Ayer 111/2018 (3): 315-329
Sección: Ensayo bibliográfico
Marcial Pons Ediciones de Historia
Asociación de Historia Contemporánea
Madrid, 2018
ISSN: 1134-2277
DOI: 10.55509/ayer/111-2018-12
© Rafael Cruz
Recibido: 11-05-2018 | Aceptado: 28-05-2018
Editado bajo licencia CC Attribution-NoDerivatives 4.0 License
La obra de un atrevido inconformista
Rafael Cruz
Universidad Complutense de Madrid
rcruz@cps.ucm.es
Resumen: El texto resume la trayectoria profesional de Manuel Pérez Ledesma en lo que atañe a su trabajo de edición y a sus publicaciones más importantes, en forma de libros, artículos de revista, capítulos de libro, reseñas y ensayos bibliográficos. Se resalta la diversidad de temas y periodos de la historia contemporánea que abordó en sus trabajos y la continua renovación de sus planteamientos, fruto de su persistente curiosidad intelectual y su inconformismo.
Palabras clave: Manuel Pérez Ledesma, biografía, publicaciones, edición, historia contemporánea, historia social y cultural.
Abstract: This article summarizes the professional career of Manuel Pérez Ledesma by focussing on his editorial work and his most relevant publications: books, journal articles, chapters, and reviews. The emphasis is placed on the diversity of topics and historical periods. He continuously renovated his approaches, which were a product of his fierce intellectual curiosity and his spirit of non-conformity with orthodox explanations.
Keywords: Manuel Pérez Ledesma, biography, publication, editing, modern history, social and cultural history.
Manuel Pérez Ledesma reconoció que su mayor pasión consistía en el conocimiento de la historia a través de la lectura de ensayos, documentos, novelas y cuentos. Para dar luz a la historia echó mano del atrevimiento con el fin de ocultar su timidez personal y apartar a la vez el fantasma del titubeo académico, siempre nefasto para satisfacer la curiosidad intelectual. Resultó ser entonces un profesional atrevido, acompañándose de buenas dosis de inconformismo, esto es, la preocupación por revisar y renovar sus conocimientos sobre la historia de manera permanente, insatisfecho con lo existente, a la luz de sus nuevas lecturas. De esa manera puede decirse que la obra de Manolo Pérez Ledesma es la de un atrevido inconformista, además de curioso, peleón, educado, moderado en las formas y radical en sus formulaciones y conclusiones.
Cabe distinguir en el quehacer de Manolo Pérez Ledesma más de media docena de temas expuestos en monografías y otros tantos publicados en estudios bibliográficos, algunos de ellos merecedores de aparecer en ensayos de análisis propios. El interés por cada una de las cuestiones surgió de la evolución de su atrevimiento inconformista en cada etapa de su trayectoria. Del estudio del socialismo en el comienzo de su carrera pasó a la investigación sobre los trabajadores y su espacio en las relaciones sociales frente a sus oponentes, la famosa «burguesía». Actualizó mientras tanto sus conocimientos sobre la historia y condiciones de los movimientos sociales. Quiso complementar tanta historia rebelde con el estudio de las instituciones y las prácticas parlamentarias. Asumió un enfoque cultural de la clase y se sintió cómodo después al mirar a los trabajadores y otros grupos sociales como ciudadanos. Aupó la ciudadanía como objeto de interés histórico y conceptual, y rastreó las biografías de ciudadanos turbulentos. Y realizó una especie de síntesis con todos estos temas al recomendar concebirlos como culturas políticas. A toda esa invitación respondieron doctorandos, antiguos alumnos y profesores.
