Ayer 139 (3) 2025:49-74
Marcial Pons Ediciones de Historia
Asociación de Historia Contemporánea
Madrid, 2025
ISSN: 1134-2277
DOI: 10.55509/ayer/2797
© Andreas M. Schurr
Recibido: 09-08-2024 Aceptado: 15-03-2025 Publicado on-line: 07-07-2025
Editado bajo licencia CC Attribution-NoDerivatives 4.0 License

Alemanes para salvar México. Los proyectos de colonización de Carl Sartorius en la crisis global de 1848 *

Andreas M. Schurr

Instituto Universitario Europeo
andreasmarkus.schurr@eui.eu

Resumen: Este artículo se centra en las ambiciones del Estado mexicano de atraer inmigrantes alemanes después de la derrota fatal en la guerra contra Estados Unidos. En ese esfuerzo, el Gobierno mexicano contaba con el apoyo de Carl Sartorius, un emigrante alemán en México y agente de colonización, que viajó a su país de origen agitado por las consecuencias de la revolución de 1848. Esta colaboración se caracterizó no solo por las mutuas visiones de «blanquear» y «civilizar» la República mexicana mediante colonos alemanes, sino que también pone de manifiesto los lazos escondidos entre el ambiente revolucionario europeo, caracterizado por ambiciones imperiales, y los debates políticos en América Latina.

Palabras clave: Carl Sartorius, colonización, imperio informal, revolución de 1848, Estado mexicano.

Summary: This article focuses on the ambitions of the Mexican state to attract German immigrants after the disastrous defeat in the war against the United States. In this effort, the Mexican government was supported by Carl Sartorius, a German emigrant and colonization agent in Mexico who traveled to his homeland shaken by the aftermath of the 1848 revolution. This collaboration was not only marked by mutual visions of «whitening» and «civilizing» the Mexican Republic through German colonists but also sheds light on the hidden links between the European revolutionary milieu, its imperial ambitions and contemporary political debates in Latin America.

Keywords: Carl Sartorius, colonization, informal empire, 1848 revolution, Mexican state.

«Este momento es sumamente favorable para la colonización, y México no vacilará en apoderarse de los elementos de engrandecimiento que puede adquirir», así describía Carl Christian Sartorius la oportunidad única que existía en 1852 para atraer inmigrantes a su patria adoptiva. En su carta al gobernador del estado de Veracruz, Juan Soto, este inmigrante ya naturalizado también explicaba las razones por las que consideraba menester la colonización extranjera en México: «No lo podemos negar: nos falta el equilibrio entre la raza blanca y bronceada, nos faltan brazos, industria para explotar los productos agrícolas, falta en fin de una población más compacta, que ponga un dique a las incursiones de los barbaros, o las inversiones de aventureros» 1.

Así Sartorius resumió el discurso político prevalente tanto entre las elites mexicanas como entre los principales activistas por la emigración en los estados alemanes. La idea de que México necesitaba un baluarte humano contra su vecino norteño era bastante común a principios de la década de 1850. Diez años después de que Texas se separara violentamente de su madre patria, Estados Unidos se anexionó oficialmente la antigua provincia mexicana y lanzó un ataque a gran escala contra su vecino del sur en la primavera de 1846. Invadiendo el país en varias direcciones, las tropas estadounidenses avanzaron rápidamente y entraron en Ciudad de México en septiembre de 1847. El país lloró la muerte de aproximadamente veinticinco mil soldados y civiles durante los combates, padeció una devastación generalizada y estuvo cerca de la bancarrota. Para empeorar las cosas, según el Tratado de Paz de Guadalupe-Hidalgo firmado en febrero de 1848, México tuvo que ceder sus provincias del norte y renunciar así al 50 por 100 del territorio original del país, un área casi cuatro veces mayor que la actual Alemania 2.

Sin embargo, la humillante derrota y el temor a ser totalmente absorbido por Estados Unidos fue solo una de las conmociones que afectaban a México a finales de la década de 1840. Varios conflictos regionales también amenazaron la unidad nacional y la soberanía mexicana. En 1847 estalló una revuelta indígena en la península de Yucatán que dio paso a la llamada «guerra de castas», una lucha entre el pueblo maya y la población hispana que se prolongó durante toda la segunda mitad del siglo xix. Como han demostrado investigaciones recientes, especialmente en su periodo inicial, este conflicto fue el más violento del siglo xix, causando la muerte de más del 40 por 100 de la población de Yucatán. En la región de la Sierra Gorda y la Huasteca del centro de México, el descontento por la política de reclutamiento e impuestos del Gobierno central durante la guerra contra Estados Unidos desencadenó un levantamiento de miembros disidentes del ejército a los que pronto se unieron grupos indígenas. Libraron una guerra de guerrillas contra las tropas gubernamentales y los hacendados en 1847 y 1848. Además, al igual que en décadas anteriores, tribus indígenas como los comanches lanzaron frecuentes ataques contra los asentamientos mexicanos en la frontera septentrional del país 3.

Si bien esta serie de conflictos abrió un periodo en la historia de México que Will Fowler describió como una «etapa de desesperación», también provocó un vivo debate entre los políticos e intelectuales mexicanos que trataron de identificar y abordar las razones que habían conducido a estas catástrofes. Fue durante estos años de la «crisis del optimismo criollo» cuando se consagró firmemente la división ideológica de la elite política mexicana: conservadores por un lado, liberales por otro 4. Estos últimos estaban a su vez divididos entre moderados y radicales. Sin embargo, pese a sus ­desacuerdos respecto a temas espinosos como la tolerancia religiosa, el papel de la Iglesia o las reformas económicas, tanto conservadores como liberales identificaron dos grandes problemas: la heterogeneidad y el percibido atraso de la población mexicana, así como la falta de gente «blanca» 5. Es decir: un «momento sumamente favorable» para la colonización alemana como señalaba Sartorius. Cabe mencionar que México no fue un caso aislado, sino solo uno de los varios países latinoamericanos que entrelazaron la construcción de sus Estados nacionales con la inmigración de colonos europeos, muchas veces germanohablantes. Esas estrategias de «blanqueamiento» para «civilizar» la propria población «atrasada» fueron no solo habituales, sino también más exitosas en los Estados del Cono Sur 6.

Como intento demostrar en este artículo basándome en fuentes a menudo ignoradas, este no era un debate exclusivamente mexicano. El discurso sobre la necesidad de inmigración también era congruente con un debate similar sobre emigración y colonización en los estados alemanes en la época de la revolución de 1848. Carl Sartorius es el nexo entre ambos debates. Se trataba de un antiguo activista republicano que había emigrado de ­Darmstadt (Hesse) a México en 1824, donde estableció la hacienda Mirador, un pequeño asentamiento alemán con cierta influencia en Veracruz 7. En su doble rol como agente consular mexicano y activista de emigración en Hesse entre 1848 y 1851, Sartorius satisfacía tanto los objetivos políticos de los liberales mexicanos que pretendían «blanquear» la población multiétnica de México a través de los inmigrantes europeos como el sueño de los activistas germanohablantes que presionaban para apoderarse de las colonias de ultramar durante la revolución de 1848. Esto último puede interpretarse como una estrategia de expansión del poder europeo de manera informal en un Estado aparentemente fallido que, a ojos de algunos observadores contemporáneos, solo podría salvarse mediante la inmigración. Sin embargo, cabe subrayar que es solo un ejemplo de los muchos intentos de actores privados europeos o estadounidenses de aprovechar la fragilidad política de México y otros países centroamericanos durante la década de 1850 8.

