Ayer 141 (1) 2026: 309-324
Marcial Pons Ediciones de Historia
Asociación de Historia Contemporánea
Madrid, 2025
ISSN: 1134-2277
DOI: 10.55509/ayer/1460
© José Antonio Montero Jiménez
© Pablo León Aguinaga
Recibido: 01-05-2025 Aceptado: 16-06-2025 Publicado on-line: 13-02-2026
Editado bajo licencia CC Attribution-NoDerivatives 4.0 License
La democracia americana,
su lugar en el mundo
y la segunda administración Trump. Tres claves históricas *
José Antonio Montero Jiménez
Universidad Complutense de Madrid
josemont@ucm.es
Pablo León Aguinaga
Consejo Superior de Investigaciones Científicas
pablo.leon@cchs.csic.es
Resumen: El presente artículo examina, desde una perspectiva histórica, las transformaciones recientes en la política exterior de Estados Unidos. Se abordan tres dimensiones fundamentales: la consolidación de la presidencia imperial, el retorno del proteccionismo económico y el debilitamiento de las relaciones transatlánticas. Lejos de constituir una ruptura inédita, estas dinámicas se inscriben en tradiciones de larga duración que han marcado la evolución del sistema político estadounidense, particularmente en contextos de crisis o redefinición de su papel internacional. A través del análisis de precedentes históricos, se muestra cómo el unilateralismo, el uso expansivo del poder ejecutivo y el repliegue estratégico respecto a Europa encuentran ecos en etapas anteriores. Se sostiene que para comprender el actual momento geopolítico se requiere atender no solo a los condicionantes estructurales globales, sino también a las tensiones internas de la democracia estadounidense.
Palabras clave: Estados Unidos, Donald Trump, Europa, aranceles, aislacionismo.
Abstract: This article examines, from a historical perspective, recent transformations in United States foreign policy. It focuses on three fundamental dimensions: the consolidation of the imperial presidency, the resurgence of economic protectionism, and the weakening of transatlantic relations. Rather than representing an unprecedented rupture, these dynamics are embedded in long-standing traditions that have shaped the evolution of the U.S. political system, particularly in times of crisis or redefinition of its international role. Through the analysis of historical precedents, the study highlights how unilateralism, the expansive use of executive power, and strategic retrenchment from Europe echo previous episodes in U.S. history. It argues that understanding the current geopolitical moment requires attention not only to global structural conditions, but also to the internal tensions of American democracy.
Keywords: United States, Donald Trump, Europe, tariffs, isolationism.
La proyección internacional de Estados Unidos está estrechamente vinculada a su situación interior y, más específicamente, a la calidad de su sistema democrático. Como recordaba el historiador Thomas A. Bailey en una obra pionera publicada en 1940, en el país norteamericano, «como en cualquier democracia de verdad, la opinión pública da forma a lo básico de la política exterior» 1. De hecho, todos los periodos de transición en la implicación estadounidense en los asuntos mundiales han ido acompañados de profundas divisiones en la ciudadanía. Así lo ponen de manifiesto el amplio movimiento antiimperialista surgido al calor de los acontecimientos de 1898, la significativa oposición a la intervención en la Gran Guerra, el gran debate en torno a la validez del aislacionismo en 1939-1941 o las reticencias al atlantismo en el punto de arranque de la Guerra Fría 2. No es casualidad que la polarización caracterice a la sociedad americana en un momento como el actual, cuando Donald Trump amenaza con romper las dinámicas internacionalistas de los últimos ochenta años. Paralelamente, los estadounidenses han vinculado en todo momento sus compromisos exteriores con el carácter de su sistema político. En 1796, George Washington aseguró que la conservación de las instituciones nacionales requería mantenerse al margen de las disputas europeas. Cuando se rompió esta tradición neutralista por primera vez, en 1917, se justificó el cambio por la necesidad de preservar la democracia. Los aislacionistas que en el periodo de entreguerras pretendían revertir la situación lo hacían reclamando su deseo de restaurar la grandeza americana. El liderazgo occidental durante el enfrentamiento con la Unión Soviética se efectuó a costa de reforzar al Ejecutivo, como ocurrió con ocasión de la lucha contra el terror desatada tras el 11S. No es tampoco casualidad que Trump parezca estar propugnando un giro iliberal en la democracia amparándose, entre otras cosas, en la afirmación de que Estados Unidos vive «un momento muy peligroso» frente al que solo busca «proteger a nuestros ciudadanos como nunca» 3.