La dedicación al estudio del llamado «movimiento obrero» en la segunda mitad del siglo xx careció de rareza para cualquier profesional de la historia con un serio compromiso político antifranquista en los años sesenta. Inquirir sobre los orígenes y características de las organizaciones obreras y de los enfrentamientos en los que fueron protagonistas trasgredía el silencio dictatorial sobre controversias y luchas del pasado ajenas o contrarias a su trayectoria y objetivos. El estudio y difusión del movimiento obrero anterior a la dictadura se convirtió en una forma elíptica de protesta, una estrategia intelectual de oposición al franquismo. Manolo Pérez Ledesma escogió la investigación sobre la UGT desde su fundación hasta la dictadura de Primo de Rivera, mientras le expulsaban tres veces de otras tantas universidades entre 1965 y 1973, y el Tribunal de Orden Público le condenaba a cinco meses de arresto mayor en 1969 por sus actividades en las Comisiones Obreras. Hasta la lectura en 1976 de su tesis doctoral sobre el sindicato socialista —que nunca convirtió en libro— publicó diversos textos relacionados con cuestiones concretas del tema general: García Quejido, Pablo Iglesias, la introducción a El derecho a la pereza de Paul Lafargue, la prensa socialista, la UGT, el partido obrero, el Primero de Mayo —con todas sus letras, como le gustaba a él—, etc. Y vieron la luz mientras tanto diversos textos cortos sobre conflictos y enfrentamientos sin relación directa con la tesis doctoral. Aparecieron así reflexiones sobre la dictadura de Primo de Rivera, los Provos holandeses, el problema agrario en Andalucía a principios del siglo xx, los campesinos chinos o los partidos políticos en la transición española.
Como el de tantos otros, su compromiso político cambió en pleno proceso de fundación de la monarquía parlamentaria en España. No solo era un problema de desmesura entre el sacrificio personal realizado y el contenido resultado político; influyó, asimismo, el más amplio conocimiento de los conflictos políticos de los años setenta, así como los cambios en la trayectoria profesional. Fue contratado en Alianza Editorial como editor de ciencias sociales e historia en 1973 bajo la dirección de Javier Pradera. Desde entonces los catálogos de Alianza Universidad y del Libro de Bolsillo se ampliaron en esos campos de manera considerable. Manolo Pérez Ledesma leyó, seleccionó y propuso la publicación de libros de historia, pero a la vez de antropología, ciencia política, sociología y psicología. Se publicaron entonces los de Lucy Mair, Introducción a la antropología social, en 1973; Robert E. Dowse y John A. Hughes, Sociología política, en 1975; Robert H. Lowie, Religiones primitivas, en 1976; Werner Sombart, El burgués; John E. Goldthorpe, Introducción a la sociología, y Hans J. Eysenck, Psicología: hechos y palabrería, en 1977; Anthony Giddens, La estructura de clases en las sociedades avanzadas, y Robert A. Nisbet y otros, Cambio social, en 1979, y Enrique Ballestero, El encuentro de las ciencias sociales, y Giovanni Sartori, Partidos y sistemas de partidos, en 1980, entre otros muchos. Publicó decenas de títulos de historiadores españoles y extranjeros y de hispanistas sobre los más diversos temas, regiones y periodos. En plena labor editora alcanzó plaza de funcionario en 1978 como profesor adjunto de la Universidad Autónoma de Madrid. Comenzó dos años más tarde a impartir el curso de Historia de los Movimientos Sociales en la licenciatura de Geografía e Historia, con un programa de su propia creación en el que el hilo conductor lo constituía la diversidad de experiencias, desde el milenarismo hasta los llamados nuevos movimientos sociales de los años sesenta y setenta.
Con este equipaje intelectual, al final de la década de los setenta constituyó con un puñado de profesores universitarios amigos suyos el Grupo de Radicales de Madrid, emparentado con el transeuropeo Partido Radical, dirigido por Marco Pannella. Le apetecía participar en un grupo político de carácter liberal-libertario en el que fuera imposible la expulsión de cualquiera de sus integrantes, de marcado laicismo, que rechazara por principio la búsqueda del poder político (¡!) y se mostrara activo en conflictos concretos como el hambre y campañas provocadoras como la de la apostasía. De 1981 son sus ediciones de Contra el hambre y la carrera de armamentos y de La alternativa radical, esta última junto con Santiago Castillo. ¡Qué lejos del obrerismo antifranquista!
