Ayer 134 (2) 2024: 81-110
Marcial Pons Ediciones de Historia
Asociación de Historia Contemporánea
Madrid, 2024
ISSN: 1134-2277
DOI: 10.55509/ayer/2198
© Michelle Gordon
Recibido: 22-06-2021 | Aceptado: 05-10-2021 | Publicado on-line: 08-04-2024
Editado bajo licencia CC Attribution-NoDerivatives 4.0 License
«Un barniz sobre el salvajismo»: prácticas británicas de extrema violencia en China, 1900-1901 *
Michelle Gordon
Hugo Valentin Centre, Uppsala University
michelle.gordon@valentin.uu.se
Resumen: Este artículo analiza las prácticas utilizadas por las tropas coloniales británicas en la represión del levantamiento de los bóxers en China (1900-1901). Se ha planteado que no solo fue una guerra colonial, sino que existió un amplio consenso internacional sobre el empleo de tácticas extremas; la rebelión fue brutalmente reprimida por una alianza internacional de ocho estados, incluyendo Gran Bretaña. Aunque Alemania ha centrado buena parte de la investigación sobre este tema en relación con sus prácticas excepcionalmente violentas, este artículo estudia cómo las tropas británicas también participaron en los peores aspectos de la campaña y, además, que estas praxis fueron plenamente coherentes con sus métodos y estrategias en todo el imperio.
Palabras clave: levantamiento de los bóxers, espacios imperiales, China, imperio británico, violencia extrema.
Abstract: This article analyses the practices used by British colonial troops in the suppression of the Boxer Uprising in China (1900-1901). It is argued that the suppression of the Boxer Uprising represents not only a colonial war, but also a broader international consensus related to extreme tactics. The rebellion was brutally suppressed by an eight-state international alliance, which included Britain. While Germany has been the focus of much research on the topic related to «uniquely» violent practices, this article explores how British troops also took part in the worst aspects of this campaign. Furthermore, it demonstrates that these practices were perfectly consistent with its approach across the British Empire.
Keywords: Boxer Uprising, imperial spaces, China, British Empire, extreme violence.
Este artículo constituye un análisis de las prácticas utilizadas por las tropas coloniales británicas para reprimir el levantamiento de los bóxers durante 1900 y 1901 1. Desde la perspectiva de una historia de la violencia de masas, se ha obviado generalmente el papel británico en dicho conflicto, mientras que Alemania ha ocupado el lugar central 2. Tanto en la historia británica como en la alemana predominan las nociones de excepcionalidad en relación con la violencia genocida y colonial. El caso británico será el centro de atención aquí, al tiempo que veremos cómo las prácticas desplegadas por las fuerzas aliadas fueron coherentes en sentido amplio con aquellas desarrolladas en todo el espacio imperial británico. La represión del levantamiento de los bóxers no solo constituyó una guerra colonial, ya que, aunque fuera un conflicto colonial, resultó más complejo que otras guerras pequeñas del periodo 3, sino que además mostró un consenso internacional amplio en relación con las tácticas extremas empleadas. De hecho, el levantamiento fue brutalmente sofocado por una alianza internacional de ocho estados, incluyendo Gran Bretaña, Alemania, Austria-Hungría, Francia, Italia, Japón, Rusia y Estados Unidos. Aquí sostengo que dicha campaña encaja con el enfoque general seguido por los británicos en todo su imperio, así como con sus prácticas bélicas en espacios coloniales, y examino la importante mezcla de repertorios coloniales, además del consenso sobre el proceder europeo en la ejecución de la guerra colonial. Sugeriré algunos mecanismos esenciales mediante los que se transfirió un repertorio de mentalidades, redes y prácticas de violencia dentro de los propios imperios y entre ellos 4. Además, este caso evidencia cómo asumieron los militares británicos su experiencia colonial, además de su visión del imperio como una entidad donde resultaban claves tanto la violencia como la amenaza al uso de la fuerza. Esta asunción quedó patente en los objetivos imperiales compartidos, las mentalidades raciales y las prácticas de la violencia, sin que Gran Bretaña constituyera una excepción. Las represalias y los castigos contra los presuntos bóxers y la población civil se basaron en una violencia colectiva y desproporcionada, que incluyó el uso indiscriminado de la fuerza, los saqueos, la tierra quemada, ejecuciones sumarias y expediciones punitivas.
La guerra contra los bóxers no fue una guerra colonial tradicional, al encontrarse el país sometido a colonialismos múltiples sin un único poder dominante 5. Además, los soldados imperiales del gobierno chino terminaron involucrados en el conflicto debido al antagonismo entre las fuerzas aliadas. Este trabajo apunta a aspectos significativos de la guerra y de sus prácticas, así como a sus implicaciones para nuestra comprensión de la historia europea, colonial y global. En las historias británicas de la violencia de masas se ha pasado por alto habitualmente la intervención británica en la represión del Levantamiento de los Bóxers, debido a su simultaneidad con la Segunda Guerra Anglo-Bóer (1899-1902) 6.
La alianza de las ocho potencias actuó para reprimir el movimiento bóxer al norte de China tras una serie de tensiones relacionadas con la influencia occidental en la región, incluida la económica, tanto a nivel oficial como a nivel local. El tendido de vías férreas por compañías extranjeras fue uno de los caballos de batalla, y continuaría siéndolo a lo largo del conflicto, al ser dichas infraestructuras blanco de las destrucciones de los bóxers 7. Dichas tensiones, coincidentes con varios desastres naturales en la región, incluidas inundaciones, sequías y hambrunas 8, fueron el telón de fondo de la creación del llamado movimiento «bóxer», cuyo nombre provenía de la yihequan (Sociedad de los Puños Justos y Armoniosos) 9. Las quejas contra las misiones extranjeras y su apoyo a los chinos conversos también contribuyeron a su expansión. Ya se habían dado motines xenófobos durante esa década, contra los que se actuó brutalmente, como describe la documentación de los parlamentarios británicos 10. En 1899 esos grupos emprendieron ataques contra los chinos cristianos y las propiedades cristianas y el 31 de diciembre de dicho año fue asesinado el primer extranjero en Shandong, el misionero anglicano S. M. Brooks 11.
Las preocupaciones fueron creciendo durante la primavera de 1900, hasta que en junio se produjo el asesinato de misioneros y chinos convertidos al cristianismo que activó las alarmas en el seno de dichas comunidades, así como entre los diplomáticos. La escalada de acontecimientos vino marcada por los ataques de los bóxers contra las legaciones diplomáticas en Pekín 12, lo que llevó a seis ejércitos nacionales, incluidos el británico y el alemán, a enviar sus fuerzas navales y organizar una expedición conjunta para socorrerlas 13. Bajo el mando del almirante británico Edward Seymour, la expedición capturó el 17 de junio los fuertes de Taku, «puerta de entrada a Tianjin y Pekín», hecho que Thoralf Klein califica de «punto de no retorno» al ser considerado por el gobierno chino como un acto de guerra 14. Los esfuerzos de los aliados se orientaron a rescatar a las legaciones en Tianjin y Pekín; pero, cuando Seymour comenzó a desplazar su fuerza internacional tierra adentro sin autorización para ello, el gobierno chino lo percibió como un ejército invasor 15. Las acciones combinadas de los ejércitos chino y bóxer forzaron a Seymour a retirarse a Tianjin 16. En Pekín, el barrio diplomático, donde los diplomáticos extranjeros, sus familias y los chinos conversos buscaron refugio a la espera del rescate, permaneció bajo sitio durante cincuenta y cinco días, del 20 de junio al 15 de agosto de 1900.
El 21 de junio de 1900 se publicó un edicto declarando que el gobierno Qing 17 y las potencias extranjeras se encontraban en estado de guerra. El gobierno y la emperatriz Cixi decidieron aliarse con los bóxers: el ejército imperial se unió a estos en la lucha contra las fuerzas internacionales. Según Robert Bickers, el reagrupamiento de los aliados fue seguido de la marcha «sobre la capital y la extirpación de la resistencia popular y del estado. Fue una guerra corta, brutal y sangrienta que cambió China definitivamente» 18. Tras una guerra más convencional contra los bóxers impulsada por el deseo de proteger a la comunidad internacional y restablecer su influencia, los aliados continuaron con la ejecución de acciones punitivas y ejemplarizantes para castigar a los bóxers y a las poblaciones locales, realizando expediciones retributivas hasta bien entrado 1901 19. Se estima que las bajas sumaron 233 civiles occidentales, 1.000 combatientes extranjeros y alrededor de 100.000 chinos muertos 20.
La naturaleza transnacional y multifacética del conflicto se refleja en la diversidad de fuerzas implicadas. No solo hubo tropas chinas en ambos bandos, en lo que fue una guerra civil entre facciones bóxers y anti-boxérs enfrentadas 21, sino que las unidades aliadas estaban compuestas por sujetos coloniales de los imperios europeos. Estas últimas trabajaron conjuntamente en diferentes agrupaciones descritas como una «multitud de hombres armados de origen variopinto que se miraban entre sí con fuertes recelos, cuando no odio, pese a estar empleados todos ellos en la misma causa» 22. Es difícil definir aspectos relativos al carácter militar nacional o afirmar que cierta potencia estaba al mando en determinados momentos. Como muestra de las interconexiones de su propio imperio, el esfuerzo militar británico se basó fundamentalmente en tropas indias, incluyendo la caballería panyabí y los gurkhas del Nepal. El regimiento de infantería china Weihaiwei, recientemente creado y comandado por oficiales británicos, entró en acción en Tienjin 23. Australia también envió tropas para ayudar a Gran Bretaña en la campaña 24.
