Ayer 132 (4) 2023: 227-254
Marcial Pons Ediciones de Historia
Asociación de Historia Contemporánea
Madrid, 2023
ISSN: 1134-2277
DOI: 10.55509/ayer/1929
© Alicia Mira Abad
Recibido: 11-05-2021 | Aceptado: 19-11-2020 | Publicado on-line: 09-10-2023
Editado bajo licencia CC Attribution-NoDerivatives 4.0 License

Amadeo I. Imaginario monárquico y (re)masculinización del trono español *

Alicia Mira Abad

Universitat d’Alacant
alicia.mira@ua.es

Resumen: El reinado de Amadeo de Saboya fue muy breve. Su recuerdo remite a un momento de caos político en medio del cual emerge la figura de un joven que no contó con soportes sólidos para consolidar el trono. Sin embargo, si analizamos la evolución de su imagen resulta evidente la importancia otorgada a la masculinidad como estrategia política y de identidad nacional. Por un lado, con la construcción de la figura del príncipe valiente en Italia y la presencia paterna como gran referente; por otra, como rey en España, cuya misión era recuperar la legitimidad monárquica degradada por una mujer y llevar el peso de la modernización del país sobre sus espaldas. En la construcción de la imagen del monarca se exaltó su juventud, valentía, virilidad, acción, determinación, valor y honor; atributos de una masculinidad normativa a medio camino entre el ideal aristocrático y el burgués. Su fortaleza o debilidad se utilizaron para legitimar posiciones de monárquicos y republicanos. Para unos y otros el rey sería el responsable absoluto de la transformación de España dentro de los desconcertantes cambios de la modernidad o de su fracaso más rotundo.

Palabras claves: Amadeo I, masculinidad, imaginario monárquico, republicanismo, discurso generizado.

Abstract:The reign of Amadeo de Saboya was very brief. His memory evokes a moment of political chaos from which the figure of a young man emerges without solid support to consolidate the throne. However, if we analyze the evolution of his image, it becomes evident that masculinity became an important political strategy and an element of national identity. On the one hand, his figure was constructed as a brave prince in Italy with the paternal presence as a great reference. On the other hand, in Spain, his mission was to recover the monarchical legitimacy degraded by a woman while carrying the burden of the modernizing the country on his shoulders. In the construction of the image of the monarch, his youth, courage, virility, action, determination and honor were exalted. These were the attributes of a normative masculinity halfway between the aristocratic and the bourgeois ideal. His strength or weakness were used to legitimize positions of monarchists and republicans. For both, the King would be the sole and absolute person responsible for the transformation of Spain within the disconcerting changes of modernity or its most resounding failure.

Keywords: Amadeo I, masculinity, monarchical imaginary, republicanism, gendered discourse.

Este trabajo aborda la construcción de la masculinidad regia a través de la figura de Amadeo de Saboya. Se estructura en varios planos interrelacionados, el primero de los cuales se centra en un modelo de hombría que supuestamente fue incorporando los caracteres propios de la clase media casi de forma natural, aunque en realidad se trataba de una estrategia de supervivencia para una institución cada vez más cuestionada. A lo largo del siglo xix reyes y reinas tuvieron que adaptarse a las nuevas circunstancias sociopolíticas a través de continuos procesos de resimbolización que les permitieron mantener su fuerza persuasiva, sin renunciar a viejos usos y ceremoniales atávicos ligados también a su propia autopercepción como guardianes de un legado que les pertenecía en exclusividad 1. El mérito y el trabajo, valores burgueses por excelencia, no eran más que pura ficción en una institución originada en el privilegio y la superioridad 2.

En la construcción de la imagen del rey Amadeo se exaltaba su juventud, valentía, virilidad, acción, determinación, valor y el honor; atributos de una masculinidad normativa a medio camino entre el ideal aristocrático y el burgués 3. En realidad, las formas de masculinidad son contingentes, de manera que las más arcaicas pueden ser desplazadas por otras nuevas, pero ese movimiento no implica su desaparición ni responde a un planteamiento teleológico. De hecho, las viejas formas de «ser hombre» pueden convivir con otros modelos compatibles con la modernidad, adaptándose a los cambios sociales sin romper con la premisa constituyente del patriarcado: la preeminencia de lo masculino sobre lo femenino. Tanto el rey como su esposa María Victoria se ajustaban a unos roles de género asociados a los valores burgueses, que los situaban como el «rey caballero» y la «reina del hogar» 4. La proyección de valores como la sencillez, la vida familiar o el amor les permitieron evocar una imagen de cercanía y humanidad escenificando un ideal familiar burgués que aportaba coherencia y solidez a una monarquía de origen revolucionario 5.

Un segundo plano supone la conexión de esos atributos con la construcción de una narrativa nacional que sitúa al rey como el primer ciudadano. La nación decimonónica se concibe como un «espacio masculino», en el que los hombres tienen todo el protagonismo, convirtiéndose en los auténticos portadores de la antorcha del progreso, frente a la feminidad que encarnan «sujetos pasivos y atávicos situados fuera del tiempo». De manera que la exaltación de la hombría regia en la opinión pública permite tomar el pulso a la identidad nacional, puesto que el rey se presenta como referente identitario. Su masculinidad es una metáfora de la fortaleza anhelada o la debilidad irreversible del país, en un «discurso generizado» que a su vez traduce unas relaciones de poder igualmente «generizadas» 6. El discurso de lord Salisbury sobre las naciones vivas frente a las moribundas, cada día más «débiles, más pobres» y con «menos hombres destacados» resulta paradigmático en este sentido 7. También lo son las palabras del republicano Miguel Villalba-Hervás, quien a finales de siglo se refiere a «la viril misión de reformadores» frente a «el femenil oficio de plañideras» 8. En la misma línea se expresa Emilio Castelar cuando alude a «las costumbres viriles de la libertad» 9.

Una tercera perspectiva de análisis se centra en el discurso político. La fortaleza o la debilidad del monarca se utilizaron para legitimar posiciones de monárquicos y republicanos. Para unos y otros el rey era el responsable absoluto de la transformación del país «dentro de los desconcertantes cambios de la modernidad» 10 o de su fracaso más rotundo. Esa atención al individuo, a través de su masculinidad, y no a la institución que encarnaba, evidencia la escasa madurez de un sistema político inestable en una sociedad escasamente preparada para comprender el nuevo concepto de monarquía que representaba Amadeo I. Así, los monárquicos proyectaron sobre él sus expectativas modernizadoras hasta convertirlo en la solución a todos los problemas 11, exaltando su acción salvífica sobre un pueblo que «camina hacia su ruina» 12. En cambio, los republicanos recurrían al viejo imaginario monárquico incompatible con la idea de un rey demócrata. Castelar se refería precisamente a «esos pobres reyes demócratas que nacen raquíticos bajo el escalpelo de la crítica, y mueren sin gloria, sin honra, al pie de las barricadas», porque «es tan difícil encontrar en la tierra un Rey demócrata, tan difícil como si buscáramos en el cielo un Dios ateo, un Dios que no creyera en su propia existencia» 13. Cualquier rey es «caro, malo y enemigo del pueblo; porque si tiene hijos, nos cuestan las discordias de los hijos una guerra, y si no los tiene, nos cuesta la desesperación» y finalmente la «tumba de la patria» 14. Para Roque Barcia, no importaba qué tipo de monarquía representaba Amadeo I porque continuaba siendo un rey «de antaño», «de prestigio histórico», «de derecho divino», «un rey de la fábula» 15, manipulado por su mujer y por su padre que eran quienes realmente ejercían el poder en un «desdichado país, cuya suerte pende del capricho de un niño y una orden de su padre». Todas las monarquías han sido y serán nefastas. Si los Borbones convirtieron a España en «una provincia francesa», «hoy, con los Saboyas, no pasará de ser una colonia de Italia» 16.

En la articulación de estos tres niveles en torno a la masculinidad del monarca el análisis del viejo imaginario monárquico, repleto de imágenes estereotipadas de la monarquía, resulta crucial. Especialmente los republicanos recurrieron al imaginario renunciando a un análisis más profundo en torno a la institución que encarnaba Amadeo de Saboya: una monarquía en proceso de parlamentarización. Optaron por un monarca imaginado que o bien se erigía en adalid del cambio o en la causa de todos los males del país. Así, Barcia afirmaba sin matices que «los reyes no son criaturas humanas, son demonios» y sin excepción, la causa de que la tierra fuera «un infierno» 17. En cambio, los partidarios de la monarquía aprovecharon la juventud del nuevo rey, «de grave talante, figura apuesta, arrogante», ajeno a los usos de la Corte tradicional, «un rey de buena ley», o mejor, un «buen ciudadano, muy cortés y campechano» 18, para expresar sus esperanzas regeneradoras. Son relatos que se nutren de una especie de «acumulación primordial», una narrativa integrada por estratos retenidos a lo largo del tiempo, descontextualizados 19, estructuras de repetición 20 que podían ser muy útiles como estrategia de persuasión política. En esa dispersión de elementos, los estereotipos, prejuicios, expectativas o ideas preconcebidas podían sufrir un cortocircuito temporal que los convertía en el espacio idóneo para un discurso generizado, en el que las referencias a la masculinidad regia permitían expresar aspiraciones políticas de diversa índole.