Con la perspectiva de la historia global, quiero hacer hincapié en la relevancia de los «alemanes putativamente provincianos», como los llamó Glenn Penny, a principios y mediados del siglo xix. En particular en su impacto en las redes internacionales y sus ambiciones coloniales. Igualmente, como ha sugerido Lucy Riall para la migración italiana a Perú, mi objetivo es desplazar la atención de los imperios formales y el Estado-nación a las formas y estrategias informales de expansión colonial y los actores no estatales. A la vez, deseo demostrar el estrecho intercambio entre los políticos mexicanos y los empresarios migratorios germanohablantes, y evitar así los perjuicios de estudiar ambas partes independientemente una de la otra 9.

La Dirección de Colonización y la búsqueda de inmigrantes europeos

La coincidencia entre liberales y conservadores respecto a la necesidad de la inmigración europea se planteaba como una cuestión de vida o muerte. Es decir, era necesaria para asegurar la supervivencia de México como entidad política independiente. Podría decirse que el resultado más notable de este consenso político fue la creación de la Dirección de Colonización. Tan solo unos meses después del estallido de la guerra contra Estados Unidos, en diciembre 1846 el nuevo Gobierno federal de México estableció la Dirección como organismo encargado de supervisar el reclutamiento de colonos extranjeros e inspeccionar los territorios para posibles colonias 10. A diferencia de los intentos de colonización anteriores, por primera vez el Gobierno federal creó su propia institución para dirigir los proyectos de asentamiento a nivel nacional. Subordinada al Ministerio de Relaciones Exteriores, la Dirección no solo contaba con el respaldo de destacados políticos liberales como José María Lafragua y Mariano Otero, que sirvieron como ministros de Relaciones Exteriores entre 1846 y 1848, sino que pronto se convirtió en la encarnación de las ideas liberales sobre cómo transformar y modernizar el Estado mexicano 11.

Según una circular que el ministro Lafragua publicó en diciembre de 1846, México había hecho varios intentos de establecer colonias en el pasado, pero solo en un caso había logrado atraer colonos extranjeros en grandes cantidades: Texas. Sin embargo, como lamentaba Lafragua, la colonización de Texas no se realizó como una empresa económica, sino como una usurpación, «aprovechando el candor juvenil con que la República abría sin recelo sus brazos a todas las naciones extranjeras en los primeros días de su existencia». La colonización de Texas, que resultó fatal para la seguridad nacional de México, sirvió claramente de lección para no organizar nuevos planes de colonización. El establecimiento de la Dirección debía facilitar «inmigración extranjera que busque en los Estados Unidos Mexicanos un porvenir y una patria» y al mismo tiempo impedir la llegada de hostiles. Nunca más México debía servir de «tentación a proyectos ambiciosos y a la codicia de aventureros» 12. Para garantizar la lealtad de los futuros colonos y prohibir la inmigración de ciudadanos estadounidenses, el reglamento de la Dirección establecía que los colonos no podían proceder de una nación cuyo territorio fuera colindante con las tierras concedidas, ni de una potencia con la que la República Mexicana estuviera en guerra 13.

Un año después, Lafragua redactó un informe para el Ministerio de Relaciones Exteriores en el que exponía las razones por las que México no había sido hasta entonces un destino atractivo para los colonos europeos. Por un lado, el ministro señalaba la falta de una infraestructura adecuada, el mal estado de las calles y la ausencia de un ferrocarril que facilitara la comunicación y el comercio dentro del país. El «inmenso mal» de la escasez de población sería quizá menos grave si los campesinos tuvieran la posibilidad de transportar fácilmente sus mercancías de un punto a otro y exportarlas desde los puertos marítimos del país. Por otro lado, Lafragua culpó a la inestabilidad política de México y al rápido cambio de Gobiernos, que no podían garantizar la seguridad de los extranjeros. Como se preguntaba: «¿Cómo en verdad podían los habitantes del antiguo continente decidirse a emprender una expedición tan dilatada y expuesta, para venir a un país conmovido diariamente por las revueltas políticas, donde durante largos periodos no ha habido seguridad ninguna en los caminos, donde se ha dado el espectáculo aterrador de expulsar a innumerables familias de extranjeros...?» 14. Otro problema que mencionó fue la falta de tolerancia religiosa en México, que según algunos observadores liberales era el principal obstáculo para los asentamientos extranjeros. A los ojos de Lafragua, esto era poco probable. No solo no iban protestantes a México, sino que tampoco lo hacían los católicos de Alemania, Francia, Italia, España o Irlanda 15.

Cuando la Dirección presentó su primer programa de inmigración en julio de 1848, sus directores Antonio Garay y Mariano Gálvez, ambos políticos liberales, argumentaban de forma diferente. Como había demostrado el ejemplo de Estados Unidos, de Europa emigraban a América más protestantes que católicos. Por tanto, era necesario que la religión de las futuras colonias fuera la de los colonos, a menos que México estuviera dispuesto a aceptar a personas incrédulas o indiferentes. Además, explicaron que, si México no tuviera una enorme y urgente necesidad de aumentar su población, podría permitirse admitir solo a los católicos. Sin embargo, la situación del país era sencillamente demasiado precaria para mantener sus puertas cerradas a los protestantes. Además, proseguían, «la tolerancia es ya un dogma práctico del mundo civilizado, y México no puede ser intolerante si quiere poblarse sin demora» 16. Con su pretensión de imitar ciertos aspectos de la política migratoria estadounidense y admitir migrantes de distintas confesiones cristianas, Garay y Gálvez reabrieron la discusión sobre la tolerancia religiosa que caracterizó los debates políticos de México desde la década de 1820 17.

Por ejemplo, en diciembre de 1849, la Dirección publicó un memorándum sobre sus actividades y el estado actual de la inmigración. Como señalaban los dos directores, a la larga México no podría resistir el expansionismo del «coloso» del norte. Según los autores, esto tuvo que ver principalmente con el hecho de que la mayoría de los europeos emigraron a Estados Unidos, abasteciendo así al país con un suministro constante de colonos blancos. En este fenómeno advertían que una fuerte afluencia de europeos, además de aumentar la población, proporcionaba una oportunidad para explotar mejor las ricas materias primas de México y, por supuesto, servía para «arrancar de raíz la causa del peligro de la subversión de la raza que forma la mayoría de la población de la República» 18. Es decir, permitía someter a los indígenas al control político. Sin embargo, para emular a Estados Unidos en esta estrategia de construcción nacional a través de la inmigración europea, México también necesitaba adoptar una legislación liberal en materia de tolerancia religiosa.

Estas preocupaciones encajaban bien con una oferta que había llegado a la Dirección. Unos meses antes, Heinrich Künzel, presidente de una importante asociación de emigración alemana con sede en Darmstadt (la Nationalverein für deutsche Auswanderung und Ansiedlung/Asociación Nacional para la Emigración y el Asentamiento), escribió al Gobierno mexicano para proponer la inmigración de varios miles de alemanes. Según Künzel, el ­objetivo de la asociación era dirigir la emigración alemana de Norteamérica hacia México, ya que allí los emigrantes se encontrarían con un «temperamento más benigno y favorable» 19. Aparte de eso, Künzel subrayó que debido a «sus hermosos climas y la fertilidad de sus terrenos [que] apenas podían ser igualados por otros en el mundo» México era un país abundante en elementos aptos para la colonización. Sin embargo, había un problema. Dado que los potenciales colonos eran protestantes, solo podrían venir a México si se les concedía la tolerancia religiosa. Si el Gobierno podía garantizar la libertad de culto, escribió Künzel, el país pronto «ganará miles de ciudadanos útiles» 20.

