Ayer 107/2017 (3): 13-19
Sección: Dosier
Marcial Pons Ediciones de Historia
Asociación de Historia Contemporánea
Madrid, 2017
ISSN: 1134-2277
DOI: 10.55509/ayer/107-2017-01
© Gabriela Águila
© Luciano Alonso
Editado bajo licencia CC Attribution-NoDerivatives 4.0 License

Presentación

Gabriela Águila

ISHIR (Investigaciones Socio-
Históricas Regionales)-CONICET
Universidad Nacional de Rosario
gbaguila@gmail.com

Luciano Alonso

CESIL (Centro de Estudios Sociales
Interdisciplinarios del Litoral)
Universidad Nacional del Litoral
lucalonso@arnet.com.ar

El auge de la denominada historia reciente, una de las principales novedades en la historiografía argentina de la última década y media, tiene raíces múltiples. Está unido a los desarrollos de las diferentes ciencias sociales y de la historia como disciplina, pero también a lo acaecido en el escenario social y político ampliado en el que se desenvuelve la actividad investigadora.

En lo que se refiere a la cuestión disciplinar, el estudio del pasado reciente fue virtualmente excluido de las investigaciones históricas tras ser clausuradas mediante la represión y la censura tanto las «historiografías militantes» de los años 1960-1970 como las primeras exploraciones sobre una historia inmediata. De forma notoria, a la salida de la última dictadura militar los temas privilegiados por el análisis historiográfico eran la etapa colonial y, en menor medida, el siglo xix, como puede apreciarse a través del repaso de publicaciones y congresos del periodo.

Con la reconfiguración del campo historiográfico en los primeros años del período democrático se produjeron profundas renovaciones de enfoques, métodos y problemas por parte de una comunidad académica en (re)construcción, pero el pasado reciente siguió siendo un coto vedado. Para muchos historiadores profesionales no se podía «hacer historia» de un pasado frente al que no era posible el distanciamiento necesario para el análisis riguroso. Esta reticencia historiográfica no impidió que otros especialistas abordaran, desde perspectivas diversas, esas décadas que se extendían a lo largo de la segunda mitad del siglo xx, surcadas por dictaduras militares, una elevada conflictividad social y política, perspectivas de cambio revolucionario y represiones atroces.

Pero más allá de lo ocurrido en el campo historiográfico, las secuelas perdurables de las violaciones masivas de los derechos humanos perpetradas durante la última dictadura militar, la persistencia de las crisis económicas y sus efectos, y el impacto de esas cuestiones en las memorias sociales desafiaron e impulsaron a muchos a bucear en un pasado cuyas huellas en el presente eran manifiestas. En ese proceso de producción de estudios diversos, el último periodo dictatorial fue revestido de connotaciones excepcionales, aunque también hubiese trabajos en que era abordado en una línea de alternancia entre gobiernos constitucionales y de facto, sin expurgarlo de sus especiales y terribles características.

Por otra parte, desde las ciencias sociales y desde el periodismo de investigación empezaron a publicarse textos sintéticos, en los cuales las narrativas sobre los procesos de movilización y represión o sobre las mismas formas del poder dictatorial solían subsumirse en las experiencias de una región trascendental pero limitada del país, la construida alrededor de la ciudad de Buenos Aires y su ­conurbación.

En estas dos últimas décadas, ese pasado no tan lejano —y sus memorias y representaciones— ha sido estudiado y revisado intensamente por sociólogos, politólogos, juristas, economistas y, en menor medida, por historiadores. Asimismo, se han acercado a él periodistas, escritores de ficción, artistas plásticos, documentalistas y cineastas, y, en lugar nada secundario, se han multiplicado los relatos y reflexiones en clave memorialística de quienes habían vivido el periodo. Acusando el impacto internacional de corrientes como los Genocide Studies o los debates sobre la relación entre historia y memoria, el campo historiográfico ha empezado a mostrar un cambio de actitud respecto al pasado reciente.

El estudio de la última dictadura, pero también de los turbulentos años que la precedieron, adquirió una preeminencia cada vez más visible en la agenda historiográfica, al compás de ciertos procesos novedosos que se estaban verificando en el espacio político nacional: el impulso a las causas judiciales por delitos de lesa humanidad, la reparación a las víctimas de la represión y las políticas de la memoria desplegadas por el Estado argentino entre 2003 y 2015.