La guerra colonial estallaba a menudo en respuesta a las atrocidades de los colonizados 25, que eran confrontadas con extrema violencia 26. En este caso, la violencia se radicalizó una vez alcanzado el objetivo oficial de la alianza internacional, el rescate de las legaciones, tras lo cual los aliados recurrieron a prácticas de castigo (colectivas). Un rasgo clave de las guerras pequeñas era el uso de la violencia ejemplarizante como lección frente a las tropas enemigas, la resistencia potencial y la población civil en general 27. Las guerras coloniales fueron asimétricas por definición, como quedó patente entonces atendiendo a la disparidad de bajas entre los contendientes: el número de muertos del bando chino siempre fue mayor que el del bando aliado, como atestiguaban los informes militares, de modo que las batallas devinieron de hecho masacres 28. En general, las condiciones sobre el terreno son importantes a la hora de determinar el tipo de violencia y su radicalización en las guerras coloniales. Normalmente, las tropas europeas sucumbían más a causa de las enfermedades que de las operaciones militares. Cuando el teniente Roger Keyes escribió a su casa, explicó la marcha desde Tianjin hasta Pekín: «Era polvorienta y hacía un calor atroz, así que los hombres sufrieron horriblemente a causa de las insolaciones, nativos y europeos por igual, varios murieron» 29. Las condiciones tendieron a incrementar el entusiasmo de la tropa por entrar en acción para justificar sus sufrimientos, sin que existiera distinción entre las diferentes nacionalidades implicadas. El capitán Edward Bayly se hizo eco de ese deseo apuntando que «las tropas alemanas [...] no habían combatido en ningún momento en su camino hacia Pekín. Esto tuvo que resultarles muy molesto, pues eran culpables de no haber llegado antes» 30. En el lado británico también se observó que los hombres del regimiento australiano N.S.W. «suspiraban por un combate» 31. Wilbur Chamberlin percibió algo similar, señalando que hubo un capitán inglés «que derramaba ya lágrimas de angustia porque temía llegar demasiado tarde a Pekín para continuar con una expedición hacia [Paoting-fu], donde podría participar en esas actividades de saqueo que son el punto fuerte del ejército inglés» 32.
Aunque la legislación internacional y el fracaso chino en adherirse a los acuerdos para la protección de extranjeros pudieron arrastrar a los aliados al conflicto, aquella no fue la que dictó los parámetros del conflicto una vez que estalló 33. Conviene señalar que las leyes internacionales que entraron en vigor por entonces (las convenciones de Ginebra y de La Haya) se centraban en la conducta de los combatientes y en su modo de hacer la guerra más que en proteger a los no combatientes 34. Además, el derecho internacional no se consideraba aplicable en contextos coloniales o para enemigos incivilizados. Por consiguiente, el concepto de guerra civilizada adquirió gran importancia para las guerras coloniales, pues las potencias occidentales lo utilizaron de forma selectiva. No existe consenso académico sobre la relevancia de las leyes internacionales de la guerra en el curso del conflicto que nos ocupa 35. Sin embargo, está claro que ningún bando acató las convenciones, lo cual no fue óbice para que se acusara a China de romper las normas mientras los aliados continuaban haciendo lo propio. Las percepciones de legitimidad e ilegitimidad en relación con el enemigo resultaron claves para definir las nociones de guerra irregular y las prácticas asociadas a ella. Aunque la forma de hacer la guerra entre estados europeos también fue más allá de la conducta civilizada en casos en los que se difuminaban las líneas rojas de la legitimidad, resulta evidente que la raza dio forma a conceptos en torno a esta cuestión y estableció a quiénes eran aplicables las prácticas civilizadas fuera de Europa 36. Por ende, es importante tener en cuenta qué concebían los británicos como civilizado y aceptable y cómo las acciones de las tropas sobre el terreno contradijeron esas percepciones y discursos. Así, mientras Earl Spencer preguntaba a Lord Henry Lansdowne en la Cámara de los Lores sobre las atrocidades cometidas por los bóxers, en referencia al «castigo de aquellos que tan gravemente violaban el derecho internacional» 37, también se abordaba la campaña aliada desde esta perspectiva: el misionero Arthur Smith observó que las tropas extranjeras parecían ejercer la guerra bajo el supuesto de que «las normas establecidas por las leyes internacionales no eran aplicables a China en ese momento» 38. Aunque pudiera ser cierto, los observadores seguían valorando el proceder de las tropas según las normas y prácticas aceptadas: Chamberlin también concluyó que los aliados «han violado todas las leyes de la guerra civilizada» al no respetar ni un solo artículo de la Convención de Ginebra 39. El comandante en jefe alemán de la fuerza aliada, Alfred Graf von Waldersee, reconoció asimismo esa naturaleza particularmente brutal: «a consecuencia de las atrocidades cometidas por los chinos, a primera vista la guerra se llevó a cabo de una manera más cruel a lo que era habitual en Europa» 40. En cualquier caso, no se consideraron relevantes los fundamentos vistos como sustanciales a una forma de guerra civilizada y la represión de los bóxers siguió el patrón de otras guerras pequeñas. La negativa de los aliados a declarar la guerra complica aún más el panorama 41. Sin embargo, sus fuerzas se encontraron combatiendo frecuentemente a un ejército uniformado en un conflicto oficialmente declarado. Como describió el teniente Paul Schlieper: «Llegados a este punto conviene señalar que los bóxers, al vestir un turbante rojo, una bufanda, una banda y polainas del mismo color, formaron su propio ejército» 42. Pese a enfrentarse a un enemigo uniformado, no se tuvieron en cuenta las leyes de la guerra. Los británicos desarrollaron armamento para los incivilizados enemigos coloniales y William McLeish aportó pruebas del uso de trinitrofenol: «muchos cadáveres chinos presentaban el aspecto lívido amarillo causado por el ácido pícrico» 43.
Como ocurría en todo el imperio británico, el modo de lidiar con los estallidos de ira anticoloniales siempre estuvo condicionado por los acontecimientos en otros lugares. En este caso, los sucesos acaecidos en Sudáfrica estaban muy presentes en las mentes de los británicos; la prensa se refería a ellos como «La Guerra», mientras que lo ocurrido en China congregaba mucha menos atención pública 44. Los recursos se encontraban concentrados en Sudáfrica y ambos acontecimientos se retroalimentaban mutuamente por consideraciones prácticas relacionadas con la movilización de tropas. El traslado de unidades de un lugar a otro era una constante en todos los espacios imperiales británicos. Así lo señaló el general de división Norman Stewart: «si son ciertas las rebeliones de las tropas sudanesas de las que se informa, ciertamente la India tendrá que proporcionar una división, lo que supondrá una gran presión sobre sus recursos» 45. Sin duda, era una perspectiva intraimperial de los conflictos coloniales en los que estaba implicada Gran Bretaña lo que motivaba el enfoque expectante del premier británico Lord Salisbury, pendiente de ver cómo avanzaban los acontecimientos 46. Las principales decisiones para el despliegue progresivo de la violencia se tomaban sobre el terreno, siendo por lo general vagas las instrucciones procedentes de la metrópoli. Como transmite la documentación parlamentaria, las órdenes estaban abiertas a la interpretación. El 7 de junio de 1900, un informe exponía: «el Foreign Office ha transferido poder discrecional a Sir C. M. MacDonald: “Tome exactamente aquellas medidas que usted considere deseables”» 47.
Para las tropas que llegaban a Taku, resultó evidente de inmediato la destrucción causada por el conflicto. Según recoge Anand Yang, el soldado indio Gadhadhar Singh «lo recuerda como un momento en que echó un vistazo a su alrededor y vio muchas poblaciones desiertas y destruidas. En algunos edificios derruidos ondeaban banderas francesas, rusas y japonesas, y en algunas poblaciones descubrió escasas personas vivas, ancianos esqueléticos que permanecían en pie con ayuda de sus bastones» 48.
Las acciones aliadas incluyeron la destrucción constante de zonas residenciales y lugares sagrados, como muestra de poder militar y de triunfo, profanando aquello que tuviera una importancia particular para los habitantes locales. Así ocurrió con la Ciudad Prohibida, cuyo acceso había estado vetado a los diplomáticos europeos y estadounidenses desde el establecimiento de las legaciones en 1861 49. Sus instalaciones no solo fueron profanadas, sino que se convirtieron en cuarteles para las tropas aliadas. El saqueo fue consentido y perpetrado a todos los niveles, como ejemplifica el caso de Lady MacDonald, de quien se afirmaba que habría empaquetado «ochenta y siete grandes cajas con los más valiosos tesoros» 50. Por su parte, Waldersee agradeció al general francés Maurice Camille Baillourd los regalos que le envió desde Paoting-fu a través del comandante británico de la fuerza expedicionaria, el teniente general Alfred Gaselee —«aunque habría preferido no recibir algunos de ellos»— 51. Se robaron objetos importantes que quedaron repartidos por todo el imperio, incluido el Museo Británico. Según James Hevia, otros llegaron a varios contextos y espacios coloniales: «la campana de un templo y un bloque de piedra de la Gran Muralla China fueron recolocados en cuarteles generales regimentales en la India» 52.
