Ayer 115/2019 (3): 316-331
Sección: ensayo bibliográfica
Marcial Pons Ediciones de Historia
Asociación de Historia Contemporánea
Madrid, 2019
ISSN: 1134-2277
DOI: 10.55509/ayer/115-2019-12
© Albert Garcia-Balañà
Recibido: 13-07-2018 | Aceptado: 26-02-2019
Editado bajo licencia CC Attribution-NoDerivatives 4.0 License
Raza, sexo y nación en la Europa imperial: historiografías sobre tropas y trabajadores coloniales en la Gran Guerra (1914-1919) *
Albert Garcia-Balañà
Universitat Pompeu Fabra
albert.garcia@upf.edu
Resumen: Las dimensiones imperiales y «raciales» de la formación de identidades nacionales en la Europa del «largo siglo xix» han despertado un renovado interés historiográfico durante los últimos años. Este ensayo bibliográfico es una breve síntesis de uno de los filones temáticos y metodológicos que ha sido explotado a raíz de dicha renovación. El filón temático de las experiencias surgidas de la irrupción de decenas de miles de soldados y trabajadores coloniales «no-blancos» en la Europa de la Primera Guerra Mundial, irrupción sin precedentes tanto en las filas del ejército imperial británico como en las del francés. Adicionalmente, el filón metodológico de explorar las conexiones entre «raza» y nación —la nación imperial, así como la nación anticolonial— a través de las inusitadas relaciones, también sexuales, que miles de dichos hombres coloniales establecieron con mujeres europeas, durante la guerra, en suelo metropolitano.
Palabras clave: nacionalismo, imperialismo, racismo, sexualidad, Primera Guerra Mundial.
Abstract: Over the last few years, there has emerged a vibrant historical literature on the imperial and «racial» dimensions of the formation of national identities in Europe during the «long nineteenth century». This bibliographical essay provides a synthetic analysis of one its chief thematic and methodological veins. The thematic vein concerns the experiences of tens of thousands of «non-white» colonial soldiers and workers in Europe during World War I —their presence was without precedent in the ranks of the British imperial army as well as that of the French— and the methodological vein discusses the connections between «race» and nation —the imperial nation as well as the anti-colonial nation—. This literature concerns the unusual relationships —sexual and non-sexual— that thousands of «coloured» colonial men established with European women on metropolitan soil during the war.
Keywords: nationalism, imperialism, racism, sexuality, World War I.
1. La Primera Guerra Mundial fue, además de una guerra imperial, una guerra colonial. Una guerra que trajo el problema de la colonialidad como deslinde y marcador de la nación —y con ello el problema de la futura nación anticolonial— al corazón de las sociedades metropolitanas europeas, pues, en palabras de Christian Koller, la Gran Guerra «fue testigo de la emigración colonial hacia Europa a una escala sin precedentes» 1. Las cifras no dejan lugar a dudas. Nada menos que casi 500.000 «troupes indigènes» (tropas indígenas) llegaron a la Francia en guerra entre 1914 y 1918, y desde todos los rincones del imperio francés: más de 170.000 hombres desde Argelia, más de 130.000 desde África Occidental Francesa, 60.000 desde Túnez y 35.000 desde la Indochina francesa. Londres, por su parte, desplegó en escenarios europeos a algo más de 150.000 sepoys o sipahis (cipayos) de su Indian Expeditionary Force (mientras destinaba a la mayoría de su millón de miembros al teatro otomano y asiático de la guerra) 2. Solo Francia iba a desplegar tropas coloniales africanas en los frentes de combate europeos de la Gran Guerra, un indicador de las íntimas y peculiares conexiones entre «raza» 3 y nación en la Europa imperial de 1900, como ha demostrado Dick Van Galen en su contribución a aquella cuestión 4. A todos ellos deben sumarse los 215.000 war workers (trabajadores de guerra) que Londres trajo a Europa desde sus territorios africanos, asiáticos y caribeños para «trabajar» en la retaguardia, así como otros 220.000 travailleurs (trabajadores) que París trasladó desde sus colonias con el mismo fin 5.
El Imperio francés fue pionero en la movilización de reclutas coloniales hacia la Europa en guerra y la historiografía francesa lo ha sido en la investigación al respecto. La muy reciente colección de ensayos sobre los «combattants de l’empire» en la Gran Guerra, publicada por Philippe Buton y Marc Michel, resulta paradigmática de una tradición francófona que disponía ya de grandes obras de referencia como la de Jacques Frémeaux 6. Michel publicó en 2003 una investigación sobre los 200.000 hombres reclutados en África Occidental Francesa —los tirailleurs sénégalais masivamente desplegados en Europa por París—, en la estela del pionero estudio de Gilbert Meynier sobre sus homónimos argelinos y el impacto de la conscripción —y de la frustrada asimilación de posguerra— en la colonia norteafricana 7. A su vez, los más de 50.000 «trabajadores de guerra» indochinos que París trasladó y empleó en sus fábricas de guerra metropolitanas han sido objeto de investigaciones en profundidad, también a propósito del porqué los hombres vietnamitas enviados a combatir a Europa fueron pocos, en comparación con los primeros, en el frente occidental (y apenas algunos más en el frente de Salónica) 8. La renovada fertilidad de esta tradición historiográfica francófona es la que ha hecho posible libros polifónicos y globales sobre los «súbditos coloniales en el ejército francés» de 1914-1918; libros como el de Richard Fogarty, definitivo en muchos sentidos 9.