Las nuevas investigaciones han vuelto con mayor profundidad a temas asociados a la última dictadura, pero ya sin desmarcarla de procesos temporalmente más amplios. A su vez, se han registrado diversos contactos y trasvases entre las memorias sociales y la producción académica, en un contexto en el cual el sintagma «historia reciente» ha comenzado a adquirir connotaciones que no tienen que ver necesariamente con lo temporalmente más cercano, sino con una historia del presente cruzada por traumas sociales, lecturas políticas y metodologías innovadoras.

En 2007, un texto colectivo compilado por Marina Franco y Florencia Levín puso en evidencia no sólo la intención de obtener el reconocimiento de un campo académico, sino también la complejidad de problemas de diversa índole que rodeaban su definición. Afirmando una relación entre la historia reciente y la existencia de momentos traumáticos, la frase inicial de la introducción a Historia reciente. Perspectivas y desafíos de un campo en construcción establecía una identificación tajante: «La historia de la historia reciente es hija del dolor» 1. Los acontecimientos traumáticos o de fuerte presencia social en el presente han sido los objetos privilegiados que en esa lectura han podido marcar cesuras temporales a partir de las cuales pensar la historia reciente. Ha sido ese «pasado que no pasa» el que ha impuesto una temporalidad de fuertes connotaciones políticas a una práctica historiográfica específica.

De alguna manera, el debate conceptual sobre la forma de bautizar esa tendencia ha sido pasado por alto en Argentina y no se ha considerado la mayor o menor pertinencia de otros términos como historia actual, historia inmediata, historia del presente o del tiempo presente, historia en curso o similares. En ocasiones podía producirse una superposición de intereses y periodizaciones, pero en rigor la historia reciente construida a partir de esos problemas no alcanza a involucrar la multitud de dimensiones sociales que se incluyen en otras definiciones. Por ello esta formulación argentina —y quizás propia del Cono Sur americano en su conjunto— aparece como una forma específica o sector especializado de historia actual o historia del presente, vinculada a un pasado traumático, por más que su denominación pueda sugerir un mero corte cronológico.

Los modos de hacer historia reciente son hoy en Argentina tan variados como los relativos a cualquier otra historiografía sectorial o especialidad. Con la participación plena de muchos sociólogos, economistas y otros científicos sociales guiados por una intención de comprensión de la dimensión diacrónica que caracteriza a la historia como disciplina, los historiadores abordan un conjunto de cuestiones que pasan no sólo por las formas y funciones de la represión, sino también por las políticas estatales, las transformaciones estructurales de la economía y la sociedad, las actitudes sociales frente a las dictaduras, los movimientos sociales y las organizaciones políticas o guerrilleras, los exilios y sus efectos inmediatos y diferidos, las políticas de memoria y de reparación de las víctimas y afectados, las representaciones del pasado, y el papel de los intelectuales en los debates públicos. Sería extensa una revisión exhaustiva de esa producción e injustos los inevitables olvidos de autores, mientras que hay ya algunos excelentes balances provisionales respecto a la producción en ciertos campos como la represión y el movimiento obrero.

En ese proceso de elaboración de conocimiento, la historiografía sobre el pasado reciente está cada vez más atenta a las peculiaridades locales y regionales, a la diversidad de agentes y agencias, a la complejidad de los movimientos temporales y a las distancias entre las grandes tendencias macrosociales y la variedad de los acontecimientos y dispositivos. Muchas aportaciones historiográficas relativizan cada vez con mayor frecuencia la idea de un corte abrupto producido por el golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, ofreciendo, por el contrario, interpretaciones más sutiles, en las cuales se articulan cambios y continuidades en las prácticas estatales, los discursos dominantes y las formas micropolíticas del conflicto social. Sin desconocer la excepcional cesura que la última dictadura militar representó en Argentina, esos estudios tienden a permitir una mejor comprensión de los procesos contradictorios y complejos que unen ese periodo con las convulsiones anteriores, y las formas en las cuales se resolvieron o se suspendieron luego sus herencias.

Estos desarrollos historiográficos deben mucho a una agenda de preguntas y problemas renovados, pero también a las fuentes y archivos, cuya accesibilidad se ha acrecentado en los últimos años. Desde las sospechas, muchas veces fundadas, respecto de la destrucción o de la inexistencia lisa y llana de documentación, hasta las no menos reales dificultades para acceder a los acervos y archivos existentes, los estudiosos de este pasado han tropezado con incontables dificultades para disponer de documentación para reconstruirlo. Estos obstáculos fueron en parte superados por el recurso —muy extendido desde comienzos de la década de 2000— a los testimonios orales. Acompañando a la expansión de los estudios sobre la memoria se ha ampliado la práctica de la historia oral, a la par de los debates sobre el estatuto de las fuentes orales, sobre la significación del testimonio, sobre la memoria como fuente, que han estado omnipresentes en la práctica de la historia reciente en Argentina y se han convertido en una de sus notas más características.