Son constantes las descripciones que aluden a Pekín y Tianjin como ciudades «arrasadas hasta los cimientos» 53. Aunque este método no fue aplicado a gran escala, la segregación y ocupación de estas ciudades hizo que sus habitantes afrontaran una serie de retos, incluido el miedo cotidiano a la violencia y los saqueos, deviniendo esto último en un cierto leitmotiv de la campaña británica. Hablamos de una práctica distintiva de las formas de guerra colonial, caracterizada por muchas más cosas que la simple reapropiación de bienes. La violencia adoptó muchas manifestaciones e implicó destrucción y excesos contra las personas y los lugares. Los testimonios de primera mano transmiten una implicación británica total en estas prácticas. Sin embargo, Chamberlin observaba que los británicos veían en sus saqueos algo legítimo 54, en particular por su sistema de recompensas 55, y así lo describía: «Mandaban a sus soldados sij a un distrito con la orden de traerles todo lo que encontraran de valor, entonces sacaban el botín a subasta y lo vendían al mejor postor, como si se hubieran hecho con él honestamente» 56.
Sin embargo, los testimonios demuestran la interconexión íntima entre violencia (o, según Hevia, masacre) y saqueo 57. Bertram Simpson reflejó esa relación entre pillaje, violencia y miedo de la población, señalando que la atmósfera reinante en los saqueos volvía a uno «trastornado y loco». Esta fiebre del pillaje apunta a la radicalización de la violencia sobre el terreno, de modo que «los hombres se convierten en salvajes» 58. McLeish también abordaba las «brutalidades de los saqueos» de algunos de los soldados, que fueron mucho más allá de lo necesario: «cuando los hombres entran en una vivienda, disparan a uno de los pocos sirvientes que han permanecido leales y atraviesan a los otros con las bayonetas para robar sin ninguna restricción y destruir de forma deliberada, resulta insoportable». Aunque más adelante describe un episodio aislado en que se castigó dicho comportamiento: «un incidente desagradable de hoy fue el fusilamiento de dos soldados de infantería por saquear; una medida ejemplarizante que se espera que ponga fin a uno de los aspectos vergonzosos del asedio» 59.
La excitación propia de estos escenarios caóticos también apunta a otro aspecto de las formas de guerra colonial: no dar cuartel. Simpson abordaba esta cuestión señalando que «no era momento para la restricción moral» y, al describir «las más salvajes orgías» y los saqueos, declaraba que «hoy no se dará cuartel» 60. «No dar cuartel» se convirtió en sinónimo de la campaña gracias al discurso de los hunos del káiser Guillermo II, que ordenó a las tropas alemanas que partían para China lo siguiente: «¡Actuad sin cuartel! ¡No toméis prisioneros! Aquellos que caigan en vuestras manos están a vuestra merced» 61. En el Parlamento británico se mencionó con preocupación esta declaración y el potencial efecto que podía tener sobre el comportamiento de las tropas británicas: «Espero sinceramente que las palabras “no dar cuartel” que han sido atribuidas al emperador alemán lo hayan sido por error, y que no se permita que tal espíritu anime a nuestras tropas» 62.
Sin embargo, esta fue una práctica constante de las tropas coloniales británicas en todo el imperio; incluso figuras clave como Salisbury defendieron habitualmente estos métodos extremos en el tratamiento de poblaciones enemigas 63. Stewart también los amparaba, declarando que «el enemigo en retirada debe ser perseguido y hostigado hasta el amargo final». Es difícil saber con exactitud cuánto cuartel se dio, pero se tomaron prisioneros, como exponía Stewart: «Dorward parece haber tenido una fantástica sorpresa con algunos bóxers a las afueras de Tianjin. El informe señala que ha matado a más de 300 y ha tomado 60 prisioneros, con unas bajas propias que apenas alcanzan media docena de heridos» 64. Parece pues una exageración la afirmación del historiador V. G. Kiernan de que «todos los prisioneros fueron ejecutados sin más trámite» 65. En The Times se discutió la aplicación del derecho internacional en China, admitiéndose que las condiciones reinantes sobre el terreno podían significar que «no se puede hacer otra cosa que no tomar prisioneros o deshacerse de ellos» 66.
La situación en Pekín era descrita con horror, lo cual iba más allá de las destrucciones causadas por las tropas extranjeras. Muchos testimonios transmiten que las calles estaban cubiertas de cadáveres y que las mujeres chinas preferían suicidarse 67 antes que terminar en manos de los aliados:
«en dos calles había cientos de cadáveres chinos, el hedor era realmente espantoso. Los rusos los sacaban de allí con cuerdas manejadas por mano de obra forzosa china; era un panorama horrible. Se encuentran cadáveres en casi todas las casas vacías. Hasta que todos ellos sean descubiertos y enterrados o incinerados correremos grave riesgo de sufrir una epidemia. En muchos pozos había cadáveres, sobre todo de mujeres, que se suicidaban ante la aproximación de los ejércitos. Muchas familias se quitaron la vida al completo. Vi cinco cuerpos colgando del techo de una caseta» 68.
Como el corresponsal de guerra Jasper Whiting describió, «los únicos chinos que deambulaban por la ciudad cuando llegué eran aquellos que habían sido reclutados por las tropas y obligados a trabajar» 69. Los habitantes se ocultaban en sus casas y el miedo era palpable. Simpson describió cómo intentaban permanecer lejos del alcance de las miradas, observando a los extranjeros desde sus casas: «me cuentan que esta ciudad similar a un desierto estaba realmente habitada por una raza que quedó presa del pánico encerrada en sus propias casas ante la repentina entrada de las vengativas tropas europeas». Efectivamente, el castigo era colectivo y la frontera entre civiles y combatientes se difuminó. Según Simpson: «Todos estaban implicados; la ciudad entera había pasado a estar en sus manos; se trataba de una gigantesca conjura» 70. El general estadounidense Chaffee también reflejó el desafío de evitar sufrimientos a los inocentes, incluso cuando se intentaba:
«Puede afirmarse con seguridad que, tras la captura de Pekín, por la muerte de cada bóxer auténtico son asesinados cincuenta culíes y trabajadores inocentes de las granjas, incluyendo no pocas mujeres y niños. El elemento bóxer se confunde en su mayoría con el conjunto de la población, y mediante el exterminio de gran cantidad de personas pueden pescarse uno o más bóxers» 71.
Después del rescate de las legaciones de Tianjin y Pekín, las operaciones recurrieron al castigo e inmediatamente se organizaron expediciones punitivas, que continuarían hasta abril de 1901 72. En su análisis de la violencia colonial europea, Dierk Walter describe estas acciones como «la expedición punitiva más monumental de la era moderna [...] cuando toda una población fue “castigada” por el asesinato de unos pocos diplomáticos occidentales» 73. Era una práctica predominante en el repertorio de las formas de guerra colonial y un patrón común en el periodo posterior a la lucha contra la resistencia anticolonial, como una forma de violencia ejemplarizante dirigida al conjunto de la población. En este caso comenzó en septiembre, incluso antes de la llegada del comandante en jefe alemán Waldersee 74. Alemania parece haber sido siempre la invitada de última hora, y un argumento central para explicar la violencia excepcional ejercida por esta ha radicado en su tardía llegada a la escena colonial. También Chamberlin lo señaló al apuntar: «Los alemanes no llegaron aquí hasta que no había acabado lo peor de la lucha, y han estado intentando recuperar el tiempo perdido desde entonces» 75. Empero, las tropas alemanas no estaban solas. De las cuarenta y seis operaciones organizadas por Waldersee, solo treinta y cinco contaron con participación alemana 76. Susanne Kuss indica que «el mando de Waldersee sobre las tropas aliadas fue simplemente nominal, forzado a cooperar con los comandantes del resto de los contingentes aliados para organizar expediciones de castigo más amplias» 77. Los documentos británicos oficiales afirman que «el 12 de octubre de 1900» Gaselee «emprendió una expedición para castigar a la ciudad de Paoting-fu por las masacres de misioneros acaecidas allí y para determinar la culpabilidad de las personas implicadas si se conseguía dar con ellas» 78. Gaselee resultó clave para llevar a los perpetradores ante la justicia y los sospechosos fueron decapitados públicamente tal y como habían sido asesinados los once misioneros 79. En los documentos del Parlamento británico apenas se menciona el resultado de las infames operaciones de Paoting-fu y Lansdowne, tras recibir un informe de dichas prácticas, simplemente declaró: «De la necesidad de dichas medidas punitivas los mejores jueces son los representantes de Su Majestad sobre el terreno, militares y civiles, y, en las circunstancias descritas por Sir C. MacDonald, el gobierno de Su Majestad aprueba la actitud adoptada» 80.