Todos esos cambios se reflejaron en un artículo de 1982 —compartido con José Álvarez Junco— en el que se denunciaba la «inspiración militante» de las historias del movimiento obrero elaboradas por sus colegas y él mismo en los años setenta. Los dos profesores —de Historia de los Movimientos Sociales y de Historia de las Doctrinas y de los Movimientos Sociales en la Universidad Autónoma de Madrid y en la Universidad Complutense de Madrid, respectivamente— rechazaban la reducción de todos los conflictos a un único esquema, basado en la omnipresente lucha de clases, así como el estudio exclusivo del obrerismo organizado, el cómputo de los afiliados, sus congresos y el pensamiento político de sus máximos dirigentes. La calificaban de historia institucional, de la misma estirpe de la historia del poder, tan descalificada por la mayoría de aquella generación de historiadores. Promovían, en cambio, un giro investigador hacia el mundo más complejo de los trabajadores, artesanos en su mayor parte —al menos en el siglo xix—; del conjunto de la sociedad en definitiva. Defendían a la vez la ampliación del campo de estudio a los movimientos sociales en general, de mayor abundancia y repercusión social y política que el relacionado con la lucha exclusiva entre el «proletariado» y la «burguesía». El texto publicado en Revista de Occidente levantó una nube de críticas, muy pocas publicadas, y los autores fueron acusados de «traición» a los principios más sagrados defendidos por algunos de sus colegas. Tuñón de Lara lo criticó también, pero de una manera profesional, y los dos historiadores se cobijaron bajo su protección, de tal manera que pudieron continuar con su participación en coloquios y congresos.
La obra de Manolo Pérez Ledesma trascurrió durante los años ochenta con pinceladas de la orientación recién estrenada. Él mismo afirma que su labor se asemejaba a la de los caballeros en los torneos medievales, consistente en aprovechar los momentos de desorden y dispersión del bando contrario para adueñarse de presas fáciles. El materialismo histórico, sin embargo, no era todavía una presa fácil en 1985 ni sus defensores en la universidad española se encontraban dispersos y desordenados. El artículo «El proletariado revolucionario y las revoluciones proletarias» de aquel año cuestionó los estereotipos marxistas sobre la clase y la revolución al señalar que los obreros industriales fueron minoría durante el siglo xix; en lugar de impulsar la revolución en el siglo xx, la mayoría de los obreros conscientes llamaron a las puertas del reformismo y solo observaron a los vilipendiados campesinos protagonizar la mayoría de las revoluciones. Desde ese prisma fue contemplada en 1985 la revolución asturiana de octubre de 1934, al entender que fue promovida por los socialistas de un sindicato de estrategia moderada, empujado a defender las conquistas legislativas alcanzadas en el primer año de la Segunda República amenazadas por gobiernos radicales y la irrupción de la CEDA.
Poco después analizó la imagen de Pablo Iglesias construida por los dirigentes del PSOE y de la UGT con afanes de identificación colectiva, en una época de crecimiento orgánico por la incorporación de trabajadores manuales a la UGT y por escisiones comunistas en el PSOE. «¿Pablo Iglesias, santo?» lo analizó como un recurso inestimable para dotar de un significado exclusivo al socialismo español en los años veinte.
En sintonía con los textos de aquellos años, su primera aproximación a la concepción de la clase como identidad colectiva de los obreros consistió en reivindicar el planteamiento de Edward P. Thompson: la clase como formación histórica y no esencial, centrada en experiencias comunes de «algunos» trabajadores, para concluir que la mayoría de los conflictos sociales protagonizados por obreros con anterioridad al siglo xx no consistió en el enfrentamiento entre clases antagónicas, sino en la diversidad de protagonistas, motivaciones y demandas. Al publicarse este texto en 1985 —«Clases sociales e historia»— comenzaba la preparación de su gran estudio sobre la conflictividad, desde los iberos hasta la penúltima década del siglo xx.
