Ayer 136 (4) 2024:317-350
Marcial Pons Ediciones de Historia
Asociación de Historia Contemporánea
Madrid, 2024
ISSN: 1134-2277
DOI: 10.55509/ayer/2774
Recibido: 06-05-2024 | Aceptado: 18-06-2024 | Publicado on-line: 09-12-2024
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Género e historiografía contemporánea
Resumen: En 2016 se inauguraba esta sección «Debate» (Ayer, 104) con un balance teórico-metodológico sobre el pasado y el futuro de la historia de las mujeres y de género, tal como recogía su título. En esta ocasión, la perspectiva es otra. A través de las experiencias de seis investigadoras de distintas generaciones, nos interesa hacer balance de la incidencia que sus investigaciones han tenido en las narrativas historiográficas clásicas de sus respectivas líneas de investigación. Dos cuestiones más centran este debate: las desigualdades de género en el mundo académico y el papel que al respecto podría desempeñar la Asociación de Historia Contemporánea. El debate está coordinado por Cristina Borderías (cborderiasm@ub.edu), catedrática emérita de la Universidad de Barcelona y miembro del Consejo de Redacción de la revista Ayer.
Palabras clave: género, historia de las mujeres, historia contemporánea, historiografía/metodología historiográfica, desigualdad de género en el mundo académico.
Abstract: In 2016, this theme of the Debate section was inaugurated (Ayer, 104) with a theoretical-methodological assessment of the past and future of women’s and gender history, as indicated by the title. In this contribution, the perspective is different. Through the experiences of six researchers from different generations, we aim to assess the impact of their research on traditional historiographical narratives of their respective fields of study. Two additional questions frame this debate: gender inequalities in academia and the role that the Asociación de Historia Contemporánea could play in this regard. The debate is coordinated by Cristina Borderías (cborderiasm@ub.edu), emeritus professor at the University of Barcelona and member of the Editorial Board of the journal Ayer.
Keywords: gender, women’s history, contemporary history, historiography/historical methodology, gender inequality in academia.
En la medida en que el género ha sido entendido y utilizado en distintos modos, hemos reunido en torno a esta conversación a especialistas que representan aproximaciones teórico-metodológicas y líneas de investigación distintas. Nos interesa su experiencia en la deconstrucción de una historia asexuada y en la reconstrucción de narrativas que, además de visibilizar las experiencias y la acción de las mujeres y de historizar las identidades de género, hayan abierto caminos para situar el género como una clave central del análisis de los procesos históricos. Son muchas las preguntas que pueden emerger de este planteamiento general. En principio nuestro diálogo parte, de manera muy abierta, de un interrogante sobre el modo en que el género se ha planteado en sus investigaciones y sobre sus aportaciones concretas a los respectivos campos de investigación. Nos preguntamos, además, si estas aportaciones —que sabemos muy relevantes— han logrado abrir brechas y generar cambios en las narrativas historiográficas. De particular interés para la Asociación de Historia Contemporánea (AHC) es valorar la recepción que la historiografía feminista o los estudios de género han tenido en los procesos de renovación teórica y metodológica de nuestro entorno. Por último, nos interrogamos por las desigualdades de género en la carrera académica. Para captar mejor los cambios habidos, tanto en la recepción académica de la historia de género como en las desigualdades de género, hemos incorporado distintas generaciones a esta conversación, incluyendo a jóvenes que están en el inicio de su carrera académica.
De acuerdo con los mencionados criterios de diversidad metodológica y temática, así como generacional, hemos invitado, en primer lugar, a dos investigadoras que participaron en la fundación de la AHC en 1982, y que, por tanto, pueden aportar una perspectiva de largo plazo sobre las cuestiones que nos interesan debatir. Ellas son Elena Hernández Sandoica (elenahs@ghis.ucm.es), doctorada en 1982 y catedrática en 1999, y Montserrat Duch (montserrat.duch@urv.cat), doctorada en 1987 y catedrática en 2011. Su experiencia y producción historiográfica se han desarrollado en dos líneas de investigación bien diferenciadas. Ligada, la primera, a una renovada historia política, intelectual y cultural, a la historia de la historiografía y de la educación y a la historia de las mujeres a finales de la década de 1990, a partir de un enfoque metodológico renovado: la biografía. La segunda, desde planteamientos de la nueva historia social, ha hecho aportaciones a la historia sociocultural de Cataluña y la historia del feminismo desde mediados de la década de 1980.
En segundo lugar, se incorporan al debate Nerea Aresti (nerea.aresti@ehu.eus) y Mónica Burguera (monicaburguera@gmail.com), quienes se doctoraron casi dos décadas después. Aresti, con una doble tesis, una en la Universidad del País Vasco en 1999 y otra en Estados Unidos en el año 2000. Burguera obtuvo un doctorado en la Universidad de Míchigan en 2008. Esta internacionalización se hizo más frecuente entre las jóvenes investigadoras a partir de esa década. Ambas iniciaron su estabilización en la universidad a caballo entre la primera y la segunda década del siglo xxi, y sus primeras investigaciones tuvieron ya como objeto central la historia de las identidades de género. Aresti la inició abordando el estudio de feminidades y masculinidades y Burguera, el estudio de la construcción social de la diferencia sexual y de las identidades femeninas modernas.
A la más joven de las generaciones que participan en este debate pertenecen Sofía Rodríguez Serrador (sofia.rodriguez.serrador@uva.es), doctorada en 2017 en la Universidad de Valladolid, y Sergio Blanco Fajardo (sbf@uma.es), doctorado en 2021 en la Universidad de Málaga. Como corresponde a su generación, comparten el haber podido cursar en la licenciatura materias de historia de las mujeres y de las relaciones de género y haber realizado sus tesis de la mano de alguna de las historiadoras más destacadas en ambas materias. Si bien en condiciones relativamente precarias, han podido incorporarse al mundo académico más tempranamente que sus predecesoras.
Por su parte, Cristina Borderías, catedrática de la Universidad de Barcelona y miembro del Consejo de Redacción de la revista Ayer, ha sido la encargada de coordinar este debate y la autora del diseño coral de la conversación, que se inicia con la propuesta de partir de una reflexión sobre la evolución operada en sus formas de concebir el género, sobre el lugar que ha ocupado en sus investigaciones y sobre aquellas de sus aportaciones que consideran más relevantes.
Elena Hernández Sandoica: Con sinceridad, no estoy muy segura de ser yo la que deba empezar esta conversación porque mi vinculación con el término, su aplicación y sus usos —en mi investigación y mi docencia— no vino acompañada de una militancia política o feminista, como en principio podría esperarse por mi edad (nací en 1952). Mi incorporación accidental a la universidad como becaria de investigación —estaba preparando oposiciones a instituto— y, simultáneamente, como docente en la licenciatura de Historia, bajo lo que entonces se llamaba un «encargo de curso», tuvo lugar en el curso 1976-1977, un tiempo ya lejano en el que las cuestiones de género apenas apuntaban en el ámbito de la historia contemporánea. Hoy, casi medio siglo después de aquello, podemos convenir en que los estudios sobre las mujeres y el género se han normalizado en nuestro país y alcanzado un estatuto más que digno, pero muchas veces resulta difícil transmitir a los jóvenes —y a veces no tan jóvenes— hasta qué punto quienes, por entonces, se arriesgaron a emprender tesis doctorales sobre mujeres (Mary Nash o Rosa Capel, por ponerles nombre) debieron sortear escollos académicos. Sea como fuere, mi experiencia no pasó por ahí en el arranque de mi carrera académica.
Mi investigación doctoral, comenzada en aquel mismo curso, fue de historia política y colonial, aspirando a insertar la problemática del peso de Cuba en la Restauración en un marco económico y social que entonces resultaba novedoso. Eran tiempos en que apenas comenzaba a cruzarse el género con la clase —pero no con la etnia—; no hablábamos aún de poscolonialismo ni de identidades, y mucho menos de otros conceptos como interseccionalidad. A desplegar aquella perspectiva, cada vez más abierta a estudios culturales en un sentido lato, me apliqué durante los años ochenta y noventa del siglo xx, inclinándome alternativamente por otras aproximaciones de historia intelectual y, entre ellas, el análisis historiográfico. Entre tanto, fueron muchas mis horas de docencia —muy variada en contenidos y materias—, siendo especialmente relevante, de cara a lo que aquí importa, mi trabajo en aquello que el currículo exige a los estudiosos de la historia como aparato instrumental: Tendencias Historiográficas Actuales, Teoría y Método de la Historia (o similar) e Introducción a las Ciencias Sociales (sociología y antropología principalmente).