Aunque la Constitución de 1869 definía «las líneas maestras de una monarquía democrática y parlamentaria» 21, estas no surgieron de una transformación política o social que las avalase. Fue concebida como un «poder moderador, armónico y neutral», capaz de proporcionar estabilidad al sistema y desplegar la «acción moderadora de uno solo en medio de un gobierno de todos» 22, por encima de las luchas políticas diarias 23. Un modelo cuya perdurabilidad dependía de su capacidad para conectar el pasado antiliberal y el futuro de progreso, apelando a la estabilidad y la preservación de la propiedad 24. Sin embargo, en los debates que precedieron a la elección del rey la confusión sobre el alcance de sus prerrogativas era evidente. Diputados como Montero Ríos, apuntaban a un poder delegado y temporal, similar al que podría ostentar un presidente de la república. Otros, como el unionista Fermín Lasala, más hostil a la candidatura del saboyano, se decantaron por la función conservadora de la institución, que debía actuar como muro de contención frente a los peligros de la democracia, aportando simbolismo, «unión y legitimación al poder público ante el pueblo» 25. Ya con el rey en España, el escritor Gerónimo Borao apelaba a ese mismo sentido conservador que es «el lastre y el lustre de las monarquías», en las que el monarca encarna la «suprema unidad que hace de los individuos una nación» 26. Pirala ponía el acento en «las modestas costumbres», la llaneza y la accesibilidad como el fundamento legitimador de un rey «eminentemente constitucional» 27. Lógicamente entre los republicanos prevaleció la idea de que monarquía y democracia eran un oxímoron, de manera que esos gestos a los que se refería Pirala y que el rey proyectaba «en todos y cada uno de sus actos» 28, no eran más que un mero revoco para una institución del pasado incapaz de liderar un plan de futuro.

El hecho de que la masculinidad del monarca ocupara un lugar relevante en el discurso político podría interpretarse como la creciente difusión de una concepción liberal de la monarquía, un cambio en la forma de entender el papel del rey, que vería reforzado su poder simbólico en detrimento de las funciones ejecutivas. Pero estamos ante un modelo de monarquía cuyo funcionamiento era todavía una incógnita, a diferencia de otros países como Inglaterra o Bélgica que la encajaron mucho antes en «un sistema parlamentario de gobierno» 29. En España, las referencias a la figura del rey delataban cierto desconocimiento sobre el alcance del poder regio.

Los planteamientos sociopolíticos de carácter democrático que trajo la revolución provocaron un lógico desajuste narrativo respecto al viejo imaginario monárquico. Por ello, las expectativas de cambio se ligaron a la figura del rey y se expresaron a través de una especie de pre vedere, que no encajaba con la propia esencia de la Corona asentada en un vedere per, es decir, en «una recolección de ejemplos a lo largo del tiempo» que la convertían en canon interpretativo de continuidad histórica 30. Así pues, cualquier análisis sobre el reinado de Amadeo I debe unir a las lentes conceptuales 31, una mirada a las viejas representaciones de la monarquía que se superponen en los discursos de monárquicos y republicanos a modo de collage. Un cajón de sastre argumental, en el que cada tendencia política rebuscaba los elementos idóneos para construir su propio relato de la Corona, que solía pivotar sobre la masculinidad regia para expresar la tensión entre un horizonte de expectativa y un espacio de experiencia. Los monárquicos situaron ese horizonte en la figura de un monarca cercano, joven, héroe militar, austero, «el tipo perfecto de honradez e hidalguía castellanas» 32 combinado con maneras burguesas que evidenciaban su capacidad para modernizar al país. En cambio, los republicanos recurrieron a la experiencia para confirmar el carácter perentorio de la institución en las sociedades modernas, proyectando la imagen de un joven débil, escasamente formado, indolente, manipulable y, sobre todo, extranjero. Los viejos marcadores simbólicos 33 de la «caduca institución monárquica», la hacían incompatible con el «dogma democrático» porque la Corona era en esencia «doctrinaria, mistificadora, cara y sostenida por una minoría de esclavos armados que oprime a una mayoría de esclavos desarmados» 34. La historia estaba repleta de «reyes asesinos, reyes bandidos, reyes imbéciles, reyes parricidas, reyes rufianes» y también reinas. Solo había que «registrar sus páginas, y en ellas se aprenderá á maldecir a los seres de estirpe regia» 35.

Un rey desconocido

El corto reinado de Amadeo de Saboya puede hacernos pensar en un personaje de escasa relevancia política e incluso personal. Romanones, en El rey efímero alude a su «borrosa figura» e «intrascendente obra que llevará a cabo los dos años que rigió los destinos de España» 36. Su actitud inicial, «risolutamente riluttante» 37 a aceptar el Trono tampoco ayudó a considerarle interesado en los asuntos del país. Una especie de rey interino, en una época convulsa que sin embargo dejaría un «legado, fecundo y anticipatorio» 38. Pero la imagen de un joven sin «nessuna velleità di dominio» 39 también podía resultar idónea para reflejar la transformación de la institución. Borao, por ejemplo, señalaba que, aunque el nuevo monarca procedía de «estirpe de reyes», carecía de ambición, demostrando al aceptar la Corona que valoraba «en tan poco su vida y en tan mucho la hidalguía española» 40.

La valentía y la nobleza fueron dos caracteres fundamentales en la construcción de la masculinidad regia. En su consolidación, resultó determinante el reinado de su antecesora en el trono, Isabel II. La «desgraciada princesa», la «desaconsejada hija de aquel rey indigno», a la que «todo se perdonaba» y que «simbolizó un día la libertad» cayó de forma «tan obstinadamente voluntaria, que pareció un suicidio», dejando a la monarquía «a los filos de la muerte» 41. Para muchos fue «la llaga de su pueblo, vergüenza de su sexo, escandalosa calamidad, cúmulo de todas las liviandades de un hombre, sin una sola virtud de mujer» al convertir «su lecho en trono y sus queridos en vuestros reyes» 42. Su promiscuidad encarnaba todos los males que afectaban al país. Isabel Burdiel señala en este sentido que la imagen de la reina siempre se utilizó como arma de combate político, de manera que el escándalo moral ligado a su figura puso en cuestión el concepto de virtud política, adquiriendo «fuertes connotaciones de género» 43. Así, de un «trono inmundo y harto corrompido» emergía la figura de Amadeo I como rey «sabio y generoso» que devolvería a la patria sus «preciosos dones: orden, derechos, libertad y leyes» 44. La institución monárquica podía salvarse si «la virtud se sienta en el trono» 45.

La reina Isabel hizo estallar los resortes de feminidad de la época, en el seno de una institución esencialmente masculina, que lejos de actuar como un muro de contención para las reinas titulares o las consortes, podía convertirse en un amplificador social sobre su comportamiento, utilizado en muchas ocasiones como instrumento político. Estas últimas, incluso si se ajustaban al canon de feminidad más estrecho de madres y esposas, se convertían en objeto de crítica por su posible ascendencia sobre el rey, como ocurrirá con la esposa de Amadeo I. Isabel II contribuyó paradójicamente a otorgar cierta estabilidad a la nueva dinastía ya que la pareja saboyana se presentó ante la opinión pública como los representantes de «la monarquía popular por excelencia, exenta de todo el aparato cortesano de los Borbones y libre de las influencias teocráticas», garantizando así la «paz y prosperidad para este pueblo tan trabajado durante los aciagos días de los reinados de la familia Borbón» 46.

La masculinidad del monarca se imponía a una feminidad corrupta como primer indicador del cambio en un sentido democrático. La figura del «rey caballero» debía compactar los valores burgueses, que en la monarquía todavía estaban escasamente perfilados, con los atributos inherentes a la propia naturaleza del poder monárquico. No eran elementos totalmente nuevos, sino la reinterpretación de viejos valores atribuidos a todo buen gobernante y que ya en su momento identificó el propio Maquiavelo. Así, la «grandeza, valentía, seriedad y fuerza» se oponían a la «volubilidad, frivolidad, pusilanimidad o incapacidad resolutiva propia de las mujeres» 47. Si el monarca aspiraba a conseguir la aceptación social, debía encarnar un «ideal normativo» que pulsara todas las «formas de ser hombre» 48. El objetivo era convertirlo en una especie de «padre idolatrado» de la patria 49, modelo «de hijos, de esposos, de padres y de ciudadanos» 50.

