Ayer 141 (1) 2026: 111-141
Marcial Pons Ediciones de Historia
Asociación de Historia Contemporánea
Madrid, 2025
ISSN: 1134-2277
DOI: 10.55509/ayer/3241
© Agustí G. Larios
© Javier Tébar Hurtado
Recibido: 23-11-2025 Aceptado: 30-11-2025 Publicado on-line: 15-01-2026
Editado bajo licencia CC Attribution-NoDerivatives 4.0 License

Falange y la cultura política del fascismo español en la historiografía reciente

Agustí G. Larios

Universitat de Barcelona
agarcialarios@ub.edu

Javier Tébar Hurtado

Universitat de Barcelona
javiertebar@ub.edu

Resumen: Este artículo examina la historiografía producida en el último cuarto de siglo sobre Falange, destacando el cambio interpretativo desde un enfoque político-institucional hacia perspectivas culturales y sociales. Frente a las lecturas centradas en la estructura política, la doctrinal y el fracaso del proyecto totalitario, buena parte de los estudios recientes han situado el falangismo en el terreno de las culturas políticas, la socialización autoritaria y las prácticas cotidianas del poder. El texto revisa los debates en torno al fascismo español y su inserción en el marco de los fascismos europeos, la relación entre Falange y la dictadura franquista, la fascistización cultural, las formas de consenso autoritario y la importancia de los servicios y secciones del Movimiento. Asimismo, se incorporan aportaciones territoriales y de la prosopografía que han revelado la diversidad de experiencias locales. El artículo concluye señalando que esta evolución ha influido en nuevas líneas de investigación y una ampliación de los marcos de interpretación sobre el falangismo.

Palabras clave: Falange, fascismo español, franquismo, culturas políticas, historiografía.

Abstract: This article examines the historiography produced over the last quarter century on Falange, highlighting the interpretive shift from a political-institutional framework toward cultural and social perspectives. Moving beyond readings focused on political structures, doctrine, and the failure of the totalitarian project, much recent scholarship has situated Falangism within the field of political cultures, authoritarian socialization, and the everyday practices of power. The text reviews the debates surrounding Spanish fascism and its place within the broader constellation of European fascisms, as well as the relationship between Falange and the Franco dictatorship, cultural fascistization, forms of authoritarian consensus, and the role of the Movement’s services and sections. It also incorporates territorial approaches and prosopographical studies that have revealed the diversity of local experiences. The article concludes by noting that this historiographical evolution has fostered new lines of research and broadened the analytical frameworks through which Falangism is interpreted.

Keywords: Falange, Spanish fascism, Francoism, political cultures, historiography.

Introducción

En 1965, el hispanista estadounidense Stanley G. Payne publicaba Falange. Historia del fascismo español 1. Desde entonces, el estudio de Falange Española y de las JONS, su evolución hacia Falange Española Tradicionalista y su integración en el Movimiento Nacional —el continuum en palabras de Joan Maria Thomàs— 2 ha recorrido un extenso itinerario que comprende desde la eclosión de la historia política de la década de 1980 hasta las más recientes aproximaciones desde las perspectivas social y cultural. La historiografía ha proporcionado un robusto marco interpretativo en torno a la estructura orgánica y la cronología del movimiento político, si bien en los últimos veinticinco años hemos asistido a una ampliación de enfoques, impulsada por la renovación de las cuestiones historiográficas y por la irrupción de nuevas sensibilidades en torno al estudio de la dictadura franquista. Ejemplo de ello es la obra Falange. Las culturas políticas del fascismo en la España de Franco (1936-1975) 3, una aportación renovada que ofrece una lectura coral, interdisciplinar y descentrada de Falange, más como un entramado de culturas políticas que como bloque ideológico homogéneo.

La renovación metodológica que ha acompañado el auge de la historia cultural del fascismo, de la historia de las actitudes sociales y de los estudios de género ha dotado al campo historiográfico de una fertilidad notable, y, como consecuencia de ello, el falangismo ha dejado de ser solo o principalmente una cuestión de ideología o de aparato político para convertirse en un observatorio privilegiado de las prácticas sociales y de los imaginarios de poder que caracterizaron a la dictadura. De este modo, si la historiografía de las décadas anteriores concebía el movimiento como un proyecto frustrado absorbido por el régimen franquista, las lecturas más recientes toman en cuenta la complejidad del fenómeno y proponen considerarlo, simultáneamente, como una matriz ideológica, una cultura de poder, un mecanismo burocrático y una experiencia de sociabilidad autoritaria.

En un sentido lato, revisar hoy la historiografía sobre Falange producida durante el último cuarto de siglo implica atender a la pluralidad de escalas en que opera: desde el plano doctrinal —esto es, la definición del fascismo español en comparación con los modelos europeos— hasta el nivel microhistórico de los servicios, las secciones o las redes locales de poder. Para acometer esta tarea partimos de dos estados de la cuestión previos, el de Thomàs, elaborado en 2008, y el de Julián Sanz, propuesto en 2013 4. Ambos señalaban algunas líneas de investigación que ofrecían sólidas posibilidades de desarrollo futuro. Esto facilita que en este artículo se persiga, en primer lugar, ofrecer una síntesis interpretativa de los principales ejes de estudio sobre Falange y el falangismo en la España contemporánea, con atención especial a los debates conceptuales que la han atravesado, y, en segundo término, situar sus desarrollos en el contexto de la historiografía europea del fascismo, tomando en cuenta los giros comparativos y transnacionales que han permitido reinsertar la experiencia española en la pluralidad de los fascismos de entreguerras, es decir, como parte de un ecosistema europeo de culturas fascistas, compartiendo con ellas una concepción sacrificial de la política y el uso de la violencia, una estética de la pureza y un culto a la comunidad orgánica. En definitiva, ofrecemos una lectura panorámica de este itinerario que examine la genealogía de las interpretaciones desarrolladas a lo largo de los últimos veinticinco años para establecer los puntos de continuidad y ruptura de una producción historiografía madura, pero que mantiene algunas zonas de penumbra.

La naturaleza de Falange y las formas españolas de fascismo

La reflexión sobre la naturaleza del fascismo español ha experimentado en las últimas décadas un giro sustancial, por cuanto se ha operado una transición desde una definición doctrinal o institucional a una comprensión cultural y relacional de este fenómeno. Este cambio ha tenido consecuencias directas sobre el estudio del partido único español, que ha dejado de ser entendido únicamente como partido para convertirse en un observatorio privilegiado de la antropología política del franquismo. Dicho de otro modo, la historiografía reciente ya no se pregunta únicamente si la Falange fue o no fascista, sino cómo funcionó como matriz cultural, moral y emocional de un régimen político de tan larga duración. Durante buena parte del siglo xx, la interpretación dominante del fascismo español estuvo marcada por la obra de Payne, quien concibió la Falange como una variante incompleta y dependiente del fascismo italiano, incapaz de materializar su proyecto revolucionario 5. La categoría de «fascismo frustrado» o «abortado» pesó durante décadas sobre la narrativa académica, reforzando una lectura teleológica en la que el triunfo de Franco aparecía como negación del falangismo. Esa visión, centrada en la estructura política y en la ideología programática, fue acompañada por la influencia de los enfoques comparativos de Ernst Nolte y Renzo De ­Felice, quienes privilegiaron el análisis de los movimientos fascistas puros frente a las hibridaciones autoritarias. Sin embargo, a partir de la primera década del siglo xxi, el debate internacional sobre los fascismos como culturas políticas modificó sustancialmente el marco de referencia, pues las aportaciones de Roger Griffin —quien definió el fascismo como un «ultranacionalismo palingenésico» orientado a la regeneración moral de la nación— y Emilio Gentile —que lo interpretó como una «religión política de la nación»— abrieron nuevas vías para repensar el caso español. La historiografía más reciente concibe el fascismo no como una ideología rígida, sino como un «fenómeno genérico», el «fascismo genérico» propuesto por Griffin, caracterizado por una dinámica de regeneración nacional articulada mediante la movilización y la violencia 6.

En este marco conceptual, los estudios sobre Falange han reconfigurado su análisis y, más que preguntarse si fue un fascismo pleno o incompleto, se interrogan sobre la manera en que el fascismo se localizó en el contexto español, hibridándose con tradiciones católicas, conservadoras y militaristas. En este sentido, las aportaciones de Ismael Saz resultan fundamentales para este desplazamiento en el examen de dos culturas políticas confrontadas: el nacionalcatoliscismo y el falangismo 7. Asimismo, Patrizia Dogliani y Giorgia Priorelli 8 sitúan el caso español dentro de un arco de fascismos periféricos que compartieron el objetivo de una regeneración moral más que de una revolución estructural. Más recientemente, Zira Box ha abordado desde otro ángulo este fuerte impulso regeneracionista de FET y de las JONS, y llega a la conclusión de que, durante la guerra y la inmediata posguerra, el falangismo imaginó la nación empleando un moldeamiento del género para formular su proyecto nacionalista, que caracteriza como de «nación viril» 9.