Como recopilación de textos redactados en los últimos años, incluidos algunos de los ya reseñados junto con otros, Manolo Pérez Ledesma publicó en 1987 su primera colección de ensayos y su primer libro completo con el título de El obrero consciente. Con él quería reunir diversos temas relacionados con las organizaciones y dirigentes socialistas, los obreros conscientes, distintos y distantes de la mayoría de los trabajadores. Aunque publicó más adelante varios trabajos sobre los mismos temas —incluida una historia de la historiografía en España comparada con el resto de Europa—, la historia del llamado movimiento obrero pasó a liberarse desde entonces de los estereotipos dominantes en los años setenta y a estar integrada, por el contrario, en el análisis del resto de la sociedad y de los movimientos sociales, con predominio de las facetas más culturales.
De manera simultánea a la publicación de El obrero consciente, Manolo Pérez Ledesma comenzó la etapa más productiva y constituyente de su trayectoria profesional. Miguel Artola le encargó un ensayo sobre «Sociedad y conflicto social» con destino a la Enciclopedia de Historia de España, publicada en 1988. Por necesidades editoriales no pudo incluir todo el contenido disponible y decidió exponerlo al completo en un libro de 1990 titulado Estabilidad y conflicto social. De los Iberos al 14-D. En apretadas 280 páginas expuso las relaciones, conflictos y enfrentamientos sociales existentes en la Península Ibérica en los dos mil últimos años, desde las protestas y resistencias en Hispania hasta los movimientos sociales de los años ochenta del siglo xx. Ilustró en él la diversidad de la conflictividad —solo en el último siglo relacionada en algunos casos con el antagonismo de clase— y subrayó los largos periodos de estabilidad en los que los enfrentamientos resultaron menores que las relaciones viables entre las partes. Quería, por último, sustraerse a cualquier tono épico en el relato y no poner «flores en las tumbas de los rebeldes que fracasaron».
Se incorporó al grupo de historiadores que editaron en Valencia la revista Historia Social, sin duda la más prestigiosa en ese campo histórico, en la que procuró traducir las aportaciones de los estudiosos más innovadores en otros idiomas y dar publicidad a los trabajos de los historiadores españoles más jóvenes. Aprobó además la oposición de cátedra en 1988. Fue importante por su promoción profesional, pero más relevante si cabe por el contenido de la «memoria» y del «trabajo de investigación», ambos requeridos para los aspirantes a catedráticos. La memoria lo fue de su asignatura Historia de los Movimientos Sociales, y en ella desarrolló su concepción de la historia social con una base de origen muy francés todavía, pero con la incorporación de los planteamientos británicos y norteamericanos. La exposición sobre el movimiento social incluyó, junto con los clásicos, la presentación del enfoque de la movilización de recursos de McCarthy y Zald, Oberschall y Aya, de los Repertorios de Charles Tilly, a los que dedicó un epígrafe completo, y de la perspectiva de los llamados «nuevos movimientos sociales», con Cohen, Melucci, Offe y Touraine. El estudio y enseñanza de los movimientos sociales cobró de esa manera una nueva dimensión en su interés y rumbo. Su acercamiento inicial le incitó a profundizar en las nuevas orientaciones. El resultado fue la publicación del artículo «Cuando lleguen los días de la cólera» en 1993.
Fue el primer estado de la cuestión publicado en España en el que aparecía todo un recorrido por las teorías de la protesta en el siglo xx, con especial énfasis en las elaboradas en los años setenta y ochenta: la teoría de la Movilización de Recursos y del Proceso Político en Estados Unidos y la teoría de los Nuevos Movimientos Sociales y de la Identidad en Europa occidental, que confluyeron en lo que Bert Klandermans denominó la «construcción social de la protesta» hacia 1989. El texto de Manolo Pérez Ledesma tenía la finalidad de establecer un diálogo entre la historia y otras disciplinas sociales. Se quejaba de la escasa predisposición de los historiadores españoles a utilizar la teoría sociológica y defendía «la aplicación de los conceptos y modelos de las teorías recientes» para «iluminar aspectos del estudio de las protestas del pasado». El alegato de acercamiento, la exhaustividad en la presentación de los enfoques y el desconocimiento existente entonces en la universidad española animó a los sociólogos a publicar el mismo texto en Zona Abierta, una revista de referencia en su campo1.
