Ayer 143 (3): 321-346
Marcial Pons Ediciones de Historia
Asociación de Historia Contemporánea
Madrid, 2026
ISSN: 1134-2277
DOI: 10.55509/ayer/3488
© Bakarne Altonaga Begoña
© Francesco D’Amaro
© Javier Esteve Martí
© Miriam Saqqa Carazo
© Rubén Pallol
Recibido: 11-05-2026 Aceptado: 08-07-2026 Publicado on-line: 15-09-2026
Publicado bajo licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial 4.0 Internacional.
La renovación profesional en la historiografía contemporaneísta española. Una conversación sobre sus condiciones materiales, sociales e institucionales
Professional Renewal in Contemporary Spanish Historiography. A Discussion
of its Material, Social and Institutional Conditions
Bakarne Altonaga Begoña
Universidad del País Vasco/Euskal Herriko Unibertsitatea
bakarne.altonaga@ehu.eus
Francesco D’Amaro
Universidad Autónoma de Madrid
francesco.damaro@uam.es
Javier Esteve Martí
Universitat de Valencia
javier.esteve@uv.es
Miriam Saqqa Carazo
INCIPIT-CSIC
miriam.saqqa-carazo@incipit.csic.es
Coordinador del Consejo de Redacción:
Rubén Pallol
Universidad Complutense de Madrid
rpallolt@ucm.es
Resumen: La historiografía española ha conocido una extraordinaria renovación en los últimos cuarenta años, bien visible en la diversificación de temas, enfoques y metodologías y en una mayor integración en los debates internacionales. Dicha evolución se ha analizado con frecuencia en términos intelectuales y científicos, pero rara vez en relación con las condiciones materiales, sociales e institucionales que influyen en nuestro campo académico. En este debate se han convocado cuatro doctores recientes, que se encuentran en vías de estabilización, para reflexionar sobre el efecto ambivalente de dichas condiciones sobre nuestro quehacer profesional. Como principales puntos de discusión se plantean los problemas materiales en el despegue y desarrollo de la carrera profesional, los cambios respecto a generaciones anteriores, el grado alcanzado de internacionalización e interdisciplinariedad de nuestro campo, el peso de la endogamia en la promoción y la estabilización profesionales y su corrección con los nuevos sistemas de evaluación, y los avances y deudas pendientes en la lucha contra las desigualdades dentro de nuestra profesión con especial atención a la de género. Con ello se pretende contribuir a la conversación pública sobre los problemas, retos y desafíos profesionales que afrontamos los historiadores y las historiadoras en el siglo xxi.
Palabras clave: historia contemporánea, profesionalización, condiciones laborales, internacionalización, academia española.
Abstract: Spanish historiography has undergone an extraordinary renewal over the last forty years, clearly reflected in the diversification of its topics, approaches, and methodologies, as well as in its greater integration into international debates. This evolution has often been analyzed in intellectual and scientific terms, but rarely in relation to the material, social, and institutional conditions that shape our academic field. In this discussion we bring together four recent PhDs currently seeking career consolidation in order to reflect on the mixed effects of these conditions on our professional development. The main points of discussion include the material difficulties involved in launching and developing an academic career; the changes experienced in relation to previous generations; the degree of internationalization and interdisciplinarity achieved by our field; the weight of academic inbreeding in professional promotion and consolidation, and its possible correcting through new evaluation systems; and the advances made, as well as the unresolved issues that remain, in the struggle against inequity within our profession, with particular attention to gender inequality. In doing so, our aim is to enrich the public conversation on professional problems, challenges, and prospects faced by historians in the twenty-first century.
Keywords: Contemporary History, professionalization, working conditions, internationalization, Spanish scholarship.
No cabe duda de que, desde que se fundó la revista Ayer hace treinta y cinco años, la historia contemporánea como campo académico en España ha crecido de manera exponencial y se ha transformado en profundidad. La sección de «Debate» de esta revista, junto con la de «Ensayo Bibliográfico», se ha ocupado con frecuencia de valorar dicha renovación, tanto con carácter general, preguntándose por el futuro del oficio del historiador, como más en particular o de forma transversal al reflexionar sobre la recepción de enfoques concretos, ya fueran los de la historia de género, la historia ambiental o la perspectiva crítica hacia la raza (por poner solo algunos ejemplos recientes). El balance, en términos generales, es muy positivo. La historiografía española actual suele aparecer retratada como cada vez más plural en lo temático y en sus enfoques teóricos y metodológicos, muy conectada con los debates internacionales e incluso con capacidad de proyectar su influencia más allá de nuestras fronteras.
Más raro es que en estos balances se supere un mero enfoque internalista, limitado al contenido de la producción historiográfica, para preocuparse por la influencia que las condiciones materiales, sociales o institucionales han tenido y tienen sobre nuestro quehacer como historiadores. Es indudable que no se puede entender la configuración de la historia contemporánea como campo académico en la España reciente sin referirse, por ejemplo, a la gran expansión del sistema educativo público, que hizo posible la formación de centenares de doctores, una parte de los cuales, al incorporarse a departamentos universitarios y centros de investigación, los renovaron. La internacionalización creciente de la investigación no se puede explicar sin los programas de movilidad, la intensificación de la globalización o la integración institucional supranacional, en particular la europea. Por otro lado, la influencia de algunos cambios sociales ha sido fundamental en la apertura de nuevos campos de investigación, como los avances en materia de igualdad para el impulso de la historia con enfoque de género o la irrupción de los estudios LGTBIQ+.
Otros factores externos han tenido efectos menos positivos, ambivalentes o incluso negativos. Sin duda, la larga sombra de la crisis de 2008 ha impactado en las condiciones laborales de los historiadores y las historiadoras, quienes han debido desarrollar sus investigaciones en contextos de creciente precariedad e incertidumbre, al tiempo que se reducía la financiación. La revolución digital, que ha abierto grandes oportunidades al poner a nuestra disposición textos y fuentes que antes tenían un acceso muy difícil, también ha abierto la puerta a nuevas tareas que antes eran impensables, como una demanda creciente de trabajos de evaluación, atención al alumnado, transferencia y comunicación de resultados, además de trabajo burocrático multiplicado. En fin, existe un reverso tenebroso en la profesionalización que ha conocido la práctica de la historiografía contemporánea (y de la actividad académica en general), el cual se expresa en un malestar recurrente, manifestado por docentes e investigadores en los descansos de los congresos y en los ratos muertos de los pasillos de las facultades.
El presente debate pretende contribuir, en primer lugar, a explicitar este malestar y desgranarlo en todas sus facetas, con especial preocupación por examinar el modo en que estos condicionantes materiales, sociales e institucionales afectan de manera específica a quienes se dedican a la historia contemporánea. Y, en segundo lugar, con esta reflexión se quiere promover una profesionalización investigadora y docente que siga impulsando la renovación de la historia contemporánea sin caer en los perniciosos efectos producidos por los ritmos y las formas de hacer en el mundo académico del siglo xxi. Para ello, se ha centrado el debate en los problemas que afrontan aquellos investigadores e investigadoras que se encuentran en vías de estabilización en la carrera académica, considerando que estos experimentan con mayor intensidad la paradoja que se produce entre la defensa de propuestas innovadoras en investigación y la necesaria adaptación al sistema universitario y científico existente, con sus criterios de selección de personal académico y de evaluación de la producción científica.
