Ayer 132 (4) 2023: 309-335
Marcial Pons Ediciones de Historia
Asociación de Historia Contemporánea
Madrid, 2023
ISSN: 1134-2277
DOI: 10.55509/ayer/2007
© Ramón Villares
© Teresa María Ortega
© Toni Morant
Recibido: 05-11-2021 | Aceptado: 04-01-2020 | Publicado on-line: 09-10-2023
Editado bajo licencia CC Attribution-NoDerivatives 4.0 License

Cultura histórica, historia pública, profesión y compromiso de los historiadores

Ramón Villares

Universidad de Santiago de Compostela
ramon.villares@usc.es

Teresa María Ortega

Universidad de Granada
tmortega@ugr.es

Toni Morant

Universitat de València
toni.morant@uv.es

Resumen: En representación de tres generaciones de historiadores, Ramón Villares, Teresa María Ortega y Toni Morant, reconocidos especialistas en diferentes campos de la historia contemporánea, reflexionan sobre algunas cuestiones clave suscitadas por las transformaciones disciplinares de la ciencia histórica, los cambios en las prácticas comunitarias y en los compromisos profesionales. Los puntos de vista y propuestas de orientación de los autores se sitúan en el incierto futuro de la historia, tras el impacto de la pandemia del COVID-19. Este Debate ha sido coordinado por el profesor Ignacio Peiró (Universidad de Zaragoza).

Palabras clave: historia, profesión de historiador, historia de la historiografía, usos públicos de la historia, cultura histórica, historia de la memoria, historia pública.

Abstract: Ramón Villares, Teresa María Ortega and Toni Morant represent three generations of historians who are prominent specialists in different fields of modern history. They share their thoughts on core issues raised by current disciplinary transformations in historical science, shifts in practices, and new professional commitments. Their points of view and orientation proposals must be placed in the context of the uncertain future of the field of history in the wake of the impact of the COVID-19 pandemic. This Debate has been coordinated by professor Ignacio Peiró (University of Zaragoza).

Keywords: history; the historical profession, history of historiography, uses of history, historical culture, historical memory, public history.

Introducción

El 9 septiembre de 2022 tuvo lugar en la Facultad de Filosofía y Letras de Zaragoza la Jornada de la Asociación de Historia Contemporánea Premio «Juan José Carreras». El programa incluía la celebración de la mesa redonda «Historia y Sociedad. Cultura histórica, públicos y consumo de la historia y la memoria», coordinada por Ignacio Peiró. El moderador solicitó a los participantes, Ramón Villares, Teresa María Ortega y Toni Morant, que realizaran un ejercicio «autocomprensivo» con el propósito de abrir un debate sobre el significado que, para su práctica historiográfica, representaban los nuevos escenarios creados por la emergencia de los usos del pasado y la consolidación disciplinar de los discursos de la memoria. Y, de manera específica, por la yuxtaposición del trabajo y el compromiso profesional con las dimensiones adicionales de la cultura histórica y las múltiples manifestaciones de la historia pública (desde la historia oral a los museos, archivos y monumentos, pasando por el rápido crecimiento de los medios de comunicación y las humanidades digitales). Inspirados en los debates de la historiografía internacional de las últimas décadas, los tres historiadores invitados han reelaborado las intervenciones para su presentación en la sección Debate de Ayer. El consejo editorial de la revista agradece su colaboración.

AYER: En la presentación de uno de sus últimos libros, el historiador alemán Stefan Berger afirma que nunca ha podido concebir escribir historia sin reflexionar sobre la práctica teórica que implica este ejercicio 1. Desde esta perspectiva ¿cómo percibís los cambios experimentados por la historiografía contemporánea en las últimas décadas?

Ramón Villares: La historia contemporánea es una disciplina aparentemente joven, aunque ya disponga de una comunidad profesional sólida. Por sus propios contenidos, está expuesta a cambios más rápidos que otras áreas de la historiografía. Si la entendiéramos solo como una continuidad de la «historia del tiempo presente», la historia contemporánea gozaría de una larga tradición, pero no es el caso de situarse en esta tradición intelectual que remite a los padres fundadores de la historiografía desde el mundo grecolatino.

Admitamos que, en España, la construcción de la historia contemporánea comienza en los años sesenta del siglo pasado, con la creación de departamentos universitarios con esa denominación (que, durante años o décadas han caminado unidos con la historia moderna) y se ha consolidado como tal, al calor de una progresiva demanda social de estudios del entorno y de la recuperación del interés por el «difamado» siglo xix, que Jover Zamora quiso ilustrar simbólicamente con un Miguel Artola blandiendo su libro Los afrancesados en un curso de verano de los años cincuenta.

Más adelante, en el seno de la oposición antifranquista y en la construcción de la democracia, el interés por la historia contemporánea fue un hecho claramente generacional, que acercó los historiadores a una variada gama de ciencias sociales (economía, ciencia política, derecho, geografía, antropología...), lo que reforzó no solo su expansión, sino la conexión con tendencias historiográficas como el marxismo que, debido al peso del grupo de la revista Annales, habían permanecido en penumbra, tanto en Francia como en España o Portugal, frente al mayor vigor de la historia propiamente contemporánea alcanzado en Italia, Alemania o el Reino Unido, por referirme solo a países de nuestro entorno europeo.

Los cambios profesionales de las últimas décadas se podrían individualizar en varias direcciones, alguna de naturaleza más corporativa y otras de enfoque y contenidos. La progresiva constitución de una comunidad profesional fue tarea relativamente rápida, en la que concurrieron desde la propia expansión de los estudios universitarios, como la convergencia de la tradición republicana procedente del exilio (los Coloquios de Pau serían un buen ejemplo) con el «frentepopulismo historiográfico» (Riquer-Ucelay) del interior. A fines de los años ochenta, dos hechos institucionales marcaron claramente la evolución de la historia contemporánea. El primero, por orden cronológico, fue la renovación de los planes de estudio con la introducción de la materia Historia del Mundo Actual, que abrió un campo nuevo para una disciplina todavía joven; el segundo, la fundación de la Asociación de Historia Contemporánea —coetánea con las de muchas otras áreas— que tuvo entre sus efectos más evidentes la aparición de la revista Ayer, como revista especializada en historia contemporánea.

Un cambio profesional muy profundo está en los contenidos de la profesión, que han evolucionado de forma rápida con un desplazamiento hacia los periodos más recientes —¿quién se ocupa hoy del otrora «difamado» siglo xix?— y han diversificado extraordinariamente los temas estudiados, con la incorporación de nuevos tópicos de investigación, entre los que sobresalen los estudios de género, la explosión memoralista o la visión cultural de fenómenos como los movimientos sociales o los nacionalismos. La historia de las personas concretas ha sustituido a las instituciones, en especial a los Estados y sus principales acciones (leyes, constituciones, guerras...). Todo ello se refleja del modo más claro en la evolución de los congresos y encuentros de la disciplina, que de afrontar problemas generales han pasado a regirse por la pluralidad temática, en la que reina la especialización. Esta deriva no es ninguna originalidad, sino que es congruente con una tendencia muy general que comenzó en las ciencias experimentales y ha llegado, finalmente, a las ciencias sociales y las humanidades.

