Ayer 130/2023 (2): 223-245
Marcial Pons Ediciones de Historia
Asociación de Historia Contemporánea
Madrid, 2023
ISSN: 1134-2277
DOI: 10.55509/ayer/1274
© Manuel Alvargonzález Fernández
Recibido: 14-12-2020 | Aceptado: 04-05-2021 | Publicado on-line: 10-04-2023
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La forja de un romántico: José de Espronceda en la emigración (1827-1833) *
Manuel Alvargonzález Fernández
Universidad Autónoma de Madrid
manuelalvargonzalezfdez@gmail.com
Resumen: Se aborda un análisis biográfico de los años de emigración del poeta José de Espronceda, periodo que acabó siendo decisivo tanto en lo que fueron sus propuestas literarias como en su actividad política. Durante la emigración, Espronceda comenzó a considerar el triunfo de un nuevo régimen que no era liberador, sino mercantilista y excluyente; comenzó también su compromiso con un liberalismo diferente, próximo a líderes de rasgos heroicos (Torrijos y Chapalangarra) y a una lucha popular de espíritu ya democrático, amenazada constantemente por la elite de los nuevos tiempos, como ocurrió en la Francia de 1830. Estas experiencias desempeñaron un papel importante en sus retratos sobre el heroísmo y la revolución en su poesía y en sus manifiestos políticos.
Palabras clave: Espronceda; héroe romántico; héroe byroniano, fraternidad, emigración liberal.
Abstract: This article is a biographical analysis of the poet José de Espronceda during his years of emigration. This period was decisive with respect to both his literary proposals and in his political activity. During his emigration, he began to appreciate how the new regime, though triumphant, proved not to be liberating but mercantile and exclusive. He became committed to a different liberalism, one with heroic features and leadership (Torrijos and Chapalangarra). It was one that embraced a popular struggle and a democratic spirit, which had been threatened by a new liberal elite as had occurred in France in 1830. These experiences played an important role his portraits of heroism and revolution in his poetry and in his political manifestos.
Keywords: Espronceda, romantic hero, byronic hero, fraternity, liberal emigration.
El 24 de mayo de 1842 tuvo lugar en Madrid el espectacular funeral y entierro del poeta José de Espronceda (1808-1842), víctima mortal el día anterior de una infección de garganta. La aglomeración en torno a la iglesia de San Sebastián fue multitudinaria y reunió a un enorme gentío en el que se juntaban todas las clases sociales, no faltando senadores y diputados ni tampoco gentes de la Milicia nacional o el mundo de las letras y el periodismo. El poeta dio su última despedida vestido en un espléndido frac y los lamentos por su marcha se expresarían en el Congreso, en notas de prensa, versos elegíacos y alocuciones varias. Quizá ningún escritor español había tenido un duelo semejante desde Lope de Vega 1.
Su notoriedad —consagrada definitivamente en 1840 con la publicación de sus Poesías— se debió a su capacidad para dar voz a su época a través de una lírica que se abrió camino más allá de las meras formalidades neoclásicas o románticas de los tiempos que le tocó vivir. Nadie como él en España supo plasmar las inquietudes hacia las nuevas desigualdades estructurales con que amenazaba la revolución liberal y la irrupción del orden económico capitalista. Lo haría a través de su poesía —iniciando una tradición de crítica social que no tenía precedentes en la lírica— 2 y mediante una serie de manifiestos marcados por el desencanto hacia los límites de la transformación política española durante la década de 1830.
Tal y como señaló Guillermo Carnero con motivo del bicentenario del poeta, sus ideas políticas giraban en torno a unas credenciales propias de lo que podríamos considerar la «extrema izquierda» del momento. Es decir, rechazaba por insuficientes la Constitución de 1837 y la desamortización de Mendizábal, a la vez que clamaba por un sistema unicameral, de sufragio universal masculino, aconfesional y generoso en libertades de expresión y asociación 3. Previamente, Carnero había definido a Espronceda como políticamente populista frente a los rasgos doctrinarios y elitistas característicos del liberalismo hegemónico de finales del primer tercio del siglo 4.
Si —tal y como remarcaron Enrique Rodríguez Solís y Joaquín Casalduero— Espronceda presenta como hombre un triple aspecto político, literario y amoroso 5, es fundamentalmente en el primero de estos rasgos en el que quiero centrarme en el presente artículo; concretamente en la formación de sus ideas a lo largo de su exilio por Europa en los años 1827-1833.
Dicha experiencia vital ha generado diferentes interpretaciones en la bibliografía centrada en el poeta. Así, su amigo Antonio Ferrer del Río recordaba ese momento de su vida en términos legendarios y románticos, recalcando que Espronceda se había propuesto ser un nuevo Byron 6. En una línea parecida, Rodríguez Solís consideró que su marcha del país se había debido a las presiones policiales que el joven (tenía entonces diecinueve años) habría recibido en la España absolutista debido a su sincero espíritu revolucionario 7. Sin embargo, José Cascales presentó poco después una imagen alternativa del poeta en un estudio riguroso a un nivel archivístico, pero dominado por los valores propios de una España de principios del siglo xx que admiraba al escritor a la vez que se sentía incómoda con su espíritu revolucionario 8. Así, según Cascales, los alardes exaltados de Espronceda habrían sido una pose sin verdadero trasfondo, siguiendo la moda de un tiempo especialmente revoltoso. En cuanto a su exilio y su participación en distintas conspiraciones, además de en las jornadas revolucionarias de julio de 1830 en París, se habrían debido fundamentalmente al «deseo de correr aventuras» 9. Poco después, Juan López Núñez expresó una tesis similar 10.
Más matices añadió a este exilio Vicente Llorens en su clásico sobre el romanticismo español. Este autor tildó a Espronceda de «el señorito de la emigración española», debido al desahogado nivel de vida que pudo permitirse gracias al apoyo financiero de sus padres; aunque esto no excluye que fuese consciente como político 11. De hecho, añade que en esos años Espronceda habría estado más pendiente de la política que de las novedades literarias del extranjero 12, aserto que podría discutir Manuel Fernández Nieto 13. La importancia de este exilio en su impregnación en las nuevas ideas fue remarcada por otros autores como Pedraza Jiménez y Rodríguez Cáceres 14. También por María Pilar Espín Templado, quien repara en que el exilio de Espronceda le llevó a empatizar con los problemas sociales de su tiempo 15.
Pero quien sin duda ha reconstruido con más esmero los periplos de Espronceda en la emigración, así como sus relaciones con líderes fundamentales de la misma como Francisco Espoz y Mina, Joaquín de Pablo Chapalangarra o José María de Torrijos y Uriarte, ha sido Robert Marrast en su reconocida biografía José de Espronceda y su tiempo 16. A partir del estudio de los distintos informes que la administración española absolutista preparó de este emigrado y de los círculos en los que se movió en esos años, se muestra definitivamente a un conspirador verdaderamente comprometido con la causa liberal. Posteriormente, y una vez más con motivo del bicentenario, fueron varios los autores que repararon en el impacto que en él tuvo el conocimiento directo de la Europa postnapoleónica 17. Habría que mencionar también la interesante aportación de Dolores Thion Soriano-Mollá 18.