Ninguno de los cuatro participantes en el debate tiene, en el momento de contestar a las preguntas formuladas, una posición permanente en la universidad, si bien ya cuentan con largas carreras profesionales en la investigación, todas por encima de la década. Bakarne Altonaga Begoña se doctoró en la Universidad del País Vasco en 2018 con una tesis sobre las relaciones de género en la crisis del siglo xviii y en la actualidad es profesora ayudante doctora en esa misma universidad. Francesco D’Amaro se doctoró en la Universidad de Valencia en 2017 con una tesis sobre historia ambiental y hoy se desempeña como profesor ayudante doctor en la Universidad Autónoma de Madrid. Javier Esteve Martí, doctor también por la Universidad de Valencia en 2017 con un trabajo en historia intelectual y política de entresiglos, es profesor ayudante doctor en su universidad de origen tras un periplo docente en Chile. Miriam Saqqa Carazo se doctoró en la Universidad Complutense de Madrid en 2022 con un trabajo sobre las fosas de la guerra civil que combina historia y antropología forense, y en la actualidad es contratada Juan de la Cierva en el Instituto de Ciencias del Patrimonio del CSIC.
AYER: Según vuestra experiencia, ¿cuáles son las principales dificultades de orden material, social e institucional que condicionan la carrera profesional como historiadores de lo contemporáneo?
Francesco D’Amaro: Mi sensación es que nunca he sabido en realidad lo que había que hacer para conseguir una plaza y consolidarme en el mundo académico. Los criterios de evaluación son volátiles y muy cambiantes de un año para otro, y de un departamento a otro. He visto compañeros y compañeras tener muy malas valoraciones a pesar de ser los que más habían publicado o de tener una carrera ya muy avanzada en otro país. La opacidad del sistema lleva a tomar decisiones poco estratégicas. Yo mismo he publicado en revistas con poco impacto, infravalorando tal vez mi trabajo; a veces he priorizado otras actividades académicas, que en ese momento percibía como más urgentes, pero que no dan resultados evaluables. Al pasar a una figura algo más estable como la de profesor ayudante doctor, las cosas cambian: se abandona la sensación constante de precariedad para pasar a la de autoexplotación y a la carencia de tiempo para investigar. Lo que no desaparece es la opacidad del camino que hay que seguir, la ignorancia de los méritos que hay que conseguir o de los criterios de evaluación que rigen. Por otro lado, hay otro gran problema. Desde que entré en la universidad y, en concreto, en la universidad madrileña, oigo el mismo mantra: «no hay dinero». En efecto, no hay financiación para organizar un evento, invitar ponentes o hacer pequeñas estancias y, con ello, promocionar con mayor rapidez. Todo se ha vuelto muy complicado, y al final pagamos nosotros mismos para organizar eventos o asistir a congresos, lo que es muy desmotivador.
Bakarne Altonaga: Buena parte de las limitaciones que sufrimos las historiadoras y los historiadores son compartidas con otras disciplinas y son inherentes a la vida académica. Como en otras áreas, al principio el mayor desafío es conseguir financiación para realizar el doctorado, lo cual resulta imprescindible para continuar en la carrera académica. Mientras tanto, otras alternativas laborales, en especial la educación secundaria, garantizan mejores condiciones económicas y un mayor reconocimiento social. Hay un gran desconocimiento del quehacer de las investigadoras predoctorales, a las que no se considera como trabajadoras de pleno derecho, sino como estudiantes, aunque percibamos un salario. «¿Todavía sigues estudiando? ¿Y cuándo vas a trabajar?», te suelen preguntar. Una vez defendida la tesis, los retos se hacen mayores, pues la continuidad en la universidad sigue dependiendo de la búsqueda de financiación, ya sea mediante becas posdoctorales o sustituciones docentes. En ambos casos, la experiencia profesional se caracteriza por la incertidumbre y la temporalidad, que son dimensiones básicas de la precariedad laboral. Más tarde, una vez en el circuito de plazas y oposiciones, la carrera queda muy marcada debido a la presión por la producción y la competencia. Y, durante todo el camino, persiste la imagen de no estar cumpliendo con las expectativas sociales más convencionales. La carrera universitaria alarga los ciclos vitales reconocidos hasta ahora: adquirir una independencia económica, formar una familia, etc. A nivel social no se entiende que, habiendo invertido tanto esfuerzo y dinero, no se tenga un trabajo estable antes de los cuarenta años.
Ese desconocimiento e incomprensión sociales de la labor investigadora resultan más evidentes en el caso de la historia. Nuestras aportaciones científicas no se reconocen como «resultados» productivos en términos económicos o sociales como, digamos, los de la neurociencia. Esto se traduce en mucha menos financiación. Si bien hay algunos grupos de investigación en historia contemporánea que obtienen grandes presupuestos, nuestra área está menos financiada que otras disciplinas en términos absolutos, tanto en becas predoctorales y posdoctorales como en presupuestos de proyectos. Por otro lado, en nuestra área hay dinámicas específicas que incrementan ese problema de incertidumbre que señalaba Francesco D’Amaro. En ciencias, las investigaciones se desarrollan en equipos más cohesionados y con dinámicas investigadoras más rígidas, con proyectos más dirigidos por el grupo de investigación. Esto facilita trayectorias más pautadas y normas más claras para llegar a buen puerto: la estabilización y una promoción más rápida.
Miriam Saqqa: La teoría de los capitales de Pierre Bourdieu resulta muy útil para pensar las distintas desigualdades que atraviesan la carrera académica. No todas partimos del mismo lugar en términos de capital económico (recursos materiales), capital cultural (conocimientos previos, educación recibida, acceso a la cultura legitimada) y capital social (redes de relaciones, como tener padres con formación académica de posgrado o que ya son académicos). Además, añadiría el sesgo de género, el cual crea desigualdades a lo largo de toda la trayectoria académica. Desde el propio grado o la licenciatura, quienes cuentan con capital económico para dedicarse en exclusividad al estudio, sin tener que compatibilizarlo con un trabajo, pueden invertir más tiempo en obtener una nota media alta, que es imprescindible en los pasos futuros. El capital social dentro del mundo académico permite, además, conocer algunas claves para sobrevivir y permanecer en la carrera, como la importancia de luchar por la nota media, la existencia de becas y contratos, las estancias, los idiomas, entre otros aspectos. Quien no tiene alguien que lo guíe y asesore en estos asuntos encuentra más barreras para seguir avanzando. Y, como ya se ha señalado, la falta de información persiste en la fase posdoctoral, porque no siempre son evidentes los pasos más adecuados para continuar la carrera académica.
