Ayer 117/2020 (1): 277-302
Sección: Estudios
Marcial Pons Ediciones de Historia
Asociación de Historia Contemporánea
Madrid, 2020
ISSN: 1134-2277
DOI: 10.55509/ayer/117-2020-11
© David Martínez Vilches
Recibido: 15-06-2017 Aceptado: 12-01-2018
Editado bajo licencia CC Attribution-NoDerivatives 4.0 License
«Vivir los días usados». Eduardo Zamacois en el exilio (1939-1971)*
David Martínez Vilches
Universidad Complutense de Madrid
damart06@ucm.es
Resumen: En enero de 1939 el novelista Eduardo Zamacois y su familia abandonaban España camino del exilio. Este artículo analiza la experiencia del fenómeno exílico por parte de este autor como una trayectoria que comienza con una razón de exilio y finaliza con la muerte del escritor en Buenos Aires. Sin embargo, el exilio de Zamacois no contempla una única dimensión traumática entre ambos momentos. Por el contrario, también es la historia de una reconstrucción vital, de una nueva manera de publicar en el país de origen y, sobre todo, de una nueva concepción del paso del tiempo.
Palabras claves: Eduardo Zamacois, exilio literario español, experiencia del exilio, historia de la edición, conciencia de temporalidad.
Abstract: In January 1939 the novelist Eduardo Zamacois and his family left Spain for exile. This article analyses the experience of exile by this author as a trajectory. It begins with a reason for his exile and comes to an end with the death of the writer in Buenos Aires. However, Zamacois’ exile is not only marked by a single traumatic dimension that falls between both moments. On the contrary, it is the history of a vital reconstruction, a new way of publishing in the country of origin and, above all, a new way to understand the passing of time.
Keywords: Eduardo Zamacois, Spanish literary exile, exile experience, history of publishing, time-consciousness.
Eduardo Zamacois contaba con sesenta y cinco años de edad cuando tuvo que abandonar España en 1939. Nacido en 1873 en Pinar del Río (Cuba), pero muy tempranamente radicado en Madrid, Zamacois prolongó su vida hasta el día de Nochevieja de 1971. Disfrutó, por tanto, de noventa y ocho años de aventura, porque si hay una vida que pueda considerarse como una verdadera aventura fue la de este escritor. Aventura, por supuesto, literaria: bohemio a caballo entre Madrid y París, editor de colecciones de principios de siglo como La Vida Galante, El Cuento Semanal o Los Contemporáneos, cultivador de la literatura sicalíptica, pero también periodista, Zamacois fue uno de los primeros autores en, según su propia expresión, «vivir de la pluma». En paralelo, en él se entrecruzan las andanzas de un incansable viajero por Europa y América, y de un amante empedernido a ambos lados del Atlántico. Sin embargo, la aventura que constituye nuestro foco de interés, su exilio, es muy diferente a las anteriores. En primer lugar, significa una ruptura, cuando no una inversión, de los términos previos: «vivir de la pluma» será algo cada vez más y más difícil, el viaje se tornará en un momento de dramatismo y el amor habrá de lidiar con las distancias impuestas por las circunstancias. Por otro lado, el exilio de Zamacois no es solo el relato de una tragedia, aunque muchos de sus momentos sean trágicos; también es la historia de una reconstrucción vital a todos los niveles, no exenta de episodios que producen una sonrisa al lector de sus memorias. Y también fue, sobre todo, una experiencia colectiva, que configuraba redes interpersonales, desde la familia a los contactos profesionales, en las que las condiciones impuestas por el exilio se manifestaban de forma recurrente 1.
La figura de Zamacois ha sido abordada en múltiples ocasiones, aunque es su extensa obra novelística la que mayor atención ha recibido por parte de los especialistas 2. El objeto de nuestro análisis es, en cambio, su exilio, entendido como una trayectoria vital, tanto personal como compartida, que contempla distintos momentos, desde una toma de decisión derivada de una razón de exilio hasta su muerte en Argentina, pasando por la reconstrucción personal y familiar, la adaptación de los horizontes de expectativas a las difíciles circunstancias del exilio y un regreso literario de Zamacois a España en la década de 1960. Las fuentes en las que basamos la investigación proceden, además de las memorias publicadas de Zamacois 3, del propio archivo del autor que se conserva en el Archivo Histórico Nacional. Este fondo está constituido por la documentación legada por el escritor a su amigo el periodista argentino Rodolfo Schelotto, y contiene un material fundamental para la reconstrucción de su exilio tanto por su variado contenido, en especial en lo que se refiere a la correspondencia, como por la cronología que abarca, de la Guerra Civil en adelante 4.
Desde los momentos más tempranos de su carrera literaria, Eduardo Zamacois había adoptado una trayectoria democrática opuesta al sistema de la Restauración que se patentizó en su colaboración en publicaciones como Germinal (1897-1903), de expresivo título, o en la impresión de El Libre Examen, semanario semiclandestino de Carlos Chíes. En este sentido, nuestro escritor se integraba en una experiencia colectiva —germinalistas, gente nueva— de buena parte del mundo de la cultura de Madrid que se desarrolló al calor de la modernidad urbana de entresiglos y que sintetizaba, por un lado, la estética rompedora de la bohemia y, por otro, la rebeldía política y social de distintas tendencias izquierdistas de la época 5. No es extraño, pues, que Zamacois saludase con simpatía el proyecto de reforma democrática que puso en marcha la Segunda República. Tras su advenimiento en abril de 1931, nuestro autor le confesaba a Antonio V. de la Villa que sus preferencias lectoras habían pasado de los libros a los periódicos porque el momento en que se encontraba España era «decisivo, obsesionante», y que, si bien él no militaba en ningún partido político, su posición había sido siempre la de «la izquierda más radical» 6. Zamacois se identificó entonces con el proyecto del primer bienio republicano y, tras el bienio radical-cedista, apoyó la coalición de Frente Popular y el programa que personificaba la figura de Manuel Azaña, a quien escribió unas líneas de felicitación tras su mitin en el campo de Comillas de Carabanchel el 20 de octubre de 1935: «Maestro: de todo corazón le felicito por su oración del domingo. Es un mármol. Si algún día lo expuesto por usted llegase a ser una realidad, podría usted ufanarse de haber escrito la primera página de la España futura. Para su admirable espíritu mis dos manos, llenas de aplausos» 7.
El estallido de la guerra sorprendió a Zamacois en Madrid. Durante la primera parte del conflicto visitó los frentes de Extremadura y Toledo y escribió varias crónicas periodísticas del desarrollo de los combates, así como una novela, El asedio de Madrid, que editó el anarquista Eduardo Rubio en Barcelona 8. Su lealtad a la causa republicana, ya fuese a través de su presencia en los frentes o por medio de sus textos, le hizo aparecer como un «popular escritor antifascista» 9. El editor Federico Torres Yagües recordaba su actuación en la guerra desde una óptica contraria: «Durante la contienda hizo todas las estupideces de que un hombre pueda ser capaz» 10. Estos antecedentes lo convertirían en un objetivo de la represión del bando franquista en caso de que cayese la capital 11, así que, ante las perspectivas de que Madrid quedase incomunicada del resto de la zona republicana, resolvió marchar a Valencia —en una fecha indeterminada— y, por último, a Barcelona junto con el gobierno republicano en noviembre de 1937. Con él iban su hija Gloria, su nieto Enrique y su amante Matilde, esta última asociada a un grupo de enfermeras.
El año de 1939 había comenzado con el avance imparable del ejército franquista sobre Cataluña, y a finales de enero parecía evidente que pronto caería Barcelona. Zamacois era consciente del peligro que se avecinaba para su familia y para él mismo, así que el 23 de enero decidió acudir al embajador de México en Barcelona para que le posibilitase algún medio para salir del país a Francia. El embajador le informó de que eran muchas las familias que se encontraban en esa situación dramática y que no sabía de cuántos coches podría disponer, así que le instó a que volviese más tarde. Como la caída de la ciudad ocurriría de un momento a otro, Zamacois pensó que lo mejor sería quedarse en la embajada, y llamó a Gloria y a Matilde para que se reuniesen con él allí. En aquellos momentos trágicos, en los que cada vez más personas se agolpaban dentro de la embajada para salvar sus vidas, llegó la noticia de que el embajador y su familia ya habían abandonado el país. Las calles se llenaban de todo tipo de vehículos repletos de gente que se dirigían hacia Francia, y Zamacois consiguió parar un camión y montar a su hija y a su nieto. Apenas pudo despedirse diciéndoles que se volverían a ver en la frontera.
