Ayer 111/2018 (3): 13-21
Sección: Dosier
Marcial Pons Ediciones de Historia
Asociación de Historia Contemporánea
Madrid, 2018
ISSN: 1134-2277
DOI: 10.55509/ayer/111-2018-01
© Lourenzo Fernández Prieto
© Aurora Artiaga Rego
Editado bajo licencia CC Attribution-NoDerivatives 4.0 License

Introducción. Soldados para el frente: más allá de los alféreces provisionales y los comisarios políticos *

Lourenzo Fernández Prieto

Universidade de Santiago de Compostela
lourenzo.fernandez@usc.es

Aurora Artiaga Rego

Universidade de Santiago de Compostela
a.artiaga@usc.es

Hasta fechas recientes la historiografía sobre la guerra moderna ha priorizado las interpretaciones estrictamente militares o las político-ideológicas sobre las sociales y ha relegado a un segundo plano a los actores directos de los conflictos bélicos. Ese olvido de los soldados ha sido paliado por el cine y la literatura, que nos anticipan una mirada más popular, menos militar y menos ideológica de la guerra. Las obras de Lamaitre (Nos vemos allá arriba, 2013) o Rothmann (Morir en primavera, 2016) anuncian una onda de escepticismo popular ante la guerra, más ligada al presente bélico que a la conmemoración idealizada de las guerras del pasado. El centenario de la Gran Guerra, con su memoria de crueldad y su retrospectivo impacto de novedosa masacre, ha tenido en ello un efecto sustantivo al que tampoco ha sido ajena la historiografía. Parte de lo que esta literatura populariza con sus recursos expresivos y discursivos estaba presente en algunas obras de historia en torno al cambio de siglo 1.

También el cine alumbra esta nueva mirada. Películas como Frantz (2016), de François Ozon, enlazan con clásicos como Johnny Got His Gun (1971), de Dalton Trumbo, también con la Gran Guerra como argumento. Novelas y filmes desvelan el relato antibélico popular, solo levemente apreciable en obras anteriores como Adiós a las armas, de Heminghway (1929), o Senderos de Gloria, de Kubrick (1957), que ofrecían una visión más de oficial que de soldado, más de héroes singulares que de masas combatientes inidentificables. Un rechazo a la guerra perceptible en las memorias orales y escritas de miles de soldados del siglo xx. Porque una cosa es la cultura de guerra, vinculada a la guerra de las elites cultas, y otra la visión de la guerra padecida por las mayorías sociales 2. El nuevo presente bélico, con colas de refugiados en Europa que evocan pasados conocidos, conduce a reexaminar el paisaje del pasado bélico 3.

También la Guerra Civil Española ha estado y sigue estando marcada por interpretaciones político-ideológicas que olvidan o marginan a los protagonistas y actores del conflicto. Unas visiones que, en formato de memorias o historiográfico, han sido elaboradas tanto por los que administraron la victoria franquista en tiempos del fascismo como por aquellos que hubieron de explicar durante décadas la amarga derrota de la democracia republicana. Estas versiones, basadas en las vidas y opiniones de dirigentes políticos o militares, han sido extendidas a la población de cada zona, a los integrantes de cada organización, a los soldados de cada unidad. El dualismo guerracivilista original ha impregnado hasta muy recientemente una historiografía con escasos claroscuros y pocas zonas grises al margen de los estrictos marcos de los bandos militares en liza entre 1936 y 1939 4.

De los protagonistas relegados nos queremos ocupar en este número no desde el punto de vista político-ideológico, tampoco como víctimas, ni como vencedores ni como vencidos, sino como los soldados que fueron a/en la guerra y que, encuadrados en unidades militares, cavaron trincheras, tomaron oteros, retrocedieron o se escondieron, fueron heridos, mutilados o quedaron enterrados en el campo de batalla. No exploramos sus posiciones políticas o ideológicas, supuestas o atribuidas en función de la zona en que quedaron o del ejército en que combatieron, tampoco los contemplamos como víctimas del conflicto o la represión, sino como masas de soldados reclutados para hacer la guerra encuadrados en unidades bajo mando militar. Es la perspectiva de los que nunca dieron un paso al frente cuando pidieron voluntarios y luego aleccionaron a sus hijos: «voluntario en la mili, ni para comer».

