Ayer 105/2017 (1): 13-22
Sección: Dosier
Marcial Pons Ediciones de Historia
Asociación de Historia Contemporánea
Madrid, 2017
ISSN: 1134-2277
DOI: 10.55509/ayer/105-2017-01
© Pilar Toboso Sánchez
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Presentación. Las redes de poder en el mundo contemporáneo

Pilar Toboso Sánchez

Universidad Autónoma de Madrid
pilar.toboso@uam.es

A finales de los años setenta la categoría de red social se implantó como método de análisis en el ámbito historiográfico. Vincu­ló disciplinas distintas e incorporó a los estudios históricos herramientas propias de la sociología y la antropología que han resultado muy útiles para estudios de diferentes épocas históricas. Desde entonces su utilización no ha dejado de crecer entre los historiadores, aunque todavía algunos profesionales consideren que no ha demostrado todas sus potencialidades y que se sigue utilizando de una forma un tanto metafórica. Está claro que la red, como instrumento de análisis histórico, presenta fortalezas y debilidades debido, sobre todo, a que las fuentes históricas suelen ser parciales y fragmentarias, y la reconstrucción de las redes requiere una labor de seguimiento que en ocasiones excede las competencias de un historiador. Pero creemos que, a pesar de las dificultades y los problemas que pueda plantear, el enfoque de redes resulta muy útil para visibilizar la complejidad de las relaciones humanas y estudiar aspectos que con otros métodos no se pueden abordar de forma satisfactoria.

Analizar las redes es útil y apropiado para la reconstrucción social porque los hombres y las mujeres viven en sociedad y desde niños fomentan relaciones con otros seres que van a influir de manera decisiva en su vida. Es cierto que en ocasiones las redes se constituyen de manera espontánea; nadie elige en principio a sus padres o hermanos, pero a lo largo de la vida los individuos van eligiendo a muchas de las personas que les rodean de forma meditada y, en ocasiones, premeditada: amigos, parejas, compañeros, socios, etc. En estos casos las redes y las relaciones dejan de construirse de forma natural y pasan a crearse de una manera consciente y, en la mayoría de los casos, con un objetivo concreto. Así, muchos padres seleccionan el centro o la universidad en la que quieren que estudien sus hijos no tanto en función de la calidad académica, sino de los compañeros con los que se van a relacionar; muchas familias se apuntan a clubes o círculos para fomentar o ampliar sus relaciones sociales, y las instituciones políticas, sindicales, patronales o profesionales tienen como objetivo la unión de sus miembros para defender sus intereses ante otros grupos u otras instituciones.

La historia de las redes consiste, por tanto, en la reconstrucción de las relaciones sociales entre personas o colectivos para conseguir unos fines determinados, que pueden ir desde la obtención de favores individuales a la formación de grupos de presión, pasando por la constitución de asociaciones para defender intereses corporativos, conseguir información privilegiada o acceder a otros grupos o personas con poder. En la conformación de las redes y de las relaciones de poder, la familia, los amigos y los contactos se convierten en un elemento fundamental, en especial cuando los enlaces matrimoniales o las amistades no se establecen de manera inocente, sino que son el resultado de un plan diseñado y planificado por el sujeto en su estrategia social, económica o profesional. Estudiar este tipo de relaciones es una tarea compleja e implica el análisis de casos particulares y un seguimiento de largo recorrido que no siempre es posible realizar a los historiadores.

El concepto de red es polivalente. Entre las acepciones que aparecen en la última edición del Diccionario de la Real Academia de la Lengua las que responden de forma más adecuada al concepto de red en el ámbito de las ciencias sociales son las de «conjunto de elementos organizados para un determinado fin» y la de «conjunto de personas relacionadas para una determinada actividad, por lo general de carácter secreto, ilegal o delictivo». Esta última definición ha quedado desfasada, pues la connotación negativa de la red como una asociación con fines «secretos, ilegales o delictivos» ha dado paso en el momento actual a una valoración positiva de las redes sociales como un mecanismo apropiado para relacionarse con otras personas de manera rápida y sencilla o para conseguir información instantánea. Aunque la difusión que han alcanzado las redes sociales puede hacer pensar que constituyen una invención del momento actual, lo cierto es que han existido siempre, bien es verdad que se han conformado con mecanismos distintos, lo que las convierte en sí mismas en un objeto de análisis para el historiador.

