Ayer 106/2017 (2): 309-321
Sección: Hoy
Marcial Pons Ediciones de Historia
Asociación de Historia Contemporánea
Madrid, 2017
ISSN: 1134-2277
DOI: 10.55509/ayer/106-2017-13
© José M. Faraldo
Recibido: 06-09-2016 | Aceptado: 22-09-2016
Editado bajo licencia CC Attribution-NoDerivatives 4.0 License
Ucrania, Rusia y «la revolución del Maidán»: el mito histórico del antifascismo
José M. Faraldo
Universidad Complutense de Madrid
jm.faraldo@ghis.ucm.es
Resumen: El texto describe algunos aspectos del origen del conflicto ucraniano-ruso desde 2014, enraizándolo en las características de la identidad política del antifascismo soviético y su persistencia y reutilización por parte de la Federación Rusa y de ciertos grupos de habitantes del este ucraniano. Se intenta mostrar la importancia de los contenidos de la memoria histórica soviética para propiciar el estallido de la guerra, así como la transformación de los mitos históricos ucranianos tras la intervención rusa.
Palabras clave: Ucrania, Rusia, Maidán, antifascismo, memoria histórica.
Abstract: This article explains some aspects of the origin of the Ukrainian-Russian conflict since 2014 by concentrating on the characteristics of the political identity of the Soviet anti-fascism, and its persistence and reuse by the Russian Federation and certain groups in East Ukraine. It shows how key elements of Soviet historical memory were marshaled to endorse the outbreak of war, and also examines the transformation of Ukrainian historical myths in the wake of the Russian intervention.
Keywords: Ukraine, Russia, Maidan, anti-fascism, historical memory.
Los mitos históricos son herramientas en la construcción de realidades sociales a la vez que ellos mismos son construidos y transformados por estas realidades 1. Las imágenes mentales que forman parte de los mitos tienen a veces orígenes muy antiguos, pero pueden llegar a un punto de cristalización que los dota de contenidos, a menudo muy diferentes del punto de partida. Un ejemplo sobresaliente tanto del uso de ciertos mitos como de su repentina transformación lo constituye la forma en que se han dispuesto los discursos políticos y las actuaciones militares durante la reciente guerra de Ucrania 2. En este texto nos vamos a centrar en uno de los principales mitos que se pueden detectar en esta situación, el del antifascismo, y en sus repercusiones y responsabilidad a la hora de iniciar y mantener el conflicto 3.
En febrero de 2014, una ola de protestas en Ucrania, especialmente en la capital, Kiev, contra el entonces presidente Víktor Yanukovich trajo una verdadera revolución política al país. Las protestas comenzaron con marchas en contra de la decisión del presidente de no firmar un acuerdo con la Unión Europea, pero había un amplio consenso sobre la denuncia de la corrupción y el estancamiento económico. El 20 de febrero, después de unos violentos enfrentamientos en el Maidán, o Plaza de la Independencia, con más de un centenar de víctimas, tomó el poder un gobierno provisional formado por partidos de derecha, de centro y algunos nacionalistas moderados con el apoyo ambivalente de los radicales de derecha (el así denominado «Sector derecha»). El presidente huyó a Rusia y desapareció de la escena política. Se trató de una ruptura constitucional que, sin embargo y pese a la leyenda establecida posteriormente por cierta opinión internacional, no constituyó un «golpe de Estado», puesto que fue legitimada por la mayoría del propio Parlamento en el momento y por las elecciones generales y presidenciales posteriores 4.
A pesar de que las protestas anti-Yanukovich tenían una amplia base social en todas las regiones ucranianas, la composición del nuevo gobierno y algunos errores políticos cometidos por el Parlamento (por ejemplo, el planteamiento de una ley, luego no promulgada, que habría eliminado el ruso como lengua co-oficial, o la elección de algunos neofascistas en puestos de segunda fila) alinearon de inmediato a muchas personas en el este y sur del país. Estas partes de Ucrania estaban en gran medida pobladas por ciudadanos de habla rusa y más profundamente influidas por la herencia soviética que las regiones centrales y occidentales. Pronto, ciertos grupos en Crimea comenzaron a manifestarse contra el llamado «régimen fascista» en Kiev, denominando así al gobierno surgido de la revuelta. Desde el principio, este gobierno fue considerado ilegal e ilegítimo por muchos ciudadanos del sur y el oeste del país, que habían sido educados en el culto del antifascismo y la santificación de los héroes caídos de la Segunda Guerra Mundial. En un primer momento, la situación se volvió especialmente peligrosa en Crimea. Algunos edificios oficiales fueron tomados y grupos de nacionalistas rusos comenzaron a realizar acciones en una dinámica a la que el débil poder central en Kiev fue incapaz de oponerse. Una invasión rusa encubierta («los pequeños hombres verdes»), junto con un referéndum trucado, anexionó Crimea y Sebastopol a Rusia con un mínimo de violencia. Se trató de la primera anexión territorial por la fuerza de una parte de un Estado europeo desde el final de la Segunda Guerra Mundial.