Whiting acompañó una expedición de castigo contra Paoting-fu y la mención al número de poblaciones desiertas apenas resulta sorprendente si consideramos que las tropas aliadas, que competían por llegar primero a cada núcleo para saquearlo, prosiguieron su camino con el plan de «destruir el pueblo, capturar el botín y luego continuar...» 81. Según narró, durante la marcha se dirigieron a un pueblo y el coronel Phayre pidió una lista de cosas a los mandarines locales para aprovisionar a las tropas: «en general se les decía que volvieran a sus casas para recoger una cierta cantidad de provisiones en el plazo de una hora [...] amenazando con la destrucción total del lugar en caso de desobediencia». La toma de poblaciones enteras como rehenes constituyó una praxis típica de las campañas coloniales, utilizada en este caso como forma de castigo. Hubo una escalada de violencia en esta «expedición de reconocimiento». Whiting describió cómo vio su primer combate, una lucha desigual al enviar un gran contingente de vuelta al día siguiente para destruir la población: «Una carga de los lanceros indios acabó con el asunto. La visión de los caballos aterrorizó a los chinos, porque cayeron de bruces y no ofrecieron resistencia; simplemente fue cuestión de cabalgar sobre cientos de chinos tirados por el suelo, para a partir de ahí matarlos a lanzazos o con la espada» 82.
«La orden había sido la destrucción total». Sin embargo, según Whiting, «después de cinco minutos de trabajo los propios soldados indios se negaron a seguir matando y se decidió abandonar el lugar con el trabajo a medias». Este señalaba que había un patrón de violencia: «los chinos hacían un disparo y, si planteaban resistencia, caían de rodillas esperando ser decapitados», lo que expresaba las expectativas que las fuerzas aliadas/británicas tenían del comportamiento enemigo 83. Los habitantes de Paoting-fu redactaron una carta rogatoria contra las acciones de las tropas aliadas, acusándolas de delitos tales como robos y violaciones 84. Oficiosamente, el diplomático británico Ernest Satow habló con Gaselee al respecto y solicitó que «no se infligieran sufrimientos innecesarios a los habitantes inocentes por parte de las tropas británicas». Además, afirmó que «cuando se cogiera leña, forraje y grano, se pagara por norma» por dichos bienes 85. Por supuesto, dichas poblaciones soportaron un sufrimiento doble, pues ya habían sido saqueadas por las tropas imperiales chinas y los bóxers 86. El 27 de enero de 1901, Chamberlin describió un panorama sombrío, evidenciando la necesidad de reconstruir, más que de continuar con las destrucciones: «viven rodeados de necesidad y miseria por todas partes. Cientos de personas mueren de hambre cada día. Hasta donde he podido averiguar, la situación es verdaderamente terrible» 87.
Los británicos abandonaron Paoting-fu presuntamente tras haber logrado el objetivo declarado de «castigar a dicha ciudad por el asesinato y maltrato de los misioneros extranjeros» 88. El correctivo debía servir de lección a la población local, dado que, como reconocía J. W. Jamieson, «no se había previsto resistencia armada, y hasta donde yo sé tampoco nadie esperaba que alguna de las partes responsables hubiera tenido el valor de quedarse» a la espera de acontecimientos 89. Los altos funcionarios, hallados responsables por negligencia culpable, también sirvieron de ejemplo y fueron decapitados el 6 de noviembre de 1900 90. Este castigo fue «infligido, como su Señoría verá, según las recomendaciones de Sir Claude MacDonald»; y se creía que la destrucción de contingentes de población «no se olvidaría fácilmente» 91, lo que revelaba nuevamente la naturaleza ejemplar de la violencia. A partir de ahí el pueblo quedaría en manos francesas y alemanas para que lo ocuparan durante el invierno 92.
En las guerras pequeñas, las medidas ejemplares y las advertencias se aplicaban en general frente a la posibilidad de nuevos estallidos de violencia, como lección dirigida al conjunto de la población 93. MacDonald le encargaba a Salisbury que «los mencionados templos, con todos los edificios anexos y demás, sean destruidos totalmente como castigo y advertencia para todos los pueblos de la campiña» 94. Los militares parecían incapaces de entender el miedo de los civiles no implicados, igual que de percibir la ironía de castigarlos por huir. Whiting describió su avance de Tianjin a Paoting-fu y, al inspeccionar poblaciones en busca de armas de fuego y municiones en áreas consideradas hostiles, observó lo siguiente:
«Los hombres huyen sistemáticamente a nuestra llegada, pero permanecen en ellas muchas mujeres y niños aterrorizados. Nunca olvidaré la abyecta sumisión y pánico en las caras de los pobres infortunados que fueron dejados atrás. Muchos caían al suelo ante nosotros [...] gemían y lloraban esperando obviamente ser asesinados en unos instantes» 95.
El lenguaje de la violencia se transmitía repetidamente a los habitantes locales, incluida la insistencia en que las ejecuciones de supuestos bóxers se produjera en sus poblaciones de origen. Stewart describió otro ejemplo en respuesta al ataque a un transporte: «se me había ordenado disparar a uno y azotar a tres frente a los varones de sus pueblos de origen, así como multar a sus habitantes con una penalización de entre 100 y 500$, según el tamaño del núcleo». Había un plazo límite para el pago de la multa; de otro modo, «la casa del jefe del pueblo sería quemada» 96.
Uno de los incidentes más notorios de la campaña aliada ha sido objeto de discusión por parte de distintos expertos, generalmente con relación a las tropas alemanas implicadas. Sin embargo, suele obviarse el hecho de que tomaran parte en él lanceros bengalíes del ejército británico 97. El 11 de septiembre de 1900, un contingente germano-británico asesinó en Liangxiang a «cerca de una cuarta parte de la población del pequeño núcleo», incluyendo a todos los hombres en edad militar, estuvieran armados o no 98. Otros relatos de la implicación británica en combates que devinieron masacres incluyen uno transmitido por Whiting:
«Aquí conocí al capitán Brown, de la 1.ª B.L., que estaba a cargo de un pequeño campamento militar británico. Era un tipo interesante que nos entretuvo con una fascinante historia de cómo, con veinte hombres, cabalgó por cuarta vez hace una semana y derrotó aplastantemente a una fuerza de cuatrocientos bóxers armados, matando a cincuenta o más y quemando el pueblo que ocupaban. El relato sonaba más a una carnicería que a un combate. El capitán admitió que el asunto no fue en absoluto de su agrado» 99.
La presencia de tropas indias permitió a las autoridades británicas responsabilizarlas de los excesos. Esta estrategia quedó clara en la respuesta del gobernador general de Chihli a Satow en relación con una denuncia sobre la conducta de las tropas británicas:
«Con respecto a esta Denuncia recalcaría que la disciplina militar de Gran Bretaña ha destacado siempre por su rigurosidad, pero al no haber estado sometidas las tropas indias a ella durante suficiente tiempo cabe temer que puedan no evitarse interferencias licenciosas y violaciones tales como las que han sido motivo de queja» 100.
Queda claro constantemente en la documentación que los métodos fueron brutales y estuvieron más allá de los medios militares. Por ejemplo, Eric Ouellet declaró que el 11 de septiembre de 1900, durante una reunión con los comandantes, se acordó dar órdenes a sus respectivos contingentes «para poner fin a los ataques indiscriminados» 101. Los informes de guerra estadounidenses confirman que se habían utilizado tales prácticas, apuntando que «el orden ha mejorado a lo largo de nuestra línea de comunicación desde que se ha puesto fin a los ataques indiscriminados por parte de las tropas» 102. Aunque hubo elementos específicamente distintivos de esta campaña internacional, la forma como se llevó a cabo refleja un patrón muy típico del colonialismo europeo y de las formas de guerra colonial. Charles Callwell teorizó sobre estas guerras y su trabajo, reconocido internacionalmente, es muy relevante para entender sus dimensiones transnacionales, pues adopta un enfoque comparado e internacional del aprendizaje de experiencias en las guerras irregulares. La erradicación de los bóxers encajaba en una serie de categorías descritas por Callwell: «borrar una ofensa, vengar una injusticia o acabar con un enemigo peligroso» 103. Tras lograr el objetivo central de garantizar la seguridad de las legaciones, la alianza buscó castigar y vengar las muertes, además de advertir frente a cualquier potencial futura resistencia.
La raza y las expectativas sobre el comportamiento del otro resultaron centrales para la conducción y la lógica de las guerras pequeñas contra un enemigo irregular. Las tropas aliadas fundamentaron su papel en China a partir de los asesinatos perpetrados por los bóxers. Esta visión se apoyó en suposiciones sobre el comportamiento del enemigo en combate: «Todas las tropas están de acuerdo en que los chinos mutilan a los heridos que caen en sus manos» 104. Sin embargo, los individuos por separado podían ser vistos con admiración: fue el caso de McLeish, quien describió el «heroico comportamiento» de un bóxer, claramente empujado por su «fanatismo», «por mucho que evidentemente en pocos segundos fuera cadáver» 105. Igualmente, Schlieper, que integraba la expedición de Seymour, describía el primer encuentro con «la crueldad y la forma inhumana de hacer la guerra de los bóxers. [...] Los cuerpos habían sido descuartizados en pedazos, las manos y los pies cortados [...]. Tal sería nuestro destino si nos encontraban heridos» 106. La propia presencia de las tropas extranjeras se racionalizaba de acuerdo con la «misión civilizadora» y la naturaleza «incivilizada» de los chinos. Estas expectativas estaban permeadas por las creencias sobrenaturales de los bóxers, que relacionaban los desastres naturales con la presencia extranjera. De hecho, un eslogan popular predecía que «una vez que los extranjeros sean barridos [...] la lluvia caerá por sí sola y los desastres cesaran» 107. Stewart defendía la misión aliada apuntando que «cuando todo esté en orden comenzaremos a enseñarles las ideas y hábitos occidentales, lo que sin duda al principio será irritante»; y afirmaba que «tenían que ser instruidos en nuestro modo de hacer las cosas, igual que hemos tenido que hacer en otros lugares» 108. Aunque dichas nociones de la realidad condicionadas por lo racial pudieron ayudar a las tropas a justificar la violencia en la que participaron, esta también podía suponer un desafío a su supuesta civilidad. Como reconocía George Lynch, «esta civilización occidental nuestra es simplemente un barniz sobre el salvajismo» 109. No había autoridad moral en la violencia punitiva ejecutada contra la población.