Cualquier análisis de la coyuntura crítica que atraviesa la política exterior estadounidense requiere, por tanto, una mirada a la historia y un estudio de aspectos clave que afectan al sistema político y a la opinión pública. Al fin y al cabo, la propia conversión del país en superpotencia —o en un imperio, si se quiere— contribuyó a alterar el siempre endeble equilibrio de poderes avalado por la Constitución. Aquel fenómeno vino acompañado de una creciente apertura económica que era también contraria a la tradición previa a 1945, que retorna ahora como una especie de venganza edulcorada con visiones de un pasado idealizado. El abandono del proteccionismo frente a Europa estaba ligado además al consenso atlantista, cuyo fuerte cuestionamiento actual ha resucitado argumentos semienterrados durante más de setenta años. Estos tres aspectos —presidencia imperial, proteccionismo y alianza con Europa— centrarán las páginas que siguen, para mostrar que, si bien podemos encontrarnos en un momento bisagra, debemos analizarlo sin olvidar, como ha escrito recientemente Charles Maier, que los historiadores «escribimos mientras recorremos el filo de la navaja entre el pasado y el futuro. Pero ninguno de ellos está predeterminado» 4.
El año 1973, en plena resaca del caso Watergate, el historiador e intelectual liberal Arthur M. Schlesinger publicó el libro The Imperial Presidency, inquieto porque «la institución central del gobierno americano [...] ha quedado fuera de control y necesita desesperadamente una redefinición» 5. Se refería en concreto a los llamados «poderes de guerra», que tradicionalmente habían aumentado las prerrogativas presidenciales. Abraham Lincoln había hecho uso de ellos durante la contienda civil, en 1863, para suspender el habeas corpus y firmar la Proclamación de Emancipación, ambas acciones de dudosa legalidad. La vuelta a la paz devolvió la primacía al Congreso, que impidió a otro de los potenciadores de la presidencia, Theodore Roosevelt (1901-1909) —a quien Trump citó como precedente en su segundo discurso inaugural—, perseguir sus ambiciones de política exterior más allá de la mediación en la guerra ruso-japonesa. Posteriormente, un teórico del Gobierno congresional, Woodrow Wilson, sufrió en sus propias carnes la mayor limitación a sus prerrogativas, cuando vio al Senado rechazar lo que había negociado durante la Paz de Versalles. Fue con Franklin D. Roosevelt cuando la situación dio un giro sustancial. Ya en su primer discurso inaugural solicitó «amplios poderes ejecutivos para librar una guerra contra la emergencia, tan grandes como los poderes que se me otorgarían si fuéramos, de hecho, invadidos por un enemigo extranjero» 6. Roosevelt tuvo sus primeros grandes enfrentamientos institucionales con el Tribunal Supremo, que anuló varias de las medidas más prominentes del New Deal. El presidente se adhirió entonces a la estela populista que propugnaban algunos de sus rivales para reclamar una reforma del máximo tribunal que permitiera su control por parte del Ejecutivo. La medida murió ante el rechazo del propio Partido Demócrata, pero eso no mitigó las batallas con el Congreso relativas a la política exterior. A finales de los años treinta, Roosevelt pugnó con el Legislativo para dejar a discrecionalidad del presidente la posibilidad de imponer embargos a Gobiernos beligerantes. Un poder que consiguió finalmente en noviembre de 1939, momento en que el país comenzó a deslizarse claramente hacia el bando aliado y, posteriormente, hacia la participación en la contienda. La declaración de guerra de diciembre de 1941 sería la última, hasta la fecha, validada oficialmente por el Congreso, dentro de los poderes que le confiere la Constitución.
El principal motivo para explicar la prolongada atrofia del poder en favor del Ejecutivo no fue otro que la Guerra Fría. Ante el cariz de la amenaza percibida por las elites y el pueblo norteamericanos, ambos estuvieron dispuestos a delegar en la Presidencia un grado de autoridad que había de distorsionar los equilibrios constitucionales. La inhibición del Congreso y la tolerancia de la mayor parte de los medios de comunicación y la opinión pública para dejar en manos del ocupante de la Casa Blanca la decisión de llevar al país a la guerra —como ocurrió en los casos de Corea, Vietnam y Camboya— o de autorizar operaciones encubiertas caracterizaron los años centrales del siglo xx. La tendencia de Richard Nixon a patrimonializar el poder y a desconfiar e incluso cargar contra los funcionarios gubernamentales rivales llamó la atención, de manera negativa, sobre los excesivos poderes del presidente y llevó al Congreso a tratar de fiscalizar en mayor medida al Ejecutivo, como ocurrió a mediados de los años setenta y con las audiencias legislativas en relación con el caso Irán-Contra, iniciadas en 1987. Sin embargo, la guerra contra el terror desatada por George W. Bush tras el 11S supuso una nueva cesión de poderes a fin de garantizar la seguridad nacional. Como expresó el entonces presidente al proponer la creación del nuevo Departamento de Seguridad Interna: «la naturaleza cambiante de las amenazas que América confronta requiere de una nueva estructura gubernamental para protegerse de los enemigos invisibles» 7. No es casualidad que en 2004 un octogenario Schlesinger decidiera reeditar por última vez su The Imperial Presidency, advirtiendo en un nuevo prólogo que «la presidencia americana ha acabado viéndose a sí misma en términos mesiánicos como el salvador escogido de un mundo cuyos impredecibles peligros llaman a un despliegue rápido e incesante de hombres, armas y decisiones, tras un muro de secretismo» 8.