Frente a esta situación, es vital reconocerse en nuestra condición de manera interseccional. Al mismo tiempo, la academia suele percibirse como un espacio privilegiado, y no siempre quienes la integran se ven a sí mismos como trabajadores. Por eso la idea de sindicarse no está extendida, lo que nos ha dejado desprotegidas en situaciones recientes que requerían asesoramiento y acompañamiento legal, como con las irregularidades en el pago de los complementos salariales, los permisos retribuidos o las bajas laborales. En mi caso, la superación de todas estas barreras e incertidumbres de la carrera académica ha sido posible gracias al apoyo colectivo de una red tejida con otras estudiantes y colegas. Juntas aprendimos a descifrar los pasos y trámites que seguir, compartiendo información, estrategias y experiencias.
Javier Esteve: En el plano material hay fenómenos que, aunque son generales en la sociedad, se ceban con carreras profesionales que pueden tardar muchos años en arrancar y consolidarse. Es el caso de la inflación o del crecimiento desbocado del precio de la vivienda. Con el salario que recibe un investigador predoctoral nunca se ha podido alquilar más que una habitación, un problema que ahora se extiende también a los contratados posdoctorales o a los profesores no permanentes. Existe un problema de valoración social de las ciencias sociales y las humanidades y, de manera general, del trabajo universitario. Es imprescindible una conversación pública sobre las retribuciones en el mundo académico y una movilización del gremio que ya se ha hecho esperar demasiado tiempo. En términos generales, el sueldo que recibe un profesor ayudante doctor en cualquier universidad a duras penas es suficiente para ser independiente. La situación ha sido aún más dura para otras figuras, como los profesores asociados, que apenas cobraban quinientos euros mensuales por impartir dieciocho créditos y que ahora han sido reemplazados por los profesores sustitutos, en una solución muy poco satisfactoria. En muchas ocasiones, estos investigadores, que ya habían iniciado sus carreras profesionales, se ven forzados a volver a casa de sus padres porque el salario no les llega. No es ético seguir dando la espalda a la realidad de que una parte importante del personal docente universitario sobrevive en condiciones vergonzantes.
A nivel institucional, la principal dificultad es la multiplicación descontrolada de las labores que debe asumir el personal docente e investigador. Escuchar con atención las charlas entre docentes e investigadores en las cafeterías de las universidades, en las reuniones de grupos de investigación o en los descansos de los congresos permite identificar todo un abanico de situaciones que, además de generar estrés (y, en el medio y en el largo plazo, potenciales problemas de salud mental), afectan al avance de la disciplina. Que no se me malinterprete: que en nuestra profesión se verbalicen más que antes los problemas de estrés es algo positivo. Pero no lo es tanto que se normalicen, considerándolos parte intrínseca de nuestro quehacer. Detrás de cada publicación que se entrega de forma precipitada o de cada intervención en un congreso en la que al final repetimos algo que ya habíamos presentado antes, puede haber falta de planificación o sobrecarga de trabajo, pero lo que siempre hay es la supeditación de los intereses de la disciplina a condicionantes bastante mundanos.
AYER: ¿Cuáles son las principales diferencias que percibís en el desarrollo de vuestras carreras respecto a generaciones anteriores? ¿En qué manera creéis que dichas circunstancias y dificultades condicionan la producción académica de los historiadores y las historiadoras en la actualidad?
Miriam Saqqa: Los cambios entre generaciones son evidentes. Uno de los principales desafíos en el presente, y que antes no existía, es el de lidiar con un modelo académico basado en la hiperproducción y la competitividad creciente. A ello se suman nuevas exigencias en la carrera de una historiadora: estancias de investigación, publicaciones en editoriales y revistas internacionales «de impacto» y participación en proyectos. Incluso se nos reclama ejercer como investigadoras principales (IP), cuando determinados contratos posdoctorales no lo permiten. Todo ello marca de forma inevitable el modo en que se desarrollan hoy nuestras carreras.
En mi caso, muchos de los pasos en mi carrera han sido accidentales. No tengo claro si en algún momento he tenido el poder de decidir de forma consciente qué iba a hacer a continuación y, sin embargo, reconozco que me siento afortunada porque el tema de investigación al que dediqué mi tesis me ha ido abriendo oportunidades que no esperaba y con las que he disfrutado. Si bien ahora puedo tomar algunas decisiones, estas se limitan a aspectos relacionados con mi vida personal y la preservación de mi salud mental, y, aun así, el margen de maniobra sigue siendo estrecho. La presión por publicar cuanto más mejor y la precariedad y la limitación temporal de los contratos posdoctorales dejan poco tiempo para investigar o cuidar nuestra producción científica, que podría ser menos numerosa y de mayor calidad si el ritmo de trabajo fuera más pausado. En el caso de quienes nos encontramos en la etapa posdoctoral sin un contrato estable, esta situación dificulta emprender nuevos proyectos y abrir líneas de investigación distintas porque nos debemos centrar más en la producción. A la vez, la duración limitada de un contrato posdoctoral rara vez permite un desarrollo óptimo del proyecto, ya que nos obliga a compaginar de forma constante el engrosamiento del currículum con la búsqueda de nuevas oportunidades, ya sean otros contratos posdoctorales o plazas, bajo la sensación persistente de que nunca es suficiente y con el anhelo de alcanzar cierta estabilidad.
Bakarne Altonaga: Asumiendo que cada generación de historiadores e historiadoras ha tenido sus dificultades específicas (también de naturaleza intelectual, política y social, dependiendo del contexto, o de falta de libertades en algunos casos), las que comenzamos nuestra carrera durante la crisis abierta en 2008 nos hemos visto abocadas a la presión de la competitividad y a una situación generalizada de inestabilidad. En ese momento, las posibilidades de empleo eran muy reducidas y muchas personas apostaron por seguir formándose. Por tanto, hubo más gente con la que competir por becas en un contexto con menos recursos, en especial para las humanidades. Otro cambio sustancial respecto a las generaciones previas es el progresivo aumento de la evaluación de la producción académica, lo que en principio no es negativo, pues ha introducido dimensiones objetivas en la promoción profesional, pero ha acabado convirtiendo nuestras carreras en más arduas. A nuestra generación se le ha pedido escribir más, mayor movilidad y transferencia; más productividad, en definitiva.
En el ámbito más específico de la historia de género, que a mí me interesa de manera especial, se puede hacer una valoración positiva de los beneficios derivados de los cambios sociales e institucionales. En los últimos años, las instituciones académicas y políticas, las asociaciones culturales y las editoriales de diferente tipo se han ido implicando en la promoción, inclusión y divulgación de contenido relativo a la historia de las mujeres y el género en sus proyectos y actividades, para lo que han recurrido y recurren a nosotras. Todo ello ha redundado en la mejora de la profesión y de su prestigio, y, en muchas ocasiones, nos ha ofrecido oportunidades laborales.