Las lecturas comparadas, por otro lado, han permitido ver en Falange una experiencia nacional del fascismo europeo, más que su mera traducción. Tal como han planteado Thomàs y José Luis ­Rodríguez Jiménez, este partido fue un movimiento minoritario, pero ideológicamente radical, cuya influencia política creció gracias a la guerra civil y a su integración forzada en el franquismo. Así, pese a su retórica fascista y revolucionaria, Falange quedó subordinada a los poderes tradicionales del régimen, siendo su papel más simbólico que realmente decisivo en la estructura del franquismo 10. Ferran Gallego, en El evangelio fascista, subraya cómo el mito de la redención nacional a través de la violencia compartía con el fascismo italiano un horizonte de pureza moral y juventud heroica, aunque difería en su anclaje católico 11. Pedro Carlos González­ ­Cuevas, por su parte, entiende que el falangismo tradujo el mito palingenésico a una clave espiritual, transformando el totalitarismo en mística 12. La obra colectiva Falange. Las culturas políticas del fascismo en la España de Franco aporta una dimensión complementaria a este panorama; así, los capítulos de Ruiz Carnicer y Morente exploran cómo el partido, más allá de su supuesto fracaso político, configuró una «cultura falangista» que sobrevivió durante décadas, capaz de dotar de coherencia simbólica al régimen 13. En esa perspectiva, Falange no sería un mero intento frustrado de fascismo, sino una forma española de nacionalismo totalitario adaptado a la cultura católica. En el marco de los estudios comparados, representaría una modalidad periférica del fascismo europeo, adaptada a un país donde la Iglesia y el Ejército limitaron la construcción de un Estado totalitario. Análogamente, la comparación con los fascismos europeos propuesta por Gentile y Griffin muestra que la España falangista compartió con aquellos la voluntad de construir un «nuevo hombre», pero careció del marco de modernidad política que facilitó el éxito de los regímenes italiano y alemán. La ausencia de una revolución cultural y el peso de la tradición clerical limitaron el alcance totalitario de Falange, pero no su ambición regeneradora. En otros términos, Falange se convirtió en un fascismo cultural y moral antes que político, una matriz simbólica que nutrió el imaginario del franquismo.

Aun cuando Payne y Gil Pecharromán ya sostuvieron que Falange fue un movimiento autoritario con rasgos fascistas, los análisis más recientes, desde Saz, Thomàs y González Calleja hasta Gallego, tienden a ubicarla dentro de la familia fascista europea, aunque con particularidades nacionales 14. En todos ellos se subraya que la heterogeneidad ideológica dentro del régimen franquista condujo a la formación de una «coalición reaccionaria» que agregó a los fascistas y otros grupos conservadores y monárquicos con la finalidad de mantener el poder. En la interpretación de Saz, Falange representa un pilar ideológico muy potente —que habría coexistido y competido con el nacionalcatolicismo, expresando tensiones ideológicas permanentes entre los nacionalismos falangista y católico— y una transformación cultural de carácter gradual hacia la institucionalización del régimen 15. Los recientes estudios de Gallego y González Calleja insisten en que el falangismo participó de un proceso de fascistización que afectó tanto a la política como a la cultura 16. En ellos, el fascismo español aparece como un fenómeno híbrido, en el que un «catolicismo político» asimiló los códigos de la modernidad fascista sin romper del todo con la tradición contrarrevolucionaria. Quiere esto decir que Falange fue, antes que un proyecto totalitario, una tentativa de síntesis entre la revolución nacional y la ortodoxia religiosa. En ese sentido, Ruiz Carnicer explora la «fascistización social» como proceso de penetración cultural, en el que el falangismo actuó como mediador entre la ideología y la vida cotidiana, entre el Estado y la sociedad, configurando una suerte de moral cívica de la obediencia y el sacrificio 17. Francisco Morente, en su estudio sobre Rafael Sánchez Mazas, muestra cómo el falangismo de los intelectuales transformó el fascismo en una experiencia espiritual, para lo que vinculó estética, religión y nación 18.

Siguiendo este planteamiento, parece que cuestionarse si Falange fue fascista ha perdido parte de su sentido ante la evidencia de que lo fascista se manifiesta más en las prácticas y emociones que en las etiquetas doctrinales; es decir, la violencia, la liturgia de la comunidad y la exaltación de la juventud —como ha estudiado Javier Rodrigo— 19 constituyen los rasgos definitorios de esa experiencia. Por consiguiente, la discusión actual se orienta menos a definir la esencia que a examinar la función: ¿Falange operó como lenguaje de legitimación, canal de movilización y pedagogía emocional del franquismo? Aun cuando la muerte de José Antonio truncó el proyecto de partido totalitario, la organización mantuvo una función ideológica crucial; esto es, dotar de coherencia simbólica al régimen. La cultura del sacrificio, la retórica de la redención y la pedagogía del deber articularon lo que Julián Sanz denomina «cultura política falangista» 20. En un sentido parecido, el estudio de Ángela Cenarro sobre el Auxilio Social revela cómo la moral falangista penetró en el tejido social mediante la caridad disciplinaria, generando adhesión más por emoción que por convicción 21.

El análisis doctrinal de la Falange prefranquista ha conocido una renovación sustancial. Los trabajos de José Cuadrado y Antonio­ Pascual y de Ferran Gallego insisten en que el nacionalsindicalismo fue una amalgama de tradiciones europeas —el sindicalismo revolucionario, el corporativismo católico, el fascismo italiano— reinterpretadas desde el contexto español 22. A este respecto, diversos autores coinciden en señalar que la dimensión doctrinal del falangismo se sostuvo en la retórica mística más que en la sistematización teórica. Por ejemplo, Morente y Ruiz Carnicer destacan cómo el discurso joseantoniano funcionó como lenguaje de emoción y no como programa racional, de manera que su eficacia residía en la promesa de comunión y en el mito del sacrificio 23. En la interpretación de Gallego, el nacionalsindicalismo debe entenderse como parte de un proceso de fascistización en el que se entrelazan elementos de regeneración nacional y tradiciones católicas, es decir, una tentativa de articulación de un proyecto nacionalcatólico con pretensiones regeneradoras 24. En otros términos, Falange buscó sustituir la lucha de clases por una armonía orgánica inspirada en el cuerpo místico de la nación. Este ideal de comunidad se expresó en la tríada «Patria, Pan y Justicia», síntesis de la utopía falangista de reconciliación social bajo un Estado corporativo. Thomàs interpretó el carisma de José Antonio como elemento estructural: la Falange era, ante todo, una comunidad de creyentes que sobrevivió a la pérdida del fundador transformando su ausencia en mito 25. Esta lectura, además, se ve ampliada por ­Cenarro, pues, según la autora, la doctrina falangista, al institucionalizarse en el franquismo, se tradujo en una pedagogía del deber y de la emoción 26. En el terreno educativo, el falangismo promovió una moral de servicio, disciplina y pureza, cuyos ecos habrían podido persistir en las políticas juveniles y en la Sección Femenina. Begoña Barrera ha mostrado que esta dimensión emocional del discurso falangista definió las identidades de género y el imaginario de sacrificio para las militantes falangistas 27.

Subordinación y pervivencia: Falange en la arquitectura del franquismo

La relación entre Falange y el franquismo ha sido, con razón, uno de los ámbitos de reflexión conceptual más duraderos de la historiografía contemporánea. Desde los primeros balances de Payne hasta los trabajos más recientes de Thomàs, Saz, Rodríguez Jiménez, Gallego o González Calleja, la cuestión ha oscilado entre dos polos: por un lado, la interpretación que presenta a Falange como un «partido frustrado» reducido a mera correa de transmisión del Estado y, por otro, la que la entiende como matriz de la cultura política del régimen, fuente de legitimidad moral y de pedagogía social. A decir verdad, el desplazamiento historiográfico de las últimas décadas ha venido a superar esta dicotomía simplificadora para proponer un análisis más complejo en el que Falange aparece simultáneamente como víctima y beneficiaria del proceso de construcción franquista, al verse despojada de su autonomía y, aun así, convertirse en instrumento indispensable del nuevo orden.

La literatura especializada coincide en considerar que el llamado «caso Hedilla» —episodio analizado con precisión por Thomàs y tratado también por Peñalba— 28 constituye el punto de inflexión decisivo en la historia política del falangismo. En la primavera de 1937, la pugna entre la ortodoxia joseantoniana y los sectores que apostaban por la integración bajo el mando de Franco se resolvió con la firma del Decreto de Unificación, verdadero coup de force jurídico que liquidó la posibilidad de una Falange totalitaria y generó, de facto, un aparato político domesticado: la Falange Española Tradicionalista y de las JONS. Ni que decir tiene que aquel acto selló la subordinación del falangismo a la lógica del Estado militar y católico en formación, aunque, al tiempo, lo dotó de una paradójica supervivencia institucional. En efecto, la lectura de Thomàs, complementada por los trabajos de Gallego y González Calleja, muestra que la derrota política de los hedillistas no significó la extinción del proyecto falangista, sino su metamorfosis en burocracia y símbolo 29. El falangismo, transformado en órgano de Estado, perdió su impulso revolucionario, pero conservó la liturgia, el lenguaje y la estética de la comunidad total. Desde esta perspectiva, el proceso de unificación, lejos de anular al falangismo, lo convirtió en un acervo de legitimidad simbólica que el franquismo explotó durante décadas.

En esta misma línea, la obra colectiva dirigida por Ruiz Carnicer 30 propone entender el franquismo como un «ecosistema de culturas políticas», lo que permite observar la inserción de Falange no como cuerpo extraño, sino como componente estructural del régimen, como cantera de cuadros administrativos, escuela moral y laboratorio de la nueva ciudadanía autoritaria. Su transformación en instrumento de Estado no debería interpretarse como una derrota, sino como un éxito parcial, pues logró impregnar la maquinaria institucional de su lenguaje de servicio, disciplina y jerarquía.

