Ayer 140 (4) 2025: 47-72
Marcial Pons Ediciones de Historia
Asociación de Historia Contemporánea
Madrid, 2025
ISSN: 1134-2277
DOI: 10.55509/ayer/2648
© David Jiménez Torres
Recibido: 03-09-2024 Aceptado: 22-02-2025 Publicado on-line: 07-10-2025
Editado bajo licencia CC Attribution-NoDerivatives 4.0 License
Con Wilson, contra Wilson. Ramiro de Maeztu, las derechas autoritarias y el recuerdo de la Primera Guerra Mundial (1918-1936) *
David Jiménez Torres
Universidad Complutense de Madrid
dajimeneztorres@ucm.es
Resumen: En 1918, Ramiro de Maeztu describió elogiosamente a Woodrow Wilson como el único estadista que defendía «causas superiores a las egoístamente nacionales». En 1934, el mismo Maeztu culpó a Wilson de haber hundido a una parte de Europa «en la miseria». Este trabajo analiza los motivos que llevaron a este cambio en la valoración del proyecto wilsoniano. Más allá de lo que ilustra sobre la evolución ideológica de este autor, se expone que Wilson ocupó un lugar particular en el imaginario de las derechas autoritarias durante la posguerra. Su figura formó parte de una interpretación de la Gran Guerra que justificaría la apuesta por modelos antiliberales y que desempeñaría una función relevante para los intelectuales que apoyaron la dictadura de Primo de Rivera y se opusieron a la Segunda República. También se expone de qué manera la figura de Wilson impactó en la imagen que varias de estas figuras tuvieron de Estados Unidos.
Palabras clave: Ramiro de Maeztu, Woodrow Wilson, nacionalismo, autoritarismo, Primera Guerra Mundial.
Abstract: In 1918, Ramiro de Maeztu praised Woodrow Wilson for being a «professor of idealism», the only statesman who was willing to defend «causes which are more elevated than selfish national interest». In 1934, the same Maeztu blamed Wilson for having plunged large parts of Europe «into misery». This article analyses the reasons for this change in Maeztu’s perception of the Wilsonian project. Beyond being simply a reflection of Maeztu’s ideological evolution, it will be argued that Wilson came to occupy a particular place in the discourse of the authoritarian right during the interwar period. His legacy became part of an interpretation of the First World War which would come to justify support for antiliberal political models, and which would be important for a number of intellectuals who supported the Primo de Rivera dictatorship in Spain and later opposed the Second Republic. This was also linked to the ways in which Wilson affected the image that many of these authors had of the United States.
Keywords: Ramiro de Maeztu, Woodrow Wilson, nationalismo, authoritarianism, First World War.
En 1918, Ramiro de Maeztu describió elogiosamente a Woodrow Wilson como un «profesor de idealismo», el único estadista mundial que defendía «causas superiores a las egoístamente nacionales», y el hombre que «necesita la Humanidad en esta crisis». En 1934, el mismo Maeztu culpó al expresidente de Estados Unidos de haber animado en toda Europa «los cantonalismos más absurdos» y de hundir «en la miseria las poblaciones del antiguo Imperio austrohúngaro» al construir un orden internacional sobre la idea —falsa, según Maeztu— de que «las naciones no se basan más que en la voluntad» 1.
Este artículo explicará los motivos de aquel cambio en la valoración que el periodista y ensayista español hacía del proyecto wilsoniano, y qué nos puede indicar esto acerca de los sectores a los que estuvo vinculado. Se aducirá que la primera valoración estaba determinada tanto por el fervor wilsoniano de los aliadófilos españoles —campo en el que Maeztu militó durante la Gran Guerra— como por el contexto intelectual británico de esos años, con el que Maeztu tenía una relación especialmente estrecha. Posteriormente se argumentará que la valoración negativa de los años treinta está ligada al desarrollo de una lectura antiliberal tanto de la Gran Guerra como del orden de posguerra por parte de las derechas autoritarias españolas —sector hacia el que Maeztu fue gravitando, hasta convertirse en uno de sus principales teóricos—. Una interpretación que buscaba explicar, y al mismo tiempo justificar, opciones como el primorriverismo y el antirrepublicanismo, y en la que la valoración negativa del legado de Wilson cobró una notable relevancia. Se expondrá de esta manera que el impacto del presidente norteamericano se puede apreciar tanto en los sectores que simpatizaron con sus ideales como en aquellos que reaccionaron explícitamente contra el wilsonismo en los años veinte y treinta. Se profundizará, asimismo, en la comprensión de la influencia de Wilson en la intelectualidad española tanto durante la guerra como en las décadas posteriores.
Cuando Estados Unidos entró en la Primera Guerra Mundial, Maeztu llevaba ya doce años trabajando como corresponsal en Londres para la prensa española y argentina. Sus crónicas habían ayudado a explicar las grandes transformaciones del Reino Unido posvictoriano al público hispanohablante, desde el proceso reformista y la creación de un incipiente estado de bienestar que siguieron a la victoria de los liberales en 1906 hasta los avances del sufragismo 2. El periodista y ensayista siguió desempeñando un papel muy visible durante la guerra. Apoyó desde un primer momento la causa de los Aliados, firmando el manifiesto aliadófilo español de 1915, y participó en la guerra civil de palabras —por recurrir a la fórmula acuñada por Gerald Meaker— que se libró en la opinión pública española y que tendió a instrumentalizar el conflicto europeo en el marco de las disputas políticas y culturales de la España del momento 3. Al mismo tiempo, su papel como corresponsal le hizo trascender las coordenadas puramente españolas de aquellos debates: Maeztu fue un cronista exhaustivo del impacto del conflicto sobre la sociedad británica, y también realizó varios viajes al frente occidental como invitado del Foreign Office. Esto resultó en series de crónicas como la que se recopiló en el opúsculo Inglaterra en armas (1916) 4.
Maeztu estaba, además, muy integrado en la vida intelectual londinense. Si al comienzo de su etapa británica se había acercado al new liberalism y a la Sociedad Fabiana, a la altura de 1914 participaba en los círculos del gremialismo británico, una corriente de socialismo no marxista influida por el medievalismo de John Ruskin y William Morris, y que se organizó alrededor del editor A. R. Orage y su revista The New Age 5. Maeztu fue colaborador asiduo de esta publicación, y aquellas colaboraciones dieron pie a su libro Authority, Liberty and Function in the Light of the War (1916), que aportaba una visión gremialista sobre la Gran Guerra y sobre el nuevo orden que debería implantarse cuando terminara. Este orden, según Maeztu, no podía basarse ni en el autoritarismo que encarnaba Alemania ni tampoco en el liberalismo que representaba Inglaterra. Más bien debía basarse en el principio de función, una suerte de absolutismo social que limitaba el radio de libertad del individuo en beneficio de las necesidades de toda la sociedad, ya tuviesen que ver con la justicia social, el reparto de la riqueza o la movilización en tiempos de guerra.
