Ayer 109/2018 (1): 269-295
Sección: Estudios
Marcial Pons Ediciones de Historia
Asociación de Historia Contemporánea
Madrid, 2018
ISSN: 1134-2277
DOI: 10.55509/ayer/109-2018-10
© Miguel Alonso Ibarra
Recibido: 01-10-2015 | Aceptado: 22-04-2016
Editado bajo licencia CC Attribution-NoDerivatives 4.0 License
Guerra Civil Española y contrarrevolución. El fascismo europeo bajo el signo de la santa cruz *
Miguel Alonso Ibarra
Universitat Autònoma de Barcelona
miguel.alonso.ibarra@gmail.com
Resumen: El presente artículo conceptualiza la Guerra Civil Española como un espacio de circulación ideológica de la contrarrevolución europea y, más concretamente, del fascismo. Partiendo de este marco, mi objetivo es definir, analizando la literatura memorialística generada por los combatientes extranjeros que lucharon con los sublevados, la existencia de una serie de percepciones comunes sobre la dimensión del conflicto español. Esto permitiría profundizar en la comprensión del fascismo como fenómeno transnacional, al tiempo que situaría a España —y su fascismo— como un escenario clave en la construcción de la Europa fascista.
Palabras clave: Guerra Civil Española, combatientes extranjeros, fascismo transnacional, civilización europea, circulación ideológica.
Abstract: This article conceptualizes the Spanish Civil War as a space of ideological circulation for the European counterrevolution and, more specifically, for fascism. This framework allows me to identify the existence of a shared perception of the nature of the Spanish conflict by analysing memoirs written by foreign combatants who fought alongside the rebel side. Fascism must be understood as a transnational phenomenon, and Spain —and its fascism— constituted a key scenario for the construction of a fascist Europe.
Keywords: Spanish Civil War, foreign combatants, transnational fascism, European civilization, ideological circulation.
«Esta guerra santa no es solo de España, es de todos y por eso también es nuestra. En el Alcázar, y ahora también en el frente septentrional de Madrid, usted [Moscardó] ha combatido en defensa del mundo; su derrota sería también la nuestra.
Si España vive —y vivirá— viviremos también nosotros; si muere —y no morirá— moriremos también nosotros» 1.
General Gheorghe Cantacuzino
En 1936, Robert Brasillach y Henri Massis publicaban Les Cadets de l’Alcazar, una crónica apologética de la defensa del Alcázar de Toledo por parte de las tropas sublevadas al mando del coronel Moscardó. En ella no solo elogiaban la «gesta» de los rebeldes, sino que hacían todo un alegato en favor de su causa, que era, en definitiva, la propia causa europea contra el comunismo en defensa «del Occidente católico» 2. Como planteaba el propio Brasillach en Notre avant-guerre, aquellos años asistían al nacimiento de «un type humain nouveau [...] l’homme fasciste», algo en lo que la «moderne Reconquête» 3 española desempeñaba un papel fundamental. A fin de cuentas, era la guerra la que permitía que esa transformación, ese nacimiento de una nueva era, se pudiese acometer en toda su dimensión. Igualmente, España y su guerra eran, en última instancia, uno de los escenarios clave dentro del retrato que, sobre la Francia y la Europa de entreguerras, trazaba, en su novela Gilles, el también francés y también fascista Pierre Drieu de la Rochelle. En uno de los pasajes, el protagonista de la novela comparte conversación con un individuo irlandés y otro polaco que se encuentran en territorio español apoyando al bando rebelde o, tal y como ellos lo expresan, en defensa de la catolicidad y la civilización europea, alistados en la lucha internacional contra el bolchevismo. Es decir que, desde su punto de vista, el conflicto español no es sino un componente más del enorme puzle que forma la lucha en toda Europa contra la ideología marxista, que no solo se combate en el propio país, sino también en escenarios que trascienden a este 4.
En los escritos de Drieu de la Rochelle, Brasillach y Massis vemos dos claros ejemplos del impacto que causó la contienda de 1936 en los imaginarios de la contrarrevolución europea. Sin embargo, esa influencia no se ha traducido en una ponderación del caso español como un punto clave del periodo de entreguerras y las dinámicas del fascismo europeo, ni en lo que respecta a dicha influencia bélica ni en lo tocante al propio régimen surgido de ella. Por ello, entiendo que es crucial resituar esta guerra como punto nuclear de dicho periodo, al tiempo que la misma experiencia española como un caso paradigmático en la construcción del fascismo 5. Creo que el camino a transitar discurre por un cambio de enfoque que supere las barreras impuestas al franquismo desde dentro y fuera de nuestras fronteras —requisitos, si así queremos llamarles, que difícilmente cumplirían incluso las propias experiencias italiana y alemana— y que apueste por comprender este al calor de las demás experiencias fascistas. Por tanto, debe establecerse un diálogo en clave identitaria e ideológica que vaya más allá de los límites nacionales y que entienda el fenómeno fascista como algo global, tal y como ha planteado Constantin Iordachi 6. De esta forma, considero que el marco de la guerra española, por la afluencia de combatientes fascistas —o encuadrables dentro del espectro de la contrarrevolución— de diversos países, puede suponer un escenario sugerente para abordar esta tarea haciéndolo, además, desde la propia perspectiva de los individuos 7. Por un lado, porque fueron estos los que, con su apoyo, crearon el fascismo, es decir, permitieron que este alcanzase, en palabras de Ferran Gallego, significación histórica 8. Y, por otro, porque si tomamos el fascismo como una ideología con un claro componente de transnacionalidad 9 y añadimos las dinámicas propias de una guerra total en lo que respecta a los soldados y su socialización identitaria 10, la experiencia bélica compartida se convierte en un elemento potenciador de transferencias culturales e ideológicas, en clave fascista en este caso, entre unos y otros combatientes. En definitiva, mi propósito aquí es doble: abordar la naturaleza de la experiencia española desde un marco comparativo «a ras de suelo» con otros fascismos europeos, y profundizar en una de las líneas de trabajo más recientes a la par que sugerentes dentro de los fascist studies, esto es, la necesidad de comprender el fascismo desde esquemas que vayan más allá de los propios marcos nacionales.
Ciertamente, la consideración de un escenario transnacional en el estudio del fascismo conduce casi invariablemente al concepto de guerra civil europea que vehicula la obra de Enzo Traverso, debido a que es la dimensión ideológica, mejor dicho el conflicto ideológico, el que domina las dinámicas del momento. Tal y como apunta el historiador italiano, la violencia inherente al periodo de entreguerras responde al enfrentamiento entre dos concepciones del mundo, de la realidad y del hombre radicalmente diferentes, que provienen de, e inciden en, una cesura sin precedentes en la propia idea de Europa, un continente que supera un punto de no retorno muy claro 11. Pero, igualmente, debemos ir más allá de dicho concepto, puesto que más que de una guerra civil europea deberíamos hablar de guerras civiles europeas, no tanto ya por la existencia de conflictos convencionales semejantes al español —en este plano ideológico en el que nos movemos— como el ruso o el finlandés, sino porque muchas de las luchas ideológicas del periodo 1914-1945 se convirtieron en verdaderas guerras internas, sobre todo al calor propiciatorio de la Segunda Guerra Mundial. Así tenemos, por ejemplo, el caso del colaboracionismo francés, donde más que de oportunismo —aunque sin dejar de ponderarlo— deberíamos hablar de confluencia ideológica y de visiones compartidas; o el caso balcánico, donde se dieron cita multitud de conflictos paralelos de diversa naturaleza y objetivos 12. Este elemento, el de las guerras civiles europeas, es muy significativo para el enfoque que aquí quiero plantear. Puede hablarse, como hace Traverso, de una guerra a escala europea, pero eso no debe hacernos descuidar el plano de lo regional y de lo nacional porque, a fin de cuentas, lo que conforma el enfoque global es la confluencia de las diversas dinámicas nacionales. Y es eso precisamente lo que aquí quiero subrayar, que además de los objetivos nacionales, y discurriendo paralela a estos, es posible apreciar una perspectiva plenamente transfronteriza en el fascismo que remite a una concepción común —basada en una serie de mínimos— de, en este caso, Europa.
