Ayer 123/2021 (3): 165-199
Sección: Estudios
Marcial Pons Ediciones de Historia
Asociación de Historia Contemporánea
Madrid, 2021
ISSN: 1134-2277
DOI: 10.55509/ayer/123-2021-08
© Alicia Campos Serrano
Recibido:25-03-2018 | Aceptado: 20-12-2018
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Constantes y discrepancias en el africanismo colonial español, 1876-1975 *

Alicia Campos Serrano

Universidad Autónoma de Madrid
alicia.campos@uam.es

Resumen: Este texto traza la historia de la reflexión intelectual e institucional sobre África que se produjo en España a lo largo del periodo colonial. En el contexto de las nuevas relaciones entre africanos y europeos, así como de la reducción del Estado español a una metrópoli menor tras la pérdida de los remanentes imperiales, surgieron grupos y publicaciones en Madrid, Barcelona, Granada y Las Palmas que abogaban por una intervención en el continente del sur. Las imágenes del «otro» africano, árabe o musulmán que construyeron para legitimar su sometimiento irían acompañadas de imágenes del «nosotros» colonizadores. Junto a las inevitables transformaciones que sufrirían, a lo largo de cien años, los discursos desarrollados por grupos tan diversos como intelectuales liberales y militares franquistas, persistieron algunos argumentos inaugurales. Mientras conceptualizaron a África como espacio atrasado y colonizable, los africanistas españoles insistieron a menudo en la unidad geográfica, histórica y cultural a un lado y otro del Estrecho, y participaron así en la construcción de una cierta idea de nación española, tanto civilizadora como producto del cruce de pueblos.

Palabras clave: colonialismo, africanismo, imaginario nacional, protectorado sobre Marruecos, Guinea española, Sáhara español.

Abstract: This text traces the history of intellectual and institutional thinking on Africa that took place in Spain throughout the colonial period. Europeans established a new relationship with Africans, while Spain became a minor power following the loss of the remnants of its empire. In Madrid, Barcelona, Granada and Las Palmas groups and publications advocated intervention in the continent to the south. They constructed images of the African, Arab or Muslim «other» in order to legitimize their submission, and accompanied them with images of the colonizing «us». These discourses became inevitably transformed over a hundred years, given the participation of the diverse groups from liberal intellectuals to Francoist military officials. Still, some of the initial arguments persisted. While conceptualizing Africa as a backward and colonisable space, Spanish Africanists often insisted on the geographical, historical, and cultural unity on both sides of the Strait of Gibraltar. They thus participated in the construction of a certain idea of a Spanish nation, which was portrayed as both a civilizer of peoples and a product of the fusion of peoples.

Keywords: colonialism, Africanism, national imaginary, Protectorate of Morocco, Spanish Guinea, Spanish Sahara.

Precedentes

Cuando se inició la Restauración monárquica en 1874, España constituía un Estado europeo menor, producto de la desintegración del Imperio Hispánico medio siglo atrás, que mantenía «un conjunto de islas y archipiélagos dispersos sobre una geografía de inmensa amplitud» 1. Pero si Canarias o Baleares se entendían como parte integral de lo que en el siglo xix se fue concibiendo como la «nación española», Cuba, Puerto Rico y Filipinas permanecían como territorios coloniales dependientes, que constituían un pequeño «sistema colonial» 2.

En África, España mantenía una serie de enclaves e intereses que eran los únicos que habían experimentado una cierta expansión durante la década de expediciones militares en época isabelina. En 1858 había llegado el primer gobernador español a la isla de Fernando Poo, cuya soberanía se reclamó sobre la base de un tratado con Portugal de 1778: allí, la presencia británica en el asentamiento de Port Clarence desde la década de 1820 había obligado a la población originaria a compartir la isla con colonos europeos y africanos que controlaban el comercio de aceite de palma.

En el norte del continente, la conquista francesa de Argelia en 1830 animó al Gobierno español a imaginar un control similar de Marruecos e inspiró la guerra contra el sultanato vecino en 1859-1860. Aunque la guerra no entrañó grandes ganancias para España —más allá de la ampliación de las fronteras de Ceuta, el control temporal de Tetuán y el derecho a establecer unas pesquerías frente a Canarias—, el sultanado de Marruecos tuvo que asumir una indemnización de guerra y su progresiva consideración como territorio subordinado a los intereses europeos. Sin embargo, con excepción de esta breve furia imperialista, la política dominante durante el reinado de Isabel II sería la de conservar más que ampliar los territorios coloniales, para mantener a España aliada con los imperios británico y francés, alejada en lo posible de sus rivalidades 3.

Los escasos pensadores que argumentaron a favor de una política colonial hacia Marruecos, en los años previos a la «guerra de África», eran conservadores y, a decir de Álvarez Junco, más católicos que nacionalistas 4. Donoso Cortés propugnó una intervención en el norte de África alegando tanto el destino misional de los españoles, como intereses económicos y la necesidad de evitar la expansión de Francia en la frontera sur. Por su parte, el joven Cánovas del Castillo sentenció, en una frase que se haría muy popular, que el destino de España era extender su frontera hasta el Atlas. Este arrebato imperialista quedó, no obstante, frenado muy pronto; y, poco después de acabada la intervención en Marruecos, el propio Cánovas se retractó de sus impulsos expansionistas.

Por su parte, intelectuales más liberales denostaron el pasado imperial, enfatizando los tiempos previos a la dinastía de los Habsburgo. Desde que la nación imaginada en la Constitución de 1812, formada por «la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios», pereciera bajo las independencias americanas, los liberales se esforzaron por circunscribir la historia de España a límites apenas peninsulares. Los remanentes coloniales no casaban bien con una historia nacional que ya no era imperial, mientras que en la península identificaban «tradiciones liberales» en un medievo que caracterizaban por la convivencia pacífica entre cristianos, musulmanes y judíos 5. A ello contribuyeron de manera fundamental los orientalistas (estudiosos arabistas y hebraístas), que reivindicaron el pasado andalusí como parte de una incipiente historia nacional 6.

Solo cuando los pensadores conservadores adoptaron definitivamente el lenguaje nacionalista, en los últimos años del periodo isabelino, el pasado imperial y su papel en la expansión del catolicismo volvieron a ser reivindicados, esta vez como parte de su propia versión de la historia nacional 7. Sin embargo, antes de la Restauración ninguna de las dos corrientes incorporó las colonias españolas realmente existentes, ni otras posibles, en África como elemento central de sus reflexiones sobre España.

Esto cambió a mediados de 1870: en este tiempo, las principales potencias europeas empezaron a considerar a África como espacio conquistable y una serie de intelectuales dirigieron sus estudios y reflexiones hacia el continente africano y la presencia española en el mismo. Lo que sigue es un recorrido histórico por los avatares de este pensamiento «africanista», primero más liberal y después más conservador, que se desarrolló en el marco de una diversidad de instituciones hasta la retirada de la última colonia en 1975.

El africanismo liberal y modernizador (1876-1898)

La década de los setenta del siglo xix inicia un periodo de expansión colonial en África y Asia de las principales potencias industrializadas. La hegemonía británica de las décadas anteriores pasó a ser entonces contestada por viejos imperios, como Francia o Rusia, y por otros nuevos como Alemania, Estados Unidos o Japón. Las rivalidades entre ellos y una crisis económica que empujó a muchos gobiernos europeos hacia el proteccionismo explican en gran medida el pistoletazo de la carrera por la ocupación del continente africano. En este contexto, España se mostró como un participante menor, cuya política exterior tras el Sexenio Revolucionario se dirigía principalmente a asegurar apoyos para la restaurada monarquía y pasaba por alinearse inicialmente con el nuevo imperio alemán 8. En cuestiones coloniales, predominaron los planteamientos de «recogimiento» de Cánovas del Castillo, que se mostraba entonces consciente de las limitaciones españolas para participar en el reparto de África 9.

Quien sí manifestó interés por la presencia española en África fue un grupo de estudiosos e intelectuales. El continente se convirtió en una referencia habitual para publicistas, arabistas y sobre todo geógrafos cuando reflexionaban sobre España, su pasado y su futuro. La mayoría compartía ideas modernizadoras y liberales sobre la situación política del país y muchos de ellos participarían en planteamientos regeneracionistas de fin de siglo. El interés por los vecinos del sur se plasmó en la creación de una serie de asociaciones y sociedades de carácter científico, que tratarían además de orientar la misma política española hacia el continente africano.

En 1877 se fundó la Asociación Española para la Exploración de África (AEEA) como filial de la Association Internationale pour l’Exploration et la Civilisation de l’Afrique, auspiciada por el rey Leopoldo II de Bélgica tras la Conferencia Geográfica de Bruselas. Gran parte de sus miembros lo era también de la flamante Sociedad Geográfica de Madrid (SGM), creada el año anterior bajo la presidencia de Francisco Coello, entre cuyos objetivos principales se situaba «recuperar la documentación de los descubrimientos y las acciones geográficas realizadas por los españoles en América» y estudiar las cuestiones coloniales contemporáneas 10.

