Ayer 113/2019 (1): 161-187
Sección: Estudios
Marcial Pons Ediciones de Historia
Asociación de Historia Contemporánea
Madrid, 2019
ISSN: 1134-2277
DOI: 10.55509/ayer/113-2019-07
© Mathias Órdenes Delgado
Recibido: 19-12-2015 | Aceptado: 15-02-2017
Editado bajo licencia CC Attribution-NoDerivatives 4.0 License

Sujetos sin voz: historia social del campesinado no indígena (rotos) en La Araucanía posbélica (1883-1941) *

Mathias Órdenes Delgado

Vicerrectoría de Investigación y Posgrado,
Universidad Católica de Temuco
mathias.ordenes@gmail.com

Resumen: La población campesina pobre que llegó a La Araucanía posbélica se encontró en medio de una «línea de fuego» abierta por tensiones coloniales. Bajo el desamparo y la represión estatal, debió sufrir condiciones que la presionaron a vivir en pleitos y dificultades, ya sea internamente, con mapuches o colonos, o debió emigrar en busca de mejores horizontes. Estas dificultades constituyeron obstáculos difíciles de superar, que le impidieron construir cohesión y organización sociopolítica. Sin embargo, el trabajador campesino fue un agente clave en el empuje productivo y crecimiento de la infraestructura rural-urbana que caracterizó a La Araucanía en esos años.

Palabras clave: campesinos pobres, Araucanía, subalternidad, organización sociopolítica, tensiones coloniales.

Abstract: The poor peasant population who arrived to postwar Araucanía was in the middle of a «line of fire» that had been opened by colonial tensions. Under distress and state repression, these peasants suffered conditions in which they were pressured to live among internal legal disputes and difficulties with Mapuche peoples or with other settlers. In the alternative, they could emigrate in search of better horizons. These problems constituted difficult obstacles that prevented them from building cohesion or forming socio-political organizations. All the same, the farm worker was a key agent in the increasing production and stimulating growth of a rural-urban infrastructure that characterized the Araucanía people in these years.

Keywords: poor peasants, Araucanía, subaltern, sociopolitical organization, colonial tensions.

Presentación

El presente trabajo trata sobre la historia social de la población campesina no mapuche que llegó a La Araucanía una vez concluida la Guerra de Ocupación del Territorio Mapuche por parte del Estado chileno; la mal llamada «Pacificación de La Araucanía». En estas líneas entendemos por campesinos no mapuches al conjunto de labradores minifundistas o sin tierra, peones e inquilinos. Aquella población en condición de marginalidad rural que no incluye a los indígenas campesinos, conformada por mestizos chileno-campesinos, también denominados de forma popular con el apelativo genérico de «rotos» (este último concepto se extiende en general también a sujetos populares del mundo urbano, puesto que en este contexto las fronteras entre el mundo rural y el urbano fueron difusas incluso hasta fines del siglo xx).

En general, se ha sostenido que los rotos, desde su constitución en la conquista, vivieron procesos de exclusión social y subalternidad, pues enfrentaron grandes dificultades para encontrar arraigo tanto en espacios urbanos como rurales, alcanzar estabilidad económico-familiar y ser escuchados por las autoridades, además de sufrir episodios periódicos de violencia de Estado cuando, según el discurso de las elites, estalló la ira del «roto alzado»1. Respecto a lo último, son conocidas las matanzas del periodo que nos interesa: Huelga General (1891), Huelga de la Compañía de Vapores de Valparaíso (1903), Huelga de la Carne en Santiago (1905), Escuela Santa María de Iquique (1907), Sede de la Federación Obrera de Magallanes (1920), oficinas salitreras de San Gregorio (1921) y La Coruña (1925) y Ranquil (1934) en el Alto Biobío.

Es sabido que los rotos llegan a La Araucanía (que fue conocida como La Frontera) en distintas oleadas, a partir de la época colonial, buscando medios de subsistencia o como fugitivos. Después, en la independencia, huyendo del enrolamiento forzado. Luego, en un proceso denominado «migración espontánea», escapando de la derrota regionalista tras la Guerra a Muerte, ocupando tierras indígenas y trabajando en los fundos que se instalan en Arauco y Angol. Después, con la Guerra de Ocupación, comienza un nuevo flujo, más numeroso que los anteriores. Esta vez los rotos colaboraron con el ejército, trabajaron en la extensión del ferrocarril y en diversas faenas en las colonias, como la fundación de pueblos. También ocuparon tierras fiscales2 asentándose como colonos ilegales3. Su última llegada fue al iniciar el siglo xx, con la extensión del ramal ferroviario, la crisis del salitre y la Gran Depresión, tanto gracias a políticas de empleabilidad como buscando medios de subsistencia de manera independiente4.

Por otro lado, es útil considerar que aquello que la historiografía tradicional denominó como «Pacificación de La Araucanía» (1862-1883) fue en realidad una guerra de ocupación territorial que permitió al Estado rematar y vender las tierras al sur del río Biobío a colonos extranjeros y nacionales. Estas tierras comprendían una porción del territorio ancestralmente ocupado por mapuches muchos años antes de la conquista española. También es significativo que sobre las mismas existían acuerdos jurídico-fronterizos, denominados parlamentos, instituidos entre la Corona española y el pueblo mapuche y, posteriormente, entre este último y el propio Estado chileno, cuya importancia fue el reconocimiento del derecho de ocupación territorial indígena. Con ello, los mapuches fueron obligados a vivir en reducciones comunitarias designadas mediante Títulos de Merced, lo que transformó de manera significativa su cultura y atentó contra su subsistencia.

A partir de entonces se comenzó a constituir el latifundio en la región, ya que los remates permitieron a algunos comprar grandes extensiones de tierra, mientras otros lo lograron gracias a medios fraudulentos, como las concesiones, a lo que se sumó que, a lo largo del siglo xx, las comunidades mapuches se vieron envueltas en disputas por la defensa de las tierras designadas en los Títulos de Merced, las cuales comenzaron a ser ocupadas mediante medios ilícitos por terratenientes inescrupulosos apoyados, muchas veces, por los jueces de indios, quienes no actuaban de buena fe5.

El periodo que nos interesa parte al concluir la Guerra de Ocupación (1883) y termina en las políticas estatales de los años treinta, que reprimieron y desintegraron la organización sociopolítica campesina, afectando seriamente a campesinos pobres de la región. Dichas políticas se enmarcaron no solo en una reacción de regímenes autoritarios contra la movilización social que estalló a causa de la crisis económica, como ocurrió en los gobiernos de Carlos Ibáñez del Campo (1927-1931) y Arturo Alessandri (1932-1936), sino que, además, muy pronto formaron parte del andamiaje considerado necesario para la instalación del Estado industrializador en el gobierno del Frente Popular (1936-1941)6.

Nuestro objetivo es analizar la historia social del flujo de campe­sinos pobres no mapuches a La Araucanía una vez terminada la guerra, poniendo atención en las tensiones por la ocupación de la tierra y las carencias económicas surgidas a raíz de la búsqueda de arraigo de estos sujetos, ya sean las tensiones entre ellos, con el Estado, los mapuches, los terratenientes y los colonos nacionales y extranjeros que se instalan en el territorio. Sostenemos como hipótesis que los rotos que emigraron a la región, buscando nuevas oportunidades que les permitieran terminar con su condición de marginalidad histórica, reclamaron lo que consideraron como un derecho al asentamiento y a la tierra, por lo que explotaron tierras fiscales y practicaron diversas actividades para ganarse la vida, tanto en campos como en ciudades. Esto contribuyó a que operaran como una fuerza laboral campesina y agente proletarizado clave en la explotación de los recursos de la región y en el desarrollo de la infraestructura pública-privada y rural-urbana que caracterizó a la región en las primeras décadas del siglo xx, ya que los colonos y los terratenientes no representaban una fuerza de trabajo suficiente siquiera para la explotación de sus propias tierras, mientras que los mapuches se encontraban en una etapa de transición, pasando de una economía preferentemente comercial a una de semisubsistencia, donde debían adquirir formas de trabajo y explotación agrícola modernas que los convirtieran en campesinos indígenas, a la vez que enfrentaban los impactos colaterales de la guerra, como la ­desarticulación, la reconfiguración organizacional y la defensa de las tierras reduccionales7. La gran expansión económica que presentó la región en el periodo debió gran parte de ese empuje a la población campesina no mapuche.