Yo tampoco tengo claro hasta qué punto los condicionantes materiales han repercutido en mi producción académica. Mi tesis se centró en un asunto que podría considerarse de historia local —la historia de género en el contexto de la crisis del Antiguo Régimen en el País Vasco— y mi especialización posterior ha seguido el mismo camino. No me he visto en la obligación de crear algo más vendible o de desarrollar un tema que me pareciese más atractivo para situarlo mejor en el campo académico o posicionarme mejor. Si acaso, he sentido la obligación de la movilidad internacional y de que mi investigación, que era de carácter local y de una cronología no tan practicada, debía encajar en un contexto más amplio. Quizá sean presiones necesarias y hasta cierto punto positivas para convertir nuestras investigaciones en más legibles dentro de los debates historiográficos internacionales. En el orden material, sin duda, he sentido la presión de la inestabilidad y la necesidad de optar por itinerarios más seguros, aunque con ello se resintiera mi producción académica. Esto me llevó, por ejemplo, a renunciar a la beca posdoctoral con la que podía desarrollar mis investigaciones en favor de una sustitución docente a tiempo parcial por ochocientos euros mensuales. Tomé la decisión de hacer una inversión económica con vistas al futuro y, sin duda, eso repercutió en mi producción.
Javier Esteve: Aunque tenemos la impresión de que nuestra carrera académica parece llevada por el azar y no vemos claro el itinerario para estabilizarnos, en la última década se ha delimitado una trayectoria posdoctoral vinculada a un mayor número de modalidades contractuales. Antes, la etapa posdoctoral no tenía identidad propia y se convertía en una travesía por el desierto para conseguir currículo de diferentes maneras: mediante un contratillo en una universidad, a cargo de un proyecto o marchándose al extranjero a dar clases. La contrapartida es que cada vez es más frecuente conocer personas que han asumido dos y tres contratos posdoctorales sucesivos, lo que les retrasa el acceso a unos puestos de ayudante doctor en cuyos baremos se valora más la docencia. Quien apuesta por el camino de la investigación se arriesga a postergar su estabilización y estancarse en la etapa posdoctoral.
Una cuestión preocupante en relación con el modo en que los condicionantes materiales e institucionales afectan a nuestra producción es la del marketing, que lleva en ocasiones a disfrazar nuestros proyectos y trabajos de lo que no son. Por ejemplo, en los congresos de historia transnacional no es extraño que nos sinceremos y reconozcamos que lo que practicamos es historia comparativa, pero que acudimos a la etiqueta de historia transnacional para poder vender mejor nuestro producto o insertarlo en lo que se supone que hay que hacer en el momento. El otro gran problema es el de la fosilización de ciertas líneas y temas de investigación que han demostrado ser rentables. Muchos investigadores permanecen ligados a un tema y reaprovechan las visitas al archivo de hace tiempo. En este sentido, no tengo claro que vayamos a hacer como en generaciones anteriores, cuando todo el mundo comenzó escribiendo sobre la transición del feudalismo al capitalismo y luego cambió a temas por completo diferentes, saltando siglos y geografías.
Francesco D’Amaro: Es probable que lo que más haya cambiado con respecto a las generaciones anteriores (hablando en términos generales y no de casos específicos) sea el retraso en llegar a puestos estables. Para empezar, la mera existencia de figuras intermedias (profesores sustitutos, contratos posdoctorales varios, ayudantes doctores) ha multiplicado el número de años necesarios para conseguir una plaza de funcionario. Ahora se llega a una plaza de ayudante alrededor de los cuarenta años, con un sueldo insuficiente para vivir en ciudades cada vez más caras (lo que ya no solo afecta a Madrid o Barcelona). En cuanto al tipo de trayectorias profesionales, la gran diferencia con el pasado está en la variedad. Cada uno de nosotros ha desarrollado un camino diferente entre la tesis y la situación en que nos encontramos ahora. Si acaso, nos une que dichas trayectorias han sido guiadas más por la casualidad que por una estrategia consciente. Además, estos contratos por los que hay que pasar implican largas estancias en otros países, lo que a mi modo de ver está sobrevalorado y descompensado de manera injustificada. La internacionalización, a veces, es solo un cambio de residencia, más que un impulso a la investigación, que conlleva dificultades para la vida personal. Otro hecho importante y negativo es el de la excesiva burocratización de las tareas académicas. Por supuesto, se trata de un cambio general: todos sufrimos más burocracia en cualquier ámbito de nuestra vida, pero en el caso del mundo académico complica mucho la existencia en las fases más precarias, en forma de multiplicación de papeles por entregar, de sometimiento a procesos de evaluación o de participación en comisiones de selección de plazas. Un aspecto positivo, en cambio, es la disminución del tipo de competitividad de la que he oído tantas historias en el pasado. Aunque sigue habiendo competencia, es probable que la extrema precariedad haya ayudado a que la gente se apoye y se ayude más.
AYER: La interdisciplinariedad y la internacionalización son dos valores exigidos desde hace años en la formación de nuestro perfil investigador. ¿Consideráis que se han producido los cambios y transformaciones para que la historia contemporánea sea un campo permeable a las novedades de otras disciplinas y de otras tradiciones académicas?
Bakarne Altonaga: En lo que se refiere a la interdisciplinariedad en historia contemporánea, podemos realizar una valoración positiva y otra más crítica. Por un lado, se ha avanzado mucho en la estricta construcción del conocimiento histórico. La historia de género es un buen ejemplo de un campo que ha incorporado, tanto en sus corpus teóricos como en las metodologías para el análisis de fuentes, elementos provenientes de la sociología, la filosofía, la antropología o la psicología. Así, el concepto de masculinidad que manejamos bebe de una definición, sobre todo, sociológica; para el análisis del discurso literario nos apropiamos de técnicas que vienen de la literatura; el propio concepto de género se ha nutrido de todos los campos que he mencionado, y algunas teorizaciones nuevas basadas en las emociones no surgen, de hecho, del exclusivo ámbito histórico. En fin, la historia de género (pero me consta que también otras, como la historia oral en su relación con la antropología), como campo de conocimiento y también como comunidad académica, ha ido adquiriendo un claro perfil interdisciplinar, que es, además, la base de su riqueza. Sin embargo, otra cuestión es la forma en la que el sistema universitario español clasifica de manera rígida las áreas de conocimiento, la cual no parece adaptada a estos cambios. Mientras que existe una cultura académica que valora ya de manera positiva la interdisciplinariedad, las demarcaciones disciplinares oficiales siguen siendo tradicionales y penalizan las investigaciones innovadoras que buscan traspasar fronteras entre áreas de conocimiento.