El debate en torno a la fascistización del régimen ha sido uno de los más fecundos del último cuarto de siglo. Saz introdujo tempranamente el concepto de «dictadura fascistizada» para sintetizar la confluencia de elementos propiamente fascistas con otros de inspiración nacionalcatólica y de naturaleza reaccionaria, y con posterioridad planteó que el fascismo actuó como lenguaje de modernización política sin llegar a constituir el núcleo duro de la dictadura 31. Gallego y González Calleja, por su parte, han insistido en que Falange funcionó como mediadora entre la tradición católica y la modernidad fascista, como catalizadora de un proceso de hibridación ideológica que hizo posible la legitimidad del régimen durante la guerra y la posguerra 32. Y para Morente, Cenarro y Ruiz Carnicer, que han explorado esta cuestión desde un prisma cultural y social, la fascistización no fue solo un fenómeno político, sino un proceso de socialización emocional 33. La pedagogía falangista habría penetrado en los ámbitos cotidianos —la escuela, el trabajo, el ocio, la asistencia— modelando una subjetividad obediente. Aun cuando el Estado franquista se alejó de los ideales totalitarios, adoptó la retórica emocional del fascismo: el culto al sacrificio, la exaltación de la juventud, la ritualización de la comunidad. Por consiguiente, esto podría llevar a concluir que la dialéctica entre Falange y Estado no puede reducirse a la subordinación de un partido a un dictador.

El proceso de institucionalización del Movimiento Nacional transformó el ideal totalitario inicial en una red de jerarquías burocráticas que, no obstante, conservaron la retórica de la unidad orgánica 34. Falange, absorbida en el aparato del Estado, se convirtió en su rostro moderno, en el instrumento que permitía al régimen presentarse como síntesis entre tradición y revolución. En la práctica, el Movimiento actuaría como un espacio de poder intermedio entre las elites militares, la Iglesia y la sociedad civil, en el que los cuadros falangistas desempeñaron funciones administrativas, propagandísticas y asistenciales 35. Desde esta perspectiva, el falangismo actuaría eficientemente como argamasa simbólica de un Estado que combinó modernidad técnica y arcaísmo moral. Su transformación coincidió con su expansión como lenguaje político, y esa paradoja explicaría en buena parte la durabilidad del franquismo.

Falange y las formas del consenso autoritario franquista

El estudio del denominado consenso franquista y del papel de Falange en su configuración ha evolucionado en las dos últimas décadas desde un enfoque centrado en la coerción y la propaganda hacia una comprensión más compleja de las formas de integración social y de legitimidad cultural del régimen. Frente a la imagen primera del franquismo como mera dictadura represiva, la historiografía más reciente ha destacado los mecanismos de encuadramiento y socialización política que permitieron la reproducción del poder durante casi cuarenta años. En ese proceso, el falangismo desempeñó una función decisiva, pues proporcionó un lenguaje moral y simbólico de obediencia, una pedagogía del sacrificio y un aparato institucional de control cotidiano que contribuyeron a convertir la sumisión en virtud cívica.

El debate sobre el consenso no es nuevo 36, pero ha adquirido nuevos matices desde la primera década del siglo xxi 37. Quizá ­Miguel Ángel del Arco ha sido quien con mayor claridad ha planteado la necesidad de comprender el consenso no como adhesión ideológica, sino como resultado de una combinación entre coerción, supervivencia y participación cotidiana. Este autor muestra cómo la política de racionamiento, el Auxilio Social y la gestión paternalista de la escasez crearon vínculos de dependencia y lealtad 38. El falangismo, a través de su red asistencial y de su discurso de redención, fue el vehículo emocional de esa legitimidad social, en la medida en que transformó la ayuda en gratitud y la obediencia en deuda moral. En este mismo sentido, Cenarro ha insistido en el papel del Auxilio Social y de la Sección Femenina como espacios de socialización autoritaria, subrayando la doble lógica de esas instituciones: redentoras y disciplinarias, maternas y jerárquicas 39. El falangismo actuó, según esta autora, como agencia de moralización colectiva, naturalizando la desigualdad y el control político a través de la pedagogía de la asistencia. En buena medida, estas investigaciones han permitido comprender cómo el consenso franquista se edificó no solo sobre el miedo 40, sino también sobre una propuesta moral del servicio y del deber que estructuraría la vida cotidiana.

Por su parte, Saz ha propuesto una lectura más estructural del consenso al vincularlo con la noción de fascistización social 41. En sus trabajos sobre culturas políticas franquistas, este autor argumenta que la adhesión al régimen se basó en la asimilación de valores fascistas y católicos —como jerarquía, disciplina y unidad nacional— por amplios sectores de la población. No se trató de un consenso democrático, sino de una internalización cultural de la obediencia. Para ello, Falange proporcionó el léxico y los rituales de esa pedagogía política, como himnos, uniformes, saludos, ceremonias, campamentos, procesiones y una narrativa redentora del trabajo. La ideología falangista —reducida, ritualizada y convertida en moral— permeó la educación, la prensa y las instituciones locales, lo que dejó una huella duradera incluso después de su declive orgánico. En esta línea interpretativa resulta particularmente útil el concepto de «banalización» de FET y de las JONS formulado por Damián Alberto González Madrid, quien sostiene que, a partir de la posguerra y a lo largo del franquismo, el falangismo experimentó un proceso de desideologización progresiva por el cual sus códigos simbólicos, sus prácticas de obediencia y sus rituales disciplinarios se integraron en la vida cotidiana del régimen sin requerir una adhesión doctrinal explícita 42. Gallego, por el contrario, interpreta el falangismo como una cultura política que sobrevivió a su fracaso revolucionario gracias a su capacidad de convertirse en lenguaje del orden. La «contrarrevolución pendiente» —entendida como la aspiración moral a la regeneración eterna— sirvió de horizonte simbólico que dotó de sentido a la obediencia. Así, el consenso no fue tanto una aceptación pasiva como una forma de pertenencia emocional al relato de la nación redimida; Falange actuaría, más que como un partido, como cuerpo místico del franquismo, es decir, como una suerte de espacio donde se fundieron política, fe y disciplina. La interpretación del consenso como fenómeno cultural ha sido abordada también por González Calleja 43, quien matiza la idea de una «fascistización plena» del régimen, subrayando que el consenso fue el resultado de una alianza inestable entre nacionalcatolicismo y falangismo, en la que, mientras la Iglesia católica aportó la legitimidad espiritual, Falange proporcionó los mecanismos de encuadramiento y propaganda. El consenso, en consecuencia, fue un producto híbrido: ni puramente fascista ni exclusivamente clerical, sino un sistema de integración moral basado en la obediencia, la tradición y la comunidad.

Desde otra perspectiva, los estudios sobre la cultura popular y la vida cotidiana durante el franquismo han mostrado cómo la interiorización de valores autoritarios se entrelazó con las estrategias de supervivencia y con las expectativas de ascenso social. En los programas de Educación y Descanso, en las escuelas del Frente de Juventudes o en los concursos culturales del Movimiento se difundía una idea de felicidad disciplinada, articulada en torno al ocio como forma de educación política 44. El consenso se habría construido en el espacio intermedio entre la coerción institucional y la participación ritual, entre el miedo y la costumbre. Los trabajos de Del Arco y Cenarro han coincidido en destacar la ambivalencia moral del franquismo 45. El régimen fue capaz de transformar el sufrimiento y la escasez en instrumentos de legitimación, reescribiendo la miseria como sacrificio y el sacrificio como virtud. El consenso no se basaría, pues, en la adhesión racional a un proyecto político, sino en la afectividad moral de una comunidad imaginada que se percibía a sí misma como víctima redentora de la historia.

El diálogo entre fascismo y sociedad española durante el franquismo ha sido reinterpretado por distintos autores 46. Todos ellos coinciden en que Falange desempeñó un papel mediador entre el Estado y los ciudadanos, creando espacios de participación controlada donde la propaganda y la cultura se confundían. Esa línea interpretativa conecta con las reflexiones sobre la moral de la obediencia que atraviesan la historiografía más reciente. Autores como Saz o Gallego han señalado que el consenso franquista no debe confundirse con aceptación voluntaria, sino con la naturalización de la subordinación 47. Falange contribuyó a esa naturalización mediante un repertorio de prácticas simbólicas que reconfiguraron el espacio público, con estrategias como, por ejemplo, la exaltación de los caídos, la liturgia de la bandera o los discursos sobre el trabajo como oración.

Los laboratorios del autoritarismo: servicios, secciones y socialización falangista

Como se ha apuntado, uno de los reenfoques más significativos de la historiografía reciente sobre Falange ha consistido en conferir relevancia a sus estructuras sociales y culturales de encuadramiento. En los últimos años se han realizado aportaciones sobre algunas instituciones dentro de la constelación del partido único, como la de Peñalba sobre la Secretaría General del Movimiento, la de Ysàs sobre el Consejo Nacional del Movimiento, la de Ruiz Carnicer sobre el Servicio Universitario del Trabajo (SUT), la de ­Nicolás Sesma sobre el Instituto de Estudios Políticos o la de Ángel Alcalde sobre la Delegación Nacional de Excombatientes 48. La investigación sobre el sindicalismo vertical de Francisco Bernal también redefinió la Organización Sindical Española como una estructura de mediación y control, destinada a neutralizar el conflicto social bajo la retórica de la unidad nacional 49. Falange trasladó así su discurso de comunidad y armonía al ámbito del trabajo, sustituyendo la negociación por la obediencia. Lejos de constituir un experimento corporativista autónomo, los sindicatos falangistas se convirtieron en un aparato burocrático que garantizaba la reproducción del orden laboral autoritario. Y, más allá de la producción y el trabajo, Falange también desplegó su poder e influencia en el terreno del ocio y del tiempo libre.

