Revista Ítalo-Española de Derecho Procesal
pp. 5-8
Madrid, 2025
DOI: 10.37417/rivitsproc/3000
Marcial Pons Ediciones Jurídicas y Sociales
© Jordi Nieva Fenoll
ISSN: 2605-5244
Editado bajo licencia Creative Commons Attribution 4.0 International License
NECROLÓGICA A MANUEL CACHÓN CADENAS
Siempre fue joven y anciano a la vez. Joven en la manera de razonar y en el modo de tratar a las personas, correcto pero desenfadado, con una sempiterna timidez que mostraba en persona con un afecto sincero candorosamente huidizo, observando siempre las reacciones de su interlocutor, a quien por encima de todo deseaba escuchar, eso tan infrecuente, por desgracia, pero que él hacía a la perfección. Era anciano venerable, en cambio, en una parte de sus modos, pero sobre todo en la experiencia profunda que mostraba en sus conversaciones, que solía cargar de referencias culturales de la erudición propia de aquel que lee queriendo aprender. Era una mezcla de compañero y hermano mayor. Jamás pretendió ser el padre de ninguno de nosotros, sino un colega más que en todas las ocasiones pretendía aportar, nunca recibir. Y es que nunca pedía nada, sino que regalaba generosamente afecto y ciencia a la vez.
Su primera puesta en la escena procesal sobrevino con su tesis doctoral sobre el embargo, muy trabajada, en la que desde sus primeros compases reconocía gratitud al primer maestro español de la ejecución, Jorge Carreras Llansana, huyendo de los encasillamientos de las “escuelas” que tantísimo daño nos han hecho, y que él fue uno de los pocos que intentó superar, con éxito, más activamente. Esa primera obra apuntaba a mucho más, puesto que no es una tesis al uso, sino la principal monografía sobre la materia. Después de esa vinieron otras muchas obras que tras ese primer trabajo se anunciaban realmente monumentales. Imaginabas a aquel impenitente fumador rodeado de mil papeles a punto de publicar otra de esas monografías para la historia. Sin embargo, su generosidad, que ocupa mucho tiempo, y quizás algo de retraimiento involuntario inducido por las procelosas circunstancias del Alma Mater, impidieron que alguno de esos monumentos viera la luz. Me confió hace años tener un trabajo de esas características que, sin duda, hubiera sido otro puntal de la disciplina, pero que nunca veía acabado del todo, y que ahora ya nunca leeremos.
Con todo, Manuel Cachón va a ser recordado por infinidad de razones, de entre las que querría destacar cuatro: su carácter, sus intervenciones públicas, su creatividad y claridad de ideas y su amplísima obra de reconstrucción de la vida académica de los procesalistas españoles.
De su carácter se habló siempre. Un hombre bueno. Alguien que sabías que jamás iba a intentar una mala acción contra nadie sino que, bien al contrario, iba a tratar de impedir todos aquellos atropellos de los que tuviera conocimiento. Comentaba con satisfacción haber sido invitado por todas las Facultades de Derecho de España, salvo, precisamente, una muy particular para él que ojalá llegara a tiempo de enmendar su absurdo error. Llegó a ser Decano de su Facultad, y a diferencia de cualquiera que alcanza esa condición, nadie habló jamás mal de él. Tendía puentes y ayudaba a construirlos. Más de uno, leyendo estas líneas, va a reflexionar sobre cómo mejoraron sus relaciones, tal vez “irreconciliables”, con algunas personas después de que Manuel Cachón interviniera e hiciera ver a todos que somos simples seres humanos sin voluntad de hacer daño. Muchos le deben, le debemos, la desaparición de muchos estúpidos prejuicios.
En sus intervenciones públicas tenía un tono muy característico. Había preparado en conciencia y a conciencia lo que iba a decir, elaborando un breve guion con cuatro apuntes que le servían para hilvanar su discurso. Arrancaba con un tono muy quedo, casi inaudible, y poco a poco iba aumentando el volumen hasta alcanzar en no pocas ocasiones la vehemencia, exponiendo ideas de una creatividad que a veces pasaba desapercibida, pero que siempre existía. Cuando él hablaba, tocaba tomar apuntes, reflexionar sobre lo que había dicho y luego pedirle más explicaciones en privado que en todo caso ofrecía con alegría e increíble detalle y respeto. Aún recuerdo cómo, la primera vez que le oí en una conferencia, literalmente destripó un libro muy pretencioso recién publicado por un autor de renombre, queriendo decir sin decir, pero acabando diciendo de un modo que, desde luego, no hubiera podido ofender al autor. A los presentes ya no nos hacía falta leer la obra porque, como después cualquiera pudo comprobar, todo su contenido había sido expuesto con extraordinaria precisión en aquellos cuarenta minutos de divertimento intelectual que nunca olvidaré.
Y es que tal vez, desde el punto de vista científico, lo más agradable, a la vez que fructífero, era el intercambio de ideas y sentimientos por escrito, mail tras mail, en ese espacio virtual en que la timidez desaparece. Me consta que era también un gran conversador peripatético, pero la creatividad que empleaba en esos escritos personales era verdaderamente abrumadora. No se guardaba nada y no tenía miedo de que le robaran una idea, lo que más de una vez le ocurrió, incluso en forma de plagio. Pero poco le importaba porque sabía que tenía e iba a tener muchos más pensamientos interesantes. Deseaba siempre que su interlocutor culminara con éxito su estudio para así tener la oportunidad después de devorarlo con la lectura, disfrutando con la alegría que luego expresaba al mandarte sus reflexiones sobre lo leído, cosa que no podía evitar hacer y que era tan de agradecer, que estremece ahora recordarlo.
Sin embargo, las generaciones futuras que no habrán tenido la suerte de conocerlo, le van a recordar también por sus biografías de procesalistas, que son imperecederas. Se trata de una obra colosal que ojalá algún día veamos publicada conjuntamente en una sola colección en homenaje a su autor y en eterna memoria de sus méritos. En ellas, tras amplia documentación en el Archivo de Simancas y en otros muchos lugares, contactando a veces personalmente con la familia de los personajes, realiza unos retratos bien a la altura —aun con otro estilo— de los inolvidables “Homenots” de Josep Pla, semejanza que llegamos a comentar algunas veces. Gracias a esas biografías hemos recuperado una parte muy importante de nuestra historia, pero sobre todo se ha hecho muchísima justicia. Ahí vemos relatadas, con una agilísima prosa, las circunstancias, a veces complicadísimas —hay muchas historias de la Guerra Civil—, de sus trayectorias profesionales, o al menos de una parte muy relevante de ellas. Absorben tanto la atención que cada vez que tenía la gentileza de mandarme alguna de ellas antes o después de publicarlas, no podía evitar abandonar todo lo que estuviera haciendo para leerle y escribirle de vuelta. Les recomiendo que no dejen de leerlas. El mundo no sólo acaba de perder a un gran procesalista, sino también a un biógrafo y cronista inmortal.
Honramos su memoria con la profunda pena por su desaparición el 14 de enero de 2025, mas también nos quedamos con el resarcimiento de que su obra nos permitirá revivirle en cualquier momento. No va a ser lo mismo que encontrarse con su sonrisa, afecto, respeto, cautela y atención extrema, con esa forma de mirar desde abajo tan de él, buscando lo mejor de su interlocutor con ansias de saber, sin intimidarle.
Jordi Nieva Fenoll