Se presentaba a Alemania como la responsable de los peores episodios de violencia 110; pero se aceptaba que la campaña en su conjunto encajaba con el planteamiento de las guerras pequeñas, intrínsecamente brutal y desproporcionado 111. Todos los países participantes se adhirieron radicalmente a este enfoque a lo largo de la campaña, aunque no de forma sistemática. Se articuló un consenso manifestado de muy diversas maneras, como se reflejó, por ejemplo, en la Marcha Triunfal de las tropas de los ocho ejércitos en Pekín el 28 de agosto de 1900 112, un despliegue de poderío militar proyectado al mundo mediante la fotografía 113. Las potencias europeas también entraron en conflicto en las colonias 114, lo cual no fue óbice para que estuvieran generalmente «dispuestas a apoyarse, y algunas veces prestarse asistencia, en las actividades coloniales de unas y otras»; en efecto, «para el mundo no blanco bien podría parecer que todos los europeos eran como lobos de una misma camada» 115. Por supuesto, no siempre reinaron el consenso y la cooperación, siendo corriente que surgieran críticas y tensiones en paralelo a las generalizaciones basadas en las características nacionales 116. Pero mientras se hacían comparaciones entre unas y otras potencias, ninguna de ellas salió del conflicto sin haber perpetrado alguna forma de violencia extrema. Por ejemplo, muchos testimonios de primera mano señalaron la excepcionalidad estadounidense debido a que el saqueo le estaba oficialmente prohibido a sus tropas. Sin embargo, aunque las órdenes pudieran ser «castigar severamente; reprimir duramente», los informes confirman sin duda alguna la implicación estadounidense en este tipo de actividades 117. El oficial de enlace británico James Grierson expresó algunas críticas respecto de la manera en que los alemanes concebían las expediciones de castigo, pero alegó que su enfoque era contraproducente, más que plantear preocupaciones de tipo humanitario 118. De hecho, en la prensa británica se defendía que la predisposición de China a aceptar las condiciones de paz era la prueba de que un poder militar sostenido resultaba necesario a finales del año 1900 119.
Los coetáneos conectaron episodios de resistencia anticolonial de formas diversas, mientras que los investigadores han destacado cómo la rebelión de la India de 1857 estableció la base de las mentalidades y prácticas de los británicos en todo el imperio 120. No resulta sorprendente que dicho acontecimiento estuviera muy presente en la mente de todos durante el asedio de las legaciones, de forma que la descripción de los británicos acorralados en Pekín como una repetición del cerco de Lucknow constituyó una imagen poderosa 121. Stewart llego a preguntarse si estaban «a punto de presenciar escenas como las que se vieron en Cawnpore» 122. La represión de los amotinados en el levantamiento indio destacó por su brutalidad, en parte por las formas específicas de castigo cultural ejecutadas por los británicos; por ejemplo, los cipayos fueron «primero embadurnados con grasa de cerdo, azotados con escobas y después ahorcados» 123. En China, los aliados llevaron a cabo castigos particularmente abominables para la creencia local según la cual «ningún hombre chino arrojado al mar podrá alcanzar jamás “el paraíso”, de modo que sentían horror ante la posibilidad de que sus cadáveres fueran lanzados al mar» 124. Chamberlin explica que muchos cuerpos fueron arrojados al río: «A los miles de chinos muertos por las fuerzas aliadas en la marcha [de Tianjin a Pekín] no se les dio sepultura. Sus cuerpos fueron lanzados al río que discurre paralelo a la carretera, había tantos que llenaban el curso de una orilla a otra, hasta el punto de que a los vapores les resultaba difícil avanzar» 125.
No obstante, los británicos encubrían sus brutalidades utilizando las formas chinas de castigo 126. Condenaban de forma selectiva sus «bárbaras» prácticas, incluida una «repugnante para las naciones civilizadas de exhumar el cadáver de un criminal y decapitarlo» 127. Sin embargo, los británicos tampoco renunciaron a estas formas de acción, como hicieron con el cuerpo del Mahdi en Sudán en 1908, y la pena de muerte por decapitación se consideraba aceptable, como lo era ser «autorizado a suicidarse» 128. Además, tras la guerra los tribunales estadounidenses y británicos siguieron aplicando las palizas con bambú o el uso de la canga para estrangular lentamente a los prisioneros hasta la muerte 129.
También se establecieron conexiones entre los acontecimientos de China y Sudáfrica, extrayéndose lecciones de ellos sobre todo porque ocurrieron al mismo tiempo. Gaselee hizo comparaciones directas y escribió lo siguiente en sus directivas:
«las condiciones de la guerra con los chinos son muy diferentes a las que han imperado en el Transvaal o en la frontera noroccidental de la India. Los chinos, por muy bien armados que puedan estar, están adiestrados de forma muy mediocre y están poco habituados a su armamento, de manera que no tenemos razones para temer el fuego de mosquetería y podemos adoptar formaciones que serían injustificables si estuviéramos operando contra los bóeres o los afganos» 130.
Keyes también valoró los acontecimientos de forma comparada al apuntar que «el fuego de artillería, como se da en Sudáfrica, no es peligroso a campo abierto si las filas se mantienen correctamente extendidas —como es habitual—» 131. El soldado Charles Wafer describió la decapitación de siete personas a manos de las tropas británicas, haciendo suya la práctica como una lección aplicable al modo en que los estadounidenses deberían comportarse en Filipinas para acabar rápidamente con las guerrillas 132. En Sudáfrica, la mente del general de brigada E. Craig-Brown viajaba hasta China:
«El asunto chino está concitando mucha atención aquí. Lionel James de The Times partió [para Pekín] antes de que yo lo hiciera para Pretoria hace dos semanas. Si como se denuncia aquí todos los europeos [en Pekín] han sido asesinados, llegará justo a tiempo para tomar las funciones de Morrison. Sudáfrica será una base muy útil y accesible para las tropas de camino a China, porque no habrá canal a través del cual poder pasar, y no me sorprendería que un buen número de efectivos se enviaran desde aquí» 133.
El armamento también circulaba y causaba destrucción en todo el imperio, incluido un cañón del HMS Terribles sobre el cual se escribió «de Ladysmith a Pekín», valorado por McLeish como «un bello ejemplo de la ubicuidad de los intereses y las responsabilidades británicas» 134. El cursus honorum imperial llevaba a los individuos a viajar a través de los imperios, llevando consigo su experiencia y conocimiento, como vemos en los casos de Horatio Herbert Kitchener, de Gaselee y muy notablemente de Lothar von Trotha 135. No solo se observaban y actualizaban constantemente las lecciones sobre las formas de hacer la guerra contra enemigos irregulares, sino que este tipo de guerra se aprendía en buena medida sobre el terreno, según las condiciones específicas del conflicto 136. Así pues, era muy difícil establecer generalizaciones respecto de las tácticas empleadas frente a enemigos incivilizados 137. Aunque la victoria se presuponía debido a la naturaleza superior de los europeos y de su armamento, a menudo tal garantía no resultaba tan evidente sobre el terreno. La inseguridad que sintieron las tropas en Pekín fue sin duda inmensa y los británicos sufrieron un fracaso cuando Seymour se vio obligado a retirarse a Tianjin 138. Esta sensación de inseguridad estuvo detrás de la buena predisposición de los europeos a ejecutar una violencia extrema, pero también el miedo a lo que haría el salvaje enemigo en caso de vencer.
