Ayer 130/2023 (2): 273-299
Marcial Pons Ediciones de Historia
Asociación de Historia Contemporánea
Madrid, 2023
ISSN: 1134-2277
DOI: 10.55509/ayer/1180
© Jorge Lafuente del Cano
© Pedro Pablo Ortúñez Goicolea
Recibido: 29-12-2019 | Aceptado: 09-07-2020 | Publicado on-line: 10-01-2022
Editado bajo licencia CC Attribution-NoDerivatives 4.0 License
Los dos entierros de Canuto González. Fronteras urbanas y política popular en la periferia de Madrid, c. 1880-1910
Carlos Hernández Quero
Universidad Complutense de Madrid
chquero@ucm.es
Resumen: La particular historia de vida de Canuto González, un tabernero de las afueras de Madrid, permite analizar algunos aspectos fundamentales de la sociedad urbana de entresiglos. En primer lugar, la aparición incontrolable de suburbios obreros más allá de los límites de la ciudad planificada. En segundo lugar, las tensiones que las elites liberales enfrentaron para garantizar la obediencia o la integración de dichas barriadas. Finalmente, el surgimiento en esos lugares de una cultura política contrahegemónica, callejera, territorializada y resentida tanto con las autoridades urbanas como con las del Estado.
Palabras clave: suburbios, microhistoria, fronteras, cultura política, gubernamentalidad liberal.
Abstract: The peculiar life of Canuto González, a bartender in the outskirts of Madrid, highlights some key issues faced by modern urban society around the turn of the twentieth century. At first, the study addresses the uncontrolled emergence of working-class suburbs beyond the boundaries of the planned city. Secondly, the article analyses the tensions that liberal elite faced in order to ensure the obedience and integration of these neighbourhoods. Finally, the study examines the making of a counterhegemonic, street-based and spatialised political culture that challenged the power of urban and national authorities.
Keywords: working-class suburbs, microhistory, urban boundaries, political culture, liberal governmentality.
La mañana del 1 de noviembre de 1907 el suburbio madrileño de Cuatro Caminos presentaba una estampa inusual. Los tranvías no salieron. Las vendedoras ambulantes no montaron sus cajones. Los comercios permanecieron cerrados. Centenares de hombres y mujeres detuvieron su actividad y se echaron a la calle para despedir al más popular de sus vecinos, el tabernero Canuto González. En su honor organizaron una enorme procesión civil. Unos minutos después de las ocho arrancó la marcha. El cortejo pronto dejó atrás las casuchas bajas y desvencijadas de Cuatro Caminos para adentrarse en las amplias avenidas del ensanche, ese Madrid moderno que se codeaba con el resto de capitales europeas. Comandaba la comitiva una carroza fúnebre repleta de motivos revolucionarios. Junto a ella desfilaban concejales republicanos del Ayuntamiento de Madrid e infinidad de correligionarios del club de obreros que Canuto había fundado en el suburbio. Compañeros de batallas, de esperanzas, de juicios y barrotes. A su zaga doscientos chiquillos de las escuelas laicas marchaban entonando himnos. Solo ellos parecían inmunes al dolor que se apoderaba de aquella mañana sombría. Tras los niños, una turba de chambergos roídos, gabanes desgastados y blusas remendadas avanzaba por la ciudad en completo silencio. Todos iguales, todos de negro. Eran los moradores de Cuatro Caminos: albañiles, traperas, ferroviarios, desempleados, amas de casa 1.
Después de atravesar algunas de las zonas más selectas de la capital, la multitud terminó su peregrinaje en el cementerio del Este. Ante la sepultura, allegados y acólitos evocaron la figura del finado. Sus palabras dibujaban a un hombre tosco, firme en sus convicciones y capaz de suplir su precaria instrucción con un entusiasmo febril. Hasta el día de su muerte Canuto González había sido mucho más que un tabernero de las afueras. Canuto era una institución en el barrio y su nombre de pila, incluso sin apellidos, era sobradamente conocido en los mentideros de la izquierda madrileña. Había quien lo recordaba sirviendo cerveza y discutiendo animadamente con los revolucionarios que frecuentaban su negocio. Otros exhumaban al Canuto que lideraba comisiones vecinales en demanda de servicios básicos o que aleccionaba a los bodegueros de los suburbios para defender sus intereses. Sus más íntimos colaboradores, aquellos que habían trabajado codo con codo con el difunto, lo recordaban de un lado a otro organizando las fiestas de la barriada, cediendo su local para la celebración de mítines o lanzando soflamas incendiarias en el transcurso de un tumulto 2.
Con poco más de 12.000 habitantes Cuatro Caminos parecía una gran familia. Todos se tuteaban. Cualquiera estaba al cabo de la calle de las estrecheces de los demás. Tal vez por la posición periférica del barrio en el conjunto de la metrópolis, quizás por su abandono por parte de la administración o por la pavorosa sombra de miseria que se cernía sobre sus calles, lo cierto es que en Cuatro Caminos había surgido un vigoroso sentimiento comunitario. Con el tiempo, los vecinos aprendieron a desconfiar de las buenas palabras de los gobernantes. En su lugar, apostaron por salvar las dificultades del día a día con prácticas solidarias y autoorganización. En ese orden alternativo, Canuto había alcanzado fama entre sus iguales por haber comandado infinitas luchas vecinales y por haber hecho de su bodega un lugar de deliberación de los asuntos colectivos, razones suficientes para entender las sinceras muestras de duelo de aquella mañana 3.
Con todo, la realidad era más compleja que lo que mostraba aquella instantánea. Había brechas en la comunidad. El cariño unánime de entonces había sido fluctuante durante los años. Incluso hubo un tiempo en que el nombre de Canuto estuvo proscrito en las afueras. En los suburbios olvidados la línea que separaba al héroe del villano era más fina que en ningún otro sitio. Aquella de 1907 no fue la primera vez que la multitud enterró a Canuto González. Justo diez años antes, y en circunstancias bien distintas, los vecinos decretaron la muerte civil del tabernero con un sepelio figurado. Ciertamente, Canuto era un habitante cualquiera de Cuatro Caminos, un sujeto sin aparente interés para los historiadores. Sin embargo, su trayectoria personal, tan cambiante, puede resultar útil para examinar algunos fenómenos importantes del contexto de entresiglos. Al menos tres. En primer lugar, el surgimiento abrupto e indeseado de suburbios obreros en la periferia de las grandes metrópolis occidentales. En segundo lugar, los problemas que las elites liberales encontraron para garantizar la integración y obediencia de dichas barriadas. En tercer lugar, la conformación en estos espacios de una cultura política popular, callejera, indomable y contrahegemónica 4. Para abordar estas cuestiones, en las siguientes páginas combinaremos la mirada a ras de suelo típica de la microhistoria con las aportaciones del giro espacial, que en los últimos años ha demostrado ser una valiosa herramienta con la que aproximarse a los procesos de formación de la identidad en la sociedad urbana 5.
Canuto González nació en 1860 en un pueblecito de Ávila. Era todavía un niño cuando su familia se trasladó a Madrid en busca de las oportunidades que el campo les negaba. Los González se instalaron en Cuatro Caminos, un caserío de extrarradio en el que recalaban aquellos que no podían pagar un alquiler en el interior de la ciudad 6. La primera vez que Canuto recorrió el arrabal Cuatro Caminos era un paraje gris habitado por obreros, criadas y desempleados. Las casas eran de pésima calidad. Las calles, estrechas y sin pavimentar, habían sido trazadas por sus propios moradores. Aquella barriada era lo opuesto a una ciudad delineada con escuadra y cartabón. De hecho, por aquellos años gobernantes e ingenieros trataban de impulsar un gran proyecto de crecimiento urbano ordenado y racional, el plan de ensanche de Madrid, que precisamente fue desbordado por la irrupción de los suburbios 7.