Francesco D’Amaro: Para ser sincero, creo que el mundo de la historia contemporánea es más impermeable de lo que pensamos, tanto a las influencias de otras disciplinas como a la historiografía internacional. No digo que sea una falta grave, sino que, por razones de tiempo, intereses, lenguaje técnico o idioma, es en verdad complicado conseguirlo. Muchos de nosotros tenemos ya dificultades para enterarnos de lo que se escribe en nuestra propia especialidad, como para estar al día del resto de lo que se hace en historia contemporánea, de lo que se publica en otros países o en otras disciplinas afines. En ese sentido, quizá mejor que plantearse la interdisciplinariedad, deberíamos hablar de la hiperespecialización. Por otra parte, cuando toca preparar clases sobre temas ajenos a la propia investigación, es fácil asombrarse del desarrollo adquirido por campos de especialización que nos son extraños. Sin duda, este es un síntoma positivo, porque el hecho de que estemos estudiando cuestiones muy concretas y en profundidad es lo que hace que la investigación avance. Sin embargo, se nos reclama una y otra vez interdisciplinariedad, que es un término que queda muy bien en los proyectos de investigación, pero que tiene escaso significado real. Desde la misma formación en el grado de historia, la interdisciplinaridad es inexistente, pues entre las asignaturas no se incluye casi nada de antropología, geografía, economía o filosofía. La realidad es que existe una delimitación muy tajante de lo que se reconoce como investigación histórica. Esto representa un claro paso atrás respecto a las décadas de 1980 y 1990, cuando había planes de estudio bastante más generalistas y menos específicos. Al tiempo, la supuesta interdisciplinariedad puede ser una traba a la larga. El currículum de quienes intentan hacer investigación fuera de la historia política o de la historia cultural encaja peor en las evaluaciones, en las acreditaciones y en la docencia. Es una queja recurrente entre los historiadores ambientales, por ejemplo, porque las publicaciones en revistas de otras áreas como la geografía, las ciencias políticas o las ciencias de la comunicación no son tan bien valoradas como las que aparecen en revistas sobre historia contemporánea, mucho más restringidas a temas más tradicionales.
El mismo fenómeno paradójico entre aspiración y falta de valoración aparece en la internacionalización. Primero, porque muchas veces detrás de la supuesta internacionalización solo hay una estancia de unos cuantos meses fuera del propio país sin que, en realidad, haya habido un esfuerzo por debatir en marcos teóricos que superen la comunidad científica nacional. Quizá en este sentido deberíamos ser más autocríticos y humildes; valorar nuestros trabajos, aunque sean locales, y asumir que no todos podemos hacer historia global o interpretar nuestros resultados en marcos amplios que vayan desde Estados Unidos hasta Sudáfrica. Por otra parte, luego resulta que los perfiles internacionales son penalizados cuando se valoran en España. Es lo que les sucede a quienes se han graduado aquí pero luego se marchan como investigadores posdoctorales al extranjero, donde los criterios de evaluación o las exigencias de publicación, participación en congresos o proyectos son diferentes. Si quieren regresar, se encuentran con que no pueden competir con quienes han desarrollado sus trayectorias a la española, de acuerdo con esos criterios de evaluación.
Miriam Saqqa: La interdisciplinariedad y la internacionalización se han convertido en exigencias centrales que, sin embargo, todavía no se ajustan por completo a la realidad de los procedimientos de evaluación académica. En el caso de la interdisciplinariedad, hay una fuerte contradicción: por un lado, se valora y se promueve; por otro, puede llegar a penalizar en procesos de acreditación o al optar a plazas docentes, donde los perfiles interdisciplinares o transversales no siempre encajan en áreas de conocimiento delimitadas con mucha rigidez. Esto evidencia que las estructuras académicas aún no se han adaptado del todo a un auténtico modelo interdisciplinar de formación y producción científica. Sin embargo, considero que esta ha sido una vía muy enriquecedora para la historiografía, al permitir ampliar enfoques analíticos y conceptuales, así como para que las nuevas generaciones de investigadoras abran campos de estudio y formulen nuevas preguntas.
Por otro lado, la creciente exigencia de internacionalización conlleva inversiones económicas, personales y sociales que a veces resultan difíciles de asumir. Las estancias prolongadas en el extranjero o la movilidad constante pueden ser incompatibles con otros aspectos de la vida, lo que impone sacrificios que no siempre se reconocen ni se calibran de forma adecuada dentro de las evaluaciones formales. A pesar de ello, considero que estas experiencias pueden ser muy positivas para el desarrollo de la carrera como historiadora. No obstante, dado que implican una inversión importante de tiempo y tienen un impacto directo en la vida personal, creo que conviene priorizar aquellos destinos que ofrezcan un aprendizaje significativo y un intercambio fluido con los equipos de acogida, más allá del prestigio que puedan tener determinadas universidades desde un punto de vista curricular.
Javier Esteve: Los contratos, como los Margarita Salas, los Juan de la Cierva o los Ramón y Cajal, de los que se ha podido disfrutar en los últimos años, no solo han permitido a muchos investigadores iniciar su trayectoria posdoctoral de forma digna, sino también trasladarse a universidades diferentes a aquellas en las que estudiaron, visitar archivos y bibliotecas extranjeros, ampliar sus lecturas y poner en marcha proyectos de naturaleza interdisciplinar. En mi opinión, esto representa un avance respecto a quienes nos marchamos a trabajar como docentes al extranjero. Yo me fui a Chile, donde, como profesor asistente, llevé una vida digna, pero, en cambio, no pude internacionalizar mis lecturas ni mi investigación. La carga docente, de casi cien créditos en cuatro años, no me dejó tiempo para leer, visitar archivos o publicar con asiduidad.
Con todo, aun reconociendo las condiciones más favorables de estos últimos años para impulsar investigaciones interdisciplinares y de vocación internacional, es necesario destacar algunos límites que estas han supuesto para la renovación de la historiografía. El primero es que la interdisciplinariedad, aunque celebrada en términos teóricos, es a veces minusvalorada en la práctica. La mayoría de las plazas de profesor ayudante doctor están adscritas a un campo o área determinados y no es extraño que las comisiones evaluadoras penalicen a quienes han desarrollado parte de su investigación en otras áreas (sean o no afines) o han abordado temáticas diversas (y dispersas). El segundo límite está relacionado con la internacionalización. Muchas comisiones de evaluación de ayudas posdoctorales parecen operar de acuerdo con una jerarquía que premia la relación con universidades, centros de investigación y proyectos de países concretos. Por último, hay ocasiones en que la internacionalización de los currículos no responde a la búsqueda de un avance del conocimiento, sino a la necesidad de los investigadores de acumular más y más méritos. Así, no son extrañas las estancias de investigación y las colaboraciones con proyectos de universidades extranjeras que no van acompañadas de ninguna publicación o que no se reflejan, en realidad, en la trayectoria investigadora.
AYER: La denuncia de la endogamia sigue siendo habitual en la Universidad española, sin que nuestro campo se haya librado. Sin embargo, en las últimas dos décadas se han desarrollado y reformado (en varias ocasiones) los sistemas de acreditación y evaluación de producción científica y las normas en los procesos de selección de profesorado. ¿Qué efectos positivos y negativos consideráis que han tenido estos procesos en la producción académica en historia contemporánea? ¿De qué manera han cambiado nuestro quehacer como investigadores?