Ese círculo gremialista en el que se movía Maeztu había sido muy crítico con el manejo de la guerra por parte del Gobierno de su país. Apoyaban la entrada de Reino Unido en el conflicto y consideraban que una victoria de Alemania sería una catástrofe para el mundo en general y para Europa en particular. Pero también esperaban que la guerra actuase como catalizadora para los cambios estructurales que deseaban ver en la sociedad británica, y por ello criticaban la inconcreción de los objetivos de guerra de su Gobierno y la resistencia a abandonar algunos principios y estructuras del liberalismo. Fueron muy debatidas, por ejemplo, la reticencia del Gobierno liderado por Asquith a implementar un servicio militar obligatorio y también la actitud que se debía adoptar ante los pacifistas y los objetores de conciencia. Maeztu no tenía dudas al respecto: en ambos casos se debía colocar el interés de la sociedad por encima de las preferencias de los individuos. Y este criterio, el de la superioridad del interés social sobre el interés individual, debía ser el principio rector del mundo de posguerra, tanto en el plano de las relaciones internacionales como en el de la organización económica. Como afirmó en uno de sus artículos ingleses:
«La coerción es mala cuando se emplea para fines malos, como, por ejemplo, castigar el pensamiento, dificultar la creación de riqueza o impedir el desarrollo de los valores humanos, sean culturales o vitales. La coerción es buena, por otro lado, cuando sacrifica la apatía individual en el altar de la defensa nacional, del progreso intelectual, de la higiene, de la moralidad o de la riqueza nacional» 6.
Este doble contexto —el de los aliadófilos españoles y el de los gremialistas británicos— es fundamental para entender la reacción de Maeztu a la entrada de Estados Unidos en la guerra y a la divulgación de los célebres Catorce Puntos de Wilson. Su respuesta a ambos acontecimientos fue decididamente positiva. En un artículo afirmó sentir una «creciente admiración» por Wilson e incluso declaró que, al escuchar sus discursos, «se me figura que la poesía de Walt Whitman se ha hecho prosa y acción» 7. Años después incluso señalaría que la declaración de guerra de Estados Unidos a Alemania provocó en él una auténtica conmoción espiritual 8. En esto estaba de acuerdo con la reacción generalizada de los aliadófilos españoles, que también exhibieron un verdadero entusiasmo por la figura de Wilson y sus proyectos para la posguerra —un entusiasmo que, como en otros países, se debía más a la proyección que muchos hicieron de sus propios anhelos sobre los Catorce Puntos que a lo que estos realmente decían— 9. Pero, además, Maeztu vio en Wilson la encarnación de aquellos principios que tanto él como los demás colaboradores de The New Age llevaban años defendiendo. En un artículo de mediados de 1918, por ejemplo, estableció una distinción entre la mentalidad liberal de Inglaterra y la mentalidad democrática de Estados Unidos 10. Y añadió:
«Es un error grosero el que identifica los conceptos de libertad y de democracia. En el espíritu de libertad cada individuo afirma su voluntad. En el de democracia, la voluntad del pueblo se impone sobre la de los individuos. La libertad es tolerante, porque no está segura de ninguna cosa más que de su propia tolerancia. Pero la democracia es intolerante, porque está convencida de que la voluntad del pueblo debe prevalecer sobre la de las minorías que la ponen en entredicho».
Maeztu proseguía señalando que ese sentido democrático llevaba a los norteamericanos a no tolerar «ni pacifistas, ni tibios, ni objetores de conciencia». Y luego ofrecía una visión muy particular de otro principio wilsoniano:
«Entiendo lo que dice [Wilson] cuando habla de una ley basada en el consentimiento de los gobernados, al mismo tiempo que apercibe sus ejércitos para imponer esa ley a los que no quieren aceptarla. Lo comprendo precisamente porque me es muy querida la distinción entre libertad y democracia. El liberal, en el fondo, no quiere que haya leyes. El demócrata quiere que los pueblos establezcan las leyes. [...] Wilson quiere que haya leyes mundiales y que estas leyes las establezcan los pueblos, y que a ellas tengan que someterse, quieran o no quieran, los gobiernos rebeldes al concepto de ley».
Más llamativo todavía resulta que el futuro autor de Defensa de la Hispanidad no entrase a valorar la vertiente del proyecto wilsoniano vinculada a la autodeterminación de los pueblos. Esto se debe, en parte, a que el Maeztu de aquellos años no estaba tan interesado por el concepto de nación como lo llegaría a estar en el futuro: el concepto ni siquiera se menciona en su gran obra teórica de esta etapa, Authority, Liberty and Function (traducida en 1919 al español bajo el título La crisis del humanismo). Sus escritos londinenses evidenciaban un claro interés por los rasgos culturales e históricos de los distintos pueblos europeos, pero ese interés no abarcaba la pregunta de qué era una nación y cuál era su relación con el Estado —cuestión central de los debates sobre autodeterminación—. La democracia que buscaba hacer efectiva se realizaría en el marco de Estados ya establecidos. A la altura de 1922, cualquier idea de autodeterminación seguía estando ausente de sus explicaciones sobre lo que era la democracia:
«esta es la hora de la democracia, porque es la hora de la pequeña propiedad, de distribuir la propiedad en tal forma que se haga asequible al trabajo y preparar las bases de una sociedad mejor, en que lo mismo desaparezcan la propiedad que no trabaje que el trabajo desligado de las responsabilidades propietarias. [...]. Esta es también la hora de distribuir el Poder público de tal suerte que todos los hombres sean ciudadanos, para lo cual hay que asociarlos, lo mismo por sus funciones especiales que por sus funciones comunes» 11.
Vemos, por tanto, que la lectura que hizo Maeztu inicialmente del wilsonismo estaba ajustada a su proyecto —al que aún se refería por entonces como «socialista»— de un absolutismo social fundado en la ley y en el interés colectivo. No era una impresión excepcional en el contexto inglés; la mayoría de las figuras del gremialismo, y en general de las distintas ramas de la izquierda británica, vieron en los Estados Unidos y en su presidente el contrapunto positivo de todo lo que les molestaba y decepcionaba de su propio país y de sus elites gobernantes 12. Ensalzaron la ambición transformadora de Wilson y contrastaron su figura con la de su antiguo ídolo, David Lloyd George, cuyo comportamiento en el Gobierno —incluso antes de hacerse con las riendas de este durante la guerra— les había defraudado. La admiración por Wilson incluso era compartida por aquellos pacifistas y defensores de la objeción de conciencia a los que Maeztu había criticado, como Bertrand Russell o Norman Angell 13. El propio Maeztu aludió a esto, argumentando que Russell y Angell no se enteraban de nada: «confiaban en que el Presidente Wilson representaría la moderación. Se encuentran, por el contrario, con que el presidente y los Estados Unidos representan la rigidez de principios». Hasta cierto punto, por tanto, Maeztu era consciente de que muchos sectores estaban proyectando sobre Wilson sus propias ideas y ambiciones, alejadas de lo que el presidente norteamericano estaba proponiendo en realidad. Lo que no parecía contemplar es que él pudiera estar haciendo lo mismo.
Esa admiración que muchos españoles y británicos habían sentido por Wilson se desvaneció a raíz de las negociaciones de paz de París. En el caso español, ni las izquierdas ni los nacionalismos subestatales vieron sus esperanzas colmadas en el nuevo orden trazado en Versalles 14. En el británico, y como mostraron múltiples testimonios posteriores —desde Harold Nicolson hasta John Maynard Keynes—, los primeros en sentirse decepcionados por el comportamiento del presidente durante la conferencia de paz fueron los propios miembros de la delegación británica; en su opinión, el contenido final de los acuerdos renegaba de gran parte de los ideales wilsonianos 15. Maeztu, sin embargo, no participó de esta desilusión: si bien criticó algunos aspectos del Tratado de Versalles (que, según él, «se ha hecho más con los ojos puestos en el pasado y en la lucha milenaria entre el teutón y el galo, que con la mirada puesta en el porvenir»), valoró muy positivamente la creación de la Sociedad de las Naciones. En su opinión era una «cosa excelente» y, aunque «las pasiones de los hombres tratarán de convertirla en instrumento para la consolidación de privilegios», estaba claro que contribuiría a «que puedan ser reparadas por vía jurídica las injusticias que padezcan los pueblos» 16.
