Ayer 127/2022 (3): 133-157
Seccion: Estudios
Marcial Pons Ediciones de Historia
Asociación de Historia Contemporánea
Madrid, 2022
ISSN: 1134-2277
DOI: 10.55509/ayer/1103
© Arnau Fernández Pasalodos
Recibido: 04-09-2021 | Aceptado: 19-11-2021 | Publicado on-line: 28-10-2022
Editado bajo licencia CC Attribution-NoDerivatives 4.0 License

Uniformidad, confusión y miedo. Guerrilleros y guardias civiles en la guerra irregular española (1936-1952)*

Arnau Fernández Pasalodos

Universitat Autònoma de Barcelona
arnaupasalodos@gmail.com

Resumen: La guerra irregular que se experimentó en España entre 1936 y 1952 ha quedado en los márgenes de la historiografía que ha trabajado la Guerra Civil española y la posguerra. Mientras tanto, aquellas investigaciones que sí han puesto el foco de atención en esta se han centrado en estudiar el surgimiento, el progreso y el ocaso de las agrupaciones o partidas guerrilleras. No obstante, apenas sabemos nada de los guardias civiles que se encargaron de soportar el peso de la guerra antipartisana. Hombres que, lejos de ejercer funciones policiales y de control de orden público, se convirtieron en combatientes de una guerra asimétrica, y como combatientes tuvieron que adaptarse a las realidades cambiantes de los teatros de operaciones en los que estuvieron destinados. Esta investigación tiene como objetivo analizar el uso del engaño en espacios de guerra irregular, de forma que veremos cómo los guardias civiles vistieron ropas de pana, alpargatas y chaquetas de cuero, mientras que los partisanos optaron por disfrazarse con tricornios, correajes y capotes.

Palabras clave: Guerra Civil española, guerra irregular, Guardia Civil, guerrilla antifranquista.

Abstract: The irregular warfare experienced in Spain between 1936 and 1952 has remained on the margins of the historical literature on the Spanish Civil and the postwar. What is more, the few historians who have focused on this subject have analysed the rise, progress and decline of republican guerrillas. However, we know very little about the civil guards who participated in the anti-partisan war. These men were not police officers, but fighters in an asymmetric war who adapted to the realities of the theatres of operations to which they were assigned. This article aims to analyse the tactics of deception in spaces where this irregular warfare took place. We will see how the civil guards donned corduroys, espadrilles, and leather jackets, while the partisans disguised themselves using three-cornered hats and cloaks.

Keywords: Spanish Civil War, Guardia Civil, anti-Francoist guerrilla, irregular war.

Introducción

A lo largo de la historia encontramos ejemplos constantes de cómo los uniformes han desempeñado un papel decisivo en espacios de guerra. Antes que nada, la homogeneidad de los atuendos y símbolos que portarían los combatientes ha contribuido a reforzar la cohesión interna dentro de las unidades, un sentimiento de pertenencia y la identificación con el poder al servicio del cual lucharían 1. Por otro lado, en un sentido mucho más práctico, permite diferenciar con claridad al amigo del enemigo haciendo la guerra aprehensible, algo decisivo en la contemporaneidad, donde los escenarios bélicos se caracterizarían por frentes de una vastedad sin precedentes y por un alto número de individuos implicados en los combates. Es más, la obligación de portar un uniforme y unos signos distintivos identificables a distancia ha constituido parte central de los esfuerzos de los Estados en su intento por edificar una legislación internacional capaz de regular los conflictos armados 2. No por casualidad, estas medidas surgieron como una respuesta de los ejércitos regulares y los gobiernos de la primera mitad del siglo xx ante los tremendos retos planteados por la guerra total, sobre todo al calor de la conscripción de masas, la mencionada dispersión de los teatros y el peso cada vez mayor de las formas de guerra irregular. Ya en la Convención de la Haya de 1907 se especificaba de forma muy clara que «estaba especialmente prohibido herir o matar de manera traicionera a individuos pertenecientes al país o el ejército enemigos», dejando muy claro más adelante que esto incluía «el uso inapropiado de bandera blanca, de la bandera nacional, de las insignias militares y el uniforme del enemigo» y, por supuesto, hacerse pasar por civil. La Convención de Ginebra de 1949 volvería a subrayar estas cuestiones en sus artículos 37, 38 y 39, en medio del auge de las luchas de liberación colonial y después de las experiencias partisanas de la Segunda Guerra Mundial 3.

En el conflicto que enfrentó a los guerrilleros antifranquistas contra la Guardia Civil y sus auxiliares entre 1936 y 1952 también hallamos un espacio ideal para analizar la cuestión de la uniformidad. En el caso franquista nos referimos a las famosas contrapartidas, formadas por guardias civiles, falangistas, soldados y civiles adictos al Nuevo Orden, un tipo de unidades antiguerrilleras que tuvieron como misión recabar información y combatir a las partidas republicanas sobre el terreno. Para ello se vistieron con las ropas que llevaban los resistentes y aprendieron a moverse, hablar e interactuar con la población civil de la misma forma en que lo hacían los partisanos. O al menos lo intentaron, porque las contrapartidas han quedado perfiladas por la historiografía como unidades que alcanzaron un grado de éxito muy elevado, algo que, como veremos, no se ajusta a una realidad que fue mucho más compleja. De hecho, las propias autoridades terminaron reconociendo en la documentación que en algunas provincias resultaron un completo fracaso. Además, otro objetivo será mostrar cómo las contrapartidas estuvieron presentes en las retaguardias sublevadas entre 1936 y 1939. Así pues, su potenciación a partir de 1944, tras la llegada de Camilo Alonso Vega a la Dirección General de la Guardia Civil, no supuso novedad alguna en el amplio abanico de estrategias contrainsurgentes empleadas por la dictadura, sino que formaban parte de todo un repertorio de la cultura militar española cuyo origen debe buscarse en las guerras del siglo xix 4.

El presente artículo iniciará su recorrido analizando el origen, las praxis y los resultados de las acciones de las contrapartidas del ejército rebelde entre 1936 y 1939. A continuación, veremos cómo la Guardia Civil quedó designada como la agencia preferente para la lucha antiguerrillera en la década de los cuarenta, y de qué forma sus máximos dirigentes reglaron el uso del disfraz entre 1940 y 1952. Para reforzar el análisis de estas unidades veremos una de las caras ocultas de la guerra irregular española: las muertes provocadas por fuego amigo a consecuencia de las confusiones y del miedo que experimentó la tropa de la Benemérita en la guerra antipartisana. En el quinto punto se examinarán las estrategias de supervivencia adoptadas por la población civil con el objetivo de advertir la identidad real de los falsos guerrilleros, ya que los vecinos que vivieron en los teatros de operaciones fueron los que más sufrieron la violencia de las contrapartidas. En último lugar, y antes de llegar a las conclusiones, se analizará el papel que desempeñaron los guerrilleros disfrazados con tricornios y capotes, así como las características principales de la violencia partisana.