Javier Esteve: En primer lugar, reconozco que soy crítico con los discursos que insisten, de forma casi enfermiza, en la movilidad en un tiempo en que los salarios ofrecidos a los investigadores son insuficientes para pagar un alquiler en una gran ciudad o para desplazarse con frecuencia para visitar a familiares y amigos. No me parece ético celebrar una forma de vida itinerante cuando esta se perpetúa en el tiempo, provocando desarraigo y dificultando el desarrollo de vidas plenas en lo afectivo. No creo que debamos considerar como endogamia el deseo de regresar a la ciudad de origen de quienes tienen el proyecto de ser madres o padres, deben hacerse cargo de otras personas, padecen alguna enfermedad o tienen diversidad funcional. Para todos ellos, contar con una red de apoyo no solo puede ser deseable, sino imprescindible. Para todos los demás también puede ser una ambición legítima, que no debe ser condenada o estigmatizada a la ligera. Establecido este matiz, es evidente que la apertura de nuestros departamentos a investigadores y docentes de calidad es un objetivo noble al que se debe aspirar. Esta posibilidad está en peligro, por ejemplo, por la desaparición de la acreditación de profesor ayudante doctor, por la existencia de baremos opacos o demasiado específicos y por la fase de entrevista, la cual, en estos procesos de selección, puede convertirse en un instrumento arbitrario. En mi opinión, habría que esforzarse en clarificar los criterios de selección, racionalizarlos y reducir el poder discrecional de las comisiones locales. Aunque haya generado tensión, la impugnación y judicialización de plazas en algunas universidades han servido para que los baremos sean cada vez más claros y públicos, lo que es un elemento positivo.
En cuanto a los procesos de acreditación, considero que la Comisión de la ANECA del área de historia no ha impuesto requisitos irrealizables. Aunque la continua evaluación de la actividad docente e investigadora puede causar desconfianza y estimular prácticas productivistas, hay que celebrar que son pocos los profesores ayudantes doctores que se ven impedidos de promocionar a categorías superiores por falta de acreditación. En buena medida, no hemos caído en lógicas tan problemáticas como las de otras áreas, donde se exige contar con numerosas publicaciones en las escasas revistas posicionadas en el mejor de los cuartiles.
Bakarne Altonaga: En los últimos años se ha hecho un importante esfuerzo por democratizar la evaluación, hacerla más transparente y accesible, e incluir situaciones antes ignoradas que iban en detrimento de la igualdad de oportunidades. La ANECA está apuntando en la buena dirección al introducir criterios de medición de la calidad que van más allá de los clásicos medidores de factor de impacto. Sin embargo, lo cuantitativo sigue teniendo un peso excesivo, y esto no siempre es reflejo de la calidad de nuestra producción. Dicho esto, subrayaría que los procesos de evaluación (de la investigación, de la docencia, de la transferencia) se convierten, en sí mismos, en el factor de afectación fundamental de nuestra carrera como historiadoras. Repercuten en nuestro prestigio, en nuestra posibilidad de estabilización y de promoción, así como en nuestro salario. Si bien están pensados para objetivar la calidad de nuestra actividad, ejercen tal presión que nos empujan a la sobreproducción, a la repetición de contenidos o al «refrito». Hemos asumido como parte de nuestro ADN la necesidad de producir «cuanto más mejor», y esa tendencia siempre va en detrimento de la producción de conocimiento científico original.
Miriam Saqqa: Como señalas, la endogamia es un rasgo presente en el sistema académico. Contar con un capital social que permita comprender los mecanismos de reproducción y conservación de las posiciones, así como las dinámicas informales que favorecen la permanencia en ellas, se convierte en uno de los principales sesgos estructurales que condicionan quién progresa y quién no. En el libro Academic Inbreeding and Mobility in Higher Education se señala que España ocupa el segundo lugar entre los ocho países analizados en términos de frecuencia de endogamia académica, lo que evidencia la magnitud del fenómeno en nuestro contexto 1. Se trata de una realidad persistente y, aunque se han puesto en marcha mecanismos para limitarla, sus efectos no son inmediatos ni siempre suficientes, por lo que es probable que requieran tiempo para traducirse en cambios sustantivos.
Asimismo, existen las dificultades derivadas de la falta de información clara. Por ejemplo, en lo relativo a la publicación de plazas, más allá de las plataformas impulsadas sobre todo por la propia comunidad posdoctoral, las instituciones no suelen facilitar un acceso transparente y centralizado a estos datos. A ello se suma la existencia de procedimientos diferenciados y no estandarizados entre universidades, lo que implica invertir numerosas horas en adaptar cada solicitud a requisitos específicos. Del mismo modo, cabe señalar las «violencias administrativas» en torno a las convocatorias, las cuales generan un clima de presión y ansiedad constantes, marcado por el temor a cometer errores formales que puedan invalidar las pocas oportunidades disponibles.
Francesco D’Amaro: Las acreditaciones, en general, han tenido efectos positivos para garantizar un mínimo de calidad en la profesión. Esto ha revertido en un cambio de mentalidad colectiva, ya que ha establecido que para poder obtener una plaza en la universidad hay que cumplir con unos estándares. Pero no son más que un mínimo. No impiden la endogamia, sino que la limitan. Y quizá por ello no haya sido tan buena idea la eliminación de la acreditación a ayudante doctor, que garantizaba esos criterios mínimos en el paso a lo que podemos considerar el tenure track español.
De todas maneras, la cuestión de la endogamia es a veces más una obsesión que una realidad. Hay departamentos, como en el que yo me he integrado, donde la gran mayoría de los últimos ayudantes doctores se ha formado en otras universidades, demostrando que la reproducción académica local no es tan fuerte. En otros, en cambio, existen escuelas historiográficas sólidas, con metodologías y temáticas propias, y es positivo que dichas dinámicas se puedan mantener, consolidando a los doctores que ellos mismos forman. Con ello se rompe una tendencia de la disciplina histórica que es a veces demasiado individualista, si bien una mirada externa puede no entenderlo y considerarlo endogamia.
El posible efecto negativo es que las acreditaciones han incrementado de forma espectacular la productividad al peso. En otros países europeos no se publica tanto ni tan a menudo. Esto provoca que quienes han empezado su carrera en otro país tengan muchas dificultades para competir con los currículums a la española. Todos sabemos que cantidad no es calidad, pero, aun así, la gran mayoría sigue obsesionada por incrementar su presencia en las revistas. La investigación se ha vuelto más prolífica, pero menos pausada, menos concentrada en la interpretación de los datos y más en la publicación casi inmediata de ellos, lo que genera una frecuente frustración por no alcanzar el ritmo industrial que demuestran algunos compañeros.
AYER: Otro de los fenómenos ambivalentes en nuestra profesión es el de una cada vez mayor igualdad de género en puestos docentes y de investigación. Sin embargo, esto ha corrido en paralelo a la postergación de la estabilización, con exigencias habituales de movilidad residencial o periodos intensos de trabajo que interfieren en la toma de decisiones personales, en particular con la maternidad. ¿Cómo valoráis esta y otras formas de discriminación específica que han podido afectar al desarrollo de las carreras académicas de las historiadoras? ¿Qué otros colectivos consideráis que encuentran barreras extracadémicas para participar por completo en nuestro campo académico?