La vida en los márgenes no era sencilla. Era un continuo estar afuera. Fuera de la normativa que regulaba la expansión urbana. Fuera de la ley que organizaba el mercado de suelo. Fuera de los servicios e infraestructuras más elementales. Fuera, en definitiva, de los beneficios de pertenecer a una gran ciudad. Cuatro Caminos estaba al otro lado de la frontera. Incluida la fiscal. A un lado estaba Madrid. Al otro, ese otro Madrid que nadie había deseado. Sus habitantes vivían segregados de la ciudad liberal por fosos de siete metros de ancho que fijaban los límites del ensanche e impedían la introducción de mercancías sin pago de derechos 8. La presencia de los fosos solo dejaba una vía de acceso a Madrid que, en el caso de la periferia norte, era la calle Bravo Murillo. Todo aquel que quisiera dirigirse al interior de la ciudad estaba obligado a tomar dicha calzada. Mas tampoco en ella el tránsito era libre. En la glorieta de Cuatro Caminos, punto de encuentro de los fosos y la mencionada calle, se erguía arrogante el fielato de consumos, símbolo de las restricciones a la circulación de las gentes del suburbio y recordatorio del gobierno liberal de la ciudad 9.
Cuando Canuto llegó a Cuatro Caminos ya estaba allí aquella garita en la que se tasaban los productos que entraban a la ciudad. Y cuando murió, en 1907, se elevaba en el mismo lugar un fielato de varios pisos que a lo largo de las décadas fue víctima del fuego y los asaltos. Era como si aquella odiosa aduana preexistiera a los vecinos y fuera a permanecer tras su muerte, cargando a sus descendientes con una deuda perpetua que estimaban ilegítima. Nadie recordaba la era previa al fielato. Y era lógico, pues había estado allí desde el momento en que aparecieron las primeras casuchas del arrabal. Desde entonces, los cacheos, el examen de mercancías y el consiguiente pago del impuesto de consumos se convirtieron en un constante quebradero de cabeza para los habitantes de Cuatro Caminos 10.
Plano 1
Situación del suburbio de Cuatro Caminos en el conjunto de la ciudad

Fuente: elaboración propia a partir de Facundo Cañada: Plano de Madrid y pueblos colindantes al empezar el siglo xx, Madrid, s. e., 1900.
El impuesto tenía su origen en una reforma hacendística de 1845. Se trataba de un tributo indirecto que gravaba el tráfico y consumo de algunos de los artículos más comunes en la dieta de las clases populares 11. La tasa suscitó resistencias en todo el país 12. A pesar de ello, la protesta antifiscal tuvo rasgos particulares en los suburbios. En Madrid y otras grandes urbes, el ciudadano medio abonaba el impuesto cada vez que adquiría un artículo. En la periferia, sin embargo, las autoridades confiaron parte de la recaudación a patrullas armadas encargadas de vigilar los puntos de entrada a la población 13. En teoría, el blanco de estos registros eran los negociantes que buscaban colocar su género en los mercados del interior o los contrabandistas que trataban de pasar artículos de matute. En la práctica, los mayores afectados fueron los vecinos de los barrios surgidos fuera de los límites de la ciudad planificada, como Cuatro Caminos. A ellos no les quedó más remedio que acostumbrarse a los controles fronterizos. Era el peaje que debían soportar cada vez que bajaban a Madrid con el rancho del trabajo en el morral. Cada requisa, cada cobranza, cada detención, dejaba un poso de indignación. Un cómodo jergón sobre el que dormía la ira a la espera de algún desafuero mayor que desembocara en motín.
Tabla 1
Principales enfrentamientos en torno al fielato de Cuatro Caminos a finales del siglo xix
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Suceso |
Año |
Observaciones |
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Guardias de consumos disparan a vecinos |
1882 |
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Enfrentamiento a tiros entre vecinos y guardias |
1883 |
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Hallado cadáver de agente de consumos |
1883 |
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Mujeres apedrean a guardias de consumos |
1885 |
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En un registro una vecina ataca a botellazos a guardia |
1886 |
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Motín tras asesinato de dos vecinos a manos de guardias |
1888 |
Asalto al fielato |
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Motín tras disparos de los guardias contra vecinos |
1888 |
Violento linchamiento |
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Agentes de consumos agreden a una vecina |
1888 |
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Motín tras la agresión de agentes contra vecina enferma |
1889 |
Asalto al fielato |
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Guardias de consumos asesinan de un disparo a barrendero |
1890 |
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Agentes de consumos maltratan a vecinos |
1890 |
Se burlan de las agresiones |
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Vecino apuñala a agente de consumos |
1890 |
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Guardias de consumos disparan a un vecino |
1890 |
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Agentes roban y propina paliza a un vecino |
1893 |
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Vecinos agreden a guardia que perseguía |
1893 |
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Guardias agreden a joven que esperaba a su novia |
1893 |
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Motín tras la agresión de guardias contra un niño |
1893 |
Violento linchamiento |
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Motín tras atropello de agentes contra padre e hijo |
1894 |
Violento linchamiento |
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Guardias amedrentan a vecinos con sus armas |
1895 |
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Motín tras la agresión de guardias contra un anciano |
1895 |
Violento linchamiento |
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Agentes de consumos disparan a un joven |
1895 |
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Agentes de consumos disparan a un tabernero |
1897 |
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Vecinos provocan e insultan a agentes de consumos |
1897 |
Escarnio popular |
Fuente: prensa periódica.
A finales de la década de los ochenta el conflicto pareció alcanzar un punto de no retorno. Cada motín era un plebiscito sobre la legitimidad de la frontera. Los desórdenes casi siempre tenían lugar en las inmediaciones de la glorieta de Cuatro Caminos, el limes entre el Madrid oficial y el extrarradio. Canuto González conocía el lugar como la palma de su mano, pues ganaba su sustento en una bodega ubicada a escasos metros de la plazuela. Primero había sido chico de los recados. Después, dependiente. Y, finalmente, encargado de despachar los vinos 14. Desde su puesto de trabajo Canuto era espectador de cada incidente y testigo de los lamentos y resquemores de su clientela. Pocos podían comprender mejor que él el resentimiento popular contra esa línea fiscal que convertía a los vecinos de la barriada en madrileños de segunda. El asunto le tocaba en lo más hondo, pues además de hijo del suburbio, Canuto era un «republicano federal amante de la revolución», tal y como él mismo se describía 15. Un ciudadano comprometido. Alguien ansioso por tomar partido. Pronto, un nuevo abuso le brindó la ocasión de intervenir en una jornada de protesta colectiva:
«A las cinco de la tarde se divulgó la grave noticia de que acababan de ser muertos dos individuos por los guardias de consumos. Esta especie, que venía a exacerbar los resentimientos ya antiguos que los habitantes de los Cuatro Caminos tienen con los citados guardias, a los cuales acusan de abusar inconsideradamente de sus atribuciones y de cometer todo género de atropellos, inflamó todos los ánimos y exaltó todas las pasiones en términos que, media hora después, y como si hubieran sido convocados a son de campana, se presentaron al frente del fielato más de mil personas prorrumpiendo en gritos desaforados de ¡asesinos! ¡ladrones! ¡infames! No satisfechos con esto, salió entonces de varios grupos la voz de prender fuego al fielato, y así lo hubieran hecho a no acudir inmediatamente las tres parejas de la Guardia Civil allí de servicio. [...] Los amotinados deseaban vengar las víctimas y [...] llevados de sus viejos odios contra los empleados fiscales, una vez estos fuera de la caseta dieron en perseguirles [...] librándose merced a la huida de morir despedazados» 16.