Casi al mismo tiempo, un intento similar por parte de unos grupos neocomunistas y ultraderechistas rusófilos en algunas ciudades de la franja fronteriza con Rusia para separarse de Ucrania —utilizando el pálido mito histórico de la supuesta región de «Novorossia»— culminó en un violento conflicto, enquistado y, a día de hoy —agosto de 2016—, sin final visible. El conflicto mezcla una guerra civil parcial con una invasión encubierta de Rusia y con juegos de poder dentro de Ucrania por parte de diversas oligarquías y posee, además, una indudable dimensión de competición geoestratégica entre varias potencias (la Federación Rusa, la Unión Europea y Estados Unidos). Se trata, pues, de una verdadera guerra, cuyos parámetros resultan mucho más complejos que las habituales imágenes de pro-rusos contra nacionalistas ucranianos extendidas por los medios de comunicación.
Desde el principio del conflicto, el presidente ruso, Vladimir Putin, invocó a menudo el peligro de «organizaciones fascistas» que —según decía— habrían tomado el poder en Kiev como la razón principal para su actuación en Ucrania. En repetidas ocasiones anunció que quería «proteger» a los habitantes del país contra los «fascistas». El 18 de marzo de 2014, Putin pronunció un discurso que legitimaba la anexión de Crimea y Sebastopol a Rusia. El discurso presenta su versión de los hechos que llevaron a la ocupación del territorio. En su discurso, Putin dijo: «Los que estaban detrás de los últimos acontecimientos en Ucrania tenían una agenda diferente: se estaban preparando para tomar gobierno; querían tomar el poder y no se iban a detener ante nada. Recurrieron al terror, al asesinato y los disturbios. Nacionalistas, neonazis, rusófobos y antisemitas ejecutaron este golpe. Y continúan estableciendo el tono en Ucrania en el día de hoy» 5. Esta valoración era independiente del hecho de la notable presencia de neofascistas en la propia Federación Rusia, que han causado numerosas víctimas. En realidad, en su anexión de Ucrania, Putin se aprovechó de la acción de grupúsculos neofascistas como los «Lobos Nocturnos» 6. Pero es muy posible que Putin no estuviera siendo meramente cínico en sus declaraciones: el mito antifascista es muy ambivalente en Rusia y se puede ser antinazi, al tiempo que, por ejemplo, se portan emblemas fascistas como la cruz céltica.
Sin embargo, la presencia de supuestos neofascistas en el Gobierno y en las calles de Ucrania constituía la mejor legitimación de su política de retorno imperial. En el mismo discurso, hablando de Crimea, Putin dijo: «Ucrania, al igual que lo ha sido durante siglos, será un hogar para todos los pueblos que la habitan. Lo que nunca va a ser y hacer es seguir los pasos de Bandera». Putin utilizaba así un estereotipo bien establecido sobre Ucrania: un enemigo público de la era soviética, Stepan Bandera (1909-1959), el que fuera líder de la UPA (Ejército Rebelde de Ucrania), una organización de entreguerras de los nacionalistas ucranianos. Bandera fue el principal responsable de la deriva del nacionalismo ucraniano —en principio netamente izquierdista y relacionado incluso con el bolchevismo— hacia el radicalismo de derecha y el terrorismo contra el Estado polaco de entreguerras. Bandera no fue ejecutor directo de las acciones de limpieza étnica contra polacos y judíos durante la década de 1940 —había sido detenido por los nazis y encerrado en un campo de concentración— ni de la lucha armada contra la reocupación rusa de Ucrania tras 1945, pero tampoco hizo nada por detenerlas 7. Sin embargo el estereotipo de los «banderistas» (seguidores de Bandera), el de que habían sido colaboradores de los nazis y, por lo tanto, traidores al pueblo soviético durante la guerra, se había fijado gracias a la propaganda soviética. De esta manera, Putin, en su discurso, intentaba convencer a los ucranianos de que estaba «salvándolos de los nuevos líderes de Ucrania que son los herederos ideológicos de Bandera, el cómplice de Hitler durante la Segunda Guerra Mundial». Independientemente de la valoración política o moral que se haga de las palabras del presidente Putin, lo cierto es que se trataba de conceptos fuertemente arraigados en el espacio post-soviético.