Miriam Saqqa: El género constituye un factor clave en la generación de sesgos dentro del ámbito académico. Basta con observar los datos registrados por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), que siguen evidenciando una disminución de la presencia de mujeres a medida que se avanza en la carrera 2. Mientras que en las fases predoctorales existe casi la misma cantidad de hombres que de mujeres entre los investigadores contratados, las mujeres caen en picado en las etapas posdoctorales y entre los contratados más estables. Esta tendencia pone de manifiesto la persistencia de brechas estructurales que afectan a la trayectoria y consolidación profesional de las académicas.
Por otro lado, las crecientes exigencias académicas y el retraso en los procesos de estabilización tienen un impacto profundo en nuestras vidas. En el caso de las mujeres, la maternidad continúa condicionando de manera significativa la trayectoria profesional, pese a que se hayan introducido mecanismos de compensación o calibración en algunas convocatorias. Asimismo, la movilidad constante y la internacionalización plantean importantes desafíos para el equilibrio entre la vida profesional y personal. Si ya es difícil y costoso cambiar cada año de residencia, seguir los destinos de los contratos posdoctorales, solicitar visados y cumplir con plazos administrativos (a veces en tiempos muy cortos), mucho peor es para quienes tienen hijos o familiares a su cargo.
Por otro lado, en mi propia trayectoria he podido observar cambios positivos gracias a la cada vez mayor presencia femenina en ámbitos académicos hasta entonces muy masculinizados, como podía ser el de los estudios de la guerra civil y la dictadura. Para mí supuso un reto desenvolverme en espacios que hombres y mujeres no habían ocupado en las mismas condiciones como voces de autoridad. La situación ha ido mejorando gracias, en buena medida, a la creación de redes de apoyo entre mujeres historiadoras, que han facilitado el acompañamiento en contextos académicos a veces poco acogedores. Asimismo, estos esfuerzos han llevado a una adaptación progresiva de estos entornos a una presencia cada vez más consolidada de mujeres historiadoras.
Bakarne Altonaga: Aunque ha habido avances, y el primero es que hoy hay muchas más mujeres que antes en el área de historia contemporánea (desde siempre muy masculinizada), seguimos estando a la zaga. Hay indicadores que lo confirman, como las estadísticas que la ANECA ofrece todos los años sobre solicitudes de acreditaciones en las áreas de humanidades. Mientras que hay más mujeres que hombres entre los que solicitan la de contratado doctor, la cifra cae para las solicitudes de titular y catedrática. Esto ya indica una desigualdad en el horizonte de promoción al que aspiramos unos y otras. Por su parte, la Dirección para la Igualdad de la Universidad del País Vasco confirma que, en 2024, entre los contratados como profesores no funcionarios (ayudantes, asociados y agregados), las mujeres somos más de la mitad, pero los hombres son mayoritarios entre titulares y catedráticos. También se señala una desigualdad en la asunción de cargos académicos: entre los directores de departamento y los decanos hay más varones, mientras que entre las secretarías académicas de departamento y de facultad hay más mujeres. No es casualidad. Esta desigualdad responde a un imaginario de género que se sigue reproduciendo. Y, aunque los datos son mejores año tras año, habrá que esperar para ver si las políticas de igualdad tienen efecto y revierten la situación.
No es fácil responder a la cuestión de cómo otras formas de exclusión afectan a nuestro campo. La posición como sujeto de la persona investigadora no determina el tipo de investigaciones que realizamos, pero sí las afecta, pues siempre partimos de preocupaciones individuales y presentes. Cuando creamos conocimiento histórico, siempre corremos el riesgo de generar violencia epistémica, ocultando realidades que nos son ajenas en favor de otras narrativas históricas que se van sedimentando como canónicas, dotando de existencia a unos sujetos y procesos y no a otros. No es casualidad que las mujeres aparecieran como sujeto de la historia por el esfuerzo de historiadoras feministas que dieron forma al campo de la historia de las mujeres y de género. Las barreras que otros colectivos sufren pueden, por lógica, estar abocando a la invisibilidad a ciertas realidades históricas, silenciando o desdibujando sus experiencias de opresión, sus procesos de resistencia o sus luchas de emancipación. Es lo que sucede, por ejemplo, con la historia de las personas racializadas, la cual necesita abordarse desde una perspectiva decolonial para hacer justicia epistémica. Y lo mismo podríamos decir de las personas con diversidad funcional, cuyo acceso a la creación de saber en igualdad de condiciones sigue estando dificultado por diferentes formas de violencia institucional.
Francesco D’Amaro: La desigual presencia de hombres y mujeres en el ámbito de la historia contemporánea y, de manera particular, en algunos de sus campos de especialidad es un problema inquietante. Un problema que, además, es crónico y parece empeorar, pues cada vez hay más alumnos que alumnas en el grado. Luego, en la fase predoctoral hay un claro predominio masculino, el cual se consolida en las primeras fases de contratación, entre los ayudantes doctores. Todo esto es una prueba de que el tipo de carrera laboral que se ha construido en la universidad (la lentitud en promocionar, los sueldos bajos o la necesidad de desplazarse) excluye y deja al margen a los sujetos que más se pueden ver afectados por la precariedad, y en especial a las mujeres. En algunos sectores historiográficos, como la historia de la ciencia o de la tecnología, la historia económica o la ambiental, el desequilibrio es todavía más fuerte, y se evidencia en las dificultades para encontrar compañeras que participen en paneles de congresos y dosieres de revistas. Sin duda esto está repercutiendo en el tipo de investigación que producimos, pero, al mismo tiempo, está ejerciendo una presión extra sobre quienes ya han llegado al campo, pues son investigadoras muy solicitadas a las que se llama de continuo para las actividades científicas y de gestión.
El mismo análisis se podría hacer con las personas racializadas y las descendientes de inmigrantes. Es comprensible que no elijan nuestros grados para estudiar, pues el tipo de carrera laboral que se ofrece a los buenos estudiantes está marcado por la precariedad y la falta de expectativas claras; y, por tanto, prefieren otras especialidades fuera de las humanidades que les proponen un futuro laboral más seguro o prometedor.
Javier Esteve: Por fortuna, la presencia de mujeres en nuestra área se está consolidando, aunque considero preocupante la creciente masculinización de los grados y posgrados universitarios en historia. Además, creo que la inserción de las mujeres en nuestro ámbito profesional todavía debe afrontar retos importantes, en muchos casos relacionados con la gestación y la maternidad. También hay que abordar otros problemas que siguen siendo graves, como las actitudes machistas o el acoso en el entorno universitario. Sin embargo, prefiero no extenderme en un tema para el que hay personas más cualificadas y que ya se han expresado en este debate. En cambio, sí me gustaría ampliar la reflexión sobre otros colectivos cuya inserción en nuestra profesión es compleja. Es el caso de los enfermos crónicos (entre los que me encuentro). Si bien en mi caso esto no es objeto de una preocupación continua, sí que me obliga a una supervisión constante, lo que en algún momento me ha llevado a plantearme la conveniencia de mantenerme ligado a un sector profesional en el que se han normalizado dosis de estrés y ansiedad que podrían empeorar mi salud.