Por último, veremos cómo la guerra irregular provocó espacios de confusión y miedo en un teatro de operaciones con dos características centrales: la inexistencia de unos frentes y unas retaguardias definidas y el despliegue de una represión estatal sin límites contra la población civil. Un conflicto que estuvo marcado por la asimetría entre contendientes, ya que los actores contrainsurgentes suelen contar con una serie de recursos que los guerrilleros adolecen, tal y como ocurrió en España: un Gobierno establecido; reconocimientos diplomáticos; el control del poder ejecutivo, legislativo y judicial; la gestión de las administraciones públicas y de las fuerzas policiales y militares; mayores recursos financieros, industriales y agrícolas; la gestión y el mantenimiento de redes de transporte y comunicaciones; o el control de la información, entre otras cuestiones 5.

Origen de las contrapartidas y su empleo entre 1936 y 1939

El uso de contrapartidas durante la Guerra Civil no supuso novedad alguna para la Guardia Civil, que formó las primeras unidades de este tipo en su lucha contra el bandolerismo. El primer servicio lo realizaron en octubre de 1903, cuando un grupo de guardias se vistió con ropas de civil y logró capturar al bandolero Manuel López Ramírez «Vizcaya» en la feria de Baena (Córdoba) 6. No obstante, antes de la creación del instituto hubo unidades similares que actuaron en la península ibérica. Por ejemplo, en la Guerra de Independencia, el mariscal francés Suchet creó columnas móviles formadas por soldados regulares que, operando en grupos reducidos, debían atacar a las partidas guerrilleras. Mientras tanto, en Cataluña también actuaron los caragirats, unidades irregulares antiguerrilleras formadas por marginados y delincuentes comunes que combatían a favor de los ocupantes 7.

La experiencia de guerra colonial en el Rif influyó notablemente en el uso de las contrapartidas. En este caso, el Ejército español se sirvió de unidades indígenas irregulares como las harkas, que, comandadas por oficiales españoles, desplegaron «la táctica del enemigo, haciendo incursiones por la noche en su propio campo» 8. Parte de esa oficialidad y de la tropa colonial terminaron combatiendo a la guerrilla republicana, sirviéndose de la forma de hacer la guerra que habían aprendido en el norte de Marruecos.

En este caso, la sublevación militar del 17-18 de julio de 1936 había provocado la huida masiva de miles de republicanos que buscaron escapar de la violencia y las prácticas eliminacionistas rebeldes refugiándose en los bosques y las sierras. La desconfianza frente a las amnistías promulgadas por los golpistas y el miedo de muchos de ellos a volver terminaron generando la primera resistencia armada republicana, abriéndose entonces un espacio de guerra irregular que se mantuvo vigente en numerosas regiones españolas hasta 1952. De esta forma, desde las primeras semanas de la Guerra Civil las tropas sublevadas tuvieron que emplearse a fondo en labores de contrainsurgencia. Entre las estrategias desplegadas para sofocarla destacaron la masiva aplicación de la Ley de Fugas, la persecución a campo abierto y la represión contra familiares o enlaces de los huidos, así como la puesta en marcha de las primeras contrapartidas. Estas unidades estuvieron formadas desde sus inicios por guardias civiles, soldados regulares, falangistas y paisanos, convirtiéndose en un excelente ejemplo de la amplia movilización a la que dio lugar el golpe de estado, en este caso con el objetivo de ayudar en el esfuerzo bélico en las retaguardias, que muy pronto adoptó los contornos propios de la guerra asimétrica.

Una de las primeras unidades específicamente contrainsurgentes fue el grupo móvil del capitán de la Guardia Civil José Robles Alés. Su notable éxito en la represión de las partidas republicanas terminó demostrando a los mandos rebeldes la utilidad que podía tener la creación de fuerzas específicamente diseñadas para la guerra irregular. Esta unidad se encargó de perseguir a la guerrilla onubense desde 1937, destacándose por la utilización discrecional de la Ley de Fugas 9. En determinadas ocasiones el capitán Robles infiltró a hombres en las guerrillas republicanas y organizó grupos para que, haciéndose pasar por resistentes, cometiesen actos delictivos, siempre con el fin de desacreditar a los verdaderos. De hecho, se trata de un tipo de estrategia ampliamente practicada por las contrapartidas durante toda su existencia 10.

En última instancia, los éxitos de Robles y de otros mandos a cargo de unidades antiguerrilleras andaluzas hicieron que el modelo de las contrapartidas fuera copiado en otras retaguardias que debieron enfrentar fenómenos de guerra irregular. De esta forma, los guerrilleros empezaron a tomar conciencia de esta amenaza y las partidas creadas bajo el paraguas del XIV Cuerpo de Ejército republicano advirtieron al Estado Mayor sobre ello. Por ejemplo, en octubre de 1938 alertaron de que, en las inmediaciones del Valle de la Serena, en Badajoz, los guardias y los falangistas se estaban vistiendo de campesinos y se dedicaban a recorrer las sierras diariamente en patrullas de diez a doce con un itinerario marcado 11. En otras ocasiones, esas contrapartidas contaron con hasta una veintena de efectivos, como la que se organizó en mayo de 1938 en las peñas jienenses de Majalcorón. En el curso de la operación mataron a varios resistentes, gastando para ello 130 cartuchos de gran calibre, 500 cartuchos de fusil Mauser, 300 más de fusil del calibre 7,92 y 10 granadas de mano, una prueba del tremendo esfuerzo que hubieron de realizar para conseguir sus objetivos 12.

Las contrapartidas en la guerra tras la guerra, 1939-1952

El final de la guerra regular no supuso el cese de la irregular. Tras la derrota definitiva del Ejército republicano en abril de 1939, las guerrillas no solo siguieron actuando en España, sino que aumentaron en número y mejoraron su capacidad de acción y resistencia hasta finales de los cuarenta. A consecuencia de ello, la dictadura franquista continuó haciendo frente a la resistencia con las mismas estrategias que ya había empleado desde 1936. Por ejemplo, las contrapartidas fueron un recurso habitual para combatir el auge partisano en Asturias durante el verano de 1939, llegando a conformarse con antiguos huidos que se sacaron ex profeso de los campos de concentración, pues eran buenos conocedores del terreno y de los implicados en las partidas 13. De hecho, en Asturias comprobamos de nuevo la amplia movilización de adictos al Nuevo Estado que tuvo lugar alrededor a la lucha antiguerrillera, ya que en 1940 se llegaron a crear contrapartidas formadas exclusivamente por falangistas 14.

En la provincia de Badajoz tenemos constancia del empleo de contrapartidas en la primera mitad de 1941. Allí una autoridad militar comentó que se estaban empleando «los guerrilleros paisanos de nuestro Grupo Móvil» con el objetivo de perseguir a las partidas y recabar información 15. Mientras tanto, en la guerra antipartisana desplegada en los Montes de Toledo hasta 1942 también se organizaron varias contrapartidas de guardias civiles y falangistas, aunque su éxito debió ser bastante limitado según se desprende de los informes elaborados por el Ejército 16. Otro espacio donde tampoco dieron demasiados resultados fue en la provincia de Jaén, aunque allí fue precisamente una contrapartida la que logró acabar con uno de los guerrilleros más conocidos, el «Rojo Terrinches». Como recompensa, los dos efectivos de la Benemérita fueron condecorados con la Cruz Roja al Mérito Militar y el mayoral fue ingresado en el cuerpo por «méritos de guerra» 17.