Desde entonces nadie pudo ignorar en España la existencia y posible utilización de las variables generadoras del potencial de protesta. Algunas de esas variables constituían aquel esquema titulado «la estructura de oportunidades políticas» que —al margen de la «inoportunidad» de su nombre— incidía en factores ajenos a los desafiantes y cuya apertura o cierre facilitaba u obstaculizaba la protesta. Así, por ejemplo, las revoluciones rusas de 1917 no hubieran podido producirse de la misma manera o no se hubieran desencadenado entonces sin las derrotas del ejército zarista en la Gran Guerra. Nadie tampoco pudo desconocer la propuesta de Tilly de agrupar e identificar las formas de protesta en repertorios, ni olvidar las identidades colectivas, la vinculación de las huelgas con el auge económico o los factores políticos, y, sobre todo —como habían planteado Rudé y Thompson desde la historia—, que la protesta (incluso la violenta) tiene un orden, una lógica y unos objetivos, y que los rebeldes no fueron ni son seres de otro planeta, aislados, desarraigados, desesperados, hambrientos, propensos a delinquir o elementos extraños a las propias comunidades, protagonistas de la movilización.
La segunda aportación de su oposición a cátedras fue el trabajo de investigación titulado «Ricos y pobres, patronos y obreros, explotadores y explotados (sobre la mentalidad social en la España de la Restauración)», de más de 300 páginas, que podía haber publicado en forma de libro como hicieron muchos de sus colegas con sus respectivos trabajos. Él se limitó a resumir y revisar el contenido en un artículo publicado en 1991 con un título algo distinto y la incorporación de pueblo y oligarquía. Para la oposición había estudiado los cinco tomos de las encuestas convocadas por la Comisión de Reformas Sociales entre 1889 y 1893, cuya publicación en 1987 corrió a cargo del Ministerio de Trabajo en edición de Santiago Castillo. Las tres imágenes de las divisiones sociales correspondían a las planteadas por los sectores conservadores y católicos, la primera; a los republicanos, la segunda, y a los obreristas, la última. Con la pluralidad de imágenes el texto ilustraba la diversidad de concepciones de la sociedad, asumidas por una población común también diversa.
A partir del trabajo de investigación y del texto de 1991 realizó varios estudios sobre las imágenes de la sociedad española del siglo xix, entre los que destaca «El miedo de los acomodados y la moral de los obreros», publicado en 1993, y «Protagonismo de la burguesía, debilidad de los burgueses», de 1999. Pero fue sin duda «La formación de la clase obrera. Una creación cultural», en 1997, el trabajo más importante de todos ellos. Superaba con él cualquier recordatorio de la militante e ideologizada historia del movimiento obrero, analizaba la clase española como formación histórica y realizaba un compendio integrador de los principales componentes creadores de una identidad colectiva. Así, no solo asumía el planteamiento de Thompson, sino que incorporaba las herramientas de análisis de la cultura de la protesta —algunas ya expuestas en una conferencia en Salamanca en octubre de 1995— para ilustrar la construcción de una nueva identidad colectiva. Rastreó el lenguaje para describir la clase en sus diferentes acepciones, las expresiones y conceptos sobre la injusticia, los responsables de ella y sus víctimas, la alternativa de emancipación, además de la creación de rituales y la elaboración de mitos y símbolos arraigados entre una parte de los trabajadores. Pocos historiadores de finales de siglo estaban capacitados para estudiar la clase concebida y analizada como una identidad colectiva.