Se trata por tanto de un periodo de su vida clave para conocer una obra muy consciente de su propio tiempo. Me propongo buscar en estos años las bases de las ideas políticas del Espronceda que retornará a España al final de la Década Ominosa. Estas estuvieron marcadas, como iré exponiendo, por la utopía de la unión de los pueblos frente a los designios conservadores de la Santa Alianza; por su iberismo; una concepción social del liberalismo; una visión revolucionaria de la juventud y una admiración por los valores del heroísmo, el mérito y el talento frente al viejo orden del privilegio estamental. Efectuaré este análisis a partir de la obra escrita del poeta y teniendo en cuenta tanto sus biografías como las más recientes investigaciones sobre historia trasnacional y la Europa postnapoleónica.
Años antes de partir a la emigración, José de Espronceda fue testigo con sus compañeros de la sociedad secreta de los Numantinos de la ejecución pública de Rafael del Riego en la madrileña plaza de la Cebada el 7 de noviembre de 1823. Consternados, pudieron contemplar el impresionante final del restaurador de la Constitución de Cádiz desde la colegiata de San Isidro. Es difícil saber hasta qué punto afectó en el joven este acontecimiento, ya que él nunca transcribió semejante vivencia, la cual conocemos gracias a Patricio de la Escosura; si bien es cierto que muy poco después Espronceda comenzó a tener sus primeros problemas con la justicia y fue recluido a finales de 1824 en el convento de San Francisco de Guadalajara por sus actividades en dicha sociedad secreta 19. No tardaría en partir al exilio llegando a Lisboa en noviembre de 1826 vía Gibraltar, en un viaje que sin duda se debió a motivos políticos y no a una frivolidad aventurera, como ha demostrado Carmen Fernández-Daza 20.
A sus quince años, fue este el primer contacto que Espronceda tuvo con un factor que marcaría tanto su obra como su propio tiempo: el martirio del héroe liberal. Si bien nunca escribió sobre la ejecución del otrora diputado por Asturias, sí dedicó versos a los épicos finales de Pablo Iglesias, Joaquín de Pablo Chapalangarra y José María Torrijos; de hecho, colaboraría en la emigración con los dos últimos. Y es que Espronceda encontró en el heroísmo toda una forma de transformar la sociedad, así como un modelo de conducta.
Cabría aquí establecer una distinción entre los dos patrones heroicos que se repiten en la biografía del poeta. La primera —y la que probablemente ha generado más discusiones— es la del héroe byroniano, caracterizado por unos rasgos satánicos que llevan la desgracia a quienes le acompañan, así como por un orgullo aristocrático que le impulsa a desafiar a cualquier autoridad —provenga de donde provenga— y a despreciar un mundo frente al que se siente superior 21. Si nuestro poeta fue byroniano o no, supone un debate de largo recorrido; así, Cascales Muñoz lo negó de forma tajante 22. Aunque la definición de Espronceda como el Lord Byron español ha encontrado grandes defensores 23, considero que Esteban Pujals resultó especialmente sólido al rechazar esta comparación en la notable monografía que dedicó al tema 24.
Quizá resulta más estimulante para conocer a Espronceda reparar en la figura del héroe romántico. Se trata este de un modelo que evoluciona de los parámetros heroicos del siglo xviii, cuando en el contexto de las reformas ilustradas se había homenajeado a una serie de personalidades civiles y militares que se habían entregado plenamente a la patria; en España, ejemplos podrían ser un hombre de leyes como Gaspar Melchor de Jovellanos o el marino y científico Jorge Juan 25. Estos héroes ilustrados, sin embargo, no se habían definido ni por la lucha épica contra la tiranía ni, necesariamente, por un fin trágico.
El héroe romántico se define por su renovado sentido de la historia, la cual pretende dirigir haciendo uso de su voluntad superior. Surgió dentro de las corrientes del liberalismo, que emocionalmente encontró un potencial poderoso en una serie de líderes de rasgos republicanos y sentimentales, como el valor, el patriotismo, el desprendimiento y el espíritu de sacrificio personal en aras de la nación 26. El héroe romántico ya se había demostrado como un actor clave en la oleada revolucionaria de 1820. Así, figuras como el propio Rafael del Riego habían dado muestra de un espíritu activo y de una particular capacidad para dotar de sentimiento a la cotidianidad política con sus llamamientos a la fraternidad y la generosidad 27.
El heroísmo romántico era también una respuesta a la mediocridad imperante de la Europa postnapoleónica y se construía sobre la nostalgia por las grandes gestas y aventuras de los tiempos inmediatamente anteriores a la caída de Napoleón Bonaparte en 1815 28. En última instancia, el héroe romántico se define como la máxima expresión de dos valores fundamentales del liberalismo, como son el mérito y el talento, pues es en exclusiva a su valor personal a lo que debe su distinción individual, no a su nacimiento ni a su riqueza 29. No estoy, por tanto, de acuerdo con la concepción planteada por Joaquín Casalduero del héroe romántico como un rebelde que se agota en su poder destructor 30, ya que personifica los grandes valores de una nueva sociedad.
La exaltación de esos dos valores está muy presente a lo largo de toda la obra esproncediana, la cual encuentra en la figura del héroe un poderoso recurso poético. Al respecto, hay que tener en cuenta el papel de Espronceda en las conspiraciones del exilio. Tras analizar con rigor los expedientes policiales que la administración de Fernando VII fue generando de este particular emigrado, Robert Marrast concluye que el panorama resulta sumamente confuso, de forma que no queda muy claro si entre 1828 y marzo de 1829 el joven participó dentro del círculo del prudente y burocrático Francisco Espoz y Mina o del de su antítesis, el temerario idealista José María de Torrijos 31. En todo caso, parece que para finales de aquel año Espronceda se había puesto a las órdenes de los partidarios de este último en Francia y que incluso la relación entre ambos pudo haber llegado a ser estrecha, a juzgar por los versos A la señora de Torrijos que el poeta dedicó a la esposa del conspirador, la también conspiradora Luisa Sáenz de Viniegra. Marrast incluso sospecha que el periódico La Verdad —que Espronceda aspiraba a fundar en París— debería haber sido un órgano de los seguidores de Torrijos 32.
Esta cercanía al futuro mártir de Málaga también ha sido remarcada por Luis Maestre Álvarez 33. Ciertamente, este líder, que sería considerado como el primer enemigo del trono por la propia administración absolutista y que destacó por la radicalidad de su proyecto insurreccional, representó probablemente la personificación más clara del héroe romántico dentro del liberalismo español 34.