La vida atlántica de Carl Sartorius en la cultura imperial de los alemanes de 1848

El contacto entre Künzel y la Dirección lo había establecido Carl Sartorius, que regresó a su Darmstadt natal en el verano de 1849. Después de veinticinco años en México, país adonde había emigrado en 1824 como activista liberal y perseguido político, decidió volver a Europa con su familia por varias razones. Por un lado, a pesar del caos político tras la guerra entre México y Estados Unidos, el negocio agrícola en Mirador prosperó en 1847 y 1848. Debido al bloqueo de Veracruz por la marina estadounidense, no se podían importar mercancías, lo que aumentó la demanda de los productos locales que se vendían en la hacienda. Según Sartorius, solo en 1847 Mirador obtuvo unos beneficios de cuarenta mil florines, dinero suficiente para comprar un ingenio azucarero de vapor y otros equipos de última generación para completar la fábrica de azúcar. Los daños causados por el saqueo de la tienda por las tropas norteamericanas en el verano de 1847 pudieron ser compensados gracias a la mediación de los diplomáticos prusianos en Ciudad de México y Washington 21. De este modo, Sartorius había ganado suficiente dinero y empleado suficientes personas como para abandonar su hacienda durante un par de años.

Por otra parte, decidió volver a Europa por motivos educativos. Preocupado por la educación de sus hijos —que hasta entonces habían recibido clases de diferentes tutores alemanes y daneses en Mirador—, pensó que sus vástagos debían disfrutar de las ventajas del sistema escolar y universitario alemán. En México crecerían en un ambiente aislado y pronto «se convertirían en mexicanos con toda la falta de carácter y la indecisión [...] que caracterizan a la gente de aquí». Tras unos años en Alemania, sin embargo, habrían desarrollado «el principio germánico y si regresan aquí, no temo que el carácter alemán perezca en la nacionalidad extranjera» 22. Esta decisión respondía evidentemente a la idea de mantener la «germanidad» de la colonia que caracterizó a Mirador desde su fundación. En cuanto a sí mismo, Sartorius escribió que le gustaría disfrutar de las «ventajas de la civilización» en Alemania y familiarizarse con los principales avances industriales de Europa para poder ponerlos en práctica una vez de vuelta en Mirador 23.

Otro motivo para cruzar el Atlántico fue el estallido de las revoluciones de 1848 en Europa Central. Cuando se enteró por los periódicos de los levantamientos políticos en la Confederación Germánica, el antiguo revolucionario se entusiasmó. Aunque al principio Sartorius confiaba en que sus sueños de juventud de una nación alemana libre y unida se hicieran realidad, pronto se sintió decepcionado por la reacción conservadora que percibió. Como escribió en septiembre de 1848, el partido reaccionario alemán ya se había impuesto gracias al «dinero, las armas y la astucia», mientras que las fuerzas liberales no habían conseguido movilizar a gran parte de la población y ya habían «perdido el gran efecto de su primera impresión». Sin embargo, era suficientemente optimista para predecir el triunfo de la revolución a largo plazo, ya que «el republicanismo barrerá el mundo como el aliento de la primavera», algo que describió como el «curso de la naturaleza, que puede ser ­inhibido pero no suprimido» 24. Sartorius consideraba especialmente peligrosa para la revolución alemana una posible intervención rusa, ya que podría poner en marcha el paneslavismo y desencadenar finalmente una guerra entre el pueblo alemán y el eslavo. Alemania se enfrentaría entonces a «una dura lucha que debe terminar enviando a los checos, eslovacos y eslovenos al Mar Negro y colonizando sus hogares abandonados». En cualquier caso, a diferencia de sus años de estudiante, Sartorius no pensaba desempeñar un papel activo en el levantamiento. Más bien se veía a sí mismo como un observador y, una vez que las fuerzas reaccionarias lo amenazaran, simplemente regresaría a su hacienda Mirador y «se retiraría a la sombra de [sus] plátanos» 25.

Como han demostrado varios estudiosos, los pensamientos expansionistas como los de Sartorius sobre los pueblos eslavos cuyas tierras debían ser colonizadas una vez expulsados por los alemanes formaban parte esencial del discurso revolucionario de 1848 y 1849. Ya en la época de Vormärz, los debates sobre las colonias alemanas en Europa del Este o en ultramar estaban muy extendidos entre los intelectuales. Tras marzo de 1848 y el establecimiento del Parlamento de Fráncfort, los miembros especialmente liberales incluyeron a menudo en el orden del día de la asamblea cuestiones como la creación de una flota nacional o la organización sistemática de la emigración a colonias alemanas en el extranjero. Asimismo, estos temas ocuparon un lugar destacado en los medios de comunicación 26.

Por ejemplo, en junio de 1848 Ernst Dieffenbach, médico y naturalista nacido en Giessen, publicó un artículo titulado «Emigración y colonias alemanas». El texto apareció en Der Deutsche Auswanderer­ (DA), un semanario sobre la emigración publicado por la Asociación Nacional de Darmstadt. Dieffenbach, que había participado en actividades revolucionarias en la década de 1830, fue expulsado de Hesse y se refugió en Londres. Entre 1839 y 1841, emprendió varias expediciones científicas en Nueva Zelanda por encargo de la Compañía Británica de Nueva Zelanda y publicó ampliamente sobre etnología y geografía una vez de vuelta en Inglaterra. Desde su regreso a Hesse en 1843, trabajó como periodista en varias revistas liberales. En su artículo para DA, que era la versión publicada de un memorándum que envió al Parlamento de Fráncfort, Dieffenbach expuso sus ideas sobre el futuro de la colonización alemana en el extranjero. No imaginaba estas colonias ni como asentamientos en los que los alemanes vivirían bajo el dominio de naciones extranjeras y se irían adaptando gradualmente a estilos de vida ajenos, ni como posesiones formales, tal y como las habían establecido hasta entonces otras potencias europeas en todo el mundo. Más bien, deberían caracterizarse como «hijas libres» en el extranjero que vivirían en estrecho intercambio con su madre patria y se beneficiarían de su poder, su moral y su ciencia. Esta relación entre ellos debería basarse en «un acuerdo libre y reforzado por el interés mutuo». Refiriéndose a los alemanes que —como el propio Dieffenbach— habían servido de exploradores, colonizadores o conquistadores para otras potencias europeas, criticó que hasta ahora Alemania solo había desempeñado un papel indirecto en la «gran misión» de extender la «civilización» por el mundo. El principal criterio para el establecimiento de cualquier colonia alemana de ultramar era, por tanto, su capacidad para mantener un «carácter alemán» y conservar estrechos lazos con su madre patria. Debería ser, en otras palabras, «una rama del árbol alemán, trasplantada a un suelo extranjero en el que pueda, según su propia naturaleza y disposición, prosperar, brotar y convertirse en un tronco fuerte». Como admitió Dieffenbach, debido a la expansión de otras potencias, no quedaba mucho espacio para tal empresa. Aunque la adquisición de territorios adecuados era muy difícil, no era imposible 27.

Entre las zonas que aún estaban disponibles para posibles colonias alemanas, a menudo se mencionaban países de América Latina. Especialmente tras el fracaso percibido de los proyectos de colonización en Texas, donde varios miles de germanohablantes se habían asentado en la década de 1840 con la perspectiva de crear una entidad política casi autónoma, muchos observadores se mostraron cada vez más escépticos respecto a la emigración a Norteamérica. Como había demostrado demasiado bien el ejemplo de Texas, en lugar de preservar su independencia y su carácter nacional, los alemanes serían absorbidos con demasiada rapidez por el poder en expansión y los hábitos anglosajones de Estados Unidos. Por ello, la emigración del norte a América Latina y la «idea de una frontera sin yanquis», en palabras de Mack Walker, resultaba cada vez más atractiva para los políticos e intelectuales liberales 28. Aunque también después de 1848 la mayoría de los emigrantes germanohablantes llegaron a Estados Unidos, los países latinoamericanos como Chile y Brasil ofrecían una atractiva alternativa sobre todo para los activistas interesados en mantener el «elemento alemán» en el extranjero y protegerlo contra la influencia anglosajona 29.