A todo ello se suma una mudanza en los enfoques de la disciplina, que ha ido derivando hacia una «historia del presente», que es otra forma de expresar lo que se suele denominar la desaparición de los «grandes relatos», sustituidos por la hegemonía del presentismo como rasgo definitorio de la investigación histórica actual (y no solo de la historia contemporánea). No solo están cambiando los contenidos y las épocas de interés, sino que se ha transformado radicalmente el concepto del tiempo, considerado como la estructura básica para la escritura de la historia, dado que expresa la diferencia entre pasado, presente y futuro. Pero no todo es coser y cantar. Como observa el modernista italiano Adriano Prosperi, este presentismo supone un «mutamento epocale», que ha alejado vertiginosamente el presente del pasado y que, al tiempo, hace más difícil pensar el futuro 2. Es difícil no advertir ese «mutamento» como un viraje del modelo conceptual que procede de la época ilustrada, tan bien analizado por Reinhard Kosselleck, al definir la modernidad y la secularización de la historia en virtud de la fijación de claras diferencias entre pasado y presente, lo que permite tener una percepción de futuro como posibilidad. Este futuro, alejado del relato de la historia sagrada, deja de ser un paraíso para encarnarse en el progreso que Walter Benjamin imaginó como una «tempestad» que arrastra el Ángel de la Historia. Pero ahora el curso del progreso se ha estancado...

Teresa María Ortega: En la actualidad tengo la misma impresión que varios de nuestros compañeros de profesión tenían en la década de 1990. No me estoy refiriendo al debate de los «desiertos y secanos» con el que se abrieron los noventa por parte de los profesores Santos Juliá, Julián Casanova y Carlos Forcadell 3, sino a lo que en 1992, siendo yo estudiante de primer curso de la licenciatura de Historia, señaló el profesor Mariano Esteban en un artículo publicado en la revista Ayer: «el panorama historiográfico español se ha ampliado considerablemente, y en este proceso de expansión se ha hecho cada vez más plural, conviviendo hoy en él un número creciente de tendencias, de planteamientos teóricos y metodológicos y de corrientes intelectuales» 4.

Esta percepción es hoy, desde mi punto de vista, una realidad. Al respecto, basta comprobar todo lo que se ha publicado sobre la historia contemporánea de España. Los siglos xixxx, tan apasionados como apasionantes, se vienen analizando desde entonces, desde perspectivas efectivamente plurales y cuentan hoy con buenas monografías y sólidas visiones de conjunto, además de análisis más específicos, sobre los acontecimientos fundamentales y los problemas más importantes que nos han permitido ser conocedores de sus complejidades, controversias y polémicas. Muchos libros y ar­tículos de revista han sido capaces de combinar el relato con el análisis, el ritmo de la narración con la pausa de la inter­pretación, el detalle de los acontecimientos con la actualización científica. A esta renovación de teorías y métodos hay que sumar la renovación temática de nuestra historiografía poniéndose en este sentido al mismo nivel, incluso en algunos casos superando lo realizado por la historiografía internacional. Temas que en los noventa se consideraban escasamente atendidos por las historiadoras y los historiadores españoles y que eran percibidos como atractivos y fecundos en otros países, hoy constituyen una asignatura superada (y con nota). Así, por ejemplo, el estudio de las formas de sociabilidad, la vida cotidiana, las actitudes sociales y políticas de la ciudadanía o la historia de las mujeres cuentan en la actualidad con publicaciones tan numerosas como de indiscutible calidad.

Centrándome en aquello que conozco mejor, y como ejemplo de lo que señalo, la historia de las mujeres y del género tiene ya un consolidado y riguroso recorrido teórico, metodológico e historiográfico en España. Nuestro país cuenta con una reconocida genealogía de historiadoras que, en lo que llevamos de siglo xxi, ha impreso un claro dinamismo teórico vinculado a los más recientes debates presentes en la historiografía internacional 5. La inclusión de la dimensión de género y/o sexo en la investigación —como categoría analítica en el estudio de las jerarquías, de las normas sociales y de los símbolos culturales asociados a mujeres y a hombres, a lo masculino y lo femenino— ha permitido conseguir resultados científicos de más calidad y más acertados en temas clave de la historia social, la historia económica, la historia política y la historia cultural. En el caso de la historia contemporánea la perspectiva de género ha producido fecundas aportaciones y útiles propuestas explicativas en torno a la reformulación de conceptos tan esenciales y relacionados entre sí como el discurso, el lenguaje, la acción colectiva, la experiencia vivida o la identidad. Sin la pretensión de ser excesivamente exhaustiva, porque el espacio donde escribo esta reflexión no lo permite, solo señalaré que la historia de las mujeres y del género aplicada a los siglos xixxx ha dado respuestas a las tensiones provocadas por visiones esencialistas y excesivamente reduccionistas, respuestas que a su vez están permitiendo hacer «más historia» y «más historia global» en el sentido de que ha posibilitado abrir nuevos ámbitos para la investigación histórica.

Para finalizar, quiero incidir en dos cuestiones que para mí son esenciales por cuanto han favorecido que hoy, treinta años después de la aparición del artículo de Mariano Esteban, podamos hablar del buen momento que, desde mi punto de vista, está viviendo la historiografía contemporánea española en su conjunto: la calidad y la internacionalización. La primera viene determinada por una práctica asentada ya en la academia: la revisión por pares que valora de forma independiente y crítica un manuscrito o un artículo enviado para su publicación científica en una editorial o en una revista; mientras que la segunda se ha visto impulsada por las exigencias que el sistema educativo español ha dado por fin al aprendizaje de los idiomas extranjeros. En este sentido, superados los complejos que siempre hemos tenido en España con los idiomas, los resultados de buena parte de nuestra investigación cada vez es más frecuente encontrarla en editoriales y revistas no españolas. Un hecho que ha favorecido sin duda alguna a la europeización e internacionalización de la historiografía española en los últimos tiempos (tema que ha sido ya analizado en proyectos de investigación y seminarios como el organizado en la Universidad de Zaragoza por los profesores Ignacio Peiró y Miquel À. Marín Gelabert) 6.

Toni Morant: Nuestra profesión ha experimentado notables cambios, yo creo que al compás y a la vez como reflejo también de los cambios sociales. Es algo perceptible tanto en la/s forma/s de hacer historia como en el propio ámbito —académico, pero no solo— en el que desarrollamos nuestro trabajo. Por un lado, hemos ganado en amplitud y profundidad temática: tanto, como era de esperar, en la ampliación del periodo a historiar, de aquello que resulta historiable (y que abarca ya periodos y procesos que se van adentrando en nuestro siglo), como también en muchas de las temáticas elegidas como objeto de estudio. Gracias también a las nuevas generaciones de historiadoras, nuestras miradas han ganado en riqueza y matices, e incluyen temáticas que hasta hace no tanto no se consideraban estudiables o, directamente, no se «veían». Y creo que somos cada vez más conscientes también de la necesidad de seguir rompiendo esencialismos, superando enfoques eurocéntricos y nacionalismos metodológicos, por ejemplo, gracias a estudios sobre procesos o redes transnacionales.

Además, yo destacaría que la historiografía española ha ganado en las últimas décadas presencia y visibilidad en el plano internacional, en lo que es un proceso en ambas direcciones. Por un lado, cada vez es más difícil —aunque aún hay casos— investigar o publicar sobre temas de historia de España sin tener en cuenta las aportaciones hechas desde la historiografía española. Por el otro, muchas investigadoras están ahora integradas en redes y estructuras internacionales, o directamente han emigrado —por voluntad o por necesidad— a universidades no españolas. No solo su formación, sino también su entorno habitual de trabajo es ya internacional: acostumbran a investigar en archivos, presentar y hablar en encuentros, o hacer estancias de investigación más allá de las fronteras estatales. Publicar en editoriales o en revistas extranjeras de prestigio internacional resulta también cada vez menos extraño. Y, es más, se puede investigar también la historia de otros países y ser tenida en cuenta por la historiografía internacional o por la de esos países.