En este campo, los llamados «servicios y secciones» —Auxilio Social, Sección Femenina, Frente de Juventudes y Educación y Descanso— se revelarían como auténticos laboratorios del autoritarismo social. La línea interpretativa inaugurada por Cenarro ha sido clave en este sentido, pues propone entender el Auxilio Social como una institución de gobierno moral, más que como una simple organización benéfica; un espacio donde la caridad se transformaba en control y la ayuda, en pedagogía de la sumisión 50. Algunos trabajos posteriores han ampliado esta perspectiva, mostrando cómo Falange gestionó el hambre y la escasez como una forma de legitimación política. Así, Del Arco plantea que el hambre de posguerra no fue solo un efecto colateral de la guerra civil, sino un recurso de poder 51. A través del Auxilio Social y de las Juntas Provinciales de Abastecimientos, el régimen administró la necesidad, estableciendo una jerarquía moral entre «productores fieles» y «desafectos». En esta lectura, Falange aparece como la mediadora de un contrato tácito entre el Estado y los hambrientos, basado en el canje de obediencia por socorro. Este enfoque ha permitido a la historiografía española integrarse en los debates internacionales sobre la vida cotidiana del fascismo y las formas sociales del consenso, impulsados por autores como Paul Corner o Victoria de Grazia, quienes han subrayado cómo los regímenes autoritarios consolidaron su legitimidad mediante la normalización de la disciplina y la colonización del ocio 52.

El Frente de Juventudes constituye otro ámbito donde la investigación reciente ha evidenciado la función moralizadora del falangismo. Emilio Castillejo ha mostrado que la educación juvenil se basaba en una disciplina corporal y afectiva que trasladaba al terreno civil los valores militares del sacrificio y la jerarquía 53. A través del deporte, la vida al aire libre y la instrucción cívica, el Frente de Juventudes construyó un modelo de masculinidad autoritaria, austera y nacional. En un estudio reciente, Aguilar, Hernández­ Burgos y Nueda analizan la organización Educación y Descanso como un ejemplo de la transformación del falangismo durante el «desarrollismo» 54. Creada para canalizar el ocio obrero bajo la ideología nacionalsindicalista, evolucionó en los años sesenta hacia una forma de turismo social desideologizado, donde la diversión se presentaba como mérito del Estado. Sostienen estos autores que esa «desfascistización funcional» del ocio fue una de las estrategias mediante las cuales el régimen legitimó su modernización sin renunciar a la tutela moral sobre los trabajadores.

Si el falangismo masculino se basó en la exaltación del sacrificio y la disciplina, el femenino articuló su poder a través del servicio, la pureza y la autoridad doméstica. Desde la historia cultural, ­Barrera ha mostrado que la Sección Femenina elaboró una mitología sentimental del sacrificio que legitimó la subordinación como forma de heroísmo 55. El falangismo femenino, en este sentido, no solo reprodujo el patriarcado, sino que lo llevó al plano emocional, convirtiéndolo en virtud cívica. Asimismo, los estudios de Hermida y Ofer han contribuido a repensar la Sección Femenina 56. Hermida muestra que, en el contexto de la inmediata posguerra, la Sección Femenina actuó como un instrumento de moralización social que combinó la subordinación doctrinal con el ejercicio real del poder sobre la vida cotidiana. Por su parte, Ofer interpreta el liderazgo de Pilar Primo de Rivera como el de una elite burocrática femenina que construyó su legitimidad en el cruce entre religión, asistencia y nacionalismo. El debate sobre la rivalidad entre Pilar Primo de ­Rivera y Mercedes Sanz-Bachiller, analizado por José Manuel ­Alfonso y Laura Sánchez, ha servido para profundizar en las tensiones internas del falangismo social 57. Ambas dirigentes representaban modelos distintos de autoridad femenina: la primera, de pureza ideológica; la segunda, de eficacia caritativa. En esa dualidad se revelaría, siquiera metafóricamente, la coexistencia de dos lógicas dentro del falangismo —la mística y la tecnocrática—, cuya interacción estructuraría la acción social del régimen.

En su conjunto, los servicios falangistas han sido reinterpretados como dispositivos de legitimación moral que sustituyeron la movilización totalitaria por la normalización del poder. Como ha señalado Cenarro, la pervivencia del Auxilio Social más allá del primer franquismo demuestra que su éxito no dependía de la ideología, sino de su capacidad para apropiarse de los lenguajes del bienestar y la caridad 58. En este sentido, los servicios falangistas encarnaron la transformación del fascismo en un autoritarismo tutelar, que no imponía por la fuerza lo que podía inculcar mediante la costumbre. En la intersección entre asistencia, educación, trabajo y ocio, Falange configuró una pedagogía del poder, es decir, un conjunto de prácticas que enseñaban a obedecer, sentir y comportarse según los principios del régimen. Y el éxito de esa pedagogía explicaría, en buena medida, la durabilidad del franquismo.

El falangismo en la periferia, la periferia del falangismo: Estado, territorio y poder

La evolución de los estudios territoriales sobre Falange durante el franquismo ha transformado sustancialmente la comprensión del régimen y de su cultura política. Ya hace años que la imagen de una dictadura monolítica, articulada en torno a un Estado centralizador y una organización partidaria omnipresente, no se corresponde con la ya ofrecida por estudios anteriores. En este sentido, las investigaciones más recientes —centradas en escalas provinciales y locales— están evidenciando que el franquismo fue un sistema de poder plural, negociado y profundamente dependiente de las mediaciones sociales del territorio. En definitiva, Falange se revela, más que como un aparato ideológicamente coherente, como un instrumento de articulación entre el Estado y las comunidades locales, y buena parte de su eficacia radicó precisamente en su capacidad de adaptación y en su función de enlace entre los diversos niveles de autoridad política, militar, eclesiástica y civil. Los estudios territoriales permiten observar que el Estado franquista se sostuvo, en la práctica, sobre una arquitectura de compromisos y jerarquías superpuestas, en la que Falange ejecutó en buena medida un papel de mediación. La homogeneidad ideológica que proclamaba el discurso oficial se desdibujaba en las provincias, donde los mandos falangistas convivían con las elites tradicionales, los notables conservadores y las autoridades militares.

Las obras de Thomàs y de Enric Pérez Vallverdú permiten aproximarnos, desde ángulos distintos, a los límites del proyecto falangista en el proceso de construcción del nuevo régimen. Ambos autores revelan, desde planos diferentes, los obstáculos que tuvo el Movimiento para implantarse de manera homogénea en el territorio catalán. Thomàs se adentra en el estudio del falangismo en Cataluña durante la República, la guerra civil y los primeros años de franquismo, y examina las motivaciones de sus miembros más destacados para adherirse al Movimiento 59. Esta mirada «interior» difiere del enfoque de Pérez Vallverdú, quien analiza las prácticas locales de Falange en el primer año de ocupación franquista 60, mostrando un aparato falangista subordinado a la represión militar, mediante el ajuste de cuentas público con un grupo de personajes en un marco local. En conjunto, ambas obras sugieren que, en el primer franquismo, la fortaleza del régimen descansó sobre la capacidad de reabsorber y reconvertir estructuras sociales tradicionales bajo nuevos códigos de lealtad, tal como han planteado Antonio Cazorla y Óscar J. Rodríguez Barreira 61.

Sobre el caso vasco, Iñaki Fernández Redondo aporta una perspectiva útil para entender el carácter desigual y negociado de la presencia falangista en el territorio 62. Muestra cómo, en Euskadi, Falange se enfrentó a la competencia de las elites tradicionalistas y a las estructuras sociales propias del catolicismo vasco, lo que limitó su capacidad de penetración y la obligó a redefinir su discurso en clave de nacionalcatolicismo vasco, una noción que propone el autor y que evidencia la plasticidad del discurso falangista y su subordinación a los equilibrios locales del poder. De este modo, Falange, lejos de imponer una visión uniforme del Estado, actuó como ­vehículo de negociación entre el proyecto central y las realidades periféricas. Este hallazgo resulta esencial para comprender el funcionamiento interno del franquismo, por cuanto su estabilidad no derivaría de la imposición totalitaria, sino más bien de su habilidad para absorber las contradicciones territoriales y canalizarlas dentro de una retórica de unidad nacional.

En Galicia, Julio Prada ha propuesto una interpretación similar, insistiendo en la capacidad del falangismo para enraizarse en la estructura clientelar y caciquil del franquismo gallego 63. Esta constatación ha permitido entender el falangismo gallego como una forma de «autoritarismo relacional», donde las redes locales sustituyeron a las jerarquías doctrinales. Por su parte, los estudios de José Ignacio­ González Orta y Sofía Rodríguez López sobre el caso de Andalucía ofrecen, desde otro ángulo, una perspectiva complementaria sobre la dimensión social del falangismo territorial 64. En el análisis prosopográfico de González Orta, Falange aparece como una red de notables rurales que combinaron la adhesión ideológica con el aprovechamiento de los resortes del régimen para reproducir su poder local. La «provincialización» del Movimiento sería la clave de su eficacia: las estructuras falangistas funcionaron como catalizadoras de legitimación autoritaria en sociedades donde la dependencia económica, la jerarquía y el paternalismo definían las relaciones sociales. Asimismo, en el trabajo de Rodríguez López sobre la Sección Femenina se sostiene que el control moral y político del franquismo se ejerció también en espacios de proximidad, donde las prácticas de movilización femenina reforzaron los lazos entre el Estado y la vida cotidiana. El territorio no fue un simple escenario de aplicación del poder, sino su condición de posibilidad.

El giro historiográfico hacia lo territorial también ha venido acompañado por una reflexión más amplia sobre las relaciones entre nacionalismo, identidad regional y fascismo. Cabe destacar el trabajo de Xosé Manoel Núñez Seixas, en el que plantea que el fascismo español adoptó discursos plurales en cuanto al hecho nacional, compatibilizando a un tiempo un nacionalismo centralista —de matriz castellanocentrista propia del primer fascismo español— y la aceptación de prácticas locales y culturales armonizadas con una identidad nacional superior 65. El mismo Núñez Seixas, junto con Arnau González Vilalta, reúne los trabajos de varios autores que analizan las interacciones entre el catalanismo político y los distintos fascismos europeos y españoles 66.