Pudo desde ese momento aplicar los recursos culturales para la protesta a un amplio espectro de conflictos y enfrentamientos políticos. Se entusiasmó con la idea y contagió a sus compañeros y estudiantes. El Seminario de Historia Social de la Universidad Autónoma de Madrid, creado en 1996 bajo la coordinación de Juan Pro y el impulso de Manolo Pérez Ledesma, debatió hasta 2010 casi sesenta textos. Desde 2001 el Seminario pasó a denominarse de Historia Social y Cultural. Asistieron los autores de casi una decena de tesis en preparación, la mitad de las tesis doctorales dirigidas por Pérez Ledesma en toda su trayectoria profesional. El Seminario se creó al mismo tiempo que abandonaba Alianza Editorial al venderla Diego Hidalgo a la editorial Anaya. Continuaba, sin embargo, su labor de editor en la revista Historia Social. Aunque diez años después se despidió también de esa revista, su gozo por la edición le llevó en 2006 al consejo editorial de Historia y Política, revista de la Universidad Complutense de Madrid (UCM) y la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED), primero, y a la dirección de Ayer, revista de la Asociación de Historia Contemporánea, después. Leer, escribir, editar... conocer.
Su atrevimiento le permitió abrirse a otros temas de estudio, algunos muy distantes del mundo del trabajo y la movilización social. El Parlamento, sin ir más lejos, fue objeto de su interés entre 1991 y 2000. Todo comenzó con un estudio que enlazaba la instancia parlamentaria con los trabajos sobre las relaciones sociales. El resultado fue un texto sobre «Las Cortes de Cádiz y la sociedad española» de 1991. Renovó su dedicación a la lectura parlamentaria con una edición sobre la historia del Senado español en 1995 y tras ella publicó media docena de textos en los siguientes cinco años sobre la historia del Congreso de los Diputados y las prácticas parlamentarias. El texto más interesante, sin embargo, llegó diez años después. Se trataba de un amplio estudio, publicado en 2010, sobre los debates constitucionales de las Cortes Constituyentes de 1869. Se fijó sobre todo en el lenguaje utilizado por los diputados para mostrar sus discrepancias o formular sus proyectos en torno a la discusión básica sobre los derechos de la ciudadanía —y, en concreto, de la libertad religiosa— y acerca de la forma de Estado y la división de poderes. Las lecturas sobre los entresijos del Parlamento en la España contemporánea le iniciaron en uno de los temas más apasionantes para él desde finales del siglo como fue la ciudadanía.
Antes continuó con la indagación de otras cuestiones con el denominador común del comentario y el debate. Había crecido su interés sobre materias no relacionadas de manera directa con sus trabajos anteriores. El modo de acercarse a ellas fue la elaboración de reseñas de los trabajos de otros autores, ensamblados en auténticos ensayos sobre «el estado del arte», en los que realizaba propuestas de análisis a partir de herramientas con preferencia políticas y culturales. El primero de esos ensayos, «Una dictadura por la gracia de Dios», de 1994, agrupaba la bibliografía y los enfoques más extendidos sobre la dictadura franquista, para concluir que podía analizarse como una dictadura militar y eclesiástica de tipo tradicional, como sugirió Manuel Azaña, de difícil encaje en las familias fascistas europeas. El segundo ensayo se refirió en 1996 al carlismo en la historia contemporánea española, un caso singular de persistencia más allá de las guerras civiles y las partidas armadas; una lealtad «de otros siglos» que podía interpretarse desde la cultura política, los recursos materiales disponibles y el aprovechamiento de oportunidades políticas. Además publicó en 2006 otro ensayo titulado «La guerra civil y la historiografía...» sobre la guerra de 1936, en el que realizó un recorrido hasta principios del siglo xxi sobre las diferentes definiciones de la guerra, así como las causas y sus responsables. La ausencia de acuerdo entre los estudiosos a lo largo de tantos años —concluyó— tuvo su origen en la competencia política y en las encontradas posiciones permanentes de los familiares de los protagonistas de la guerra.
En 1997 inauguró en Revista de Libros una serie de reseñas más concisas sobre diversos trabajos aparecidos en cada momento hasta 2007. Pasó revista a estudios sobre los socialistas, los movimientos sociales, el liberalismo, la democracia y las elecciones en la España de la Restauración, el nacionalismo español, el carlismo y el republicanismo, la cultura del siglo xx, la autobiografía de Hobsbawm, el catolicismo y el anticlericalismo.