Maeztu tuvo oportunidad de contrastar aquellas expectativas con la realidad a finales de 1920, cuando fue enviado por El Sol como corresponsal a las sesiones de la Sociedad de Naciones. Sus conclusiones fueron muy negativas. Si bien la primera sesión a la que pudo asistir le pareció «llen[a] de promesas», su último artículo afirmaba que «la impresión de conjunto que da la Asamblea es de desilusión y melancolía» 17. No se había avanzado en las cuestiones que le parecían fundamentales —reducción de armamentos, arbitraje obligatorio e igualdad de los Estados en el Consejo— y tampoco había voluntad de construir un organismo que realmente superase los conflictos del pasado. El motivo estaba claro: «la ausencia de los Estados Unidos ha sido factor principal de la timidez que ha caracterizado las discusiones y resoluciones de la Asamblea. Y la razón es obvia. La Liga ha sido creación personalísima del presidente de los Estados Unidos, Mr. Woodrow Wilson» 18.
Efectivamente, a esas alturas ya se había producido el rechazo del Senado de Estados Unidos a entrar en la Sociedad de Naciones, aunque muchos aún parecían creer que el ingreso se acabaría produciendo. Esto también explicaba lo infructuoso de las reuniones: muchas delegaciones consideraban «que, ausentes los Estados Unidos, era inútil que la Liga emprendiese grandes tareas que tendría que revisar después, cuando entrase a colaborar en sus trabajos la gran República norteamericana». Sin embargo, Maeztu no criticaba ni a Estados Unidos ni a Wilson por aquella situación. Más bien incidía en la responsabilidad de los principales dirigentes y diplomáticos que ya estaban implicados en la Sociedad de Naciones. Los estadounidenses «no formarán parte de la Liga hasta que la Asamblea no consiga hablar a la imaginación del pueblo yanqui». Es decir, era la Sociedad la que debía demostrar a los estadounidenses que realmente buscaba hacer efectivos los ideales de Wilson, en vez de comportarse como «una pequeña oligarquía de naciones victoriosas» encabezada por un grupo reducido de «primates» 19.
El deseo de quitar responsabilidad a Estados Unidos por los efectos de su ausencia en la Sociedad de Naciones puede insertarse en un proceso más amplio. La valoración positiva del wilsonismo renovó el interés —e incluso la fascinación— de Maeztu por Estados Unidos. Este no era un tema nuevo en sus trabajos: ya en su primer ensayo, Hacia otra España, había analizado con admiración la modernidad que representaba el desarrollo capitalista norteamericano. Sin embargo, aquello había cambiado tras su llegada a Londres, cuando centró su interés en las posibilidades del modelo británico. La fascinación por Estados Unidos solo resurgió a partir de la entrada de aquel país en la Gran Guerra. A comienzos de 1919, por ejemplo, Maeztu escribió una serie de crónicas extraordinariamente positivas acerca del ejército estadounidense —al que había visitado en los últimos compases del conflicto— en las que analizaba lo que el comportamiento de aquellos soldados indicaba sobre la sociedad y la cultura de aquel país 20.
De nuevo, Maeztu estaba yendo al compás de las reacciones de los aliadófilos españoles. También Azorín escribió una serie de crónicas sobre el ejército estadounidense —tan encomiásticas que un periódico germanófilo se refirió a él como «el limpiabotas de Wilson»— en las que se armonizaba el entusiasmo por el presidente norteamericano con el interés por la cultura de aquel país. Según Azorín, los ideales de Wilson, y su ambición de forjar un orden internacional basado en el derecho y en la democracia, eran coherentes con la historia y con los valores estadounidenses 21. En algunos casos, como el del republicano Marcelino Domingo, esa valoración positiva de Estados Unidos duró lo que resistió la fascinación por la figura del propio Wilson, o al menos la fe en que sus ideales realmente regirían el mundo de posguerra; una vez que cundió la desilusión con respecto a las esperanzas wilsonianas, Domingo volvió a exponer una imagen negativa de Estados Unidos 22. También Salvador de Madariaga se volvió crítico con ese país a raíz de su negativa a formar parte de la Sociedad de Naciones. Aquello no había sido un fracaso de Wilson, sino de un país seriamente viciado: «Su mismo progreso tecnológico y mecánico expone a los Estados Unidos a todos los peligros que acarrea una opinión pública prefabricada. [...] El día en que la nación yanqui abandonó a Wilson comenzó para la Humanidad una larga noche de tormento» 23.
En el caso de Maeztu, sin embargo, el interés y hasta la admiración por Estados Unidos que había alentado Wilson se mantuvieron durante los años veinte, como demuestra la serie de crónicas recopiladas en Norteamérica desde dentro —resultado de un viaje que hizo a Norteamérica en 1925— y, sobre todo, el ensayo El sentido reverencial del dinero, en el que buscaba aplicar a la cultura católica algunos de los patrones que habían facilitado el desarrollo capitalista de los protestantes estadounidenses 24. En estas obras Maeztu continuó comparando Estados Unidos con Reino Unido, y presentando el segundo como la versión decadente del primero: «lo que fueron los ingleses hace cincuenta años lo son ahora los norteamericanos» 25. Se podría tomar aquello como una muestra de lo que señaló Buruma en su estudio sobre los anglófilos europeos: «cuando los anglófilos se cansan de Gran Bretaña, se vuelven hacia Estados Unidos como la tierra prometida de la libertad, pero sin las cargas de la clase inglesa, la historia inglesa, los privilegios ingleses y los prejuicios ingleses» 26.
Ese interés de Maeztu por Estados Unidos durante los años veinte no significó que su valoración del wilsonismo se mantuviera incólume. Tras su regreso a España en 1919 fue orientándose hacia nuevos debates y nuevos grupos, profundizando en unos planteamientos autoritarios y nacionalistas que le llevarían a apoyar la dictadura de Primo de Rivera —formó parte de la Asamblea Nacional Consultiva y fue embajador de la dictadura en Argentina— y luego a convertirse en un firme detractor del proyecto republicano. Esto resulta significativo para nuestros propósitos porque los sectores en los que se fue integrando desarrollaron una imagen negativa tanto de Wilson como del orden de posguerra alumbrado en París. Una imagen que ocuparía un lugar destacado en los discursos contrarrevolucionarios españoles de los años veinte y treinta.
La evolución autoritaria de un sector de las derechas españolas tras 1917 se ha tendido a explicar como una respuesta al contexto nacional —marcado por la inestabilidad del sistema político y por la conflictividad social— y a la influencia que sobre él habrían tenido la Revolución bolchevique y el ascenso del fascismo italiano 27. Así, el papel de la Gran Guerra en los procesos que llevan del maurismo al primorriverismo, por poner un ejemplo, se ha solido circunscribir a las consecuencias indirectas de la primera en los planos económico o político. Sin embargo, la lectura que estos sectores hicieron de la guerra en sí y de sus implicaciones también ocupó un lugar destacado en su discurso crecientemente autoritario 28. En concreto, pronto se afianzó una lectura antiliberal de la Gran Guerra, según la cual aquel conflicto suponía una impugnación del liberalismo clásico —en su vertiente política y económica— y una demostración de su inoperancia ante los desafíos de la modernidad. Esto explicaría, y a la vez legitimaría, la aparición de alternativas autoritarias, capaces de crear estructuras políticas eficaces y de reorganizar las relaciones económicas en una dirección corporativista.
