Ayer 111/2018 (2): 285-310
Sección: Estudios
Marcial Pons Ediciones de Historia
Asociación de Historia Contemporánea
Madrid, 2018
ISSN: 1134-2277
DOI: 10.55509/ayer/110-2018-11
© Mercedes Yusta
Recibido: 23-09-2016 | Aceptado: 13-01-2017
Editado bajo licencia CC Attribution-NoDerivatives 4.0 License
Hombres armados y mujeres invisibles. Género y sexualidad en la guerrilla antifranquista (1936-1952)
Mercedes Yusta*
Université Paris 8
mercedes.yusta@univ-paris8.fr
Resumen: El presente artículo se propone abordar el fenómeno de la guerrilla antifranquista de posguerra (el «maquis») desde una perspectiva de género, con el objetivo de enmarcarlo en una historia social de la posguerra española. Teniendo siempre presente un marco transnacional, se analiza la forma en la que la oposición antifranquista, en especial la comunista, elaboró imaginarios militantes fuertemente generizados; la configuración de trayectorias militantes masculinas y femeninas en el seno de la guerrilla antifranquista; la forma en la que la sexualidad fue utilizada como arma de la represión y, por último, la implicación de la presencia de mujeres en un espacio clandestino de lucha armada muy masculinizado.
Palabras clave: guerrilla, género, sexualidad, posguerra, represión, historia de las mujeres.
Abstract: This article examines anti-Francoist guerrilla forces in postwar Spain, known as maquis, from the perspective of gender. By so doing, it inserts this social history of the Spanish postwar within a transnational perspective. These chiefly communist resistance groups elaborated political imaginaries that were strongly gendered. The anti-Francoist guerilla configured masculine and feminine trajectories of commitment. The dictatorship used sexuality as a weapon against the movement. The article concludes by examining the consequences of the presence of women in a clandestine space of struggle that was strongly masculinized.
Keywords: guerrilla warfare, gender, sexuality, postwar, repression, Women’s History.
A pesar de que en los últimos años se le han dedicado numerosos trabajos y monografías, la resistencia armada contra el franquismo, más conocida como «el maquis» o «la guerrilla», todavía encuentra ciertas dificultades para constituirse como un objeto historiográfico con entidad propia, como lo son otros movimientos de resistencia antifascista que se desarrollaron en Europa durante el ciclo bélico comprendido entre 1936 (comienzo de la Guerra Civil Española) y 1949 (final de la Guerra Civil Griega) 1. La historiografía de que disponemos ha considerado de forma mayoritaria a la guerrilla antifranquista como un fenómeno tan solo político y militar, ligado, por un lado, a la existencia de bolsas de huidos formadas ya durante la Guerra Civil, que con posterioridad se convirtieron en núcleos de combatientes armados, y, por otro, a los esfuerzos de diferentes partidos y organizaciones políticas de la oposición antifranquista, en especial el PCE, por estructurar esta resistencia y dotarla de un carácter estatal. De este modo, la historia de la guerrilla antifranquista se ha ido construyendo como un relato en el que la enumeración y descripción de los grupos armados y de las agrupaciones guerrilleras de ámbito regional se combinan con la narración de los esfuerzos organizativos, de las caídas y traiciones, de los encuentros armados y del fracaso final de la estrategia insurreccional. Aunque también se ha dedicado un esfuerzo, sobre todo en los últimos tiempos, a proponer una historia social de la guerrilla, en particular a estudiar las relaciones de los grupos guerrilleros con las comunidades rurales y el impacto en estas de la violencia represiva, lo cierto es que, con excepción de algunos trabajos notables de ámbito regional, todavía no se ha conseguido insertar del todo el fenómeno de la guerrilla en una historia social de la posguerra española 2.
Una de las consecuencias de esta construcción del relato historiográfico sobre la guerrilla, basada sobre todo en sus aspectos bélicos, es la casi total ausencia de una perspectiva de género 3. Ello ha redundado no solo en la invisibilización de las —por otra parte escasas— mujeres que se integraron en los grupos armados, sino también de aquellas, mucho más numerosas, que tuvieron un papel determinante en la estructuración de las redes de apoyo y abastecimiento a la guerrilla. De forma más general, esta ausencia ha generado una infravaloración de determinados aspectos sociales y culturales que, sin menoscabar la importancia de factores políticos e ideológicos, influyeron en la estructuración del movimiento guerrillero, como pueden ser el peso de los lazos familiares o la dependencia de redes de enlaces y de abastecimiento en las que la presencia femenina fue muy significativa. Tampoco ha merecido mucha atención la forma en la que la diferencia de sexos influyó en la construcción de identidades e imaginarios militantes y combatientes 4. O cómo la sexualidad fue utilizada como un arma de denigración y represión de la lucha guerrillera por parte de las autoridades franquistas 5.
Este artículo parte de la premisa de que el compromiso y la participación de hombres y mujeres en la guerrilla antifranquista llevan la marca del género. Así, defendemos que entender en qué consiste esta marca, cómo la diferencia sexual estructura la participación en la resistencia o es modificada por ella, puede ayudar a una mejor comprensión de este fenómeno y de las dinámicas de la violencia política en la España rural de posguerra. Las páginas que siguen no tienen la pretensión de dar respuestas a todas estas cuestiones, pero sí de abrir un campo de investigación y sugerir líneas de trabajo que puedan redundar en una mejor comprensión de los mecanismos del compromiso político, militante y combatiente de hombres y mujeres con la guerrilla antifranquista.
Al emprender un estudio de la guerrilla antifranquista desde una óptica de género, una de las primeras cuestiones que saltan a la vista es la escasez de la presencia efectiva de mujeres integradas en la guerrilla española, que contrasta con la situación que se da en otras guerrillas europeas coetáneas contra el fascismo o la ocupación alemana en las que las mujeres se cuentan por millares. En Italia hay un consenso en torno a una cifra de 35.000 partisanas en los grupos armados. Ingrid Strobl y Jelena Batiniç dan la cifra de 100.000 mujeres en el ejército partisano de Tito. En Grecia, alrededor de un 45 por 100 de los efectivos del EPON 6 en Tesalia estaba formado por mujeres jóvenes. En contraste, en el caso español, Secundino Serrano evalúa a un centenar las mujeres que de manera efectiva pudieron estar en algún momento integradas en un grupo armado 7.
La mayor presencia femenina en otras resistencias europeas tiene explicaciones complejas que no podemos abordar aquí en detalle, pero entre las que se puede apuntar el carácter masivo de los movimientos armados en los tres países citados, frente al número mucho más reducido de combatientes en la España de posguerra (entre 6.000 y 8.000 según diferentes autores) 8, así como el potencial movilizador del discurso patriótico que aquellas organizaciones armadas desarrollaron para hacer frente a una ocupación extranjera. Pero lo que parece determinante para explicar la masiva participación femenina es el peso de las estrategias de movilización. En lugares como Grecia o Yugoslavia, las organizaciones resistentes llamaron a la población femenina a tomar las armas, mientras que en España excluyeron de forma deliberada a las mujeres de los grupos armados. Las organizaciones políticas que estructuraron la resistencia armada de posguerra, y en particular el PCE, principal organización antifranquista, aplicaban una estricta división sexual del trabajo militante, que excluía a las mujeres tanto de puestos de responsabilidad (ya sabemos hasta qué punto Dolores Ibárruri es una excepción) como de la primera línea de combate, y ello desde la Guerra Civil. En cambio, en los casos yugoslavo y griego hubo una llamada explícita a la movilización femenina, que se explica por necesidades tácticas y estratégicas y por la diferente temporalidad del combate antifascista. De hecho, como señala Margaret Poulos para el caso griego, la participación femenina en la lucha armada fue significativamente mayor en el caso de la Guerra Civil (a partir de 1946) que en el marco previo de la resistencia; el KKE, el partido comunista griego, movilizó a las mujeres sobre todo por necesidad, en una coyuntura de escasez de combatientes a causa de la represión y las caídas de los años de resistencia contra la ocupación 9.