En la última década y media, y por vías diversas, se han multiplicado las posibilidades de acceder a acervos documentales: gracias a una serie de iniciativas que se han propuesto recuperar, conservar y/o digitalizar fuentes escritas de diverso tipo; por la disponibilidad de documentos castrenses, policiales o de inteligencia, impulsada por organismos de derechos humanos, las políticas de memoria estatales o los recorridos de la justicia, y como resultado de los nuevos rumbos de la investigación y de la atención dispensada a problemas, actores y agencias hasta hace poco apenas explorados.

Este contexto resulta propicio para revisar el estado de la producción académica sobre algunos de los tópicos centrales en este campo, que son abordados en el presente dosier por distintos especialistas en los temas escogidos.

En el artículo inicial, Roberto Pittaluga se pregunta por la especificidad y el estatuto de la historia reciente, retomando los debates sostenidos con las tendencias dominantes en la historiografía durante el proceso de consolidación de ese espacio de producción dentro del campo académico argentino. En su interrogación sobre lo que hace diferente a la historia reciente, el autor reflexiona sobre sus prácticas, sobre la temporalidad histórica, sobre la producción testimonial, sobre la memoria y sobre las relaciones entre historia reciente y política.

En un trabajo centrado en uno de los nudos problemáticos de la historia reciente argentina, el de los estudios sobre la represión, Gabriela Águila analiza los recorridos de las indagaciones sobre la violencia política y represiva, y algunos de los cambios que han tenido lugar en estos últimos años. Así, explora la cuestión de las fuentes y los archivos y los temas que atraviesan esta línea de investigación, poniendo el foco en el estudio de las agencias represivas estatales.

Daniel Lvovich profundiza sus investigaciones sobre las actitudes sociales en el contexto de la última dictadura, analizando una cuestión poco estudiada en el medio académico argentino como la de las denuncias realizadas por gente «corriente» o funcionarios de bajo rango a las autoridades militares. Sobre la base del análisis de casos y de documentación novedosa, el trabajo intenta elucidar las motivaciones y la extensión de esos comportamientos sociales en la búsqueda de explicaciones más complejas sobre la relación entre el régimen militar y la sociedad argentina.

La movilización pro derechos humanos constituye el eje del trabajo de Luciano Alonso, quien se ocupa de analizar las diversas narrativas académicas construidas entre los años ochenta y la actualidad, sus notas dominantes y los enfoques renovadores. Con el objetivo de dotar de mayor densidad a las interpretaciones sobre dicho movimiento social, se ocupa de delinear una interpretación y proponer la profundización del estudio de dimensiones poco estudiadas: el papel de las izquierdas, el componente cristiano y la cuestión de clase.

Como cierre del dosier, el texto de Marina Franco pone el foco en los años ochenta, en la transición democrática y en la revisión del relato más difundido sobre la cuestión de los derechos humanos. En su reconstrucción sobre los años finales de la dictadura militar, la autora explora cómo se planteó el problema de los desa­parecidos y las violaciones a los derechos humanos en la esfera pública del lado del régimen tanto como de los principales actores políticos de la transición.

En un contexto político y social donde el ciclo de memoria precedente parece definitivamente clausurado, la historia reciente asume en Argentina nuevos retos. Por un lado, se encuentra con el desafío de continuar produciendo miradas más precisas y documentalmente fundadas sobre procesos históricos complejos, cuyos efectos concretos o macrosociales aún perduran. Por otro, sus desarrollos dialogan directamente con cuestiones que siguen estando presentes en los debates ciudadanos y que se expanden desde las interpretaciones sobre el pasado a las políticas de archivo o al establecimiento de «memorias oficiales» respecto de los conflictos anteriores.

Nacida en un contexto en el cual crecieron las exigencias de memoria, verdad y justicia respecto de los crímenes de lesa humanidad y se afianzaron trabajosamente políticas estatales sobre la materia, la historia reciente argentina dista mucho de presentarse como un saber normalizado, carente de mayores líneas de tensión que las propias de la burocratización académica. Al contrario, su especificidad la pone hoy en el centro de discusiones tanto disciplinares como ético-políticas y sus derroteros futuros deberán mucho a las dinámicas que se generen con relación a una y otra faceta.


1 Marina Franco y Florencia Levín (comps.): Historia reciente. Perspectivas y desafíos de un campo en construcción, Buenos Aires, Paidós, 2007, p. 16.