Por otro lado, la propia profesión, el ámbito académico en el que nos movemos y en el que trabajamos, ha sufrido profundas transformaciones desde el cambio de siglo, en parte también por el encadenamiento de crisis: económica, pandemia y, ahora, una guerra con amplias repercusiones globales de las que todavía no somos conscientes. No olvidemos los recortes que llevamos arrastrando más de una década. La palabra clave es «precariedad». Actualmente, nos enfrentamos a la paradoja de tener nuevas generaciones de historiadoras, por lo general, muy preparadas, formadas internacionalmente y capaces de moverse con soltura fuera de España, pero que, a la vez, sufren una situación de precariedad profesional a la que parece que no le vemos —ni somos capaces de poner— fin. La edad media a la que nos consolidamos hoy en día se ha retrasado sensiblemente respecto de los ochenta o los noventa y hoy en día es difícil llegar a un contrato indefinido antes de los cuarenta. No es, en absoluto, un fenómeno exclusivamente español; la situación en otros sistemas universitarios, al menos en los que conozco mejor, no es —como poco— mejor. Los niveles de exigencia son cada vez más altos, en muchas ocasiones hasta extremos desaforados, cuando no directamente absurdos, en lo que probablemente sea el cuento del rey desnudo en versión académica.

Y la precariedad tiene un impacto muy profundo en las perspectivas, proyectos y trayectorias vitales de quienes, pese a todo, hoy en día optan aún por empezar o siguen luchando por consolidarse. El camino a la calidad y la «excelencia», esa obsesión neoliberal por clasificar, listar o cuantificar todo con una nota o una puntuación hasta la décima o la centésima, está dejando a mucha gente muy buena por el camino. Llevo años ya firmando cartas de recomendación a estudiantes con un 7,9 o un 8,2 de media para optar al doctorado en el extranjero; gente para la que en España, por muy buenas que sean sus notas de máster, su potencialidad o sus proyectos de tesis, las puertas del mundo de la investigación están cerradas. Repito: la «excelencia» está expulsando a gente muy buena fuera de la Universidad o, al menos, fuera de la Universidad española, lo cual a su vez no deja de ser una paradoja más porque su formación está pagada gracias a los impuestos y, al final, países más ricos se acaban beneficiando de su emigración.

AYER: El concepto de «cultura histórica» ha ampliado las dimensiones del pensamiento histórico y la capacidad racional de la historia para configurar sentidos y orientaciones en las relaciones con el pasado (tanto en el presente de la vida cotidiana como en sus perspectivas de futuro) 7. En esa fina línea que marca las diferencias entre las prácticas históricas e historiográficas se insertan las críticas surgidas desde los nuevos subcampos y áreas disciplinares que cuestionan las interpretaciones de la historiografía más tradicional. Aquí ya se ha apuntado el largo camino recorrido desde la historia de las mujeres a la consolidación de las historias de género. A su lado, resulta obligado mencionar el extraordinario desarrollo adquirido por los llamados estudios de la memoria (representados por la revista Memory Studies). ¿Cuál es vuestra posición en el viejo-nuevo debate entre la historia y la memoria? y ¿cómo interpretáis la influencia y/o irrupción de la memoria en el trabajo del historiador?

Ramón Villares: Mi posición personal sobre historia o memoria es analítica en cuanto a la necesidad de ser explicada racionalmente, pero más bien crítica en cuanto a los desafíos que conlleva tanto para la historiografía como también para la cultura histórica de la sociedad actual. En realidad, la cuestión de la memoria tiene mucho que ver con las mutaciones de enfoque y de contenidos a las que me acabo de referir. Que el estatuto que rige las relaciones entre historia y memoria ha ido cambiando no necesita mucha explicación. En un texto de principios de este siglo nos advertía Juan José Carreras sobre la tendencia a hablar de memoria cuando «queremos hablar de historia» 8. Era una advertencia sobre «el pontificado de la memoria», del que ya convenía entonces dar cuenta. Pero con el paso de los años, esta hegemonía de la memoria se ha consolidado, lo que afecta de forma particular a la disciplina de Historia Contemporánea, en tanto que es la más adecuada para recuperar el modelo de Heródoto de construir el relato histórico a partir de testimonios directos de los hechos narrados: el «yo estaba allí» es práctica bien antigua que siglos de positivismo documental parecía que habían superado. Pero no ha sucedido nada de esto: cuando se dispone de mayor nivel de información, se recurre con frecuencia al testimonio personal, en el que el testimonio —con frecuencia, la víctima— desempeña un papel esencial. Es verdad que entre los muchos «giros» que ha experimentado la investigación histórica, el no menos relevante es el desprecio por el archivo, concebido como «el paradigma de la no experiencia» (La Capra) cuando no un ejemplo de «material radioactivo» (Derrida). Después del archivo, vienen el texto y el testimonio.

En el tránsito de la historia a favor de la memoria se encuentra también una narrativa diferente, que permite la incorporación del observador al discurso y hacerlo, por esta vía, mucho más afectivo e incluso personal. El yo de la narración literaria comienza a estar presente en el relato histórico. Además, el alza de la memoria tiene su gran pedestal en el uso sistemático del testimonio, magnificado por obras-acontecimiento como la película de Claude Lanzmann sobre la Shoah (1985), en la que el relato está compuesto por una trama de experiencias individuales que se consideran mucho más auténticas que las procedentes de las fuentes documentales, como ha señalado un experto historiador del exterminio judío, Saul Friedländer, que no desconocía la observación de Elie Wiesel recogida por Peter Novick: «cualquier superviviente de los Läger tiene más que decir sobre lo que pasó que todos los historiadores juntos» 9.

Que existe alguna relación entre la experiencia del Holocausto y la emergencia de la memoria parece claro. Uno de los promotores más exitosos de la memoria, Pierre Nora, recordaba en fechas recientes que su célebre texto «Entre mémoire et histoire», introducción general de Lieux de mémoire, se debía a una conjunción personal e intelectual: la memoria procedería de su «identidad judía» y la historia de su «identidad francesa» 10. Es claro que la explosión memorialista tiene bastante relación con la difusión mundial desde los años sesenta (pongamos como referencia el Eichmann in Jerusalem de Hannah Arendt) de los horrores del Holocausto, pero también con profundos cambios sociales y políticos, relacionados no solo con la descolonización de los imperios, sino también con una profunda democratización de la cultura, cada vez menos dependiente de la voz de una minoría de expertos.

Estas mutaciones históricas y culturales han provocado un giro «afectivo» del relato histórico, al que se suma una perspectiva «ética», porque ante el horror no se puede ser impasible ni se podría haber escrito más poesía. Sin llegar tan lejos, lo que parece claro es que estamos ante un juego de espejos en los que se reflejan la experiencia (del pasado) y las expectativas (de futuro), esto es, una pugna entre el conocimiento directo y la confianza en el futuro, en la que la memoria prefiere con mucho la experiencia. Podría recordarse que existen claras diferencias entre las dos musas interpeladas en aquel juego de espejos; la de la historia (Clio) inquiere, investiga, explica; la de la memoria (Mnemosyne) recuerda y reconstruye remembranzas, elabora textos, pero, en cambio, no puede respaldar sus afirmaciones de forma crítica y contrastada. En esta tesitura, ¿quién puede desautorizar la autoridad del testimonio? Textos, narrativa, sujeto-testimonio son las herramientas con las que la memoria va avanzando sobre la historia que, de forma paralela, van modificando el estatuto del historiador y de su método de trabajo, lo que plantea problemas nuevos para esta disciplina, sea o no la centrada en la época contemporánea.