Siempre planteé mi trabajo en las clases como un desafío de preguntas y respuestas —soluciones parciales a los interrogantes, revisión de conocimientos provisionales y discutibles—, y creo que esa estrategia, por lo general apreciada por el estudiantado, me llevó enseguida hasta herramientas necesarias como el género, no la única pero sí seguramente la más útil. Estancias cortas en el extranjero, lecturas teóricas consideradas clave del ancho campo de las humanidades y las ciencias sociales, más un seguimiento atento de las referencias historiográficas más sólidas en circulación afianzaron mi propósito de articular los programas docentes teniendo siempre en cuenta el género. El caso es que me sentí siempre cómoda analizando la naturaleza del poder en los marcos sociales, hablando de Foucault o de Scott, de Derrida o de Butler, pero también de Thompson o de Ginzburg... En los cursos de máster o en seminarios de doctorado animaba a revisar las costuras de sus principales planteamientos, especialmente en lo referido a la teoría crítica de Foucault y La voluntad de saber. Incorporar además autoras que tuvieran en consideración el género, más allá de este autor —que reconozco decisivo en la evolución del pensamiento contemporáneo—, no solo me permitía subrayar sus hallazgos y fortalezas en cuanto al entendimiento histórico del poder, sino también —y ello era relevante— algunas de sus denunciadas debilidades o carencias, subrayadas por nombres importantes del feminismo contemporáneo y, así, entrar en la polémica —creo que aún indecisa, a pesar de la potente intervención de Judith Butler o precisamente a su raíz— de cuánto y cómo incide la asunción radical de las propuestas foucaultianas en las políticas posibles de emancipación del sujeto femenino (si ese sujeto, como alertaron S. Benhabib o L. Alcott, entre otras, queda con ello desdibujado o eludido...). En otra dimensión, a partir de Derrida o Gayatri Spivak, por ejemplo, la presentación de voces diferentes me ayudaba a introducir distintas vías y modelos de configuración subjetiva desde perspectivas abiertas a la consideración, junto con el género, de la identidad étnica y la subalternidad... En fin, sin querer agotar repertorios que podían modificarse cada año en las clases, y siempre iban creciendo, resultaba también de interés presentar al estudiantado a autoras feministas que desbordan los límites de la historiografía, como la psicóloga Carol Gilligan —que nos llevaba a hablar de la ética del cuidado— o las muy decisivas Kate Millet o Monique Wittig, las cuales, al margen de quien siempre resultaría el más atractivo en las clases (Foucault), tocaron ya hace tiempo la sexualidad y la desigualdad entre sexos y la naturaleza del poder. Nunca impartí, no obstante, Historia de las Mujeres, porque entendí que había otras colegas que, con sobrados méritos propios, cuidarían bien del desarrollo temático de la asignatura.
En las décadas de 1990 y principios de 2000 publiqué varios libros sobre historiografía, producto de mi experiencia docente, y algunos trabajos breves centrados en historia de las mujeres y del género. En las investigaciones doctorales y de posgrado que se hicieron bajo mi dirección estimulé también el empleo del género como herramienta metodológica. En las clases de grado, tuvo un papel central hacer visible la desigualdad y la diferencia sexual, junto con la detección de especificidad en las memorias femeninas a través de las fuentes orales. Tuvimos un seminario —que después bautizamos en honor de Carmen García-Nieto— que me alegra haber apoyado y sostenido hasta su cierre en el 2020. Como directora de colecciones editoriales, en la divulgación, y también en la dirección de la revista Cuadernos de Historia Contemporánea, he animado cuanto he podido contribuciones dedicadas al género y la historia de las mujeres.
Mi aportación, por resumir, podría circunscribirse a las muchas páginas escritas, en diversos lugares, sobre el impacto historiográfico del género. Pero quizá lo que sea más duradero, mientras sus receptores lo recuerden, sea el análisis de textos y la evocación de autores y autoras decisivos para el cambio historiográfico que, a lo largo de cuatro décadas, hice en las clases, en los cursos y conferencias impartidos, en los que siempre presté atención privilegiada a conceptos y fuentes. Saliendo de este marco, la reflexividad me ha ido conduciendo poco a poco hacia la biografía de mujeres, un campo que me viene atrayendo especialmente desde la primera década del siglo. Prospecciones teóricas y aplicaciones de inspiración plural, que coinciden en poner de relieve la delgada frontera entre lo «público» y lo «privado» en muchas trayectorias de mujeres, me han ido conduciendo —casi diría yo que de una manera insensible, natural— a darle la vuelta a algún relato biográfico sobre la presencia y la acción de una mujer concreta, la escritora Rosario de Acuña (1850-1923), descomponiendo su imagen tópica e intentando proporcionar un ejemplo interesante de una compleja encarnadura vital de mujer, vida y obra atravesadas por el género.
Volví una vez tras otra sobre este asunto porque no me dejaban satisfecha las lecturas —digamos «clásicas»— de Rosario de Acuña. Ni siquiera mi primera aportación, de 2012, consiguió trascender lo que podría leerse como una narración «heroizada» de una figura parcialmente olvidada, y, a fuerza de pensar en sus luces y sombras, se me fue revelando de gran complejidad intelectual y emocional. Dejando a un lado todo aquello en que Acuña queda representado como una especie de pórtico «necesario» de un feminismo que vendría después, me enfrenté a las muchas contradicciones que puntean su pensamiento respecto a sí misma, a las demás mujeres y su acción, tanto en ámbitos privados como públicos, subrayando origen y razón de esas contradicciones con la herramienta «relaciones de género». Así, creo que es posible explorar el marco recurrente en que se desarrollan su vida y su obra, y presentar en cambio, ojalá que más auténtica, la trayectoria de una mujer que lee y escribe (intensa y extensamente de sí misma y de los demás), evidenciando sus dificultades objetivas y su lucha política (tanto como su combate interior) al tratar de insertarse en contextos ideológicos y de socialización regidos patriarcalmente. La combinatoria macro/micro que permite el relato biográfico, y que en buena parte traté de aplicar en el libro Rosario de Acuña. La escritura y la vida (2022), la argumenté detenidamente, en cuanto al auge reciente alcanzado por las biografías de mujeres, en un trabajo titulado «Biografía de mujeres y giro subjetivo» que publiqué en el libro colectivo Acción y voces de mujer en el espacio público, editado en 2020 por Rosa María Capel.
Montserrat Duch: Coincido con los referentes intelectuales que indica Elena y añadiría a Bourdieu, quien, para mí, ha resultado clarificador con su obra La dominación masculina. Mi primera investigación, culminada en 1981 (la llamada entonces tesina), versó sobre el feminismo en Cataluña (1870-1930). En ella tomé distancia de la denominada «historia contributiva», que considero una fase de los estudios de mujeres y género ya superada, aunque ello, desde luego, no impide mantener la visibilización y la agencia de las mujeres en el movimiento feminista, los movimientos sociales o la política institucional, temas que han sido prioritarios en mis investigaciones. La perspectiva de género y más específicamente el significado del orden de género en el pasado (roles, relaciones...) me parecen de mayor poder explicativo para las problemáticas sociales y culturales que atraviesan la vida de las mujeres, su acción colectiva, sus logros y fracasos.
La obtención de una beca FPI (1982) me dio la oportunidad de proseguir mi investigación, que se orientó hacia la historia social sobre la Segunda República en el Camp de Tarragona. Me gané la vida unos años trabajando en la creación de la Biblioteca/Hemeroteca Municipal de Tarragona. Nacieron mis hijos, Marc (1986) y Pol (1990), y opté por la docencia en la Escuela Social (Ministerio de Trabajo), que, en 1992, ya como grado de Relaciones Laborales, se integró en la recién creada Universidad Rovira i Virgili. En 1994 obtuve la titularidad de escuela universitaria. Y tras un periodo de ocho años como diputada del PSC en el Parlament de Catalunya (1995-2003) regresé a la URV. Creo, sinceramente, que mi experiencia política me ha hecho mejor historiadora.
Mi generación vivió intentando conectar la militancia feminista y los estudios de mujeres y de género. De hecho, el avance de estos estudios se ha debido en buena medida al empuje del movimiento feminista, que buscaba respuestas a sus interrogantes en la investigación histórica. Además de la política, la Asociación Española de Investigación en Historia de las Mujeres y las publicaciones de Cristina Borderías, Mary Nash y Susana Tavera, entre muchas otras, han alimentado mi práctica historiográfica. Género, Raza, Etnia y Clase (GREC) fue el entorno propicio para las feministas de mi universidad. Sin embargo, la progresiva adscripción a grupos especializados por áreas de conocimiento (¿estrategia patriarcal?) supuso la defunción de la vía interdisciplinaria, lo que llevó a la clausura del GREC y la consiguiente formación de un nuevo grupo de historia: ISOCAC (Ideologies i Societat a la Catalunya Contemporània), que dirijo desde 2010.
A veces se piensa que las carreras académicas eran antes más fáciles y más rápidas que ahora. Mi experiencia no avala esa idea. Mi carrera académica ha sido lenta y larga. Desde 1987, año en que me concedieron la beca FPI, a mi acceso en 1994 a titular de escuela universitaria pasaron siete años y diecisiete más hasta la cátedra en 2011. Un largo proceso de compromiso, también, con la historia sociocultural feminista. Mi pasión persigue integrar en la docencia y en los proyectos de investigación sobre la historia contemporánea del siglo xx la perspectiva de género, aunque soy consciente, como sostiene Miren Llona, de que en la Universidad hispánica son dos mundos paralelos.