Es imprescindible que tenga lugar una conversación pública y sincera sobre cómo se puede producir conocimiento de forma ética, sin caer en excesos de sobreproducción que excluyan a potenciales miembros de la comunidad académica. En mi opinión, dicho debate debería llevar a la definición de baremos que hagan valer aspectos cualitativos, lo que limitaría el número de aportaciones que se evalúan en cada proceso de selección. De este modo, no solo se premiará una forma de hacer ciencia más conectada con los verdaderos tiempos de la investigación, sino que también dejará de recompensarse una productividad desnortada. Además, esta es una vía para proteger a los hombres que tienen hijos y a las mujeres que no solo atraviesan periodos de gestación, sino que, además, ejercen como madres. Estas mismas medidas también serían adecuadas para quienes padecen enfermedades, sufren problemas de salud mental, tienen diversidad funcional o conciben su aportación a la historiografía como algo que no debe consumir todo su tiempo.
AYER: Para terminar, y en línea con lo planteado en la pregunta anterior: ¿qué transformaciones consideráis que son necesarias para mejorar nuestra actividad profesional?
Francesco D’Amaro: Abandonaría dinámicas y criterios de evaluación que pueden tener sentido en otras disciplinas, en las que es más importante el número de citas o la inmediatez de la publicación de datos. Las humanidades y, en particular, la historia necesitan criterios propios de evaluación, basados en la calidad de las publicaciones, su originalidad y su capacidad de impulsar el conocimiento de fenómenos específicos y su interpretación en marcos teóricos finos y complejos. Por otro lado, creo que deberíamos recuperar la noción de grupo y escuela historiográfica. Y lo digo habiéndome incorporado a una universidad donde no me he formado ni en el grado ni en el doctorado, tras estar en otras universidades. Estoy agradecido con quienes me han acogido, aunque no pertenecía a «su escuela». Sin embargo, creo que tampoco hay nada de malo en las escuelas y en la consolidación del personal con los doctorandos con quienes se trabaja y se está construyendo algo de interés para la comunidad científica. No tengo una respuesta clara para esto, pero, desde luego, me centraría en la necesidad de ahondar en el diálogo entre investigadores y en la reflexión pausada, más que en la cantidad o la especialización de nuestra producción.
Bakarne Altonaga: Por parte de las entidades gubernamentales, se necesitaría una mayor financiación para las universidades, y en especial para las humanidades, para que se pudiera contratar más personal y así evitar la sobrecarga de trabajo a la que nos sometemos en los tres ámbitos del quehacer universitario: docencia, investigación y gestión. La infrafinanciación a la que están sometidas las universidades públicas no genera garantías de continuidad para la carrera académica y, por ello, cada vez resulta menos atractiva.
Por parte de las agencias de calidad, se necesitaría reducir el peso de las evaluaciones cuantitativas y poner en valor lo cualitativo en nuestras investigaciones. Lo interesante para el conocimiento histórico es que lo que se produzca sea bueno, más allá de su visibilidad en métricas que solo nos llevan a la aceleración y a la sobreproducción; el tiempo dirá qué aportaciones han dejado poso en la historiografía. Creo que este sería uno de los factores determinantes en nuestra profesión para generar transformaciones profundas. Coincido por completo con Javier Esteve: una cosa es lo que necesita la hipertrofia evaluadora y de publicaciones que se ha creado en torno a la vida académica, y otra cosa es lo que necesitan la disciplina y las historiadoras. Un cambio en este sentido serviría, además, para evitar el panorama inflacionario en el sistema de publicaciones, en el que muchísimo capital público acaba en manos de empresas editoriales privadas que restringen, de modo sistemático, el acceso a la producción científica en abierto.
Por su parte, las universidades nos deben ofrecer itinerarios académicos que permitan tiempo para la producción científica de calidad: para que vayamos a archivos, leamos más y mejor, colaboremos con compañeras de otras universidades y realicemos seminarios en los que se discutan ideas y se pueda reflexionar. Reducir el ritmo acelerado que impone la vida universitaria actual podría mejorar en gran medida las condiciones en que creamos pensamiento histórico. Y, por último, en el marco de nuestra disciplina, creo que deberíamos seguir dando pasos en la interdisciplinariedad para que podamos avanzar en la creación de un conocimiento original y se creen sinergias y colaboraciones entre diferentes formas de entender, construir y dar a conocer el pasado.
Javier Esteve: Como ya he apuntado, es necesaria la definición de procesos de selección y baremos de contratación que no reproduzcan la vorágine de hiperproducción en que nos hemos instalado, ya que, en la práctica, premian la repetición de una misma investigación, argumentario o conclusiones. En cambio, nuestros baremos penalizan a quienes invierten su tiempo en abrir campos, consultar nuevas fuentes o adoptar perspectivas interdisciplinarias o transnacionales. Es necesaria una reflexión profunda, pero también ética y responsable, sobre la distorsión existente entre lo que necesita la disciplina y lo que fomentan los baremos y los procesos de selección.
También es necesario neutralizar las lógicas individualistas y estimular un espíritu corporativo que reivindique una mejora de las condiciones laborales y salariales en los primeros escalafones y cierre el paso a la explotación (propia y ajena) de los trabajadores de la academia. Hay que contener la ofensiva que pretende aumentar la carga docente y burocrática de un sector que es pasto de problemas de estrés y salud mental, en especial durante el tránsito entre las ayudas posdoctorales y los primeros contratos académicos. Este periodo puede ser duro debido a la opacidad de los baremos de selección, a la variación de año en año de lo que se exige y de lo que se valora en los candidatos, y a la falta de adecuación con lo que en realidad se puede conseguir en la formación predoctoral. La incertidumbre que rodea la evaluación hace caer a los investigadores en lógicas productivistas y de trabajo compulsivo que no coinciden con los intereses científicos de nuestra disciplina.
Miriam Saqqa: Tomar conciencia de las desigualdades que hemos señalado más arriba constituye ya un primer paso imprescindible para poder intervenir sobre ellas de manera efectiva. Las transformaciones más significativas, a mi juicio, surgen de la organización y la acción colectiva, no solo de esfuerzos individuales aislados. La academia ha sido desde siempre un espacio individualista que fomenta la competencia constante; la lógica de la productividad refuerza esa dinámica. Cuestionar y contrarrestar esa estructura se vuelve, por tanto, una tarea necesaria y una responsabilidad para las nuevas generaciones. En este sentido, resulta fundamental tomar conciencia del propio lugar social y político del que partimos en las estructuras de género, clase y raza, y al que queremos contribuir, así como del tipo de espacio que se desea ocupar dentro de la academia y de qué manera hacerlo mientras se permanece en ella. Esta reflexión implica decidir cómo habitar la institución sin reproducir de manera acrítica las desigualdades que la atraviesan.
1 Maria Yudkevich, Philip G. Altbach y Laura E. Rumbley: Academic Inbreeding and Mobility in Higher Education. Global Perspectives, London, Palgrave Macmillan, 2015.
2 Comisión de Mujeres y Ciencia, CSIC, https://www.csic.es/es/el-csic/ciencia-en-igualdad/comision-de-mujeres-y-ciencia (consultado el 11 de mayo de 2026).