Donald Trump está procurando dar otra vuelta de tuerca a los poderes de la presidencia, tanto frente al Legislativo como al Judicial. La polarización política y las cambiantes mayorías en ambas Cámaras han hecho de las últimas presidencias las menos productivas, legislativamente hablando, de los últimos cincuenta años. Al mismo tiempo, las mayorías tienden a ser más exiguas 9. Todo ello ha provocado la tentación de gobernar a golpe de órdenes ejecutivas. Aunque todos los últimos presidentes han estado muy lejos del récord de órdenes que ostenta Franklin Roosevelt —con 3.721 en sus algo más de tres mandatos—, a 8 de abril de 2025, tras dos meses y medio en el cargo, Trump había consignado 111 de estas órdenes, frente al total de 220 de sus primeros cuatro años, a las 176 de los ocho años de Obama y las 162 de Joe Biden 10. Con independencia del número, la novedad reside ahora en que varias de ellas parecen invadir las prerrogativas del Congreso, como ocurre con las medidas que recortan gastos ordenados por el Legislativo. Otro grupo levanta dudas constitucionales, que habrán de ser despejadas por el Tribunal Supremo. Decisiones recientes, como la de negar la ciudadanía a los hijos de inmigrantes nacidos en los Estados Unidos, preludian una batalla judicial en torno al significado de la Constitución cuyo calado resulta imposible de prever. Por lo demás, queda por ver si el prometido giro a la política exterior da pie o no a un nuevo capítulo expansivo de la presidencia imperial.
Los Estados Unidos fueron, hasta 1945, un país tradicionalmente proteccionista. Si bien la media histórica anual de protección sobre el valor de las importaciones ha sido del 5,96 por 100 entre 1821 y 2025, el porcentaje previo a 1945 fue del 20,83 por 100, y el posterior, de tan solo el 2,82 por 100 11. Las tarifas conformaron un tema candente en las rivalidades que condujeron a la guerra civil (1861-1865), con un Sur volcado hacia la exportación y la apertura comercial, y un Norte empeñado en la creación de un complejo nacional de infraestructuras e industrias nacientes que requerían de protección. El triunfo yanqui en la contienda consolidó el papel manufacturero de Estados Unidos, que para 1913 era el segundo país del mundo en niveles de industrialización per cápita, así como el principal productor de carbón y acero. Los aranceles no eran solo un muro de contención frente a la competencia exterior, también constituían una vital fuente de dinero. En el periodo 1790-1913, las tarifas supusieron entre el 50 y 90 por 100 de los ingresos públicos federales. Fueron tan exitosos como instrumento recaudatorio que en la década de 1880 las entradas superaban en un 40 por 100 a los gastos en el presupuesto central, lo que generaba amplios superávits 12. Cualquier descenso en el nivel arancelario debía venir acompañado de nuevas fuentes de ingresos y por ello los demócratas, dispuestos siempre a una mayor libertad mercantil, acompañaron el arancel de 1894 con un impuesto sobre la renta que el Tribunal Supremo declaró anticonstitucional al año siguiente 13. Habría que esperar hasta 1913, con el Partido Demócrata nuevamente en el poder, para que una nueva tarifa aperturista coincidiera con la XVI enmienda, que permitía establecer un impuesto directo sobre las rentas. A partir de 1914, el volumen de ingresos federales provenientes de fuentes internas comenzó a superar al de aduanas, hasta el punto de que, para 2023, estas solo representaban el 2 por 100 de las entradas presupuestarias 14.
El Partido Republicano se sumaría en buena medida al consenso librecambista surgido de la Segunda Guerra Mundial. Así lo constatan el impulso de las Administraciones Nixon y Reagan a nuevas rebajas arancelarias bajo el Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT), o de la de George H. W. Bush al acuerdo de libre comercio con Canadá y México: su validación senatorial en 1993 contó incluso con más votos favorables en la bancada republicana que en la demócrata. Fue el presidente Bill Clinton, no obstante, quien abrazó la misma lógica neoliberal que motivó la transformación del GATT en la Organización Mundial de Comercio (1995). Sería en los noventa también cuando Estados Unidos invitó, no sin polémica, a que China acelerase su integración económica con Occidente, proceso que se consumó durante la presidencia de George W. Bush. Ante la creciente tensión entre Washington, Pekín y Moscú, Barack Obama, de la mano de un Congreso de mayoría republicana, apostó por nuevas rebajas arancelarias como las acordadas con once naciones del Pacífico (Trans-Pacific Partnership/TPP) o las previstas en las negociaciones con Bruselas para un acuerdo similar (Transatlantic Trade and Investment Partnership/TTIP). Todo ello pese a una fuerte oposición interna contra los frutos de la globalización que Trump iba a saber capitalizar electoralmente para llegar al poder por primera vez.
