Ayer 111/2018 (2): 13-18
Sección: Dosier
Marcial Pons Ediciones de Historia
Asociación de Historia Contemporánea
Madrid, 2018
ISSN: 1134-2277
DOI: 10.55509/ayer/110-2018-01
© Anaclet Pons
© Matilde Eiroa
Editado bajo licencia CC Attribution-NoDerivatives 4.0 License
Introducción
Anaclet Pons
Universitat de València
apons@uv.es
Matilde Eiroa
Universidad Carlos III de Madrid
meiroa@hum.uc3m.es
Hace ya algunos años, David Lowenthal aprovechó las primeras palabras de una célebre novela de L. P. Hartley para ofrecer una declaración historiográfica: «El pasado —afirmaba— es ese país extraño donde las cosas se hacen de modo diferente». Muchos años después, este historiador revisitó su texto manteniendo las ideas centrales, pero no hubiera sido descabellado que, a la luz de los cambios acaecidos en esas tres décadas, modificara aquella aseveración. Incluso habría podido invertir su premisa. Si antes señaló que somos conscientes de que el pasado no se puede conocer como el presente, después habría podido sugerir que es más bien el presente lo que ya no podemos conocer como conocemos el pasado. En efecto, las grandes transformaciones que nos acompañan desde hace tiempo y la velocidad a la que se producen generan una sensación de distancia y de extrañamiento que hasta ahora reservábamos para comprender lo ya periclitado.
Si esa conjetura es cierta, si cunde cierta desorientación académica que nos hace sentirnos más cómodos mirando el pasado que contemplando el presente, ello podría deberse quizá a que han aparecido nuevos lenguajes y a que no les hemos prestado la atención que merecen. Y es imperdonable porque, como ha sostenido en reiteradas ocasiones Lev Manovich, uno de sus más conspicuos analistas, hemos de sentirnos afortunados: no solo hemos asistido al nacimiento de un nuevo medio, sino que, a diferencia de otros momentos, somos completamente conscientes de la importancia de la revolución que implica. Es cierto, por otra parte, que Manovich no es historiador y que, en consecuencia, tiende a exagerar la singularidad de lo que hoy sucede y a minimizar las percepciones que en el pasado se tuvieron ante cambios semejantes, pero tiene razón en un punto. Si bien presumimos de estar atentos a los debates culturales de nuestro entorno, orillamos la reflexión sobre los nuevos lenguajes, de modo que en el futuro alguien quizá se pregunte por qué, con tanta experiencia como hemos acumulado analizando las viejas formas culturales, no prestamos más atención a los nuevos modos discursivos, tanto a sus propios códigos como a la remediación que imponen a los antiguos.
Este número de Ayer es, pues, una modesta propuesta en esa dirección. Y es también un recordatorio y un homenaje a quienes nos precedieron en esa voluntad. Porque, en efecto, resulta paradójico que nuestra asociación blandiera el estandarte de esta novedad hace ya muchos años y que luego lo retirara sin más. Las razones no son fáciles de establecer, aunque puede aportarse alguna conjetura. Podríamos pensar que ha habido algún tipo de motivo generacional. Dada la rapidez del cambio tecnológico producido, en nuestra corporación conviven académicos que descubrieron el metamedio del ordenador digital y las bases de datos —como diría el citado Manovich— en la última fase de su trayectoria con otros que estaban en la plenitud de la misma, a los que se añaden los que se formaron ya digitalmente e incluso quienes no han conocido otra cosa desde su mismo nacimiento. Pues bien, fueron los dos primeros grupos los que probablemente se preguntaron por el significado de tal mutación, acaso porque para ellos era un auténtico cambio, mientras que las generaciones posteriores, acaso porque para ellas era algo natural, interiorizaron los nuevos medios sin reflexionar convenientemente, abandonando incluso el impulso anterior (todo ello con las salvedades que deban establecerse).
Hagamos un poco de historia. La Asociación de Historia Contemporánea se funda en 1988 y organiza su primer congreso cuatro años después, en 1992. En tan temprana fecha, dentro de las sesiones dedicadas a las «Nuevas orientaciones en Historia Contemporánea y sus repercusiones en la historiografía española», Antonio Rodríguez de las Heras incluye un texto sobre «La integración de la informática en el trabajo del historiador». Nos hablaba allí del tratamiento de textos, de las bases de datos, del trabajo con series numéricas, de cálculos estadísticos y representaciones gráficas, del libro electrónico y de la combinación en un mismo soporte magneto-óptico de texto, imagen y sonido. Por fin, decía, podemos trabajar la imagen y el sonido con la misma facilidad que el texto, aprovechando las nuevas páginas, las de la pantalla, gracias a una nueva herramienta que es polifacética, multiforme y transdisciplinar. Pero eso sí, anunciaba, nos exigirá adquirir unas destrezas que no tenemos si en verdad deseamos integrarla en nuestro trabajo y, principalmente, requerirá «una profunda reflexión teórica sobre la plena utilización de estos medios para hacer memoria».