El objetivo del monográfico es dar a conocer algunas investigaciones recientes sobre un asunto del que hay más tópicos, propaganda e ideas recibidas que historiografía. Enfoques relativamente nuevos para una nueva fundamentación historiográfica, un replanteamiento metodológico y una aproximación inicial casi positiva para deconstruir estereotipos dominantes. Investigaciones basadas en un acervo de fuentes tan abundante como aún poco explotado que nos permite rehuir la visión que los comisarios políticos y los alféreces provisionales legaron a la historiografía para acercarnos a los actores de la guerra más allá del análisis del discurso. Se trata, en suma, de superar los marcos de la propaganda bélica y política como referente historiográfico dominante y de sustituir la suposición o la extrapolación por la indagación con fuentes primarias. Para ello formulamos algunas preguntas aparentemente contraintuitivas.

1. ¿Por qué debería haber habido gente deseosa de ir a la guerra? Dejemos de considerar la voluntariedad como una premisa indiscutible de esa contienda, alimentada por la literatura política y apenas discutida por la historiografía. Convirtamos la afirmación en conjetura, en hipótesis no confirmada. Preguntémonos entonces ¿por qué hemos tardado tanto en incluir a prófugos, autolesionados o desertores en el relato general sobre la Guerra Civil que nadie quiere contar? Que la primera respuesta haya surgido del ámbito de la creación literaria es un indicador significativo de su olvido historiográfico 5. Igualmente, ¿por qué hemos atribuido intencionalidad estrictamente política a todos los escapados, huidos, escondidos o «topos»? ¿Por qué hemos priorizado sus supuestos referentes ideológicos o políticos sobre la elemental consideración de personas atrapadas en situaciones extremas?

Enmarcar la actuación de los soldados en la Guerra Civil exige contemplar el telón de fondo del pasado del servicio militar obligatorio que el mundo campesino —mayoritario aún— rechazaba como un tributo en sangre que privaba a sus hogares de los mejores brazos en el momento más inoportuno 6. Requiere entender la capacidad de movilización contra las quintas, bien estudiada para la segunda mitad del siglo xix y comienzos del xx, las masivas protestas contra la guerra colonial, incluso las acciones pacifistas de algunas vanguardias políticas contra la Gran Guerra 7. Y recordar también que los nietos de los soldados de aquella Guerra Civil protagonizaron un record generacional europeo de objeción de conciencia e ­insumisión en la década de 1980. La comprensión de aquel rechazo al servicio militar y al ejército no puede desligarse de un hondo legado histórico conformado por pautas culturales, prácticas de movilización y experiencias familiares transgeneracionales 8.

No podemos ignorar esos escenarios históricos si aspiramos a entender, interpretar y explicar la guerra de 1936-1939. ¿Debemos suponer que los nietos y los hijos de quienes se movilizaron contra quintas y guerras coloniales fueron la única generación española dispuesta voluntariamente a matarse y, además, en una guerra civil? ¿Que aquellos jóvenes de 1936 se sintieron repentinamente henchidos de ardor guerrero, como relatan algunos cultos personajes a través de cuyos escritos intentamos esclarecer la llamada cultura de guerra en busca de nuevas claves? Aunque se siga representando la Guerra Civil con el Duelo a garrotazos de Goya, aquello no fue un enfrentamiento atávico y voluntario, sino un golpe de Estado continuado como guerra interna e internacional.

Volvamos al interrogante inicial. ¿Por qué iría la gente a la guerra? ¿Para cuántos de aquellos jóvenes las ideologías enfrentadas en sus versiones más extremas y predispuestas al combate armado resultaban ajenas o meras novedades generacionales o, posiblemente, menos importantes que el sostén y los cuidados de la casa y la hacienda? La componente reproductiva del hogar campesino debe ser considerada también para señalar que, probablemente, para miles de campesinos el futuro de su casa no valía una guerra. Lo habían manifestado con prácticas de resistencia cotidiana en los conflictos derivados de la creación del Estado liberal y en décadas de extensión de prácticas democráticas y derechos cívicos antes de 1936 9. Un comportamiento, sostenido a lo largo de siglo y medio, avala la hipótesis de la escasa aceptación de una guerra tan opuesta a las estrategias productivas y reproductivas domésticas.

Tampoco eran políticamente apáticos, prepolíticos, ni mucho menos «rebeldes primitivos». Bien al contrario, los jóvenes de los años treinta pertenecen a la generación más politizada hasta entonces, la que presenta tasas de afiliación sindical y política más elevadas como resultado de una participación democrática normalizada que retoma ondas democratizadoras anteriores —1868, 1890, 1907, 1918 y 1930— 10. Pero se comprende fácilmente que una cosa es pertenecer a una cooperativa agraria catalana o castellana, a un sindicato metalúrgico del norte o a una sociedad obrera de canteros gallegos y otra muy diferente alistarse para matar y morir por... Conviene ser prudentes a la hora de suponer que sus ideas políticas y sus prácticas sociales fuesen motivos suficientes para morir y matar en masa.