Varios fueron los rasgos distintivos de este conspirador. Para el tema que nos ocupa, quizá haya que comenzar destacando su capacidad para saber aprovechar la ruptura generacional que entonces atravesaba la Europa de la Restauración. El descontento juvenil dentro de las clases medias ante el orden imperante tras el Congreso de Viena alcanzó cotas importantes a partir de la década de 1820, y comenzaría a ir ligado a la oposición política. Para estos jóvenes, no parecía haber buenas perspectivas de ascenso social ante el intento de retorno al orden prerrevolucionario 35. En este sentido, Torrijos se rodeó a partir de 1827 de un grupo de estudiantes recién salidos de la Universidad de Cambridge conocidos como los Apóstoles, los cuales desempañaron un papel importante en la financiación y promoción de su causa en Inglaterra 36. Pueden apreciarse similitudes con Espronceda; al igual que él eran poetas —entre ellos figuraba ni más ni menos que Alfred Tennyson— y se sirvieron de una publicación periódica —la revista Athenaeum— para hacer publicidad de la causa de los liberales españoles.
Otro rasgo del conspirador era su defensa a ultranza del proyecto insurreccional, el cual consistía en promover la imposición en España del liberalismo por la fuerza, no por un pacto con una monarquía que se viese rebasada por la reacción y estuviese necesitada de ayuda. Tal y como recalcó Irene Castells Oliván, de haber triunfado esta alternativa, el proceso revolucionario habría podido seguir una senda más independiente y autónoma con respecto a las clases dominantes del Antiguo Régimen durante la década de 1830 37.
Si la relación de Torrijos y Espronceda llegó a la amistad es una cuestión difícil de dilucidar. No deja de ser relevante el hecho de que Viniegra no haga mención del poeta en la biografía de su esposo. Del mismo modo, un compañero como Antonio Ferrer del Río recordaba las experiencias de Espronceda con Joaquín de Pablo Chapalangarra, así como su participación en las barricadas parisinas o incluso su frustrado intento de sumarse a la revolución polaca de 1830, pero no hizo mención alguna de Torrijos 38. En todo caso, encuentro que la admiración de Espronceda hacia el primer enemigo del trono fue sincera y tuvo una repercusión importante en su obra, más allá incluso del poema que le dedicó a Viniegra o del soneto con el que lamentó el fusilamiento del general. Así, en su célebre manifiesto de El ministerio Mendizábal 39, Espronceda concluye haciendo un llamamiento a la juventud y apostando precisamente por romper la dinámica pactista con las autoridades del Antiguo Régimen:
«Esa juventud que, llena de esperanza, no debe titubear en arrojarse, iluminada de talento, por los sombríos senderos del porvenir, aboliendo de una vez tanta práctica antigua, tanto abuso, tanto cadáver resucitado como atrasa, entorpece y corrompe la sociedad. Y no se tenga por una petulancia este deseo que debe hacer latir todos los corazones y arrebatar la imaginación de los jóvenes; no, porque un siglo de renovación pertenece, sin duda, de derecho, a la juventud» 40.
Ideas similares mantuvo hasta el final de su vida, pues en 1841 publicó en El Pensamiento otro manifiesto titulado Política general, en el cual señalaba que: «los restos del antiguo régimen disputan el terreno a los nuevos usos; obligados a ceder se mezclan y confunden con ellos para no abandonar el puesto, y la desconfianza penetrando en unos y otros, cualquier grito es de alarma».
Quiero concluir este apartado recalcando la conciencia de Espronceda del fin de los esquemas revolucionarios de la oleada de 1820, en los cuales el héroe romántico era el protagonista. Como ya he señalado, el poeta presenció personalmente el final de Rafael del Riego y, tiempo después, el de Joaquín de Pablo Chapalangarra en la desastrosa expedición de Vera de 1830; dio cuenta de esta trágica aventura en sus composiciones A don José García de Villalta y A la muerte de don Joaquín de Pablo (Chapalangarra).
Pero más allá de estas elegías, Espronceda planteó lo anacrónico que resultaba la figura del héroe en la Europa mercantil que se abría paso en el siglo xix. Así, en su ya citado manifiesto de Política general lamentaba que: «en nuestra época de lucha y de transición este espíritu se ha apoderado de todos los corazones, y elevada la aristocracia del dinero sobre la del talento, la de sangre y la de fuerza, ha sofocado por un momento todas las pasiones nobles». A un nivel más literario, expresó este lamento en su poema A la degradación de Europa, con motivo de la traslación a París de las cenizas de Napoleón en noviembre de 1840. En dichos versos, siente con amargura que esos valores del talento y el mérito están en riesgo por el triunfo del nuevo sistema económico, dentro del cual el héroe y lo que él simboliza ya no tiene cabida: «centro es tu corazón de podredumbre, / cuando la voz en ti ya no retumba, / vieja Europa, del héroe ni el profeta, / ni en ti refleja su encantada lumbre / el audaz entusiasmo del poeta». Hacía falta un nuevo tipo de héroe y un nuevo tipo de revolución y su participación en las jornadas revolucionarias de julio de 1830 seguramente le ayudó a alcanzar una nueva perspectiva.
Las referencias a Bonaparte fueron más allá de este poema en el que Espronceda lo utiliza como símbolo de un pasado mejor y reciente. Efectivamente, el poeta aceptó de manera entusiasta la leyenda de un Napoleón liberal 41. Esta percepción del desaparecido emperador tuvo una raigambre importante en los círculos de oposición francesa en los que Espronceda se movió, así como entre los propios revolucionarios españoles. Fue el caso de José María Torrijos, que tradujo los memoriales de Santa Elena dictados al barón Gourgoud y al conde de Montholon e incluso preparó una biografía del corso, aunque no llegó a publicar ninguno de estos trabajos 42.
En el manifiesto Política general, Espronceda plantea que Napoleón cumplió con una función histórica fundamental:
«Aquella mano plebeya que había osado arrancar las coronas de la frente de los reyes y que, despojándolos de su aparato, los presentó como hombres flacos a la faz de sus asombrados vasallos, empuñó la espada del conquistador para desnudar sus tronos, y su misión cumplida, dejó a los pueblos que completasen su obra» 43.
Es decir, Bonaparte había conseguido con su talento imponerse a las viejas y anquilosadas monarquías europeas, a las que había desnudado y privado de su antiguo lustre. De hecho, en la Europa post-napoleónica las monarquías se encontraron con la acuciante necesidad de redefinirse ante los nuevos tiempos, pues las dinastías tradicionales habían perdido una parte importante de su prestigio en su enfrentamiento contra el corso 44. Ya nada volvería a ser igual.
No debe sorprender que las reflexiones más importantes sobre el significado histórico de Bonaparte viniesen precisamente de la oposición liberal, a la vez que las nuevas autoridades de la Restauración se esforzasen por desacreditar su recuerdo o incluso condenarle al olvido 45. En este sentido, y gracias en gran parte a los memoriales de Santa Elena, se consolidó el mito de Napoleón como un promotor de la unión cívica de los pueblos de Europa a la vez que su prestigio se disparaba tras su caída, especialmente en la oposición liberal, pero también incluso entre las clases trabajadoras 46.
