3-7.

  20. 19 Carl Bouchard: «The Wilsonians. When the Traditional Order Creates Disorder, 1918-1919», en Norman Ingrao y Carl Bouchard (eds.): Beyond the Great War. Making Peace in a Disordered World, Toronto, Toronto University Press, 2022, pp. 148-164; Daniela Rossini: Woodrow Wilson and the American Myth in Italy. Culture, Diplomacy, and War Propaganda, Harvard, Harvard University Press, 2008, y Jacopo Perazzoli: «Woodrow Wilson, Italian Socialists, and the Self-Determination Principle during the Paris Conference», Journal of Modern Italian Studies, 25 (2020), pp. 508-527.

  21. 20 Maximiliano Fuentes Codera: «Cataluña en la Espanya Gran. La proyección del catalanismo regionalista en el reformismo intelectual español (1906-1923)», en Ferran Archilés e Ismael Saz (eds.): Naciones y Estado. La cuestión española, València, Universitat de València, 2014, pp. 107-130.

  22. 21 Manuel Núñez de Arenas: «Dos proyectos de ley. Ideologías viejas en tiempos nuevos», España, 23 de mayo de 1918, pp. 3-4, y Álvaro de Albornoz: «La propaganda de las izquierdas. Vamos a cosas nuevas», España, 15 de agosto de 1918, p. 5.

  23. 22 Eduardo Torralva-Beci: «Dos jefes de Estado», España, 19 de septiembre de 1918, pp. 6-7.

  24. 23 «Paladines de la democracia. Wilson, América, la guerra, la paz», El Socialista, 27 de agosto de 1918, p. 1.

  25. 24 Miguel de Unamuno: «España protegida», Los Aliados, 13 de julio de 1918, pp. 3-4.

  26. 25 Castor Villasubo: «Cristo (... Wilson)», Los Aliados, 30 de noviembre de 1918, p. 5.

  27. 26 Sobre las relaciones entre España y Estados Unidos, véase José Antonio Montero Jiménez: «España y los Estados Unidos frente a la Primera Guerra Mundial», Historia y Política, 32 (2014), pp. 71-104.

  28. 27 Corpus Barga: «Perfil de guerra y perfil de paz», España, 10 de octubre de 1918, pp. 8-9.

  29. 28 Xosé Manoel Núñez Seixas y David J. Smith: «Internationalist Patriots? Minority Nationalists, Ethnic Minorities, and the Global Interwar Stage, 1918-1939», en Emmanuel Dalle Mulle, Davide Rodogno y Mona Bieling (eds.): Sovereignty, Nationalism, and the Quest for Homogeneity in Interwar Europe, Londres, Bloomsbury, 2023, pp. 233-256.

  30. 29 Xosé Manoel Núñez Seixas: Más allá de Euskadi. Perspectivas transnacionales sobre el nacionalismo vasco en el siglo xx, Vitoria, Betagarri Liburuak, 2023, pp. 31-42; Francisco Acosta: «Estudio introductorio», en Blas Infante Pérez: La Sociedad de las Naciones, Sevilla, Centro de Estudios Andaluces, 2020, pp. 29-80, y Ramón Villares: «The Language Brotherhoods. European Echoes in the Development of Galician Nationalism (1916-1923)», en Xosé Manoel Núñez Seixas (ed.): The First World War and the Nationality Question in Europe. Global Impact and Local Dynamics, Leiden, Brill, 2020, pp. 107-198.

  31. 30 Xosé Manoel Núñez Seixas: «Catalonia and the “War of Nations”. Catalan Nationalism and the First World War», Journal of Modern European History, 16(3) (2018), pp. 379-398, esp. pp. 381-386.

  32. 31 Como ejemplos, véanse Pol: «La Santa Pau», La Veu de Catalunya, 14 de octubre de 1918, p. 4; Rafael Gay de Montellá: «Catalunya i l’actual moment històric», La Revista, 16 de noviembre de 1918, pp. 390-391, y «L’acte nacionalista d’ahir a la Lliga. Important discurs d’En Ventosa. Un partit? No! Un poble!», La Veu de Catalunya, 13 de enero de 1919, pp. 4-5.

  33. 32 Archivo Histórico Nacional, FC-M.º_INTERIOR_A.16, exp. 6, núm. 6.

  34. 33 Archivo Histórico Nacional, FC-M.º_INTERIOR_A, 53, exp. 1, núm. 1.

  35. 34 Luis Araquistáin: «Paz libertadora en el mundo. Paz ominosa en España», España, 14 de noviembre de 1918, pp. 3-5.

  36. 35 «En honor de los aliados. España entera festeja la victoria», El Sol, 18 de noviembre de 1918, p. 6.