Traperos, vendedoras ambulantes, jornaleros y niños participaron activamente en la caza del consumero. No era casual. En Cuatro Caminos la falta de servicios y la insalubridad de las viviendas había conducido a un uso amplio e informal de la calle como foro de encuentro, trabajo o esparcimiento. Precisamente por ello los vecinos quizás vieran los intentos de regulación del tránsito como un cierre del espacio comunitario o una censura a sus estilos de vida. Para ellos el problema no era tanto el pago del impuesto como la existencia de la frontera 17. Poco después, cuando la policía detuvo a los fugados, los amotinados apedrearon a los agentes y trataron de arrebatarles el preciado botín. En el extrarradio funcionaban otras normas y, más que la ley en la calle, lo que imperaba era la ley de la calle. Después de haber levantado sus casas y haber organizado algunos servicios, los vecinos se sentían soberanos en Cuatro Caminos. La de esa tarde había de ser una causa general por años de vejaciones, y por esa razón sobraban tanto los policías como la comitiva judicial, silbada según llegó al lugar de los hechos. Los vecinos desconfiaban de las autoridades de Madrid. Exigían una reparación colectiva e inmediata del daño recibido: «¡A todos! ¡A todos los empleados es a quienes queremos! ¡Todos son lo mismo!». «¡Mueran los ladrones de consumos!» 18.
Aunque la acción coordinada de las distintas autoridades evitó el linchamiento, para restablecer la calma fue preciso patrullar hasta media noche y realizar algunas detenciones. La más sonada fue la de «un tal Canuto, tabernero muy conocido en el barrio y a quien todos vieron ejercer por la tarde de cabeza de motín». En su declaración, a Canuto no le dolieron prendas en admitir su papel en la protesta:
«Al ver en tal situación a un joven que vivía de su honrado trabajo y que sin duda venía de ganar el sustento para su familia, bien ajeno de que, en vez del pan para sus hijos, iba a encontrar la muerte más villana [...] me sentí indignado, lo confieso, y protesté en voz alta como protesto aún contra sus matadores, censurando duramente a los que presenciaban aquel horrible espectáculo y no sentían en sus entrañas un noble impulso de caridad para aquel desgraciado» 19.
El de Canuto era el único nombre propio de una revuelta anónima. El rostro que destacaba entre la multitud. El hombre que había capitaneado el asalto al fielato. Aquel que pagó con noches de prisión la insolencia de toda una barriada.
Resulta difícil rescatar episodios de la vida de un donnadie de las afueras. Desconocemos si anteriormente Canuto González había tomado parte en otras algaradas. Las fuentes, parciales y poco generosas, permiten entrever a un joven con cierto predicamento entre sus iguales, alguien que no pasaba desapercibido. Pero poco más. Sí sabemos, en cambio, que aquel acontecimiento debió de marcar su trayectoria, pues el rastro tenue que su nombre dejaba en los archivos en los años ochenta se convirtió a partir de aquel momento en un sinfín de huellas disponibles para el investigador. Así, a principios de los noventa encontramos a Canuto organizando la asociación de vecinos de la barriada o presentándose en los despachos oficiales para entregar a los mandamases de la ciudad pliegos de firmas con las reivindicaciones del suburbio: agua, luz, colegios, calzadas pavimentadas y, por supuesto, una revisión del sistema de pagos en el fielato. En aquellos escritos Canuto dejaba claro desde qué parámetros interpelaba a las elites y cuál era la comunidad de afinidad en la que se reconocía. No hablaba en nombre de una clase universalmente maltratada. Firmaba en nombre de «los que desgraciadamente vivimos en los extrarradios». De los ciudadanos sin ciudad. Los vecinos de Cuatro Caminos tenían conciencia de estar fuera, de pertenecer a un cuerpo social diferenciado 20.
Canuto se movía como pez en el agua en la política del suburbio. Su norte era acabar con la frontera y lograr la plena integración de Cuatro Caminos en la ciudad. También fue por aquellos años cuando se consagró laboralmente. Atanasio Ferrero, su patrón, se jubiló, y Canuto, que había recorrido todos los peldaños en el oficio de servir, heredó la taberna 21. Su prestigio era enorme. Si los republicanos de Madrid daban un mitin en la barriada, los obreros interrumpían a gritos a los oradores exigiendo que fuera Canuto quien tomara la palabra 22. Si había comicios, su negocio se convertía en oficina de reclutamiento electoral 23. Su fama era tal que incluso se le brindó una función homenaje en el Martín, uno de los teatros de moda entre las clases populares de la capital 24.
Cuando parecía que todo marchaba viento en popa, la suerte dejó de sonreírle y los elogios y aplausos de ayer se volvieron malas caras y acusaciones. La causa estaba, cómo no, relacionada con la dichosa frontera que restringía la libertad de movimiento de los vecinos y los fijaba sobre el terreno. A mitad de los noventa Cuatro Caminos ya no era aquel poblado caminero que asomaba tímidamente la cabeza en las hondonadas del final de Madrid. Había llovido mucho desde que Canuto González llegara a la barriada. El sórdido arrabal de antaño era a finales de siglo firme aspirante a gran suburbio obrero. El crecimiento de Cuatro Caminos supuso también el surgimiento de cierta estructura social y la aparición de grupos que trataban de articular una respuesta propia a los problemas cotidianos. Canuto figuraba entre sus huestes. Era uno de los notables del suburbio. La cabeza del ratón en la capital del Madrid proletario. Pequeños tenderos que gozaban de cierta influencia y que, con motivo de la querella fiscal, se asociaron para presionar ante los poderes públicos. Al principio únicamente trataban de tomar las riendas de un conflicto irresoluble a golpe de motín. Con el tiempo, su liderazgo levantó ampollas y dibujó las primeras grietas en el compacto bloque de quienes rechazaban el impuesto.
Las fricciones asomaron tan pronto como el Ayuntamiento quiso renegociar la recaudación en el extrarradio. Al margen del pago en el fielato, los barrios ubicados en las zonas fiscales contribuían con un cupo calculado en función de su número de habitantes y sufragado en primera instancia por los industriales que desearan concertarse con la administración, los concertados 25. En 1897 el Ayuntamiento multiplicó el tipo a pagar. Los suburbios se habían convertido en caramelos demasiado apetecibles para las arcas municipales. Solo un puñado de comerciantes en busca de respetabilidad o ganancias a futuro aceptaron las nuevas cuotas. Canuto era uno de ellos. Si luego venían mal dadas siempre podrían repercutirlo sobre el bolsillo de sus clientes encareciendo los productos. En cambio, para los vecinos, aquellos que sufrían en sus carnes los decomisos y las palizas, toda entente con las autoridades que habían tolerado aquellos excesos era una claudicación intolerable. Una traición 26.
A mediados de julio de 1897, los industriales trataron de conciliar posturas en una gran asamblea. El objeto no era otro que acordar la cantidad que podían ofrecer por el concierto. Uno tras otros los tenderos del suburbio tomaron la palabra para denunciar a los compañeros conchabados con el Ayuntamiento. Canuto fue de los peor parados y a punto estuvo de ser linchado cuando defendió el convenio propuesto por las elites de Madrid. Cuando los derechos consuetudinarios estaban en juego las gentes del suburbio no se andaban con chiquitas. Sus protagonistas entonces no lo sabían, pero aquello solo era el aperitivo. El plato fuerte lo pondrían los vecinos unos días más tarde, cuando el extrarradio entero se puso en huelga ante la negativa del alcalde a reducir los tipos 27.