En realidad, las acusaciones contra el movimiento del Maidán como «fascista» o «dirigido por fascistas» no eran nuevas e incluso habían formado parte de los ataques a la «Revolución Naranja» de 2004, que había derribado también a Yanukovich 8. Las organizaciones neocomunistas y post-soviéticas en el país habían estado utilizando estos términos para vilipendiar a los activistas del Maidán desde el comienzo de las movilizaciones populares. En febrero, los diputados comunistas habían propuesto una ley «para prohibir la ideología neonazi y neofascista», con el objetivo de atacar a los muchos grupos del Maidán que utilizaban algunos de los símbolos o emblemas del nacionalismo ucraniano, símbolos que, por cierto, muchos eran patrimonio exclusivo de los discursos ideológicos de derechas, pero no todos.
Pero la idea subyacente era mucho más compleja e iba más allá de los votantes o simpatizantes de los comunistas. Como ha dicho un autor, la imagen del Maidán que existía en la mente de muchos ucranianos del sur y el este era que «los neo-fascistas del oeste de Ucrania quieren convertir en homosexuales a todos los ucranianos, arruinar la economía y extender la anarquía con el apoyo de los Estados Unidos» 9. Se trata en realidad de una concepción enormemente extendida por los territorios post-soviéticos que une homofobia, nacionalismo, antieuropeísmo y antiamericanismo con discursos antifascistas que, como veremos, hunden sus raíces en la Segunda Guerra Mundial.
Las narrativas antiucranianas, con el tiempo disfrazadas de antifascismo, tienen una larga tradición en Rusia 10. En la concepción clásica de la ideología imperial rusa, los ucranianos habían sido «hermanos pequeños», casi niños que tenían que ser liderados por los rusos 11. Era la imagen de un pueblo campesino, que hablaba un dialecto cómico y sin una intelectualidad propia. Cuando el nacionalismo ruteno, luego transformado en nacionalismo ucraniano, cobró fuerza, los intelectuales imperiales rusos construyeron una visión de los ucranianos como fanáticos nacionalistas, antirusos y, pese a ello, hermanos pequeños a los que liderar. Este concepto pasó sin transformación a los bolcheviques, que durante la Guerra Civil rusa habían combatido ferozmente los intentos de independencia de Ucrania y a la masa anarquista y libertaria de campesinos ucranianos. En parte, la sucesión de olas estalinistas de terror contra Ucrania tuvo que ver con esta idea de los ucranianos como tenaces nacionalistas, a los que los comunistas debían destruir o disciplinar 12. Pero fue durante la Segunda Guerra Mundial cuando el estereotipo se reforzó, con la temporal cooperación de Bandera con los nazis, y más tarde, en la posguerra, con la resistencia armada contra los soviéticos en Ucrania 13. El estereotipo «banderista» se ha mostrado como un mito de larga duración, utilizado a lo largo de la época soviética, pero a la que ha sobrevivido. Firmemente arraigados en las prácticas de la memoria centradas en la Segunda Guerra Mundial, los prejuicios contra el nacionalismo ucraniano penetraron profundamente en la propia sociedad ucraniana. Y esto se debía a que el nacionalismo ucraniano fue identificado —desde fuera— directamente con el fascismo.