El profesor Rodríguez de las Heras tenía ya entonces unas credenciales reconocidas. Se había sumado tempranamente al movimiento que había dado lugar en 1985 a la extinta International Association for History and Computing y había sido fundador y presidente de su sección española, la Asociación Historia e Informática, admitida como sección de la anterior en 1990 y formalmente constituida al año siguiente. Su objeto, tal como consta en Internet Archive, era «fomentar la aplicación de la informática y las telecomunicaciones en la investigación y enseñanza de las ciencias históricas» y su momento álgido vendría años después con la celebración en Toledo de la XIII Reunión internacional de la Asociación History & Computing, en julio de 1998.
Ese impulso, por lo que a nuestra asociación se refiere, rebrotó unos años después, en el III Congreso celebrado en Valladolid en 1996. Conviene recordar que la lección inaugural de aquel año la impartió Miguel Artola, su primer presidente, y que versaba precisamente sobre «Historiografía e informática». No era, como tampoco cabía esperar, una reflexión profunda sobre esa relación, pero expresaba algunas de las preocupaciones que estaban en el ambiente relativas al acceso a la información, la catalogación y clasificación de los documentos, etc. Y exponía algunos de los problemas y de las ventajas de la informática, «un instrumento con posibilidades sobradas para perfeccionar colecciones documentales, catálogos, diccionarios y bibliografía».
Pero tras esos primeros pasos poco más hubo. Y ello a pesar de que a principios de este siglo, con motivo de la V Asamblea de 2000, la asociación acordó mutar su antiguo boletín en formato electrónico y crear una lista de distribución de noticias; cambios estos que quizá hubieran podido aprovecharse en este sentido. Pero, en efecto, con algunas excepciones circunstanciales —como los textos sobre digitalización de archivos presentados en el IX Congreso de Murcia de 2008—, habrá que esperar a las dos últimas reuniones (2014 y 2016) para hallar al menos sendos talleres sobre este asunto.
El hiato entre aquellas primeras iniciativas y el silencio posterior podría explicarse también por circunstancias coyunturales. Podría argumentarse que aquellas asociaciones dedicadas a la historia y la informática desaparecieron, siendo sustituidas con el tiempo por otras dedicadas al más genérico campo de las humanidades digitales, donde imperó e imperan los estudios literarios y la filología, junto con los dedicados a la biblioteconomía y la documentación. Pero eso es algo reciente. Aunque los trabajos y el interés surgieron años antes, la sociedad dedicada a las humanidades digitales hispánicas nació en 2011 de un simposio sobre la edición digital de textos múltiples y se creó al año siguiente. Con todo, eso explicaría que en los dos congresos celebrados la presencia de historiadores haya sido escasísima y, asimismo, que las revistas que se han ocupado del asunto también suelan pertenecer a esos ámbitos.
No obstante, tales argumentos no sirven de mucho para aclarar la situación. Y no nos valen porque en toda Europa (y por supuesto también fuera de ella) ha habido una creciente preocupación por el fenómeno digital que se ha traducido en múltiples iniciativas, reuniones y publicaciones. La práctica totalidad de las historiografías nacionales y sus correspondientes asociaciones se han ocupado del asunto de un modo u otro. Una rápida consulta a las informaciones disponibles en la red nos permite ver cómo anglosajones, franceses, italianos o alemanes, por citar los más representativos, no han dejado de preguntarse sobre el significado de la historia digital, por sí mismos o en diálogo con disciplinas afines. En cambio, es difícil encontrar en nuestro país iniciativas semejantes en el campo de la historia, y menos aún en el ámbito de la contemporánea. Alguna ha existido, pero aislada, como la que promovió otro pionero, el modernista Francisco Fernández Izquierdo, cuando en 2006 coordinó para la revista Hispania un número titulado «Investigar, escribir y enseñar historia en la era de internet». Que sean modernistas, medievalistas o arqueólogos quienes, de forma más o menos episódica, se hayan interrogado sobre este tema aún parece tener menos explicación. Y decimos esto porque se podría pensar que los más afectados por el cambio tecnológico somos nosotros, dado que hace años que el presente y las fuentes que genera son plenamente digitales.