Que sigamos mirando al pasado bélico atribuyendo a aquellos soldados iniciativa personal o incluso entusiasmo indica la fuerza de viejos paradigmas y la dificultad para asentar otras miradas 11. Pensemos, al contrario, que aquellos jóvenes no querían ir a la guerra, mucho menos para enfrentarse a vecinos, paisanos y lo que hasta entonces habían sido compatriotas. Imaginemos que la supuesta tendencia a matarse entre sí es una interpretación coetánea de los propios golpistas, de los antifranquistas derrotados, de algunos observadores... El problema, como siempre en historia, estriba en la pregunta que nos hacemos, cuya respuesta buscamos en esos vestigios del pasado que llamamos fuentes. Es también nuestra propia relación con el pasado, la idea de partida y los prejuicios que asumimos sin discusión.

Nunca antes de agosto de 1936 se había decretado en España el servicio militar obligatorio de todos los varones considerados útiles (véase Leira-Castiñeira y Domínguez Almansa). Se hace universal un reclutamiento forzoso que había sido un reiterado motivo de conflicto político y social, hasta el punto de que su rechazo había servido de instrumento para la construcción de redes clientelares o de argumento para articular procesos democratizadores con participación de las masas 12. Tantas guerras coloniales algo habrían influido.

La historia oral, las memorias del soldado raso común y los registros de la contienda conservados en los archivos militares confirman que los mandos de las unidades del ejército rebelde practicaron una tolerancia táctica y tácita respecto a los afiliados y militantes de organizaciones democráticas e izquierdistas, bien coordinada con amenazas tan explícitas como la exhibición de las matanzas en los lugares de origen de los soldados y en los cuarteles coincidiendo con su incorporación. A cambio de protección para su persona y familia solo se les exigía que prestasen un servicio disciplinado en aras del objetivo principal de ganar la guerra. Una tolerancia con el pasado político de sus soldados que mostraron igualmente los mandos republicanos (véase Matthews). Prácticas reveladoras de la conciencia que los jefes militares tenían sobre la heterogeneidad de sus soldados y la renuencia a combatir de muchos de ellos.

La indudable diversidad de aquellos jóvenes reclutas, que habían vivido la eclosión democrática republicana entre los once y los veintinueve años, pasa desapercibida si los contemplamos a través de la lente uniformadora de sus mandos militares o políticos. También es escasa la huella de prófugos y desertores en la literatura sobre la Guerra Civil frente al abultado registro sobre huidos y escapados, con una mano de barniz heroico y político. Y, sin embargo, literatura, memorias, historias de vida y memoria oral familiar acreditan aquella pluralidad mucho antes de que algunos mozos se convirtiesen en guerrilleros y décadas antes de que fuesen sublimados como maquis 13.

2. ¿Por qué los golpistas le llamaron guerra? ¿De qué guerra estamos hablando? En su inicio fue un golpe de Estado que sus promotores denominaron Alzamiento. Un golpe que buscaba arrebatar el poder al mando político y también al militar, se preveía «en extremo violento» y requirió del asesinato de superiores jerárquicos. Por ello el esfuerzo de justificación hubo de ser muy amplio y en el tiempo de las masas fue necesario convertirlo en un «plebiscito armado» para el que la movilización popular sirvió de justificación y legitimación. Nada de esto hubo en origen, pero el tiempo del golpe quedó sincopado en la dinámica de la guerra. El historiador ha de restituir las secuencias del ciclo, la cronología; deshacerla y reconstruirla. Recuperar la historicidad del proceso.

Adoptemos un nuevo enfoque: pensemos no en un golpe fracasado, sino en un golpe prolongado que requirió de una movilización masiva y sostenida en el tiempo mediante la recluta forzosa. Ya previsto por su director como demorado porque los conjurados sabían que carecían de fuerza para vencer y que no preparaban un simple pronunciamiento. Fue ejecutado siguiendo las instrucciones de Mola para el paso del Estrecho y la toma de los puertos del Sistema Central en dirección a Madrid. Confiaban los golpistas en una guerra célere, como la recientemente ejecutada en Abisinia, y contaron con la colaboración de aquellos que la habían teorizado (Alemania) e incluso ensayado (Italia), empleando las innovaciones tecnológicas que transformaron las prácticas bélicas durante la Gran Guerra.