Dicha tradición historiográfica no ha cesado de formular nuevas preguntas a propósito de la gestión imperial de las tropas coloniales en los escenarios europeos. Nuevas preguntas, por ejemplo, sobre los discursos y las prácticas de racialización y etnificación de aquellos combatientes africanos y asiáticos. Las «preconcepciones raciales» fabricadas por los administradores imperiales franceses y su resultante taxonomía y jerarquía de «races guerrières» (razas guerreras) —importada de la India británica— explicarían por qué los tirailleurs sénégalais fueron muchos más que los indochinois. O por qué, entre los primeros, los bambara-mandinga y los tukulor-peuhl estuvieron sobrerrepresentados en los batallones de asalto del Frente Occidental (1916-1918) y por qué su tasa de mortalidad excedió a la del global afrofrancés y, por supuesto, a la de los reclutas metropolitanos 10. Lo cual no significa que la sociedad francesa que convivió, por vez primera, con decenas de miles de hombres coloniales, los percibiese, mayoritariamente, desde la instrumental complejidad de aquella taxonomía racial-imperial. Al contrario, la línea de color (color line) tendió hacia la binaridad y hacia el amalgamiento de los coloniales —en particular de los africanos— y cristalizó en las primeras manifestaciones de un «racismo cotidiano» en la metrópoli, «incubadora de una identidad [francesa] blanca», como han mostrado los estudios de Deroo, Saletes o Stovall 11.
La intersección entre raza y nación en la Europa de 1914-1918 también incluyó las experiencias de género, dadas las oportunidades para la relación y la sexualidad «interracial» que la guerra propició en sus muchas retaguardias. Las recientes investigaciones para el caso francés han demostrado la relevancia política de dicha intersección y su contribución a la siempre contingente (re)configuración de los significados y los límites de la nación. Da fe de dicha relevancia el celo que las autoridades militares y civiles francesas desplegaron para impedir o dificultar dicha intimidad entre hombres coloniales y mujeres metropolitanas. O la alarma «nacional» que desató el acercamiento de muchas de estas a los primeros, sin los prejuicios de la sociedad colonial ni de la domesticidad de tiempos de paz. O el simultáneo endurecimiento de los requisitos, legales y socio-raciales, para el acceso de los categorizados como «métisses» (mestizos) a la ciudadanía (política) francesa. Emmanuelle Saada ha mostrado admirablemente que los años de la Gran Guerra y su posguerra, y las consiguientes circulaciones intraimperiales e intimidades interraciales, resultaron decisivos en la formulación política del problema «mestizo». La solución, una pequeña puerta entreabierta si los tribunales los reconocían —por su aspecto físico y su estatus fundamentalmente— como miembros de una nueva comunidad legal, la «race française», no hizo sino racializar la ciudadanía republicana mediante el control estatal de la filiación y la jerarquización fenotípica de los linajes 12.
Los significados nacionales de la movilización (o no) de hombres coloniales para luchar en Europa contra europeos brotaron también de un juego de espejos entre potencias rivales. El Imperio alemán, a diferencia del francés y del británico, nunca desplegó en el continente, a lo largo de la guerra, tropas coloniales no-europeas. Y los auxiliares africanos, los askari en África Oriental Alemana, apenas fueron usados por el general von Lettow-Vorbeck para rechazar el avance británico sobre la actual Tanzania, una movilización guerrillera local que ignoró, además, las órdenes en sentido contrario del gobernador alemán de la colonia esteafricana 13. Razones de logística y limitación imperial pueden explicar ambas decisiones de Berlín. Pero, como ha mostrado Koller, dicha negativa alemana hundía sus raíces en la opuesta política francesa desde la guerra franco-prusiana de 1870-1871. Durante los años de entresiglos —los de la «guerra racial» de von Trotha contra los Herero y los Nama (1904-1907) y los del despliegue francés de tirailleurs sénégalais en el Marruecos de las crisis franco-germanas (1905-1911)—, la crítica y aversión al empleo imperial-global de tropas africanas se convirtió en una constante del nacionalismo alemán. En otoño de 1914 un centenar de grandes nombres de la cultura alemana —con Max Planck y Thomas Mann al frente— publicarían una reveladora «llamada al mundo cultural [europeo]» («Aufruf an die Kulturwelt») condenando «el humillante espectáculo» de «mongoles y negros lanzados contra la raza blanca» (los primeros, los cipayos indios, por Londres; los segundos, por París) 14. Este «insulto sin precedentes» —en palabras de Mann— culminaría en 1919 con la ocupación francesa de la Renania alemana mediante batallones de tirailleurs africanos (argelinos, malgaches y senegaleses).