En ese contexto, también México parecía un destino prometedor. Impresionados por su tremenda derrota frente a Estados Unidos y su desolador estado tras las llamadas «guerras de castas», los autores retrataron a México como un país rico pero un Estado fallido que solo podría salvarse mediante la anexión completa por parte de su vecino del norte o la inmigración a gran escala desde Europa. Por ejemplo, en la versión publicada de su diario, el soldado voluntario de origen alemán Otto Zirckel describió no solo las operaciones militares en las que participó, sino también sus impresiones sobre la situación política de México después de 1848. Señalando la población multiétnica del país y el legado negativo de la dominación colonial española, para Zirckel México era un buen ejemplo de las «repúblicas mal concebidas que profanan el continente de Sudamérica». Predijo que pronto se invitaría a la inmigración y que «muchos extranjeros del viejo mundo podrán adquirir una fortuna aquí en poco tiempo, ya que todavía falta mucho en la agricultura, los oficios y las artes» 30. También Wilhelm Stricker, médico de Fráncfort, periodista y conocido de Sartorius, estaba convencido de la necesidad de la inmigración a México y del potencial que el país tenía para los colonos alemanes. Como escribió en 1850, el «orgullo de los mexicanos ha sido gravemente herido por la desafortunada guerra contra Norteamérica, y se han dado cuenta de lo necesario que se ha vuelto para ellos un aumento de la población extranjera». Si los liberales del Congreso mexicano se imponían a los conservadores y promulgaban una nueva ley de colonización, muy pronto «se abriría una maravillosa zona para la diligencia alemana y la ciencia alemana» 31.

Del mismo modo que se hablaba de México como destino potencial para colonos entre el público germanohablante, los mexicanos percibían Europa Central como una fuente de inmigrantes potenciales que buscaban abandonar el ambiente turbulento y represivo de sus patrias, especialmente tras la represión de las revoluciones en el verano de 1849. A la luz de las diversas rebeliones en todo México, descritas por algunos estudiosos como una variante rural de las revoluciones de 1848 en Europa, las elites mexicanas se preocuparon principalmente por sofocar los diversos movimientos indígenas. Y como una forma de hacerlo, políticos y diplomáticos sugirieron aprovechar la ola de inmigración procedente de Europa tras el estallido de las revoluciones 32. En general, la frecuente mención de las convulsiones políticas en Europa y su posible impacto en México subraya la dimensión global de las revoluciones de 1848 y demuestra los temores y expectativas que crearon en América Latina 33.

Como, por ejemplo, pronosticaba El Monitor Republicano en enero de 1849, Europa, conmovida por las revoluciones políticas, se enfrentaría pronto a la «emigración de muchas familias a diversos países y principalmente de las personas acomodadas e industriosas a quienes gusta una vida laboriosa y pacífica». Sin embargo, la mayoría de estos emigrantes irían a Estados Unidos, donde disfrutaban de tranquilidad, libertad religiosa y prosperidad económica. Así, escribió, «esa República es cada día más floreciente y poderosa, cuando por el contrario la nuestra se ve en un estado de languidez y decadencia bien lamentables», perdiendo cada año más población. Si México no quería perderse los flujos migratorios europeos, debía adoptar una política de inmigración liberal y conceder más derechos a los extranjeros 34. Asimismo, otro autor señalaba en El Siglo Diez y Nueve «la brillante oportunidad que nos presenta el estado político de la Europa, para trasplantar a nuestro territorio multitud de extranjeros». Por ejemplo, continuaba, una gran parte de los alemanes, «disgustada al ver que se frustran sus esperanzas de libertad», abandonaba su patria y pronto se dirigía a América. En ese caso, México se vería enfrentado a una feroz competencia, pues todas las repúblicas americanas estaban necesitadas de inmigrantes y «les abren sus puertos para que vayan a establecerse en su territorio». Por ello, era vital volverse lo más atractivo posible para estos alemanes, ya que eran útiles para enseñar a los mexicanos «su civilización, sus hábitos, y que con su ejemplo estimulen en ellos el amor al trabajo» 35. Al igual que los alemanes, los húngaros, según El Siglo Diez y Nueve un «pueblo de héroes» que había luchado por su libertad contra los «colosos unidos de Rusia y Austria», eran considerados como inmigrantes potenciales. Una vez llegados a México, «podrían realizar sus esperanzas de libertad, y amalgamándose con los mexicanos» 36. Informada a través de despachos diplomáticos desde las capitales europeas, también la Dirección estaba convencida de la ventana de oportunidad que constituían para México las revoluciones suprimidas en el Viejo Mundo. Según uno de sus informes publicado en 1850, «la ocasión actual de las conmociones de los pueblos de Europa, brinda facilidades con que después no se podría contar. La emigración es allá al presente mayor que nunca, y los emigrantes actualmente no son solo los artesanos y los jornaleros, sino también los hombres acomodados» 37.

Los proyectos de colonización de Carl Sartorius

La impresión de que entre las personas que abandonaban Europa también había «hombres acomodados» era cierta en la medida en que el aplastamiento de las revoluciones provocó la emigración de numerosos activistas políticos, a menudo abogados, médicos o científicos bien formados. En cuanto a la Confederación Germánica, varios miles de estos emigrados, entre ellos numerosos miembros del Parlamento de Fráncfort, abandonaron sus países para escapar a las detenciones o incluso a la pena de muerte. Otro aspecto de las secuelas revolucionarias fue la omnipresencia de asociaciones de emigración (Auswanderungsvereine) en diferentes estados alemanes. Fundadas a menudo como sociedades filantrópicas privadas durante la época de Vormärz, estas asociaciones pretendían dirigir los flujos de emigración de acuerdo con los programas políticos y conseguir capital de inversores para financiar empresas de colonización en ultramar. Tras la desaparición de la Asamblea Nacional como importante foro de debate sobre la emigración y la colonización en 1849, estas asociaciones sirvieron también como plataformas de la sociedad civil para debatir las ambiciones ultramarinas entre el gran público germanoparlante, un fenómeno que Matthew Fitzpatrick describió como «imperialismo desde abajo» 38. Aquellas asociaciones existían en casi todos los estados de la Confederación Alemana y se dedicaban a encontrar los destinos más aptos para emigrantes y consultarlos sobre las practicidad de sus proyectos.

Participar en este movimiento fue una de las principales actividades de Sartorius durante su estancia en Hesse. Poco antes de regresar a Europa, había sido nombrado agente consular por el Gobierno federal mexicano para promover la emigración a México en nombre de la Dirección. Al mismo tiempo, se unió a la Nationalverein de Heinrich Künzel y dio varias conferencias públicas en Fráncfort y Darmstadt, con el fin de atraer nuevos colonos para sus tierras de cultivo y promover la emigración alemana a México de forma más general. Aparte de la Nationalverein de Darmstadt, también una asociación prusiana —la Berliner Verein zur Centralisation Deutscher Auswanderung und Kolonisation/Asociación para la Centralización de la Emigración Alemana y Colonización, que igualmente contó con el asesoramiento de Sartorius— promovió la emigración a México 39.