Golpe demorado, en forma de guerra corta y rápida, prevista y dirigida a la conquista de la capital, en el que cobran sentido las matanzas ejecutadas sincrónicamente en la retaguardia. No como resultado inevitable de una violencia política previa, que supone atribuir al golpe razones relacionadas con la política general y parlamentaria, y no con la acción de una minoría carente de representación e incluso de influencia. Rechazar de entrada ese argumento permite descartar una violencia añeja y obliga a preguntarse por las razones de su materialización.

La lógica de las matanzas está inscrita en la del golpe de Estado: conquista del poder por la fuerza y uso inmediato del terror como arma, selectivo al principio, sistemático después, siempre con aleccionadora publicidad para surtir efecto. Donde triunfa la sublevación, la secuencia cronológica de los asesinatos entre agosto y noviembre de 1936 se corresponde exactamente con el derribo de la cima del poder institucional: primero los altos mandos militares, después los civiles, seguidos de representantes del poder municipal, diputados, líderes políticos y sociales, e inmediatamente también los osados resistentes de primera hora. Otras razones posibles son menos significativas que esa lógica originaria de la toma del poder. Los repuntes posteriores de matanzas del bando sublevado tendrían menos que ver con lo que se ha insistido en llamar represión que con la lógica de represalias contra la población civil inherente a la guerra total en que se transformó el golpe.

La extrema violencia desplegada por los golpistas no deriva solamente de la brutalidad del ejército colonial y solo adquiere sentido integrada en su contexto europeo y mundial 14. Fue un golpe en el tiempo del fascismo que utilizó sus métodos de acción y construcción política para diseñar un proyecto nuevo, mal definido, débilmente articulado y cimentado en parte por un militarismo nostálgico de la dictadura de Primo de Rivera y en parte por un fascismo hasta entonces marginal.

Golpe demorado o guerra corta y rápida, prevista y orientada a la conquista de una capital que fue siempre el único y persistente objetivo bélico, incluso después de que Vicente Rojo y Franco concluyesen en la primavera de 1937 que la guerra sería larga y de desgaste. ¿Cuándo se produce esa mutación? La transición es lenta pero identificable cuando después de cuatro meses los golpistas no consiguen ocupar Madrid y puede reconocerse en la sucesión de reemplazos movilizados (noviembre-diciembre), en la militarización de milicias (diciembre) que homologa voluntarios y soldados, o en la campaña movilizadora que se les asigna (enero) (véase Artiaga). Las batallas de Jarama (febrero) y Guadalajara (marzo) todavía en torno a la capital han sido consideradas por la historiografía un punto de inflexión que para nosotros consuma la transición de golpe a guerra —iniciada en noviembre— y que incluye la forzada unificación política y la construcción de un programa político para el fracasado golpe prolongado.

Un golpe demorado, concebido como una moderna guerra relámpago que, al no lograr su objetivo, se acaba convirtiendo en guerra de columnas, primero, y en guerra total, después. Para entonces los voluntarios —escasos y caros— carecen de sentido. Solo eran necesarios soldados disciplinados. Esos son los excombatientes (véase Alcalde) que habrá que seguir explorando.

Los vencedores contaron con tiempo e instrumentos para construir y asentar una versión de la guerra, persistente hasta hoy, en la que se diluía su golpe. La propaganda y las matanzas modelaron la forma de mirar al pasado. La violencia civil y sin autor lo ocupó todo en el relato orweliano. A la dictadura y al exilio siguió en 1977 una reconciliación con un estatuto de memoria bien conocido y que necesita ser superado para hacer historia.


* Este artículo se enmarca en los trabajos desarrollados en el Proyecto de ­Investigación A Socialización na guerra contra a República e os apoios da ditadura Franquista. Recrutamento, mobilización e participación no exército sublevado ­(1936-1939) (PGIDT-PXI, Xunta de Galicia) y por el Grupo de Referencia Competitiva HISTAGRA (histagra.usc.es/histagra@usc.es) (GRC2013-034).