El Estado soviético que sobrevivió a la barbarie nazi construyó su nueva identidad y una nueva legitimidad basándose en la traumática guerra de «liberación nacional». La identidad soviética adoptó la forma de la imagen del soldado del Ejército Rojo que liberó a Europa del flagelo del fascismo. Pero esto también se unió en una secuencia conjunta con el martirio de la población civil y con la lucha de los partisanos soviéticos, entendida esta última como la encarnación del pueblo soviético. Ante el escaso atractivo de la utopía revolucionaria, la tragedia bélica y el impulso nacionalista se convertían en el cemento que unía la compleja sociedad soviética. Todo esto era parte de una narrativa heroica de victimización que muestra un modelo cerrado de culto a la guerra: sólo la URSS había derrotado al enemigo «fascista hitleriano» gracias a los grandes sacrificios y esfuerzos de los pueblos soviéticos. La URSS también había tomado sobre sus hombros la tarea heroica de la liberación de los pueblos ocupados de Europa Oriental y Central, que, como verdaderos hermanos, estaban profundamente agradecidos por ello y utilizaban cada oportunidad para demostrarlo. En el oeste de Ucrania, que tras 1945 había caído bajo el dominio soviético de nuevo, hubo una importante operación de ocultamiento, de disolución y de distorsión de la historia del periodo 1939-1945, sobre todo de las invasiones soviéticas 14. Los nacionalistas fueron acusados de fascismo, colaboracionismo y de promover el retorno de las dictaduras de entreguerras. El discurso público era que la Unión Soviética había liberado a los ucranianos de la opresión nazi, mientras que los nacionalistas eran el epítome de todo mal y la culpa de las violencias y, de hecho, en alianza con sus exiliados, estaban tratando continuamente de destruir el poder soviético y la paz entre los pueblos de la URSS.
El trauma del colapso económico y social en 1991 y el desastre financiero de finales de los años noventa, justo cuando parecía que lo peor había pasado, llevaron a la población rusa a hacer un balance positivo de su pasado comunista. Era una opinión que no tenía nada que ver con una nostalgia de naturaleza política, sino con una añoranza de estabilidad económica, de seguridad personal y, al mismo tiempo, de un legítimo sentimiento de orgullo nacional. Éste se conectaba a un país socialista que había surgido, no de la Revolución de Octubre, que había perdido casi todo su atractivo, sino de la victoria en la Gran Guerra Patria contra el invasor nazi 15.
Este sentimiento fue explotado y fomentado por el cambio en la política rusa desde el ascenso de Vladimir Putin a la presidencia. Se trató de una verdadera revolución en la construcción de una memoria histórica que significaba, por un lado, un retorno a la época de Brezhnev, pero también asumía y se asociaba a fragmentos de la historia de Rusia que habían sido velados y transformados en tabú por el régimen soviético, como los zares y el cristianismo ortodoxo. En esta construcción de un discurso de la identidad colectiva arraigada en la memoria de un pasado glorioso, se otorgó un papel sustancial a la memoria de la Segunda Guerra Mundial. Esto llevó a algunos a rehabilitar al propio Stalin. En 2007, por ejemplo, una encuesta realizada por el Centro Levada en Moscú reveló que hasta un 28 por 100 de los rusos estaba de acuerdo con la afirmación: «No importan los errores y los crímenes que se atribuyen a Stalin, lo que importa es que durante su liderazgo el pueblo emergió victorioso de la segunda Guerra Mundial». Y, en una ola de patriotismo después de la invasión de Crimea en 2014, hubo voces en Rusia que afirmaron que la ciudad rusa de Volgogrado debería cambiar su nombre otra vez a la gloriosa «Stalingrado».
Bajo el presidente Putin se rehízo la mitología de la Segunda Guerra Mundial, se recuperó el himno nacional estalinista (con un texto diferente) y los aniversarios del final de la guerra se celebraban con solemnes desfiles militares y recreaciones con espectáculos de artillería pesada. Se utilizó también el recuerdo del conflicto como un arma contra otras naciones: a Alemania se le acusaba de tratar de borrar el pasado, a los países bálticos y a Polonia se los calificaba de ingratos por no reconocer que Rusia —identificada con la URSS— les había liberado del fascismo. La identidad política antifascista específica formada en tiempos de Brezhnev siguió siendo esencialmente la base de la memoria histórica rusa.