Durante su estancia en Europa, Sartorius publicó una guía de emigración en la que informaba sobre las recientes políticas de colonización de México y elogiaba al país como destino ideal para los alemanes. No solo encontrarían suficientes tierras fértiles, sino que también serían bien recibidos por las autoridades mexicanas. Como argumentó con respecto a la situación política de México después de 1848, «el desafortunado resultado de la guerra y la indolencia de la población, especialmente de los indios, dieron lugar a la convicción de que la nación debía ser abastecida con un elemento nuevo y más fuerte a través de la inmigración». Al igual que los políticos mexicanos y sus interpretaciones de las llamadas «guerras de castas», prosiguió en términos explícitamente racializados: «La revuelta de los indios en Yucatán puso de manifiesto esta exigencia; se reconoció la necesidad de fortalecer la raza blanca para poder dominar a los morenos; y ahora se cree firmemente que la inmigración a gran escala se ha convertido en una cuestión de vida o muerte para el tambaleante Estado» 40.

Según Sartorius, por su «actitud cosmopolita» y su «espíritu humanitario», los alemanes eran especialmente idóneos para establecerse en un lugar de «peculiaridad exótica» como México. Es más, a diferencia de Norteamérica, donde el «carácter alemán» estaba dominado por los anglosajones dominantes, se impondría frente al «elemento mexicano», más débil. Por ejemplo, dada la «inteligencia superior» de los alemanes, las empresas mexicanas siempre irían a la zaga de las alemanas: «El juego y las mujeres arruinan su fortuna, mientras que el alemán se mantiene unido y aumenta sus acciones mediante la integridad y el buen gobierno de la casa» 41. Al mismo tiempo, Sartorius puso el acento en que sus compatriotas no debían dudar demasiado antes de cruzar el Atlántico. Debido a la importancia geoestratégica de México con el istmo de Tehuantepec y su conexión entre el ­Atlántico y el Pacífico, los norteamericanos pronto se expandirían más hacia el sur y no tolerarían la interferencia europea: «Ven a México como una presa fácil, por lo que tenemos que aprovechar este suelo incomparablemente bueno antes de que sea demasiado tarde» 42.

Aprovechando su red personal entre las elites mexicanas, Sartorius entró en contacto con el Gobierno de Veracruz. Según un artícu­lo de El Siglo Diez y Nueve, Sartorius se puso en contacto con el Gobierno del estado en septiembre de 1849 para iniciar negociaciones sobre la inmigración de colonos alemanes. Describiendo a estos potenciales migrantes como personas que buscaban salir de la turbulenta situación de su tierra natal, destacó en su carta que solo buscaban paz y tranquilidad y un «suelo que los adopte por hijos». Entre las regiones donde los alemanes podían comprar tierras y establecer asentamientos, Sartorius nombró Chihuahua y Veracruz. El autor del artículo, probablemente alguien que trabajaba para el Gobierno de Veracruz o al menos estaba bien informado sobre su correspondencia, elogió la iniciativa de Sartorius como particularmente valiosa, pues argumentaba que la colonización era «el único medio quizá de conservar nuestra nacionalidad».

Si bien consideraba relativamente fáciles las medidas que debía tomar el Gobierno federal —asegurar la seguridad pública y garantizar la tolerancia religiosa mediante un artículo constitucional—, el autor señalaba los enormes beneficios que los inmigrantes alemanes proporcionarían a México. Una vez establecidos, «comenzaran por poner en giro sus capitales, estableciendo mil industrias que desconocemos, y dando trabajos a los brazos que los soliciten». Otra ventaja era el hecho de que la población alemana era en general «sencilla y morigerada», se dedicaba principalmente a ocupaciones agrícolas y armonizaba con la mexicana como ninguna otra nación de Europa. Por ello, al cabo de pocos años nacionales y extranjeros «no formaran más que un solo pueblo, empeñados en su mutuo bienestar y en la prosperidad del país». Según el autor, las futuras colonias alemanas en México tenían dos funciones. Las situadas a lo largo de la frontera norte servirían de baluarte contra los «bárbaros» y el «desbordamiento» de los norteamericanos, mientras que los colonos en Veracruz «comenzarían a poblar esa rica costa, cosa que nosotros no tenemos esperanza de hacer jamás» y «harían desaparecer los terribles conatos de una guerra de castas, que desgraciadamente comienzan a dejarse percibir por este rumbo» 43.

Como señaló Juan Soto, gobernador de Veracruz, en un memorándum de 1849, la necesidad de inmigrantes era especialmente acuciante en su estado. En opinión de Soto, Veracruz no solo estaba amenazado por los levantamientos indígenas, sino que también había sufrido gravemente las consecuencias de la guerra con Estados Unidos. A pesar del desorden y la miseria pública causados por la guerra, el gobernador era optimista en cuanto a que su estado podría prosperar de nuevo, siempre y cuando volviera la moralidad, un «poder invisible pero bastante vigoroso». Esta moralidad, sin embargo, tendría que ser importada a través del «aumento de brazos laboriosos». En opinión de Soto, había que aprovechar, por tanto, el «estado de agitación en que hoy se encuentra la Europa» y atraer a Veracruz al mayor número posible de eu­ropeos, para convertir esta región en el estado más próspero y poderoso de México 44. Para concienciar sobre la importancia de la inmigración y ejercer presión política, tanto el gobernador como el Ayuntamiento de Xalapa enviaron peticiones al Congreso mexicano. Además, Soto compartió su correspondencia privada con Sartorius con los principales periódicos nacionales, donde se publicaron varias cartas 45.

Por ejemplo, en una de sus cartas publicada en noviembre de 1849, Sartorius describía su patria como un lugar donde «millones» de personas, comprometidas con el movimiento republicano y temiendo la venganza de la reacción, buscaban ir a un nuevo «país de libertad». Motivado por el deseo de servir a su «patria adoptiva», Sartorius instó a los mexicanos a aprovechar este «momento sumamente favorable». Una vez llegados a México, estos alemanes crearían asentamientos en diferentes partes del país y aumentarían considerablemente «el censo de la raza blanca». Probablemente refiriéndose a su propio proyecto de colonización en Mirador, predijo que las nuevas granjas de colonos al este del Pico de Orizaba podrían reforzar la producción agrícola y estimular el comercio de exportación de México, imitando así las circunstancias que influyeron en el auge de Estados Unidos. En cuanto a los estados fronterizos del norte de México, Sartorius argumentó que los asentamientos alemanes formarían un «dique fuerte» contra el «torrente fuerte» de «barbaros». Asimismo, pronto recibirían a numerosos alemanes que habían emigrado recientemente a Texas, donde estaban descontentos y no simpatizaban con los anglosajones. Como explicó además Sartorius, la Nationalverein de Darmstadt para la que trabajaba no era más que una sociedad filantrópica sin ningún interés comercial. Motivada por el «celo de humanidad», pretendía comprar territorios a los terratenientes mexicanos y prepararlos para los más de treinta mil emigrantes que ya se habían puesto en contacto con la Nationalverein. Ahora solo dependía de los Gobiernos de México y Veracruz y de los derechos que estuvieran dispuestos a garantizar 46. A qué se refería con estas garantías, explicó Sartorius en otra carta publicada: a la tolerancia religiosa, que incluso era exigida por los católicos que consideraban a México para emigrar, pues «no sería posible vivir en un país que careciera de este requisito de nuestro siglo» 47.

Gracias a sus esfuerzos, Sartorius pronto se ganó una reputación a ambos lados del Atlántico. Según un artículo de El Siglo Diez y Nueve, uno de los periódicos más influyentes del país, era algo así como el inmigrante perfecto para México. En los más de veinte años que llevaba en el país, había demostrado ser un «un hombre laborioso, honrado, amigo de la ilustración y de la libertad, buen padre de familia, un ciudadano útil en la extensión toda de la palabra». Teniendo en cuenta sus simpatías por su país de adopción y el «grande servicio que actualmente está prestando a México», Sartorius fue descrito como un inmigrante modelo. México no tendría nada que temer, ni siquiera nuevas invasiones de Norteamérica, proseguía el autor, si existieran más personas como Sartorius. En su lugar, el país podría conseguir pronto el «refuerzo de población moralizada, amiga del trabajo, de la libertad y de su inseparable compañera la paz» 48.