Esa noche los salones de la embajada mexicana albergaron a numerosas familias que dormitaban entre equipajes y con el ruido de las bombas de fondo. Las esperanzas de que el embajador enviase algún coche se iban desvaneciendo con el paso del tiempo. Fue en ese momento de abatimiento y desesperanza cuando un chófer rompió el silencio preguntando por un hombre que viajaba hacia Le Perthus. Zamacois no titubeó, agarró a Matilde y le dijo que eran ellos: no hubo tiempo para comprobar identidades, el ardid dio resultado, y salieron de la embajada en el coche. Como no pudieron parar a echar gasolina, al final alcanzaron la frontera en un coche de la embajada británica que los recogió. Poco después llegarían Gloria y Enrique. Bajo una terrible ventisca y en condiciones deplorables, un ingente número de personas se disponía a salir del país, no sin antes pasar por el puesto de carabineros, donde debían entregar el dinero que llevasen, pues las autoridades españolas no dejaban pasar la frontera con dinero. Justo al otro lado, quienes carecían de medios económicos eran conducidos por las autoridades francesas a campos de concentración.
Zamacois llevaba consigo 4.000 pesetas, pero no tenía más opción que entregarlas si quería llegar a Francia, aunque ello significaba acabar en algún campo de concentración. No obstante, la suerte todavía no había abandonado a nuestro escritor. Justo cuando Zamacois se dirigía al puesto de los carabineros, uno de ellos lo reconoció y le paró. Se habían visto años atrás, en 1911, en Buenos Aires, y gracias a Zamacois el desconocido había podido entrar a trabajar en el Diario Español de Justo López de Gómara. Ahora le devolvería el favor. El carabinero les enseñó un camino de contrabandistas desde el que podían entrar en Francia sin que nadie les viese:
«Avancé diez, doce metros y sentí que España se me escapaba bajo los pies. Estábamos en Francia. Todos entonces volvimos la cabeza. Allende la frontera, nuestro salvador nos saludaba con una mano. Entre él y nosotros el sendero, que nos dio la libertad, tenía la forma de una pregunta: Esa pregunta que a lo largo de la vida, nos precede siempre, siempre» 12.
El camino que se abría a Zamacois y a su familia, como a otros tantos españoles, tenía la forma de un interrogante. No obstante, albergaban la esperanza de volver pronto a España, y así se lo transmitía Zamacois al doctor Negrín en una carta: «espero volver a verle a usted en España, cuando esta trágica pesadilla acabe» 13. Sin embargo, la pesadilla duraría mucho más tiempo del previsto. Además, llegar a Francia no significaba ni la salvación automática ni un respiro. Por lo pronto, Zamacois contaba con la ayuda de su amiga la escritora cubana Ofelia Rodríguez Acosta, que lo instaló a él y a su familia en el hotel Le Petit Louvre donde ella vivía. La acogida por parte de las autoridades francesas fue muy diferente, pues el Gobierno francés había decidido auspiciar una política severa en materia de inmigración como estrategia para mitigar las tensiones que minaban su estabilidad gubernamental. Así, cuando Zamacois presentó su pasaporte en la Prefectura de Policía, el prefecto le anunció que tenía cuarenta y ocho horas para salir del país. Como el propio escritor expresa en sus memorias, esto le enfrentaba con «un problema casi insoluble», pues no tenía a dónde ir: «El ambiente nazi-fascista, que envenenaba a Europa, me cerraba todas las fronteras» 14.
Ofelia Rodríguez Acosta puso en contacto a Zamacois con el cónsul de Nicaragua, Eduardo Avilés Ramírez, quien, a su vez, le consiguió una carta de recomendación de Jean Cassou. Este hispanista y diputado antifascista estaba comprometido con la causa de los refugiados españoles en Francia. Cuando, años después, recordaba ese primer encuentro en una carta a Zamacois, expresaba la profunda desazón que le había causado la actuación de su Gobierno ante la terrible situación de los españoles que huían de la dictadura que estaba imponiendo el general Franco al otro lado de los Pirineos:
«Querido e ilustre amigo Zamacois, recuerdo que, cuando el desastre español, Vd. entró en mis despacho —el despacho que tenía entonces, ¿dónde?, creo que en el Luxembourg— y que llevaba todavía su uniforme, o algún resto, algún despojo de su uniforme maltrecho y heroico. No olvido esos días, trágicos para Vdes., bochornosos para nosotros, en que veníamos venir acá, refugiarse acá tantos amigos de antaño, ahora vencidos, humillados, pero con la rabia en el fondo del alma, una rabia, justa y noble. Vd. era uno de ellos, querido Eduardo Zamacois. Y así empezó para V. como para tantos otros otra epopeya, la del destierro. Y para nosotros empezó entonces nuestra tragedia, nuestra derrota, todo lo que hubiéramos podido evitar si nuestro Gobierno de entonces hubiese hecho su deber» 15.
Volviendo a las dramáticas circunstancias de Zamacois y su familia en Francia, la carta de recomendación de Cassou no tuvo un efecto muy esperanzador, pues el prefecto solo le dio otras cuarenta y ocho horas para salir del país. «No es muy satisfactorio —comentó [Cassou]—, pero algo hemos conseguido. Debemos insistir. Ahora irá usted a visitar, de parte mía, al señor —aquí un nombre— para que le ponga deux mots al Prefecto» 16. El 6 de febrero, el secretario de la embajada republicana en Francia, Paulino Masip, escribía otra carta de recomendación al prefecto instándole a prorrogar la estancia de Zamacois en Francia 17. El día 13 se expedían los permisos de residencia para Zamacois y su familia, que les permitían seguir en el país hasta el 23 de marzo 18. Zamacois necesitaba ganar tiempo para conseguir que algún diario americano le nombrase corresponsal en París. Por otra parte, las necesidades económicas eran acuciantes, pues poco les quedaba del dinero que habían conseguido llevarse al abandonar España. En su supervivencia desempeñaron un papel fundamental las redes profesiones y familiares tendidas antes de la guerra, que se configuraban como un tejido de asistencia económica en un contexto adverso, pero también como una comunidad afectiva donde era posible la comprensión por parte de otros. Además de lo que les proporcionaba una Oficina de Auxilios, Matilde recibía dinero de su cuñado, Pedro López Camino. Asimismo, su residencia temporal en el Hotel Petit Louvre era frecuentada por amistades como el pintor Arturo Souto, el cónsul nicaragüense Eduardo Avilés Ramírez, el asiduo al mundo literario José Adolfo Garbayo o el tenor wagneriano Isidoro Fagoaga.
Sin embargo, las expectativas vitales en el exilio no se reducían a la supervivencia. Una vez que la guerra civil había terminado con la victoria incontestable del general Franco, las esperanzas de un pronto regreso a España se difuminaban y acuciaba la necesidad de emprender una verdadera reconstrucción personal que no podía realizarse en los angostos límites que imponía Francia a los españoles refugiados. El continente americano, lejos de una Europa atravesada por múltiples tensiones políticas, aparecía como el escenario más deseable para volver a empezar. No obstante, el viaje intercontinental exigía, lo primero, dinero para pagar el transporte, y lo segundo, un pasaporte que sirviese para llegar a América, pues las autoridades francesas solo dejaba salir del país a los españoles si se dirigían a España. El primer problema se lo resolvería el empresario Manuel Sánchez, que había conocido años atrás a bordo del Marqués de Comillas en uno de sus viajes a tierras americanas, y que ahora le facilitaba 500 dólares. El segundo obstáculo fue salvado gracias a Ofelia Rodríguez, que explicó a la representante cubana en París, Flora Díaz Parrado, la situación de Zamacois, y consiguió que le extendiesen un pasaporte cubano.