Este último tema constituyó una verdadera pasión para él y, sin embargo, fue tratado con un inusitado rigor profesional. Reseñó en 1999 algunos libros concretos publicados en «Viva la libertad, mueran los frailes»; elaboró también un ensayo en 2001 sobre la abundante historiografía más reciente sobre el conflicto, y se dispuso a plantear conclusiones propias en un texto de 1998, «La sociedad española, la guerra y la derrota», y en otro de 2001, «Anticlericalismo y secularización en España», donde resaltó la paradoja de las repercusiones de la movilización anticlerical del primer tercio del siglo y la eclesiástica posterior a la guerra de 1936, al resultar cada una de ellas contraria a los objetivos planteados: el anticlericalismo desembocó en la recatolización; el despliegue clerical condujo a la secularización. El librepensamiento además resultó ser el principal lugar compartido de algunos de sus personajes biografiados, como Nakens, Sárraga o Blasco.
En los años finales del siglo xx comenzó a analizar la ciudadanía para distanciarse de los estudios sobre la clase. Tampoco parecía apetecerle extenderse en la identidad de pueblo, que ya había tratado él y, con mayor profundidad, su amigo José Álvarez Junco. Era una época en la que los dirigentes políticos y los intelectuales de Europa y Estados Unidos volvieron la mirada a los ciudadanos y a la ciudadanía, bien para denunciar ciertas apatías o ausencia de valores cívicos, bien para rechazar el desmoche del estado del bienestar en algunos países; para ensalzar en todos los casos el «retorno del ciudadano» y de los debates sobre la condición de la ciudadanía, una novedad fechada en los años ochenta, presente en España solo desde los años finales de siglo. Fruto de un seminario en la Fundación Pablo Iglesias celebrado en 1998 y dirigido por él, la historia de la ciudadanía se incorporó a sus preocupaciones intelectuales, su atrevimiento y su ansia de conocer, para convertirse en proyectos de investigación, tesis doctorales y textos publicados en libros colectivos o en solitario. Sus aportaciones al libro surgido de ese seminario en 1998 radicaron en presentar el contenido del debate europeo y norteamericano sobre la ciudadanía en los veinte años anteriores y en la elaboración de un recorrido histórico por la adquisición de los derechos políticos de ciudadanía en Europa.
Resultado de un proyecto de investigación fue la dirección de un libro colectivo publicado en 2007 con el título De súbditos a ciudadanos. Una historia de la ciudadanía en España, de más de 700 páginas, con la participación de profesores de diversas universidades españolas y norteamericanas, sus antiguos estudiantes de la Universidad Autónoma de Madrid (UAM) y recientes doctores. El enfoque para estudiar la ciudadanía había cambiado con respecto a su primera aproximación en 2000. Sus aportaciones al conjunto y en futuros textos se centraron en la «invención», el «lenguaje» o «visiones» de la ciudadanía. De estas publicaciones destaca «El lenguaje de la ciudadanía en la España contemporánea».
Al menos desde la Revolución Francesa hablar de ciudadanos y de los diversos significados adscritos a tal nombre implicó en todas partes la formación de distintos regímenes políticos y el reconocimiento de muy diferentes derechos y obligaciones para la población. Si los debates giraban en torno al alcance de la ciudadanía, la competencia política en cada uno de esos regímenes era mayor; los dictadores, en cambio, soslayaban el nombre o le otorgaban un significado secundario. La condición democrática de la ciudadanía, en definitiva, requirió la mención constitucional y política de su nombre, cuna de la participación como derecho igual de la mayoría de la población. Manolo Pérez Ledesma reclamaba que hablar de ciudadanos, como elemento constitutivo de la comunidad política, arrinconaba de manera simultánea la preponderancia de identidades colectivas excluyentes como la clase, la nación o el pueblo, todas ellas muy conflictivas por su carácter no democrático.
