Publicado 15-09-2002
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Resumen
La intolerancia constituye la base de todos los exilios. Entendemos el exilio como la situación de tener que dejar la patria por sufrir persecución, y también peligro de cárcel o muerte, a causa de las ideas políticas -podríamos añadir religiosas o dejarlo simplemente en ideas, sean cuales fueran- o por la imposibilidad del desenvolvimiento pacífico y normal de la vida al faltar el derecho a la libertad de opinión. También podríamos mencionar lo que se ha llamado el exilio interior -la permanencia en el país, replegado en el aislamiento del silencio y el miedo.
Cuando ante el peligro, un ser humano se ve obligado al exilio se le está separando físicamente -con frecuencia se recurre a la metáfora de la amputación- de aquello que más valora, el incidir sobre el mundo que considera propio, al que ama y que, por ello, pretende mejorar. Se le obliga a alejarse de lo que ama, pues, y se le condena al silencio. El exilio es un destierro y esa palabra traduce lo esencial: la pérdida de la tierra y también, además, la pérdida de la raíz que a uno lo sustenta como persona. Pues bien, el exilio político ha sido -y así permanece- una constante en la historia, en la medida en que han existido, y existen, los sistemas políticos excluyentes -dictaduras de diversa naturaleza, regímenes sustentados en la xenofobia, sistemas de apartheid, integrismos religiosos- de cualquier índole.