El giro global de los últimos años resulta particularmente pertinente para las historias imperiales, lo cual incluye el estudio de la represión contra la rebelión de los bóxers 139. Las brutalidades del imperio británico deben situarse en un contexto de violencia de masas; a través de los estudios basados en fuentes archivísticas podemos hacer comparaciones valiosas y apartar las guerras imperiales de una narrativa basada en las hazañas coloniales. Para entender la relación entre los imperios y sus violencias debemos tener claro que ciertas prácticas, incluida la guerra, fueron «más una rutina que algo excepcional» 140. Un estudio de la rebelión bóxer nos permite comprender el «enfoque común» de las potencias europeas en su modus operandi para con las colonias 141. En los estudios sobre la violencia perpetrada por los europeos en los imperios, las nociones de un repertorio colonial europeo de métodos y praxis violentas se ven cuestionadas por las percepciones de excepcionalidad, al menos la relacionada con la perpetración de violencia extrema por parte de británicos y alemanes. Sin embargo, incluso Isabel Hull, cuyo trabajo sobre el Kaiserreich ha sido central a la hora de enfatizar las ideas del excepcionalismo alemán, reconoce que «las similitudes» entre los ejércitos europeos «superaban con creces sus diferencias» 142. Ulrike Lindner ha demostrado las semejanzas en el discurso de ambas potencias sobre las formas de guerra colonial 143. Los debates han variado hasta cuestionar la idea de que los británicos fueron intrínsecamente más moderados que otros países y que, a la inversa, Alemania tenía una mayor predisposición a la violencia extrema y las «soluciones finales» en lo relativo al genocidio colonial y el Holocausto 144. Por contra, resulta evidente que los británicos estuvieron implicados en todas las variables de la campaña contra los bóxers y que estas encajaban perfectamente dentro de las diversas formas de violencia extrema perpetradas en todo el imperio.
[Traducción del inglés: David Alegre Lorenz y Miguel Alonso Ibarra]
* La expresión sobre el salvajismo en George Lynch: The War of the Civilisations: Being the Record of a Foreign Devil’s’ Experiences with the Allies in China, Londres, Longman’s Green, 1901, p. 262. Esta investigación ha sido financiada por el Consejo de Investigación Sueco (the Swedish Research Council: código 2019-02718). Agradezco a los editores sus comentarios a la primera versión.
1 En referencia a la terminología, Thoralf Klein: «Straffeldzug im Namen der Zivilisation: Der “Boxerkrieg” in China (1900-1901)», en Frank Schumacher y Thoralf Klein (eds.): Kolonialkriege: militärische Gewalt im Zeichen des Imperialismus, Hamburgo, Hamburger Edition, 2006, pp. 145-181, esp. p. 146.
2 Susanne Kuss: German Colonial Wars and the Context of Military Violence, Cambridge, Harvard University Press, 2017.
3 Charles Edward Callwell: Small Wars: Their Principles and Practice, 3.ª ed., Londres, General Staff War Office, 1906.
4 Sobre la «nube imperial (imperial cloud) de conocimiento colonial almacenado», Aidan Forth y Jonas Kreienbaum: «A Shared Malady: Concentration Camps in the British, Spanish, American and German Empires», Journal of Modern European History, 14(2) (2016), pp. 245-267, esp. p. 256.
5 Paul A. Cohen: Discovering History in China: American Historical Writing on the Recent Chinese Past, Nueva York, Columbia University Press, 1984, p. 144; véase, además, Anand A. Yang: «(A) Subaltern(‘s) Boxers: An Indian Soldier’s Account of China and the World in 1900-1901», en Robert A. Bickers y R. G. Tiedemann (eds.): The Boxers, China, and the World, Lanham, Rowman & Littlefield, 2010, pp. 43-64.
6 También señalado por Robert A. Bickers: «Introduction», en Robert A. Bickers y R. G. Tiedemann (eds.): The Boxers, China, and the World, Lanham, Rowman & Littlefield, 2010, pp. xi-xxviii.
7 Susanne Kuss: German Colonial..., pp. 18-19, y Col R. F. Gartside-Tipping: «A Short Narrative of the Relief of the Legations at Peking 1900», National Army Museum 1969-02-3, p. 4.
8 Lanxin Xiang: The Origins of the Boxer War: A Multinational Study, Hoboken, Taylor and Francis, 2014, p. 104.
9 Thoralf Klein: «The Boxer War - The Boxer Uprising», Mass Violence & Résistance, online (23 de julio de 2008), http://bo-k2s.sciences-po.fr/mass-violence-war-massacre-resistance/en/document/boxer-war-boxer-uprising (consultado el 17 de mayo de 2021), y Susanne Kuss: «Co-operation Between German and French Troops during the Boxer War in China, 1900/01: The Punitive Expedition to Baoding», en Volker Barth y Roland Cvetkovski (eds.): Imperial Co-operation and Transfer, 1870-1930: Empires and Encounters, Londres, Bloomsbury Academic, 2015, pp. 197-217, esp. p. 200.
10 Great Britain. Foreign Office: Further Correspondence Respecting Anti-Foreign Riots in China, Londres, printed for Her Majesty’s Stationery Office by Harrison and Sons, s. a. [1892], C.6585, p. 10. Recuperado de internet (https://babel.hathitrust.org/cgi/pt?id=hvd.hnxaf6&seq=7).
11 Thomas G. Otte: «The Boxer Uprising and British Foreign Policy: The End of Isolation», en Robert A. Bickers y R. G. Tiedemann (eds.): The Boxers, China, and the World, Lanham, Rowman & Littlefield, 2010, pp. 157-178, esp. p. 159.
12 Utilizo la toponimia de acuerdo con los nombres de la época para mantener la coherencia con los testimonios contemporáneos. Aquellos utilizados con más frecuencia son Pekín-Beijing, Tientsin-Tianjin, Taku-Dagu.
13 Mark Elvin: «Mandarins and Millenarians: Reflections on the Boxer Uprising of 1899-1900», Journal of Anthropological Society of Oxford, 10(3) (1979), pp. 115-138, esp. p. 125.
14 Thoralf Klein: «The Boxer War...»; Eric Ouellet: «Multinational Counterinsurgency: The Western Intervention in the Boxer Rebellion 1900-1901», Small Wars & Insurgencies, 20(3-4) (2009), pp. 507-527, esp. p. 511, y MacDonald a Salisbury, 20 de septiembre de 1900, en Great Britain. Foreign Office: Reports from her Majesty’s Minister in China Respecting Events at Peking, Londres, H. M. Stationery Office, s. a. [1900], C.364, p. 22.
15 Robert A. Bickers: «Introduction...», p. xiii.
16 Seymour al Almirantazgo, 29 de junio de 1900, en Great Britain. Foreign Office: Correspondence Respecting the Insurrectionary Movement in China, Londres, H. M. Stationery Office, 1900, C.257, p. 84.
17 Dinastía Qing (1644-1912).
18 Robert A. Bickers: «Introduction...», p. xiii.
19 Aunque esta fase ya incluyó tácticas de destrucción: «De acuerdo con las órdenes del almirante Seymour se quemó toda casa en la que se encontraran armas o material ferroviario robado». Teniente Paul Schlieper, citado en Frederic A. Sharf y Peter Harrington: China, 1900: The Eyewitnesses Speak: The Experience of Westerners in China during the Boxer Rebellion, as Described by Participants in Letters, Diaries and Photographs, Londres, Greenhill Books, 2000, p. 56.
20 Tomado de Eric Ouellet: «Multinational Counterinsurgency...», p. 511.
21 Thoralf Klein: «The Boxer War...», p. 4.
22 Norman Stewart: My Service Days: India, Afghanistan, Suakim ‘85, and China, Londres, John Ouseley, 1908, p. 220. En cuanto a las fuerzas y su distribución por nacionalidades durante el conflicto, la expedición de Seymour la componían 1.876 hombres, de los cuales 736 eran británicos. «Diary of the Principal Events in China during the Boxer Insurrection, 1900», The National Archives, CAB 37/53/62, p. 13.
23 Weihaiwei fue un territorio británico en China en régimen de arrendamiento entre 1898 y 1930.
24 Bob Nicholls: Bluejackets and Boxers: Australia’s Naval Expedition to the Boxer Uprising, Sydney-Boston, Allen & Unwin, 1986.
25 Elizabeth Kolsky: Colonial Justice in British India: White Violence and the Rule of Law, Cambridge-Nueva York, Cambridge University Press, 2010.
26 Susanne Kuss: German Colonial..., p. 6. Sobre la extrema violencia y el imperio británico, Michelle Gordon: Extreme Violence and the «British Way»: Colonial Warfare in Perak, Sierra Leone and Sudan, Londres-Nueva York, Bloomsbury Academic, 2020.
27 Charles Edward Callwell: Small Wars...
28 Por ejemplo «Diary of the Principal Events...», entradas del 12 y 13 de junio de 1900, p. 6.
29 Teniente Roger Keyes, citado en Frederic A. Sharf y Peter Harrington: China, 1900..., p. 203, y Col R. F. Gartside-Tipping, «A Short Narrative...», p. 35.
30 Capitán Edward H. Bayly citado en Frederic A. Sharf y Peter Harrington: China, 1900..., pp. 122-123.
31 Norman Stewart: My Service Days..., p. 330.
32 Wilbur J. Chamberlin: Ordered to China, Londres, Methuen & Co, 1904, p. 89.
33 La violencia bóxer que tuvo como blanco a los diplomáticos y a sus familias violaba la ley. James Louis Hevia: English Lessons: The Pedagogy of Imperialism in Nineteenth-Century China, Durham, Duke University Press, 2003, p. 231. Técnicamente la convención no entró en vigor hasta el 4 de septiembre de 1900. China estaba entre los firmantes, pero fue incapaz de ratificarla hasta el 21 de noviembre de 1904. «Convention for the Amelioration of the Condition of the Wounded in Armies in the Field. Geneva, 22 August 1864», https://ihl-databases.icrc.org/en/ihl-treaties/gc-1864/state-parties?activeTab=undefined (consultado el 15 de junio de 2021).