Aplicado al caso español, es evidente que esta explosión memorialista ha caracterizado la historiografía contemporaneísta desde finales del siglo pasado, más por atención a una corriente social y política de fondo que a la discusión epistemológica sobre la relación entre historia y memoria. En todo caso, la proliferación de publicaciones, proyectos de investigación y cátedras o centros especializados en la «memoria histórica» (ahora, más precisamente, «memoria democrática») han tenido una gran respuesta institucional y, de forma intermitente, también política y social. Aunque con alguna tardanza, la necesidad de explicar los traumas producidos por la guerra civil y la larga dictadura de Franco ha acabado por homologar el caso español al de otros países europeos y americanos. No es posible decir en qué momento nos encontramos, si la oleada memorialista va a dejar de crecer o se mantendrá estable, pero los resultados alcanzados hasta el momento son ya bastante sólidos en lo que respecta al reconocimiento de las víctimas del trauma, las medidas de reparación de las mismas y, en menor medida, las políticas proactivas de construcción de un nuevo discurso democrático sobre el pasado 11.

Teresa María Ortega: La influencia actual de la memoria en el trabajo de las historiadoras y los historiadores es más que obvio. Un pequeño ejercicio de contabilización nos da idea de esa clara presencia. En la herramienta de búsqueda avanzada de la revista Ayer. Revista de historia contemporánea puede comprobarse que el término «memoria» cuenta con 188 elementos contabilizados entre 2015 y 2023 12. La distribución de esa presencia es la siguiente: 2015 (1), 2016 (0), 2017 (30), 2018 (33), 2019 (28), 2020 (23), 2021 (26), 2022 (44) y 2023 (3, solo se tiene en cuenta el primer número de este año). En lo que respecta a los libros, utilizando la herramienta de búsqueda de Dialnet y atendiendo al ámbito de la historia, entre 2015 y 2013 se han publicado 31 trabajos que cuentan en su título con el término «memoria». La distribución queda de la siguiente manera: 2015 (5), 2016 (3), 2017 (4), 2018 (6), 2019 (2), 2020 (5), 2021 (3), 2022 (3) y 2023 (0).

Estos números muestran que la memoria se ha convertido en una preocupación destacada de nuestro gremio. Da igual que seamos conscientes de que cada uno de los términos «historia» y «memoria» designa formas diferentes de articular el pasado y la temporalidad. Hoy se emplean en el vocabulario corriente como intercambiables. La aparente sinonimia de ambos vocablos proviene, como advertía la profesora Josefina Cuesta, de una eclosión inédita del pasado en el espacio público 13, eclosión que conecta con la renovación metodológica y temática que he indicado anteriormente. Desde precisamente la década de los noventa venimos comprobando el impacto de lo que podemos denominar «el giro subjetivo». Un giro que favoreció la ascensión progresiva del testigo hasta llegar a ocupar buena parte de la mesa de trabajo del historiador restituyendo así a los actores y a sus experiencias, y otorgando un lugar privilegiado a los testimonios y a los discursos de la memoria que habían sido borrados por la historia estructural y de larga duración. De esta forma, la historiografía española desde hace poco más de dos décadas comenzó a abordar tiempos más próximos (algunos de ellos traumáticos) a través de las voces de sus protagonistas y testigos. La historia oral posibilitó la construcción de fuentes, a través de entrevistas, y permitió incluir una dosis más grande de subjetividad en la reconstrucción del pasado. La mirada de las historiadoras y los historiadores se proyectó entonces a «ras de suelo» e hizo visibles actores o fenómenos hasta entonces ignorados (las mujeres, la vida cotidiana, la literatura popular) y atendió a sujetos «corrientes» protagonizando negociaciones o transgresiones respecto de las imposiciones del poder material o simbólico.

Toni Morant: Desde mi punto de vista, historia y memoria no son conceptos necesariamente contrapuestos, ni tampoco irreconciliables. Está claro que, al menos desde los años noventa, vivimos en un «momento de memoria». No es esto tampoco ninguna excepción española, sino que afecta a países con pasados traumáticos más o menos recientes: el pasado de Vichy en Francia; la ocupación nazi y la colaboración en Noruega o los Países Bajos; la época imperial y la herencia de la descolonización en Gran Bretaña o en Bélgica, o la esclavitud y la Confederación en Estados Unidos. Mientras, en los países del centro-este de Europa, el pasado comunista sigue teniendo una importante presencia pública; en Sudáfrica se ha debatido mucho sobre el apartheid; en Brasil, sobre la dictadura militar, o en Portugal, sobre Salazar y el pasado de la dictadura y las guerras de descolonización. Alemania es quizá el caso paradigmático, pero a menudo olvidamos que pasaron décadas antes de que la Shoah llegara a la esfera pública o que hasta los ochenta ese pasado no alcanzó una presencia imposible ya de ignorar.

En España, la cuestión de la denominada memoria democrática tiene una notable presencia pública, probablemente difícil de imaginar aún en los noventa. Pese a lo que en ocasiones pueda parecer, no se trata de cuestiones teóricas, de meros debates historiográficos o de filosofía de la historia. Para muchas personas, esa presencia, esa visibilidad social de la memoria tiene efectos concretos, palpables, empezando —porque hay que empezar por ahí— por los familiares de los miles de personas hechas desaparecer por el franquismo. Para muchos de esos familiares la falta, durante décadas, de políticas activas de memoria ha conllevado morir sin conocer cuál había sido el destino de sus seres queridos, sin recuperar sus restos o sin tener siquiera un lugar al que ir a recordarlos, visitarlos o rezarles. En cierto modo, es ahora cuando se está poniendo fin a la contradicción que suponía que durante la dictadura franquista hubiera habido unas políticas públicas estatales de historia y memoria (en clave claramente antidemocrática), pero que la nueva democracia posterior no las haya tenido, incluso bajo gobiernos socialistas; o, mejor dicho, sí las ha tenido, pero —por razones que probablemente merecerían un debate aparte— su foco se ha puesto en otras épocas.

Los cambios de estas casi dos décadas —lentos y no rectilíneos, ni libres de contradicciones— han tenido lugar gracias, por un lado, a las asociaciones de memoria que, en torno al cambio de siglo, empezaron una notable labor de organización, reivindicación y tejido desde la base. Y, en segundo lugar, el eco social de la memoria ha sido posible gracias también al papel de la cultura: escritoras y escritores como Almudena Grandes, Dulce Chacón, Inma Chacón, Ana Cañil, Ángeles Caso, Benjamín Prado, Jaume Cabré o Emili Teixidor, o películas como La lengua de las mariposas, La buena nueva, Los girasoles ciegos o El laberinto del fauno, entre otros y otras, que han sido claves en la huella que la memoria ha dejado en el ámbito público, que es quizá una de las principales diferencias con lo sucedido en los veinte años posteriores a 1977. La sociedad española cambió y de la demanda social de olvido —ciertamente no unánime, pero sí mayoritaria— durante la Transición se pasó a una demanda social de memoria, tampoco unánime, pero ciertamente imposible de ignorar ya.