Metodológicamente hablando, el análisis que quiero articular aquí pasa necesariamente por un descenso al fangoso nivel de la trinchera, es decir, al de los mismos combatientes, lo que añadido a la dimensión ideológica perseguida me conduce a una perspectiva eminentemente cultural en la que la literatura memorialística constituirá el cuerpo empírico del trabajo. Este tipo de fuentes plantean una problemática específica, que tiene que ver fundamentalmente con el contexto en el que se elaboran y con las posibles resignificaciones que experimentaron al calor del resultado final del proceso que abordan, ofreciendo un relato cerrado y coherente que, probablemente, no lo fuese tanto en el momento en que transcurrieron los hechos. En este sentido, las memorias son hijas de su tiempo. Si lo que buscamos es evitar que el cambio de cosmovisión en los individuos contamine de algún modo la narración de los hechos pasados, igualmente podemos plantear lo contrario: que el propio contexto haya influenciado el lenguaje y la forma en que se codifican esas experiencias. Por tanto, en la España «victoriosa» de 1939, ¿no podrían ser las memorias un mero reflejo del discurso propagandístico del nuevo régimen? Indudablemente, toda esa propaganda tiene una influencia significativa en el lenguaje utilizado y en la articulación del relato, algo de lo que ya ha advertido Philippe Carrard 13. Entonces, ¿en qué medida podemos estar seguros de que cualquier constructo cultural no es una simple reproducción de los lenguajes imperantes en el momento, más que una expresión de la visión que su autor tiene de la realidad? Las memorias, en efecto, reproducen buena parte de la propaganda contemporánea, sobre todo en un marco propiciatorio como el de la España de 1936-1939. Pero, de igual forma, ejercen como el instrumento de canalización de las experiencias del autor. Y es ahí donde debemos situar el filtro y ejercer la crítica. Así, siguiendo a Philip Dwyer, las memorias no son tanto un documento empírico como «artefactos culturales capaces de arrojar luz sobre cómo los contemporáneos veían el periodo en el que vivieron» 14. Y en tanto que constructos culturales que reflejan la realidad de su tiempo, tienen plena validez como fuente histórica en la medida en que seamos capaces de desbrozar la maraña de clichés propagandísticos para llegar a lo que realmente interesa aquí: cómo el individuo adapta todos esos topoi lingüísticos desde el plano ideológico general hasta el plano de su cotidianeidad. Partiendo de esa base, lo que me interesa de las memorias no son tanto los hechos que narran 15 o las sensaciones que el autor dice tener, como el modo en que todo esto se transmite, se articula, se narra: esto es, el lenguaje. Y aquí es donde está el quid de la cuestión, porque es a través de ese particular código como podemos aproximarnos al modo en que perciben el mundo. Por tanto, la validez de estas fuentes radica en ese elemento, al tiempo que encuentra allí su tremendo potencial como vía de penetración directa, y quizá única, en la cosmovisión de los individuos.
Por todo ello, partiendo del marco teórico y metodológico planteado, mi objetivo aquí es analizar el discurso codificado en las memorias que, fundamentalmente pero no solo, escribieron los combatientes extranjeros que fueron a España a combatir en las filas rebeldes. En este sentido, pretendo determinar hasta qué punto podemos hablar de unas percepciones comunes a todos ellos, sintetizadas en el concepto de civilización pero que abarcarían también otros, que permitieran incluirlos dentro del espectro ideológico de la contrarrevolución europea —con especial incidencia del fascismo—, entendiendo ambos como un proyecto común con vocación europea, esto es, como un proyecto transnacional. Algo que convertiría a España, dado el impacto de la Guerra Civil en los imaginarios de la derecha europea, en un espacio de circulación ideológica del fascismo, considerando además la dimensión propiciatoria que le confería el contexto bélico.
Dentro del enfoque desarrollado por los fascist studies acerca del fascismo como fenómeno transnacional, se ha apuntado la idea de una «Internacional Blanca» como forma de unir, bajo un manto concreto, los diferentes grupos y movimientos que componían el amplio espectro de la contrarrevolución europea 16. En este sentido, como he apuntado, la idea clave que permite establecer un vector conectivo entre todos ellos es la lucha, en la mayoría de casos real y tangible ya fuese en los campos de batalla ya fuese en las calles, contra el enemigo marxista. En un reciente libro, Robert Gerwarth y John Horne realizaban un incisivo recorrido por las percepciones y fantasías ilusorias sobre revoluciones inminentes construidas por los conservadores europeos desde los tiempos de la Revolución Francesa 17. Una revolución representada en forma de masa violenta y deforme que atacaba a los representantes y miembros de la sociedad de orden y de valores, de tradiciones y principios civilizados. En definitiva, una masa que encarnaba la más pura barbarie, amenazando con subvertir no solo el orden social, sino fundamentalmente el moral 18. Pero no sería sino el estallido y triunfo de la Revolución Bolchevique lo que haría que esos miedos se exacerbasen nuevamente, en un contexto de ruptura y anomia que invadía a buena parte del continente europeo. Un problema que se agudizó especialmente en naciones derrotadas en la Gran Guerra donde fue harto complicado, por no decir imposible, poner en marcha una cultura —está claro que no de la victoria, pero ni siquiera de otro tipo— que sirviese para canalizar los horrores y frustraciones vividos en la contienda, dotándolos de un significado último. En este sentido, baste poner como ejemplo una cita de la misma obra de Gerwarth y Horne en la que Hans Albin Rauter, excombatiente del ejército austrohúngaro durante la Gran Guerra, miembro de los Freikorps y futuro líder de las SS y las fuerzas policiales en la Holanda ocupada, narra su experiencia tras volver del frente: «When I finally arrived in Graz, I found that the Communists had taken the streets [...] I pulled my gun and I was arrested. This was how the Heimat welcomed me» 19. A este respecto, por supuesto, no pretendo crear una asociación directa y exclusiva entre el fenómeno excombatiente surgido tras 1918 —con sus diversos proyectos de regeneración nacional— y el fascismo, tesis griffiniana que ya ha sido puesta en cuestión últimamente 20. Lo único que quiero señalar aquí son los antecedentes culturales e ideológicos que coadyuvaron a crear unas percepciones colectivas, sobre el enemigo y sobre la necesidad de un nuevo proyecto común, en el seno de la contrarrevolución europea, que fueron las que luego compartieron los individuos que combatieron en España bajo las banderas del fascismo.
Sea como fuere, por tanto, vemos cómo esas percepciones revolucionarias se condensaban y se hacían tangibles en el enemigo comunista. Un enemigo que, antes de la contienda española, ya había triunfado en Rusia, y había hecho intentonas muy significativas en Hungría y Alemania, es decir, en el mismo corazón de una Europa a la que amenazaba con asolar. Y precisamente esas ideas de la Europa amenazada y del peligro mortal que corría la civilización europea eran las que configuraban una lectura transnacional de la lucha contra el bolchevismo y las que, en definitiva, constituían uno de los núcleos en torno a los que se articulaban las respuestas desde el campo de la contrarrevolución. Y eran, por ende, lo que podemos identificar como el primer punto de la cosmovisión que compartían los voluntarios extranjeros que combatieron en España. Así, por ejemplo, el comandante de la división italiana Frecce Nere, Sandro Piazzoni, apuntaba que él, como otros combatientes transalpinos, había venido a España a luchar contra
«los fuera de la ley, los criminales y los expulsados de todos los países, enganchados a fuerza de pesetas y con la esperanza de pingües botines en los bajos fondos de París, Praga, Londres y Nueva York, con objeto de asegurar lo más pronto posible el aplastamiento de las todavía exiguas filas de los cruzados de la civilización cristiana y latina y asegurar así, entre el Atlántico y el Mediterráneo, el triunfo y el dominio del poder bolchevique» 21.