Sin embargo, dicho elemento social se encontró a su llegada en medio de lo que denominamos metafóricamente como una «línea de fuego», la cual sería abierta por las tensiones entre colonos, terratenientes, mapuches y el Estado, que no siempre veló por aplicar justicia en La Araucanía. Este último, además, al implementar el modelo industrializador en los años treinta, levantó políticas que reprimieron la sindicalización campesina, por lo que el campesino fue desplazado, discriminado y explotado, sufriendo así un nuevo proceso de marginación que cruzaría el resto del siglo xx hasta que se profundiza la reforma agraria (1967-1973). El acaparamiento de tierra en el campo y en los centros urbanos por parte de grandes oportunistas y agentes que operaron al margen de la legalidad y la falta de políticas estatales para la entrega de tierras a los desposeídos desplazaron a campesinos pobres hacia tierras fiscales de menor calidad y difícil acceso, entrando en pugnas con colonos, terratenientes y mapuches, o bien se vieron obligados a instalarse en la periferia de centros urbanos en condiciones de inseguridad y de difícil convivencia.

A su vez, la relación con el mapuche no fue nada fácil y pronto se constituyó un escenario muy complejo, traumático y lleno de tensiones debido a la distancia cultural, los pleitos por la tierra y la desconfianza del mapuche hacia el extraño, que fue percibido como un usurpador (wingka)8. Sin embargo, los «allegados» trabajaron en las comunidades como labradores y comerciantes y, en más de una ocasión, se unieron con lazos matrimoniales formando parentescos con mapuches.

En definitiva, estas hipótesis nos permiten sostener que ya a comienzos del siglo xx, bajo el desamparo e incluso represión estatal, el roto debió sufrir condiciones que lo presionaron a batirse con mucho esfuerzo o emigrar de nuevo en busca de mejores horizontes. Tales dificultades, que no siempre se lograron superar, constituyeron obstáculos que impedirían al campesinado no mapuche construir cohesión sociopolítica en La Araucanía.

Sujetos sin voz: subalternos no mapuches en La Araucanía

Desde hace un tiempo se viene insistiendo que la historiografía y las ciencias sociales tienen una deuda importante con los sujetos que se ubican en los márgenes del poder, aquellos minorizados, estigmatizados, excluidos o con dificultades para proyectar sus propios saberes y culturas locales en un mundo globalizado y heterogeneizante9. A pesar de los avances de las últimas décadas, aún existen ciertos vacíos y deudas con los sujetos «sin voz», nos referimos a lo concerniente a la historia regional en Chile, aún con brillantes pero escasas excepciones.

El debate adquiere importancia al reflexionar que la «omisión» y sesgos respecto del subalterno constituye una praxis, o sea, una forma de saber y hacer y, como toda praxis, entra en disputa por el control de espacios culturales de producción y reproducción de conocimiento con otras formas de saber y hacer10. Como sostiene Bourdieu, «lo no analizado de todo análisis docto (tanto subjetivista como objetivista) es la relación subjetiva del científico con el mundo social y la relación (social) que supone esa relación subjetiva»11.

A estas alturas, considerando la gran cantidad de reflexiones publicadas sobre estos temas, constituye una quimera sostener que el conocimiento no se inscribe dentro de subjetividades y posiciones de los propios investigadores y esto incluye, obviamente y con mayor razón, a quienes militan reivindicando a los propios sectores ­subalternos. Como se ha sugerido en los últimos tiempos, frente a las «concepciones y modos dominantes de hacer ciencia social, existen interesantes impugnaciones que han enfatizado en el carácter situado del conocimiento, como las desarrolladas desde el feminismo y las propuestas de investigación activista y de color»12.

Al respecto, en Chile se constatan nebulosas, no obstante la apertura que en la materia se viene registrando desde mediados de la década de los ochenta13. Entre los vacíos y olvidos de no poca consideración, el más importante, sostiene Gabriel Salazar, es la historia social y cultural del mestizo y otros sujetos populares14, los rotos, cuestión que también de alguna manera han constatado otros autores15. El labrador, el carretonero, el proletario, la lavandera y otros sujetos populares merecen su identificación y autoidentificación en espacios que reivindiquen el saber y la experiencia subalterna, considerando la complejidad conceptual, metodológica y teórica que ello implica para los investigadores, sobre todo, más allá de ser considerados como fuerza laboral «económicamente activa» o como militantes del movimiento obrero, como suelen simplificar (reducir) a estos sujetos los estudios de los movimientos sociales16.

En Chile no existen muchos estudios sobre la historia social del campesinado (los rotos del campo) que traten el tema a escala que abarque más allá del Chile central. Con seguridad se destacan solo dos autores: Gabriel Salazar y José Bengoa17. Sin desmerecer sus valiosos trabajos pero a la vez siendo rigurosos, no deja de ser significativo que solo el segundo haya trabajado de manera más extensa el mundo rural chileno, puesto que el primero se ha interesado preferentemente por el espacio urbano, dejando algo al margen el mundo campesino, sobre todo al sur del río Biobío. Si consideramos los estudios regionales y locales nuestra bibliografía aumenta, aunque siguen constatándose vacíos y, en más de una ocasión, a los campesinos no mapuches se les ha hecho, por decirlo así, como veremos, «un flaco favor», al reducir sus dinámicas sociales al mundo delictual.

Respecto a La Araucanía posbélica, no deja de ser significativo el hecho de que la reducida producción sobre sujetos populares no indígenas, como es el caso de los estudios fronterizos, no haya tratado el tema más allá de comienzos del siglo xx18. Desde el punto de vista teórico, también es posible notar un marcado estatismo que ha impedido, como dicen algunos autores, escuchar la voz subalterna y que ha obstaculizado comprender mejor las dinámicas regionales campesinas19. Pero hay más. La excesiva atención en el conflicto Estado-pueblo mapuche ha marginado de la discusión a campesinos que vieron frustrados sus esfuerzos por construir una mejor vida y organizarse políticamente ya a comienzos del siglo xx. También se ha cometido el error, en el caso de Villalobos, de sostener que mapuches, chilenos y colonos se fundieron en un solo mestizaje, lo que ha deslegitimando al movimiento mapuche, esto sin considerar entre otras cosas la autoidentificación, memoria y prácticas culturales de los sujetos, factores clave en sus demandas y diferenciaciones culturales.

También, siguiendo la tradición que inaugurara Góngora (1966), se ha tratado al mundo chileno mestizo poniendo excesivo énfasis en el vagabundaje, la violencia y el bandolerismo como resultados del fracaso del proyecto de modernización llevado a cabo por el Estado en La Frontera. Para autores como Sergio Villalobos, Leonardo León y Jorge Pinto, los chilenos campesinos pobres de La Araucanía se situaron en un escenario de violencia generado por el fracaso del proyecto modernizador del Estado en sociedades con «desiguales estados de desarrollo». Quien más ha avanzado en esta corriente es Leonardo León, sosteniendo que los campesinos mestizos sufrieron en la región las consecuencias del tenso e inconcluso paso del «arcaísmo» a la «modernidad» que se registró con el colapso de la antigua frontera mapuche y la incorporación forzada de la sociedad tribal al mundo del Estado. Por cierto, estos fenómenos ameritan discusión teórica a la luz de tendencias más renovadas. Además, se requieren revisiones, considerando que un trabajo empírico ha mostrado que la criminalidad en La Frontera no habría sido mayor a otras regiones20. También es claro que los campesinos merecen mostrarnos otros aspectos identitarios, sobre todo en ámbitos de su historia sociopolítica y cultural. Como señaló Thompson, a la hora de describir las formas de resistencia de los trabajadores, se debe considerar un abanico mucho más amplio de acciones que las huelgas o revueltas y descubrir el comportamiento de clase donde las autoridades no harán más que señalar un crimen21.

Por su parte, los historiadores del tema mapuche que no suscriben la Historia de Frontera también han contribuido con la invisibilización del subalterno no mapuche. No solo porque este se encuentra «fuera» del foco de estudio, sino porque lo importante, en este caso, es la defensa legítima de sus demandas. Movimiento Mapuche, Estado-nación, transnacionales y terratenientes son los actores que interesan a estos investigadores. No deja de ser significativo que para el periodo de la reforma agraria (el mayor momento de ebullición de los conflictos históricos en La Araucanía) se suele hablar de «levantamiento de las comunidades y organizaciones mapuches»22, prestando muy poca atención al lugar que ocuparon los campesinos no indígenas en las movilizaciones sociales del periodo y a la alianza entre ambos actores, como ha constatado un estudio23.

