Ayer 117/2020 (1): 13-19
Sección: Dosier
Marcial Pons Ediciones de Historia
Asociación de Historia Contemporánea
Madrid, 2020
ISSN: 1134-2277
DOI: 10.55509/ayer/117-2020-01
© Antonio Moreno Juste
Editado bajo licencia CC Attribution-NoDerivatives 4.0 License

Presentación

Antonio Moreno Juste

Universidad Complutense de Madrid
amjuste@ghis.ucm.es

Si hubiese que encontrar una idea-fuerza para enmarcar buena parte de lo acontecido en España a lo largo del último medio siglo, sin lugar a dudas la relación con Europa se encontraría entre las más firmes candidatas por su significado como «utopía factible» en busca del tiempo perdido. Ser europeos, ingresar en las instituciones europeas, fue visto por varias generaciones de españoles, en especial en el marco de la transición democrática, como sinónimo de normalidad e interpretado como ungüento mágico que permitiría romper con las peores inercias del pasado. Diríase incluso que casi un siglo más tarde se había hecho realidad en toda su extensión la sentencia de Ortega y Gasset de 1910: «España es el problema; Europa, la solución». En verdad, la vocación europea que había unido a elites españolas tan diferentes durante la contemporaneidad se había acabado imponiendo a través del sueño de la integración eu­ropea surgido de la segunda posguerra mundial.

Se gestó así un relato que vinculaba a las Comunidades Eu­ropeas con la normalidad y modernidad alcanzada tras la recupera­ción de las libertades democráticas, por oposición a la diferencia, atraso y aislamiento asociadas al franquismo. Una narración que, por otra parte, encajaba a la perfección con la imagen positiva, y hasta cierto punto autocomplaciente, de los relatos canónicos del proceso de transición que se construyeron en los años ochenta y noventa del pasado siglo. Una narración que, por un lado, presentaba las relaciones España/Europa como un movimiento pendular, que habría oscilado entre la «modernización insuficiente» de ayer y lo que por una gran mayoría se consideró, hasta el advenimiento de la crisis económica iniciada en 2008, como la «euronormalidad» alcanzada 1, y que rompía con ciertos estereotipos tradicionales al desmontar la visión de España como un mundo aparte, marginado por la naturaleza y la historia de las pautas continentales. Por otro lado, señalaba a la recuperación democrática y el retorno a Europa como ejes sobre los cuales se había realizado el entronque con ese relato de éxito —por oposición al relato del fracaso de España— que era la Europa de posguerra y la historia de la integración europea, coincidiendo asimismo, en términos historiográficos, con la construcción de una nueva identidad europea de España que permitía presentar a la historia del país como una variable europea 2.

A lo largo de los últimos diez años, sin embargo, esas sinergias se han ido erosionando como consecuencia tanto de la intensidad de la crisis económica como de la forma en que han implementado las políticas comunitarias a lo largo de la década perdida 3. Esa erosión ha ido dando paso a un cierto sentimiento de desesperanza —cuando no de abierto recelo— que, a duras penas, ha sido capaz de modularse a través del hasta ahora relato dominante sobre las relaciones España-Europa. El tono de la crítica hacia las instituciones, junto a la mezcla de desconfianza y escepticismo respecto al proyecto europeo que se han ido propalando, han roto en España también, de forma definitiva, el consenso permisivo hacia el proceso de integración. Algo que, por cierto, no nos diferencia de los países europeos de nuestro entorno, sino todo lo contrario 4.

En cualquier caso, y con independencia de las diferentes variantes nacionales, la historia de la Europa de posguerra no puede ni debe dejar de considerarse como un periodo de progreso genuino en el que la integración económica y política de Europa ha desempeñado un gran papel tanto en el logro de la paz como de la prosperidad y, por supuesto, en la formación de la Europa tolerante y democrática que conocemos. Se trata de una «historia de éxito» que, en cierto modo, quedaría empañada si la miramos solo desde el presente, algo que por cierto también es asimilable a la situación de España unas décadas después, tras el final del franquismo. Y este es quizá uno de los principales riesgos al que los historiadores se enfrentan en la actualidad a la hora de estudiar el pasado reciente de Europa y de España.

De forma análoga al caso europeo, desde comienzos de la década actual han empezado a confrontarse dos relatos diferentes —con interesantes derivadas desde el punto de vista del historiador— acerca del papel de la integración europea en el decurso histórico de España durante los últimos cincuenta años. El primero, de carácter canónico, se inscribe dentro del abanico de tesis clásicas sobre la transición democrática: Europa emerge como solución a los problemas de convivencia, gobierno y desarrollo de los españoles, e intelectualmente se asimila con la recuperación del discurso de la modernización regeneracionista, clave en la construcción europeizante de una nueva identidad española. Resulta indudable que el presupuesto fundamental del modelo político en construcción en España, los principios democráticos, tuvo su inspiración principal en el modelo europeo de posguerra y, en consecuencia, las Comunidades Europeas aportaron al sistema político español en construcción los elementos de estabilidad y seguridad imprescindibles para eliminar cualquier riesgo de confrontación civil. Asimismo, las reformas emprendidas para ingresar en el «club europeo» favorecieron un crecimiento económico más rápido y sostenido, un nivel de vida más elevado y un mayor bienestar social, dentro de un contexto general caracterizado por las cesiones de soberanía a las instituciones europeas surgidas en la posguerra mundial, argumento que se implementará —en clave descendente— para presentar los cambios en la estructura territorial del Estado. Conviene recordar al respecto que la integración en Europa y la construcción de las autonomías son dos procesos que se retroalimentan y se producen en paralelo durante los años ochenta del pasado siglo.