Estudiar las redes sociales implica, en una primera fase, reconstruir los vínculos sociales específicos y las relaciones concretas que unen a unos individuos con otros: origen, evolución e intensidad, y, en una segunda fase, analizar la manera en que se activan esos vínculos, en forma de redes concretas, para conseguir objetivos o fines determinados. Los primeros estudios sobre redes partieron de la sociología, la antropología y la psicología dentro del denominado network analysis 1. Estas disciplinas acuñaron conceptos como tamaño, densidad, accesibilidad, conectividad, grado de conexión e instrumentos de análisis que fueron adoptados y adaptados por los historiadores sociales cuando estos profesionales se interesaron también por su utilización como herramienta para el estudio de los comportamientos sociales. Los historiadores italianos fueron los pioneros en el estudio de las redes, destacando para la edad contemporánea los trabajos de Anton Blok en los años ochenta sobre una de las instituciones más influyentes y con más tentáculos en diversos ámbitos, pero a su vez más desconocida en Italia, la mafia 2.

Las primeras investigaciones sobre redes se centraron en el análisis de las relaciones interpersonales como medio para alcanzar objetivos específicos, bien a nivel individual o grupal. Partiendo de la idea de que los individuos buscaban, organizaban y manipulaban sus relaciones con los amigos, los familiares, los vecinos o los colegas para obtener un determinado beneficio 3, el estudio de la red se convirtió en un instrumento fundamental porque proporcionaba información sobre el entorno del individuo, sobre los mecanismos que utilizaba para conseguir apoyos y favores en momentos de dificultad, y, sobre todo, para influir en las instituciones, especialmente en las relacionadas con el Estado o la Administración. Esta última cuestión es la que más ha interesado a los historiadores, aunque en los últimos años también han proliferado los estudios relacionados con redes económicas 4, de empresa 5 o de apoyo y solidaridad, especialmente en situaciones difíciles como los exilios políticos 6 o las migraciones económicas 7.

Las redes y las alianzas no se forman espontáneamente. Además de voluntad por parte del individuo, se necesita una estructura que facilite el encuentro entre las personas dispuestas a relacionarse, es decir, requiere que existan lugares y espacios de sociabilidad donde los individuos compartan sus inquietudes y sus proyectos; espacios de muy distinta naturaleza según el momento: salones, clubes, círcu­los, casinos, ateneos, colegios profesionales, instituciones educativas, lugares para el ocio..., que se convierten en un objeto también de estudio para el historiador, pues suponen el lugar donde los individuos se encuentran, se reúnen, comparten sus inquietudes y entablan sus relaciones.

Las redes tienen objetivos diversos: económicos, sociales, culturales, solidarios, etc., por lo que aluden a colectivos e individuos de distinta naturaleza. Estudiar las redes implica identificar al promotor o promotores (núcleo central o vehicular de la red), reconstruir los vínculos sociales específicos y las relaciones concretas que unen a unos individuos con otros, analizar la manera en que éstas se activan para conseguir fines y evaluar su influencia, ya que, como explicamos anteriormente, las redes no se forman espontáneamente, sino de forma premeditada en la mayoría de las ocasiones.

La construcción de redes, de alianzas y de grupos de poder se da en todos los ámbitos, en todas las épocas y para fines diversos, como hemos señalado. En un dosier de estas características no se pueden abordar todas ellas, pero se propone una muestra suficientemente significativa tanto por la temática (redes políticas, económicas, sociales, intelectuales, de apoyo) como por el espacio cronológico que abarcan los artículos que lo componen dentro del denominado mundo contemporáneo (siglos xix-xxi).