Ello no significa que la percepción de la mujer guerrillera o partisana no fuese conflictiva en estos lugares 10. Ingrid Strobl insiste en su libro pionero en la dificultad de las mujeres para hacer reconocer su participación en los combates resistentes y las difíciles negociaciones entre identidad de género e identidad combatiente. En el caso italiano, varias autoras, como Anna Bravo, Anna Maria Bruzzone o Maria Addis Saba, señalan la dificultad de las partisanas para hacer reconocer una participación en la resistencia que tuviese otra motivación que la ayuda a un padre, hermano o novio combatiente. Como veremos, el reconocimiento de la actividad de las mujeres en la resistencia antifranquista adolece del mismo sesgo de género, por el cual su participación se interpreta casi casi de manera exclusiva bajo el ángulo de la afectividad y el parentesco 11.
En el caso español, imaginarios militantes y narrativas historiográficas presentan la lucha armada como un ámbito por completo masculino, en el que la presencia femenina es o un accidente o un estorbo. Incluso algunos trabajos que se esfuerzan por rescatar los nombres de mujeres guerrilleras, como el trabajo de referencia de Francisco Moreno sobre la guerrilla en la zona Centro-Sur, redunda en esta invisibilización al atribuir su presencia en el monte tan solo a motivaciones afectivas y sentimentales. Es el caso de mujeres de reconocida trayectoria política, como María Josefa López Garrido, «La Mojea», «en el monte desde 1939 por sus actividades políticas» (era presidenta de la Unión de Mujeres Antifascistas de su pueblo, Villanueva de Córdoba): de su actividad en la guerrilla, lo único que retienen los testimonios es «su gran habilidad para tener siempre a punto las ropas de su grupo guerrillero» 12.
Por otra parte, tanto el relato proporcionado por las fuentes (escritas como orales) como la historiografía han minimizado el ámbito de la resistencia en el que la presencia femenina fue más relevante: el de las redes de enlaces y colaboradores/as que hicieron posible la existencia misma de grupos armados y su supervivencia en el medio rural 13. La preponderancia dada a los grupos armados en nuestra percepción actual del fenómeno guerrillero oscurece así el hecho de que, como lo señalan Ramón García Piñeiro y Julio Prada Rodríguez, las mujeres constituyeron en torno al 50 por 100 de los enlaces y colaboradores de la guerrilla, lo que desmiente la impresión de una resistencia antifranquista de posguerra predominantemente masculina. Y a ello se añade que, como señala Claudia Cabrero Blanco para el caso de Asturias, en muchos lugares las mujeres tuvieron un papel preponderante en la reconstrucción de las organizaciones antifranquistas en la clandestinidad, en particular del PCE 14. Son sobre todo la primacía y la visibilidad dada a los grupos armados, tanto en los relatos coetáneos como, sobre todo, en las reconstrucciones historiográficas y en los imaginarios sociales, las que inducen una infrarrepresentación de las mujeres en la resistencia de posguerra, la cual debería ser entendida como un conjunto de fenómenos que englobaría grupos armados y redes de enlaces, entre los cuales la porosidad, por otro lado, solía ser bastante grande.
En las publicaciones del PCE en el exilio, que constituyen una fuente privilegiada de información acerca de la construcción de relatos e imaginarios militantes sobre la guerrilla, podemos observar cómo las representaciones de la resistencia conllevan una fuerte impronta de género, en conformidad con un discurso político, ya gestado en la Guerra Civil (e incluso antes), que preconizaba tareas políticas y militantes bien diferentes para hombres y mujeres 15. Así, en el momento mismo en que desde el exilio se estaba preparando la penetración de guerrilleros conocida como Invasión del Valle de Arán, cuyo fracaso marcaría el inicio de una estrategia de toma de control de los grupos guerrilleros existentes por parte de cuadros del Partido Comunista enviados al interior 16, el periódico Reconquista de España, que comenzó a publicarse en 1944 para acompañar las operaciones y fomentar la movilización de las masas españolas en la resistencia contra el franquismo, recuperaba la figura histórica del guerrillero español, viril y patriota:
«Guerrilleros, mozos de (ilegible) pechos de bronce, brazos de acero, que en tierras de Francia y de España entera habéis dejado muy alta la bandera española [...] La Patria admira vuestro denuedo, vuestras madres, vuestras esposas, vuestras hijas lloran de gozo esperando la liberación de su pueblo merced a vuestro donaire y valor» 17.
Junto a esta figura viril del guerrillero, la prensa comunista apelaba a los instintos maternales de las mujeres, a las que se buscaba movilizar en la hipotética insurrección nacional que sería provocada por la invasión guerrillera fomentando su participación en tareas auxiliares, nunca en puestos de combate, y ello a pesar de que al menos unas quince mujeres formaron parte de las brigadas de guerrilleros que penetraron en octubre de 1944 a través de la frontera pirenaica:
«La Patria llama a sus hijos; la mujer española en la Historia de la Independencia de España ha sabido siempre ser mujer y patriota [...] Como madres, como esposas, como novias, como hermanas, no podemos y no queremos quedarnos impasibles ante el desarrollo de la insurrección nacional que se enciende en toda España» 18.
A través de este reparto sexuado de papeles, guerrillero combatiente y madre patriota, la prensa comunista se hacía eco de una articulación entre identidad de género e identidad nacional heredada del pensamiento liberal decimonónico, herencia que ya había sido reactivada durante la Guerra Civil y que lo seguiría siendo en la cultura política republicana y comunista del exilio 19. El imaginario antifranquista se construyó, de este modo, a partir de la recuperación y resemantización de un imaginario nacionalista muy generizado, que recuperaba las figuras heroicas, tanto masculinas como femeninas, de la Guerra de la Independencia, y que reclamaba para sí la legitimidad de la representación de la autenticidad de la nación en clave progresista y popular, frente a la monopolización franquista del discurso españolista 20. También es muy probable que en la movilización de este imaginario nacionalista y patriótico influyese el éxito de este discurso en el caso de la resistencia francesa frente a la ocupación alemana, que, no hay que olvidarlo, fue el ámbito en el que se gestó el movimiento «Reconquista de España».
En lo que respecta al lugar de las mujeres en este imaginario, durante todo el periodo de actividad de la guerrilla tanto la prensa comunista como los escritores antifascistas en el exilio popularizaron un doble estereotipo femenino siempre impregnado de valores nacionales españoles, aunque en ocasiones pudiese presentar una coloración regional: la abnegada madre antifranquista, que llega hasta el sacrificio de su vida, o la combatiente virginal e idealizada, cuyo modelo arquetípico sería la «Niña guerrillera» del drama teatral homónimo de Bergamín, figura mítica y sacrificial sin correspondencia con figuras femeninas reales 21. La mujer combatiente se convierte en estas recreaciones en un arquetipo literario que representa de forma alegórica el combate masculino; el soneto de Herrera Petere «A una guerrillera española» es muy representativo de este procedimiento por el cual la figura femenina no es sino el reflejo sublimado del amor por el pueblo experimentado por el combatiente varón 22.
De forma significativa, la gran figura femenina combatiente popularizada por la cultura política comunista, la de la guerrillera gallega Manuela Sánchez, que en realidad, como atestigua Aurora Marco, se llamaba Manuela López Suárez, es producto de un proceso de ficcionalización 23. Se trataba de una campesina de Probaos, en el concejo de Cesuras, colaboradora de la guerrilla (o guerrilleira da chaira, como denominaban los guerrilleros gallegos a sus enlaces y colaboradores «civiles»), asesinada por la Guardia Civil junto a su padre en el curso de un ataque a su casa, en la que se ocultaban varios guerrilleros. En la pluma de varios escritores comunistas como Rafael Alberti, Jesús Yzcaray o Luis Seoane, la figura de esta resistente se convirtió en Manuela Sánchez, arquetípica guerrillera gallega y digna sucesora de María Pita, que se habría enfrentado con las armas en la mano a cien guardias civiles 24.