Mis investigaciones se han desarrollado en torno a tres líneas de investigación: historia sociocultural de Catalunya en el siglo xx, historia de las mujeres y políticas de memoria. De forma concreta, mi interés sobre la experiencia de las mujeres en la política orientó mis pesquisas en el cambio de siglo. Fruto de ello publiqué Dones públiques. Política i gènere a España, segle xx (2005), un ejercicio de prosopografía parlamentaria y problematización de la alteridad en espacios impropios, así como una reflexión sobre las desventajas de haber sido pioneras, fueran las asambleístas de Primo de Rivera, las diputadas de la Segunda República, las procuradoras en Cortes o las parlamentarias entre 1977 y 2003. Todas ellas han tenido trayectorias más breves que sus compañeros varones, se han dedicado al llamado «bloque de género» (políticas públicas de bienestar, educación...) y han interrumpido sus trayectorias de manera más abrupta. Y, sobre todo, esta presencia en estos espacios impropios supuso para muchas de ellas altos costes vitales (exilio, rupturas familiares, heridas emocionales). El caso más abrumador es el de Clara Campoamor, quien escribe sus memorias consciente de su fracaso: El voto femenino y yo. Mi pecado mortal. Otra de las aportaciones que considero más relevantes de mi investigación se refiere a la represión subsidiaria que vivieron muchas mujeres en la Cataluña de la posguerra, una idea que avanzó María Carmen García-Nieto y que pude verificar en el análisis de los expedientes de la cárcel de mujeres de Tarragona: apellidos que indican condición familiar, detenciones «gubernativas» por su relación familiar con militantes de izquierdas exilados, así como una altísima mortalidad de mujeres privadas de libertad, trasladadas muy lejos de su entorno y que enfermaron en condiciones de hacinamiento y carencias alimentarias y emocionales en la cárcel de Las Oblatas de Tarragona (1939-1943). Por último, me he interesado también en los discursos del catalanismo político sobre la ciudadanía de las mujeres.
Diría que un elemento definitorio de todas estas investigaciones es su enfoque desde la dialéctica género/clase. Y también señalaría mi empeño por transferir los resultados de la investigación propia y de otras compañeras más allá del mundo académico, lo que es producto de mi militancia feminista. De estos últimos nació la colección Atenea (coeditada por Arola y Publicaciones de la Universidad Rovira i Virgili), una colección de libros sobre mujeres, género y feminismos, interdisciplinar y publicada en catalán, que va por su número 22.
Nerea Aresti: Las intervenciones de Elena y Montserrat muestran cuán diversos pueden ser los caminos que llevan a la historia de género y mi propia trayectoria abunda en esta idea. Yo me incorporé a la vida académica a comienzos de los noventa, empujada por lo que llaman el desencanto, tardío en mi caso, de la militancia política (la verdad es que no me gusta el término desencanto porque creo que nunca hubo encantamiento, sino grandes expectativas de cambio). Me propuse entonces realizar la tesis doctoral sobre historia de género. Inicialmente, me interesaba indagar el origen histórico de aquel sujeto feminista fuerte —y fuertemente naturalizado— de la Transición, a cuyo quebrantamiento estábamos asistiendo en aquellos años. A pesar de la importancia de investigaciones pioneras en historia de las mujeres en España, decidí formarme fuera y me trasladé, un poco, digamos, a la brava, a los Estados Unidos. El generoso apoyo de Temma Kaplan fue crucial para mí en aquellos momentos.
Desde allí puse en marcha dos líneas de investigación paralelas, ambas en el ámbito de la historia de género, abordando el estudio de las feminidades y las masculinidades. Para la tesis de la UPV/EHU me centré en los cambios en los discursos de género en el primer tercio del siglo xx en España. Me interesaba analizar cómo la ciencia definió, en competición con otros discursos autorizados, la «verdad del sexo» en aquel contexto. Y quería evaluar también las repercusiones sociales de aquella pretendida verdad, entre ellas, las derivadas del fortalecimiento de una categoría «mujeres» que acabaría siendo transformada en rebeldía por el feminismo. Me guiaba un interés no por las ideas, que como tales me interesaban muy poco, sino por aquellos discursos y visiones del mundo capaces de interpelar socialmente con éxito, capaces de construir identidades y forjar sujetos históricos. Para la tesis que realicé en la State University of New York, analicé casos judiciales y el debate social en torno a ellos. En esta ocasión, quería estudiar cómo evolucionaron en aquellos mismos años las expectativas de género a través de casos criminales. Ambas tesis estuvieron presididas por la misma preocupación sobre el efecto de los modelos de masculinidad en la vida de las mujeres. En aquel momento no concebí este enfoque como una historia de las masculinidades específicamente, sino como un aspecto de la historia de género. Esta visión evolucionaría con el tiempo. Pondré un ejemplo. En un principio, mi análisis del donjuanismo estuvo centrado en su relación con la responsabilidad paterna, la familia, el trabajo, el abandono de las madres solteras..., concediendo total protagonismo a la dimensión de género de aquel ideal masculino. En mi trabajo posterior volví al tema del donjuanismo y, sin restar importancia a esta dimensión de género, presté atención a otros aspectos del problema, como su papel en la construcción de la nación española. En realidad, ambas perspectivas, las de género y nación, se cruzaban en la práctica, pero los énfasis habían cambiado y, en la medida en que la masculinidad quedaba inserta en distintas relaciones de poder, la historia de las masculinidades dejaba de ser estrictamente una dimensión de la historia de género para adquirir una entidad propia.
Tras mi estancia en Estados Unidos, volví a la Universidad del País Vasco y, de la mano de José Javier Díaz Freire, me incorporé al equipo de investigación Experiencia Moderna, al que sigo perteneciendo y que ha sido siempre mi hogar intelectual. El grupo había asumido muy tempranamente la visión crítica del giro lingüístico y posteriormente adoptó el giro afectivo, si bien este último ha tenido un impacto más desigual entre nosotras y nosotros. He de decir que, en mi caso, la incorporación de ciertas inquietudes características del giro afectivo —como la evitación del peligro de idealismo— no me ha llevado a cuestionar el que considero peso decisivo de la cultura y el lenguaje en la construcción de las identidades y en la acción política. Así, la influencia de Butler, Foucault y Derrida me ha sido, y continúa siendo, fundamental, aunque con efectos distintos según el objeto de estudio. Si tuviera que resumir telegráficamente esta influencia, diría que Foucault ha representado para mí el recordatorio constante de que es necesario historizarlo todo, y pensar menos en las causas y más en las condiciones de posibilidad. Con respecto a Derrida, intento aplicar la sospecha sobre las categorías aparentemente inocentes por naturalizadas —una prevención crucial para la historia de género—. Por último, de Butler recupero sobre todo su explicación de cómo se construyen el género y la diferencia sexual, y recojo la preocupación por la dimensión performativa, en concreto, de los sujetos sexuados. Como cabría esperar, autoras como Denise Riley, Joan W. Scott y Anna Clark han sido referencias clave en mi investigación y tengo un interés creciente también por la teoría feminista latinoamericana. En definitiva, lo que más me ha venido preocupando estos años ha sido, por un lado, evaluar la capacidad explicativa del género en cada fenómeno estudiado y, por otro, analizar los significados de la diferencia sexual con mirada abierta.
Nos pedías en esta primera pregunta que destacáramos las que consideramos aportaciones más relevantes de nuestras investigaciones. No es una pregunta de fácil respuesta. Tal vez diría que, por un lado, he pretendido mostrar que los ideales de género no son producto directo y armónico de grandes cambios políticos y procesos estructurales. Soy crítica con los relatos históricos que tratan las relaciones de género como superestructura o como una derivación de la evolución política general. Relacionado con esto, he venido planteando que unas visiones de género no sustituyen a las anteriores, haciéndolas desaparecer, sino que a menudo unas y otras conviven, compiten, mutan y se recrean en cada nuevo escenario histórico. Por otro lado, he querido llamar la atención sobre la importancia del estudio de las masculinidades no solo en la historia de género, sino también en relación con otros procesos históricos. De forma que no sería posible explicar, en su complejidad, la formación de las clases, de las naciones o las culturas políticas sin tener en cuenta esta perspectiva. En tercer lugar, he intentado romper con la mirada binaria del género a través del estudio de figuras como la de Catalina/Alonso de Erauso, pero también, en los últimos años, a través de un acercamiento queer al corazón del orden sexual —y social—, con casos como el de las madrinas del Somatén o Pilar de Careaga. Últimamente me he centrado en el estudio de las condiciones de posibilidad del feminismo, fijándome no en los logros y conquistas, sino, sobre todo, en el proceso de creación de deseos y expectativas.
Mónica Burguera: En mi caso, diría que el interés por la historia de las mujeres y los estudios sobre el género fue intelectual antes que militante. Surgió de mis años de formación entre España y Estados Unidos a lo largo de los noventa y hasta principios del siglo xxi. Entre la licenciatura en la Universidad de Valencia en 1995 y la Universidad de Míchigan, en la que me doctoré en 2008, me centré en el siglo xix. Me interesaban la historia de las mujeres y los procesos de cambio que acompañaron al surgimiento de la sociedad y el Estado liberales, y la naturaleza excluyente y conflictiva de estos en torno a la feminidad. Desde luego, he abordado siempre el estudio de la construcción histórica de la diferencia sexual desde una perspectiva feminista, pero también como una estrategia crítica desde la que reenfocar el análisis histórico. Quienes empezamos a investigar en los noventa teníamos un contexto un poco más fértil, aunque muy lejos de los debates centrales de la disciplina histórica en España. Contábamos, entonces, con un conjunto valiosísimo de investigaciones pioneras que habían surgido desde dentro del feminismo de los años setenta y ochenta, en el que probablemente han participado directamente, aunque de forma diversa, Elena, Montse y Nerea. Ese empuje se había institucionalizado en torno a la Asociación Española de Investigación en Historia de las Mujeres. Parecía que nos encontrábamos en medio de un aparente desmantelamiento de los fundamentos epistemológicos tradicionales del conocimiento histórico. Como se desprende de las intervenciones de mis compañeras, la teoría y la crítica feministas en Europa, y sobre todo desde el mundo anglosajón, se iban convirtiendo en la punta de lanza de un profundo proceso de autorreflexión crítica. Yo me zambullí en este mundo, como probablemente hizo Nerea.