34 Como señala Sibylle Scheipers, «a pesar de que el artículo 50 de la Convención de La Haya indica un deseo de limitar el castigo colectivo, este no puede leerse como una prohibición general de las represalias sobre la población civil, lo cual no llegaría hasta las Convenciones de Ginebra de 1949». Sibylle Scheipers: «Counterinsurgency or Irregular Warfare? Historiography and the Study of “Small Wars”», Small Wars & Insurgencies, 25(5-6) (2014), p. 882.
35 James Louis Hevia: English Lessons..., p. 237, y Susanne Kuss: «Co-operation Between...», p. 202.
36 Efectivamente, el sufrimiento en las guerras entre estados europeos fue un punto clave en la fundación de la Cruz Roja Internacional y en la codificación del Derecho Internacional Humanitario bajo la forma de la Convención de Ginebra de 1864. Michelle Gordon: Extreme Violence and the «British Way»..., p. 202, y Alex J. Bellamy: «Mass Killing and the Politics of Legitimacy: Empire and the Ideology of Selective Extermination», Australian Journal of Politics & History, 58(2) (2012), pp. 159-180; cfr. Joseph R. Vergolina: «“Methods of Barbarism” or Western Tradition? Britain, South Africa, and the Evolution of Escalatory Violence as Policy», Journal of Military History, 77 (2013), pp. 1303-1327, esp. p. 1324. También Kim A. Wagner: «Savage Warfare: Violence and the Rule of Colonial Difference in Early British Counterinsurgency», History Workshop Journal, 85(1) (2018), pp. 217-237.
37 Entonces Lansdowne era secretario de estado de Asuntos Exteriores. UK Parliament, Hansard (en adelante Hansard), HL Deb 28 March 1901, vol. 92, cc14.
38 Arthur Smith: «China Six Months after the Occupation of Peking», Outlook, 66(9) (1900), pp. 865-871.
39 Wilbur J. Chamberlin: Ordered to China..., p. 197.
40 Citado en The Times, 16 de febrero de 1901.
41 Earl Spencer: «Las potencias aliadas nunca han estado en una situación de guerra real con China», dirigiéndose a la Cámara de los Lores y específicamente a Lord Lansdowne: «China and the Powers-Present Position». Hansard HL Deb 21 May 1901, vol. 94, cc728.
42 Schlieper, citado en Frederic A. Sharf y Peter Harrington: China, 1900..., p. 48.
43 William McLeish: Tientsin Besieged and After the Siege: From the 15th of June to the 16th of July, 1900: A Daily Record, Shanghái, North-China Herald, 1900, p. 33.
44 Norman Stewart: My Service Days..., p. 247. En el Parlamento británico se hicieron denuncias por la falta de información sobre los acontecimientos en China: «China-Present Position and Policy», Hansard HL Deb 28 March 1901, vol. 92, cc12-36.
45 Norman Stewart: My Service Days..., p. 276.
46 Thomas G. Otte: «The Boxer Uprising...», p. 162.
47 «Diary of the Principal Events...», p. 5.
48 Anand A. Yang: «(A) Subaltern(‘s) Boxers...», p. 57.
49 James Louis Hevia: English Lessons..., pp. 204 y 206-207.
50 Jasper Whiting citado en Frederic A. Sharf y Peter Harrington: China, 1900..., p. 223.
51 Waldersee citado en Susanne Kuss: «Co-operation Between...», p. 208.
52 James Louis Hevia: English Lessons..., p. 216.
53 Whiting citado en Frederic A. Sharf y Peter Harrington: China, 1900..., p. 220.
54 Wilbur J. Chamberlin: Ordered to China..., p. 99.
55 James Louis Hevia: English Lessons..., p. 211.
56 Wilbur J. Chamberlin: Ordered to China..., p. 128.
57 Ibid., p. 197.
58 Bertram Lennox Putnam Weale [Bertram Lennox Simpson]: Indiscreet Letters from Peking, Nueva York, Dodd, Mead & Company, 1916, pp. 358-359 y 191.
59 William McLeish: Tientsin Besieged..., pp. 13 y 16.
60 Bertram Lennox Putnam Weale [Bertram Lennox Simpson]: Indiscreet Letters..., pp. 339 y 342-343.
61 Susanne Kuss: German Colonial..., p. 145.
62 E. Ashmead-Bartlett, Hansard Class II, vol. 87, debatido el jueves 2 de agosto de 1900, cc473-4.
63 En relación con las tropas del Mahdi en Sudán (1896-1899) y la Segunda Guerra Anglo-Boer, Salisbury propugnó «matar por hambre» a las tropas enemigas y a la población en general. Michelle Gordon: Extreme Violence and the «British Way»..., pp. 144 y 174.
64 Norman Stewart: My Service Days..., pp. 219 y 247.
65 Victor G. Kiernan: European Empires from Conquest to Collapse: 1815-1960, Londres, Fontana, 1982, p. 121.
66 The Times, 29 de noviembre de 1900.
67 Por ejemplo, Yang en traducción de Thakur Gadhadhar Singh: Chin meh Terah Mas (Chin Sangram) Lucknow, Thakur 1902, en Anand A. Yang: «(A) Subaltern(‘s) Boxers...», p. 55.
68 Norman Stewart: My Service Days..., p. 243; también confirmado por Wilbur J. Chamberlin: Ordered to China..., p. 127, y Bertram Lennox Putnam Weale [Bertram Lennox Simpson]: Indiscreet Letters..., p. 362.
69 Whiting citado en Frederic A. Sharf y Peter Harrington: China, 1900..., p. 224.
70 Bertram Lennox Putnam Weale [Bertram Lennox Simpson]: Indiscreet Letters..., pp. 331 y 334.
71 Citado en George Lynch: The War..., p. 84. Después del rescate de Pekín, el gobierno también dejó de apoyar a los bóxers. Thoralf Klein: «Straffeldzug im Namen...», p. 156.
72 James Louis Hevia: English Lessons..., p. 222.
73 Dierk Walter: Colonial Violence: European Empires and the Use of Force, transcripción de Peter Lewis, Londres, Hurst, 2017, p. 123.
74 Susanne Kuss: German Colonial..., p. 28.
75 Wilbur J. Chamberlin: Ordered to China..., p. 129.
76 Sabine Dabringhaus: «‘An Army on Vacation? The German War in China, 1900-1901», en Manfred F. Boemeke, Roger Chickering y Stig Förster (eds.): Anticipating Total War: The German and American Experiences, 1871-1914, Cambridge, Cambridge University Press, 1999, pp. 459-476, esp. p. 463, n. 15.
77 Susanne Kuss: German Colonial..., p. 29.
78 «Memorandum of Mr. Jamieson’s Visit to Paoting», en Great Britain. Foreign Office: Further Correspondence Respecting the Disturbances in China, Londres, H. M. Stationery Office, 1901, C.675, p. 16.
79 Susanne Kuss: «Co-operation Between...», p. 208, y James Louis Hevia: English Lessons..., p. 227.
80 Lansdowne a Satow, 3 de diciembre de 1900, en Great Britain. Foreign Office: Further Correspondence Respecting the Disturbances in China, Londres, H. M. Stationery Office, 1901, C.589, p. 113, Inclosure 2 in No. 40, C.675, p. 17.
81 Whiting citado en Frederic A. Sharf y Peter Harrington: China, 1900..., p. 232.
82 Ibid., pp. 228 y 231.
83 Ibid.
84 «Petition», en Great Britain. Foreign Office: Further Correspondence Respecting the Disturbances in China, Londres, H. M. Stationery Office, 1901, C.589, pp. 154-155.
85 Satow a Salisbury, 5 de noviembre de 1900, en Great Britain. Foreign Office: Further Correspondence Respecting the Disturbances in China, Londres, H. M. Stationery Office, 1901, C.589, pp. 153-155.
86 Carles a Salisbury, 4 de septiembre de 1900, en Great Britain. Foreign Office: Further Correspondence Respecting the Disturbances in China, Londres, H. M. Stationery Office, 1901, Inclosure 2 in No. 62, C.589, p. 38, y Arthur Smith: «The Punishment of Peking», Outlook, 66(9) (1900), pp. 493-501.
87 Wilbur J. Chamberlin: Ordered to China..., p. 239.
88 Satow a Salisbury, 14 de noviembre de 1900, en Great Britain. Foreign Office: Further Correspondence Respecting the Disturbances in China, Londres, H. M. Stationery Office, 1901, C.675, p. 15.
89 Jamieson era agregado comercial en la legación de Pekín. Jamieson, 14 de noviembre de 1900, en Great Britain. Foreign Office: Further Correspondence Respecting the Disturbances in China, Londres, H. M. Stationery Office, 1901, Inclosure 1 in No. 40, C.675, p. 16.
90 Gaselee a Satow y al secretario de estado para la India, 10 de noviembre de 1900, en Great Britain. Foreign Office: Further Correspondence Respecting the Disturbances in China, Londres, H. M. Stationery Office, 1901, Inclosure 3 in No. 40, C.675, p. 17.
91 Satow a Salisbury, 14 de noviembre de 1900, en Great Britain. Foreign Office: Further Correspondence Respecting the Disturbances in China, Londres, H. M. Stationery Office, 1901, C.675, pp. 15-16.