En conjunto, la historiografía reciente ha ido desplazando el foco interpretativo desde la estructura central del partido único hacia sus ramificaciones provinciales y locales, recuperando la importancia del territorio como categoría de análisis. Estos trabajos han mostrado que la Falange franquista fue menos un proyecto político coherente que un mosaico de experiencias territoriales heterogéneas, es decir, un sistema relacional sustentado en la convergencia de múltiples actores, en el que los jefes provinciales, las delegadas locales de la Sección Femenina, los enlaces sindicales o los alcaldes falangistas actuaron como mediadores que tradujeron las órdenes del centro en códigos compatibles con las realidades locales.

El personal político del falangismo: prosopografía de la burocratización

El estudio del personal político del falangismo ha alcanzado en los últimos años una densidad y una madurez analítica considerables. La historiografía había tendido a reducir el fenómeno a la evocación de los grandes nombres fundacionales —como José Antonio Primo de Rivera, José Luis Arrese, Ernesto Giménez Caballero o Rafael Sánchez Mazas— y a interpretar Falange, en consecuencia, desde la óptica del liderazgo carismático o la construcción doctrinal. Las investigaciones más recientes, sin embargo, han adoptado una perspectiva prosopográfica y relacional que permite reconstruir las trayectorias colectivas, los itinerarios biográficos y las redes de poder tejidas en torno al Movimiento. Este giro metodológico, alimentado por la historia social del poder y la historia política renovada, ha desplazado el foco del individuo excepcional hacia las estructuras de mediación y reproducción del falangismo dentro del Estado franquista. En esa línea, el análisis de la composición sociológica, las carreras administrativas y los circuitos de sociabilidad de los cuadros falangistas ha revelado un universo más plural y persistente de lo que sugerían las lecturas tradicionales 67.

Los trabajos de Thomàs, Matteo Tomasoni, Maximiliano Fuentes­, así como el de Miguel Madueño, Luis Velasco y José ­María Azcona, constituyen, en este sentido, los principales hitos de esta renovación. Thomàs, en una reciente monografía, reconstruye la experiencia de José Luis Arrese como un laboratorio de burocratización del falangismo 68. Frente a la visión de un partido ideológico derrotado por el pragmatismo franquista, el autor muestra la capacidad de la Secretaría General para reformular la identidad falangista en clave administrativa, intentando compatibilizar el discurso de misión con las rutinas de gestión. Falange, sugiere Thomàs, se convirtió en una tecnocracia moral al servicio del Estado: un cuerpo de funcionarios que preservó el vocabulario de la fe mientras adoptaba las lógicas de la administración moderna 69. A esta renovación historiográfica se suma Matteo Tomasoni con la biografía de Onésimo Redondo 70, un personaje fundamental para comprender la génesis del nacionalismo castellanista, el antisemitismo militante y la construcción del discurso agrarista radicalizado del primer fascismo español. En esta obra se introducen los vínculos de Redondo con el fascismo eu­ropeo, que serían esenciales en la radicalización de las derechas castellanas, al tiempo que se plantean tres cuestiones fundamentales: la recuperación del núcleo doctrinal del redondismo, la centralidad de Redondo en la cultura política de la violencia prebélica y la perpetuación de su legado simbólico dentro de Falange, aun a pesar de la apropiación joseantoniana del relato fundacional. La biografía de Rafael Sánchez Mazas elaborada por Fuentes aporta una interpretación cultural del intelectual fascista como figura de mediación entre la estética y la política 71, sitúa al escritor en el cruce entre la generación de vanguardia y el nacionalcatolicismo militante y muestra cómo el mito del sacrificio redentor se convirtió en una forma de literatura de Estado. En esa clave, Sánchez Mazas encarna la transformación del falangismo en un proyecto estético de regeneración moral, uniendo belleza, violencia y redención 72.

La aportación colectiva de Madueño, Velasco y Azcona ha extendido el campo de observación más allá del marco peninsular, en la misma línea de lo estudiado por Florentino Rodao sobre Filipinas 73. A través de una detallada reconstrucción prosopográfica, estos tres autores identifican los vínculos entre las delegaciones falangistas y las redes diplomáticas, culturales y comerciales que operaron en América Latina. Las páginas dedicadas a Argentina, México o Venezuela describen cómo la Falange exterior sirvió como instrumento de diplomacia paralela y como medio de exportación simbólica de la «revolución nacional». Este enfoque transnacional, al insertar el falangismo en la constelación de los autoritarismos católicos de posguerra, permite comprender la pervivencia de su imaginario como un repertorio adaptable de valores —jerarquía, corporativismo, espiritualismo— antes que como un dogma cerrado 74.

A esta renovación prosopográfica se suma un conjunto de estudios centrados en los intelectuales falangistas y en la dimensión cultural del movimiento. El trabajo de Gonzalo Álvarez Chillida sobre Ernesto Giménez Caballero explora la génesis del nacionalismo estético y el culto a la unidad espiritual como fundamentos de una política de masas 75. La investigación de Alfonso Carlos Sáiz Valdivieso profundiza en el itinerario vital del escritor Rafael Sánchez Mazas para iluminar las tensiones entre mística, literatura y política 76. Por su parte, Francisco Morente ha planteado, en su estudio sobre este mismo personaje, que Falange fue ante todo una cultura moral, una religión civil de redención y obediencia 77. En esa línea, la obra de Jaime de las Obras-Loscertales, centrada en el intelectual falangista zaragozano José María Nasarre Cascante, interpreta la juventud falangista como una experiencia estética de pureza y tensión moral más que como una ideología coherente 78.

Otros estudios han abordado la conexión entre el personal político falangista y el aparato del Estado franquista. Cabe destacar cómo Pau Casanellas, Martí Marín, Manel Risques y Javier Tébar analizan la imbricación entre militancia falangista y gestión administrativa, evidenciando que muchos gobernadores civiles actuaron como intermediarios entre el partido y la burocracia provincial 79. Gustavo Alares, por su parte, ha analizado el nacionalsindicalismo como un marco de sociabilidad burocrática, en el que el lenguaje de la misión se tradujo en un código profesional de servicio 80. Ambos trabajos coinciden en que el falangismo fue más que una ideología derrotada, pues constituyó elementos generadores de elites administrativas, dotadas de una matriz de disciplina, jerarquía y sacrificio que impregnó la cultura política del franquismo.

En definitiva, este estudio biográfico pone en evidencia la pluralidad ideológica del fascismo español y los mecanismos de mitificación que el franquismo aplicó sobre sus mártires originarios. En un sentido más amplio, la historia del personal político de Falange revela la mutación del militante en funcionario, para erigirse en gestor. Esa conversión, que podría describirse como una rutinización del carisma, transformó la fe fascista en costumbre administrativa. El falangismo no desapareció con su fracaso revolucionario, sino que perduró como patrón de comportamiento burocrático, sedimentado en las prácticas de gobierno, en la moral del servicio público y en la retórica del sacrificio cotidiano. En este sentido, la prosopografía de sus hombres, lejos de ser una galería de figuras menores, aporta claridad sobre dicho proceso.

Algunas consideraciones finales

La historiografía sobre Falange y el falangismo ha alcanzado, en las dos últimas décadas, un grado de madurez que prácticamente permite hablar de un auténtico campo de estudio autónomo dentro de la historia del fascismo y del franquismo. Sin embargo, se ha hecho evidente, al analizar en su conjunto estos estudios, que existe una descompensación cronológica notoria en que se ven privilegiados cuantitativamente los análisis del falangismo en la guerra y la posguerra, en detrimento, especialmente, de las otras tres décadas del régimen.

Efectivamente, se aprecia una acumulación sostenida de investigaciones, y junto con ella se ha dado también un cambio relevante en los enfoques, en los objetos y en los métodos de análisis. Si las interpretaciones clásicas circunscribían el fenómeno falangista a su dimensión institucional o doctrinal, la producción más reciente lo concibe, a un tiempo, como un conjunto plural de culturas políticas, como una experiencia de socialización autoritaria y como una matriz simbólica de largo alcance en la España contemporánea. En ese sentido, puede afirmarse que el estudio de Falange se ha beneficiado de un doble movimiento historiográfico: por un lado, la revitalización de los estudios sobre los fascismos europeos, en clave comparada y transnacional, y, por otro, la consolidación de la historia social y cultural, que ha permitido examinar el fascismo no tanto como ideología cerrada, sino como práctica social y moral.

Así pues, durante el último medio siglo, el itinerario interpretativo del falangismo ha transitado, en términos generales, desde la historia política hacia la historia sociocultural, en el sentido más amplio del término. El falangismo, en consecuencia, se entiende hoy como una cultura política que articuló una moral de la obediencia y una estética del sacrificio, un sistema de representación de la comunidad que operó a la vez en el plano del poder y de la vida cotidiana. No obstante, esta inflexión sociocultural no ha supuesto la desaparición del interés por la dinámica interna del partido, pues persisten, y siguen siendo indispensables, los estudios dedicados a la estructura orgánica, a los mecanismos de toma de decisiones y a las relaciones de poder dentro de Falange, como demuestran diversas investigaciones 81. Conviene subrayar, de hecho, el riesgo de un posible abandono de este campo, ya que el análisis institucional y organizativo continúa siendo esencial para comprender la articulación del falangismo en el aparato del Estado y los modos concretos en que el Movimiento condicionó la práctica política y administrativa del franquismo.