A Cuba, entonces, irían. Zamacois realizaría la travesía primero, intentaría asentarse en Cuba, y después enviaría dinero a Matilde, Gloria y Enrique para reunirse con él allí. El día 24 de marzo arribó a La Habana el vapor inglés Oropesa con 154 pasajeros, entre ellos nuestro escritor 19. La llegada a la capital cubana implicaba reencuentros con personas conocidas en viajes anteriores, que a su vez ponían en contacto a Zamacois con personalidades de la política y la cultura cubanas, lo que era fundamental para encontrar un trabajo con el que mantenerse. Mientras se asentaba de forma definitiva, viviría en casa del cuñado de Matilde, Pedro López Camino, que ya les había ayudado enviando dinero cuando estaban en París. Zamacois pronto comenzó a trabajar escribiendo para el diario El País y las revistas Bohemia y Carteles. No obstante, sus preocupaciones no solo se ceñían al nuevo hogar que tenía que construir, sino que también era consciente de la difícil situación en que se encontraban su hija, su nieto y su amante. No olvidaba que sus permisos de residencia caducaban el día 23 de marzo, aunque confiaba en que sus amigos ya hubiesen solventado el problema 20. Parte de lo que ganaba debía girárselo a su familia para sostenerla económicamente, por lo que intensificó su actividad escritora y de conferenciante, con la dificultad añadida de que la temática de la guerra civil, que era de lo que él hablaba, ya no atraía al público cubano:
«Mi conferencia, desde el punto de vista económico, ha sido un rotundo fracaso: 95 pesos con 60 centavos. Y es que ya la guerra... ¡oh dolor!... no interesa al público. Es horrible. A la gente no le importa el millón y pico de iluminados que dieron su vida por la libertad. No obstante me propongo dar algunas conferencias por el interior, porque hablando siempre gano más que escribiendo. En El País, por una crónica diaria, me dan 120 pesos mensuales. Lo justo para vivir. Pero esa cantidad nada nos resuelve. Necesito ganar muchos más» 21.
A los problemas económicos se añadía la inestabilidad política europea que envolvía a familia de Zamacois. Con la primavera de 1939 había llegado a Europa la alarma ante la posibilidad de que estallase una nueva guerra mundial. Las presiones de la Alemania nazi sobre Polonia eran cada vez mayores y la paz parecía peligrar. Las cartas de Zamacois a Matilde son reveladoras a este respecto. El 9 de abril le escribía expresándole su incertidumbre sobre el futuro más inmediato que les aguardaba: «Sigo torturado por las mismas dudas que me atormentaban cuando nos separamos: ¿Habrá guerra y vendrán? ... ¿No habrá guerra y volveré a Francia?» 22. Pocos días después, tras la noticia de que el gobierno cubano pagaría el viaje a su familia, Zamacois se mostraba confiado de que habrían de verse en Cuba, pues la guerra estallaría de un momento a otro: «En este momento me llaman por teléfono para decirme que el Gobierno cubano os pagará el viaje en primera. Con que... ¡no hay que pensarlo más!... Puesto que, antes o después, la guerra ha de estallar» 23. El sentimiento de pérdida, no obstante, se iba aliviando con las nuevas expectativas que deparaba América. Pero estas expectativas estaban rodeadas de un halo de incertidumbre que era difícil disipar.
En mayo, como la promesa del Gobierno cubano se demoraba, Zamacois instaba a su familia a que se embarcaran cuanto antes pagando el pasaje 24. La guerra también se retrasaba, y con ella la oportunidad de que España se librase de Franco y que los exiliados pudiesen regresar. Puesto que esa realidad parecía lejana, Zamacois pensaba en establecer su residencia en América, pero no en La Habana, sino en Buenos Aires. Ello requería, antes que todo, hacerse un nombre allí, por lo que Zamacois había empezado a escribir para el periódico Crítica de Buenos Aires 25. En junio, por fin, se embarcarían Matilde, Gloria y Enrique rumbo a Cuba. Isidoro Fagoaga se despedía de ellos en una carta que calificaba su partida como «más que nunca oportuna»: «Los meses a venir van a ser terriblemente críticos y si, de aquí a septiembre, evitamos la guerra, va a ser por un milagro, dudo que se den los milagros en este bajo mundo». Y terminaba confiando en volver a verles en España: «En una España auténticamente digna y española nos abrazaremos muy pronto, tengo plena convicción de ello» 26. A finales de junio llegaban a La Habana.
Sin embargo, el reencuentro duró muy poco. Semanas después el crucero Cuba salía en un viaje de instrucción y Zamacois se embarcaba en él como cronista del viaje para El País. La travesía duró setenta días y recorrió buena parte del continente americano (Nueva York, Santo Domingo, Venezuela, Veracruz, Nueva Orleans). Era una gran oportunidad para ampliar los horizontes profesionales de Zamacois. El 5 de agosto informaba a Matilde de que La Prensa de Nueva York le pagaría cuarenta dólares mensuales por reproducir las crónicas que enviaba a El País, con la condición de que se las enviase el mismo día para que no pareciese que estaban copiadas 27. En Ciudad Trujillo consiguió que La Opinión incluyese sus crónicas 28. Y en Puerto Rico, también El Imparcial le pagaría cuarenta dólares al mes por sus crónicas 29. Además, el viaje en barco le serviría para aplacar la angustia del exilio. La idea de continua peregrinación de los navíos atraía poderosamente a Zamacois. De ellos, «los eternos romeros del mar», escribía que «tienen alma de artista» y «sed de infinito»:
«En los puertos se enmohecen, se anquilosan, se pudren. Nacieron para emigrar, para irse, simbolizan la inquietud. Ningún lugar del globo parece convenirles; diríase que todos les aburren, que ninguno es el que buscaban, y luego de reposar en ellos un tiempo reanudan su camino. Los barcos nunca llegan, pasan. Son como los ríos, y por ir lastrados con las ambiciones, las ilusiones y las pesadumbres, de sus ocupantes, son como la vida. Alucinan».
Asimismo, Zamacois señalaba el influjo benéfico que tenía sobre los ánimos de quienes viajaban en ellos: «Caín, a ser marino, no habría matado a su hermano» 30. No es extraño que nuestro escritor hiciese referencia al asesinato fratricida bíblico para expresar la antítesis entre los odios que envenenaban la tierra firme —España y Europa— y la serenidad idealizada del mar. La propia vida itinerante del navío, que no encontraba otro acomodo que no fuese la continua travesía entre las olas, reflejaba la situación dramática de aquellos que habían tenido que huir de su país.
En 1941, Zamacois pensó en abandonar Cuba. Las razones que proporciona en sus memorias es que su trabajo había empezado a despertar envidias y se había convertido en un personaje muy cuestionado por «algunos pseudoperiodistas»: «Cualquiera, alardeando de patriota, dijo “que yo iba a Cuba únicamente cuando tenía hambre”. Había, pues, sonado la hora de irse, y pensé en México» 31. Relata asimismo que en aquellos días fondeó en La Habana el Vita y que escribió a Indalecio Prieto pidiéndole cuatro pasajes de tercera para ir a Veracruz. Prieto se los facilitó, pero como al final ni Matilde ni Gloria querían marchar, Zamacois esperó a octubre para irse a bordo del Monterrey con su nieto Enrique. En julio, unos meses antes de partir, había obtenido la nacionalidad cubana 32. En México comenzó a trabajar para Todo, dirigido por Arturo Cisneros; Paquita, de Eduardo Fontanes, y Excelsior, que dirigía Rodrigo de Llano. Las colaboraciones le permitieron hacerse un nombre, pudo reeditar varios libros y trabajar para Radio Continental. Se asentó en poco tiempo, reunió a su familia y empezó a «criar nuevas raíces» y cultivar viejas y recientes amistades, entre ellos algunos exiliados españoles que, con bagajes y situaciones diferentes, experimentaban el exilio como un sujeto colectivo y configuraban una comunidad que tenía sus referentes en los sentimientos de pérdida, pero también en las expectativas de reconstrucción:
«Todos los días me encontraba con alguno de mis buenos amigos mexicanos de otrora, como el abogado Pablo Ruiz de la Peña y Vicente Garrido Alfaro; y con los españoles de quienes me alejó el derrumbamiento de la República. Allí estaban Libertad Blasco, el pintor Salvador Bartolozzi y su mujer Magda Donato, muy artista también; Antonio Zozaya, que acababa de enviudar y vivía pobre y solitario en la vecindad del poeta Alfonso Camín; el director de El Radical, de Valencia y luego de El Liberal, de Madrid, Francisco Villanueva; Roberto Castrovido, Enrique Fajardo, Gonzalo de Reparaz, el historiador Rafael Altamira, el sabio Odón de Buen, el pintor Arturo Souto, y otras figuras preclaras» 33.