Sin embargo, Amadeo era un rey italiano que no hablaba bien castellano. Ante su inminente llegada, el marqués de Miraflores presentó a las Cortes un manifiesto de rechazo a su candidatura 51, señalando que era inconcebible que un monarca «para entenderse con sus súbditos necesite aprender en el trono la lengua de Castilla». La sentencia de Miraflores era clara: «las dinastías que no tienen sus orígenes en la historia patria» están «condenadas por Dios a la debilidad y la impotencia, y rara vez llegan a contar larga vida 52. Paradójicamente también los republicanos incidían en la endeblez de un monarca extranjero. Pi y Margall situaba esa debilidad en el «corto entendimiento» y «no muy firme carácter» de un monarca que «desconocía de España la historia, la lengua, las instituciones, las costumbres, los partidos, los hombres: y no podía por sus talentos suplir tan grave falta» 53. En la misma línea, Barcia señalaba que «¡llaman rey de los españoles a quien no comprende el español!» y recurría al viejo imaginario monárquico para situar al nuevo rey entre los peores ejemplos de la monarquía hispana: «un Carlos V, un Carlos II el hechizado, un Fernando VII, un Amadeo I de Saboya!» 54. La correspondencia del diablo, ironizaba sobre los acompañantes italianos del rey contraponiendo el prototipo de varón español, llamado Manolo y descrito como «de pelo en pecho, arrogancia a libras y algo bravucón», en clara referencia a Manuel Ruiz Zorrilla, frente a todos «los Lagartini, Amadeini, Simplicionini o Macarronini» 55.

Frente a las manifiestas expresiones de rechazo, los discursos que exaltaban la figura del rey no se hicieron esperar. En primer lugar, fueron los italianos quienes exteriorizaron su orgullo patrio porque un Saboya «fondativo, non appartiene alla generazione dei «nati troppo tardi», se convirtiese en rey de España 56. En clave de autoexaltación patriótica e impulso nacionalizador, los italianos aludían a una remasculinización del trono español que al fin era ocupado por «un macho», «un rey joven y fuerte que parece no tener miedo al peligro» 57. En sus textos, Amadeo se presentaba como un raro ejemplo de rey que sumaba al valor en la guerra, la determinación para domar a «la gente Ispana», afortunada de «ritrovar tal Duce». Pierrotti, recurre a los tópicos que rodean al viejo imaginario monárquico hispano, aludiendo a Torquemada, que arde «d’ira e di sdegno» frente a una nueva idea de España como una hija de Roma, que junto con la madre Italia, impulsaría el crecimiento de la raza latina 58.

En España, los discursos de hermandad entre dos pueblos incidían en un origen dinástico, revolucionario y democrático común 59. Los plebiscitos italianos eran equivalentes al «gran acto de naturalización que otorga todo un pueblo al príncipe que la providencia le depara para que rija sus destinos» 60, digno representante «de nuestra varonil raza latina» 61. En clara referencia a la hombría nacional, el periodista Carlos Navarro señalaba que el triunfo de la opción alfonsina hubiera puesto en evidencia la «impotencia de todos los elementos viriles y enérgicos que se comprometieron con la revolución» 62. No faltaron otro tipo de argumentos que optaron por hispanizar la dinastía buscando orígenes comunes en los Austrias a través de la madre del nuevo rey, bisnieta de Carlos III 63.

Antonio Pirala se inclinaba más por resaltar el honor y valentía del rey desde su primer recorrido por el Paseo del Prado, con su «bizarra apostura» y haciendo gala de «dignidad y llaneza». Despertó «el entusiasmo en las señoras, simpatías en los hombres, admiración en todos»; una reacción natural en «una generación que no estaba acostumbrada a ver un Rey joven, con fama y hechos de valiente, desafiar la cruel intemperie y los enconos asesinos con valor sin arrogancia, con cortesía sin afectación y hasta con galantería simpática». Se le veía sereno, a caballo «como todo un hombre», saludando «cordialmente a la multitud como quien entra a reinar en un país cuyo amor está seguro de conquistar en poco tiempo, y cuya felicidad lleva entre las manos» 64. Coincide Galdós en resaltar esos mismos atributos ligados a la hombría y su efecto sobre el público, concluyendo que «a todos pareció don Amadeo gallardo, y animoso hasta la temeridad». Reconocía el escritor que «el hombre tenía los riñones bien puestos y un cuajo formidable», ya que de «una monarquía juvenil le traían a reinar en una vieja monarquía, devastada por la feroz lucha secular entre dos familias coronadas». El «chico de Saboya» gustaba a mujeres, «por su garbo y por su valor sereno», y a hombres, que vieron en él «una esperanza engarzada en una novedad» 65. Romanones también destacaba esa primera impresión de «las gentes, al contemplarlo tranquilo, desafiando el peligro», ejemplo del «más hermoso espectáculo que puede ofrecer un hombre: el valor sereno» 66. Tras la «revolución santa», este era un atributo indispensable para situar a España «al frente de la civilización del mundo» 67, ayudando a la nación a recuperar «la virilidad perdida» 68. El joven monarca se convertía así en un soplo «de viril energía» que lograría derribar la vieja «monarquía de derecho divino», sustituyéndola por una «monarquía popular» e instituciones democráticas 69. «Un animi virili per salvare la causa costituzionale» 70.

El príncipe «coraggioso»

Son muchas las referencias a la hombría regia que remiten a la valentía del monarca saboyano. Desde su coraje como rey que acomete la tarea de restaurar a «los españoles su valía» a través de su «sublime abnegación y gran heroísmo» 71, a todos aquellos acontecimientos que durante su reinado activaron su imagen de héroe. El atentado que sufrió en julio de 1872 fue el momento álgido en el que el «rey liberal y caballero» 72 demostró una «gran valentía y arrojo» 73. La descripción de un monarca que se «alzaba sereno» con «el pecho lleno del valor indomable de su raza», demostrando «la hidalguía innata de los guerreros de España» 74 resulta contundente en este sentido. Según Mosse, la serenidad constituye uno de los rasgos de la masculinidad moderna y está relacionada con la fuerza de voluntad, el control y la firmeza, frente a la inestabilidad femenina 75. Se trata pues de un gesto de hombría que sentará precedentes en reinados posteriores, como el de Alfonso XIII quien también demostró «su admirable serenidad» en el atentado que sufrió el día de sus esponsales 76. La prensa describió la reacción de ambos monarcas como de viril entereza, especialmente manifiesta a la hora de proteger a sus esposas.

Pero el origen de la imagen del príncipe valiente procedía de la opinión pública italiana que, ante la perspectiva del nuevo reinado, calificó a Amadeo como un joven «ardito, coraggioso» por haber aceptado el trono de un país tan inestable, demostrando su patriotismo al asumir «un pericolo che poteva esser utile all’Italia!» 77. En todas las biografías se destaca el componente militar en la vida del duque de Aosta desde que era un niño. Con solo cinco años, al «Duchino» se le retrató junto a su padre luciendo las charreteras de la Guardia Nacional. Para el hijo del «creatore dell’Unità d’Italia 78, descendiente de «una dinastia inevitabilmente guerriera», la herida recibida en 1866 fue «il battesimo del fuoco», una especie de «tributo pagato in extremis, a soli 21 anni» en el marco de «l’epopea per eccellenza della nazione» 79. Amadeo se alzaba así como depositario de un linaje guerrero, patriota, celoso guardián del honor nacional, digno representante de la Casa Saboya, cuyas virtudes guerreras, coraje y espíritu de abnegación obedecían a una misma lógica: la resurrección de la faz de Italia sobre el despotismo y la barbarie 80. En España, esa misma imagen tuvo su correlato en la exaltación de la dinastía saboyana como «encarnación genuina de la libertad y del espíritu regenerador del siglo xix» que sus representantes siempre habían demostrado «ora por la política, ora por medio de las armas» 81. Una imagen que perduraría en el tiempo, incluso entre los propios republicanos, que situaban a Amadeo como digno representante de una dinastía que combatió «en los campos de batalla» por la unidad de la patria, gobernando «no en palacios cerrados entre viejas damas de monumental peluca y jesuitas confesores» 82. En este sentido, resulta interesante incidir en las dificultades del republicanismo para rebatir un modelo de monarquía anómalo, que perdía nitidez como su par dialéctico tradicional. Para los republicanos, la monarquía siempre sería una representación fija incompatible con la idea de progreso 83. Castelar sentenciaba en este sentido que todas las monarquías «tarde o temprano, anulan los derechos de las democracias; como sucede siempre a las Repúblicas que admiten el espíritu de su siglo» 84.