Al estudiar la ciudadanía —y con su experiencia en el análisis de la cultura de la protesta— no fue difícil adentrase en el terreno problemático, por difuso, de las culturas políticas. Se acercó al concepto como siempre a través de la lectura de los argumentos proporcionados por las disciplinas sociales; miró al exterior y contempló un campo de estudio ya sembrado, entre otros, por su propio trabajo sobre la clase, la ciudadanía o el anticlericalismo. Editó un libro con María Sierra sobre la teoría e historia de las culturas políticas en 2010 y luego dirigió, junto con Ismael Saz, el gran proyecto de una historia de las culturas políticas en la España contemporánea y América Latina en cinco tomos, publicados entre 2014 y 2016. Quizá la mayor innovación de este enfoque sea el énfasis en las herramientas culturales para el estudio de la política. Quizá así también las ideologías y los programas políticos —como corsés exclusivos— pierdan protagonismo, a la vez que lo adquieran la pluralidad y el mestizaje de raíces, hábitos, esquemas y prácticas, procedentes de ningún solar en particular, y sí, sobre todo, del paisaje en su conjunto.
Para un experto en historia de los movimientos sociales, en las visiones colectivas de las relaciones sociales, en los debates parlamentarios, en la clase obrera y en la ciudadanía resultaba difícil adentrase en los confines de las experiencias individuales. La dificultad era, en efecto, real, pero el ansia de conocer y el atrevimiento fueron más vigorosos y el aprendizaje previo un recurso disponible a su favor. Había publicado textos cortos sobre la trayectoria política y sindical de dirigentes socialistas como García Quejido, Llaneza o Pablo Iglesias (sobre «el abuelo» lo hizo en tres ocasiones, aunque rechazara elaborar una biografía completa de él al considerar la trivialidad del personaje para el género). Había reflexionado además sobre «La biografía en la historia del movimiento obrero» en 2003. Isabel Burdiel le animó a profundizar en el estudio biográfico. Él lo entendió como un nuevo y atractivo objeto de atrevimiento y pensó dirigirlo al estudio de sus queridos librepensadores. El contexto de las experiencias concretas resultaba así familiar. Nacieron entonces las pequeñas biografías de José Nakens en 2000, de Belén Sárraga en 2004, de Aurelio Blasco Grajales en 2008 y la introducción —con Florencia Peyrou— a la vida y obra del socialista romántico Fernando Garrido en 2009.
La biografía representaba un aprendizaje adecuado para realizar una historia de la historiografía —no solo la española—, tal y como era su deseo en 2012. Tenía un serio bagaje sobre el tema desarrollado en diferentes textos sobre la historia social, la del movimiento social y obrero, además de la historia cultural. Había publicado además «La Historia, los historiadores y la memoria» en 2010. Habría que añadir sus estudios bibliográficos sobre temas concretos y los ensayos sobre trabajos de otros para reseñar. Le ayudaría además su experiencia en la redacción de dos manuales de historia contemporánea publicados en 1988 y 2005 con Miguel Artola. La persistente lectura de textos históricos de otros lares, así como de sociología, antropología y ciencia política, le facilitaban la tarea. Mientras lo pensaba seleccionó una serie de textos, para él muy significativos de su trayectoria, para publicarlos en 2014 con el título de La construcción social de la historia. Quería con esa expresión afirmar la fructífera relación de buena parte de su trabajo con las orientaciones del libro de Peter Berger y Thomas Luckmann La construcción social de la realidad.
La trayectoria profesional de Manolo Pérez Ledesma en los últimos cuarenta y cinco años se fraguó en la lectura asidua de documentos, ensayos y narrativa para satisfacer sus ansias de conocer. Lo contó además con atrevimiento en las aulas y en los textos publicados. Trasmitió a muchos el inconformismo conveniente para sobrevivir.
1 Hasta entonces solo el sociólogo Pérez Yruela aplicó en la universidad española las teorías del proceso político y de la movilización de recursos a un trabajo de investigación sobre la protesta en Córdoba durante los años treinta. Manuel Castells las utilizó de manera parcial, pero en la universidad norteamericana.