El 28 de julio comenzó a regir el convenio y a la mañana siguiente miles de tenderos y vecinos de las distintas zonas marcharon hasta la Plaza de la Villa para exigir al alcalde su inmediata suspensión. El alcalde, sin embargo, se mantuvo en sus trece y rechazó atender a los manifestantes. Aquello desató el conflicto. En los suburbios se produjeron reuniones, recogidas de firmas, amenazas, golpes. En torno a la línea fiscal hubo algunas escenas violentas entre mujeres y vigilantes, así como ataques a algunos concertados, como Canuto, al que los guardias salvaron el pellejo cuando la multitud lo acorraló junto al fielato. El intento de agresión daba la medida del estado levantisco en que se encontraba el extrarradio. Tenderos y vecinos estaban dispuestos a llegar hasta el final en su pulso con el Ayuntamiento y por ello declararon el cierre generalizado de negocios a partir del 2 de agosto 28.
Aquel día los suburbios amanecieron en son de guerra. La muchedumbre recorría las calles para garantizar que todos cumplieran el cierre pactado. Los pocos que osaron abrir lo pagaron caro y terminaron cerrando antes o después por imperativo popular. El que regía en la periferia. En Cuatro Caminos la mayor parte de los odios se concentraron en la figura de Canuto. Con total naturalidad, incluso con cierta arrogancia, Canuto abrió su negocio a primera hora, desobedeciendo así el acuerdo. Dieciséis comerciantes más siguieron su ejemplo. Poco les iba a durar la tranquilidad. Instantes después la traición era vox populi en la barriada. En un abrir y cerrar de ojos se formaron corros de mujeres indignadas que presionaban a las puertas de las tiendas concertadas:
«Provistas todas de grandes cantos, que a un lado y a otro de la carretera hay hacinados, paráronse frente al establecimiento.
—Cierre usted, tío gordinflón, o le hacemos cerrar a la fuerza.
Canuto no hizo caso y continuó colocando banquetas. Entonces la misma voz gritó:
—¡A ese barrigas!
Y al momento cayó una verdadera lluvia de piedras sobre el establecimiento. Canuto se refugió en el interior del establecimiento, pero otra segunda descarga dio en tierra con botellas y vasos que cayeron hechos pedazos. Canuto hizo señas de que iba a cerrar, pero ya era tarde. Aquella muchedumbre se precipitó en el establecimiento, tratando de hacer presa en Canuto, que tuvo la suerte de meterse en las habitaciones interiores, lo que le libró de ser destrozado por las irritadas mujeres. Y al grito de guerra de ¡Muera Canuto! destrozaron todo cuanto sobre el mostrador hallaron, fueron luego a la trastienda y abrieron las bocas de los pellejos, convirtiendo el suelo en un lago de vino, las banquetas y vasos fueron arrojadas en alto, el mostrador abollado con piedras y palos... en fin, un verdadero destrozo» 29.
El otrora querido Canuto, aquel que antaño comandaba los alborotos contra los consumeros y se partía la cara por los suyos, era ahora víctima de la ira popular. La protesta no había hecho más que empezar. La visita a su taberna era la primera de un largo recorrido de escarmiento y castigo. Tienda tras tienda la mecánica era la misma: apedreamiento, entrada, destrozos e inutilización del género. Todo estaba ritualizado, desde las amenazas y la ejecución hasta la apariencia. Aquello era un tribunal que impartía la justicia de los de abajo y reintegraba el honor mancillado de la comunidad. Eran vecinas honradas y una marea de chiquillos, no una banda de delincuentes. Su labor era catártica, nunca devastadora 30. Seguramente fue entonces cuando la multitud ahorcó a un gato propiedad de Canuto que figuraba ser su amo. Las mujeres colgaron al felino, lo despellejaron y tras pasearlo en procesión por varias calles, clavaron su cadáver en la puerta de la taberna. La justicia popular podía ser mucho más punitiva y terrorífica que la que se desarrollaba en los tribunales 31. El estrangulamiento del animal era una declaración de intenciones de lo lejos que podía llegar la cultura de la irreverencia en el suburbio. Como medida extraordinaria, la policía decidió enviar a Canuto a un lugar seguro en el interior de la ciudad. Al otro lado de la frontera. En Cuatro Caminos no podían garantizar su seguridad 32.
El barrio estaba sumido en el caos. Más de 3.000 personas avanzaban armadas de guijarros, latas de petróleo y esteras viejas listas para ser quemadas en caso de que algún comercio precisara del fuego purificador. Como estandartes portaban banderas con el consabido «¡Muera Canuto!», así como trapos negros que ondeaban atados a palos de escoba. Los vecinos clamaban contra las fronteras urbanas, pero también contra las distinciones de estatus que algunos tenderos habían querido establecer en el propio suburbio. Los retenes llegados de Madrid guardaban la puerta de los negocios, que en ese momento ya eran poco más que cementerios de grava y adoquines. Mientras, los grupos convirtieron la marcha en un pasacalle al grito de «¡Abajo los ladrones! ¡Abajo el concierto! ¡Mueran los arrendatarios!». Se movían con rapidez en una mezcla de tumulto punitivo y comparsa festiva. No en vano, las fiestas de la barriada, aquellas que siempre había organizado Canuto 33, tenían lugar todos los años en esas fechas y quizás por ello las amotinadas se divirtieran cantando una jota compuesta exprofeso para la ocasión:
La Virgen de Bellas Vistas
se ha quedao [sic] sin corona
porque se han llevao [sic] el dinero
los ladrones de las zonas» 34.
La situación de los tenderos no concertados tampoco era halagüeña. Por un lado, no querían hacerse responsables de los excesos de los amotinados. Por otro, pese a sus intentos de alcanzar un acuerdo, el alcalde siguió inflexible en el mantenimiento del cupo, lo que les dejó en una frágil situación dentro de la correlación de fuerzas del vecindario. Atemorizados por los tintes que parecía cobrar el conflicto, volvieron a sus casas y dejaron de liderar la protesta 35. Desde entonces la revuelta fue cosa de mujeres plebeyas y jornaleros pobres. La política de notables hacía aguas en los suburbios 36.
Los siguientes días hubo un impresionante despliegue policial en torno a la glorieta de Cuatro Caminos, que fue más frontera que nunca. El extrarradio quedó sumido en cuarentena. Para las autoridades era importante evitar que el veneno de los suburbios se derramara por el resto de la ciudad. En la barriada lo más llamativo fue un episodio que combinaba ingenio, desorden y folclore al servicio de la protesta. Puesto que aquellos eran días de fiesta, los vecinos hicieron uso del amplio fondo de guasas y humillaciones característico de esas fechas. Fiesta y tumulto podían ser dos caras de la misma moneda. En ambos mundos las rutinas adquiridas y los elementos simbólicos eran cruciales. Así, cansados de tanto batallar, algunos vecinos creyeron que la mejor manera de remover los cimientos del orden social era pasar de la acción directa a la metafórica. El ridículo era una forma de crítica social tan contundente como el asalto, pero quizás mucho más sutil. Aprovechando un despiste de las autoridades, más preocupadas por sofocar las rebeliones abiertas que las encubiertas, un grupo de vecinos se dispuso a firmar su particular entierro de la sardina, el fin de aquellas fiestas que tanto habían tenido de carnaval social y político. Una cuadrilla de mujeres confeccionó un enorme pelele que en las ropas y el físico (la prensa destacaba su «grueso abdomen relleno de paja») simbolizaba ser Canuto. La noticia corrió de boca en boca y todos se citaron para sacarlo en procesión nocturna:
«El pensamiento de las autoras del pelele era pasearle por el barrio anoche, cantando responsos mezclados con cantares alusivos al acto, alumbrándole con velas y hachones de viento, y colgarle después. El espectáculo terminaría con prender fuego al monigote. No pudieron cumplir el programa, porque enteradas las autoridades redoblaron la vigilancia y anoche practicaban muchas inútiles pesquisas para averiguar el paradero del pelele» 37.