En el primer artículo «Análisis de redes e historia contemporánea», Emma Sarno, profesora de la Universidad de Nápoles «L’Orientale», propone un planteamiento metodológico para el análisis de las redes en el marco de las ciencias sociales. La autora destaca el potencial que el Análisis de Redes Sociales (ARS) tiene en las investigaciones históricas, especialmente en las relacionadas con la historia contemporánea, pues permite sacar a la luz patrones ocultos o no lineales en los datos relacionales. Tras realizar un breve recorrido por la evolución del Análisis de Redes Sociales desde la sociometría a las ciencias sociales, pasando por la física, la biología o la economía, nos presenta a los grupos de investigación de universidades americanas y europeas que han contribuido de manera más decidida al desarrollo de esta metodología. Sarno defiende el uso de métodos y herramientas gráficas en el campo historiográfico, pues ayudan a visualizar las redes, a evaluar el papel de las personas individuales en unión con otros actores, a clasificarlos en términos de «centralidad» o «centro-periferia» y a simplificar estructuras complejas a través del uso de modelos que permiten una caracterización sistemática de las redes. Por ello, según la autora, el análisis de las redes sociales debe incluir técnicas gráficas, métodos métricos y estadísticos que permitan detectar y analizar las características de los datos relacionales de los diferentes actores (individuos, instituciones, áreas geográficas, etc.), así como la posición que desempeñan dentro de los grupos específicos. Aunque Sarno considera que ello es cada vez más fácil debido al desarrollo de herramientas informáticas más sutiles que permiten un procesamiento de datos más sencillo, lo cierto es que los historiadores seguimos utilizándolos escasamente, como se pone de manifiesto en los artículos temáticos que componen este dosier, en los que los autores hacen un extraordinario esfuerzo por identificar redes de distinta naturaleza, pero en los que se sigue echando en falta la utilización de este tipo de herramientas gráficas. Por ello Sarno anima a los historiadores a pasar del análisis cualitativo que utilizamos con soltura al cuantitativo y gráfico que nos resulta más complejo y al que somos más reacios, pero que es enormemente ilustrativo.

Los dos siguientes artículos abordan el análisis de la construcción de redes políticas en torno a dos destacados militares del siglo xix que ocuparon importantes cargos políticos: en el caso de Espartero, la regencia y la presidencia del gobierno, y en el de O’Donnell, la presidencia del gobierno. Carmen García, profesora de la Universidad Autónoma de Madrid, analiza en «Relaciones y vínculos de poder de un general isabelino: O’Donnell y los antecedentes de la Unión Liberal» las relaciones de poder que fue tejiendo Leopoldo O’Donnell, personaje sobre el que lleva años trabajando, en sus etapas preministeriales. Con estas redes el general buscaba crear su propio espacio político, además de una posición económica desahogada que le alejase de cualquier tipo de dependencia, en especial con la Corte isabelina. Estas relaciones, que comenzaron a labrarse durante la guerra carlista y son rastreadas de forma concienzuda por Carmen García durante la madurez del general, cobraron especial relevancia durante su mandato como capitán general de Cuba, etapa a la que la autora dedica una atención especial, pues las relaciones que fraguó el general en la isla no sólo le proporcionaron una serie de contactos que fueron muy útiles en su posterior andadu­ra política (como los que mantuvo con otros destacados militares del momento como los hermanos García de la Concha, Serrano o Dulce), sino que también le proporcionaron una solvencia económica fundamental para sus proyectos políticos posteriores. Según Carmen García, el paso por la Capitanía General de Cuba permitió a O’Donnell articular una red de intereses a ambos lados del Atlántico con un significativo recorrido en las décadas centrales del siglo xix, le facilitó el acceso a las altas esferas de poder y, sobre todo, permitió la constitución de su propio partido, la Unión Liberal. En la fidelidad que demostraron al general los miembros de la red confluyeron intereses muy diversos, desde los puramente militares a los políticos, sin olvidar los económicos.

Con una temática similar, Javier Pérez Núñez, profesor de la Universidad Autónoma de Madrid, en un artículo titulado «Los amigos de Espartero. La construcción de la red de los ayacuchos», analiza cómo este colectivo de militares construyó una potente red de relaciones en torno al general Espartero a raíz de su participación en las guerras de la independencia contra los franceses, de la emancipación hispanoamericana y del conflicto carlista. El entramado que articuló este grupo y su vinculación al liberalismo progresista facilitó que, con el triunfo de la revolución de 1840 y el acceso de Espartero a la regencia, pasaran a ocupar puestos clave en la dirección del Estado. Un grupo que, como explica Pérez Núñez, incapaz de desprenderse de la cultura militar aprendida, introdujo métodos castrenses en la acción política y administrativa, gobernando España como si fuera un «cuartel nacional». Para la reconstrucción de esta red Pérez Núñez realiza un estudio profundo y riguroso: identifica a los protagonistas, rastrea sus antecedentes sociales, la generación a la que pertenecieron sus integrantes, la procedencia territorial y el estrato social del que procedían, así como la formación que habían adquirido, con el propósito de descubrir los elementos comunes que compartían y que facilitaron la articulación de la red. Para el autor, los denominados ayacuchos (nombre que curiosamente alude a una batalla que perdieron) conforman un grupo de colegas militares con fuertes relaciones sociales. Su primer contacto lo tuvieron durante la guerra contra los franceses, en la que la mayoría entraron como patriotas civiles y salieron con­vertidos en militares. El grupo fortaleció sus relaciones en América durante las guerras de independencia colonial y consolidó la red durante el conflicto carlista en el que Espartero afirmó su liderazgo en el bando vencedor. Una red que se formó y se consolidó en torno a este general y a unos principios compartidos por sus integrantes, en especial la defensa del Estado liberal y del régimen representativo, y el reconocimiento del liderazgo de Espartero, lo que les permitió hacerse con los principales resortes del poder político durante su actuación como regente entre 1840-1843. La formación de la red fue posible, según el autor, porque sus miembros convergieron en un espacio común: los conflictos bélicos de la primera mitad del siglo xix, pero también porque la mayoría de sus miembros compartían rasgos comunes que facilitaron el entendimiento entre ellos: provenían de familias adineradas o con una situación económica desahogada y tenían estudios superiores y, por tanto, un nivel cultural elevado que les permitió participar desde muy pronto en política o dedicarse a actividades culturales. Por consiguiente, Pérez Núñez no se limita en su artículo a presentarnos a los miembros de la red, sino que indaga las causas que favorecieron su constitución y los lugares y acontecimientos que propiciaron el encuentro de los miembros que la componían.

