Published 1998-06-15
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Abstract
En el párrafo tercero de la introducción al anexo del proyecto de Real Decreto de reforma de las Humanidades se dice explícitamente: «La Historia debe proporcionar a los alumnos conocimientos y métodos para comprender aspectos de las realidades sociales en su dimensión temporal. La Geografía debe hacerlo, preferentemente, en la dimensión espacial. Ambas cumplen, además, finalidades de formación cultural, al transmitir visiones del mundo, desde el pasado histórico, o desde la organización espacial, necesarios para construirse una identidad cultural personal (cursiva nuestra). Todo ello sin dejar de plantear los problemas de la sociedad actual.» Compartiendo, en parte, la funcionalidad otorgada al conocimiento histórico, cabe preguntarse si la identidad que se pretende ayudar a construir debe de estar conectada con los problemas del mundo que rodea al alumno y con su posible resolución o, al menos, de su adecuada comprensión; o por el contrario, el saber histórico debe contribuir a construir una identidad desproblematizada y funcional a la propia supervivencia del Estado, que resalte las continuidades frente a los cambios, que potencie sólo la dimensión académica en detrimento del sentido crítico. Cabe preguntarse igualmente si los contenidos transmitidos en la enseñanza deben contribuir a que la identidad individual y colectiva se forme sobre valores democráticos, de respeto a los derechos humanos, de no violencia, de igualdad de género, de etnodiversidad, de pluralidad y respeto a las minorías, o por el contrario debe fundamentarse en valores que protejan la homogeneidad cultural, el valor de la unidad, el respeto a la autoridad y a las jerarquías, el etnocentrismo, la exclusión nacional frente a los extranjeros, los modos confortables de vida occidentales frente a los derechos de otros pueblos más pobres, etcétera.