No obstante, en tercer lugar, hay que subrayar, poner también en valor e, incluso, reivindicar que esa recuperación social de la memoria habría sido imposible sin la labor de las historiadoras y los historiadores. Desde finales de los setenta, desde la historia no se ha dejado de estudiar la guerra civil y la dictadura, con acentos cambiantes, pero de forma continuada. Otra cosa ya es que esas investigaciones encontraran, más allá de determinadas efemérides, un amplio eco social, y en eso la sociedad y la política del momento también tuvieron algo que ver. Al final, asociaciones e historiografía tienen —tenemos— funciones diferentes y objetivos no siempre coincidentes. Ambas son necesarias a la hora de impulsar políticas públicas de historia y memoria, pero las unas no pueden sustituir como tales a la otra ni asumir su labor, ni la otra puede limitarse a —ni tampoco centrarse en— el activismo.

En mi caso, la aproximación al tema ha sido más bien práctica, desde el Aula d’Història i Memòria Democràtica de la Universitat de València. Desde su fundación en 2016, el Aula ha colaborado con todos los niveles institucionales del País Valenciano (ayuntamientos, Diputació y Generalitat), a los que hemos asesorado en materia de memoria y para los que hemos elaborado numerosos informes académicos. Incluso hemos conseguido algunos fondos para investigaciones concretas (también de jóvenes investigadoras), para financiar tareas de difusión y didáctica de la dictadura y la represión, así como para digitalizar documentación de difícil acceso o en riesgo de desaparecer. Al final, nuestras diferentes experiencias como Aula ponen de manifiesto que, también en esto, la realidad es siempre más compleja y hay que evitar caer en espejismos: puede haber objetivos coincidentes y muchas posibilidades de colaboración, pero también la política y la historiografía tienen funciones, características y ritmos diferentes. El caso probablemente más claro sea lo que pasó en Madrid con los nombres de calles franquistas; para nosotras en València fue una advertencia y aprendimos mucho. La política tiene sus tiempos, normalmente, marcados por el ciclo electoral y se nota que para algunas colaboraciones se abre un momento, una «ventana de oportunidad», pero también que se vuelve a cerrar rápidamente. Y entonces aparece el «esto ahora ya no toca», implícito o explícito. En general, también con opciones políticas más receptivas a los temas de memoria, nuestra impresión es que, más allá de acciones puntuales (que se han hecho y que están bien hechas), no hay voluntad de colaborar —o quizá capacidad— a largo plazo elaborando programas amplios para toda una legislatura. Y ahí volvemos a la función de marcaje desde la Universidad, para impulsar y alentar que las políticas de memoria avancen, que partiendo de lo hecho sigan yendo más allá. Al fin y al cabo, la relación de las historiadoras y los historiadores con el poder —con los poderes— tiene que ser necesariamente crítica, incómoda.

AYER: Las referencias al compromiso ciudadano de los historiadores conectan directamente con las temáticas, recurrentes, acerca de la función social y la responsabilidad (moral y ética); y están relacionadas, sin duda, con las reflexiones más actuales sobre las virtudes epistémicas de la profesión y la pregunta fundamental sobre cómo ser historiador 14. Es así en el caso de la historiografía democrática española, donde, prácticamente, no ha existido un debate sobre la «superación del pasado» y en cuyo seno, entre 2007 y 2022, la aprobación de las leyes memoriales ha servido de alimento ideológico para el resurgir de los revisionismos históricos (el de derechas, en particular, está experimentando un perturbador proceso de normalización y una acomodaticia aceptación en el interior de la comunidad). Dejando para otra ocasión, la reflexión sobre los efectos políticos que podrían cuestionar las especiales relaciones entre democracia e historiografía, desde vuestro compromiso profesional, ¿cómo valoráis el tema de los usos públicos de la historia en su correspondencia con las diferentes manifestaciones de la historia pública?

Ramón Villares: Ese nuevo discurso sobre el pasado debería permear la cultura histórica que caracteriza nuestro tiempo, porque la combinación de historia y memoria facilita la presencia del pasado en la vida de la sociedad española, tanto en el debate público político como en la percepción más popular de la misma. Contra lo que pudiera parecer, los usos públicos de la historia se han incrementado de modo notable y la diversificación de miradas sobre el pasado está dejando en minoría la visión del especialista, en el sentido de que es frecuente escuchar, en España y en muchos otros países, que el pasado más o menos reciente está mal contado, cuando no voluntariamente ocultado, lo que implica que debe ser corregido o mudado, sea con nuevas metodologías o con cambios en los canales y soportes de socialización de la historia. Esto coloca en primer plano no solo la calidad de la cultura histórica española, sino la dimensión educadora de la misma, en la que las instituciones educativas han perdido en gran medida el viejo privilegio de ser las garantes de la conciencia nacional, una conciencia que, en España, tampoco es compartida de modo universal por su ciudadanía, debido a la existencia de naciones culturales en su interior.

En este sentido, la Historia como disciplina para la educación cívica tiene muchos competidores tanto en su creación como en su transmisión, debido al peso creciente de otros medios de socialización cultural, tanto los tradicionales medios de comunicación como los nuevos soportes digitales, cada vez más influyentes, ofrecidos por poderosas empresas tecnológicas. Esta ampliación de actores en la creación y difusión de contenidos históricos plantea nuevos problemas, no solo de competencia, sino de banalización del discurso histórico. Efecto de esa banalización es la consideración de casi todo como algo «histórico», desde un triunfo logrado por cualquier deportista, que al día siguiente deja de serlo, hasta cualquier profesional público cuando permanece algunos años en el mismo puesto. Con decir «histórico» ya se entiende que lleva algún tiempo, sin importar la relevancia de su gestión. De todas formas, para un país en el que la historia no es un terreno de consenso, o quizás por ello, se debe reconocer que se publican muchas obras de historia, novelas de contenido histórico y memorias, además de producirse exposiciones conmemorativas y series audiovisuales que han popularizado el pasado, sea o no reciente. Todo esto también nos homologa con los países del entorno europeo.

Pero algunas cosas nos diferencian. La más relevante es, probablemente, la dimensión política que alcanzan las disputas históricas. Aunque pudiera tratarse de una «lucha de historiadores» al modo alemán de los ochenta, las contiendas en España no han logrado fijar de forma clara algunas soluciones en las que se combinen las posiciones de los especialistas con las de la opinión pública y con los actores políticos. Es evidente que no se puede abogar por colocar la historia en una torre de marfil al margen de estas polémicas, pero también lo es que el discurso histórico necesita algunas certezas —fruto de la investigación— y algunos consensos —confianza en el método— para que pueda considerarse útil para la sociedad actual. Si admitimos la convención de caminar por la acera de una calle, también lo podríamos hacer respecto de una plural, pero aceptable, comprensión de la evolución histórica.

Esta debilidad de la cultura histórica supone que el pasado es objeto de admiración o rechazo, pero mucho menos de debate público. Se pierde espesura histórica, hasta el punto de que se privilegia como pasado lo que proviene de nuestros propios recuerdos personales o familiares. El resto es algo lejano y confuso, una «prehistoria» gobernada more Indiana Jones. Es cierto que el conocimiento de los hechos históricos está al alcance de un simple clic en Google o en otras plataformas. Pero lo que no se explica con este clic son las razones o causas de los hechos buscados. ¿Sería posible aplicar la máxima de Carlo Ginzburg de dar «trufas para todos», esto es, una solución contra el paternalismo del sabio y a favor de la necesidad de elevar el nivel de la cultura histórica de la sociedad?

Teresa María Ortega: Las historiadoras y los historiadores, incluido el estudiantado de Historia, nos hallamos insertos desde hace unas décadas en la revolución de las comunicaciones, precipitada por la aplicación de las tecnologías digitales. Lo virtual nos inunda más que nos rodea.