Es decir, que una victoria de los republicanos implicaba, desde su punto de vista, una amenaza para Italia y para todo el continente europeo, pues supondría que a ambos lados de Europa, en los dos extremos, se encontrarían sendos regímenes bolcheviques. De la misma forma, el voluntario inglés Peter Kemp, que combatió tanto en los requetés como en La Legión, incidía en sus memorias en el peligro que suponía una victoria del comunismo en España, debido al alto riesgo de contagio existente con otros países del entorno como Francia o la propia Inglaterra:
«Si los rojos triunfaban —lo cual era inconcebible—, el comunismo dominaría en España, pasando después a Francia. ¿En qué situación se encontraría Inglaterra entonces? Los rojos habían cometido atroces crímenes en España, como pronto averiguaría por mí mismo» 22.
En este sentido, podemos interpretar la lucha de Kemp desde una óptica plenamente transnacional, aunque también posea un componente importante de nacionalismo. Kemp combate con una idea muy clara en mente: evitar el triunfo del bolchevismo en España y su expansión hacia otros países, con lo que ello podría suponer para Inglaterra, lo que se traduce en una preocupación última por su nación. Pero, de igual modo, el esquema en que se inserta dicha preocupación tiene que ver con una percepción a nivel europeo de la amenaza marxista. Porque no debemos olvidar, tal y como apuntaba en una reciente entrevista Roger Griffin 23, que fenómenos transfronterizos, como por ejemplo la globalización, se conciben en coordenadas transnacionales, pero se construyen, se desarrollan y se combaten desde lo local, lo regional y/o lo nacional. Así, una cosa no excluye la otra, sino que son compatibles. No vendría a ser, por ende, un nacionalismo sublimado en transnacionalismo, sino la contribución a lo global desde los objetivos, escenarios y dinámicas de lo nacional. En este sentido, podemos explicar por qué hubo determinados líderes contrarrevolucionarios y fascistas como Charles Maurras, Marcel Bucard, León Degrelle o Corneliu Zelea Codreanu que, pese a reconocer la crucial importancia de la guerra española en la lucha contra el marxismo y en la construcción de un nuevo orden europeo, disuadieron a sus seguidores de ir a combatir a España, ya que trastocaba sus propias agendas nacionales 24. ¿Esto supone que la visión de estos líderes se remitía exclusivamente al plano nacional? En mi opinión, no. Más bien, implicaba que primaban lo nacional, pero sin perder de vista un esquema transnacional que hacía cobrar a lo propio aún mayor importancia, pues desde ese mismo escenario se construía el marco global. Por tanto, y volviendo de nuevo a Kemp, es esa lectura transfronteriza la que desempeña un papel significativo, aunque ni mucho menos el único, en su decisión de alistarse en las filas de los sublevados.
Igualmente, para los rusos blancos que acudieron a la llamada del fascismo en España, la Guerra Civil no era sino una continuación de su propia lucha contra los bolcheviques. Es decir, no solo una nueva oportunidad de combatir contra sus enemigos comunistas, sino también —y quizá fundamentalmente si nos remitimos al plano más «a ras de suelo», al de las pulsiones personales— una ocasión para vengarse por lo que ellos y sus familias habían pasado. No en vano, este mismo argumento es el que la propaganda franquista esgrimió, epitomizado en el famoso «¡Rusia es culpable!», para atraer combatientes a la División Azul, pues era el momento de vengarse de lo que los rusos habían hecho en España. Sea como fuere, si acudimos a los diversos ofrecimientos realizados por rusos blancos para servir en las filas rebeldes durante la Guerra Civil, observamos que no pocos de ellos refieren explícitamente esta idea. España era una estación de paso en un combate a escala europea que habrían estado librando desde el mismo fin, en 1922, de la guerra en suelo ruso. Así se refleja en la carta que dirige, en noviembre de 1936, el general Yevgeny-Ludwig K. Miller, presidente de la Federación General de las Asociaciones de Antiguos Combatientes Rusos y director de la Russki Obsche-Vóinski Soyuz, al general español Fidel Dávila, con el fin de aclarar si los excombatientes zaristas eran bienvenidos en las filas del ejército sublevado. Miller apunta que, pese a que en otras ocasiones «había prohibido siempre a los Oficiales rusos que se mezclasen en los conflictos armados de otras Naciones, considerándolos como extraños a nuestros intereses rusos», en este caso la cosa era bien distinta, pues
«hoy la lucha cruel en España se presenta bajo otro aspecto, es la continuación de la lucha contra el comunismo militante que nosotros desencadenamos en el Sur de Rusia en 1917, es la lucha contra la tercera internacional que no oculta sus intenciones de someter el universo entero a su yugo» 25.
Una idea de continuidad, de correlación entre ambos conflictos, que también estaba presente en la felicitación remitida por el Comandante Khmelewsky, ruso blanco, al Coronel Moscardó, por haber resistido en el Alcázar. El telegrama, enviado en octubre de 1936, recogía el sentir de «Les anciens cadets russes qui se sont trouvés dans les mêmes circonstances dans la lutte contre le marxisme» 26. Por supuesto, el hecho de que la contienda en España fuese para los rusos blancos una nueva batalla dentro de la guerra contra el bolchevismo confería una dimensión trascendental a la victoria. Sería un punto de inflexión, la oportunidad de contraatacar hasta liberar de nuevo su patria, algo que tenía muy claro el voluntario, alistado en los requetés, Pablo de Rachewsky, según nos cuenta en sus memorias el también requeté José Sanz:
«En cuanto terminemos la guerra de España, iremos contra los rojos franceses... y luego, todos juntos: Italia, Alemania, Portugal, España y Francia, en fraternidad civilizadora, marcharemos sobre los odiosos tiranos de mi país, de mi querida Rusia, de la que oigo constantemente la llamada angustiosa» 27.
En definitiva, la percepción de la dimensión del conflicto español era compartida por aquellos que podríamos agrupar bajo el paraguas de una denominada Internacional Blanca, al tiempo que lo era la visión en clave internacional de sus enemigos, lo que quizá refuerza la idea del proyecto fascista como poseedor de una dimensión que trascendía más allá del plano propiamente nacional. Por tanto, España constituía uno de los campos de batalla de la guerra ideológica que se estaba librando en toda Europa contra enemigos de diversos países por parte de fascistas de diversos países, como explicitan constantemente las memorias y su particular codificación de la experiencia bélica 28.
De la misma forma, en el seno de muchos combatientes españoles también existía esa visión de que el conflicto de 1936 era un combate por la civilización europea y occidental, que acontecía en España pero cuyas repercusiones trascendían, en mucho, los límites peninsulares 29. Una percepción que fue creciendo y extendiéndose paralelamente al proceso de socialización ideológica acontecido en la guerra. Además de la consabida representación del enemigo republicano en clave extranjerizante 30, la lucha contra «la hez del mundo» 31 tenía dimensiones más allá de la propia «liberación nacional», en tanto que lo que estaba en juego era «la salvación de España y de una civilización» 32. En definitiva, en los distintos campos de batalla era «el porvenir de la Humanidad cristiana» 33 lo que se estaba dilucidando con España, a ojos del autor, como cabeza visible de ese combate pero, en cualquier caso, con una idea común, sintetizada en la concepción de Europa, como trasfondo de todo. Sin embargo, no es menos cierto que la presencia de esta idea en las memorias de combatientes españoles es menor que en las de sus correligionarios extranjeros. En este sentido, cabe destacar el propio proceso formativo y la socialización de la cultura fascista en España en comparación con el de aquellos países a los que he hecho referencia, como Italia o Alemania, lo que arroja un escenario de desequilibrio en lo tocante a dinámicas ideologizadoras de la población. Así, considerando la Guerra Civil como el espacio formativo del fascismo en España, tiene sentido la menor presencia de esa dimensión europea en el relato de los combatientes españoles —en proceso de fascistización—, lo que no excluye que fuese también parte integrante de la identidad que se estaba construyendo al calor de la contienda, y lo que otorga aún más valor al papel de los voluntarios extranjeros como agentes de socialización, si atendemos a las coordenadas ideológicas que, finalmente, adoptó el régimen nacido de la victoria bélica.