  37. 36 José Luis Agudín Menéndez: Una guerra civil incruenta. Germanofilia y aliadofilia en Asturias en torno a la Primera Guerra Mundial, Oviedo, Real Instituto de Estudios Asturianos, 2020, pp. 186-192.

  38. 37 Archivo Histórico Nacional, Sección Ministerio de Asuntos Exteriores, Primera Guerra Mundial, leg. H3026, exp. 55.

  39. 38 «Manifestaciones en las calles», El Globo, 13 de noviembre de 1918, p. 2.

  40. 39 «Los alborotos de anoche», La Acción, 13 de noviembre de 1918, p. 3.

  41. 40 «La agitación de ayer en Madrid», El País, 14 de noviembre de 1918, pp. 1-2, y «Nuevos disturbios en las calles», El Sol, 14 de noviembre de 1918, p. 2.

  42. 41 Maximiliano Fuentes Codera y Francesc Montero (eds.): Flames a la frontera. Catalunya i la Primera Guerra Mundial, Barcelona, Museu d’Història de Catalunya, 2018, pp. 92-105.

  43. 42 Luis Araquistáin: «Paz libertadora en el mundo...», pp. 3-5.

  44. 43 Carl Bouchard: «The Wilsonians...», p. 152.

  45. 44 Maximiliano Fuentes Codera: Spain and Argentina in the First World War. Transnational Neutralities, Abingdon, Routledge, 2021, pp. 164 y 173-174.

  46. 45 José Luis Neila Hernández: «España en la Sociedad de Naciones (1919-1931)», en Carlos Sanz Díaz y Zorann Petrovici (eds.): La Gran Guerra en la España de Alfonso XIII, Madrid, Sílex, 2019, pp. 319-340. Sobre las declaraciones de Araquistáin, véase Ángeles Barrio: «Estudio preliminar», en Luis Araquistáin: La revista España y la crisis del Estado liberal, Santander, Universidad de Cantabria, 2001, pp. 46-47. Y sobre el viaje de Romanones, Fernando García Sanz: España en la Gran Guerra. Espías, diplomáticos y traficantes, Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2014, pp. 341-346.

  47. 46 Miguel de Unamuno: «La Liga de las Naciones», en Miguel de Unamuno: Desde el mirador de la guerra, París, Centre de Recherches Hispaniques, 1970, pp. 472-475.

  48. 47 Manuel Ciges Aparicio: «Entre la paz y la guerra. Ginebra y Washington», El Imparcial, 28 de agosto de 1921, p. 3.

  49. 48 Luis Araquistáin: El peligro yanqui, Madrid, España, 1921, pp. 151 y 197.

  50. 49 Marcel Cachin: «Le Pacte de la Société des nations», L’Humanité, 30 de abril de 1919, y Dominique A. Laurent: «Woodrow Wilson, L’Humanité et la SFIO, décembre 1918-juin 1919», Cahiers d’Histoire, 114 (2011), pp. 101-113.

  51. 50 «La verdad sobre Rusia», España, 7 de febrero de 1920, p. 1, y «Los escritores y la política», España, 10 de abril de 1920, p. 4.

  52. 51 Jeroni Zanné: «El Estado español y las nacionalidades ibéricas», Nosotros, enero de 1919, pp. 74-93.

  53. 52 Antoni Rovira i Virgili: «La fi de la guerra», La Veu de Catalunya, 11 de noviembre de 1918, p. 12, y Jordi Sabater: «Rovira i Virgili en La Veu de Catalunya o la conversión wilsoniana del regionalismo en el contexto de los tratados de paz», en Josep Pich Mitjana, David Martínez Fiol y Jordi Sabater (eds.): La paz intranquila. Los tratados de paz de la guerra que no acabó con todas las guerras (1918-1923), Barcelona, Bellaterra, 2020, pp. 311-342, esp. pp. 311-316.

  54. 53 Javier Moreno Luzón: El rey patriota. Alfonso XIII y la nación, Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2023, pp. 294-300, y Albert Balcells:El projecte d’autonomia de la Mancomunitat de Catalunya del 1919 i el seu context històric, Barcelona, Parlament de Catalunya, 2010.

  55. 54 Javier Moreno Luzón: «De agravios, pactos y símbolos. El nacionalismo español ante la autonomía de Cataluña», Ayer, 63 (2006), pp. 119-151.

  56. 55 Joan Esculies, David Martínez y Josep Pich Mitjana: «¿Catalanes en la Conferencia de París? La crudeza de la Realpolitik o cómo ni Wilson ni Clemenceau les hicieron el menor caso», en Josep Pich Mitjana, David Martínez Fiol y Jordi Sabater (eds.): La paz intranquila. Los tratados de paz de la guerra que no acabó con todas las guerras (1918-1923), Barcelona, Bellaterra, 2020, pp. 291-309, esp. pp. 305-307, y Xosé Manoel Núñez Seixas: Internacionalitzant el nacionalisme. El catalanisme polític i la qüestió de les minories nacionals a Europa (1914-1936), Catarroja, Afers, 2010, pp. 77-82.