Se alzó también como un mito de la juventud y un icono de la individualidad 47, lo que le convertía en un personaje enormemente interesante para alguien como Espronceda. Como ya he expuesto, la juventud en este momento alcanzó connotaciones revolucionarias, pero también la individualidad romántica, cuya exaltación quedó ligada a la lucha por la libertad de los pueblos oprimidos y al movimiento liberal europeo 48. Este europeísmo iba ligado a otros valores propios de la Ilustración que también tuvieron su repercusión en la obra esproncediana posterior, como la fraternidad 49.
No resulta extraño, por tanto, que la unión de pueblos y el recuerdo de Napoleón estén ligados en Espronceda. Hay que tener en cuenta que Bonaparte ya había comenzado su carrera militar insistiendo en que sus campañas en Italia no respondían al espíritu de conquista, sino al de fraternidad, pues pretendía acabar con la tiranía de Austria 50; da igual, como señaló Gil Novales, que la realidad hubiese sido más compleja 51. Había que luchar por la libertad de todos los pueblos de Europa y el hecho de que Espronceda participase en las jornadas revolucionarias de julio de 1830 y se alistase poco después para participar en la independencia de Polonia evidencia hasta qué punto participaba de ese internacionalismo liberal. No cambia nada al respecto el que esta última aventura se frustrara en el último momento por la connivencia entre Luis Felipe de Orleans y el zar Nicolás 52.
La obra esproncediana tiene varias referencias a las realidades de la Francia e Inglaterra contemporáneas —regidas ambas por regímenes de liberalismo doctrinario y economías de explotación capitalista—, reunidas en el poeta en la idea de una nueva Europa que entiende como contramodelo para el futuro político español. Tal es el caso de composiciones como El Canto del Cosaco o A la degradación de Europa, así como el manifiesto Política general. Pero es muy probable que las canciones que le hicieron célebre y que situaban como protagonista a figuras marginales como el pirata hubiesen sido inconcebibles sin su experiencia directa de la revolución de 1830 53.
Los años de la emigración le permitieron afinar su concepción de la realidad política contemporánea. El panorama no resultaba tan sencillo de comprender como el existente en la España de Fernando VII, absolutista y abiertamente anclada en valores reaccionarios. Tanto Francia como Inglaterra eran regímenes en los que se reconocían una serie de derechos individuales y en los que la autoridad del rey estaba limitada por un sistema representativo de contrapeso de poderes. De hecho, las primeras impresiones de Espronceda debieron de ser positivas, a juzgar por una carta mandada a sus padres desde Londres a finales de 1827 en que les señalaba que ahí nada tenía que temer de la justicia quien no robase ni asesinase 54. En algún momento, sin embargo, y a pesar del distendido estilo de vida que pudo permitirse, Espronceda comenzó a ser especialmente consciente del carácter escasamente inclusivo del liberalismo triunfante.
La década de los años veinte estuvo marcada en Inglaterra por las dificultades económicas inherente a la posguerra; situación que se plasmó en despidos masivos, subidas de impuestos y una política represiva por parte de los gobiernos conservadores 55. El dinero como valor supremo del nuevo orden quedaba claramente consagrado con una legislación que podía llegar a penar con la muerte el robo de una cartera o de cinco chelines en una tienda 56. Además, la mayoría de la población quedaba totalmente al margen de la toma de decisiones al establecerse un sufragio especialmente restringido.
El reconocimiento de la soberanía nacional y del sufragio universal masculino fueron las dos principales ambiciones del Radicalismo, importante corriente de oposición en la Europa posterior a 1814 57. Creo que el eco en las opiniones de Espronceda tuvo que ser importante; así como el hecho de que, en el caso británico, las clases trabajadoras comenzasen a tomar la iniciativa política sin necesidad de mediadores 58.
Pero más allá de conocer nuevas realidades sociales, Espronceda conoció también a nuevos escritores que influyeron en su capacidad de denuncia. Como ya he expuesto en el apartado anterior, es Lord Byron (1788-1824) el autor en quien más se ha incidido para profundizar en el desarrollo de Espronceda como un poeta irreverente; y tiene sentido, ya que la fama y la admiración hacia el bardo alcanzó entonces unas cotas sorprendentes tanto en Inglaterra como, aún más incluso, en Francia 59. Sin embargo, también se ha planteado que Espronceda pudo conocer las chansons de Jean-Paul Béranger (1740-1807), piezas de fuerte contenido social que gozaron de gran predicamento en la época 60.
También hay que resaltar que en estos años Espronceda fue un revolucionario anónimo y que ninguna cabeza de la emigración liberal repararía en él en las distintas memorias que se publicasen en el futuro 61. De hecho, ya recalcó Robert Marrast que su círculo de relaciones personales de la emigración estaba formado por personajes oscuros y muy poco conocidos, caso de Antonio Hernáiz, Antonio Bernabeu o Balbino Cortés 62. El poeta participó con este último en las jornadas revolucionarias de finales de julio de 1830, experiencia muy distinta de las conspiraciones propias de la oleada de 1820, pues careció de líderes claros y no fue emprendida por militares, sino principalmente por artesanos e industriales hartos de una situación económica muy delicada desde la crisis de 1827 63. Fueron unas jornadas de movilización popular y, sin embargo, acabaron desembocando en una nueva monarquía constitucional —la de Luis Felipe de Orleans— que no implicó una verdadera transformación social.
No extraña que los protagonistas de las canciones que Espronceda compuso a su regreso a España sean precisamente individuos que nada pueden esperar del nuevo orden liberal. En las mismas, la sociedad se muestra indiferente ante las injusticias que se cometen en su seno, como en El reo de muerte. Y aún más atinado se mostró al saber retratar la desafección que generaba el mundo posrevolucionario entre los desamparados; la única respuesta posible parecía ser el cinismo o el crimen, como en El mendigo o El pirata. Estos personajes no tratan de cambiar la realidad que les rodea —como los héroes románticos de otras composiciones de Espronceda de menor valor literario—, sino que se limitan a intentar sobrevivir sin dejarse corromper por unos nuevos valores que desprecian. Se alejan incluso de algunos de los esquemas más propios del byronic hero.
Y es que, aunque los rebeldes de Lord Byron personificaron un espíritu anárquico y contrario a las leyes, eran siempre aristocráticos; sus protagonistas nunca fueron individuos vulgares y desclasados. En cambio, el tono poético de Espronceda alcanzó unos extremos de radicalismo y denuncia social que no se encuentran en la obra de su supuesto maestro. Sus canciones expusieron con toda su aspereza la brutalidad de un sistema mercantilista y contrario a la fraternidad y dieron voz en primera persona a figuras humildes y rechazadas 64.
Figuras sin nombre, rebeldes que no estaban destinados a liderar grandes causas que fuesen narradas en libros de historia. Reparar en ellos podía llegar a conmover y a generar conciencia sobre las insuficiencias de los nuevos tiempos. Ahí radicó la originalidad de Espronceda, revolucionario anónimo como fue él en la oleada de 1830. Byron, en cambio, había actuado en las revoluciones de 1820 en Italia y Grecia desde una posición privilegiada. Las perspectivas que ambos poetas habían tenido de las oleadas revolucionarias de las que participaron fueron muy diferentes.