Y, sin embargo, la guerrilla galaico-leonesa contó con varias guerrilleras reales que, al contrario que la mítica Manuela Sánchez, no fueron recuperadas por la publicística antifranquista, entre ellas la militante comunista Enriqueta Otero. Destacada dirigente del PCE y miliciana durante la guerra, donde llegó a tener grado de oficial en la 46.a División que mandaba El Campesino, logró escapar de Madrid al final de la guerra y ocultarse en las montañas de Lugo, de donde era originaria, lo que le permitía beneficiarse de complicidades entre la población. Según Ángel Rodríguez Gallardo, que le ha dedicado una monografía, Enriqueta Otero tuvo una influencia considerable en la organización de una guerrilla articulada y trabajó en estrecho contacto con la III Agrupación de Guerrillas de la zona de Lugo y A Coruña, liderada por Marcelino Fernández Marrofer. Además, era miembro destacado del Comité Provincial del PCE de Lugo. Permaneció siete años en la guerrilla, en los que vivió la conflictiva escisión entre el Exercito Guerrilleiro, de influencia comunista, y la Federación de Guerrillas de León-Galicia, que entendía mantener su independencia frente a las directrices comunistas. El 16 de noviembre de 1946 fue detenida en una casa de Lugo en la que se ocupaba de la imprenta clandestina. Estaba armada de una pistola Star y varias bombas de mano, pero a pesar de que realizó varios disparos fue al final capturada. Debido a las torturas que siguieron a su detención resultó ingresada en el Hospital Provincial de Lugo. En el Consejo de Guerra, en el que el fiscal pedía para ella la pena de muerte, fue condenada a treinta años.
La memoria de Enriqueta Otero ha quedado oscurecida por varias consideraciones, en las que sin duda ha influido su condición femenina; sus antiguos compañeros la acusaban de haber provocado la caída de la dirección comunista en Lugo, acusación que el trabajo de investigación de Ángel Rodríguez Gallardo pone seriamente en duda 25. Frente a la mitificación de un personaje como Manuela Sánchez, que se mueve entre la realidad y la ficción, la presencia real de mujeres militantes en los grupos de guerrilla ha sido minimizada en la memoria colectiva de la guerrilla antifranquista y, lo que es más grave, también en su relato historiográfico.
Todos los estudios concuerdan en señalar el fenómeno de los «huidos», que comienza durante la propia Guerra Civil, como punto de partida del movimiento guerrillero en la mayor parte de regiones de España. En la constitución de dichos grupos de huidos, el género constituye un factor determinante, puesto que estaban constituidos sobre todo por dos categorías de individuos: militantes, en particular aquellos que habían tenido puestos de responsabilidad o actividades destacadas durante el periodo republicano, y soldados, fuesen estos republicanos (por ejemplo tras la caída del frente de Asturias, cuando muchos soldados prefirieron ocultarse en los montes antes que entregarse) o bien desertores del ejército franquista (en Galicia en particular se conocen numerosos casos). Es evidente que la representación masculina en estos colectivos es mayoritaria de forma abrumadora. Sabemos, por una parte, que la experiencia femenina de combate encarnada por las milicianas fue a la vez breve, en extremo minoritaria y de carácter urbano, mientras que la guerrilla que estamos analizando es sobre todo un fenómeno rural. Por otra parte, las experiencias de socialización política en el agro español fueron marcadamente diferentes entre hombres y mujeres.
En realidad, los años republicanos inauguran el esfuerzo, encarnado en personalidades como María Lejárraga de Martínez Sierra, y en campañas institucionales como las Misiones Pedagógicas, por extender la cultura política republicana entre las masas femeninas del campo 26. En ciertas zonas, determinadas tradiciones militantes y experiencias políticas pudieron influir en una toma de conciencia política femenina más amplia: así, el impacto de la Revolución de Octubre de 1934 en las cuencas mineras asturianas podría explicar en parte tanto el elevado número de huidos como la alta implicación femenina en redes de enlace y apoyo a la guerrilla, que se deduce del recuento realizado por Ramón García Piñeiro 27. Por el contrario, la escasa presencia de mujeres en las guerrillas de Andalucía se podría relacionar con la impresión de invisibilidad política femenina que ya constatara María Lejárraga en sus viajes como propagandista por el campo andaluz durante los años republicanos 28. En todo caso, el golpe de Estado de 1936 y sus corolarios, guerra y represión, marcan un punto de inflexión en cuanto a la formación de subjetividades políticas. Como señala Jorge Marco, «el perfil medio del guerrillero en España era un joven varón, campesino, vecino de un pequeño pueblo de montaña, excombatiente republicano, con una fuerte identidad antifranquista, pero con escasa o nula experiencia colectiva antes de 1936». La experiencia de la guerra había resultado para muchos de ellos decisiva en la formación de una identidad combatiente y continuar la lucha con las armas en la mano no parecía una opción descabellada 29.
Y, sin embargo, a pesar de la fuerte masculinización de los grupos de huidos encontramos algunas mujeres «huidas» incluso en los primeros momentos de la formación de grupos, en particular en Asturias y Galicia. Francisco Moreno también proporciona algunos nombres para la zona Centro, La Mancha y la provincia de Córdoba. Claudia Cabrero Blanco alude a dos informes, de un guerrillero gallego y otro asturiano, en los que se hace referencia al carácter mixto de algunos de los primeros grupos de guerrilleros, y tanto esta historiadora como Ramón García Piñeiro citan a varias mujeres asturianas que integraban partidas de huidos antes de 1939. De algunas de ellas se conoce apenas el nombre, como Aurora García Fernández, que «al liberarse esta provincia huyo al monte con tres capitanes rojos»; de otras solo el pseudónimo, como en el caso de La Capitana, o el de Rosario La Maña, una miliciana de Bembibre (León) que había luchado junto con su marido en el frente de Asturias 30. También tenían un pasado combatiente o militante las hermanas Elvira y Asunción Rodríguez Pulgar, asturianas que participaron en un combate y fueron capturadas en noviembre de 1937: en el testimonio recogido por Nicanor Rozada, Asunción cuenta que ambas pertenecían a las Juventudes Socialistas y que su hermana Elvira fue la primera secretaria de las Juventudes Socialistas en Moreda 31. También Estefanía Cueto Puertas (a) Fanny, que durante un tiempo perteneció a una partida, había sido dirigente de la Agrupación de Mujeres Antifascistas en Asturias 32. Aunque sin duda el caso más espectacular, también por silenciado, de estas guerrilleras «de la primera hora» lo constituye el de Enriqueta Otero, que ya hemos abordado antes.
Esta presencia femenina de primera hora y, en particular, los vínculos con una militancia anterior matizan la muy extendida versión de que las escasas mujeres que formaron parte de los grupos armados los integraron, de forma exclusiva, por sus lazos de parentesco con guerrilleros o su participación en redes de enlaces que habían sido puestas al descubierto por las autoridades, o ambas cosas, lo que conduce a negar toda significación política de sus acciones. Este sesgo de género en la interpretación dada por los historiadores a la presencia de mujeres en la guerrilla oscurece las posibles trayectorias militantes femeninas, al convertirse el lazo de parentesco en la explicación privilegiada del compromiso femenino. De lo que se trata no es de negar que esas relaciones de parentesco existían y que, de hecho, eran mayoritarias —un altísimo porcentaje de las mujeres que aparecen en la documentación como formando parte de grupos guerrilleros o de redes de colaboración tenían una relación de parentesco con un guerrillero, aunque no era el caso de todas ellas—, sino de poner en cuestión el determinismo que estas relaciones de parentesco inducen en el análisis de la causalidad de la participación de las mujeres en grupos de resistencia, y que no encontramos cuando de lo que se trata es de analizar trayectorias masculinas.