En Granada y Canarias, se constituyeron, asimismo, instituciones interesadas por el vecino continente, aunque con objetivos y perspectivas muy diferentes. En la vieja capital nazarí fueron estudiosos arabistas en torno a Antonio Almagro Cárdenas quienes fundaron, en 1883, la Unión Hispano-Mauritánica y relanzaron la revista La Estrella de Occidente, creada en 1879 y convertida más tarde en el Boletín de la Unión Hispano-Mauritánica, Los objetivos de este círculo eran tanto impulsar el conocimiento de los lazos históricos y culturales que vinculaban a españoles y marroquíes, como la promoción del comercio y los viajes al vecino sur 11. Sus actividades, en intensa colaboración con colegas marroquíes, incluían traducciones y publicaciones en árabe y castellano.

Desde intereses también diferentes, la burguesía local que florecía en torno al Puerto de la Luz en Gran Canaria y la creciente navegación europea hacia África empezó a reivindicar tenazmente el establecimiento de un enclave español en la costa continental cercana, tal y como recogía el Tratado de Paz y Amistad con Marruecos de 1860. Asociaciones comerciales como la Sociedad Económica de Amigos del País de Las Palmas o el Círculo Mercantil de Las Palmas enarbolaron entre 1874 y 1883 los intereses comerciales y pesqueros para justificar sus peticiones, al tiempo que señalaban el peligro de marginación que corría España frente al incipiente reparto europeo de África 12.

La preocupación por el prestigio español en el nuevo contexto internacional fue también una constante de la SGM, desde que fuera expresada en su acto inaugural 13. Pero el gran impulso a las preocupaciones colonialistas se produjo en la década de los 1880, tras la incorporación a la Sociedad de algunos miembros destacados de la Institución Libre de Enseñanza de la mano de Rafael Torres Campos, como Joaquín Costa y Gonzalo de Reparaz. En palabras de Rodríguez Esteban, estos intelectuales «buscaban desde la geografía una vía de regeneración, incorporando a España al nuevo movimiento europeo» 14 y ello significaba participar en la política expansionista en el continente del sur.

Con este objetivo, se promovieron varias expediciones de exploración y ocupación a las costas africanas. Todas ellas se hicieron sobre correrías previas de carácter particular, como las de Joaquín Gatell en la costa sahariana o Manuel Iradier en el golfo de Guinea 15. Tras la celebración de un Congreso Español de Geografía Colonial y Mercantil en 1883, organizado por la SGM, se creó una Asociación de Africanistas y Colonialistas (convertida en Sociedad de Geografía Comercial en 1885), que organizó dos expediciones con el apoyo financiero de particulares y de las mismas Cortes. Manuel Iradier y Amado Ossorio se dirigieron al interior de los ríos Muni y San Benito, en el golfo de Guinea, mientras que Bonelli Rubio partió con el encargo de ocupar los territorios entre cabo Bojador y cabo Blanco «para acceder desde allí a las pesquerías atlánticas y por el interior a la ruta a través del desierto que comunicaba con Tombuctú» 16.

Estos viajes de exploración cobraron una cierta relevancia durante el reparto europeo del continente africano, al dar argumentos al Gobierno español para reclamar territorios en la costa occidental del Sáhara y en Río Muni. Sin embargo, las ambiciosas aspiraciones de los africanistas españoles se verían crudamente enfrentadas al papel subordinado de España respecto de las principales potencias. Y también a la política de prudencia y retraimiento del Gobierno conservador de Cánovas, en el poder durante la celebración de la Conferencia de Berlín (1884-1885). El presidente de la SGM, Francisco Coello, que asistió como delegado técnico de la representación española, se lamentó de que «por nuestro abandono y por la indiferencia con que todos los Gobiernos (españoles) han mirado estas cuestiones, hemos perdido la posesión de las costas de Camarones», frente a la isla de Fernando Poo 17.

Para tratar de superar la «indiferencia» de los políticos y la opinión pública, los africanistas desarrollaron una intensa labor propagandística. Esta labor se llevó a cabo a través de distintos coloquios y publicaciones periódicas, como el Boletín de la Real Sociedad Geográfica (1876), la Revista de Geografía Comercial (1885) o la Revista de Geografía Colonial y Mercantil (1897). Los discursos desarrollados en el Congreso Español de Geografía Colonial y Comercial de 1883 y en el posterior Encuentro (Meeting) del Teatro Alhambra de Madrid el 30 de marzo de 1884 dan buena cuenta de la naturaleza de sus argumentos.

Los africanistas insistían en la unidad geográfica y racial y en la historia compartida entre la península ibérica y el norte de África. Así lo defendió Joaquín Costa en el Meeting del Alhambra, afirmando que era «un deber impuesto por la Historia el que nos lleva a Marruecos a devolver a nuestros maestros la civilización que ellos han olvidado después de habérnosla trasmitido» 18. Esta mirada era consecuencia de varias décadas de estudios arabistas, alguno de cuyos miembros, como Eduardo Saavedra, participaban en la SGM y las asociaciones africanistas surgidas después, y que en su conjunto mantenían una valoración positiva del pasado árabe. Como afirma Parra Montserrat, «el discurso africanista [...] bebió directamente de los tópicos aportados por los arabistas y los utilizó según su interés» 19.

El compromiso de los arabistas con el rescate de los elementos árabes y musulmanes de la historia y la cultura española los situó siempre en una situación difícil a la hora de justificar el sometimiento de las poblaciones magrebíes en términos de inferioridad. Estos estudiosos se habían aprovechado de la presencia de España en el norte de Marruecos desde la guerra de África, y durante el Primer Congreso Español de Africanistas de 1894, organizado por los arabistas granadinos, los llamamientos para imponer cada vez más obligaciones al sultán en beneficio de los intereses españoles se generalizaron. Pero con el tiempo los arabistas fueron desligándose de posturas colonialistas y se mantendrían interesados fundamentalmente por el pasado árabe en la península 20. Algunos de sus argumentos sobre la cultura compartida a un lado y otro del Estrecho serían, sin embargo, extensamente utilizados en las décadas siguientes.

Quienes siguieron animando la participación española en la empresa colonial utilizaron, además, otra serie de justificaciones históricas y políticas. En su alocución en otro encuentro en el Teatro Alhambra, organizado por la SGM en octubre de 1885 en honor a dos exploradores portugueses de visita en Madrid, el mismo Joaquín Costa se lamentaba: «Si España no reacciona inmediatamente contra ese olvido de sus tradiciones y de sus intereses, si no imita à Portugal, nuestra raza no diré que sea absorbida y anulada del todo en lo futuro, porque está América para impedirlo; pero quedará en un estado de inferioridad irremediable respecto de la raza sajona, de la eslava y tal vez de alguna otra; y pudiendo haber sido la primera en población, en poderío y en riqueza, será la última» 21. Estas ideas en torno el pasado imperial en América, el inevitable conflicto entre «razas» y sus relaciones de supremacía o subordinación, o el ejemplo portugués 22 aparecerán periódicamente, recombinadas de distintas maneras, para argumentar una política más activa en África.

Pero las implicaciones prácticas de la vocación africanista española que estos hombres pretendían subrayar no eran siempre meridianas. Para algunos de ellos, como Gumersindo de Azcárate y Gabriel Rodríguez, que también participaron en el Meeting del Alhambra, el comercio y la influencia cultural eran los instrumentos principales que debía utilizar España en su misión en Marruecos. También habría quien, como el mismo Costa, defendía la conveniencia de promover la colonización agrícola. Sin embargo, la ocupación formal, especialmente en el caso de Marruecos, no era considerada por todos como imprescindible 23. Lo que compartían la mayoría de los intelectuales que se reunieron en las asociaciones geográficas era, paradójicamente, el credo libre-cambista, en un momento en el que los principales gobiernos europeos se volvían hacia el proteccionismo 24.

En el ámbito de las políticas, fue precisamente el Partido Liberal, en sus periodos de gobierno, el que más impulsó la participación española en el reparto africano. Como venimos señalando, los políticos conservadores adoptaron actitudes más prudentes hacia las capacidades colonizadoras españolas. Así se puso de manifiesto en el discurso del mismo Cánovas del Castillo, durante la clausura del Congreso Español de Geografía Colonial y Mercantil de 1883: «desconfiad, en suma, de expansiones excesivas, y muy principalmente de conquistas coloniales que os hayan de costar más de lo que valen en sí o que, sobre todo, estén, valgan o no, por encima de vuestros medios actuales» 25.