Es en la reafirmación disidente de personajes como el mendigo, el verdugo o el reo de muerte en donde se halla la esperanza del poeta español por un futuro que considera mejor. Desde su punto de vista, la revolución no tiene sentido si no cuenta con ellos, tal y como expresó en prosa en El ministerio Mendizábal, manifiesto en que recordaba que esa había sido la causa del fracaso de la revolución de 1820:
«Y no debiera olvidar el señor ministro que uno de los errores más perjudiciales cometidos el año 20 fue que nuestros gobernadores no hicieron aprecio de ese pueblo que llaman bajo, y que sólo no es alto porque se le nieguen los medios de subir, y al cual vimos haciendo una contrarrevolución democrática en favor de un trono absoluto. La palabra libertad es hermosa y sonora, pero vacía de sentido para el pueblo rudo, que sólo comprende intereses materiales, y no puede apreciarla cuanto merece sino por los beneficios que le produzca» 65.
El iberismo sería otra de las propuestas distintivas del poeta y lo planteó de manera clara en su Política general. En dicho texto, Espronceda sostendría que la península debía unificarse para convertirse en una gran nación y para hacer frente a las injerencias extranjeras. Este ansia de unión con la vecina Portugal había encontrado ya un desarrollo importante en la primera emigración liberal de 1814-1820 y continuó gestándose en los exilios de la Década Ominosa 66.
Efectivamente, en estos años fue tomando forma una corriente iberista que creció en torno a la transición constitucional que comenzó en Portugal con la muerte del rey Juan VI en marzo de 1826. Ambos países habían atravesado experiencias liberales parecidas; la revolución de 1820 también había tenido lugar en el país del Tajo y había desembocado en la proclamación de una constitución en 1822 claramente influida por la española de 1812 67. El final del proyecto revolucionario ante la intervención de las potencias de la Santa Alianza en la península había puesto en evidencia una falta de coordinación entre los dos países ante una amenaza común 68. De hecho, el rechazo consciente a la coordinación política con Portugal había sido ya una de las líneas del gobierno moderado de Martínez de la Rosa 69. Durante la emigración esto generó reflexiones entre varios líderes liberales.
El fallecimiento de Juan VI inició una nueva fase en la historia portuguesa y marcó también un giro en las expectativas de los liberales emigrados. La corona fue heredada por don Pedro, entonces emperador de Brasil, país que había alcanzado su independencia de Portugal en 1822. El nuevo rey decidió renunciar a sus derechos en la corte de Lisboa para que pasasen a su hija María de Gloria, menor de edad. Se propuso entregarla en matrimonio a su hermano, el reaccionario don Miguel. Quiso también garantizar la entrada en vigor de un nuevo texto constitucional aprobado en 1826 que resultaba considerablemente más conservador que el de 1822. Para una parte significativa del liberalismo español, sin embargo, don Pedro y la dinastía Braganza comenzaban a presentarse como una interesante alternativa monárquica a los Borbones, pues se habían demostrado abiertos a superar el absolutismo 70.
El origen de la propuesta de unificación de España y Portugal bajo una monarquía liberal de los Braganza presenta distintas genealogías, pero en ellas participaron personajes cercanos al poeta. Gil Novales planteó que la idea surge por primera vez entre militares españoles que se encontraban en depósitos portugueses tras la invasión de Los Cien Mil Hijos de San Luis. Se trataba de soldados liberales que se oponían al giro reaccionario que pretendiera dar don Miguel y que por ello fueron expulsados de Portugal, aunque Gil Novales no aporta fechas concretas. Sin embargo, es verdaderamente relevante que entre los militares citados nos encontremos ni más ni menos que con Epifanio Mancha (1784-1844), padre de Teresa Mancha (1810-1839), el amor terrible de Espronceda 71. Los Mancha y Espronceda coincidieron en Lisboa y seguirían tratándose posteriormente en Londres, además de que Epifanio Mancha se movió al igual que el poeta dentro del círculo de Torrijos, otro iberista convencido 72.
Por su parte, Carmen Fernández-Daza encuentra las semillas del proyecto en una serie de liberales españoles emigrados en Buenos Aires; estos consideraban que era necesario un compromiso con los Braganza para garantizar el fin de la familia Borbón, principal escollo al triunfo del constitucionalismo en España. Muy pronto, dicha aspiración contó con grandes defensores como Francisco Fernández Golfín y Álvaro Flórez Estrada. El segundo tendría en el futuro cuando menos una notable influencia en el pensamiento económico de Espronceda, pero lo relevante es, una vez más, la cercanía de ambos a José María Torrijos 73.
Efectivamente, este último conspirador asumió como propio y con su entusiasmo característico el proyecto de unificar España y Portugal bajo la dinastía de don Pedro. Formó parte desde el mismo año de 1826 de una comisión de emigrados reunidos en la casa del antiguo ministro José María Calatrava, que acabaría constituyéndose como la Junta directiva del alzamiento de España. Destacaba esta por su interés por la suerte política de Portugal y mandaría a dicho país al comisionado don Manuel Núñez 74. Estas gestiones —por las que se buscaba establecer un foco liberal en la península para acelerar la transición política en España— generaron una preocupación importante en la corte de Madrid, hasta el punto de que se orquestó incluso una invasión española a Portugal que tuvo lugar entre noviembre de 1826 y enero de 1827, y que sólo se frenó por las presiones europeas 75.
Así las cosas, en 1827 el futuro político portugués seguía siendo impreciso y se enfrentaba a múltiples problemas. La transición al liberalismo se encontraba con la abierta oposición del país vecino, el regente don Miguel era claramente un reaccionario convencido y el gobierno de la aliada Gran Bretaña presentaba una actitud ambigua hacia todo el proceso. Ante esta situación, uno de los referentes del liberalismo portugués, el general Saldanha, mantuvo una entrevista con Torrijos y con Espoz y Mina para plantear las posibilidades de impulsar el proyecto de la unión ibérica bajo la protección de don Pedro, conocedor de los proyectos iberistas desde 1826. Dichos propósitos interesaron a distintas personalidades tanto moderadas como progresistas de ambos países 76.
En 1828 la realidad portuguesa dio un giro radical con la derogación, por parte de don Miguel, de la carta constitucional de 1826; don Pedro no conseguiría restablecer el orden liberal en su país hasta 1832, y lo haría con el necesario apoyo de británicos y franceses. Sin embargo, Torrijos mantuvo la idea de garantizar la unión ibérica hasta el fin de sus días. De hecho, la famosa bandera tricolor con la que irrumpiría en la península a comienzos de diciembre de 1831 contaba con bandas azules que hacían referencia a Portugal y la administración fernandina consideraría que para finales de 1830 todo el proyecto iberista era cosa de «Torrijos y sus secuaces» 77. Espronceda pudo conocer y admirar este ideal durante la emigración.