En la elaboración de aquella lectura de la guerra participaron figuras como Antonio Goicoechea y José María Pemán, representativos de aquella generación que entró en política de la mano del maurismo y que sería relevante tanto durante la dictadura de Primo de Rivera como en la Segunda República 29. La guerra europea supuso un hito importante en lo que Pubill, al analizar la trayectoria de Goicoechea, ha denominado «desliberalización»: el proceso según el cual algunos pensadores conservadores fueron desprendiéndose del contenido liberal de su identidad política, hasta el punto de rechazar y combatir los principios fundamentales del liberalismo 30. Esa desliberalización acabaría siendo uno de sus puntos de contacto con el Maeztu que acababa de regresar de Londres; pero la posición de partida era muy distinta. Para empezar, muchos de los intelectuales mauristas habían militado en el campo germanófilo durante la guerra, y esto influiría en su lectura posterior del conflicto 31. Ya en una conferencia de 1916, Goicoechea argumentó que aquella guerra estaba corrigiendo la divinización del individuo frente al Estado que habría emanado de la Revolución francesa. Las circunstancias de la guerra estaban permitiendo deshacer este error, devolviendo al derecho «su perdido centro de gravedad, pasándolo desde el individuo a la sociedad, y transformando la democracia en sociocracia. Esta mutación no la ha engendrado la guerra europea; va, sí, a precipitarla». Las sociedades se reorganizarían según los principios de autoritarismo, nacionalismo, paternalismo económico y «sacrificio del interés individual al colectivo» 32.
Como Maeztu, Goicoechea consideraba muy significativo que la liberal Inglaterra hubiese tenido que introducir el servicio militar obligatorio, e incluso empleaba una terminología parecida para explicarlo: «eso no es militarismo, sino democracia, porque es participación de la sociedad entera en la primera de sus obligaciones, que es la conservación de sí misma y su propia defensa». También coincidía con Maeztu en detectar en estos procesos una impugnación de la modernidad liberal:
«La libertad, entregada a sí misma, no ha creado en la vida moderna más que desigualdades e injusticias [...]. El individuo ha gobernado ya demasiado largo tiempo; hora es ya de que sea la sociedad quien empuñe las riendas del poder [...]. La nueva democracia tendrá su signo representativo, no en el sufragio universal, sino en el servicio militar obligatorio» 33.
Las tensiones y los conflictos de la posguerra inmediata fueron interpretados como una demostración de aquella lectura inicial. Como ha expuesto Fuentes Codera, entre 1918 y 1923 varios periódicos de las derechas españolas establecieron una relación directa entre el triunfo aliado y la «anarquía» que, según su perspectiva, se extendía por Europa 34. Una anarquía que, como escribió el propio Goicoechea en 1925, ratificaría el descrédito del sistema parlamentario, «ayer, por su ceguedad, al no prevenir; hoy, por su impotencia, al no resolver». Lejos de interpretar la victoria aliada como una demostración de la validez del sistema demoliberal, Goicoechea insistía en que había demostrado sus debilidades:
«el sistema parlamentario no ha podido en los momentos difíciles subsistir sino de un modo: desnaturalizándose, o, más bien, eclipsándose más o menos transitoriamente. Surgida la gran guerra de 1914, sin que en su declaración intervinieran los Parlamentos, para sostenerla y ganarla apelaron los pueblos a dictaduras más o menos disimuladas. Ni siquiera Inglaterra pudo, en los momentos de angustiosa dificultad de 1917 y 1918, permanecer fiel a su parlamentarismo tradicional».
Era ese contexto, según Goicoechea, lo que explicaba la llegada al poder de Mussolini en Italia y de Primo de Rivera en España. Tras las experiencias de la Gran Guerra, toda Europa «aparece sacudida por el deseo intenso y apasionado de verse gobernada por hombres rojos, blancos o azules, de la derecha o de la izquierda, pero gobernada...» 35.
La legitimación de la dictadura primorriverista a partir de la lectura antiliberal de la Gran Guerra también resultaba apreciable en El hecho y la idea de la Unión Patriótica (1929), de José María Pemán. Según este autor, la dictadura respondía a circunstancias nacionales —como la pérdida de credibilidad del sistema de la Restauración—, pero también formaba parte de un «fenómeno mundial», la rectificación de los errores políticos y culturales del siglo xix. Una rectificación en la que la guerra europea había desempeñado un papel fundamental, «y es que entre el siglo xix y nosotros ha ocurrido algo que tiene prestancia de revolución histórica: la Gran Guerra. La Gran Guerra es uno de esos asteriscos de sangre que marcan la separación de dos grandes capítulos de la historia del mundo» 36. En ella se evidenció la caducidad de los principios liberales, puesto que «enseñó que por encima de la soberanía de los individuos solitarios estaba la soberanía [...] de esas cosas reales que son la nación, el orden social, la vida buena y feliz». Como consecuencia, las sociedades de posguerra tenían sed de realidades y de orden. Y «las dictaduras modernas no son más que eso: el gran despertar realista de un mundo sacudido por la guerra» 37.
La lectura antiliberal de la Gran Guerra no solo fue patrimonio de los antiguos germanófilos. Algunos autores que habían apoyado a los Aliados durante la guerra, pero que fueron adoptando posturas contrarrevolucionarias durante los años veinte, también la desarrollaron. Fue el caso de Álvaro Alcalá-Galiano, autor del primer artículo a favor del golpe de Primo de Rivera publicado en ABC en septiembre de 1923; este supondría la incorporación de España a una «corriente reaccionaria» de alcance europeo, y con origen en la Gran Guerra, que «tiende a desbordar los carcomidos diques del liberalismo anticuado» 38. En otros artículos de 1924 insistía en la conexión entre la Gran Guerra y la corriente autoritaria, centrándose nuevamente en el caso británico:
«El defecto común de los Gobiernos democráticos y radicales es el de fomentar las disensiones interiores y suscitar nuevos problemas sin atender lo suficiente al peligro de la invasión y de la guerra. Tal sucedió en agosto de 1914 con el Gobierno liberal inglés presidido por Mr. Asquith. Preocupado con la amenaza de la guerra civil en Irlanda, no acertó a ver venir la otra, la grande; es decir, la europea. [...] La falta total de preparación [...] hizo necesarias la lenta formación de un gran Ejército y la fabricación de municiones [...]. La guerra solo pudo terminarse con el auxilio de los Estados Unidos» 39.
Este reconocimiento del papel de Estados Unidos en el desenlace de la guerra, sin embargo, no salvaba ni al país norteamericano ni a su presidente de las críticas de estos autores. Al contrario, la figura de Wilson y el impacto de sus ideales desempeñaban un papel importante en esta lectura antiliberal de la Gran Guerra. Por lo general, las derechas españolas no habían compartido el entusiasmo wilsoniano de liberales, republicanos y nacionalistas subestatales. Sí que habían valorado positivamente a Wilson a la altura de 1916, cuando sus propuestas de paz fueron vistas por los germanófilos como un espaldarazo a sus postulados neutralistas 40. Pero la entrada de los norteamericanos en el conflicto barrió aquella ilusión, y la sustituyó por expresiones de antiamericanismo que recuperaban el imaginario «antiyanqui» de finales del siglo xix 41. El Siglo Futuro incluso comparó en noviembre de 1918 las condiciones exigidas por Wilson a Alemania con las que se habían impuesto a España en 1898 en el Tratado de París, e insertaba al presidente norteamericano en una tradición de arrogancia y de atropellos cometidos por Estados Unidos 42.