La figura paterna fue muy importante en los textos destinados tanto a construir como a deconstruir la imagen del príncipe valiente. En algunos poemas italianos exaltaban su figura como descendiente de «liberi guerriere sull’orme calcando va del padre» 85. Parece que Víctor Manuel fue un padre distante y autoritario, aunque en las cartas dirigidas a su hijo siempre se mostraba cercano y cariñoso. Su análisis evidencia el exhaustivo control ejercido sobre los movimientos de sus vástagos. El monarca italiano consideraba que los cuatro eran eficaces instrumentos diplomáticos. Tanto los ventajosos matrimonios de Clotilde y María Pía, como los viajes realizados por Humberto y Amadeo ayudaban a proyectar a Italia como una nación fuerte y con prestigio en el tablero internacional 86.

El modelo de masculinidad que representaba el rey italiano resulta interesante, no solo para explicar la influencia que pudo tener sobre su hijo, sino en la opinión pública española. Víctor Balaguer, uno de los más sólidos valedores de Amadeo I, describía al «re galantuomo» como un individuo al que «la naturaleza había dotado con cariño»:

«Era de ademán imponente, de voz sonora, de fisonomía franca y abierta, robusto, apto para los ejercicios y fatigas de la caza y de la guerra, con modales llenos de atractivo, aire y aspecto marciales. En cuanto a lo moral era de carácter enérgico, leal, ajeno al egoísmo, poco dado a la ostentación, de juicio sano y recto, perspicaz, dueño de sí propio, sereno en el peligro, con un profundo respeto a la fe jurada y un amor sincero á la cosa pública y a los intereses del país» 87.

Fue un rey que ejerció un enorme control sobre los asuntos italianos, especialmente en el plano militar y en la política internacional. En palabras de Brice, en la Europa del siglo xix «le souverain fait bien plus que «regner sans gouverner», pero el monarca italiano aprovechó en exceso «la marge de manoeuvre qui lui était autorisée» 88. Junto con los temas políticos, Víctor Manuel prestó mucha atención a su popularidad. Él mismo, como le ocurriría a su vástago posteriormente, tuvo que apuntalar la legitimidad de una monarquía que ya no se sustentaba en la religión o en la tradición sino en las armas y los plebiscitos. Su objetivo era erigirse en el verdadero artífice de la unificación, por encima de figuras como Cavour y Garibaldi, construyendo el mito de la Casa de Saboya y presentándose como soldado y libertador descendiente de una dinastía guerrera 89. Castelar se refiere precisamente a esa apropiación señalando que el «Rey soldado de la independencia italiana» fue el mismo que «pidió de rodillas la paz a Austria; el mismo que recibió una Corona de manos de Garibaldi en Nápoles, y le devolvió una bala a Garibaldi en Aspromonte», el cobarde que «por temor a Napoleón dejo a los patriotas italianos abandonados en Mentana, cuando peleaban por la libertad de Roma, y en cuanto cayó Napoleón fue a apoderarse de Roma» 90.

Algunos textos españoles también se hicieron eco de la figura que había hecho de Italia un reino opulento y poderoso, un modelo a imitar por parte del monarca español para engrandecer «al pueblo Íbero», patria «de Padilla y de Lanuza» 91. Pero la sombra del padre era alargada, de manera que los republicanos señalaban la incapacidad del hijo y las continuas intromisiones paternas en los asuntos españoles. Para Barcia, la ambición de Víctor Manuel fue determinante en la elección de su hijo como rey de España. Aunque admitía que Amadeo era un monarca muy alejado de la legitimidad monárquica de antaño, fundamentada en la herencia, la tradición, el principio de autoridad, el prestigio histórico, el derecho divino y la teología», sustentaba su legitimidad en otras fuentes «igualmente detestables: «el poder del dinero y del sable» 92. La correspondencia del diablo aludía también al rey como un pelele que temía los «rigores de su papá I ferochi romani». Tras la abdicación no sabía cómo «evitar la primera zurra» y por eso huyó a Portugal «¡Pobre muchacho!» 93 (véase al final del artículo la imagen 1).

Castelar también atacó al rey pusilánime que pidió el plácet «de rodillas» a las potencias europeas y al papado, como hubiera hecho «cualquier rey absoluto» y que constantemente buscaba el consejo de su padre como «si toda la Nación española fuese hija de tal Rey» 94. Además, resultaba inquietante el «especialísimo carácter militar» de un rey que «vino a caballo, como si en vez de venir a una ciudad libre viniera a una ciudad conquistada», que se paseaba «por todos los cuarteles» y estaba «en perfecta sincronía» con el mundo castrense 95. Valeroso soldado, sí, pero «soldado de Italia, ¡fuera el extranjero, fuera el saboyano, fuera el rey absoluto!» 96.

La participación de Amadeo en la batalla de Custoza fue determinante para construir la figura del rey soldado. Su padre, en una clara exaltación de virilidad patriótica, permitió a sus dos hijos ir al frente porque «sono soldati e devono battersi», engrandeciendo así la dinastía por encima de los «Borboni di Napoli». La temeridad del monarca se transformó en un formidable instrumento de propaganda, presentando al príncipe como «il primo ferito fra la gioventù italiana che combate» 97. La publicidad liberal convirtió a los dos hermanos en modelo de guerreros indómitos, dignos herederos de una estirpe legendaria que había hecho Italia. Así pues, al joven rey que entraba en Madrid el 2 de enero de 1871 le acompañaba una aureola de enardecimiento marcial procedente de su país 98, que conectaba a la perfección con el glorioso pasado hispano. Víctor Balaguer justificaba que la nueva dinastía «no era una planta extranjera e importada», sino un «árbol secular del país» cuyas raíces se encontraban en los grandes reyes de la corona de Aragón, claros antecedentes de los valores que representaba el monarca saboyano: Jaime el Conquistador, Pedro el Grande de Aragón, que «confundido entre las clases populares, vivía con ellas y sentía por ellas», don Juan, «el Amador de la gentileza, que departía con los maestros de la gaya ciencia de igual a igual, y no de superior a inferior, como Felipe IV de Castilla». Para Balaguer no todos los reyes eran iguales y en este caso solo los representantes de la Corona de Aragón podían ser considerados como «verdadero ejemplo de los reyes populares, de los reyes ciudadanos, de los reyes demócratas» 99.

Una majestad de baja intensidad

La austeridad entendida como sobriedad, moderación, templanza y rigurosidad son valores típicamente burgueses que encajaban bien con la fuerza de voluntad, la resolución o la decisión necesarias en un buen gobernante. Atributos de masculinidad perfectos para un rey joven que aspiraba a dejar atrás el viejo imaginario monárquico, ligado, en las últimas décadas, a los excesos de una mujer 100. Oliva apunta en este sentido que Amadeo heredó de su padre la «insofferenza per i formalismi di corte» y su preferencia por los gestos cercanos y las relaciones interpersonales 101. Efectivamente, el monarca italiano nunca se preocupó por seguir los protocolos y las rigideces cortesanas, aunque sí fue exigente en su proyección como rey soldado 102 y en una gestualidad marcial que también debían representar en público sus hijos. Así, ante la caída del joven Amadeo de un coche de caballos, el padre le reconvenía «che non conviene a principi di mettersi a condurre vetture per la città» ya que «i principi devono andaré a piedi o a caballo!» porque «conducendo cavalli in vettura non potete salutare le persone e siete sottoposti a molte critiche» 103.

