Revista Ítalo-Española de Derecho Procesal
pp. 13-14
Madrid, 2025
DOI: 10.37417/rivitsproc/3237
Marcial Pons Ediciones Jurídicas y Sociales
© Marco de Benito
ISSN: 2605-5244
Editado bajo licencia Creative Commons Attribution 4.0 International License.
In memoriam Andrés de la Oliva Santos
Conocí a Andrés de la Oliva por mediación de Ignacio Díez-Picazo y Jaime Vegas, con quienes siempre quedaré en deuda. En aquel primer almuerzo, más allá de presentaciones, se reveló una afinidad inmediata. Recuerdo que hablamos largamente de El conocimiento privado del juez, de Stein, obra que él había traducido del alemán y que yo había leído como uno de esos libros que encienden una vocación: que despiertan en el joven jurista no solo interés, sino amor por la ciencia procesal. Desde aquel día, nuestra conversación no se interrumpió nunca: hasta el domingo pasado.
Creo que fue mi pertenencia a una universidad joven y privada, lejos del noble caserón de la enseñanza pública —que aún cruje, digno y fatigado, como la madera de sus viejos pasillos—, lo que le permitió mirarme con una mezcla de curiosidad y afecto. Yo no representaba carga ni expectativa alguna; él no tenía conmigo deber ni compromiso. Esa condición de líbero, un punto anárquico y ajeno a cuadros rígidos, le intrigaba y, creo, le divertía. Y esa libertad recíproca nos permitió reconocernos: yo, como heredero tardío de su Escuela; él, como Maestro sin cálculo, sereno ya en la entrega de todo cuanto había recibido.
Así se forjó una relación singular, en la que la conversación era el cauce natural de un magisterio académico, profesional, vital y espiritual. Una convocatoria de don Andrés era siempre recibida con la alegría anticipada del banquete ritual: un arroz caldoso, tinto de la Ribera y una densa nube de humo dentro de la que flotaban las palabras, las ideas, la breve carcajada por algún guiño malicioso y socarrón, tan nuestro como el vino de su tierra.
—¿Cómo estás? ¿Qué te traes entre manos? ¿Con quién te peleas esta vez?
Las preguntas eran siempre las mismas, pero cada respuesta abría un mundo. Luego llegaba el consejo, breve e imperativo:
—No. Adelante. Habla con este. Olvida aquello. Insiste en esto otro.
A partir de ahí, la disección de nuestro mundo universitario, político, judicial, arbitral, internacional. No había tema vedado, ni frontera que se resistiera a ser cruzada. Y en ese ejercicio de inteligencia compartida alcanzaba su magisterio más alto: el de la conversación sincera y el juicio moral sin adjetivos.
Con una enseñanza constante: la necesidad de permanecer en el mundo sin ser del mundo. Pues vil, corrupto y mediocre cual lo percibimos a menudo —vanidosamente presumiendo no serlo—, en él salta también la chispa del coraje y la amistad, y reflejan su luz la verdad, la justicia y la belleza.
Tal era su imperativo ético: ser un jurista profundo y riguroso, pero a la vez práctico; alguien que interviene en el mundo no por gusto ni cálculo, sino por la conciencia del deber de estar, quedarse y ser en la encarnadura histórica que a cada uno le ha tocado vivir.
Nuestras conversaciones pasaban así, con naturalidad, de lo trascendente a lo cotidiano: de Bártolo o Calamandrei a algún triste político español de hoy; de la renuncia de Benedicto a un detalle de aquel mirador de hierro y cristal de su barrio de Salamanca; de la liturgia ortodoxa —sobrecogedora y familiar a un tiempo— al leve temblor de los álamos que alegraban el paisaje de su infancia castellana. Le contaba de mis viajes: el bullicio callejero de Estambul, el esplendor imperial de San Petersburgo, el cegador centelleo del desierto arábigo. Él me escuchaba con atención, con ese gesto entre escéptico y afectuoso que le conocíamos tan bien. Siempre fiel a sus valores viejos y sencillos, corregía una palabra, celebraba una intuición y enseguida me lanzaba otra idea, una provocación amable, un desafío intelectual.
Recuerdo una reflexión suya: cómo, tras Beethoven, cuando parecía vana otra cosa que el silencio, surgió aún Brahms; ahí, la intuición de que el Espíritu encuentra siempre nuevas formas de hacerse presente, incluso cuando todo parece ya consumado.
Por eso, si hoy nos parece imposible llenar el vacío que deja, es porque realmente lo es; y sin embargo, con fe y docilidad a las mociones de ese mismo Espíritu, habremos de hallar la senda y las fuerzas para seguir caminando en esta tierra, para él ya casi irreconocible últimamente: fragmentaria, áspera, violenta; pero aún susceptible de ser habitada con confianza.
Confianza en que estamos bien protegidos aquí y seremos recibidos con amor y misericordia allá. Que desde allá nos mire, de vez en cuando, con aquella mirada honda, tierna y suavemente irónica tan suya, e inspire aún el eco de un consejo: un no, un adelante, un habla con este.
Descanse en paz, don Andrés.
Marco de Benito
Madrid, octubre de 2025