En México, Zamacois entró en contacto con el representante de Sydney Ross, Roberto Cantuarias, con quien trabajó escribiendo novelas para la radio. Esta escritura, «sujeta a horario y condicionada y envarada de múltiples maneras», no le producía ningún placer, sino todo lo contrario. Ello, unido a una vida cotidiana que iba convirtiéndose en rutina —algo tan alejado de sus aventuras anteriores— le producía una profunda desazón: «todo, a mi alrededor, volvía a ser monorrítmico, monocromo y unisonante» 34. Por ello, cuando a finales de 1944 Ilya Lopert, de la Metro Goldwyn Mayer, le propuso un contrato prorrogable de seis meses y de trescientos dólares semanales para trabajar en el doblaje de películas en Nueva York, Zamacois aceptó ante las nuevas oportunidades que tal oferta de trabajo suponía. Al igual que había ocurrido antes, nuestro autor partiría primero y, cuando ya hubiese conseguido cierto arraigo en su nuevo hogar, llevaría a su familia con él.
El 12 de febrero de 1945 Eduardo Zamacois llegaba a Nueva York 35. Sin embargo, el trabajo que le aguardaba defraudó sus experiencias. «Aquí todo el mundo me ha recibido muy bien, pero, en el fondo, hay una conjuración contra el recién llegado. Yo, para ellos, seré un “buen escritor”... pero que “no entiende de estas cosas” (cosas, dicho sea de paso, que tienen muy poco que entender)» 36. Zamacois preveía que no duraría mucho en aquel trabajo: «jamás hubo en mi vida otra labor más desagradable (no por lo intensa, ni por lo que me esclaviza) sino por lo imbécil, de modo que no creo seguir mucho tiempo donde estoy» 37. En efecto, fue así. Terminado su contrato con la Metro Goldwyn Mayer, Zamacois se empleó durante un breve tiempo en la Paramount —donde conoció a Antonio García Lorca, hermano del célebre poeta— y después en la revista Reader’s Digest. Sin embargo, Zamacois tampoco encontraba acomodo en el monótono trabajo de oficinista, por lo que pidió a Roberto Cantuarias volver a escribir novelas radiadas, pues prefería la «pseudoliteratura radiofónica a vegetar en el ambiente adormecedor de una oficina» 38. Cantuarias le puso en contacto con Darío de la Garza, director de publicidad de Sterling Products International, que le pidió cuarenta novelas.
Ya por entonces Zamacois había conseguido una casa en Lexington Avenue e instalarse allí con Matilde. Su nieto Enrique y su hija Gloria, en cambio, seguían en México. Gloria atravesaba una enfermedad que se iba agravando por momentos, hasta que falleció en agosto de 1946. En sus memorias, Zamacois relata que fue este terrible suceso el que le llevó a emprender el viaje al que fue su último puerto, Argentina:
«Todos los grandes dolores morales suelen desatar en nosotros un brusco y vehemente deseo de fuga. Es algo instintivo. El animal, al sentirse herido, huye de donde le hirieron. Eso me sucedió a mí. De pronto New York me pareció insoportable; sus calles, sus rascacielos, me sofocaban y pensé en irme. ¿A México?... No. ¿A Brasil?... Tampoco. Más lejos. Los viajes traen olvido. Me iría a Buenos Aires» 39.
No obstante, no fue la noticia de la muerte de Gloria lo único que le empujaba a marchar. Desde el 8 de febrero de 1946 Zamacois residía ilegalmente en Estados Unidos porque el Departamento de Justicia había desestimado la solicitud de prórroga de estancia temporal en el país 40. Nuestro escritor se dirigió al cónsul argentino en Nueva York, Everardo Cárcano, que le expidió un visado de turista con fecha de 3 de septiembre de 1946. El día 14 embarcó en el paquebote Navemar, no sin antes despedirse de La Garza, que le dijo que podía seguir escribiendo las novelas radiadas que le faltasen y entregárselas al representante de Sydney Ross en Buenos Aires, con lo que tendría asegurado su sustento económico mientras se asentaba definitivamente allí.
El 25 de noviembre arribaba el Navemar a Buenos Aires. Zamacois se introdujo en el mundo cultural y periodístico bonaerense de la mano del escritor español Juan González Olmedilla, antiguo amigo suyo, y Enrique García, un amigo de José Adolfo Garbayo que le acogió en su casa durante las dos primeras semanas de su estancia en Buenos Aires, hasta que se trasladó a una pensión. Zamacois seguía escribiendo para Sydney Ross y le había contratado Radio Belgrano. La escritura encorsetada por dictámenes ajenos lo desazonaba de manera profunda y consideraba que tal forma de trabajar era una traición al oficio de escritor que él tanto había dignificado años atrás, pero la instalación en su nuevo hogar requería dinero: «Tengo una gran pena. La Casa Sydney Ross rechaza Las grandes vidas trágicas. ¡Qué brutos!... Y me proponen escribir El pirata romántico (¡qué brutos otra vez!), novela que ha de durar un año. Les he dicho que sí... claro... pero cuando pienso en tamaña degradación literaria me dan ganas de morir. ¡Piratas a estas alturas! ¿Imaginaste nunca nada igual!» 41. A sus ingresos añadía sus colaboraciones en Crítica, Aquí está, Clarín, Mundo Argentino, Maribel, Sintonía y las crónicas que enviaba al diario Alerta de La Habana y la revista Todo de México. Pronto Matilde regresaría a su lado en un viaje pagado gracias a la generosidad del cónsul Cárcano.
El círculo de relaciones personales de Zamacois iba tomando mayores dimensiones a partir de los contactos ya establecidos, y su pensión entre la avenida Callao y la calle Sarmiento era frecuentada por múltiples personajes, algunos de ellos, como el excoronel José Ramón Montiel y el escritor Clemente Cimorra o González Olmedilla, que se habían comprometido con la causa republicana y decidieron exiliarse en Buenos Aires. Otros, como el dramaturgo Eustiquio Aragonés y su esposa la actriz Jacqueline Recamier, tenían estrechos vínculos con España aunque hubiesen desarrollado gran parte de su carrera profesional en América Latina. Por otra parte, era difícil armonizar la vivencia del exilio con el intento de crear una nueva comunidad afectiva: «El lírico, el dulce y melancólico “¿te acuerdas?”... yo no podía conjugarlo con nadie» 42. A nivel emocional e interpersonal, el exilio era una ruptura, así como una experiencia continua que condicionaba cualquier proyecto de vida; pero también la coincidencia de muchas trayectorias vitales en una misma situación que no se agotaba en el dramatismo de lo perdido, sino que se proyectaba hacia un horizonte de reconstrucción.
Ese horizonte, para Zamacois, estaba anclado, cada vez de forma más indefectible, en Buenos Aires. En febrero de 1947 conseguía la radicación definitiva en Argentina 43. En 1953 entraba a trabajar en el Ministerio de Salud Pública gracias a la intermediación de Segundo Poncio Godoy, periodista y hombre de negocios a quien había conocido por Manolo Fondevila, antiguo director del Heraldo de Madrid. Y en diciembre de 1955 Matilde y él celebraron su matrimonio 44. Con el tiempo, la rutina iba envolviendo la vida de Zamacois, reconvertido en burócrata de la administración argentina.
El exilio había supuesto para Zamacois, que había conseguido en su carrera «vivir de la pluma» 45, la ruptura con el campo editorial español, y sus textos habían sido primero censurados y después relegados al ostracismo en un mundo, el de la cultura en la España de posguerra, encorsetado por limitaciones de todo tipo 46. Su regreso literario a España fue fruto del azar, pero también del esfuerzo que una serie de intelectuales realizaron por recuperar a los novelistas españoles de principios de siglo, que habían pasado a ser «raros y olvidados», en expresión del bibliógrafo Francisco Carlos Sainz de Robles. Por otro lado, esa tarea de devolver a su justo lugar a Zamacois se produjo en su máximo desarrollo cuando la dictadura, avanzando el tiempo, replanteó su política cultural en términos de modernización y adaptación a una sociedad de masas, aunque recelando de cualquier tipo de aperturismo.