A partir de la segunda mitad de los cuarenta hubo mandos de la Guardia Civil, como el teniente coronel Eulogio Limia Pérez, que se encargaron de trazar las líneas maestras que debían seguir los guardias y el personal auxiliar de las contrapartidas. Entre otras cosas se les ordenaba que llevasen a cabo servicios de apostadero y de descubierta, además de quedar como fuerzas de apoyo encargadas de socorrer a otras unidades que hubiesen entablado combate con alguna partida. En otras ocasiones, ante la falta de efectivos se les ordenó participar en los preparativos y en la ejecución de asaltos a campamentos o a cuevas. De esta forma, este tipo de órdenes contradice las visiones un tanto generalistas que la historiografía ha mantenido sobre las contrapartidas, donde con frecuencia se han presentado como simples unidades que se movían sobre el terreno para recabar información gracias a las posibilidades que les otorgaba el disfraz.

Por otra parte, el aumento de los efectivos de la Guardia Civil que se adscribieron a alguna de estas contrapartidas no solo encuentra una explicación en el auge guerrillero, sino también en el hecho de que Alonso Vega trató de acrecentar la recluta voluntaria a través de un aumento de los sueldos. Tras la invasión del Valle de Arán en octubre de 1944, el director general destinó un presupuesto especial para pagar 10 pesetas diarias extras a los guardias que cubriesen las plantillas de las contrapartidas. Esta cantidad se sumaba a las 14 pesetas diarias de sueldo base, por lo que no faltaron voluntarios, a pesar de que generalmente fueran las unidades a cargo de la aplicación de la Ley de Fugas y de torturar a la población civil para obtener confesiones 18. De hecho, el comportamiento brutal de las contrapartidas provocó el malestar y la queja de otros compañeros dentro de la institución. En este sentido, el guardia A. Hernández comentaba lo siguiente: «no eran muy integrales, se creían con derecho a hacer y deshacer todo... Pegaban unas palizas de muerte. Las contrapartidas las formaban voluntarios. Era una gente bastante especial. No tenían corazón. Era gente desalmada. Tenían otra dirección distinta a la nuestra». Otros guardias como Manuel y José, que formaron parte del grupo móvil de Aínsa (Huesca), recordaban que las contrapartidas eran las que hicieron el trabajo sucio y que, por lo general, sus miembros fueron los más politizados y adictos al Nuevo Estado, gozando además de entera libertad para actuar como quisieran con los detenidos 19.

El poder y la impunidad absolutos con los que actuaron estas contrapartidas, así como su capacidad para decidir quién debía vivir y quién morir, se colige perfectamente en lo sucedido en tierras extremeñas y gallegas. En la primera región, unos guardias civiles llegaron a matar a un pastor a mediados de los cuarenta, después de haberle robado su zurrón de comida tiempo atrás. El hombre se topó con ellos en un baile, y al reconocerlos les acusó de haberle robado su mochila. Estos se marcharon de la fiesta para que no se descubriese su identidad ante el gentío, pero al día siguiente acabaron con su vida 20. Mientras tanto, en Galicia se produjo un terrible asesinato perpetrado por la contrapartida del teniente Gregorio González Villalaín en 1947. Su unidad se presentó disfrazada ante Carmen Jérez, que vivía en Fervenza (Lugo) y era novia del guerrillero Abelardo Macías «Liebre». Ella intuyó que aquellos hombres no eran guerrilleros y decidió no darles ninguna información. Ante la actitud de Carmen los guardias se ofuscaron y terminaron deteniéndola de forma que sus vecinos y familiares jamás volvieron a verla. Diez meses después de haber desaparecido su cadáver se halló en una cuneta con dos disparos en la cabeza. Lejos de retraerse ante lo ocurrido, las autoridades colocaron carteles con fotos del cadáver para ver si alguien lograba identificarlo, pero como nadie la reconoció se decidió enterrar su cuerpo completamente desnudo en una caja en las afueras del cementerio del Carmen de Ponferrada. Además, a su muerte la joven estaba en avanzado estado de gestación, lo cual nos permite sospechar que fuera algún guardia quien abusara de ella durante los meses que había estado desaparecida 21.

Por su parte, durante su viaje a pie por la comarca leonesa de La Cabrera, el escritor berciano Ramón Carnicer recogió el testimonio de un cura que sufrió la arbitrariedad de las contrapartidas. Según explicó don Manuel, durante un baile se presentó un sujeto «todo roto, con la barba crecida y muy mala traza. Algunos, al verlo, pensaron que era un huido. ¿Cómo iba a presentarse un huido allí, en medio del baile? Yo sabía bien quién era». La fiesta prosiguió y Manuel no le quitó ojo a aquel individuo, que en un momento concreto se acercó a una joven que venía de Madrid. La chica se asustó al verlo y no quiso bailar con él. Al terminarse la pieza el cura se acercó a la joven y le dijo: «hiciste mal en no bailar con ese. ¿Sabes quién es? [...] Pues es el oficial que manda la tropa de Odollo». Cuando oscureció el oficial se acercó al cura y le dijo que quería confesarse, a lo que este le respondió que no era posible porque la ermita estaba cerrada. El guardia insistió y Manuel accedió a caminar hasta la zona trasera del santuario, y cuando el oficial se cercioró de que estaban solos le puso una pistola en el pecho: «usted tiene que caer esta noche». El cura se asustó, al tiempo que el mando le recriminaba que le hubiese revelado a la joven su identidad, ya que «me echó a perder un plan para coger esta noche a todos los huidos» 22. Un episodio que muestra hasta qué punto nadie estuvo exento de sufrir la represión, a pesar de su posición privilegiada en el Nuevo Orden. Un contexto que se mantuvo vigente hasta 1952.

Confusión y fuego amigo

La uniformidad y el disfraz fueron estrategias empleadas con el objetivo de mejorar la acción guerrillera o contraguerrillera. No obstante, en determinadas ocasiones la imposibilidad de diferenciar a una partida guerrillera real de otra que no lo era terminó causando bajas entre las filas estatales. Por ejemplo, el guardia civil José María Carralero falleció el 26 de marzo de 1948 tras el combate entablado entre las contrapartidas de Pozoblanco y Añora. Sus efectivos no lograron identificarse correctamente y abrieron fuego los unos contra los otros 23. Este no fue un caso aislado. De hecho, la falta de comunicación entre agencias del régimen pudo haber salido muy cara en la provincia de Huesca. En los Pirineos, el Ejército no estaba al corriente de la acción de las contrapartidas de la Guardia Civil, razón por la cual el Cuerpo de Ejército de Aragón señaló en julio de 1946 que una sección que se encontraba de patrulla se había topado con cuatro sospechosos. Cuando se acercaron a uno de ellos, vestido con un mono de color caqui, se les cuadró y mostró un carnet de la Guardia Civil. Intercambiaron algunas palabras y este les explicó que dos de ellos eran compañeros del cuerpo y el otro un vecino al que habían obligado a servir de guía. Parece ser que los soldados se fiaron de la explicación y se marcharon. Sin embargo, un mes más tarde redactaron un nuevo informe. En él reconocían que no habían podido averiguar si eran guerrilleros o «si se trataba de auténticos guardias civiles que disfrazados prestan sus servicios por aquellos lugares para más eficacia en el desempeño de la misión encomendada» 24.