En estos sectores, además, sí se prestó atención a las consecuencias del mensaje wilsoniano de autodeterminación, sobre todo en un contexto de creciente ansiedad ante la estrategia de los nacionalismos catalán y vasco. Es significativo que, como ha señalado Carlos G. Hernández, fuese a partir de 1918 —y en el contexto de las actividades de los nacionalistas catalanes y vascos vinculadas al «momento wilsoniano»— que la prensa maurista empezó a referirse a la postura de la Lliga como «nacionalista», a la vez que mostraba una actitud mucho más crítica con ella. Lo que es más, ese «momento wilsoniano» fue fundamental en el empeoramiento de las relaciones entre las derechas del conjunto de España y el nacionalismo catalán durante estos años 43.
Concluido el conflicto, y conformado el nuevo orden de posguerra, aquella animadversión por lo que Wilson había supuesto se consolidó y a menudo transcendió los puntos de referencia españoles. En los artículos de 1924 que se citaron arriba, Alcalá Galiano argumentó:
«Con haber sido desastrosa la guerra europea, [...] no lo fue menos la paz, que da solo la impresión de un armisticio sembrador de futuros conflictos. [...] El mismo tratado de Versalles, dictado por un soñador utópico, el presidente Wilson, y por los magnates del judaísmo internacional, hoy parece papel mojado».
El autor continuaba acusando a Wilson de querer aplicar los principios democráticos sin tener en cuenta «la geografía» y, de esta manera, haber puesto en marcha «la “balkanización” de Europa, iniciada con el insensato reparto del Imperio austro-húngaro y la creación artificial de nuevos Estados independientes». Tocaba así dos de los elementos que más se citaron entre las derechas autoritarias españolas en su impugnación del wilsonismo: el carácter nocivo del Tratado de Versalles y las consecuencias nefastas que habría tenido la quiebra del Imperio austrohúngaro 44.
La participación de España en la Sociedad de Naciones tampoco fue óbice para que desde el primorriverismo se criticara ese aspecto central del proyecto wilsoniano 45. El diario de la dictadura, La Nación, publicó en 1925 una nota en la que se criticaba que el presidente norteamericano «no impidió que la Sociedad de Naciones se convirtiera en un organismo de ejecución de las paces de Versalles y Saint-Germain», que el periódico consideraba tan injustas como peligrosas para el futuro del continente 46. A partir de 1920, también fue recurrente la presentación de Wilson como un personaje fracasado, alguien cuyo ascendente sobre la opinión pública internacional había sido inmerecido y fruto únicamente del contexto bélico, y cuyas limitaciones habían quedado claras casi de inmediato. Así lo expresaba en 1927 Marcial Rosell, corresponsal de La Nación en Estados Unidos, cuando valoró de esta manera la figura de Wilson a los tres años de su fallecimiento:
«Aquella grandeza ante la cual se postraron los pueblos más altivos de Europa no era grandeza real [...], sino que estaba basada en la magnitud de los acontecimientos que se desencadenaron sobre las instituciones europeas, y que fortuitamente le sorprendieron gobernando al pueblo más robusto y poderoso de la tierra. [...] De toda aquella popularidad y fama, de todas aquellas exaltaciones nacionales que le aclamaban como al Mesías de la libertad, de aquella aspiración a reconstruir la sociedad moderna sobre catorce puntos [...] no ha quedado nada» 47.
Esta revisión crítica de la figura y el proyecto de Wilson no era, desde luego, exclusiva de las derechas españolas. Además del papel que desempeñó en el imaginario del fascismo italiano y el nacionalsocialismo alemán, también un movimiento como la Action Française de Charles Maurras —tan influyente entre los sectores autoritarios españoles de aquel tiempo— fue muy crítico con el legado del wilsonismo, ya tomase la forma de Sociedad de Naciones o de la causa de las pequeñas nacionalidades 48. El caso español era llamativo, sin embargo, por tratarse de una nación que no había combatido en la guerra, y que, por tanto, no podía achacar al presidente norteamericano influencia en su devenir más que de forma indirecta. Esto no fue óbice para que la impugnación del wilsonismo se afianzase a partir de 1931, cuando muchos hicieron el tránsito del primorriverismo al antirrepublicanismo.
Durante los años veinte y treinta, Maeztu fue profundizando en sus críticas al liberalismo, a la vez que adoptaba una actitud cada vez más alarmada por la consolidación del bolchevismo en Rusia, la proyección de los ideales revolucionarios sobre los países europeos y la crisis de la Restauración en España 49. A la altura de 1927 ya declaraba que «el liberalismo ha desaparecido, y quien lo ostenta es sin darse cuenta de que no ostenta nada. [...] No hay más que esto: de un lado, los salvadores de la civilización; del otro, los bolcheviques. Y el principio de función rigiendo las cosas» 50. Estas posturas le llevaron, como ya se ha señalado, a apoyar la dictadura de Primo de Rivera y a acercarse cada vez más a las derechas reaccionarias de su tiempo; le llevaron, asimismo, a revisar su lectura inicial de la Gran Guerra, adaptándola a la de sus nuevos compañeros ideológicos. También él argumentó en sus artículos de los años veinte que el significado profundo de la Gran Guerra era una impugnación de los sistemas británico y francés, más que una afirmación de su superioridad. Una y otra vez recurrió al ejemplo de los objetores de conciencia británicos para argumentar que la sociedad solo sobreviviría si obligaba a los individuos a ir en contra de su interés personal en beneficio del conjunto 51. Pero esto ya no conducía a proponer un sistema gremialista, sino a adaptar aquellas ideas al contexto de la dictadura: en los debates de la Sección Primera de la Asamblea Nacional Consultiva llegó a proponer que se castigase a los «indiferentes» en materia política 52. La valoración de Estados Unidos, por otra parte, se vio afectada negativamente tanto por la crisis económica iniciada en 1929 —cuyas consecuencias internacionales analizó en una larga serie de artículos en 1931, titulada «La bancarrota del mundo»— como por su rechazo al New Deal de Roosevelt. En su opinión, la salida a la crisis no podía plantearse desde una economía dirigida ni desde una expansión dramática del presupuesto estatal. A la altura de 1933, Maeztu afirmaba que Estados Unidos era «un país equivocado en todas sus concepciones fundamentales» 53.
A todo esto se añadió una creciente preocupación por el separatismo y las aspiraciones de la autodeterminación. Ya se ha señalado que el Maeztu de 1917-1918 prácticamente no prestó atención a este aspecto del wilsonismo; el de los años veinte y treinta, en cambio, sí fue desarrollando una preocupación por la unidad nacional, e invocando de nuevo las lecciones de la guerra para justificar su postura al respecto. En una conferencia de 1927 se preguntó si, en la vida social, tenía prioridad la unidad o la libertad. Y respondió:
«En la guerra se vio claro. Francia e Italia tuvieron que imponer la unidad moral para contrarrestar la acción de los derrotistas. La división de opiniones en Alemania llevó al armisticio. [...] Dada la unidad moral, la libertad es indispensable; pero cuando la unidad está en entredicho, es preciso, ante todo, restablecerla» 54.
Para el final de la década, Maeztu consideraba que aquella unidad estaba en peligro en España. En un mitin de la Unión Monárquica Nacional de octubre de 1930, y tras criticar directamente a Macià, declaró que la «unidad del espíritu patriótico» estaba «en entredicho, y nos hace falta una constitución nueva, o un procedimiento de Gobierno, inspirado en el principio de que el Estado español ha de ser el guardián de la unidad de España». Aquella preocupación solo fue en aumento tras la proclamación de la República, y también determinó su apuesta por opciones autoritarias. A finales de abril de 1931, Maeztu escribió:
«Al proclamarse la República en Madrid se proclamó también la República catalana en Barcelona y se quiso proclamar en Guernica la República vasca. Sin una unidad de mando militar, que es lo que llamo Monarquía militar, no es concebible, en muchos años, la unidad española» 55.