La infatigable búsqueda policiaca era un buen indicio de la importancia que los poderes otorgaban a las indisciplinas simbólicas en el suburbio. Ahora que las aguas parecían volver a su cauce era esencial impedir que volvieran a desbordarse. La burla, el entierro en efigie o el uso ceremonial del fuego podían desatar nuevos alborotos indeseados. La pantomima era una ocasión propicia para mostrar el músculo social del vecindario y reforzar los lazos comunitarios puestos en cuestión. Como ha mostrado Darnton, la risa franca e incontenible era un ingrediente vital de la cultura popular y un pasaporte de primera calidad para volver el mundo del revés y reprender a los poderosos 38. Posiblemente por ello las mujeres de la barriada insistieron en su propósito y dirigiéndose a la fuerza pública gritaron: «Ustedes se marcharán de aquí y entonces volveremos a hacer lo que nos dé la gana. La procesión se verificará y la efigie la quemaremos» 39.
En Cuatro Caminos eran los vecinos quienes imponían las normas, y no unas autoridades a menudo percibidas como extranjeras 40. La crónica no descubre quién ganó el pulso ni si finalmente hubo desfile fúnebre, pero permite intuir que estas prácticas sibilinas y subrepticias, que rara vez se escenificaban ante la mirada del policía o el periodista, eran toda una tradición en los suburbios 41. Aquel entierro ficticio llegaba diez años antes del que el destino deparaba a Canuto. Y en condiciones muy distintas a las del luto colectivo que rodeó su sepelio. La alegoría de la muerte tras días de orgía y devastación representaba la vuelta a un orden que en Cuatro Caminos no era el capitalista sino el que ya imperaba en la barriada antes de que un puñado de industriales tratara de escapar de su condición humilde y buscara codearse con lo más granado de la elite urbana 42. En los barrios populares, el manteamiento de peleles tenía un componente de rebeldía e insubordinación 43 La hoguera, además, en muchas fiestas simbolizaba la destrucción de los vicios, bien claros en el caso de Canuto a ojos de sus vecinos, y su regeneración. Finalmente, la parodia en su conjunto brindaba a los amotinados la posibilidad de liberar sus más bajos instintos y concluir, al fin, la obra de liquidación que tantas veces la Guardia Civil les había privado de satisfacer. Al propasarse con ese cuerpo rechoncho y prominente tal vez hicieran una transgresión a la altura de la violación del sentido común del suburbio cometida por Canuto 44.
Días después el conflicto se apagó. Los habitantes del extrarradio tuvieron en jaque a las autoridades casi una semana. Aunque los vecinos apenas lograron alterar su suerte, la batalla evidenció el potencial subversivo de los suburbios y la incapacidad de las elites de la ciudad para satisfacer las demandas de los barrios apartados. La lucha de agosto también dejó algunas pautas que marcaron el rumbo de la protesta los siguientes años: primacía de la lógica tumultuosa sobre el acuerdo negociado, legitimación de la acción violenta y recomposición comunitaria con la vuelta al redil de los villanos de 1897.
Como era de esperar, los excesos de los consumeros continuaron, pero tras las pedreas y los asaltos el vecindario estaba vigilante ante cualquier abuso. Así, en mayo de 1899 tuvo lugar un suceso que debe leerse como una resaca de lo ocurrido dos años atrás. Harto de las continuas provocaciones del personal del fielato, Gabino Pérez, dependiente de carnicería en la calle Bravo Murillo, número 92, disparó varios tiros a Manuel García, empleado del resguardo, que falleció. El incidente causó gran revuelo en la barriada, que siguió de cerca el proceso judicial. En el aire planeaba la sospecha sobre todo un vecindario. La sangrienta discusión tuvo lugar a plena luz del día, en un punto de tránsito obligatorio, a una hora concurrida. Necesariamente tenía que haber testigos. Sin embargo, nadie sabía nada. Nadie había visto nada. Era como si todos se hubieran comprometido a guardar silencio. Nadie parecía querer testificar contra Gabino Pérez, homicida quizás, pero uno de los suyos en la guerra eterna que los suburbios sostenían contra los cancerberos del fielato. El día del juicio estaba llamado a declarar Canuto González. Su taberna, ubicada también en el número 92 de Bravo Murillo, lindaba pared con pared con la carnicería en la que servía el procesado, por lo que a Canuto no le quedó más remedio que exponer su versión ante el tribunal. Los ojos de la barriada de nuevo se posaban sobre él: «Canuto ha dicho hoy, con voz muy fuerte, y a veces como si se incomodase, que él no había visto nada; pero que había oído decir que el muerto había insultado al procesado y le había escupido a la cara, para demostrarle que valía más que él» 45.
Tal vez fuera cierto y las palabras de Canuto se correspondieran con lo vivido el día de autos. Tampoco resulta de vital importancia saberlo. Lo que nos interesa es que aquella declaración nerviosa era el mejor salvoconducto para recuperar el favor de sus vecinos. Puesto en la tesitura de delatar al dependiente o escurrir el bulto y hacer caer sobre el finado la responsabilidad de la pelea, Canuto no dudó. Al dar la cara por un muchacho del suburbio Canuto limpiaba sus pecados del pasado y aprovechaba la oportunidad de redención que el destino le brindaba. Significativamente, el jurado terminó decantándose por la absolución.
El suceso dibujaba una escalada en el conflicto. Los episodios de 1897 parecían haber dado una coartada moral a la violencia. Las rondas de mujeres apedreadoras, el destrozo de los géneros o la persecución por las calles de los concertados habían imprimido una pátina de legitimidad a las agresiones de los vecinos, que se entendían ahora como actos de defensa del honor ante una provocación externa. Los hijos de la frontera habían pasado a la acción. Esos años, que acabaron con una gran quema del fielato, eran la mejor prueba de ello. Frente a los límites impuestos por la ciudad liberal, los vecinos del suburbio trazaron en aquel ciclo de protesta su propia raya, una que ni las autoridades ni sus representantes podían franquear sin exponerse al castigo popular.
Tabla 2
Principales enfrentamientos en torno al fielato de Cuatro Caminos tras la huelga de 1897
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Suceso |
Año |
Observaciones |
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Manifestación contra la empresa arrendataria |
1898 |
400 personas cercan fielato |
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Sospechoso de matutero apuñala a agente de consumos |
1898 |
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Carnicero de la barriada asesina a guardia de consumos |
1899 |
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Juntas de defensa de vecinos e industriales |
1900 |
Asambleas y mítines |
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Vecinos e industriales amenazan con nueva huelga de barrio |
1900 |
Unanimidad comunitaria |
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Agente de consumos es embestido por la multitud |
1900 |
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Asalto e incendio del fielato tras agresión a vecino |
1901 |
8.000 personas queman fielato |
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Sujetos matan a pedradas a guardia de consumos |
1902 |
Fuente: prensa periódica.
Las heridas abiertas en 1897 parecían sanadas. Por miedo o por convencimiento, los tenderos desobedientes retornaron al seno de la comunidad. Canuto González bajó de nuevo al fango de la política de barrio: volvió a organizar los festejos, promovió la creación de escuelas laicas y dirigió escritos de queja a la administración 46. También fue uno de los fundadores del club republicano de la barriada 47. Además, mudó su negocio a Villa Constancia, un enorme merendero que se convirtió en santuario de los revolucionarios madrileños y en foro comunitario para los vecinos 48. Canuto era tan conocido que durante años llevó su nombre una de las calles del suburbio 49.