Otra confusión que muestra el grado de descoordinación existente entre las unidades antiguerrilleras la encontramos en la sierra de Altamira (Cáceres). En 1945 un grupo de guardias paró a descansar en un lugar conocido como Casa del Capitán, pero lo hizo sin saber que por aquella zona se movía una contrapartida que en aquel momento estaba de servicio. Durante la noche, los guardias camuflados se aproximaron a la zona en la que descansaban sus colegas y escucharon sus voces, pero al ver una pequeña hoguera y no poder distinguir los uniformes pensaron que se trataba de una partida guerrillera. La fuerza que se encontraba reposando estaba mandada por el teniente Juan Colina Josa, quien ordenó a un guardia que montase un servicio de centinela. Fuera por desconocimiento del mando o por una gravísima falta de responsabilidad del subalterno, lo cierto es que el guardia que montó el servicio estaba «un poco sordo», según se comentó en el informe de los hechos. Mientras tanto, los miembros de la contrapartida siguieron convencidos de que aquel grupo lo formaban partisanos y comenzaron a aproximarse dando voces de alto. Nadie contestó ni a las advertencias ni tampoco a las contraseñas convenidas del cuerpo, por lo que terminaron convenciéndose de que eran republicanos y de inmediato iniciaron un ataque con bombas de mano y ráfagas de subfusil. Durante algunos minutos los dos grupos se dispararon a matar, entablándose un combate que solo finalizó cuando uno de los hombres de la contrapartida reconoció la identidad de uno de los compañeros que formaban el otro grupo. Cuando varios guardias comenzaron a darse cuenta del error cesaron el fuego, viendo que su enfrentamiento se había cobrado la vida del número Francisco Porras Terrón. Lo más sorprendente de todo este caso es que el jefe del instituto que se encargó de redactar uno de los primeros informes trató de presentar los hechos como un ejemplo de las grandes capacidades militares de la Guardia Civil y no como lo que realmente había sido, un auténtico despropósito 25.

El lento goteo de muertes a consecuencia del fuego amigo hizo que los mandos del cuerpo ordenasen que las emboscadas tenían que terminar de ordinario a las veintitrés horas en invierno y a las veinticuatro en verano. Como parte de las medidas, se estableció que las contrapartidas habrían de desplazarse «a partir de las tres o cuatro de la madrugada, no haciéndolo antes para evitar tener encuentro con los Grupos de los Destacamentos que hagan servicio de emboscada en pasos de sierra». Además, se obligó a los miembros de las contrapartidas a dormir siempre con el uniforme puesto en caso de pernoctar en masías, debiendo llevar consigo, «en los macutos, cuando menos la guerrera o sahariana y el gorro para darse a conocer como Guardia Civil cuando convenga» 26.

Finalmente, las confusiones creadas por la uniformidad, el miedo y las tácticas de guerra sucia también generaron situaciones un tanto cómicas. Por ejemplo, el guerrillero malagueño Enrique Urbano Sánchez recordaba cómo sorprendieron a un guardia civil mientras se encontraba haciendo sus necesidades en mitad del bosque. El número creyó que eran miembros de la contrapartida y dijo, «aquí un guardia», a lo que los guerrilleros respondieron, «y aquí otro». De ahí que se sorprendiera cuando al acercarse confiado le obligaron a entregar su pistola y el cargador. En ese momento la tensión le jugó una mala pasada, aflojando sus esfínteres, tal y como recordaba uno de los guerrilleros: «bueno, nunca he visto una persona con tanto miedo, hasta llegó a cagarse». Ahora bien, el guardia salvó la vida, ya que los resistentes lo dejaron libre tras quedarse con sus credenciales y su armamento 27.

El campesinado y los falsos partisanos

Si bien es cierto que en algunas regiones las contrapartidas tuvieron un notable éxito, también lo es que en otras obtuvieron muy pocos resultados, tal y como hemos visto en los casos de Jaén y de los Montes de Toledo entre 1939 y 1943. Jorge Marco señaló que en Andalucía Oriental las contrapartidas causaron en torno al 70 por 100 de las bajas partisanas 28, pero el campesinado y los propios guerrilleros aprendieron a identificarlas sobre el terreno. Raül González Devís ha sido uno de los primeros historiadores en cuestionar la efectividad de las contrapartidas. La propia Dirección General de la Guardia Civil alertó en abril de 1949 de que «en muchos casos su acción es totalmente ineficaz [...] en muy pocos se trata de verdaderas contrapartidas cuya organización y acción sean completamente desconocidas en el territorio en que se desenvuelven» 29. Hubo algún miembro del cuerpo, como el sargento Gabriel Ferreras, que fue muy claro sobre su experiencia en León: las unidades contrainsurgentes encubiertas desconcertaron a la guerrilla durante los primeros meses, pero pronto se acostumbraron a su presencia y «se movían casi con igual facilidad que antes» 30.

El pastor extremeño Emiliano Millán recordaba las visitas de la contrapartida y cómo los guardias iban disfrazados, «pero ya los conocíamos y no colaborábamos». Para dejar en mal lugar a los guerrilleros les robaban la comida o el ganado, de manera que los paisanos se vieron en la obligación de ir al cuartel a denunciar los hechos como si hubieran sido responsables los de la sierra: «cada vez que denunciábamos la visita, que lo teníamos que hacer por obligación, podíamos ver de uniforme y tomando la declaración al mismo cabo que se había presentado al frente de la contrapartida». Mientras tanto, algunos falangistas que formaban parte de estas unidades solían tiznarse la cara y se quedaban retrasados para que los pastores no los reconociesen, lo cual nos da una idea de cuán chapucera y precaria podía llegar a ser esta estrategia 31.

En el Alto Aragón las contrapartidas también tuvieron un éxito limitado. Un paisano recordaba haberse encontrado con una de ellas, porque rápidamente cayó en la cuenta de que aquel grupo no eran partisanos de verdad. Aún con todo, sus componentes se esforzaron por convencerle, de ahí que le enseñaran la bandera republicana que uno de ellos llevaba enrollada en el antebrazo izquierdo, bajo la camisa: «Me dijo: «Todo el que no lleve aquí esta bandera no es un maqui. Es un impostor, un guardia civil». Pero en realidad ellos mismos eran guardias civiles disfrazados, pues yo conocía de vista a un teniente» 32.

En la provincia de Castellón, R. M. Rosell señaló que «un día estaba labrando un bancal, y vinieron dos de paisano. Pero me dije: cuidado que estos maquis no son. Y porque callé. Pero, aun así, tuve que ir a dar cuenta al cuartel de Vallibona. Dejé los mulos allí y fui a denunciar. Eran guardias civiles». Mientras tanto, un vecino de Vinaròs recordaba que se le presentó una contrapartida preguntando si iba mucho la Guardia Civil por allí. El hombre respondió que pasaban de vez en cuando, y al cabo de unas horas los mismos hombres volvieron a presentarse, pero esta vez vestidos de guardias civiles: «¿Cuánto hace que han estado los maquis aquí?», a lo que el hombre respondió que por allí no habían pasado. Los guardias empezaron a enfadarse: «¿Que no han estado? Pues sabemos que a tal hora había maquis por aquí». Ante la insistencia, el masovero no tuvo reparos en responderles que «aquí los únicos maquis que han estado eran ustedes, que iban vestidos de paisano». Aquella respuesta acabó por encabritar a los guardias, quienes le pegaron tal paliza que acabó muriendo a consecuencia de los golpes 33.