La Corte Saboyana siempre fue admirada por «la modesta ed operosa semplicità del vivere» 104. Víctor Manuel, apasionado de la vida al aire libre, la caza, los caballos y el ejercicio físico, delegó en su entorno más cercano las competencias de representación de la dinastía. Sus hijos crecieron en el austero castillo de Moncalieri, con una disciplina férrea que alternaba estudios y ejercicio físico. Se les permitía salir a caballo, pero nunca acercarse a la capital 105. Trinchieri, refiriéndose al duque de Aosta, resalta los rasgos de una masculinidad emergente desde sus primeros años en los que ya mostraba el instinto y «le tendenze dell’energia e della tenacia innate in Casa Savoia», reforzada por una severa educación que contribuyó «a rinvigorire moralmente e fisicamente le tempre gagliarde» 106. Una formación supervisada por el general Rossi, de origen burgués y amigo personal del rey, cuyo nombramiento como jefe de la casa del príncipe causó en su momento gran revuelo entre los elementos más aristocráticos que le consideraban un «ardente volterriano» 107. Los viejos usos de la Corte chocaban con los nuevos valores vinculados a las clases medias desde mitad de siglo 108. Aunque la revolución de 1848 marcó el camino del constitucionalismo, continuaban vigentes muchos vestigios del absolutismo, especialmente visibles en la educación principesca fundamentada en la disciplina, el aislamiento y la obediencia 109. Una formación que combinaba elementos más tradicionales, habituales en otras casas reales 110, con un ambiente de renovación política y cultural que permitió a los príncipes superar con creces los esquemas del absolutismo monárquico 111.

La austeridad de la que hizo gala Amadeo I en España tenía un origen muy distinto a la que proyectaba Víctor Manuel II. Trinchieri coincide con muchos autores españoles que le presentaban como un hombre por naturaleza austero contrario a «tutti i segni esterni e brillanti, tutte le etichette, le tirannie che i Borboni avevano esaltato agli estremi limiti» 112. Pero la muerte de Prim y la falta de apoyos sólidos fueron determinantes en esta actitud. Al igual que su padre, debía acometer una importante labor de imagen, pero al contrario que él, la austeridad y la cercanía no solo constituyeron una opción personal, se convirtieron en una estrategia de persuasión fundamentada en una especie de «majestad popular» o «majestad personal» 113 encaminada a mostrar una nueva forma de reinar. Según Brice, a lo largo del siglo xix, la antigua «sainteté inhérente à la regalité» se reinterpretó como una expresión de la conciencia colectiva. Si en Italia los plebiscitos permitieron el nacimiento del reino bajo el paraguas de una dinastía ajena a los marcadores de continuidad dinástica precedentes 114, España encontró su correlato en un rey cuya legitimidad arrancaba de «la soberanía popular 115, avalada además por su «pertenecía a una familia que representaba cual ninguna en el continente europeo el espíritu liberal del siglo» 116. El monarca ya no era una «cosa sagrada», como diría Bossuet, sino un referente de cambio y estabilidad porque al fin y al cabo «la fuerza de los reyes no está en las pompas fastuosas, sino en el amor de los ciudadanos» 117.

Para Leopoldo Feu la nueva monarquía era «el resultado de la opinión pública» y debía vivir «siempre en profundo contacto, en íntimo enlace con el país» 118. Según Pirala, la forma de conseguirlo eran los viajes regios porque «equivalían al plebiscito que algunos deseaban» y permitirían al monarca escuchar «por sí mismo el espíritu público y las necesidades de los pueblos» a través de la voz de «esforzados varones, de hombres de corazón y de grandes sentimientos». El «perfecto rey» debía ser un hombre sencillo, ajeno a cualquier acto de ostentación, ejemplo de «digna modestia, de severas costumbres, de honradez de corazón, de sentimientos de virtud». Atributos de «un buen rey constitucional», educado «en la escuela liberal» que le capacitaba para resolver cualquier crisis política 119. La espiritista Amalia Domingo Soler invitaba a Amadeo a que imitase a Don Pedro de Castilla «que en agente secreto se tornaba» saliendo por las noches para conocer el estado de su pueblo «porque el mundo del rey no es su palacio, que es de su reino el anchuroso espacio» 120.

Lógicamente la interpretación de los republicanos era muy distinta. Insistían en que el rey «quiere que le conozcan, que se sepa que es buen mozo, que es toda una real persona, que no es un mozo hecho de encargo para la con, o sin honra» 121. Castelar cargaba las tintas sobre lo que consideraba como una estrategia destinada a «entusiasmar a todos» y a evitar que se cuestionara la legalidad de una monarquía electiva que no derivaba de un plebiscito. Al republicano no le interesaba el relato personal de un monarca que para parecer cercano hablaba de «sus sentimientos, su origen, su familia, su mujer, sus hijos» o «lo que ha dejado en Italia y lo que va a aprender en España». No se trataba de discutir «la persona del Rey» o sus «virtudes domésticas» que nunca podrían emular al «pueblo español, pueblo sobrio, pueblo austero, pueblo grave y que en amor a la familia y al hogar, nada tiene que aprender, nada, de extranjeros» 122. Pero la atención de la opinión pública sobre el individuo, por encima de la institución que encarnaba, conectaba directamente con la vida familiar del monarca, o mejor, con la ficción de una privacidad ajena a los hombres que considerándose la «antorcha de la civilización», predican «la virtud en la familia y en la vida privada», pero «comen en el restaurante brillante de Fornos, cenan en la Iberia, duermen en el Casino y pasan su vida de crápula y libertinaje, sin vivir con su familia, sin hacer caso de su mujer ni de sus hijos» 123.

En ese modelo de hombría, María Victoria era una figura clave. Si en general las mujeres se consideraban «un paso por debajo del varón» 124, en las reinas consortes esta situación resultaba especialmente evidente ya que ellas ocupaban el trono en función de los derechos de su esposo, del que recibían «todo su sentido y significado», permaneciendo a la sombra del monarca 125, como «el complemento del Rey» y su «agradable compañía 126. La figura del «caballero perfecto», precisaba de una imagen familiar que acabaría «trasluciéndose» como ejemplo público 127 y metáfora de estabilidad de la nación encabezada por un «padre a la par que soberano» 128, junto con «su dulce compañera, dechado de virtud y honra de España» 129, en un «modelo universalmente reconocido de amor y devoción familiar», ya ensayado en Francia por la reina Marie-Amélie 130.

La princesa de la Cisterna era una mujer joven, cultivada, de rasgos «bellamente correctos» 131, dentro de un canon de belleza «dolce e modesto» que reflejaba su escaso interés por los honores o el poder, encajando a la perfección con la imagen de un rey poco ambicioso, caballeroso y noble. Víctor Manuel, contrario en un principio a un matrimonio sin ventajas políticas, aprovechó el viaje de novios para representar a Italia en la inauguración del Canal de Suez. Sería la confirmación de Amadeo y María Victoria en su rol de pareja joven, elegante, con un fuerte énfasis patriótico 132 y de Víctor Manuel como hábil estratega, cuyo objetivo era dar visibilidad y prestigio a la corona italiana 133. Entre los viajes del duque de Aosta por toda Italia, Nápoles fue uno de los destinos más importantes. El padre instó al joven príncipe a que viajara con su esposa para causar una buena impresión a las autoridades. Pero su interés por proyectar una imagen de armonía familiar parece que chocaba con las numerosas infidelidades del duque y las consiguientes ­desavenencias conyugales, que llevaron al propio cabeza de la dinastía a expresar su deseo de que María Victoria «metterà senno e non ti farà piú disperare» porque era una mujer con mucho «spirito» que Amadeo debía empezar a controlar 134. Esas frecuentes aventuras fueron una constante preocupación para Víctor Manuel que deseaba preservar una imagen modélica de la pareja 135. Sin embargo, el rey no desaprobaba la conducta donjuanesca de su hijo, sino que reconvenía a la esposa despechada que se comportase como todas «le principesse di nostra casa». Advertía a María Victoria que los celos empujaban a los maridos a «far male» y le recordaba que «dalle leggi divine ed umane le donne devono essere sottomesse ai loro marito e non volere dettare loro la legge, alla qual cosa nessun uomo può sottoporsi» 136.

Convertida en reina, la figura de María Victoria fue objeto de ataques como una especie de poder en la sombra con influencia en palacio y en el propio gobierno. Barcia le advertía que no permitiese el desembarco en España de su esposo si no deseaba terminar sus días como el emperador Maximiliano y su esposa Carlota 137. A través de ella, los republicanos cuestionaron la hombría de un rey que hacía lo que a «doña María se le antoja», incluso aletargar o entorpecer un proyecto de ley 138. El monarca aparecía así como un niño dominado por una «madrastra» 139. El propio Galdós reconocía que la reina, «desde una oscuridad modesta», se preocupaba «de los asuntos públicos y en ellos ponía toda su atención», demostrando su «voluntad firmísima hacia el porvenir de sus hijos en tierra hispana» 140. Su enorme religiosidad y sus relaciones con el papado 141, pero, sobre todo, su imagen de esposa engañada, fueron objeto de muchas chanzas. Aunque la infidelidad masculina no era reprochable, los republicanos utilizaron la imagen de una mujer «sola y triste» dentro del «fuerte enrejado de esta lúgubre mansión» para mostrar la ligereza y la incapacidad de un rey que «se solaza a su manera», vestido «de levita» persiguiendo modistas 142o recibiendo en sus viajes agasajos, «vítores y aclamaciones, frutas le ofrecen, varios melones, y una doncella su rica miel» 143.