2. La ocupación francesa de Renania y otras zonas occidentales del vencido Reich con unas 100.000 «tropas indígenas» —de un total de 200.000 ocupantes— en 1919 ha llamado la atención de la historiografía sobre racialización y género durante y tras la Gran Guerra. La procedencia y el «color» de dichas tropas francesas desataron una campaña alemana, y pronto internacional, para poner fin a «Die Schwarze Schande» («La deshonra negra»). Aunque las razones francesas para tomar aquella decisión fueron bastante más complejas, la opinión alemana —y no solo la nacionalista— insistió en que tras un ejército de ocupación tocado por la «negritud» y el «salvajismo» no podía haber sino el deseo francés de humillar a la nación vecina y vencida. Y, muy importante, fabricó como emblema y símbolo de dicha humillación nacional la supuesta amenaza sexual de los soldados afrofranceses sobre las mujeres alemanas 15. Supuesta amenaza fabricada mediante fraudulentas historias de ataques sexuales relatadas por los panfletos de la Rheinische Frauenliga, con la complicidad de parte del sufragismo anglosajón —a ambos lados del Atlántico— en defensa de la white motherhood (maternidad blanca) 16, o mediante la estigmatización nacional de los centenares de Rheinlandbastards que iban a nacer de uniones consensuadas entre soldados afrofranceses y mujeres locales (una categoría que el Estado nazi iba a hacer suya en 1936 para designar a todos aquellos alemanes que, dada su «sangre africana», no merecían otra suerte que la esterilización forzosa). Los pocos centenares de «alemanes africanos» que residían en la metrópoli en 1919 —en Berlín y otras grandes ciudades: artistas, músicos, sirvientes...— se vieron empujados a proclamar públicamente que ellos eran muy diferentes de «los negros franceses del territorio ocupado», en palabras del puñado de cameruneses reunidos en la Afrikanische Hilfsverein 17.
La guerra y la posguerra entrelazaron, con una intensidad sin precedentes, las diversas experiencias europeas —imperiales pues— de racialización y sexualización de la nación 18. La impugnación nacional de los sujetos coloniales llegados a Europa entre 1914 y 1918 tomó una dimensión transmetropolitana. No fue casualidad que el mayor apoyo exterior a las protestas alemanas contra el despliegue de tropas coloniales francesas en Renania radicase en sectores de la izquierda política y sindical británica. Edmund Morel, activista contra la guerra y el imperialismo y pronto diputado Laborista, fue su voz principal, y su panfleto The Horror on the Rhine (1920) inundó mítines obreristas y espacios de la cultura sufragista inglesa. La primera cabecera de la izquierda británica, el Daily Herald, tituló en aquellos mismos días de 1920: «Black Scourge in Europe: Sexual Horror let loose by France on the Rhine», dando alas a la acusación de Morel de que Francia «was thrusting her black savages... into the heart of Germany» 19. Lucy Bland ha argumentado que dicha movilización británica (¡contra la política de armisticio y ocupación del primer aliado de Londres!) debe ser explicada sin perder de vista lo que había ocurrido en las principales ciudades-puerto de la gran isla unos meses antes 20. Durante la primavera de 1919 una oleada de «race riots» —disturbios raciales, ataques racistas en verdad— había sacudido lugares como Liverpool, Cardiff y Glasgow, y también Londres; ataques más imitativos que espontáneos contra las comunidades «de color», con graves daños a sus miembros y propiedades. Comunidades, todas ellas, muy mayoritariamente masculinas, con gran presencia en la marinería mercante y en el trabajo en los astilleros, y cuyos números se habían disparado durante la guerra (fruto de la estrategia gubernamental y empresarial para reemplazar a los trabajadores metropolitanos enviados al frente). «Trabajadores de guerra» traídos, pues, de las colonias caribeñas y africanas; black communities que alcanzaron los 5.000 hombres en Liverpool en 1919 o que multiplicaron por cuatro su número en el Cardiff de 1914-1918 21.
Michael Rowe sostiene, a partir del caso de Liverpool, que el factor racial condensó distintas experiencias cuando los disturbios de 1919. Lo fundamental fue la lógica (imperial) que permitió a los atacantes, trabajadores manuales «blancos», invocar la raza para legitimar expectativas de reparación, fuese su reingreso en el mercado de trabajo marítimo-portuario con las condiciones de 1913, fuese su apropiación de la reciente ampliación de la ciudadanía política solo para metropolitanos (Westminster había dado luz verde al sufragio universal masculino para el Reino Unido en febrero de 1918, un hijo de la guerra de masas). Rowe señala, sin embargo, que el miedo a las relaciones sexuales entre diferentes fue una expectativa negativa central de los atacantes 22. «The Negroes would not have been touched but for their relations with white women», declaró un mando policial al Manchester Guardian en junio de 1919 23. No pocas mujeres blancas trataron de proteger a las víctimas durante los ataques. Mujeres con las que aquellos hombres de color mantenían relación desde tiempo atrás. Relación fundada en el consentimiento mutuo y en el desprendimiento material (y ostentación pública) de los trabajadores del mar afrocaribeños (bien pagados y libres de obligaciones familiares) para con aquellas mujeres, muchas irlandesas o de origen irlandés 24. Bland demuestra que la creciente legislación colonial contra la sexualidad entre mujeres blancas y hombres de color en los mundos británicos del cambio de siglo —en la Rhodesia británica en 1903 y 1916, en Sudáfrica en 1909 y 1927, etc.— impregnó el momento metropolitano de 1919 25. Pero añade, en la estela de Joanna Bourke, que la Gran Guerra «desmembró» hasta tal punto, emocional y físicamente, a tantos hombres comunes mandados a las trincheras, que toda una experiencia de la masculinidad británica y obrera pudo ver, en la simultánea y activa irrupción metropolitana de aquellos coloniales, el reverso de la propia caída. Un doble «desafío» colonial a dicha masculinidad, a sus marcadores diezmados ya por la guerra de trincheras, a saber, «a la capacidad [obrera y británica] para trabajar, y a la capacidad para atraer al otro sexo» 26.