La combinación de la lectura antiliberal de la Gran Guerra y la preocupación por la unidad nacional allanó el camino a una impugnación retrospectiva del wilsonismo. Una impugnación que resultó muy visible en Acción Española, revista que el propio Maeztu dirigió desde su fundación y que configuró buena parte del pensamiento contrarrevolucionario durante la Segunda República 56. En sus páginas podemos encontrar al antiguo ministro de la dictadura, José de Yanguas Messía, criticar los efectos que había tenido el programa de Wilson en Europa Central: la «solemne proclamación de la libertad de los pueblos para regir sus destinos, lanzada a todos los vientos por los famosos puntos de Wilson» había contribuido a «la atomización del mapa político en el centro de Europa», lo que, además de una «injusticia histórica», había supuesto «un error político de la diplomacia aliada». En concreto, se había facilitado la separación de Austria «a pueblos que constituían miembros vivos de un milenario cuerpo nacional común» 57. En el mismo texto, Yanguas mostraba que aquellas valoraciones tan negativas del wilsonismo estaban influidas por la situación española, y en especial por el avance de los proyectos de Estatutos de autonomía: «El desmembramiento del Imperio [austrohúngaro] muestra en lo que terminan las aspiraciones autonomistas».
También José Pemartín, en las páginas de Acción Española, criticaba el poder que se había otorgado en 1918 a
«los nacionalismos sin historia, sin tradición espiritual, nacidos de la Paz racionalista, materialista, de Wilson, Lloyd George y Clemenceau; del Tratado de Versalles y la Sociedad de Naciones, inspiradas directamente por la Masonería, destructora del Imperio Católico-Austro-Húngaro, y protectora de la masónica «Petite Entente», esa mina de explosivos de Europa» 58.
No se valoraba mucho mejor el proyecto de impulsar un orden de posguerra basado en la democracia. Una nota publicada en Acción Española en 1934 argumentaba lo siguiente:
«Los tratados de paz de 1919 representan, junto con una calamidad para la paz y seguridad del mundo, un triunfo para la política liberal y democrática que protegen las Logias. A la Internacional de los Reyes sucedía definitivamente la Internacional de las Democracias, dejando libre el camino a la Internacional Socialista. [...] Pero si la democracia es imprevisión, incompetencia, variabilidad, lucha interna estéril y continua, derroche y bancarrota, ¿qué cúmulo de males no han de venir de una Internacional de Democracias?» 59.
Maeztu repetiría muchas de aquellas críticas en unos artículos que publicó inicialmente en la propia Acción Española, y que luego recogió en su influyente ensayo Defensa de la Hispanidad. En uno de sus capítulos declaró:
«Queda rechazada la pretensión que desearía fundar exclusivamente las naciones en la voluntad de los habitantes [...]. Al término de la guerra europea se intentó modificar con arreglo a este principio la geografía política de la nueva Europa. Fué el Presidente de los Estados Unidos, Mr. Wilson, quien dedicó a esta finalidad cinco de los Catorce Puntos [...]. Así han surgido las repúblicas de Estonia y de Livonia y caído en la miseria las poblaciones del antiguo Imperio austro-húngaro. Y es que si las naciones no se basan más que en la voluntad, pueden triunfar los cantonalismos más absurdos» 60.
Como se ve, Maeztu ya no orillaba la vertiente del proyecto wilsoniano vinculada con la autodeterminación de los pueblos. Ahora la reconocía y la criticaba, postulándola como contrapunto de su propio concepto de nación. Es más, la crítica a Wilson que acabamos de citar supone el punto de partida para uno de los pasajes más relevantes en Defensa de la Hispanidad, aquel en el que Maeztu señala que la patria no se basa en la voluntad de una generación concreta, sino en una dimensión metafísica:
«La patria se hace con gentes y con tierra, pero la hace el espíritu y con elementos también espirituales. [...] Los elementos ónticos, tierra y raza, no son sino prehistoria, condiciones sine qua non. El ser empieza con la asociación de un valor universal o de un complejo de valores a los elementos ónticos. Toda patria, en suma, es una encarnación. El valor de la patria es anterior al ser» 61.
Además de esto, Maeztu también utilizaba el proyecto wilsoniano como contrapunto de los valores que debían regir las relaciones internacionales, al menos por lo que se refería a los países de habla hispana. Si en 1919 había mostrado su preocupación por los efectos del Tratado de Versalles, considerándolo un acelerador de futuras guerras, en 1934 consideraba que la solución a esas futuras guerras no pasaba por los principios democráticos defendidos por Wilson, sino por algo radicalmente distinto: los principios de la Hispanidad, esos que, frente al «caos», representaban «el principio de unidad —la unidad de la Cristiandad, la unidad del género humano, la unidad de los principios fundamentales del derecho natural y del derecho de gentes y aún la unidad física del mundo y la de la civilización frente a la barbarie».
Así pues, Maeztu ofrecía los principios de la Hispanidad como una solución alternativa, una vez que se había constatado el fracaso del orden de posguerra que Wilson había intentado implantar. Una reivindicación que el régimen franquista incorporaría a su acervo ideológico, y que ayudaría a cimentar la idea del nacionalcatolicismo como modelo alternativo para aquellos países hispanohablantes que se estuvieran debatiendo —en palabras del propio Maeztu— «entre el yanqui y el sóviet» 62.
La valoración que hizo Maeztu de la figura de Wilson cambió radicalmente entre 1917 y 1934. Su simpatía por los proyectos del presidente norteamericano para la posguerra acabó siendo reemplazada por una impugnación de la totalidad de los ideales wilsonianos. Este cambio puede ser visto como el resultado de su propia y muy particular evolución intelectual, la que le llevó a equilibrar durante algún tiempo los contextos español y británico, y la que también le llevó del reformismo y el gremialismo a adoptar posturas crecientemente tradicionalistas y autoritarias en los años veinte y treinta. Sin embargo, también queda claro que la valoración negativa del wilsonismo por parte del Maeztu tardío está inserta en un contexto más amplio: el de la evolución de las derechas españolas en el periodo de entreguerras. En concreto, estos sectores —sobre todo los que estuvieron primero en el primorriverismo y luego en el monarquismo alfonsino durante la República, y en los que el propio Maeztu ejerció un papel relevante— adoptaron una visión negativa de la figura, los ideales y el impacto de Wilson, y sobre todo de su efecto a la hora de alentar movimientos separatistas, de promover fórmulas de gobierno democráticas o de deshacer sistemas monárquicos.
Esta visión negativa formó parte de una lectura más amplia que veía la Gran Guerra no como el triunfo definitivo de los sistemas liberales, sino como el momento en el que se habían expuesto sus limitaciones. Limitaciones que, a su vez, se habían terminado de constatar en el diseño de posguerra alentado por Wilson. El pretendido fracaso tanto de la Sociedad de Naciones como de las nuevas fronteras y los nuevos regímenes políticos era tomado, en su conjunto, como una impugnación definitiva del progresismo moderno. Y esto, a su vez, legitimaba las propuestas autoritarias que estos sectores harían en los años veinte y treinta. Pemán escribió en 1928 que el golpe de Primo de Rivera debía ser visto como «una fecha lógica del calendario de la post-guerra» 63. Un calendario en el que el presunto fracaso del wilsonismo, según estos autores, tuvo un papel fundamental. Todo esto nos ayuda a entender mejor un aspecto relevante del impacto del wilsonismo en España: el rechazo que suscitó en sectores importantes de la intelectualidad española, y la instrumentalización que estos harían en las décadas de 1920 y 1930 de su figura como encarnación de aquellos proyectos políticos que deseaban combatir.