Más allá de lo mencionado, existen otras tres líneas de pensamiento que de manera indirecta contribuyen a aproximarnos a la historia social de los campesinos pobres en La Araucanía. Últimamente se ha sostenido que entre terratenientes, mapuches y campesinos existió una complementariedad productiva y comercial en La Frontera, que se habría desarrollado desde fines del siglo xviii a mediados del xix favorecida por la exportación de trigo, harina y productos de la ganadería desde el puerto de Talcahuano24. Una segunda corriente teórica, distinta a la anterior y muy generalizada entre historiadores y algunos antropólogos, señala que los campesinos, en especial los inquilinos, fueron incapaces de otra cosa que la resignación y obediencia incondicional al patrón, reproducidas por el clientelismo, el carácter del inquilinaje y la naturaleza propia del trabajo agrícola25. Por último, una tercera corriente ha venido refutando la anterior, pues entiende que «se ha insistido demasiado en la supuesta pasividad intrínseca del inquilino y su integración funcional a la sociedad rural chilena». Revisando las revueltas y organizaciones campesinas de comienzos del siglo xx, se sostiene que los estudios sobre el inquilinaje «esconden una noción centrada en la pasividad y la sumisión permanentes del campesinado a la dominación estatal y hacendal, desdeñando su capacidad de resistencia»26.

Así las cosas, la representación de los subalternos en La Araucanía ha visibilizado a unos e invisibilizado a otros, constituyéndose lo que se ha denominado como jerarquización socio-racial en la lucha por la representación en espacios de producción de conocimiento27, con unos subalternos más subalternizados que otros. Al respecto, Stuart Hall sostiene que estas luchas por la representación contemplan una primera fase que implica el acceso y derecho a la autorrepresentación y, una segunda, caracterizada por una política propiamente tal de representación28. El gran desafío consiste precisamente en la lucha que los subalternos deben desplegar para romper las relaciones jerárquicas con las que lidian cotidianamente:

«Estas contradicciones no son menores, pues estas jerarquías se establecen entre sujetos y sujetas que se posicionan desigualmente dentro de relaciones de clase, sexo/género, raza y edad, en una formación social e histórica donde también se inscriben y contribuyen a reproducir los espacios académicos»29.

Así pues, debemos preguntarnos si acaso los campesinos pobres han tenido la posibilidad siquiera de entrar en esta competencia; o, peor aún, hasta dónde las condiciones sociales en La Araucanía han impedido a estos sujetos construir una fuerza social (política) que, por lo menos, despierte la curiosidad de un gran número de investigadores, con todo lo que eso significa, no para el mundo académico sino para las vidas de estos subalternos. No debemos olvidar, por lo demás, que mapuches30, empresarios y agricultores (terratenientes) han tenido la fuerza suficiente para lograr tal representación y, más que eso, han conquistado la representatividad política en el marco del régimen democrático (aunque con muchas dificultades los primeros pero con algunos éxitos por lo menos en el ámbito regional)31. Siguiendo a Hall, es justamente la fuerza social la que permite conquistar espacios de representación social y representatividad política.

Las reflexiones que presentamos a continuación buscan, con apoyo de información empírica y fuentes primarias, aproximarnos a la historia social de los campesinos no mapuches, considerando los escenarios que enfrentaron en La Araucanía posbélica para construir, sin éxito, una fuerza sociopolítica.

Crecimiento económico no siempre significa arraigo: algunas cifras

Los cálculos oficiales de población hacia fines del siglo xix y comienzos del xx en La Araucanía no son del todo confiables, pero, de todas formas, nos entregan un panorama demográfico general que no conviene desestimar32. Luego de la guerra la población experimentó un crecimiento muy acelerado, con tasas entre el 1,8 y el 3,7 por 100, que superaron el promedio nacional hasta la década de 1930 (pasando de 176.253 habitantes para el Censo de 1895 a 528.833 para el de 1940). Luego de esa década el crecimiento poblacional se estanca, con índices incluso inferiores al 1 por 100, lo que muestra que la región ofreció expectativas poco favorables a la población, por lo que desde comienzos del pasado un buen número debió emigrar a Santiago, Concepción y Valdivia. Lo anterior se sumó a los continuos éxodos y retornos a Neuquén y Bahía Blanca, al otro lado de la cordillera, al igual que la migración al sur austral, que contribuyó al poblamiento de la región de Aysén. Estos fenómenos se registraban ya a fines del siglo xix33. Entre las causas de la migración se encuentran el avance no siempre legal de colonos y terratenientes sobre tierras fiscales e indígenas, el bandolerismo y la falta de mejores oportunidades, en un escenario que transitó del crecimiento a la desaceleración y estancamiento productivo, frenando el desarrollo a mitad del siglo xx.

Entre las dificultades mencionadas, el problema del desarrollo fue siempre visto como un desafío difícil de superar. Los observadores de fines del siglo xix y primeros años del xx destacaron el gran empuje productivo de la región. Sus recursos naturales, altos rendimientos del trigo, una selva impenetrable colmada de recursos y las aptitudes del suelo y clima para la producción ganadera y chacras prometían un futuro brillante. Sin duda, quienes lograron asentarse al comienzo disfrutaron de un pujante polo de explotación silvoagropecuaria34. La producción de cereales, en especial trigo, y la explotación maderera fueron las principales riquezas, las cifras sobre el promedio nacional estimularon el comercio, la industria y otras actividades35. No por nada un historiador del pasado en su visita a La Araucanía la llamó un «hervidero humano»36. Sin embargo, los observadores también se percataron de que grandes recursos fluían hacia las ciudades más acomodadas del sur, donde se dirigían las familias que invertían en La Araucanía37; además otros, ya a fines del siglo xix, se preguntaban si tales riquezas durarían para siempre38.

Las cifras de población que hemos mostrado dan cuenta de que este auspicioso panorama fue siempre superficial, contradictorio y complejo. En medio de la desesperación y migración de los sectores marginales, parecía que otros alcanzaban el publicitado sueño de ver convertida a La Araucanía en la «Nueva California». Un excesivo agotamiento de la tierra y el bosque, y una fuerte dependencia de los comerciantes de Santiago y de las políticas de precios agrícolas emanadas del centralismo se encontraban entre los problemas que frenaron el crecimiento de las primeras décadas. A poco andar, a mediados de la década de los cuarenta, el escenario había cambiado y La Araucanía terminó para muchos convirtiéndose en una promesa incumplida39.

Quizás observando el crecimiento de las primeras décadas y suponiendo que este sería medianamente estable, cuando vino la crisis de 1930 las autoridades implementaron en La Araucanía políticas de empleabilidad para trabajadores afectados por el cierre de las oficinas salitreras en el norte. Una masa laboral llegó des­tinada a la construcción de vías férreas, lavaderos de metales y cosecha de cereales durante los meses estivales del llamado «Granero de Chile». En esos momentos, la región, que aún se conocía con el nombre tradicional de La Frontera, no sufría los índices de desempleo de otras zonas del país. Uno de los motivos fue que la industria maderera, la más importante en comparación al resto del país, dio un respiro a la economía regional en los años de crisis. En 1935, apenas el país se recuperaba de la crisis, la provincia de Cautín producía el 52,7 por 100 de la madera de Chile, ello sin considerar la provincia de Malleco, cuyas cifras no se cuantificaron aquel año40. De todas formas, pronto se detectó que la población que llegaba del norte no siempre encontró mejores condiciones en la región, aumentando el bandolerismo y la migración41.

Los antecedentes hasta aquí expuestos también nos hablan de una cantidad significativa pero no calculada de población de paso que no encontró empleo, lo que hace muy difícil, sobre todo, cuantificar las actividades y oficios de trabajadores rurales y urbanos, considerando también que desde muchos años solían cambiar o complementar diversas formas de ganarse la vida42. Dicha información no fue trabajada con mediana exactitud sino hasta después de mediados del pasado siglo. No obstante, si consideramos solo la actividad agropecuaria registrada en el Censo de 1920 —esto, por representar la población con mayor número de habitantes (65,93 por 100 de población rural en Malleco y 70,02 en Cautín) y porque los datos censales permiten diferenciar, por lo menos, entre patrones y empleados rurales, a diferencia de lo que registró el mismo censo en sectores urbanos—, encontramos que unos 53.141 «terratenientes» contaban con una mano de obra de unos 294.831 trabajadores43. Todo ello sin considerar a los trabajadores de la industria maderera, los peones estacionales, la población de paso y que una parte importante de pequeños y medianos propietarios, a los que el censo también llamó «terratenientes», eran medieros, por tanto, parte de ellos eran agricultores por cuenta propia, requerían menos brazos y además prestaban trabajo.