En suma, durante el último tercio del siglo xix, las relaciones entre África y España, y la política comercial y colonial en el continente, entraron a formar parte de los debates sobre España. Si durante la guerra con Marruecos de 1859 fueron intelectuales tradicionalistas como Donoso Cortés los que utilizaron África para conformar una determinada imagen de España, en el periodo de la Restauración y de la fiebre expansionista en Europa, fueron intelectuales liberales y modernizadores los que se mostraron fervientes colonialistas. Y, como señala Martín-Márquez, estuvieron atravesados por numerosas tensiones 26. Este ambiente intelectual se transformaría a raíz de la pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas.

Entre «desastre» y «desastre»: el africanismo marroquinista (1898-1936)

En 1895 y 1896 estallaron sendas rebeliones en Cuba y Filipinas y en 1898 Estados Unidos entró en guerra con España por el control de sus colonias, lo que llevaría, por el Tratado de París de diciembre de ese mismo año, al fin del dominio español y al inicio de la hegemonía estadounidense en ambas islas y en Puerto Rico. El año siguiente, otro tratado con Alemania liquidó las últimas posesiones españolas en el Pacífico (islas Carolinas y Marianas). Jover Zamora ha considerado estos acontecimientos como parte de una redistribución colonial de viejos imperios como el español a manos de las principales potencias del momento 27.

1898 quedaría en los imaginarios sobre España como el año del «desastre»: las ideas de decadencia y la excepcionalidad españolas, presentes ya en muchos discursos durante las últimas décadas, alimentarían en el cambio de siglo un nacionalismo victimista y nostálgico de «grandezas» pasadas 28. Cualquiera que fuese la versión, más progresista o más conservadora, más optimista o más pesimista, de la nación española, un elemento común era «la alusión a América, que se presentaba como un “mito compensatorio” de las debilidades y de los obstáculos a superar» 29. Al mismo tiempo se acuñó el término de hispanismo para aludir el conjunto de valores culturales y lingüísticos que vinculaban a los antiguos territorios del imperio español a uno y otro lado del Atlántico 30.

Pero mientras el legado español en América era reivindicado en los círculos intelectuales, el entusiasmo por las nuevas colonias en África decayó notablemente. En efecto, la nueva situación trajo consigo en gran medida la desaparición paulatina del africanismo de fin de siglo 31. Personalidades que durante la época anterior habían espoleado a los diferentes gobiernos, como Joaquín Costa, se mostraron crecientemente contrarias a las políticas coloniales en África, confluyendo así con la opinión más generalizada entre las clases populares, poco propensas a aventuras expansionistas. Como veremos, el africanismo que sobrevivió lo haría en torno a grupos empresariales, fundamentalmente catalanes, que abogaban por una estrategia de «penetración pacífica» y comercial en Marruecos, que consideraban un mercado compensatorio de los perdidos en el 98. Solo a partir de la década de 1920, se construyó un discurso abiertamente favorable a la ocupación, sobre todo entre los mandos militares destinados al norte de África. En uno y otro caso, el africanismo de todo este periodo fue fundamentalmente marroquinismo.

En el ámbito político, fue precisamente la crisis finisecular la que llevaría a los gobiernos de Alfonso XIII (1902-1931) a desarrollar los proyectos coloniales que se habían articulado en las décadas anteriores y a abandonar la política de retraimiento y de statu quo de Cánovas. Esta política exigía la búsqueda de una «garantía internacional para cerrar de manera definitiva el proceso de redistribución colonial del que el estado había sido víctima» 32. Dicha búsqueda entrañó un realineamiento de España con las principales potencias europeas en África, Gran Bretaña y Francia, que, tras la crisis de Fashoda —también en 1898—, fueron consolidando una Entente crecientemente enfrentada a la Triple Alianza.

Francia era, por otra parte, el imperio europeo con más intereses en todas las áreas de potencial expansión española: el golfo de Guinea, las costas del Sáhara y Marruecos. Ya en 1900 se firmó en París un «Convenio entre España y Francia para la delimitación de las posesiones de ambos países en la costa del Sahara y en la del Golfo de Guinea». Y en 1904, otro convenio y una declaración conjunta trazaba dos zonas de influencia en Marruecos; dos años más tarde la Conferencia Internacional de Algeciras estableció el compromiso de ambos Estados de establecer un protectorado sobre el Sultanato.

El mismo año del convenio franco-español se crearon los Centros Comerciales Hispano-Marroquíes en Barcelona, Madrid, Ceuta y Tánger 33. Como su propio nombre deja entender, el principal objetivo era convertir al Sultanato en mercado privilegiado de los productos españoles y promover las inversiones en el vecino del sur 34. Estos centros editarían la revista de difusión España en África desde 1905 —que se sumaría a otras publicaciones como África. Revista política y comercial consagrada a la defensa de los intereses españoles en Marruecos, Costa del Sahara y Golfo de Guinea (Madrid-Barcelona, 1905) y África. Revista Española Ilustrada (Madrid, 1906)— y organizarían cuatro Congresos Africanistas entre 1907 y 1910 en Madrid, Zaragoza y Valencia 35.

Más allá de la participación formal de la Real Sociedad Geográfica (RSG) (nueva denominación de la SGM desde 1901), y del protagonismo de viejas figuras del arabismo y el africanismo como Eduardo de Saavedra 36 o Rafael María de Labra, la representación abrumadora en estos congresos fue de las Cámaras e instituciones interesadas en el comercio y la inversión en Marruecos, con un importante peso de empresarios catalanes, como el mismo fundador Emili Corbella i Guinovart. El interés comercial había trasladado en gran medida el foco africanista a Barcelona, sede de la burguesía floreciente generada por la industrialización. Fruto de ello fue también la constitución de la Sociedad Geográfica Comercial de Barcelona (SGCB) en marzo de 1909, heredera de una anterior Sociedad de Geografía Comercial (1884) y de la Sociedad Geográfica de Barcelona (1896), de escaso recorrido. La SGCB adoptó como objetivo apoyar la exportación de productos catalanes a través de la información que pudieran aportar «los exploradores y los trabajos de hombres estudiosos que se dedican a la Economía y a la Geografía».

Los planteamientos expresados en los encuentros y publicaciones de los Centros Comerciales Hispano-Marroquíes compartían la confianza en una «penetración pacífica» a través de objetivos y estrategias comerciales. El discurso de clausura del Primer Congreso, a cargo del presidente del Centro Comercial de Barcelona, José Roig y Bergadá, es ilustrativo de las ideas que articularon entonces: el criterio del interés nacional frente a otros intereses europeos, el carácter pacífico de la penetración comercial, las razones históricas y de vecindad, la historia y la raza compartida con los marroquíes... Pero junto a las demandas de apertura económica y eliminación de barreras arancelarias con el Sultanato, en línea con el credo liberal de la generación anterior de africanistas, también se enunciaron otras más proteccionistas, que pretendían asegurar derechos especiales a los comerciantes españoles frente al resto de europeos 37. Al final de este ciclo, el documento dirigido al presidente del Gobierno redactado en el último de los congresos siguió insistiendo en una acción comercial que se impusiera sobre la militar, en la necesidad de inversiones en obras públicas, la colonización agraria y el apoyo a las iniciativas empresariales privadas 38.

A la postre, la idea de que los intereses coloniales podían satisfacerse por medios pacíficos y que los africanos no se resistirían a los mismos se reveló como una ingenuidad. En 1909 se inicia un periodo de levantamientos armados en la región del Rif, originados en la oposición en el seno de las cabilas a las actividades mineras de compañías españolas y francesas, que sería contestada militarmente por el Gobierno español 39. Las posturas militaristas se expresaron abiertamente en el número 61 de España en África de octubre de 1909 40, en claro contraste con las proclamas pacifistas y comerciales anteriores. También se mostraron muy alejadas de la opinión de las clases populares y obreras, crecientemente opuestas a las aventuras coloniales: su expresión más dramática fue la Semana Trágica de Barcelona, provocada por la movilización de reservistas del ejército durante el verano de ese mismo año.

En 1912, el protectorado acordado en Algeciras tomó forma definitiva con el Tratado de Fez, en el que el sultán Abdelhafid se vio obligado a ceder formalmente la soberanía al Gobierno francés, que a su vez hizo efectiva la partición con el español. A este le correspondieron dos pequeñas franjas al norte y al sur del Sultanato. El año siguiente, la SGCB organizó el II Congreso Español de Geografía Colonial y Mercantil en Barcelona, para cuyos debates la ocupación de Marruecos ya no era una posibilidad discutida, sino un hecho sobre el que plantear distintas políticas. La SGCB tomó el relevo de la RSG en la organización del Congreso, cuando esta declinó participar en el evento por estar organizando el Congreso Geográfico Hispano-Americano 41. Esta anécdota refleja bien hasta qué punto el interés por África se había trasladado de Madrid a Barcelona a estas alturas.