* Este artículo forma parte del proyecto «La democracia y sus enemigos (1918-1931)» (PID2020-112800GB-C22). Agradezco a los participantes de los congresos «El wilsonisme global i el seu impacte a Europa i América» y XVI Congreso de la AHC sus comentarios a las versiones preliminares del texto.
1 Ramiro de Maeztu: «Mr. Wilson y la guerra», La Correspondencia de España, 10 de mayo de 1918, p. 1, e íd.: Defensa de la Hispanidad, Madrid, Homo Legens, 2005, p. 176.
2 Pedro Carlos González Cuevas: Maeztu. Biografía de un nacionalista español, Madrid, Marcial Pons Historia, 2003; David Jiménez Torres: Nuestro hombre en Londres. Ramiro de Maeztu y las relaciones angloespañolas (1898-1936), Madrid, Marcial Pons Historia, 2020, y Ángeles Castro Montero: «Lecturas sobre el lujo, el ocio y el consumo de masas en Ramiro de Maeztu (1905-1920)», en Ángeles Castro Montero (ed.): Españoles en el diario «La Prensa», Buenos Aires, Bergerac Ediciones-Fundación José Ortega y Gasset, 2012.
3 Fernando Díaz-Plaja: Francófilos y germanófilos. Los españoles en la guerra europea, Barcelona, Dopesa, 1973; Gerald Meaker: «A Civil War of Words. The Ideological Impact of the First World War on Spain, 1914-1918», en Hans A. Schmitt (ed.): Neutral Europe between War and Revolution, 1917-1923, Charlottesville, The University Press of Virginia, 1988, pp. 1-65; Maximiliano Fuentes Codera: España en la Primera Guerra Mundial, Madrid, Akal, 2014; Javier Varela: «Los intelectuales españoles ante la Gran Guerra», Claves de Razón Práctica, 88 (1998), pp. 27-37; Santos Juliá: «La nueva generación. De neutrales a antigermanófilos pasando por aliadófilos», Ayer, 91 (2013), pp. 121-144, y David Jiménez Torres, «Las múltiples caras de un intelectual. Ramiro de Maeztu ante la Gran Guerra», Historia y Política, 33 (2015), pp. 49-74.
4 El corpus completo de sus crónicas de guerra ha sido recogido en Ramiro de Maeztu: Crónicas de la Gran Guerra. «Inglaterra en armas» y otras visitas al frente, Madrid, Ediciones de la Ergástula, 2014. Sobre la organización de visitas para periodistas de países neutrales, véase Martin J. Farrar: News from the Front. War Correspondents on the Western Front, 1914-1918, Stroud, Sutton, 1998. Sobre las crónicas de los aliadófilos españoles, David Jiménez Torres: «Journalists at the Front. Ramiro de Maeztu, Inglaterra en armas and Spanish Intellectuals during the First World War», Bulletin of Spanish Studies, 90(8) (2013), pp. 1291-1311. Sobre la relación de aquellos escritos con los servicios de propaganda, Enrique Montero: «Luis Araquistáin y la propaganda aliada durante la Primera Guerra Mundial», Estudios de Historia Social, 24-25 (1983), pp. 245-266, y Paul Aubert: «La propagande étrangère en Espagne dans le premier tiers du xx siècle», Mélanges de la Casa de Velázquez, 31(3) (1995), pp. 103-176. Un punto de comparación en el caso argentino en Emiliano Gastón Sánchez: «Perfiles intelectuales y trayectorias periodísticas de los enviados especiales de la Argentina a la Gran Guerra», Iberoamericana, 78 (2021), pp. 13-34.
5 Geoffrey Foote: The Labour Party’s Political Thought. A History, Londres, Palgrave, 1997, pp. 100-122; Anthony W. Wright: «Guild Socialism Revisited», Journal of Contemporary History, 9(1) (1974), pp. 165-180; Wallace Martin: The «New Age» under Orage. Chapters in English Cultural History, Mánchester, Manchester University Press, 1967; Robert Scholes: «General Introduction to The New Age, 1907-1922», Modernist Journals Project, https://modjourn.org/general-introduction-to-the-new-age-1907-1922-by-scholes-robert/ (consultado el 9 de mayo de 2025), y Stefan Collini: Absent Minds. Intellectuals in Britain, Oxford, Oxford University Press, 2006. Un estudio de los gremialistas en el contexto de otros grupos afines en Reino Unido y Francia en Cécile Laborde: Pluralist Thought and the State in Britain and France, 1900-1925, Basingstoke, Macmillan Press, 2000.
6 Ramiro de Maeztu: Authority, Liberty and Function in the Light of the War, Londres, George Allen & Unwin, 1916, p. 113.
7 Ramiro de Maeztu: «Mr. Wilson...».
8 «Las conferencias de ayer. El señor Maeztu en la universidad», El Sol, 5 de febrero de 1927, p. 2.
9 Maximiliano Fuentes Codera: España en..., pp. 185-190. Véase también Álvaro Ribagorda: «La participación política de los intelectuales españoles. La proyección de la Gran Guerra, la Revolución rusa y Versalles en la crisis de la Restauración», Historia Contemporánea, 69 (2022), pp. 469-504.
10 Ramiro de Maeztu: «Los norteamericanos», La Correspondencia de España, 31 de julio de 1918, p. 1.
11 Ramiro de Maeztu: «En la hora de las democracias», El Sol, 20 de enero de 1922, p. 1.
12 Peter Clarke: Liberals and Social Democrats, Aldershot, Gregg Revivals, 1993, pp. 203-204.
13 Erez Manela: The Wilsonian Moment. Self Determination and the International Origins of Anticolonial Nationalism, Oxford, Oxford University Press, 2007, pp. 36-37.
14 Maximiliano Fuentes Codera: España en..., pp. 209-213.
15 William R. Keylor: «Wilson’s Project for a New World Order of Permanent Peace and Security», en Ross A. Kennedy (ed.): A Companion to Woodrow Wilson, Malden, Wiley-Blackwell, 2013, pp. 470-491.
16 Ramiro de Maeztu: «Balance», La Correspondencia de España, 19 de mayo de 1919, p. 1.
17 Ramiro de Maeztu: «La Asamblea de Ginebra», El Sol, 17 de noviembre de 1920, p. 1, e íd.: «Impresión de conjunto», El Sol, 16 de diciembre de 1920, p. 1.
18 Ramiro de Maeztu: «La ausencia del tío Sam», El Sol, 27 de diciembre de 1920, p. 1.
19 Ramiro de Maeztu: «Los canadienses son ahora los que merecen atención», El Sol, 10 de diciembre de 1920, p. 1.
20 Ramiro de Maeztu: «América en la guerra», La Correspondencia de España, 18 a 28 de febrero de 1919.
21 Azorín: Los norteamericanos, Alicante, Instituto de Cultura Gil-Albert, 1999, pp. 121-122; la cita del «limpiabotas de Wilson» está extraída de Daniel Fernández de Miguel: El enemigo yanqui. Las raíces conservadoras del antiamericanismo español, Zaragoza, Genueve, 2012, p. 91.
22 Andreu Navarra: «La revista España y los tratados de paz de 1919-1920», en Jordi Sabater, Josep Pich Mitjana y David Martínez Fiol (eds.): La paz intranquila. Los tratados de paz de la guerra que no acabó con todas las guerras, Barcelona, Bellaterra, 2020, pp. 385-386.