La Constitución de Estados Unidos depositó las prerrogativas arancelarias en el Legislativo, lo que propició varios problemas. En primer lugar, la confección de las tarifas se tornó cada vez más complicada, dada la amalgama de intereses difícilmente reconciliables que los congresistas acabaron representando en un país de dimensiones continentales. Por otra parte, el sistema resultaba muy poco ágil para afrontar las cambiantes circunstancias del comercio internacional. Por ello, durante el último tercio del siglo xix surgieron movimientos de reforma arancelaria que buscaban limitar los poderes comerciales del Congreso. Los expertos comenzaron a hablar de un arancel «científico», entendiendo como tal la búsqueda de criterios objetivos para fijar las tasas: durante los años veinte y treinta del siglo xx, la premisa sería la igualación de los costes de producción de los productos dentro y fuera de Estados Unidos; Trump ha resucitado implícitamente esta dinámica, al presentar las nuevas tarifas anunciadas el 2 de abril de 2025 —jornada que bautizó como «día de la liberación»— como el resultado de un cálculo que incluía «la tasa combinada de todos [...] [los] aranceles [de un país], las barreras no monetarias y otras formas de engaño» 15. En realidad, lo que hizo fue recuperar otra vieja idea —en este caso europea— de los años treinta, estableciendo como objetivo la igualación país a país de la balanza comercial, para lo que fijó los aranceles en la mitad del porcentaje que las importaciones supusieran respecto de las exportaciones 16.
Por otra parte, desde la gestación del Arancel McKinley —presidente a quien Trump también elogió en su reciente discurso inaugural— de 1890, comenzó a hablarse de la implantación de mecanismos de reciprocidad, destinados a equilibrar rápidamente los aranceles en caso de un cambio súbito de circunstancias exteriores. Tanto esa tarifa como las de 1922 y 1930 permitían al presidente, previa recomendación de una comisión de expertos, decretar elevaciones arancelarias. En el periodo de entreguerras se tomó como base para medir esas discriminaciones el principio incondicional de Nación Más Favorecida (NMF), por el que Estados Unidos decía contar con el derecho a valerse de las ventajas que sus socios comerciales concedieran a terceros países. Otra versión de la reciprocidad, que sería acogida inicialmente con reticencias, contemplaba la posibilidad de acuerdos comerciales puramente ejecutivos. Se intentó por primera vez con el arancel Dingley de 1897, aunque la prerrogativa presidencial quedó constreñida a reducciones en una lista muy restringida de productos. Sería por esta vía como se produciría la verdadera revolución en la política comercial estadounidense. En plena emergencia del New Deal, y en los albores de la presidencia imperial rooseveltiana, el Congreso aprobó la Ley de Acuerdos Comerciales Recíprocos (RTAA) de 1934, que autorizaba al presidente a concluir sin límite tratados comerciales que contuviesen reducciones arancelarias de hasta el 50 por 100. Los efectos no se dejarían sentir hasta después de 1945, cuando la RTAA y el principio de NMF se convirtieron en la base de la acción comercial norteamericana y, por extensión, de todo el bloque occidental, en el marco del sistema de Bretton Woods. La tasa arancelaria media se redujo del 10,30 al 7,60 por 100 entre 1946 y 1962, momento en que el presidente Kennedy logró la aprobación de la Ley de Promoción Comercial, que incrementó el porcentaje de posibles rebajas hasta el 80 por 100. Para el año 2000, el arancel medio era de menos del 2 por 100, tasa que no se superó hasta que se efectuaron las subidas tarifarias de la primera Administración Trump.
Las prerrogativas presidenciales no se han limitado a las rebajas arancelarias, sino que también se han extendido a las subidas. Una ley de 1962 facultaba a la Casa Blanca para incrementar las tasas a la importación en caso de amenazas a la Seguridad Nacional. La medida fue invocada primeramente por Nixon el 15 de agosto de 1971, para imponer una subida tarifaria general del 10 por 100, dentro del paquete de acciones que pusieron fin al sistema de Bretton Woods. Trump se amparó en la misma norma, en marzo de 2018, para imponer tarifas del 25 por 100 sobre el acero y del 10 por 100 sobre el aluminio. Por otra parte, la Ley de Comercio de 1974, al calor de los efectos de la primera crisis del petróleo, permitió efectuar subidas tarifarias ejecutivas en caso de dificultades en la balanza de pagos o de discriminación exterior. Asimismo, la Ley de Poderes Económicos Especiales de Emergencia de 1977 estableció la posibilidad de decretar un estado de emergencia económica —como se ha hecho recientemente con China— seguido de prohibiciones o limitaciones a la importación. El efecto acumulativo de todas estas disposiciones ha sido, aunque nunca se pretendió así, el de capacitar a la Casa Blanca para dar un giro de timón a la política comercial, oportunidad que Trump no ha dejado de aprovechar 17.