El acceso a la información global por parte de televisión, cine, internet o videojuegos, como elementos reflejo de la tecnología digital, ha incrementado y multiplicado el número de quienes aspiran a conocer el pasado. La irrupción de diversas plataformas digitales ha favorecido que se multipliquen los gustos y los deseos de saber y conocer. Al respecto, lo que debemos tener claro es que aquella visión tradicional que definía la función del historiador como el guardián del recuerdo de los acontecimientos públicos, una suerte de custodio en alerta constante frente a los relatos fraudulentos o el olvido, ha sido, como indicaba Peter Burke, ampliamente desbordada 15. La fuerte demanda en nuestras sociedades actuales de relatos sobre la memoria y el pasado, a lo que se ha incorporado también un elemento clave y es el interés por el detalle, ha hecho que los historiadores ya no tengan el monopolio ni sean la única fuente donde adquirir esos relatos por parte del público interesado. Hoy, ese conocimiento nos llega desde muy diferentes instancias.

La novela histórica, el cine, las series de televisión, los videojuegos o los canales de historia han ganado la partida a las historiadoras y los historiadores profesionales en lo que respecta a la divulgación histórica, convirtiéndose en la mejor forma de llegar a un consumidor de historia. Creo que esto es una realidad asumida. Pero, desde mi punto de vista, lo interesante es preguntarse quiénes son los que generan esos contenidos y los fines que persiguen, y tener claro que lo que hacen no sustituye el trabajo de las historiadoras y los historiadores.

Los productos literarios, cinematográficos o digitales no son ciencia histórica, sino reflejo de su actividad. Es imprescindible el método de análisis y el contraste de fuentes primarias y secundarias, con un necesario proceso de reflexión para ofrecer contenidos adecuados a los desarrolladores, novelistas y guionistas. De esta forma, además de poner en valor nuestro trabajo de historiadores, evitaríamos efectos tan poco deseados como nuestra propia sustitución por otros profesionales o la fijación —carente de complejidad— de contextos históricos icónicos que sobrevuelan el imaginario colectivo y popular.

Quizás sería importante que nos esforzásemos en la publicación de trabajos divulgativos y valorásemos más este tipo de publicaciones. Si los profesionales de la disciplina histórica no atendemos a la demanda de quienes solicitan más información, lo buscarán en donde les sea más cómodo y posible. Internet es un pozo sin fondo de contenidos disponibles, con o sin criterio, con o sin acreditación de calidad.

Toni Morant: Las historiadoras y los historiadores tenemos que estar presentes en el espacio público, en los debates públicos. Más que nada porque la historia está muy presente en la esfera y los discursos públicos; está de actualidad. Mientras que nuestra investigación y nuestra docencia es cada vez más plural y variada, el canon histórico que «cala» en la sociedad —también en parte de las nuevas generaciones de estudiantes— parece que sigue siendo, al menos en buena parte, el de finales del siglo xix, con las derivadas que tiene respecto del viejo/nuevo nacionalismo español; pensemos solo en temas como «la reconquista» o la «imperiofilia». Y no es casual: la historia es un elemento de legitimación política, social y cultural del poder, y quienes nos dedicamos profesionalmente a ella somos quienes más podemos aportar a descifrar, decodificar esos discursos. Y si no lo hacemos nosotras, lo harán otras personas, sin nuestra formación, ni nuestra capacidad de análisis o de crítica, ni —me temo— la voluntad siquiera de tenerlas.

A la vez, hay discursos que, bajo un disfraz de supuesto antielitismo, tratan de caricaturizar a las historiadoras y los historiadores como académicos en una torre de marfil, alejadas de «la realidad» y de «la sociedad», perdidos en nuestra endogamia y nuestras disquisiciones. No seré yo precisamente quien defienda una imagen rosácea del mundo universitario, pero se trata de discursos interesados, tras los que no cuesta mucho encontrar la voluntad de, en última instancia, neutralizarnos como profesionales de la historia. Precisamente porque quienes diseñan y difunden estos discursos saben lo importante que resulta la historia como elemento de legitimación... y lo incómoda o inconveniente que puede resultar nuestra capacidad de análisis y de crítica.

En general, la competencia para que se escuchen nuestras voces —en sí mismas, muy plurales— es enorme, sobre todo en las redes sociales y los medios de comunicación. Hoy en día determinados vídeos de Tik-Tok, YouTube o determinado programa «histórico» de una televisión o de una plataforma pueden tener en unas horas un público mayor que el que jamás conseguirá toda una facultad con todos sus libros, artículos y conferencias. Además, vivimos en tiempos que priman la inmediatez y las opiniones formadas y consolidadas al momento, a ser posible antes de que pasen las cosas. Y para nuestra profesión eso plantea una dificultad enorme: la historia requiere tiempo y reposo para reunir información, analizarla y reflexionar antes de llegar a unas conclusiones (que no opiniones). Y, además, es verdad que estar en esos debates requiere un tiempo y un esfuerzo que nos coge ya, en buena parte, desbordados y con una sobrecarga de trabajo notable.

Pero las historiadoras y los historiadores tenemos que encontrar la forma de hacerlo, de dirigirnos a ese público amplio de forma comprensible. Tenemos que ser capaces de tener una mayor presencia social, de explicar la complejidad histórica a un público que va más allá de las aulas universitarias (porque ahí solo llega una minoría). Y, a la vez, de advertir contra los abusos de la historia que, de forma bien consciente, dibujan visiones extremadamente simples y simplistas. Porque su intención no es explicar el pasado para entender mejor el presente, sino justificar uno y otro presentándolos como los únicos posibles... o bien, directamente, reescribir la historia borrando buena parte de las conquistas logradas, precisamente, en época contemporánea para así cambiar el presente en un sentido no democrático. Al fin y al cabo, las conquistas y los derechos no son irrevocables.

AYER: El verano pasado, Antoon de Baets dictó la conferencia «Ataques a las libertades de investigación y enseñanza de la historia en 2022». El fundador de la Network of Concerned Historians (1995), además de volver a destacar el valor de un código ético profesional, denunció los ataques dirigidos contra los historiadores en el mundo (incluido el Estado español). Pero, sobre todo, avisó de las repercusiones que los delitos y abusos del poder político tenían sobre la escritura histórica (censuras en la libertad de información, la verdad histórica o las expresiones de la memoria) 16. En un contexto internacional en el que resulta complicado comprender los trastornos de la política, las crisis medioambientales y sanitarias, algunos autores no han dudado en afirmar que la historia se necesita ahora más que nunca (acompañada de la capacidad reflexiva de la «nueva» filosofía y teoría de la historia) 17. Somos conscientes de que el historiador no es un profeta. Sin embargo, para concluir, ¿cuál es vuestra opinión sobre el futuro de la disciplina, de la comunidad y de la profesión de historiador?

Ramón Villares: El historiador no está especialmente dotado para hacer previsiones de futuro, incluso sobre la propia historiografía, aunque existan ilustres colegas que no rechazan hacerlo. Creo que existen dos tipos de problemas de cara al futuro de la disciplina de la Historia. El primero, más de orden ideológico o político, es defender el papel del historiador como intelectual en el espacio público, de modo que el trabajo del historiador produzca efectos políticos y contribuya a formar opinión, sea o no en la forma figurada de ofrecer «trufas». Pero el problema más acuciante es dar una respuesta a los desafíos que plantea la sociedad actual y futura al oficio del historiador.