3. El problema de la sexualidad interracial en la Alemania ocupada o en la Gran Bretaña de posguerra, la mera posibilidad de que hombres africanos o afrocaribeños conviviesen con mujeres europeas en suelo europeo, nos conduce a un grupo de trabajos de especial relevancia para la conexión entre nación, raza y género. Porque, como ha señalado Richard Fogarty, lo que amenazó con ocurrir en la Europa de 1914-1918 con el desembarco de más de un millón de soldados y «trabajadores de guerra» coloniales «no-blancos» fue «una inversión dramática del orden colonial», y de su derivada en términos de adscripción y jerarquías de nación, en la muy política esfera de las relaciones de género y de la sexualidad entre hombre y mujer. Fogarty ha usado los detallados informes redactados por los censores del correo militar francés —y con los informes, las miles de cartas escritas por los soldados coloniales— para cartografiar las «ansiedades imperiales» que la presencia de decenas de miles de hombres jóvenes africanos y asiáticos, combatientes en mitad de un paisaje francés trastornado por la guerra, despertó entre las autoridades metropolitanas 27.
Ante la frecuencia con la que los soldados coloniales contaban e incluso fotografiaban, en sus cartas a casa, sus tratos y relaciones íntimas con las mujeres francesas —relaciones ocasionales o de mayor recorrido—, los censores deploraban las dificultades para evitar tales «relaciones grotescas» (es decir, inversiones del orden esperable). Y ello porque muchas mujeres metropolitanas parecían menos sensibles al tabú de la intimidad interracial de lo que correspondía a las francesas en las colonias. Y también y sobre todo, maliciaban los censores, porque dichas relaciones podían ser vividas por los «indígenas» —en palabras del censor del correo indochino en el invierno de 1917— como «una forma de venganza sobre el europeo, sobre el hombre francés que ahí abajo provoca rubor en la vieja Indochina y esparce la envidia» 28. En consecuencia, que un soldado vietnamita, un tal Theo, confesase en sus cartas que había hecho buenas migas con una mujer francesa, quien además «le hacía la colada», llamaba la atención del censor, todo un desafío a las jerarquías raciales y sexuales de la nación francesa. Porque ello invertía, y «dramáticamente», el orden colonial en el que también se vivía y fabricaba la nación, un orden «en el cual las mujeres indígenas a menudo ejercían de concubinas y realizaban tareas domésticas, como lavar para los hombres europeos» 29. El problema era político antes que retórico. Las «tropas indígenas» iban a regresar a las colonias con una experiencia —nada menos que física y sexual— que cuestionaba aquellas jerarquías racializadas y generizadas. Un soldado malgache lo expresó con sus palabras en septiembre de 1917: «¿Qué decirte de las mujeres blancas? Ahí abajo les tenemos miedo. Pero aquí se acercan a nosotros y se ofrecen con la atracción de su encanto. Qué placer, sus besos. Me estoy olvidando de Madagascar a causa de ellas» 30.
La experiencia de control sexual de los hombres coloniales en la Europa en guerra (1914-1918) debe leerse, sin duda, como el reverso del orden sexual racializado que regía entonces en los territorios ultramarinos de París, Londres o Berlín. Los soldados coloniales lo advirtieron enseguida, al tiempo que cargaron de significados todas las grietas que pudieron abrir en aquel muro de separación. Hasta el extremo de que los besos de una «mujer blanca», imposibles en la colonia, hacían que uno «se olvidase de Madagascar», es decir, de su personal condición de sujeto colonial. Por ello, porque en palabras de un alto funcionario metropolitano tales relaciones íntimas «ne peuvent que porter atteinte à notre prestige dans les milieux indigènes» 31, las autoridades francesas ejercieron presiones disuasorias no solo sobre los coloniales, sino también sobre las familias de las mujeres implicadas. Y cuando no hallaron motivos legales para la prohibición (un matrimonio previo, la indisciplina acreditada del soldado) ni tuvieron éxito con lo segundo, ordenaron a menudo la separación militar del combatiente del entorno de la mujer 32. En consecuencia, las uniones estables y matrimonios entre mujeres franco-metropolitanas con cierto grado de emancipación (personal y social) y «trabajadores» indochinos fueron —aunque escasas en número— las más frecuentes (y, en menor medida, con mandos menores norteafricanos que hablasen francés), y las «registradas» con soldados ordinarios «senegaleses», las menos 33. Todo ello en un clima político presidido por la noción de la mujer francesa como «segundo frente» y último reducto de la nación, y por el nacionalismo pronatalista y sus disquisiciones sobre selección inmigratoria y «sangre compatible» con la «race française»; nacionalismo atormentado por la anemia demográfica —y la carestía en el reclutamiento militar— de la Francia de la Tercera República 34.