En el otoño de 1987, en pleno éxito de ventas de The Art of the Deal, Donald Trump adquirió espacio en tres prestigiosos diarios para publicar una carta al pueblo americano denunciando el alto coste que, para Estados Unidos, tenían las alianzas exteriores. Quienes habían gobernado el país en las décadas precedentes habían acudido a proteger «gratuitamente» a unos aliados europeos y japoneses que habían respondido conquistando el mercado nacional 18. El mensaje pervivió lo suficiente para su inserción en el primer mensaje inaugural del presidente, en enero de 2017: «hemos subvencionado los ejércitos de otros países [...] hemos defendido las fronteras de otros países [...] y gastado trillones de dólares fuera de nuestras fronteras, mientras dábamos la espalda a la infraestructura americana, ahora en decadencia. [...] a partir de ahora será América primero» 19. El eslogan retrotraía al nombre de un comité formado en septiembre de 1940 para aglutinar a los millones de ciudadanos que se oponían al acercamiento estadounidense hacia los Aliados, y deseaban dar la espalda a una Europa que sucumbía bajo la bota del nazismo. Su principal portavoz, el famoso aviador Charles Lindbergh, subrayó, en un mitin multitudinario celebrado el 23 de abril de 1941, que el aislacionismo era «una vía política que conducirá al éxito, una política que nos deja libres para seguir nuestro modo de vida [...] [y bajo la cual] Estados Unidos se ha convertido en la nación más grande del mundo» 20. Palabras como estas ponen de manifiesto que la vocación de liderazgo mundial de Estados Unidos y sus vínculos estratégicos con Europa distan de ser una consecuencia natural de su historia.
El excepcionalismo de los Estados Unidos se construyó en el siglo xix frente al otro europeo, mientras aquellos adquirían con el Viejo Continente vínculos crecientes, a veces imperceptibles. El país había ganado su independencia a una potencia imperial —Gran Bretaña— aprovechándose de las viejas rivalidades europeas que, de la misma manera que hicieron posible el nacimiento de la nación, podían propiciar su destrucción. Consecuentemente, los primeros principios sólidos de la acción internacional estadounidense —el llamamiento de George Washington a la no intervención (1796) y la archiconocida doctrina Monroe (1823)— fueron, en su origen, postulados preventivos frente a las maniobras de las potencias europeas. Paralelamente, durante el último tercio del siglo xix se establecieron con Europa una serie de conexiones humanas y económicas que asociaron irremisiblemente los destinos de ambas orillas del Atlántico. Para 1900, el 52 por 100 de las importaciones y el 75 por 100 de las exportaciones estadounidenses procedían de Europa o se dirigían hacia ella. El desarrollo de infraestructuras e industrias fue posible gracias a la tecnología, el know-how y la financiación europeos: mientras que en 1897 los norteamericanos tenían invertidos 700 millones de dólares en el exterior, recibían de fuera 3.700 millones. Y de los países europeos provenían buena parte de los millones de inmigrantes que arribaron a las costas norteamericanas entre 1840 y 1920 21.
La contradicción entre el abstencionismo y las ligaduras socioeconómicas frente a Europa llegó a un primer punto de ruptura con la Primera Guerra Mundial, a la que Estados Unidos entró tardíamente y no sin forjar un mensaje maximalista que buscaba convencer a la mayoría de los norteamericanos, reticentes a participar en una contienda «europea» 22. El país —afirmó el presidente Wilson— solo estaría a salvo si contribuía a construir un mundo seguro para la democracia. Pero el panorama posterior al armisticio se parecía muy poco a esa promesa y, por si fuera poco, al modelo americano le había surgido un potencial y revolucionario rival: la Unión Soviética. La población rechazó entonces la experiencia bélica y, con la aplastante victoria republicana en las elecciones de noviembre de 1920, inició una deriva de rechazo a la política del Viejo Continente que prometía ser más firme —y contradictoria— que la existente antes de 1914. Durante el «tiempo perdido» de entreguerras, la sociedad abrazó un nacionalismo nativista que, en materia de política exterior, sería bautizado por sus detractores como aislacionismo 23. Este se volvió más radical cuanto más empeoraba la situación en Europa. En este magma se gestaron iniciativas como el America First Committee.