Un segundo relato, con vocación de alternativa, incide en la idea del impacto de la crisis económica sobre la credibilidad del proyecto europeo y, por ende, sobre el proyecto colectivo español. Sus argumentos son sencillos: la crisis ha puesto de manifiesto la existencia de un problema de base que exige cambios profundos no tanto porque la integración europea haya dejado de ser un instrumento funcional, sino porque la crisis del proyecto europeo afecta a la legitimidad del mismo modelo europeo y del sistema económico, político y social sobre el que se asientan los países europeos —en especial los del Sur de Europa, que se incorporaron a las instituciones comunitarias tras superar traumáticas dictaduras y complejos procesos de transición democrática— 5. En consecuencia, las instituciones y la misma idea de Europa necesitan de un nuevo proyecto y de un nuevo relato para mantener los elementos centrales del modelo europeo y desterrar el déficit democrático, en concreto en el caso de España, donde la crítica se funde con lo que desde determinados ámbitos denominan la crisis del régimen del 78.

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En verdad, ni la adhesión de España a las Comunidades Eu­ropeas resultó tan fácil ni la europeización fue tan exitosa y profunda como se presentó en líneas generales a partir de los años noventa. Sin duda el ingreso en Europa implicó costes, muchos de ellos de gran calado social —por mucho que se presenten como inherentes al proceso de modernización acelerado que vivió España en esos años—, e incluso algunas de las premisas sobre las que se planteó la nueva relación España-Europa en aquellos momentos es posible que no fueran tan determinantes. Sin embargo, en su conjunto, sí acabó marcando de forma profunda la idea —real e imaginada— que de Europa se proyectó en la sociedad española a lo largo de las décadas siguientes 6. Se tuvieron que superar complejos condicionantes derivados tanto de la situación política española como de la propia agenda comunitaria, pero también —más ignorados entre nosotros— los propios vaivenes en el diseño del modelo de integración europea, de un contexto internacional marcado por las fases finales de Guerra Fría o de la evolución de una fluctuante coyuntura económica mundial que empezaba a sentir los efectos de la desregulación iniciada en los años setenta y de una incipiente globalización.

Matizar estos extremos es justo el objetivo de este dosier. Una explicación hoy desde la historia sobre la relación España-Europa exige considerar la tensión resultante entre concepciones tradicionales y nuevos problemas, y no olvidar que algunas de las lecturas más interesantes sobre nuestro pasado inmediato se hallan en los signos de interrogación sobre símbolos, conceptos, interpretaciones y creencias que hasta hace apenas unos años dábamos por supuestas. Dudas que han crecido en sintonía con la turbulencia, el conflicto y las deudas sobre nuestros propios marcos de referencia, y como consecuencia de la confusión respecto al presente y de la deso­rientación hacia el futuro. Preguntas que con seguridad una generación anterior no hubiera, ni tan solo, podido imaginar. De hecho, la agenda de investigación ha ido modificando de forma progresiva sus enfoques y cambiando la orientación general.

En efecto, si durante las últimas décadas el estudio del pasado histórico de España se ha construido en torno al paradigma de la normalización, hoy la pregunta de base se encamina a intentar explicar cómo hemos llegado a la situación actual, cuáles son las causas de sus problemas. En concreto, uno de los principales desafíos en esa dirección es que al igual que la historia europea de posguerra fue un periodo excepcional, de progreso genuino, la historia de España tras el fin del franquismo es una historia de éxito que no puede verse cegada por mirarse solo desde los conflictos del presente. Ese planteamiento lleva también implícito un riesgo: que olvidemos que la integración europea ha sido un factor de primer orden en el excepcional progreso en la vida de los europeos y también de los españoles. Sin la construcción europea con toda probabilidad Europa —y también España— sería hoy menos pacífica, menos próspera y menos democrática.

En consecuencia, para analizar y matizar estos cambios nada mejor que reunir en un monográfico los resultados de recientes investigaciones que han tenido a España y Europa durante el periodo de la transición democrática como objeto de estudio. Desde esa perspectiva, deben comprenderse los cinco estudios que a continuación se presentan, ejemplos muy representativos de la agenda de investigación más actual de los estudios europeos en el campo de la historia desarrollada tanto en universidades españolas como en los principales centros de investigación en Europa, como la Universidad Libre de Bruselas y el Instituto Universitario Europeo de Florencia. Unas investigaciones que tienen continuidad a través de nuevos proyectos de investigación con financiación pública 7.