Tal y como he señalado antes, Jaén fue una de las provincias en las que las contrapartidas arrojaron menos resultados. En este caso, el fracaso fue consecuencia de la escasa preparación de los guardias y paisanos que las nutrieron, quienes mostraron una capacidad de simulación realmente lamentable. Desde la propia comandancia de Jaén terminaron reconociendo que «el servicio de contrapartidas, muy útil en otras provincias, en esta no ha llegado a dar todo el fruto que de su empleo cabía esperar, pues en la mayor parte de las veces eran descubiertos por los enlaces de los forajidos». En este sentido, resulta interesante el relato de un vecino de Marmolejo, pues refuerza esa percepción de fiasco: «Iban por la sierra sucios y con ropas viejas, pero llevaban una mochila cargada de comida y una manta liada al cuerpo y metralletas. Todos sabíamos que eran guardias porque los guerrilleros no caminaban casi nunca de día y solo tenían escopetas de caza de las que robaban en los cortijos [...] Cuando los veíamos aparecer decíamos: “¡Cuidado, estos son unos mantas!”» 34. De hecho, la expresión «este tío es un manta» terminó popularizándose y extendiéndose por otras regiones, hasta tal punto que hoy en día se sigue utilizando para definir a alguien que es torpe o inútil.

En otras ocasiones no fue el modus operandi, el vestuario o el reconocimiento facial lo que evidenció la verdadera identidad de los miembros de las contrapartidas ante el campesinado, sino su olor, la forma de comer o incluso de comunicarse. Por ejemplo, en 1949 el tarraconense Antonio Alier recibió la visita de una contrapartida mientras trabajaba: «no llegué a creerme que fuesen guerrilleros, porque no hacían el mismo olor que aquellos... Por eso fui a denunciarles a la Guardia Civil [...] pasados tres o cuatro días que nadie se preocupase por el tema, me dio a entender que eran guardias civiles» 35. Por su parte, el toledano Timoteo Ruiz señaló que el método más adecuado para salir de dudas era el siguiente: «les ponían de comer, y si el hambre era excesiva, los consideraban guerrilleros; si comían con moderación, eran guardias civiles» 36. Mientras tanto, un pastor asturiano se dio cuenta de la identidad real de una contrapartida cuando uno de ellos silbó para avisar al resto de compañeros: «son unos zoquetes, jamás un guerrillero da un silbido en la montaña para poder encontrarse con el resto de su grupo» 37.

De hecho, la documentación interna de la Benemérita también revela la escasa efectividad de las contrapartidas. Por ejemplo, en 1948 el teniente coronel Eulogio Limia Pérez ordenó la disolución de todas estas unidades en Ciudad Real, aduciendo que había observado poco entusiasmo por parte de sus jefes, razón por la cual no estaban dando el rendimiento «que cabía esperar», al no lograr «el contacto con los bandoleros» 38. Sin embargo, la ausencia no solo debe atribuirse a la indolencia, sino también al miedo que generaba la guerra irregular en los guardias y en los falangistas. Una cuestión que se observa perfectamente en la provincia de Cáceres a partir de 1945, cuando las autoridades civiles pidieron la formación de contrapartidas, pero los guardias se negaron a ello. En un primer momento las autoridades locales no terminaron de entender el motivo de aquella negativa, hasta que vieron que el problema radicaba en el temor de los guardias a jugarse la vida combatiendo a la guerrilla 39.

La violencia partisana y los guerrilleros vestidos con tricornios y capotes

La resistencia armada republicana siguió el esquema habitual del bando que en el marco de una guerra irregular tiene como objetivo resistir hasta que lleguen mejores tiempos. Por ello, sus acciones se caracterizaron por ser eminentemente defensivas, tratando de mejorar su aparato propagandístico y logrando la supervivencia a través de los suministros de sus colaboradores, pero también mediante la comisión de atracos y secuestros, habitualmente sobre personas afines al Nuevo Orden. Por ejemplo, el jefe provincial de Falange en Lugo señaló en 1941 que la mayor parte de las víctimas eran «falangistas destacados por su actuación y de quienes todo el mundo sabe carecen de medios para su defensa personal» 40. Mientras tanto, las autoridades civiles de Cáceres indicaron en 1945 que los republicanos elegían a «la víctima previamente entre las de mayor solvencia económica» 41. La Guardia Civil asturiana también indicó una cuestión parecida cuando en 1949 apuntaba que las partidas «dirigían anónimos a personas adictas» 42. Dentro del Ejército también se tenía muy claro que los republicanos solían elegir cuidadosamente a sus víctimas, tal y como dejó consignado entre 1940 y 1942 durante la lucha antiguerrillera que tuvo lugar en los Montes de Toledo: «nuestros agentes durante la guerra [soldados y mandos del Ejército] son los únicos condenados a muerte por los huidos, dato indicador de la pervivencia de las ideas como móvil de su actuación sanguinaria», algo que no dejaba de ser un reconocimiento implícito de la continuación de la guerra 43.

No obstante, los guardias civiles y soldados del Ejército quedaron al margen de los objetivos principales de la violencia guerrillera previamente planificada, a diferencia de los falangistas o de los caciques. Prueba de ello son las órdenes internas de las agrupaciones en las que se instaba a los guerrilleros a no abrir fuego contra ellos, o las numerosas hojas propagandísticas que trataron de convencer a los guardias civiles a establecer pactos de no agresión, señalando: «no es nuestro propósito arrebataros vuestras vidas y procuraremos impedirlo en lo posible» 44. Ahora bien, la situación cambiaba cuando se trataba de guardias que se habían destacado en la represión contra la población civil o de los efectivos enrolados en las contrapartidas. Estos sí pasaron a ser un objetivo preferente de la violencia partisana, tal y como demuestra la acción y la propaganda de algunas agrupaciones: «algunos actos de bandolerismo cometidos por falangistas asesinos disfrazados de guerrilleros han servido al régimen franquista para desencadenar campañas de desprestigio contra nosotros [...] la limpia de degenerados de esta calaña hará que nuestro pueblo tenga una gran confianza en nosotros» 45.

Por ejemplo, el falangista asturiano Alfredo Iglesias Suárez era miembro de una contrapartida, llegando a precisar la escolta de un cabo del Tabor de Regulares de Melilla número 2 tras haber sido «amenazado de muerte por parte de los huidos a consecuencia de haber colaborado con las fuerzas del orden público en la persecución y captura de estos». No obstante, la protección le acabó sirviendo de poco, ya que una noche ambos fueron asesinados por la guerrilla mientras transitaban por el bosque 46. Por otra parte, en el municipio asturiano de Cabrales una contrapartida compuesta por un falangista, cuatro guardias y un sargento fue masacrada por la guerrilla. Los partisanos conocían las prácticas violentas y las terribles sesiones de tortura que aplicaban contra los vecinos, por lo que decidieron castigarlos. Los resistentes dejaron una nota antes de marcharse: «El Ejército Guerrillero de la República ejecuta así a los verdugos del pueblo» 47.

En definitiva, fue característico de la guerra irregular española que la resistencia republicana centrase su violencia en las unidades que vestían como guerrilleros y utilizaban este recurso y su absoluta impunidad para cometer todo tipo de agresiones sobre la población civil.