23 Citado en Daniel Fernández de Miguel: El enemigo yanqui..., p. 98. Sobre Madariaga y la Sociedad de Naciones, véanse Santiago de Navascués: Salvador de Madariaga. El hombre que entró por la ventana, Madrid, Marcial Pons Historia, 2023, y José Ramón Rodríguez Lago: World Citizen. Salvador de Madariaga y las redes pioneras del mundialismo, 1927-1950, Madrid, Sílex, 2022.
24 Para esta obra, véanse José Luis Villacañas: Ramiro de Maeztu y el ideal de la burguesía en España, Madrid, Espasa Calpe, 2000, y Alfonso Botti: Cielo y dinero. El nacionalcatolicismo en España, Madrid, Alianza Editorial, 1992.
25 Ramiro de Maeztu: Obra, Madrid, Rialp, 1974, p. 838. Véase también Ramiro de Maeztu: Norteamérica desde dentro, Madrid, Editora Nacional, 1957, p. 12.
26 Ian Buruma: Voltaire’s Coconuts or Anglomania in Europe, Londres, Wiedenfeld & Nicholson, 1999, p. 138.
27 Antonio Rivera: Historia de las derechas en España, Madrid, Los Libros de la Catarata, 2023, pp. 213-240.
28 Pedro Carlos González Cuevas: Historia de la derecha española, Madrid, Espasa, 2023, pp. 326-328.
29 Pedro Carlos González Cuevas: «Alternativas corporativas a la crisis del parlamentarismo español (1898-1936)», Tendencias Sociales. Revista de Sociología, 7 (2021), pp. 143-146.
30 Joan Pubill: «Antonio Goicoechea. De la desliberalización a la sublevación. Trayectoria intelectual de un derechista en la crisis de la modernidad (1898-1936)», Revista Universitaria de Historia Militar, 7(13) (2018), pp. 233-256.
31 Un análisis de estos posicionamientos en el movimiento maurista, en Carlos Gregorio Hernández: Manuel Delgado Barreto (1878-1936). La pluma de un periodista al servicio de España, tesis doctoral, Universidad CEU San Pablo, 2016, pp. 379-394.
32 Antonio Goicoechea: La guerra europea y las nuevas orientaciones del derecho público, Madrid, Jaime Ratés, 1916, pp. 10-13.
33 Ibid., pp. 23 y 30-32.
34 Maximiliano Fuentes Codera: «Los que no fueron a la guerra. Las huellas de la Primera Guerra Mundial en España y Argentina», en Julio Ponce Alberca y Miguel Ángel Ruiz Carnicer (eds.): El pasado siempre vuelve. Historia y políticas de memoria pública, Zaragoza, Prensas de la Universidad de Zaragoza, 2021, pp. 37-65.
35 Antonio Goicoechea: La crisis del constitucionalismo moderno, Madrid, Voluntad, 1925, pp. 16, 25 y 157-158.
36 José María Pemán: El hecho y la idea de la Unión Patriótica, Madrid, Imprenta Sáez Hermanos, 1929, p. 90.
37 Ibid., pp. 92-94 y 96-97.
38 Álvaro Alcalá Galiano: «Ante el golpe de Estado», ABC, 22 de septiembre de 1923, p. 3.
39 Álvaro Alcalá Galiano: «El ocaso de Europa (I)», ABC, 6 de agosto de 1924, p. 3, e íd.: «El ocaso de Europa (y II)», ABC, 13 de agosto de 1924, p. 4.
40 Maximiliano Fuentes Codera: España en..., p. 123.
41 Daniel Fernández de Miguel: El enemigo yanqui..., pp. 83-86.
42 «La última nota de Wilson», El Siglo Futuro, 17 de octubre de 1918, p. 1.
43 Carlos Gregorio Hernández: Manuel Delgado Barreto..., p. 405. Véase también Pedro Carlos González Cuevas: Historia de la derecha..., pp. 368-369.
44 A pesar de que esta no se realizase realmente de acuerdo con el principio de autodeterminación, sino siguiendo las prácticas de diplomacia secreta y acuerdos interesados que el wilsonismo, en principio, quería erradicar. Véase Zsigmond Kovács: «Hungría y el síndrome de Trianon», en Jordi Sabater, Josep Pich Mitjana y David Martínez Fiol (eds.): La paz intranquila. Los tratados de paz de la guerra que no acabó con todas las guerras, Barcelona, Bellaterra, 2020, pp. 185-212.
45 José Luis Neila Hernández: «España en la sociedad de naciones: (1919-1931)», en Carlos Sanz Díaz y Zorann Petrovici (eds.): La gran guerra en la España de Alfonso XIII, Madrid, Sílex, 2019, pp. 319-340.
46 «Stresemann y el premio Nobel», La Nación, 23 de octubre de 1925, p. 1.
47 Marcial Rossell: «El aniversario del olvido», La Nación, 14 de marzo de 1927, p. 3. El mismo corresponsal ya había recordado el papel desempeñado por el presidente «en los días de la guerra europea, cuando el omnipotente dictador del mundo, Mr. Wilson, jugaba desde Washington con los destinos de las naciones»; íd.: «El alma sobre el pasado», La Nación, 18 de noviembre de 1925, p. 3.
48 Pedro Carlos González Cuevas: «Charles Maurras y España», Hispania, 54 (1994), pp. 993-1040.
49 Luis Ocio: Ramiro de Maeztu. Un monárquico en la Segunda República, Bilbao, Servicio Editorial de la Universidad del País Vasco, 2014.
50 Ernesto Giménez Caballero: «Conversación con un camisa negra», La Gaceta Literaria, 15 de febrero de 1927, p. 1.
51 Ramiro de Maeztu: Las letras y la vida en la España de entreguerras, Madrid, Editora Nacional, 1958, p. 67.
52 Pedro Carlos González Cuevas: Maeztu..., pp. 235-236.
53 Ibid., pp. 270-271 y 293-294. La cita en Ramiro de Maeztu: «Roosevelt en acción», Diario de Navarra, 12 de agosto de 1933.
54 «Las conferencias de ayer...».
55 Ramiro de Maeztu: «La necesidad de la Monarquía militar», Criterio (Buenos Aires), 21 de abril de 1931.
56 Pedro Carlos González Cuevas: Acción Española. Teología política y nacionalismo autoritario en España, 1913-1936, Madrid, Tecnos, 1998.
57 José de Yanguas: «Separatismo y parlamentarismo. El caso aleccionador de Austria», Acción Española, 47 (16 de febrero de 1934), pp. 1095-1104.
58 José Pemartín: «Cultura y nacionalismos (VI)», Acción Española, 68 (1 de enero de 1935), pp. 70-80.
59 A. M.: «Lecturas. Monarchy, by Sir Charles Petrie», Acción Española, 52 (1 de mayo de 1934), pp. 403-411.
60 Ramiro de Maeztu: Defensa de la Hispanidad..., p. 176.
61 Ibid., p. 179.
62 Ibid., p. 122; David Marcilhacy: «La Hispanidad bajo el franquismo. El americanismo al servicio de un proyecto nacionalista», en Stéphane Michonneau y Xosé Manoel Núñez Seixas (eds.): Imaginarios y representaciones de España durante el franquismo, Madrid, Casa de Velázquez, 2014, y Daniel Fernández de Miguel: «El antiamericanismo en la España del primer franquismo (1939-1953). El Ejército, la Iglesia y Falange frente a Estados Unidos», Ayer, 62 (2006), pp. 257-282.
63 José María Pemán: El hecho y la idea..., p. 97.