En su Política general, Espronceda no hace ninguna mención, sin embargo, de la dinastía de los Braganza. Este proyecto de unificación monárquica en torno a la familia real portuguesa tendría recorrido hasta la revolución española de 1868, pero tras el fallecimiento de don Pedro en 1834, el iberismo en España quedaría más ligado a movimientos republicanos; para 1841, el poeta parecía más próximo a las ideas de unificación del periódico radical El Huracán 78. De hecho, Espronceda pudo interesarse ya en el exilio por otras propuestas de unión de este talante, pues ya entonces se había gestado un iberismo que desconfiaba de los Braganza. Un planteamiento abiertamente federal fue desarrollado por el filólogo catalán Antonio Puig y Blanch en un tratado que publicó en Londres en 1830 79.
Pero, por encima de la forma de gobierno con que se llevase a cabo, el iberismo incardinaba una serie de principios políticos muy próximos a los de Espronceda, como el de la fraternidad y el progreso, así como la independencia frente a la injerencia de Francia y, especialmente, Inglaterra, en los asuntos peninsulares 80. Así, era también muy consciente de los recelos que podía tener en Portugal el plantear la unión en los términos equivocados. La negatividad con que se recordaba en el país vecino la unión peninsular bajo la dinastía de los Austrias entre 1580 y 1640 era importante 81. En su texto, Espronceda plantea de forma clara que la unificación debe llevarse en términos de fraternidad y no de anexión, y evitar así los errores del pasado:
«La mal entendida política de Felipe II alejó de nosotros la buena voluntad de los portugueses; su orgullo herido los convirtió en enemigos nuestros irreconciliables, y todavía aquellas preocupaciones quedan arraigadas hondamente en el corazón de nuestros vecinos. [...] Y mientras por todas partes anchos canales dan franco paso a las relaciones de todos los pueblos, estamos nosotros más lejos de nuestros naturales hermanos que de las naciones más extrañas. Considerar, pues, cuál sea el mejor medio de unir dos hijos de una misma madre y formar un solo pueblo, fuerte y poderoso, de los que dividiera una rivalidad equivocada y la codicia y el egoísmo del extranjero» 82.
He aspirado en el presente artículo a reparar en la génesis durante la emigración de ciertas ideas y planteamientos políticos que definirían a Espronceda el resto de su vida tras su vuelta a España. A modo de conclusión, quiero resaltar que fue en esos momentos cuando comenzó a apreciar la posible deriva excluyente que podía adquirir la revolución liberal. El poeta tomó nota de lo insuficiente de la revolución de 1830 en Francia, así como del ascenso en Europa de un nuevo sistema de desigualdades establecido no en función de la genealogía, sino de la banca. La transformación política ignoraba el bienestar de los desfavorecidos y, sobre todo, era injusto en tanto que no apreciaba las virtudes del talento y el mérito. En la emigración, Espronceda fue testigo de cómo los revolucionarios establecidos en el Pirineo eran traicionados y apartados por el régimen liberal francés, el cual también entró en connivencia con el zar de Rusia para abandonar a su suerte a los independentistas polacos. A pesar de lo resentido que el sistema del Congreso de Viena parecía estar en 1830, la fraternidad revolucionaria seguía siendo una utopía.
Y tampoco parecía haber lugar para el despliegue del talento individual y enérgico en política. La nostalgia por un idealizado Napoleón representaba la añoranza por el ascenso al poder de un hombre de pueblo y un hijo de la revolución, pero las autoridades de la Europa decimonónica no parecían ir en esa dirección. Durante la emigración, los héroes románticos fueron víctimas de traiciones, como Torrijos, o utilizados para servir a los intereses del nuevo orden, como Chapalangarra. La emigración fue, por tanto, toda una escuela política para el poeta y sacó de ella un espíritu demócrata con el que hacer frente a un nuevo sistema elitista.
Sin haber sido un conspirador importante en el sentido de que no tuvo un peso relevante en la toma de decisiones de los liberales emigrados, Espronceda se mantuvo muy activo en los círculos revolucionarios. De esta manera, fue claramente influenciado por las aspiraciones más renovadoras y progresistas de la corriente liberal, las que aspiraban a regenerar todo el continente sobre uno de los tres pilares espirituales de la Revolución francesa, el más ignorado por el liberalismo doctrinario, el de la fraternidad, pilar que estaría presente en sus canciones sobre los marginados y en sus llamamientos a ampliar la base social del régimen liberal. Una fraternidad en la que —de forma anónima— se formó en estos años de exilio, siempre desde la combatividad, pero no para agotarse en la misma, como afirmó Casalduero, sino para construir sobre ella un mundo diferente.
* Artículo realizado en el marco del proyecto del Plan Estatal de I+D+i, «Espacios emocionales: los lugares de la utopía en la historia contemporánea», referencia PGC2018-093778-B-I00.
1 Luis Maestre Álvarez: «Análisis actual del conjunto de la vida de Espronceda. Aspectos humanos del poeta», en José Luis Bernal Salgado y Miguel Ángel Lama (eds.): José de Espronceda en su centenario (1808-2008), Mérida, Editorial Regional de Extremadura, 2009, pp. 39-62, esp. pp. 56-57.
2 Justyna Cecylia Nowicka: El poema disgresivo romántico en España y Polonia: Juliusz Slowacki, Ryszard Berwinski, José de Espronceda y José Joaquín de Mora, Sevilla, Padilla Libros Editores y Libreros, 2018, p. 221.
3 Guillermo Carnero: «Espronceda, poeta fronterizo», en José Luis Bernal Salgado y Miguel Ángel Lama (eds.): José de Espronceda en su centenario (1808-2008), Mérida, Editorial Regional de Extremadura, 2009, pp. 103-114, esp. p. 106.
4 Guillermo Carnero: «Introducción», en José de Espronceda: Poesía y prosa. Prosa literaria y política. El estudiante de Salamanca. El diablo mundo, edición de Guillermo Carnero, Madrid, Espasa Calpe-Austral, 1999, p. 81.
5 Enrique Rodríguez Solís: Espronceda: su vida, su tiempo y sus obras, Madrid, Imp. De Fernando Cao y Domingo de Val, 1883, pp. VI-VII, y Joaquín Casalduero: Espronceda, Madrid, Gredos, 1967, p. 9.
6 Antonio Ferrer del Río: «Biografía de don José de Espronceda», en Juan Eugenio Hartzenbusch (ed.): Obras poéticas de D. José de Espronceda, París, Baudry, Librería Europea, 1870, pp. XI-XXIII, esp. p. XIV.
7 Enrique Rodríguez Solís: Espronceda: su vida..., p. 76.
8 Guillermo Carnero: Espronceda, Madrid, Ediciones Júcar, 1974, p. 18.
9 José Cascales y Muñoz: D. José de Espronceda: su época, su vida y sus obras, Madrid, Biblioteca Hispania, 1914, p. 189.
10 Juan López Núñez: José de Espronceda. Biografía anecdótica, Madrid, Editorial Mundo Latino, 1917, p. 35.
11 Vicente Llorens: El Romanticismo español, Madrid, Fundación Juan March-Castalia, 1979, p. 466.
12 Ibid., pp. 467-470.
13 Manuel Fernández Nieto: «La obra marginal de Espronceda», en José Luis Bernal Salgado y Miguel Ángel Lama (eds.): José de Espronceda en su centenario (1808-2008), Mérida, Editorial Regional de Extremadura, 2009, p. 163.