En Valencia había bebido de la renovación de los estudios políticos desde las tradiciones de historia social menos ortodoxas y la importancia de la cultura como constitutiva de las identidades sociales. En Estados Unidos me impregnaron la interdisciplinariedad y el auge del gran envite crítico y democratizador al calor del impacto de la tercera ola feminista y de las políticas de la representación en el mundo académico, de los estudios de género, culturales y poscoloniales. En Míchigan tuve la sensación de estar viviendo in situ ese debate abierto entre la historia social y la historia cultural que en gran medida tenía lugar sobre el terreno de juego del siglo xix europeo: W. Sewell, P. Joyce, G. S. Jones, entre otros, y, por supuesto, la propia Joan Scott. Trabajé con Geoff Eley y Sonya Rose, herederos directos del marxismo británico y del diálogo que este estableció con y frente a la historia cultural. Desde dentro de ese diálogo, comparto los referentes intelectuales de mis compañeras, que han forjado la historia del género a través de la lectura que Scott, Butler, etc., hicieron del posmodernismo, y que me parecen cruciales. Pero reivindicaría quizá la forma en la que historiadoras feministas británicas como Barbara Taylor, Carolyn Steedman o Catherine Hall han recorrido intelectualmente los desafíos críticos desde dentro de esas tradiciones de un marxismo humanizado y flexible centrado en la feminidad, la subjetividad y el cambio; también en el cuestionamiento de las fronteras en los procesos de construcción de la identidad moderna, de género, nacional, racial, global. La biografía, como a Elena, también me parece una estrategia analítica, organizativa y narrativa extraordinariamente interesante. Tal y como planteaban el propio E. P. Thompson y las historiadoras a las que me he referido y, en general, la llamada nueva biografía feminista, el pasado se nutre de múltiples historias de vida de personas reales en contextos reales. Creo que considerarlas como textos (móviles, múltiples, híbridos), como sugerirían los historiadores posmodernos, nos puede facilitar la posibilidad de comprender sus contradicciones, de explorar las diferentes formas en las que las mujeres, en concreto, representaron (en el sentido performativo de Butler) su feminidad en medio de una multiplicidad de «contextos discursivos» superpuestos y contradictorios en torno a la categoría mujer. Pero esta consideración analítica no puede hacernos olvidar la multidimensionalidad de las personas que estudiamos y que se sitúan en un contexto real, más allá de sus subjetividades discursivas, aunque tampoco fuera de estas.
En 2009 me reenganché a la Universidad española, con un contrato Juan de la Cierva en la Universidad de Valencia y en 2013 con otro Ramón y Cajal en la Universidad Nacional de Educación a Distancia. La investigación sobre el siglo xix ha seguido una evolución un tanto diferenciada y estrechamente ligada a los debates interpretativos sobre el periodo. Desde los años ochenta y noventa teníamos claro que la sociedad liberal había excluido a las mujeres de los espacios deliberativos de la nación y del conjunto de los derechos asociados a la ciudadanía moderna. Pienso, sin embargo, que, en parte, pesaba en exceso el esquema interpretativo que nos proporcionaba la potente concepción de un patriarcado organizado en torno a las esferas separadas y al culto a la domesticidad, que difuminaba las diferencias entre los modelos de la misoginia clásica y los de la feminidad liberal y moderna. Habíamos denunciado la institucionalización de la exclusión, pero nos costaba explicar las claves del cambio en relación con las concepciones liberales del género, con los procesos de construcción de subjetividades femeninas diversas en conflicto y alternativas entre ellas. Se podía trazar una evolución sin solución de continuidad entre la feminidad contrarreformista del siglo xvii y la decimonónica, en la que el pensamiento ilustrado sólo había fijado la diferencia y la exclusión femenina.
Creo que mi principal contribución ha sido la de profundizar en el análisis de los momentos de cambio y continuidad en relación con la formación de las feminidades y los feminismos modernos a lo largo del segundo tercio del siglo xix en el que se estabiliza la sociedad liberal. Bebiendo del trabajo de Mónica Bolufer, Isabel Burdiel, Gloria Espigado o María Cruz Romeo, sobre todo, he tratado de plantear un marco interpretativo dinámico y complejo en torno al legado ilustrado y a la centralidad del género en la conformación de la sociedad contemporánea. Los años en los que se estabilizó la ruptura liberal fueron muy importantes desde el punto de vista de la construcción de categorías de identidad modernas, de clase, género, nación, tal y como estaban circulando por Europa. Las reelaboraciones liberales de modelos de feminidad heredados, como los de la «mujer ilustre» o excepcional, la «mujer reformadora», de carácter puramente ilustrado, o la «mujer trabajadora», alimentaron la formación de los nuevos modelos de feminidad doméstica que se fueron forjando a lo largo de las décadas centrales del ochocientos. Estos no repetían los tipos de la misoginia clásica, más bien se rearticulaban frente a ellos. Las diferentes culturas políticas posrevolucionarias resituaron a las mujeres en el centro de sus diversos proyectos nacionales, como símbolos de modernidad. Ellas mismas se resituaron en el centro y en los márgenes del nuevo sistema liberal.
Sofía Rodríguez Serrador: Mi primera aproximación a la historia de las mujeres y a la historia de género fue académica. Cuando en los primemos años 2000 cursé la licenciatura de Historia, ambas estaban consolidadas en la práctica historiográfica del país y estaban presentes en asignaturas como Historia de las Mentalidades e Historia Social, y, sobre todo, en Tendencias Historiográficas. En aquellos años predominaba, o al menos así lo recuerdo, una perspectiva propia de la historia contributiva —también muy necesaria—. En el marco del máster de investigación creció mi interés por los estudios de género. Durante el doctorado, gracias a mis directores de tesis, Elena Maza y Jesús María Palomares, entré en contacto con Josefina Cuesta y me integré en dos de sus proyectos de investigación, orientados al estudio de las mujeres en la universidad.
En mi tesis, defendida en 2017, abordé la interacción entre los regímenes políticos y los entornos educativos preuniversitarios durante la Segunda República, la Guerra Civil y el primer franquismo. Analicé cómo los centros educativos religiosos habían propiciado la configuración de una identidad político-religiosa antirrepublicana. Unas identidades políticas que, aun siendo difusas en ocasiones, influyeron en la militancia de sus estudiantes e implicaron también notorias manifestaciones de violencia política. Aunque estudié el impacto de los cambios educativos en las alumnas que tenían acceso a la segunda enseñanza, mi trabajo no se enmarcaba inicialmente en la historia de género. Sin embargo, una de las líneas investigadoras que abrí en ese momento —la conflictividad y las identidades políticas en el marco educativo— me ha conducido al estudio de las identidades femeninas en los años 1920 y 1930, y la conflictividad política protagonizada por las mujeres en estas décadas. Unas identidades políticas que enfrentaban progresivamente el ideal de la «mujer republicana» con el de la «buena católica/buena española» defendido por las derechas. Estos discursos influyeron en una movilización política femenina no exenta de conflictividad, con enfrentamientos violentos en mítines o durante los propios comicios.
Entiendo como una transición lógica pasar de analizar lo político en el ámbito educativo católico a las identidades políticas de las católicas en la Segunda República. Había estudiado los discursos y mecanismos de resistencia de los entornos educativos religiosos ante la legislación secularizadora y cómo la «guerra escolar» fue instrumentalizada por la derecha católica antirrepublicana con finalidades políticas, especialmente electorales. De este contexto nace mi interés por analizar el papel político de las católicas. En el momento en que la Segunda República reconoció el sufragio femenino, los partidos políticos buscaron la forma de capitalizar su voto, pero las católicas también manifestaron aspiraciones propias.
Parte del bagaje académico desarrollado durante la tesis avivó mi interés en reflexionar sobre los elementos que definían y configuraban la identidad femenina de la «moderna» universitaria y su vinculación con el feminismo y la política. También la relación de la educación y el trabajo de las mujeres con las narrativas sobre su papel social. Temas que trabajo actualmente en una segunda tesis doctoral —específicamente de género—, iniciada hace no mucho y vinculada al Instituto Universitario Estudios de la Mujer de la Universidad Autónoma de Madrid. El género me llevó también a la historia cultural como vía para explorar la configuración de las identidades y las genealogías, así como la construcción de memorias colectivas femeninas en las sociedades contemporáneas.
Siendo sincera, me resulta bastante difícil señalar cuáles son mis aportaciones más relevantes. Quizá destacaría el análisis de los espacios de convergencia entre los diferentes ideales femeninos de los años veinte y treinta, especialmente en el ámbito educativo y político, una cuestión que he abordado a través del asociacionismo universitario de las mujeres, las agrupaciones feministas/femeninas y la acción colectiva que desarrollaron. También mediante el análisis de la literatura escrita por mujeres feministas. Ante la eclosión del movimiento feminista de los años veinte en España, y la extensa producción cultural que antecede, acompaña e impulsa sus demandas, empecé a reflexionar sobre los cambios en el papel de las mujeres en la sociedad decimonónica finisecular. Así, en mis investigaciones más recientes me ha interesado abordar la vinculación entre el modelo de mujer finisecular y la mujer moderna de los años veinte y treinta. Me he preguntado si son similares los mecanismos de (re)construcción y difusión de las nuevas feminidades, si comparten objetivos o activan estrategias semejantes en su contra.