Sea como fuere, esa misma percepción europeísta de la guerra española no pertenecía exclusivamente al ámbito de los combatientes, sino que estaba también muy presente en la retaguardia, algo que da buena cuenta de que las dinámicas de ambos espacios marchaban, en esencia y pese a sus necesarias diferencias, parejas en lo que a ideología se refiere. Así, por ejemplo, podemos ver cómo el testimonio de un teniente falangista camisa vieja recogido por su correligionario Francisco Lluch —algo que bien podría representar el propio testimonio del autor del libro— deja bien claro contra quién se está luchando en España:
«Contra los masones y moscovitas, que extendían sus tentáculos por todo el mundo, en cínico alarde de poderío, amenazando el progreso y la civilización y preconizando la abolición de fronteras y la destrucción de la familia» 34.
Otra vez una dimensión transnacional del conflicto y otra vez con el concepto de civilización como eje central de esa perspectiva global. Al igual que, y cito el último ejemplo a este respecto, se aprecia en el prólogo a una novela escrito por el conde de Rodezno:
«Tan trascendente como aquellos que marcan una barrera divisoria entre los ciclos históricos por ellos diferenciados, es el actual momento, en el que se debate en los campos de España y con sangre de España el porvenir de la humanidad y de la civilización» 35.
En conclusión, vemos cómo tanto los diferentes combatientes extranjeros entre sí como muchos soldados españoles compartían una percepción similar acerca de las dimensiones del conflicto español. Las fantasías revolucionarias que emanaban del triunfo bolchevique en Rusia implicaban que toda Europa se encontraba bajo la amenaza de, parafraseando a Robert Gerwarth, la «bestia roja». Y todavía era más peligroso el hecho de que dicha amenaza se localizase en España, en el extremo occidental del continente, lo que era un ejemplo perfecto de la gran capacidad de expansión del «virus marxista». Así, las similitudes a la hora de definir una naturaleza transnacional para el conflicto español me permiten establecer el primero de los elementos de la identidad común que se construyó al calor de las trincheras de la Guerra Civil.
La idea de civilización es, como hemos visto, un elemento que atraviesa las narraciones que los distintos combatientes elaboraron para codificar su experiencia bélica. Sin embargo, una pregunta fundamental al aproximarnos a ese concepto de civilización es definir, en buena medida, cuáles son sus contornos. ¿De qué hablan los fascistas cuando hablan de civilización? Si recurrimos nuevamente a la perspectiva de los individuos nos encontramos con que, esencialmente, dicha noción de civilización está recubierta de un sentido cristiano. Tanto en la formulación retórica del discurso fascista como en buena parte de las motivaciones intrínsecas de españoles y extranjeros, puede apreciarse una dimensión religiosa que se asocia con el propio sentido de la lucha ideológica contra el bolchevismo. Y ello no solo debido a los importantes contactos entre Iglesias cristianas y los diferentes movimientos fascistas, sino también por la innegable raíz cristiana de la palingenesia europea que el fascismo quería implementar 36.
Así, por ejemplo, podemos ver casos como el del Nezavisna Država Hrvatska, en el que las políticas culturales y discursivas se hallaban plenamente imbricadas con el cristianismo y con importantes sectores de la Iglesia católica croata 37; mientras que, del mismo modo, la codificación narrativa del cuerpo ideológico situaba a Dios y al catolicismo como esencia de la nación, desplegando una retórica trufada de apelativos a la regeneración, el martirologio y el renacimiento moral 38. Algo que, igualmente, ha demostrado Constantin Iordachi para el caso de la Legión del Arcángel Miguel en Rumania, en este caso en relación con el cristianismo ortodoxo 39. E, incluso, en experiencias como la alemana, donde la conexión institucional con el estamento religioso no era ni mucho menos tan evidente —aunque no por ello debemos olvidar la visibilidad de grupos de presión como los protestantes Deutsche Christen de Erich Koch—, pero sí existía un sustrato cristiano en los apelativos al renacimiento nacional germano, cristalizado, por ejemplo, en el frecuente recurso a la rememoración de las gestas de los caballeros teutones 40. Algo que, indudablemente, tenía pleno sentido en la medida en que la civilización europea con la que se quería entroncar, cada uno desde la óptica de su propia experiencia nacional, estaba regida por los principios ideológicos de la cristiandad 41.
En este sentido, para el caso español el fascismo no podía sino articularse en función de una retórica y de un aporte ideológico nuclear del catolicismo. Tal y como ha demostrado Ferran Gallego, la eclosión del fascismo español vino de la mano de una síntesis entre ideología política y catolicismo, que ejerció como nexo de unión y polo de convergencia en el proceso de fascistización de las derechas españolas 42, el cual, por otra parte, no fue sino el proceso por el cual surgió el fascismo propiamente dicho —no debemos olvidar que sin fascistización no hay, no hubo, fascismo históricamente relevante—. Por tanto, la conexión entre ideología fascista y religión católica constituyó uno de los elementos fundamentales de la construcción identitaria del fascismo español, y permitió establecer un punto de convergencia de indudable fortaleza con las visiones de los combatientes que fueron a luchar a España. Así, por ejemplo, vemos cómo la idea de civilización está claramente ligada con la de cristiandad para el periódico conservador ABC Sevilla cuando define lo que acontece en España como una «cruzada de redención humana, esta gran guerra salvadora de todo el orbe civilizado» 43. De igual forma, el combatiente falangista Francisco Javier Centurión apunta que la Guerra Civil es una «insurrección contra el capitalismo antiespañol y anticristiano» 44, algo que comparte el también falangista Ricardo Gutiérrez cuando afirma que «los preceptos más elementales de la Civilización Occidental [son]: patria, religión y familia» 45.
La misma idea de religión cristiana conectada con el concepto de civilización europea que subyacía en buena medida a la lucha contra el bolchevismo formaba parte nuclear del discurso de los combatientes fascistas extranjeros que lucharon en España. Así, más allá de una religiosidad exacerbada en estos relatos —propia de un contexto liminal como el de la guerra total— como la que el legionario italiano Renzo Lodoli, posterior fundador del Movimento Sociale Italiano, evidencia al hablar de la «indescrivibile sensazione di pace che scende nella anima mentre una mano sacerdotale traccia su noi i segno della croce» 46, lo verdaderamente relevante es la constante asociación entre el concepto de Europa y la idea cristiana. En este sentido, el legionario rumano Bănică Dobre describía cómo, en Toledo, se habían librado «combates feroces entre defensores de la fe cristiana y la demencia roja» representada por los «mercenarios bolcheviques enviados desde la Rusia soviética para desencadenar el terror comunista en cada esquina de Europa»; algo que, indudablemente, les colocaba a ellos, voluntarios que habían acudido a la llamada de la civilización asediada, «desde ese mismo momento [...] en la onda ideal de los defensores de la Cruz de Cristo» 47. De igual modo, mientras que el italiano Alfredo Roncuzzi narraba cómo se alistó en las filas del requeté «por el ideal religioso y combativo», «por el triunfo del Reino de Dios» y «en defensa de una civilización fundada sobre valores religiosos» 48 —lo que indudablemente constituía la espina dorsal de la ideología carlista, pero que igualmente estaba presente en la identidad política del resto de componentes del proyecto fascista español—, el también italiano Guido Pietro Matthey hizo lo propio, en la división Frecce Azurre en este caso, cumpliendo «il mio dovere di Italiano, di Cattolico e di Fascista» 49. De hecho Matthey iba más allá, pues dentro de ese deber se encontraba la lucha por la Europa cristiana, que no solo correspondía a cada país en particular sino que conformaba un deber colectivo, tanto en el fondo como en la forma:
«1938? Spagnoli? Italiani? Tedeschi? Oh, è assurda, è pedagogica, è letteraria questa suddivisione nel tempo o nella nazionalità. Sono Crociati, ora come nel 1100-, sono il fiore della gioventù cristiana e civile riunita intorno al segno della Croce nella lotta contro gli infedeli, contro i barbari».
Por ende, pese a que recubra su relato de una pátina historicista, muy en línea con el mito palingenésico del renacimiento europeo, la referencia a la cruzada del año 1100, o a la «difesa di Re Stanislao contra i Turchi invasiori del piano medio danubiano, nella lotta mossa in Francia de Caterina De’ Medici e condotta a termine dal Cardinale di Richelieu contro i protestanti» 50, no son sino codificaciones de la creencia en la idea de una Europa, de raíz cristiana, vertebrada por un proyecto colectivo, el fascista, que ha de construirse mediante el combate común contra el enemigo marxista.