No obstante, poco después del establecimiento formal del protectorado sobre Marruecos, se estableció la Liga Africanista en Madrid, muy impulsada por los representantes de la SGCB en la capital y un grupo de senadores 42. Entre sus principales miembros se encontraba un conservador constitucionalista como Joaquín Sánchez de Toca, un militar, explorador y miembro de la RSG como Emilio Bonelli Rubio, un liberal como Rafael María de Labra, grandes empresarios como el catalán Juan Antonio Güell y el valenciano Tomás Trénor y Palavicino, el primer catedrático de antropología de Madrid y político conservador, Manuel Antón y Ferrandis, o el político que, andando el tiempo, se situaría en posiciones filo-fascistas, Antonio Goicoechea. La Liga promovió estudios, conferencias y la publicación de las revistas África Española. Revista de colonización (1913-1917), el Boletín de la Liga Africanista Española (1918-1922) y la Revista Hispano-­Africana (1922-1931).

La Liga funcionó durante dos décadas como principal grupo de presión en la capital de los intereses españoles en Marruecos, aunque atendió esporádicamente a la presencia española en la costa sahariana y el golfo de Guinea. En 1918 la Liga publicó un manifiesto, «El problema de Marruecos. Contra asechanzas intolerables», en el que se proponían políticas destinadas tanto a contrarrestar la acción francesa como a asegurar la españolización de las franjas españolas de protectorado. Las ideas de penetración pacífica ya no tenían sentido en un contexto de ocupación militar y, como señalan Nogué y Villanova, la Liga sufrió «el descrédito en el que cayeron los planteamientos pacíficos y conciliadores defendidos por muchos de sus miembros» en el contexto de «la escalada bélica de los años veinte» y de la pacificación posterior 43.

La guerra del Rif y los militares africanistas

Efectivamente, la ocupación de las dos franjas de territorio que le habían correspondido a España en el reparto marroquí causó un periodo de intensas guerras coloniales durante dos décadas, que marcarían el reinado de Alfonso XIII. Tras la victoria de Abd el-Krim en la batalla de Annual en 1921 y la consiguiente proclamación de una República del Rif, aumentarían entre la clase política (en especial republicanos y socialistas) las tesis de abandonar Marruecos, a las que se sumarían incluso militares como Miguel Primo de Rivera 44. La creciente animadversión a la política africana entre amplios sectores sociales, expresada en amotinamientos de reclutas como el del 23 de agosto de 1923 en Málaga 45, hizo perder influencia a aquellos círculos intelectuales que tanto habían hecho por convencer a los gobiernos de la necesidad de una expansión en el vecino continente.

En este contexto, quienes comenzaron a asumir protagonismo en el africanismo español fueron precisamente sectores militares, muy alejados de los planteamientos de la «penetración pacífica». La guerra del Rif estaba conformando, como ya sabemos, una generación de militares que una década más tarde provocaría el estallido de la Guerra Civil. Estos militares se identificaban precisamente como africanistas y crearon también un espacio en el que desarrollar sus planteamientos: la Revista de Tropas Coloniales, fundada en 1924 en Ceuta por el general Queipo de Llano y dirigida, entre 1925 y 1928, por el entonces teniente coronel Francisco Franco 46.

En sus páginas se denunciaría el abandonismo y la falta de patriotismo por parte de políticos e intelectuales críticos con la guerra y se apostaría por el revanchismo y la solución militar a la situación generada por los rebeldes rifeños. Como nos cuenta Velasco de Castro, el leitmotif de la revista era «enaltecer el espíritu de los españoles, unificarlo en torno a la necesidad de restaurar el honor perdido, cumplir con los compromisos internacionales y ejercer nuestra misión civilizadora como potencia colonial». Para militares como Queipo de Llano, la acción militar en el protectorado de Marruecos era consecuente con el «espíritu español», «vigoroso y dispuesto siempre al sacrificio por la Patria», que, sin embargo, se había visto sumido en una «enorme depresión» tras las pérdidas coloniales del 98 y por culpa de aquellos políticos e intelectuales 47.

A pesar de sus posiciones abandonistas previas, fue precisamente durante la dictadura de Primo de Rivera (1923-1930) cuando la acción conjunta hispano-francesa iniciada con el desembarco en Alhucemas en 1925 doblegó la revuelta rifeña dos años más tarde. También en 1925 se creó la Dirección General de Marruecos y Colonias, dependiente directamente de Presidencia de Gobierno, que sería la responsable del gobierno de los territorios africanos, con apenas interrupciones, durante un cuarto de siglo. La preeminencia marroquí para la política española se puso de manifiesto en el mismo nombre del organismo 48.

El fin de la guerra y el inicio de la «pacificación» relajarían el tono reivindicativo del africanismo militarista. Como reflejo de ello, en la Revista de Tropas Coloniales se redujeron los artículos de carácter militar y aumentaron los relativos a «historia, economía, cultura, sociedad, costumbres o geografía de las distintas zonas y ciudades marroquíes» 49. La historia y la cultura compartidas entre España y Marruecos volverían a ser una constante, vinculando este nuevo africanismo al más liberal de finales del siglo xix. Las demás colonias, en el Sáhara y sobre todo los territorios en el golfo de Guinea, estaban mucho menos presentes: a esta última apenas se dedicaron diez artículos en los doce años de la revista.

Durante los años treinta, en plena Segunda República, se completó la ocupación de los territorios africanos adjudicados a España en el Sáhara y Río Muni. El nuevo orden constitucional no supuso, en las colonias africanas, la democratización que sí experimentó el orden político metropolitano. Solo se mitigó el carácter militar de su administración, que pasó a ser dirigida por un alto comisario en Marruecos y sendos gobernadores civiles en ­Sáhara y Guinea.

En este tiempo, el núcleo africanista de Ceuta continuó la publicación de su revista, por entonces denominada simplemente África, mientras que la Liga Africanista dejó de publicar su Revista Hispano-Africana en 1931 y se disolvió definitivamente en 1932. Dos años más tarde se crearía de nuevo en Madrid una nueva asociación de carácter civil, la Sociedad de Estudios Internacionales y Coloniales, con objetivos parecidos a otras instituciones anteriores: «concienciar a la sociedad española en los asuntos internacionales y coloniales» y guiar a la política exterior española, a la que se acusaba de «desorientación e indiferencia» en asuntos africanos 50. La Sociedad aunó a viejas figuras como Reparaz, y a jóvenes profesionales que, como José María Cordero Torres o Fernando María Castiella, equilibrarían de alguna manera el africanismo militar que dominaría claramente en la etapa siguiente.

El africanismo franquista (1939-1975)

Los pequeños territorios españoles en África desempeñaron un papel esencial en el derribo de la República y el establecimiento de la nueva dictadura. El levantamiento militar de 1936 se inició precisamente en la guarnición del protectorado de Marruecos, y las tropas coloniales proporcionaron hasta el 10 por 100 del ejército sublevado 51. Por su parte, el africanismo militar articulado desde la guerra del Rif contribuyó a la ideología del nuevo régimen y se convirtió en un pensamiento oficialista. No obstante, el nuevo africanismo institucional franquista también experimentaría, como veremos, diversas transformaciones a lo largo del tiempo 52.

Hasta mediados de los años cincuenta, el protectorado de Marruecos siguió constituyendo el principal referente de este africanismo oficial. El dictador mismo expresó en varias ocasiones la importancia de su experiencia militar en el norte de África para su proyecto golpista de «rescate de España». En términos económicos, sin embargo, el Sáhara español y sobre todo la Guinea española tenían más potencial en tiempos de escasez y aislamiento exterior. Si en Guinea se intensificó la producción del cacao, la madera y el café, y en menor medida del caucho, el aceite de palma o la yuca 53, el Sáhara siguió asegurando el banco pesquero canario-sahariano para la industria pesquera del archipiélago, al tiempo que se investigaban las posibles riquezas mineras 54. Marruecos se percibía más bien como un mercado para los productos metropolitanos y como espacio de inversiones, como las realizadas por la Empresa Nacional Torres Quevedo, creada en 1943 en el sector de las comunicaciones 55.

El papel ideológico y político de las pequeñas colonias españolas fue especialmente intenso durante los primeros años. El posicionamiento del general Franco a favor de sus valedores fascistas durante la Segunda Guerra Mundial permitió concebir la construcción de un imperio español en África a partir de una nueva redistribución colonial. De hecho, parte de las negociaciones con el Reich alemán sobre una eventual intervención de España en la guerra se desarrollaron en torno a las exigencias territoriales españolas en detrimento, sobre todo, de las posesiones francesas. La ocupación de Tánger por tropas españolas en 1940, tras la derrota francesa frente a Alemania, se justificó como el primer paso de este proyecto. La eventual no beligerancia española se debió en parte a la negativa de Hitler a aceptar dichas condiciones 56.