En el siguiente artículo Pilar Toboso, profesora de la Universidad Autónoma de Madrid, aborda el estudio de las redes empresariales durante la dictadura de Franco en un texto que titula «Redes y grupos empresariales en el Sindicato Vertical franquista». Tras explicar brevemente cómo los empresarios crearon desde el último tercio del siglo xix asociaciones patronales y empresariales en España para enfrentarse a los sindicatos obreros y defender sus intereses, el artículo analiza los mecanismos que los hombres de negocios utilizaron una vez que las tradicionales asociaciones empresariales, al igual que las obreras, fueron disueltas y prohibidas por la dictadura y se obligó a sus miembros a integrarse en la nueva organización sindical creada por el régimen. La estructura sindical sirvió, según explica Toboso, en contra de las intenciones de las autoridades, para forjar nuevas alianzas y grupos cohesionados, y activar los ya existentes. En concreto, el artículo muestra cómo las secciones económicas de los sindicatos se convirtieron en un lugar de encuentro de los empresarios que facilitó la constitución de nuevas alianzas y grupos que fueron muy útiles en especial para los empresarios de tipo medio, ya que los grandes o mejor posicionados no las necesitaban en la misma medida porque tenían más facilidad para despachar de forma directa con las autoridades del régimen. Las posibilidades que les brindaban las secciones económicas hicieron que los empresarios no sólo aceptaran participar en los canales oficiales, sino también que intentaran controlar las estructuras del sindicato. La formación de estos grupos o redes, muy activas según las propias autoridades sindicales, dentro de la compleja organización sindical fue posible por la permisividad que el régimen mostró con los sectores empresariales en comparación con los obreros. Mientras que los sindicatos de éstos fueron clausurados, prohibidos y sus bienes incautados de forma inmediata, con las alianzas empresariales las autoridades fueron más complacientes, aunque, a veces, también les incomodaran y trataran de controlarlas. El artículo destaca cómo la presencia y el control que los empresarios tuvieron en estas secciones económicas les posibilitó tejer su propia «red de intereses» a través de la maraña de grupos y subgrupos que crearon, y de los que se muestran algunos ejemplos en el artículo, sobre todo de los creados en el sindicato textil y en el sector comercial, a los que se dedica una atención especial, ya que es el ámbito en el que la autora viene trabajando desde hace años. También se resaltan en el texto las diferencias que en la conformación de redes y de grupos económicos se producen en los sistemas políticos dictatoriales/autoritarios y en los sistemas liberales/democráticos, ya que la capacidad de maniobra de los empresarios y el afán de control por parte de las instituciones es diferente en un caso y otro.