El cambio de escala interpretativa constituye otro de los rasgos más significativos de esta renovación. A diferencia de la historiografía centrada en el partido nacional y en sus elites dirigentes, las investigaciones recientes han recurrido a la escala territorial como instrumento para comprender los mecanismos concretos de implantación y legitimidad del régimen. Este desplazamiento metodológico ha apuntado que el franquismo fue menos una estructura monolítica que un entramado de mediaciones, negociaciones y dependencias. Falange aparece, desde esta perspectiva, no como un bloque doctrinal homogéneo, sino como un sistema relacional de poder que conectó el Estado con las comunidades locales.

Por otro lado, los estudios sobre los servicios y secciones del Movimiento han permitido comprender la profundidad social del falangismo. De este modo, estos servicios auxiliares del partido único han dejado de ser considerados meras estructuras burocráticas para ser analizados como espacios de socialización autoritaria, donde se produjeron formas cotidianas de adhesión y obediencia. Este enfoque, influido a su vez por la historia cultural y por la microhistoria social, ha revelado la eficacia del falangismo como estructura moral del poder, capaz de convertir la asistencia en control, la educación en disciplina y el ocio en pedagogía política. En la medida en que estas instituciones colonizaron el tiempo libre, la infancia, la caridad o el trabajo, se transformaron en laboratorios de la dictadura, donde la ideología se diluía en la costumbre y la jerarquía se naturalizaba como virtud. Conviene, sin embargo, llamar la atención sobre los ámbitos del Movimiento que siguen siendo poco o insuficientemente explorados, por cuanto algunos organismos del falangismo —como, por ejemplo, el Servicio Exterior o el Servicio Español del Magisterio— todavía permanecen en los márgenes de la historiografía, pese a su papel relevante en la proyección internacional del régimen o en la penetración ideológica en el sistema educativo.

En un plano más general, los estudios recientes han contribuido a descentrar la mirada sobre el falangismo, integrándolo en un repertorio de fenómenos autoritarios europeos. La comparación con los fascismos periféricos —italiano y portugués, pongamos por caso— ha permitido situar el caso español en una geografía más amplia de la modernidad fascista. La noción de «fascismo cultural» o «fascismo moral» se ha revelado especialmente útil para explicar la especificidad del falangismo, en la medida en que Falange logró conjugar el lenguaje de la regeneración nacional con la moral católica y el imaginario sacrificial. Esta lectura comparada no solo ha desmentido la idea de un fascismo español «fallido» o «incompleto», sino que ha evidenciado la coherencia interna de su proyecto como variante del fascismo europeo adaptada a una sociedad católica, jerárquica y tradicional. En esta clave, Falange puede ser entendida como una vía española de modernización autoritaria, más espiritual que técnica, más litúrgica que revolucionaria, pero no por ello menos eficaz en la configuración de una cultura de la obediencia.

Otro rasgo característico de esta renovación es la incorporación de enfoques prosopográficos y biográficos colectivos, que han permitido reconstruir las trayectorias de los cuadros falangistas y su integración en el aparato administrativo del Estado. El análisis del personal político ha mostrado que el falangismo sobrevivió a su derrota como movimiento mediante su conversión en «burocracia moral». Así, la figura del militante se transformó en la del funcionario, y el ideal del sacrificio se tradujo en una ética del servicio público, de manera que la ideología se convirtió en hábito y el carisma, en rutina. Esta continuidad cultural, más que política, explicaría la persistencia de una idiosincrasia falangista que impregnó la Administración, la educación y la vida pública durante décadas, incluso después de la pérdida del impulso revolucionario original.

El balance de este itinerario historiográfico permite constatar que Falange ha pasado de ser un objeto de historia política a convertirse en un observatorio privilegiado de la historia cultural del franquismo. En esa transición, la noción de cultura política ha ­desempeñado un papel central, al permitir abordar el falangismo como un conjunto de representaciones, símbolos, prácticas y emociones que definieron la relación entre el poder y la sociedad. La atención al territorio, a las mediaciones sociales y a las experiencias de base ha sustituido el relato lineal del partido único por un análisis polifónico, donde la dictadura aparece como una construcción múltiple y negociada. En este contexto, Falange, lejos de representar un fracaso político, emergería como una estructura de legitimación simbólica que permitió al franquismo dotarse de un lenguaje de salvación y pureza. La historiografía más reciente muestra, por tanto, que el falangismo fue más que una ideología o un proyecto político, en la medida en que devino una cultura de Estado que contribuyó a forjar una subjetividad autoritaria. Su eficacia no se basó tanto en la coherencia doctrinal cuanto en la persistencia de sus rituales, de sus emociones y de su gramática moral.

En síntesis, esta mutación en el estudio del falangismo ha ampliado la comprensión del régimen franquista y de su longevidad, mostrando que el poder autoritario no se impone solo por la fuerza, sino que se reproduce en la cultura, en la moral y en la vida cotidiana. A partir de las investigaciones actuales, Falange ya no se percibiría solo como un episodio político del pasado, sino que trasciende como una clave para entender la modernidad autoritaria española, la persistencia de sus imaginarios y la tensión entre redención y obediencia que marcó toda una época.


  1. 1 Stanley G. Payne: Falange. Historia del fascismo español, 1.ª ed. ingl. 1961, Paris, Ruedo Ibérico, 1965.

  2. 2 Joan Maria Thomàs: «Los estudios sobre las Falanges (FE de las JONS y FET y de las JONS): revisión historiográfica y perspectivas», Ayer, 71 (2008), pp. 293-318, esp. p. 293.

  3. 3 Miguel Ángel Ruiz Carnicer (ed.): Falange. Las culturas políticas del ­fascismo en la España de Franco (1936-1975), Zaragoza, Institución Fernando el Católico, 2013.

  4. 4 Joan Maria Thomàs: «Los estudios sobre las Falanges...», y Julián Sanz: «Falangismo y dictadura. Una revisión de la historiografía sobre el fascismo español», en Miguel Ángel Ruiz Carnicer (ed.): Falange. Las culturas políticas del fascismo en la España de Franco (1936-1975), Zaragoza, Institución Fernando el Católico, 2013, pp. 25-60. Asimismo, se puede consultar un balance historiográfico sobre el franquismo en Teresa María Ortega: «Se hace camino al andar. Balance historiográfico y nuevas propuestas de investigación sobre la dictadura franquista», Ayer, 63 (2006), pp. 259-278.

  5. 5 Stanley G. Payne: Falange. Historia del fascismo español...

  6. 6 Roger Griffin: The Nature of Fascism, London, Routledge, 1991, y Emilio Gentile: Il culto del littorio. La sacralizzazione della politica nell’Italia fascista, Roma-Bari, Laterza, 1993. Véanse también Roger Griffin: Modernismo y fascismo. La sensación de comienzo bajo Mussolini y Hitler, Madrid, Akal, 2010; íd.: Fascismo. Una introducción a los estudios comparados sobre el fascismo, Madrid, Alianza Editorial, 2017, y Emilio Gentile: Quién es fascista, Madrid, Alianza Editorial, 2019.

  7. 7 Ismael Saz: España contra España. Los nacionalismos franquistas, Madrid, Marcial Pons Historia, 2003.

  8. 8 Patrizia Dogliani: El fascismo de los italianos. Una historia social, València, Publicacions de la Universitat de València, 2017, y Giorgia Priorelli: Italian Fascism and Spanish Falangism in Comparison. Constructing the Nation, Cham, Palgrave, 2020.

  9. 9 Zira Box: La nación viril. Género, fascismo y regeneración nacional en la victoria franquista, Madrid, Alianza Editorial, 2025.

  10. 10 Joan Maria Thomàs: Lo que fue la Falange. La Falange y los falangistas de José Antonio, Hedilla y la unificación, Franco y el fin de la Falange Española de las JONS, Barcelona, Plaza y Janés, 1999; íd.: La Falange de Franco. El proyecto fascista del Régimen, Barcelona, Plaza y Janés, 2001, y José Luis Rodríguez Jiménez: Historia de la Falange Española de las JONS, Madrid, Alianza Editorial, 2000.

  11. 11 Ferran Gallego: El evangelio fascista. La formación de la cultura política del franquismo (1930-1950), Barcelona, Crítica, 2014.

  12. 12 Pedro Carlos González Cuevas: «La trayectoria del recién llegado. El fracaso del fascismo español», en Fernando del Rey (dir.): Palabras como puños. La intransigencia política en la Segunda República Española, Madrid, Tecnos, 2011, pp. 480-520. Véase también Eduardo González Calleja: «La violencia y sus discursos: los límites de la “fascistización” de la derecha española durante la Segunda República», Ayer, 71 (2008), pp. 85-116.

  13. 13 Véanse los capítulos de Miguel Ángel Ruiz Carnicer: «Falange y el cambio político y social en la España del desarrollismo. Materiales para explicar una socialización compleja», y Francisco Morente: «Rafael Sánchez Mazas y la esencia católica del fascismo español», en Miguel Ángel Ruiz Carnicer (ed.): Falange. Las culturas políticas del fascismo en la España de Franco (1936-1975), Zaragoza, Institución Fernando el Católico, 2013, pp. 381-400 y 109-141, respectivamente.

  14. 14 Ismael Saz: España contra España...; Joan Maria Thomàs: Los fascismos españoles, Barcelona, Ariel, 2019; Eduardo González Calleja: Iglesia, Falange y nuevo Estado. La jerarquía católica ante el proceso de fascistización del primer franquismo (1936-1945), Granada, Comares, 2023, y Ferran Gallego: La contrarrevolución pendiente. Ensayos sobre el fascismo español, Madrid, Los Libros de la Catarata, 2024.

  15. 15 Ismael Saz: España contra España..., pp. 230-243.

  16. 16 Ferran Gallego: La contrarrevolución pendiente..., pp. 56-63, y Eduardo González Calleja: Iglesia, Falange y nuevo Estado...