En este contexto, hasta el fin de la contienda mundial, se publicaron varios libros que justificaban la necesidad de una ampliación de las colonias españolas en África. Publicaciones como Puntos cardinales de la política internacional española (1939), de Camilo Barcia Trelles; Reivindicaciones de España (1941), de José María de Areilza y Fernando María Castiella; Reivindicaciones de España en el Norte de África (1944), de Tomás García Figueras 57, o Aspectos de la misión universal de España (1944), de Cordero Torres, concretaban la «voluntad de imperio» recogida en uno de los puntos de la Falange. España aparece en estos textos como una nación constructora de imperios, dispuesta a asumir desinteresadamente, como en el pasado, la carga que suponía la civilización de otros pueblos. De su situación geográfica se deducía, además, la necesidad de asegurar un «espacio vital» más amplio al sur del estrecho de Gibraltar. Al mismo tiempo, se responsabilizaba de la magra situación de partida a liberales y republicanos españoles, a los que se acusaba (con bastante inexactitud, por lo que ya hemos visto) de abandonistas y antipatrióticos 58.

Como es de imaginar, este tono reivindicativo y exaltado se disiparía con la derrota del Eje en 1945. Pero con excepción del significativo caso de Areilza y de Castiella (que se enfrentaría más tarde al movimiento de descolonización como ministro de Asuntos Exteriores), los intelectuales que lo habían protagonizado continuaron participando en el africanismo institucional que se consolidaría más tarde. Y es que, a pesar de haber estado claramente alineado con las potencias vencidas, el nuevo régimen no solo sobrevivió, sino que mantuvo sus colonias africanas. En torno a ellas se desarrollaría la actividad de una serie de organismos muy controladas desde instancias gubernamentales que generarían una nueva y extensa literatura colonial.

El mismo año en que concluía la guerra mundial, se creó el Instituto de Estudios Africanos (IDEA) bajo el férreo control del general José Díaz de Villegas, que encabezaba a su vez la Dirección General de Marruecos y Colonias. Este era el organismo responsable de la administración colonial y estaba subordinado al Ministerio de la Presidencia de Gobierno, bajo Luis Carrero Blanco. El IDEA se adscribió formalmente al CSIC y publicó la revista divulgativa África. Revista de estudios hispano-africanos, así como la revista Archivos del IDEA, con aspiraciones más académicas 59.

Pese al monopolio que pretendió ejercer el IDEA sobre la producción africanista, el jurista Cordero Torres lideró un espacio en cierta forma alternativo y heredero de la Sociedad de Estudios Internacionales, en el marco del nuevo Instituto de Estudios Políticos. Este tenía una Sección de Estudios Africanos, Orientales y Coloniales que publicó unos Cuadernos de Estudios Africanos (más tarde Cuadernos Africanos y Orientales) desde 1946 a 1957. Junto a ellos, con sede en Tetuán y bajo el control de García Figueras, el Instituto General Franco de Estudios e Investigación Hispano-Árabe, creado en plena Guerra Civil, desarrolló un importante trabajo editorial con el que trató de revivir la convergencia que experimentaran durante un tiempo las corrientes del arabismo y el africanismo del siglo xix 60.

Por su parte, en Barcelona también se reavivó el africanismo de carácter más comercial, con la creación a principios de los años cuarenta de la Casa de la Guinea Española, que representaba a los principales grupos económicos con intereses en la colonia: plantadores de cacao y compañías madereras 61. Aunque mucho menos productiva que las instituciones anteriores en cuanto a estudios se refiere, constituyó un espacio privilegiado de encuentro de personalidades políticas y económicas vinculadas a Guinea y a menudo publicó las conferencias que organizaba 62.

La institución hegemónica, por su carácter oficial, fue sin duda el IDEA. Los discursos desarrollados en sus publicaciones eran herederos, en mayor o menor medida, de las distintas corrientes que se habían desarrollado desde el siglo xix 63. Inevitablemente se dejó sentir el africanismo militarista desarrollado desde la guerra del Rif hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial y muchos de sus protagonistas siguieron siendo las principales figuras del africanismo franquista. Pero también se retomaron ideas inicialmente desarrolladas por el africanismo anterior 64. La historia fue utilizada, como antes, para legitimar la presencia española en África, aunque la versión entonces utilizada sería la del nacionalismo más conservador. El testamento de la reina Isabel la Católica, en el que había animado a sus sucesores a ampliar sus conquistas en África, servía para anclar en el supuesto origen de la nación española una vocación africana 65. Pero el tono reivindicativo de los años 1940 se había transmutado en nostálgico y el blanco principal de las críticas ya no eran los imperios coloniales europeos, a los que el Gobierno trataba ahora de cortejar, sino los sectores políticos e intelectuales excluidos de la «nueva España», a los que se acusaba de traidores y causantes de la decadencia española.

En los espacios más arabistas, como los dirigidos por García Figueras, era la historia de al-Ándalus la que fundamentaba una peculiar retórica sobre la hermandad hispano-árabe 66. Este discurso no solo justificaba el mantenimiento del protectorado sobre Marruecos, sino que resultaba útil también a una política exterior que buscaba el apoyo de ciertos países árabes para superar el aislamiento internacional del régimen 67. Por su parte, los argumentos geográficos también recuperaron imágenes decimonónicas: según Riudor, «una de las ideas de fuerte contenido geográfico que serían desarrolladas más a fondo en este periodo es la que hace referencia al paralelismo entre la Península Ibérica y el norte de África» 68. Desaparecieron, sin embargo, las referencias al «espacio vital», tan utilizadas durante la Segunda Guerra Mundial.

Como puede apreciarse, esta argumentación servía más para legitimar el gobierno sobre Marruecos o el Sáhara, que en los territorios del golfo de Guinea. Como ha sugerido Morales Lezcano, se puede distinguir en esta literatura una rama magrebí y otra rama guineana 69. En esta era más evidente la imagen de España como madre de pueblos, a la que se sumaba la idea de que su labor nunca había sido «colonialista», sino «colonizadora», en un tiempo en el que las ventajas económicas ya no podían utilizarse tan abiertamente como argumento legitimador. Al mismo tiempo, la intensa presencia cultural, política y económica de la Iglesia católica en Guinea, y de la orden de los claretianos en particular, hizo de la cristianización una seña de identidad de la misión española en África subsahariana 70.

A pesar del contexto histórico tan dispar, son evidentes las continuidades con los discursos sobre España y su papel en África, generados previamente en el marco de las instituciones africanistas de fines del siglo xix 71. Sin embargo, también son relevantes las diferencias, tanto en los contenidos como en los objetivos y los grupos sociales que los mantuvieron. En primer lugar, algunas ideas como la ambigua «penetración pacífica» o la vinculación del colonialismo con el libre comercio habían desaparecido, en un contexto en que grandes grupos económicos, fuertemente vinculados al Estado y al propio estamento militar, controlaban los principales sectores económicos en cada colonia.

En segundo lugar, estos textos no estaban elaborados para influir en las políticas del Gobierno, sino para justificar lo que ya se hacía en los territorios ocupados e incorporados. De hecho, esta producción estaba en gran medida alentada y controlada desde instancias oficiales, y, como correspondía a un régimen basado en la ausencia de libertad de expresión, carecía del tono más dialéctico y deliberativo de reflexiones anteriores. Por último, si los discursos decimonónicos a favor del colonialismo habían sido defendidos en nombre de la modernización y la europeización de España, estos formaban parte de las ideologías más conservadoras e inmovilistas del momento, cada vez más a la defensiva conforme avanzaban los procesos de descolonización y de desintegración de los imperios europeos. No obstante, existieron algunas discrepancias entre los africanistas con respecto a estas dinámicas, como veremos a continuación.

Africanistas franquistas frente a la descolonización

A pesar del férreo control oficial y de las posiciones inmovilistas que en su mayoría propugnaba, el africanismo franquista se vio afectado inevitablemente por las transformaciones tanto internas de las colonias como internacionales. Desde los años cincuenta, movimientos sociales de distinto carácter en Asia y África, junto a las profundas transformaciones internacionales producidas por la Segunda Guerra Mundial y las dinámicas de la Guerra Fría, pusieron en cuestión la supervivencia de los imperios eu­ropeos. El Gobierno de España se enfrentaría a los vientos del cambio en el mismo momento en que fue admitida en Naciones Unidas en 1955 72. Esto fue el colofón de la política de acercamiento a Estados Unidos y la búsqueda de cierto grado de autonomía a través de políticas de sustitución, con las que el franquismo trató de ganarse el apoyo de los Estados árabes y latinoamericanos 73. Pero estas alianzas pusieron la política exterior española contra las cuerdas del proceso descolonizador.

Las publicaciones del IDEA de comienzos de los años cincuenta reaccionaron ante las primeras demandas, acusando de comunista al movimiento anticolonialista y apostando por la resistencia ante su avance. Las referencias a la hermandad hispano-árabe ya no servían al objetivo de conservar las colonias españolas, por lo que se rearticularon con un cierto tono defensivo y militarista. Sin embargo, en este tiempo también se dejaron oír opiniones más conciliadoras desde los Cuadernos Africanos y Orientales de Cordero Torres: se llegaron a proponer en sus páginas soluciones diversas a las tensiones en el protectorado marroquí, desde una mayor integración, a la autonomía política, pasando incluso por una federación 74. Las presiones de Díaz de Villegas lograron que esta revista desapareciera en 1958, convirtiéndose en una sección de la Revista de Política Internacional del Instituto de Estudios Políticos 75. Pero entonces fue el propio Gobierno español el que desoyó la intransigencia propugnada desde las páginas de África y adoptó a menudo posiciones pragmáticas ante los acontecimientos.