La situación en Ucrania era un poco diferente 16. Mientras que este país había sido parte de la Unión Soviética, había participado en la misma forma de recuerdos antifascistas de la guerra como el resto del Estado. Sin embargo, después de 1991 se había producido un cambio radical de la política oficial hacia la guerra. Los nacionalistas «banderistas» pronto fueron rehabilitados, aunque sólo en las regiones occidentales, donde las heridas del conflicto y de la invasión aún seguían abiertas y las víctimas entre los partisanos y sus familias o simpatizantes durante los años cuarenta y cincuenta se contaban por miles. Legalmente, esta rehabilitación era sólo en términos de su participación en la lucha contra los alemanes, mientras que no se alcanzó un consenso en relación con el sentido de su lucha hacia la independencia de Ucrania, debido a que la izquierda prosoviética les seguía considerando como traidores. La política de la memoria oficial en Ucrania, sobre todo después de la «Revolución Naranja» de 2004, había sido favorecer la interpretación de la Segunda Guerra Mundial como una lucha del pueblo de Ucrania contra los ocupantes alemanes y rusos 17. Que esta visión era muy problemática y sólo se podría aplicar a una parte del territorio quedó claro en febrero de 2014, con los hechos de Crimea y el comienzo de la guerra civil en el Donbass.
El conflicto del Donbass abrió una situación nueva que, como he dicho, aún no se ha cerrado. La intervención rusa movilizó a la sociedad civil ucraniana hasta un punto inédito hasta entonces. Hay que dejar a un lado muchos estereotipos: posiblemente, sin la ruptura de la Unión Soviética por iniciativa de Boris Yeltsin en 1991, la mayoría de los ucranianos habrían querido seguir viviendo en una cierta unión de Estados junto con Rusia. Sin embargo, la implosión del Estado soviético —junto con el descrédito general de los comunistas— llevó a que en 1991 una mayoría aplastante de ciudadanos ucranianos —de todas las regiones— votara por la independencia. A lo largo de los años y hasta ahora, las encuestas han sido persistentes en algunos de sus resultados: pese a diferencias regionales, en ninguna zona del país —ni siquiera en Crimea— los ciudadanos se cuestionaban su pertenencia a Ucrania. Y, al contrario, excepto unas exiguas minorías, la mayor parte de los ucranianos sentía una cierta ligazón a Rusia y, aun siendo en general partidarios de un acercamiento a la Unión Europea, la rusofobia no era una opción. Las políticas de memoria y de nacionalidades del país durante estos años han sido volubles, pero, en general, se han evitado políticas masivas de ucranización forzada, tanto en lo lingüístico como en lo ideológico. Pese a que la división habitual entre las tierras ucranianas que pertenecieron al imperio austro-húngaro y las que lo hicieron al imperio ruso sigue teniendo sentido, lo cierto es que esa diferencia cultural no ha sido determinante en el conflicto. Como no lo ha sido la división lingüística.
Esto ha cambiado desde la invasión de Crimea y el comienzo de la guerra en el Donbass. La sociedad civil ucraniana ha estallado en iniciativas de nacionalización desde abajo, que en este momento son hegemónicas en el entorno urbano, incluso en regiones antes «frías» en lo nacional 18. Al mismo tiempo ha aparecido un anticomunismo popular, encarnado en la destrucción de las estatuas de Lenin que quedaban —sobre todo en el Este—, que ha sido seguida por una serie de leyes relacionadas con la memoria histórica de los nacionalistas ucranianos así como de expulsión del espacio público de las reminiscencias del comunismo soviético. Por eso la mitología de Bandera y su nacionalismo integral, entendida como un mito de la lucha por la libertad nacional, se han convertido en parte de la construcción del nacionalismo banal, incluyendo el renombrado de calles y avenidas. Esto, junto con una ambigua ley que se supone prohíbe atacar la memoria de «quienes lucharon por la patria» (y que, por sus propias características, es casi imposible de cumplir), ha sido muy criticado por intelectuales y activistas prooccidentales 19.
La destrucción de cuanto se halle conectado con el comunismo ha avanzado hasta el punto de que incluso la tercera ciudad del país, Dnipropetrovsk, cuyo nombre provenía del de un gerifalte soviético, ha sido renombrada como Dnipro. La prohibición de simbología comunista (y nacionalsocialista) tiene también otra dimensión: dificulta la acción de los partidos comunistas ucranianos —post-soviéticos, estalinistas o cercanos a la socialdemocracia— que hasta 2014 habían sido los grandes rivales de nacionalistas y demócrata-liberales. La izquierda no comunista, que había sido en parte la iniciadora del Maidán, parece estar reconstruyéndose, buscando referentes en otros modelos políticos.