14 Felipe B. Pedraza Jiménez y Milagros Rodríguez Cáceres: Manual de literatura española, VI. Época romántica, Pamplona, Cénlit Ediciones, 1982, p. 519.
15 María Pilar Espín Templado: «Espronceda, adalid de la libertad en España», en Piero Menarini (ed.): Romanticismo y exilio: actas del X Congreso del Centro Internacional Estudios sobre Romanticismo Hispánico «Ermanno Caldera» (Alicante, 12-14 de marzo de 2008), Bolonia, Il Capitello del Sole, 2009, pp. 51-63.
16 Robert Marrast: José de Espronceda y su tiempo, Barcelona, Crítica, 1989.
17 Alberto Gil Novales: «Espronceda ante Napoleón, 1841», y Gregorio Torres Nebrera: «Poesía, política y retórica en Espronceda», ambos en José Luis Bernal Salgado y Miguel Ángel Lama (eds.): José de Espronceda en su centenario (1808-2008), Mérida, Editorial Regional de Extremadura, 2009, pp. 15-38 y 193-214 (esp. pp. 204-208), respectivamente.
18 Dolores Thion Soriano-Mollá: «Espronceda en el exilio: Blanca de Borbón», en Piero Menarini (ed.): Romanticismo y exilio: actas del X Congreso del Centro Internacional Estudios sobre Romanticismo Hispánico «Ermanno Caldera» (Alicante, 12-14 de marzo de 2008), Bolonia, Il Capitello del Sole, 2009, pp. 267-282.
19 Guillermo Carnero: «Introducción...», p. 45.
20 Carmen Fernández-Daza Álvarez: «Francisco Fernández Golfín, los años del exilio (1823-1831)», en Actas de las IV Jornadas de Almendralejo y tierra de barros, Almendralejo, Asociación Histórica de Almendralejo, 2013, p. 52.
21 Guillermo Carnero: Espronceda..., p. 15; Philip Churchman: Byron and Espronceda, Nueva York, Macon Protat, 1909, p. 175, y Natalija Pop Zarieva y Krste Iliev: «The Byronic Hero: Emergence, Issues and Definition of his Progenies», Филко Зборник на трудови, 1 (2016), pp. 741-747.
22 José Cascales y Muñoz: D. José de..., pp. 174-175.
23 Por poner sólo unos ejemplos repartidos en el tiempo, Juan López Núñez: José de Espronceda..., p. 141; Guillermo Carnero: Espronceda...., pp. 93-94; George M. Ridenour: «The Spanish Byron», Studies in Romanticism, 30 (1991), pp. 213-233. Una interesante y reciente evaluación de este largo debate en Sergio Arlandis y Agustín Reyes Torres: «De Lord Byron a José de Espronceda: imagen y espíritu romántico en la figura del pirata», Revista Signa, 27 (2018), pp. 171-203.
24 Esteban Pujals: Espronceda y Lord Byron, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1972.
25 Sobre este modelo heroico me remito a dos publicaciones recientes: Antonio Calvo Maturana: «“La vida de un ciudadano, más que suya es de la patria”: en torno al héroe del reformismo ilustrado español», Cuadernos de Ilustración y Romanticismo, 26 (2020), pp. 7-65, y Nuria Soriano Muñoz: «Sobre el héroe como figura legitimadora de los valores de la Ilustración. Estrategias de producción, cambios y desacuerdos», Studia Storica., Historia contemporánea, 38 (2020), pp. 17-43.
26 Juan Luis Simal: Emigrados. España y el exilio internacional, 1814-1834, Madrid, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2012, pp. 488-489; Raquel Sánchez: «El héroe romántico y el mártir de la libertad: los mitos de la revolución en la España del siglo xix», La Albolafia: Revista de humanidades y cultura, 13 (2018), pp. 45-66, esp. p. 46, y José María Ferru Coll: «Napoleón y los románticos españoles. Del odio al invasor a la veneración de sus cenizas», Cuadernos de Ilustración y Romanticismo, 26 (2020), p. 117.
27 Richard Stites: The Four Hoursemen: Riding to Liberty in Post Napoleonic Europe, Oxford, Oxford University Press, 2014, pp. 4, 18 y 68.
28 Rafael Argullol: El héroe y el único, Madrid, Taurus, 1982, p. 272, y Richard Stites: The Four Hoursemen..., p. 18.
29 Raquel Sánchez: «El héroe romántico...», p. 46.
30 Joaquín Casalduero: Espronceda..., p. 26.
31 Robert Marrast: José de Espronceda..., pp. 136-137.
32 Ibid., pp. 141-142 y 173-174.
33 Luis Maestre Álvarez: «Análisis actual del...», p. 49.
34 Irene Castells Oliván: La utopía insurreccional: las conspiraciones liberales en el sur de España durante la «ominosa década», tesis doctoral, Universidad Autónoma de Barcelona, 1981; íd.: La utopía insurreccional del liberalismo, Barcelona, Crítica, 1989; íd.: «José María Torrijos (1791-1831). Conspirador romántico», en Isabel Burdiel y Manuel Pérez Ledesma (coords.): Liberales, agitadores y conspiradores, Madrid, Espasa Calpe, 2000, pp. 73-98, y Raquel Sánchez: «El héroe romántico...», p. 58. Una biografía interesante y reciente es la de Francisco Javier Salmerón Giménez: Torrijos, primer enemigo del trono: quince años de lucha por la libertad, Murcia, Asamblea Regional de Murcia, 2018.
35 Frederick B. Artz: Reactions and revolution, 1814-1832, Nueva York, Harper & Row, 1963, pp. 55-58; Michael Broers: Europe after Napoleon, Manchester, Manchester University Press, 1996, pp. 4-5, y Martyn Lyons: Post-revolutionary Europe, 1815-1856, Londres, Palgrave Macmillan, 2006, pp. 57-58.
36 La bibliografía anglosajona que se ha centrado en esta generación de Apóstoles y su relación con Torrijos y la aventura española es extensa. Cabría destacar, Frances M. Brookfield: The Cambridge «Apostles», Londres, Butler & Tanner, 1906; A. J. Sambrook: «Cambridge Apostles at a Spanish Tragedy», English Miscellany, 16 (1965), pp. 183-194; Marion Shaw: «Friendship, poetry and insurrection: the Kemble letters», en Robert Douglas-Fairhurst y Seamus Perry (eds.): Tennyson among the poets, Oxford, Oxford University Press, 2009, pp. 213-230; Peter Allen: The Cambridge Apostles, Cambridge, Cambridge University Press, 2010, y Eric W. Nye: John Kemble’s Gibraltar Journal, Londres, Palgrave Macmillan, 2015.
37 Irene Castells Oliván: La utopía insurreccional..., p. 746.
38 Luisa Sáenz de Viniegra: Vida del general don José María de Torrijos y Uriarte, Madrid, Imprenta de Manuel Minuesa, 1860, y Antonio Ferrer del Río: «Biografía de...».