Sergio Blanco Fajardo: Resulta difícil reflexionar sobre esta cuestión al leer las trayectorias intelectuales y académicas de las compañeras, que son maestras, e incluso maestras de maestras. Sin embargo, entiendo que la virtud de mi corta experiencia reside en desvelar, desde ese arco generacional, otras perspectivas. En mi caso, la relación con la categoría de género está muy alejada de contextos convulsos y de luchas como las que pudieron advertir Elena y Montserrat. Sí está ligada a mi etapa como estudiante de Historia en la Universidad de Málaga. En el segundo curso, en 2010, de entre las asignaturas de libre configuración, despertó mi atención aquella Historia de las Mujeres en la Contemporaneidad que, por desgracia, hoy día ha desaparecido. La impartía quien llegó a ser al poco tiempo la directora de mi trabajo de fin de máster, luego de tesis y, de forma indeleble, mi maestra y amiga, María Dolores Ramos Palomo. Con sus clases magistrales logré comprender la existencia de «otra» historia que no aparecía en los manuales. Esta experiencia fue el punto de arranque de mi acercamiento a la teoría feminista, a los feminismos en general, que por aquella década coincidían con la emergencia de lo que se puede denominar la cuarta ola.
Me gustaría relacionar esta última idea con una estancia de investigación que realicé en 2017 en la Universidad de Cuyo, en Mendoza (Argentina). En esta etapa comencé las lecturas de autoras como Rita Segato o Marcela Lagarde, entre otras. Observando el rico activismo de las profesoras del grupo de investigación en el que permanecí aquellos meses, comprendí la responsabilidad que asumían con la situación de las mujeres en su país y la voluntad a la hora de robustecer los movimientos feministas.
Me interesa destacar, al hilo de lo que comentaban las compañeras, esa relación historiográfica que nos ha llevado a introducirnos teóricamente en los estudios de género y que, por el grado de coincidencias —predecibles—, parece que hablamos de una égida en torno a la cual hemos construido nuestro andamiaje intelectual. Los trabajos de Scott y Foucault generan interesantes intersecciones entre las relaciones de poder y el género. Lecturas, ambas, que conformaron una primera aproximación historiográfica, ampliadas poco después con aquel novedoso término de la performatividad que planteó Judith Butler. Este último nutrió mis primeras investigaciones sobre las representaciones femeninas durante el franquismo. Para la confección del entramado teórico de mi tesis doctoral, debo citar también a autoras como Carole Pateman, en esa misma línea que apuntaba Elena, de releer a las teóricas que cimentaron conceptos recurrentes hoy día en nuestras investigaciones. En este sentido, teorías centrales como las que apuntalaron Kate Millet o Monique Wittig son, más que referentes, una base fundamental sobre la que pensar nuevos enfoques para nuestros estudios.
En referencia a lo que comentaba Mónica, me gustaría relacionar ese afluente desde el marxismo con mi acercamiento a la obra de Teresa de Lauretis, que posteriormente permitió, al abordar los estudios de la teoría de la comunicación, ese encuentro con las investigaciones de Ien Ang. Las aportaciones sobre las construcciones de género, y en concreto los estudios sobre la masculinidad de Nerea Aresti, han sido relevantes a la hora de esbozar el modo en el que se inscriben estas relaciones en una dimensión cultural. Elena ha mencionado a Ginzburg y creo que su microhistoria, ciñéndonos a ese marco historiográfico en el que nos fuimos aproximando a los conceptos y las teorías de género, ha marcado nuestros trabajos. Hago alusión con ello a mi generación, que, además, ha asumido otras tendencias o giros historiográficos como el que produjo la historia cultural, lo lingüístico y la propia historia de género. En esta coyuntura es donde se inserta la elaboración de mi tesis doctoral, con la que profundicé en esa relación entre el medio radiofónico y las mujeres durante el primer franquismo. En ella intenté mostrar cómo las mujeres tomaron, en un ejercicio de agencia, estos espacios radiofónicos para, a través del envío de sus misivas a la redacción de la cadena, al amparo de ese paraguas del anonimato, revelar discursivamente actitudes y conductas disconformes, indisciplinadas, que abrieron una negociación con los rígidos esquemas de género franquistas y que podemos tildar de transgresoras.
En 2022, gracias a la obtención de un contrato posdoctoral, me trasladé a la Facultad de Letras, Ciencias del Lenguaje y Arte de la Universidad Lyon 2. En estos dos años continué con los estudios radiofónicos, aunque esta vez me centré en la emigración económica española a Francia durante los años sesenta. A través de las emisiones en español de la Radiodifusión Televisión Francesa, he abordado el campo de lo experiencial para hablar sobre cómo estos discursos tejieron una cultura híbrida con el objetivo de favorecer la integración de estas comunidades. Estas últimas las podemos definir como transnacionales, y con ello quiero subrayar la adquisición de este nuevo enfoque en el marco teórico de mis trabajos. Al mismo tiempo, concebir la emigración como una experiencia emocional me ha conducido a explorar los cambios en la construcción de las subjetividades, en la modificación de actitudes y, también, en los modelos de género que españolas y españoles acarreaban en su bagaje de partida.
AYER: Hemos hablado hasta aquí sobre vuestras aportaciones a distintas temáticas y debates historiográficos, aportaciones que se han desplegado en áreas muy diversas y que han sido ampliamente difundidas a través de numerosas publicaciones, presencias en congresos, conferencias, actividades docentes y de divulgación. Querría que pudiéramos valorar ahora en qué medida estas aportaciones, además de ser ampliamente conocidas y reconocidas por su relevancia, han logrado abrir brechas transformadoras en las narrativas historiográficas clásicas. Y cuáles serían las más relevantes.
Elena Hernández Sandoica: Quisiera creer que, en pequeña medida, mi interés por destacar el valor teórico y metodológico de perspectivas nuevas en los modos de escribir la historia sí ha tenido un reflejo —siquiera sea modesto— en la forma de abordar nuestro trabajo por parte de historiadores e historiadoras que han venido después. Así podría indicarlo el número relativamente alto de citas que mis reflexiones sobre el género y la historia de las mujeres han recibido y siguen recibiendo por parte de jóvenes en España, América Latina y Portugal. Pero de ahí a pensar que haya alentado «brechas transformadoras», como dices, creo que hay mucho trecho... Y, en cuanto a mi acercamiento a la biografía con una mirada que pretendo realista y desmitificadora, a la vez que conscientemente «situada», emplazada, no tengo aún constancia clara.
Montserrat Duch: Pues, la verdad, y siendo muy sintética, creo que el interés historiográfico por mis/nuestras aportaciones sobre el operativo del sistema de género me parece escaso. Creo que predominan aún las «líneas paralelas».
Nerea Aresti: La historiografía ha cambiado mucho en las últimas décadas y hoy es posible afirmar que la historia de las mujeres y de género ha logrado imponer su presencia en la disciplina. Lo que hace cuarenta años era posible, incluso común —ignorar el hecho de que las mujeres tienen historia—, ha dejado de serlo. La inclusión de la perspectiva de género o de cuestiones relacionadas con las mujeres en proyectos más generales, sin ser mayoritaria, ya no es una rareza y en determinados ámbitos existe una creciente preocupación por fomentar la presencia de mujeres en distintas instancias académicas. ¿Ha conseguido este cambio incipiente alterar la narrativa histórica en su conjunto? Pienso que no o, al menos, no suficientemente. La tendencia ha sido la de generar una narrativa paralela que, aunque conectada con la historia denominada general, no logra permearla. Una cosa es convivir con la historia de género y otra asumir que todos los fenómenos históricos están atravesados por esta relación de poder. Lógicamente, las relaciones de género no siempre tienen la misma capacidad explicativa. Depende de qué cuestión se trate y, como señalaba antes, saber determinar su relevancia en cada caso concreto es un reto en sí mismo. Pero, lamentablemente, fenómenos históricos que están rotundamente atravesados por el género continúan siendo analizados a espaldas de esta perspectiva, con la convicción, en el mejor de los casos, de que esa dimensión del problema ya será abordada por las compañeras dedicadas a «esas cosas». Como siempre, lo importante no es hacer un tipo de historia u otro, sino hacer buena historia, y algunas historias no pueden ser buenas si ignoran claves interpretativas fundamentales para el análisis.
El desarrollo paralelo de la historia de las mujeres y de género tiene mucho que ver también con cómo se ha conformado este ámbito de estudio, desde sus orígenes hasta la actualidad. Lo que sí parece claro es que esta coexistencia en paralelo priva tanto a la historia de género como a otros campos historiográficos de una mayor comunicación e intercambio de ideas. Desde luego existen también experiencias positivas en este sentido. Por citar un caso que me es cercano, el estudio histórico de las masculinidades me ha permitido acercarme a especialistas en historia política interesadas e interesados en este tipo de renovación historiográfica. Considero que esta confluencia ha sido positiva para quienes hemos participado en este proceso de enriquecimiento mutuo.