Finalmente, Elena Sánchez de Madariaga, profesora de la Universidad Rey Juan Carlos, en un artículo titulado «Escritura epistolar y redes sociales. Pilar de Madariaga, Vassar College y el exilio», aborda el análisis de la formación de redes entre los exiliados, una cuestión fundamental a la hora de asentarse y sobrevivir en un país de acogida, en especial en los momentos iniciales, que siempre son los más duros y difíciles. El artículo recoge, a través de la correspondencia, las experiencias y las condiciones de vida de los exiliados en diferentes ciudades europeas y americanas. Sánchez de Madariaga rastrea a través de las cartas que circulan entre los protagonistas las redes sociales preexistentes, rotas por la Guerra Civil española, y la formación de otras nuevas en el exilio. Utiliza la correspondencia privada como fuente fundamental para el análisis de las redes sociales de los republicanos españoles en el exilio y como herramienta en su propia configuración, mantenimiento y recreación. En concreto, se detiene en el epistolario de Pilar de Madariaga, científica educada en el ambiente laico y liberal de la Institución Libre de Enseñanza. Una mujer culta y comprometida que en el exilio fue profesora de literatura en la elitista universidad de mujeres Vassar College, en el Estado de Nueva York. La correspondencia es la fuente documental básica utilizada en este artículo. Una fuente frecuente en muchos análisis históricos que se vuelve indispensable cuando se trata de abordar estudios relacionados con el exilio, pues, como explica Sánchez de Madariaga, resultó un instrumento esencial no sólo para la supervivencia de los que tuvieron que abandonar el país durante y/o después de la guerra, sino para la creación de nuevas redes sociales y la recreación de las antiguas. Las cartas desempeñan, según la autora, un doble papel, pues, por una parte, permitieron a los exiliados tejer nuevas redes y mantener las conexiones con los familiares, amigos y conocidos que permanecieron en España, y, por otra, a los historiadores nos proporcionan una información inestimable de los personajes sobre los que trabajamos, máxime cuando en la correspondencia privada los individuos se liberan de ataduras y muestran sus sentimientos y emociones de una manera más libre y menos condicionada, lo que permite al historiador conocerlos de una manera más profunda.

Creemos que estos cinco artículos permiten una aproximación al análisis de las redes sociales como método historiográfico y muestran la complejidad que entraña la conformación de las redes en cualquier ámbito, así como el valor añadido que tienen para los estudios históricos. Aunque el dosier que se presenta tiene por objeto analizar redes conformadas fundamentalmente en España, las conexiones internacionales están presentes cuando las relaciones traspasan las fronteras nacionales. Unas conexiones que en el caso español suelen darse fundamentalmente con el mundo atlántico, como se puede ver en los artículos de Carmen García, Javier Pérez Núñez y Elena Sánchez de Madariaga. En el análisis de redes con una perspectiva transnacional han trabajado en los últimos tres años un equipo de investigación en el marco del proyecto La construcción de las redes de poder en la España contemporánea y sus relaciones con el mundo atlántico, siglos xix y xx (HAR-2012-32755), concedido por el Ministerio de Economía y Competitividad. Aunque no todos sus miembros han podido participar en este dossier por las características de la revista, sus aportaciones han resultado fundamentales para profundizar en el conocimiento de las redes de poder.


1 Dentro del análisis del network los trabajos pioneros fueron los de Barry Wellman y Stephen D. Berkowitz (eds.): Social Structures: A Network Approach, Cambridge, Cambridge University Press, 1988; Charles Mitchell (ed.): Network Analysis: Studies in Human Interaction, La Haya, Mouton, 1973, y Ronald S. Burt y Michael J. Minor (eds.): Applied Network Analysis. A Methodological Introduction, Los Ángeles, Sage, 1982. En años posteriores han proliferado publicaciones sobre este tema, entre las que destacan las de Michael J. Law y John Hassard: Actor Network Theory and After, Oxford-Malden, Blackwell-Sociological Review, 1999; José Luis Molina: El análisis de redes sociales. Una introducción, Barcelona, Bellaterra, 2001, y David Knoke y Song Yang: Social Network Analysis, Los Ángeles, Sage, 2008.

2 Anton Blok: The Mafia of a Sicilian Village, 1860-1960, Cambridge, Polity Press, 1988.

3 Eric Robert Wolf: «Relaciones de parentesco, de amistad y de patronazgo en las sociedades complejas», en Michael Banton: Antropología social de las sociedades complejas, Madrid, Alianza Editorial, 1980, pp. 36-37.

4 Marc Badia-Miró et al.: «Redes sociales y negocios. La red de inversión del Banco de Barcelona en la economía catalana a mediados del siglo xix», Investigaciones de Historia Económica, 9, 3 (2013), pp. 143-154.

5 Julio Tascón (dir.): Redes de empresas en España: una perspectiva teórica, histórica y global, Madrid, LID, 2005.

6 Carmen de la Guardia Herrero: Victoria Kent y Louise Crane en Nueva York. Un exilio compartido, Madrid, Silex, 2016.

7 Humberto Morales Moreno: Los españoles de México, 1880-1948: asturianos, montañeses y vascos en la formación de redes microsociales en la época de la migración «en masa» y del exilio en México, Gijón, CICEES, 2010.