De hecho, esa idea de que la guerra en España era «una crociata. La causa di Dio e di Mussolini» 51 —esto último para los voluntarios italianos— estaba muy presente desde el primer momento en las motivaciones que muchos individuos aducían para alistarse en apoyo de la causa rebelde. Por ejemplo, en los documentos relativos a la infructuosa Bandera Irlandesa o Azul, comandada por el líder fascista irlandés Eoin O’Duffy, se especifica que estos combatientes habían acudido a España a «luchar por la fe de sus antepasados» 52, algo que también hacían algunos voluntarios rusos como Wenceslas de Lucasiewicz, antiguo oficial de caballería del Ejército Imperial zarista, que quería combatir «contra las hordas rojas, enemigos del cristianismo y por lo tanto de la libertad y el progreso» 53. De igual modo, no era sino Juana de Arco, heroína cristiana de gran significación religiosa, la que daba nombre a la bandera del Tercio que quiso formar la derecha francesa y que, por falta de efectivos y tras sucesivos destinos, acabó convertida en la 17.ª Compañía de la XVII Bandera de La Legión 54. Por citar un último ejemplo, podemos atender a las palabras del legionario rumano y combatiente en el frente de Madrid Neculai Toţu, el cual apuntaba:
«Cuando la existencia de un pueblo está en peligro, cuando la fe, la moral y la civilización son desafiados y cuando a Dios se le enseña el puño y se le insulta, la Nación se halla en trance de legítima defensa. Tú no matas, sino que luchas por Dios, por la Patria, por la fe y demás valores que forman la vida humana» 55.
Civilización y religión unidas en un mismo combate, tal y como apunta Ion Moţa, voluntario rumano muerto en España. En consonancia con el pensamiento de los nacionalistas rumanos afines al fascismo, en el cual la Guerra Civil era percibida a través de un esquema en el que se enfrentaban la cristiandad y el comunismo ateo, Moţa afirmaba: «if the Cross will fall in Spain, its foundation will be shaking Romania as well, and if communism wins there today, it will come against us tomorrow» 56. Es decir, si la República vencía, mañana el campo de batalla sería el suelo rumano, por lo que habían de triunfar en España tanto para vencer en su propio país, como para seguir construyendo la Europa fascista, tal y como subrayaba el general Gheorghe Cantacuzino al inicio de este artículo. Una Europa fascista que, indudablemente, estaba unida a la idea cristiana.
En un sorprendente informe remitido al Cuartel General del Generalísimo, el antiguo general de caballería del Ejército Imperial del zar y excombatiente de la Guerra Civil Rusa Arsene Torcom, armenio, ofrecía la posibilidad de reclutar a 300.000 combatientes de esa nacionalidad a lo largo y ancho de toda la cuenca mediterránea, algo que, de haberse llevado a término, habría supuesto incrementar el número de soldados del ejército rebelde en torno a un sesenta por ciento. Dejando a un lado lo increíblemente fantasioso de los guarismos ofrecidos por Torcom, resultan más interesantes los motivos que explicitaba para embarcarse en tamaña empresa. Como exoficial del Ejército Blanco, consideraba que la Guerra Civil Rusa y la invasión de Armenia por los bolcheviques se asemejaban a la contienda española, pues «es lucha aquélla, y esta, por la misma causa», que no era otra que «salvación de Europa» contra «la gangrena marxista» 57.
En la misma línea se expresaba el antiguo general de brigada zarista, alistado en el Tercio Zumalacárregui, Nicolas Schinkarenko Brousiloff, que apuntaba que había venido a España a combatir «para salvar la civilización mundial», es decir, por la causa «de la cultura de la Europa y de la cristiandad» 58. De la misma forma, a lo largo del artículo hemos visto cómo múltiples individuos de diferentes procedencias y contextos convergían en estas dos ideas-fuerza. Y esta es la idea fundamental que quiero subrayar: que la Guerra Civil fue un polo de atracción para las diferentes fuerzas y movimientos de la contrarrevolución europea y, más concreta y extensamente, del fascismo. Ya fuesen rusos blancos, excombatientes de los Freikorps 59, de diversos ejércitos europeos 60, portugueses 61, franceses 62 o de cualquier otra nacionalidad, todos percibieron, independientemente de sus propias agendas nacionales, el español como un conflicto cuya trascendencia les afectaba de lleno, pues no era únicamente el futuro de España lo que estaba en juego. Este hecho fue lo que convirtió al país en un verdadero espacio de circulación ideológica de la contrarrevolución y el fascismo europeos, y por lo que resulta significativo estudiar la identidad política de estos voluntarios, dado que dicha circulación constituyó un espacio de aprendizaje y construcción no solo del fascismo español, sino también de los diferentes fascismos europeos que se dieron cita en las trincheras peninsulares.
Así pues, vemos que existen dos grandes elementos que conectan las diferentes visiones de la realidad de los combatientes fascistas extranjeros, y también españoles: la idea de civilización y su dimensión cristiana. No en vano, incluso hasta individuos como Kemp, cuyas motivaciones han sido catalogadas como de puro aventurismo, expresan un sentido religioso entre sus leitmotiv, cuando afirma que fue a España para luchar contra quienes habían «dado muerte a sacerdotes y monjas por el simple hecho de ser sacerdotes y monjas» 63. Por supuesto, no pretendo plantear que la única razón para alistarse en las filas del ejército sublevado fuese la voluntad de defender ese modelo de civilización que he explicitado, ni tampoco que todos los extranjeros que combatieron en España fuesen unos guerreros ideológicos convencidos 64. Como siempre ocurre en este tipo de conflictos de masas, confluyen individuos con diferentes grados de compromiso y necesidades. En este sentido, las motivaciones que los individuos aducen para combatir deben entenderse desde dos puntos de vista: primero, como un conjunto de elementos que se combinan para terminar explicando el por qué alguien se alista y combate donde lo hace. Los individuos no solo se mueven en un plano ideológico, sino que también intervienen muchos otros factores como la búsqueda de aventuras, el dinero, el deber militar o la camaradería 65. Es decir, que son un conjunto poliédrico que, segundo, debemos percibir como algo dinámico que se va transformando a lo largo del tiempo 66, lo que permite que a posteriori todo se filtre y se explique mediante un mismo esquema, bien definido, cuando en realidad ese mismo marco de comprensión se ha ido modificando paralelamente al propio devenir de los hechos. Sin embargo, lo que sí busco aquí es ponderar hasta qué punto estas ideas permiten establecer un espacio ideológico común entre todos los combatientes, extranjeros o no, que lucharon en España, algo que, creo, sucedió. Y, al mismo tiempo, revalorizar nuevamente la ideología como un elemento esencial en el contexto bélico, especialmente en aquellos cuyas dinámicas explicativas se conectaban indudablemente con este aspecto.
Ahora bien, pese a que hemos visto que compartían visiones, ¿se produjeron transferencias ideológicas entre estos extranjeros y los combatientes españoles? Para contestar a esta pregunta, hemos de recurrir primero a la naturaleza de la guerra total y a la idea de Frontgemeinschaft y sus dinámicas, tal y como Bartov las desarrolló para el caso del Ostfront, y que otros como Römer han actualizado. Así, dentro de los pequeños grupos de camaradas se gestaban sólidos vínculos y surgían verdaderas figuras de liderazgo, las cuales desempeñaban ese rol socializador de la ideología del que hablamos 67. Para el caso de la guerra de España, ese papel lo habrían desempeñado, esencial aunque no únicamente, los capellanes, quienes al tiempo que habrían dado a la experiencia bélica un sentido religioso habrían ejercido como correa de transmisión de la identidad fascista para con la tropa. Esta hipótesis es algo que sugieren tanto los numerosos testimonios de combatientes extranjeros —algunos de ellos, como irlandeses o rusos, contaban con la presencia de sacerdotes «propios» dentro de sus unidades— y españoles que resaltan, a veces excesivamente, la importancia del capellán en las unidades de combate, como, en cierto modo, recientes estudios sobre la cuestión 68, si bien está aún pendiente de demostrarse en profundidad.