1 John Keegan: The Face of Battle. A Study of Agincourt, Waterloo and the Somme, Madrid, Turner, 2013; Eric Leed: No Man’s Land. Combat an Identity in World War I, Cambridge, Cambridge University Press, 1979; George L. Mosse: Fallen Soldiers: reshaping the memory of the world wars, Oxford, Oxford University Press, 1990 (edición de Ángel Alcalde, Zaragoza, Prensas Universitarias de Zaragoza, 2016); Joanna Bourke: An Intimate History of Killing. Face-to-face Killing in Twentieth Century Warfare, Londres, Granta, 1999 (Barcelona, Crítica, 2008), y Frederic Rousseau: La guerre censurée. Une histoire des combattants européens de 1914-1918, París, Editions du Seuil, 1999.

2 Frederic Rousseau: «Repensar la Gran Guerra (1914-1918). Historia, testimonios y ciencias sociales», Historia Social, 78 (2014), pp. 142-143.

3 Pedro Ruiz Torres (ed.): Volver a pensar el mundo de la Gran Guerra, Zaragoza, Fernando el Católico, 2015, y Lourenzo Fernández Prieto (ed.): Memoria de guerra y cultura de paz en el siglo xx. De España a América, debates para una historiografía, Gijón, Trea, 2012.

4 Carlos Gil Andrés: «La zona gris de la España azul. La violencia de los sublevados en la guerra civil», en Javier Rodrigo (ed.): Retaguardia y Cultura de guerra, Ayer, 76 (2009), pp. 121-127.

5 Pedro Corral: Desertores: la guerra civil que nadie quiere contar, Debate, Barcelona, 2006.

6 Xesús Balboa López: «Soldados e desertores: os galegos e o servicio militar no século xix», en Xavier Castro y Jesús de Juana (eds.): Mentalidades colectivas e ideoloxías. Xornadas de Historia de Galicia, Ourense, Servicio de Publicaciones de la Diputación de Orense, 1991, pp. 49-72, y J. Fidel Molina Luque: Quintas y servicio militar: aspectos sociológicos y antropológicos de la conscripción (Lleida, 1878-1960), tesis doctoral, Universitat de Lleida, 1998.

7 Sebastian Balfour: El fin del imperio español (1898-1923), Barcelona, Crítica, 1997; Alfonso Bermúdez Mombiela: «¡Abajo la guerra! Aproximaciones a la oposición a la Guerra del Rif en la Zaragoza de principios del siglo xx (1909-1923)», Revista Universitaria de Historia Militar, 5, 10 (2016), pp. 264-282, y Eliseo Fernández: Obreirismoferrolán, Vigo, A Nosa Terra, 2005.

8 Pedro Oliver Olmo: «Los iniciadores del movimiento de objetores de conciencia (1971-1977)», en Manuel Ortiz Heras (coord.): Culturas políticas del nacionalismo español: del franquismo a la transición, Madrid, La Catarata, pp. 219-244.

9 Henrique Hervés Sayar et al.: «Resistencia y organización: la conflictividad rural en Galicia desde la crisis del Antiguo Régimen al franquismo», Noticiario de Historia Agraria, 13 (1997), pp. 165-192, y Carlos Gil andrés: Piedralén. Historia de un campesino: de Cuba a la guerra civil, Madrid, Marcial Pons, 2010.

10 John Markoff: Waves of Democracy. Social Movements and Political Change, Thousand Oaks, Pine Forge Press, 1996.

11 Lourenzo Fernández Prieto y Aurora Artiaga Rego (eds.): Otras miradas sobre golpe, guerra y dictadura. Historia para un pasado incómodo, Madrid, La Catarata, 2014.

12 Hans de Goeje: «El cacique como political middleman: el poder local en el concejo de Ponga (Asturias), 1900-1923», en Lourenzo Fernández Prieto et al. (eds.): Poder local, elites e cambio social na Galicia non urbana (1874-1936), Santiago de Compostela, Universidade de Santiago de Compostela, 1997, pp. 393-413.

13 Sobre los numerosos fuxidos o homes do monte gallegos véanse Harmut Heine: A guerrilla antifranquista en Galicia, Vigo, Xerais, 1980; Victor Fernández Freixanes: «O Fresco». Memoria dunfuxido, 1936, Vigo, Xerais, 1981, o el testimonio de Juan Noya: Fuxidos, Caracas, 1976. De la misma época véase Jesús Torbado y Manuel Leguineche: Los Topos, Madrid, Argos, 1977.

14 Sebastián Balfour: Abrazo mortal: de la guerra colonial a la guerra civil en España y Marruecos (1909-1939), Barcelona, Península, 2002, y Antonio Miguez Macho (ed.): Ni víctimas ni verdugos. Actitudes sociales ante la violencia, del franquismo a la dictadura argentina, Granada, Comares, 2016.