El giro atlantista se materializó en el periodo transcurrido entre el gran debate sobre la participación en la Segunda Guerra Mundial y la campaña de las presidenciales de 1952. La transformación no fue rápida ni fácil, y estuvo liderada por el Partido Demócrata. Pese al ruido y al peso de los aislacionistas, Franklin Roosevelt consideró su —hasta entonces inédita— segunda reelección como un refrendo de sus posturas proaliadas. El Partido Republicano quedó entonces fracturado en dos: por una parte, aglutinó los resquicios del aislacionismo, mientras por otra daba cobijo a una rama atlantista, que ya en el preludio de la Guerra Fría apoyó en el Congreso las medidas que remacharon la doctrina de la contención puesta en marcha por Harry Truman. Pero el sentimiento neutralista pervivió en los sectores más conservadores, como se evidenció en las primarias republicanas de 1952, en las que Dwight Eisenhower, uno de los héroes nacionales por excelencia y de intachables credenciales atlantistas, solo logró imponerse por la mínima a su rival, el senador Robert Taft, que hizo gala de su voto en contra del Plan Marshall y el Tratado de Washington.
El derrumbe de la Unión Soviética no alteró el panorama, manteniéndose la colaboración intrapartidista en lo referente a las nuevas relaciones con Rusia, así como a la apuesta por la pervivencia de la OTAN. Tanto el primer Bush como Bill Clinton apoyaron la refundación de la Unión Europea, sustentaron las instituciones del nuevo globalismo económico liderado por Occidente e intentaron mitigar las matanzas en Bosnia y Kosovo. El panorama cambió con el arranque de la guerra contra el terror. Si la intervención en Afganistán de 2001 suscitó un amplio respaldo internacional, la invasión de Irak en 2003 dividió a los europeos, granjeándose la fundamental oposición del eje francoalemán. Así las cosas, los sectores neoconservadores y un buen número de altos cargos del Partido Republicano cargaron contra los países que se negaban a secundar a Washington en su cruzada. Las críticas de la Administración de George W. Bush se entremezclaron con las crecientes disputas en el seno de una Unión Europea en plena expansión hacia el este. Recogiendo aquel testigo, durante su primera presidencia Donald Trump no dudó en amenazar a los europeos con retirar el escudo que les protegía si no accedían a aumentar su gasto en defensa, cosa que se comprometieron a hacer hasta el 2 por 100 del Producto Interior Bruto —objetivo en cuyo cumplimiento se rezagaron países como España— 24. El presidente jugó igualmente con las brechas abiertas en el Viejo Continente, apoyando públicamente a los Gobiernos de Hungría y Polonia, y respaldando a Londres en sus negociaciones para el Brexit 25. En materia comercial se mostró algo más comedido, aunque no dudó en romper las negociaciones sobre el TTIP y decretó algunas subidas arancelarias en medio del conflicto entre Airbus y Boeing 26.
El asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021 hizo ver que, en la eventualidad de un segundo mandato de Trump, este no dudaría en subir las apuestas. Desde su toma de posesión en enero de 2025, ha sazonado su política exterior con un lenguaje que mira con nostalgia al imperialismo americano de finales del siglo xix, libre de condicionamientos europeos, y lo mezcla con un lenguaje nacionalista tomado de los años veinte y treinta. Ha retomado su política de presión a Europa en materia de gasto militar y aranceles, en medio de la mayor guerra convencional en ese continente desde la finalización de la Segunda Guerra Mundial, y haciendo saber que las prioridades estratégicas americanas se encuentran lejos de allí. Resta por saber si se concretarán las amenazas, pero la confianza mutua se erosiona en ambas orillas del Atlántico. En Estados Unidos las relaciones con Europa se han convertido en un elemento más de la polarización política que atraviesa todos los aspectos de este artículo, con unos republicanos cuyo apoyo a la Alianza Atlántica y al mantenimiento de un rol activo en el mundo se encuentra en mínimos históricos 27.