Los principales medios de comunicación de habla alemana lo retrataron de forma similar. Según un artículo publicado en el ­Allgemeine Zeitung, había que agradecer a Sartorius sus intentos de publicitar México como un lugar donde los alemanes podían convertirse en ciudadanos «de una colonia que también es capaz de aportar honor y ventajas a la madre patria» 49. Para Ernst ­Dieffenbach, los planes de asentamiento de Sartorius tenían el potencial de hacer viables sus ideas de una colonia alemana, que había presentado al Parlamento de Fráncfort en 1848. En México, escribió en el Allgemeine Zeitung, «podríamos plantar una rama de la vida germánica que preservaría su independencia y sería de gran beneficio para la madre patria». En lugar de construir monumentos de piedra en las plazas de mercado o en las montañas de la patria, en México se podría erigir un «monumento vivo» mediante la compra de terrenos hacia los que dirigir la corriente de emigración para que floreciera allí como «símbolo de la nacionalidad alemana en una comunidad alemana». Las condiciones para ese tipo de expansión informal serían mucho mejores que en Texas, donde los asentamientos alemanes solo habían producido resultados decepcionantes, ya que «México no tiene esclavos ni yanquis que se lleven la grasa de todos los negocios y dejen a los buenos alemanes con el resto» 50.

Aprovechando este prestigio, Sartorius también despertó el interés de las elites mexicanas con sus planes de colonización. Por ejemplo, en una edición de DA, un terrateniente mexicano llamado Luis Ruiz ofreció tierras privadas para colonos alemanes. Según afirmaba en un artículo publicado en alemán en febrero de 1850, ofrecía tierras de labranza en el sur de Veracruz donde los alemanes podrían trabajar con él y cultivar cosechas como azúcar, café o tabaco. Ruiz dejó claro que podía proporcionar a los inmigrantes animales de carga y arados, pero no pagar su travesía 51.

Además, el folleto de Sartorius fue pronto traducido al español por un miembro de la Dirección. Según Agustín de Tagle, el traductor, era la primera vez que un libro alemán se traducía al español en México. Al parecer, Tagle puso especial énfasis en el capítulo sobre la estructura étnica del país, en el que Sartorius había delineado los beneficios de la inmigración blanca a México. Como escribió en mayúsculas, en caso de nuevas rebeliones indígenas contra los criollos y una afluencia constante de inmigrantes blancos, la raza «abronzada» «será borrada de la lista de las naciones», ya que no podría «resistir al torrente de la raza caucásica» 52. El proyecto de Sartorius también fue discutido en un informe para la Dirección de enero de 1852. El autor del informe elogiaba el folleto como una obra escrita «sin prevenciones contra México, con buenos datos y conocimientos» que «es un verdadero manifiesto que atraerá la emigración a nuestro suelo». Destacaba además la voluntad de Sartorius de contribuir al «bien verdadero» de México con su plan de traer colonos alemanes a los estados fronterizos del norte, para protegerlos de las incursiones de las tribus apaches y comanches 53.

A pesar de estos esfuerzos, la ley de colonización liberal no se materializó por varias razones. A principios de la década de 1850, la Dirección había perdido gran parte de su influencia inicial. Debido al ajustado presupuesto de México tras la guerra contra Estados Unidos, el Gobierno no pudo proporcionarle los fondos necesarios para cumplir una de sus principales tareas: la medición de la enorme cantidad de tierras sin título que había en México (terrenos baldíos). Es más, tras el retorno de México a una Constitución federalista en 1846, la autoridad para determinar la propiedad de estas tierras fue una manzana de discordia permanente entre el Gobierno nacional y las administraciones estatales. Otro factor paralizante fue el conflicto permanente entre liberales y conservadores sobre la tolerancia religiosa. Tras la sugerencia de la Dirección de incluir la libertad de culto en una nueva ley de colonización, los políticos y periodistas conservadores se levantaron en armas contra ella. En varios artículos polémicos, los autores conservadores argumentaron que renunciar al catolicismo como religión del Estado significaría poner en peligro uno de los últimos elementos de la unidad nacional de México 54.

El golpe definitivo a los esfuerzos liberales de inmigración llegó en 1853, cuando Antonio López de Santa Anna, posiblemente el estadista más polémico de México a mediados del siglo xix, regresó del exilio y se hizo con el poder por última vez en su carrera. Con su política estrictamente católica y autoritaria —por ejemplo, permitió que los jesuitas regresaran a México después de casi ochenta años y se autoproclamó dictador con el título de «Alteza Serenísima»—, quedaban pocas esperanzas de una ley de inmigración tolerante entre los liberales mexicanos, así como entre los empresarios de la inmigración de habla alemana.

Para Sartorius, que había sido nombrado agente colonizador por los presidentes liberales Herrera y Arista, el cambio de Gobierno supuso la pérdida del apoyo oficial a su misión. Como el nuevo titular no reconoció los nombramientos de sus predecesores, el cargo de Sartorius quedó obsoleto. Aunque Santa Anna no renunció por completo a la inmigración, sus intentos de atraer colonos católicos de Europa siguieron sin tener éxito. Así, a pesar de la desesperada necesidad de inmigración que los políticos mexicanos de distintos bandos percibieron después de 1848, la corriente de emigrantes europeos volvió a eludir su país. Como concluyó acertadamente David Burden, entre 1846 y 1855 «ni los liberales ni los conservadores fueron capaces de asegurar una base política suficiente, ni el consenso social necesario para promulgar los cambios básicos y radicales que habrían sido necesarios no solo para efectuar la colonización, sino para crear un Gobierno viable» 55.

Independientemente de las circunstancias políticas de México, los ambiciosos objetivos de las asociaciones de emigración en Alemania también resultaron ser quimeras. Especialmente el anuncio original de la Nationalverein de traer treinta mil colonos a México fue totalmente utópico. El plan de crear una sociedad anónima que financiara proyectos de asentamiento en ultramar fracasó por falta de inversores. Los ingresos de la Nationalverein ni siquiera eran suficientes para editar el periódico de la asociación (DA) sin déficit. Decepcionado por estos acontecimientos, Sartorius escribió a Juan Soto ya en mayo de 1850 que sus «esfuerzos no han producido el efecto esperado, debido a circunstancias que no pueden superarse» 56.