En definitiva, luego de la guerra pronto hubo mano de obra sobrante en La Araucanía y una gran competencia por la tierra, por lo que muchos estaban obligados a emigrar o a correr por tiempo indefinido de un lugar a otro buscando cómo subsistir. A pesar de la situación, entre las clases populares se corría la voz de que la región representaba un futuro promisorio para el arraigo de los más excluidos44. Oleada tras oleada llegaron de diversas partes del país y del otro lado de la cordillera, primero buscando tierra y trabajo, luego huyendo de la crisis en la zona salitrera o enganchados por las faenas ferroviarias y concesiones madereras que requirieron brazos para todo el encadenamiento productivo45.

Un escenario en tensión: campesinos pobres en busca de tierra, trabajo y casa

Entre quienes se quedaron, unos alcanzaron mejor fortuna que otros. Las historias locales y testimonios de vida que se cuentan en la región nos hablan de frustraciones y esfuerzos de quienes debieron padecer, sin la protección del Estado, «la ley del más fuerte». Por ejemplo, en zonas cordilleranas aisladas, lejos de los acaparadores inescrupulosos que agitaban los campos, se asentaron campesinos de manera ilegal en tierras fiscales. Algunos de estos «colonos ilegales», tras años de reclamar su derecho a la tierra, comenzaron a recibir títulos de dominio a principios de la década de 1940, en cambio muchos no lo lograron46. Estos hechos levantaron serias discusiones en el Parlamento47. Otros campesinos, en tanto, engrosaron la mano de obra de fundos en calidad de inquilinos, se instalaron en las periferias de tierras de terratenientes o formaron poblados en medio de las tierras del patrón en calidad de mano de obra barata. Así nacieron poblados como Coipúe, Pailahueque, Cherquenco y San Patricio, en la región de La Araucanía, y tantos otros. También la explotación maderera ofreció, aunque con dificultades, oportunidades de conseguir hijuelas en tierras fiscales, pues fue un mecanismo de empresas concesionarias, terratenientes y colonos para contar con mano de obra cautiva48. Así nacieron otros poblados, entre ellos Neltume49 y Amargos. Este último surgió en medio de tierras fiscales que fueron parte de la Reserva Forestal Malleco y con el tiempo comenzaron a ser reclamadas por colonos pobres50. Otro caso ilustrativo es Curacautín, que debió su formación, auge y posterior decadencia a la fundación, alta productividad y quiebre final de la Fábrica de Terciados Mosso51. Asimismo, es sabido que la extensión de la red ferroviaria colaboró en la formación de pueblos como Lonquimay y Labranza. Por último, como veremos, hubo también quienes se instalaron de manera precaria en la periferia de las ciudades o en medio de las comunidades mapuches, ya fuese emparentándose u ocupando de manera irregular esas tierras.

Tras la Guerra de Ocupación se abrió una competencia por la tierra y el trabajo. Bajo estas condiciones, los campesinos que llegaban a La Araucanía hacían lo que fuera para salir adelante, practicando el comercio al menudeo (venta de alcoholes, tejidos, cueros, frutos de la zona central y otros), ofreciéndose como medieros y mano de obra barata o trabajando en obras públicas, no solo en la extensión ferroviaria, sino también en los caminos, construcción de puentes, canalización de ríos, dotación de agua potable, etcétera52. Otros, si la ocasión y necesidad ameritaban, se dedicaron al bandolerismo y resistencia subversiva y silenciosa contra el Estado de Derecho y la normativa impuesta por la autoridad en la región53. Lo descrito fue un proceso en general violento y que parecía nunca acabar por las tensiones entre campesinos pobres, colonos, terratenientes y comunidades mapuches. A lo anterior se sumaban idearios y políticas racistas y positivistas por parte de las autoridades, que privilegiaban a extranjeros europeos por encima de mapuches y chilenos —tema sobre el cual ya se ha escrito bastante—54 y, en ocasiones, a mapuches sobre campesinos chilenos.

Así, por ejemplo, el agente general de colonización Isidoro Errázuriz, en su visita a la región a fines del siglo xix, nos comenta con asombro cómo las tierras fiscales eran ocupadas por quien quería sembrar en ellas y sobre las riñas que surgían entre colonos extranjeros y «pequeños cultivadores chilenos desposeídos»:

«Las relaciones del colono con sus vecinos —usufructuarios de terreno fiscal, inquilinos y arrendatarios de grandes fundos o antiguos socios que se han retirado de la hijuela en son de guerra— dejan, también, mucho que desear por el lado de la buena armonía, noche a noche, los animales del cultivador chileno entran a la propiedad del colono, talan y destrozan hasta que amanece, a no ser por el colono, alarmado por el ladrido de sus perros, se levante y los reduzca a corral. ¿Proviene este sistema de destructora invasión del descuido que es propio de nuestra gente de campo o del propósito de molestar al extranjero? No sabríamos decirlo»55.

Eso no era todo, en la percepción del agente general de colonización, quienes vivían en condición de marginalidad eran un «proletariado nómada», una gran «masa flotante, sin propiedad y sin techo, sin familia y sin ahorro, sin más solaz que la borrachera y sin más ley que el puñal». Desde su punto de vista, la convivencia con este tipo de gente «no convenía siquiera al indio»:

«Con el chileno —cultivador en pequeño, traficante en animales y licores, desertor o prófugo y frecuentemente malhechor— ha vivido el indio, de mucho tiempo atrás, en grande intimidad. El chileno ha sido huésped favorito del cacique, y ha tenido permiso para construir su mal rancho de paja a inmediaciones de la ruca. Se comprende que, en cierta época, mientras la autoridad de la Republica se detenía a orillas del Biobío o del Malleco y el huésped se hallaba a merced del indio, la situación era regular y las relaciones entre mapuche y huinca ventajosas para ambos. El chileno trabajaba la tierra en medias, acompañaba al indio en sus expediciones de guerra y pillaje, le iniciaba en pequeños misterios de la industria y la cultura del país. Pero no bien se consumó la ocupación chilena y el sometimiento de los indígenas, cuando comenzó a experimentarse un cambio muy desagradable para el indio. De huésped discreto y útil, el chileno se convirtió en entrometido, altanero, ocioso, bebedor y tirano. Desapareció la abeja y quedó el zángano, armado, por desgracia, con el aguijón de aquella»56.

No deja de ser significativo que el mismo Errázuriz dé cuenta de la gran productividad de las tierras de colonos extranjeros gracias a los contratos de mediería y otros tratos con ese «proletariado nómada». Es imposible que unas cuantas familias hayan producido tanto en un par de años solo con su puro esfuerzo, sin duda se sirvieron de mano de obra barata. Por ejemplo, nos cuenta:

«La mejor cosecha de Ercilla, en 1887, ha sido la del alemán E. Harbert, que llegó recién a la colonia en marzo de 1886, y no tuvo, por consiguiente, tiempo para preparar tierra. Recogió, sin embargo, 180 fanegas de trigo, 110 de papas, y 15 de legumbres. Posee, en propiedad, fuera de los bueyes del Fisco, 4 vacas, 3 terneros, 2 caballos, 12 chanchos y 80 aves, y ha sembrado 12 fanegas de trigo, 11 de papas y 3 de legumbres. Se comprende que trajo algún pequeño capital, que le ha permitido trabajar con buen resultado.

Entre las siembras más considerables de este año en Ercilla, figuran las del alemán G. Müller, colono de 1884 (12 fanegas de trigo, 10 de papas y 3 de legumbres), la del suizo Crochet, del mismo año, (20 de trigo, 4 de papas y 4 de legumbres), la del suizo Baer, también de 1884 (22 fanegas de trigo y 6 de papas) y las de algunos de los colonos de quienes he hecho antes mención»57.