Las disquisiciones en torno al auge y la caída de las grandes potencias son un tema recurrente, pero nada clarificador, en los estudios históricos. Edward Gibbon comenzó su Historia de la decadencia y caída del Imperio romano como una advertencia sobre el declive británico en Norteamérica, sin ser capaz de vislumbrar que su país perdería un imperio para formar otro, mucho más vasto, durante la centuria siguiente. Dos siglos más tarde, y es posible que con los Estados Unidos en mente, Jean-Baptiste Duroselle preconizó en un estudio teórico que Todo imperio perecerá, solo para dejarnos, más de cuatrocientas páginas después, en la ignorancia respecto del futuro 28. Ya en 2005, el siempre polémico Niall Ferguson concluyó su propio análisis de la preponderancia estadounidense diciendo que esta no duraría mucho si su propia ciudadanía no «reconsideraba el papel de América en el mundo» 29. Veinte años han pasado, y seguimos con los mismos interrogantes, a la par que cometiendo los mismos errores de partida: en primer lugar, la historia es mala consejera del futuro; en segundo lugar, tendemos a mirar la posición estadounidense desde una óptica puramente de relaciones internacionales, sin tener en cuenta, como hemos tratado de subrayar en este artículo, que los Estados Unidos son, mucho antes que un imperio, una democracia. No nos queda otro remedio que recurrir a la modestia y buscar —remedando la cita apócrifa del propio Mark Twain— las rimas —consonantes o asonantes— entre el pasado y el presente. Para hacerlo nos resultará más útil el vencimiento del relativo desconocimiento que a este lado del Atlántico existe de la historia interna de Estados Unidos que seguir haciendo disquisiciones sobre su fuerza o sus recursos. Solo así descubriremos que, tras la aparente novedad del trumpismo, se esconden importantes resonancias históricas que no solucionarán los problemas del devenir, ni nos los clarificarán, pero sí nos ayudarán a entender y afrontar con mayor conocimiento de causa los desafíos —aparentes o certeros— que el actual inquilino del 1600 de la avenida Pensilvania plantea para Europa, pero también para la conciencia de sus propios ciudadanos.
* Este artículo se ha desarrollado en el marco del proyecto de Investigación «Diplomacia económica y redes transnacionales. España y Estados Unidos: comercio, finanzas internacionales y política exterior de la Gran Depresión a la Guerra Fría (1930-1960)» (PID2022-136825NB-I00).
1 Thomas A. Bailey: A Diplomatic History of the American People. Tenth Edition, New Jersey, Prentice-Hall, 1980, p. 1.
2 José Antonio Montero Jiménez y Pablo León Aguinaga: Los Estados Unidos y el mundo. La metamorfosis del poder americano (1890-1952), Madrid, Síntesis, 2019.
3 «President Trump Addresses Joint Session of Congress, March 4, 2025», The White House, https://www.whitehouse.gov/videos/president-trump-addresses-joint-session-of-congress-march-4-2025/ (consultado el 5 de abril de 2025).
4 Charles S. Maier: The Project-State and Its Rivals. A New History of the Twentieth and Twenty-First Centuries, Cambridge, Harvard University Press, 2023, p. 392.
5 Arthur M. Schlesinger: «Foreword to the 1973 Edition», en Arthur M. Schlesinger: The Imperial Presidency, Boston, Houghton-Mifflin, 2004, pp. xxv-xxviii, esp. p. xxviii.
6 «First Inaugural Address of Franklin D. Roosevelt» (4 de marzo de 1933), Avalon Project, https://avalon.law.yale.edu/20th_century/froos1.asp (consultado el 8 de abril de 2025).
7 The Department of Homeland Security, 2 de junio de 2002, p. 1, https://www.dhs.gov/sites/default/files/publications/book_0.pdf (consultado el 8 de abril de 2025).
8 Arthur M. Schlesinger: «Introduction to the Mariner Edition. Back to the Imperial Presidency», en Arthur M. Schlesinger: The Imperial Presidency, Boston, Houghton-Mifflin, 2004, pp. ix-xxiv, esp. p. xxiv.
9 Datos concretos en «Statistics and Historical Comparison», GovTrack.us, https://www.govtrack.us/congress/bills/statistics (consultado el 8 de abril de 2025); «Party Division», United States Senate, https://www.senate.gov/history/partydiv.htm (consultado el 8 de abril de 2025), y «Party Divisions of the House of Representatives, 1789 to Present», History, Art & Archives, U.S. House of Representatives, https://history.house.gov/Institution/Party-Divisions/Party-Divisions/ (consultado el 8 de abril de 2025).
10 «Number of Executive Orders Signed by Each U.S. President from 1789 to 2025», Statista, https://www.statista.com/statistics/1125024/us-presidents-executive-orders/ (consultado el 8 de abril de 2025), y Gerhard Peters y John T. Woolley: «Executive Orders», The American Presidency Project, https://www.presidency.ucsb.edu/node/323876 (consultado el 8 de abril de 2025).
11 Cálculos efectuados a partir de «Average Tariff Rate on All Imports and Dutiable Imports in the United States from 1821 to 2024 and Estimated Rate for 2025 under Trump’s Proposals», Statista, https://www.statista.com/statistics/1557478/average-tariff-rate-imports-dutiable-us/ (consultado el 12 de abril de 2025). El nivel de ingresos arancelarios respecto del presupuesto federal en U.S. Bureau of the Census: Historical Statistics of the United States, Colonial Times to 1970, part. II, Washington, Bureau of the Census, 1975, pp. 236-237.