Por tanto, la pretensión de este número de nuestra revista es cubrir en parte ese vacío, retomando con ello aquellas iniciativas tempranas de las que hemos hablado y contribuyendo a la reflexión sobre lo que supone la historia digital. Para ello, podríamos partir de una definición ya clásica, la ofrecida por William G. Thomas III en el marco del debate promovido por The Journal of American History en 2008 («Interchange: The Promise of Digital History»):
«La historia digital puede ser entendida como una propuesta para el examen y la representación del pasado que trabaja con las nuevas tecnologías comunicativas del ordenador, de internet y de los sistemas de software. Por un lado, la historia digital es un espacio abierto de producción y comunicación académicas, que abarca el desarrollo de nuevos materiales didácticos y las recopilaciones de datos con fines de estudio. Por otro, se trata de un enfoque metodológico enmarcado por el poder hipertextual de estas tecnologías para hacer, definir, consultar y anotar asociaciones en el registro humano del pasado. Hacer historia digital, pues, consiste sin duda en digitalizar el pasado, pero es mucho más que eso. Es crear un marco a través de la tecnología para que la gente experimente, lea y siga un razonamiento sobre un problema histórico».
Para ello el monográfico que presentamos recoge aportaciones, estados de la cuestión, planteamientos teóricos y metodológicos sobre esta nueva forma de abordar el pasado. En el primer artículo Anaclet Pons llama la atención sobre los efectos de lo digital en las transformaciones de la escritura, con especial atención a la de la historia y la mediación que esta registra en el nuevo contexto en que se produce y difunde. El modo en que las nuevas herramientas y los nuevos lenguajes impactan sobre la investigación, el análisis y los resultados de la misma son analizados tomando como ejemplo algunos cambios ocurridos a la llegada de modernos instrumentos en siglos anteriores. En esta línea, Francisco Fernández Izquierdo expone algunos de esos novedosos recursos digitales que mejoran y facilitan las tareas necesarias para el seguimiento del método histórico. Este autor profundiza en las herramientas de búsquedas bibliográficas, los gestores más habituales y las oportunidades para la organización de las referencias. Conocer procedimientos para la exploración de los trabajos que han antecedido a las investigaciones que realizamos resulta ahora mucho más sencillo y exhaustivo, a tenor de la relación de gestores que en este texto se presentan, en el que se valoran y evalúan la variedad que existe en el mercado.
Siguiendo el hilo conductor de los autores anteriores, Matilde Eiroa propone un acercamiento a las fuentes nacidas digitales, considerándolas como evidencias historiográficas que las sociedades actuales están dejando tras de sí. No hay duda que estamos ante un escenario que afecta a la heurística y a la transmisión del legado histórico, de ahí que se proponga un análisis y una categorización de las mismas a fin de convertir los nuevos géneros digitales en conocimiento historiográfico basado en huellas fiables y creíbles. Vinculado a esta aproximación, el artículo de Serge Noiret se adentra en la definición y explicación de la denominada Historia Pública Digital, un ámbito en el que las fuentes nacidas digitales, los nuevos lectores y las audiencias de la historia tienen un papel primordial. Noiret, que hasta el año pasado presidió la International Federation for Public History (IFPH-FIHP), dibuja un panorama global con una relevante actividad historiográfica en la que España está prácticamente ausente. Finalmente, el estudio de José María Cardesín sobre la historia urbana, las herramientas digitales de la Web 2.0 y la realidad virtual aplicada ilustra algunas de las grandes posibilidades que ofrece para el análisis del pasado y la apertura de nuevas líneas de investigación. En él se exponen algunos ejemplos, así como las problemáticas surgidas tanto en la visualización de los resultados como en la adaptación de este engranaje virtual a la historia.
Esperamos, pues, que los artículos que siguen puedan ser un primer paso para ulteriores debates, en la creencia de que quizá estemos asistiendo a una ruptura antropológica, cultural, y que los historiadores hemos de participar más en su comprensión. Porque, como ha indicado el sociólogo Michel Wieviorka: ¿y si la ubicuidad de lo digital señala no solo una nueva era, un cambio cultural importante, sino también una ruptura profunda, una transformación radical de la humanidad?, ¿y si lo digital es, tras la invención de la escritura y la imprenta, la tercera gran revolución?