Conclusión

Como he intentado demostrar en este trabajo, los políticos mexicanos y los observadores y empresarios de la inmigración de habla alemana coincidían en gran medida en la necesidad que tenía México de atraer colonos extranjeros tras el traumático desenlace de la guerra México-Estados Unidos. Sin embargo, existían importantes diferencias en su interpretación de cómo debía producirse esta inmigración y en qué circunstancias. La mayoría de los políticos mexicanos veían a los inmigrantes europeos como un medio para proteger al país de las incursiones indígenas y de nuevas agresiones procedentes de Norteamérica. Además de esta interpretación defensiva, también pretendían cruzar mexicanos con eu­ropeos, huidos después de las revoluciones de 1848, lo que daría lugar a una población «más fuerte». De ninguna manera deseaban los mexicanos crear asentamientos europeos independientes donde los extranjeros vivieran aislados y no de acuerdo con las leyes mexicanas. Debido a su supuesta actividad agrícola y educación científica, los alemanes eran sin duda el grupo preferido de colonos potenciales que los mexicanos trataban de atraer. Por otro lado, empresarios de la inmigración germanófona como Sartorius proponían a los alemanes como los inmigrantes ideales, pero por razones muy distintas. Los mexicanos, argumentaban, se beneficiarían de las habilidades técnicas de los alemanes, de su mentalidad pacífica y de su «espíritu de humanidad». Creían que estos alemanes podrían fundar asentamientos en México donde preservar su propia «nacionalidad», imponerse a la sociedad mayoritaria con más facilidad que en Estados Unidos y subyugar a un país presumiblemente débil. A pesar de estas diferentes interpretaciones, tanto las elites mexicanas como muchos germanohablantes compartían una visión de la «inmigración» o «colonización» en México como parte de una misión civilizadora blanca en la que la población mayoritariamente indígena de México debería ser «desarrollada», «mejorada» o incluso sustituida a largo plazo. Más allá, el diálogo entre empresarios como Sartorius y las elites mexicanas manifiesta como las ideas de la construcción de un Estado-nación tanto en México como en Europa Central estaban entrelazadas a través del tema de migración entre 1848 y 1850, un periodo de crisis política, transformación social y dinámica revolucionaria en ambos lados del Atlántico. Mientras en México la inmigración europea era vista como la única manera de preservar la cohesión social y fortalecer las calidades morales y raciales de una población multiétnica, en el debate alemán posrevolucionario la emigración era presentada como un mal necesario. No obstante, entre 1848 y 1850, es decir, un momento tanto nacionalista como imperialista en los estados alemanes, también se veía la emigración como una oportunidad de «expansión pacífica» en la que alemanes podrían establecer asentamientos informales en ultramar, como por ejemplo en un país poscolonial de América Latina que, según muchos observadores contemporáneos, necesitaba una «segunda colonización».


  1. * He adaptado las citas originales a los usos ortográficos actuales para favorecer la fluidez de la lectura. Asimismo, quiero expresar mi agradecimiento a Andrés Vicent, Erika Pani y a los dos revisores anónimos por sus sugerencias y correcciones lingüísticas.

  2. 1 «Correo de Veracruz», El Siglo Diez y Nueve, 9 de julio de 1852.

  3. 2 Cfr. Brian R. Hamnett: A Concise History of Mexico, 3.ª ed., Cambridge, Cambridge University Press, 2019, pp. 201-205.

  4. 3 Wolfgang Gabbert: Violence and the Caste War of Yucatán, Cambridge, Cambridge University Press, 2019, p. 2; Leticia Reina: «The Sierra Gorda Peasant Rebellion, 1847-1850», en Friedrich Katz (ed.): Riot, Rebellion, and Revolution. Rural Social Conflict in Mexico, Princeton, Princeton University Press, 1988, pp. 269-294, y Michael Thomas Ducey: A Nation of Villages. Riot and Rebellion in the Mexican Huasteca, 1750-1850, Tucson, University of Arizona Press, 2004, pp. 142-170.

  5. 4 Moisés González Navarro: Anatomía del poder en México. 1848-1853, México, El Colegio de México, 1977, p. 7.

  6. 5 Will Fowler: Mexico in the Age of Proposals, 1821-1853, Westport, Greenwood Press, 1998, p. 5; Charles A. Hale: «The War with the United States and the Crisis in Mexican Thought», The Americas, 14(2) (1957), pp. 153-173, esp. pp. 154-155, y Ana Sabau: Riot and Rebellion in Mexico. The Making of a Race War Paradigm, Austin, University of Texas Press, 2022, pp. 3-4.

  7. 6 Cfr. Michael Goebel: «Settler Colonialism in Postcolonial Latin America», en Edward Cavanagh y Lorenzo Veracini (eds.): The Routledge Handbook of the History of Settler Colonialism, Abingdon, Routledge, 2017, pp. 139-152, esp. pp. 139-142; Richard Gott: «Latin America as a White Settler Society», Bulletin of Latin American Research, 26(2) (2007), pp. 269-289; Frederik Schulze: Auswanderung als nationalistisches Projekt. «Deutschtum» und Kolonialdiskurse im südlichen Brasilien (1824-1941), Colonia, Böhlau, 2016, pp. 186-190; Marcela Martínez Rodríguez: «De progreso y población. Breve análisis comparativo sobre la colonización en México y Chile en el siglo xix», Estudios Avanzados, 23 (2015), pp. 64-79, y Alessandro Bonvini y Stephen Jacobson: «Democratic Imperialism and Risorgimento Colonialism. European Legionnaires on the Argentine Pampa in the 1850s», Journal of Global History, 2021, pp. 1-20.

  8. 7 Para la historia de la hacienda Mirador, véase Beatriz Tamm: La hacienda «El Mirador», la historia de un emigrante alemán en el siglo xix, tesis de licenciatura, Universidad Autónoma Metropolitana, 1980; y para la ideología expansionista de los colonos germanohablantes, Guillermo Turner: «Ideología de la clase dominante mexicana y del grupo alemán sobre la inmigración y colonización europea de México en el siglo xix (1823-1874)», en Brigida von Mentz et al. (coords.): Los pioneros del imperialismo alemán en México, México, Casa Chata, 1982, pp. 365-409, y Brigida von Mentz de Boege: Das Mexicobild der Deutschen im 19. Jahrhundert (1821-1861) im Spiegel der ersten populären Zeitschriften, tesis doctoral, Ludwig-Maximilians-Universität München, 1975.

  9. 8 Cfr. Delia González de Reufels: Siedler und Filibuster in Sonora. Eine mexikanische Region im Interesse ausländischer Abenteurer und Mächte (1821-1860), Colonia, Böhlau, 2003, pp. 85-115, y Michel Gobat: Empire by Invitation. William Walker and Manifest Destiny in Central America, Cambridge, Harvard University Press, 2018.

  10. 9 H. Glenn Penny: German History Unbound. From 1750 to the Present, Cambridge, Cambridge University Press, 2022, p. 57, y Lucy Riall: «Hidden Spaces of Empire: Italian Colonists in Nineteenth-Century Peru», Past & Present, 254(1) (2022), pp. 193-233.

  11. 10 Véase José María Lafragua: Reglamento de la Dirección de Colonización, México, Águila, 1846.

  12. 11 Cfr. David K. Burden: «Reform before La Reforma. Liberals, Conservatives and the Debate over Immigration, 1846-1855», Mexican Studies/Estudios Mexicanos, 23(2) (2007), pp. 283-316, esp. pp. 284-287, y Dieter Berninger: La inmigración en México (1821-1857), México, SEP-Setentas, 1974, p. 141.

  13. 12 Francisco de la Maza (ed.): Código de colonización y terrenos baldíos de la República Mexicana, México, Secretaría de Fomento, 1893, pp. 360-362.

  14. 13 Ibid.

  15. 14 Cfr. José María Lafragua: Memoria de la primera secretaria de estado y del despacho de relaciones interiores y esteriores de los Estados-Unidos Mexicanos, México, Torres, 1847, p. 80. En su mención de familias expulsadas, Lafragua se refiere a la expulsión de españoles de México alrededor de 1830.

  16. 15 Ibid., p. 79.

  17. 16 Antonio Garay y Antonio Gálvez: Proyectos de Colonización, presentados por la Junta Directiva de Colonización, México, Torres, 1848, p. 10.

  18. 17 Cfr. Dieter Berninger: «Immigration and Religious Toleration. A Mexican Dilemma 1821-1860», The Americas, 32 (1976), p. 556.

  19. 18 Memoria de la Dirección de Colonización e Industria. Año de 1849, México, Torres, 1850, pp. 4-5.

  20. 19 Ibid., p. 22.

  21. 20 Ibid.