Para el caso británico, Philippa Levine ha documentado un celo aún mayor para impedir los contactos cotidianos entre las tropas de la Indian Expeditionary Force y las mujeres inglesas, mujeres de clase baja y/o que ejercían la prostitución 35. Se perseguía evitar a toda costa que los soldados asiáticos pudiesen albergar, tras su experiencia en la metrópoli, «a wrong idea of the izzat [honor] of English women», una posibilidad que —continuaba el censor militar del correo indio en junio de 1915— «would be most detrimental to the prestige and spirit of European rule in India» 36. Este temor, así como el recelo elitista ante las «costumbres» de las mujeres metropolitanas de clase trabajadora, cristalizaron en una política de rígida vigilancia y segregación de los hombres de la Indian Force. Los Indian Hospitals, peor equipados que los destinados a los regimientos de los ex-Dominions y vacíos de mujeres enfermeras, hacían la función de acuartelamientos monitorizados y cerrados con alambradas. Mientras los soldados australianos y canadienses pudieron disfrutar de sus permisos en Londres sin apenas restricciones —y convertirse en los grandes transmisores de enfermedades venéreas—, los cipayos indios «fueron rígidamente enclaustrados», separados físicamente de la población local, sobre todo de las mujeres 37. Y el tabú religioso no era la razón única ni principal. También los 25.000 hombres del South African Native Labour Contingent, ya en Francia y siempre «trabajando» en la retaguardia, sufrieron un trato y encierro similares 38. La experiencia francesa de los soldados indios, fuerza de combate que en el continente no pudo sino residir e interactuar con la población local dada la geografía del frente, hizo más evidentes y humillantes las restricciones en suelo británico. «En Inglaterra existen mujeres muy hermosas. Pero no nos dan una siquiera», escribió (en urdú) un cipayo, otoño de 1915, desde su convalecencia en tierra inglesa 39.
Gajendra Singh ha desmenuzado las transcripciones/traducciones de las cartas remitidas por los cipayos que pasaron por el Kitchener Indian Hospital establecido en Brighton en enero de 1915 y que, con su «régimen draconiano», iba a convertirse en el negro modelo de la segregación impuesta a los soldados indios por el Estado colonial. «Los condenados en la India son enviados a las Islas Andamán —escribió (en hindi) un tal Mithan Lal en diciembre de 1915—, pero nosotros hemos encontrado nuestro presidio aquí en Inglaterra» 40. Singh advierte que estos correos deben leerse como el reverso de la «libertad» conocida en la retaguardia del frente continental (a pesar de la nada sorprendente paradoja de que el deseo de regresar al frente brille por su ausencia). Reaparecen, pues, los recuerdos de las mujeres omnipresentes en los días franceses de los combatientes indios. Amantes más o menos ocasionales, prostitutas y también mujeres en cuyas casas se habían hospedado, mujeres pintadas como matronas al frente de hogares sin hombres, a las que muchos darán en llamar «mi madre francesa» («ella hizo cuanto pudo para mi comodidad y pensó mucho en mí») 41. Relaciones que persistieron en Francia, hasta el extremo de que Londres tuvo que levantar, en el invierno de 1916-1917 y a instancias de París, la prohibición en suelo galo del matrimonio interracial para sus hombres, y así lo hizo, pero solo para sus cipayos musulmanes (una decisión inseparable de los «peculiares racialismos del Indian Army colonial») 42. Fue este cruce transimperial de experiencias desencadenadas por la guerra —experiencias de íntima impugnación del orden nacional-colonial— lo que llevó a Ram Jawan Singh, soldado herido encerrado en Brighton, a inquirir —al amigo que había dejado en el continente— a propósito de los «súbditos argelinos» que combatían bajo la tricolor: «¿Se les permite salir por el pueblo, cuando no están de servicio, sin guardia alguna que cuide de ellos y los vigile?» 43.
4. Los significados y ecos políticos de estos agravios y malestares epistolares no resultan obvios ni unívocos. Santanu Das ha advertido que las estrategias narrativas desplegadas en dichas cartas remiten a una multiplicidad de autores-actores, desde el vínculo entre el cipayo y su camarada-escriba hasta la sombra del escrutinio por parte del censor militar británico. Desde el uso/percepción de un lenguaje «oriental» para negociar dicha censura hasta la recurrente polisemia del término urdú «izzat» —«honor» o «reputación»— cuyo significado se alejó, con el transcurso de la guerra, del orgullo de pertenecer a una «martial race» (raza guerrera), pilar del Indian Army 44. Lo que sí sabemos es que, aun ausente el lenguaje explícito anticolonial, el tono crecientemente sombrío de las cartas, sin rastro de los códigos del «servicio imperial», pero sí de nuevos yos autoafirmativos, alarmó a las autoridades británicas. Hasta el extremo de que en 1916, tras dos años de agitación nacionalista en el Raj y en la diáspora india, «Rudyard Kipling —ha contado Singh— recibió el encargo de reescribir las cartas tal como deberían de haber sido (as they ought to have been)». Versiones ejemplares de Kipling que Londres hizo circular entre la prensa internacional en 1917 45. La experiencia de la guerra en Europa no redundó en el crecimiento inmediato del número de nacionalistas indios, pero —concluye Das a partir del testimonio de un veterano del Punjab— «proporcionó a aquellos hombres una nueva confianza y conciencia política» 46.