En definitiva, los lectores que se acerquen a este volumen podrán actualizar sus conocimientos sobre la materia y observar qué nuevos horizontes y perspectivas han abierto estos trabajos. El dosier se estructura en cinco artículos que plantean cinco grandes cuestiones: la construcción del relato europeo de España; la influencia de Europa y sus valores en el proceso de democratización; la europeización de protagonistas fundamentales de la Transición y de la aproximación a Europa, como el PSOE; la dimensión social y los contenidos intelectuales del debate europeo en aquellos años, y, por último, la influencia de la agenda comunitaria y del entorno eu­ropeo sobre las negociaciones para la adhesión de España.

El artículo de Antonio Moreno («El relato europeo de España: de la Transición democrática a la gran recesión») intenta recomponer las piezas del rompecabezas en torno al cual se forjo el relato europeo de España desde el final de la dictadura franquista, su evolución y situación actual, sin perder de vista los puntos de contacto con el relato europeo de posguerra y con la situación de otras narraciones europeas, en especial bajo el impacto de la gran recesión. Por su parte, Víctor Fernández Soriano («¿Asociación y democracia? Las dictaduras meridionales en el proceso de integración europea en los años sesenta») plantea desde nuevas perspectivas el marco de relación de las dictaduras del sur de Europa con las instituciones europeas, introduciendo variables diferentes a las tradicionales, y Alan Granadino estudia la relación del PSOE de la europeización con el socialismo europeo, incidiendo en la progresiva convergencia de su agenda con las de sus homólogos europeos que participan en el proceso de integración europea («La evolución del PSOE en la Transición. Entre el socialismo del sur de Europa y la socialdemocracia europea»).

Por último, los artículos de Carlos López Gómez («Transición española e integración europea. El papel del Movimiento Europeo y otras organizaciones europeístas) y Vanessa Núñez Peñas («Reforma, ampliación y transición: las negociaciones España-CEE entre 1976-1986») observan dos dimensiones clásicas que, por extraño que parezca, hasta fecha no muy lejana no han contado con estudios exhaustivos desde la perspectiva del historiador, como son, de una parte, el papel del europeísmo español, sus estructuras, organizaciones y evaluación de su peso real entre la sociedad y los decisores españoles (Carlos López), y, de otra, el proceso de negociaciones para la adhesión de España a las Comunidades Europeas, poniendo especial énfasis en la agenda europea, matizando de este modo la mirada imperante hasta la fecha en la que habían primado los condicionantes internos que había conducido a que se considerasen las negociaciones desde una perspectiva tan solo española, con las consecuencias que de ello se han derivado a muy diferentes niveles, también del discurso político —tanto por la UCD como por el PSOE— y de la narración al uso.


1 Luis Domínguez Castro: «Heredades labradas y algunos baldíos. España y la integración europea en la historiografía», en Lorenzo Delgado, Ricardo Martín de la Guardia y Rosa Pardo (coords.): La apertura internacional de España. Entre el franquismo y la democracia, Madrid, Sílex, 2016, pp. 25-54.

2 Véase al respecto Juan Pablo Fusi: «España, variable europea», en José Luis García Delgado, Juan Pablo Fusi y Manuel Sánchez Ron: España y Europa, vol. XI de la Historia de España, dirigida por Josep Fontana y Ramón Villares, Barcelona, Crítica-Marcial Pons, 2008, pp. 1-173.

3 Antonio Moreno Juste: «The Crisis of the Integration Process and its Impact on the European Narrative», en Guido Levi y Daniela Preda (eds.): Euroscepticisms. Resistance and Opposition to the European Community/European Union, Bolonia, Società Editrice Il Mulino, 2018, pp. 75-88.

4 Véase Kostis Kornetis: «Generaciones en transición», Política Exterior, 186 (2018), pp. 80-89.

5 Véase José M. Magone: «The Role of the EEC in the Spanish and Portuguese and Greek transitions», en Gregorio Alonso y Diego Muro (eds.): The Politics and Memory of Democratic Transition. The Spanish Model, Nueva York, Routledge, 2011, pp. 223-245.

6 Ricardo Martín de la Guardia: «El lento camino de la historiografía española sobre la integración europea», en Lorenzo Delgado, Ricardo Martín de la Guardia y Rosa Pardo (coords.): La apertura internacional de España. Entre el franquismo y la democracia, Madrid, Sílex, 2016, pp. 55-86.

7 Todos los autores participan en el proyecto de investigación «España y Portugal ante la segunda ampliación de las Comunidades Europeas. Un estudio comparado, 1974-1986», Proyecto de I+D+I, Ministerio de Economía y Competitividad/Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia (MINECO/FEDER), convocatoria 2018-2020. Ref. HAR2017-84957-P.