  17. 17 Miguel Ángel Ruiz Carnicer: «Falange y el cambio político...».

  18. 18 Francisco Morente: «Rafael Sánchez Mazas...».

  19. 19 Javier Rodrigo: «Violencia y fascistización en la España sublevada», en Francisco Morente (ed.): España en la crisis europea de entreguerras, Madrid, Los Libros de la Catarata, 2011, pp. 76-96.

  20. 20 Julián Sanz: «Falangismo y dictadura...».

  21. 21 Ángela Cenarro: «Entre la regeneración y la punición: el modelo educativo en el Auxilio Social falangista», Educació i Història, 20 (2012), pp. 47-66. Véanse también Zira Box: España, año cero. La construcción simbólica del franquismo, Madrid, Alianza Editorial, 2010, e íd.: «Legitimación simbólica y cultural de la victoria. Mitos, símbolos y ritos franquistas», en François Godicheau y Jorge Marco (eds.): El franquismo. Anatomía de una dictadura, Granada, Comares, 2025, pp. 79-88.

  22. 22 José Cuadrado y Antonio Pascual: Ramiro Ledesma Ramos. Un romanticismo de acero, Molins de Rei, Nueva República, 2006, y Ferran Gallego: El evangelio fascista...

  23. 23 Francisco Morente: «Rafael Sánchez Mazas...», pp. 109-141, y Miguel Ángel Ruiz Carnicer: «Falange y el cambio político...».

  24. 24 Ferran Gallego: El evangelio fascista...

  25. 25 Joan Maria Thomàs: José Antonio. Realidad y mito, Barcelona, Debate, 2017.

  26. 26 Ángela Cenarro: «Encuadramiento y consenso en la obra del Movimiento: mujeres, jóvenes, obreros», en Miguel Ángel Ruiz Carnicer (ed.): Falange. Las culturas políticas del fascismo en la España de Franco (1936-1975), Zaragoza, Institución Fernando el Católico, 2013, pp. 199-216.

  27. 27 Begoña Barrera: La Sección Femenina, 1934-1977. Historia de una tutela emocional, Madrid, Alianza Editorial, 2019.

  28. 28 Joan Maria Thomàs: El gran golpe. El «caso Hedilla» o cómo Franco se quedó con Falange, Barcelona, Debate, 2014, y Mercedes Peñalba: Falange Española. Historia de un fracaso (1933-1945), Pamplona, Eunsa, 2009.

  29. 29 Joan Maria Thomàs: El gran golpe..., pp. 65-120; Ferran Gallego: La contrarrevolución pendiente..., y Eduardo González Calleja: Iglesia, Falange y Nuevo Estado... Véase también Zira Box: «La dictadura franquista: culturas políticas enfrentadas dentro del régimen vencedor», en Ismael Saz y Manuel Pérez Ledesma (eds.): Del franquismo a la democracia. 1936-2013, vol. IV de Ismael Saz y Manuel Pérez Ledesma (dirs.): Historia de las Culturas Políticas en España y América Latina, Zaragoza-Madrid, Prensas de la Universidad de Zaragoza-Marcial Pons Historia, 2015, pp. 239-265.

  30. 30 Miguel Ángel Ruiz Carnicer (ed.): Falange. Las culturas políticas...

  31. 31 Ismael Saz: Fascismo y franquismo, València, Publicacions de la Universitat de València, 2004; íd.: «Mucho más que crisis políticas: el agotamiento de dos proyectos enfrentados», Ayer, 68 (2007), pp. 137-164, e íd.: Las caras del franquismo, Granada, Comares, 2013.

  32. 32 Ferran Gallego: El evangelio fascista..., y Eduardo González Calleja: Iglesia, Falange y nuevo Estado..., pp. 112-130.

  33. 33 Francisco Morente: «Rafael Sánchez Mazas...», pp. 109-141; Ángela Cenarro:­ «Encuadramiento y consenso...», pp. 199-216, y Miguel Ángel Ruiz ­Carnicer: «Falange y cambio político...», pp. 381-400.

  34. 34 Julio Gil Pecharromán: El Movimiento Nacional (1937-1977), Barcelona, Planeta, 2013, y Borja de Riquer: La dictadura de Franco, Barcelona-Madrid, Crítica-Marcial Pons Historia, 2010. Véanse, sobre el régimen franquista, Nicolás Sesma: Ni una, ni grande, ni libre. La dictadura franquista, Barcelona, Crítica, 2024, y, sobre el dictador, Paul Preston: Franco, Barcelona, Debate, 2015; Enrique ­Moradiellos: Franco. Anatomía de un dictador, Madrid, Turner, 2018, y Julián ­Casanova: Franco, Barcelona, Crítica, 2025.

  35. 35 Miguel Ángel Ruiz Carnicer: «Falange y el cambio político...», pp. 381-400.

  36. 36 Francesc Bargallo et al.: Franquisme. Sobre resistències i consens a Catalunya (1938-1959), Barcelona, Crítica, 1990.

  37. 37 Véanse Carme Molinero: «Falange y la construcción del régimen, 1939-1945. La búsqueda de unas bases sociales», en Miguel Ángel Ruiz Carnicer (ed.): Falange. Las culturas políticas del fascismo en la España de Franco (1936-1975), Zaragoza, Institución Fernando el Católico, 2013, pp. 181-198, y Claudio Hernández Burgos: Franquismo a ras de suelo. Zonas grises, apoyos sociales y actitudes durante la dictadura (1936-1976), Granada, Editorial Universitaria de Granada, 2013.

  38. 38 Miguel Ángel del Arco: Los «años del hambre». Historia y memoria de la posguerra franquista, Madrid, Marcial Pons Historia, 2020; íd.: La hambruna española. Victoria, muerte y resistencia en la posguerra franquista, Madrid, Crítica, 2025, e íd.: «Las políticas del hambre en la posguerra española», en Luis Enrique Otero Carvajal y Jaume Claret (eds.): El gran retroceso. El primer franquismo, 1939-1953, Madrid, Akal, 2025, pp. 113-132.

  39. 39 Ángela Cenarro: «Entre la regeneración y la punición...», pp. 47-66.

  40. 40 Miguel Ángel del Arco et al. (eds.): No solo miedo. Actitudes políticas y opinión popular bajo la dictadura franquista (1936-1977), Granada, Comares, 2013.

  41. 41 Ismael Saz: Las caras del franquismo..., e íd.: «Fascismo y nación en el régimen de Franco. Peripecias de una cultura política», en Miguel Ángel Ruiz Carnicer­ (ed.): Falange. Las culturas políticas del fascismo en la España de Franco (1936-1975), Zaragoza, Institución Fernando el Católico, 2013, pp. 61-76.

  42. 42 Damián Alberto González Madrid: «La banalización de FET-JONS», Spagna contemporánea, 39 (2011), pp. 7-30.

  43. 43 Eduardo González Calleja: Iglesia, Falange y nuevo Estado...

  44. 44 José Luis Aguilar, Claudio Hernández Burgos y Alba Nueda: «¿Educación y Descanso para los trabajadores españoles? Falangismo y turismo social durante el desarrollismo franquista», Investigaciones Históricas, 43 (2023), pp. 756-782.

  45. 45 Miguel Ángel del Arco: «El secreto del consenso en el régimen franquista: cultura de la victoria, represión y hambre», Ayer, 76 (2009), pp. 245-268; Ángela Cenarro: «Encuadramiento y consenso...», pp. 199-216, y Carlos Fuertes: Viviendo en dictadura. La evolución de las actitudes sociales hacia el franquismo, Granada, Comares, 2017.

  46. 46 Eduardo Iáñez Pareja: No parar hasta conquistar. Propaganda y política cultural falangista: el grupo de Escorial (1936-1986), Xixón, Trea, 2011; Francisco ­Morente: «Los falangistas de Escorial y el combate por la hegemonía cultural y política de la posguerra», Ayer, 92 (2013), pp. 173-196; Óscar J. Rodríguez Barreira: «Auxilio Social y las actitudes cotidianas en los años del hambre, 1937-1943», Historia del Presente, 17 (2011), pp. 127-142, y Julián Sanz: «De la guerra al movimiento: sobre prácticas, socialización y vectores de difusión del falangismo», en Ismael Saz y Manuel Pérez Ledesma (eds.): Del franquismo a la democracia. 1936-2013, vol. IV de Ismael Saz y Manuel Pérez Ledesma (dirs.): Historia de las Culturas Políticas en España y América Latina, Zaragoza-Madrid, Prensas de la Universidad de Zaragoza-Marcial Pons Historia, 2015, pp. 267-297.

  47. 47 Ismael Saz: Las caras del franquismo..., pp. 40-43 y 96-103; íd.: «Fascismo y nación...», pp. 257-258; Ferran Gallego: El evangelio fascista..., pp. 412-417, e íd.: La contrarrevolución pendiente..., pp. 61-72.

  48. 48 Mercedes Peñalba: La Secretaría General del Movimiento. Constitución, coordinación y estabilización del régimen franquista, Madrid, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2015; Pere Ysàs: «El Consejo Nacional del Movimiento en el franquismo tardío», en Miguel Ángel Ruiz Carnicer (ed.): Falange. Las culturas políticas del fascismo en la España de Franco (1936-1975), Zaragoza, Institución Fernando el Católico, 2013, pp. 365-380; Miguel Ángel Ruiz Carnicer (dir.): La juventud en tiempos de dictadura. El Servicio Universitario de Trabajo (SUT), 1950-1969, Madrid, Los Libros de la Catarata, 2021; Nicolás Sesma: «Sociología del Instituto de Estudios Políticos. Un “grupo de elite” intelectual al servicio del partido único y el estado franquista (1939-1959)», en Miguel Ángel Ruiz Carnicer (ed.): Falange. Las culturas políticas del fascismo en la España de Franco (1936-1975), Zaragoza, Institución Fernando el Católico, 2013, pp. 253-288, y Ángel Alcalde: Los excombatientes franquistas. La cultura de guerra del fascismo español y la Delegación Nacional de Excombatientes (1936-1965), Zaragoza, Prensas de la Universidad de Zaragoza, 2014. Sobre el SUT, véase también Manuel Titos: Estudiantes, obreros y campesinos. «Cara a cara y sin caretas de por medio». El Servicio Universitario del Trabajo en Granada, 1952-1969, Granada, Editorial Universidad de Granada, 2022.