En efecto, la historiografía ha asumido, sin ponerlo como es debido en perspectiva, un modelo de género tradicional, que asocia a las mujeres en exclusiva a lo familiar y lo privado y excluye a los hombres de este ámbito como marco significante de las relaciones sociales. De este modo se pasa por alto el hecho de que, en lo que podríamos llamar la «segunda ola» de incorporaciones a la guerrilla (en los años 1946 a 1948, en relación con la intensificación de la actividad guerrillera y de la represión), muchos hombres se unieron a los grupos guerrilleros por idénticas razones que las atribuidas a las mujeres. En particular, porque formaban parte de redes de enlaces o colaboradores de la guerrilla y corrían el riesgo de caer en manos de las fuerzas represivas. Y entre las razones que llevaron a muchos jóvenes y no tan jóvenes campesinos, muchos de ellos sin afiliación política previa, a colaborar en estas redes de abastecimiento de la guerrilla, y después a algunos de ellos a entrar en grupos armados, las relaciones de parentesco y amistad ocupaban un lugar que dista mucho de ser anecdótico.
En su impresionante trabajo sobre la guerrilla asturiana, Ramón García Piñeiro alude en varias ocasiones a «los vínculos consanguíneos» o a «los lazos de parentesco y vecindad» para explicar la formación de los grupos de huidos asturianos. Jorge Marco demuestra, en su estudio sobre la guerrilla en Andalucía Oriental, la importancia de los grupos primarios (la familia, la cuadrilla) en la configuración de los grupos armados, en especial las guerrillas autóctonas (en oposición a los grupos organizados más directamente por la dirección del PCE desde el exilio), y alude a la presencia de varias «sagas» familiares en la guerrilla. Estas mismas «sagas», unidas por estrechos lazos de sangre, aparecen en los grupos de guerrilleros estudiados por Francisco Moreno en la zona Centro, Extremadura y Córdoba. Y también las podemos encontrar en las guerrillas de Levante, donde, de hecho, la presencia de cuatro mujeres en la guerrilla entre 1949 y 1950 se explica en el marco de la huida al monte de dos familias al completo (los dos padres de familia ya mayores, las cuatro mujeres y dos hombres jóvenes) 33.
Estos datos nos invitan a analizar la participación tanto de hombres como de mujeres en los grupos armados con una mirada más amplia, que enmarque estas adhesiones a la guerrilla en un amplio entramado de lealtades y relaciones que sobrepasan el marco de la estricta militancia en una organización política o sindical, sin que esta afirmación suponga excluir la importancia de relaciones de carácter ideológico. También nos invitan a reevaluar el papel de la familia en relación con la socialización en lo que podríamos denominar una cultura política antifranquista en el medio rural, y a pensar que las mujeres que participaron en estos grupos guerrilleros y, sobre todo, en las estructuras de enlace lo hacían movidas por consideraciones que mezclaban lo político, lo personal y lo afectivo, y que quizá no diferían tanto de la que podían tener en ese momento sus compañeros masculinos, aunque las prácticas en el seno de la resistencia fuesen distintas, en particular el uso o no de armas.
Como señala Odette Martínez, son tanto las atribuciones de género operativas en la época como los marcos narrativos que con posterioridad han dado sentido al relato de esta resistencia los que han dejado fuera del marco de lo político la experiencia de las mujeres resistentes, a pesar de que compartieran con sus compañeros tanto los espacios de lucha como el riesgo y la experiencia de la represión 34. Y, sobre todo, no hay que olvidar que, tanto en el caso de la resistencia antifranquista como en el de otras resistencias europeas contra dictaduras fascistas o contra la ocupación nazi, la participación numéricamente mayoritaria, tanto de hombres como de mujeres, no consistió en la lucha en el monte con las armas en la mano, sino en diversas estrategias de resistencia cotidiana, que podían ir desde la colaboración directa con los grupos armados hasta un amplio repertorio de actitudes de oposición y desobediencia civil 35.
La presencia de mujeres en el seno de los grupos guerrilleros, o más bien la cohabitación entre hombres y mujeres en dichos grupos, constituye una especie de punto ciego de la historiografía de la guerrilla antifranquista. Desde el abismo ideológico que los separa, tanto dirigentes políticos de las organizaciones antifranquistas (en particular del PCE) como represores de la guerrilla coinciden en parte en sus apreciaciones negativas acerca de la interacción entre ambos sexos y la presencia de mujeres en la guerrilla, que de hecho estaba prohibida en aquellas agrupaciones que se dotaron de estatutos. Para Santiago Carrillo, las mujeres eran un componente más de la desviación que aquejó a los grupos guerrilleros en un momento dado y que explicaría su declive: «Aparecieron también elementos de corrupción: mujeres, bebida, derroche de dinero, particularmente en el tiempo que menudeaban los golpes económicos» 36. Apreciaciones, por cierto, que acompañaron una política estalinista de depuraciones y asesinatos en el seno de la guerrilla, en particular en la AGLA, a través de la cual se trataba de retomar el control de los díscolos guerrilleros y adaptarlos de forma estricta a la línea del Partido 37.
Para los represores de la guerrilla, la presencia de mujeres se explicaría sobre todo por la miseria sexual vivida por los guerrilleros, y su estatuto se asimila al de las prostitutas. Así, el libro de Tomás Cossías, La lucha contra el «maquis» en España, de 1956, que puede ser considerado como la primera publicación pseudo-histórica sobre la guerrilla de posguerra elaborada desde las premisas de sus represores, rebosa de alusiones a la sexualidad de los dirigentes comunistas, en particular de Pasionaria, y sobre todo a la de los guerrilleros. Según Cossías, la vida sexual de estos oscilaría entre la «rigurosa abstinencia» y la orgía:
«Como puede imaginarse el lector, la vida sexual de los guerrilleros llegaba a extremos de rigurosa abstinencia. Salvo algunos casos aislados de que ya hemos hablado, en que alguno entraba en contacto sexual con mujeres de “puntos de apoyo”, masías, etc., la restricción era absoluta. Por eso era muy frecuente, en los diarios de algunos guerrilleros, alusiones a sueños y fantasías eróticos, provocados por la abstinencia y la castidad forzada. Es de suponer que la masturbación se practicara entre ellos con frecuencia [...].
Alguna vez se dio el caso, por diversas circunstancias, de que llegaron al campamento muchachas hermanas de los que allí había o de los “puntos de apoyo” que se prestaban a la satisfacción sexual del Jefe o de todos, lo que originó disputas y riñas, hasta el punto de tener que intervenir el Estado Mayor con órdenes tajantes para que terminaran las querellas» 38.
Para Cossías, y en esto será seguido por otros historiadores franquistas, en particular por Aguado Sánchez (que se inspira muy ampliamente de la obra de Cossías), la única función concebible para las mujeres en la guerrilla era la de servir de esclavas sexuales de los guerrilleros. Así es descrita la incorporación a la Agrupación Guerrillera de Levante de las hermanas Esperanza, Amada y Rosita Martínez García, que permanecieron de forma intermitente en la guerrilla entre 1949 y 1951:
«En diciembre de 1949, en una aldea cerca de Cuenca, fue detenido un enlace que se hallaba en relación con un labriego del pueblo. Los guerrilleros, temiendo que descubriera a su cómplice, le ordenaron que se incorporara a la guerrilla. Y el labriego, por su parte, dando muestras de su cerrazón mental y de su incultura, temió que sus tres hijas pudieran ir a la cárcel, y las amparó en la “seguridad” de la vida en el monte, por lo que, de esta forma, vinieron a ser las concubinas de algunos Jefes. Este hecho fue realmente causa de escándalo y motivo de denuncias al Buró, cuyo organismo ordenó medidas muy rigurosas para alejar a dichas mujeres de los campamentos» 39.