Si el fundamento de este oficio fuese solo el disponer de información abundante, el asunto sería fácil de resolver porque las montañas de documentos, analógicos o digitales, que actualmente producimos son inmensas. Otra cosa es disponer de las herramientas necesarias para manejarlos y ser capaces de darle sentido a esa información. Para conseguir ese objetivo, la historia, y muy en especial la que se ocupa del tiempo presente, deberá resolver problemas que tienen que ver con su estatuto epistemológico, esto es, la causalidad de los efectos descritos y la veracidad de las conclusiones. La cuestión central será encontrar un lugar para la historia en la sociedad actual y futura, distinto del que hemos conocido hasta ahora, sin renunciar a su función central de dar sentido al paso del tiempo.

Conocer las causas de los hechos será cada vez más difícil no solo por la magnitud de la información, sino por la quiebra del «régimen de historicidad» y el adelgazamiento de la temporalidad o, dicho de otra forma, la distancia entre pasado y futuro. Esto puede llevarnos a privilegiar la descripción de los hechos, al modo que las empresas «analíticas» lo realizan a partir de millones de observaciones, pero esto no supone que se establezcan las causas de los acontecimientos. Y, en segundo lugar, está el problema la veracidad de los hechos, en tiempos de posverdad y de escasa o poco sutil perspectiva histórica. Todo esto obligará a volver a pensar en la responsabilidad ética del historiador y en su compromiso con la verdad, aunque sea relativa y, desde luego, nunca eterna.

En suma, sugiero la necesidad de superar los peligros de la descripción presentista para encontrar causalidades y lograr testar los resultados en una perspectiva temporal, por relativista que parezca. Que sean inmensos los datos manejados puede garantizar que sean veraces, pero no necesariamente que tengan significado para la sociedad del presente. La comunidad profesional de historiadores habrá de aceptar mutaciones, tanto en el proceso de investigación como en la difusión de conocimientos, que no será realizada a través de los mecanismos tradicionales de las instituciones educativas ni tampoco de la «Galaxia Gutenberg».

Pero una cosa deberá permanecer: considerar el ejercicio de la historia como una actividad que discute el pasado, que no acepta acríticamente las posiciones del testigo ni da por sentado que las cosas son evidentes, sino que son resultado de un análisis minucioso de sus razones, causas y consecuencias. Quizás no podamos volver a la máxima de Marc Bloch de considerar la historia como la «ciencia social en el tiempo», pero a lo que no se deberá renunciar es a construir un relato histórico sólido para unos tiempos de aceleración vertiginosa del tiempo y de mutaciones profundas de nuestras sociedades.

Teresa María Ortega: Comentaba en la primera respuesta que la historiografía contemporánea española goza de un buen estado de salud en gran medida determinado por la calidad y la internacionalización que ha alcanzado al día de hoy. Y en la segunda y tercera preguntas he insistido en el extraordinario interés de un público amplio y diverso por conocer el pasado en todas sus facetas y funciones sociales, para comprender el presente.

Siendo estas unas realidades palpables y fácilmente comprobables por las razones que he indicado en cada una de mis respuestas, no es menos cierto que, pese a todo, y desde mi punto de vista, el futuro lo veo con preocupación e inquietud. Y no lo digo por aquella encuesta publicada al comienzo del siglo xxi en la que la historia era valorada entre poco y nada 18, ni tampoco por los escasos (escasísimos) recursos aportados —antes y ahora— desde el gobierno central para garantizar a nuestras y nuestros jóvenes su profesionalización como investigadores (las ayudas para la formación de profesorado universitario), ni tampoco por las cada vez mayores exigencias que se les demandan a estos mismos jóvenes para su estabilización en las universidades, exigencias que a veces se traducen en décadas de trabajo precario y lleno de incertidumbre. A todo esto me podría referir para justificar mi inquietud. Pero no, no me voy a detener en estas cuestiones. Prefiero centrar mi atención en preguntas que siempre nos hemos hecho las historiadoras y los investigadores ya formados y con actividad científica plena, pero sobre las que poco hemos reflexionado. Preguntas como las que se formuló el profesor Francisco Javier Caspistegui hace algún tiempo: «¿para qué servimos [los historiadores]?, ¿cuál es nuestro papel en la sociedad que nos acoge y mantiene?, ¿tiene sentido seguir patrocinando desde las arcas públicas y privadas una actividad que tiene su origen y destino fundamentalmente en sí misma, que implica la búsqueda del conocimiento sobre el pasado por sí mismo, el arte por el arte en definitiva?, ¿cómo afrontar los reproches de quienes nos consideran una carga improductiva?» 19.

La nula reflexión y aportaciones que solemos hacer los historiadores acerca de la labor que desempeñamos, de las dificultades con las que nos encontramos a la hora de desarrollar nuestra actividad profesional o de la importancia que adquiere nuestro trabajo intelectual dentro del desarrollo cultural que experimenta la sociedad en la que vivimos, es lo que me llena de inquietud de cara al futuro 20. Esa realidad se ve reflejada en la imagen que la sociedad tiene acerca de nuestro oficio. Así, los problemas con que las historiadoras y los historiadores nos topamos en nuestra profesión, la escasa difusión de los valores y el rigor con que debe realizarse el trabajo científico, la escasa presencia que muchas veces las y los profesionales tenemos en los medios de comunicación, así como la más bien deficiente formación teórica y práctica del estudiantado de Historia en la Universidad permiten que la sociedad tenga un concepto no demasiado claro acerca, no ya de la importancia de los estudios históricos (lo que a veces también ocurre), sino de la legitimidad y honradez de nuestra labor académica e investigadora.

Quizás sería una buena idea que dentro de los muchos congresos que organizamos a lo largo de un curso académico, de manera obligatoria introdujésemos estas preguntas: ¿cuál es realmente nuestra función en la sociedad y qué papel mantenemos como creadores de un imaginario que contribuye al desarrollo cultural de una sociedad determinada?; ¿de qué legitimidad disfrutan nuestros trabajos de investigación (viendo si se cuestiona socialmente nuestra actividad profesional como una actividad sensible a los problemas que se le plantean a la sociedad)?; ¿en qué medida podemos atribuirnos —frente a otras ciencias sociales y otros medios de divulgación histórica y cultural— la potestad del estudio del pasado como raíz de nuestra cultura, de nuestra tradición y de nuestras instituciones?; y ¿hasta qué punto nuestra actividad trasciende de los círcu­los académicos dentro de los cuales nos movemos?

Toni Morant: Creo que vivimos tiempos de mucha presión sobre las ciencias humanas en general, en un contexto en que la educación es cada vez vista menos como formación y más como preparación para el mercado laboral, donde priman mucho más los conocimientos y las «habilidades» prácticas que la reflexión y la capacidad de pensar y articular ideas. En secundaria, la filosofía, el griego y el latín ya sufren esa presión desde hace años y probablemente la historia no tarde en ser la siguiente. La tentación va a ser también intervenir cada vez más en programas y contenidos y en utilizar la historia para legitimar determinadas lecturas del pasado y del presente.

Nuestra profesión y, por extensión, nuestra comunidad de historiadores e historiadoras dependerán en buena parte de las generaciones que están llegando ahora al mundo de la investigación y que estamos formando ahora en nuestras facultades. Y probablemente no estemos en la mejor de las situaciones para desempeñar nuestra labor de formar a esas generaciones. Vivimos atrapadas en una burocratización cada vez más ingente: docentia, sexenios de investigación, sexenios de transferencia, peer-reviews, solicitud de proyectos, informes de mitad y de final de proyecto, memoria económica del proyecto, memorias anuales de investigación, acreditaciones, memoria para la próxima estancia de investigación... ocupan la mayor parte de nuestra capacidad de trabajo que, en realidad, deberíamos dedicar a la docencia y la investigación, que además cada vez se nos pide que sean no ya buenas ni muy buenas, sino directamente «excelentes». Y esa presión tiene un impacto muy profundo en la salud mental (con niveles —especialmente, en niveles pre- y postdoc— muy preocupantes y por encima de una media ya de por sí elevada), en las perspectivas y proyectos vitales, así como en las posibilidades de conciliación con la vida privada y familiar de muchas de nosotras.