Mónica Burguera: El conjunto de la historiografía feminista española ha realizado un ejercicio muy interesante de autorreflexión y de reescritura, al tiempo que iba creciendo como campo de investigación. Sin embargo, los estudios sobre las mujeres y el género asociados a la construcción histórica de la feminidad y la masculinidad en esta tercera década del siglo xxi siguen sin formar parte de los debates troncales de la disciplina histórica en España. En el campo de los estudios sobre el siglo xix, resulta políticamente correcto e incluso académicamente necesario «añadir» una perspectiva de género a cualquiera de las cuestiones centrales de un proyecto o congreso. Pero se consideran mayoritariamente problemáticas paralelas, apéndices a las cuestiones de fondo sobre la formación de la sociedad y el Estado liberales, la organización del mundo del trabajo, el surgimiento de los partidos políticos o los retos de la sociedad de masas. No parece fácil superar la profunda concepción de su relevancia como «complemento» de la Historia con mayúsculas. Es difícil cuestionar que la historia de las mujeres «completa» la visión de una época, pero no tanto que esta transforma la interpretación de sus procesos de cambio y continuidad. En gran medida se trata de una cuestión de poder, pero lo considero también un reto en el que debemos implicarnos quienes investigamos sobre el pasado de las mujeres y apostamos por la centralidad del género en los procesos históricos. Para abordarlo, debemos reconocer, por una parte, que el reticente pero significativo impacto teórico y la difusión de este como herramienta analítica que ha caracterizado la historiografía de las dos últimas décadas han supuesto un revulsivo: por su carácter relacional y por abrir la puerta aquí en España a los estudios sobre las masculinidades, de la mano fundamentalmente de Nerea Aresti. En la investigación sobre el siglo xix se están forjando conexiones analíticas extraordinariamente valiosas. La problematización interrelacionada de las perspectivas de género con otras corrientes y otros giros interpretativos recientes, como la historia biográfica, la reevaluación del carácter social de las emociones, la modernidad religiosa o la construcción de la nación en un contexto transnacional, imperial, global, muestra el sentido de la penetración de la reflexión feminista hasta el corazón de la disciplina. Solo en la medida en que seamos capaces de mantenernos en este reto de entrelazar las preguntas del feminismo con las de otras perspectivas críticas, y de renovar, así, nuestras preguntas y problemas historiográficos, seguiremos forjando un terreno fértil para la escritura de una historia progresivamente inclusiva y consciente de la diferencia sexual.
Sofía Rodríguez Serrador: Me parece que todavía no se ha explorado suficientemente la conexión entre el proceso de cambio abierto a finales del siglo xix y el siglo xx, a pesar de que diversas investigaciones han insistido en la vinculación entre el arquetipo de nueva mujer y la mujer moderna. Una vinculación entre estos modelos se observa en las narraciones literarias y en los discursos feministas que afectan al significado y la interpretación de lo que la sociedad entiende por «mujer», por la emancipación femenina y sus derechos. La triple reivindicación de educación, trabajo y derechos políticos influyó en la actuación de los Gobiernos y la ciudadanía, que dio diferentes respuestas en diferentes momentos. Esa triada comparte rasgos y argumentario —a favor y en contra— en el siglo xix y en el xx. Las demandas que en la sociedad decimonónica podían resultar novedosas se transformaban en históricas, décadas después, integrándose en el repertorio de objetivos necesarios y urgentes para elevar la situación social femenina. Estas cuestiones condicionaron el debate social y hasta la actividad legisladora de los Gobiernos del siglo xx. Como señalaba Nerea, no es una cuestión de que la historia de género sea una perspectiva que se puede incluir en el análisis histórico. Es que el género atraviesa los fenómenos históricos. No podemos dejar de insistir en la necesidad de un análisis que integre el género y que señale cómo el ejercicio de mayores cotas de autonomía femenina provocaba que se desplegaran dinámicas de resistencia. Por ejemplo, mediante la construcción de una narrativa de la feminidad correcta/incorrecta que se aprecia en la prensa y que empleaban intelectuales y políticos. O también a través del desarrollo de normas legales que controlaban y limitaban la actuación femenina. A su vez, estos mecanismos coercitivos generaron estrategias en su contra. Pero también la presión por la emancipación femenina encontró, en determinados momentos, un eco positivo en la acción de los Gobiernos. De este modo, el estudio de las diversas identidades femeninas y su comparación con la creciente actuación pública de las mujeres —ya sea en el ámbito intelectual, laboral o político—, con los discursos antifeministas que se desarrollaron paralelamente y la legislación específicamente orientada a las mujeres, pueden abrir nuevos temas de investigación. Y, sobre todo, permitirían integrar el género no en una narrativa histórica paralela, sino como un elemento fundamental en el análisis de las relaciones de poder en las sociedades. Ahora bien, creo que es pronto para apreciar si mis modestas aportaciones y las de investigadoras de más larga trayectoria que la mía trabajando en esta dirección tienen o tendrán capacidad transformadora.
Sergio Blanco Fajardo: Responder a este tipo de cuestiones es complicado dada mi breve trayectoria. Para comenzar, coincido plenamente con lo que señala Mónica. Creo que la historia de género y la de las mujeres han demostrado ser, durante estas últimas tres décadas, uno de los campos historiográficos más prolíficos en todos los sentidos, desde el incremento de trabajos que tendían nuevos paradigmas y conceptos, hasta la creciente interdisciplinaridad que ha caracterizado esta categoría que aquí abordamos y que manifiesta esa gran facilidad para aliarse con otros enfoques y disciplinas. Pienso que debemos reconocer todas aquellas aportaciones —indispensables— que ha realizado a la historiografía. Por citar algún ejemplo, permitidme que extraiga un caso en el propio marco de la AHC. Recuerdo mis primeras asistencias a los congresos de la AHC en torno a 2015. Las mesas que integraban una temática de género eran escasas, por no decir que apenas existía una o a lo sumo dos de entre alrededor de una treintena de propuestas científicas. En las últimas ediciones hemos visto cómo se han multiplicado reflejando una mejor situación, o quizás una mayor aceptación del mundo académico. No obstante, secundo a las compañeras cuando han señalado que el género debe ser una categoría sustancial y transversal, tanto desde una perspectiva historiográfica como también feminista —creo que la tesis de Gerda Lerner lo deja bien claro—, y no un apéndice adicional u optativo. Actualmente esta ausencia se deja sentir en las comunicaciones y propuestas de otras mesas que abordan temáticas alejadas de los estudios de género. De nuevo, en esta última edición del congreso de la AHC celebrada en Logroño, una de las compañeras que coordinaba la sesión en la que participé tuvo que señalar ese desinterés en muchos de los trabajos que allí se expusieron.
Sería interesante trasladar estas cuestiones hacia el terreno de la docencia. En este campo nos situamos de nuevo ante retos similares. Ahora el alumnado recibe con inquietud un tipo de enseñanza dinamizada por una perspectiva de género, pero, al hilo de las expresiones de desconocimiento que se generan en el aula sobre muchos aspectos de las experiencias femeninas a lo largo de la historia, presiento que queda todavía mucho trabajo hasta cimentar este «otro» relato en las programaciones de las asignaturas. En la mayoría de los casos, este asunto queda en manos del esfuerzo individual de la persona docente que, en ocasiones, debido a que tampoco existe una cantidad de manuales o materiales que faciliten esta actividad, acaba posponiendo esa doble tarea hasta que la carga de trabajo disminuya —en el mejor de los escenarios—. Esta problemática genera en el alumnado, al mismo tiempo, un efecto de velado o invisibilidad en la elección, para trabajos de TFG y futuras tesis doctorales. Mi propio ejemplo, en el que sí tuve la suerte de tener a una maestra experta en este terreno, contrasta con el de las compañeras que encontraron este camino por su propia cuenta. Sin duda, espero que también sirva para resaltar la relevancia que tiene su aplicación en el aula y cómo influenciará a las nuevas generaciones de investigadoras e investigadores.
AYER: Pasando ahora a examinar estas cuestiones desde la perspectiva de la AHC, ¿cómo valoran la recepción que han tenido la historiografía feminista y los estudios de género en los procesos de renovación teórica y metodológica de la Asociación y qué podría hacerse para otorgarle mayor centralidad?
Elena Hernández Sandoica: Desde el punto de vista colectivo, se ha convertido ya en lugar común celebrar los cambios y transformaciones que, en tres o cuatro décadas, se han hecho visibles. Solemos evocar cómo se ensanchan y hacen más complejas —y mestizas— las metodologías que empleamos y cómo los enfoques teóricos de los feminismos y otras inspiraciones filosóficas convergentes iluminan las relaciones de poder entre los sexos. También cómo las fuentes se amplían y diversifican, interaccionando entre sí para responder a preguntas nuevas, hechas desde «lugares» diferentes y con otras miradas e intereses distintos... La puesta en valor de esas herramientas y esos esfuerzos de interrogación diferenciados constituye, a mi juicio, un aspecto crucial en la extensión generalizada de los enfoques que se relacionan con el género o, al menos, lo tienen en cuenta.
Con todo, creo que la AHC ha sido más bien lugar de recepción que de impulso de esos cambios, al menos hasta cierto momento, avanzada ya la década de 1990. Cuando la Asociación se fundó en 1988 —y me asocié a ella desde el principio—, no creo que estuviera entre sus objetivos albergar de manera especial los estudios de historia de las mujeres, y mucho menos de género, sino conceder un estatuto teórico y metodológico más elevado al colectivo de contemporaneístas, que se organizaba como tal y potenciaba una «nueva» historia social. En la revista Ayer, fundada tres años más tarde, no apareció un dosier sobre mujeres o género hasta 1995 (número 17), de la mano de Guadalupe Gómez-Ferrer. Para entonces era relativamente visible, sin embargo, la publicística sobre historia de las mujeres impulsada por el feminismo principalmente, y empezaba a verse albergada en otras revistas, como Historia Social, que apareció pronto, en 1988; Historia y Fuente Oral, que nació en 1989, e incluso aleatoriamente en revistas que llamábamos «de departamento». Por supuesto, específicamente en Arenal, desde 1994, y a través de la puesta en marcha de la AEIHM. Mi impresión es, por tanto, escasamente optimista, pero quizá sea necesario dar unos datos.