Y, en conclusión, la abdicación

La renuncia del rey al trono fue el epílogo de un reinado en el que la masculinidad regia se utilizó con fines políticos. Aunque a primera vista podría pensarse que el interés por la figura del rey y su familia constituyó un síntoma de democratización, en realidad ponía en evidencia la inmadurez de un sistema político en el que prevalecía la atención sobre el individuo por encima del entramado institucional que lo sostiene. La hombría regia se convertía en metáfora viviente del estado de la nación a partir de viejos elementos reinterpretados a la luz de un discurso de modernidad, mostrándole como un hombre de su tiempo: un burgués respetable, esposo y padre de familia. Pero la estabilidad de esta imagen se sustentaba en un clima de inestabilidad política que impidió que aflorara la función arbitral y moderadora para la que se diseñó la nueva monarquía. De manera que, los intentos por popularizar la figura del rey chocaron con continuos cambios de gobierno que solo contribuyeron a zarandearla. Para los republicanos fue más fácil: solo tenían que sacar los trapos sucios de la monarquía, desde el inicio de los tiempos, y colocarlos sobre la imagen de un hombre débil, inexperto e indolente.

Los fragmentos de una hombría dinamitada por el impacto de la abdicación volvieron a recomponerse con los mismos ingredientes, aunque con objetivos distintos. En España encontramos un discurso compartido por monárquicos y republicanos que presentaban a Amadeo como un hombre digno y con honor, cuyo sentido de Estado se elevó por encima de un pueblo ingobernable, «agitado por la tempestad de las pasiones políticas» 144. Es una imagen que paradójicamente continuaron en el tiempo algunos destacados republicanos como Eduardo Benot, ministro de Fomento en 1873, o Nicolás Estévanez, quien en 1905 le rendía «un respetuoso homenaje de admiración, de afecto, de gratitud» porque su desinterés «logró trocar el esplendor de la realeza por el brillo de la inmortalidad». De todos los monarcas «imbéciles, malvados o ridículos», Amadeo era el único que merecía una estatua hecha con «el granito y el bronce que resulte de la destrucción de las demás» 145. En Italia, tras la primera decepción paterna, se cuidaron mucho de no presentarle como un gobernante incapaz, resaltando la «condotta francamente costituzionale tenuta dal Principe» 146. La prensa redimensionó su figura, haciendo hincapié en un gesto extremo de dignidad por parte de quien «ha mostrato l’onore dei forti» 147. La hombría del personaje y de la dinastía quedaba restaurada en un discurso patriótico del senador Carlo Pepoli, que convertía al pueblo español en plebe que «non spetta la libertà, spettà solo il flagello dil diritto divino e quello della demagogia» y por tanto no supo valorar a un «uomo d’onore» 148, sencillo, modesto, de costumbres francas y leales, acordes con un modo de vida democrático, característico de la Casa Saboya, pero totalmente incomprendido y ridicu­lizado por el pueblo español 149.

Imagen 1
La Correspondencia del Diablo
(16 de febrero de 1873)

Fuente: Arxiu de Revistes Catalanes Antigues (ARCA), https://arca.bnc.cat/arcabib_pro/ca/catalogo_imagenes/grupo.do?path=1023093.

Litografía iluminada realizada por B. Cau y Milans. A pie de imagen aparece un fragmento de la obra de José Zorrilla titulada El puñal del Godo, estrenada en 1843, que mitifica la derrota del rey Rodrigo en Guadalete, antesala de la penetración del islam en la península. Amadeo se muestra con armadura en una escena muy teatral, en clara referencia a la figura del «rey caballero». Se prepara para una lucha desesperada (por conservar el trono), mientras sus hijos y su esposa intentan disuadirle para que abandone. El monarca aparece ridiculizado por su sobreactuación, en una posición un tanto quijotesca.


* Este trabajo se ha realizado dentro del proyecto de investigación «La construcción del imaginario monárquico. Monarquías y repúblicas en la Europa meridional y América Latina en la época contemporánea (siglos xix y xx)» (ref. PID2019-109627GB-I00), financiado por el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades.

1 Monika Wienfort: «Dynastic Heritage and Bourgeois Morals: Monarchy and Family in the Nineteenth Century», en Frank Muller y Heidi Mehrkens (eds.): Royal Heirs and the Uses of Soft Power in Nineteenth-Century Europe, Londres, Palgrave Macmillan, 2016, pp. 164-169.

2 Robert A. Nye: Masculinity and male codes of honor in modern France, Londres, Oxford University Press, 1993, pp. 8-9.

3 Nerea Aresti: «La historia de las masculinidades, la otra cara de la historia de género», Ayer, 117 (2020), pp. 333-347, esp. p. 337, y Raewyn Connell y James W. Messerschmidt: «Hegemonic Masculinity. Rethinking the Concept», Gender & Society, 19(6) (2005), pp. 829-859, esp. pp. 831-833.

4 Alicia Mira Abad: «La monarquía imposible: Amadeo I y María Victoria», en Emilio la Parra López (coord.): La imagen del poder: Reyes y regentes en la España del siglo xix, Madrid, Síntesis, 2011, pp. 283-333, esp. p. 297.

5 Sarah Maza: The Myth of the Franch bourgeoisie. An Essay on the Social Imaginary 1750-1850, Cambridge, Harward Universtity Press, 2003, pp. 61-62 y 191.

6 Xavier Andreu Miralles: «El género de las naciones. Un balance y cuatro propuestas», Ayer, 106 (2017), pp. 21-46, esp. p. 22.

7 Rosario de la Torre del Río: «La prensa madrileña y el discurso de Lord Salisbury sobre las “naciones moribundas” (Londres Albert Hall, 1898)», Cuadernos de Historia moderna y contemporánea, VI (1985), pp. 163-180, esp. p. 172.

8 Miguel Villalba Hervás: «De Alcolea a Sagunto» (1899), en Republicanismo, regeneracionismo y masonería, Santa Cruz de Tenerife, Idea, 2007, p. 446.

9 Discursos parlamentarios de Don Emilio Castelar en la Asamblea Constituyente, Madrid, A. de San Martín, 1871, p. 226.

10 George L. Mosse: La imagen del hombre. La creación de la masculinidad moderna, Madrid, Talasa, 2001, p. 9.

11 Reinhart Koselleck: Futuro Pasado. Para una semántica de los tiempos históricos, Barcelona, Paidós, 1993, pp. 333-357.

12 Carlos García Requejo: S.M. el Rey Don Amadeo primero, a su advenimiento al trono español, 1871, Real Biblioteca (en adelante (RB), II-4040, (caja) 108, 187.

13 Emilio Castelar: Discursos políticos de Emilio Castelar dentro y fuera del Parlamento. En los años de 1871 a 1873, Madrid, Librería de Leocadio López, 1873, p. 135.

14 Emilio Castelar: Discursos parlamentarios, t. I, Madrid, Imp. de Julián Peña, 1871, p. 33, e íd.: Discursos parlamentarios de Don Emilio Castelar en la Asamblea Constituyente, t. II, Madrid, A. de San Martín, 1871, p. 126.

15 Roque Barcia: Manifiesto a la nación (suplemento a la Federación Española), Madrid, Imprenta de la viuda e hijos de M. Álvarez, 1870, p. 14.

16 La Ilustración Republicana Federal, 23 de diciembre de 1871.

17 Roque Barcia: El testamento de los reyes, Madrid, Imprenta de la viuda e hijos de M. Álvarez, 1870, pp. 12 y 37.

18 A.S.M. El rey D. Amadeo I (conversación pillada al vuelo en la plaza de Toros de Barcelona, en la corrida del 17 de septiembre de 1871, que S.M. se dignó honrar con su presencia), RB, Historia 29-6 (58).

19 Slavoj Zizek: Che cos’è l’immaginario, Milán, Il Saggiatore, 2016, pp. 16-25.

20 Reinhart Koselleck: «Estructuras de repetición en el lenguaje y en la historia», Revista de Estudios Políticos, 134 (2006), pp. 17-34.

21 Joaquín Varela Suanzes-Carpegna: Política y Constitución en España, Madrid, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2007, p. 497.

22 Discurso de Fermín Lasala en el Diario de Sesiones de las Cortes Constituyentes (1869-1871), t. III, 14 de mayo de 1869, pp. 1972-1977.