Como hemos anticipado, la convivencia entre mapuches y campesinos wingka, y también los llamados despectivamente champurria (mestizo chileno-mapuche), fue en muchos casos muy insana. La distancia cultural, la desconfianza hacia el extraño y la necesidad de obtener tierra mostraron las tensiones propias de las relaciones interétnicas en La Frontera, incluso en zonas misionales, pues los curas fueron incapaces de detener los conflictos58. Es de notar el desprecio que muchos mapuches sentían hacia los chilenos pobres que se introducían en las comunidades, pues, como nos cuenta una ñaña59, «esas mugres que no valían nada, eran unos “patipelaos”, nadie los respetaba»60. Por ejemplo, la señora Laura, una chilena «champurria», nos cuenta que cuando su madre se casó con su padre, un mapuche, todo fue difícil. Por el solo hecho de ser wing­ka debió sufrir la discriminación y el desprecio en la comunidad donde vivía. La situación se volvió aún más triste para la familia cuando el padre de Laura llevó a vivir a su casa a otra mujer, una mapuche; ahí comenzaron los golpes y maltratos hacia su madre61, «ella no podía escapar porque tenía hijos chicos. Si el mapuche es bien jodío...», añade62. Asimismo, no son pocas las causas judiciales por pleitos entre mapuches y chilenos pobres que se instalaban en sus tierras o en tierras de otros chilenos y sobre los mutuos pillajes y asaltos a mano armada. También hay reclamos de ese tipo ante la Intendencia, pues era conocido que los jueces no actuaban conforme a derecho y que escaseaba la seguridad63.

La situación en zonas urbanas no era mejor para los más necesitados. En un informe al intendente de Cautín se señala que «grupos de miserables» pernoctaban a orillas de caminos y puentes sin tener cómo vivir64. Para esta gente les fue difícil encontrar vivienda y hacerse de una pequeña hijuela, por lo que vivían donde y como podían. En otro informe, el intendente ordena sacar a la población que ocupaba los sitios donde se extendería la línea ferroviaria, recomendando el uso de la fuerza pública de ser necesario65. En tales circunstancias, un número considerable de quienes vivían en la periferia de las ciudades comenzó a presionar a las autoridades para conseguir un sitio, lo que fue más fácil a medida que se iba avanzando en la ampliación de los planos urbanos. Al entrar en la primera década del siglo xx, el intendente otorgó una cantidad importante de «Títulos Provisorios» a quienes lo solicitaban, argumentando que no tenían medios para comprar un sitio e indicando que construirían una vivienda «con sus propios medios». Las peticiones y entregas de estos títulos en Padre Las Casas, Nueva Imperial y otros lugares se pueden contabilizar fácilmente en unas 40066.

De los intentos de organización política a la represión

Bajo estas circunstancias es lógico que los más excluidos practicaran a veces métodos violentos de subversión y rebelión frente a la autoridad o avanzaran hacia formas modernas de organización, legitimadas por el régimen semidemocrático y el Estado de Derecho, por lo que también intentaron organizarse políticamente acogiéndose a las facultades que entregó el Código del Trabajo (1931). Al comenzar la década de 1930, la Confederación General de Trabajadores y la Federación Anarquista de Chile tenían fuerte presencia en Temuco, que se destacaba entre las ciudades más sindicalizadas del Sur67. Gracias a la acción del Partido Comunista (ayudado de su órgano comunicacional El Deber, 1919-1921), a quien pronto se sumaría el Partido Socialista, el sindicalismo comenzó a llegar a los campos, pues muchos trabajadores sindicalizados que transitaban entre el mundo rural y el urbano demandaban tierra. Al respecto, se ha indicado:

«En el contexto del fuerte desempleo de los años treinta y de avance terrateniente, la conjunción de objetivos entre inquilinos, mineros y otros trabajadores permitió la conformación de instituciones destinadas a obtener tierras para sus miembros (tal como el Sindicato de Aspirantes a Colonos e Inquilinos de Cautín fundado en 1939) y la supervivencia y desarrollo de una institución previa, como fue el Sindicato Agrícola de Lonquimay, fundado en 1929»68.

En la década de los treinta comenzaron a presentarse acciones reivindicativas campesinas a lo largo del país, en particular en zonas localizadas en la periferia de las grandes ciudades, como Santiago, Concepción y Temuco69. En la región se realizaron varias movilizaciones y se ensayaron formas interesantes de organización social:

«En lo que constituyó un verdadero hito en la historia del campesinado de La Araucanía, en agosto de 1939 se realizó una movilización de colonos y aspirantes a colonos, delegaciones de mapuches y pequeños agricultores, solicitando tierras. Esta “marcha de la Tierra” fue organizada por el propio sindicato y liderada por el ministro de Colonización. Incluso la marcha se realizó “en homenaje a S. E. el Ministro”. Concurrieron diversas delegaciones, entre las que destacaban la de la Colonia “Marmaduke Grove”, la Confederación de Trabajadores de Chile, los maestros, el Partido Socialista, la Corporación Araucana, la Unión Araucana y el Sindicato de Aspirantes a Colonos de Cautín. Entre los manifestantes era posible encontrar letreros que exigían “división de los grandes fundos” y “Chile para los chilenos. Fuera los traidores”. Comentaba la prensa que “no dejó de llamar la atención entre los desfilantes una larga columna de carretas con familias de campesinos. Muchas de esas carretas ostentaban letreros como este: ‘Queremos tierra’”»70.

Sin duda, el más conocido intento de organización obrera-campesina-indígena fue el triste episodio de la revuelta de Ranquil (1934), al noroeste de La Araucanía en la zona precordillerana de Lonquimay. El área había experimentado una elevada presión por el reparto inequitativo de las tierras y las difíciles condiciones de vida de comunidades mapuches, campesinos más pobres y obreros de los lavaderos de oro. Por tales motivos, los habitantes terminaron organizando la revuelta después de que los poderes del Estado y empresas de la zona, como la Sociedad Puelma Tupper, desoyeran sus peticiones de mejoras salariales y entrega de tierras para trabajar. El envío de Carabineros y las Milicias Republicanas desde el Ejecutivo terminó aplastando violentamente la revuelta en julio de aquel año, culminando en una cruda matanza71.

La crisis económica colaboró para que la sindicalización rural continuara siendo prácticamente una misión imposible, a lo que se sumó el endurecimiento de la represión en los gobiernos de Carlos Ibáñez y de Arturo Alessandri y la oposición por parte de la organización patronal72. Con la llegada del Frente Popular (1936-1941), la sindicalización campesina terminó siendo desestructurada, por lo que la mano de obra campesina sufrió un largo proceso de estancamiento que no cambiaría sino hasta el corpus legal requerido para llevar adelante la reforma agraria de Frei Montalva y Salvador Allende.

Esta desigualdad respecto a los sectores urbano-industriales, donde sí se apreció una mejora en las condiciones laborales, fue el efecto de un proceso en el que participó todo el espectro partidista para excluir sociopolíticamente al campesinado de las conquistas de los obreros urbanos. La finalidad de esta marginación, ejecutada por medio de un conjunto de leyes que excluyeron a los campesinos del Código del Trabajo, fue sostener el proceso de industrialización nacional, puesto en marcha por el Frente Popular. Como una estrategia de negociación, los partidos de izquierda se comprometieron con los de derecha y con la Sociedad Nacional de Agricultura a no impulsar la reforma agraria ni la sindicalización campesina73. Por el solo hecho de su enorme peso numérico, los trabajadores del campo representaban una fuerza susceptible de modificar los equilibrios políticos del país, poniendo en peligro los supuestos del proyecto industrializador74. Así, de manera desesperanzadora, se cerraba un ciclo para los rotos de La Araucanía. Como señaló alguna vez Touraine: «Solo la libertad política, y en primer lugar la apertura de los intercambios económicos y el reemplazo de la dominación personal por el poder del dinero, pudieron transformar a las víctimas en trabajadores a la vez libres y explotados, e incluso en ciudadanos. En su grado extremo, la miseria hace casi imposible la liberación»75. Restaría casi una generación para que de nuevo los campesinos se organizaran en busca de tierra y mejora de sus condiciones básicas de subsistencia; esto ya entrada la «Revolución en Libertad» del Gobierno de Frei Montalva, quien consideró la sindicalización campesina como clave para la modernización del agro.