En el protectorado en Marruecos, la política del alto comisario García Valiño durante los primeros años cincuenta consistió en un acercamiento a los movimientos nacionalistas que se estaban articulando fundamentalmente en la parte francesa y en la expresión abierta de apoyo al sultán Mohamed V, tras su destitución por el Gobierno de París en 1953 76. Cuando este, inmerso en una cruenta guerra en la vecina Argelia, decidió cambiar de estrategia y negociar la independencia con Mohamed V y los nacionalistas del Istiklal, el Gobierno de Franco se vio arrastrado involuntariamente a reconocerla en 1956 77. Sin embargo, pretendió mantener bajo su soberanía la zona sur del protectorado, el enclave de Ifni y la colonia del Sáhara, lo que condujo en 1957 a un levantamiento armado por parte de las guerrillas del Ejército de Liberación Marroquí (ELM) apoyado por numerosos jóvenes de las cabilas saharianas. La llamada guerra de Ifni-Sáhara entre el ELM y una coalición hispano-francesa se saldó con la integración de la zona sur del protectorado en el Marruecos independiente y el aplastamiento de la rebelión armada en Sáhara e Ifni 78. Estos territorios serían pronto reclamados por el nuevo régimen independiente marroquí como parte del proyecto nacionalista del Gran Marruecos.

Por su parte, en la Guinea española, y al calor de los apoyos del movimiento afroasiático, fueron surgiendo grupos en el exilio que exigían la independencia de Guinea y que, dada la opresiva situación dentro de la colonia, encontraron en Naciones Unidas un escenario privilegiado para reclamarla. Allí, el movimiento afroasiático no dejaría de someter a España y Portugal a una permanente interpelación, especialmente tras la aprobación en 1960 de la resolución 1514 (XV) de la Asamblea General sobre la concesión de independencia a los pueblos coloniales, que consideró el dominio colonial contrario a los principios de la Carta de Naciones Unidas.

La inicial respuesta del Gobierno español a estas presiones estuvo inspirada en la reacción portuguesa, que había negado la existencia de poblaciones coloniales bajo su soberanía, argumentando que las posesiones africanas eran parte de su territorio nacional 79. En 1959, una nueva legislación promovida por el Ministerio de la Presidencia consideró al Sáhara, Fernando Poo y Río Muni como provincias, un paso que, si bien no acabó con el carácter colonial del orden político, sí aumentó el número de africanos en la administración. Sin embargo, el Gobierno español no mantendría la actitud numantina de su vecino y aliado portugués. A ello contribuyó la insignificancia económica y simbólica de las colonias para el régimen franquista, sobre todo tras la independencia de Marruecos, así como la diferente inserción de los dos Estados en el orden mundial.

Así pues, los intereses colonialistas españoles de unos pocos grupos económicos y políticos acabaron sacrificados en pro de una política exterior cuyo primer objetivo era la normalización internacional del Estado español. En 1964 se estableció un Régimen de Autonomía para Guinea, en el que algunas de las elites nacionalistas pudieron disfrutar de ciertas responsabilidades políticas y la población de algunas libertades aun desconocidas en la propia metrópoli. El proceso de independencia, sin embargo, se demostró para entonces imparable y, entre 1967 y 1968, se llevó a cabo un traspaso de poderes al modo británico, tras la celebración de una Conferencia Constitucional.

En este contexto, el africanismo más oficialista apenas cambió su tono renuente hacia las profundas transformaciones que estaba experimentando el continente del sur. Pero Díaz de Villegas falleció el mismo año de la descolonización de Guinea y, a partir de entonces, el Instituto de Estudios Africanos fue decayendo, también en lo que a financiación oficial concierne, y sus publicaciones disminuyeron en cantidad 80. El final del colonialismo español en África replicaba el distanciamiento entre los intelectuales africanistas y los políticos encargados de la política exterior de un siglo atrás.

No obstante, al margen del IDEA, aparecieron en Madrid algunas publicaciones sobre el proceso descolonizador: la más vincu­lada con la tradición africanista española fue la de Cordero Torres, La descolonización. Un criterio hispánico (IEP, 1964 y 1967), en la que se hacía un esfuerzo por adaptarse a los nuevos «vientos de cambio» sin renegar de la «misión civilizadora» de España. En esos mismos años, jóvenes investigadores se acercaron a África desde un punto de vista más académico y menos nacionalista: es el caso de José Antonio de Yturriaga (Participación de la ONU en el proceso de descolonización, CSIC, 1967), de Tomás Mestre (África como Conflicto, Cuadernos para el Diálogo, 1968) y del diplomático Fernando Morán (Revolución y tradición en África Negra, Alianza ­Editorial, 1971).

Después de la retrocesión de Ifni a Marruecos en 1969, solo quedaría pendiente en el expediente español de Naciones Unidas el caso del Sáhara. Pero este se mostró mucho más complejo que el de Guinea: los movimientos independentistas se articularon a principios de los 1970, pero para entonces tuvieron que competir con las reclamaciones alternativas de integración en Marruecos y también en Mauritania. Además, la política exterior de Madrid se había vuelto a cerrar a las reclamaciones de descolonización tras la salida de Castiella del Ministerio en 1969; y solo la Marcha Verde impulsada desde Rabat en plena agonía del dictador obligó a los españoles a retirarse atropelladamente de su última colonia, sin haber resuelto satisfactoriamente el nuevo estatus del territorio, que fue ocupado por los países vecinos.

Tras la muerte del dictador y la desaparición del Sáhara español, también lo harían las instituciones africanistas oficiales como el IDEA. Casi diez años más tarde, alguno de sus miembros como Carlos González Echegaray, junto a otros procedentes del Instituto de Estudios Políticos como Julio Cola Alberich y estudiosos sin relación con las viejas instituciones como Tomás Mestre, fundaron en Madrid la todavía existente Asociación Española de Africanistas (1984). Posteriormente surgieron centros y grupos de investigación, vinculados a las universidades en Barcelona, Madrid, Granada, Murcia o Valladolid, de carácter más puramente académico. Pero la relación de este nuevo africanismo con el que hemos estado analizando es ya otra historia 81.

Reflexiones finales

Si bien no constituyeron nunca un número demasiado nutrido, los estudiosos, pensadores e ideólogos que desarrollaron su trabajo en torno a África contribuyeron al desarrollo del imaginario nacionalista español, en el marco de una diversidad de asociaciones y revistas. Y es que, como en otros casos, la construcción de la nación en España se hizo en el marco de la competencia nacionalista europea, que en el último cuarto del siglo xix tuvo su escenario más agitado precisamente en África.

Los discursos e imaginarios desplegados en el marco de las instituciones africanistas españolas desde el último tercio del siglo xix hasta 1975 nos ofrecen una serie de temas constantes, así como discontinuidades inevitables, a lo largo de cien años de intensas transformaciones históricas en la península, en los territorios africanos y en el contexto mundial. En este tiempo, Europa culminó su hegemonía, se hundió en dos guerras mundiales y perdió sus imperios coloniales, mientras que los gobiernos españoles, después de retirarse de sus últimas colonias en América y Asia, construyeron un pequeño sistema colonial en África, que también desapareció durante el proceso de descolonización.

El dramatismo de las transformaciones históricas a lo largo de un siglo convierte en llamativa la repetición de argumentos entre los africanistas españoles. Esto se explica en parte por el carácter conservador y arcaizante de los discursos franquistas del último periodo. Es importante recordar que el africanismo nunca fue popular entre el grueso de la población después de la Guerra de África y que fue perdiendo el poco peso que siempre tuvo entre los intelectuales que reflexionaban sobre la nación española. De ahí que la descolonización apenas tuviera repercusiones en la idea de España, a diferencia de lo que sucedió con la pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas.

Efectivamente, el fin simultáneo del régimen franquista y de la última colonia española en el Sáhara supuso la práctica desaparición de África en los nuevos imaginarios nacionalistas españoles o, para el caso, de sus rivales catalanes o vascos. La fundación democrática y ciudadana de la nueva Constitución y las políticas europeístas de los sucesivos gobiernos desalentaban la reivindicación de un pasado común con ciertos territorios y poblaciones africanas. La idea de Hispanidad y de una historia compartida con los países latinoamericanos ha tenido, sin embargo, mejor suerte, aunque transformada en el concepto de Iberoamérica e institucionalizada en las Cumbres Iberoamericanas desde 1991 82. Caso intermedio podemos considerar al iberismo, periódicamente reivindicado por personalidades de la cultura española y portuguesa.