23 Benjamin Constant: Principios de Política (1815), Madrid, Aguilar, 1975, pp. 18-25.

24 Catherine Brice: Monarchie et identité nationale en Italie (1861-1900), París, EHSS, 2010, pp. 8-9, y María Ángeles Lario González: «La Corona en el Estado Liberal. Monarquía y Constitución en la España del siglo xix», Historia Contemporánea, 17 (1998), pp. 139-157.

25 Joaquín Varela Suanzes-Carpegna: Política y Constitución en España..., pp. 500-516.

26 Gerónimo Borao: Discurso leído ante S.M. D. Amadeo I, en la inauguración regia de las Escuelas Populares de Casino Monárquico-liberal de Zaragoza, verificada en el Palacio de la Infanta el 27 de Setiembre de 1871, Zaragoza, Imprenta de Francisco de Castro, 1871, p. 14.

27 Antonio Pirala: El rey en Madrid y en Provincias, Madrid, Quirós impresor de cámara, 1872, p. 126.

28 Gil Blas, 5 de enero de 1871.

29 Joaquín Varela Suanzes-Carpegna: Política y Constitución en España..., p. 501.

30 Sandro Chignola: «Sobre el concepto de Historia», Ayer, 53 (2004), pp. 79-81.

31 Javier Fernández Sebastián y Juan Francisco Fuentes: «A manera de introducción. Historia, lenguaje y política», Ayer, 53 (2004), pp. 11-26.

32 «Soria. Felicitación a S.M. el rey Amadeo I», RB II-4040, (caja) 103.

33 Véase John Armstrong: Nations before Nationalism, Chapel Hill, University of North Carolina Press, 1982.

34 Estanislao Figueras en La Ilustración Republicana, 13 de julio de 1871.

35 La Ilustración Republicana, 27 de agosto de 1871.

36 Conde de Romanones: Amadeo de Saboya, «el rey efímero», Madrid, Diana, 1956, p. 1.

37 Augusto Trinchieri: Amedeo di Savoia. Aneddoti, appunti, ricordi, Roma, Forzani E. C. Tipografi del Senato, 1890, p. 17.

38 Rafael Villena Espinosa: «Presentación. Revisitar la Gloriosa», Ayer, 112 (2018), p. 17.

39 Augusto Trinchieri: Amedeo di Savoia..., p. 20.

40 Gerónimo Borao: Discurso leído ante S.M. D. Amadeo..., p. 7.

41 Ibid., pp. 5 y 14.

42 La Discusión, 17 de febrero de 1868.

43 Isabel Burdiel: «La revolución del pudor: escándalos, género y política en la crisis de la monarquía liberal en España», Historia y Política, 39 (2018), pp. 32 y 44.

44 Juan Luis Calderón de la Barca: «Oda», Albacete, 2 de septiembre de 1871, RB II-4040, (caja) 109.

45 A S.M. El Rey Don Amadeo I, en su partida de Barcelona, Barcelona, septiembre de 1871, RB 29-6 (47).

46 Ramón García Sánchez: El duque de Aosta. Folleto de actualidad, Madrid, Imprenta de los Señores Rojas, 1870, p. 12.

47 Nicolás Maquiavelo: El príncipe, Madrid, Edaf, 2006, pp. 106-107.

48 Nerea Aresti: Masculinidades en tela de juicio, Madrid, Cátedra, 2010, p. 17.

49 Juan Luis Calderón de la Barca: «Oda...».

50 Ramón García Sánchez: El duque de Aosta..., p. 11.

51 Raquel Sánchez: «Política de gestos. La aristocracia contra la monarquía democrática de Amadeo de Saboya», Pasado y Memoria. Revista de Historia Contemporánea, 18 (2019), pp. 19-39, esp. p. 21.

52 Marqués de Miraflores: Candidatura del Duque de Aosta para rey de España: Exposición a las Cortes Constituyentes por varios propietarios, en que manifiestan los inconvenientes de que la elección para ocupar el trono español recaiga en un príncipe extranjero sin derecho ni legitimidad propios, con algunas importantes observaciones sobre esta misma cuestión, Madrid, Imp. de la Viuda de Calero, 1870, p. 9.

53 Francisco Pi y Margall: «Amadeo de Saboya», Opúsculos, Madrid, Imp. y Encuad. de V. Tordesillas, 1914, pp. 2-3.

54 Roque Barcia: El testamento de los reyes..., p. 4.

55 La correspondencia del diablo, Barcelona, 10 de noviembre de 1872.

56 Pierangelo Gentile: «Da principe a re, da re a principe. La parábola umana e política di Amedeo Di Savoia», en Renata de Lorenzo y Rosa Ana Gutiérrez (eds.): Las monarquías de la Europa Meridional ante el desafío de la modernidad (siglos xix y xx), Zaragoza, Prensas de la Universidad de Zaragoza, 2020, pp. 447-480, esp. p. 448.

57 Giovanni Ferreri: Amedeo de Savoia duca d’Aosta, già re di Spagna. Memorie storiche racolte ad uso delle scuele e delle famiglie, Turín, G. Scioldo Editore, 1890, p. 14.

58 Giovanni Pierrotti: A.S.M. Amedeo di savoia Re di Spagna, Florencia, Tipogradia de G. Barbèra, 1871, pp. 3-10.

59 Isabel Pascual Sastre: La Italia del Risorgimento y la España del Sexenio Democrático: De los precedentes a la crisis del Sexenio. 1860-1874, Madrid, Universidad Complutense de Madrid, 2002, p. 68, https://eprints.ucm.es/2438/1/T20431.pdf.

60 Gerónimo Borao: Discurso leído ante S.M.D. Amadeo I..., p. 8.

61 Antonio García Gutiérrez: Oda al rey de España Amadeo I, Madrid, Imprenta de los Señores Rojas, 1871, p. 11.

62 Carlos Navarro Rodrigo: La crisis de España, Madrid, Tip. de Gregorio Estrada, 1870, pp. 9-29.

63 Antonio Pirala: El rey en Madrid..., pp. 132 y 147.

64 Ibid., pp. 185, 352 y 397.

65 Benito Pérez Galdós: Episodios Nacionales. Serie Final. Amadeo I, Madrid, Perlado, Páez y Compañía, 1910, pp. 6-9.

66 Conde de Romanones: Amadeo de Saboya..., p. 17.

67 Industriales de Sabadell a SM. el rey D. Amadeo I, RB, MC/790.

68 Antonio Pirala: El rey en Madrid..., p. 67.

69 A los electores, Madrid, Hemeroteca Municipal de Madrid, 12 de noviembre de1868.

70 Ramón Valladares Saavedra: Cenni biografici di componente il primo ministero spagnolo sotto la monarchia constituzionale di S. M. Il re Amedeo Iº di Savoja, Nápoles, Tipografia della Vedova Migliaccio, 1871, p. 45.

71 Amalia Domingo: A. S. M. el rey de España, Madrid, 21 de diciembre de 1870, BN II-4040, (caja) 104.

72 Julián Castellanos: Oda al Rey de España Amadeo I con motivo del inicuo atentado de la calle del Arenal en la noche del 18 de julio de 1872, Madrid, Imprenta a cargo de J. López, 1872, p. 7.

73 Benito Pérez Galdós, «Revista política interior», Revista de España, XXIV(93) (1872), pp. 145-152.

74 Julián Castellanos: Oda al Rey de España Amadeo I..., p. 7.

75 George L. Mosse: La imagen del hombre..., pp. 7-49, y Mar Martínez Góngora: El hombre atemperado: Autocontrol, disciplina y masculinidad en textos españoles de temprana modernidad», Nueva York, Peter Lang, 2005 pp. 173-175.

76 Alicia Mira Abad: «Estereotipos de género y matrimonio regio como estrategia de legitimación en la monarquía española contemporánea», Revista de Historia Constitucional, 17 (2016), pp. 165-191, esp. pp. 180-181.

77 Augusto Trinchieri: Amedeo di Savoia..., pp. 18 y 36.

78 Giulio Vignoli: Il sovrano sconosciuto. Tomislavo II re di Croazia, Milán, Mursia, 2006, p. 58.

79 Pierangelo Gentile: «Da principe a re, da re a principe...», p. 448.

80 Catherine Brice: Monarchie et identité nationale..., p. 10.

81 Ramón García Sánchez: El duque de Aosta..., pp. 8-9, y Antonio Pirala: El rey en Madrid..., p. 69.

82 El Pueblo, 17 de enero de 1902.

83 Jeroen Deploige y Gita Deneckere: Mystifying the Monarch. Studies on Discourse, Power, and History, Ámsterdam, Amsterdam University Press, 2006, p. 10.