92 Susanne Kuss: «Co-operation Between...».
93 Un ejemplo es la discusión de Jamieson sobre la imposición de la pena de muerte para dos individuos que habían sido «prácticamente responsables directos de los asesinatos que tuvieron lugar», en Great Britain. Foreign Office: Further Correspondence Respecting the Disturbances in China, Londres, H. M. Stationery Office, 1901, C.675 (1901), p. 16.
94 MacDonald a Salisbury, en Great Britain. Foreign Office: Further Correspondence Respecting the Disturbances in China, Londres, H. M. Stationery Office, 1901, C.589, pp. 99-100.
95 Whiting citado en Frederic A. Sharf y Peter Harrington: China: 1900..., p. 228.
96 Norman Stewart: My Service Days..., pp. 267 y 285.
97 James Louis Hevia: English Lessons..., p. 222. Las excepciones serían Susanne Kuss: German Colonial..., p. 32, y Thoralf Klein: «The Boxer War...». El 5 de septiembre de 1900 una fuerza anglo-alemana también marchó sobre el pueblo de Liang y lo incendió. Eric Ouellet: «Multinational Counterinsurgency...», p. 515.
98 Thoralf Klein: «The Boxer War...».
99 Whiting citado en Frederic A. Sharf y Peter Harrington: China: 1900..., p. 219.
100 Li Hung-chang a Satow, 6 de noviembre de 1900, en Great Britain. Foreign Office: Further Correspondence Respecting the Disturbances in China, Londres, H. M. Stationery Office, 1901, Inclosure 1 en No. 41, C.675, p. 18.
101 Eric Ouellet: «Multinational Counterinsurgency...», p. 514.
102 United States War Department: Report of the Lieutenant-General Commanding the Army, in Seven Parts: [Military Operations in China], Washington, Government Printing Office, 1900, p. 201.
103 Charles Edward Callwell: Small Wars..., p. 25.
104 William McLeish: Tientsin Besieged..., p. 15.
105 Ibid., p. 4. Los propios bóxers se creían invencibles. Mark Elvin: «Mandarins and Millenarians...», p. 122.
106 Como parte de la marina alemana. Schlieper citado por Frederic A. Sharf y Peter Harrington: China, 1900..., p. 47.
107 Citado por Mark Elvin: «Mandarins and Millenarians...», p. 122; Paul A. Cohen: «Humanizing the Boxers», en Robert A. Bickers y R. G. Tiedemann (eds.): The Boxers, China, and the World, Lanham, Rowman & Littlefield, 2010, p. 186, y «The Crisis In China», The Times, 30 de julio de 1900, con el autor afirmando que las lluvias torrenciales «harían más por restablecer la tranquilidad que cualquier medida que puedan tomar el gobierno chino o los gobiernos extranjeros».
108 Norman Stewart: My Service Days..., pp. 247 y 262.
109 George Lynch: The War of..., p. 142.
110 Sobre las «cartas de los hunos», Susanne Kuss: German Colonial..., pp. 241-247.
111 Por ejemplo, Charles Edward Callwell: Small Wars..., pp. 74-75.
112 James Louis Hevia: English Lessons..., pp. 204-205.
113 Ibid.
114 David L. Lewis: The Race to Fashoda: European Colonialism and African Resistance in the Scramble for Africa, Nueva York, Weidenfeld & Nicolson, 1987, y «Waima Incident»: Hansard HC Deb 28 June 1898, vol. 60, c380.
115 Victor G. Kiernan: European Empires..., pp. 119 y 120.
116 Norman Stewart: My Service Days..., pp. 389-402, y William McLeish: Tientsin Besieged..., p. 20.
117 21 de julio de 1900, United States War Department: Report of the Lieutenant-General..., p. 156. No podemos atribuir esto a una supuesta excepcionalidad de la moderación estadounidense. Por ejemplo, Glenn Anthony May: «Was the Philippine-American War a “Total War”?», en Manfred F. Boemeke, Roger Chickering y Stig Förster (eds.): Anticipating Total War: The German and American Experiences, 1871-1914, Cambridge, Cambridge University Press, 1999, pp. 437-458.
118 Susanne Kuss: German Colonial..., p. 33.
119 The Times, 31 de diciembre de 1900.
120 Kim A. Wagner: «“Calculated to Strike Terror”: The Amritsar Massacre and the Spectacle of Colonial Violence», Past & Present, 233(1) (2016), pp. 185-225.
121 Robert A. Bickers: «Introduction...», p. xvi.
122 Norman Stewart: My Service Days..., p. 231. Simpson también conectaba los acontecimientos, Bertram Lennox Putnam Weale [Bertram Lennox Simpson]: Indiscreet Letters..., p. 370.
123 William Forbes-Mitchell: Reminiscences of the Great Mutiny, 1857-1859, Londres, Macmillan, 1893, p. 163.
124 Wilbur J. Chamberlin: Ordered to China..., p. 8.
125 Ibid., p. 80.
126 James Louis Hevia: English Lessons..., p. 225.
127 Satow a Lansdowne, 20 de febrero de 1901, en Great Britain. Foreign Office: Further Correspondence Respecting the Disturbances in China, Londres, H. M. Stationery Office, 1901, C.1005, p. 16.
128 Satow a Lansdowne, 23 de febrero de 1901, en Great Britain. Foreign Office: Further Correspondence Respecting the Disturbances in China, Londres, H. M. Stationery Office, 1901, No. 126, C.675, p. 89; sobre la profanación de la tumba de Muhammad, Ahmad Michelle Gordon: Extreme Violence and the «British Way»..., p. 139.
129 Wilbur J. Chamberlin: Ordered to China..., p. 45.
130 Citado en Eric Ouellet: «Multinational Counterinsurgency...», p. 512.
131 Keyes citado en Frederic A. Sharf y Peter Harrington: China, 1900..., p. 203.
132 En la guerra filipino-estadounidense, 1899-1902. James Louis Hevia: English Lessons..., pp. 228-229.
133 Los documentos privados del general de brigada E. Craig-Brown, DSO, Documents, 1862, Imperial War Museum, 31/07/00. Información que era imprecisa en lo que respecta a la masacre de las legaciones; Paul Cohen ha hablado de un «fenómeno de falsas malas noticias», citado en Thomas G. Otte: «The Boxer Uprising...». Para otro ejemplo de aprendizaje estadounidense en las Filipinas y China Victor G. Kiernan: European Empires..., p. 220.
134 William McLeish: Tientsin Besieged..., p. 14.
135 David Lambert y Alan Lester (eds.): Colonial Lives Across the British Empire: Imperial Careering in the Long Nineteenth Century, Cambridge, Cambridge University Press, 2006; sobre Kitchener, Michelle Gordon: «Transitions in British Decolonisation: The Case of Horatio Herbert Kitchener», en Tomislav Dulic (ed.): Memories in Conflict: Historical Trauma, Collective Memory and Justice Since 1989, Uppsala, Uppsala University, 2020, pp. 77-98; sobre Von Trotha, Christoph Kamissek: «“Ich kenne genug Stämme in Afrika”: Lothar von Trotha - eine imperiale Biographie im Offizierkorps des deutschen Kaiserreiches», Geschichte und Gesellschaft, 40(1) (2014), pp. 67-93.
136 Un agregado alemán en Sudán, cuya publicación defendía las brutales acciones británicas, en Adolf von Tiedemann: Mit Lord Kitchener gegen den Mahdi, Berlín, Schwetschke, 1906, pp. 159-162, y The Times, 29 de noviembre de 1900. El asistente de campo estadounidense presente en las acciones de los japoneses en United States War Department: Report of the Lieutenant-General..., pp. 135-136.
137 R. Da Costa Porter: «Warfare Against Uncivilised Races», Professional Papers of the Corps of Royal Engineers, 6 (1881), pp. 305-360, esp. p. 338.
138 Susanne Kuss: German Colonial...
139 Simon J. Potter y Jonathan Saha: «Global History, Imperial History and Connected Histories of Empire», Journal of Colonialism and Colonial History, 16(1) (2015).
140 Antoinette M. Burton: The Trouble with Empire: Challenges to Modern British Imperialism, Nueva York, Oxford University Press, 2015, p. 5.
141 Jonas Kreienbaum: «Deadly Learning? Concentration Camps in Colonial Wars Around 1900», en Volker Barth y Roland Cvetkovski (eds): Imperial Co-operation and Transfer, 1870-1930: Empires and Encounters, Londres, Bloomsbury Academic, 2015, pp. 219-35.
142 Isabel V. Hull: Absolute Destruction: Military Culture and the Practices of War in Imperial Germany, Ithaca, Cornell University Press, 2006, pp. 98-99.
143 Ulrike Lindner: «“An Inclination Towards a Policy of Extermination?” German and British Discourse on Colonial Wars during High Imperialism», en Felicity Rash y Geraldine Horan (eds.): The Discourse of British and German Colonialism: Convergence and Competition, Londres, Routledge, 2020, pp. 163-181.
144 Robert Gerwarth y Stephan Malinowski: «Hannah Arendt’s Ghosts: Reflections on the Disputable Path from Windhoek to Auschwitz», Central European History, 42(2) (2009), pp. 279-300.