Fue una casualidad la que volvió a poner en contacto a Zamacois con los editores españoles. Matilde había ido a comprar a una librería de Buenos Aires el Diccionario Salvat para regalárselo a su esposo y, como el precio era tan elevado, preguntó al librero, el español Luis Miracle, si hacían descuento a los escritores. Este le pidió el nombre del escritor en cuestión y, cuando Matilde le dijo que se trataba de Eduardo Zamacois, Miracle le explicó que creía que había fallecido, pues hacía pocos días que un editor barcelonés le había pedido que obtuviese de sus herederos autorización para publicar sus Memorias de un vagón de ferrocarril. Fue así como Alfredo Herrero, de AHR, se puso en contacto con Zamacois y publicó en 1959 un volumen de Obras selectas con varias de sus novelas 47. De forma paralela, algunos bibliófilos eruditos, y sobre todo Francisco Carlos Sainz de Robles —quien prologó las Obras selectas—, ya incluían a Zamacois en las páginas de la historia de la literatura 48. «Era evidente», escribe nuestro autor, «que, de súbito, mi nombre, largo tiempo olvidado, renacía» 49.
No obstante, volver a encontrar acomodo en el mundo de la edición española no era tarea sencilla debido a las limitaciones que imponía la dictadura de Franco a la publicación de textos. La censura era uno más de los mecanismos de control político-social e inhibición cultural de los que se dotó el régimen para cercenar cualquier extensión de ideas subversivas, disidentes, contestatarias o, simplemente, que no se ajustasen a los estrechos límites del conservadurismo que quería inculcar la dictadura en el seno de la sociedad española. Esto implicaba un circuito de difusión de textos con una instancia intermediaria entre editores y público, que configuraba una lectura vigilada y mutilada, pero también una autocensura negociada por parte de autores y editores. Así, la inexistencia de criterios específicos en la censura, labor que dependía solo del libre arbitrio del censor, suponía una incertidumbre permanente para el negocio de los editores, con la posibilidad, ya desde 1966, del secuestro de aquellas obras que no hubiesen pasado por la censura previa si las autoridades consideraban que su contenido era peligroso para la sociedad o el régimen 50.
Publicar en la España de Franco, por tanto, era complicado, pero no imposible, si el autor sabía bien cómo moverse y a qué puerta llamar. Por eso Zamacois acudió a Sainz de Robles, conocedor de los entresijos del mundo editorial y con quien acabó trabando amistad, que casi se convirtió en su agente a la hora de contactar con las editoriales españolas. Así ocurrió, por ejemplo, con sus memorias. Sainz de Robles le informaba a Zamacois de que José Manuel Lara tenía «vara alta» con la censura, lo que era un factor importante a la hora de evaluar un manuscrito que contenía los recuerdos de un exiliado, pero que Aguilar lo consideraba «más serio» 51. Sería, no obstante, Alfredo Herrero, que había comprendido los beneficios de vincular la recuperación de Zamacois con su editorial, la que publicó Un hombre que se va... en 1964 52. De forma similar, Zamacois recurrió a Sainz de Robles años después para reeditar algunas de sus novelas no incluidas en las Obras selectas de AHR. El bibliógrafo consiguió que las editoriales Alianza, Espasa Calpe y Aymá mostrasen algún interés, pero, pasados unos meses, la primera no contestaba y de la segunda le había llegado la noticia de que el consejo editorial era reticente a la publicación de un texto de nuestro escritor: «Me consta que muchos de los señores consejeros bilbaínos, más papistas que el Papa y muy temerosos del infierno en la otra vida, se han persignado al oír tu nombre» 53. Al final fue la editorial Andorra la que publicó El misterio de un hombre pequeñito en 1970 54. Esta editorial, creada en 1967 y vinculada a la barcelonesa Aymá, tenía la doble domiciliación en Barcelona y Andorra, lo que le permitía sortear las restricciones de la dictadura y publicar obras prohibidas o censuradas en España, por lo que tuvo un papel importante en dar a conocer la literatura del exilio 55.
Con la recuperación del nombre de Zamacois en la década de 1960, se produce el primer intento de que vuelva a pisar tierra española desde su marcha en 1939. La idea de visitar España ya se la había manifestado Zamacois a su amigo el periodista Rodolfo Schelotto en 1966 56, y a fines del año siguiente Luis Ponce de León, director de La Estafeta Literaria, ya le había programado el viaje. Le ofrecía pasajes de avión, residencia en hoteles de primera clase y 40.000 pesetas en firme por parte de su revista literaria y el Ateneo de Madrid, más la posibilidad de realizar conferencias, charlas o colaboraciones literarias para cubrir todos los gastos 57. La próxima vuelta de Zamacois a España fue anunciada en los periódicos, que reseñaban su vida y su obra, pasando por encima de sus antiguas lealtades políticas y de su periplo en el exilio y centrándose, sobre todo, en su extraordinaria longevidad. Las semblanzas que los periodistas hacían de nuestro autor no eran más que una caricatura en la que se disculpaban sus actuaciones anteriores por su rebeldía literaria, al margen de toda consideración política, y el mayor mérito que se le reconocía era haber llegado a los 95 años 58. Todo ello enojaba a Zamacois y le hacía creer que su figura literaria, después de tan largo exilio, no tenía cabida en el panorama literario español. Así, en febrero de 1969 respondía a Ponce de León que rechazaba el viaje:
«Leo y releo tu Estafeta (modelo de revista literaria) y día a día su lectura me aconseja no ir en busca de homenajes adonde casi nadie se acuerda de mí. Esta es la verdad triste. A principios de siglo, cuando la Editorial Renacimiento que dirigía Gregorio Martínez Sierra tiraba diez mil ejemplares de mis libros (y de mi novela El Otro llegaron a hacerse ocho ediciones), la gente me leía. Aquello pasó [...]. “Yo leo entre líneas” lo que dicen los periódicos de mi viaje, y hay en sus comentarios más compasión que aprecio. Es mi edad, antes que mi obra, la que estiman digna de glosarse. Hablan de mí como un fenómeno biológico [...]. Me consideran un fracasado, un inútil, que ya solo piensa en dónde “echarse” [...]. Pues... todavía no. Yo seré un olvidado, pero no un vencido de la Vida, y como «la hora de las alabanzas» está cercana, y la belleza del mutis final me preocupó siempre, renuncio al viaje».
No obstante, Zamacois le aseguraba al final de su carta que se volverían a ver en España: «pasado un tiempo, sin que nadie lo sepa, iré a darte un abrazo» 59. En efecto, en la primavera de 1969 nuestro escritor pudo hacer su viaje a España junto a Matilde. En él tomaría contacto con las personalidades de la cultura de la época, entre ellos sus amigos Sainz de Robles y Ponce de León, pero también Carlos Robles Piquer, por entonces director general de Cultura Popular, el periodista Juan Ignacio Luca de Tena, novelistas como Francisco Umbral y Ramón Solís, y artistas como Antonio Mingote 60. Su viaje le deparó encuentros y reencuentros, pero también el sinsabor de confirmar sus temores, como le explicaba a Solís: «me he convencido de que para mis compañeros de esta generación no paso de ser una figura un tanto pintoresca» 61.
A pesar de todo, Zamacois deseaba volver a España, pero definitivamente, «en barco para poder llevarme algunas cosas», como expuso a Robles Piquer en una carta en febrero de 1970, anhelo que nunca llevó a cabo en vida. En esa misma misiva, Zamacois además le pedía un favor de orden económico: «necesito también que usted considere justo que el haber recorrido América durante tres años dando conferencias ilustradas con proyecciones cinematográficas, el haber fundado el Cuento Semanal y Los Contemporáneos, y mi constante colaborar en Nuevo Mundo, La Esfera, ect. [sic], me dan derecho a una “pensión”» 62. La situación económica de nuestro autor no era la mejor, incluso después de haberse asentado de forma definitiva en Argentina. A este respecto, José Baró Quesada, que trató a Zamacois en Buenos Aires, contaba una anécdota que recogió Federico Torres Yagües a propósito de la modestia con la que vivía Zamacois, según la cual unos ladrones que asaltaron su casa de la avenida Callao se sorprendieron de que el escritor viviese sin frigorífico, así que decidieron regalarle uno 63. El anciano escritor cobraba dos pensiones de jubilado, una por periodista y otra por empleado del Estado, que al parecer no eran de elevada cuantía, pero a comienzos de 1970 le había retirado la segunda, justo la que más dinero le aportaba, por considerarlas incompatibles. Eduardo Zamacois recurrió una vez más a Sainz de Robles, que consiguió que el Instituto del Libro Español le otorgase una asignación de 186 dólares mensuales 64. Fue esta humilde pensión el último reconocimiento que tributó la administración española al insigne escritor en vida.