Sea como fuere, empero, no es menos cierto que existe una tendencia en la historiografía militar que defiende que los combatientes tenían menos de guerreros ideológicos que de meros cumplidores de su deber. Neitzel y Welzer, Schüler-Springorum —en ciertos aspectos— o Matthews 69 apuntan en esta dirección, si bien es importante matizar algunas cuestiones. Quizá la presencia de la ideología en la mente del soldado no era tan explícita como Bartov y otros han querido señalar, pero no podemos cerrar los ojos ante las motivaciones que llevaban a estos individuos a combatir y llegar hasta los extremos a los que muchos de ellos llegaron. Por ejemplo, aquí vale la pena citar de nuevo el paradigmático caso de Kemp, el cual pese a elaborar un relato ciertamente poco inflamado por una visión ideológica de su experiencia, no deja de ofrecer pinceladas que permiten situarlo en una determinada concepción del mundo, que le conecta invariablemente con la de los fascistas en España. No debemos olvidar, de hecho, que fue en este bando y no en el republicano en el que se alistó. De la misma forma podemos concebir a los italianos, de los cuales mucho se ha escrito acerca de su generalizada falta de voluntad y de comunión con el fascismo 70. Sin embargo, quizá no debamos pretender que todos aquellos que lucharon por el fascismo sean capaces de articular un discurso complejo y profundo acerca de lo que es esta ideología. Por ejemplo, Matthey, pese a ser un fascista convencido, no narra su experiencia en clave plenamente ideológica, lo que da una medida de cómo aquellos menos ideologizados podían codificar su visión del mundo. Esto, igualmente, se aprecia muy bien en la codificación e interpretación de la guerra y del régimen que hacen muchos excombatientes españoles, los cuales no son capaces de ofrecer una motivación ideológica clara del sentido de su lucha. ¿Eran fascistas fanáticos? La mayoría no, desde luego 71. ¿Hubo algunos que rechazaban el fascismo? Por supuesto. Ahora bien, ¿creían muchos de ellos que la lucha por el fascismo, tal y como personalmente lo entendían y en la medida en que este cubría sus necesidades individuales, merecía la pena? Estoy convencido de ello. Y fue aquí, a la hora de colmar los anhelos y necesidades personales, donde el fascismo verdaderamente triunfó.
Por tanto, debemos percibir la Guerra Civil como un gran laboratorio 72 donde se generó un complejo espacio de circulación ideológica que permitió la transferencia de elementos identitarios y discursivos entre los voluntarios extranjeros y los combatientes españoles, debido a la existencia de un marco de comprensión y percepción del mundo común a todos ellos. Un laboratorio que fue el preludio del aún mayor laboratorio que supuso el Frente Oriental y la afluencia masiva de voluntarios fascistas provenientes de toda Europa durante la Segunda Guerra Mundial —recuérdense los miles combatientes, tanto españoles como extranjeros, que combatieron en ambos conflictos— 73. En definitiva, vemos cómo la guerra generó el contexto propiciatorio para la aparición de transferencias culturales e ideológicas en el marco de una visión transnacional de la guerra contra el bolchevismo y de la existencia de importantes y muy fuertes puntos en común entre las identidades de los soldados, como el caso del concepto de civilización que hemos visto —amén de otros que han quedado fuera de este estudio, como la visión del yo, la identificación del enemigo o la naturaleza del proyecto por el que estaban luchando—, convirtiendo así a España es un escenario esencial e insoslayable en el proceso constructivo del fascismo europeo, entendiendo ahora este desde una óptica colectiva. No en vano Prospettive, revista dirigida por Curzio Malaparte, señalaba en su número especial dedicado a los legionarios italianos en España, y en referencia a la victoria sublevada, que «In tutti il mondo civile, tutti quei popoli che hanno saputo difendere la propia storia e la propia morale dalle insidie della pseudo letterata barbarie che tenta il mondo» habían «gioito e festeggiato la fine della guerra di Spagna», puesto que dicha victoria «più que una vittoria di liberazione per la tormentata nazione latina, è una vittoria di tutta la storia civile» 74. Una batalla de tres años, seguida por «El mundo entero [...] pleno de admiración» 75, de la que el fascismo salió victorioso, perteneciente a una guerra más larga que terminaría por decidirse tan solo seis después, con la ocupación de Berlín por parte del Ejército Rojo.
* El autor participa del Proyecto de I+D «Culturas políticas, movilización y violencia en España, 1930-1950» (HAR2014-53498-P) del MINECO, dirigido por Francisco Morente. Agradezco a Xosé M. Núñez Seixas, Ferran Gallego, Francisco J. Leira, David Alegre y a los evaluadores sus comentarios y críticas a este texto.
1 Cfr. Bănică Dobre: Los crucificados. Días vividos en el frente español, Barcelona, Ojeda, 2015 [1937], p. 58. Gheorghe Cantacuzino (1869-1937) fue un destacado general rumano durante la Primera Guerra Mundial. En 1933 se unió a la Guardia de Hierro y fue uno de los integrantes de la expedición rumana que viajó en diciembre de 1936 a España a homenajear al general Moscardó por la defensa del Alcázar.
2 Henri Massis y Robert Brasillach: Los cadetes del Alcázar. La epopeya de Toledo, Madrid, Titania, 2008 [1936], p. 94.
3 Robert Brasillach: Une génération dans l’orage. Mémoires, París, Plon, 1968 [1941], pp. 205 y 218.
4 Extraído de Judith Keene: Fighting for Franco. International Volunteers in Nationalist Spain during the Spanish Civil War, Nueva York, Hambledon Continuum, 2001, p. 1.
5 Por ende, me sitúo en la línea que conceptualiza el franquismo como un fascismo. Para España como caso paradigmático véase Javier Rodrigo: «Regimi fascisti e culture della violenza in Europa», en Simone Neri (ed.): 1914-1945. L’Italia nella guerra europea dei trent’anni, Roma, Viella, 2016, pp. 55-68.
6 Constantin Iordachi: «God Chosen Warriors. Romantic palingenesis, militarism and fascism in modern Romania», en Constantin Iordachi (ed.): Comparative Fascist Studies. New Perspectives, Londres, Routledge, 2010, p. 317.
7 Respecto a las cifras de combatientes extranjeros, los contingentes más numerosos fueron el italiano, por el que pasaron 79.000 hombres a lo largo del conflicto, y el alemán, que acumuló 25.000 efectivos —la mayoría personal no combatiente—. Tras estos están los portugueses, que algunos investigadores sitúan entre 5.000 y 10.000 efectivos, si bien el hecho de que, al igual que el resto de voluntarios extranjeros, se repartiesen entre La Legión [en donde a fecha de 29 de agosto de 1938 había 869 alistados según el Archivo General Militar de Ávila (en adelante, AGMAV), caja 2385, 165, 30/1), las diferentes milicias y el ejército dificulta fijar una cifra concreta. Luego encontraríamos a los franceses, sobre los 2.000 combatientes; los irlandeses, que sumaron 700 efectivos; el conjunto de los latinoamericanos, en torno a dos o tres centenares, y los rusos, aproximadamente un centenar. Finalmente, el resto de nacionalidades apenas reunieron algunas decenas de individuos. Pueden consultarse las cifras en Judith Keene: Fighting for Franco...; los italianos en Javier Rodrigo: La guerra fascista. Italia en la Guerra Civil española (1936-1939), Madrid, Alianza Editorial, 2016, p. 32; los alemanes en Stefanie Schüler-Springorum: La guerra como aventura. La Legión Cóndor en la Guerra Civil española, Madrid, Alianza Editorial, 2014, p. 27; los franceses en Hélène Dewaele Valderrábano: «La extrema derecha francesa en España: mitos y realidades de la bandera Jeanne d’Arc (1936-1939)», Historia y Política, 8 (2002), p. 300; los portugueses en Alberto Pena-Rodríguez: «Salazar y los “viriatos”. Los combatientes portugueses en la Guerra Civil española: prensa y propaganda», Spagna Contemporanea, 47 (2015), p. 13, y los latinoamericanos en João F. Bertonha: «Los latinoamericanos de Franco. La “Legión de la Falange Argentina” y otros voluntarios hispanos en el bando sublevado durante la Guerra Civil española», Alcores, 14 (2012), p. 143.