84 Discurso de Castelar pronunciado el 2 de enero de 1874, Diario de Sesiones de las Cortes Constituyentes de la República española, pp. 2453-2519.

85 A. Babacci: A S.M. IL Re Amadeo I ed allá augusta sua sposa, Valenza, 6 di settembre 1871, RB, caj. foll. Historia 24-6 (55).

86 Gianni Oliva: Duchi D’Aosta. I Savoia che non diventarono re d’Italia, Milán, Mondadori, 2003, pp. 32-43.

87 Víctor Balaguer: Mis recuerdos de Italia, Madrid, El Progreso Editorial, 1892, p. 22.

88 Catherine Brice: Monarchie et identité..., pp. 29-38 y 44.

89 Pierangelo Gentile: «L’immagine del re e della Corte», en Walter Barberis (ed.): 1860-1861. Torino, Italia, Europa, Turín, Archivio Storico della città di Torino, 2010, pp. 77-103.

90 Emilio Castelar: Discursos políticos de Emilio Castelar..., p. 129.

91 Emilio Cassola Sepúlveda: A S.M. El Rey D. Amadeo con motivo de su llegada a Castellón de la Plana el día 7 de septiembre de 1871, RB, caj. foll. Historia 24-6 (45).

92 Roque Barcia: El testamento de los reyes..., p. 62.

93 La Correspondencia del Diablo, 16 de febrero de 1873.

94 Emilio Castelar: Discursos políticos de Emilio Castelar..., pp. 150-152.

95 Ibid., p. 152.

96 Roque Barcia: Manifiesto..., pp. 7-15.

97 Augusto Trinchieri: Amedeo di Savoia..., pp. 9-13.

98 Gianni Oliva: Duchi D’Aosta..., pp. 41-43.

99 Discurso de Víctor Balaguer en el Diario de Sesiones de las Cortes Constituyentes, 1869-1871, t. III, 14 de mayo de 1869, pp. 1942-1945.

100 George L. Mosse: La imagen del hombre..., p. 119.

101 Gianni Oliva: Duchi D’Aosta..., p. 81.

102 Pierangelo Gentile: «L’immagine del re...», pp. 77-103.

103 Francesco Cognaso: «Parma, 21 aprile 1866 (Archivio Reale, minuta autografa)», en Le lettere di Vittorio Emanuelle II, vol. IX-II, Turín, Deputazione Subalpina di Storia Patria, 1966, doc. 999, p. 868.

104 Augusto Trinchieri: Amedeo di Savoia..., p. 5.

105 Pierangelo Gentile: «L’immagine del re e della Corte...», pp. 95-103.

106 Augusto Trinchieri: Amedeo di Savoia..., p. 5.

107 Fiorenzo Bava Beccaris: Ricordi 1851-1898 (a cura di Nino Constantino), Turín, Scuola di storia patria, 2011, pp. 24-28.

108 Ibid., pp. 19-22, y Pierangelo Gentile: «Da príncipe a re...», pp. 452-453.

109 Gianni Oliva: Duchi D’Aosta..., pp. 34-35.

110 Monika Wienfort: «Dynastic Heritage...», pp. 170-171.

111 Gianni Oliva: Duchi D’Aosta..., pp. 39-40.

112 Augusto Trinchieri: Amedeo di Savoia..., pp. 23-24.

113 Gerónimo Borao: Discurso leído ante S.M. D. Amadeo I..., p. 15.

114 Catherine Brice: Monarchie et identité..., pp. 10 y 44-45.

115 Discurso de S.A. el Regente del Reino, 2 de enero de 1871, Diario de Sesiones de las Cortes Constituyentes.

116 Antonio Pirala: El rey en Madrid..., p. 69.

117 Antonio Pirala: Historia Contemporánea. Anales desde 1843 hasta la conclusión de la actual guerra civil, Madrid, Imp. y Fundición de Manuel Tello, 1875, pp. 623-624.

118 Leopoldo Feu: La Monarquía de D. Amadeo I ante el Estado económico y social de España, Barcelona, Imprenta de Narciso Ramírez y Compañía, 1872, p. 51.

119 Antonio Pirala: El rey en Madrid..., pp. 69-186.

120 Amalia Domingo: A. S. M. el rey de España...

121 Poema de J. A. Sierra publicado en La Ilustración Republicana Federal, 24 de septiembre de 1871.

122 Emilio Castelar: Discursos políticos de Emilio Castelar..., pp. 132-42.

123 Discurso de Ruiz Zorrilla a bordo del Villa Madrid, en Víctor Balaguer: Mis recuerdos de Italia..., p. 184.

124 Raewyn Connell y James W. Messerschmidt: «Hegemonic Masculinity...», pp. 831-833; George L. Mosse: La imagen del hombre..., p. 67, y Margarita Pisano: El triunfo de la masculinidad, Santiago de Chile, Surada, 2001, p. 10.

125 Rosa Ana Gutiérrez Lloret y Alicia Mira Abad: «Ser reinas en la España constitucional. Isabel II y María Victoria de Saboya: legitimación y deslegitimación simbólica de la monarquía nacional», Historia y Política, 31 (2014), pp. 139-166, esp. p. 151.

126 Inocencio Pérez Andrés: A.S.M. La Reina en celebridad de su llegada a esta Corte, RB II-4040n, (caja) 106.

127 Antonio Pirala: El rey en Madrid..., p. 392.

128 Carlos García Requejo: El Rey Don Amadeo...

129 Julián Castellano: Oda al rey de España Amadeo I..., p. 7.

130 Jo Burr Margadant: «Les représentations de la reine Marie-Amélie dans une monarchie bourgeoise», Revue d’histoire du xix siècle, 36(1) (2008), pp. 93-117, esp. p. 93.

131 Víctor Balaguer: Mis recuerdos de Italia..., p. 236.

132 Gianni Oliva: Duchi D’Aosta..., pp. 46-54.

133 Catherine Brice: «¿Qué es lo que verdaderamente nos enseñan los viajes reales? El ejemplo de Humberto I y Margarita (1878-1900)», en Renata de Lorenzo y Rosa Ana Gutiérrez (eds.): Las monarquías de la Europa Meridional ante el desafío de la modernidad (siglos xix y xx), Zaragoza, Prensas de la Universidad de Zaragoza, 2020, pp. 393-419.

134 Francesco Cognaso, «30 dicembre 1867 (Archivio Reale, minuta au­tografa)», doc. 1506, y «Venezia, 1 marzo de 1867 (Archivio Reale, minuta autografa)», en Le lettere di Vittorio Emanuelle II..., docs. 1332 y 1489, pp. 1162-1275.

135 Gianni Oliva: Duchi D’Aosta..., pp. 54-55.

136 Francesco Cognaso, Firenze, 21 novembre 1867, ore 20 (Carte Pangella, copia), doc. 1482; Venezia, 26 novembre 1867 (Carte Pangella, copia), doc. 1487; Torino, 1 dicembre 1867 (Carte Pangella, copia), doc. 1488; Torino, 1 dicembre 1867 (Carte Pangella, copia), doc. 1489, y Torino, 16 de marzo de 1868 (Archivio Reale, minuta autógrafa), doc. 1553, en Le lettere di Vittorio Emanuelle II..., pp. 1262-1299.

137 Roque Barcia: Manifiesto..., p. 31.

138 El Cohete, 24 de noviembre de 1872.

139 El Cohete, 22 de diciembre de 1872.

140 Benito Pérez Galdós: Episodios Nacionales..., p. 229.

141 Maria Franca Mellano: I principi Maria Clotilde e Amedeo di Savoia e il Vaticano (1870-1890). Attraverso la corrispondenza diplomática della santa Sede ed altri documenti, Turín, Centro Studi Piemontesi, 2000, pp. 13-14, y Alicia Mira Abad: «La imagen de la monarquía o como hacerla presente entre sus súbditos. Amadeo y María Victoria», Mélanges de la Casa Velázquez, 37-2 (2007), pp. 173-198.

142 La Carcajada, 24 de julio y 14 y 23 de agosto de 1872.

143 Poema de J. A. Sierra publicado en La Ilustración Republicana Federal, 24 de septiembre de 1871.

144 Víctor Balaguer: Mis recuerdos de Italia..., p. 255.

145 El Diluvio, 11 de febrero de 1905.

146 Votación incorporada en el orden del día del Senado italiano el 14 de febrero de 1873 y en la Cámara de Diputados al día siguiente.

147 La Gazzetta de Torino, 19 de febrero de 1873.

148 Gianni Oliva: Duchi D’Aosta. I Savoia..., p. 27.

149 Augusto Trinchieri: Amedeo di Savoia..., p. 30.