Sin embargo, si la presencia de las mujeres en la guerrilla y la sexualidad (necesariamente heterosexual) de los guerrilleros es la ocasión de poner en marcha un discurso de denigración cuyo objetivo es la deslegitimación y despolitización del movimiento, la homosexualidad no cumple la misma función y queda, en cierto modo, fuera del discurso, como un «impensable» de la representación. Cossías se toma la molestia de precisar que «(c)asos de homosexualidad activa o militante no se conocieron, y aunque alguna vez apareció algún individuo de estas tendencias, como aquel del pueblo de Benetúser, conocido por “La Esencia” y que había sido peluquero de señoras, no por eso se sabe que hayan existido hechos de homosexualidad» 40.
Cossías elude cualquier alusión al guerrillero o guerrillera conocido/a como Teresa Pla Meseguer, «La Pastora», «Durruti» o «Teresot», uno de los guerrilleros más conocidos y temidos de la provincia de Castellón, famoso (o famosa) tanto por el número de hechos armados en los que tomó parte como por los problemas y curiosidades que despertaba su problemática identificación genérica. Teresa Pla, que nació en 1917, presentaba una malformación genital que hizo que fuese inscrita como mujer en el registro civil y educada como tal. En su adolescencia comenzó a presentar signos de virilización y en su incorporación a la guerrilla en febrero de 1949 parece desempeñar un papel importante una agresión sexual de la que fue víctima por parte de dos guardias civiles, que según los testimonios orales pretendían «despejar» la incógnita de su identidad sexual 41. Teresa Pla, quien más tarde adoptó el nombre masculino de Florencio, aparece así como el símbolo de un doble desorden, político y de género; su ambigüedad genérica y sexual lo/la convirtió en una figura mítica y en extremo popular en las montañas del Maestrazgo.
Es interesante constatar que en 1960 el propio Tomás Cossías fue el encargado de tomar declaración a La Pastora en su calidad de inspector de la Brigada Político-Social de Valencia; en 1956, fecha en la que se publica su libro, La Pastora todavía seguía en libertad, lo que con toda probabilidad explica su ausencia en el texto de Cossías. Veinte años después, el teniente coronel de la Guardia Civil Francisco Aguado Sánchez, en su obra El maquis en España: su historia, resolverá la cuestión de la indefinición genérica calificando a «La Pastora» de «mujer lesbiana de instintos criminales» y reduciendo al personaje, que desde su pertenencia a la guerrilla había asumido una identidad masculina y tras su detención en 1960 había sido declarado de sexo masculino por dos médicos militares, a una feminidad considerada como desviante 42.
La evidencia de que la presencia de mujeres en los grupos guerrilleros tenía a menudo que ver con una vinculación sentimental o de parentesco con un guerrillero ha dejado a menudo en la sombra tanto el compromiso político como las trayectorias militantes de dichas mujeres. Sin embargo, al observar de cerca dichas trayectorias constatamos que la incorporación al grupo guerrillero se produce no como consecuencia directa de esta vinculación afectiva, sino a causa de la politización de dicho vínculo realizada desde la óptica de las fuerzas del orden, lo que ponía a estas mujeres en el punto de mira de la represión: ser esposa, hija o hermana de guerrillero las colocaba en una posición que no podemos calificar sino de política, al asimilarlas a un grupo de oposición 43. En concreto, la incorporación al monte solía intervenir tras un periodo de colaboración con la guerrilla, cuando la mujer sentía que su vida corría peligro y el grupo de guerrilleros era el único lugar en el que podía encontrar protección. Así integraron el grupo guerrillero una buena parte de las mujeres que convivieron con los guerrilleros de la Federación de Guerrillas de León-Galicia en los montes de Casaio. Si varias de ellas eran, en efecto, las compañeras de guerrilleros, en ocasiones esa vinculación sentimental era posterior a la colaboración con la resistencia.
Es el caso de Chelo Rodríguez López, compañera de Arcadio Ríos, miembro de una familia duramente represaliada por colaborar con la guerrilla, o de Alida González, compañera del guerrillero Manuel Girón, que también había sufrido represalias de la Guerra Civil por ser mujer de un izquierdista que más tarde murió en la guerrilla. Es importante también recordar la suerte que podían correr las mujeres de guerrilleros en manos de las fuerzas represivas: la novia del guerrillero Abelardo Macías, Carmen Jerez Rodríguez, que actuaba como enlace, fue detenida en julio de 1946 y apareció diez meses después muerta y en avanzado estado de gestación 44. Por tanto, es un poco reductor explicar que las incorporaciones femeninas a la guerrilla se realizaban de manera mayoritaria «como prueba de amor» 45.
Disponemos de relatos de diferente naturaleza y extensión de cuatro mujeres que convivieron con grupos armados: las hermanas Esperanza y Amada Martínez y Remedios Montero, en la Agrupación Guerrillera de Levante y Aragón, y Consuelo Martínez López «Chelo», en la Federación de Guerrillas de León-Galicia 46. Una quinta mujer, Alida González, confió su testimonio al periodista Carlos Reigosa a principios de los noventa, pero su estatuto es claramente el de una mujer refugiada en la guerrilla, como ella misma reivindica, y pasó la mayor parte del tiempo de clandestinidad escondida en casas de enlaces, mientras que las otras cuatro convivieron con los grupos armados 47. Esperanza y Amada pasaron prácticamente dos años en la guerrilla entre 1949 y 1951; Remedios Montero estuvo en ese periodo en la guerrilla de forma intermitente. Chelo Rodríguez López y su hermana Antonia permanecieron en la guerrilla entre 1946 y 1947.
Los relatos que estas mujeres hacen de su «entrada en resistencia» y de su permanencia en los grupos armados difieren de forma radical de lo que hemos expuesto con anterioridad: todas ellas muestran esta incorporación a los grupos armados como una elección racional y sopesada, en el marco de un proceso de toma de conciencia política cuyo origen es, de forma invariable, la represión franquista sufrida por ellas, sus familias y su entorno. En función del grupo guerrillero al que se integraron, sus experiencias y su grado de implicación en acciones armadas difieren; también proporcionan visiones diferentes de la relación entre los sexos en el seno de la guerrilla en las dos organizaciones guerrilleras en las que participaron.
Las mujeres de la AGLA reivindican en todo momento su condición de miembros de la guerrilla, aunque no de combatientes: las tres, sobre todo Remedios y Esperanza, que han publicado sus memorias, insisten en que, aunque iban armadas, jamás se sirvieron de sus armas ni recibieron instrucción de tipo militar. Esta negativa contrasta con la ambigüedad de Chelo, la cual, sin confirmar su participación en acciones armadas, en diferentes ocasiones ha afirmado su orgullo de ir armada y su determinación de no dejarse atrapar «como un perro». Hay que señalar que, aunque estuvo en prisión por colaboración con la guerrilla antes de su estancia en el monte, Chelo nunca llegó a ser procesada; sin embargo, Esperanza y Remedios pasaron por un consejo de guerra por un delito de bandidaje y se les acusaba sobre todo de participar en junio de 1951 en un encuentro armado en el que murió un cabo de la Guardia Civil 48. Su defensa se basó en principio en el hecho de que jamás habían disparado un arma ni sabían cómo servirse de ellas. No podemos excluir que esta defensa y el efecto del terror sufrido (ambas fueron salvajemente torturadas en los sótanos de la Dirección General de Seguridad de Madrid) hayan orientado su reconstrucción memorial posterior 49.