El exilio fue, por ende, tanto una ruptura como una reconstrucción, y en alguien como Zamacois, heredero de la ebullición cultural de entresiglos y que afrontaba este episodio traumático con sesenta y cinco años, esta experiencia significó para él un cambio fundamental en las formas de concebir el tiempo. Cabe concluir nuestro análisis de su exilio con una última reflexión a este respecto.
La conciencia de temporalidad de los escritores de entresiglos nace de la irrupción de la modernidad que se comenzaba a patentizar en el espacio urbano y que adquiría un carácter diferenciado frente a las estructuras socio-económicas más arcaicas de la España de la Restauración imperantes en el mundo rural. La literatura de kiosco estuvo muy vinculada a experiencias lectoras en lugares de sociabilidad, consumo y recreo como cafés, cines y teatros, pero también para el viaje en los nuevos medios de transporte que se habían expandido al compás de la segunda revolución industrial, en particular el ferrocarril. En este mismo sentido, estas colecciones literarias, que pretendían una mayor socialización que otros formatos, se correspondían con la búsqueda por parte de los editores de una integración de la lectura dentro de los ritmos que imponía el capitalismo, con recursos como la regularidad en la publicación de las colecciones, un aspecto que manifiestan sus propias cabeceras, como El Cuento Semanal. Todo ello influyó en configurar una conciencia temporal cuya aspiración era la de la incesante novedad y que entraba en contradicción con percepciones de tiempo más estáticas, propias de los ritmos de la economía tradicional en los que la previsión era fundamental para la supervivencia 65.
Eduardo Zamacois reflejó en muchos de sus textos esa nueva conciencia de temporalidad, que reivindicaba y reactualizaba el tópico del carpe diem en términos de disfrute del placer de lo contingente del mundo moderno frente al continuo paso del tiempo. La ruptura que implica el exilio abre una profunda brecha en esa conciencia. Cabe subrayar que tal idea de desapego a lo rutinario y aceptación entusiasta de lo eventual era una construcción cultural que compartían unos sectores sociales que tenían cubiertas sus necesidades más básicas. Cuando la experiencia de la guerra y el exilio impuso a Zamacois unas condiciones de vida en los que la incertidumbre difuminaba todos los horizontes de expectativas, esa construcción cultural dejó paso a una verdadera asunción de la irreversibilidad del tiempo, que no era ya las aventuras de la bohemia, sino la de la aceptación del envejecimiento y la nostalgia. En una carta, poco después de llegar a Cuba en 1939, se lo reconocía a Matilde: «Ya no sé reír. Estos dos años de guerra me han envejecido definitivamente» 66.
Esta nueva conciencia temporal tiene, por tanto, unos orígenes dramáticos, pero no contempló solo esta dimensión a lo largo de todo el exilio de nuestro escritor. El reencuentro con anteriores amistades, aspecto sustancial para la reconstrucción del exiliado, posibilitaba conjugar la nostalgia con lo que Zamacois denominó «una alegría de resurrección», que en gran medida conjuraba el paso del tiempo y recuperaba, aunque solo sea en la memoria, momentos más felices:
«Cuando la Casualidad nos permite abrazar, tras una larga separación, a alguna de esas personas que supieron dejar en nuestra memoria un rastro de verdadera cordialidad y simpatía, experimentamos una sorpresa a la que va mezclada una alegría de resurrección. Y digo “una alegría de resurrección” porque, al tropezarnos inopinadamente con el antiguo amigo, casi olvidado, resurgen en nosotros los detalles del lugar donde le conocimos, y los semblantes y los nombres de las personas que más frecuentemente nos acompañaban en aquellos días... y hasta la disposición sentimental porque atravesábamos en tal momento. A su alrededor, de súbito, todo renace» 67.
Esta experiencia se potenciaba cuando la persona abrazada formaba parte del exilio, pues, a pesar de las particularidades personales, entre ambos existían referentes comunes, inquietudes análogas y, seguro que también, esperanzas similares. Incluso, en este caso, la guerra pasaba de ser un acontecimiento traumático a una vivencia compartida cuyo recuerdo disipaba el hastío del presente:
«A menudo, mi sobrino [Joaquín Zamacois] y Brígida [Garciamartín], que, como [Manuel] Chamorro, también habían estado presos, solían comer con nosotros y hablando de la guerra perdida y rememorando costumbres y rincones madrileños, pasábamos largos ratos. Estas tertulias nos ayudaban a actualizar, lo pretérito y a olvidarnos un poco de esa mansedumbre alevosa, muda —silencio de corriente submarina— con que el tiempo, el fantasma de los pasos inaudibles, se va sin moverse» 68.
Sin embargo, el paso del tiempo se imponía, y con él la aceptación por parte de Zamacois de que era «un hombre que se va», con la muerte pisándole los talones, lo que le decidió a escribir sus memorias. En ello tuvo gran influencia el ritmo que le imponía su trabajo como oficinista en el Ministerio de Salud, que, si bien al principio constituía un ambiente «monorrítmico, unísono y unicolor» y hasta «peligrosamente anulativo», después le «conquistaba» con su «pacifismo» y su «espíritu gregario» 69. Era una renuncia explícita a las aventuras de antaño y una reafirmación en que la restauración personal en el exilio debía alejarse de los excesos de juventud.
Al principio de sus memorias, Zamacois relata cómo su madre le había dicho, cuando él tenía ocho años, que si cuidaba sus zapatos nuevos le durarían «toda la vida». Ello, cuenta nuestro escritor, lo desazonó: «porque si los sombreros, las camisas, los trajes, que me habían comprado, habían de servirme siempre, era porque yo no iba a crecer» 70. En 1969 volvía a recordar aquel momento ante el periodista Manuel del Arco, del diario La Vanguardia Española: «Recuerdo que cuando tenía ocho años mi madre me compró unos zapatos nuevos. ¿Sabe lo que es un chico con zapatos nuevos? Pues bien, me dijo: “Tienen que durarte toda la vida”. En eso estoy: que mi vida ha de durarme toda una vida. Pero, ¿usted sabe lo que es vivir los días usados?» 71. Entre una y otra afirmación mediaban varias décadas, pero, sobre todo, tres años de guerra y treinta de exilio. La conciencia del tiempo fue radicalmente transformada por estas vivencias. En ello influyó, claro está, la quiebra de la huida traumática de España, como reconocía el mismo Zamacois a Matilde, pero también algo más, la normalización de la existencia cotidiana que imponía el exilio, tan distinta a la anterior. Fue en este «vivir los días usados» sin las afectaciones bohemias anteriores, en esta nueva temporalidad de ser «un hombre que se va», donde nuestro escritor encontraba un refugio emocional que lo preparaba para su marcha definitiva.
* Este trabajo se integra en el Programa de Formación de Profesorado Universitario del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades (FPU 17/00545). El autor agradece los comentarios y sugerencias de las profesoras Carolina Rodríguez López y Raquel Sánchez.
1 Entre la abundante bibliografía del exilio cabe destacar aquí a Alicia Alted: La voz de los vencidos: el exilio republicano de 1939, Madrid, Aguilar, 2005; Francisco Caudet: El exilio republicano de 1939, Madrid, Cátedra, 2005; Abdón Mateos: ¡Ay de los vencidos! El exilio y los países de acogida, Madrid, Eneida, 2009, y Jordi Gracia: A la intemperie. Exilio y cultura en España, Barcelona, Anagrama, 2010.