8 Ferran Gallego: «Fascismo y fascistización. La crisis de 1934 y la definición política del periodo de entreguerras», en Alejandro Andreassi y José L. Martín Ramos (coords.): De un octubre a otro. Revolución y fascismo en el periodo de entreguerras, 1917-1934, Barcelona, El Viejo Topo, 2010, p. 286.
9 Como enunciadores de la idea de transnacionalidad en el fascismo, entre otros, Sven Reichardt y Armin Nolzen (eds.): Faschismus in Italien und Deutschland. Studien zu Transfer und Vergleich, Göttingen, Wallstein, 2005. Como agenda futura de los fascist studies véase Constantin Iordachi: «Introduction: Fascism in Interwar East Central and Southeastern Europe: Toward a New Transnational Agenda», East Central Europe, 37/2-3 (2010), pp. 161-213.
10 Omer Bartov: The Eastern Front, 1941-1945: German Troops and the Barbarisation of Warfare, New York, Palgrave, 2001.
11 Enzo Traverso: A sangre y fuego. De la guerra civil europea (1914-1945), Valencia, PUV, 2009, pp. 35-36.
12 David Alegre: «El Estado Independiente de Croacia (NDH): encrucijada de imperios, violencias, comunidades nacionales y proyectos revolucionarios (1941-1942)», en Javier Rodrigo (ed.): Políticas de la violencia. Europa, siglo xx, Zaragoza, PUZ, 2014, pp. 191-240.
13 Philippe Carrard: The French Who Fought for Hitler. Memories from the Outcasts, Cambridge, Cambridge University Press, 2013, p. 59.
14 Philip Dwyer: «Historias de guerra: las narrativas de los veteranos franceses y la “experiencia de guerra” en el siglo xix», Revista Universitaria de Historia Militar, 4/7 (2015), pp. 113-114.
15 Lo que Carrard define como veracidad. Véase Philippe Carrard: The French Who Fought for Hitler..., pp. 53-84.
16 Arnd Bauerkämper: «Transnational Fascism: Cross-Border Relations between Regimes and Movements in Europe, 1922-1939», East Central Europe, 37 (2010), pp. 214-246.
17 Robert Gerwarth y John Horne: «Bolshevism as Fantasy: Fear of Revolution and Counter-Revolutionary Violence, 1917-1923», en Robert Gerwarth y John Horne (eds.): War in Peace. Paramilitary Violence in Europe after the Great War, Oxford, Oxford University Press, 2012, pp. 40-51.
18 Para esas imágenes de la masa véase el clásico de Susanna Barrows: Distorting Mirrors. Visions of the Crowd in the Late Nineteenth-Century France, New Haven, Yale University Press, 1981.
19 Robert Gerwarth: «Fighting the Red Beast: Counter-Revolutionary Violence in the Defeated States of Central Europe», en Robert Gerwarth y John Horne (eds.): War in Peace. Paramilitary Violence in Europe after the Great War, Oxford, Oxford University Press, 2012, p. 55.
20 Ángel Alcalde: War Veterans and Fascism in Interwar Europe, Cambridge, Cambridge University Press, 2017.
21 Sandro Piazzoni: Las flechas negras en la guerra de España (1937-1939), Barcelona, Ediciones Nueva República, 2011 [1939], p. 21. Algo similar en Mario Cangianelli: Nella bufera spagnola, Roma, Instituto Gráfico Tiberino, 1939, p. 13.
22 Peter Kemp: Legionario en España, Barcelona, Luis de Caralt, 1959 [1957], p. 21.
23 Véase http://seminariofascismo.wordpress.com/2014/11/27/entrevista-con-roger-griffin-historiador-del-fascismo-europeo-y-la-crisis-de-la-modernidad/.
24 Para los dos primeros véase Hélène Dewaele Valderrábano: «La extrema derecha francesa en España...», pp. 279 y 286.
25 AGMAV, caja 2555, 24/12.
26 AGMAV, caja 2321, 42, 38/3.
27 José Sanz y Díaz: Por las Rochas del Tajo. Visiones y andanzas de guerra, Valladolid, Santarén, 1938, p. 102.
28 España como escenario global para el fascismo, a través de la política exterior italiana, en Aristotle A. Kallis: Fascist Ideology. Territory and Expansionism in Italy and Germany, 1922-1945, Londres-Nueva York, Routledge, 2000, pp. 76 y 146.
29 Sobre los límites de la socialización ideológica durante la Guerra Civil existe un importante y reciente debate en la historiografía española. Cuestionándolos, James Matthews: Reluctant Warriors. Republican Popular Army and Nationalist Army Conscripts in the Spanish Civil War, 1936-1939, Oxford, Oxford University Press, 2012, y Francisco J. Leira Castiñeira: «Movilización militar y experiencia de guerra civil. Las actitudes sociales de los soldados del ejército sublevado», en Lourenzo Fernández Prieto y Aurora Artiaga Rego (eds.): Otras miradas sobre golpe, guerra y dictadura. Historia para un pasado incómodo, Madrid, Los Libros de la Catarata, 2014, pp. 150-178. La guerra como experiencia de socialización ideológica significativa en Miguel Alonso Ibarra: «Vencer y convencer. Una aproximación a la fascistización del combatiente sublevado y la construcción del consenso en la España franquista», en Francisco Cobo, Miguel Á. del Arco y Claudio Hernández Burgos (eds.): Fascismo y modernismo. Política y cultura en la Europa de entreguerras (1914-1945), Granada, Comares, 2016, pp. 107-122, y, con ciertos matices, en Ángel Alcalde: Los excombatientes franquistas. La cultura de guerra del fascismo español y la Delegación Nacional de Excombatientes (1936-1965), Zaragoza, PUZ, 2014, pp. 83-99.
30 Esta cuestión, analizada desde la perspectiva cultural aquí empleada, en Xosé Manoel Núñez Seixas: ¡Fuera el invasor! Nacionalismos y movilización bélica durante la Guerra Civil española (1936-1939), Madrid, Marcial Pons, 2006, pp. 227-270, y Francisco Sevillano: Rojos. La representación del enemigo en la Guerra Civil, Madrid, Alianza Editorial, 2007.
31 Fernando Fernández de Córdoba: Memorias de un soldado-locutor. La guerra que yo he vivido y la guerra que yo he cantado, Madrid, Ediciones Españolas, 1939, p. 124.
32 Ibid., p. 41.
33 Rosendo Domenech Puig: Diario de campaña de un requeté, Olesa de Montserrat, Selección, [1956 o post.], p. 22.
34 Francisco Lluch F. Valls: Semilla azul, Granada, Hijo de Paulino Ventura, 1939, pp. 48-49.
35 Jesús-Evaristo Casariego Fernández: Flor de hidalgos. Ideas, hombres y escenas de la guerra, Pamplona, Editorial Navarra, 1938, p. 9.
36 Algunas consideraciones sobre el papel de las Iglesias nacionales en el auge de los fascismos se apuntan en Hugh Trevor-Roper: «The Phenomenon of Fascism», en Stuart Joseph Woolf (ed.): Fascism in Europe, Nueva York, Methuen, 1981, pp. 19-38.
37 Mark Biondich: «Radical Catholicism and Fascism in Croatia, 1918-1945», Totalitarian Movements and Political Religions, 8/2 (2007), pp. 383-399.
38 Rory Yeomans: Visions of Annihilation. The Ustasha Regime and the Cultural Politics of Fascism, 1941-1945, Pittsburgh, University of Pittsburgh Press, 2013.