Otra cuestión en la que los testimonios difieren es en la de las relaciones entre hombres y mujeres en el seno de la guerrilla. Chelo reivindica con claridad su relación amorosa con un guerrillero, Arcadio Ríos, relación que comenzó durante el periodo en el que Chelo era enlace de la guerrilla. Para ella, la guerrilla representó no solo la posibilidad de participar de forma activa en la lucha antifranquista, sino también de vivir con plena libertad su relación con Arcadio Ríos: la forma en que relaciona estas dos cuestiones no deja lugar a dudas acerca del aspecto político, en un sentido amplio, que reviste para ella esa libertad sexual. Chelo denuncia en sus testimonios y de forma abierta el discurso oficial que descalificaba a las mujeres guerrilleras y las trataba de prostitutas, e insiste en que la guerrilla le proporcionó un marco para vivir su relación afectiva con una libertad que hubiera sido impensable en el pueblo.
En contraste con esta reivindicación, las mujeres de la AGLA insisten en que las relaciones amorosas estaban estrictamente prohibidas en el seno de la guerrilla, de obediencia comunista y estrechamente controlada desde el exilio francés por medio de un sistema de enlaces que transitaban entre Francia y España para informar con regularidad de la situación de los grupos guerrilleros. Y una vez más, no podemos descartar que las torturas, que pudieron incluir abusos sexuales, hayan influido en esta negación total de toda relación sexual en la reelaboración memorial 50.
En varios informes de guerrilleros se hace alusión a la situación de «las chicas» en la AGLA: uno de ellos incluso está firmado por una de ellas, «Angelita» (Remedios Montero). El informe de «Manolo», publicado por Fernanda Romeu, proporciona una valoración muy negativa de la presencia de las mujeres en el monte, acusándolas de «distraer» a los guerrilleros o provocar rivalidades entre ellos con una lógica que recuerda a los textos de Tomás Cossías, quien tal vez tuvo acceso a este documento 51. El informe del guerrillero «Emiliano» también cuestiona la pertinencia de su presencia en el monte, pero en él se niega de manera implícita un supuesto «desorden sexual» inducido por la presencia femenina, al tiempo que valora el trabajo militante de las mujeres y reivindica la posibilidad de darles misiones políticas, en un contexto de «cambio de táctica» en el que la lucha armada había dejado de ser una prioridad frente a la extensión política del Partido 52. Los informes, en todo caso, dejan adivinar una situación conflictiva en el seno de la guerrilla referente al estatuto de estas mujeres y sus relaciones con los guerrilleros. Es interesante contrastar estas opiniones masculinas con lo expresado en el informe redactado por «Angelita» a instancias de la dirección regional del PCE, donde deja translucir el ambiente patriarcal que presidía a las relaciones entre hombres y mujeres en la guerrilla:
«Es cierto que tuvimos que soportar falsas acusaciones de los camaradas, ya que nos insultaban y faltándonos [sic] a nuestra dignidad de mujeres honradas y comunistas. Cuando todos terminaron dimos nuestro punto de vista también, expresando la desilusión que habíamos llevado ante tales acusaciones diciendo que nunca hubiéramos creído que así pensasen de nosotras y reforzaron [sic] así con sus palabras los comentarios del enemigo; no habíamos venido al monte para cumplir esa misión, sino para realizar otra más sagrada, la cual la llevaríamos hacia delante, hasta el final pese a todas las dificultades» 53.
Los testimonios coetáneos a los hechos, elaborados en un contexto particular de reorganización de los efectivos y las misiones de la guerrilla no exento de violencia interna, contrastan con la visión, que podríamos calificar de idílica, que Esperanza Martínez y Remedios Montero dan en sus memorias de su estancia en la guerrilla, en las cuales insisten en la igualdad de trato y de estatus con los guerrilleros. Dejando al margen, de forma provisional, la cuestión, por otra parte central, de las reelaboraciones memoriales, podemos afirmar que la experiencia femenina de la guerrilla estuvo muy mediatizada por una construcción del espacio de la lucha armada como exclusivamente masculino, pero que, a pesar de todo, la estancia de las mujeres en la guerrilla abrió para ellas espacios de libertad y de una cierta emancipación personal, en contraste con la situación de extrema represión, política y de género, que vivían en el medio rural español las mujeres «vencidas».
En estas líneas hemos tratado de apuntar diversas cuestiones y pistas de investigación que podrían enriquecer la interpretación de la guerrilla antifranquista mediante un análisis de género. Es interesante observar, a través de los problemas y conflictos provocados por la presencia de mujeres en el seno de los grupos armados en la montaña, una problemática específica surgida en torno a la gestión de una sociabilidad mixta en un contexto de clandestinidad y lucha armada. Por lo que hemos visto hasta ahora, y en contraste con lo que observamos en otras guerrillas europeas contemporáneas, no había en realidad un lugar pensado para la participación en la guerrilla antifranquista de mujeres integradas en los grupos armados. A este respecto, pienso que es fundamental analizar esta negativa a integrar a las mujeres en la lucha armada en relación con la experiencia previa de las milicianas en la Guerra Civil, descartada con rapidez por las organizaciones políticas republicanas y en particular por el PCE, que más tarde infiltró y estructuró la lucha armada contra el franquismo. Sin duda, no es un azar que el momento en el que se detecta una presencia más importante de mujeres en los grupos armados sea, justamente, el periodo de los «huidos», que se superpone con la cronología de la Guerra Civil. En futuras investigaciones sería interesante poner en paralelo estas cuestiones con los conflictos suscitados en guerrillas mixtas, tanto las europeas como las guerrillas campesinas latinoamericanas, ampliamente estudiadas desde una perspectiva de género. En todo caso, hacer visible el carácter sexuado de la guerrilla antifranquista, de los conflictos que la atravesaron y de la represión de la que fue objeto contribuye a hacer este fenómeno más inteligible y a integrarlo de manera más eficaz en una historia social de la posguerra española.
* La autora es miembro junior del Institut Universitaire de France y del proyecto Representaciones de la historia en la España contemporánea: políticas del pasado y narrativas de la nación (1808-2012), dirigido por el profesor Ignacio Peiró (proyecto HAR2012-31926 del Ministerio de Economía y Competitividad).
1 La cronología de la guerrilla desborda esta cronología europea al extinguirse a lo largo de la década de los cincuenta. Acerca de la dificultad de construcción de la guerrilla antifranquista como objeto historiográfico véanse Jorge Marco: «Ecos partisanos. La memoria de la resistencia como memoria conflictiva», Historia del presente, 17 (2011), pp. 79-91, y Mercedes Yusta: «¿“Miseria de la teoría”? La historiografía de la guerrilla antifranquista, en busca de un marco teórico», en Ignacio Peiró (ed.): Representaciones de la historia en la España contemporánea: políticas del pasado y narrativas de la nación, Zaragoza, Prensas Universitarias de Zaragoza, 2016, pp. 119-143.
2 Sobre la interacción entre la guerrilla y la población rural desde la perspectiva de la historia social véanse Ana Cabana: La derrota de lo épico, Valencia, Publicacions de la Universitat de València, 2013, pp. 169-226; Ramón García Piñeiro: «¿Resistencia armada, rebeldía social o delincuencia?: huidos en Asturias (1937-1952)», en Julio Aróstegui y Jorge Marco (coords.): El último frente. La resistencia armada antifranquista en España, Madrid, Los Libros de la Catarata, 2008, pp. 232-258, y Mercedes Yusta: «Le premier franquisme “vu d’en bas”: résistance armée et résistances quotidiennes, 1939-1952», Vingtième Siècle. Revue d’histoire, 127 (2015), pp. 231-244.
3 Acerca de la articulación entre género y conflicto bélico y la forma en que el uno configura el otro véase, entre otros, Joshua Goldstein: War and Gender: How Gender Shapes the War System and Vice Versa, Cambridge, Cambridge University Press, 2001.
4 Con excepciones como el notable trabajo de Jorge Marco: Guerrilleros y vecinos en armas. Identidades y culturas de la resistencia antifranquista, Granada, Comares, 2012.