  22. 21 Cfr. Enrique Silbermann (ed.): Memoiren des Karl Christian Sartorius, Norderstedt, Books on Demand, 2023, pp. 365 y 375, y Walther L. Bernecker (ed.): Konsularische und diplomatische Depeschen preußischer Vertreter in Mexiko (19. Jahrhundert). Eine Quellenedition, t. 2, Fráncfort del Meno, Vervuert, 2016, pp. 1725-1726.

  23. 22 Enrique Silbermann (ed.), Memoiren..., p. 370.

  24. 23 Ibid., p. 379.

  25. 24 Ibid., pp. 368-369.

  26. 25 Ibid., p. 371.

  27. 26 Cfr. Hans Fenske: «Ungeduldige Zuschauer. Die Deutschen und die europäische Expansion 1815-1880», en Wolfgang Reinhard (ed.): Imperialistische Kontinuität und nationale Ungeduld im 19. Jahrhundert, Fráncfort del Meno, Fischer, 1991, pp. 87-123; Frank Lorenz Müller: «Imperialist Ambitions in Vormärz and Revolutionary Germany. The Agitation for German Settlement Colonies Overseas, 1840-1849», German History, 17(3) (1999), pp. 346-68, y Matthew P. Fitzpatrick: Liberal Imperialism in Germany. Expansionism and Nationalism, 1848-1884, Nueva York, Berghahn, 2008, pp. 29-37.

  28. 27 Ernst Dieffenbach: «Deutsche Auswanderung und Colonien», Der Deutsche Auswanderer. Centralblatt der deutschen Auswanderung und Kolonisirung, 3 de junio de 1848, pp. 354-356.

  29. 28 Mack Walker: Germany and the Emigration, 1816-1885, Cambridge, Harvard University Press, 1964, p. 120; véase también Stefan von Senger und Etterlin: Neu-Deutschland in Nordamerika. Massenauswanderung, nationale Gruppenansiedlungen und liberale Kolonialbewegung, 1815-1860, Baden-Baden, Nomos, 1991, pp. 318-322.

  30. 29 Dos ejemplos clásicos son Hermann Blumenau: Südbrasilien in seinen Beziehungen zu deutscher Auswanderung und Kolonisation. Abgerissene Nachrichten, Bemerkungen und Winke, besonders für Auswanderer, Rudolstadt, Froebel, 1850, y Alexander Simon: Auswanderung und deutsch-nationale Kolonisation von Süd-Amerika mit besonderer Berücksichtigung des Freistaates Chile, Bayreuth, Buchner, 1850.

  31. 30 Otto Zirckel: Tagebuch geschrieben während der nordamerikanisch-mexikanischen Campagne in den Jahren 1847 und 1848 auf beiden Operationslinien, Halle, Schmidt, 1849, pp. 135 y 144.

  32. 31 Wilhelm Stricker: Die Deutschen in Spanien und Portugal und den spanischen und portugiesischen Ländern von America, Leipzig, Mayer, 1850, p. 223.

  33. 32 Clara E. Lida: «The Democratic and Social Republic of 1848 and its Repercussions in the Hispanic World», en Guy P. C. Thomson (coord.): The European Revolutions of 1848 and the Americas, Londres, Institut of Latin American Studies, 2002, pp. 65-71; Will Fowler y Pedro Santoni: «Setting the Scene. The History and Historiography of Post-War Mexico, 1848-1853», en Will Fowler y Pedro Santoni (coords.): Mexico, 1848-1853. Los Años Olvidados, Nueva York, Routledge, 2017, pp. 1-33, esp. pp. 18-20, y Ana Sabau: Riot and Rebellion in Mexico..., p. 22.

  34. 33 Cfr. Christopher Clark: Revolutionary Spring. Europe Aflame and the Fight for a New World, 1848-1849, Nueva York, Crown, 2023, pp. 705-709, y Jorge Myers: «Una revolución en las ideas. Les repercussions intellectuelles de 1848 en Amerique latine», en Quentin Deluermoz et al. (coords.): Les mondes de 1848. Au-delà du printemps des peuples, Ceyzérieu, Champ Vallon, 2023, pp. 116-133.

  35. 34 «Extranjeros», El Monitor Republicano, 29 de enero de 1849.

  36. 35 «Inmigración», El Siglo Diez y Nueve, 19 de noviembre de 1849.

  37. 36 «Estado de Veracruz», El Siglo Diez y Nueve, 14 de diciembre de 1849.

  38. 37 Memoria de la Dirección de Colonización..., p. 10.

  39. 38 Matthew P. Fitzpatrick: Liberal Imperialism..., p. 43; véanse también Agnes Bretting y Hartmut Bickelmann: Auswanderungsagenturen und Auswanderungsvereine im 19. und 20. Jahrhundert, Stuttgart, Franz Steiner, 1991, pp. 91-93, y David Blackbourn: Germany in the World. A Global History, 1500-2000, Nueva York, Liveright, 2023, pp. 237-238.

  40. 39 Véanse Boguslaus von Boguslawski: Ueber deutsche Colonisation in Mexico, Berlín, Gustav Hempel, 1851, y G von S.: Mexico in Bezug auf deutsche Colonisation. Vortrag in der öffentlichen Sitzung des Central-Vereins für die Deutsche Auswanderungs- und Colonisations-Angelegenheit am 8. Januar 1852, Berlín, ­Selbstverlag, 1852.

  41. 40 Karl C. Sartorius: Mexico als Ziel für deutsche Auswanderung, Darmstadt, Reinhold von Auw, 1850, p. 56.

  42. 41 Ibid., p. 55.

  43. 42 Ibid., p. 67.

  44. 43 «Estado de Veracruz», El Siglo Diez y Nueve, 8 de octubre de 1849.

  45. 44 Carmen Blázquez Domínguez (ed.): Gobierno del estado de Veracruz. Informes de sus gobernadores 1826-1986, Xalapa, Gobierno del Estado de Veracruz, 1986, pp. 531-539.

  46. 45 Cfr. «Colonización», El Siglo Diez y Nueve, 7 de noviembre de 1849.

  47. 46 «Estado de Veracruz», El Siglo Diez y Nueve, 8 de noviembre de 1849.

  48. 47 «Crónica de los Estados», El Monitor Republicano, 9 de abril de 1850.

  49. 48 «Estado de Veracruz», El Siglo Diez y Nueve, 11 de abril de 1850.

  50. 49 «Mexiko als Ziel für deutsche Auswanderung», Allgemeine Zeitung, 2 de marzo de 1850.

  51. 50 «Ueber Auswanderung nach Mexico», Allgemeine Zeitung, 3 de julio de 1850.

  52. 51 «Mexicanische Anerbieten für deutsche Auswanderer», Der Deutsche Auswanderer, 9 de febrero de 1850, pp. 93-95.

  53. 52 Karl C. Sartorius: Importancia de México para la emigración alemana. Traducida del alemán por Augustin S. de Tagle, México, Torres, 1852, p. 49. La primera cita en mayúsculas en el original.

  54. 53 Memoria que la Dirección de Colonización e Industria presentó al Ministerio de Relaciones en 17 de enero de 1852 sobre el estado de estos ramos, México, Tipografía de Vicente G. Torres, 1852, pp. 12-14.

  55. 54 Cfr. Dieter Berninger: La inmigración en México..., p. 164; íd.: «Immigration and Religious Toleration...», pp. 556-559, y David K. Burden: «Reform before La Reforma...», pp. 292-306.

  56. 55 David K. Burden: «Reform before La Reforma...», pp. 315-316. Véase también Enrique Silbermann (ed.): Memoiren..., p. 247.

  57. 56 «Colonización», El Monitor Republicano, 5 de septiembre de 1850. Para el declive de la Nationalverein, véase Agnes Bretting y Hartmut Bickelmann: Auswanderungsagenturen und Auswanderungsvereine..., pp. 121-123.