He aquí un último grupo de investigaciones a reseñar. Aquellas en las que la experiencia de la guerra de masas permite rastrear, a través de la narración epistolar o memorial, todos los yos del combatiente y su viva reinvención durante y después del conflicto. Trátese de aquellos yos que tienen que ver con la afirmación de la propia masculinidad; de aquellos que invocan la nación como comunidad de legitimación de la violencia ejercida, sin abjurar de la propia iniciativa, como atestigua la necesidad de narrarlos 47, y, por supuesto, de aquellos yos que esperan de la nación —y, aquí, del imperio con el que esta se (con)funde— una compensación por el sacrificio entregado y el sufrimiento vivido. La nación imperial en guerra y la posguerra, como expectativas de reconocimiento, retribución y promoción para el veterano colonial de armas y trabajos, cuya condición como tal gravitará alrededor de la reclamación de una «deuda de sangre» metropolitana. El endurecimiento de los requisitos de acceso a la plena ciudadanía (política) francesa para la mayoría de veteranos argelinos y afrooccidentales después de 1918, o la definitiva fijación de la «race française» como categoría legal en 1928 atestiguan hasta qué punto el ideal asimilacionista republicano siguió yendo a rebufo de la jerarquización imperial y de una renovada racialización. Ambas iban a ser relanzadas, en grado distinto según el escenario colonial, como réplicas a aquellas espoirs indigènes (esperanzas indígenas) fraguadas durante el servicio de armas en Europa 48.
Un par de investigaciones sobre voluntarios llegados desde el periférico Caribe británico permiten ilustrar el potencial historiográfico transimperial de este último punto, y la posible contribución de la intersección raza-género/sexo-guerra a la fabricación de la nación anticolonial. Richard Smith ha contado la reveladora historia de William Wellington Grant, «St. William Grant», humilde estibador en Kingston, voluntario del undécimo batallón del British West Indies Regiment (BWIR), símbolo de los 10.000 voluntarios de color jamaicanos que sirvieron al imperio británico entre 1915 y 1918, quienes regresaron a la isla al orgulloso grito, todavía, de «I am a British soldier» («¡Soy un soldado británico!»). Las expectativas de reconocimiento de Grant habían empezado a quebrarse, sin embargo, en Europa, donde los batallones del BWIR fueron confinados a tareas auxiliares de provisión y «trabajo», siempre alejados de la batalla. Sucumbieron, definitivamente, en la Jamaica en crisis, económica y política, anterior y posterior a 1929. La experiencia de sacrificio (voluntario) de Grant y su masculinidad como disposición al combate (físico), «traicionadas» por Londres y por el gobierno colonial de la isla en 1915-1919, no se desvanecieron sin más: se resignificaron. Tras intimar en Estados Unidos con Marcus Garvey y abrazar el Panafricanismo, Grant iba a liderar la gran rebelión de los trabajadores del azúcar jamaicanos de 1938, pistoletazo de salida de la campaña para la democratización de la colonia y la futura independencia de Jamaica 49.
Muy parecida resulta la historia de Étienne Dupuch, futuro nacionalista bahameño y pionero de la legislación contra la discriminación racial en la colonia. Dupuch llegó a Marsella con el BWIR en 1917, con apenas dieciocho años, y regresó al Caribe «decepcionado por las humillaciones y privaciones» que él y sus camaradas habían padecido a manos del propio mando británico. Regresó, pues, resuelto «a combatir los dos pilares del gobierno colonial británico en el Caribe: la desigualdad racial y un censo electoral altamente restrictivo». Y, reveladoramente, con una imagen muy viva de cuál había sido «la experiencia más placentera de mi vida militar» durante los meses en Francia: sus encuentros y amistades furtivas con mujeres francesas, mujeres de las que escribió, como un cumplido, que «eran capaces y estaban dispuestas a dar calidez a un momento pasajero en la vida» («they were able and willing to give glow to a passing moment in life»). Su recuerdo de aquellas mujeres nacía, sin duda, de su condición de súbdito mulato del imperio británico en el Caribe y en Europa, y de su muy subjetiva percepción —e indiscutible experiencia— de que «a diferencia de la raza anglosajona, la francesa tenía una buena relación con sus colonizados africanos» 50. La educación sentimental y sexual del joven Dupuch en la Europa imperial en guerra fue, asimismo, una educación política.
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Las experiencias de las tropas coloniales francesas y británicas en la Gran Guerra continental han dado lugar a nuevas contribuciones historiográficas sobre las políticas de racialización y sexualización de la nación en la Europa imperial de entresiglos. Este ensayo ha dado noticia de algunas de dichas contribuciones o investigaciones. A saber, investigaciones sobre la particular vigilancia, militar y civil, a la que fueron sometidas aquellas tropas durante la guerra; vigilancia que tuvo en su punto de mira la racializada masculinidad de los hombres coloniales con respecto, sobre todo, a sus relaciones personales con las mujeres europeas. Investigaciones también sobre la estigmatización, racial y sexual, que se abatió sobre las tropas ocupantes afrofrancesas durante la posguerra, y no solo en la Alemania vencida y ocupada. Investigaciones, finalmente, sobre las consecuencias imperiales y nacionales de aquella vigilancia de 1914-1918 y de esta estigmatización —o renovada subalternización— desde 1918-1919 en adelante. La nación anticolonial se fraguó también en aquella obstaculización metropolitana de la intimidad interracial, a saber, en los significados que los veteranos coloniales iban a otorgar —con el cierre de filas imperial de 1919— a su fugaz transgresión entre 1914 y 1918.