5 Han abordado este tema los trabajos de José Antonio Vidal Castaño: «Mujeres en un mundo de hombres. La presencia femenina en la Agrupación Guerrillera de Levante y Aragón (AGLA)», en Manuel Ortiz Heras: Memoria e historia del franquismo. Actas del V Encuentro de investigadores del franquismo, Cuenca, Ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha, 2005, CD-Rom; Odette Martínez: «Témoignages de femmes des guérillas antifranquistes (1939-1951)», Critique internationale, 49 (2010), pp. 113-129, o Gina Herrmann: «“They didn’t Raped Me”: Traces of Gendered Violence and Sexual Injury in the Testimonies of Spanish Republican Women Survivors of the Franco Dictatorship», en Nancy Adler y Selma Leydesdorff: Tapestry of Memory. Evidence and Testimony in Life-Story Narratives, New Brunswick-Londres, Transaction Publishers, 2013, pp. 77-98.
6 Unión Panhelénica de Organizaciones de Juventud, la organización juvenil del EAM, Frente de Liberación Nacional, organización unitaria de la resistencia griega controlada por el Partido Comunista Griego (KKE).
7 Los datos están disponibles en la pagina web de la ANPI (Associazione Nazionale dei Partigiani Italiani), http://www.storiaxxisecolo.it/Resistenza/cifre.html. Véanse también Ingrid Strobl: Partisanas. La mujer en la resistencia armada contra el fascismo y la ocupación alemana (1936-1945), Barcelona, Virus, 1989; Jelena Batiniç: Women and Yugoslav Partisans. A History of World War II Resistance, Cambridge, Cambridge University Press, 2015; Tassoula Vervenioti: «Left-Wing Women between Politics and Family», en Mark Mazower (ed.): After the War was Over. Reconstructing the Family, Nation, and State in Greece, 1943-1960, Princeton, Princeton University Press, 2000, pp. 105-121, y Secundino Serrano: Maquis. Historia de la guerrilla antifranquista, Madrid, Temas de Hoy, 2001, pp. 377-383.
8 Secundino Serrano: Maquis. Historia de la guerrilla..., pp. 377-383.
9 Margaret Poulos: «Gender, Civil War and National Identity: Women Partisans during the Greek Civil War, 1946-1949», Australian Journal of Politics and History, 46, 3 (2000), pp. 418-427. Véanse también Margaret Poulos: «From Heroines to Hyenas: Women Partisans during the Greek Civil War», Contemporary European History, 10, 3 (2001), pp. 481-501, y el libro clásico de Janet Hart: New Voices in the Nation: Women and the Greek Resistance, 1941-1964, Ithaca, Cornell University Press, 1996. Para el caso yugoslavo véanse Barbara Jancar: «Women in the Yugoslav National Liberation Movement: An Overview», Studies in Comparative Communism, 14, 2-3 (1981), pp. 144-164, o el reciente de Jelena Batiniç: Women and Yugoslav Partisans. A History of World War II Resistance, Cambridge, Cambridge University Press, 2015.
10 Véase a este respecto Margaret Poulos: «From Heroines to Hyenas...».
11 Ingrid Strobl: Partisanas...; Anna Bravo y Maria Addis Saba: Partigiane. Le donne della resistenza, Milán, Mursia, 1998; Anna Bravo y Anna Maria Bruzzone (eds.): La resistenza taciuta. Dodici vite di partigiane piemontesi, Turín, Bollati Boringhieri, 2003, y Miriam Mafai: Pane nero. Donne e vita quotidiana nella seconda guerra mondiale, Roma, Mondadori, 2008.
12 Francisco Moreno: La resistencia armada contra Franco. Tragedia del maquis y la guerrilla. El centro-sur de España: de Madrid al Guadalquivir, Barcelona, Crítica, 2001, pp. 17 y 19.
13 El guerrillero Francisco Martínez López, «El Quico», califica a las mujeres enlaces de «guerrilleras sin fusil». Véase Francisco Martínez López: Guerrillero contra Franco. La guerrilla antifranquista de León, León, Diputación Provincial de León-Instituto Leones de Cultura, 2002, p. 88.
14 Ramón García Piñeiro: Luchadores del Ocaso. Represión, guerrilla y violencia política en la Asturias de posguerra (1937-1952), Oviedo, KRK, 2015; Julio Prada Rodríguez: «As mulleres e a resistencia antifranquista (1936-1945)», en Juana López y Julio Prada Rodríguez (eds.): As mulleres en Galicia no século xx, Vigo, Ir Indo, 2011, y Claudia Cabrero Blanco: Mujeres contra el franquismo (Asturias, 1937-1952). Vida cotidiana, represión y resistencia, Oviedo, KRK, 2006.
15 Mercedes Yusta: Madres coraje contra Franco. La Unión de Mujeres Españolas en Francia, del antifascismo a la guerra fría, Madrid, Cátedra, 2009.
16 Fernando Martínez de Baños Carrillo: Hasta su total aniquilación: el ejército contra el maquis en el Valle de Arán y en el Alto Aragón, 1944-1946, Madrid, Almena, 2002; Daniel Arasa: La invasión de los maquis. El intento armado para derribar el franquismo que consolidó el régimen y provocó depuraciones en el PCE, Barcelona, Belacqva, 2004, y Ferran Sánchez i Agustí: Maquis y Pirineos: la gran invasión (1944-1945), Lleida, Milenio, 2013.
17 Reconquista de España. Al servicio de la JSUN, núm. 36, 10 de septiembre de 1944.
18 «Mujeres, la patria os llama», Lucha. Portavoz de la Agrupación de Guerrilleros «Reconquista de España al servicio de la Junta Suprema de UN», núm. 9, 24 de septiembre de 1944. Los datos de mujeres en las «invasiones» de 1944 aparecen en los libros citados de Daniel Arasa y Ferran Sánchez i Agustí.
19 Xosé Manoel Núñez Seixas: ¡Fuera el invasor! Nacionalismos y movilización bélica durante la guerra civil española (1936-1939), Madrid, Marcial Pons, 2006.
20 Véanse en este sentido María Cruz Romeo: ««Españolas en la guerra de 1808: heroínas recordadas», en Mercedes Yusta e Ignacio Peiró (eds.): Heterodoxas, guerrilleras y ciudadanas. Resistencias femeninas en la España moderna y contemporánea, Zaragoza, Institución Fernando el Católico, 2015, pp. 63-83, y Mercedes Yusta: «Construyendo el género más allá de la nación: dimensión nacional e internacional de la movilización de las mujeres antifascistas (1934-1950)», en Ana Aguado y Mercedes Yusta (coords.): Genre et Nation dans l’Espagne contemporaine, dosier de Mélanges de la Casa de Velazquez, 42, 2 (2012), pp. 105-123.
21 José Bergamín: La hija de Dios y la niña guerrillera, México, Imprenta de Manuel Altolaguirre, 1944.
22 José Herrera Petere: «A una guerrillera española», Boletín de la Unión de Intelectuales Españoles, 2-3 (1945).
23 Aurora Marco: Mulleres na guerrilla antifranquista galega, Bertamiráns, Laiovento, 2011, pp. 275-285.
24 Jesus Izcaray: «Quien tenga honra que me siga: Manuela Sánchez, la heroina de Carres», en Héroes de Galicia y de España, Buenos Aires, 1949, pp. 73-91, citado en Aurora Marco: Mulleres na guerrilla antifranquista..., pp. 280-281.
25 Ángel Rodríguez Gallardo: Letras armadas. As vidas de Enriqueta Otero Blanco, Santiago de Compostela, Fundación 10 de marzo, 2005.
26 María Martínez Sierra: Una mujer por caminos de España. Recuerdos de propagandista, Buenos Aires, Losada, 1952, y Sandie Holguin: República de ciudadanos, Barcelona, Crítica, 2003.
27 Manuel Grossi: La insurrección de Asturias, Madrid, Júcar, 1978 (1.ª ed., Barcelona, Ediciones La Batalla, 1935), y Ramón García Piñeiro: Luchadores del Ocaso...