A diferencia de los guardias civiles que vistieron ropas de pana, alpargatas y chaquetas de cuero, los guerrilleros que optaron por disfrazarse con tricornios, correajes y capotes han pasado muy desapercibidos en la historiografía especializada. Sin embargo, en el marco de una guerra irregular, donde el engaño tiene un papel determinante, esta cuestión terminó convirtiéndose en un aspecto muy relevante. De hecho, los sabotajes, emboscadas y atracos cometidos por guerrilleros disfrazados de guardias civiles o de falangistas fueron prácticas tan recurrentes que a Franco se le informó de ellas con cierta frecuencia. Es más, el engaño a través de la uniformidad terminó afectando al éxito de la propia contrainsurgencia en determinados momentos, tal y como reconoció el gobernador militar de Asturias en el verano de 1939: «La principal causa del fracaso de estos encuentros es la naturaleza del terreno; [...] unido a que los huidos poseen bastantes prendas de uniforme, bien del Ejército, bien de Falange, producen cierta indecisión en los encuentros» 48. Los guerrilleros supieron aprovechar mucho mejor que sus perseguidores el medio natural y el camuflaje a través del disfraz.

Ya en plena Guerra Civil el instituto armado alertó en numerosas ocasiones de cómo los guerrilleros estaban actuando disfrazados en las retaguardias rebeldes. Por ejemplo, los guardias comunicaron al general jefe de la División 53 que los republicanos estaban infiltrándose y realizando sabotajes con «nuestros uniformes de soldado, falangista o requeté» 49. De hecho, en las reglas generales redactadas para los destacamentos guerrilleros del Ejército republicano se hizo hincapié en que «hay que procurar, siempre que sea posible, realizar las operaciones teniendo el aspecto exterior del enemigo, es decir: vestir el uniforme de los oficiales, de guardias civiles y etc.». Uno de los objetivos de hacerlo así era exactamente el mismo que tenían las contrapartidas: «dar a entender a la población civil que estos actos son producidos por elementos pertenecientes al ejército fascista», con la idea de desacreditar a las autoridades rebeldes a través de la comisión de hechos delictivos 50.

La forma habitual de conseguir uniformes en esta primera etapa de guerra irregular pasó por desvestir los cadáveres tras los combates. Por ejemplo, algunas partidas que actuaron en las serranías sevillanas entre 1937 y 1938 consiguieron los uniformes de los guardias caídos en combate, información que fue trasladada directamente a Franco por medio de un informador rebelde. De hecho, en el Cuartel General del Generalísimo se recibieron más informes con un contenido similar, despertando una preocupación creciente en las más altas jerarquías, hasta el punto de llegar a preguntarse si el Ejército republicano estaba proveyendo uniformes de la Guardia Civil a las partidas guerrilleras 51. Así pues, parece evidente que otra vía para lograr los trajes fue a través de su confección en territorio republicano.

La acción guerrillera camuflada bajo la uniformidad rebelde provocó tal estado de alarma que las autoridades militares tuvieron que tomar cartas en el asunto. Hubo comandancias militares que ordenaron que «ningún jefe de posición permitirá el acceso a la misma a cualquier persona sin previa identificación. Para ello, no basta el mero hecho de llevar la persona el uniforme militar o el de la Milicia Nacional» 52. Mientras tanto, en 1941, durante la lucha antiguerrillera desplegada en los Montes de Toledo, los mandos del Ejército ordenaron que todos los guardias civiles diesen el alto de la misma forma, ya que había partisanos vestidos con uniformes del cuerpo a los que no se podía distinguir de otra forma que no fuese mediante la gestualidad. De esta forma, quedó establecido que al exigir la detención de personas o vehículos se debería levantar el fusil de forma horizontal, «cogido con la mano derecha por la garganta y con la izquierda por el guarda-manos a la altura de la cabeza». Hasta tal punto creció el pánico entre los mandos militares, por la capacidad de los guerrilleros para engañarles, que terminó ordenándose que se abriera fuego sin previo aviso «a quienes vistiendo alguno de los citados uniformes den el alto en forma distinta a la prevenida» 53. Por tanto, el más mínimo descuido o confusión pudo provocar la muerte de los verdaderos guardias civiles. En definitiva, este tipo de medidas no solo muestran la efectividad de las estrategias guerrilleras, sino también el grado de violencia, discrecionalidad y miedo que se instaló en el seno de las filas estatales encargadas de la contrainsurgencia.

Las constantes acciones guerrilleras realizadas con capotes, saharianas y tricornios obligaron al Estado Mayor de la Guardia Civil a tomar cartas en el asunto durante toda la década de los cuarenta. Si las partidas no conseguían los uniformes tras matar a los guardias o tras robarlos en los cuarteles los mandaron confeccionar. De hecho, hubo sastres que fueron descubiertos y cayeron en la espiral represiva. Por ejemplo, la Agrupación Guerrillera de Levante y Aragón (AGLA) dispuso de la estrecha colaboración del costurero Ramón Ferrer «Petit-Coixo» de Cinctorres (Castelló), que les confeccionó uniformes de la Benemérita y del Ejército. Sin embargo, el modisto acabó detenido y fue víctima de terribles palizas como castigo por su colaboración 54. También hubo guerrilleros que tuvieron que recurrir a la imaginación ante la imposibilidad de conseguir uniformes verdaderos o copias bien realizadas. Este fue el caso de una partida que se movió por los pueblos navarros de Imarkoain y Beriain, cuyos miembros tiñeron una arpillera con la que se fabricaron una especie de capote y se hicieron unos tricornios con unos recortes de cartón 55.

La coyuntura internacional surgida de la victoria aliada a mediados de los años cuarenta incrementó la actividad guerrillera, sobre todo tras las incursiones pirenaicas del invierno de 1944. Así pues, la Guardia Civil se vio en la obligación de continuar emitiendo sucesivas circulares en relación con los engaños de la guerrilla 56. Sin embargo, a finales de 1945 la situación había empeorado y el Estado Mayor del instituto se vio en la tesitura de tener que pedir que todos los cuerpos policiales y militares cooperasen para identificarse correctamente sobre el teatro de operaciones: «tanto la Guardia Civil como el personal de los cuerpos que se citan, no deben interpretar dichos actos como vejatorios, sino como necesarios para la misión común encomendada y en pro del mejor servicio» 57.

No obstante, por más circulares que se enviaron, las fuerzas del orden no pudieron evitar que la guerrilla actuase disfrazada. Por ejemplo, en enero de 1946 los partisanos «Pajuelas» y «Sargento», que se movían por la provincia de Jaén, se disfrazaron de guardias civiles para atracar a un contratista. Tras robarle 4.000 pesetas emprendieron la huida y un aldeano que los vio se cruzó con una pareja de guardias, estos de verdad, a los que les preguntó: «¿qué ocurre hoy que hay tantos civiles?». Estos no supieron qué responder, ante lo cual el paisano les dijo que lo comentaba «porque hace un rato he visto pasar a otra pareja un poco más abajo; por cierto, que van en alpargatas» 58. En otras ocasiones las simulaciones llegaron a ser realmente sorprendentes, como la ocurrida en 1945 en Ronda (Málaga). Allí, unos guerrilleros se fijaron en un cortijo cuyo propietario era bastante acaudalado y se presentaron disfrazados de guardias civiles junto a un hombre vestido de paisano al que hicieron pasar por detenido. Con el objetivo de ganarse la confianza del propietario y de su familia les llegaron a poner delante una supuesta hoja de servicios sobre la conducción del falso reo, antes de exigirles dinero 59. El recurso a la mascarada llegó a estar tan extendido que los archivos contienen gran cantidad de documentación del instituto armado con inventarios redactados tras la toma de un campamento donde aparecían de forma recurrente prendas del cuerpo como botas reglamentarias, capas, calzones o tricornios 60.