2 Una monografía clásica sobre este autor es la de Luis S. Granjel: Eduardo Zamacois y la novela corta, Salamanca, Universidad de Salamanca, 1980. Destacan también las tesis doctorales inéditas de Hwang Sang Joo: Vida y obra de Eduardo Zamacois, 2 vols., Universidad Complutense de Madrid, 1996, y José Ignacio Cordero Gómez: La obra literaria de Eduardo Zamacois, Universidad Complutense de Madrid, 2008. Una aproximación a la vida de Zamacois, aunque constituye un trabajo introductorio, en Javier Barreiro y Bárbara Minesso: «Introducción», en Eduardo Zamacois: Un hombre que se va... (Memorias), Sevilla, Renacimiento, 2011, pp. 9-58.
3 Eduardo Zamacois: Un hombre que se va..., el relato del exilio en pp. 588-640.
4 Algunas cartas de este fondo documental han sido publicadas en la antología de Eduardo Zamacois: Cortesanas, bohemios, asesinos y fantasmas, introducción y selección de Gonzalo Santonja, Santander, Fundación Banco Santander, 2014, aunque se limita al epistolario con personajes del mundo de la cultura, por lo general de tardía cronología. Sobre la importancia de la documentación epistolar para la reconstrucción del exilio español véase Guadalupe Adámez Castro: Gritos de papel: las cartas de súplica del exilio español (1936-1945), Granada, Comares, 2017.
5 Rafael Pérez de la Dehesa: El grupo «Germinal»: una clave del 98, Madrid, Taurus, 1970; Dolores Thion Soriano-Mollá: «Zola, un messie et un mythe pour la jeunesse germinaliste de la fin de siècle», en Zola y España. Actas del Coloquio Internacional (Lyon, septiembre de 1996), Barcelona, Universidad de Barcelona, 1997, pp. 173-185, e íd.: «La revista Germinal, crisol de estéticas», Anales de Literatura Española, 26 (2014), pp. 499-519.
6 «Respuesta de Eduardo Zamacois a un cuestionario sobre sus ideas políticas, enviado por Antonio V. de la Villa», 1931, Biblioteca Nacional de España (en adelante BNE), Manuscritos, ms. 23148/30.
7 Carta de Eduardo Zamacois a Manuel Azaña, Madrid, 22 de octubre de 1935, BNE, Manuscritos, ms. 20272/11.
8 Eduardo Zamacois: El asedio de Madrid: novela, Barcelona, Mi Revista, 1938.
9 La Vanguardia (suplemento), 19 de junio de 1938, p. 2.
10 Federico Torres y Yagües: Medio siglo entre escritores, Madrid, Gráficas Yagües, 1972, pp. 53-54.
11 Zamacois aparece fotografiado junto a militares republicanos como José Miaja en el Archivo Fotográfico de la Delegación de Propaganda y Prensa de Madrid, que después de la guerra pasó a la Delegación Nacional de FET de las JONS y sirvió de instrumento de represión contra quienes aparecían en él, adquiriendo la nueva y expresiva denominación de «Archivo Rojo». Véase Archivo General de la Administración (en adelante AGA), Archivo Fotográfico de la Delegación de Propaganda y Prensa de Madrid durante la Guerra Civil, Sección 33, F/04055 y F/04066.
12 Eduardo Zamacois: Un hombre que se va..., p. 592.
13 Carta de Eduardo Zamacois a Juan Negrín (borrador), París, 1 de febrero de 1939, Archivo Histórico Nacional (en adelante AHN), Diversos: Eduardo Zamacois Quintana (en adelante EZQ), leg. 1, exp. 14.
14 Eduardo Zamacois: Un hombre que se va..., p. 593.
15 Carta de Jean Cassou a Eduardo Zamacois, París, 31 de mayo de 1959, AHN, EZQ, leg. 1, exp. 12.
16 Eduardo Zamacois: Un hombre que se va..., p. 594.
17 Carta de Paulino Masip a la Oficina del Prefecto de Policía, París, 6 de febrero de 1939, AHN, EZQ, leg. 2, exp. 26, doc. 4. Sobre la labor diplomática de Paulino Masip véase Ángel Viñas (dir.): Al servicio de la República. Diplomáticos y guerra civil, Madrid, Ministerio de Asuntos Exteriores y de Cooperación-Marcial Pons, 2010, anexo 14 (diplomáticos de la República durante la Guerra Civil. Movimientos y destinos), p. 491.
18 Permisos temporales de residencia de Eduardo Zamacois, Gloria Zamacois y Matilde Fernández, París, 13 de febrero de 1939, AHN, EZQ, leg. 2, exp. 26, docs. 1, 2 y 3.
19 Diario de la Marina, 25 de marzo de 1939, citado en Jorge Domingo Cuadriello: «Introducción», en Antonio Ortega: Chino olvidado y otros cuentos, Sevilla, Renacimiento, 2003, pp. 9-50, esp. p. 22, n. 12.
20 Carta de Eduardo Zamacois a Matilde Fernández, La Habana, 26 de marzo de 1939, AHN, EZQ, leg. 4, exp. 4, doc. 5.
21 Carta de Eduardo Zamacois a Matilde Fernández, La Habana, 5 de abril de 1939, AHN, EZQ, leg. 1, exp. 10, doc. 23.
22 Carta de Eduardo Zamacois a Matilde Fernández, La Habana, 9 de abril de 1939, AHN, EZQ, leg. 4, exp. 4, doc. 3.
23 Carta de Eduardo Zamacois a Matilde Fernández, La Habana, 22 de abril de 1939, AHN, EZQ, leg. 4, exp. 4, doc. 4.
24 Carta de Eduardo Zamacois a Matilde Fernández, La Habana, 19 de mayo de 1939, AHN, EZQ, leg. 4, exp. 4, doc. 7.
25 Carta de Eduardo Zamacois a Matilde Fernández, La Habana, 27 de mayo de 1939, AHN, EZQ, leg. 4, exp. 4, doc. 6.
26 Carta de Isidoro Fagoaga a Matilde Fernández, a Gloria y Enrique Zamacois, Saint Jean de Luz, 14 de junio de 1939, AHN, EZQ, leg. 4, exp. 3.
27 Carta de Eduardo Zamacois a Matilde Fernández, 5 de agosto de 1939, AHN, EZQ, leg. 4, exp. 4, doc. 14.
28 Carta de Eduardo Zamacois a Matilde Fernández, 16 de agosto de 1939, AHN, EZQ, leg. 4, exp. 4, doc. 16.
29 Carta de Eduardo Zamacois a Matilde Fernández, 23 de agosto de 1939, AHN, EZQ, leg. 4, exp. 4, doc. 17.
30 Eduardo Zamacois: Un hombre que se va..., p. 598.
31 Ibid., pp. 599-600.
32 Certificado de nacionalidad cubana de Eduardo Zamacois, 23 de julio de 1941, AHN, EZQ, leg. 2, exp. 25, doc. 2.
33 Eduardo Zamacois: Un hombre que se va..., p. 601.
34 Ibid., p. 603.
35 Carta de Eduardo Zamacois a Matilde Fernández, Nueva York, 13 de febrero de 1945, AHN, EZQ, leg. 4, exp. 6, doc. 1. En la carta citada Zamacois escribe que lo que le pagan son 133 dólares semanales y no 300 como recoge en sus memorias. Además, en estas el viaje a Nueva York está fechado en el mes de noviembre.
36 Carta de Eduardo Zamacois a Matilde Fernández, Nueva York, 27 de febrero de 1945, AHN, EZQ, leg. 4, exp. 6, doc. 3.
37 Carta de Eduardo Zamacois a Matilde Fernández, Nueva York, 15 de marzo de 1945, AHN, EZQ, leg. 4, exp. 6, doc. 10.
38 Eduardo Zamacois: Un hombre que se va..., p. 611.
39 Ibid., p. 612.
40 Notificación de denegación de la solicitud de prórroga de estancia temporal en Estados Unidos, firmada por F. H. Crockett, Officer in Charge, AHN, EZQ, leg. 2, exp. 35, doc. 18.
41 Carta de Eduardo Zamacois a Matilde Fernández, Buenos Aires, 26 de diciembre de 1946, AHN, EZQ, leg. 4, exp. 7, doc. 32.