  57. 56 Enric Ucelay-Da Cal: «Entre el ejemplo italiano y el irlandés. La escisión generalizada de los nacionalismos hispanos, 1919-1922», Ayer, 63 (2006), pp. 75-118.

  58. 57 Antoni Rovira i Virgili: «El nou president dels Estats Units», La Veu de Catalunya, 4 de noviembre de 1920, p. 9.

  59. 58 Lluís Fàbrega i Amat: «El nou President dels Estats Units», La Veu de Catalunya, 2 de abril de 1921, p. 5.

  60. 59 «La Conferència d’en Cambó a Madrid», La Veu de Catalunya, 12 de abril de 1920, pp. 3-4.

  61. 60 Como ejemplos véanse Antoni Rovira i Virgili: «En l’Assemblea de la Societat de les Nacions», La Veu de Catalunya, 10 de diciembre de 1920, p. 8, y «Les minories “nacionals” i les minories anti-nacionals», La Veu de Catalunya, 6 de octubre de 1922, p. 8.

  62. 61 Sobre esta figura véase David Martínez Fiol: Daniel Domingo Montserrat (1900-1968). Entre el marxisme i el nacionalisme radical, Barcelona, Publicacions de l’Abadia de Montserrat, 2001.

  63. 62 Álvaro de Albornoz: El temperamento español, Madrid, Minerva, 1921, p. 205.

  64. 63 Rafael Sánchez Mazas: «ABC en Italia. Ginebra», ABC, 19 de septiembre de 1923, pp. 19-20, e íd.: «ABC en Roma. Hallesismo», ABC, 16 de febrero de 1924, pp. 17-18.

  65. 64 Maximiliano Fuentes Codera y Pau Font: «The Influenza Pandemic of 1918-19 in Spain. From the Epidemic to the Crisis of Liberalism», Contemporary European History, 33(3) (2024), pp. 927-941.

  66. 65 Manuel Peloille: Fascismo en ciernes. España 1922-1930. Textos recuperados, Toulousse,Presses Universitaires de la Université de Toulouse-Le Mirail, 2007, p. 19, e Ignasi Ribera i Rovira: La conquista de Roma. Crónica del viaje de los Reyes de España a Italia. Noviembre de 1923, Barcelona, Tipografía Catalana, 1924, p. 147.

  67. 66 Rafael Sánchez Mazas: «ABC en Italia. La victoria fascista y la marcha sobre Roma», ABC, 15 de noviembre de 1922, pp. 4-6.

  68. 67 Xavier Casals Meseguer y Enric Ucelay da Cal: El fascio de las Ramblas. Los orígenes catalanes del fascismo español, Barcelona, Pasado y Presente, 2023, pp. 291-336.

  69. 68 Álvaro Alcalá Galiano: «El ocaso de Europa (I)», ABC, 6 de agosto de 1924, p. 3; íd.: «El ocaso de Europa (II)» ABC, 13 de agosto de 1924, p. 3, y Manuel Bueno: «Liberales y revolucionarios», ABC, 11 de julio de 1925, pp. 4-5.

  70. 69 Ramiro de Maeztu: «Un fascismo ideal», El Sol, 7 de noviembre de 1922, p. 1.

  71. 70 Véase en Colette Rabaté y Jean-Claude Rabaté: Unamuno contra Miguel Primo de Rivera, Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2023.

  72. 71 Eduardo González Calleja: La España de Primo de Rivera. La modernización autoritaria, 1923-1930, Madrid, Alianza Editorial, 2005, pp. 295-299, y Alejandro Quiroga: Miguel Primo de Rivera. Dictadura, populismo y nación, Barcelona, Crítica, 2022, pp. 124-136.

  73. 72 Francesc Cambó: «El feixisme italià. VI. La decepció de la victòria», La Veu de Catalunya, 20 de agosto de 1924, p. 3.

  74. 73 Una muestra de estos debates en Maximiliano Fuentes Codera y Patrizia Dogliani (eds.): La patria hispana, la raza latina. Política y cultura entre España, Italia y Argentina (1914-1945), Granada, Comares, 2021.

  75. 74 Interesantes apuntes sobre la pervivencia de la crítica a Wilson y las consecuencias del Tratado de Versalles en Marco da Costa: La España nazi. Crónica de una colaboración ideológica e intelectual, 1931-1945, Barcelona, Taurus, 2023, especialmente en pp. 79 y 100.