La provincia de Córdoba fue otra de las zonas donde la guerrilla empleó con bastante frecuencia el uniforme de la Guardia Civil durante sus acciones. En junio de 1948 un grupo de guardias mató a un guerrillero que iba vestido con una sahariana y un gorro del instituto, mientras que pocos días después otra partida con tres republicanos uniformados con ropas del cuerpo mató a un cortijero 61. Todavía en 1951 encontramos ejemplos de esta práctica. A principios de ese año el gobernador civil alertó al ministro de la Gobernación de que se había producido un tiroteo con unos guerrilleros, pero que en los primeros momentos del choque «motivó gran confusión la indumentaria que portaban los bandoleros, algunos de los cuales fueron vistos con gorros y capotes similares a los del Cuerpo de la Guardia Civil y de la Policía Armada» 62.

Por si fuera poco, en el marco de la guerra antipartisana la Benemérita terminó utilizando sus propios uniformes para engañar a los guerrilleros. Un ejemplo lo hallamos en la provincia de Cáceres en 1947, cuando el brigada Pedro Durán Rivero supo que una partida dormía en el chozo de una finca, dispuso que los cuatro moradores de la cabaña se vistiesen con los uniformes y correajes de la Guardia Civil y marchasen en dirección contraria a la finca. Aquel movimiento tenía el objetivo de hacer creer a la partida que la tropa se marchaba del lugar, mientras que los verdaderos guardias se vistieron con las ropas de los paisanos y se quedaron en la finca recogiendo el ganado, ordeñando a las vacas o partiendo leña. Gracias a aquel engaño pudieron matar a uno de los partisanos 63.

Conclusiones

La lucha antipartisana desplegada por las fuerzas rebeldes, y a posteriori por la dictadura franquista, se enmarcó en una larga guerra irregular donde el engaño y la astucia tuvieron un papel esencial desde sus primeros compases, al igual que ocurre en todo conflicto asimétrico. De esta forma, hemos podido comprobar que los diferentes usos de la uniformidad y el recurso del disfraz, siempre con la idea de simular ser el enemigo con diversos fines, desempeñó un papel mucho más relevante del que habitualmente se ha mostrado en la historiografía. El éxito o el fracaso de la estratagema dependió del grado de preparación y de implicación de los guerrilleros y de los guardias civiles, así como también de los propios operativos.

Por otra parte, se ha podido evidenciar cómo la guerra de guerrillas tuvo una importancia notable en el marco de la Guerra Civil desde el mismo verano de 1936, la configuración de contrapartidas o el uso de uniformes rebeldes por parte de los republicanos son una muestra perfecta de ello y de la tremenda adaptabilidad de los combatientes en espacios de guerra irregular. Además, hemos podido ver cómo los guardias civiles vestidos de guerrilleros y los guerrilleros vestidos de guardias civiles compartieron un mismo objetivo en determinadas ocasiones. Más allá de facilitarles la movilidad sobre el teatro de operaciones también les proporcionó la posibilidad de cometer robos o secuestros con el único fin de desacreditar al enemigo. No obstante, tanto en términos cuantitativos como cualitativos las contrapartidas emplearon mayor violencia sobre la población civil que las partidas republicanas. De hecho, a través de la absoluta libertad de acción de la que gozaron constatamos que fueron las unidades que mejor encarnaron la guerra sucia desplegada por el Estado en espacios de lucha antiguerrillera, afectando gravemente a la población civil. Estas prácticas violentas estuvieron en plena consonancia con la forma de enfrentar la guerra irregular por parte de otros Estados a lo largo de los siglos xix y xx. En este sentido, fue en 1914 cuando el mariscal Von Moltke sentó los precedentes que borraron cualquier límite en la violencia empleada en espacios de guerra asimétrica, aunque los primeros ejemplos eu­ropeos de este tipo de praxis datan de la guerra franco-prusiana. En lo que respecta a los primeros compases de la Gran Guerra, este oficial alemán acusó a los civiles belgas de realizar emboscadas sobre las tropas alemanas y advirtió de que cualquier hombre o mujer que participase en combates sin llevar uniforme quedaría fuera de las leyes de guerra y sería «tratado como un francotirador, e inmediatamente eliminado». Sus órdenes provocaron una espiral represiva sobre la población civil belga, ya que se borraron de un plumazo las distinciones entre combatientes y no combatientes a consecuencia de la uniformidad 64.

En última instancia, el objetivo de este artículo ha sido poner de manifiesto las amplias posibilidades que ofrece el estudio de la guerra irregular en España entre 1936 y 1952. Por ello, dentro del espacio hermenéutico provisto por el conflicto se torna necesario interpretar las fuentes de forma que nos permitan trazar una historia de la guerra irregular a ras de suelo donde tengan cabida sus protagonistas, las estrategias represivas y de supervivencia, las consecuencias que tuvieron sobre la población civil y sus conexiones con un escenario histórico y global más amplio.


* La realización de este artículo se enmarca en el proyecto de I+D+i del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades «Posguerras civiles: violencia y (re)construcción nacional en España y Europa, 1939-1949» (PGC2018-097724-BI00). A David Alegre, por guiarme y ayudarme en todo momento.

1 Véase Thomas Kühne: The Rise and Fall of Comradeship Hitler’s Soldiers, Male Bonding and Mass Violence in the Twentieth Century, Cambridge, Cambridge University Press, 2017, pp. 8 y 85.

2 Luca Baldissara: «Guerra absoluta y guerra total, guerra civil y guerrilla. Genealogías de las guerras del siglo xx», en David Alegre, Miguel Alonso y Javier Rodrigo (coords.): Europa desgarrada. Guerra, ocupación y violencia, 1900-1950, Zaragoza, Prensas de la Universidad de Zaragoza, 2018, p. 72.

3 Los convenios citados pueden consultarse íntegramente en la web del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR). Además véase Helen M. Kinsella: «Discourses of Difference: Civilians, Combatants, and Compliance with the Laws of War», Review of International Studies, 31 (2005), pp. 163-185.

4 Josep Sánchez Cervelló: Maquis: el puño que golpeó al franquismo. La Agrupación Guerrillera de Levante y Aragón (AGLA), Barcelona, Flor del Viento Ediciones, 2006, p. 405. Las guerras carlistas son otro espacio importante sobre estas cuestiones, véase Lluís Ferran Toledano González: La muntanya insurgent La tercera guerra carlina a Catalunya 1872-1875, Girona, Cercle d’Estudis Històrics i Social, 2004, pp. 103-150.

5 David Galula: Counterinsurgency Warfare Theory and Practice, Londres, Praeger Security International, 2006, p. 4.

6 Miguel López Corral: La Guardia Civil. Claves históricas para entender a la Benemérita y a sus hombres (1844-1975), Madrid, La Esfera de los Libros, 2009, p. 166.