42 Eduardo Zamacois: Un hombre que se va..., pp. 624-625.
43 Certificado de identificación personal de Eduardo Zamacois, AHN, EZQ, leg. 2, exp. 35, doc. 20.
44 Fotocopia del Acta de Matrimonio de Eduardo Zamacois y Matilde Fernández del Registro Civil de Buenos Aires, 17 de diciembre de 1950, AHN, EZQ, leg. 2, exp. 24, doc. 10.
45 La expresión es del propio Zamacois. Véase Jesús A. Martínez Martín: Vivir de la pluma: la profesionalización del escritor, 1836-1936, Madrid, Marcial Pons, 2001.
46 Ana Martínez Rus y Verónica Sierra Blas: «Libros culpables: hogueras, expurgos y depuraciones. La política represiva del franquismo (1936-1845)», en Antoni Segura, Andreu Mayayo y Teresa Abelló (dirs.): La dictadura franquista. La institucionalizació d’un règim, Barcelona, Universidad de Barcelona, 2012, pp. 143-165, esp. p. 155, n. 26.
47 Eduardo Zamacois: Obras selectas, Barcelona, AHR, 1959.
48 Federico Carlos Sainz de Robles: La novela corta española: promoción de «El Cuento Semanal», Madrid, Aguilar, 1952, e íd.: Raros y olvidados (la promoción de «El Cuento Semanal»), Madrid, Prensa Española, 1971.
49 Eduardo Zamacois: Un hombre que se va..., p. 636.
50 Xavier Moret: Tiempo de editores: historia de la edición en España, 1939-1975, Barcelona, Destino, 2002; Eduardo Ruiz Bautista (coord.): Tiempo de censura: la represión editorial durante el franquismo, Gijón, Trea, 2008; Francisco Rojas Claros: Dirigismo cultural y disidencia editorial en España (1962-1973), Alicante, Universidad de Alicante, 2013; Fernando Larraz: Letricidio español: censura y novela durante el franquismo, Madrid, Trea, 2014, y Jesús A. Martínez Martín (ed.): Historia de la edición en España (1939-1975), Madrid, Marcial Pons, 2015. Respecto a las relaciones editoriales entre España y América Latina que afectan al exilio véanse Gonzalo Santonja: Los signos de la noche: de la guerra al exilio. Historia peregrina del libro republicano entre España y México, Madrid, Castalia, 2003, y Fernando Larraz: Una historia transatlántica del libro. Relaciones editoriales entre España y América Latina (1936-1950), Gijón, Trea, 2010.
51 Carta de Federico Carlos Sainz de Robles a Eduardo Zamacois, Madrid, 30 de marzo de 1963, AHN, EZQ, leg. 2, exp. 17, doc. 9.
52 Eduardo Zamacois: Un hombre que se va...
53 Carta de Federico Carlos Sainz de Robles a Eduardo Zamacois, Madrid, 30 de mayo de 1970, AHN, EZQ, leg. 2, exp. 17, doc. 20.
54 Eduardo Zamacois: El misterio de un hombre pequeñito, Andorra la Vella, Andorra, 1970.
55 Manuel Aznar Soler: Los laberintos del exilio. Diecisiete estudios sobre la obra literaria de Max Aub, Sevilla, Renacimiento, 2003, p. 117, y Àlvar Valls: «Aproximació al fet literari a Andorra», en Eliseu Trenc (ed.): Els Pirineus, Catalunya i Andorra. Actes del Tercer Col·loqui Internacional de la Associació Francesa de Catalanística, Barcelona, Publicacions de l’Abadia de Montserrat, 2006, pp. 125-138, esp. p. 135, n. 22. Véase también Del mil nou-cents seixanta-set al dos mil set. Celebrant quaranta anys d’Editorial Andorra, Andorra la Vella, Andorra, 2008.
56 Carta de Eduardo Zamacois y Matilde Fernández a Rodolfo y María Schelotto, Buenos Aires, 27 de febrero de 1966, AHN, EZQ, leg. 3, exp. 4, doc. 18.
57 Carta de Luis Ponce de León a Eduardo Zamacois, Madrid, 11 de diciembre de 1967, AHN, EZQ, leg. 2, exp. 14, doc. 2.
58 «Eduardo Zamacois, a sus noventa y cinco años, y lleno de vigor y nostalgia, se preparaba para tomar el avión y regresar a España desde la Argentina, donde actualmente vive, después de veinte años de ausencia voluntaria [...]. Si me dijeran que todas sus ideas liberales —de las que se han aprovechado, incluso sin su consentimiento, algunos exiliados de Buenos Aires—, que le han producido más de un disgusto, no son más que una faceta de su fantasía literaria y espíritu aventurero, ajenas por completo a las realidades de mal gusto puestas en práctica, lo creería a pies juntillas. En el fondo, a Zamacois le ha tenido siempre sin cuidado la política, y casi ha despreciado las bajas pasiones que de ella se desprenden, sean del color que sean» (Pablo Vila San-Juan: «Eduardo Zamacois, el escritor que vuelve», La Vanguardia Española, 11 de enero de 1968, p. 35). Y de tono similar: «A la hora de la verdad fue España, la eterna, lo que prevaleció en sus sentimientos y sus convicciones por encima de ideas marchitas que se deshojaron a lo largo del camino. Vuelve casi centenario» (José Baró Quesada: «Regresa a España el novelista Eduardo Zamacois», ABC, 31 de diciembre de 1967, p. 85).
59 Carta de Eduardo Zamacois a Luis Ponce de León, Buenos Aires, 11 de febrero de 1968, AHN, EZQ, leg. 2, exp. 14, doc. 4. Esta carta también aparece citada en Eduardo Zamacois: Un hombre que se va..., p. 638.
60 Lorenzo López Sancho: «Zamacois», ABC, 15 de junio de 1969, p. 19.
61 Carta de Eduardo Zamacois a Ramón Solís, Buenos Aires, 26 de diciembre de 1969, AHN, EZQ, leg. 2, exp. 14, doc. 8.
62 Carta de Eduardo Zamacois a Carlos Robles Piquer, Buenos Aires, 2 de febrero de 1970, AHN, EZQ, leg. 2, exp. 15, doc. 4. Zamacois se refiere a unas conferencias que pronunció en América entre 1916 y 1918 y en las que proyectaba imágenes fílmicas de figuras españolas de renombre como Pérez Galdós, Ramón y Cajal, Jacinto Benavente, Blasco Ibáñez, Azorín y Baroja, entre otros. A este respecto véase Marcelino Jiménez León: «La primera aventura cinematográfica de Eduardo Zamacois», en Florencio Sevilla y Carlos Alvar (eds.): Actas del XIII Congreso de la Asociación Internacional de Hispanistas, vol. IV, Madrid, Castalia, 2000, pp. 373-382.
63 Federico Torres y Yagües: Medio siglo..., p. 84.
64 Carta de Federico Carlos Sainz de Robles a Eduardo Zamacois, Madrid, 25 de agosto de 1970, AHN, EZQ, leg. 2, exp. 17, doc. 24.
65 Gonzalo Santonja: La insurrección literaria: la novela revolucionaria de quiosco (1905-1936), Madrid, SIAL, 2000; Raquel Sánchez: «Diversas formas para nuevos públicos», en Jesús A. Martínez Martín (dir.): Historia de la edición en España, 1836-1936, Madrid, Marcial Pons, 2001, pp. 241-268; Christine Rivalan Guégo: Lecturas gratas o ¿la fábrica de los lectores?, Madrid, Calambur, 2007; íd.: Fruición-ficción. Novelas y novelas cortas en España (1894-1936), Gijón, Trea, 2008, y Jeffrey Zamostny y Susan Larson (eds.): Kiosk Literature of Silver Age Spain. Modernity and Mass Culture, Bristol-Chicago, Intelect, 2017.
66 Carta de Eduardo Zamacois a Matilde Fernández, La Habana, 22 de abril de 1939, AHN, EZQ, leg. 4, exp. 4, doc. 4.
67 Eduardo Zamacois: «De lo que he vivido y leído», 15 de mayo de 1943, AHN, EZQ, leg. 1, exp. 25.
68 Eduardo Zamacois: Un hombre que se va..., p. 626.
69 Ibid., pp. 628-629.
70 Ibid., p. 93.
71 Manuel del Arco: «Mano a mano. Eduardo Zamacois», La Vanguardia Española, 1 de mayo de 1969, p. 25.