Conclusiones

La historia económica, social e indígena de La Araucanía ha mostrado especial preocupación por los conflictos entre el Estado-nación y el pueblo mapuche y entre este último, los terratenientes y las compañías transnacionales. Recientemente también se ha prestado atención a las dificultades que impidieron a empresarios y terratenientes convertir a la región en un polo nacional de desarrollo. Estos esfuerzos han permitido evidenciar y dar explicación a las grandes tensiones sobre las que se fundó la región luego de la ocupación del territorio mapuche por parte del Estado chileno. Sin embargo, es necesario explorar más a fondo en los sujetos y actores para dar cuenta de la «Araucanía profunda», mestiza, popular y campesina, cuya voz muy pocas veces ha sido siquiera interpelada por las autoridades.

La voz de los «rotos alzados» fue silenciada «con plomo» en varios episodios antes y después de Ranquil. No obstante, cuando la clase política creyó necesario levantar el proyecto de industrialización nacional, los trabajadores urbanos fueron «privilegiados» en oposición a los campesinos, dejando atrás, gracias a la sindicalización, la figura del roto urbano para transitar hacia la del obrero. Para quienes el Estado dejó a medio camino en su paso a la «proletarización», los campesinos, fue difícil la transformación, o sea, avanzar hacia la organización política y su desarrollo pleno como ciudadanos, pues quedaron atrapados en el clientelismo al interior del fundo —en un semivasallaje— y el fraude electoral debido a una ley electoral que impedía el voto a los analfabetos y no contemplaba el voto ­secreto, todo ello hasta el Gobierno de Frei Montalva.

Tal escenario fue aún más complejo para los campesinos de La Araucanía, pues debieron bregar con tensiones que desafiaron sus posibilidades de prosperidad, teniendo que competir unos con otros por la escasa tierra y el trabajo y, a la vez, bajo la ley del más fuerte, contra mapuches, terratenientes y colonos nacionales y extranjeros. Para encontrar arraigo en la región y no tener que buscar de nuevo otros horizontes, tuvieron que aprovechar los medios que encontraron a su alcance, llegando en ocasiones a trasgredir la legalidad, en una región donde las leyes se desentendían de los desposeídos.

En definitiva, si revisamos el panorama general en la región, el gran drama para el mapuche fue haber perdido su territorio y, con este, la propiedad ancestral de la tierra, la riqueza cultural y muchas vidas. Los terratenientes y colonos asentados por el Estado, en cambio, se encontraron en la disyuntiva de aumentar su tierra desplazando a otros, muchas veces por medios ilícitos, o defender lo que habían obtenido. El roto, por su parte, a diferencia de los anteriores, buscó alcanzar lo que nunca había poseído de manera permanente, ya sean tierra o trabajo y, en especial, encontrar arraigo. Aunque las cifras se desconocen se sabe que algunos lo lograron de manera independiente, otros quedaron bajo tutela patronal como inquilinos, intentado, desde esos espacios pero con escaso apoyo legal, mejorar sus condiciones sociales y, los más desafortunados, debieron emigrar en distintas direcciones durante un buen tiempo hasta alcanzar estabilidad. Sin embargo, ya sea gracias a su tránsito por La Araucanía o su dificultoso arraigo en la región, se fue sumando en el roto un aprendizaje social del que dejaron constancia una serie de conflictos poco estudiados y que valdría la pena analizar, pues reflejan formas de resistencia que van más allá del acto «delictual», como el levantamiento armado en Chile Chico (en el sur austral) en 191876, las presiones a las autoridades mediante cartas de reclamos de los inquilinos contra sus patrones77 o las protestas campesinas y el caso de Ranquil, ya comentados.


* El presente artículo se enmarca en las investigaciones realizadas para el proyecto FONDECYT posdoctoral núm. 3170158, «Historia social de los campesinos en La Araucanía posbélica (1883-1938). Una aproximación a la experiencia subalterna de los llamados rotos y wingka pobres».

1 Por citar algunos trabajos, una publicación clásica sobre este tipo de sujetos es la de Gabriel Salazar: Labradores, peones y proletarios, Santiago de Chile, Sur Ediciones, 1985, y una buena descripción de «los rotos» se encuentra en la novela de Joaquín Edwards: El Roto, Santiago de Chile, Editorial Chilena, 1920.

2 Se conocen como tierras fiscales a las tierras del Estado, aquellas que no han sido traspasada a particulares.

3 Se denominaron colonos a campesinos minifundistas o medianos propietarios que recibieron las tierras de colonización del territorio mapuche gracias a las políticas del Estado. A diferencia de los latifundistas, quienes adquirieron grandes extensiones por medio de remates, los colonos no recibieron importantes extensiones de tierra. La mayoría perdieron sus tierras; otros, las aumentaron.

4 Gabriel Salazar: Labradores..., pp. 21-30 y 126-134; Leonardo León: «Reclutas forzados y desertores de la patria: el bajo pueblo chileno en la guerra de la independencia, 1810-1814», Historia, 35, 1 (2002), pp. 251-297; José Bengoa: Historia social de la agricultura chilena, vol. II, Haciendas y campesinos, Santiago de Chile, Sur Ediciones, 1990, pp. 151-154; Carmen Norambuena: «Colonización e inmigración, un problema nacional recurrente, 1882-1894», Dimensión Histórica de Chile, 8 (1991), pp. 63-81, y Gustave Verniory: Diez años en La Araucanía, 1889-1899, Santiago de Chile, Pehuén, 2001.

5 Sobre este tema existe bastante literatura, véanse, por ejemplo, José Bengoa: Historia del pueblo mapuche (siglos xix y xx), Santiago de Chile, Sur Ediciones, 1985; Jorge Pinto: La formación del Estado y la nación, y el pueblo mapuche. De la inclusión a la exclusión, Santiago de Chile, CIDBA, 2003, y Margarita Canío y Gabriel Pozo: Historia y conocimiento oral mapuche. Sobrevivientes de la «Campaña del Desierto» y «Ocupación de La Araucanía» (1899-1926), Santiago de Chile, Lom, 2013.

6 Juan C. Gómez: La frontera de la democracia: el derecho de propiedad en Chile, 1925-1973, Santiago de Chile, Lom, 2004, pp. 119-182, y Patricio Meller: Un siglo de economía política chilena (1890-1990), Santiago de Chile, Andrés Bello, 1996.

7 José Bengoa: Historia del pueblo mapuche..., y Margarita Canío y Gabriel Pozo: Historia y conocimiento oral mapuche...

8 Del mapudungun: extranjero, usurpador, ladrón.

9 Edward Said: «Representar al colonizado. Los interlocutores de la antropología», en Beatriz González (coord.): Cultura y Tercer Mundo: 1. Cambios en el saber académico, Caracas, Nueva Sociedad, 1996, pp. 23-59; Gayatri Spivak: «¿Puede hablar el subalterno?», Revista Colombiana de Antropología, 39 (2003), pp. 297-364; Andrés Aubry: «Los intelectuales y el poder. Otra ciencia social», Contrahistorias, 8 (2007), pp. 111-116, y Patricio Guerrero: Corazonar, una antropologia comprometida con la vida: miradas desde Abya-Yala para la descolonizacion del poder, del saber y del ser, Quito, Universidad Politécnica Salesiana, 2010.

10 Paul Bourdieu: Campo de poder, campo intelectual, Buenos Aires, Montressor, 2002, e íd.: El sentido práctico, México, Siglo XXI, 2009.

11 Paul Bourdieu: El sentido..., p. 48.

12 Las cursivas son nuestras. Véase Héctor Nahuelpán: «El lugar del “indio” en la investigación social. Reflexiones en torno a un debate político y epistémico aún pendiente», Revista Austral de Ciencias Sociales, 24 (2013), pp. 71-91, esp. p. 86. Sobre conocimiento situado véanse, entre otros, Donna Haraway: Ciencia, cyborgs y mujeres. La reinvención de la naturaleza, Madrid, Cátedra, 1995; Xochitl Leyva, Araceli Burguete y Shannon Speed (coords.): Gobernar en la diversidad: experiencias indígenas desde América Latina, México, CIESAS-FLACSO, 2008, y Charles Hale: «Reflexiones sobre la práctica de una investigación descolonizada», en Alex Köhler (coord.): Anuario 2007. Centro de Estudios Superiores de México y Centroamérica, Chiapas, CESMECA-Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas, 2008, pp. 297-313.

13 Los aportes más significativos se encuentran en los trabajos de Gabriel Salazar, José Bengoa, Sergio Villalobos, José Hidalgo, Lautaro Núñez y otros. Además, a partir de mediados de los ochenta se han sosteniendo nutridos debates en seminarios y congresos.