7 Josep Sánchez Cervelló: Maquis..., pp. 35-36.

8 Archivo Histórico Municipal de Cádiz, Fondo Varela, 2-67.

9 Secundino Serrano: Maquis. Historia de la guerrilla antifranquista, Madrid, Ediciones Temas de Hoy, 2001, p. 65.

10 Antonio Caravaca Granados, Félix Ramos Toscano, Carlos Federico Castellanos Guerrero, Antonio Jesús Gil Cunquero y Pedro Jesús Feria Vázquez: Esperanza en la niebla. Memoria de la guerrilla antifranquista en Huelva, Huelva, Foro por la Memoria de Huelva, 2011, pp. 108 y 175.

11 Centro Documental de la Memoria Histórica (en adelante, CDMH), Incorporados 738, carpeta 146, exp. 7.

12 Archivo General Militar de Ávila (en adelante, AGMAV), C. 2542, 328, 61.

13 Fundación Nacional Francisco Franco (en adelante, FNFF), 5256, «Informe sobre huidos y guerrilleros en Asturias».

14 Gerardo Iglesias: Por qué estorba la memoria. Represión y guerrilla en Asturias 1937-1952, Oviedo, Madera Noruega Editores, 2011, p. 35.

15 AGMAV, C. 2285, 6.

16 AGMAV, C. 2284, 1.

17 Luis Miguel Sánchez Tostado: La Guerra no acabó en el 39. Lucha guerrillera y resistencia republicana en la provincia de Jaén (1939-1952), Jaén, Editora Distribuidora «El Olivo», 2001, pp. 153-154.

18 Miguel López Corral: La Guardia Civil..., p. 436.

19 José Giménez Corbatón: «Central del Maestrazgo», en Mercedes Yusta (ed.): Historias de maquis en el Pirineo aragonés, Jaca, Pirineum editorial, 2000, p. 235.

20 Alfonso Domingo Álvaro: El canto del búho: La vida en el monte de la guerrilla antifranquista, Madrid, Oberon Editorial, 2006, p. 253.

21 Santiago Macías Pérez: El monte o la muerte: la vida legendaria del guerrillero antifranquista Manuel Girón, Barcelona, Temas de Hoy, 2005, pp. 150-151.

22 Ramón Carnicer: Donde las Hurdes se llaman Cabrera, Barcelona, Editorial Seix Barral, 1964, pp. 57-59.

23 Francisco Moreno Gómez: La resistencia armada contra Franco. Tragedia del maquis y la guerrilla, Barcelona, Crítica Editorial, 2001, p. 529.

24 Luis Pérez de Berasaluce: Cuando los maquis. Guerrilla y pasos de frontera en el Pirineo occidental, Huesca, edición del autor, 2018, pp. 339-340.

25 Archivo Histórico Provincial de Cáceres (en adelante, AHPCc), Gobierno Civil, caja 438.

26 Josep Sánchez Cervelló: Maquis..., p. 380.

27 Isidro Cicero: Los que se echaron al monte, Santander, Ediciones Tantín, 2005, pp. 42-43, y José Aurelio Romero Navas: Recuperando la memoria. Entrevistas a personas que, por circunstancias, vivieron en los años cuarenta una etapa difícil en sus vidas: guerrilleros, guardias civiles y campesinos, Málaga, Centro de Ediciones de la Diputación de Málaga, 1997, p. 105.

28 Jorge Marco: «Encender la guerra de guerrillas: El PCE y la guerrilla antifranquista (1939-1952)», en Jorge Marco, Helder Gordim da Silveira y Jaime Valim Mansam (coords.): Violência e sociedade em ditaduras ibero-americanas no século xx Argentina, Brasil, Espanha e Portugal, Porto Alegre, Editora Universitária da Pontificia Universidade Católica do Rio Grande do Sul, 2015, p. 116.

29 Raül González Devís: Maquis i masovers. Entre la resistència, la supervivència i el terror, Benicarló, Onada Edicions, 2018, p. 289.

30 Gabriel Ferreras Estrada: Memorias del sargento Ferreras, León, Diputación Provincial de León, 2002, p. 115.

31 Alfonso Domingo Álvaro: El canto del búho..., p. 253.

32 Irene Abad Buil y José A. Angulo Mairal: La tormenta que pasa y se repliega. Los años de los maquis en el Pirineo aragonés-Sobrarbe, Zaragoza, Prames, 2001, p. 162.

33 José Calvo Segarra: La Pastora. Del monte al mito, Castellón, Editorial Antinea, 2011, pp. 287-288.

34 Luis Miguel Sánchez Tostado: La Guerra no acabó en el 39..., pp. 160 y 258.

35 Josep Sánchez Cervelló: Maquis..., p. 348.

36 Francisco Moreno Gómez: La resistencia armada contra Franco..., p. 259.

37 Nicanor Rozada: ¿Por qué sangró la montaña? La guerrilla en los montes de Asturias, Oviedo, edición del autor, 1988, p. 53.

38 Archivo Histórico del Partido Comunista de España, caja 105, carpeta 3/1, Servicio de Información de la Guardia Civil, Órdenes, orden núm. 16.

39 AHPCc, Gobierno Civil, caja 438, Informe de huidos.

40 Archivo General de la Administración, Presidencia, caja 51/20533, «Informe de orden público de febrero de 1941».

41 AHPCc, Gobierno Civil, caja 438, Informe de huidos.

42 Servicio de Estudios Históricos de la Guardia Civil, Memoria de la comandancia de Oviedo.

43 AGMAV, C. 2284, 1.

44 Véase Archivo Histórico Provincial de Teruel, Informes de actividades del maquis, GC/001076/000031; AHPCc, Gobierno Civil, caja 438, 28, Castañar de Ibor, y Archivo Histórico Provincial de Castellón, Gobierno Civil, caja 11262.

45 Eusebio Rodríguez Padilla: El Ejército Guerrillero de Andalucía (1945-1952), Almería, Arráez Editores, 2010, p. 555.

46 Ramón García Piñeiro: Fugaos. Ladreda y la guerrilla en Asturias (1937-1947), Oviedo, KRK Ediciones, 2007, pp. 247-248.

47 Isidro Cicero: Los que se echaron al monte..., p. 295.

48 FNFF, 5256, «Informe sobre huidos y guerrilleros en Asturias».

49 CDMH, Incorporados 736, caja 3, núm. 22.

50 CDMH, Incorporados 739, carpeta 150, exp. 2.

51 AGMAV, C. 2938, 18.

52 CDMH, Incorporados 739, carpeta 69, exp. 27.

53 AGMAV, C. 2285, 4.

54 Josep Sánchez Cervelló: Maquis..., p. 122.

55 Luis Pérez de Berasaluce: Cuando los maquis..., p. 333.

56 Archivo Histórico Provincial de Sevilla (en adelante, AHPSe), GC1, Registro 32, fichero 164.

57 AHPSe, GC1, Registro 32, fichero 30r.

58 Santiago Macías Pérez: El monte o la muerte..., p. 243.

59 FNFF, 26812, 23 de febrero de 1945.

60 AHPCc, Gobierno Civil, caja 438.

61 AGMAV, C. 2778, 6.

62 Santiago Macías Pérez: El monte o la muerte..., p. 243.

63 AHPCc, Gobierno civil, caja 2866.

64 Luca Baldissara: «Guerra absoluta y guerra total...», pp. 71-72.