* Quiero agradecer a María Sierra su sugerencia y estímulo para ampliar y reescribir un primer texto inédito sobre la cuestión, escrito en 2017, y darle así la forma de este ensayo historiográfico.
1 Christian Koller: «The Recruitment of Colonial Troops in Africa and Asia and their Deployment in Europe during the First World War», Immigrants & Minorities, 26, 1-2 (2008), pp. 111-133. La traducción de esta y de todas las citas de fuentes secundarias que siguen es mía.
2 Ibid., notas 11-17.
3 Mi empleo de conceptos como «raza», «interracial», «de color», «blanco»/«no-blanco», remite siempre a su naturaleza y significados históricos. Es decir, a los usos y sentidos que les daban los contemporáneos en la Europa imperial hacia 1900 (como atestiguan las citas de fuentes primarias que se refieren en este ensayo). Por ello, entrecomillo dichos conceptos al emplearlos por vez primera (pero no cuando repiten).
4 Dick Van Galen Last: Black Shame. African Soldiers in Europe, 1914-1922, Londres, Bloomsbury, 2015.
5 Christian Koller: «The Recruitment of Colonial Troops...», notas 8-10.
6 Philippe Buton y Marc Michel (eds.): Combattants de l’empire. Les troupes coloniales dans la Grande Guerre, París, Vendémiaire, 2018, y Jacques Frémeaux: Les colonies dans la Grande Guerre. Combats et épreuves des peuples d’Outre-mer, París, 14-18 Éditions, 2006.
7 Marc Michel: Les Africains et la Grande Guerre. L’appel à l’Afrique (1914-1918), París, Karthala, 2003, y Gilbert Meynier: L’Algérie révélée. La guerre de 1914-1918 et le premier quart du xxème siècle, Ginebra, Droz, 1981.
8 Mireille Le Van Ho: Des Vietnamiens dans la Grande Guerre: 50.000 recrues dans les usines françaises, París, Vendémiaire, 2014.
9 Richard S. Fogarty: Race & War in France. Colonial Subjects in the French Army, 1914-1918, Baltimore, The Johns Hopkins University Press, 2008.
10 Vincent Joly: «Le concept de “Race Guerrière”», en Philippe Buton y Marc Michel (eds.): Combattants de l’empire. Les troupes coloniales dans la Grande Guerre, París, Vendémiaire, 2018, pp. 153-172, y Joe Lunn: «“Les Races Guerrières”: Racial Preconceptions in the French Military about West African Soldiers during the First World War», Journal of Contemporary History, 34, 4 (1999), pp. 517-536.
11 Éric Deroo y Antoine Champeaux: La force noire. Gloire et infortunes d’une légende coloniale, París, Tallandier, 2006; Jean-Loup Saletes: «Les tirailleurs sénégalais dans la Grande Guerre et la codification d’un racisme ordinaire», Guerres mondiales et conflits contemporains, 244, 4 (2011), pp. 129-140, y Tyler Stovall: «The Color Line behind the Lines: Racial Violence in France during the Great War», The American Historical Review, 103, 3 (1998), pp. 737-769.
12 Emmanuelle Saada: Empire’s Children. Race, Filiation, and Citizenship in the French Colonies, Chicago, The University of Chicago Press, 2012, esp. pp. 171-204 y 84-85.
13 Thomas Morlang: Askari und Fitafita: «Farbige» Söldner in der Deutschen Kolonien, Berlín, Christoph Links, 2008.
14 Christian Koller: «Von Wilden aller Rassen niedergemetzelt»: Die Diskussion um die Verwendung von Kolonialtruppen in Europa, 1914-1930, Stuttgart, Franz Steiner, 2001, pp. 87-134.
15 Ibid.; Jean-Yves Le Naour: La honte noire. L’Allemagne et les troupes coloniales françaises, 1914-1945, París, Hachette, 2003, y Peter Collar: The Propaganda War in the Rhineland. Weimar Germany, Race and Occupation after World War I, Londres, I. B. Tauris, 2013. La mejor síntesis reciente en Dick Van Galen Last: Black Shame..., pp. 139-200.
16 Peter Campbell: «“Black Horror on the Rhine”: Idealism, Pacifism, and Racism in Feminism and the Left in the Aftermath of the First World War», Histoire Sociale/Social History, 94 (2014), pp. 471-493.
17 Dick Van Galen Last: Black Shame..., pp. 174-175.
18 Una magnífica síntesis sobre lo segundo en Susan Grayzel y Tammy Proctor (eds.): Gender and the Great War, NuevaYork, Oxford University Press, 2017.
19 «Flagelo negro en Europa: horror sexual desatado por Francia en el Rin» / Francia «estaba empujando a sus salvajes negros... hacia el corazón de Alemania» (Morel) (traducción mía del inglés original).