Un último asunto terminó de congraciar al tabernero con el vecindario. En abril de 1905 se hundió uno de los techos del Tercer Depósito del Canal de Isabel II, ubicado en la zona norte de Madrid. Decenas de obreros de la barriada murieron. Cientos quedaron heridos o incapacitados. En respuesta, los vecinos se echaron a la calle para protestar contra la avaricia de los contratistas, a quienes responsabilizaban de la tragedia. En la glorieta de Cuatro Caminos se produjeron sangrientos choques entre los manifestantes y la fuerza pública, que tenía orden de impedir que las masas de las afueras descendieran sobre Madrid. La plazuela que separaba el extrarradio de la ciudad planificada fue aquellos días un auténtico fortín policial. En ese escenario, Canuto González y otros compañeros cobraron especial protagonismo. Primero llamaron a la movilización con un combativo manifiesto. Después, capitanearon la marcha que, al fin, logró traspasar la frontera y recorrió las calles céntricas de la ciudad imponiendo el luto 50. Aquel liderazgo en unas jornadas tan agitadas llevó a Canuto a pasar una buena temporada entre rejas 51.
Para los suyos era, de nuevo, un héroe. Así quedaría acreditado a finales de año. Con motivo de las elecciones municipales, los vecinos de las afueras presentaron a los dirigentes de Unión Republicana pliegos de firmas solicitando que Canuto González fuera designado candidato por Chamberí, el distrito en que se integraba
Ilustración 1
Agitación en Cuatro Caminos tras el hundimiento del Tercer Depósito

Fuente: Nuevo Mundo, 13 de abril de 1905. En primer plano, los grupos a la puerta del merendero de Canuto.
Cuatro Caminos. Peones, traperos, tranviarios y modestos comerciantes suscribieron la petición. El partido aceptó y proclamó su candidatura en un gran mitin celebrado en el suburbio 52. Su programa electoral se centró en la abolición del impuesto que sangraba a los moradores de la periferia 53. Sin embargo, Canuto no resultó elegido concejal. Tuvo un rotundo apoyo entre sus vecinos, que incluso llegaron a hacer en las calles un grupo escultórico presidido por su figura 54, pero no dispuso de votos suficientes en el resto de los barrios que formaban Chamberí, los que pertenecían a la ciudad planificada, donde la cuestión de los consumos era secundaria 55.
Aunque se quemara el fielato o se superaran los cordones policiales había barreras que no caían tan fácilmente. Dos años después una pulmonía segó la vida del tabernero. El otoño de 1907 llegó muy frío y Canuto, que gustaba de ir de un lado a otro en mangas de camisa, cayó enfermo una tarde que se dirigía a Madrid a presentar nuevas reivindicaciones ante el alcalde. Fue el último servicio a sus vecinos. El punto final a una vida a caballo de la frontera 56.
La historia de Canuto González desvela la importancia que tenían las fronteras urbanas para los vecinos de las afueras de Madrid. Aunque fragmentario, el rastro que el tabernero dejó en los archivos permite ofrecer algunas conclusiones provisionales sobre la cosmovisión de aquellas gentes y su conflictiva relación con la gran ciudad. En primer lugar, la indeseada erupción del extrarradio evidenció los límites del programa liberal de reforma urbana o, por decirlo con las palabras de Henri Lefebvre, mostró la oposición entre el urbanismo ideal, proyectado sobre el mapa y apetecido por los gobernantes, y la vida urbana, entendida como el uso efectivo que los ciudadanos hacían del espacio 57. Por un lado, aunque el ensanche de Madrid era la niña bonita de los ingenieros municipales, los altos precios del suelo, inasequibles para familias como la de Canuto, facilitaron el surgimiento descontrolado de arrabales como Cuatro Caminos. Por otro lado, la agitación constante de los vecinos de los suburbios contra el fielato supuso un desafío a los cánones liberales de movilidad, orden público, fiscalidad o planificación urbana. Los barrios como Cuatro Caminos eran el flanco débil de aquello que la historiografía de cuño foucaltiano ha denominado «gubernamentalidad liberal» 58.
En segundo lugar, la vida en la frontera fue una escuela de aprendizaje político para los vecinos. Abandonados por las instituciones, los moradores de Cuatro Caminos fueron albañiles y arquitectos de su propia ciudad, que levantaron desde los cimientos y trataron de adecuar a sus hábitos y valores. En ese contexto, en los suburbios se produjo la emergencia de un nuevo espécimen de la política de masas, los políticos de alcantarilla: ciudadanos del montón con predicamento entre sus iguales, fontaneros de causas aparentemente prosaicas, donnadies que se encontraron desempeñando roles inimaginables para su posición social: gestores, portavoces, maestros improvisados, agitadores, escritores de cartas de queja, candidatos a concejales. En la periferia, donde todo estaba por hacer, la construcción desde abajo de la ciudad obrera abrió la puerta a una nueva práctica política que tuvo en hombres como Canuto a sus mejores embajadores. Lejos de ser figuras sin importancia para la gran historia, los artesanos de la política del suburbio colocaron a sus barrios en el mapa y consiguieron instalar sus preocupaciones ordinarias en las instituciones. La trayectoria de Canuto, que pasó de arengar a sus vecinos a codearse con los altos cargos de la ciudad muestra los vasos comunicantes entre las calles y los partidos y revela que lejos de existir una lógica de progresiva sofisticación o tecnificación de los repertorios de acción colectiva, lo cotidiano y lo universal, lo desregulado y lo institucional, lo inmediato y lo doctrinal estaban indisociablemente ligados 59.
Finalmente, la lucha fronteriza fue la carta de presentación de una nueva política contrahegemónica. En Cuatro Caminos, como también sucedió en la periferia de otras ciudades occidentales, las carencias estructurales, la homogeneidad socioeconómica y la fijación al terreno propiciaron la aparición de una cultura comunitaria, callejera, tumultuosa, irreverente y resentida con las autoridades urbanas y estatales, sin la cual resulta difícil comprender la efervescencia revolucionaria típica de los suburbios de entreguerras. De hecho, muchos de los rasgos que la historiografía ha encontrado característicos de la política radical de esos años, como la lucha por la calle, la autoorganización, la solidaridad horizontal, el desacato ante la autoridad, la legitimación de la violencia, el ideal de comunidad autorregulada o el desprestigio de los procedimientos institucionales habían sido el pan de cada día en los suburbios desde finales del siglo xix 60.
1 El País, 2 de noviembre de 1907.
2 Los discursos son una licencia narrativa. Su contenido procede de distintas semblanzas: El Heraldo, 31 de octubre de 1907; El Liberal, 1 de noviembre de 1907; El País, 1 de noviembre de 1907; El Norte de Madrid, 1 de agosto de 1916; La Voz, 2 de febrero de 1928; El Liberal, 2 de abril de 1931, y La Libertad, 17 de marzo de 1932.
3 Archivo de Villa de Madrid (AVM), Estadística, Padrón Municipal de Habitantes, 1905. Usamos la denominación genérica «Cuatro Caminos» para hablar de los barrios administrativos de Bellas Vistas y Cuatro Caminos, pues así es cómo designaban la zona los contemporáneos.