12 Douglas A. Irwin: Clashing Over Commerce. A History of U.S. Trade Policy, Chicago, University of Chicago Press, 2017, pp. 255 y ss.
13 Ibid., pp. 290-294.
14 «Tariffs as a Major Revenue Source: Implications for Distribution and Growth» (12 de julio de 2024), The White House, https://bidenwhitehouse.archives.gov/cea/written-materials/2024/07/12/tariffs-as-a-major-revenue-source-implications-for-distribution-and-growth/ (consultado el 12 de abril de 2025).
15 Kathryn Watson: «Trump Announces New Tariffs on What He Calls “Liberation Day” Amid Fears of Higher Prices», CBS Network, 2 de abril de 2025, https://www.cbsnews.com/news/trump-liberation-day-new-tariffs-us/ (consultado el 12 de abril de 2025).
16 «Trump Takes America’s Trade Policies back to the 19th Century», The Economist, 3 de abril de 2025, https://www.economist.com/finance-and-economics/
2025/04/03/trump-takes-americas-trade-policies-back-to-the-19th-century (consultado el 12 de abril de 2025).
17 La información contenida en este párrafo procede de Christopher T. Zirpoli: «Congressional and Presidential Authority to Impose Import Tariffs», Congressional Research Service, 27 de febrero de 2025, https://www.congress.gov/crs-product/R48435 (consultado el 12 de abril de 2025).
18 Jennifer M. Miller: «Let’s not Be Laughed at Anymore. Donald Trump and Japan from the 1980s to the Present», Journal of American-East Asian Relations, 25(2) (2018), pp. 138-168.
19 «The Inaugural Address», The White House, 20 de enero de 2017, https://trumpwhitehouse.archives.gov/briefings-statements/the-inaugural-address/ (consultado el 15 de abril de 2025). La cursiva es nuestra.
20 Charles Lindbergh: «America First», Teaching American History, 23 de abril de 1941, https://teachingamericanhistory.org/document/america-first/ (consultado el 15 de abril de 2025).
21 U.S. Bureau of the Census: Historical Statistics..., part II, pp. 869 y 897-898.
22 Michael S. Neiberg: The Path to War. How the First World War Created Modern America, New York, Oxford University Press, 2016.
23 Brooke L. Blower: «From Isolation to Neutrality. A New Framework for Understanding American Political Culture, 1919-1941», Diplomatic History, 38(2) (2014), pp. 345-376.
24 Información actualizada al respecto en https://www.nato.int/cps/en/natohq/topics_49198.htm (consultado el 12 de abril de 2025).
25 Véanse, por ejemplo, las declaraciones de Trump a la prensa durante la visita del primer ministro magiar Viktor Orbán a la Casa Blanca el 13 de mayo de 2019, «Remarks Prior to a Meeting With Prime Minister Viktor Orban of Hungary and an Exchange With Reporters», The American Presidency Project, https://www.presidency.ucsb.edu/documents/remarks-prior-meeting-with-prime-minister-viktor-orban-hungary-and-exchange-with-reporters (consultado el 12 de abril de 2025). Respecto a la relación Reino Unido-UE, véase el tuit de Trump del 11 de abril de 2019, «Tweets of April 11, 2019», The American Presidency Project, https://www.presidency.ucsb.edu/documents/tweets-april-11-2019 (consultado el 12 de abril de 2025).
26 Shayerah I. Akhtar y Renée Johnson: «U.S.-EU Trade Report», Congressional Research Service, 6 de marzo de 2022, https://www.congress.gov/crs-product/R47095 (consultado el 12 de abril de 2025).
27 Richard Wike et al.: «Growing Partisan Divisions Over NATO and Ukraine», Pew Research Center, 8 de mayo de 2024. https://www.pewresearch.org/global/2024/05/08/americans-opinions-of-nato/ (consultado el 13 de abril de 2025); Pew Research, «Americans’ Views of the War in Ukraine Continue to Differ by Party», 14 de febrero de 2025, https://www.pewresearch.org/global/2024/05/08/growing-partisan-divisions-over-nato-and-ukraine/ (consultado el 13 de abril de 2025). Sobre los preocupantes datos de polarización de la sociedad americana, véase «Political Polarization in the American Public», Pew Research Center, 12 de junio de 2024, https://www.pewresearch.org/politics/2014/06/12/political-polarization-in-the-american-public/ (consultado el 9 de abril de 2025).
28 Jean-Baptiste Duroselle: Todo imperio perecerá. Teoría sobre las relaciones internacionales, México, Fondo de Cultura Económica, 1998.
29 Niall Ferguson: Colossus. The Rise and Fall of the American Empire, New York, Penguin, 2005, p. xxix.