En algunos países europeos, los antiguos imperios ultramarinos también han generado imaginarios colectivos que, al contrario que el español, incorporan de manera central a países africanos: es el caso de la Lusofonía o la Françafrique, aunque este último haya adquirido unas connotaciones cada vez más negativas. Pero en la Unión Europea en su conjunto, el pasado imperial en África apenas es reivindicado, ni en términos laudatorios, ni en términos de la posible responsabilidad de los europeos con respecto a los antiguos súbditos africanos. Si a principios del siglo xx las aspiraciones europeístas españolas pasaban por participar en el reparto de África, a finales de siglo Europa no se identificaba ya con los grandes imperios coloniales que sus antepasados habían creado en África y Asia, y antes en América.

El africanismo institucional que hemos estudiado estaba tan ligado a la presencia colonial española en África, que desapareció cuando lo hicieron las colonias. El que surgiría después mantendría posturas diversas y, en general, más críticas con el pasado africano del actual Estado español. En cualquier caso, ni uno ni otro han conseguido incorporar el continente vecino a los imaginarios políticos democráticos de los españoles. De otro modo, no se entenderían las políticas amnésicas, excluyentes y hasta inhumanas que despliegan nuestros gobiernos en la frontera del sur.


* Este trabajo se ha realizado en el marco del proyecto «La España imaginada, y la imagen de España (1898-2010)», financiado por la Convocatoria Propia de Proyectos de Investigación Multidisciplinares de la UAM (CEMU 2013-11), ­2013-2014. Además, se ha beneficiado de los sugerentes comentarios de Carmen Rodríguez López, José Antonio Rodríguez Esteban, Irene González González y José Álvarez Junco.

1 José María Jover Zamora: España en la Política Internacional. Siglos xviii-xx, Madrid, Marcial Pons Historia, 1999, p. 251.

2 Josep Maria Fradera: Colonias para después de un Imperio, Barcelona, Bellaterra, 2005.

3 José María Jover Zamora: España..., p. 136.

4 José Álvarez Junco: Mater Dolorosa. La idea de España en el siglo xix, Madrid, Taurus, 2001.

5 José Álvarez Junco y Gregorio de la Fuente Monge: «La evolución del relato histórico», en José Álvarez Junco (coord.): Las historias de España. Visiones del pasado y construcción de Identidad, vol. 12 de Historia de España, Barcelona, Crítica-Marcial Pons Historia, 2013, p. 211.

6 Xavier Andreu Miralles: El descubrimiento de España. Mito romántico e identidad nacional, Madrid, Taurus, 2016, y Aurora Rivière Gómez: Orientalismo y nacionalismo español Estudios Árabes y Hebreos en la Universidad de Madrid (1843-1868), Madrid, Dykinson, 2000.

7 José Álvarez Junco: Mater Dolorosa...

8 Rosario de la Torre del Río: «El factor colonial en la política exterior española, 1789-1898», en CERIH, I Encuentro Peninsular de Historia de las Relaciones Internacionales, Zamora, Fundación Rei Afonso Henriques, 1998, pp. 245-264, esp. p. 260.

9 En la Conferencia de Madrid de 1880 el Gobierno español se alinearía con Londres frente a las ambiciones territoriales francesas, en la defensa de la integridad territorial de Marruecos, representado por el sultán.

10 José Antonio Rodríguez Esteban: Geografía y colonialismo: la Sociedad Geográfica de Madrid (1876-1936), Madrid, Universidad Autónoma de Madrid, 1996.

11 Bernabé López García: «Arabismo y orientalismo en España: radiografía y diagnóstico de un gremio escaso y apartado», Awraq, XI (1990), pp. 35-69, y Cristina Viñes Millet: Granada y Marruecos. Andalucismo y africanismo en la cultura granadina, Granada, Sierra Nevada 95, 1995.

12 Francisco Quintana Navarro: «Santa Cruz de Mar Pequeña y las tentativas “africanistas” de la burguesía grancanaria, 1860-1898», en VI Coloquio de Historia Canario-Americana 1984, Las Palmas de Gran Canaria, Cabildo Insular de Gran Canaria, 1987.

13 José Luis Villanova: «La Sociedad Geográfica de Madrid y el colonialismo español en Marruecos (1876-1956)», Documents d’Anàlisi Geogràfica, 34 (1999), pp. 161-187, esp. p. 166.

14 José Antonio Rodríguez Esteban: «Discursos geográficos en España (1876-1936): alianzas y fronteras entre España y Portugal», Revista de Historiografía, 23(2) (2015), pp. 119-132, esp. p. 123.

15 En 1878, la AEEA financió al buque Blasco de Garay bajo el mando de Cesáreo Fernández Duro, para que localizara el emplazamiento del antiguo enclave castellano de Santa Cruz de Mar Pequeña. Los intereses comerciales canarios también habían financiado previamente algunas expediciones de este tipo. Por su parte, Juan Víctor Abargues de Sostén viajaría hasta Etiopía en 1880 con el objetivo de fundar un enclave portuario español en las costas del Mar Rojo, en el nuevo contexto creado por la apertura del Canal de Suez. José Antonio Rodríguez Esteban, «Expediciones españolas. Un sueño efímero», Boletín de la Sociedad Geográfica Española, 20 (2005), y Francisco Quintana Navarro: «Santa Cruz...».

16 José Antonio Rodríguez Esteban: «Expediciones españolas...», p. 30.

17 Boletín de la Sociedad Geográfica de Madrid, t. XIX, 1885, p. 199, https://archive.org/stream/boletndelareals03madrgoog.

18 El Día, 31 de marzo de 1884.

19 David Parra Montserrat: «¿Reescribir la “historia patria”? Diversas visiones de España del africanismo franquista», en Ismael Saz y Ferran Archilés (eds.): La nación de los españoles. Discursos y prácticas del nacionalismo español en la época contemporánea, Valencia, PUV, 2012, pp. 225-241, esp. p. 228.

20 Bernabé López García: «Arabismo y orientalismo...».

21 Revista de Geografía Comercial, 15 de noviembre de 1885, http://hemerotecadigital.bne.es/issue.vm?id=0003304388&search=&lang=es.

22 La intensificación de los lazos con Portugal y en menor medida con Francia constituyó también ideales desarrollados por geógrafos como Gonzalo de Reparaz, quien aunó en un mismo proyecto africanismo, iberismo y más tarde federalismo. José Antonio Rodríguez Esteban: Geografía y colonialismo...

23 Jesús Marchán Gustems: «Costa, los congresos africanistas y la colonización agrícola en Marruecos», en Francisco Javier Martínez Antonio e Irene González González (coords.): Regenerar España y Marruecos: Ciencia y educación en las relaciones hispano-marroquíes a finales del siglo xix, Madrid, CSIC, 2011, p. 465.

24 Azucena Pedraz Marcos: Quimeras de África. La Sociedad Española de Africanistas y Colonialistas. El colonialismo español de finales del siglo xix, Madrid, Polifemo, 2000.

25 Ibid., p. 142.

26 Susan Martín-Márquez: Desorientaciones. El colonialismo español en África y la performance de la identidad, Barcelona, Bellaterra, 2011, p. 72. Ella prefiere hablar de una «dramática ambivalencia».

27 José María Jover Zamora: España..., pp. 170-172.

28 Esto ya era parte de los relatos conservadores sobre la nación, como el de Menéndez Pelayo, que había reivindicado el pasado imperial de España en América, y su papel evangelizador allí. José Álvarez Junco: Mater dolorosa..., p. 456.

29 Nuria Tabernera García: «El horizonte americano en el imaginario español, 1898-1930», Estudios Interdisciplinarios de América Latina y el Caribe, 8, 2 (1997), pp. 67-85, http://eial.tau.ac.il/index.php/eial/article/view/1111/1141.

30 Ángel G. Loureiro: «Spanish nationalism and the ghost of empire», Journal of Spanish Cultural Studies, 4, 1 (2003), pp. 65-76, esp. p. 65.

31 Costa expresó una postura abandonista en distintas ocasiones; véase el discurso «Crisis Política de España» en los Juegos Florales de Salamanca (15 de septiembre 1901) o «Sobre la cuestión del Rif y de la Prensa», El Liberal, 5 de octubre de 1909.

32 Rosario de la Torre del Río: «El factor colonial...», p. 77.

33 Los Centros comerciales hispano-marroquíes y el problema de Marruecos: la elocuencia de un inventario (1904-1921), Madrid, Imprenta España en África, 1922, http://mdc.cbuc.cat/cdm/ref/collection/comercUPF/id/40801.

34 Bernabé López García: «España en África: Génesis y significación de la decana de la prensa africanista del siglo xx», Almenara, 4 (1973), pp. 33-55, y Jesús Marchán Gustems: «Costa...».