  49. 49 Francisco Bernal: El sindicalismo vertical. Burocracia, control laboral y representación de intereses en la España franquista, 1936-1951, Madrid, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales-Asociación de Historia Contemporánea, 2010.

  50. 50 Ángela Cenarro: «Entre la regeneración...», pp. 47-66, e íd.: «Las políticas sociales del franquismo: discursos y prácticas», en François Godicheau y Jorge Marco (eds.): El franquismo. Anatomía de una dictadura, Granada, Comares, 2025, pp. 111-121.

  51. 51 Miguel Ángel del Arco: La hambruna española...

  52. 52 Paul Corner: The Fascist Party and Popular Opinion in Mussolini’s Italy, Oxford, Oxford University Press, 2012, cap. 5 («Everyday Fascism»); íd. (ed.): Popular Opinion in Totalitarian Regimes. Fascism, Nazism, Communism, Oxford, Oxford University Press, 2009, y Victoria de Grazia: The Culture of Consent. Mass Organization of Leisure in Fascist Italy, Cambridge, Cambridge University Press, 1981.

  53. 53 Emilio Castillejo: «Manual de campamentos del Frente de Juventudes (1943 y 1948): variaciones en torno a la cultura política y la disciplina de los cuerpos en la España franquista», Historia y Memoria de la Educación, 13 (2021), pp. 503-540.

  54. 54 José Luis Aguilar, Claudio Hernández Burgos y Alba Nueda: «¿Educación y Descanso...», pp. 757-782.

  55. 55 Begoña Barrera: «The Vanguard of the Sección Femenina: Gender and Emotions in the Creation of a Mythic Narrative (1934-1939)», Hispanic Research Journal, 21(2) (2020), pp. 127-142.

  56. 56 Yanira Hermida: Mujeres y nacionalsindicalismo. La Sección Femenina en Tenerife (1935-1945), Santa Cruz de Tenerife, Idea, 2009, e Inbal Ofer: Señoritas in Blue. The Making of a Female Political Elite in Franco’s Spain, Eastbourne, Sussex Academic Press, 2009.

  57. 57 José Manuel Alfonso y Laura Sánchez: «Las mujeres del nacionalsindicalismo. Poder y rivalidad entre Pilar Primo de Rivera y Mercedes Sanz Bachiller», Historia de la Educación, 27 (2008), pp. 433-455, y María Jesús Pérez Espí: ­Mercedes Sanz-Bachiller. Biografía política, València, Publicacions de la Universitat de València, 2021.

  58. 58 Ángela Cenarro: «Historia y memoria del Auxilio Social de Falange», Pliegos de Yuste, 11-12 (2010), pp. 71-74.

  59. 59 Joan Maria Thomàs: Feixistes! Viatge a l’interior del falangisme català, Barcelona, L’Esfera dels Llibres, 2008. Véase el trabajo previo en íd.: Falange, Guerra Civil, Franquisme. FET y de las JONS de Barcelona en els primers anys de règim franquista, Barcelona, Publicacions de l’Abadia de Montserrat, 1992.

  60. 60 Enric Pérez Vallverdú: Fantasmones rojos. La venjança falangista contra Catalunya (1939-1940), Barcelona, Acontravent, 2009.

  61. 61 Antonio Cazorla: Las políticas de la victoria. La consolidación del nuevo Estado franquista (1938-1953), Madrid, Marcial Pons Historia, 2000, y, más recientemente, Óscar J. Rodríguez Barreira: «Tratando de hacerse fascistas... Falange y el personal político franquista en provincias. Parafascismo, culturas políticas e hibridaciones, 1933-1945», Historia y Política, 51 (2024), pp. 125-154.

  62. 62 Iñaki Fernández Redondo: El fascismo vasco y la construcción del régimen franquista, València, Publicacions de la Universitat de València, 2021.

  63. 63 Julio Prada: El fascismo en Galicia. De los orígenes al decreto de unificación, Madrid, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2023.

  64. 64 José Ignacio González Orta: La Falange y sus hombres en la provincia de Huelva. Valverde del Camino, 1936-1946, Huelva, Universidad de Huelva, 2012, y Sofía Rodríguez López: El patio de la cárcel. La Sección Femenina de FET-JONS en Almería (1937-1977), Sevilla, Fundación Centro de Estudios Andaluces, 2010.

  65. 65 Xosé Manoel Núñez Seixas: Imperios y danzas. Nacionalismo y pluralidad territorial en el fascismo español (1930-1975), Madrid, Marcial Pons Historia, 2016, e íd.: «De gaitas y liras: sobre discursos y prácticas de la pluralidad territorial en el fascismo español (1930-1950)», en Miguel Ángel Ruiz Carnicer (ed.): Falange. Las culturas políticas del fascismo en la España de Franco (1936-1975), Zaragoza, Institución Fernando el Católico, 2013, pp. 289-316.

  66. 66 Arnau González Vilalta y Xosé Manoel Núñez Seixas (eds.): El catalanisme davant del feixisme, 1919-2018, Maçanet de la Selva, Gregal, 2018, y Teresa Abelló y Carles Santacana: «La resignificació del Monestir durant el franquisme (1939-1975)», en Teresa Abelló (ed.): Poblet, símbol en disputa. Identitats i polisèmies a la Catalunya contemporània, Barcelona, Institut d’Estudis Catalans, 2025, pp. 121-146.

  67. 67 En este sentido, debemos mencionar los resultados de dos proyectos de investigación sobre los gobernadores civiles durante el franquismo, con la participación de Martí Marín, Julio Ponce y Julián Sanz. Véanse, por ejemplo, Martí ­Marín: «Los gobernadores civiles del franquismo, 1936-1963. Seis personajes en busca de autor», Historia y Política, 29 (2013), pp. 269-299; Julio Ponce: «Los gobernadores civiles en el primer franquismo», Hispania, 76(252) (2016), pp. 245-272, y Julián Sanz: «Falange y el nombramiento de gobernadores civiles durante el segundo mandato de Arrese (1956-1957)», Studia Historica. Historia Contemporánea, 41 (2023), pp. 321-342. Véase también Javier Tébar: Barcelona, anys blaus. El gobernador Correa Veglison: poder i política franquistes (1940-1945), Barcelona, Flor del Vent, 2011.

  68. 68 Joan Maria Thomàs: Postguerra y Falange. Arrese, ministro secretario general de FET y de las JONS (1941-1945), Barcelona, Debate, 2024.

  69. 69 Joan Maria Thomàs: El gran golpe...

  70. 70 Matteo Tomasoni: El caudillo olvidado. Vida, obra y pensamiento de Onésimo Redondo (1905-1936), Granada, Comares, 2017.

  71. 71 Maximiliano Fuentes: Sánchez Mazas. El falangista que nació tres veces, Madrid, Taurus, 2025.

  72. 72 José Benito Fernández: El incógnito. Rafael Sánchez Ferlosio. Apuntes para una biografía, Madrid, Ándora, 2017.

  73. 73 Miguel Madueño, Luis Velasco y José M. Azcona: Camisas azules en ­Hispanoamérica (1936-1978). Organización política y prosopografía del falangismo en Ultramar, Madrid, Dykinson, 2021, y Florentino Rodao: Franquistas sin Franco. Una historia alternativa de la Guerra Civil española desde Filipinas, Granada, ­Comares, 2012.

  74. 74 Xavier Casals y Enric Ucelay-Da Cal: El fascio de las Ramblas. Los orígenes catalanes del fascismo español, Barcelona, Pasado y Presente, 2023.

  75. 75 Gonzalo Álvarez Chillida: «Ernesto Giménez Caballero. Unidad nacional y política de masas en un intelectual fascista», Historia y Política, 24 (2010), pp. 265-291.

  76. 76 Alfonso Carlos Sáiz Valdivieso: Rafael Sánchez Mazas. El espejo de la memoria, Bilbao, Muelle de Uribitarte, 2010.

  77. 77 Francisco Morente: «Rafael Sánchez Mazas...», pp. 109-141, e íd.: Dionisio Ridruejo. Del fascismo al antifranquismo, Madrid, Síntesis, 2006.

  78. 78 Jaime de las Obras-Loscertales: Bajo la serena tensión de las estrellas. Falangismo, literatura y juventud de José María Nasarre Cascante, Zaragoza, Institución Fernando el Católico, 2020.

  79. 79 Pau Casanellas et al.: Gobernadores. Barcelona en la España franquista (1939-1977), Granada, Comares, 2015, y Julián Sanz: España en camisa azul. Falange, culturas políticas y poderes locales, Granada, Comares, 2022.

  80. 80 Gustavo Alares: Nacional-sindicalismo e historia. El archivo privado de José Navarro Latorre (1916-1986), Zaragoza, Institución Fernando el Católico, 2015.

  81. 81 Véanse, como ejemplo de ello, Joan Maria Thomàs: El gran golpe...; íd.: Franquistas contra franquistas. Luchas por el poder en la cúpula del régimen de Franco, Barcelona, Debate, 2016, e íd.: Postguerra y Falange...