28 Jorge Marco: Resistencia armada en la posguerra: Andalucía Oriental, 1939-1952, tesis doctoral, Madrid, Universidad Complutense, 2011, p. 118.
29 En el caso de Andalucía Oriental, Jorge Marco señala un total de tres mujeres en un recuento de 1.083 guerrilleros. Véase Jorge Marco: Resistencia armada en la posguerra..., pp. 134-135.
30 Los informes son «Luchas en Asturias (guerrilleros, campesinos, obreros, etc.)» y «Relato de un guerrillero que ha luchado desde el comienzo de la guerra por los montes de Galicia y Asturias», ambos en el Archivo Histórico del PCE (en adelante, AHPCE), citados en Claudia Cabrero Blanco: Mujeres contra el franquismo..., pp. 313-320. Entrecomillado del expediente de Aurora García Fernández, Gobierno Civil de Asturias, citado por Claudia Cabrero Blanco: Mujeres contra el franquismo..., p. 318, y Ramón García Piñeiro: Luchadores del Ocaso..., pp. 904 y 906-908.
31 Nicanor Rozada: Relatos de una lucha: la guerrilla y la represión en Asturias, Oviedo, Imp. Gofer, 1993, p. 185, citado por Claudia Cabrero Blanco: Mujeres contra el franquismo..., pp. 323-326.
32 Ramón García Piñeiro: Luchadores del Ocaso..., p. 905.
33 Ibid., pp. 45, 50 y 122; Jorge Marco: Resistencia armada en la posguerra..., pp. 87-102, y Francisco Moreno: La resistencia armada contra Franco..., pp. 32-55.
34 Odette Martíñez: «Témoignages de femmes...».
35 Laurent Douzou: «La Résistance, une affaire d’hommes?», Identités féminines et violences politiques (1936-1946), Les Cahiers de l’IHTP, 31 (1995), pp. 23-24, y Jacques Semelin: Sans armes face à Hitler. La résistance civile en Europe, París, Payot, 1989.
36 AHPCE, Dirigentes, caja 30, carpeta 1/2.
37 Paul Preston: El zorro rojo. La vida de Santiago Carrillo, Barcelona, Debate, 2013, pp. 143-152, y Mercedes Yusta: La resistencia armada contra Franco en Aragón (1939-1952), tesis doctoral, Zaragoza, Universidad de Zaragoza-Université Paris 8, 1999, pp. 384-385.
38 Tomás Cossías: La lucha contra el «maquis» en España, Madrid, Editora Nacional, 1956, p. 199.
39 Ibid., p. 200.
40 Ibid.
41 José Calvo: La Pastora. Del monte al mito. Teresa/Florencio Pla Meseguer, La Pastora que siguió al maquis de la Agrupación Guerrillera de Levante y Aragón, Vinaroz, Antinea, 2009, pp. 407-408. En la declaración realizada por el propio/a Teresa/Florencio ante el tribunal militar frente al que compareció en junio de 1960, la razón aludida a esta incorporación es, sin embargo, la colaboración previa con la guerrilla y un enfrentamiento armado entre guerrilleros y guardia civil que hizo peligrar las redes de enlaces. Véase declaración de Teresa Pla Meseguer, 9 de junio de 1960, Tribunal Militar Territorial de Valencia, Sumarísimo 96-V-49, causa 96, caja 20614/4.
42 Francisco Aguado Sánchez: El maquis en España. Su historia, Madrid, San Martín, 1975, p. 393. Tras su detención en 1960 dos médicos militares, un ginecólogo y un urólogo, determinaron su pertenencia al sexo masculino y dictaminaron un «pseudohermafroditismo masculino». Véase certificado médico expedido el 9 de junio de 1960, Tribunal Militar Territorial de Valencia, Sumarísimo 96-V-49, causa 96, caja 20614/4. Sobre La Pastora véase también el ensayo novelado de Manuel Villar Raso: La Pastora. El maqui hermafrodita, Bilbao, Albia, 1978 (reed., Córdoba, Almuzara, 2011). La Pastora también ha protagonizado la novela de Alicia Giménez Bartlett: Donde nadie te encuentre, Madrid, Destino, 2011 (premio Nadal 2011). Para un marco general sobre la construcción discursiva de la figura del hermafrodita, con una alusión al caso de la Pastora, véase Francisco Vázquez y Richard Cleminson: Los hermafroditas. Medicina e identidad sexual en España (1850-1960), Granada, Comares, 2012.
43 Una reflexión acerca de la relación problemática de las mujeres con el compromiso político, un campo atravesado por lógicas genéricas y patriarcales, en Elvita Álvarez y Lorena Parini: «Engagement politique et genre: la part du sexe», Nouvelles Questions Féministes, Les logiques patriarcales du militantisme, 24, 3 (2005), pp. 106-121. Sobre las cuestiones teóricas y metodológicas suscitadas por el estudio del compromiso político femenino en el medio rural en Francia véase Martine Cocaud y Jacqueline Sainclivier: «Femmes et engagement dans le monde rural (19-20e siècles): jalons pour une histoire», Ruralia [en línea], 21 (2007). Recuperado de internet (http://ruralia.revues.org/1842) (consultado el 16 de septiembre de 2013).
44 Julio Prada Rodríguez: «As mulleres e a resistencia...», y Odette Martínez: «Témoignages de femmes...».
45 Así las describe Ramón García Piñeiro un poco apresuradamente, aunque después hace un análisis pormenorizado de la presencia de mujeres en la guerrilla asturiana. Véase Ramón García Piñeiro: Luchadores del Ocaso..., p. 909.
46 Ismael Cobo, Odette Martínez y Laetitia Puertas: L’Île de Chelo, documental, Francia, 2008; Remedios Montero: Historia de Celia. Recuerdos de una guerrillera antifascista, Valencia, Rialla-Octaedro, 2004, y Esperanza Martínez: Guerrilleras, la ilusión de una esperanza, Madrid, Latorre Literaria, 2010. Los testimonios de Esperanza, Amada y Remedios fueron recogidos en un principio por Tomasa Cuevas: Mujeres de la resistencia, Barcelona, Sirocco Books, 1986, y por Fernanda Romeu: Más allá de la utopía: la Agrupación Guerrillera de Levante, Valencia, Alfòns el Magnánim, 1987. El testimonio de Chelo también está recogido por Aurora Marco: Mulleres na guerrilla antifranquista...
47 Carlos Reigosa: La agonía del león, Madrid, Alianza Editorial, 1995, pp. 111-138.
48 Procedimiento sumarísimo núm. 164-V-51, Montero Martínez, Remedios, Archivo Histórico de la Defensa, caja 21517/3, expediente 164, y «Proceso Esperanza Martínez y Remedios Montero», Archivo Histórico del PCE, Movimiento Guerrillero, caja 105, carpeta 4/1.
49 Una descripción de estas torturas en Tomasa Cuevas: Mujeres..., pp. 20-22 y 35.
50 Gina Herrmann: «“They didn’t Rape Me”...».
51 «Manolo» era el nombre de guerra de Isaías Jiménez Utrillas, que con posterioridad se entregó y se convirtió en un delator de la guardia civil antes de morir en circunstancias dudosas. Véase Mercedes Yusta: Guerrilla y resistencia campesina. La resistencia armada contra el franquismo en Aragón (1939-1952), Zaragoza, Prensas Universitarias de Zaragoza, 2003, p. 182.
52 Informes de «Manolo» y «Angelita» en Fernanda Romeu: Más allá de la utopía: la Agrupación Guerrillera de Levante, Cuenca, Ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha, 2002, pp. 503-507, e «Informe del camarada Emiliano. Informe estancia guerrilleros. Sobre las chicas. Sobre los puntos de apoyo», 1951, AHPCE, Nacionalidades y Regiones, Levante, jacquet 642-644.
53 Citado en Fernanda Romeu: Más allá de la utopía..., pp. 506-507.