35 José Luis Villanova: «La actividad africanista de la Sociedad de Geografía Comercial de Barcelona (1909-1927)», Revista de Geografía, 5 (2008), pp. 69-91.

36 Fue Saavedra quien, en su conferencia inaugural en el primer congreso, trataría de trazar una genealogía entre este y los celebrados en el teatro Alhambra y Granada el siglo anterior. Primer Congreso Africanista celebrado en el Ateneo de Madrid, Documentación, Reseña de las sesiones y acuerdos tomados, Madrid, Impr. de la Casa Provincial de Caridad, 1907.

37 Ibid.

38 José Luis Villanova: «La actividad africanista...», p. 84.

39 María Rosa de Madariaga: En el barranco del Lobo. Las guerras de Marruecos, Madrid, Alianza Editorial, 2005.

40 Bernabé López García: «España en África...», nota 21.

41 José Luis Villanova: «La actividad africanista...», y Bernabé López García: «El arabismo español de fines del xix en el debate historiográfico y africanista», en Felice Gambin (ed.): Alle radici dell’Europa. Miri, giudei e zingari nei paesi del Mediterraneo occidentale, vol. III, Secoli xix-xxi, Florencia, SEID Editori, 2011, pp. 141-156.

42 Joan Nogué y José Luis Villanova: «Las sociedades geográficas y otras asociaciones en la acción colonial española en Marruecos», en España en Marruecos. Discursos geográficos e intervención territorial, Lleida, Editorial Milenio, 1999, pp. 183-224.

43 Joan Nogué y José Luis Villanova: «Las sociedades geográficas...», pp. 213-214.

44 Andrée Bachoud: Los españoles ante las campañas de Marruecos, Madrid, Espasa Calpe, 1988.

45 Rocío Velasco de Castro: «De periodistas improvisados a golpistas consumados: el ideario militar africanista de la Revista de Tropas Coloniales (1924-1936)», El Argonauta español, 10 (2013), https://doi.org/10.4000/argonauta.1590.

46 Lluis Riudor: «Sueños imperiales y africanismo durante el franquismo (1939-1956)», en Joan Nogué y José Luis Villanova (eds.): España en Marruecos Discursos geográficos e intervención territorial, Lleida, Editorial Milenio, 1999, pp. 249-276.

47 Rocío Velasco de Castro: «De periodistas improvisados...», pp. 6-7.

48 José Luis Villanova: El Protectorado de España en Marruecos. Organización política y territorial, Barcelona, Bellaterra, 2004, y Miguel Hernando de Larramendi, Irene González González y Bárbara Azaola Piazza: «El Ministerio de Asuntos Exteriores y la política exterior hacia el Magreb», en Miguel Hernando de Larramendi y Aurelia Mañé Estrada (eds.): La política exterior española hacia el Magreb. Actores e intereses, Barcelona, Icaria, 2009, pp. 61-88.

49 Nota explicativa a la Revista de Tropas Coloniales de la Hemeroteca Digital, Biblioteca Nacional de España: http://hemerotecadigital.bne.es/details.vm?lang=es&q=id:0003620784.

50 Joan Nogué y José Luis Villanova: «Las sociedades geográficas...», p. 215.

51 Shannon Fleming: «North Africa and Middle East», en James Cortada: Spain in the Twentieth Century, Londres, Aldwych Press, 1980, pp. 130-140.

52 David Parra Montserrat: «¿Reescribir...».

53 Gervase Clarence-Smith: «The Impact of the Spanish Civil War and the Second World War on Portuguese and Spanish Africa», The Journal of African History, 26, 4 (1985), pp. 309-326.

54 Alicia Campos y Violeta Trasosmontes: «Recursos naturales y segunda ocupación colonial del Sáhara español. 1959-1975», Les Cahiers d’EMAM, 24-25 (2015), https://doi.org/10.4000/emam.819.

55 Sergio Suárez Blanco: «Las colonias españolas en África durante el primer franquismo (1939-1959). Algunas reflexiones», Espacio, Tiempo y Forma, Serie V, Historia Contemporánea, 10 (1997), pp. 315-332.

56 Gustau Nerín y Alfred Bosch: El Imperio de nunca existió, Barcelona, Plaza y Janés, 2001.

57 García Figueras fue secretario general de la Alta Comisaría en Marruecos y «asesor sobre las aspiraciones españolas en África de Serrano Súñer en su visita a Berlín en septiembre de 1940». Sergio Suárez Blanco: «Las colonias...», p. 328.

58 Lluis Riudor: «Sueños imperiales...»; Gustau Nerín: «Mito franquista y realidad de la colonización de la Guinea Española», Estudios de Asia y África, XXXII, 1 (1997), pp. 9-30, y David Díaz Sánchez: «Los intelectuales del Imperio durante el primer franquismo», en Leandro Martínez Peñas, Manuela Fernández Rodríguez y David Bravo Díaz (coords.): La presencia española en África: del «Fecho de allende» a la crisis de perejil, libro electrónico Revista Aequitas, 2012.

59 Alfred Bosch: L’Africanisme franquista i l’IDEA (1936-1975), tesis de licenciatura, Departament d’Historia, Facultat de Lletres, Universitat Autònoma de Barcelona, Bellaterra, 1985.

60 David Díaz Sánchez: «Los intelectuales...»; Alfred Bosch: L’Africanisme..., y Sergio Suárez Blanco: «Las colonias españolas...».

61 Jordi Sant Gisbert: «El negocio del cacao: origen y evolución de la elite económica colonial en Fernando Poo (1880­1936)», Ayer, 109(1) (2018), pp. 137-168.

62 Victoriano Darias de las Heras: «El africanismo español y la labor comunicadora del Instituto de Estudios Africanos», Revista Latina de Comunicación Social, 46 (2002).

63 Alfred Bosch: L’Africanisme..., y Gustau Nerín: «Mito franquista...».

64 Lluis Riudor: «Sueños imperiales...», p. 271, y David Parra Montserrat: «El Magreb y “la buena y tradicional postura nacional”. Las relecturas del africanismo decimonónico durante el franquismo», en Ángeles Barrio Alonso, Jorge de Hoyos Puente y Rebeca Saavedra Arias (coords.): Nuevos horizontes del pasado: culturas políticas, identidades y formas de representación, Santander, Publican, 2011.

65 David Díaz Sánchez: «Los intelectuales...».

66 Josep Lluis Mateo Dieste: La hermandad hispano-marroquí. Polìtica y religión bajo el Protectorado español en Marruecos (1912-1956), Barcelona, Bellaterra, 2003.

67 María Dolores Algora Weber: Las relaciones hispano-árabes durante el régimen de Franco la ruptura del aislamiento internacional: (1946-1950), Madrid, Ministerio Asuntos Exteriores, 1996.

68 Lluis Riudor: «Sueños imperiales...», p. 271.

69 Víctor Morales Lezcano: Africanismo y orientalismo español en el siglo xix, Madrid, UNED, 1988.

70 Gustau Nerín: «Mito franquista...».

71 David Díaz Sánchez: «Los intelectuales...», y David Parra Montserrat: «El Magreb...».

72 El mismo año de 1955, el Gobierno español recibió una carta del secretario general de Naciones Unidas interesándose por los territorios no autónomos bajo su administración. Alicia Campos Serrrano: De colonia a estado: Guinea Ecuatorial 1955-1968, Madrid, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2002.

73 Pedro Antonio Martínez Lillo: «La Política Exterior de España en el marco de la Guerra Fría: del aislamiento limitado a la integración parcial en la sociedad internacional (1945-1953)», en Javier Tusell, Juan Avilés y Rosa Pardo (eds.): La Política Exterior de España en el siglo xx, Madrid, UNED, 2000, pp. 323-340, y María Dolores Algora Weber: Las relaciones...

74 David Parra Montserrat: «El Magreb...».

75 Alfred Bosch: L’Africanisme...

76 El Partido Reformista Nacional o Islah siempre sería más tolerado en el Protectorado Norte que el mayoritario Hibz al Istiqlal; Algora Weber: Las relaciones...

77 María Concepción Ybarra Enríquez de la Orden: España y la descolonización del Magreb. Rivalidad hispano-francesa en Marruecos 1951-1961, Madrid, UNED, 1998.

78 Carlos Canales y Miguel del Rey Vicente: Breve Historia de la Guerra Ifni-Sáhara, Madrid, Nowtilus, 2010.

79 Alicia Campos Serrano: De colonia...

80 Alfred Bosch: L’Africanisme...

81 Germán Santana Pérez y Mariví Ordóñez del Pino: «Los estudios hispanos sobre el África subsahariana: una perspectiva histórica», Espacio, Tiempo y Forma, Serie IV, Historia Moderna, 20 (2007), pp. 13-41, y Jordi Tomás y Albert Farré: Los Estudios africanos en España. Balance y perspectivas, Documentos CIDOB Desarrollo y Cooperación, 4, 2009.

82 Guinea Ecuatorial también está presente en estas cumbres desde 2009.