39 Constantin Iordachi: « God Chosen Warriors...».
40 La relación entre cristianismo y nacionalsocialismo como adaptación en Richard Steigmann-Gall: The Holy Reich. Nazi Conceptions of Christianity, 1919-1945, Cambridge, Cambridge University Press, 2003. Como intento de construcción de una religiosidad germánica en Alon Confino: «Death, Spiritual Solace, and Afterlife. Between Nazism and Religion», en Alon Confino et al. (eds.): Between Mass Death and Individual Loss: The Place of the Dead in Twentieth-Century Germany, Oxford, Berghahn Books, 2011.
41 Miguel Alonso Ibarra: «Cruzados de la civilización cristiana. Algunos apuntes en torno a la relación entre fascismo y religión», Rúbrica Contemporánea, 3/5 (2014), pp. 133-154.
42 Ferran Gallego: El Evangelio fascista. La formación de la cultura política del franquismo (1930-1950), Barcelona, Crítica, 2014, esp. pp. 505-520. La misma línea interpretativa en Francisco Morente: «Rafael Sánchez Mazas y la esencia católica del fascismo español», en Miguel Á. Ruiz Carnicer (coord.): Falange. Las culturas políticas del fascismo en la España de Franco (1936-1975), Zaragoza, Actas, 2013, pp. 109-141, o en Alfonso Botti: Cielo y dinero. El nacionalcatolicismo en España (1881-1975), Madrid, Alianza Editorial, 2008 [1993].
43 ABC (Sevilla), 25 de marzo de 1937, p. 4.
44 Francisco Javier Centurión: Ardiente voz de guerra, Santa Cruz de Tenerife, Ediciones de FET y de las JONS [1938?], p. 25.
45 Ricardo Gutierrez: Memorias de un azul [Salamanca], Imprenta Comercial Salmantina [1937], p. 10.
46 Renzo Lodoli: Domani posso morire. Storie di arditi e fanti legionari, Roma, Roma Fascista, 1939, p. 78.
47 Bănică Dobre: Los crucificados..., pp. 64 y 50.
48 Alfredo Roncuzzi: La otra frontera. Un requeté italiano de la España en lucha, Madrid, Aportes XIX, 1992, pp. 7 y 9.
49 Guido Pietro Matthey: Legionario di Spagna, [Turín], Società Editrice Torinese, [1941], p. 23. Ese mismo deber de católico en el argentino Héctor Colmegna: Diario de un médico argentino en la guerra de España, 1936-1939, s. l., Espasa Calpe, 1941.
50 Guido Pietro Matthey: Legionario..., pp. 146 y 153.
51 Davide Lajolo: Bocche di donne e di fucili, Osimo, Ismaele Barulli & Figlio, 1939, p. 204.
52 AGMAV, caja 2379, 156, 19/4.
53 AGMAV, caja 2327, 51, 37/1.
54 De hecho, la elección del nombre «Juana de Arco» mostraba la voluntad de unir, en dicha bandera, a individuos procedentes de diversos sectores de la contrarrevolución francesa frente al enemigo extranjero, encarnado en el marxismo. No por nada, la figura de Juana de Arco había servido de inspiración y emblema a varios grupos de derechas galos, como las Jeunesses Patriotes o los Camelots du Roi, tal y como apunta Hélène Dewaele Valderrábano: «La extrema derecha francesa en España...», p. 277.
55 Neculai Toţu: Notas del frente español (1936-1937), Madrid, Dacia, 1970 [1937], pp. 18-19.
56 Cfr. Valentin Săndulescu: «Sacralised Politics in Action: the February 1937 Burial of the Romanian Legionary Leaders Ion Moţa and Vasile Marin», Totalitarian Movements and Political Religions, 8/2 (2009), p. 261.
57 AGMAV, caja 2327, 51, 68/3.
58 AGMAV, caja 2307, 13, 3/4 y 5.
59 AGMAV, caja 2327, 51, 52/1.
60 Archivo Intermedio Militar de Ceuta, Fondo Expedientes personales, Legionario Paul Kehren (belga), documento 1.
61 AGMAV, caja 2395, 187, 54/1.
62 Como el voluntario francés Marcelo Gaya y Delrue, que en sus memorias define el conflicto español como una «Croisade antimarxiste». Véase Marcelo Gaya y Delrue: Combattre pour Madrid. Mémoires d’un officier franquiste, París, Editions de la Pensée Moderne, 1964, p. 253.
63 Peter Kemp: Legionario..., p. 17.
64 Algunos, aunque posteriormente, rechazaron el fascismo. Véase Seumas MacKee: I was a Franco Sodier, Londres, United Editorial Limited, 1938. También sobre los irlandeses véase AGMAV, caja 2379, 156, 24. Respecto a los italianos, Javier Rodrigo: La guerra fascista..., pp. 175-218. La amalgama de motivaciones de los portugueses puede verse en Alberto Pena-Rodríguez: «Salazar y los “viriatos”...», p. 14.
65 Algunos ejemplos en Christine G. Krüger y Sonja Levsen (eds.): War Volunteering in Modern Times. From the French Revolution to the Second World War, Basingstoke, Palgrave, 2011. Para la Legión Cóndor véase Stefanie Schüler-Springorum: La guerra como aventura... Un enfoque más transnacional en Nir Arielli y Bruce Collins (eds.): Transnational Soldiers. Foreign Military Enlistment in the Modern Era, Nueva York, Palgrave, 2012. La Legión Extranjera francesa en Christian Koller: Die Fremdenlegion. Kolonialismus, Söldnertum, Gewalt 1831-1962, Paderborn, Ferdinand Schöningh, 2013.
66 Aquí es prudente recoger las palabras de Xosé Manoel Núñez Seixas sobre la compleja naturaleza de las motivaciones de dichos soldados, que no deben reducirse a la dicotomía fascismo-anticomunismo. Véase Xosé Manoel Núñez Seixas.: «La “Cruzada europea contra el bolchevismo”: mito y realidad», Cuadernos de Historia Contemporánea, 34 (2012), p. 56.
67 Omer Bartov: The Eastern Front, 1941-1945..., pp. 49 y 93.
68 James Matthews: «Comisarios y capellanes en la Guerra Civil española 1936-1939. Una mirada comparativa», Ayer, 94 (2014), p. 192.
69 Sönke Neitzel y Harald Welzer: Soldados del Tercer Reich. Testimonios de lucha, muerte y crimen, Barcelona, Crítica, 2012; James Matthews: Reluctant Warriors..., y Stefanie Schüler-Springorum: La guerra como aventura... Una visión opuesta en Félix Römer: Kameraden. Die Wehrmacht von innen, Múnich, Piper-Verlag, 2012, o en Thomas Kühne: Kameradschaft. Die Soldaten des nazionalsozialistischen Krieges un das 20. Jahrhundert, Göttingen, Vandenhoeck & Ruprecht, 2006. Un enfoque intermedio, en cierto modo, en Jeff Rutherford: Combat and Genocide on the Eastern Front. The German Infantry’s War, 1941-1944, Cambridge, Cambridge University Press, 2014.
70 Dimas Vaquero: Creer, obedecer, combatir... y morir. Fascistas italianos en la Guerra Civil española, Zaragoza, IFC, 2006, p. 76.
71 Merece aquí la pena citar al combatiente italiano Maurizio Bassi quien, pese a ser un convencido fascista, apunta: «Sono volontario e fascista, ma non sono un fanatico». Véase Maurizio Bassi: Da Cadice ai Pirinei. Ricordi di un legionario (dal taccuino di guerra di un legionario in terra di Spagna), Florencia, Felice Le Monnier, 1940, p. 20.
72 Esta idea en Javier Rodrigo: «Retaguardia: un espacio de transformación», Ayer, 76 (2009), pp. 13-36.
73 Por ejemplo, algunos de los franceses que combatieron en España. Véase David Alegre Lorenz: Bajo el fuego cruzado: los voluntarios franceses en el Frente del Este, Zaragoza, HRM, 2015.
74 Curzio Malaparte (ed.): «Italiani in Spagna», Prospettive, 6 (1939), p. 89.
75 Bonifacio Soria Marco: Cruzada nacionalista. Memorias de guerra de un vanguardista de «Españoles Patriotas» en el frente de Granada, Granada, Urania, 1937, p. 61.