20 Lucy Bland: «White Women and Men of Colour: Miscegenation Fears in Great Britain after the Great War», Gender & History, 17, 1 (2005), pp. 29-61, esp. pp. 34-43; el titular y las palabras de Morel en p. 40.
21 Jacqueline Jenkinson: Black 1919. Riots, Racism and Resistance in Imperial Britain, Liverpool, Liverpool University Press, 2009.
22 Michael Rowe: «Sex, “race” and riot in Liverpool, 1919», Immigrants & Minorities, 19, 2 (2000), pp. 53-70.
23 «Los negros no habrían sido atacados de no ser por sus relaciones con las mujeres blancas» (traducción mía del inglés original); citado en Lucy Bland: «White Women and Men of Colour...», p. 35.
24 Ibid., pp. 35-36.
25 Ibid., pp. 31-33.
26 Joanna Bourke: Dismembering the Male. Men’s Bodies, Britain and the Great War, Londres, Reaktion Books, 1999. La cita literal en Lucy Bland: «White Women and Men of Colour...», p. 37.
27 Richard S. Fogarty: Race & War in France..., pp. 202-229 («Race, sex, and imperial anxieties»).
28 Citado en ibid., p. 209 (traduzco de la versión en inglés del original en francés); el informe de un censor sobre tales relaciones como «grotesque liaisons» en p. 224.
29 Ibid., pp. 208-209.
30 Citado en ibid., p. 209 (traduzco de la versión en inglés del original en francés).
31 «No pueden sino socavar nuestro prestigio en los círculos indígenas» (mi traducción del francés original).
32 Jean-Yves Le Naour: Misères et tourments de la chair durant la Grande Guerre. Les moeurs sexuelles des français, 1914-1918, París, Aubier, 2002, pp. 261-264, y Marc Schindler-Bondiguel: Soldats et ouvriers indigènes entre Nation et Empire, comunicación presentada en el marco del Seminario «L’État colonial, entre nation et empire (II)», d’Emmanuelle Saada à l’EHESS, Rennes, 2006, de donde tomo la cita literal (p. 4).
33 Dick Van Galen Last: Black Shame..., pp. 88-89.
34 Elisa Camiscioli: «Producing Citizens, Reproducing the “French Race”: Immigration, Demography, and Pronotalism in Early Twentieth-Century France», Gender & History, 13, 3 (2001), pp. 593-621.
35 Philippa Levine: «Battle Colors: Race, Sex, and Colonial Soldiery in World War I», Journal of Women’s History, 9, 4 (1998), pp. 104-130, y Philippa Levine: Prostitution, Race & Politics. Policing Venereal Disease in the British Empire, Londres, Routledge, 2003, pp. 145-173.
36 «Una idea equivocada del izzat [honor] de las mujeres inglesas [...] sería de lo más perjudicial para el prestigio y el espíritu del gobierno Europeo en la India», citado en Philippa Levine: «Battle Colors...», p. 110 (traducción mía del inglés original).
37 Ibid., esp. pp. 105, 110-112 y 116-118.
38 Philippa Levine: Prostitution, Race & Politics..., p. 154.
39 Citado en Philippa Levine: «Battle Colors...», p. 111 (mi traducción de la transcripción en inglés del original en urdú).
40 Gajendra Singh: «Mirrors of Violence: Inter-racial Sex, Colonial Anxieties and Disciplining the Body of the Indian Soldier During the First World War», en Harald Fischer-Tiné (ed.): Anxieties, Fear and Panic in Colonial Settings, Cambridge, Cambridge University Press, 2016, pp. 169-197, esp. pp. 172-179; la carta de Mithan Lal en p. 176 (traducción mía de la transcripción en inglés del original en hindi).
41 Ibid., pp. 174-177.
42 Ibid., pp. 179-185; la cita literal en la p. 180.
43 Citado en ibid., pp. 176-177 (traducción mía de la transcripción en inglés del original).
44 Santanu Das: «Indians at Home, Mesopotamia and France, 1914-1918: Towards an Intimate History», en Santanu Das (ed.): Race, Empire and First World War Writing, Cambridge, Cambridge University Press, 2011, pp. 70-89, esp. pp. 81-83.
45 Gajendra Singh: «India and the Great War: Colonial Fantasies, Anxieties and Discontent», Studies in Ethnicity and Nationalism, 14, 2 (2014), esp. pp. 343-361 y 351-354.
46 Santanu Das: «Indians at Home...», p. 84.
47 Joanna Bourke: An Intimate History of Killing. Face-to-Face Killing in Twentieth-Century Warfare, Londres, Basic Books, 1999.
48 Richard S. Fogarty: Race & War in France..., pp. 252-269, y Gregory Mann: Native Sons: West African Veterans and France in the Twentieth Century, Durham, Duke University Press, 2006.
49 Richard Smith: Jamaican Volunteers in the First World War. Race, Masculinity, and the Development of National Consciousness, Manchester, Manchester University Press, 2004, esp. pp. 1-12 y 141-172.
50 Reena N. Goldthree: «Vive la France! British Caribbean Soldiers and Interracial Intimacies on the Western Front», Journal of Colonialism and Colonial History, 17, 3 (2016), notas 74-80 y 89-90, de donde tomo las citas literales sacadas de las memorias de Dupuch (que traduzco del inglés original).