Pienso que, si bien es cierto que a mediados de los años noventa los congresos de la Asociación y la revista Ayer comenzaron a dar cuenta de la acogida del término género, y de su práctica, solo a la altura de 2003 está ya clara esa presencia —anunciada algo antes por una revisión historiográfica del anarquismo español a cargo de Susanna Tavera, en 2002—, con el dosier sobre historia del género y la ciudadanía femenina que coordinó Anna Aguado en 2003, reforzado dos años después con otro, «República y republicanas en España» (número 60, 2005), que contó con la participación de Susanna Tavera, Gloria Espigado, María Dolores Ramos, la propia Ana Aguado, Luz Sanfeliu, Mónica Moreno... A partir de ahí fueron visibilizándose en Ayer otras historiadoras, o insistiendo en la publicación las anteriores. Entre ellas, Mónica Burguera, María Pilar Salomón, Teresa María Ortega, Inmaculada Blasco... y María José Vilar, que introdujo la dimensión de género en un texto sobre mujeres españolas emigrantes a Libia.
Sea como fuere, lo cierto es que, en 2005, 2006, 2008, 2010, 2012, 2013, 2014, 2015, 2016, 2017, 2020..., por lo menos, pueden encontrarse artículos o dosieres sobre historia de las mujeres, sobre el género o las relaciones de género, una pequeña parte de ellos escritos por varones, que se van incorporando poco a poco a los estudios de género.
Montserrat Duch: Un mayor diálogo entre historia de género e historia contemporánea requiere una socialización en la ruptura epistemológica que significa el concepto de género. Sin lugar a dudas, la AHC ha contribuido al proceso de normalización en el mundo académico. Especialmente a través de Ayer, la principal revista indexada en nuestra especialidad en España. El análisis de género en artículos y dosieres revela un 30 por 100 de aportaciones de mujeres, aunque menor sobre el género como pauta analítica. No son tiempos para la épica historiográfica ni de la clase ni tampoco del género, pienso. Tal vez se podría hacer más en cuanto a las convocatorias de proyectos del Ministerio que, por ejemplo, en la de 2023 ha planteado como mérito si «la propuesta de investigación contiene dimensión de género», lo que supone, efectivamente, un avance, mientras en el apartado dedicado a su impacto incluye «la dimensión de género o asociado al ámbito de la discapacidad y otras áreas de inclusión social». Sin comentarios.
Nerea Aresti: Pienso que la AHC y la revista Ayer son un buen ejemplo de lo que comentaba más arriba acerca de la creciente preocupación en algunas instancias académicas por impulsar la presencia de mujeres. El cambio en este sentido ha sido notorio y no casual, y es también, desde luego, un motivo de gran satisfacción ver actualmente a la cabeza de la asociación y de la revista dos historiadoras de tanta valía como Carme Molinero y María Sierra. Y que conste que no lo hacen tan bien por ser mujeres, sino porque se les ha permitido poner su talento al servicio de estos proyectos a pesar de ser mujeres. Por otro lado, la AHC y la AEIHM son también un claro ejemplo de ese caminar en paralelo de la narrativa histórica general —pero parcial— y la creada desde la historia de las mujeres y de género. Estoy totalmente de acuerdo con Mónica en que el objetivo final es la incorporación a la disciplina de la historia de dimensiones críticas como la de género, no tanto la creación de espacios al margen. De hecho, parte de la responsabilidad de este desencuentro al que vengo aludiendo ha sido la propia evolución de la historia de las mujeres, que ha tendido a buscar sus propios marcos de reflexión, debate y organización. Sin embargo, debemos reconocer que unir fuerzas en un contexto hostil es una estrategia de supervivencia a veces inevitable y que, lamentablemente, no puede ser sustituida por la simple voluntad de influir sobre el conjunto. Este reunir fuerzas para crecer y constituirse en polo de referencia historiográfica ha sido necesario y continúa siéndolo. Pero pienso que estamos ya en condiciones de plantearnos también retos más ambiciosos y que son muchos los pasos que se pueden ir dando en un sentido de mayor confluencia. Por su parte, la AHC tiene ante sí el reto de incorporar más decididamente la perspectiva de género en sus congresos y debates.
Mónica Burguera: Me resulta difícil evaluar el papel de la AHC en la renovación metodológica a la que nos hemos ido refiriendo en conexión con el potencial impacto de la historiografía feminista en la disciplina en su conjunto. Sin duda me parece que ha sido la AEIHM la que ha generado los espacios de encuentro y estímulo de la investigación, ocupando un espacio fundamental y exclusivo a lo largo de estas dos últimas décadas en las que se ha prestado más atención al campo de los estudios feministas, probablemente a medida que las mujeres han ido progresando en los cargos académicos, en los procesos de selección, en la asociación misma. Mi mirada es ajena a la AHC y me doy cuenta de que también en ella se ha sido progresivamente más receptivo con la publicación de algunos números monográficos, con iniciativas como el debate publicado en 2016 o con este nuevo espacio para la discusión y la autocrítica. Solo puedo decir que el reto me parece no tanto generar espacios propios para los estudios sobre las mujeres y el género como la incorporación a la disciplina de una dimensión de análisis crítica y central al conjunto de los procesos históricos de continuidad, conflicto, resistencia y cambio.
Sofía Rodríguez Serrador: Mónica apuntaba en su respuesta cómo la AEIHM ha impulsado los espacios de debate en este campo. Creo que todos coincidimos en su apreciación, porque sin su tarea los estudios de historia de las mujeres y de género probablemente no hubieran alcanzado el desarrollo y la vitalidad de la que gozan. Quizá la valoración que puedan hacer las compañeras pueda ser más completa que la mía, pues sus trayectorias son más amplias. Como han señalado Elena y Monserrat, se ha realizado un esfuerzo por incorporar estos estudios a la renovación teórica y metodológica, especialmente en la última década. El último congreso de la AHC contó con varias mesas dedicadas específicamente a la historia de las mujeres y de género, y también han ido en aumento.
Sergio Blanco Fajardo: Para abordar esta cuestión quiero mostrar de nuevo mi acuerdo con las palabras de Mónica: las dificultades para medir la labor realizada por la AHC en estos procesos. Máxime cuando no nos referimos, como es el caso de la AEIHM, a una asociación especializada en estas cuestiones. Quizás esa recepción la hemos podido observar en la elección de los cargos de la asociación, donde encontramos, en la junta directiva actual, nombres como el de su presidenta Carme Molinero, a la que la siguen María Sierra, Pilar Toboso o Inmaculada Blasco, compañeras cuyos trabajos en el campo de los estudios feministas, la historia de género y de las mujeres son reconocidos. Esta presencia simbólica junto con las publicaciones a las que hacía referencia Mónica y la creación del Premio de Investigación Mary Nash creo que son cambios significativos. Sin embargo, retomando de nuevo a la AEIHM, quizás esta puede ser un espejo en el que mirarse. Los espacios de encuentros, de investigación, de debates historiográficos y metodológicos creados bajo el amparo de sus actividades —el hecho de haber sido una catalizadora de estos avances— pueden también ser recogidos como un modelo de partida para la AHC. Se me ocurre, al calor de las últimas propuestas aparecidas en los congresos de la asociación para abrir nuevas conversaciones e integrar a diversas generaciones en los entresijos de este oficio, confeccionar un segundo evento, este de menor envergadura, bianual también, donde se puedan recoger otras cuestiones metodológicas e historiográficas, en definitiva, otros diálogos alternativos a la actividad, más clásica, de presentación de comunicaciones y conferencias temáticas. Creo que se lograría abundar sobre estas reflexiones que estamos recogiendo y, por supuesto, la historia de género debería estar presente, de manera transversal, en el planteamiento de cada uno de estos eventos. Además, insisto en la aportación, como aquí se está demostrando, de una visión intergeneracional como aspecto fundamental de cualquier planteamiento establecido.
AYER: Por último, y con respecto a las desigualdades en la carrera académica, ¿qué pensáis que cabría hacer desde la AHC?
Elena Hernández Sandoica: Responder a esta pregunta me obliga a mirar atrás, nada menos que a lo largo de cincuenta años casi; demasiado tiempo para un análisis productivo... Claro que las condiciones para el acceso y la estabilización de las mujeres en la profesión han variado sustancialmente desde que yo me incorporé al profesorado de la UCM como becaria y encargada de curso a la vez desde el curso 1976-1977. Por poner un ejemplo, hay que pensar que, entre las historiadoras que participaban en la revista Ayer en los años noventa (muy pocas, como dije), solo una de ellas, Teresa Carnero, de la UV, era catedrática cuando publicó su dosier. La primera década del 2000 marca, a mi juicio, un giro importante, muy visible a partir de los procesos de habilitación y acreditación. Creo, sinceramente, que quienes participamos de un modo u otro en su puesta en marcha tratamos de corregir desigualdades, igual que en los procesos de evaluación de la investigación. Sigue habiendo, con todo, desequilibrios y dificultades, pero creo que, ahora mismo, residen más en la base de la pirámide que en su cúspide.