4 En este texto entendemos la cultura política como un fondo antropológico que trasciende las banderas políticas y que permite entender prejuicios, anhelos, solidaridades, sentidos comunes, necesidades o prácticas desde lo cotidiano, desde el punto de vista de los actores. Las personas del montón tenían cultura política. Significaban sus acciones o imaginaban el mundo a partir de variables como el entorno de vida, las experiencias laborales, el género, el origen, etc. En ese sentido, a finales del siglo xix, en los suburbios, cuajó una forma particular de estar en el espacio público, adscribirse al terreno y relacionarse con las autoridades que no puede ser reducida a la mera afinidad ideológica. Las raíces teóricas de esta interpretación proceden de dos ricas ramas de estudios: la que en el mundo anglosajón ha investigado la «política popular» y la que en la academia francesa se ha preocupado por la «politización ordinaria». Sobre la primera, véanse Katrina Navickas: Protest and the Politics of Space and Place, 1789-1848, Manchester, MUP, 2016, pp. 1-20; Malcolm Chase: «Popular politics», en David Brown, Robert Crowcroft y Gordon Pentland (eds.): The Oxford Handbook of Modern British Political History, 1800-2000, Oxford, Oxford University Press, 2018, pp. 48-66, y Malcolm Petrie: Popular Politics and Political Culture. Urban Scotland, 1918-1939, Edimburgo, Edinburgh University Press, 2018. Respecto a la segunda, Laurent Le Gall, Michel Offerlé y François Ploux (eds.): La politique sans en avoir l’air. Aspects de la politique informelle, xixe-xxie siècle, Rennes, PUR, 2012, y Claire Judde de Lariviere y Julien Weisbein: «Dire et faire le commun. Les formes de la politisation ordinaire du Moyen Âge à nos jours», Politix, 119 (2017), pp. 7-30. Distintos desarrollos del concepto de cultura política en España en Manuel Pérez Ledesma y María Sierra (eds.): Culturas políticas: teoría e historia, Zaragoza, IFC, 2010, y Manuel Pérez Ledesma e Ismael Saz (eds.): Historia de las culturas políticas en España y América Latina, 6 vols., Madrid-Zaragoza, Marcial Pons-PUZ, 2014-2016.
5 Simon Gunn y Robert Morris (eds.): Identities in Space. Contested Terrains in the Western City since 1850, Aldershot, Ashgate, 2001; Leif Jerram: «Space: a useless category for historical analysis?», History and Theory, 52 (2013), pp. 400-419, y Shane Ewen: What is Urban History?, Cambridge, Polity Press, 2016.
6 AVM, Estadística, Padrón Municipal de Habitantes, 1890.
7 Una perspectiva general de Madrid en Rubén Pallol, Fernando Vicente y Carlos Hernández: «Metropolitización y transformación del espacio urbano y de los rasgos sociales en Madrid 1900-1936», en Luis Enrique Otero y Rubén Pallol (eds.): La sociedad urbana en España, 1900-1936, Madrid, Catarata, 2017, pp. 99-131. Sobre el ensanche, véanse Borja Carballo: El Ensanche Este. Salamanca-Retiro 1860-1931. El Madrid burgués, Madrid, Los Libros de la Catarata, 2015; Rubén Pallol: El Ensanche Norte. 1860-1931. El Madrid moderno, Madrid, Los Libros de la Catarata, 2015, y Fernando Vicente: El Ensanche Sur, Arganzuela (1860-1931): los barrios negros, Madrid, Los Libros de la Catarata, 2015. Sobre el extrarradio y su conflictiva relación con el ensanche, véase Charlotte Vorms: Bâtisseurs de banlieue à Madrid. Le quartier de la Prosperidad (1860-1936), París, Creaphis, 2012.
8 Carlos María de Castro: Memoria descriptiva del Ante-Proyecto de Ensanche de Madrid, Madrid, Imprenta de José de la Peña, 1860.
9 La idea de la arquitectura como recordatorio de una serie de funciones asociadas al espacio urbano procede de Patrick Joyce: The Rule of Freedom. Liberalism and the Modern City, Londres, Verso, 2003. Para este autor, a mediados del siglo xix se produjo una eclosión de mercados, grandes almacenes, edificios cívicos o town halls construidos con la finalidad simbólica de representar el poder y proveer a la ciudadanía de una dirección moral. En el caso del fielato o de las cocheras de tranvía estos edificios tendrían una doble significación. Por un lado, servirían como inscripción material de su condición externa a la ciudad liberal. Por otro, como icono de su dependencia económica y administrativa respecto al gobierno urbano.
10 La Época, 6 de marzo de 1866.
11 Miguel Martorell Linares: El santo temor al déficit. Política y hacienda en la Restauración, Madrid, Alianza Editorial, 2000, pp. 50 y ss.
12 Rafael Vallejo Pousada: «El impuesto de consumos y la resistencia antifiscal en la España de la segunda mitad del siglo xix. Un impuesto no exclusivamente urbano», Revista de Historia Económica, 14 (1996), pp. 339-370.
13 Comisión extraparlamentaria para la transformación del impuesto de consumos, Madrid, Sucesora de Minuesa de los Ríos, 1906.
14 AVM, Estadística, Padrón Municipal de Habitantes, 1890.
15 Las Regiones, 31 de agosto de 1889.
16 El relato en El País, 4 y 5 de septiembre de 1888, y La Justicia, 5 de septiembre de 1888. A lo largo del artículo aparecen diferentes relatos en que los periodistas incurren en un tono mítico, grandilocuente o de sensible simpatía con los habitantes del extrarradio. Conviene que el lector del siglo xxi tenga en cuenta esta circunstancia. Las cabeceras emitían información, pero también opinión: reflejaban la realidad al tiempo que trataban de construirla conforme a su programa e imaginario.
17 El uso de la calle en los suburbios en Chris Ealham: La lucha por Barcelona. Clase, cultura y conflicto, 1898-1937, Madrid, Alianza Editorial, 2005; Mark Wild: Street Meeting: Multiethnic Neighborhoods in Early Twentieth-Century Los Angeles, Berkeley, UCP, 2005; Leif Jerram: Streetlife. The Untold History of Europe’s Twentieth Century, Oxford, Oxford University Press, 2011, y Molly Loberg: The Struggle for the Streets of Berlin. Politics, Consumption and Urban Space, 1914-1945, Cambridge, Cambridge University Press, 2018.
18 Óscar Bascuñán: «Justicia popular. El castigo de la comunidad en España, 1895-1923», Hispania, 263 (2019), pp. 699-725.
19 El relato en El País, 4 y 5 de septiembre de 1888, y La Justicia, 5 de septiembre de 1888.
20 El Liberal, 26 de marzo de 1897. Existe toda una tradición de escritos firmados por pequeños políticos de las afueras que significaban sus vivencias por el lugar que ocupaban en la ciudad y no por su posición en las relaciones de producción. Sobre identidades no clasistas, véase Patrick Joyce: Democratic Subjects. Studies in the History of the Self and the Social in Nineteenth Century England, Cambridge, CUP, 1994.
21 Aunque en las estadísticas (AVM, Estadística, Padrón Municipal de Habitantes, 1895) Atanasio Ferrero figuraba aún como patrón, sabemos por la prensa que Canuto era ya el responsable de facto.
22 La Época, 25 de febrero de 1893.
23 Unión Católica, 6 de marzo de 1893.
24 La Justicia, 6 de mayo de 1893.
25 Reglamento provisional para la administración y exacción del impuesto de consumos, Madrid, Imprenta Municipal, 1896.
26 Además, el Ayuntamiento resolvió dejar en manos privadas la explotación de los fielatos. Los guardias ya no tendrían que rendir cuentas de su trabajo ante la administración. Véase Escritura de arrendamiento por dos años económicos y lo que resta del presente, de los derechos de consumos y arbitrios municipales de esta capital, Madrid, Imprenta Municipal, 1897.
27 El Día, 14 de julio de 1897.
28 El Imparcial, 31 de julio de 1897, y El Liberal, 1 de agosto de 1897.
29 El País, 3 de agosto de 1897.
30 La lógica de estos motines en David Garrioch: The Making of Revolutionary Paris, Berkeley, UCP, 2002, pp. 115-141; Francisco Sánchez Pérez: La protesta de un pueblo. Acción colectiva y organización obrera. Madrid 1901-1923, Madrid, Cinca, 2005, pp. 33-105.