Y esa presión y esas exigencias desaforadas se han trasladado ya no solo a nivel post, sino directamente incluso a quienes solicitan ayudas predoctorales. A ambos niveles se les imponen criterios que deberían corresponder, en el mejor de los casos, a una etapa posterior. Habría que preguntarse dónde estaríamos quienes hemos conseguido consolidarnos si nos hubieran medido con esos mismos criterios..., y es una pregunta que habrían de hacerse obligatoriamente quienes establecen esos niveles de exigencia; además, cuando se llega a situaciones tan absurdas como que, a la hora de solicitar una ayuda para una investigación predoctoral, la nota del máster de investigación no cuenta para nada, como tampoco lo hace —en realidad— el proyecto de investigación presentado. En cambio, la nota del grado tiene un peso notable cuando, por ejemplo, sabemos perfectamente que, en muchos casos, la mayoría de nuestro alumnado no se plantea siquiera la posibilidad de investigar hasta el ecuador del grado... y entonces en muchos casos ya es tarde para llegar a la nota media exigida. Y quienes tienen éxito y finalmente obtienen una FPU o una FPI han de esperar un año desde la solicitud (¿y mientras tanto? De nuevo, el sesgo de clase: para entonces, pese al nivel de lo exigido, pasar a cobrar menos que el Salario Mínimo Interprofesional, es decir, más o menos lo que cobraba mi generación de FPU hace casi veinte años (mientras que, en el mismo periodo, el SMI ha subido casi un 240 por 100).

Buena parte de lo que seamos como historiadoras e historiadores y de lo que seamos capaces de conseguir con nuestra docencia y nuestra investigación dependerá del marco en el que desempeñemos nuestro trabajo; y, por tanto, de si somos capaces de poner límite a la burocratización y a la acuciante precariedad laboral, pero también a niveles de (auto)exigencia tan altos, como irreales, injustos y, además, innecesarios.


1 Stefan Berger: History and Identity. How Historical Theory Shapes Historical Practice, Cambridge, Cambridge University Press, 2022, p. XI.

2 Adriano Prosperi: Un tempo senza storia. La distruzione del passato, Turín, Einaudi, 2021.

3 Santos Juliá: Historia social. Sociología histórica, Madrid, Siglo XXI, 1989; ­Julián Casanova: La historia social y los historiadores, Barcelona, Crítica, 1991, y Carlos Forcadell: «Sobre desiertos y secanos. Los movimientos sociales en la historiografía española», Historia contemporánea, 7 (1992), pp. 101-116.

4 Mariano Esteban de Vega: «La historiografía española contemporánea en 1991», Ayer, 6 (1992), pp. 39-50.

5 Véase el dosier coordinado por Ana Aguado y Teresa María Ortega: «Pioneras de la historia de las mujeres y del género en España», Historia Social, 105 (2023), pp. 107-178.

6 Ignacio Peiró Martín y Miquel À. Marín Gelabert (dirs.): Europeización e internacionalización de la historiografía en la España contemporánea, XII Seminario de Historia de la historiografía Juan José Carreras, 30-31 de marzo de 2022, Zaragoza, Institución «Fernando el Católico», 2022, https://ifc.dpz.es/noticias/wp-­content/uploads/2022/02/Programa-2.pdf .

7 Jörn Rüsen: «La ciencia histórica como cultura histórica», en Joan Lluis Palos y Fernando Sánchez Costa (eds.): A vueltas con el pasado. Historia, memoria y vida, Barcelona, Universitat de Barcelona, 2013, pp. 81-109; íd.: «Engagement. Metahistorical Considerations on a Disputed Attitude in Historical Studies», en Stefan Berger: The Engaged Historian. Perspectives on the Intersections of Politics. Activism and the Historical Profession, Nueva-York-Oxford, Berghahn, 2019, pp. 33-43, y Herman Paul: La llamada del pasado. Claves de la teoría de la historia, Zaragoza, Institución «Fernando el Católico», 2016, pp. 67-220.

8 Juan José Carreras: «¿Por qué hablamos de memoria cuando queremos decir historia?», en Juan José Carreras: Lecciones sobre Historia (2005), Zaragoza, Institución «Fernando el Católico», 2016, pp. 321-334.

9 Peter Novick: Judíos, ¿vergüenza o victimismo? El Holocausto en la vida americana, Madrid, Marcial Pons, 2007, p. 221.

10 Pierre Nora: Jeunesse, París, Gallimard, 2021, pp. 45-69.

11 Para una evaluación de todo este proceso, remito al dosier coordinado por Benito Bisso y Ramón Villares: «Memorias en conflicto sobre pasados traumáticos. Península ibérica», Passés Futurs, 12 (2022), https://www.politika.io/fr/revue-passes-futurs/memorias-dictatoriales-una-mirada-transatlantica.

12 http://www.revistasmarcialpons.es/revistaayer/search/search.

13 Josefina Cuesta: La odisea de la memoria: historia de la memoria en España, siglo xx, Madrid, Alianza Editorial, 2008.

14 Herman Paul (ed.): How to be a historian. Scholarly personae in historical studies, 1800-2000, Manchester, Manchester University Press, 2019, e íd.: Historians’ Virtues. From Antiquity to the Twenty-First Century, Cambridge, Cambridge University Press, 2022. La International Network for Theory of History anuncia la celebración en Lisboa, los días 22-24 de mayo de 2024, de la quinta conferencia de la red, dirigida por J. W. Scott y H. Paul, dedicada a «History & Responsibily: Doing History in Times of Conflicting Political Demands».

15 Peter Burke: «La historia como memoria colectiva», en Peter Burke: Formas de historia cultural, Madrid, Alianza Editorial, 2000, pp. 65-85.

16 Anton de Baets: Responsible History, Nueva York-Oxford, Berghanhn Books, 2009, pp. 173-196; íd.: Crimes against History, Londres, Routlege, 2019, e íd.: «Attacks on the Freedoms of Historical Research and Teaching in 2022», conferencia de clausura en el XIII Congreso de Historia Contemporánea de Aragón. Sendas democráticas: 25 años de historia contemporánea en Aragón, Cariñena, 5 y 6 de julio de 2022.

17 Jouni-Matti Kuukkanen: «A conceptual Map for Twenty-First-Century Philosophy of History», en Jouni-Matti Kuukkanen (ed.): Philosophy of History Twenty-First-Century Perspectives, Londres-Nueva York, Bloomsbury Academic, 2021, pp. 1-19.

18 El informe de la Fundación Española de Ciencia y Tecnología presentado en noviembre de 2002 señalaba que «mientras que la medicina solo un 1’8 por 100 la valora poco o nada, la historia es valorada “poco o nada” por un 44,5 por 100». Véase Carlos Elías: «El prestigio social se esconde en los laboratorios», El Mundo, 13 de noviembre de 2002, p. 30, citado por Francisco Javier Caspístegui: «Sobre el papel social del historiador o ¿para qué servimos?», Memoria y Civilización, 6 (2003), p. 191.

19 Francisco Javier Caspístegui: «Sobre el papel social del historiador...», p. 193.

20 Alfonso Manjón Esteban lo deja bien claro en su artículo «La imagen social del oficio del historiador», El Futuro del Pasado, 2 (2011), pp. 283-311.