Montserrat Duch: Desde una perspectiva distinta a la planteada por Elena, querría aprovechar para expresar mi preocupación por la progresiva masculinización del estudiantado de grado, máster y doctorado en Historia Contemporánea. La ilustrativa gráfica de tijeras que tanto hemos empleado para ejemplificar el «techo de cristal» se manifiesta actualmente, en mi opinión, de manera preocupante. El paso del tiempo por sí mismo no favorece la equidad de género. Se precisan medidas de acción positiva en el ámbito asociativo, editorial y académico. Analizar las claves explicativas del relativo alejamiento de las mujeres de nuestra área de conocimiento requiere pensar históricamente el proceso y atender al desarrollo de algunas tendencias que podrían estar relacionadas con ello (androcentrismo historiográfico, preeminencia de la historia política...). Así pues, tenemos por delante un apasionante campo de investigación sobre el acceso y la permanencia de las mujeres en los departamentos de historia.
Nerea Aresti: En este sentido, señalaría dos cuestiones. Primero, que, cuando existen desigualdades y prejuicios de fondo, los sistemas más objetivos y anónimos benefician a quien está en una posición de desventaja. La Universidad es una institución de tradición endogámica y con mucha solidaridad masculina corriendo por sus venas, por lo que ese giro producido en la primera década del 2000 del que nos habla Elena realmente consiguió corregir desigualdades. Yo, por ejemplo, pude beneficiarme de la convocatoria de habilitaciones en 2007 tras años de precariedad. La otra cuestión sobre la que quería llamar la atención es el modelo de carrera académica que se ha impuesto —muy basado en la movilidad previa a la estabilización y en una rígida continuidad temporal—, que resulta incompatible con la conciliación familiar en el caso de las jóvenes —en ocasiones no tan jóvenes— que deciden, por ejemplo, tener descendencia. Conozco excelentes investigadoras que han tenido literalmente que elegir entre una cosa y la otra, y eso no debería ser así. El margen de maniobra es bastante más amplio. Tener estos problemas en mente es responsabilidad de toda la profesión.
Mónica Burguera: Suscribo los comentarios y preocupaciones de mis compañeras, así como los interrogantes sobre la masculinización del alumnado. Me preocupa especialmente la cuestión que en parte ha planteado Nerea sobre la carrera académica y los obstáculos invisibles con los que se encuentran las investigadoras. No solo la movilidad y la rigidez temporal, que marcan diferencias a menudo insalvables. También la sensación de que, en el clima tan competitivo en el que se están renovando los departamentos de historia, la calidad parece medirse en términos exclusivamente cuantitativos y de productividad acorde a índices de calidad desdibujados. Me parece extenuante no solo, pero especialmente, en el caso de las mujeres. Yo misma me beneficié de la creación de los programas Juan de la Cierva y Ramón y Cajal de reinserción en la Universidad española en 2008 y 2012, cuando di a luz a mis dos hijos. Desde las diferentes comisiones de contratación en las que he participado, me pregunto si hubiera sido capaz de resistir los ritmos de productividad y el perfil cuantitativo de quienes estamos evaluando. Me parece fundamental que la Asociación se implique abierta y contundentemente en contra de procesos de selección que tergiversan los criterios de excelencia, deshumanizan la investigación y la docencia, y fomentan la desigualdad de género.
Sofía Rodríguez Serrador: La deuda con las investigadoras que nos abrieron camino en la investigación, en la docencia y en el liderazgo de líneas y proyectos, en el espacio de las cátedras y en las labores de dirección y gestión es innegable; gracias a ellas las generaciones jóvenes estamos en mejor situación. Mi trayectoria es un ejemplo de ello. La finalización de mi etapa predoctoral llegó en un momento en que se reabrían oportunidades para la consolidación después de años de precarización a causa de las políticas institucionales desarrolladas, que llevaron a la exclusión del mundo académico de valiosos investigadores e investigadoras. La situación actual no es tampoco la ideal, es necesario ampliar y dotar adecuadamente las políticas de consolidación que se están llevando en las universidades. Hace falta convocar más plazas, especialmente en aquellas categorías que permiten la estabilización a largo plazo de los profesores e investigadores. Nuestra profesión conlleva una precariedad laboral que se extiende demasiados años y ello dificulta la permanencia en esta profesión, especialmente a las mujeres, si quieren ser madres. Pero no solo la precariedad es un serio obstáculo. El sistema de valoración de méritos de nuestra carrera académica nos lleva a sostener un ritmo de «producción» científica más allá de lo razonable, afectando negativamente a nuestra vida personal. Es claramente uno de los elementos que influyen en esa desigualdad, los cuidados familiares siguen recayendo mayoritariamente en las mujeres. Un reparto poco equitativo en esos cuidados impacta negativamente en nuestras carreras.
Más difícil de valorar es la cuestión de nuestra visibilización como investigadoras, especialmente en los encuentros científicos que no responden a una llamada de talleres y comunicaciones con una libre postulación. Cada vez es más residual, pero aún hay congresos con escasa —o nula— presencia de investigadoras. Sucede igual con las publicaciones u otras iniciativas académicas. En el momento de organizar una actividad contactamos con aquellos investigadores cuyos trabajos admiramos, y que muchas veces conocemos personalmente. Pero algo falla si se ignora o desconoce el trabajo de las compañeras. Que nos conozcan, que valoren nuestras investigaciones, en resumen, que «existamos» académicamente depende de que tengamos la oportunidad de mostrar nuestro trabajo. No es una cuestión de cuotas, argumento que se utiliza muchas veces para criticar una reivindicación que es justa. Pero es necesario un esfuerzo por ser conscientes de que esa realidad existe y contrarrestarla. Me gustaría señalar que en los últimos años he observado una masculinización de la carrera de Historia (al menos en mi universidad), que me lleva a reflexionar por qué, aparentemente, menos alumnas se deciden a cursar nuestros estudios. De igual modo debería interesarnos seriamente por qué el número de mujeres que eligen la carrera investigadora es todavía menor que el de hombres y preguntarnos qué dificultades perciben las jóvenes estudiantes que las alejan de nuestra profesión más que a los hombres. En este contexto, la AHC tiene el reto de contribuir a una mayor visibilización de las investigadoras y de promover una racionalización de los mecanismos de valoración de méritos.
Sergio Blanco Fajardo: Para intentar dar una respuesta plausible a esta pregunta, quiero evocar de nuevo ese carácter generacional que suscita esta entrevista. También recupero aquel asunto que nos planteabas con esa relación entre feminismo y el mundo académico. Quiero enfocarlo desde aquel trabajo comenzado hace décadas, y que conozco bien, realizado por mi maestra, Lola Ramos, en el contexto universitario e institucional. Creo que este ejemplo enlaza con aquella actividad ejercida durante muchos años por otras tantas compañeras, que, de forma similar, comenzaron a desbrozar un camino, la historia de género y de las mujeres, que en los años ochenta apenas tenía recorrido en nuestro suelo. Una labor ardua la de «predicar en ese desierto» cuando no existían apoyo ni iniciativas sinérgicas. Ella, y vosotras, habéis inaugurado seminarios, premios de investigación, los primeros programas de doctorado de género, por citar algunos de los hitos que se han ido consiguiendo a lo largo de los años. Asumo que en estas adversidades o terrenos poco favorables existió mucho de feminismo y, por otro lado, de resistencias hacia este, en lo que podemos definir como la edificación, no solo en lo perteneciente a la historiografía y la investigación, de un patrimonio universitario feminista. Creo que esta historia, nunca mejor dicho, debería recogerla la AHC con una función proyectora, divulgadora si se prefiere, de estas realidades. Con ello, se podrían establecer genealogías de otros conocimientos que no siempre se integran en lo meramente historiográfico. Lo que está detrás de todo ello también importa. El sentido que podríamos otorgarle a esta labor de visibilizar, sobre todo a las nuevas y los nuevos estudiantes de doctorado que están iniciando sus investigaciones, esa estratigrafía de dificultades, puede proyectarse en el campo de las relaciones profesionales con las compañeras. Aquí quiero dirigirme a los compañeros, en masculino. En este sentido, debería hacernos reflexionar las veces que acudimos a debates compuestos solo por varones, el modo en el que enfocamos las propuestas para la coordinación de mesas en congresos o por qué nos encontramos en algunas de esas mismas mesas con una disparidad de género a veces abrumadora. En este mismo orden podríamos añadir otras múltiples cuestiones, si bien no querría terminar sin aludir a nuestros días y subrayar esas mismas precariedades que siguen acarreando nuestras compañeras, y a las que debemos sumar las categorías de clase y de etnia, que abren, todavía más, el abanico de adversidades. En fin, en esa tarea de sensibilizar y concienciar a través de unos inicios precarios y poco vaticinadores, de expresar ese compromiso frente a unas desigualdades que persisten en la actualidad, la AHC, como asociación que integra buena parte de las personas que componen el mundo académico de este país, debería insistir, por medio de sus actividades, de su posicionamiento y sus discursos, en la raíz que envuelve estas cuestiones.
AYER: No queremos terminar sin agradecer la generosidad e implicación de las personas que han asistido a este debate. Por cuestiones de espacio, hemos de dejar aquí esta conversación que, a lo mucho aportado, ha añadido, como todo buen diálogo, nuevas preguntas y estímulo a la reflexión sobre el camino recorrido y lo mucho que queda para imbricar la historia de las mujeres y del género en el centro de la investigación histórica, incorporando esta perspectiva en su quehacer habitual. Compromete a las que nos ocupamos de historia de las mujeres y del género a mostrar cómo esta perspectiva abre nuevos horizontes al conocimiento contribuyendo a una visión más amplia y más completa del pasado, y los sesgos derivados de no tenerla en cuenta. Esperemos que esta conversación pueda prolongarse más allá de estas páginas.