31 El ahorcamiento del gato en El Imparcial, 3 de agosto de 1897. El valor simbólico de los gatos y su relación con la protesta popular contra los burgueses en Robert Darnton: «La rebelión de los obreros: la gran matanza de gatos en la calle Saint-Severin», en íd.: La gran matanza de gatos y otros episodios en la historia de la cultura francesa, México, Fondo de Cultura Económica, 1987, pp. 81-108. El acto (y la escenificación) tras el estrangulamiento puede ser considerado un ejemplo «contrateatro de los pobres» según Edward Palmer Thompson: «Patricios y plebeyos», en íd.: Costumbres en común, Barcelona, Crítica, 2000, pp. 29-115, esp. pp. 84-91. Desarrolla una idea similar al hablar de las «formas elementales del disfraz», James C. Scott: Los dominados y el arte de la resistencia, Tafalla, Txalaparta, 2003, pp. 200-217.
32 El Liberal, 3 de agosto de 1897.
33 El Norte de Madrid, 1 de agosto de 1916.
34 El País, 3 de agosto de 1897.
35 El País, 4 de agosto de 1897.
36 Temma Kaplan: «Female Consciousness and Collective Action. The Case of Barcelona, 1910-1918», Signs. Journal of Women in Culture and Society, 7 (1982), pp. 545-566; Carlos Gil Andrés: Protesta popular y orden social en La Rioja de fin de siglo, 1890-1905, Logroño, Instituto de Estudios Riojanos, 1995, pp. 93-101; Víctor Lucea: «Amotinadas: las mujeres en la protesta popular de la provincia de Zaragoza a finales del siglo xix», Ayer, 47 (2002), pp. 197-198; Mónica Burguera: «La política de los paisajes campesinos en la ciudad: mujeres, niños y resistencia familiar en la Valencia de la segunda mitad del siglo xix», en Mónica Burguera y Christopher Schmidt-Novara (eds.): Historias de España Contemporánea: cambio social y giro cultural, Valencia, Publicaciones de la Universitat de València, 2008, pp. 81-114, y Rafael Cruz: Protestar en España, 1900-2013, Madrid, Alianza Editorial, 2015.
37 El País, 5 de agosto de 1897.
38 Robert Darnton: La gran matanza de gatos y otros episodios en la historia de la cultura francesa, México, FCE, 1987, pp. 81-108.
39 La Época, 5 de agosto de 1897.
40 Sobre cultura antipolicial en suburbios, véase Carlos Hernández y Rubén Pallol: «Suburbios rebeldes. Fragmentación y desborde social en la huelga de 1917 en Madrid», Historia Social, 94 (2019), pp. 47-69. Para fuera de España, véase David Churchill: ««I am just the man for Upsetting you Bloody Bobbies»: popular animosity towards the police in late nineteenth century Leeds», Social History, 39 (2014), pp. 248-266.
41 Estas acciones se corresponderían con la «infrapolítica» de James C. Scott: Los dominados y el arte de la resistencia, Tafalla, Txalaparta, 2003, pp. 257-280.
42 Sobre ejecuciones figuradas a industriales traidores a la comunidad, véase Erika Rappaport: Shopping for Pleasure. Women in the Making of London’s West End, Princeton, PUP, 2000, pp. 16-47.
43 José Manuel Fraile: «Peleles y coplas del carnaval madrileño», Revista de Dialectología y Tradiciones Populares, 62 (2007), pp. 207-228.
44 La noción de «sentido común» en Clifford Geertz: Conocimiento local. Ensayos sobre la interpretación de las culturas, Barcelona, Paidós, 1994, pp. 93-116.
45 El Heraldo de Madrid, 22 de junio de 1900.
46 El Liberal, 17 de julio de 1903, y El País, 16 de enero de 1904.
47 El País, 4 de diciembre de 1903.
48 AVM, Estadística, Padrón Municipal de Habitantes, 1905.
49 Álvaro González Iribas: Guía práctica de Madrid, Madrid, R. Velasco, 1906.
50 El Liberal, 9 de abril de 1905 y ss.
51 El País, 7 de julio de 1905.
52 El País, 22 de octubre de 1905.
53 El Heraldo de Madrid, 15 de diciembre de 1905.
54 La Época, 12 de noviembre de 1905.
55 AVM, Secretaría, 17-120-1
56 El País, 1 de noviembre de 1907.
57 Henri Lefebvre: El derecho a la ciudad, Madrid, Capitán Swing, 2017.
58 El concepto de «gubernamentalidad», acuñado por Foucault y desarrollado para el ámbito urbano victoriano por autores como Patrick Joyce, Chris Otter o Simon Gunn, alude a una forma específica de racionalidad gubernamental en que la población es el objeto y el fin del gobierno. Según la interpretación de Joyce, las ciudades del siglo xix, marcadas por nuevos retos como el crecimiento de la superficie urbana, el aumento de población o la intensificación de los flujos entre individuos, fueron el locus principal de actuación de estas técnicas y mecanismos de gobierno. Sus tentáculos se extendieron de muy diferente manera a través de estrategias como la acumulación de información estadística mediante censos, la numeración de las calles, la creación de infraestructuras que facilitaran la circulación de aire y agua, la gestión del tránsito de multitudes, la asignación de funciones a cada espacio (como los mercados), el diseño arquitectónico o la planificación del entorno urbano. Siguiendo su argumentación, creemos que dentro del conjunto de la ciudad eran precisamente los suburbios uno de los puntos de fricción por excelencia para la gubernamentalidad liberal, pues en estos lugares todo estaba por hacer y se ponía a prueba la capacidad de gestión de las autoridades. Al menos en lo referente a Cuatro Caminos, el gobierno liberal apenas pudo influir o hacer efectivos sus planes e ideas. Véanse Nikolas Rose: Powers of Freedom. Reframing Political Thought, Cambridge, CUP, 1999; Patrick Joyce: The Rule of Freedom. Liberalism and the Modern City, Londres, Verso, 2003; Chris Otter: The Victorian Eye. A Political History of Light and Vision in Britain, 1800-1910, Chicago, University of Chicago Press, 2008, y Simon Gunn: «Los poderes de la ciudad: nuevas perspectivas en Historia Urbana», Urban, 6 (2013), pp. 101-110.
59 Tomamos la noción de «político de alcantarilla» de Robert Darnton: Los best sellers prohibidos en Francia antes de la revolución, Buenos Aires, FCE, 2008. Darnton considera que los verdaderos artífices del cambio de mentalidad anterior a la Revolución no fueron los grandes filósofos como Voltaire o Rousseau, cuya influencia sobre las capas populares era limitada, sino los «Rousseaus du ruisseau» (Rousseaus de alcantarilla), escritores anónimos de literatura que se distribuía por debajo de la manga.
60 Annie Fourcaut: Bobigny, banlieue rouge, París, Presses de la Fondation Nationale des Sciences Politiques, 1986; Tyler Stovall: The Rise of the Paris Red Belt, Berkeley, UCP, 1990; David C. Wright: «How the Paris “Red Belt” Became Red», French Politics and Society, 10 (1992), pp. 74-81; Pamela Swett: Neighbors and Enemies. The Culture of Radicalism in Berlin, 1929-1933, Nueva York, CUP, 2004, y José Luis Oyón: La quiebra de la ciudad popular. Espacio urbano, inmigración y anarquismo en la Barcelona de entreguerras, 1914-1936, Serbal, Barcelona, 2008.