En cualquier caso, el impulso antifascista soviético —ahora relacionado en el imaginario ucraniano claramente con el agresor ruso— parece haber perdido fuerza, sobre todo, como he dicho, en el mundo urbano ucraniano.
Por el contrario, resulta curioso observar que, desde el estallido del conflicto ucraniano y la invasión rusa, algunos intelectuales occidentales (desde Stephen Cohen a Noam Chomsky) han saludado la ocupación de Crimea como un triunfo del «antifascismo». La revolución del Maidán de Kiev es descrita muchas veces como «un golpe de Estado» impulsado por un «Occidente» movido por turbios intereses comerciales y geoestratégicos. Para quien sepa algo del tema y la zona, el hecho de que en Ucrania haya nacionalistas ucranianos —después de más de cien años de intentos de construcción nacional— resulta un oxímoron. Pero eliminar de la vida política a estos sujetos es un asunto que deben resolver los propios ucranianos.
Sin embargo, el coro de supuestos «antifascistas occidentales» a menudo ha alabado al mismo tiempo un imperialismo ruso que, paradójicamente, se ha convertido en la amenaza más real sobre el continente desde 1945. Durante esta crisis, el nacionalismo ruso ha sabido movilizar una propaganda antifascista como no se veía desde la guerra de España. El antifascismo —en su encarnación clásica— fue un arma ideológica creada por el estalinismo en los años treinta. Este arma iba más allá de la necesidad real de combatir una serie de regímenes totalitarios: eliminar el antisemitismo, combatir el militarismo y superar el nacionalismo de Mussolini, Hitler o Franco suponían objetivos tan excelsos que el unirse en torno a ellos parecía urgente. Los miles de jóvenes de las Brigadas Internacionales, los muchos maquis y resistentes que durante la Segunda Guerra Mundial combatieron al fascismo, no pretendían otra cosa.
Pero el tipo de antifascismo de origen estaliniano lo que buscaba era cerrar la boca a los críticos, impedir la reflexión libre sobre la propia violencia. Combatiendo el mal supremo que suponía el fascismo, se acababan por disculpar o aceptar —como mal necesario— las interminables purgas y matanzas estalinistas. Quien afirmaba la posibilidad de combatir ambas cosas era tachado de revisionista, de imperialista, de enemigo en suma. Y de alguna manera, esto está volviendo a pasar hoy día. Cuestionar la invasión de Crimea o no demonizar al gobierno ucraniano significa arriesgarse a ser difamado como imperialista «proamericano», ser insultado como alguien que apoya a los «fascistas ucranianos» que, al cabo, no serían sólo el puñado de verdaderos fascistas, sino todos los ucranianos, incluyendo a aquellos que lo único que desean es un acercamiento al resto de Europa. Urge, pues, que los historiadores analicemos estos mitos con mente fría y conocimiento de las fuentes. Establecer el origen y el radio de acción de mitos tan arraigados como los que hemos explicado aquí es esencial para entender la realidad política y geoestratégica actual.
1 Claude Lévi-Strauss: «Cuando el mito se convierte en historia», en Mito y significado, Madrid, Alianza Editorial, 1995, y Jan Assmann: «Mythos und Geschichte», en Helmut Altrichter, Klaus Herbers y Helmut Neuhaus (eds.): Mythen in der Geschichte, Friburgo, Rombach, 2004, pp. 13-28.
2 Ya clásico sobre el papel del mito en las relaciones internacionales y la historia véase Beatrice Heuser y Cyril Buffet (eds.): Haunted by History: Myths in International Relations, Providence, Berghahn Books, 1998. Cercano a este texto, desde otro objeto, he escrito en José M. Faraldo: «Desde las tinieblas de la Edad Media. Los mitos medievales antigermanos y el nacionalismo polaco», en Ludger Mees (ed.): La celebración de la nación. Símbolos, mitos y lugares de memoria en el discurso nacional, Granada, Comares, 2012, pp. 63-82.
3 Sobre antifascismo en Rusia y la Unión Soviética más en extenso véase José M. Faraldo: «An Anti-Fascist Political Identity? On The Cult of Anti-Fascism in the Soviet Union and Post-Socialist Russia», en Mercedes Yusta et al. (eds.): Rethinking Antifascism, 1922-1945. New Topics, New Debates, Nueva York, Berghahn Books, 2016, pp. 202-227.