14 Gabriel Salazar: «La “espina desgarradora del zarzal”», en Alejandro Díaz: Los campesinos del Biobío Maulino. El don de los primeros labradores mestizos, Concepción, Escaparate, 2014, pp. 9-13, esp. p. 9.

15 Alejandro Díaz: Los campesinos del Biobío Maulino. El don de los primeros labradores mestizos, Concepción, Escaparate, 2014, y Leonardo León: «Tierras de nadie, gente sin historia», en Alejandro Díaz: Los campesinos del Biobío Maulino. El don de los primeros labradores mestizos, Concepción, Escaparate, 2014, pp. 15-26.

16 Serge Gruzinski: El pensamiento mestizo, Barcelona, Paidós, 2000; Gabriel Salazar: La historia desde abajo y desde dentro, Santiago de Chile, Lom, 2003, y Francoice Laplantine y Alexis Nouss: Mestizajes. De Archimboldo a zombi, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2007.

17 Véanse, por ejemplo, Gabriel Salazar: Labradores..., y José Bengoa: Historia social de la agricultura chilena, vols. I y II, Santiago de Chile, Ediciones Sur, 1988 y 1990.

18 Con estudios fronterizos nos referimos a la historiografía que trata las relaciones y tensiones interétnicas en el espacio que hasta la Guerra de Ocupación de la Araucanía fue la frontera mapuche-chilena. Esta se ubicaba en el sur de Chile, siendo la línea divisoria norte el río Biobío y, la sur, la provincia de Valdivia. El antiguo territorio mapuche por el lado oeste de la cordillera de Los Andes (en voz mapudungun: el Gulu Pampu) corresponde prácticamente a la actual región de La Araucanía, que tradicionalmente y después de la guerra se le siguió llamando «La Frontera».

19 Alan Knigth: La revolución mexicana. Del porfiriato al nuevo régimen constitucional, vol. 2, México, Grijalbo, 1996, y Ranajit Guha: Las voces de la historia y otros estudios subalternos, Barcelona, Crítica, 2002, pp. 17-31.

20 Marco León: «Criminalidad y prisión en La Araucanía, 1852-1911», Revista de Historia Indígena, 5 (2001), pp. 135-160.

21 Edward Thompson: Tradición, revuelta y conciencia de clase, Barcelona, Crítica, 1984.

22 Véanse, entre otros, José Bengoa: Historia del pueblo mapuche...; Rolf Foester y Sonia Montecino: Organizaciones, líderes y contiendas mapuches (1900-1970), Santiago de Chile, CEM, 1988; José Bengoa: Historia de un conflicto. El Estado y los mapuches en el siglo xx, Santiago de Chile, Planeta, 2002, y Florencia Mallon: La sangre del copihue. La comunidad mapuche de Nicolás Ailío y el Estado chileno, 1906-2001, Santiago de Chile, Lom, 2004.

23 Mathias Órdenes: «Conflicto mapuche-campesino en La Araucanía: un análisis a partir de la Estructura de Oportunidades Políticas (EOP), 1967-1973», Revista Izquierdas, 26, 1 (2016), pp. 126-168.

24 Iván Inostroza: «El circuito comercial de Concepción y Araucanía, 1660-1710», en Jorge Pinto e Iván Inostroza: Expansión capitalista y economía mapuche, 1680-1930, Temuco, Universidad de La Frontera, 2014, pp. 21-42, e Iván Inostroza: «Economía agroindustrial de Concepción y expansión triguera fronteriza: campesinos y mapuches en Biobío-Malleco, Chile (1820-1850)», América Latina en la Historia Económica, 22, 1 (2015), pp. 59-84.

25 Véanse, por ejemplo, Atropos: «El inquilino en Chile. Su vida. Un siglo sin variaciones, 1861-1966», Revista Mapocho, 5, 2-3 (1966); José Bengoa: Historia social..., y Arnold Bauer: La sociedad rural chilena. Desde la conquista española hasta nuestros días, Santiago de Chile, Andrés Bello, 1994.

26 Ernesto Bohoslavsky: «Desempleo, organización y política. Los trabajadores rurales del sur chileno frente a la Gran Depresión», Anuario de Estudios Americanos, LIX, 2 (2002), pp. 541-563, esp. p. 544. Véanse también Bryan Loveman: El campesino chileno le escribe a su excelencia, Santiago de Chile, ICIRA, 1971; ­íd.: Struggle in the Countryside, Indiana, Indiana University Press, 1976, y Ernesto Bohoslavsky: «Clase y ciudadanía en los conflictos sociales y políticos en el extremo sur de Chile y Argentina a principios del siglo xx», en Ernesto Bohoslavsky y Milton Godoy (eds.): Construcción estatal, orden oligárquico y respuestas sociales (Argentina y Chile, 1840-1930), Buenos Aires, Prometeo, 2010.

27 Héctor Nahuelpán: «El lugar del “indio” en la investigación social...».

28 Stuart Hall: «Nuevas etnicidades», en Stuart Hall et al. (eds.): Sin garantías: trayectorias y problemáticas en estudios culturales, Colombia, Envión Editores, 2010, pp. 305-313.

29 Héctor Nahuelpán: «El lugar del “indio” en la investigación social...», p. 82. Recordando a Nahuelpán, consideramos que también debemos preguntarnos por «el lugar» del mestizo pobre en la investigación social. Citando algunos trabajos, el autor indica que para que los investigadores(as) indígenas puedan «llegar a los espacios académicos y de investigación, constituye el principio de algo más, en la medida que estos espacios constituyen “campos de poder” (Bourdieu 2002)», en los que luchan «para que sus voces sean escuchadas y tengan legitimidad en medio de voces y elites académicas legitimadas (Cumes 2011)» (p. 82). Nosotros sostenemos que el mestizo, a diferencia del mapuche, no ha construido siquiera la fuerza social para entrar en esa competencia.

30 Son bien conocidas las organizaciones mapuche iniciadas ya a comienzos del siglo xx, además de las alianzas entre el movimiento mapuche y los partidos políticos. Véanse al respecto Rolf Foester y Sonia Montecino: Organizaciones, líderes y contiendas..., y Pablo Mariman et al.: ¡... Escucha, winka...! Cuatro ensayos de historia nacional mapuche y un epílogo sobre el futuro, Santiago de Chile, Lom, 2006.

31 No debemos desestimar la representatividad política de destacados líderes mapuche en distintos ámbitos de la democracia formal, como el Consejo de la Corporación de Desarrollo Indígena (CONADI), concejos y alcaldías municipales, el Consejo Regional (CORE) y el Congreso en los siglos xx y xxi. Véase Natalia Caniguan: Trayectorias políticas. Historias de vida de alcaldes mapuche, Santiago de Chile, Ril Editores, 2015.

32 Jorge Pinto: Los censos chilenos del siglo xx, Osorno, Universidad de la Frontera-PEDECH, 2010, p. 28, e íd.: La población en La Araucanía en el siglo xx. Crecimiento y distribución espacial, Temuco, Universidad de La Frontera, 2009, pp. 188-190. En un informe el intendente de Cautín dio cuenta al ministro del Interior sobre las irregularidades cometidas en el censo de 1895. Véase Archivo Regional de La Araucanía (ARA), Fondo Intendencia de Cautín (FIC), v8, 5/4, 1900, fj. 85.

33 José Bengoa: Historia social..., vol. II, pp. 176-181; Jorge Pinto: La formación del Estado..., pp. 90-91, y Jorge Muñoz: «El trabajador de pies calientes. Notas relativas a las causas de la migración laboral desde la frontera sur araucana a la Norpatagónica argentina. Finales del siglo xix», en Jorge Pinto (ed.): Araucanía, siglos xix y xx. Economía, migraciones y marginalidad, Osorno, Universidad de Los Lagos, 2009, pp. 49-69.

34 Francisco Ovalle: Chile en la Región Austral. El desenvolvimiento general de Temuco, Santiago de Chile, Imprenta Universitaria, 1911, y Guía Universo de la República de Chile, 1825-1926, Santiago de Chile, Imprenta y Litografía Universo, 1926, p. 1592.

35 Mathias Órdenes: La Araucanía: un caso de desarrollo frustrado. Los empresarios y el mercado agrícola y maderero (1900-1960), tesis para optar al grado de magíster en Ciencias Sociales Aplicadas, Universidad de La Frontera, 2008, y Jorge Pinto y Mathias Órdenes: Chile, una economía regional en el siglo xx. La Araucanía, 1900-1960, Temuco, Universidad de La Frontera, 2012.