39 José de Espronceda: El Ministerio Mendizábal, Madrid, Imprenta de Repullés, 1836.
40 José de Espronceda: «El Ministerio Mendizábal», en Guillermo Carnero (ed.): José de Espronceda..., p. 192. En cursiva en el original.
41 Alberto Gil Novales: «Espronceda ante Napoleón...», pp. 15-37.
42 Manuel Alvargonzález Fernández: «José María de Torrijos y la teorización del político romántico a través de Napoleón Bonaparte», Cuadernos de Ilustración y Romanticismo, 24 (2018), pp. 701-721.
43 José de Espronceda: «Política general», en Guillermo Carnero (ed.): José de Espronceda..., p. 201.
44 Martyn Lyons: Post-revolutionary Europe..., pp. 22-23.
45 Nere Basabe: Del Imperio a la federación: la idea de Europa en Francia, 1800-1848, tesis doctoral, Universidad Complutense de Madrid, 2010, p. 161.
46 Sudhir Hazareesingh: The legend of Napoleon, Londres, Granta Books, 2005, p. 85; Nere Basabe: Del Imperio a..., p. 78, y Philip Dwyer: Napoleon: Passion, Death and Resurrection, 1815-1840, Londres, Bloomsbury, 2018, pp. 45-76.
47 Sudhir Hazareesingh: The legend of..., pp. 31 y 129-135.
48 Irene Castells Oliván: «La resistencia liberal contra el absolutismo fernandino (1814-1833)», Ayer, 41 (2001), pp. 43-62, esp. p. 59.
49 Nere Basabe: Del Imperio a..., pp. 101-103, y Juan Luis Simal: Emigrados. España y el..., p. 462.
50 Adam Zamoyski: Napoleon: The man behind the myth, Londres, William Collins, 2018, pp. 5 y 111.
51 Alberto Gil Novales: «Espronceda ante Napoleón...», p. 21.
52 Ibid., p. 30.
53 Guillermo Carnero: Espronceda..., p. 37.
54 José Cascales y Muñoz: D. José de..., pp. 283-284.
55 Frederick B. Artz: Reactions and revolution..., pp. 118-124.
56 Ibid., p. 217.
57 Michael Broers: Europe after Napoleon..., pp. 67-77.
58 Martyn Lyons: Post-revolutionary Europe..., p. 9.
59 Esteban Pujals: Espronceda y Lord..., p. 4.
60 Guillermo Carnero: Espronceda..., p. 36, y Justyna Cecylia Nowicka: El poema disgresivo..., pp. 190-191.
61 José Cascales y Muñoz: D. José de..., p. 140, y Luis Maestre Álvarez: «Análisis actual del...», p. 48.
62 Robert Marrast: José de Espronceda..., p. 173.
63 David H. Pinkney: The French Revolution of 1830, Princeton, Princeton University Press, 1972, pp. 252-273.
64 Philip Churchman: Byron and Espronceda..., p. 62, y Esteban Pujals: Espronceda y..., pp. 313-319 y 403.
65 José de Espronceda: «El Ministerio Mendizábal...», p. 189.
66 José Antonio Rocamora Rocamora: El nacionalismo iberista (1808-1936), tesis doctoral, Universidad de Alicante, 1990, pp. 35-37 y 47-79; íd.: «Un nacionalismo fracasado: el iberismo», Espacio, tiempo y forma, Serie V, Historia Contemporánea, 2 (1998), p. 30, y Pablo Hernández Ramos: El iberismo en la prensa de Madrid, 1840-1874, tesis doctoral, Universidad Complutense de Madrid, p. 182.
67 Joaquín Varela Suanzes-Carpegna: «El primer constitucionalismo español y portugués (un estudio comparado)», Historia constitucional, 13 (2012), pp. 99-117.
68 Sophie Bustos: La nación no es patrimonio de nadie. El liberalismo exaltado en el Madrid del Trienio liberal (1820-1823): Cortes, gobierno y opinión pública, tesis doctoral, Universidad Autónoma de Madrid, 2017, pp. 219-224.
69 Ibid., p. 68.
70 Braz Augusto Aquino Brancato: «D. Pedro I do Brasil e IV de Portugal e o constitucionalismo ibérico», Historia Constitucional, 5 (2002), pp. 141-159.
71 La relación con Teresa Mancha no es un tema que nos ocupe en el presente artículo. La misma fue retratada magistralmente en su momento por Rosa Chacel en su novela Teresa (1941), relato agobiante, claustrofóbico y antirromántico sobre nuestro Romanticismo.
72 Alberto Gil Novales: «Repercusiones españolas de la Revolución de 1830», Anales de literatura española, 2 (1983), pp. 281-328.
73 Carmen Fernández-Daza Álvarez: «Francisco Fernández Golfín...», pp. 56-57.
74 Luisa Sáenz de Viniegra: Vida del general..., t. I, pp. 303-307, e Irene Castells Oliván: La utopía insurreccional del..., p. 116.
75 Luis Fernández Martín: El general don Francisco de Longa y la intervención española en Portugal, 1826-1827, Bilbao, Publicaciones de la Junta de Cultura de Vizcaya, 1954, p. 41, y Emilio La Parra: Fernando VII: un rey deseado y detestado, Barcelona, Tusquets, 2018, p. 556.
76 Irene Castells Oliván: La utopía insurreccional..., pp. 130-131; Juan Luis Simal: Emigrados. España y el..., p. 354, y Carmen Fernández-Daza Álvarez: «Francisco Fernández Golfín...», p. 61.
77 John Kemble: «John Kemble’s Gibraltar Journal», en Eric W. Nye (ed.): John Kemble’s Gibraltar Journal, Londres, Palgrave Macmillan, 2015, pp. 71-72, y Archivo Histórico Nacional, Estado, leg. 3075, «Palacio 5 de septiembre de 1830».
78 Pablo Hernández Ramos: El iberismo en..., pp. 188 y 198-202.
79 José Antonio Rocamora Rocamora: El nacionalismo iberista..., p. 53, y César Rina Simón: Iberismos. Expectativas peninsulares en el siglo xix, Madrid, Funcas, 2016, p. 89.
80 Juan Carlos Jiménez Redondo: «Comunidad histórica y conflicto nacional en el espacio ibérico: el peso de la larga duración histórica», en César Rina Simón (ed.): Procesos de nacionalización e identidades en la península Ibérica, Cáceres, UEX, 2017, pp. 153-162, esp. p. 160; Montserrat Huget: «El Iberismo: un proyecto de espacio público peninsular», Alcores, 4 (2007), p. 244, y César Rina Simón: Iberismos. Expectativas peninsulares..., pp. 28 y 61.
81 Sérgio Campos Matos: «Iberismos, pan-hispanismo, fronteiras: uma reflexão conceptual», en César Rina Simón (ed.): Procesos de nacionalización e identidades en la península Ibérica, Cáceres, UEX, 2017, pp. 139-152, esp. p.139.
82 José de Espronceda: «Política general ...», pp. 205-206.