4 Véase en castellano la más completa visión de los hechos en Rubén Ruíz Ramas (ed.): Ucrania. De la Revolución del Maidán a la Guerra del Donbass, Salamanca, Comunicación Social Ediciones y Publicaciones, 2016. En inglés se han publicado ya algunas visiones de conjunto satisfactorias como, por ejemplo, Andrew Wilson: Ukraine Crisis: What It Means for the West, New Haven-Londres, Yale University Press, 2014; Serhy Yekelchyk: The Conflict in Ukraine, Nueva York, Oxford University Press, 2015, y Elizabeth A. Wood et al.: Roots of Russia’s War in Ukraine, Washington DC, Woodrow Wilson Center-Columbia University Press, 2016.
5 Disponible en http://kremlin.ru/events/president/news/20603 (última consulta realizada: 4 de septiembre de 2016). Todas las citas de Putin siguientes provienen de este discurso.
6 Véase Elizabeth A. Wood: «A Small, Victorious War? The Symbolic Politics of Vladimir Putin», en Elizabeth A. Wood et al.: Roots of Russia’s War in Ukraine, Washington DC, Woodrow Wilson Center-Columbia University Press, 2016, pp. 97-129.
7 Aunque sobre Bandera se ha escrito mucho, lo mejor en una lengua generalmente accesible es la tesis doctoral de Grzegorz Rossolínski-Liebe: Stepan Bandera: The Life and Afterlife of a Ukrainian Nationalist. Fascism, Genocide, and Cult, Stuttgart, Ibidem Press, 2014. Una visión algo distinta del nacionalismo ucraniano de entreguerras puede verse en Oleksandr Zaitsev: Ukrayins’kyy intehral’nyy natsionalizm 1920-1930-kh rokiv: Narysy intelektual’noyi istoriyi, Kyyiv, Krytyka, 2013.
8 Disponible en http://www.neweasterneurope.eu/interviews/806-the-fascism-of-patriots-and-antifascism-of-bandits (última consulta realizada: 4 de septiembre de 2016).
9 Milan Lelich: «The Soviet Union versus the EuroMaidan», New Eastern Europe, 2 (2014), pp. 25-35.
10 Myroslav Shkandrij: Russia and Ukraine. Literature and the Discourse of Empire from Napoleonic to Postcolonial Times, Montreal, McGill-Queen’s University Press, 2001.
11 Serhii Plokhy: Ukraine and Russia: Representations of the Past, Toronto (Ont.), University of Toronto Press, 2008.
12 Serhy Yekelchyk: Stalin’s Empire of Memory: Russian-Ukrainian Relations in the Soviet Historical Imagination, Toronto, University of Toronto Press, 2004.
13 José M. Faraldo: La Europa clandestina. Resistencia contra las ocupaciones nazi y soviética (1938-1948), Madrid, Alianza Editorial, 2011.
14 Para la construcción de la identificación colectiva ucraniana véase George O. Liber: Total Wars and the Making of Modern Ukraine, 1914-1954, Toronto, University of Toronto Press, 2016.
15 Joachim Hössler: «Der “Große Vaterländische Krieg” in der postsowjetischen Historiographie», en Lars Karl e Igor J. Polianski (eds.): Geschichtspolitik und Erinnerungskultur im neuen Russland, Göttingen, Böhlau, 2009, pp. 237-248.
16 Vladyslav Hrynevyc: «Gespaltene Erinnerung. Der Zweite Weltkrieg im ukrainischen Gedenken», Osteuropa, 55, 4-6 (2005), pp. 88-102.
17 Sobre la construcción de la historiografía y la visión de la historia ucraniana tras la independencia véase David R. Marples: Heroes and Villains: Creating National History in Contemporary Ukraine, Budapest, Central European University Press, 2007.
18 Algo que, en menor medida, ya había sucedido durante la «Revolución Naranja». Véase Abel Polese: «Une version alternative de la “révolution orange”: transformations identitaires et “nation building spontané”», Socio-logos. Revue de l’association française de sociologie, 4 (2009).
19 Disponible en https://www.opendemocracy.net/od-russia/andrii-portnov/bandera-mythologies-and-their-traps-for-ukraine (última consulta realizada: 29 de agosto de 2016).