36 Francisco A. Encina: Historia de Chile, vol. XVIII, Santiago de Chile, Nacimiento, 1951, p. 262.

37 Francisco Ovalle: Chile en la Región Austral...

38 Isidoro Errázuriz: «Tres razas. Informe de la colonización de Malleco y Cautín, 1887» (1892, pp. 134-136), citado en Jorge Pinto e Iván Inostroza: Expansión capitalista y economía mapuche, 1680-1930, Temuco, Universidad de La Frontera, 2014, pp. 129-275, y Gustave Verniory: Diez años en La Araucanía..., pp. 45-228 (capítulos II al V).

39 Oscar Arellano: El problema del ausentismo en la Frontera. Estudio de don Oscar Arellano aprobado por el Consejo de Adelanto de Cautín, Padre Las Casas, Imprenta San Francisco, 1949; Héctor Elgueta: «Bosques y reservas de la provincia de Cautín», en Seminario de Investigación sobre la Provincia de Cautín, Santiago de Chile, Universidad de Chile, 1956; Carlos Keller: Revolución en la agricultura, Santiago de Chile, Zig-Zag, 1956; Fabián Almonacid: La agricultura chilena discriminada (1910-1960). Una mirada de las políticas estatales y el desarrollo sectorial desde el sur, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 2009, y Jorge Pinto y Mathias Órdenes: Chile, una economía regional...

40 Estadística Chilena, Santiago de Chile, Dirección General de Estadística, 1936, p. 415.

41 Ernesto Bohoslavsky: «Desempleo, organización y política...», y Mathias Órdenes: La Araucanía: un caso de desarrollo frustrado..., pp. 87-94.

42 Gabriel Salazar: Labradores..., pp. 232-260.

43 Censo de 1920.

44 Mathias Órdenes: «Ernesto Neira, palanquero y antiguo colono de un terreno fiscal en la zona Tirúa», entrevista, Nueva Imperial, agosto de 2004.

45 Guillermo Bravo: «El mercado de trabajo y la crisis de 1929. Una aproximación a la problemática de 1930», Cuadernos de Historia, 10 (1990), pp. 127-145; Alexis Rojas: Historia local de los colonos de la Reserva Nacional de Malleco: una vida de trabo, Temuco, Gobierno Regional de La Araucanía, 2014, y Ernesto Bohoslavsky: «Desempleo, organización y política...».

46 Mathias Órdenes: «Ernesto Neira...».

47 Boletín de las sesiones estraordinarias. Segunda legislatura estraordinaria en 1914, Cámara de Diputados, Santiago de Chile, Imprenta Nacional, 1914, p. 314.

48 Mathias Órdenes: La Araucanía: un caso de desarrollo frustrado..., pp. 144-150.

49 Respecto a la zona de Neltume véase José Bravo: De Carranco a Carrán. Las tomas que cambiaron la historia, Santiago de Chile, Lom, 2012, y Doris Millanguir: Panguipulli, historia y territorio (1850-1946), Panguipulli, Imprenta Gráfica Sur, 2012.

50 Alexis Rojas: Historia local...; Mathias Órdenes: «Pablo Urrutia, antiguo colono de la Reserva Forestal Malleco», entrevista, Collipulli, noviembre de 2015.

51 Jorge Pinto y Mathias Órdenes: Chile, una economía regional..., pp. 229-232.

52 Isidoro Errázuriz: «Tres razas...»; Gustave Verniory: Diez años en La Araucanía...; ARA, Juzgados Civiles y Criminales de Angol y Traiguén (JCCAT), 1876-1910, y ARA, FIC, v6, DJOP, 1902-1914.

53 Leonardo León: «La transgresión mestiza en la vida cotidiana de La Araucanía, 1880-1900», Revista de Historia Social y de las Mentalidades, 6 (2002), pp. 67-108. La mayoría de los expedientes que hemos revisado de los juzgados civiles y criminales de Angol y Traiguén para el periodo indicado se encuentran estropeados y sin la página inicial que indicaría rol y año. Sin embargo, un grupo importante de casos no dejan de ser ilustrativos. Así, por ejemplo, Salvador Fuentes declaraba haber sido vendedor en los campos, peón y agricultor. A pesar de sus esfuerzos, los malos salarios, las deudas, un asalto que lo dejó mal herido, la quema de su choza, la crianza de sus hijos y su viudez le habían traído gran desgracia. Véase ARA, Fondo Juzgado de lo Civil de Angol (FJCA), 1875, núm. 14.

54 José Bengoa: Historia del pueblo mapuche...; Jorge Pinto: La formación del Estado..., y Pablo Mariman et al.: ¡... Escucha, winka...!

55 Isidoro Errázuriz: «Tres razas...», p. 151.

56 Ibid., p. 179. El ingeniero belga Gustave Verniory, a diferencia de las autoridades chilenas, destacaba la laboriosidad y otras virtudes de los «rotos» que trabajaron a su cargo en la extensión de la línea troncal ferroviaria en la Frontera. Véase Gustave Verniory: Diez años en La Araucanía..., pp. 230-231.

57 Isidoro Errázuriz: «Tres razas...», p. 266.

58 Doris Millanguir: Panguipulli, historia y territorio..., pp. 170-187. El caso más emblemático de intervención infructuosa de los misioneros se produjo con el Parlamento de Coz Coz. Véase Carmen Arellano et al. (eds.): En La Araucanía. El padre Sigifredo de Frauenhäusl y el Parlamento mapuche de Coz Coz de 1907, Madrid, Iberoamericana, 2006.

59 Del mapudungun: anciana.

60 Mathias Órdenes: «Francisca, anciana mapuche de una comunidad en Chucauco, Quepe», entrevista, Quepe, octubre de 2015.

61 Si bien la poligamia desde la conquista fue considerada un delito, no fue penalizada en el territorio mapuche. Hasta casi finalizar el siglo xx se registraron casos de poligamia entre los mapuches más apegados a prácticas ancestrales.

62 Mathias Órdenes: «Laura, anciana de una comunidad mapuche en Nueva Imperial», entrevista, Nueva Imperial, mayo de 2002.

63 ARA, JCCAT, 1876-1910, y ARA, FIC, v8, 8/5, 1900, fjs. 121-129.

64 ARA, FIC, v3, 5/8, 1903, fjs. s. n.

65 ARA, FIC, v7, 9/2, 1904, fj. 422.

66 ARA, FIC, v2 y v11.

67 Jaime Sanhueza: «La Confederación General de Trabajadores y el anarquismo chileno de los años treinta», Historia. Revista del Instituto de Historia de la Pontificia Universidad Católica de Chile, 30 (1997), pp. 313-382.

68 Ernesto Bohoslavsky: «Desempleo, organización y política...», p. 551.

69 Roberto Santana: Agricultura chilena en el siglo xx: contextos, actores y espacios agrícolas, Santiago de Chile, CEDER-CIDBA, 2006, p. 175.

70 Ernesto Bohoslavsky: «Desempleo, organización y política...», pp. 555-556.

71 Olga Uliánova: «Levantamiento campesino de Lonquimay y la Internacional Comunista», Estudios Públicos, 89 (2003), pp. 173-223.

72 Ernesto Bohoslavsky: «Desempleo, organización y política...», p. 543.

73 Pese a que los Partidos Comunista y Socialista contemplaban la reforma agraria en sus propuestas programáticas, en 1938 llegaron a un acuerdo con la Sociedad Nacional de Agricultura con el fin de asegurar el apoyo al proyecto de industrialización del gobierno del Frente Popular. Véanse Bryan Loveman: Struggle in the Countryside..., y Paul Drake: Socialism and Populism in Chile, 1932-1952, Urbana, University of Illinois Press, 1978, pp. 218 y ss. A partir de ahí, los trabajadores campesinos buscarán otros medios para elevar sus demandas al Estado y los propios terratenientes, como cartas dirigidas a las autoridades. Véase Bryan Loveman: El campesino chileno...

74 Juan C. Gómez: La frontera de la democracia..., pp. 183-200, y Roberto Santana: Agricultura chilena en el siglo xx..., p. 179.

75 Alan Turaine: ¿Podemos vivir juntos? Iguales y diferentes, México, Fondo de Cultura Económica, 1997, p. 109.

76 José Bengoa: Historia social..., vol. II, pp. 180-181.

77 Bryan Loveman: El campesino chileno...